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sábado, 16 de marzo de 2013

Era ella o era yo


Monomanía.
Sí, no podía tratarse de otra cosa. Me afectaba el mismo mal que al tétrico personaje de Poe. Sólo dos casos conocidos en la historia de la psicología. Uno de una historia de ficción, el otro, el mío. Terrible destino aquel que encerraba mi mal.
Me concentraba de tal forma en un tema (objeto, persona o pensamiento), retrayéndome del universo entero hasta olvidar cuanto me encontraba haciendo. Para cuando el hilo se quebraba, solía descubrirme en un sitio desconocido, en alguna posición vejatoria o vestido de ridícula manera. Sí, mi vida era estar preparado siempre para el más atroz grotesco.
O cualquier otra cosa.
Me concentré en ella apenas la vi. No, eso es una mentira. No me concentré en ella, sino sólo en un detalle de su persona. El tatuaje que nacía debajo de su oreja y continuaba hacia la desconocida piel oculta bajo su ropa. Dos líneas que se perdían tras el cuello de la camisa en un cuerpo ajeno de mujer, en medio de la multitud, caminando unos pasos delante de mí.
Imposible dejar de mirar, de seguir sus pasos, de acecharla tal vez; aunque ella sabía que me encontraba a su espalda, y me guiaba no sé dónde. No me fijé en el camino, sólo seguía las líneas de su tatuaje desde el cuello, muy cerca del lóbulo de su oreja. Pude seguirlas hasta el hombro cuando corrió, apenas un poco, el cuello de la camisa para tentarme con lo desconocido.
El tatuaje continuaba, así como mi interés. Una infinidad de trazos confluían en su omóplato antes de continuar descendiendo hacia su espalda. Mis ojos ardían pidiéndome que parpadeara, aunque fuera una vez; pero, ante el miedo a perderla de vista, no quería hacerlo.
Las líneas de tinta me guían por su cuerpo, desde su espalda me guía hacia su vientre, a su ombligo, en un veloz viaje hacia sus muslos; ella se desnuda para mí, y yo apenas si veo algo más que los negros trazos de su tatuaje. Creo que balbuceé algo cuando se desprendió la falda, pero no estoy seguro de qué fue lo que dije.
En aquella parte de su cuerpo la tinta cubría su piel en miles de direcciones posibles. Formaba un diagrama sumamente complejo del que no quería, no podía, no sabía, apartar los ojos.
Poco a poco recorrí su cuerpo, su tatuaje, subiendo nuevamente hacia su cuello, poniéndome de pie luego de examinar sus tobillos, sus piernas, su cadera. Cuando regresé a su cuello, a las líneas que despertaran mi interés inicial, miré, por un segundo solamente, en un discurrido, su rostro. Dos colmillos afilados sobresalían de sus labios intentando disimular una sonrisa de deliciosa satisfacción.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Distancias


Allí estábamos, los mismos de siempre, los que nos juntábamos a intercambiar opiniones, noticias y saberes; intentando ignorar que, también, a veces, entre algunos de nosotros existían intercambios de fluidos de otro tipo, los que se imaginan, pero no se mencionan.
Las decisiones tardan en llegar cuando no son estrictamente necesarias. Cuando lo único que hace falta es un asentimiento colectivo y no perder más el tiempo. Sin embargo, allí continuábamos, haciendo otra vez las mismas cosas.
Hasta que llegó el momento de partir, y hacía falta seleccionar lo imprescindible de entre todas nuestras cosas. Si bien cuanto poseíamos era poco y nada, recuerdos a montones y objetos a cuentagotas, no todo viajaría con nosotros.
Poco.
Nada.
No importaba.
La decisión ya estaba tomada, nos aprontábamos a marchar hacia el porvenir, hasta donde dieran nuestros pies, o el camino se tornara intransitable, o cualquier otra cosa por el estilo que sucediera primero.
Uno a uno fuimos alejándonos del viejo portal, como sombras confundidas con la noche que nada tenía de oscuridad bajo la hostil luna llena de mayo.
Quedábamos unos pocos cuando nos percatamos que ella apenas se mantenía en pie, no por debilidad, sino por los nervios, por la imposibilidad de que sus piernas dejaran de temblar.
La miramos, la cuestionamos con la mirada porque las preguntas no hacían falta, no entre nosotros, no en ese momento.
—Temo —dijo—, con desesperación, a la distancia.
Partí con el siguiente grupo de sombras, ocultos por el azar de una nube que ocultó a la luna. Aún quedaban algunos de los nuestros escondidos en el portal junto a ella.
Sabía lo que ocurriría en unos instantes, pero ahora sólo me interesaba alejarme lo más rápido, lo más lejos, posible, para no escucharlo…

