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domingo, 19 de julio de 2026

Promesa

Me lo prometiste. Sí que lo hiciste, porque lo recuerdo muy bien. Es posible que haya olvidado otros detalles, otras fechas, otras cuestiones; y que haya preferido dejar de lado muchas más cosas para evitar mayores frustraciones, pero lo que me prometiste no lo olvidé, no lo borré, no lo ignoré. Lo tengo bien presente, posiblemente porque sabía que, aunque no lo quería así, no lo cumplirías. Sabía que lo olvidarías, que eran solo palabras que decías porque le temías al silencio. Nada peor para ti que hacer silencio junto a mí, o junto a cualquiera, nada peor que eso. Podrás negarlo, pero sé que es así. Las cosas que se niegan son las más ciertas, y como esto ya pasó, como no puedes recordarlo para nada, sé que lo olvidaste por completo, como si nunca te hubiera importado nada de lo que pudiera llegar a suceder después, como si ignoraras el peso que las palabras tienen para mí, que trabajo constantemente con ellas, para ellas, por ellas.
    Me lo prometiste y no cumpliste. Y duele. Sí que lo hace, con un dolor que me gustaría decir que no puede expresarse, pero sí, se lo puede expresar, aunque no quiero hacerlo o esté haciéndolo ahora mismo. Un dolor que no me abandona, que me sigue y persigue, que se comporta como un cazador acechando a su presa, una incapaz de defenderse, si es que estuviera dispuesta a ello.
    Una promesa no es un contrato, lo sé, no es una obligación, no obliga a nada de forma legal, carece de cualquier posibilidad de reclamo y, a la inversa, una promesa es un contrato, lo es, es una obligación, porque obliga de forma personal y es posible todo tipo de reclamo. Dirás que no, yo diré que sí, no habrá acuerdo posible porque entre el olvido y el dolor la distancia es tanta que esfuerzo ni negación alguna es suficiente para acortarla, nada es suficiente, nada sirve para cambiar el hecho de que me lo prometiste y no hubo el menor interés por cumplir con tu palabra.
    Que ahora esté parado junto a tu tumba no le resta valor a que prometieras que estarías siempre para mí, solo le suma un poco más dolor, más bronca a esto de sentirse abandonado.

domingo, 12 de julio de 2026

Otoño

Varios días de un cielo cubierto que no se decide a nada, ni permite nada más que la acumulación constante de humedad, cansancio y ojeras sobre ojeras anteriores. Si esto fuera la peor parte, podría soportarlo. Claramente no lo fue. Lo peor, siempre, está, estaba o estaría por llegar, si es que llegaría. Y sí, llegaría.
    Las nubes, que apenas clareaban un poco para indicar que atravesábamos el día, eran el reloj que consultar a cada rato, pero saber la hora exacta era jugar a adivinar sin ver dónde apoyábamos los pies —o si teníamos pies—. El menor ruido despertaba una sucesión de ecos que la distancia devolvía una y otra vez. Respirar era invitar a la humedad a seguir penetrando en el cuerpo, a ser cada vez más agua, a sentir cada vez más incomodidad, más necesidad de que algo suceda, la ansiedad de que la espera se terminara.
    Por la tarde, lo que creo que debe ser la tarde, una mancha, un tanto más oscura, nace en la nube más alejada. Esa mancha crece llenando cada rincón del cielo con la misma lentitud con la que transcurren las horas, los días, los milenios. El viento, ausente, en nada ayuda a que todo suceda, solo las nubes volviéndose más oscuras, como el anuncio de algo próximo, como una promesa que rápidamente puede negarse.
    La vibración se siente primero. El sonido, sin ganas, aparentemente más lejano, llega un poco después, como un retumbar, como el eco de rocas inmensas que no dejan de caer unas sobre otras buscando un nuevo lugar en el cual yacer.
    El cuerpo lo siente, quiere vibrar a la par aún siendo incapaz de ello. El cuerpo lo siente todo, está atento a lo que uno, creyéndose su dueño, ni siquiera atina a reconocer como parte de uno.
    La lluvia comienza mucho antes de que la notemos. No hay ese olor característico de las lluvias de verano, todo ya está húmedo, la diferencia es mínima, pero la hay. La lluvia trae la diferencia que, al rato, cuando se torna más insistente, más real, le daremos entidad.
    Y llueve, apenas, como ayer, como el día anterior, como tantos atardeceres enfermos de melancolía que niegan la existencia del sol, del cielo despejado, de otra posibilidad que no sea esperar la misma lluvia, de la misma forma, otra vez, mañana, y el día después de mañana y todos aquellos que quieran venir después. Este clima, esta vida, es una condena eterna.
    Que llegue la verdadera tormenta de una vez, quiero gritarle al cielo, pero no lo hago, sé, me lo han demostrado las veces anteriores, que no hay nadie allí dispuesto a escucharme.

domingo, 7 de junio de 2026

El que camina junto al rayo

Los últimos ecos de los címbalos aún resonaban dentro del Gran Salón cuando un ruido más fuerte, vibrante, con un poder que no podría venir de este mundo, ocultó al resto de los sonidos tanto tiempo como le toma al corazón de un hombre adulto latir cinco veces. Sonó muy cercano, poderoso, único, antes de que el silencio que dejó tras de sí volviera a ser ocupado por los habituales sonidos de la lluvia que apenas se adivinaban en el interior.
    Apagamos las antorchas, las velas, ocultamos todo lo que pudiera brillar ante el único fuego que dejamos encendido en medio del gran salón, y nos echamos a dormir sabiendo que nuestras plegarias habían sido escuchadas. Por el resto de la noche los sonidos de nuestros sueños acompañaron a la incesante lluvia
    Con la primera luz del alba se abrieron las puertas del gran salón y comenzamos a despertar. Solo algunos estábamos en condiciones tras el festín nocturno, por lo que muy pocos fuimos los que nos internamos en el bosque, que nos recibía en un completo y atípico silencio, a buscar el sitio en que cayera el rayo.
    Fue fácil dar con él. Aún humeaba a pesar de la lluvia que recientemente dejara de caer.
    Huellas de unos pies tan similares como diferentes a los nuestros, tal vez por su tamaño, por la cantidad de dedos, la forma en la que se hundían en la tierra húmeda alejándose o como todo a su alrededor estaba muerto, llamaron nuestra atención. Al menos hasta que alguien nos recordó que estábamos desarmados y que lo mejor sería volver al gran salón. Ese era nuestro deseo, regresar, preparar nuestras armas para defendernos de aquello que hubiera descendido junto al rayo. Aunque también era mi deseo, por alguna razón supe que ninguno de los que estábamos allí lo lograría.

