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jueves, 16 de octubre de 2014

Traje de adán


Aquel hombre, en su traje de adán, miraba, sin ver realmente, los restos de las últimas hogueras. Los rescoldos que aún perduraban daban a la ciudad en ruina una luz rojiza y mortecina mientras el sol se ocultaba en el lejano sur.
            Presentía la cercanía del frío mientras la brisa acariciaba su piel pensando en la lluvia que algún día llegaría a borrar los recuerdos de tantas llamas.
            Ahora mismo, sin embargo, mientras el crepúsculo avanzaba, su preocupación se encontraba en otro lugar. Con el estómago saciado y su cuerpo anhelando compañía, emprendió el camino.
            De alguna manera intuía que, en el inmenso y ancho mundo que se abría ante él, encontraría a una mujer en su traje de eva. Y cuando finalmente se encontraran, se fundirían en un abrazo sin final.
            Pero, aquel mundo era tan amplio y oscuro por las noches… allí, lejos de las brazas de la última ciudad.
            Tan, tan amplio…

sábado, 23 de agosto de 2014

Mucho saber no te vuelve inteligente

Lo descubrí leyendo una revista para científicos, cuando era muy pequeño, y se suponía que no debía de ser capaz de leer y entender ese tipo de cosas. Una revista que, por alguna razón, había legado a la casa (imagino que el cartero se habrá equivocado de dirección, algo muy común en esa época), o quizá íbamos a tener visitas y para parecer más interesantes compraron un número al azar de una publicación cualquiera.
            Como fuera, la revista cayó en mis manos y la leí por completo, aún sin saber que los créditos, los índices y las editoriales de ese tipo de publicaciones pueden ignorarse sin más, dejando que los contenidos nos sorprendan por sí solos.
            Claro que si bien un 65% de las palabras allí utilizadas carecían de sentido, y el diccionario estaba en un estante muy alto de la biblioteca casi vacía de la sala como para acceder a él, entendí lo suficiente como para comenzar a preocuparme.
            Ese día descubrí que grandes bolas de fuego rodean a la tierra y que los hombres, por alguna razón que la revista evitaba explicar, habían denominado estrellas. Nombre poético para olvidarse de la realidad de que el sol era, en definitiva, también, una de esas cosas de fuego que giraba peligrosamente en torno a la Tierra.
            El terror, como no podía ser de otro modo, invadió cada uno de mis células, desde sus componentes más básicos como el núcleo, el nucleolo y la pared celular, hasta la composición de macroelementos que son los órganos del cuerpo, tal y como lo explicaba, también y por supuesto, la revista.
            ¿Pueden verlo? Una bola gigantesca y errática que en cualquier momento podía colisionar con la tierra, la luna, la estación espacial Mir y el Lusat-1 al mismo tiempo. Terrible. Catastrófico. ¿Qué pasaría con los sobrevivientes de un cataclismo de tales proporciones?
            En esa revista evitaban dar una respuesta a dicha posibilidad, y en mi familia nadie era capaz de entender mis preguntas, o cómo era posible que hablara con palabras tan raras, suponiendo que fuera español el idioma que aún utilizaba. Ni siquiera en el colegio pudieron ayudarme. A pesar de ello, la idea siguió rondando en mi cabecita loca, como decía mi tía mientras tejía con agujas del número ocho un par de medias para su difunto pretendiente.
            Agujas que ningún ojo, por bueno que sea su portador, puede resistírsele.
            ¿Entiende, doctor? No quiero ver cómo acabará el mundo. No, no quiero. No. No quiero. ¿Más pastillas? Si, por favor. Pero sólo si tiene de frambuesa porque las de menta ya me cansaron.

Con ustedes, en una imagen tomada de la red, Mr. Lusat-1

sábado, 9 de agosto de 2014

Entre las últimas melodías

Su guitarra descansa en un estuche de cuero, rígido y sólido para evitar golpes, en un armario de mi estudio. En las paredes quedan las huellas de su paso, los afiches de antiguas presentaciones, gigantografías de algunas fotos de la prensa y las tapas de sus discos. A él se le ve siempre serio, casi nunca sonreía cuando de música se trataba.
            En realidad, casi nunca sonreía.
            El resto del material tendrá un destino similar al de la guitarra, supongo. Quedará escondido en lo profundo de un armario como el símbolo de la memoria, de un recuerdo que intenta ser olvidado y un dolor que ansiamos evitar pero que, a pesar de todo el esfuerzo, tarde o temprano, saldrá a flote.
            Su vida se consumió como una rosa arrancada de su tallo. Si lo digo de esta forma es porque sé que la metáfora sería de su agrado; el público disfrutaba de sus canciones, de su poesía, de su forma de decir las cosas. El mismo público que lo lloró cuando perdió la voz y luego lo olvidó cuando alguien más ocupó su lugar.
            Es cierto, aún se venden sus discos; lo sé mejor que nadie. Pero no es lo mismo que antes. Su voz suena rara en las grabaciones, como si lo que se escuchara fuera un recuerdo de su voz, como si luchara consigo mismo, como lo hiciera durante toda su vida.
            Él, que cantaba con versos maravillosos, cumplió su palabra. Cuando dijo entre las últimas melodías del último tema de su último disco, antes de que todo sucediera tan rápida como definitivamente, eso de que las historias de amor debían de durar lo que dura un tango y no más. Fue apagándose, perdiendo intensidad como una grabación a la que se le baja el sonido poco a poco.
            Su guitarra duerme en un estuche, como dentro de un ataúd, en el armario de mi estudio, pudriéndose de igual manera. Nadie volvió a tocarla; nadie tiene su habilidad para hacerlo. Quedan sus discos, algunas de sus canciones y esas fotos en las que casi nunca se lo puede ver sonreír, como si supiera, desde siempre, cómo iban a terminar las cosas para él.
            Como si realmente lo hubiera sabido siempre.