lunes, 7 de enero de 2013

Quiromancia


Entré a su tienda de supercherías y santos de utilería con más miedo que otra cosa. Sin saber bien qué esperar de todo aquello, si es que algo debía esperar.
Me recibió con una amplia sonrisa que supuse maliciosa.
Señalando una silla vacía mientras tomó una baraja de cartas y acomodó un trozo de pañolenci azul sobre la mesa de madera vieja, deslustrada y manchada.
—Sólo vine a hablar por teléfono —dije para romper el silencio.
—¿Cómo? —preguntó bizqueando con uno de sus ojos.
—Sólo quiero hacer una pregunta.
Me obligó a cortar la baraja en tres partes, elegir una de ellas, barajarla con mis propias manos, cortar una vez más y colocar la primera carta debajo de la pila. Sólo entonces volvió a tomarlas ella.
—Haz la pregunta mientras doy vuelta las primeras seis cartas cargadas con tú energía —dijo.
—¿Hay vida después de la muerte? —pregunté.
La tercera carta quedó en el aire. No flotaba, ella la sostenía y me miraba sin saber si debía reír o no, si ya iba en serio o sólo quería molestarla.
—Es en serio, esa es mi pregunta —dije—. ¿Hay vida después de la muerte?
Comenzó a juntar las cartas y a guardar los caracoles junto con las fichas de dominó que dejara a un lado de la mesa antes de sentarse. Las fichas de póker, en cambio, no las tocó.
—¿Qué hace? —pregunté.
—No necesito nada de esto para responderte —dijo poniéndose de pie para guardar las cartas en una caja de madera sobre una repisa, junto a una gema gris y una vela de colores apagada.
—¿Entonces? —hablé una vez más—. ¿Hay vi…?
—¡SI! —exclamó levantando una mano para hacerme callar—. Hay vida después de la muerte —dijo—. ¡No jodamos con ese tema! Hay mucha vida después de la muerte.
—¿De verdad? —pregunté sintiéndome otra vez un nene de ocho años descubriendo alguna cosa maravillosa.
—Si, porque quien perece es el individuo —dijo la bruja—, no la vida. Todo fluye, todo continúa —dijo en tono burlón antes de esfumarse detrás de un cortinado que no había visto antes.
Me quedé sentado en el mismo sitio sin moverme. Su respuesta no tenía relación con mi pregunta, fue sólo lo que quiso decirme.
A las pocas horas, el anochecer oscureció el salón. No sabía dónde podía estar la llave de las luces, por lo que debí de moverme en la oscuridad. Ayudándome con las manos, como un torpe ciego, logré salir de la santería cargando, junto con las mismas dudas de siempre, la caja de madera de las cartas de la falsa bruja.

martes, 1 de enero de 2013

Convicción

—Allá hay un blanco —dijo uno de ellos.
—Allá hay un negro —dijo otro.
—Allá un colorado.
—Un judío.
—Un cristiano.
—Uno con anteojos.
—Un heterosexual.
—Una mujer.
—Un niño.
—Un paralítico.
—Un ciego.
—Un perro.
—Un gato.
—Un león.
—Una bruja.
—Un guardarropas.
—Uno con un libro.
—Uno con un celular mejor que el mío.
—Uno escuchando música.
—Uno que no escucha música.
—Uno que mira de reojo.
—Uno que mira de frente.
—Un calvo.
—Un extraño de pelo largo.
—Un militar.
—Un militante.
—Un militonto.
—Un politólogo.
—Un comunicagador social.
—Un falso.
—Un doble.
—Un amigo.
—Allá estás vos.
—Allá estamos vos y yo.
—¿Qué esperamos? Corramos a molerlos a golpes.

