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miércoles, 5 de enero de 2011

Profesión


—Éste hombre murió de muerte natural —dijo el más alto.
—¡Tiene dieciséis disparos en el abdomen! ¡Le falta la cabeza! ¡Y tiene chamuscado el 90% del cuerpo! —gritó, con desesperación, el más bajo—. ¿Cómo puede decir que se trató de una muerte natural?
—Así lo demuestra el análisis ocular —se defendió el más alto.
—¿Acaso usted es médico?
—Para nada. Soy fotógrafo de domingos a la tarde —explicó el más alto—. ¿Por qué? ¿Necesita una fotografía? Tenga en cuenta que mis retratos son los más rápidos del oeste.
—Imposible —respondió el más bajo—. Soy foto-higiénico. No salgo en las fotos.
—Me parece muy bien. Mi religión no me permite ver fotos ajenas.
—Entonces, ¿saca fotos pero no las revela?
—¡Por supuesto que no! Envío a domicilio portarretratos sin retratos, postales sin paisajes, cuadros sin dibujos. Ese tipo de cosas.
—¿Y dice que se trató de una muerte natural?
—Claro. Nadie sobrevive a la combustión espontánea.
—Nada, salvo las cenizas —acotó el más bajo.
—Claro, claro. Eso que usted dice —respondió el más alto dando a entender que ya el asunto estaba solucionado.
—¿Le molesta que le invite a tomar una tacita de café, descafeinado, con azúcar, y sin crema? —preguntó el más bajo con los ojos embelezados.
—¿No será mucha molestia? —dijo el más alto mirando el paisaje que en nada se relacionaba con esta historia.
—Para nada —respondió el más bajo.
—Entonces, pase usted —dijo el más alto abriéndose el pecho de par en par—. Límpiese los pies que allí dentro está recién alfombrado —agregó mirando el cielo del tardío amanecer sin que lágrima alguna lograra alcanzar el límite de su mejilla.

domingo, 17 de octubre de 2010

En los sótanos


En lo sótanos de la biblioteca del Museo del Ermitage habita un monstruo. Es verdad aunque suene a argumento de novela de misterio mediocre, o a película aburrida sobre un monstruo encerrado en el sótano de un museo que nadie comprende cómo fue que llegó allí. Pero el monstruo es real.
Es mucho más que las sombras en las que creemos reconocerlo; más que las marcas que se descubren en los archivos, en los manuscritos, y en todo lo demás. Es el peor monstruo de todos: es un hombre.
También esto no resulta ser un giro demasiado original en el argumento.
Se trata de un hombre que aprendió las artes oscuras de la lectura y la escritura, que ha revisado meticulosamente cada trozo de papel, pergamino y papiro depositado en esos húmedos y oscuros sótanos. Parece buscar algo, un dato, un detalle, una acotación, que aún no ha podido encontrar.
No se sabe que coma ni que beba. Se define como zarista y anticlerical, firma con el símbolo de una antigua runa y se ríe de nosotros todo el tiempo dejándonos pistas que conducen a paredes cargadas de humedad y antiguos símbolos de poder soviéticos. Su identidad es un misterio, su filiación política un desastre. Se lenguaje es un mezcla de dialectos muertos y desaparecidos hace milenios reconstruidos sin la menor idea de su lingüística ni su pronunciación. Pero lo sabe todo, porque ha leído documentos de estado, libros históricos y cada novela de Sidney Sheldon.
Esto lo vuelve peligroso. Por eso lo buscamos, aunque todavía no hemos tenido suerte y esperamos que sea el único, que no haya otros seres como él, en otros sótanos, de otros museos, de otros países, socavando los pilares de la ignorante sociedad que nos llevó tanta sangre, sudor, represión y miedo, crear.
Hoy recomienza la cacería. Esperamos tener suerte.