sábado, 23 de mayo de 2026

La roca de la vida


—Estamos condenados —repitió, no a él, ni a nadie más, lo hizo para constatar ese hecho una vez más—. Sí… —agregó—, estamos condenados.
    No le respondí. Miré el hueco en la tierra donde solía estar la roca de la vida, en el que ahora solo quedaba la mancha de sangre que todas las generaciones de nuestro pueblo ayudaran a mantener, desde su fundación, su origen, cuando Galaxia, nuestra madre y esposa de Universo, nuestro padre, dio a luz a todo lo que vemos en el mundo. Fue aquí mismo, recostándose sobre la roca de la vida, plana, lisa, un tanto rectangular, sobre la que cada una de nuestras mujeres se acuesta al parir, sin importar la época del año ni el clima, el momento del día ni si era un día fausto o infausto; todas las mujeres parían a los hijos de nuestro pueblo sobre esta roca, nuestra roca, la que ya no estaba. Solo quedaba el hueco en la tierra y la mancha de sangre de los nacimientos.
    —Estamos…
    —Ya cállate —lo corté—. Hay que hacer algo, si no queremos que nos castiguen por habernos dormido durante la guardia. Y lo sabes. Hay que pensar qué decir.
    —¿Qué podemos decirles a los demás que no sea que estamos condenados?
    Lo golpeé con el canto de la espada sin sacarla de la vaina, ni con la fuerza necesaria para herirlo, solo para despertarlo de su trance.
    —Sigamos el rastro.
    Porque había un rastro, imposible de ocultar, como si quien se robara nuestra roca de la vida quisiera que lo siguiéramos. Y eso hicimos.
    El sol aún no quebraba el horizonte cuando entramos en el bosque, las ramas partidas, los troncos caídos de árboles arrancados de cuajo, indicaban la dirección que debíamos seguir sin la menor chance de error. Aquel rastro de destrucción recordaba vagamente a pisadas, inmensas, pesadas, únicas; sabiendo que quien me acompañaba no se había percatado de ello, nada dije, para que no se asustara aún más.
    Caminamos tanto a través del bosque que deberíamos de haber sentido hambre por lo menos una vez, si es que no dos, y dormido, preparándonos para la próxima guardia. Sin embargo, el sol continuaba sin aparecer, y el bosque se hundía más y más en la oscuridad, en la humedad, en el silencio de una noche única.
    Un grito, un alarido terriblemente largo y lastimero, me llevó a cubrirme las orejas sin por eso dejar de escucharlo. Ese grito tenía tanto de humano como de algo más, tanto de dolor como de desesperación; y había sonado tan cercano como los dos lo estábamos en ese momento. Fue una suerte que él no haya abierto su boca en ese instante o no sé cuál podría haber sido mi reacción.
    El grito cesó tan de pronto como iniciara, sin que eco alguno perdurara a nuestro alrededor, y volvimos a avanzar, más lento, con mayor cuidado, sabiéndonos cerca de algo, de alguien, capaz de robarse la roca de la vida y arrastrarla hasta allí.
    Varios árboles más adelante dimos con una hondonada que ninguno de los dos conocía. Con sumo cuidado nos asomamos entre las hojas y las ramas para descubrir quién se encontraba del otro lado.
    El dueño de las pisadas, un ser inmenso, rotundo, de aspecto tan antiguo como las faldas de las lejanas montañas, con manos inmensas y callosas, con dedos gruesos y llenos de heridas viejas, junto con algunas nuevas, sostenía por los hombros a quien profiriera el grito que antes escucháramos. Una mujer, tan inmensa, tan rotunda como el propio Padre Universo, aunque, a diferencia de éste, ella era infinitamente hermosa. Era mirarla una única vez y no querer volver a ver jamás ninguna otra cosa en lo que te quedara de vida, y era, por supuesto, Galaxia, madre de todo, que se recostaba sobre la roca de la vida retorciéndose como lo hace toda parturienta en los peores momentos. Su abultado vientre confirmaba su condición.
    —Los sacrificios están aquí —dijo el Padre Universo—. Dejen de espiar y vengan a ayudar —. Su voz hizo sangrar mis oídos impulsándome a cumplir su pedido, su orden.
    —Somos meros hombres impuros —dijo quien me acompañaba dejando atrás nuestro escondite entre los árboles —. Nada sabemos sobre la llegada de la vida.
    —¿Se creen que yo sí lo sé? Solo lo vi una vez, milenios antes de que ustedes nacieran.
    Nos acercamos a la madre de todos y cada uno tomó una de sus piernas, a la altura de la pantorrilla. El roce con su piel me devolvió recuerdos que creía olvidados para siempre; volvieron a mí vivencias, experiencias, alegrías, pesares y todas las ausencias de mi vida. Mis ojos ardieron ante las incontenibles lágrimas.
    —Ya existe todo —dijo quien me acompañaba—. ¿Qué es lo que nacerá?
    —Es…
    Un nuevo grito de dolor, una contracción inmensa en el vientre de nuestra madre Galaxia, se llevó la respuesta de nuestro padre Universo. La roca de la vida ardió al contacto con la sangre que comenzó a fluir entre las piernas de la madre de todo. Cuando mi mano también comenzó a arder lo entendí, y sonreí.

domingo, 12 de abril de 2026

En medio de la oscuridad

El pasillo continúa, puedo darme cuenta de esto aun sin verlo. Y como el pasillo continúa, yo hago lo propio, avanzo en medio de esta oscuridad que no parece ser tal porque permite percibir ciertos objetos. Distingo algunas marcas un tanto menos oscuras, recortes en los que la oscuridad no es total, quizás sean ventanas con los postigos mal cerrados, o puertas entreabiertas. Camino para no detenerme a pensar en cómo llegué hasta aquí, a este pasillo, a este momento; para no preguntarme dónde estaba antes, hacia dónde me dirigía. Una sensación de familiaridad me dice que no es la primera vez que atravieso estos pasillos, ni tampoco será la última.
    Camino, entonces, hacia el frente, porque al volverme hacia la única otra dirección, la oscuridad es tal que bien podría ser una inmensa pared, asfixiante e imposible de atravesar. Siento miedo cuando me detengo a mirar en esa otra dirección, yo que ante cualquier inesperado siempre retrocedo, camino, entonces, hacia el frente, para no detenerme, sabiendo, esperando, anhelando, deseando, que algo ocurra entre la oscuridad. Por eso no es una sorpresa cuando sucede.
    En uno de los rectángulos en los que la oscuridad resulta un tanto menos oscura, por una puerta entornada o una ventana con los postigos mal cerrados, una cabeza se asoma y me mira. Una cabeza, con parte de los hombros y el brazo con el que se apoya en el suelo mientras el largo cabello lacio cae como una cortina por detrás. De guiarme solo por lo que veo, diría que la chica está desnuda, al menos semidesnuda. Al verla me detengo, ella sabe que la he visto y sonríe. Al principio parece una sonrisa de bienvenida, una que pronto se transforma en una mueca que niega toda alegría, los labios contraídos muestran los dientes más de lo necesario, sus ojos me miran como una bestia a su presa, su mano se arrastra sobre la madera del piso y la cabeza de la chica vuelve a ser tragada por la oscuridad.
    —Joaquín —escucho, aunque pronunciado de forma extraña, como un shoaquím, pero con muchas eses al principio y el sonido de la sílaba final extendiéndose hasta el infinito.
    Se enciende una lámpara del lado opuesto del pasillo al que segundos antes ocupara la cabeza, un rectángulo de luz perfectamente recortado entre la negrura. Una puerta, sin dudas. La luz lastima mis ojos, que escondo detrás de una mano mientras con la otra me apoyo contra la pared.
    —Hola, hola, hola —dijo rápidamente su voz. Porque sí, es su voz, la que guardo en mi recuerdo desde hace décadas, desde su muerte. Su figura, recortada por la luz como un retazo más de oscuridad, se asoma por la puerta hacia el pasillo y vuelve a desaparecer —. Ya era hora. Vení, acércate. Son unos pocos pasos más.
    Son siete, siete largos pasos los que necesito para llegar a su puerta. La cifra resuena en mi cabeza. Debo atender a esto, pienso, pero sé que no lo haré. Me quedo de pie junto a la puerta, mirando hacia el interior de la habitación que conozco tan bien y siento como si la hubiera visto hace muy poco tiempo, tal vez ayer, esta mañana, hoy mismo o hace treinta y cinco años. Cada detalle es idéntico a lo que recuerdo, ni tan siquiera uno de los adornos está fuera de lugar, y lo que siempre estuvo desordenado continúa estándolo.
    Joaquín me mira, sentado junto a su mesa de dibujo, con una media sonrisa y la regla T de acero, regalo de su padre para el día de su graduación, tan filosa como un estilete, clavada entre sus omóplatos, sobresaliendo por sobre su cabeza como si portara una espada. El moretón sobre su ojo izquierdo también está allí, junto con ese pequeño hilo de sangre que escapa por la comisura de su boca.
    La puerta de la habitación de Joaquín enfrentaba la de la habitación de su hermana, claro, siete pasos eran la distancia entre el final de la escalera y ambas puertas, lo recuerdo ahora. Había sido ella quien me viera avanzar por el pasillo como lo hiciera tantas veces siendo niña, siendo adolescente, siendo la jovencita que había tenido el atrevimiento de rechazar una vez más mis torpes y tortuosos intentos de cortejo, aquella tarde en la que la ira me dominó y todo se salió de control. Esa tarde en la que la regla afilada como un estilete se convirtió en el arma adecuada.
    Mis manos tiemblan, como si acabaran de realizar un gran esfuerzo. Ya estuve aquí, pienso.
    Giro para enfrentar la puerta de la otra habitación. Lo que queda del cuerpo de aquella adolescente, de aquella joven que se atrevió a rechazarme, se abalanza sobre mí con sus fauces abiertas, con sus uñas extendidas hacia mis ojos.
    No grito, de alguna forma sé que no servirá de nada.
    El pasillo continúa, puedo darme cuenta de esto aun sin verlo. Y como el pasillo continúa, yo hago lo propio, avanzo en medio de esta oscuridad que no parece ser tal porque permite percibir ciertos objetos.