Moraleja: La peor parte de la intolerancia no es no atreverse a no escuchar al otro, sino temer por uno mismo.

Si no te interesa la moraleja, no leas las últimas dos líneas.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Miedosos

Construimos la muralla exterior cuando llegaron los primeros rumores. Aunque incrédulos en un principio, al ver las manchas en los rostros de los mercaderes, temimos por nuestro porvenir.
Ese mismo día los expulsamos, junto con cada hombre ajeno a la ciudad y, por las dudas, también a los niños y los ancianos. Nos apoderamos de sus riquezas, y sus mujeres, porque el plan ya estaba marcado en nuestros corazones.
Luchamos con las mejores máquinas de guerra contra diminutas aldeas que nada sabían de nosotros, ganándoles sus tierras y sus cosechas; para construir una muralla exterior.
Una generación de esclavos, trabajando de sol a sol, nos llevó erigirla. Cuando estuvo terminada nos sentimos, apenas, un poco mejor. Sobretodo luego de asesinar a los constructores, arrojar sus cadáveres del otro lado del muro y violar salvajemente a sus mujeres e hijas antes de, también, deshacernos de ellas.
Oh, sí. Nos sentimos poderosos mirando la gran mole de roca y mortero que nos protegía.
Es cierto que la ilusión duró poco y, antes de que se cumplieran veinte soles, comenzamos a construir la muralla intermedia, para separarnos de los vástagos sobrevivientes de las esclavas. Esos hombres de rostros violentos que no eran ni de un color ni del otro, con sus cabellos ensortijados y sus narices chatas. Tan diferentes, pero tan parecidos, a nosotros.
No nos ayudaron a construirla, ni siquiera bajo amenaza. Nos dejaron solos, tal vez porque sabían que, de ese modo, demoraríamos mucho más tiempo en terminarla.
Pero nosotros los engañamos, también. Porque al mismo tiempo, y en el más extremo de los secretos, comenzamos a construir la muralla interior; para separar la ciudad de los rudos hijos de los constructores que se sentían esclavos de las tareas impuestas. Eran tan peligrosos como esos otros hombres de los que queríamos aislarnos. Por eso nos aislamos nosotros de todos, de ellos, de nosotros y de todos los demás, sin que nos importara nada.
Teníamos agua y riquezas, alimentos y diversiones. Podíamos continuar eternamente siendo como siempre hemos sido, sin escuchar, nunca, reclamo alguno.
Sobretodo porque los instrumentos de nuestros músicos suenan lo bastante alto, durante el día y la noche, como para acallar cualquier sonido proveniente desde el otro lado de las murallas.

Imagen de la Frontera entre el Estado de Palestina e israel...