sábado, 14 de agosto de 2010

El mar de los suspiros


El barco se balanceaba acompasadamente, adelante, a los lados, adelante, atrás, como la cuna de un recién nacido. Mi estómago acompañaba el rítmico ir y venir haciéndose sentir a cada instante.
Con fuerza, tanta que mis uñas emblanquecían, me aferraba a la baranda de la proa; junto al Capitán de aquel fantasmal nao. A pesar de aparentarlo, no flotábamos a la deriva, no. El rumbo estaba perfilado desde antaño.
Éramos, el Capitán y yo, los únicos en todo el océano; llevábamos tanto tiempo juntos que las palabras eran innecesarias. Y, a pesar de todo, mi estómago no se acostumbraba.
—¿Cómo dijo que se llamaba éste sitio? —pregunté.
El capitán me miró largamente en silencio antes de responder.
—¿Sigue con problemas memorísticos? Éste es el mar de los suspiros.
—Ah, si. Cierto —dije—. Pero ese no es su verdadero nombre, ¿cierto?
—¿Tengo que volver a repetir la historia? ¿Vomitaste tu estómago o tus recuerdos?
Lo miré de costado, pero no descubrí sonrisa alguna en su rostro.
—No lo sé —dije—. No lo recuerdo.

sábado, 7 de agosto de 2010

El pirata de por vida en: Y todo por una bolsa de oro

El ladrón estaba vestido de pirata arquetípico, es decir, como Jack Sparrow. Quizá creyendo que esa clase de personajes aventureros, libidinosos e hipertrofiados, alguna vez existieron. Claro que también portaba el poderoso cañón de una magnun del 38, con el que me apuntaba pidiéndome con suma amabilidad mi bolsa de monedas de oro que pendían de la hebilla de mis botas.
Sus secuaces, un velociraptor disfrazado con ropa de hip-hoptero trasnochado, y una monja transfigurada en prostituta virginal, hacían campana a los costados.
Dame el oro, repetía el pirata con su gangosa voz.
Ya te dije que no traje al loro, lo dejé en casa; respondí.
No, el loro no. El oro, dije dame el oro. Dijo otra vez el pirata.
Por eso, no traje al loro, seguía pinchándolo. Esperando a que, por fin, se atreviera a disparar con ese trozo de metal que cada vez apuntaba más abajo. A mis branquias, a mi pene, a mis rodillas, a mis pezones.
Mis pies bailaban ante tres pares de ojos atónitos que no sabían si robarme o acompañarme en el baile.
Sólo falta Alicia, dije, para estar todos juntos como la última vez.
En cuanto escuchó aquel nombre, el falso pirata comenzó a llorar.
Es el último maldito baile de disfraces al que asisto. Dijo. Todos alardean que conocen a mi pobre Alicia. Y yo que la quería tanto.
¿Qué fue de ella? Pregunté a un paso de la compunción.
Prefirió quedarse del otro lado del espejo, respondió el velociraptor mientras la monja acariciaba la calva escondida debajo del sombrero de mi asaltante.
Lo siento, dije antes de agacharme para desenganchar la bolsa de oro de mi bota del mejor de cuero sintético que el oro falso puede comprar.

