Mostrando entradas con la etiqueta Erráticos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Erráticos. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de enero de 2013

Casi Estatua

Hay un secreto a voces que corre de atelier en atelier, pero al que nadie atiende por creerlo un rumor infundado. Yo, por mi parte, creo que, como todo rumor, algo de veracidad ha de tener. De otro modo su persistiría resulta inexplicable; pues la mentira se aburre y se cansa pronto.
Tengo la vaga esperanza de que sea cierto, para poder, de este modo, cumplir mí sueño.
Dicen que lo normal es que los escultores usen a una persona como modelo para sus obras, y que modelen los materiales a partir de lo que ven. Ese, se supone, es el método tradicional.
El rumor, por otra parte, dicen, que sólo los grandes maestros logran lo contrario, crear una persona modelando los materiales, o más, alquímicamente hablando, convertir al modelo en la propia obra, para que viva en la eternidad del mármol o en la fría decadencia del bronce, mientras la obra perdure intacta.
Suena a mentira y a blasfemia, lo sé.
Pero he sentido cosas extrañas cuando, en secreto, casi siempre a la hora del crepúsculo y escapándole a los guardias de seguridad de los museos, acaricio levemente las estatuas allí expuestas sintiéndolas respirar, mínimamente, como con disimulo, como queriendo esconder esa otra parte suya tan real como la fría superficie.
La mayoría de las pocas veces que lo sentí, se parecía a un latido, aun cuando no sea el centro de la obra donde alcanzo a tocar con mi mano. De todos modos, puedo sentirlo.
Tentado por la inmortalidad del mármol, por la prestancia del bronce, por el poder del oro y la calidad del acero, añoro eso para mi futuro.
He comenzado a recorrer los talleres de los grandes artistas, sin dejar que las bromas me desalienten, ni tampoco sus insultos. Sé que cuanto menos lo espero, cuando el deseo se encuentra casi olvidado, daré con él. Encontraré, por fin, al artista que, ignorando de lo que sus manos son capaces, me transfigurará en una obra de arte.
La que será, sin lugar a dudas, la mejor de todas.

sábado, 5 de enero de 2013

Sobre los tristes hechos de los hombres que no acataban los designios de sus corazones

Dicen los que saben que la ignorancia es la mejor inteligencia. Eso dicen, aunque sea una fragante contradicción al sentido común. Sin embargo, nadie puede contradecir tan rebuscada lógica. Yo mismo, por ejemplo, lo aprendí a fuerza del error.
El mundo se iba al tacho y a nadie parecía importarle aún, sólo a unos pocos adelantados a su época que podían percibir los males que se aproximaban. Delirantes, los llamaban en los medios de comunicación mínima.
Entenderán, entonces, al menos un poco, espero, mi reacción cuando, en medio de un corto viaje en subterráneo, un señor de avanzada edad se acercó para hablarme. Alguien que, por supuesto, no conocía, se acercó a mí, me tendió primero una mano vacía para saludarme y, luego de un ligero apretón de reconocimiento, me entregó un viejo pistolón Safari, de esos que antes se usaban para masacrar impunemente elefantes.
—Lo veo apesadumbrado, m´hijo —comenzó a decir cuando se cruzó con mi mirada de desconcierto—, y no quiero que acaba usted mal, vio. Por eso le presto mi revolver.
—Qué… —carraspeé varias veces antes de poder continuar—. ¿Qué se supone que debo hacer?
—Sea precavido —dijo guiñándome un ojo—, mate a una dama, hombre.
—¿Eh…?
—¿O acaso usted conoce alguna Sociedad Protectora de Damiselas en Peligro? No. Sólo las hay de animales, plantas, minerales, muebles, patrimonios de la humanidad, tesoros nacionales, centros de recreación, aguas dulces, plumas verdes y, si no me equivoco, ninguna más. Ya lo ve, pues, adelante —dijo señalando al montón de cabezas y cuerpos que se apretujaban contra una de las puertas mientas el tren se acercaba a la estación—. Ellas se lo merecen —dijo el viejo entre dientes y guiñándome con ambos ojos.
Creo que era rabia, o resentimiento, lo que escuché en su voz; pero aquel pistolón se sentía tan bien en mi mano. Me sentía tan poderoso que, aun sabiéndome contrario a todo tipo de la violencia, no pude evitar ponerme de pié y apuntar al azar.