martes, 4 de diciembre de 2012

Un atributo de su poder

La noticia recorrió los canales habituales de información, tal es así que, a los pocos minutos de comenzado el fenómeno, ya podían verse miles de fotografías en la red. Las mismas que la televisión repetía una y otra vez, las radios comentaban y que veríamos, por supuesto, publicadas en los diarios de los próximos días.
Y es que no siempre nieva en verano, ustedes entenderán. Mucho menos aquí, en Rabat, a unos pocos kilómetros del Atlántico y tan cerca del Mediterráneo.
Esa sí que era una noticia digna de darse a conocer, y no una simple tontería como esos suicidios en masa o la nueva masacre en el oeste de Norteamérica. Eso son chiquilinadas humanas.
Entiendan esto: ¡Nevaba en verano!
Con copos blancos y algodonados carentes de temperatura, o a temperatura ambiental si se quiere, que este verano es de apenas 13°C en toda la región. Caen cubriendo de blanco una vasta extensión del desierto, los techos de los edificios vacíos y los automóviles abandonados en las rutas.
Por suerte teníamos la red para mantener al mundo conectado luego del colapso del petróleo venezolano. De otro modo, habríamos vuelto al oscurantismo del siglo XX. Pero las cosas han ido mejorando, tal vez no sepamos qué ocurre del otro lado del Sahara, pero la Comunidad de Estados Islámicos Libres del Atlántico Norte (CEILAN) permanece unida.
Sin que evento climático alguno puede derrotar nuestra absoluta fe en los designios del señor. Si la tierra ha sufrido un atroz cambio climático, fue su deseo, y no como dicen los apátridas anarquistas del Atlántico sur, obra y gracia del hombre.
Ellos mienten. El Señor es sabio. El Señor es todopoderoso.
Su voluntad rige el mundo.
Esta cálida nieve radiactiva es una clara muestra más de su poder.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Un hombre desnudo tirado en la acera


Nadie se percató de ello o, si alguien lo hizo, no dio muestra alguna de notarlo, no demostró interés, ni conciencia. Tal vez haya sido una casualidad. Tal vez no.
El cuerpo desnudo yacía de costado contra una pared, como si hubiera tropezado y un golpe lo durmiera. Cosa que explicaba su posición, mas no su desnudez. La ausencia de sangre llevaba a pensar que no se trataba de un asalto, de un ajuste de cuentas, ni de un crimen sin razón como los que acostumbraban, y acostumbran, los milicos. Sino alguna otra cosa.
Tal vez un borracho, con más alcohol que sangre en las venas, cuya conciencia se encuentra a miles de kilómetros de distancia. O con la muerte rondándole.
Imposible decirlo, ya que el pudor impedía a un hombre decente acercarse a ese hombre tendido sobre el barro y la mugre. Mucho menos se acercaría una mujer, que debía cruzar por allí bajando los ojos, tapándose el rostro, con un gesto de horror deformándole el rostro. Sólo la fuerza pública podía acercarse a ese cuadro de la más baja condición humana.
Un hombre desnudo, caído en el suelo, mirando la pared (si sus ojos se encuentran abiertos), sin signos de violencia física, pero, también, sin realizar el menor movimiento, como si no respirara, como si la posición no le incomodara y le impusiera acomodarse, aunque sea mínimamente.
Si se lo miraba bien, el brazo estaba doblado en un ángulo casi imposible, y las piernas no estaban torcidas; lo amarronado del cuerpo difícilmente podía adjudicarse al frío.
Allí había más de lo que aparentaba haber.
Porque, es sabido, y por de más obvio, que las apariencias engañan.
Ni siquiera se atrevían a acercar una manta, una sábana, un sudario santo, o una simple bolsa, para ocultar tanta desnudez ajena, tanta carne pálida expuesta a la corrupción del sol. Nada. Se lo ignoraba, se lo veía sin verlo, no se lo mencionaba en las conversaciones, y se enseñaba a los niños que es mala educación señalar, usando el dedo o no.
Lo que nadie decía, pero todos pensaban, es que ese cuerpo desnudo, ese muerto desconocido que pesaría en la conciencia de cuantos lo habían visto, era su capacidad para demostrar que todos los hombres son, literal y metafóricamente, en primera y en última instancia, desdeñables.

