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domingo, 7 de diciembre de 2014

Que la primavera no llegue

El mundo gira. Eso cualquiera lo sabe, por más ignorante que sea. El sol asciende y desciende, el calendario se agota, el año muere. La vida envejece, el clima se transforma, el mundo muere y resurge como lo hiciera durante milenios el venerable Balder, hasta que ya no quiso regresar. Pero, a pesar de que su puesto continúa bacante, nadie parece interesado en ocuparse de la que fuera su tarea.
            Porque nadie quiere que la primavera llegue.
            Ese es el problema, el tiempo nunca deja de correr, y la vida pasa como un río de aguas infinitas pero limitadas. Aguas que llevan una única dirección, siempre la misma, siempre corriente abajo, nunca hacia arriba, nunca de regreso. La vida es incapaz de cumplir tal designio.
            El cuerpo pierde su vigor, el valor flaquea, la estocada se torna incierta. Nadie quiere que llegue la primavera porque las nuevas flores, los nuevos aromas, los animales ignorantes de su devenir multiplicándose, señalan nuestra decadencia, y el final se ha acercado un poco más. Añoramos que el invierno sea eterno si con él la vida ha de mantenerse por siempre igual.
            Mejor olvidarnos del sacrificio de Balder antes que continuar hablando de él.
            Mejor que el tiempo deje de transcurrir y que los cachorros continúen con sus juegos. Que las doncellas sonrían tímidamente a los escuderos de los guerreros llegados de lejos y que pueden, con el ardor de sus almas, defenderlas por y para siempre. Pero que el mundo no cambie.
            Que la primavera no llegue, que la vida no se disfrace ya de muerte ni olvido.
            Que el invierno sea eterno para no conocer, jamás, el sabor del hierro en la carne, la traición en la sangre, el odio en la mirada, ni el amor perdido con el parto.
            Que la primavera no llegue.
            Que no lo haga.
        Nunca.


sábado, 29 de noviembre de 2014

La época de las lagartijas

El miedo posee infinidad de rostros, cuerpos y presencias. La sombra, la noche, la tormenta, la soledad, son sólo algunos de sus múltiples nombres. Pero no son, por supuesto, los únicos. Quizá sean los más populares, pero no los únicos. Las máscaras existen desde que el hombre es hombre y se encontró desnudo y desprotegido frente al mundo.
            Las máscaras del valor, la máscara de la violencia, la máscara del placer y la máscara de la muerte en vida; en perfecta, clara y evidente sucesión.
            Lo inmensamente grande puede ser la fuente de los mayores miedos; así como puede serlo, también, esos diminutos y asquerosos animalejos que, como por arte de la nigromancia, surgen entre la tierra, en las cosechas, en las casas. Y el pueblo enloquece, porque recuerda y teme, como siempre lo ha hecho, la cercanía de una nueva época de las lagartijas. ¿Cómo puede ser que unos animalejos que no sobreviven a un simple pisotón causen tanto pavor?
            ¿Cómo podría ser de otro modo si por cada uno de nosotros hay miles de lagartijas? Llegando de quién sabe dónde, yendo y viniendo entre nuestras posesiones más preciadas, caminando sobre nuestros cuerpos mientras dormimos. Penetrando en nuestro interior para dejar allí, seguramente, sus huevos cargados de enfermedades. Y lagartijas, más, muchas más lagartijas en la oscuridad de nuestro interior.
            Nos paralizamos por el miedo, como siempre, con sólo verlas sabiendo que, cuando ellas llegan, son sólo el inicio de nuestras preocupaciones. Porque son el rostro visible de nuestros miedos, son la manifestación de nuestras almas.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Hacia rumbos inciertos