viernes, 23 de mayo de 2014

Despedirse siempre duele

Si mañana ya no hay amanecer habremos perdido la oportunidad de despedirnos, cariño mío. Por eso es que te digo, lo mejor, para ambos, es que lo hagamos ahora mismo. Aquí, entre nosotros, con sabor a poco quizá, pero una despedida al fin y al cabo.
            Con suerte, nada de esto será definitivo, pero no lo sabremos hasta que el mañana no llegue, y nos diga cuán equivocados estábamos.
            Despidámonos ahora, cariño mío. Y, si lo que se cierne sobre nosotros, es solamente la noche eterna, sabremos que, al menos una vez, supimos amarnos como nadie más.
            Como nadie más.
            Nunca más.

jueves, 27 de marzo de 2014

Devenir histórico

Con la edad van descubriéndose cosas que antes creíamos imposibles. Quizá sea porque el cuerpo muestra las señales evidentes del tiempo, pero, en otros aspectos, podemos disimularlo más. Sin embargo, allí están las pruebas. Algunos días se nos dificulta pensar tan rápido como antes, confundimos nombres, creemos hablar con los muertos, o tenemos ideas que otros han tenido antes.
            Las culturas antiguas lo llaman sabiduría; siglos después se lo denominó experiencia; hoy le dicen decadencia.
            Lo pronuncian despectivamente, con odio y violencia en cada sílaba, y un poco de resignación al llegar a la última letra. Resulta imposible pensarlo de otro modo; aún cuando vivimos rodeados de experiencias similares.
            La sinapsis no es lo que supo ser, dependemos de ayuda memorias y prótesis, de notas que inundan nuestros días y pantallas que se burlan de nosotros. Todo para descubrir que el atardecer duele, cada día, un poco más mientras se clava en nuestro recuerdo…

domingo, 16 de febrero de 2014

Infectología

Recordaremos hoy una carta de lectores que formó parte de un interesante debate académico-intelectual, el cual tuvo lugar hace un par de años, y que versó sobre temas relacionados con la detección y contención de las sucesivas epidemias continentales. Al contrario de lo que se esperaba, durante el debate, en el que participaron miembros de la casta científica, de la clase política, del gueto intelectual, el mundillo de la farándula y miembros de la extinta civilización cristiano-occidental, no se logró ninguna conclusión que sirviera de piedra de toque para nuevas investigaciones, futuros proyectos de obras públicas ni flamantes patentes medicinales.
            Todo lo contrario, la discusión se diluyó en una seguidilla de cartas con propuestas y frases inconexas que hablaban más del cansancio del juicio y del saber general que otra cosa.
            Rescataremos, para esta breve reseña en conmemoración del aniversario de dicho debate, una frase perteneciente a una de las últimas cartas anónimas que llegaron a la redacción de la revista. La frase en cuestión, si bien causó un cierto revuelo al momento de su publicación, se la olvidó rápidamente al anunciarse el nuevo casamiento de otra estrella del cine mundial con otro de sus mayordomos de toda la vida.
            Luego de una ambigua presentación del tema en cuestión, el desconocido redactor postuló que es tiempo de comenzar a pensar que la estupidez humana que ha dominado al mundo durante las ultimas décadas, no es más que el sistema inmunológico de la naturaleza que se ha activado tardíamente, lenta pero indeteniblemente, para corregir los errores tantos propios como ajenos (es decir, los suyos y los nuestros). Comprendiendo esto, podríamos entender muchas de las cosas que acontecen en el mundo. Muchas, si no todas, por supuesto.
            Párrafo que selló, en gran medida, toda posibilidad de debate. Al menos así lo creímos en la redacción en su momento y lo creemos aún hoy.