viernes, 9 de noviembre de 2012

El asedio


Noches y días sin final llevamos rodeando la fortaleza, cortando sus vías de escape, vigilando constantemente hasta el más mínimo indicio que pudiera llegarnos desde su interior. Nadie debía salir.
Porque dentro estaban ellos, los perjuros, los mentirosos, los irracionales, los iconoclastas, los perfectos, los que no eran como nosotros. Nuestra misión era mantenerlos allí dentro, presos del hambre y la sed. Aun sabiendo que cultivaban su propia comida, y que en las catacumbas de la fortaleza corrían ríos subterráneos del agua más clara y pura. Y nosotros, mirándolo desde afuera, apenas nos alimentábamos con las raciones de la guerra; sacrificando nuestras monturas, nuestros sabuesos y a nuestros compañeros más débiles luego de acabarnos a los heridos.
Ellos disfrutan nuestros pesares, porque suelen aparecer sobre el muro y nos saludan desde lo alto. A veces nos arrojan comida, animales muertos o vivos, parte de lo que recogen de sus fructíferas cosechas. Pero nos está prohibido siquiera tocar lo que nos arrojan. Una flecha, y las llamas, son su destino.
Ninguna cosa proveniente de allí dentro es admisible para nosotros. Aún cuando las raciones estén a punto de agotarse y las noticias de la Metrópoli ya ni siquiera nos llegan. Pero no importa. Tenemos una misión; rodear esa fortaleza cuyo muro prácticamente ilimitado parece combarse poco a poco cuando miramos hacia el horizonte. Nadie saldrá por las puertas que hemos tapiado, nuestra vigilancia será eterna, generación tras generación, si es necesario. Aunque no hayamos tenido la precaución de traer a nuestras mujeres
Haremos oídos sordos a las huecas palabras que nos gritan desde los muros cuando dicen que no son ellos los encerrados sino, al contrario, nosotros, los que no podemos entrar. Es mentira. Ellos no pueden engañarnos.
Porque, de ser así, ellos no podrían saberlo.
Así como tampoco nosotros.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Libre

Años tardó en conseguirlo, pero, pero fin, su cometido logró el día en que pudo hacer carne el dicho de vivir a la buena de dios. Él no era como esos hermanos de Cortázar que recibían cada vez más dinero por sus campos, ni mucho más, ni mucho menos. Dependía, para subsistir, de vender su fuerza de trabajo, y eso, sabido es, no deja ningún beneficio visible más que el propio agotamiento, el cuerpo vencido y la simiente perdida.
Esa infinidad de circunstancias que no sumaban ni restaban a su favor, lo empujaron a tomar la fatídica decisión. Así fue que abandonó todo esfuerzo.
Y fue feliz, dicen. Al menos por un tiempo.
Con el cuerpo enflaquecido (consumido dirán otros), libre de toda droga anodina que la gente acepta ingerir como bebida finamente gasificada, alimentos con o sin grasas trans, con o sin omegas 9 ó 6, con o sin tacc, cafeína, teína, mateína, cocaína, y un etcétera más largo que sus dos brazos unidos en círculo.
Las costillas se pegaban al cuero de su vientre. Y sus músculos no tenían ni un gramo de esas grasas que cubren los cuerpos de los pobres del siglo XXI que resultan ser bien gordos en comparación a los esbeltos cuerpos que ostentan los ricos. Tan lejos quedaba el siglo XIX con sus ricachones gordinflones y sus escuálidos pobres, tan, tan lejos. Pero las modas cambian, los hábitos alimenticios también; sólo continúa siendo la misma la mierda que obligan a tragarse a los desposeídos.
Por eso mcdonals nunca quebrará, por eso seguirá existiendo la obesidad y el gordo bonachón del Bu-Dai sonriente será el nuevo dios único, para paganos y citadinos, para hambrientos y saciados.
Mientras tanto, él seguirá acumulando el resentimiento de saber que se puede vivir de otro modo, sin intentar imponer su visión a los demás, sino, solamente, predicando con el ejemplo de su imagen en un mundo plagado de ciegos.

