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viernes, 6 de enero de 2012

Se es siempre lo que se fue

Parecía mentira, pero no lo era. Más bien se acercaba un poco a la tozudez supina. Porque volver a levantar, distrayendo esfuerzos y recursos de otras necesidades, la muralla antaño derribada, sin mayores explicaciones que el temor, el miedo a los diferentes, era, cuanto menos, inexplicable.
Aún vivían unos pocos ancianos que recordaban haber pasado su infancia en la Ciudad de las Murallas Perfectas; pero ninguno sabía decir si esos trozos de adobe y estiércol apisonado servirían de algo. Tampoco decían nada sobre el por qué de su destrucción, como si algún extraño secreto se ocultara allí.
Los hombres nuevos, los que heredaron la ciudad, el poder de tomar decisiones y las escasas riquezas, temían por sus posesiones. Esa era la razón por la que se obligaba a los parias, los pobres, los maestros de escuela y a los discapacitados a arrastrar carro tras carro de tierra, a cavar y cavar, a rellenar y quebrar, sin un orden demasiado lógico, sin un sentido, mientras la muralla crecía regada por el sudor, y el orín, de los obreros.
Para mantener a ese enemigo ficticio alejado de los hogares; para saber siempre quién entra y quién sale de la ciudad, y qué se lleva con él; para brindar seguridad y la sensación de encontrarse, una vez más, en el vientre materno.
Los ancianos, por su parte, nada dicen. No por carencia de palabras, ni porque sepan que su experiencia no serviría de nada en la construcción.
Ellos callan porque saben que, por más alta que una muralla sea, siempre habrá una forma de franquearla. Ellos callan porque recuerdan a la vieja, inmemorial y destruida una y otra vez, Troya.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuadrilla

Entraron corriendo, empujando los pocos muebles del salón, pateando pilas de viejos diarios y revistas, quebrando algunos adornos cubiertos de polvo. Redujeron todo a escombros. Nada sirve para nada, decían mientras las paredes cansadas se dejaban abatir sin una mísera queja, como si bostezaran con bocas cada vez más grandes. Años, décadas, de pasos sobre esos suelos, de caricias furtivas y corazones fríos, quedaron en el recuerdo de los que ya no estaban, aquellos de los que no se sabía si vivían o no.
Tampoco importaba.
Demoraron unas pocas horas, para que no quedara piedra sobre piedra, ladrillo sobre ladrillo, teja sobre teja. Limpiaron sus herramientas en el pobre césped del jardín, pisando las escuálidas flores que aún persistían en su vida carente de riego.
Se fueron tan veloces y ruidosos como llegaran; pero con el trabajo cumplido. La vieja casona se reducía a un terreno libre de escombros en la que una fina capa de polvillo no terminaba aún de asentarse; todo lo que formaba parte del recuerdo quedó, finalmente, en el remoto pasado.
La Cuadrilla Para el Progreso cumple muy bien con su trabajo.
Eso cualquiera lo sabe, y nadie lo pone en duda, nunca. Por las dudas.

Interesante visión que nos brinda google cuando 
escribimos progreso como parámetro de búsqueda:

viernes, 14 de octubre de 2011

La "otra" duda


Imposible seguir negándolo, la había visto esconderse detrás de las cortinas. La pesada tela no se movía en lo más mínimo, es cierto, pero sabía que sus ojos no serían capaces de engañarlo con algo semejante.
La casa, destruida luego de los últimos bombardeos, presentaba las huellas del fuego reciente; fuego que se extingue porque ya no queda que consumir, y sólo restan las cenizas.
Cenizas y esa ventana que se mantuvo en su sitio por alguna azarosa casualidad. Esa misma ventana tras cuya cortina de tela marrón viera esconderse a alguien. Estaba seguro de ello.
Al menos así lo creía.
Miró los extremos de la calle, el resto de la unidad se dedicaba al saqueo de los escombros. Algunas risas, disparos contra cadáveres muertos de difuntos ya fallecidos y el viento ululando. Y, claro, él, estático, en su sitio.
¿Queda alguien vivo allí?
¿Sería, de casualidad, una mujer?
Semanas enteras sin ver una, tiempo de tensiones y necesidades. Una mujer sería mucho mejor que cualquier tesoro escondido entre las ruinas.
Si, qué duda podía caber de que fuera una mujer. ¿Quién más se escondería detrás de unas cortinas?
Se acercó un paso, diminuto, precavido, hacia la ventana, vacilante. Y ya no pudo continuar.
Una bala perdida, de alguno de sus compañeros, lo dejó con la duda eterna.

viernes, 1 de julio de 2011

¿Qué resta?