Pistolón tipo Safari:

viernes, 28 de diciembre de 2012

Aprendizaje


El cierto que yo mismo no me lo creo por completo. Pero algo de verdad ha de tener para que tantos miles y millones de personas le otorguen el valor que recibe.
Investigamos mucho tiempo, años, días, minutos, tecleando en internet, para conocer la verdadera verdad. Pero, lo poco que hallamos, no sirvió para convencernos, ni a favor ni en contra. Nada. Fuimos incapaces de sacar en claro alguna respuesta para ello.
Únicamente continuamos bebiendo nuestro café y mordisqueando nuestros sándwiches de tocino con manteca de maní.
Al parecer nada justificaba aquel misterio. Pero tanta gente estaba a favor, y el bando de los detractores menguaba día a día, que yo mismo comencé a dudar. Pues, después de todo, confiaba en que ningún absoluto resiste un buen estudio de sus fundamentos.
Lo sabía, yo fui quien postuló esa teoría.
Pero cuando volvía a estudiar el problema, cuando mis cabellos encanecieron lo suficiente como para guiar mi propio grupo de apasionadas adolescentes en minifalda que deseaban salvar al mundo, o el universo entero, ya era tarde.
Era el último o me habían aislado para que terminara creyéndolo así (aún ahora mi capacidad de dudar continúa funcionando). Era el último hombre sobre la faz de la tierra que continuaba criticando esas enseñanzas, esas máximas sin sentido y las sonrisas fotogénicas de cada nuevo apóstol del mensaje.
Solo entonces, cuando lo que flaqueaba era mi vida pero no así mis convicciones; supe que, en definitiva, el mundo está lleno de crédulos y que no importa qué se haga al respecto, ellos siempre sonríen frente a nuestro (mi) fracaso.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Amnesia, tal vez


Aseguraba no recordar nuestros nombres. Era por lo años que pasara en prisión, explicaba sin mucha confianza en sus propias palabras. Un sinfín de muros grises, impersonales, sin más detalles que alguna mancha más o menos húmeda según el clima, era cuanto decía haber conocido en esos años.
Nosotros, en cambio, sí que la recordábamos. Le debíamos la mayoría de nuestras primeras experiencias con, prácticamente, todo lo que suele llamarse vida. Por eso nos entristeció verla partir al exilio, tanto como nos desagradó verla regresar. Porque ya no era la misma.
Y no sólo porque su memoria fuera ahora como un paño blanco, sin mácula ni manchas nuestras; sino porque ya no era ella.
Nos dimos cuenta al instante, cuando descendió los pocos escalones del andén y nos miró sin reconocernos, sin saber quiénes éramos. Algunos aprovecharon ese momento para dar media vuelta y alejarse. Su rostro demacrado, su cuerpo avejentado, podían más que los mejores recuerdos de la adolescencia.
Quizá fuimos los más valientes los que nos quedamos, o los más tontos, no lo sé. Aún no puedo saberlo. Su sonrisa, de dientes desparejos y manchados por el café, era casi lo único que conservaba de antaño.
Me quedé. Porque aunque ella no supiera quién era, yo sí la recordaba. A ella, a su cuerpo, su calor, su piel, su sabor. Quizás algo de eso aún perdure, pensé.
Descubrimos que, en parte, nos mentía, porque en cada encuentro nos llamaba por nuestros nombres, uno por uno, frente a frente, en su cama junto a su cuerpo derrotado y su tibieza cada vez más cercana al frío que a otra cosa. Nuestros nombres eran, en sus labios, susurros de viejas melodías que nos cantaban lo que había sido.
Supe no se debía a otra cosa más que a su intención de morir entre nosotros, los únicos que la recordábamos. Y por haber sido capaces de no preguntarle ni cuestionarle nada, no dejó el mejor regalo que podía hacernos al devolvernos nuestro pasado.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Hipocondríaco


¿Para qué mentirte? Fue tan breve el instante que permanecimos juntos que Before Sunshine es una extensa y aburrida eternidad. Ni siquiera una noche, ni siquiera un deseo.
Es cierto, tan ridículo era en ese entonces, que ni siquiera recuerdo cuáles eran mis creencias. Estaban allí, sin dudas, pero ya no. Como tu, que tampoco lo estás. ¿Para qué? Es cierto, no lo sabes.
Compartimos tan poco juntos, la nada misma, un suspiro, tal vez. O quizá menos.
Pero tu fantasma, oh si, tu fantasma es otro tema. Es tan enorme ese recuerdo al que llamo fantasma que oculta el sol de mis días, las estrellas de mis noches y ocupa hasta el último ápice de mi vida sin que pueda evitarlo.
Sin que haga nada para evitarlo.
Sin que quiera hacer algo.
Es tan injusta (hija de puta) la memoria, que olvida años completos y eterniza segundos que deberían haberse perdido.
No puedo.
No quiero.
Quiero.
No.
El pecho me duele algunos días más que otros. Los médicos dicen que no tengo nada. Que el corazón no duele, no siente dolor ni penar.
Pero sé que mienten.
Yo sé muy bien qué tengo.
Tengo un segundo, un minuto, un recuerdo enquistado que no quiere borrarse.
No puedo.
No quiere.
No.
Porque el dolor sólo lo siento yo mismo.