lunes, 29 de octubre de 2012

Muletillas

Si uno se detiene a escuchar, aunque tan sólo un pequeño instante, notará la cantidad de palabras que se repiten en cada diálogo, las frases hechas y las muletillas que arrastramos como una pequeña muerte del lenguaje cada vez que recurrimos a ellas.
Y pareciera que son inevitables, pero no lo son.
Las frases hechas son sentencias que el propio sentido común determina y, el repetirlas, no es señal de sabiduría, sino todo lo contrario, es señal de lo que se carece.
Lo mismo para las muletillas, esas palabras (o expresiones) que somos incapaces de evitar. Si conociéramos mejor la lengua, no sólo nuestra manera de expresarnos, sino también nuestro coeficiente intelectual mejoraría. En serio, está comprobado, hagan el intento si no me creen.
Unos días atrás, mientras esperaba la llegada del tren, mirando los relucientes rieles que lanzaban destellos bajo el sol del atardecer escuché a dos señoras de avanzada edad (cuatro palabras en lugar del simple viejas, ¿ven a lo que me refiero?), que intercambiaban opiniones huecas sobre temas de actualidad tales como el último escándalo político, el precio del tomate, los medicamentos que acaban de incorporar a sus dietas, la ineptitud de los jóvenes para expresarse y, lo peor, lo gris que se había vuelto el mundo.
Declaraban que las cosas ya no son como eran, que todo va para peor, que antes esas cosas no pasaban que antes se podía hablar con cualquiera y ahora hay que esconderse hasta de los amigos, etc.
Todo gris, todo, todo, gris, veían las gerontas (otra vez evito utilizar el gastadísimo término de viejas). Me dieron ganas de girar sobre mis talones y gritarles:
—¡Incrédulas, ignorantes, inocuas, señoras, el mundo no se ha vuelto gris! ¡El mundo siempre ha sido de ese color!
Pero sólo cumplí en parte mi cometido, ya que al girar hacia ellas, lo primero que vi fueron las cataratas que cubrían sus ojos. Por lo que debí, otra vez, tragarme mis propias palabras y mi angustia.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Manjar

Por fin la tenía.
La receta perfecta, ideal; lo que ansiaba cualquier paladar. Él, y solamente él, la conocía. Luego de años de búsquedas y fracasos, de derrotas, bancarrotas y cheques rebotados, allí estaba. Una lista de ingredientes borroneada y cubierta de tachaduras, anotada en la última servilleta de papel, y que lo llevaría a la fama.
Si hasta podía verlo, los dueños de los restoranes más refinados del mundo se pelearían por tenerlo en su cocina. Todos aceptarían sus delirios de grandeza mientras recordara las proporciones exactas de la mezcla. No necesitaba cerrar los ojos para ver un triunfo semejante.
Sentía calor, mucho calor.
Su manjar angelical (tenía que buscarle otro nombre), lo haría famoso y rico (o rico y famoso, el orden no era lo importante, sólo que sucediera y ya); las mujeres lo desearían (y de seguro algún que otro hombre también), todas las empresas de alimentos querrían utilizar su imagen para las publicidades.
La escalera a la gloria comenzaba allí mismo, en esa cocina cochambrosa y grasienta, con restos de comidas antiquísimas ansiando por una limpieza; entre sus manos cubiertas de quemaduras y uñas melladas a mordiscones.
Sin olvidar el calor, y el sudor corriendo por su cuerpo mientras las imágenes del éxito se suceden a una velocidad vertiginosa, sexo, dinero, sexo, mansiones, más sexo, entrevistas en la televisión, otra vez sexo, dinero y mujeres con las que tener sexo, entre el calor y sudores que le nublaban la vista.
Tantos deseos relegados se cumplirían a partir de ahora sin tardanza. Esa asquerosa cocina sería parte de su memoria cuando vendiera su receta en varios millones, no, billones, o trillones, en la moneda que fuera, pero con muchísimos ceros detrás del primer uno.
Y qué calor.
Necesitaba respirar aire fresco, beber un poco de agua helada, enjugarse el sudor de la frente. Extendió su brazo y tomó la única servilleta de papel que encontró a la mano, y se refregó, mecánicamente, el rostro, el cuello y ambas manos. Hizo un bollo con el grasiento papel y lo arrojó a un lado.
Y es que hacía tanto calor.
Por suerte, la receta lo volvería multimillonario, y ya nunca pisaría tan horrible cocina.
Sólo tenía que pasar en limpio sus notas y sentarse a esperar el ofrecimiento monetario. Aunque sabia que aceptaría solamente el mejor, el más generoso, y se reiría de los demás.
Nunca se olvidaría de cómo había logrado su éxito, por eso haría enmarcar la servilleta con la receta original, suponiendo que recordara dónde la había dejado.
Pero el calor, el asfixiante calor…