viernes, 20 de diciembre de 2013

El mundo no se acabará, sólo nosotros lo haremos

Como sucede siempre con los cambios realmente revolucionarios que no necesitan recurrir a la violencia para concretarse, solo nos damos cuenta de lo sucedido cuando se encuentran en pleno auge. En ese punto, más que revolucionarios se transforman, poco a poco, en una visión conservadora del mundo.
            Así, pues, cuando la noticia llego a los medios masivos de comunicagación, a la pseudo-opinión pública, a las mesas de cada hogar, a los salones de belleza y los juegos de video, ya era apenas una novedad vieja.
            Nunca sabremos cómo comenzó, pero sabemos que el primer atisbo de ello fue el dicho más peligroso que mono con navaja, y, al parecer, dicho dicho no era más que la afirmación de una verdad. En esa época, los monos comenzaban a dominar las patinetas.
            Luego vinieron los lagartos con yates propios, los delfines que adquirían en cómodas cuotas submarinos nucleares en desuso del decadente ejército de la ONU. No sé si lo recordarán, pero las cuotas eran en cornalitos y no en moneda de uso corriente. Ni qué hablar cuando las últimas familias de osos pandas (blancos y rojos), juntaron sus ahorros, compraron unas cuantas miles de hectáreas de plantaciones de bambú y expulsaron a todos los habitantes humanos de sus nuevos territorios; y es que un poco de justicia poética no viene mal de vez en cuando (o, en éste caso, justicia pandética).
            Los hombres comunes, por supuestos, reaccionaron tarde.
            Tal vez cuando descubrimos que los basset hound, esos perros tan graciosos como tiernos, portaban en sus cinturones, terribles revólveres Colt del 38. O cuando descubrimos la verdad sobre la guerra bacteriológica de las palomas; ese fue, en verdad, un día realmente terrible para la humanidad.
            A partir de ese momento, ya todo estaba perdido. Infinidad de hombres grises y anodinos habían dado a sus animales, creados por la voluntad de alguno de los infinitos dioses que pueblan nuestra imaginación, las armas de nuestra propia destrucción. Nada podíamos hacer frente a los tanques piloteados por ciervos adolescentes, o los comandos tácticos de conejos que se encargan de roer los cables de alta tensión de las centrales hidroeléctricas aun a riesgos de sus propias vidas.
            Ellos, que nos dejaron vivir el sueño de la dominación mundial, no nos dejarán destruir la Tierra, su mundo (no el nuestro). Nos dejarán morir, como hicimos con ellos, destruyendo nuestro hábitat urbano, restaurando la naturaleza oculta debajo del asfalto.
         Mientras tanto, nosotros, que apenas somos humanos, no sabremos nunca cómo agradecerles tan desinteresada ayuda. Nunca lo sabremos porque la ignorancia ha sido, siempre, la mejor de nuestras aptitudes.

Una imagen más de la hecatombe:

martes, 3 de diciembre de 2013

Frutos Dorados

El mundo se acabó hace unos años, sé que, por el simple hecho de que seguimos vivos, es difícil de creer y aceptar. Pero, si analizamos la situación nos daremos cuenta que no es tan así, que las cosas no son como se supone que son.
            El mundo se acabó un día en que nadie se percató de ello porque estábamos muy ocupados en nuestras inocuas rutinas como para atender en algo semejante; por eso fue posible el prodigio de que todo continué para siempre igual, aun cuando la esencia de las cosas ha cambiado totalmente.
            El mundo se acabó cuando se secó el árbol de los frutos dorados. De seguro nunca han oído hablar de él, porque faltaban aún unos cuantos siglos para su descubrimiento por la ciencia del homo sapiens. Pero la tecnología, el afán de progreso y el egoísmo insensato, pudieron más.
            El mundo se acabó cuando un secreto arbusto que un día del venidero verano arderá, dejó de crear hojas, de criar ramas y procrear sus frutos. Dicho sea de paso, se trataba uno de los frutos más delicados y sabrosos del mundo que el hombre nunca probará, cuyo jugo nunca se comercializará, cuyo color nunca existirá para la moda.
            El mundo se acabó pero el ser humano, en su terquedad innata, continuó como si nada, como si lo único importante en el universo fuera su propia existencia y no los frutos dorados de aquella diminuta planta en cuyas semillas se escondía, quizá, porque nunca podremos confirmarlo, el origen y el sentido de la vida.
            El mundo se acabó, y yo ya no quiero seguir viviendo en él.

viernes, 4 de octubre de 2013

Memoria

Cuando se percató de lo que estaba haciendo, tenía el blister de pastillas abierto por completo. Las cinco perlas rojiblancas sobre la mesa, las manos temblorosas, y un vaso de agua que por poco no derramaba su contenido.
¿Qué hora era? Tenía que tomar una pastilla, pero no sabía cuándo. Miró el vaso, miró las pastillas, sus manos, que parecían temblar cada vez más. La decisión, que lograba hacerse un espacio en su mente, avanzaba poco a poco.
Tomó entre sus dedos uno de esos trozos de medicina química y se lo puso sobre los labios. Bebió del vaso un poco de agua fresca, y tragó.
Miró hacia la mesa donde cuatro píldoras rijoazules y un blister vacío lo esperaban. Ni siquiera sabía en qué día se encontraba pero allí estaba él, sentado, aguardando su medicina. Sin dudas era la hora, por algo le temblaban tanto las manos.
Tomó una píldora y, con un sorbo de agua tibia, la ayudó a atravesar su garganta.
Parpadeó varias veces. Sobre la mesa, un blister abierto y vacío junto a tres pastillas rojinegras le informaban lo que debía hacer a continuación.
No recordaba muchas cosas. Ni el día en que estaba. Ni dónde. Pero, la peor parte era no saber por qué temblaban tanto sus manos; el que en ese momento no recordara ni siquiera su nombre, le resultaba secundaria. Lo de las manos era, sin dudas, lo peor.
Con el resto de agua que quedaba en el vaso que tenía a una de sus temblorosas manos, se tragó una de las dos pastillas que encontró sobre la mesa. Fue un acto mecánico, sin pensar, sin saber lo qué hacía.
Con el vaso vacío en la mano se levantó tambaleándose de la silla de madera; necesitaba agua para tomar esa pastilla rojiverde que lo miraba desde la mesa. La cocina no estaba lejos, apenas unos pasos desde la mesa del comedor. El blister abandonado a un costado de la mesa le señalaba que, quizá, con una de esas, se le pasarían todos sus dolores.
Incluso esos que no sabía por qué sentía, en el pecho, en la cabeza, el estómago…
Nunca llegó a la cocina.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Gran Maestre