sábado, 4 de abril de 2026

Estos altos muros

En algún momento de la noche llegaron nuevos materiales. No los vi, nadie vio ni escuchó nada, como las veces anteriores. Despertamos y estaban allí, en el extremo del campamento; señal de que debíamos volver a desplazarnos para continuar con la construcción. Mi vida se resume en trabajar en los altos muros, comer, caer rendido en la litera y volver a hacer lo mismo cada día siguiente, menos los días que dedicamos a desplazar el campamento porque lo hemos alcanzado con las obras. Esos días el trabajo es un poco más liviano, pero no por eso menos arduo.
    Nos desplazamos unas pocas millas, diez, tal vez doce, no más de eso. Antes de irnos debíamos asegurarnos de dejar huella alguna de nuestra presencia allí donde acampáramos durante tanto tiempo. Ni fogones apagados, ni pozos con desperdicios ni restos de comida, incluso quitábamos las lápidas de los compañeros muertos. Nada quedaba que señalara que allí había habido algo. Solo algunos pocos árboles, marcados de antemano, se salvaban, al resto lo usábamos en la construcción y como leña. Aunque había quienes decían que, cuando nos alejábamos, los árboles volvían a crecer entre los muros, yo no lo había visto. Miro hacia nuestra obra, hacia la construcción y solo veo muros, nada más, por lo que eso de que los árboles vuelven a crecer debe de ser mentira, como los cuentos para niños.
    Lo que no es mentira, lo que en verdad crece, son los muros. Los construimos nosotros, con nuestras manos, nuestras herramientas, con los materiales que llegan por las noches para que la construcción no se detenga, como no se detuvo durante la vida de mi padre ni la del padre de mi padre, como no se detendrá durante mi vida, ni durante la vida de mi hijo, ni la del hijo de mi hijo. La construcción de los muros continuará y continuará, siguiendo el trazado en la tierra que nos dice dónde dejar el espacio para una puerta, dónde colocar un paño de muralla, dónde una columna, dónde debe comenzar un pasillo y terminarse otro. Con cada piedra que colocamos en su sitio, uno del que jamás volverá a moverse, la construcción se hace más grande, más fuerte, más imposible de atravesar. Incluso nosotros, que la construimos, no sabemos el camino a través de ella ni conocemos dónde se conectan los muros que nosotros levantamos con los que levantan los otros campamentos. Vemos los pasillos que se forman entre los muros, oímos el viento correr a través de ellos con furia y violencia obligado a girar en cada recodo, pero no nos atrevemos a entrar, no por la prohibición de hacerlo que rige para los de nuestra sangre, ni por la pena de muerte con la que se castiga a quienes rompen dicha prohibición, sino por el miedo a perdernos en su interior y no saber regresar al campamento. Perderse entre los muros de la construcción, sin dudas ha de ser peor castigo que la muerte.
    Por las noches, antes de que el sueño nos venza sin más, alguno de nosotros comienza a cantar repitiendo lo que siempre hemos escuchado. Melodías que hablan sobre la necesidad de nuestra tarea, la importancia de proteger al palacio de la ciudad que se oculta detrás de tantos muros, de lo imposible que será derribarlos y cómo ejército alguno podrá nunca atravesarlos. Cuando escucho estos versos me duermo con una sonrisa de satisfacción sabiendo que mi esfuerzo, mi cansancio, es mi forma de cuidar al Emperador que nos cuida y nos protege desde el otro lado de estos muros. No tengo dudas. Solo espero ver llegar el día en que la construcción se termine, se coloquen las últimas piedras, la última carga de argamasa, y podamos regresar a las tierras ancestrales de nuestra familia, allí donde sea que se encuentren. A la espera de ese día, continuamos construyendo estos muros sin final, pero también, sin principio.



domingo, 8 de marzo de 2026

Esa sensación


Esa sensación que lleva a dudar de si se trata de un recuerdo o de un sueño, vos ya sabés de cuál hablo; esos momentos en los que los sueños se vuelven tan reales que no dejamos de volver a ellos una y otra vez, hasta que se confunden con verdaderos recuerdos —si es que los sueños no son directamente recuerdos que creemos haber olvidado—, les agregamos detalles, sensaciones, olores, texturas a las cosas que solo están en nuestra cabeza; aunque también puede ser que la realidad se desdoble, se corrompan los parámetros de normalidad, lo que nos dice que esto es real y esto otro no lo es y por breves momentos eso que no era real ahora lo es, y que lo que era real ya no; me refiero a uno de esos momentos en los que ni el alcohol ni las drogas ni la cafeína ni ninguna otra sustancia externa interfiere, sino que somos solo nosotros. Porque cuando estamos solos, los mecanismos de control interno de nuestra personalidad, las reglas impuestas por la sociedad, los límites del buen gusto y lo aceptable, se relajan, tienden a desaparecer, y es entonces cuando ocurre.
    Y claro, estaba solo cuando sucedió. Al menos es lo que creo. Era una noche dedicada a mí mismo, a la introspección; tenía la idea de cenar temprano, aburrirme viendo la última película de superhéroes, escuchar algo de música, responder correos atrasados, dormir más de la cuenta. Venía dándose todo bastante bien hasta que lo esperable quedó de lado.
    Aunque cené temprano, tengo que aclarar que había comido opíparamente, todo lo contrario a lo que se recomienda en los manuales de buenos modales, pero luego de varios intentos fallidos me había salido tan bien esa receta que no podía dejar de comer. Fue sin dudas tanta comida lo que indujo el sopor que fue cayendo sobre mí, como un atardecer sobreviniendo poco a poco sobre un paisaje, llevándose las luces, dejando la oscuridad y el silencio de los animales nocturnos. Me resistía a dormir porque quería seguir con lo que tenía planeado, mas notaba que se volvía cada vez más complicado coordinar mis movimientos y que mis pensamientos resultaran medianamente coherentes.
    En esos momentos de transición, ocurrió. Parpadeé, tal vez lo hice más de lo habitual, y eso produjo que el velo se levantara. Me encontré recostado en una cama con lo que intuí que serían equipos médicos a los lados y por sobre mi cabeza, rodeado de personas que vestían largas batas no del todo blancas que se chocaban y empujaban entre sí para acercarse a mi cara cubierta con una mascarilla; cada uno de ellos portaba un elemento diferente del instrumental médico, estetoscopios, termómetros, jeringas, viales, suelos, incluso bisturíes, todos moviéndose a una velocidad imposible para un ser humano, velocidad que un ojo normal como el mío no sería capaz de captar. Uno de ellos se acercó con un trozo de gasa impregnado con un aroma tan intenso y pestilente que penetró la mascarilla haciéndome parpadear varias veces y sentir comezón.
    Sentado en la mesa de la cocina de mi casa, bostecé sin disimulo porque estaba solo. El disco que escuchaba se había terminado, el silencio se volvió pesado. Mis planes para esa noche, pensados al detalle, me resultaban ahora demasiado complejos, demasiado extensos y extenuantes. Lo mejor, lo que quería más que nada, lo que deseaba, era dejar todo como estaba y acostarme. Así lo hice, me acosté, cerré los ojos y regresé de inmediato a la habitación en la que me rodeaban esas personas en batas apenas blancas. Volvieron como un flash, como un paisaje iluminado por un relámpago nocturno, tal vez el mismo paisaje en el que antes cayera la noche, lo que me obligó a abrir los ojos.
    Imágenes similares no han dejado de aparecer cada vez que cierro mis ojos, deliberadamente o no. No he vuelto a dormir, llevo días de vigilia, lo que se vuelve cada vez más difícil, porque no me quedan fuerzas para nada. No sé si es o si fue un sueño, no sé si ellos son parte de él o si lo es esto a lo que acostumbro llamar mi vida. Mi cuerpo apenas resiste, mi mente no soporta seguir así, pronto sabré la verdad. Me aterroriza pensar que esto que siento venir no sea una muerte real sino tan solo el despertar en esa otra realidad.