Sarajevo arde; Berlín fue bombardeada; en Londres la niebla se oculta bajo el humo; Paris no es más que ruinas; Roma ya no existe; Madrid no resistirá mucho más. Asia es un campo de arena, cadáveres y buitres rechonchos. América del sur fue devastada, de un extremo al otro. Ni un solo árbol sobrevivió en la ribera del Amazonas. La sequía destruye África. Oceanía fue tragada por las aguas.
No. Los dioses no se han vueltos locos y nada tiene que ver en todo esto. Es la estupidez humana en su máxima expresión.
Nada más.

lunes, 30 de mayo de 2011

Y, si...


Esa cosa rara, rugosa, fea, cayó a la tierra en pleno verano. En medio del mar, como una gaviota muerta, inesperada, desconocida. Desde las alturas, desde distancias inimaginables.
En medio de la soledad del sol del mediodía se hundió en las poluidas aguas del mar, sobresaltando el lecho barroso carente de vida, hundiéndose sin más.
La última esfera metálica construida por el hombre milenios atrás, regresaba a la cuna primigenia de la especie que la construyera.
Pero no quedaba nadie allí para recibirla.

sábado, 23 de abril de 2011

Temporada

Quienes aceptan las teorías vertidas por el sagrado Von Daniken en sus libros canónicos, creen que el universo es, necesariamente, un sitio bueno. Confiable para vivir y preparado para una existencia amena y sin dificultades. Casi un paraíso diríamos de no ser por el cariz que suele acompañar a dicho término.
Un universo como el descripto, es uno que huye de, o que se mantiene en equilibro en medio de, la ecuación de la entropía. En él la cantidad de creación es idéntica a la cantidad de destrucción. Por lo tanto nada se pierde, todo se transforma; la masa en energía, el pensamiento en acción, el odio en guerra, el amor en violencia, la creación en destrucción y, también, a la inversa.
Solamente un factor, que se mantenía oculto en la época de la escritura de los textos vondanikeanos, altera la imagen de un universo entrópicamente estable. El factor evolución que hizo posible la deriva genética que convirtió a ese mamífero indefenso y carente de los medios básicos de subsistencia, en los profanadores de mundos. Nombre con el que es conocida la posthumandiad que se extendió por el sistema solar.
Ahora mismo, en éste instante, ya, hoy, mañana y ayer; el universo peligra. El porcentaje de destrucción aumenta exponencialmente a medida que los profanadores de mundos perfeccionan sus técnicas de vuelo por el espacio profundo, por los lugares vacíos entre las galaxias y el cielo entre Buenos Aires y Montevideo.
Nacen cada vez más profanadores, nace cada vez más destrucción en proporciones geométricas; y la creación, que aumenta en forma aritmética, no es capaz por sí sola de reemplazar lo que se destruye, lo que se consume. Por eso mismo, esta medida tan drástica para algunos, necesaria para otros, se torna ineludible.
Con esto quiero decir que queda oficialmente inaugurada la temporada de caza de hombres. Buena suerte chicas: de nosotras depende que el universo, lo que en él existe y lo que lo contiene, continué allí mañana.
Pueden tirar a amar, pero sólo si es necesario.