Podría decir que soy el mejor en lo que hago; pero esa frase de seguro tiene copyright y terminaría pagando una fortuna que no tengo a alguien que nunca podrá gastarla en el tiempo que nos queda.
Diré, en cambio, que me gusta lo que hago, que comencé como un aficionado más, y me desarrollé de tal forma (tan rápido, con tantas habilidades) que hoy soy el único gran maestre en mi arte. También el último, es cierto. Pero en ciertas ocasiones es más sabio no proyectarse tanto hacia adelante, hacia el futuro, cuando ignoramos cómo será el mismo. Es raro que lo diga, eso también lo sé, pero mi propio aprendizaje me lleva a sostener algo semejante.
Aun así, tengo la leve esperanza de demostrarle al mundo que la disciplina en la que me desempeño realmente es un arte, no sólo un entretenimiento para quienes se encuentran aburridos. Además, sostengo que mis habilidades son únicas e irrepetibles en nuestro mundo. Para aquellos que no lo consideran de tal modo sé que, cuando me vean realizar lo que me propongo, entenderán esa grandeza y dejarán de lado las críticas infundadas.
Después de todo, y antes que nada, amo el surf. Creo que desde el día mismo en que nací, en un parto en casa, en el interior de una pileta especialmente preparada para contener el milagro de la vida, rodeado de gente que conocía muy bien su papel en el mundo. Si, de seguro mi amor por al agua comenzó allí mismo.
Incluso puedo ir un poco más atrás, hasta la anécdota que me contara mi padre y que puede resumirse en la breve frase de que me concibieron durante una noche de tormenta en la playa, tras una larga y extenuante tarde de surf y diversión al mejor estilo de la anteúltima generación. Nadie envidiaría un origen como el mío; no, al contrario, todos deberían hacerlo.
Mi madre, por su parte, nunca dijo nada. Ella hablaba muy poco, apenas un par de palabras al año; las suficientes para dar a entender cuanto necesitábamos saber. Y eso estaba bien para ella; supongo que mucha gente actuaría del mismo modo ante la perspectiva de cuanto acabaría sucediendo.
Persisten poco cultores del surf, no porque seamos una comunidad cerrada y endogámica, como muchos creen; sino que, habiendo tantos problemas en el mundo, la gente casi que no tiene tiempo para pensar en otra cosa. Claro que el mayor problema es definir el término problema. Porque de seguro, nos libraríamos de muchos malos entendidos a partir de algo tan simple.
Hablar del fin del mundo, no sólo de la civilización islámica occidental que nos gobierna desde mediados del siglo XXI, sino de la naturaleza misma, del planeta poniéndose en nuestra contra, hace tiempo que dejó de ser un tópico de la ciencia ficción. Claro que esto ya lo saben, por lo que no perderé el tiempo explicando los cómo ni los por qué que, por otro lado, sería imposible para mí encontrar las palabras adecuadas para ello. A mí, lo único que me importa es una tormenta.
No, miento; no es una tormenta, es La Tormenta. Así, con mayúsculas. Porque quizá sea la más grande que haya contemplado el hombre, siendo también, según las predicciones científicas, la última que llegará a soportar la menguada humanidad.
Nadie puede asegurar cuándo tendrá lugar la formación climatológica tan perfecta que creará las olas más espectaculares que un maestre surfer pueda soñar con montar. Dicen que se acerca el momento con pasos agigantados luego de que los oasis del amazonas de desecaran y que el archipiélago de Groenlandia desapareciera tras aquella inesperada explosión volcánica.
Esos detalles me tiene sin cuidado; yo sólo quiera que la Tormenta llegue mientras aún conserve mi tabla y mi cuerpo en perfectas condiciones. El resto de la sociedad carece de interés para mí, yo sólo quiero surfear y surfear.
Y lo haré hasta el fin del mundo sabiendo que, si ellas así lo quieren, las olas me llevarán hasta allí.