domingo, 1 de marzo de 2026

Sacrificio

El día de su llegada al pueblo, comenzó la tormenta.
    Llegó fuera de temporada, como un turista inesperado invadiendo la playa con ráfagas de viento cada vez más fuertes que provocaba un oleaje inmenso que amenazaba acabar con la playa y sus médanos, lluvias persistentes de día y torrenciales por la noche que amenazaban inundar el pueblo. Nadie entendía el porqué de semejante tormenta; nadie entendía el porqué de su presencia; nadie hacía nada, solo esperábamos.
    Ninguno de nosotros, los del pueblo, lo conocíamos, no era uno de los nuestros ni uno de los hijos de quienes antaño emigraran; así y todo, sería una mentira decir que no sabíamos que se internaría en la arena saturada después de semanas de borrasca. Esa noche la tormenta fue aún peor, tanto que temimos que el viento arrancara árboles y volara techos, que las olas arrasaran al pueblo y que la lluvia inundara lo que quedara en pie para el amanecer
    A la mañana siguiente, retornó el sol, el viento se calmó, las olas volvieron a ser las de todos los días, la tierra comenzó a secarse y nuestras rutinas regresaron a ser las de siempre.
    Lo único que nos queda por decidir es quién de nosotros irá a buscar su cuerpo.

domingo, 4 de enero de 2026

La misma canción

La misma canción, otra vez. Estoy seguro de que es la misma, aunque tenga sutiles diferencias en la secuencia de notas y acordes y tal vez un matiz diferente en el tono. Sí, es la misma canción, una y otra vez, no se termina nunca, no vuelve a comenzar, solo continúa, con variaciones mínimas, como la eternidad, que parece siempre diferente a sí misma. Nacemos, crecemos, morimos, para otra vez nacer, crecer y volver a morir. La existencia es un bucle sin final. No hay botón de reinicio, no hay posibilidad de revisar lo que salió mal, no se puede volver a intentarlo, solo se puede seguir y seguir sin saber hasta dónde, o porqué. Mucho menos para qué.
    El camino, la línea, sea recta, curva, espiral o torcida, en subida o en bajada, continúa y continuará. Volveremos a pasar por el mismo punto que al inicio y no nos daremos cuenta porque serán otros quienes lo hagan, una generación que no conoceremos, una que habrá olvidado todo lo que fue y creerá que todo es nuevo, que vale la pena intentar el fracaso y fracasar, por supuesto, para tener algo de lo que quejarse. That’s Life, dice la canción. Eso sí que queda, las canciones, las versiones repetidas una y otra vez de las mismas canciones, tan diferentes a sí mismas que han perdido su forma original, pero se vuelve a ellas, siempre, una y otra vez, sin dejar espacio para lo nuevo, para la creatividad. Un bucle sin final.
    La salida está al inicio, no al final. La salida no es la muerte, la salida es no haber nacido, pero ya estamos en esto, es tarde para todo. Cuando el ciclo se termine volveremos a vernos en los mismos lugares, en los mismos fracasos, en los mismos no pudo ser que no podrán ser, y lo haremos todo otra vez sintiéndolo como si fuera la primera, porque el dolor no cambia, es siempre el mismo. Esto sí, lo tengo bien en claro.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Dislocado

Otra vez el hombro izquierdo, desde aquel día, tendría unos once o doce años, en que la rama del árbol decidió que ya no soportaría mi peso y caí golpeándome en todo el cuerpo, sacándome el hombro izquierdo de lugar. Dolió, sí, claro que dolió, y volvió a doler cuando el médico lo colocó otra vez en su sitio. No sé en cuál de los dos momentos grité más, pero grité. Después se hizo costumbre que pasara cada cierto tiempo, como si al hombro no le gustara mantenerse en su lugar, como si fuera más fácil estar saliéndose siempre. Claro que también vi esa película de fines de la década de 1980, en la que el personaje se disloca el hombro una y otra vez y se lo vuelve a acomodar con un golpe. Diría que lo intenté, pero no fue así, nunca me gustaron los golpes, siempre preferí el dolor. No, creo que esto era al revés, en fin, ya no estoy seguro.
    Como sea. Otra vez el hombro izquierdo, señal de que algo más va a pasar, como un augurio, como un horóscopo de cuando los horóscopos servían para algo más que mentirle a quienes siguen creyendo en ellos. Podría crear mi propia forma de adivinación, la hombromancia, para saber cuándo habrá tormenta o humedad, si el calor durará otras dos semanas o si el frío alguna vez volverá a la región. Formas, todas, de prever lo imprevisible y pretender un orden que nunca será tal.
    Esto lo haría con mi hombro izquierdo y su costumbre de salirse de su sitio. Tengo que pensar qué hacer con los dedos de mis pies, que se han separado por completo de mi cuerpo sin que encuentre la forma de volver a unirlos; con mi cabello, que se desprende sin parar; con mis dientes y uñas, que se caen y por ahora guardo en un pequeño frasco; con este líquido entre verde y marrón que al parecer solo yo puedo ver y que mana de mi boca, de lo que queda de mi nariz, de mis ojos, por mis orejas y por cada una de mis heridas. Es como si buscara sin saberlo la forma de desprenderme de todo, de olvidar lo que alguna vez fui, para, aun sabiendo que es imposible, dejar atrás de una vez y para siempre el recuerdo de aquel perfume que siempre señaló tu presencia.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Para distraerme


Antes de abrir los ojos ya sentía mi cabeza latir como si hubiera vuelto a quedarme dormido en la playa a mitad de la noche y el sol del amanecer me despertaba con su abrazo de luz, calor e incomodidad. Nunca más cierto que conmigo eso de que el hombre es el único animal que choca dos veces con la misma piedra sin aprender a esquivarla, mucho menos si esa piedra tiene nombre de mujer y habilidades en la cama difíciles de encontrar y explicar. En fin, mi cabeza suena como un redoblante y tengo que abrir los ojos para saber dónde estoy y cómo volver.
    ¿Qué es esa cosa? Es difícil de creer que estuviera allí cuando me dormí, más difícil aún es creer que apareció mientras dormía, pero debe de haber sido así, de otra forma no se explican esas planchas de metal clavadas en la arena, sobresaliendo entre los médanos. El viento que tuvo que haber habido durante la noche entera para descubrir todo esto tendría, como mínimo, que haberme cubierto a mí, y como estoy aquí, mirando esa suerte de estructura, es claro que la arena no me cubrió o que el viento sopló en alguna otra dirección; cosa que también dudo porque siempre sopla igual. Si mi cabeza no me recordara a cada instante que necesito sombra y agua, tal vez pudiera pensar un poco mejor y analizar la situación.
    Lo primero, la sombra. Eso es fácil. Cerca de las planchas de metal hay algo de sombra. No será mucha, pero no es el rayo directo del sol, lo cual es un avance. El agua puede esperar, no sé si será cierto que el cuerpo humano resiste varios días sin agua, y no pretendo ponerlo a prueba ahora, lo que sí sé es que a la sombra la neuralgia se hace más llevadera. Desearía que desapareciera por completo, pero por lo pronto eso no pasará.
    Por supuesto voy a meterme dentro de esta cosa y ver qué hay en su interior, si es que hay algo además de arena. La curiosidad siempre es más fuerte que la seguridad personal y todas esas cosas que vuelven por demás aburrida la vida. Lo que no imaginaba, porque desde el exterior no lo parecía, es que fuera algo tan grande. Supuse que sería el casco de alguna embarcación inmensa, averiada en la guerra y luego abandonada aquí; también podía tratarse de los restos de alguna obra comenzada en otra época, algo que se acabaría pronto y me dejaría del otro lado de los médanos, casi sobre la rambla. Pero no es así, esto no se termina nunca. Llevo horas caminando, quiero creer que no camino en círculos, pero el constante viento borra mis posibles huellas en la fina arena. Al menos sé que no estoy metiéndome en las profundidades de la tierra, porque el sol continúa allí arriba, sé también que no estoy alejándome del mar porque sigo escuchando las olas, sé que no estoy muerto porque el dolor en mi cabeza se hace cada vez más intenso y mi cuerpo ha sudado tanto que no dudo oler como un jabalí, sino como una piara completa. ¿Cuánto puede sudar una persona y seguir de pie? Lo averiguaré muy pronto si no logro salir de aquí, pero, a la vez, si logro salir de aquí, nada me asegura que podré saber qué es esta cosa, por qué existe, por qué está aquí, por qué mi curiosidad me impulsó a meterme aquí y, por sobre todas las cosas, por qué todo esté metal, tan expuesto al sol como lo estoy yo, se mantiene tan frío como su corazón cuando anoche, luego de tantas sonrisas, de tantos besos, de tanta fricción de piel con piel y sexo como a ambos nos gusta, dijo que no a todo lo demás.
    Dudo llegar a comprenderlo, por lo que quizá lo mejor para mí sea seguir aquí, tal vez camino en círculos buscando una salida que no quiero encontrar, algo que sirve para distraerme hasta que llegue la noche y una vez más el teléfono suene, su voz me reclame y yo sea incapaz de negarme. Sepan pues que, si el viento se levanta esta noche y los médanos recuperan su lugar ocultándolo todo, me encontrarán entre las sábanas de su cama deshecha.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Solo al volante

