El mundo gira. Eso cualquiera lo sabe, por más
ignorante que sea. El sol asciende y desciende, el calendario se agota, el año
muere. La vida envejece, el clima se transforma, el mundo muere y resurge como
lo hiciera durante milenios el venerable Balder, hasta que ya no quiso regresar.
Pero, a pesar de que su puesto continúa bacante, nadie parece interesado en ocuparse
de la que fuera su tarea.
Porque
nadie quiere que la primavera llegue.
Ese
es el problema, el tiempo nunca deja de correr, y la vida pasa como un río de
aguas infinitas pero limitadas. Aguas que llevan una única dirección, siempre
la misma, siempre corriente abajo, nunca hacia arriba, nunca de regreso. La
vida es incapaz de cumplir tal designio.
El
cuerpo pierde su vigor, el valor flaquea, la estocada se torna incierta. Nadie
quiere que llegue la primavera porque las nuevas flores, los nuevos aromas, los
animales ignorantes de su devenir multiplicándose, señalan nuestra decadencia,
y el final se ha acercado un poco más. Añoramos que el invierno sea eterno si con
él la vida ha de mantenerse por siempre igual.
Mejor
olvidarnos del sacrificio de Balder antes que continuar hablando de él.
Mejor
que el tiempo deje de transcurrir y que los cachorros continúen con sus juegos.
Que las doncellas sonrían tímidamente a los escuderos de los guerreros llegados
de lejos y que pueden, con el ardor de sus almas, defenderlas por y para siempre.
Pero que el mundo no cambie.
Que
la primavera no llegue, que la vida no se disfrace ya de muerte ni olvido.
Que
el invierno sea eterno para no conocer, jamás, el sabor del hierro en la carne,
la traición en la sangre, el odio en la mirada, ni el amor perdido con el
parto.
Que
la primavera no llegue.
Que
no lo haga.
Nunca.