viernes, 18 de junio de 2010

Guerrillera

Me encontraba de pie en lo más alto de la escalinata de la Universidad, desde allí podía dominar la extensa explanada con la vista. En verdad podía verlo casi todo. Y todos podían verme en medio de la vorágine de gente y movimiento.
En aquel sitio, la Universidad, y en aquella época, tiempo de exámenes finales, cosa alguna desentonaba con el paisaje (ni los raros peinados, ni la ropa colorida, ni los gritos en idiomas inventados).
Esperaba a alguien; no sé a quién, pero lo esperaba. Veía acercarse por la escalinata a una vietnamita; sin dudas pensé que sería alguna de las estudiantes de intercambio. Tendría unos 18 años, esbelta y llena de resolución enfundada en su uniforme reglamentario de guerrillera, miraba hacia el frente como si nada pudiera distraerla de su camino.
No pensaba decirle nada, a pesar de que el rifle que cargaba parecía verdadero y funcional; fue ella la que se acercó a mí.
—Busco a Mariela —escupió.
—Creo que está adentro —dije señalando el edificio enorme, gris y barroco de la Universidad—. ¿Para qué la quieres?
—No te preocupes. Solamente pretendo matarla —dijo antes de seguir caminando.
—¡No! —grité —. A Mariela no.
Corrí entre la gente, que me miraba sorprendida pero me dejaba hacer, y las columnas dóricas de la entrada buscando a la guerrillera vietnamita. Al encontrarla le pedí que no matara a Mariela, por favor. Que la dejara tranquila.
Apenas sí me escuchó y continuó, en cambio, con su búsqueda.
Utilizando mi conocimiento del edificio, que conocía más que a mí mismo, me aparecía a cada paso de la guerrillera, por diferentes caminos, intentando convencerla para que no cumpliera su propósito.
Ella siempre decía que no. Su orden debía ser cumplida, repetía, y continuaba buscando entrando en las aulas, en los sanitarios, abriendo todas las puertas que encontraba en su camino.
—Deja en paz a Mariela, por favor. ¿Por qué debes matarla? —repetía a cada paso.
Ante mi insistencia, porque no parecía dar muestra de cansancio y/o fastidio, se dignó a mirarme; su lacio cabello negro le cubría los hombros, sus ojos eran los más negros y duros que viera jamás.
—¿La conoces? —preguntó levantando solamente la ceja derecha.
Descolocado por la pregunta, me detuve a pensar unos instantes.
—No —debí reconocer luego de pensarlo por un eterno minuto.
—Entonces déjame continuar. Sabes que, si la encuentro, no la extrañarás.
Di un paso al costado y la miré alejarse, a paso firme, entre la gente que inundaba los pasillos. Por un instante pude seguir sus movimientos debido al rifle que llevaba colgando sobre su hombro, luego ni siquiera eso.

martes, 25 de mayo de 2010

Guerra futura


El arsenal (ostentoso nombre para un galpón de cuarenta metros de largo, seis de ancho y doce de alto), se encontraba cubierto por una gruesa capa de polvo hundido en el silencio.
Junto con mis dos ayudantes recorrimos el interior llevando los aparatos de medición y precisión reglamentarios para éste tipo de casos. No todos los días se encuentra uno con la posibilidad de analizar un viejo depósito de armas del siglo anterior.
El suelo lleno de sedimentos acallaba nuestros pasos. El sabernos protegidos por la unidad post-militar que nos aguardaba en el exterior no nos hacía sentir menos presionados por el panorama que recogían nuestros ojos.
Recorrimos de extremo a extremo la vetusta construcción mirando cada viejo aparato, cada cosa que encontrábamos. Revisamos hasta la última mota de polvo.
El miedo y el entusiasmo del descubrimiento dieron paso al tedio y la desazón.
Poco más de dos días requerimos para confirmar lo que sabíamos prácticamente desde el momento del descubrimiento: Ninguna de aquellas antiquísimas armas servía para nada. Sus vetustos componentes ni siquiera podían ser reciclados.
Presentamos el informe de rutina y la Junta de Protección Medioambiental procedió a demoler aquel ominoso complejo, mientras me dirigía, junto con mis ayudantes, con suma urgencia, a otro sitio similar localizado apenar unos kilómetros más al norte.

martes, 20 de abril de 2010

La Pasión según Atacama

Atacama, mediodía, la cantimplora vacía, el sudor deshidratándome y el sol friendo mi piel…
¿Cómo es que llegué hasta aquí? ¿Cómo sé que estoy en Atacama y no en cualquier otro sitio que se le parezca? ¿Será por el tatuaje que recorre mis brazos? El mapa de Chile en carne viva, nace en mi hombro y muere en mi rodilla.
Otro tatuaje ocupa mi pantorrilla. Una criatura milenaria devora tierras, mitológicamente inexistente tragándose las montañas y el frío, el agua y el barro.
¿Huyo de ella? Es posible… ¿Por qué? No lo sé. Quizá sea mi creación y, en mi falta de recuerdos, no sepa otra cosa que debo huir, alejándome de todo.
Pero, sin agua, no resistiré mucho más. O eso creo.
El peso de las alas me molesta en la espalda. Alas inservibles, inútiles y débiles, que no resistirían el peso de un hombre. Ni de una mosca.
Porque mis alas no existen.
Comienzo a delirar.
Deliro o realmente viene hacia mí, atravesando el desierto, una murga de carnaval. Lo desconozco. Me detendré a esperarlo. Quizás ellos, entre sus ropajes recargados de adornos e instrumentos musicales que desconozco cómo funcionan,  puedan darme una respuesta a alguna de mis dudas.
Mientras llegan cerraré los ojos dejándome acunar por la sueva y tibia arena que ya me envuelve…