jueves, 2 de agosto de 2012

Extremista

Voy a hacerlos partícipes de mi predicamento porque sé que, después de leerme atentamente, comprenderán el por qué de mis decisiones.
Primero, el origen de todo esto: mi exnovia. Si atienden a esta expresión, notarán el prefijo ex, es decir, que ya no lo es más, que me dejó.
Segundo: mi exnovia se hizo lesbiana después de dejarme.
Podría sumar un tercer punto. ¿Por qué tomó esa decisión inmediatamente después de dejarme y no luego de un tiempo prudencial de luto (disimulado o no, lo mismo da)? ¿Hice algo mal?
Yo, que la quería tanto, que la amaba desde la médula de mis huesos hasta la última célula de mi cabello. Yo, que nunca pensé en lastimarla de modo alguno, hacerle daño en lo absoluto y sí, en cambio, esforzarme al máximo por lograr su felicidad.
Yo, el mismo que la acompañaba a ver esas películas iraníes o francesas, coreanas o sudafricanas, en las que todos los personajes siempre eran mujeres que luchaban por su realización y la felicidad perdida en una sociedad dominada por los hombres.
Sí, admito que me quedé dormido en varias de ellas y que en más de una oportunidad terminó por despertarme el acomodador del cine pidiéndome que me saliera de la sala porque ella se había ido ofendida y yo ni cuenta me había dado. Y ni hablar del escándalo posterior. Pero, ¿cómo no dormirse con una película en la que nadie explota nada ni hay autos corriendo a toda velocidad, personajes volando ni robots gigantes? ¿Eh? ¿Cómo? Díganmelo ustedes si lo saben.
Pero hoy, después de pensarlo durante varias semanas, y de realizarme varios de los exámenes médicos necesarios, sé qué puedo hacer para recuperarla. Volveré a conquistarla para que, una vez más, estemos juntos, y ésta vez, lo sé, lo siento en el alma, será para siempre.
Lo tengo todo arreglado, mañana mismo comienzo el tratamiento hormonal, en dos meses me hago la vaginoplastia y, en menos de un año, seré lo suficientemente mujer como para volver a conquistarla.
Y estaremos juntas para siempre.
Lo sé.


martes, 3 de julio de 2012

La Frase


La primera vez que repitió esa frase, como ocurre con cada cosa que se desconoce pero se ansía, no la comprendió muy bien.
Aún así, la tomó como estandarte de su universo personal. La repetía antes de comenzar cada actividad, cada acción, cada reacción. Incluso delante de aquellas personas que la comprendían menos que él. Pero no importaba. La frase, su frase (aunque fuera de autor desconocido), lo hacía sentir mucho más seguro (de sí mismo, se entiende), más cercano a los dioses aún siendo un simple hombre (y no una mujer cercana a la ignorada madre) y le daba fuerzas
Si las cosas sucedían de ese modo, alguna razón habría. La duda no lo tentaba, la emoción tampoco. Simplemente pasaba los años viendo su cabeza poblarse de canas y su entendimiento acercándose al cenit de su iluminación antes de que, como el astro rey, comenzara a declinar. Nada carecía de valor, nada era valioso en demasía.
No, no lo era. Porque luego, cuando el flujo de su sangre se detuviera, nada más habría.
Y, dicen, la vida lo hizo sabio, le concedió los honores de la sabiduría y la soledad del anacoreta que cree lograr algo nuevo alejándose de cuanto existe; como si quisiera aplicar todas sus fuerzas a ignorar que cada ser vivo muere solo.
La vida le dio el entendimiento suficiente para encontrar infinidad de sentidos a su fatuo estandarte, el mismo que hizo labrar en su lápida y estaba en las tarjetas de participación para sus exequias.
Tal vez alguien recuerde con extrañeza la gris tarde de otoño en que recibió la tarjeta en la que sólo podía leerse: En una nueva oportunidad no reside el cambio, la ausencia ni el interés.
Pero, su nombre, como podía esperarse, pasó al olvido.