La vida nace con problemas, desde el primer instante, sin dudas, sin posibilidad de que algo sea mínimamente diferente porque, al parecer, fue pensada de ese modo. Sin muchas explicaciones, sin muchas razones. Uno, simplemente, llega y nos encontramos rodeados de dificultades.
            El aire arde en nuestros pulmones, la gravedad nos aplasta contra la tierra, el humo irrita nuestros ojos y los ruidos de las fábricas, los automóviles, las naves espaciales y los ringtones son tan altos que a corta edad ya apenas si escuchamos algo por fuera del tambor de nuestro latiente corazón y el rumor de un mar tan lejano que nunca llegaremos a ver.
            Pero nos acostumbramos a muchas cosas, a los insultos, a los golpes, a la violencia, olvidando que si todo comienza de ese modo, es porque el final se encuentra muy cerca.
            Olvidando que a lo que realmente debemos acostumbrarnos es que perdimos el rumbo como especie y que el mundo carece, definitivamente, de sentido para todos nosotros.
            Para todos y cada uno de nosotros.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Stop and go


De pronto, sin proponérmelo, me detuve. Existía algo que me preocupaba más incluso que el hecho de lograr a toda costa mis objetivos.
            El problema era mi cuerpo. Había dejado de percibirlo. Era incapaz de decir cuándo fuera la última vez que sintiera algo, cualquier cosa, aún la sensación más minúscula de lo que se puede ser conciente.
            Mi memoria flaqueaba y mi cuerpo se negaba a dar alguna señal.
            Comencé, también, a percatarme de otros problemas como, por ejemplo, de que no siquiera recordaba cuáles eran mis objetivos, ni cuándo había comenzado tan alocada carrera hacia ese destino tan aciago que ahora me castigaba. Pero, lo peor de todo, tampoco recordaba por qué había decidido hacer aquello de lo que recuerdo alguno poseía.
            ¿Dónde se encontraban mis motivos?
            ¿Por qué era necesario que me encontrara allí mismo?
            ¿Quién era yo? ¿Quién había sido antes?
            ¿Qué había ocurrido con mi cuerpo que era incapaz de sentir siquiera la brisa sobre mi piel, el frío o el calor?
            Si la duda ha tenido lugar en algún momento, este era ese. Todo era una gran duda, porque nada podía responder, ni siquiera era capaz de desnudar mis dudas y evitar esas cuestiones que aturden al entendimiento de los filósofos.
            Además de que, sin cuerpo, ¿para qué preocuparme por tantas cosas?

miércoles, 9 de julio de 2014

Calabozos

Desperté, al menos creí hacerlo, en medio de la oscuridad. Mis ojos no se acostumbraban a nada. La negrura que me rodeaba era tan completa como incapaz era de penetrarla. Aún relajando mi vista de tal forma que pudiera encontrar cualquier variación en la negrura total, continuaba sin descubrir nada más allá de la nada.
            Lo que me rodeaba era como un manto, más pesado que cualquier noche sin luna; en ese entonces lo ignoraba, pero aquel sitio donde me encerraran, era el peor lugar donde pueden ocultar a un ser humano. Hoy, luego de años de haber sido liberado, sigo siendo incapaz de ponerlo en palabras, de pronunciarlo. Fue el peor campo de batalla, el más crudo invierno, una experiencia que no recomiendo a nadie.
            Siquiera a mi mejor amigo.
            A nadie.
            Ni a mi peor enemigo.
            Haber sido encerrado de ese modo, en lo más profundo, en lo más oculto, en lo más sagrado de un corazón humano, con el mandato de convertirme en un recuerdo o perecer, es el peor de los castigos que soporté en mi vida. Como mirar las diez temporadas de friends una detrás de la otra, como aprenderme de memoria las canciones de high school musical, y fingir que glee es la mejor serie de televisión de todos los tiempos, todo eso y más.
            Nada se compara, ni la noche de la peor tormenta del siglo, a ese lugar al que espero, si hago las cosas como corresponde a partir de ahora (prometo intentarlo, mas no sé si podré hacerlo), jamás regresar.