Un viejo conocido, viejo por los años que llevo conociéndolo y no por nuestras edades, tenía la costumbre de solo hablar mientras conducía. Si no se encontraba al frente del volante de algún vehículo, sacarle alguna palabra, por mínima que fuera, era imposible. Debajo del vehículo se volvía un ente incapaz de emitir sonido; a lo sumo podía vérsele un gesto de asentimiento, de negación o algo como eso, pero nunca una palabra. Recobraba la capacidad de hablar al volver al volante.
    No importaban las horas, los kilómetros que hubiera que recorrer, cuánto más lejos, más hablaba. No se detenía en ningún momento, ni siquiera cuando quienes viajaban con él dormían o se encontraba solo en el auto. Hablaba para escucharse porque sin dudas para sí mismo su palabra tenía mucho valor.
    Varias veces viajé con él y le escuché relatar anécdotas de todo tipo y estilo, desde tétricas hasta esas que te sacan lágrimas de tanto que te hacen reír, también tenía anécdotas motivacionales —que por cierto eran las menos—, deportivas, familiares. Podía contar una película que había visto de pequeño completa, desde el primer segundo sin dejar afuera detalle alguno y hasta la última línea de los créditos finales. Podía hacer lo mismo con noticias o viajes que alguna vez había realizado, porque era capaz de hablar sobre cualquier tema, pero era una lotería volver a encontrarse con él y que continuara relatando lo mismo que comenzara la vez anterior. No aceptaba pedidos, no los escuchaba, ni parecía hacer bises —al menos no encontré a nadie que me dijera que lo había escuchado repetirse—, nunca volvía sobre lo ya contado, continuaba avanzando como si todo lo anterior solo pudiera ser dicho una única vez.
    Otras personas que también lo conocían, con las que al principio me encontraba ocasionalmente, pero luego comencé a rastrear para obtener más información, comentaron cosas similares. Incluso más de una vez intentamos armar un pequeño mapa a partir de sus relatos, o una suerte de cronología para los mismos, algo que ordenara el océano de palabras que manaba de su boca. Claramente, esa tarea nos superaba, porque nada de lo que cada uno escuchara por separado coincidía, siquiera fragmentariamente, con lo que escucharan los demás. Tal vez solo en su mente existiera la clave, la pista que le dé orden a sus palabras, pero, si era así, nunca lo dijo, nunca lo dio a entender, nunca nos dejó entrever cuál podría ser esa clave de bóveda que sostenía y daba sentido a todo lo demás.
    Luego de desistir en mi intención de darle un orden a sus palabras comencé, poco a poco, a tomar notas de ellas cuando dejaba el auto y él ya no estaba conmigo. Esto es porque al principio no quería sacar mi cuaderno y que me viera anotar algo de todo lo que decía. Perdí este reparo rápidamente porque a él no le importaba —se lo pregunté varias veces sin que nunca me diera una respuesta clara y directa—, y a mí me servía para tener con qué trabajar en mi escritura y aparentar que luego de tantos años continúo pudiendo escribir como el primer día, cosa que claramente no es así. Dudo, además, que él vaya a enterarse alguna vez de esto, si no le importaba el que tomara notas, mucho menos habrá de importarle que publique a mi nombre lo que alguna vez él me contó.
    La cuestión es que llevo mucho tiempo ya sin encontrarme con él, y las notas que tomara los años anteriores comienzan a acabarse, por lo que pronto ya no tendré sobre qué escribir. Así que soy yo quien comienza a preocuparse, aunque es algo que de momento puedo disimular frente a aquellos que me lo preguntan y nada saben sobre su existencia. Quienes sí lo conocen, a quienes puedo preguntarles, hablan sobre un viaje que se le encomendó, uno tan extenso que sumaría el doble del total de tiempo y kilómetros que alguna vez recorriera. Debo esforzarme por no llorar cuando imagino la cantidad de palabra que pronunciaría durante ese viaje y que nunca podré escuchar.
    Lo peor de todo esto, lo que más me perjudica, y expone, es que nadie me asegura que su regreso sea una posibilidad, como sí ha de serlo el final de mi carrera literaria, por lo que no puedo más que esperar que donde sea que lo haya llevado el camino, el volante, las palabras, se encuentre bien.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Un sabor único

Estamos perdidos. Perdidos en medio de esta puta selva plagada de bichos que no dejan de picar, de humedad hasta el culo, la sensación de que todo nos vigila y en cualquier momento algo de todo eso puede decidirse a matarnos sin que ninguno de los tres nos demos cuenta y los días pasados hayan sido en vano. Yo los mataría a los otros dos si con eso me libero de seguir perdido entre los árboles, la niebla que oculta el sol todo el tiempo y el aullido constante de los animales siempre escondidos. Estoy seguro que ellos dos harían lo mismo si con eso pudieran volver a la base, a sus casas, al calor seco, a un lugar sin humedad ni mosquitos. Pero tenemos órdenes, por lo que seguimos buscando algo que no sabemos si realmente está en algún punto en medio de tantos árboles. La orden es buscar, la orden es encontrar, la orden es que lo que sea que encontremos no salga con vida de la selva.
    La señal de uno de los otros dos nos detiene en seco, me devuelve a este instante. Lo miro, leo su mano, su gesto, y me doy cuenta de que también lo escucho. Algo o alguien se esfuerza por hacerse escuchar allí cerca; hay ruidos de una fogata, de enseres de metal golpeándose entre sí, y una suave melodía silbada. Claramente ahora quiere ser encontrado. Con gestos acordamos rodear el lugar, un pequeño claro, poco más de un metro libre de árboles, miraremos desde tres puntos diferentes antes de saber si es posible atacar o si será suficiente con matarlo desde la espesura, sin que sepa quién de los tres fue, o los tres al unísono, como sin dudas lo merece.
    Una única persona es la que arma todo el escándalo, llegando a ocultar con sus ruidos los sonidos de la selva. Es un hombre, viejo, tan arrugado como la corteza de uno de los árboles que lo rodean, con una pequeña olla al fuego, cortando algunos vegetales sobre una tabla improvisada. Unas pocas plumas a sus pies nos dicen lo que probablemente haya al fuego. No tiene sentido que esté allí, pero allí está. No lo escuchamos hasta que no estuvimos casi sobre él, tendríamos que haberlo visto antes, encontrar sus huellas, algo. Rastrear es parte de nuestro entrenamiento, tendríamos que haberlo notado.
    De un morral del color de la tierra saca tres cazuelas que llena hasta rebosar con lo que hay en la olla, el cucharón de madera queda nadando en el resto. Apoya las cazuelas sobre la tabla que usaba para picar y me mira, juro que me mira, aunque estaba a su espalda y no lo vi girar la cabeza.
    —Ya está listo —dice—. Vengan.
    Los tres entramos al pequeño claro, apenas hay espacio para todos a pesar de que dejamos nuestras armas entre los árboles. Mi boca se llena de saliva, no puedo evitarlo.
    Extiende una de las cazuelas hacia mí al tiempo que hace lo mismo con los otros dos. Los tres las tomamos, siento su tibieza a través del grueso guante. Aceptamos también la cuchara que se nos ofrece.
    —Coman, coman —dice—, antes de que se enfríe.
    Ya casi me termino la comida, la cuchara raspa las paredes de la cazuela.
    —Es delicioso —dice uno de los otros dos.
    —Tiene un sabor único —dice el otro de los dos.
    —¿Qué es? —pregunto, porque sí, es delicioso, y sí, tiene un sabor único, uno que nunca había probado y que al mismo tiempo se siente conocido, como un recuerdo tan viejo como difícil de ubicar.
    —Soy yo —dice el viejo dejando al descubierto parte de su cuerpo descarnado, la piel desgarrada, los huesos blanquecinos, la sangre reseca—. Yo y nada más que yo.
    Ríe con una risa que suena como el recuerdo de una voz que nunca estuvo allí.
    Uno de los otros dos le salta al cuello al otro con la boca abierta, buscando sorprenderlo. La cuchara del otro se le clava en la garganta al uno. La sangre de ambos fluye. Quiebro la cazuela contra el tronco de uno de los árboles y me preparo para atacar, para volver a comer, para evitar ser comido.