jueves, 31 de mayo de 2012

Penoso, penoso pasar


Estaba harta, cansada, aburrida y, también, un poco enojada por todo en general y nada en particular. Era simple: no le interesaba continuar allí, encerrada, enjaulada. Como esos animales en los zoológicos que todo el tiempo recorren sus jaulas de un extremo al otro porque están acostumbrados a las grandes extensiones y ese encierro resultaba similar a un castigo sin final para ellos.
Ella no era una bestia salvaje, por lo menos así lo creía. Pero se sentía prisionera en esa casa, en ese departamento amueblado de más y recargado de adornos, con la televisión y la radio encendidos en la misma habitación durante el día y a la noche a pleno volumen, con las luces siempre encendidas, porque cuando terminaron de construir el mega edificio de la vereda de enfrente, descubrieron que los muy guachos taparon la luz del sol que antes inundaba los ventanales.
Los gritos de la televisión, obviamente, eran para evitar la conversación. No se puede hablar de otra forma que no sea gritando más fuerte que ese condenado aparato para hacerse oír. Ni siquiera podía pedir la sal en medio de la cena que siempre había en la pantalla un culo nuevo, siempre más importante que el suyo, para ver.
Pero los gritos iluminados de rayos catódicos eran ampliamente superados por los gemidos de la pendeja del departamento contiguo. Las paredes eran de un yeso tan fino que si se empujaba con mucha fuerza con el pulgar se podía abrir un agujero. Y la piba que vivía pseudo-pared de yeso de por medio, se cansó de quejarse a la administración y en las reuniones de consorcio por el volumen de los ruidos atroz, por lo menos después de las ocho de noche como manda la reglamentación.
Una sola vez le comentó por dónde se pasaba la reglamentación del edificio.
Y la muy puta, en respuesta, se grabó un disco de noventa minutos de ella misma gimiendo como si estuviera en una orgía con seis o siete africanos. Llega a la casa y ya pone el disco, repitiéndolo una o dos veces, dependiendo de su humor. Y no se puede ni cenar escuchando ese tipo de grabaciones todo el tiempo. Suponiendo que sea una grabación, claro. No podría ser de otro modo.
Claro que eso es secundario. Sin la televisión no habría gemidos. Sin ninguna de esas cosas quizá habría un poco más de diálogo en las habitaciones siempre mudas de verdaderas palabras del departamento. Pero, aún así, no dejaría de sentirse presa, enjaulada, como si no perteneciera allí. Incómoda en su propio lugar, desplazada hacia un segundo o tercer plano de existencia, como un florero más.
Porque si hay algo que nunca le gustó, eso son los floreros.
No reconocía su reflejo en el ventanal cerrado, ese cuerpo no era el suyo. Los surcos en el rostro, los ojos hundidos, las ojeras, el semblante de la derrota. Era imposible que fuera la misma persona que al terminar la secundaria fuera elegida la alumna de mayor proyección profesional por sus calificaciones. ¿Dónde habían ido a parar esos sueños e ideales? ¿A una habitación llena de gritos ajenos rodeado de gente para quien es un poco menos que una desconocida?
La bestia crece por momentos y, si ella crece, la habitación-jaula se torna más pequeña.
Definitivamente, de seguir allí acabaría muerta o algo peor.
Se acercó sigilosamente a la puerta de departamento, la abrió con lentitud, sin hacer ruido, y con voz pausada dijo claramente:
—Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo.
Pero ni la televisión, ni la radio, ni las luces encendidas, ni los gemidos de la vecina atendieron a su susurro.

domingo, 27 de mayo de 2012

Novo Orbe

El descubrimiento de aquel nuevo mundo fue meramente casual. No se esperaba encontrar nada allí, aguardando nuestra llegada bajo ese sol tan amarillo que hacía refulgir sus dorados mares.
Un mundo raro, pequeño, achatado y circular, que sólo era habitable en una de sus caras. La otra, que no recibía luz alguna y no se encontraba al alcance de la visión, era oscura, rugosa, llena de cráteres y pozos, como si un calor indescifrable la hubiera consumido y extendido su huella hacia los límites montañosos de este mundo al comienzo mismo de su existencia. Desde entonces, nada había surgido en aquella mitad.
La separación entre una y otra de sus caras estaba compuesta por una interminable tráfila de cordilleras separadas entre sí por valles tan profundos como indescriptibles; dispuestos con una regularidad tan marcada, tan perfecta, que imposible mirarlos sin pensar en la intervención de alguna inteligencia altamente desarrollada para lograr semejante regularidad. Porque la naturaleza nunca se repite tanto, por aburrimiento o por pereza, en rincón alguno del universo.
Lo más interesante, lo más llamativo, de éste nuevo mundo, cargado de dulzura y delicadeza era, como se mencionó antes, su regularidad, ya que a la mitad que denominamos superior la rodea una cadena montañosa no muy alta, redondeada como si el viento de milenios las hubiera desgastado hasta simular con ellas meras colinas tan idénticas las unas con las otras como aquellas otras montañas en los extremos.
Esas mismas suaves colinas, apenas elevadas sobre la superficie, se internan cual senderos que se bifurcan, hacia el centro de esta gran planicie que, a la larga, resulta ser la cara del mundo, como si todos los caminos condujeran al mismo sitio. De donde parten nuevos senderos, nuevas colinas que, irremediablemente, nos llevan hacia el círculo exterior.
Sorprendieron a los investigadores sus mares romboidales, no uno sólo, sino varios, idénticos, de dorado reflejo y aguas dulces, fáciles de navegar en su calma absoluta. Pero sin el menor atisbo de viento y, siempre, a la misma invariable temperatura en toda su extensión, cada uno de ellos.
Suponemos que, en cuanto podamos despegar el interés de los investigadores de tan empalagosas y sabrosas aguas, continuaran las investigaciones para dar una respuesta a las preguntas básicas de semejante descubrimiento. ¿Quién lo construyó en su regularidad y constancia? ¿Quién lo dejó al alcance de nuestros ojos y los instrumentos de nuestra ciencia? ¿Cuánto tiempo nos llevará saciar nuestro apetito? Hablando de conocimiento, se entiende…


La única foto que disponemos de nuestro descubrimiento.