martes, 8 de marzo de 2011

Enfermedad


Destapó, apenas, la pierna, la única que le quedaba, para que comprendiésemos su mal. No hizo falta que hiciera más para convencernos. Era Sarna.
Era imposible saber cómo y dónde se contagiara. Él mismo lo ignoraba. Desde pequeños nos enseñan los cuidados necesarios para evitar las infecciones. Tanto nos repetían las lecciones que se volvían un mantra en los momentos de peligro, o de dolor.
Y siempre nos ayudaba a calmarnos.
Aseguró que nunca se descuidó, nunca, ni aún en esos momentos de locura que el hombre suele vivir. Lo acribillamos a preguntas, una tras de otra tras de otra, pensando que el error aparecería subyacente en algún rincón de su subconsciente y entonces sabríamos cómo contraatacar ante semejante predicamento.
Pero no hubo caso.
Su relato resistía nuestros embates.
Cuando no quedaron preguntas por hacer, ni respuestas por buscar, nos miramos con expresiones desahuciadas y trémulas que se negaban a creer en lo que nuestros ojos proclamaban como real.
Contemplábamos la materialización de nuestros temores, ahora puedo decirlo. Mas, en ese entonces, era imposible saberlo, porque confiábamos en las ciencia protectora y sus beneficios.
Una ciencia que había logrado, gracias a sus dogmas y axiomas, erradicar hasta la última enfermedad del mundo (siempre y cuando hiciésemos lo necesario por mantenerlo impoluto).
Sabido es que, ni siquiera en los mejores momentos de una sociedad, los pájaros de mal agüero nunca dejan de cantar sus malsanas predicciones. Pero eso es historia antigua ya, aún cuando no hace mucho del descubrimiento.
Porque hoy, en nuestro mundo libre de infecciones, enfermedades y necrosis, contemplamos al primer caso de una enfermedad autosustentada. Una enfermedad capaz de sobrevivir a los ataques de los antibióticos y medicinas más modernas. Una enfermedad capaz de devorar al hombre de la forma más dolorosa e inhumana posible.
Nos mostró su pierna enferma y supimos que, ese día, moría, junto con nuestra insigne amistad, todo un mundo basado en el error y supuestos sin comprobación posible.

lunes, 7 de febrero de 2011

La culpa es de los chinos


Los ladrones de tiempo inventaron el primer reloj. Si, cuesta creerlo. Pero fueron ellos quienes erigieron al sol por sobre el firmamento para que las sombras señalaran el paso de los días, de los meses, de los siglos. Fueron, también, lo suficientemente inteligentes como para crear la luna y poder, de ese modo, realizar su trabajo también por las noches.
Y los hombres, que nunca se habían acostumbrados a vivir en medio de la oscuridad y la humedad, agradecieron la luz y el calor. Agradecieron el sol y la luna que otros habían pergeñado. Vivieron felices y se multiplicaron, y su prole cubrió la tierra.
Tanto prosperaron que nuevos artilugios de los ladrones de tiempo fueron necesarios para continuar acumulando minutos, segundos y centésimas, en sus cuentas de ahorro.
Inventaron las campanas para señalar los segmentos del día. Campanas que sonaban al amanecer, a la mitad aproximada del día y al atardecer, para marcar los momentos propicios para cada actividad. Como no podían ser ellos mismos quienes las tañeran, se las obsequiaron a los que menos labores tenían de entre los hombres. Y les enseñaron a esos inútiles clérigos, cómo construir otras que reemplazaran a las que pudieran llegar a romperse.
Los hombres las aceptaron y se alegraron, vivieron felices los momentos señalados para ello, se multiplicaron y su prole continuó cubriendo la tierra.
Hasta que hubo tantos hombres que las campanas no llegaban a oírse en todos sus hogares. Fue cuando los ladrones de tiempo demostraron su ingenio superior al de todos los seres; inventaron un reloj mecánico y se lo dieron a los suizos, un pequeño pueblo que llevó el arte de su fabricación hasta las inmediaciones de la perfección.
El nuevo regalo fue aceptado, apreciado y reconocido como un gran invento por los hombres, quienes no veían en todo aquello los ávidos intereses de los acaparadores de minutos por poseer mas y más tiempo en sus manos.
Porque, aunque costosos, o tal vez por esa misma razón, todo hombre deseaba un reloj suizo.
Cuando la tecnología así lo permitió, y el plástico y las baterías reemplazaron al vidrio y las cuerdas; y los chinos, sin que nadie se los pidiera, hicieron una revolución.
Entonces fue posible comprar y vender, fabricar y tirar, relojes tan baratos que todas las personas, por más desesperada que fuera su situación, podía acceder a un reloj pulsera de plástico barato, de mala calidad y desechable.
Dicen, los que tienen la habilidad de verlos, porque no habitan en el mismo mundo que nosotros, que desde ese entonces, los ladrones de tiempo viven en un éxtasis permanente al vernos correr, de aquí para allá, todos los días, mirando nuestros relojes, preocupándonos por no perder el tiempo en lugar de, como debería ser, vivirlo.