domingo, 16 de noviembre de 2025

No soporto lo patético

—… y qué culpa tenía yo, si nunca había ido de vacaciones a la playa. ¿Entendés? ¿Qué culpa tenía yo si mi familia nunca había podido llevarme a ningún lado cuando era chico? ¿Qué culpa tenía yo si para mí los veranos eran quedarme en mi casa viendo alguna película o mirando por la ventana aburriéndome porque todos mis conocidos estaban de vacaciones, pero yo no me había ido a ningún lado?
    Intenté interrumpirlo, pero el caudal de palabras que comenzara hacía varios minutos continuaba amenazando con anegar por completo la oficina.
    —Yo me quedaba siempre en mi casa. Entonces ¿qué culpa tengo yo si nunca antes fui a la playa? Ah, pero como su familia, sus amigas, y todos sus otros conocidos sí habían ido alguna vez, para ella todos conocemos la plaza y sabemos lo que hay que hacer y lo que no. Y mirá que se lo había dicho antes de salir, pero fue como si pasara el tren.
    —Claro —dije sabiendo que eso también era como si pasara el tren.
    —¿Entendés? Le avisé antes, le avisé que nunca había ido a la playa. No es que no sé nadar, eso lo aprendí en la pileta del club. No es que no me guste la arena, aunque me incomode. No es que no me guste el sol en la nuca toda la tarde, es que antes nunca había ido a la playa. ¿Cómo podés enojarte por eso? Además, se suponía que era algo nuevo que íbamos a hacer juntos, es lo que ella había dicho, algo nuevo para hacer juntos… Y después va y se enoja porque no sé hacer las cosas que hay que hacer en la playa. No tiene sentido.
    —No, claro, no lo tiene —dije sin apartar la mirada de la pantalla de la computadora esperando a que se diera cuenta que no solo yo, sino que nadie en la oficina escuchaba lo que decía.
    —Iba a ser todo nuestro, y nuevo…
    Algo en el tono de su voz hizo que volviera a mirarlo, apenas era capaz de contener las lágrimas. No hay nada más patético que ver a un hombre adulto llorar, bueno, imagino que tal vez sea más patético ser el hombre adulto que llora, es algo que no puedo soportar. Ni siquiera había querido escuchar nada de todo esto, mucho menos quería ver cómo terminaría. Porque ya sabía cómo terminaría me levanté en silencio y me encaminé hacia el baño.
    —Yo no tenía la culpa.
    Llegué a escuchar un sollozo mal contenido antes de cerrar la puerta.

domingo, 26 de octubre de 2025

Limonero


Un día el ferrocarril nos abandonó. El tren, que solía pasar dos veces a la semana por el pueblo, los sábados por la tarde y los miércoles por la mañana, siempre el mismo en una y en otra dirección, ya no pasó. Ese tren traía al pueblo cartas, paquetes, padres, diarios, madres, libros, hermanos, noticias, hijos, trabajadores para las cosechas, amantes, provisiones, novios, herramientas, novias, vestidos, esposas, repuestos para lo que se hubiera roto, esposos, cosas nuevas que no sabíamos que necesitábamos pero que igual comprábamos. Ese tren fue el que nos abandonó.
    Nadie nos avisó de nada, claro que había algunas pocas señales, como que el guardia de la estación hubiera cerrado todas las puertas y ventanas el día que para el pueblo se convirtió en el miércoles del último tren. El mismo guardia cargó sus pequeñas valijas en la locomotora junto al maquinista, quien tampoco dijo nada, y se marcharon, los dos, en el tren.
    Crecí viendo como los yuyos envolvían los durmientes; como la lluvia abría goteras en las tejas del techo de la estación; como iban desapareciendo aquellas cosas que podían cargarse: el banco de madera, la campana de bronce, las señales de hierro, la zorra mecánica arrastrada por un tractor. En cada casa del pueblo había algo que antes perteneciera a la estación, como si quisieran mantener vivo el recuerdo del tren.
    En los fondos de la casa de mi familia hay un limonero. Si bien yo no lo recuerdo, mi abuelo repetía que el último limón que diera aquel árbol coincidía con aquel miércoles guardado en la memoria. Repetía también que la señal de que el tren regresaría al pueblo sería que su limonero volvería a florecer. Por eso lo podó, lo regó, lo cuidó de las plagas hasta que ya no pudo hacerlo.
    Cuantos aún vivían en el pueblo asistieron a su entierro. Dicen que antes de cerrar el cajón colocaron entre sus manos una rama del árbol casi muerto de su jardín. Luego siguieron esperando a que la muerte pasara también por ellos.
    Me tocó entonces ocuparme del limonero porque mi padre, que no era del pueblo, nos había abandonado años antes. Él no se quedaría allí a esperar el retorno del tren, dijo, iría a buscarlo, lo traería de regreso, a la fuerza si era necesario. Y se marchó. Y no regresó. Y no volvimos a verlo. Tal y como con al tren. A pesar de lo que me contaron de él, sobre sus trabajos, sus esfuerzos, su búsqueda, sus familias en los pueblos en los que el tren continuaba llegando, lo único que yo hacía era esperarlo debajo del limonero casi seco, junto a sus ramas quebradizas, el tronco ahuecado y las hormigas que escarban entre sus raíces. Esperando, siempre esperando por su reverdecer, por el retorno de la vida a sus raíces, a su tronco, a sus ramas, a sus hojas grises, a sus limones ausentes.
    Creo, si he sacado bien las cuentas, que me acerco a la edad que tenía el abuelo la última vez que lo vi. Su tumba, al igual que muchas otras, se perdió tras la gran inundación, solo unas pocas cruces y lápidas agrietadas y sin nombre sobrevivieron al agua y al tiempo en el cementerio. Todo lo demás se perdió, es parte de la memoria y el olvido. Alguien me comentó, años atrás, que el corazón de quien fuera mi padre se había dado por vencido. Mi madre también ha partido.
    El pueblo continúa sumido en el silencio del viento y el canto de los pájaros. Solo por las noches, en mi sueño intranquilo, me parece escuchar bien a lo lejos el silbar de una locomotora acercándose, el silbato del guardia de la estación, el traqueteo de las pesadas ruedas de hierro y el retumbar de la tierra. Sonidos que nunca he escuchado, que solo conozco a través de los recuerdos que alguien más compartió conmigo.
    Despierto con lágrimas en los ojos para mirar hacia el fondo de la casa, hacia el limonero seco y muerto como nosotros, como el pueblo. Quizá ya sea hora de talar el viejo árbol y olvidarlo todo, porque es necesario aceptar que el día en que regrese el tren al pueblo no será hoy, no será mañana ni será, tampoco, nunca.