domingo, 3 de enero de 2010

Arte Al Amar

Se encontraron, de casualidad, en la sala de un museo.
El silencio y el siseo de la gente al pasar no los distrajo.
Largamente se miraron, desnudando sus almas, dejando de lado lo demás.
Por un instante el amor, la pasión, la locura, flotaron en el aire.
Un latido después, desvió la mirada y se alejó sin inmutarse.
Pero, tan pronto como se alejó, alguien más ocupó su lugar.
Y la danza continuó, entre la escultura de hierro oxidado y quien la mirara,
tan solo por amor al arte.

martes, 8 de diciembre de 2009

Le Lop Es Mòrt

Repetía la canción, una y otra vez, mientras la rítmica e inquietante música llenaba la sala de espera. Era el único, de los pocos que allí estábamos, que parecía atender a la música; ni siquiera la secretaria sentada junto a la radio la notaba.
El aire caliente de la tarde se filtraba por las ventanas, las viejas cortinas apenas se movían, y el sol había que adivinarlo detrás de ellas. Pero, aunque no se lo veía, sabía muy bien hacerse sentir.
La modorra flotaba en el aire, el tiempo se transmutaba en un elástico transcurrir. Sin más que escuchar esa monocorde canción cuyo final parecía tan lejano como su comienzo.
Para escaparle al sueño, al olvido que representa el cerrar los ojos y que el mundo siguiera su andar, le hablé a la secretaria:
—¿Qué estamos escuchando?
—Una canción —dijo sin levantar la mirada de lo que escribía o fingía escribir.
—Me imagino que sí. Pero me refería al grupo, al estilo, al nombre de tema. A esas cosas.
—Ah. No sé nada. Encontré el DAT en una casa de antigüedades. Sin caja ni etiquetas. Pero no entiendo alemán.
—Eso es francés —la corregí.
—No, tampoco entiendo francés. No fui a un colegio bilingüe. Solo me enseñaron los rudimentos del esperanto y un poco de español.
—¿Y no siente curiosidad por saber lo que dice?
—La verdad que no. Me gusta el misterio de tener algo que no comprendo. Es mejor imaginar a tener todas las respuestas. ¿No le parece? —me miró sin sonreír ni demostrar ninguna otra emoción en el rostro, es decir, como toda una secretaria.
Tengo que reconocer que aquella fue la respuesta más inteligente que escuché en mi vida. No pude más que asentir en silencio, y sentarme a continuar esperando. Y dormir, tal vez.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Tarde de Pesca

Se quitó una molestia del ojo, flotaba mucho polvo y cenizas en el aire, extendió la caña, tomó impulso hacia atrás y arrojó el anzuelo lo más lejos que fue capaz. En las aguas más lejanas de la sucia costa nadan los mejores peces. Todos lo saben.
Se acomodó sobre una roca dispuesto a esperar, mirando las tenues olas, las descoloridas nubes, el atardecer difuminado a la distancia. Escuchando apenas los rumores del mundo en su solitario rincón.
Levantó la vista, la tenue atmósfera se oscurecía, el sol se alejaba, se adivinaban las primeras estrellas en el cielo. Todo era, al mismo tiempo, similar y diferente a la… De un manotazo mató un mosquito que se había posado sobre su nariz.
No. Para nada diferente. Todo era exactamente igual, tan parecido, tan idéntico que debía esforzarse para recordar que el lugar en que vivía era Venus y no la desolada Tierra de sus abuelos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La Nariz de Cleopatra