lunes, 31 de enero de 2011

Ciclos


No nos engañemos. Si llegásemos a descubrir otro planea habitable para la especie humana (y suponiendo que para ese entonces hayamos desarrollado la tecnología suficiente como para viajar por el espacio y dejásemos de creer en la falsedad del alunizaje de 1969), no nos serviría de mucho. Al contrario, también lo arruinaríamos.
Talaríamos sus bosques y selvas, o sus similares en ese nuevo mundo. Solo para construir nuestros complejos habitacionales, horrendos pero funcionales, insalubres pero baratos; como los monoambientes en los que quieren obligarnos a malvivir.
Horadaríamos las entrañas del planeta buscando minerales comerciables; arrojaríamos desperdicios, venenosos o inocuos, a los ríos y mares, o como llamemos a los espejos de agua en aquel sitio.
Polucionaríamos el aire con fábricas innecesarias y mal administradas, con vehículos que arrojarían gases contaminantes a la atmósfera (único escudo natural y posible que nos defiende de las radiaciones cósmicas, recuerden ese detalle), sólo para demostrar qué tan rápido podemos correr por las carreteras y autopistas que construiremos para llegar a aquellos lugares que consideramos importantes tan sólo para nosotros.
Aniquilaríamos la fauna autóctona, por deporte, para vestirnos con sus pieles, para colgar sus cabezas en anaqueles, para que las vacas tengan más espacio donde pastar y cagar. Pero más que nada para que caguen tranquilas.
Todo porque somos hombres y a una mano anónima, en algún momento de la historia, se le antojó dejar escrito en un libro que, el hombre, es el rey de la creación.
Y nosotros, tan estúpidos como siempre, nos creímos lo que se había escrito sobre lo que se supone que en algún momento dijo un dios cualquiera.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Supernova


La sala estaba atiborrada de periodistas, camarógrafos y otros curiosos menos importantes. El estrado se encontraba repleto de científicos enfundados en batas blancas, cada uno con sus respectivos juegos de notas manuscritas.
En la pantalla seguían pasando imágenes.
—Lo que ustedes ven —dijo el científico más joven, de aspecto aniñado y voz chillona—, son las únicas imágenes decentes de las supernovas 1987A; 2005AP y 2006 SNAS. Los acontecimientos de éste tipo mejor registrados y más cercanos a la Tierra.
Siguieron una serie de cegadores flashes y aplausos aislados.
—Como notarán —continuó el mismo científico—, las imágenes resultan deficientes, inexactas. Fueron tomadas con la mejor tecnología del momento en que ocurrieron, es cierto. Pero aún así, no resultan útiles.
—¿Para qué? —interrumpió un anónimo periodista desde la oscuridad de la sala.
—Como les decía —continuó luego de unos instantes el científico—. No nos son útiles para nuestra investigación.
—¿Qué es lo que están investigando? —preguntó otra voz desde el fondo de la sala.
—El origen del universo, el sentido de la vida y todo eso —dijo enigmáticamente el hombre de ciencia—. Y para ello necesitamos contemplar el desarrollo de una supernova desde más cerca y, claro, desde sus inicios.
En medio de la nueva ola de aplausos y flashes llovieron preguntas:
—¿Volverán los vuelos espaciales?
—¿Qué estrella observarán?
—¿Quién tripulará las naves?
—¿Cómo planean hacerlo?
—Señores, por favor —dijo el científico—, de a uno por vez. Si, habrá viajes espaciales. Pero no serán tripulados. No observaremos una estrella, sino al Sol.
—¿Cómo?
—¿Qué?
—Provocaremos la trasformación del Sol en una supernova para estudiarla. Es mucho más sencillo, y barato, que desplazarnos por la galaxia pretendiendo pescar el momento exacto en que eclosione una supernova.
—¿Eso es reversible? ¿El Sol regresará a su estado original una vez realizadas las observaciones?
—¡Por supuesto que no! —respondieron a coro todos los científicos.
—Llegaremos hasta las últimas consecuencias, para que el éxito corone nuestra investigación —exclamó el joven científico que dirigiera la presentación.
—¿Pero una supernova no destruiría a la Tierra?
—Es parte de la teoría, si —reconoció el científico—. Pero no lo sabemos a ciencia cierta, aún. Queremos comprobarlo, a eso responde nuestro experimento.
Nadie aplaudió, tampoco se tomó fotografía alguna mientras el asombro y el silencio ocupaban la sala.