viernes, 27 de enero de 2012

A un paso de la pesadilla

Encendió el velador escuchando por segunda vez el timbre del teléfono. Pensó en ignorarlo, en dejar que sonara y sonara toda la noche si así lo quería; pero sabía que el ruido no le permitiría dormir y que, de seguro, algún vecino comenzaría a quejarse detrás de las paredes de yeso.
Llegó hasta el aparato con el quinto timbrazo, sintiendo el frío del suelo en sus pies descalzos, el aire de la madrugada cosquilleándole en la nariz y dando gracias por no haber golpeado ningún mueble en el camino.
—Hola —carraspeó con el tubo en la mano.
Y volvió a escuchar lo mismo que quince minutos antes. Una respiración que jadeaba una, dos, tres veces antes de cortar la comunicación.
—¿Otra vez? —se preguntó medio dormido—. Quién le habrá dado la idea a Edison para inventar este aparato.
Se encaminó hacia la habitación, hacia la cama, las mantas tibias y la almohada mullida. No había llegado a la mitad del camino que el teléfono comenzó, otra vez, a sonar.
—Hola, hola —dijo en tono perentorio mientras escuchaba los jadeos. Después, el silencio.
Lo pensó por casi un minuto, quedándose de pie en el lugar, antes de decidir si volver a la cama o no. El teléfono, mudo e imperturbable, no lo ayudaba a decidirse.
Antes de que terminara de girar sobre sus piernas cansadas, el aparato sonó nuevamente.
—¡Hola! —exclamó con furia, odio y cansancio, obteniendo como respuesta los mismo tres jadeos de antes.
Lo mismo se repitió, al menos, media docena de veces. Colgaba el tubo y se quedaba mirando el aparato silencioso esperando a que volviera a sonar. Nada sucedía hasta que no se encontraba a varios pasos de distancia, entonces regresaba, levantaba el tubo y, otra vez, los jadeos y el silencio.
Se enojó, insultó, gritó, blasfemó contra todos los dioses en los que alguna vez alguien haya creído, amenazó con iniciar juicios y demandas, imploró, suplicó, lloró, para que le dejaran dormir. Pero sus palabras carecían de sentido para quien continuaba llamando y llamando.
Una hora, tal vez hora y media, le llevó tomar la decisión. Regresó a la habitación para buscar una manta con la que cubrirse la espalda, acercó una silla a la mesa del teléfono y levantó el tubo.
Discó un número al azar, dejando que sus dedos jugaran con el disco de plástico y esperó.
Una voz tan soñolienta como la suya una hora, hora y media antes, apareció del otro lado de la línea.
—¿Hola?
No dijo nada, solamente jadeó una, dos, tres veces y colgó.
Contó los segundos dejando pasar un minuto, y volvió a discar.

sábado, 14 de enero de 2012

Motivo


La última hora sólo se dedicó a contemplar el lento girar de las paletas del ventilador. Recostado en el sofá, sintiendo el sudor cubriéndole la piel, escurriéndose por el vello de sus axilas y entre las piernas.
Tenía cosas que hacer, cientos, miles de cosas. Sin embargo, permanecía allí, sentado, parpadeando de vez en vez para que no se le resecaran los ojos, sin intentar pensar, casi sin moverse en lo absoluto.
El día se le escurría entre los dedos sin hacer nada para evitar que la noche lo encontrara en el mismo lugar, en la misma posición, haciendo exactamente lo mismo.
No, no estaba hipnotizado, ni cansado, ni mucho menos muerto. Simplemente no tenía ganas de hacer otra cosa más que estar allí, sentado, mirando el ventilador girar una y otra vez sobre sí mismo como una fría metáfora que no terminaba de entender.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Manifestación


Creí soñar.
Tanto tiempo llevaba sin sentir el impulso consumista que me resultaba extraño encontrarme allí, en ese centro comercial en particular, a esa hora del día, en medio de las ofertas de fin de temporada que no necesitaba. Ese no era yo, que había aprendido a no dejarme llevar, a no caer en la tentación y librarme del mal, amen.
Lamentablemente, no soñaba.
En verdad me encontraba en los pasillos de esa mole de concreto, plástico y vidrio tan odiada, tan despreciada, cuando aquello comenzó. Una agitación en el aire, un rumor que crecía al igual que el caudal de un río de montaña que baja de improvisto cargado con el barro del deshielo.
Una vibración extraña en el suelo, en el crujir de los cristales de las grandes vidrieras, provocaba que los vendedores de las casas de ropa y objetos de mala calidad y alto precio se asomaran a las puertas de sus capillas del consumo. Miraban, con tanta sorpresa como yo mismo, en la dirección en la que parecía acercarse el rumor.
Tres aterrorizados guardias de seguridad aparecieron corriendo girando atolondradamente el codo del pasillo. Sin dejar de avanzar, gritaban algo que no comprendí; pero sus palabras pusieron en movimiento a los atónitos vendedores que, inmediatamente, comenzaron a cerrar y trancar las puertas de sus negocios con cuanto tenían a disposición (maniquíes en desuso, sillas de cortesía, biombos de probadores desarmados, clientes molestos, etc.).
En medio de tal movimiento, más intrigado que asustado, miraba hacia el pasillo por el que aparecieran los despavoridos guardias al tiempo que el retumbar de miles de pasos no dejaba de acercarse.
No debí esperar demasiado para ver como una columna, compacta y bien formada, en la que nadie se empujaba ni se chocaba con quien caminaba a escasos centímetros de distancia, dobló por el pasillo. Caminaban en silencio, haciendo sonar sus pasos en el suelo siempre limpio de baldosas brillantes. Gente de todos los tamaños y colores, de todas las alturas y peinados, vistiendo galas o harapos, de cualquiera de los géneros disponibles en esa temporada (y no, no me refiero a las telas de sus vestimentas), y que apenas se miraban entre sí, avanzaban al unísono.
En medio de su avanzar, el rumor que se tornara más y más fuerte, y que no provenía de sus gargantas, sino que era producto del movimiento de sus brazos. Cada uno de ellos llevaba el brazo izquierdo en alto, todo cuanto se los permitía su altura, y agitaba, con los extremos de sus dedos, billetes sueltos, billeteras bien cargadas, monederos como los que usaban las abuelas, chequeras, cupones de descuentos varios, tarjetas de regale, de crédito y de débito, bien alto, a la vista de los vendedores.
Pasaron junto a mí sin responder a mis preguntas; pero, de sus gestos, de sus miradas, obtuve cuanto necesitaba saber.
Esperé a que el último de ellos pasara junto a mí y, levantando mi billetera de cuero viejo y descolorido, me uní a la silenciosa columna.

