—Éste hombre murió de muerte natural —dijo el
más alto.
—¡Tiene dieciséis disparos en el
abdomen! ¡Le falta la cabeza! ¡Y tiene chamuscado el 90% del cuerpo! —gritó,
con desesperación, el más bajo—. ¿Cómo puede decir que se trató de una muerte
natural?
—Así lo demuestra el análisis ocular
—se defendió el más alto.
—¿Acaso usted es médico?
—Para nada. Soy fotógrafo de
domingos a la tarde —explicó el más alto—. ¿Por qué? ¿Necesita una fotografía? Tenga
en cuenta que mis retratos son los más rápidos del oeste.
—Imposible —respondió el más bajo—.
Soy foto-higiénico. No salgo en las fotos.
—Me parece muy bien. Mi religión no
me permite ver fotos ajenas.
—Entonces, ¿saca fotos pero no las
revela?
—¡Por supuesto que no! Envío a
domicilio portarretratos sin retratos, postales sin paisajes, cuadros sin
dibujos. Ese tipo de cosas.
—¿Y dice que se trató de una muerte
natural?
—Claro. Nadie sobrevive a la
combustión espontánea.
—Nada, salvo las cenizas —acotó el
más bajo.
—Claro, claro. Eso que usted dice
—respondió el más alto dando a entender que ya el asunto estaba solucionado.
—¿Le molesta que le invite a tomar
una tacita de café, descafeinado, con azúcar, y sin crema? —preguntó el más
bajo con los ojos embelezados.
—¿No será mucha molestia? —dijo el
más alto mirando el paisaje que en nada se relacionaba con esta historia.
—Para nada —respondió el más bajo.
—Entonces, pase usted —dijo el más
alto abriéndose el pecho de par en par—. Límpiese los pies que allí dentro está
recién alfombrado —agregó mirando el cielo del tardío amanecer sin que lágrima
alguna lograra alcanzar el límite de su mejilla.