viernes, 10 de mayo de 2013

Barro


El automóvil se encajó en el barro, no avanzaba, ni para atrás ni para adelante. Forzó, varias veces, el motor buscando la fuerza mecánica necesaria para salir de allí, logrando únicamente que las ruedas se hundieran más y más.
Se inclinaba peligrosamente hacia un costado cuando dejó de intentarlo.
Detuvo el motor y miró cuanto le rodeaba que, en verdad, no era mucho. Casi nada. Un descampado sin final, árido, seco, olvidado a la buena del sol con un único lugar inundado, colmatado de barro y agua estancada.
En ese único punto húmedo cayó como un tonto. Y ahora nada podía hacer. El sol huía del cielo anunciando la obviedad de la noche cercana.
Encendió la radio para descubrir que en medio de tan horrendo páramo, sólo captaba estática. Maldijo entre dientes, apenas, como algo a lo que no estaba acostumbrado.
Sin estímulo alguno en el cual concentrarse, se durmió, dormitó, creyó despertar y volver a dormirse varias veces sintiendo movimientos bruscos en el vehículo, aunque sabía que eso era imposible. En torno a esa frontera casi nula que existe entre el sueño y la vigilia, pasó gran parte de la extensa tarde-noche.
Despertó, lo que puede decirse verdaderamente despertar, cuando la humedad en sus pies se dejó sentir a través del cuero de su calzado.
Aún era de noche. Claridad alguna se filtraba por las ventanillas, por lo que le era imposible saber qué era esa cosa húmeda y fétida que le rozaba los tobillos.
El sentimiento de incomodidad le invadía más y más. Sólo atinó a abrir un poco la ventanilla para que el aire fresco le aclarara las ideas y, tal vez, entrara un poco de luz en la cabina. Pero, cuando el vidrio comenzó a bajar, no fue aire, ni luz alguna, lo que penetró en el interior del vehículo; sino algo un poco más húmedo, viscoso y frío.
Algo como un barro que parecía querer ocupar hasta el último resquicio posible del interior del vehículo sin importarle, en lo absoluto, los gritos desesperados de quien se atravesara en su paso.

sábado, 23 de febrero de 2013

Roma Aeternum


—Volveré —dicen que dijo antes de partir—, volveré cuando Roma ya no sea una fosa infecta y haya recuperado su antiguo esplendor.
Pero la ciudad eterna, la cuna de la civilización, la riqueza y el ocio, se hundía cada vez más en la depravación y la lujuria sin freno, en ese caos tan delicioso que la alejaba de la mesura y la razón.
Ya nada era lo que supo ser. Por eso decidimos no esperar su regreso. Ni siquiera custodiábamos las estepas por las que creíamos que podía volver. Ni la mar Océano. Nada. El esfuerzo carecía de sentido.
Sabíamos que no regresaría.
Nos hundíamos cada vez más en el barro pegajoso y fétido de los siete montes. Cerrando los ojos para no saber nunca quién gritaba cuando los ruidos llegaban hasta nuestros oídos.
Las legiones, las centurias orgullosas de ser parte del Imperio, saqueaban las provincias más lejanas, pactaban con el picto y el suevo, con el árabe y el montañés, para repartirse las riquezas robadas.
Nadie quería estar en Roma. Nadie quería estar con ella.
Nadie se acordaba de él hasta que supo regresar. No porque los caminos siempre conduzcan a Roma, lo cual es obvio, sino porque él conocía la ciudad, por habernos ayudado a construirla antaño.
Regresó con fuerza, con violencia, con brutalidad, masacrando hombres, incendiando campos, violando sacerdotisas y huérfanos, destruyendo cuanto tocaba, ultrajando esclavos, devorando lo que encontrara a su paso.
Era él, la duda no tenía lugar en su rostro ni en nuestros razonamientos. Cabalgaba bajo otro manto, es cierto, pero regresando a la ciudad de la eternidad por los mismos caminos, y con las fuerzas renovadas. Con otro nombre, pero la misma furia desbocada de cuando la ciudad era joven y bella, ahora se hacía llamar Atila, pero nosotros sabíamos que era uno de los nuestros.
Por eso le dejamos entrar hasta lo más profundo, lo más oscuro, de nuestro ser…

domingo, 17 de febrero de 2013

Lo dejé pasar


De inmediato me percaté de cuanto pasaba pero preferí, otra vez, hacerme el tonto, como cada día antes, como siempre a partir de entonces. Para que nadie más notara que las cosas ya no eran como antes, que mucho estaba por cambiar, lo quisieran o no.
Sin intentar imponer mi visión particular de los hechos a nadie, dejé que el tiempo diera la razón  a quien así lo mereciera.
No me preocupé, tenía tiempo de sobra para hacerlo, si así lo quería.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Perfecto