martes, 22 de noviembre de 2011

Reto


Dos pasos más allá del camino de la lluvia, casi del otro lado del cielo; hasta allí debía llegar. Hasta allí le permitirían llegar. Lo sabía.
Claro que, atravesar tanta distancia, no resulta tarea fácil. Ayuda, en parte, poseer un humor templado, un pulso firme, el calor de no escaparle a la noche y, sobretodo, saber enfrentarlo.
A él, al gran simulador. El gran creador.
Lo bueno es saber que, por más largo que el camino resulte, con el primer paso es suficiente para cruzarlo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Leyenda


Nació para convertirse en leyenda. Por supuesto que sí. Los presagios que marcaron su nacer y su crecer, así lo señalaron; casi que a cada paso de su vida, sin que otra cosa pudiera hacer. Sin que otra cosa quisiera hacer.
Su primer juguete fue un viejo alfanje, el primer juego que inventó fue la guerra. No tuvo amigos, sólo seres monstruosos, animales mitológicos y endriagos asquerosos que derrotar. Y a todos los venció a su debido tiempo.
Hizo de su adolescencia una epopeya, y de su juventud una épica historia digna de ser recordara, tal y como sabía que debía ser. Cada nuevo día era un capítulo para agregar a esa trama de hechos y deseos inigualables.
Su brazo fue el más fuerte, sus pies los más ligeros, su pene el más erecto, su cabello el más lacio, su reloj el mas exacto.
Su perfección era proverbial.
Estaba listo para que los rapsodas comenzaran su tarea de rememorarlo.
Pero fue incapaz de encontrar alguien digno de tal labor. Quien sabía versificar no sabía rimar; quien sabía rimar no recordaba los detalles, y muy pocos, casi ninguno, podía tocar la lira para acompañar sus palabras.
Los años se acercaban a su fin, sus sienes se llenaban de nieve poco a poco, como el invierno que teme llegar pero que día tras día se sabe más cerca.
Preso de la desesperación, en un aniversario de su natalicio que a veces recordaba, hundió un hierro candente en sus ojos, vendó sus heridas con un trozo de lienzo cualquiera, tomó una vieja lira y un cayado y se internó en los caminos.
Las últimas personas que se cruzaron en su camino dicen que le escucharon recitar: Canta, oh Musa, la cólera del pélida…

martes, 25 de octubre de 2011

Montañés

En las tabernas del norte murmuran sobre un muchacho, casi un niño, que vivía solitario en las montañas; con lo justo para sobrevivir en invierno, y retozando bajo el sol en verano. Nadie conocía su nombre, su familia podría ser la de la proveeduría que se incendió una noche, años atrás, en las laderas del oeste; pero imposible estar seguros.
Quienes lo han visto dicen que lleva ropa raída y sucia de tanto uso, que sus cabellos han crecido tanto que ocultan parte de su rostro; pero no impiden adivinar unos ojos inyectados en sangre, por miedo u odio, siempre atentos, siempre vigilantes. Lo más extraño, parece ser, es que lleva enrollado en su brazo un tramo de casi tres metros de la mejor soga que pueda conseguirse de este lado de las montañas. Por ese detalle se dice que es quien se ha dicho antes.
Nadie intentó hablar con él. Los montañeses, acostumbrados a la soledad y el silencio son parcos de palabras, hoscos de gestos, escasos de demostraciones, no se inmiscuyen en asuntos ajenos. De ser sólo por ellos, el mundo continuaría hasta hoy regido por el canto de las aves en lugar de verse atravesado por los gritos de los hombres.
Se ignora quién sea, por qué continúa escondido en las montañas y para qué quiere esa soga. Aunque, a decir verdad, hay quienes se lo imaginan.
Por eso, las noches de luna llena, cuando se oye aullar a esos lobos que nadie ve, cuando el miedo es tan cercano como la propia sombra, las ventanas se cierran con esmero, las puertas se trancan con pesadas maderas y rifles y puñales quedan preparados al alcance de las manos de quienes no pueden dormir sabiendo que de este lado de las montañas los lobos no son, siquiera, parte de los cuentos para niños.