lunes, 10 de marzo de 2014

Los Minúsculos


Si bien es cierto que los tiempos post-post-modernos de éste milenio han destruido los últimos vestigios de superstición, aún perduran ciertos resquicios donde se refugian las creencias del pasado.
            El mundo tecnológico parcelado en pobres países que carecen de correlato con la realidad, intenta negar este hecho a toda costa. Pero es improbable que tengan algún éxito. La razón, como una manta demasiado corta con la que te cubres la cabeza o los pies pero no ambos extremos, no lo resuelve todo, lo que se descubre por un lado se olvida en el otro.
            La razón que impulsó la quema de libros obscenos durante la guerra civil europea, fue la que liberó los últimos resabios del glorioso pasado panteísta.
            Solo que, en ese entonces, nadie parecía estar mirando; estábamos más preocupados por cosas fortuitas como un frente de batalla o la colección de envases de cocacola a la última moda. Porque, después de todo, esas son las únicas cosas de valor en la actualidad.
            Los otros dioses, los menores, los minúsculos (porque no les apetece ser llamados dioses diminutos, en la creencia de que el adjetivo puede ser confundido con el atributo), nunca olvidaron el pacto de antaño. Un pacto que habla de un fuerte lazo de unión entre ellos y nosotros, entre nosotros y la naturaleza.
            Preferimos ese nuevo pacto, mucho más reciente y beneficioso para nosotros entre nosotros y la tecnología, dejando de lado aquello que sea diferente.
            Ellos no lo olvidan.
            No pueden hacerlo.
            Por algo son dioses.
            Y, nosotros, simples mortales.
            La nieve seguirá cayendo en los inviernos, trayendo el mensaje de los minúsculos, el mensaje de fraternidad y amor entre los diferentes estadios de la vida, la mortal, la inmortal, lo que siempre ha vivido y lo que nunca ha muerto.
            En cada copo de nieve, en cada pesada gota de lluvia, descienden del cielo sempiterno, uno de los minúsculos trayendo su mensaje. Pero, la humanidad, nosotros, ustedes, ellos, yo, tú, él o ella, preferimos creer que lo que cae no es más que una simple gota de agua muy fría.

domingo, 2 de marzo de 2014

Cita Textual

Es más fácil cazar a un humano para liberar a un demonio, que atrapar a un demonio para liberar al humano. El humano casi nunca quiere ser rescatado porque, en ese caso, estaría demostrando la ignorancia de su error.
            El demonio, en cambio, aún tiene posibilidades de redención, mínimas, es cierto, pero las tiene. Al humano se le han negado más oportunidades luego de que cometiera sus tres errores.
            Las tesis del triple crimen continúan en pie. Ya que ningún jurista ha sido capaz de demostrar su falsedad. Así que si pretenden intentar algo semejante, no se arriesguen cazando demonios, porque a quién liberen será un ser mucho peor… (Abdul Alhazred “el tercero”, Manual de Humanología, Samarcanda, 1572)

lunes, 27 de enero de 2014

Obsolescencia

Los bosques siempre tuvieron algo de ominoso, de miedo ancestral; como de un lugar prohibido, por lo temido y también, lo anhelado, que allí podría descubrirse. Ese bosque en particular, para peor, lo era aún más.
            Se trataba de un bosque artificial, de plástico y acero, concreto y enduido, pintado con látex y acrílico, donde toda vida era simulada. Las orugas devorando las hojas, el viento ululando sobre ramas estáticas, los pájaros que nunca podían verse pero cantaban las mismas melodías las veinticuatro horas del día.
            Incluso el eremita en su gruta, los aldeanos en sus casas y el lobo que perseguía niñas vírgenes en vestidos de colores primarios, eran igualmente falsos.
            Lo cual no explicaba, ni siquiera por casualidad, qué hacía yo allí, en ese lugar que sentía al mismo tiempo como ajeno a mi persona, pero que, al parecer, conocía muy bien. Quizá demasiado bien.
            Como si se tratara de la escenografía de una vieja película, o de un recuerdo inventado y reprimido, crecía en mí la sensación de estar alejándome de la tierra de los sueños placenteros y las poluciones nocturnas. Derivaba, lentamente, pero sin pausa, hacia las zonas grises, donde las pesadillas se parecen más al placer que al dolor, más a la curiosidad que al miedo, más a un bosque de plástico que intenta representar algo tétricamente tenebroso pero sólo consigue generar empatía.
            Quizá sea que nos acostumbramos, con el tiempo, a que las peores cosas se transformen en asuntos cotidianos que las verdaderas pesadillas resultan, cada vez, más difíciles de encontrar.