domingo, 12 de octubre de 2025

Temor


El sonido delató su presencia. El áspero roce de la escoba de paja sobre el concreto sin pulir de la vereda era inconfundible. No necesité mirar la hora para confirmar lo que ya sabía, que en efecto era esa hora, la misma en la que, como cada día, la anciana de la vereda del frente estaría barriendo la entrada de su casa.
    Como cada día suena a sentencia, a absoluto, a algo imposible de pensar o de creer, pero así era. Nunca faltaba, el clima, el festivo, la lluvia, el frío o el calor, el día del señor, nada parecía importarle. Y siempre a la misma hora, la anciana barría su entrada con una escoba cada vez más gastada hasta que decidía cambiarla por una nueva. Parecía un mantra o alguna cuestión religiosa similar; por no decir que un castigo.
    Por lo general, si era día de semana estaría preparándome el café, negro como el abismo, al que se reduce mi desayuno antes de ir al trabajo. Si era fin de semana ese mismo desayuno tal vez no sería en solitario sino compartido con alguna conquista ocasional, cuando no luchando contra una de las cada vez menos frecuentes resacas. La anciana tenía sus costumbres, yo las mías. Estoy seguro de que no era el único que conocía esas costumbres, lo que no sé es si alguien más se preocupaba por ella, en el sentido de llegar a preguntarse qué necesidad tenía de barrer la entrada de su casa bajo la lluvia o durante alguna de las tormentas de otoño o primavera; y agradezcamos al cambio climático que hace varias décadas que dejó de nevar en nuestras latitudes, porque de lo contrario verla luchar contra los infinitos copos sería un gran espectáculo.
    Podría ser el contraste, el choque de formas de ser, lo que me llama la atención. La anciana se encaprichaba con esa única actividad, al menos la única que le conozco. Yo nunca haría algo como eso. Ella colabora a su manera con la higiene urbana, yo pago mis impuestos para que alguien más se ocupe. Y si barrer todos los días está bien para ella, lo mío está bien para mí. Ella no lastima a nadie, y supongo que yo tampoco.
    Sin embargo, debo reconocer que siento temor. Sí, temor. Temo el día en que ya no escuche ese áspero roce de la escoba de paja sobre el concreto sin pulir de la vereda y que no me dé cuenta de la hora, haya o no preparado mi café, esté solo, acompañado o con resaca. Temo ese instante en que me dé cuenta de que todo lo que consideraba inalterable, una parte fundamental de mi rutina, de mi mundo, del universo eterno, ya no esté y no pueda seguir utilizándolo para medir mi experiencia en la vida.
    No me siento preparado para aprender a vivir sin ella, sin la anciana, sin su escoba, sin su barrer el concreto sin pulir. No me siento preparado para el día en que mire por la ventana y no la vea, y dudo en verdad llegar a estarlo alguna vez.

domingo, 5 de octubre de 2025

La voz del río

—Con el tiempo —me dijo al llegar—, uno se acostumbra y casi que ni cuenta se da.
    Lo creí imposible, no podía ser real eso de acostumbrarse y ya no darse cuenta de esa presencia que ocupa cada instante, cada rincón. No le dije que me permití dudarlo porque mis oídos de recién llegado me decían que acostumbrarme a algo semejante no sería posible.
    Por supuesto, él tenía razón y otra vez yo estaba equivocado. A los pocos días de instalarme en la pequeña cabaña, rodeada por tantas plantas, con el pasto crecido y amarillento, con el cielo persistentemente despejado, el río desapareció. El ruido del agua, su oleaje, su insistente fluir, se volvió parte del silencio que me rodeaba, tenía que esforzarme para escucharlo, para separarme del resto de los sonidos y asegurarme que seguía allí.
    Verlo a través de la ventana de la cocina, desde arriba de los pilotes sobre los que se levantaba la cabaña, no era suficiente. Tenía que bajar, acercarme al amarradero, donde la arena forma una diminuta playa casi inexistente, y tocar el agua, sentirla, saber que es real, que continúa fluyendo, que no es algo estático y muerto bajo los reflejos del sol. Solo en esos instantes, acuclillado en la orilla, mirando y tocando, sabía que era real, que ambos lo somos.
    No permanezco mucho tiempo en ese lugar, nunca se sabe quién puede estar mirando entre las plantas, en las islas cercanas, en las que de seguro habrá otras cabañas como la que ocupo, o en el río mismo. Y la idea de estar allí es que nadie lo sepa, que pase el tiempo, que se olviden de mí, todos. Bueno, no todos, el dueño tiene que acordarse de las provisiones semanales y seguir apareciendo cada miércoles a la misma hora, antes del alba, trayéndome lo que él cree que yo necesito para sobrevivir y lo que yo tuve que acostumbrarme a comer.
    —Hay buen pique por acá, a la tarde más que nada —me dijo una de esas veces—. En el galponcito hay varias cañas, úselas sin miedo, amigo.
    Pero la idea de comer algo salido del río no me parece correcta, suena a sacrilegio, aunque las latas de atún que me trae sean lo primero que ataco en mi voracidad.
    Con el tiempo, me había dicho al ver mi cara de sorpresa el primer día, uno se acostumbra, y aunque me permití dudarlo, tenía razón. Ya no escucho al río, no se si el río me escucha a mí. Espero que no, porque no quisiera compartir con él lo que me trajo hasta aquí, aunque pudiera llevárselo hasta el mar y luego el mar seguir hasta el océano y en el océano perderse para siempre. Pero entonces este río ya no sería el mismo río, y yo no sería el mismo yo.
    Acostumbrarse al ruido del río permite, también, descubrir los cambios, por mínimos que fueran, en el agua, en el viento, en los sonidos que pueden o no pueden estar allí pero igualmente lo están. Por eso, cuando por fin escucho esos ruidos, que sin saberlo llevo esperando desde el primer día, sé que no hay escondite posible, que han llegado por mí. El inusual chapoteo del agua me lo confirmó.
    Lo mejor sería fingir que duermo, para que lo que va a suceder resulte más fácil para todos.

Una imagen de algún lugar del Río de la Plata

domingo, 21 de septiembre de 2025

El ruido del motor se pierde entre la niebla

El ruido del motor se pierde entre la niebla, o más bien llega a través de ella, aunque no estoy seguro de si se aleja o se acerca. En medio de tanta humedad los sonidos resultan extraños, confusos, como si no estuvieran seguros de cómo comportarse. Es un motor, al menos tengo esa certeza, tal vez sea el de un avión, o de alguna otra cosa igualmente grande. Está cerca, pero no se ve nada. Tal vez esté volando muy bajo, aunque con estas condiciones debería hacer lo contrario. Al menos es lo que yo haría, pero no soy el experto, solo soy el que escucha el ruido de ese motor como si estuviera persiguiéndolo.
    La humedad, esas gotitas de agua en suspensión que no saben qué hacer, se adhieren a mi piel, a mi ropa, a todo mi ser. Siento húmedos lugares de mi cuerpo ocultos y bien protegidos. Por ahora no tengo frío, este llegará después, cuando el sudor se seque y tal vez no salga por completo el sol para levantar toda esta niebla. El motor continúa ahí, diría que a la misma distancia, yéndose o llegando, no se mueve y yo avanzo muy poco porque el resto de los sonidos quedan ocultos, y eso es lo más peligroso.
    Nada de cuanto me rodea puedo tocar, estoy seguro de que alguien me lo dijo. Esa indicación se repite en mi cabeza como una mezcla entre advertencia y amenaza. Esas cosas con el aspecto de árboles pueden no serlo, la misma niebla puede no ser solo niebla, y, si es así, el motor que no dejo de escuchar también podría ser otra cosa. Ignoro qué podrían ser, pero sin dudas serán algo diferente a lo que simulan ser.
    Quizá es posible que también yo tampoco sea lo que muestro ser. Pero ni siquiera eso sé lo que pueda significar. ¿Qué soy? Pensar en quién pueda ser es otra cuestión, primero tendría que definir qué soy, y hacerlo sin dejar de avanzar paso a paso entre la niebla, intentando percatarme de cualquier otro sonido que no sea el de ese motor, percatarme de cualquier otro movimiento que no sean los míos. Los reflejos se confunden, parpadeo más de la cuenta para liberar mis ojos de la humedad, pero las gotitas de niebla me ciegan.
    El ruido del motor parece más cercano ahora, más insistente, como si el avión pasara directamente sobre mi cabeza o algo parecido. A mi alrededor todo se estremece, no como si vibrara, como si se rasgara. Un dolor lacerante me atraviesa, como si algo intentara salir del interior de mis entrañas, algo que al salir me destruirá, me matará en medio de esta niebla, de esta humedad, sin escuchar otra cosa que ese motor yéndose o llegando, de algo a punto de aplastarme.
    El dolor hace que me tire al suelo húmedo. Entre el barro maloliente veo mis pies descalzos sabiendo que no puede ser así, que tendrían que estar cubiertos por las botas de mi uniforme.
    Hace frío ahora, por fin siento frío.
    El motor ruge en mis oídos. Quiero tapármelos con las manos porque algo caliente fluye a través de ellos. Mi cuerpo no reacciona, mis manos no se mueven, mis ojos no se abren, pero tampoco se cierran.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Tren nocturno

