Hay un secreto a voces que corre de atelier en
atelier, pero al que nadie atiende por creerlo un rumor infundado. Yo, por mi
parte, creo que, como todo rumor, algo de veracidad ha de tener. De otro modo su
persistiría resulta inexplicable; pues la mentira se aburre y se cansa pronto.
Tengo la vaga esperanza de que sea
cierto, para poder, de este modo, cumplir mí sueño.
Dicen que lo normal es que los
escultores usen a una persona como modelo para sus obras, y que modelen los
materiales a partir de lo que ven. Ese, se supone, es el método tradicional.
El rumor, por otra parte, dicen, que
sólo los grandes maestros logran lo contrario, crear una persona modelando los
materiales, o más, alquímicamente hablando, convertir al modelo en la propia obra,
para que viva en la eternidad del mármol o en la fría decadencia del bronce,
mientras la obra perdure intacta.
Suena a mentira y a blasfemia, lo
sé.
Pero he sentido cosas extrañas
cuando, en secreto, casi siempre a la hora del crepúsculo y escapándole a los
guardias de seguridad de los museos, acaricio levemente las estatuas allí
expuestas sintiéndolas respirar, mínimamente, como con disimulo, como queriendo
esconder esa otra parte suya tan real como la fría superficie.
La mayoría de las pocas veces que lo
sentí, se parecía a un latido, aun cuando no sea el centro de la obra donde alcanzo
a tocar con mi mano. De todos modos, puedo sentirlo.
Tentado por la inmortalidad del
mármol, por la prestancia del bronce, por el poder del oro y la calidad del
acero, añoro eso para mi futuro.
He comenzado a recorrer los talleres
de los grandes artistas, sin dejar que las bromas me desalienten, ni tampoco
sus insultos. Sé que cuanto menos lo espero, cuando el deseo se encuentra casi olvidado,
daré con él. Encontraré, por fin, al artista que, ignorando de lo que sus manos
son capaces, me transfigurará en una obra de arte.
La que será, sin lugar a dudas, la
mejor de todas.