Los días transcurrían en silencio, me percaté de ello por casualidad. Antes que lo piensen, no soy sordo. Mis oídos se encuentran muy bien según todos los análisis médicos.
El silencio provenía de otra parte, no era externo, no era ajeno, al contrario, bien al contrario. El silencio partía de mí mismo.
Si bien siempre fui ahorrativo con mis palabras, los últimos meses pude notar que el silencio crecía en torno a mí persona. Como una burbuja de jabón crece y crece antes de estallar.
La naturaleza y sus sonidos pausados, leves, sus susurros y gorjeos persistían en las mañanas, y a lo largo del día. El silencio no era, como llegué a creer en un momento, ausencia de sonido. Aquel era un silencio diferente, raro, como encantado, que recordaba más al frío y la soledad que a cualquier otra cosa.
Tal vez fuera porque las casas vecinas a mi refugio se erguían tan anónimas y apagadas como mi interior. Salvo el encendido ocasional de algún motor, el entrechocar de platos y cubiertos, que delataban la presencia de otros cuerpos, de otros seres, en las cercanías, era imposible percatarse de nada. Ni de tan siquiera los latidos de mi propio corazón.
Si recuerdo esa palabra, latido.
O el significado de epidemia, de silencio y soledad.
Pero no importa, los días continúan sucediéndose, uno tras otro, mientras las palabras se desvanecen y en el aire sólo queda su recuerdo junto con el murmullo de los insectos; y ese saberse cada vez más único, solitario y perfecto en medio de tanta cotidianeidad.
No soy sordo, mis oídos están bien. Tampoco estoy ahorrando palabras.
Yo fui quien llegó al silencio, y no el silencio a mí.
Y es perfecto.
Sí.
Soy perfecto.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Memorabilia


De hacer una encuesta, el resultado no sorprendería a nadie, porque la respuesta es obvia. Nadie esperaría que el fin del mundo fuera de éste modo. Pero así es, y nada puede hacerse ahora. Estamos en tiempo de descuento, y lo que suceda después, poco tiene de interés para nosotros.
Por eso evitaré toda descripción de los detalles y prodigios que fueron avisándonos de cuanto estaba pronto a suceder; ya todos los conocemos. Los vimos y no les hicimos caso. Y es evidente, también, que nada puede hacerse para remediarlo.
Tampoco creo que, de ser posible, lo hiciéramos.
La humanidad es tan pasiva ahora que se sabe humillada, que nadie piensa en levantar cabeza.
Es una suerte que no hayamos desarrollado la capacidad de viajar por las estrellas; así nos evitamos desplegar nuestro desparpajo y mesianismo en otros posibles mundos. Nuestro cinismo muere con nosotros, esa es la gran ironía de la vida.
Me importa poco la desesperación contenida que se adivina en cada rostro. Me importa poco que la humanidad muera. Nunca me sentí parte de ella, ni aún en papel de macho reproductor tres estrellas que me otorgaron en la escuela secundaria. Me agrada la idea de que dejaremos a la posteridad un mundo completamente devastado, porque es el mejor símbolo de nuestro devenir.
Puedo sustraerme de todo fácilmente, tal vez sea porque este mentado fin del mundo me recuerda tanto, pero tanto, a ti…

lunes, 10 de septiembre de 2012

Malditas Niñas

Fue una época de Caos Relativo. Las teorías dicen que se debió a la combinación de varios factores múltiples. Entre ellos podemos mencionar a la política del hijo único en la República Popular China, la caída de la virilidad en los estados unidos de norteAmérica producto de las sucesivas guerras en las que sus ejércitos fueron derrotados, así como la división en castas impuestas en toda Europa tras la crisis del euro a finales de la misma década.
Esto condujo a un mundo en el que por cada 0,5 mujeres por cada 6,3 hombres. Es decir, existía una sobrepoblación de hombres que se vio agravada luego de la conquista sexual de Latinoamérica por los gigantes asiáticos. Cosa no se debe meramente a la fábula de la fogosidad de las mujeres latinas, sino a la carencia de mujeres orientales con las cuales aparearse como conejos.
La etnia sino-tibetana superó a la indoeuropea en menos de dos generaciones. Pero el problema no logró resolverse. Al contrario, veinte años más tarde las estadísticas hablaban de la existencia de un 0,2 mujeres por cada 9 hombres. Las noticias mencionan las verdaderas fortunas que llegaban a pagarse por el sólo derecho de relacionarse con una mujer genéticamente verdadera; porque, por supuesto, al mismo tiempo surgió el debate de si era ético o no que se realizaran operaciones de cambio de sexo masivas y tratamientos hormonales sobre la población carcelaria y grupos de disidentes políticos.
Pero las mujeres escaseaban y no había tiempo para debates de esa calaña. Más teniendo en cuenta que las pocas mujeres que se encontraban en edad de reproducirse, no hacían otra cosa que parir niños y más niños. Y sólo muy de vez en cuando una niña que tomaría su lugar a los pocos (muy pocos) años.
Niña que debía ser tratada como una verdadera diosa encarnada si queríamos que llegara con una excelente salud a la adolescencia y su vida de embarazo permanente para la cual se la preparaba. Por suerte, al parecer, a estas niñas les divertía sobremanera usar a niños de su misma edad como esclavos hasta los ocho o nueve años, obligándolos a hacer cualquier cosa que sus imaginaciones enfermas inventaran. Ellos, de más está decirlo, no podían negarse. Así lo decía la ley.
Puede sonar carente de lógica, o de sentido común, pero era necesario deshacerse de la posible competencia que estos niños podrían representar en el futuro. Por eso mismo, las niñas tenían derecho sobre sus vidas; aún así, fueron pocos los niños muertos en manos de sus amas.
Lo verdaderamente terribles fue que no pocas de estas niñas acabaron sus días degolladas por algún fastidiado niño; a quien se castigó con la muerte por su atroz acto. A la niña, por supuesto, ya no podía recuperársela.
La población mundial descendió al tiempo que comunidades completas de solteros pusieron en práctica el suicidio colectivo con el pobre fin de aliviar sus penas.
La especie humana peligraba y la mayoría de las mujeres que llegaban a adultas (a los 12 años de edad biológica, según la nueva ley del estado global), se obstinaban en permanecer vírgenes. Algunos científicos desesperados arriesgaron la teoría de que un grupo de lesbianas ocultas en las escasas hectáreas que perduran de la antigua selva del Amazonas, habían descubierto la forma de reproducirse sin necesidad de intervención masculina.
Quizá sea cierto, quizá no. Yo sólo sé que va siendo hora de que comience mi periplo en busca de una de las contadas mujeres de la comarca que, según se comenta, han aprendido el arte del camuflaje y sólo se muestran ante aquellos hombres que despiertan su interés. Años de gimnasio y teoría psico-sexual me dicen que estoy preparado para algo semejante.
Aún así, espero estar a la altura de la situación sea cual sea la verdadera verdad.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Reidor