El vagón se sacude por completo. El ruido de las ruedas chirriando sobre los rieles me obliga a cubrir mis oídos. El tren avanza unos pocos cientos de metros y vuelve a detenerse con brusquedad, casi golpeo mi cabeza con el asiento delantero por estar cubriéndome los oídos.
    Los pasajeros que seguimos en el vagón nos miramos. Llevamos ya varios minutos esperando a que el tren vuelva a circular con normalidad. Nadie dice nada aguardando a que por el intercomunicador se explique cuál es el problema, pero el aparato solo lanza leves chisporroteos de estática y ninguna palabra. Miro hacia la noche exterior y solo veo mi reflejo en el vidrio, mi cara avejentada que apenas reconozco como mía y mis ojos vacíos que ya nada quieren ver, mucho menos esta cara mía. Viendo mi reflejo entiendo, porque no hay forma de que no sea así, por qué ella se fue. Yo tampoco querría estar junto a algo que mira el mundo de la manera en que lo hago. Y aquí estoy, viéndome como lo que soy, viendo esa cosa que se refleja en el vidrio.
    El vagón vuelve a sacudirse, un poco más fuerte esta vez. El hierro suena como si estuvieran retorciéndolo, no sé, no suena como hierro, suena como otra cosa, y ni siquiera intento cubrirme los oídos aunque duelen más que antes, mucho más. La sacudida termina tan rápido como comienza.
    Me inclino hacia el pasillo entre los asientos, sin levantarme. Miro hacia el frente. No llego a ver nada más allá de la puerta de separación entre los vagones, está cerrada y su vidrio está tan oscuro como el de la ventana a mi izquierda. Me enderezo. Pienso en levantarme y caminar hacia el frente, llegar hasta la cabina y preguntarle al conductor qué sucede, por qué no avanzamos, por qué seguimos atascados en el mismo lugar, pensando las mismas cosas una y otra vez sin saber cómo seguir adelante, y por qué no se realiza algún tipo de cambio de vías. Pero temo que mientras camino entre las butacas, el tren reinicie su marcha y yo acabe en el suelo, golpeado o sucio. Por eso, lo mejor es esperar.
    Pienso en eso, en esperar, y el vagón se sacude. Avanza lo que deben ser unos veinte o doscientos metros, mil kilómetros o a penas un suspiro, antes de volver a detenerse con brusquedad.
    Si no voy hasta el conductor podría buscar al guarda para preguntarle qué pasa con la formación. De seguro estará en el último vagón. Ir en esa dirección implicaría los mismos riesgos que si lo hiciera hacia el frente, podría caer, golpearme, ensuciar mi ropa, podría ser atracado por alguien más, ya que en esos vagones las luces no siempre funcionan y la oscuridad lleva a ciertas personas a creer que pueden hacer ese tipo de cosas sin el riesgo de un castigo y, como no tengo intenciones de pasar por circunstancias como esas esta noche, descarto también esa idea.
    Permanezco en mi butaca evitando mirar a la ventana o cualquier otra cosa más allá del respaldo frente a mí. Esperaré lo que tenga que esperar a que el tren vuelva a avanzar. Ya no puede tardar mucho más o el siguiente tren podría embestirlo por detrás.
    Pero dudo que ese otro tren siquiera exista.

sábado, 23 de agosto de 2025

El martillo


En algún momento los golpes de los martillos contra el metal adquieren mayor peso, una presencia más intensa, se vuelven reales, entonces sé que ya estoy despierto. Los golpes no se detienen nunca, solo dejo de oírlos cuando el cansancio es mayor. Me remuevo incómodo en el saco de dormir intentando que los últimos instantes del sueño no se me escapen, no me abandonen. Los golpes son más fuertes, es tiempo ya de que me levante por mi cuenta y antes que alguien más venga por mí.
    Salgo de la carpa mirando el suelo, no quiero que me pase otra vez eso de clavarme algo en el pie por andar descalzo y que la herida se infecte llevándome a la fiebre y el delirio. Una vez es más que suficiente para aprender a evitarlo, pero no para recordarme el llevar el calzado adecuado. El pozo está cerca, el olor acre es fuerte, alguien debe de haberlo usado hace poco. Pronto habrá que cavar uno nuevo, este ya lleva demasiados días abierto. Ese olor se mezcla con el del humo, con el de lo que están fritándose por allí cerca, con el del sudor, con el de la mierda de los caballos, y los golpes continúan.
    Levanto la mirada. El cielo está gris, si por las nubes o el humo no lo sé, no me importa. Por entre los golpes de todos esos martillos llegan las voces, los quejidos, los gritos, los gemidos y suspiros de agotamiento desde las fraguas cercanas, y eso solo porque no hay viento que se trague los ruidos de los que están un poco más allá, del otro lado de la montaña.
    Siendo tan temprano, hay poca gente en esta parte del campamento, debe ser día de entrega. No recuerdo cómo estaba la Luna anoche, el cansancio ni siquiera me dejó mirarla. Es posible sí sea día de entrega y que la mayoría estén preocupados. Yo también lo estaría de no ser porque ya cumplí y superé mi cuota. Aun así, sé que debo ir a la fragua y trabajar como si fuera el primer día del ciclo y seguir forjando el hierro hasta el cansancio. Trabajamos sin saber porque lo hacemos, solo sabiendo que debemos hacerlo; sin saber para quién lo hacemos, solo sabiendo que alguien vendrá a buscarlo; sin saber cómo lo hacemos, solo sabiendo hacerlo y sin hacer demasiadas preguntas; sin decir nada en verdad.
    Rebusco entre la arena debajo del saco de dormir hasta encontrar mi martillo. Si alguien llegara a robármelo, si alguien me lo quita y no tuviera forma de recuperarlo, estaría perdido, formaría parte de la siguiente entrega, como tantos otros, por eso lo mejor es esconderlo y a la vez tenerlo cerca.
    Con mi martillo, y las sandalias bien ajustadas en las pantorrillas, camino hacia la fragua más cercana. Me conocen, lo sé por la forma en que me miran, con aprecio, con resentimiento, con odio, con desprecio por lo que yo puedo hacer y ellos no, por lo que ya he hecho y ellos nunca lograrán, por el tiempo que seguiré haciéndolo cuando ellos ya estén muertos. Sin decir una palabra sumo mi martillo, mi fuerza, mi destreza a los golpes débiles y sin ritmo de los demás. Poco a poco, más pronto unos, un tanto más tarde otros, se acomodan a mí, siguen mi ritmo, mis indicaciones. Me odian, lo sé tan bien como saben ellos que sin mi hace varias Lunas que se habrían ido junto con el resto de las entregas.
    Esa noche, cuando se escuche el cuerno de llamada, otra vez estarán salvados y deberán agradecérmelo. Lo saben, lo sé. Y me odian. Y me encantan. Y mi martillo, y los suyos, no dejarán de golpear una y otra vez, eternamente, hasta el fin.