domingo, 7 de octubre de 2012

Exigencias

En cuanto lo vi, supe que algo andaba mal, porque él no solía hacer ese tipo de cosas, nunca, ni de casualidad.
Le miré directo a los ojos, esperando descubrir en ellos alguna respuesta; pero sólo encontré indiferencia y mal humor.
—Que raro verte tan desalineado —sé que dije.
Él miró sus manos, sus ropas, el frente y atrás, buscando a qué me refería.
—¿De qué me hablas, linda?
Señalé, disimulando mi acción, porque señalar es de mala educación, su pantalón.
Y él volvió a mirar.
—¿Esto? —preguntó señalando una diminuta salpicadura de barro en el interior del dobladillo.
—Si —dije yo.
—Pero es barro, afuera llueve, y casi no se ve.
—Yo lo vi —respondí.
Supe que algo había cambiado, que la magia entre nosotros se había roto y que, a pesar de que lo intentaríamos, ya nada podría repararla.
—Será mejor que me vaya —dijo él.
—Si —respondí en voz baja, casi un susurro— Será lo mejor.
Lo vi desaparecer como un jirón más de la niebla que rodeaba mi vida.
Otro sueño fracasado.
El sol rompía el manto de negrura en el lejano este.
El día sería tan largo y solitario…

jueves, 16 de agosto de 2012

Cartógrafo

Me decidí por ésta profesión el día en que, para celebrar mis 7.300 días sobre la tierra, llegó a mis manos un viejo Atlas que, según me comentaron, perteneció a muchas generaciones de hombres inteligentes y aventureros de mi familia. Sabía que era una falaz mentira, ya que mi familia, con suerte, apenas podía remontarse a un abuelo huérfano huido de un hogar para niños pobres del sur de Inglaterra.
Por supuesto, al recibir mi regalo, no dije nada.
Principalmente por temor a que mi benefactor decidiera retirara de mis manos tan preciado volumen cargado de las más bellas imágenes que alguna vez hubiera visto. Los mapas más exactos permitidos por los Colegios de Cartógrafos del Imperio luego de la locura de los mapas en tamaño natural.
Aquellas líneas me fascinaron de tal modo que dejé de lado mi anterior vocación, que no viene al caso siquiera mencionar, y dediqué todo mi tiempo a interiorizarme con la nueva ciencia.
Aprendí las artes de la escala y del dibujo, la simplificación de accidentes geográficos y la multiplicación de ríos. Ignoré ciudades completas y otras construcciones de mayor o menor tamaño, en busca de la perfección.
Fui reconocido, aclamado y olvidado cuando teoricé sobre la mejor forma de representar los contornos y las dimensiones.
Libros completos de mis estudios se vendían como si se tratara del alimento más necesario para nutrirse. Y, en parte, lo sé, lo eran.
Pero, como en toda historia, la tragedia se preparaba para mostrar sus garras. En forma tan subrepticia que apenas me percaté de ello hasta que no fue demasiado tarde para comprender lo que había hecho.
En una entrevista para un matutino pueblerino de poca monta, respondí, seguro de mí mismo y de mis saberes adquiridos y acreditados, que los mejores mapas no son los que ayudan a las personas a ubicarse, sino, por el contrario, lo son aquellos que nos ayudan a perdernos dentro de nosotros mismos.
Desde ese día, el humo de las hogueras iniciadas con mis libros nubla aún mis ojos…