Viajamos en el mismo vagón, del mismo tren, en el mismo trayecto, varias veces. Incontables. Separados por asientos vacíos y un pasillo que, como frontera infranqueable, nos miraba con desprecio.
Es verdad, no sé tú nombre. Nunca hice nada por averiguarlo. Pero, y sé que sonará a excusa barata, me era suficiente el observarte. Si, eso que puede parecer tan poco, para mi era todo. Era mi alimento espiritual entre viaje y viaje.
Mirándote mirar por la ventana, siempre sola, siempre ausente como en el poema de Neruda; con el sol lamiendo tus mejillas y desbordando en tu cabello.
También estaba tu nariz, respingada como la más bella escultura de Cleopatra, la misma que siempre nos enseñan y que quizá sea mi predilecta; tus pómulos y tus labios con una sonrisa semi-perdida en ellos. No lo sé.
Lo único que sé es que hoy era mi último día de trabajo antes de que me trasladaran a otra sucursal, a miles de kilómetros de aquí. Y quería, por fin, hablarte, sabiendo que fuera cual fuera tu respuesta no la disfrutaría. Aunque tampoco la sufriría.
Pero, el destino, el mundo, dios, el universo o mi estúpida timidez jugaron, otra vez, en mi contra.
Tengo tanta mala suerte que hoy, mi último día de trabajo en la ciudad, por alguna razón, no viajas en nuestro tren. Y es así que, sin tu perfil contemplando el mudo paisaje, todo se me hace tan vacío y desolado…

domingo, 25 de octubre de 2009

De cómo nació el universo y afines

Primero existió una roca, grande, poderosa, monolítica. Hasta que decidió estallar para ocupar el vacío con el fruto de sus hijos. Cada uno de ellos era menor, más débil, y pequeño que la roca madre. Además, resultaron propensos a la putrefacción de albergar ida.
Destilaban magma y otros desechos, génesis y finales.
Para cuando el imperturbable tiempo aniquiló cada una de las hijas de la roca, cuando sólo las creaciones menores conservaban su conciencia, y los recuerdos se dilataban en pesadas meditaciones sin fundamento, comenzó el reinado del agua y las lluvias.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Piropeador

Pertenezco, en cuarta generación, a una familia dedicada al hermoso arte del piropo. Luego de años de diversos entrenamientos en poética, rima, cultura popular y lenguaje, cada hombre de mi sangre sale a la calle a demostrar sus saberes, su picardía, su encanto.
Tradición comenzada por mi bisabuelo, que de esta forma conoció a mi bisabuela; la madre de mi abuelo. Su hijo fue quien mejoró el desarrollo de la técnica a lo largo de su longeva vida. Vivió casi noventa años e incluso en sus días finales no dejaba de robarles sonrisas a las enfermeras del geriátrico.
Sus últimas palabras fueron dedicadas a sus recuerdos sobre los sinsabores del amor, el rencor, la pasión y la piel, mucha piel, sobretodo piel; como repitió varias veces. Es una suerte que la abuela, su esposa, no estuviera allí para escucharlo hablar de ese modo.
Mi padre era bueno, no tanto como su padre, pero mantuvo el honor y la fama de la familia bien alto casi sin problemas. Claro que la suya fue una época en la que todo podía suceder y en la que las maravillas todavía tenían lugar.
En mi caso, como no podía ser de otro modo, me las vi negras. Las mujeres ya no caminan por las calles regalando su belleza, prestando oídos a las frases lisonjeras ni a las de verdadero amor. No.
A decir verdad ya nadie escucha nada en la calle. Hay mucho ruido, mucho tránsito, muchas obras en construcción, es cierto. Pero quien dio la estocada final a mi profesión fue algo mucho más pequeño, más moderno; desde su aparición mis palabras ni siquiera son atendidas para confirmar su rechazo, mucho menos para su aceptación. Conseguir una mujer del mundo de hoy pretendiendo utilizar solamente la propia habilidad para la conquista resulta imposible.
Las mujeres aún pasean por las calles, es verdad, pero sus oídos no son míos, fueron usurpados por un competidor que ni mi padre, ni mi abuelo, ni siquiera mi bisabuelo, hubieran hubiera jamás imaginado. Por eso mismo:
¡TE MALDIGO ipod! ¡Máquina infernal por condenarme al celibato!