lunes, 17 de octubre de 2011

Laberinto


Llevaban tanto tiempo allí encerrados, en la oscuridad, entre la humedad y la inmundicia, que nadie podía saber si eran apenas horas, días, o años. Con los ojos ardiéndoles por el esfuerzo de penetrar la negrura, las manos cubiertas de raspones y magulladuras y la ropa hecha jirones de tantas caídas.
El encierro los había convertido en piltrafas de los hombres que supieron ser.
¿Quién era el culpable de tan vil encierro? No lo sabían. Hablaban diferentes lenguas y permanecían juntos por una simple y primitiva razón: miedo. A la oscuridad, a la soledad, a las alimañas que podían esconderse allí. Como fuera, el miedo los unía y los obligaba a continuar avanzando en ese laberinto de un único pasillo, interminable en su infinitud, inescrutable en su silencio.
Comentan que un ciego, acostumbrado a esos usos, guiaba la columna de cuerpos sucios y sudorosos en medio del sofocante calor. Un ciego que se divertía haciéndolos caminar por donde el camino se encontraba en peor estado, donde las piedras puntiagudas dañaban más las plantas blandas de los pies descalzos.
Era extraño el que sintieran hambre, sólo cansancio y una sed tan infinita como el mismo túnel. Pero, en su afán por encontrar una salida, un atisbo de luz, un poco de aire que no oliera a heces, nadie lo notaba.
Pasaron semanas quizá, hasta que, un día de tantos, el ciego al inicio de larga fila de cuerpos se detuvo:
—Hay algo allí, al frente —dijo.
Pero nadie podía ver. Sólo alguien acostumbrado a no depender de sus ojos percibía las diferencias en los matices del aire.
—Alguien respira pesadamente…
No terminó la frase. Una gran lámpara incandescente se encendió sobre ellos, hiriendo ojos, sorprendiendo a todos menos al ciego que se mantuvo firme en su posición de líder de la columna.
—Felicitaciones —dijo una voz metálica, una grabación vieja en ese inglés antiguo que se hablaba a mediados del siglo XXI—, a la vuelta de ésta pared se encuentra la salida. Sean bienvenidos.
—No —dijo el ciego—, es una trampa.
Pero nadie lo escuchó, la masa de hombres deseosos por ver el cielo, por respirar aire fresco y obtener algo que agua para calamar su sed, lo arrojó contra una de las paredes cuando intentó detenerlos. A pesar de que no compartían la lengua, habían comprendido el contenido de la grabación sin la menor dificultad, otra de las extrañezas de aquel lugar.
Sin embargo, el ensordecedor ruido de las detonaciones y la risa grabada en la misma cinta magnética le dieron la razón al ciego.
Gemidos, quejidos y lágrimas fue cuanto quedó. Muerte y sangre otra vez.
—Ilusos —dijo el ciego retrocediendo sobre sus pasos, regresando por el pasillo ahora vacío—, cuánto más cerca de está de la salida, más peligroso es el encierro.
Una gran frase que, lamentablemente, nadie más que él pudo oír.

lunes, 3 de octubre de 2011

37 noches


Treinta y siete noches, anotó en su cuaderno luego de arrojar al incinerador el frasco de pastillas para dormir.
Otro fracaso.
Los ojos rojos, venosos, cargados de cansancio y aburrimiento, lo miraron desde el espejo. Era humanamente imposible permanecer tanto tiempo despierto. Era ridículo, tanto que ni los doctores le creían cuando regresaba a contarles que sus indicaciones no habían solucionado el problema.
Ni siquiera luego de leer el diario de su insomnio, como llamaba a su cuaderno de apuntes, creían en sus palabras. Es fraguado, mentira, puras patrañas, decían. Como si alguien en su sano juicio fuera a escribir tantas cosas sobre la falta de sueño, la soñolencia, la pérdida de los reflejos y la vaguedad de los recuerdos.
El catálogo de remedios con melatonina artificial no era suficiente; los químicos, las pastillas, eran tan inútiles como el ibuprofeno 400 para el dolor de cabeza.
Treinta y siente noches insoportablemente largas, insípidas, repetitivas, regadas con litros de leche tibia, largas lecturas de historia medieval y música clásica. Evidentemente nada había surtido el efecto buscado.
Ni siquiera el pasar horas y más horas acostado en la cama, con los ojos cerrados y contando los puntos negros bajo los párpados.
Deseaba dormir. Lo buscaba con todo su espíritu. Pensaba sólo en eso.
Pero sabía que no lo lograría, que los sueños seguirían esquivándolo.
Por suerte, en su cuaderno, aún quedaban varias páginas en blanco que ansiaban verse cubiertas por su diminuta caligrafía.