martes, 17 de diciembre de 2013

Planteo filo-psico-histórico


En la última revisión de nuestra sociedad sin fines de lucro ni motivos lúdicos de reunión, como recordarán, llegamos a la conclusión de que se cierne sobre nosotros un problema de muy difícil, por no utilizar el término imposible, solución.
            Nuestra denominación como grupo de intereses comunes nos ha llevado a aceptar la situación de qué hacer a partir de éste momento, a buscar soluciones, ideas o propuestas, para definir qué haremos a continuación. Reconociendo que muchas de las ramas de las disciplinas científicas actuales no pueden brindarnos ayuda alguna. ¿A qué debemos recurrir?
            Abrimos la sesión extraordinaria de hoy, en la que nos hemos dado cita la mayor parte de los miembros activos de nuestra Sociedad de Huérfanos del Mundo Unidos para encontrar una respuesta a esa necesidad que la psicología señala como inherente a todo hombre. Señores, debemos decidir: ¿Qué hacemos con esa urgente necesidad de matar al padre? Porque, y en esto estamos todos de acuerdo, no podemos quedarnos con las ganas.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Siempre presente (Mors fugit)


¿Y si la muerte fuera solo temporal?
Es cierto que no es la primera vez que se trata un tema semejante. Pero nunca nos hemos detenido a pensar con plena conciencia en esto. ¿Qué sucedería, de momento sin importar el cómo ni el por qué, si los muertos comenzaran a regresar? Uno a uno, o por miles a la vez, lo mismo da.
Cada uno de ellos con la idea de ocupar el lugar que dejaron atrás (sus vidas, sus trabajos, sus casas, cada una de sus posesiones). Sería terrible; porque si hoy, que somos apenas ocho mil millones de mal distribuidas y subalimentadas personas, nos acostumbramos a repetir que ya casi no queda espacio, con el retorno de los muertos del último siglo, se trastocaría por completo nuestro sistema de vida.
Claro que el hombre no lleva apenas un siglo habitando éste mundo, sino casi medio millón de años. Y en cada uno de esos años ha habido muertos, y ha habido nacimientos. Una sucesión infinita de seres cuyos cuerpos, cuyos huesos, cobrarían vida uno por uno, retrospectivamente, para ver, una vez más, la tierra.
Generación tras generación de cada familia habitando las antiguas heredades; tierras que una vez no fueron ciudades, ni campos de cultivo ni, tampoco, lugar para los hombres.
Seríamos unos quince, tal vez veinte mil millones de personas viviendo al unísono.
No, si yo tampoco quiero verlo. Aunque es cierto que al principio podría ser interesante reencontrarnos con amigos y familiares muertos hace relativamente poco tiempo, o hacerle confesar a Nietzsche o a Platón sobre el verdadero sentido de sus teorías. Pero seríamos tantos hombres (y mujeres, y niños) en el mundo que vivir sería imposible.
Por eso la muerte no ha de ser temporal. No. La muerte tiene que ser definitiva. Para que el mundo no sea un perpetuo cementerio al que sus ocupantes abandonan.
Sé, por otra parte, que en un lugar tan apartado de la civilización como lo es la India, esto no sucedería nunca, porque ellos toman la precaución de no conservar los cuerpos de sus muertos para idolatrarlos en el futuro como nuevos ídolos.
Ellos, como yo mismo haré, se entregan al fuego final y definitivo sabiendo que, de las cenizas, nadie, nunca, nada, regresa.