miércoles, 20 de octubre de 2010

A-Mor-All


Decodificación del mensaje ilegal transmitido por la línea gubernamental G46, hace dos días:

Poco me importa tu pasado. El que seas 1/4 quelonio, 1/4 humano y 1/2 extranjero. Eso no tiene importancia en mi decisión. El que propagues tus esporas en otoño, y deba en primavera sembrar mi propia simiente.
Poco me importa si tu pueblo es señalado por algún rito milenario como quien entregó la Tierra al saqueo, o el que sean marxistas-leninistas. Las banderas políticas, las ataduras morfológicas, los prejuicios de poca sociedad o lo que pese sobre tus hombros.
Ahuyenta la preocupación de tu rostro, porque el pasado sólo es parte de uno mismo, y lo que hayas hecho sólo acuña valor en ti, no es los demás.
Por todo esto, y algunas otras cosas que mejor no mencionar en público, deja para más tarde las divagaciones filosóficas.
En lo que te propongo no hay moral, sólo amor.

viernes, 8 de octubre de 2010

Desengaño

Llenando sus pulmones con orgullo además de aire, el Ingeniero señaló sus más reciente obra, un robot humanoide de doce metros de altura, totalmente equipado con armamento militar de última generación.
—¿Y? —dijo—. ¿Te gusta?
La mujer, esmirriada, rubia y con gruesas gafas de sol escondiendo sus ojos, miró largamente el armatoste de metal mientras el viento jugaba con el corto volado de su vestido.
—Es feo —comentó.
—Es funcional —corrigió el Ingeniero.
—Los colores de la pintura no combinan.
—Es una prueba, puede repintarse a gusto del consumidor.
—Tiene muchos ángulos, le da un aspecto muy rudo.
—¡Son quince toneladas de acero! —gritó el ingeniero con principio de fastidio.
—Si, bueno Pero podrías haber hecho algo más estético. ¿No lo crees?
—Es un arma, no un adorno para el escritorio.
—Si, si —dijo la mujer volviendo la vista hacia otro lado—, como tú digas.
El Ingeniero comenzó a bajar por las escaleras de metal, abandonando la plataforma en la que se encontraban junto la cadera del robot.
—¿Dónde vas? —preguntó, preocupada, la mujer.
—Debo revisar algo en el panel de control. Por favor, quédate dónde estás. ¡No te muevas!
—OK —respondió la mujer suspirando.

Al día siguiente, los diarios titularon la tragedia como un accidente en el que la bella y sensual esposa del Ingeniero murió cuando, inexplicablemente, el prototipo robótico NK37 se activó debido a un sobrevoltaje en la red eléctrica.
     Las revistas del corazón estuvieron de acuerdo en que aquella era una terrible pérdida.

martes, 21 de septiembre de 2010

Rumbo a la Tecno-ciudad


Dio uno, dos, tres pasos, antes de desplomarse sobre la arena. Muerto. Dando por tierra al joven e inexperto jinete que poco pudo hacer para evitar el golpe.
Habían atravesado millas de desierto sin ver la menor huella de civilización, sin encontrar surtidor de agua, ni petróleo, alguno.
Faltaban varias millas aún para llegar a la Tecno-Ciudad. El muchacho miró con desesperanza la arena que lo rodeaba. ¿Por qué habían construido ese asentamiento tan en medio de la nada? ¿Habría un oasis allí? ¿Una mina? ¿Por qué le habían dicho que a caballo era la forma más fácil de llegar hasta allí? ¿Y por qué había creído en ellos?
¿No tenían aerodeslizadores como en todos lados? ¿O estaban burlándose de él?
Podía quedarse allí, deshidratándose e hilvanando fantasías, o podría intentar llegar hasta el Tecno-Poblado por sus propios medios. Eso significaba, sin lugar a confusiones, caminar, sudar, cansarse y, quizás, acabar como el caballo.
Comenzó a caminar lentamente, con precaución y dificultad, como quien recuerda un ejercicio. Uno que practicara tiempo pero que había quedado en el pasado, enterrado por el peso de otras experiencias.
Subió y pasó loma tras loma, con arena y ni una pizca de sombra para cubrirse. Y tras cada loma le esperaba la soledad del desierto, junto con la esperanza de que detrás de la loma siguiente se hallaría frente a frente con el pueblo donde, por fin, podría descansar.
Pero, tras cada loma, solo encontraba desierto y soledad, arena y ausencia y, por sobre todas las cosas, sed.