Dicen los que saben que desde antaño se sabe lo que ahora también se sabe. Porque lo que se sabe es un conocimiento tan grande, que es imposible negarlo. Se puede decir que no se sabe, pero se miente, porque el propio cuerpo, incluso, conciente o inconcientemente, lo sabe.
Es terrible, pero innegable.
Ahora sabemos que la tierra dejará de rotar sobre su eje, continuará merodeando al sol año tras año y bailando con la luna, pero ya no girará. Ya no habrá más noches ni días, equinoccios ni solsticios. Nada.
Sabemos que sólo habrá muerte, muerte y más muerte.
Pero, por suerte, no será mañana, ni hoy ni el día siguiente, cuando la tierra deje de girar. Será dentro de miles de años, o tal vez menos. Eso sí que nadie lo sabe, pero todos están de acuerdo en que si la tierra deja de girar, los océanos se evaporarán de un lado y se congelarán del otro; los continentes se transformarán en helados desiertos de un lado y del otro serán tan ardientes que la arena fluirá como un mar inconmensurable.
A mi no me importa, porque sé que no viviré tantos miles de años como para ver eso que dicen los que saben que pasará. Y como nací sin genitales por una malformación genética provocada por la contaminación de las napas más profundas de agua, con grandes cantidades de plomo y mercurio, sé que mi familia se acaba conmigo. No tendré hijos ni descendientes de ningún tipo que hereden lo que quede de tierra. Y no me importa.
El hombre es un animal hijo de puta que sólo se preocupa por su propio beneficio.
Por eso destruye.
Por eso contamina.
Por eso mata.
Por eso esclaviza sin miramientos.
El hombre me hizo lo que soy, fructificó el odio en mi interior y ahora, cuando veo las manifestaciones de dolor y desamparo en los rostros de los políticos que dan largos discursos para decir que no saben qué hacer para paliar la situación, yo río. Yo me río con grandes carcajadas frente a sus rostros compungidos sin importarme el que me tomen por loco. Y si lo estoy tampoco me importa. Porque tengo mis razones para reír, por que yo sé cosas.
Sé, por ejemplo, que los verdaderos locos son los que todavía creen en el futuro.


sábado, 25 de agosto de 2012

Lobos

Quedaban pocas municiones, lo sabía desde siempre. Desde el día mismo en que entré, con desesperación y esperanza fingida, en la vieja armería.
El último refugio que encontraría en la ciudad, de donde nunca podría huir. Por error de cálculo o desinterés. Lo mismo da. Ya estaba allí, y casi no quedaban municiones cuando llegué, sintiéndome un personaje de Matheson. El último hombre vivo rodeado de bestias.
¿De dónde salían tantos? ¿No era que estaban en peligro de extinción? Aunque, claro, también se suponía que aquella era la peor etapa del calentamiento global y todo cuanto veía a mí alrededor era hielo y el frío de un invierno sin fin. Aterido de frío, envuelto en varias mantas y comiendo alimento balanceado para bebé, era cuanto quedaba de mi mundo.
Gastaría hasta la última munición de cada arma allí escondida, deseando que alguien más apareciera para ayudarme. Para rescatarme. Para terminar con tanta soledad. Hombre o mujer, era lo mismo, no le apetecía el sexo en ese momento (aunque un poco de eso no estaría de más); quería una compañía que rompiera con el frío y el abrazo de mis manos insensibles.
Disparo por la ventana rota al montón de cuerpos peludos que cruzaba la calle allá abajo, entre la nieve y los desperdicios; con un poco de suerte haré blanco en algo. Aunque ni siquiera tengo ganas de acercarme a la ventana para cerciorarme de nada.
Escucho ruidos detrás de la puerta tapiada, garras arañando la madera, desesperadas por el aroma de carne fresca, viva, aún tibia. El aroma de mi carne.
Pero esa puerta aguantará mucho más que las municiones. Y allí abajo hay tantos lobos acechando, mirando desde la oscuridad, a plena luz del día, o bajo la luna azul que salir e intentar huir es pura fantasía. Lo único que puedo hacer es esperar, mirando el cielo gris, cubierto de nubes, nada más. Frío y lobos, lobos y nada más que lobos.
Disparo, fallo, la nieve salta junto a la pata de una de las bestias que ni siquiera pareció darse cuenta de mi intento.
Los últimos disparos están cerca, una caja, quizá dos, y los lobos, siempre tan hambrientos, esperándome allí abajo…