viernes, 2 de agosto de 2013

Musa

Ayúdame, oh, Musa, a responder la pregunta que tantos quieren conocer. No ya si los inmortales existen, puesto que ello no amerita discusión alguna. Ellos son para nosotros lo que nosotros para los animales. Seres tan superiores que ni siquiera podemos pretender comprender.
Pero, joven y hermosa Musa, las dudas son la razón de ser del hombre, que siempre un poco más ansía por conocer. Me han preguntado cosas toda la vida, y a cada una he respondido con sabiduría y consejo. Mas ha llegado el día en el que todo mi conocimiento no es suficiente para completar mi labor.
Oh, preciosa Musa, dime, si es que tú sabes del tema; ¿cómo se compone la memoria de un inmortal? Oh, Musa, queremos saber, tanto aquellos que me escuchan aquí hoy, como yo mismo, qué es capaz de recordar un inmortal.
Si han estado vivos por un tiempo incalculable para los hombres. Si han visto ciudades nacer y morir. Si han visto reinos surgir en el polvo y acabar en la arena. Si han visto al mar escupir la tierra. ¿Qué de todo ello recuerdan?
Tal vez su poder de vivir para siempre les permita, también, tener presente cada acontecimiento. Desde los más pequeños, como el nacimiento de una flor, hasta los más inconmensurables, como la geografía de los mundos y del sol que giran en torno a la tierra.
Pero no lo sabemos, oh, Musa.
Quizá su memoria no sea ilimitada. Y se parezcan a los hombres que, con la edad, comiencen a olvidar los hechos acontecidos añares antes de la aparición de nuestro pueblo. Quizá no recuerden cómo fue que crearon el mundo, sino sólo que fue obra suya. Quizá no rememoren las guerras pasadas, sino que se contentan con haberlas ganado, saliendo siempre victoriosos ante los otros dioses.
Dinos, oh, Musa sabia e inmortal. ¿Qué recuerda un dios, qué sabe de nosotros y de ti, del mundo, del pasado y del futuro? Dinos cuanto sepas, oh bella y encantadora Musa.
Pero, si en tus manos se encuentra ésta posibilidad, líbranos, oh Musa, siempre que nos sea posible así elegirlo, de los dioses escleróticos…

miércoles, 19 de junio de 2013

Visitantes

Cuenta la leyenda que ellos siempre van y vienen, recorriendo los finitos caminos de la tierra infinidad de veces, con infinitas formas. Dicen que, al menos una vez en cada generación, unos días después de la cosecha, pasan por cada aldea de los hombres.
Nadie posee la habilidad de reconocerlos, porque no son extranjeros, aún cuando tampoco sean del pueblo. No se dan a conocer más que a unos pocos elegidos a quienes inundan sus sueños con visiones reveladoras del pasado, del presente y del futuro también.
Durante los días que permanecen en cada aldea, la alegría es la norma. Ninguna sombra oscurece los rostros ni los cielos. Los nacimientos se multiplican aún entre los estériles, así como ocurren cosas inexplicables que ni siquiera los más ancianos, ni los más sabios, pueden explicar.
Ocurren maravillas.
Hasta que un día como cualquier otro, deciden irse, dejando semillas de recuerdos e historias para ser contadas una y otra vez hasta la siguiente generación.
Nadie los ve partir, pero la rutina comienza a desplazar poco a poco a la alegría, que se va extinguiendo como un fogón descuidado por el que nadie vela.
Es cierto que el fuego no llega a extinguirse, porque cenizas quedan; la alegría no muere, es cierto, se refugia en las memorias. Pero ellos se han ido hasta que la próxima generación reine entre los hombres.
Los más atrevidos les llaman los Dioses Nómades, que viajan de aquí para allá sobre monturas de ensueño.
Para otros, apenas son magos cubiertos con las vestimentas de antiguos reyes y el polvo de caminos que nadie conoce.
Ellos, los visitantes, nada dicen, pero escuchan todo cuanto pronuncias las bocas de los hombres. De todo ellos, en todo momento.