Aquí termina la historia, lo demás es leyenda.
Si encontró, luego de innumerables lomas, la Tecno-Ciudad; si falleció de hambre o sed; o si aún vaga por el desierto, son meras conjeturas.

lunes, 30 de agosto de 2010

Más allá de la ciencia


El salón de clases estaba casi vacío. Casi porque aún permanecía en él uno de los alumnos, escribiendo frenéticamente en su libreta. Sin atender a los mensajes del altavoz, sin percatarse de la hora ni el lugar.
Escribía.
La tinta llenaba ya varias páginas, en una caligrafía difícil y apretada, una grafía personal, que pocos entenderían.
No se esforzaba por cambiar la letra, para hacerse para todos entendibles. No, continuaba fiel a sí mismo, nada más le importaba.
El trance de creación en que se encontraba llevaba horas, desde el comienzo del día en que la inspiración se materializó en su persona. El ocaso no parecía poder interrumpirlo, sino que lo acompañaba con su lento declinar hacia otros mundos, hacia la ficción, la fantasía de la imaginación pura.
Nadie sabía que aún permanecía allí dentro; horas había pasado desde que el resto de los alumnos, los profesores y los maestranzas se habían retirado a sus hogares sin que se percataran de tan extraño comportamiento.
Continuaba escribiendo, aún en medio de la noche, cuando luz alguna le iluminaba.
La extrañeza, lo sobrenatural del asunto, lo descubrió el sereno del edificio. Él fue quien relató a las autoridades que vio arder intensamente una luz blancuzca por una de las ventanas, y que al llegar al salón en cuestión sólo encontró cenizas grises y frías en el suelo. Junto con algunos restos de papel chamuscado sobre una mesa.
Atendiendo a que la combustión espontánea de las personas no existe, los directivos de la Institución decidieron que aquel incidente no era más que una broma de los alumnos de la clase de química aplicada.

martes, 17 de agosto de 2010

Un autobús a la velocidad del infinito

Viajábamos por una cinta de Moebius. Aunque demoré bastante tiempo en notarlo; algo así como cinco vueltas completas del recorrido me tomó percatarme de la anomalía en la que habíamos pasado a existir.
El autobús lleno de pasajeros silenciosos y yo. Gente que podía ver por el espejo retrovisor, pero que ningún otro de mis sentidos percibía. Extraño, si; el que doscientas personas existan sin estar realmente allí no es algo para descubrir todos los días. Mucho menos si al mismo tiempo debemos concentrarnos en el camino.
La física del planeta estaba desquiciada, desde hacía siglos, desde la época en que los científicos y sus ratas de laboratorio intentaron solucionar los problemas que otros científicos antes que ellos, con sus propias ratas, habían creado.
Y la gente de a pie, o de autobús, sufre las consecuencias de tanto experimento.
Ésta es una de ellas: Viajar a la velocidad del infinito por un espacio infinito, cargado de personas desdibujadas, sin poder apartar la vista del camino por temor a que alguna nueva anomalía se abra frente a mi vehículo. Porque si algo le sucede a la unidad, debo responder con mi salario. Por eso no puedo despegar los ojos del camino.
Y aquí me encuentro, dando vueltas, girando y girando hasta el final del tiempo, hasta mi muerte o hasta la desintegración de todas las demás cosas que nos rodean en el ir y venir de la cinta Moebius que antes fuera autopista y que luego, quién sabe, podría convertirse luego en una playa al sur de Madagascar, en una pista de baile o en el capo de batalle de alguna guerra.
Si por lo menos alguno de los pasajeros se dignara a hablar para distraerme un poco, tan sólo un poco…

lunes, 31 de mayo de 2010

Pegatina

Ese día, por la mañana bien temprano, había llevado el auto a que lo lavaran, lo enceraran, le pasaran silicona y lo enceraran nuevamente (no necesariamente en ese orden).
Había quedado espectacularmente brillante. Hermoso como recién salido de la línea de montaje, descansando en la acera junto a la puerta de mi casa.
A las pocas horas, cuando el sol corría a dormirse en la otra mitad del mundo, quise salir a dar un paseo en mi impoluto vehículo. Pero, para mi desgracia, descubrí que un miserable perro había apoyado su inmunda pezuña llena de barro sobre la puerta del conductor.
Días después me comentaron que el alarido con el que insulté al aire, se escuchó a cinco cuadras a la redonda. Pero no sé si será cierto.
Lo que sí lo es, es el hecho de entrar corriendo a la casa, buscar mi rifle de asalto y volver a salir disparándole al cielo. Cuando me cansé de herir a las nubes comencé a correr por las calles del barrio disparando a diestra y siniestra, contra todos los perros que se me cruzaran.
Gritaba, disparaba, insultaba y volvía a disparar. Veía gente correr en todas las direcciones; ellos también gritaban, pero mi grito era más fuerte.