sábado, 11 de julio de 2009

DAK


Las explosiones resonaban alrededor de su cabeza, por todas partes, imposible de negar.
Hans, con el fusil inutilizado, el uniforme cubierto de sangre y arena y la cabeza tan despejada como siempre, veía a los Panzers avanzar, lenta pero decididamente hacia el este.
Cuando todo acabe me iré a Tombuctú, pensaba. El calor aquí es insoportable, y tanta arena comienza a afectarme.
Pasó junto a varios soldados ingleses muertos, aprovechó para cambiar de arma al tiempo que repetía las órdenes en su cabeza: Avanzar, avanzar, y avanzar. Hacia Gazala, hacia oriente.
¿Cuán lejos estaremos de Tombuctú? ¿Llegaré caminando? No, mejor en barco, un navío inglés directo hacia el sur. De seguro allí no hace tanto calor.
El Panzer que avanzaba junto a él se detuvo, pero Hans, ensimismado en sus pensamientos, no lo notó; continuó caminando internándose, sin saberlo, en el campo minado por los ingleses.


sábado, 20 de junio de 2009

Adivina

Supe lo que sucedería en el instante mismo en que comenzó a acariciar suavemente mi mano, a recorrer mi palma, los dedos y las uñas con su leve toque. Fue una tontería de mi parte el perderme en sus ojos.
Recorrió una a una las líneas de mi palma frotándola como si fuera única; comentando cuánto poder y futuro sentía en ella junto la fortaleza de mis dedos capaces de abrazarla en todos los mundos posibles.
Mi mano la había enamorado, reconoció, tan sólo de mi mano. El resto de mí le aborrecía de todas las formas posibles (incluso algunas un tanto imposibles). Y con justa razón he de decir.
Sus caricias lograron distraerme, adormecer mi cuerpo y mi mente. Con palabras dulces dirigidas a mis dedos, me hundí en un profundo sueño.
Hoy un adorno más pende en la carpa de la adivina, justo sobre su cabeza, en la vieja de la feria del pueblo. Ella se quedó para sí con lo mejor de mí, yo tuve que conformarme con un muñón y un beso en la frente.

lunes, 8 de junio de 2009

Cacería sin objeto ni lugar

¿Qué habita en los confines del recuerdo? ¿Qué mesmérica invención evita olvidarme? ¿Por qué sucede?
Ojalá pudiera eliminar ese detalle de mis recuerdos. Pero, al hablar de detalle, no soy fiel al mismo. Tal vez lo haya sido al principio de todo, antes de tornarse recuerdo. Pero ha ido creciendo, parte por parte, a lo largo de los años.
Pasó de ser una molestia en el fondo de la memoria a ser el lastre que impide cada uno de mis movimientos. Y ello a pesar de que lo único que hace es mostrarse, de vez en vez, como solía ser.
Quisiera abrir mi cabeza y extirparlo, arrancarlo de mi encéfalo como un insecto molesto. Atravesar los recuerdos buscándolo y, con la precisión de un escarpelo especialmente afilado para esta tarea, separarlo de mí. Pero no puedo, soy cabeza dura y el alcohol, nacional o importado, de nada sirve ya.
Porque eres un recuerdo muy grande que me atormenta cada vez que cierro los ojos, en el sueño y la vigilia, y, para qué negarlo. Y ya no sé qué hacer contigo.