jueves, 13 de junio de 2013

Sobre la creación del hombre y otros errores semejantes


El poder y la sabiduría de los dioses son ilimitados. Han creado cuanto se encuentra a nuestro alcance. Cuanto podemos ver y tocar es su obra. Imposible dudar de sus intenciones a la hora de decidir que cada elemento fuera de la forma irrevocable con la que fue pensado y creado.
La luna que señala la noche, el sol que quema la tierra, las aguas y las plantas, el alimento y la muerte, los animales y los insectos, los venenos y los dulces. Cada cosa es su obra.
Una creación magnífica, perfecta en todos sus sentidos. Con la capacidad de reproducirse a sí misma, como un círculo eterno, perfecto, invariable. Como ha de ser cualquier verdadera creación divina.
Mas, en su infinita bondad e inteligencia, llevados por el orgullo o la necesidad de saberse mejores que su propia obra; los dioses crearon al hombre. Un ser más en medio de tanta creación, el único capaz de destruir en la misma medida en que era capaz de ayudar al mantenimiento del ciclo.
Pero la creación comenzó a degradarse poco a poco en la medida en que el hombre multiplicaba su progenie y se veía en la necesidad de alimentar más bocas, construir más refugios, masacrar más animales, incendiar más bosques y adorar más a los dioses sabios y bondadosos. Los mismos que podían convertirse en vengativos guerreros ante la menor falta.
Ellos, los dioses, imperturbables en su perfección, sabían muy bien lo que hacían. Para destruir la más bella creación sólo tuvieron que darle al hombre una única e ilimitada cualidad, que ellos sabrían potenciar al máximo. La estupidez, como don de los dioses, en inherente a todos y cada uno de los hombres, desde su primer día en la tierra.

jueves, 18 de abril de 2013

Sólo una parte del espectáculo


Nadie nos obligaba a hacerlo, pero, de todos modos, allí queríamos estar, en ese lugar, escuchándolo. Aún cuando sus palabras reverberaban en nuestros oídos como un fárrago incoherente de referencias iconoclásticas de baja denominación, no preferíamos estar en ninguna otra parte. Es cierto que fingíamos creerle, para que no se sintiera mal, pero sabíamos que él también lo sabía.
Hablaba de dioses sentimentales, de héroes de antaño, de poetas aclamados por los demonios y los de corbata. Utilizaba palabras que sonaban a antiguo, a siglos de olvido, sin darse cuenta, quizá, o no preocupándose por ello, tal vez.
Nosotros tampoco teníamos respuestas. Ignorábamos por qué estaba él allí, en ese momento, subido al púlpito de la tristeza absoluta mirando al mundo con sus ojos grises, solitarios y cansados. Pero, a decir verdad, tampoco queríamos interrumpirlo con nuestras preguntas.
Sólo sus palabras nos interesaban, el sonido de su voz repitiendo esas palabras casi desconocidas, fingiendo entendimiento omitiendo el placer que nos causaba el saberlo vencido, derrotado, arruinado por la suerte, el azar, el sexo, los hombres y las mujeres.
Porque nadie acude al púlpito si no ha sido antes anulado de todas las formas posibles. Nadie crea para nosotros un espectáculo tan bello como el de un suicida que le teme a la muerte, o alguien que ansía un abrazo sin saber cómo pedirlo.
Nadie.