Al recargar el rifle por quinta vez, noté algo nuevo. No, no nuevo, porque en realidad ya lo conocía e incluso lo había visto más de una vez.
Una vez más, me encontré  frente a la huella de perro embarrada sobre el auto de un vecino. Unos metros más allá, volví a encontrarla. Tengo la certeza, en la camioneta que estaba un poco más lejos, a unos pocos metros, también estaba la misma huela. Así como en el siguiente vehículo.
Había dejado de gritar y disparar, o de disparar y gritar; algunas pocas personas volvían a asomarse en los portales, en las ventanas, parapetados detrás de un puesto de flores en la esquina. Me miraban sin saber qué sucedía; desde la lejanía, se oía el ulular de una inconfundible sirena.
Me quedé allí, de pie y estático, en la esquina, mirando la pegatina publicitaria que confundiera mi entendimiento.
Miré hacia atrás, hacia mi locura, descubrí los destrozos que causara. Los perros malheridos y la gente desangrándose en las aceras. Los vidrios rotos y el fuego ardiendo con morosidad en lo que fuera un cantero de flores mustias.
Qué desastre, recuerdo que pensé.
Me llevé el cañón del rifle a la boca y gatillé. Pero el arma estaba descargada, los cartuchos estaban en mi mano. No podía hacer más, veía acercarse a la carrera al cuerpo de elite de la policía, con sus bastones antidisturbios en alto, sus flamantes chalecos antibalas y gritando al unísono de forma tan coordinada que parecían ladrarme con furia y desesperación.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Solíamos no escuchar, ahora nos obligan...


Siglos después de la invención de la radio, la televisión, la red de comunicaciones globales, el RTO y el FTTPG, aprendimos a cerrar nuestros oídos.
Educamos los músculos atrofiados de las orejas, le dimos nuevas funciones al tímpano y al pabellón, logrando la capacidad de aislarnos del exterior, del ruido, del caos, de la arbitrariedad de los medios de comunicación que inundaban incluso los rincones más remotos del mundo y de nuestro ser.
Vivimos en el paraíso de escuchar sólo lo que deseamos durante décadas. Aprendimos, en medio de esta huida del mundo, a doblegar varias enfermedades, a postrar el código genético de las demás.
Aprendimos muchas cosas. Pero no fuimos los únicos.
Ilusos fuimos al pensar que los medios de comunicación aceptarían su derrota sin más. Una imagen para describirlo sería que nos dormimos en los laureles, porque ellos también continuaron investigando hasta llegar más lejos que nuestros conocimientos, mucho más lejos.
Eso explica porque hoy, a pesar de cerrar nuestros oídos y aislarnos en nosotros mismos, el ruido exterior llega allí donde estemos.
No, no subieron el volumen de sus transmisiones, ni cambiaron su frecuencia, como algunos creen. Algo tan simple lo hubiéramos descubierto antes. Aplicaron, en cambio, sus recursos en buscar la manera de traspasar nuestras barreras, a estar allí donde estemos sin importar la distancia ni el olvido.
Desconocemos aún cómo lo lograron, porque la ciencia por ellos financiada niega sus resultados. Lo único que sabemos es que ahora poseen la capacidad para invadir nuestra sinapsis, entrometiéndose en la fuente misma de todo pensamiento y construir allí lo que quieran.
Se perfila un mundo terrible, es obvio para todos y para las próximas generaciones aún más. Pero continuaremos hablando del tema la próxima semana, a la misma hora, y por el mismo canal.