Interludio gráfico:
Esto es un grupo de lobos:

Estos son dos crías de lobos:

Y ésto es un mal actor disfrazado de lobo: 

jueves, 23 de agosto de 2012

La Naturaleza es Sabia

Jamás puse en duda la sabiduría de la naturaleza como único ente, o poder, superior al hombre. Los animales sólo son pobres recuerdos de antiguas oportunidades, pero los hombres… Los hombres son su mayor triunfo. Si de algo estoy seguro es de esto, y no porque sea uno de ellos, no.
Es cierto, claro, que hemos cometidos algunas atrocidades al saquear inescrupulosamente los recursos de la Madre Tierra. Como por ejemplo al talar sus bosques para cultivar, al perforar sus entrañas buscando metales sin valor intrínseco, asesinado sin piedad ni necesidad a miles de millones de animales durante milenios; no creo que pretendiéramos que ocurriera nada malo con el mundo.
Es lo que supongo porque, al menos yo, no lo quería, no puedo asegurar lo mismo de mis congéneres.
Ya había ocurrido antes algo similar, tenemos fuentes literarias en las que se habla de situaciones como la que nos reúne en éste auditorio hoy. En teoría, porque las fuentes no son concluyentes, hace aproximadamente dos mil años existió un hombre cuyo símbolo era un pez, que predicó un mensaje de abnegación y conciencia para con el mundo muy similar al que dieran antes personalidades como Zoroastro, Buda o Lao Tse. Pero hizo muy poco por el mundo además de predicar ese mensaje y morirse rápido.
Por suerte la naturaleza nos ha brindado otra oportunidad de enmendar nuestros errores.
Tenemos en nuestro poder a una persona de Bangladesh que vomita peces, vivos, por supuesto, en perfectas condiciones. Ideales para repoblar mares y océanos. Sí, sé que no me creen. Pero en cuanto vean las fotografías y videos que he traído conmigo, verán que no se trata sólo de un montaje efectista, sino, muy al contrario, de una esperanza.
Una oportunidad de devolverle a la tierra una mínima parte de cuanto nos dio, aún cuando para eso debamos exprimir al máximo a este hombre que recuerda, en ciertos aspectos, a ese otro sujeto que escupía conejillos a quien, desgraciadamente, no llegamos a tiempo para esclavizar… eh… digo… ayudar.



viernes, 6 de julio de 2012

Bajo la playa, los adoquines


Caminaba sobre arena infinita, hacia adelante, hacia atrás, dentro un falso desierto que se contradecía con apenas mover la cabeza hacia uno de los lados. Hacia el mar.
Pero nada de bello había en una escena que podía pasar por idílica en el pasado, por un solitario caminante concentrado en sus pensamientos recorriendo la playa. No, nada de eso. Nunca más.
Le era imposible despegar los ojos del suelo, para disfrutar del oleaje y la espuma que ya no estaban allí, de las gaviotas y su lucha contra el viento. No podía hacer nada más que atender al lugar exacto en el cual acabaría apoyándose su pie con el siguiente paso. Y esto requería de toda su atención.
La playa estaba tan sucia que las jeringas manchadas de sangre con las puntas apenas disimuladas en la arena, eran la menor de sus preocupaciones; la mierda de perro y las botellas de vidrio rotas tampoco tenían sentido a pesar de que avanzaba descalzo. Había cosas peores.
Cosas que sus propios ojos eran incapaces de describir o aceptar como reales. ¿Qué era eso, por ejemplo, que acababa de dejar atrás? Eso con forma de triángulo, seis ojos y tan verde que casi podía confundirse con el marrón. ¿Y lo de más allá? Parecía un trozo de disco de vinilo viejo y rayado, pero se movía como el tentáculo perdido de alguna criatura exótica.
La ausencia de sonido era la peor parte.
Las gaviotas graznaban y no las oía.
El viento golpeaba la arena cacheteando los cuerpos de los animales muertos que se amontonaban en la antigua línea de la costa, pero él no lo sentía.
Sus pies se hundían en la frágil arena, pero apenas lo notaba.
Una sombra gigantesca ocultó el sol durante un segundo eterno. Levantó los ojos y no vio nada.
Se llevó las manos a los oídos, y cuando las retiró las encontró cubiertas de sangre.
El mar golpeaba sobre la arena, en silencio.
En silencio.