miércoles, 10 de abril de 2013

El Muerto

Era hombre muerto. Lo sabía mejor que nadie, que ellos y que nosotros. Pero no se inquietaba por esas nimiedades. La vida es una circunstancia pasajera, decía. Lo que importa, decía también, es la leyenda.
La misma que labraba casi paso a paso, en secreto. Sin que nadie más que él supiera qué hacía, o por qué hacía lo que hacía. Nada.
El silencio era su gran aliado.
Los rumores infundados sus amigos de toda la vida.
La historia crece y se dispara en múltiples direcciones, todas posibles, todas verdaderas. En cada versión de los hechos él, el muerto, era parte de ellos, siempre presente, antes que nadie, después que todos. Testigo único y primordial de la vida.
Dicen que él inició el libro de la vida, que produjo la primera muerte, la caída y la ciénaga sobre la que todavía nos revolcamos.
La guerra es su juego; la lujuria su pasión.
Las mujeres no le rehúyen por contrahecho, al contrario, lo aman el doble. Por esto es que al resto de los hombres nos cuesta tanto conquistarlas y a ellas les duele tanto entregarse.
Cómo no ha de ser así si somos tan poca cosa y ellas ya conocen la leyenda, el mito, el dios, la sangre, que nosotros nunca podremos darle.

domingo, 10 de marzo de 2013

Desesperación


Fue la desesperación quien nos empujó a realizar tan quimérico viaje. El hambre y la fatiga no fueron más que alicientes para justificar, otro poco, nuestra decisión.
Sí, culpar a la desesperación por nuestra muerte es justo, es perfecto. De otro modo nunca nos habríamos lanzado hacia algo tan estúpido como es, será y fue, buscar la Isla de la Manteca.
Hasta el nombre es ridículo, lo sé. Lo sabíamos en ese momento, pero no nos importó. O hicimos como que no nos importaba para sobrevivir otro poco.
Teníamos un viejo barco calafateado a nuevo, y los remos formados con restos metálicos de antiguos edificios públicos nunca inaugurados. Ignorábamos que la sal del agua los carcomería mucho más rápido que el aire y la escasa lluvia del otoño. Porque, como se darán cuenta, cuanto ignorábamos era mucho, casi todo acerca del mundo.
Eso justifica, otro poco, que hayamos creído, con desesperación, si, en ese trozo de mapa falso que alguien dijo encontrar en el fondo de un barril.
Y nos lanzamos al mar, deseando que la quimera no fuera tal y algo de todo ese sueño fuera real. Si éramos ilusos o no, sólo el tiempo lo diría. Eso pensábamos antes de que el tiempo, finalmente, hablara.
Para señalar nuestro fracaso nos perdidos en el inconmensurable mar, sin noción de nada, sin poder utilizar las estrellas como guías y sin saber, tampoco, repetir las oraciones que escucháramos cuando niños.
Estábamos perdidos, con el barco a la deriva, sin alimentos ni agua, mirando el sol sin otra cosa que hacer más que culpar al a desesperación, para no tener que reconocer, en su lugar, nuestra propia estupidez.

domingo, 10 de febrero de 2013

Héroes

Los héroes no se han agotado. Aunque ya no aparezcan en las portadas de las revistas, aunque hayan sido reemplazados por los mejores culos de la nación; están ahí.
Escondidos, trasvestidos, modificados, con su interior podrido de tanta apariencia.
Llevados por la inercia a fingir durante años algunos, durante décadas la mayoría, nadie los recuerda.
Por eso no se los extraña porque cómo anhelar lo que no se sabe que se ha perdido.
Son, apenas, amnésicos seres anónimos que se ignoran a sí mismos y ansían, aún sin saberlo, que alguien los recuerde. O que al menos se los mencione, como al pasar, en alguna conversación.
Porque en sus nombres anidan sus poderes. Al menos así prefieren creerlo.