domingo, 29 de noviembre de 2009

El pasado siempre nos persigue


El descontento generalizado luego del no fin del mundo del año 2012, según la antigua numeración, causó revueltas en la mayoría de los países en los que la proximidad de la muerte era una opción más aceptable que el continuar con vida.
De la violencia, el descontento y la guerra subsiguiente nació nuestra sociedad. Una sociedad basada en el pragmatismo y la aritmética exacta sin lugar para divulgaciones intelectuales. Sé que no aporto ninguna novedad, ya que esto es lo primero que se nos enseña al comenzar nuestra formación.
Esta es una de las razones por las que las Sedes de Control Social del Pensamiento Interno No Aceptable (S.C.S.P.I.N.A.) se encuentran abarrotados de esos molestos cuestionadores del sistema, los que odian los números y se alegran cuando las matemáticas fallan.
Pero no son los números los que fallan. No. Ellos son perfectos. Quien falla es el hombre. Y, por esto mismo, debemos continuar por la senda de la perfección eliminando todas las palabras, sentimientos, ideologías, junto con todo lo demás; dejando únicamente a los números.
Es un camino difícil. Y tras más de cinco siglos y medio de lucha, nuestra sociedad continúa convulsionada debido a los resabios del pasado que no saben estarse quietos y cumplir su funcionamiento de basamento para lo nuevo.
Los números son perfectos. El hombre no.

domingo, 22 de marzo de 2009

Pasar a la historia


Siempre deseé que mi nombre formara parte de la historia del arte y los museos del mundo. De cualquier museo.
Hice miles de dibujos y pinturas, en casi todos los tamaños posibles, en todas las técnicas conocidas e, incluso, inventando algunas; pero los museos estaban saturados de obras de otras épocas y no aceptaban ninguna de mis obras.
Dejé de lado la pintura y opté por la escultura, vagando por los estilos de los últimos seiscientos años; desde Donatello al más reciente movimiento artístico. Pero los patios de los museos, los jardines estatales, las colecciones privadas, las estaciones de servicio y los cementerios, estaban atestados de estatuas sin fundamentos. Las mías no era, por mucho las mejores, ni las peores.
Intenté el arte conceptual, las instalaciones, la música ambiental, la conserjería y varias cosas más; todas con el mismo previsible fracaso.
Pero, finalmente, descubrí cuál sería el modo perfecto para pasar a la historia de los museos, de cualquier museo y de todos ellos.
Hace tres meses junto cuanto explosivo puedo comprar con mi magro sueldo de profesor de artística es escuelas públicas; ésta noche comenzaré mi nuevo proyecto, y si todo sale bien, para cuando lo termine, mi nombre pasará a la historia como el hijo de puta que voló por las nubes cada museo que pudo encontrar.
Están avisados. Y, como saben, el que avisa no traiciona.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Suciedad, limpieza o vida

Las últimas semanas el aparato había funcionado pésimamente mal. No encendía o lo hacía en cualquier momento, se tambaleaba y derramaba el agua y el jabón, hacía ruidos extraños y su interior emanaba olor a quemado; por lo que se podía hacer cualquier cosa con él menos la que era su función, es decir, lavar la ropa. O podías hacerlo si no te importaba usar ropa manchada y agujereada, cuando no quemada.
    Por ello había quedado semi-olvidado en un rincón del sótano, cerca de un enchufe y una toma de agua, pero alejado de los demás, listo a que algún desprevenido quisiera usarlo. En el caso en que la herrumbre y el polvillo que se enseñoreaba con él no fuera suficiente para desanimarlo.
    Tal eran las cosas que el incauto desprevenido encontró un día de abril, con una pila de ropa sucia y una caja de jabón en polvo. Como las otras lavadoras estaba ocupadas, sus ojos se posaron en el viejo aparato al final del pasillo, sobre el que caía el último haz de luz de una lámpara de setenta y cinco watts.
    Caminó hasta él, lo llenó de agua, jabón y sus ropas ―incluidas las zapatillas que llevaba puestas― y, sin otra cosa qué hacer, se quedó esperando a que el proceso terminara leyendo una amarillenta revista del corazón que encontrara abandonada allí abajo.
    No notó, porque uno nunca nota a la tragedia acercándose, que el agua comenzó a desbordar del roto aparato, humedeciendo el suelo, mojándole los pies y, cuando por fin se percató de esto, extendió la mano hacia el enchufe para el aparato apagar.
    Lo encontraron, sin vida, medio carbonizado y semidesnudo, varios días después, junto a aquel lavarropas que no funcionaba del todo bien.