Si, el de la foto es Cortázar, 
ayudándome a encontrar el recuerdo en cuestión

martes, 2 de junio de 2009

La caída

Se creía importante por ser dueño del único rascacielos de la ciudad. Como si el poseer dicho edificio lo hiciera mejor hombre, poderoso o, simplemente, notable. Cuando la realidad era muy otra.
Ese creerse alguien lo llevaba a maltratar a los empleados de todo el edifico como si ellos también fueran pertenencias suyas en lugar de personas.
Hacía sentir minúscula a la gente con sus palabras; los insultaba y denigraba uno a uno. Nadie trabajaba más de un par de meses en el lugar. Nadie lo soportaba.
El números de personas que odiaban al dueño de la casa de hormigón y acero, crecía día a día. No le importaba, ya que eso, decía, lo haría ver más importante.
La ciudad entera comenzó a odiarlo; cansada de sus caprichos y juegos infantiles. Nadie quedaba fuera del círculo de odio que enceraba al edificio.
Pero no fue la gente, en plural, la que se desquitó con él. Fue un simple empleado idealista que sabía de explosivos y detonantes, quien, unos días después de ser despedido y antes de hacer saltar hasta los cielos los cimientos mismos de la construcción, escribió con tiza en una de las paredes:
Todo poder es relativo.

martes, 7 de abril de 2009

Perspectiva

En medio del fragor de la batalla, mientras los caballos resoplaban, las flechas agujereaban el aire, las armaduras relucían y las trompetas alababan a la muerte; en medio del caos y el desorden que todo combate desata; entre gritos, órdenes y heridas; el héroe clavó su espada en la tierra, de un puntapié partió el filo en dos y arrojó el mango hacia atrás.
—Ya no lucharé —dijo.
Se alejó caminado del campo de batalla quitándose las partes de la armadura sin que ninguna flecha, saeta, espada o daga, viniera a herirlo. Solo se escuchaban sus pasos y su agitada respiración tranquilizándose poco a poco.
Instantes después, ambos ejércitos depusieron sus intenciones y siguieron los pasos del héroe hacia los campos, hacia los bosques y los ríos, a predicar que en aquella tierra ya nadie lucharía.


jueves, 19 de febrero de 2009

Climático

Abría la mano y la lluvia regaba los campos. Movía las cejas y el viento cambiaba de dirección. Miraba las nubes y decidía si el día estaría nublado o soleado. Su respiración daba inicio a los huracanes. Su sudor era la sabia de la tierra. El sol y las estrellas descansaban en su lecho. Por sus venas corría el río que lo vivificaba todo.
    Ser el mago del clima fue lo mejor que pudo pasarle en la vida.
    Tan solo faltaba que creyeran en sus palabras y se le permitiera salir de tan mullida habitación.

lunes, 9 de febrero de 2009

Esfera

—¿Es esta? —pregunté señalando el pedestal sobre el que descansaba. —Así es. ¿No es preciosa? —respondió ufano tomándola entre sus manos—. Es una esfera indestructible.
    —Parece de vidrio. ¿Para qué sirve?
    —Sirve para guardar sueños, anhelos, deseos, pensamientos, ondas alfa, imágenes del recuerdo, historias nunca escritas, cosas por suceder… —no le quitaba los ojos a la esfera mientras hablaba—. De todo.
    —Cosas intangibles —dije—. ¿Dónde la conseguiste? ¿Te costó mucho?
    —La compré en mi último viaje a Fez, y sabes que nunca hablo sobre mis gastos. Es la última tecnología de almacenamiento. No consume energía, no se desgasta ni degrada, no le pasa nada, nunca, se mantiene siempre igual a sí misma. Me lo aseguró el vendedor, según lo que dijo el traductor que me acompañaba.
    —¿Puedo sostenerla?
    —Por supuesto —respondió extendiendo la esfera hacia mí.
    Sabía que no me tocaría, porque él nunca tocaba a otra persona, retiré la mano, como al descuido, cuando la dejó caer.
    La esfera se hizo añicos al golpear contra el suelo.
    —NOOOOoooooo! —gritó desgarrado.
    —Te dije —dije cuando dejó se apagaron los ecos—, era de vidrio.