martes, 5 de febrero de 2013

Cobardes


Lo último que escuché aquella noche fue: La estirpe de los cobardes no morirá jamás; o tal vez me lo estoy inventando, no importa. Con semejante arquetípica frase, cualquier cosa es digna de ser iniciada.
Una masacre.
Un holocausto.
Un coito interrumpido mil y una veces.
Una falsa democracia republicana.
La civilización islámica oriental.
Todo.
Nada.
Tengo la punta del lápiz bien afilada, siento las manos ansiosas de inventar palabras, y sé que, si me falta papel, siempre puedo escribir sobre mi cuerpo.

viernes, 1 de febrero de 2013

Divagaciones


Redacción encontrada, por casualidad, en el interior de una vasija de cerámica quebrada en el fondo de un barranco inaccesible hasta hace unas décadas atrás, cuando se practicó una perforación al pie de la montaña buscando una impracticable salida al mar en dicha dirección:

Creo que ha de ser la primera vez en mi vida que, al momento de encarar una tarea totalmente nueva, no siento ni el menor atisbo de miedo. Difícil de creer, es cierto (yo mismo dudo de ser yo mismo en éste momento de dudar sin dudas), porque el miedo es el principal motor de cualquier acción.
Fue el dudar del cielo lo que nos obligó a tener siempre sobre nuestras cabezas un techo; el miedo a la distancia nos empujó a crear la rueda; el miedo a las bestias nos impulsó a domar el fuego; y fue el miedo a nosotros mismos creó las primeras armas. El miedo, siempre el miedo, como el capítulo inicial de cualquier historia.
¿Qué será de mí ahora que lo he perdido? ¿Seguiré creando? ¿Amaré de la misma forma?
¿Seré capaz de morir?
Ese es el mayor peligro. Si he perdido el miedo a la muerte, ¿Seré eterno o moriré sin pena ni gloria?
Ojala existiera una tercera opción, pues ninguna de las anteriores me resulta atractiva.

Ignoramos quién fue el redactor. No hayamos ningún hueso, ningún rastro de presencia humana, ni siquiera vestigios de que el lugar haya sido utilizado alguna vez. Pero no creemos en el azar.
      Nunca lo hicimos.

domingo, 14 de octubre de 2012

Molestias pasajeras

El ardor estomacal y la picazón de la mañana no se fueron, pasaron a segundo plano cuando otras molestias más acuciantes las reemplazaron. El sentir que algo nos pincha los ojos, desde el interior, o los dedos doliendo como si los propios huesos estuvieran a punto de separarse, no es algo fácil de ignorar.
A lo largo del día, la molestia fue avanzando en distintas partes del cuerpo. Sintió el sueño del ataque al hígado, las rodillas hinchándoseles como si la humedad hubiera trepado al 5.000%, la espalda se le arqueaba como hundida bajo el atroz peso de su cabeza que no dejaba de latir y latir con ínfimos pensamientos.
Imposible el pensamiento complejo en esa situación, ni siquiera lo intentó, porque el esfuerzo sería devastador en esas condiciones. Se paseaba, en cambio, semidesnudo por el interior de su monoambiente, sintiendo el agrio aroma de su sudor seco y vuelto a humedecer, de su cuerpo pidiéndole un baño con urgencias.
Otra cosa no podía hacer, salvo esperar sin saber qué. Ansiar una llegada que nunca se concretaría, pero sus entrañas le confirmaban, en su letanía de ruidos y retorcijones, que estaba cerca.
Una hora después del atardecer sintió que su pecho se desgarraba, que sus costillas eran hechas a un lado y que un enorme pico se abría paso por su piel. Las plumas le cosquillearon en la garganta y sobre su estómago, cuando las alas se extendieron. Las garras, llevándose parte de su carne, rasgándole los pulmones y quebrándole la ausencia de emoción, fueron las últimas en salir.
Y se encontró yaciendo en el suelo blanquecino del departamento vacío cual cascarón desechado, mientras la extraña criatura terminaba de alimentarse dejando, como único desperdicio y recuerdo suyo, ese frío y duro guijarro en el cual reconoció su antiguo corazón.