martes, 23 de agosto de 2011

La Noche Bajo Cero


Se removía en el lecho; la incomodidad y el peso de las incontables frazadas no le permitían dormir. Cerraba los ojos y, al instante, sentía el peso de su mano sobre la boca del estómago, el codo se le clavaba en un costado o comenzaba a dolerle el cuello por tan incómoda posición y tan pobre almohada.
De continuar así vería como el sol despuntaba del otro lado de la colina, penetrando por el marco roto de la ventana, atravesando la cortina deshilachada, incrustándose en el fondo de sus ojos como un frío cuchillo afilado con la exigua forma de un rayo de luz.
El intenso frío de aquel raro verano le obligó a recorrer el abandonado edificio buscando en cada rincón, oscuro o luminoso, cualquier cosa que le sirviera para cubrirse. Lo que fuera. Fue acumulando manta sobre manta en su espalda, hasta que el propio peso le hizo desistir de continuar con la búsqueda.
Pero el frío no se había ido. Continuaba allí mismo, naciendo de sus huesos, consumiendo sus entrañas, acariciando sus ideas. Para peor, no parecía tener la menor intensión de retirarse a ninguna parte.
Casi que no sabría dónde moverse, o si quedaban otras personas en algún sitio de la ciudad. Explorar no entraba en sus planes ante tanto frío. Amanece. Amanece y hace frío, un frío que ninguna manta, ni todas las mantas del universo conocido, pueden vencer.
Hace frío, ese mismo frío que acaricia las plantas de los pies y sube, lentamente, lamiéndole las piernas. Sabido es lo que pasará después.
Tanto que ni siquiera hace falta escribirlo.

viernes, 22 de julio de 2011

Credo


¡Malditos sean todos! Pensó el exhausto caminante al llegar, con los pies ensangrentados, las rodillas vencidas y la espalda quebrada por el peso de la mochila, al final del camino.
¡Malditos sean todos! Los que se rieron cuando planteó su idea, descabellada según algunos, quimérica según otros, ridícula según la mayoría.
¡Malditos sean todos! Los que se burlaron. Porque ahora, allí estaba, en el límite del mundo. Al final de los caminos que milenios antes condujeran a Roma, la ciudad que nunca había existido porque no era más que una mera leyenda.
¡Malditos sean todos! Pensó arrodillándose para llorar de alegría, de cansancio, de hambre. Acababa de demostrar que el mundo no era un círculo, que el mundo era finito y limitado en todas sus direcciones.
¡Malditos sean todos! Los que no lo verían volver  porque ahora que se encontraba allí sabía cuál era su destino. Había visto la verdad, había encontrado el principio del universo, el camino a la nada; no volvería atrás.
¡Malditos sean todos! Gritó antes de arrojarse al vacío que se tragó su cuerpo, sus gritos y el recuerdo de ese loco que decía que el mundo era cada vez más pequeño.
¡Malditos sean todos! Los que nunca creyeron.

lunes, 11 de julio de 2011

Intrínseco


Con un viejo atizador removía las brasas, desde lejos, apoyándose en un incómodo tronco, viendo crecer y morir las llamas, sintiendo las chispas caer sobre su piel sin darle importancia. Absorto en su pensamiento, tan perdido en su profundidad que ni cuenta se daba que estaba solo, que los demás se habían ido, uno a uno, arrastrados por el aburrimiento, el tedio, la desesperación o algún sentimiento particular.
Las razones se encontraban más allá de su interés, él tenía otras cosas en las qué pensar, en las que concentrar su voluntad. Claro que, eso también, se encontraba en un segundo plano. Ahora solamente miraba las llamas con la mente tan en blanco que sería incapaz de decir, siquiera, cuál era su nombre.
Golpeaba los trozos incandescentes de las brasas mientas ardían, sin inmutarse, sin siquiera mirar lo que hacía. Dejándose llevar por el pensamiento, aún cuando esa palabra le resultara extraña. Creyendo, más bien, que eran recuerdos, cosas pasadas, viejas, lo que su mente repetía, y no pensamientos nuevos.
Así como olvidara su nombre, olvidó llevar la cuenta de los días pasados en ese confín de la ladera. Ignoraba cuántos hombres habían llegado a ese mismo lugar, antes o después que él, a buscar algo, a esperar algo. A calentarse un poco en el fuego, a preparar un poco de comida.
Esas cosas no tenían ninguna importancia.
El grupo se desmembró poco a poco, un día se fue uno, sin decir nada. La noche siguiente se fueron tres. A los pocos días ya sólo quedaban él, las brasas y el atizador viejo y oxidado.
Golpeaba las brasas y veía las chispas flotar en el aire.
Aunque no fuera el primero ni el último en llegar, sabía que de los allí reunidos había sido el elegido, de alguna extraña manera, tal vez en medio de un sueño, tal vez de alguna otra manera, para permanecer en ese lugar alimentando el fuego. Jugaría con el viejo atizador hasta que el mundo llegara a su fin, hasta que su vida se acabara o hasta que recordaran enviar a alguien más para reemplazarlo.
No importaba, golpeaba las brasas y esperaba.
Eso no cualquiera podía hacerlo, y lo sabía muy bien.
Sí, lo sabía bien.