miércoles, 8 de agosto de 2012

Con los ojos abiertos, o no


Infinidad de cosas sucedieron con los años, algunas más terribles que el enfriamiento de la pasión y sus consecuencias rutinarias. Otras no tan pesadas como las variaciones de un color a otro en el cabello. Nimiedades e imposibles. Sin nada en el medio, sin una mirada lanzada al azar, para comprobar que todo continuaba como antes, y que sobre el horizonte más cercano, no se adivinaba tormenta alguna.
El error, tan grande, tan inmenso, que ni siquiera se lo podía conceptualizar, gravitaba allí mismo. Se lo podía sentir con la yema de los dedos. Innegable y, al mismo tiempo, ignorado Una de esas cosas que, de intentar cambiarla, la vida misma perdería su sentido, su ser sin ser, su esencia.
Y la inercia, desde siempre, ha sido más fuerte. Mucho más.
Tanto que ni el esfuerzo deliberado vale la pena.
¿Para qué? Si es mucho más fácil fingir que el tiempo no pasa, y que todo es como ha sido siempre, con los ojos abiertos, o bien cerrados, lo mismo da.

viernes, 29 de junio de 2012

El tiempo asesina la pasión, dicen


Estaba enojada, enojadísima, sumamente enojada, a punto de estallar. Ya no daba más del enojo.
Y las frases similares continuaban, en el mismo tono, durante horas, días, años. Por suerte aprendió a ignorar, y que cuanto dijera pasara junto a él como lo que era, una bocanada de aire mezclado con sonidos articulados.
¿Qué culpa tenía él? Bastante. El quedarse, el permanecer allí pese a cuanto sucedía, como si careciera de límite, lo convertía en culpable.
Inteligencia.
Sentido común.
Años atrás se miraban más seguido, directo a los ojos, para decirse lo importante, lo medianamente de interés y lo trivial.
Ahora se daba cuenta de su error, de la pérdida de valor y su ceguera.
Pero tenía los ojos enormemente abiertos y ni siquiera era capaz de mirarla. Las imágenes se superponían, el recuerdo sobre la realidad, el enojo sobre cualquier otro sentir. Ni aun parpadeando más de mil veces, esa imagen cambiaba. No.
Incrustado frente a sus ojos, encriptado en palabras tan largas como irreconocibles, el recuerdo persistía, mucho más que la nalga de Lenin en el cuadro de Dalí.
Mucho más.
Quizá si hiciera el esfuerzo de volver a mirarla y enfrentar que el tiempo pasa, pasaba y pasará para cada ser vivo, efímero o inmortal, humano o degradado a divinidad tribal. Pero no podía hacerlo, no quería destruir su profunda felicidad, que era cuanto le importaba.
Por eso mismo, si igual que cuando hablaba y no la escuchaba, la miraba pero sus ojos estaban fijos un poco detrás de ella, tan atrás como los años que llevaban diciéndose que se aman.

sábado, 2 de junio de 2012

Sol, arena y mar, dice la canción


El clima no ayudaba.
El sol brillaba como fuerza en un cielo despejado y sin rastros de nubes en su azul perpetuo; los turistas continuaban llegando para aprovechar el verano extendido de cuatro a seis meses. Las caras sonrientes, las ventas inigualables de protector solar y las reservas hoteleras al tope por los próximos meses, fomentaban el olvido de lo que sucedía detrás de tanta alegría.
Pareciera como si se hubieran puesto de acuerdo para no hablar del tema, para no dejarse llevar por la imposibilidad de sus acciones. No querían que la realidad se presentara con su máscara habitual, en medio de sus bailes y su diversión. Doraban sus cuerpos bajo el ardiente sol que se mantenía, estoico, en su cenit, como una bendición decían.
Miraban solamente hacia un lado, sin girar nunca la cabeza para darse cuenta de lo que ocurría, porque las cosas, cuando no se las miran, no suceden, todos saben eso. Por eso miraban hacia la costa, libre de gaviotas molestas y cangrejales traicioneros y con kilómetros de nueva playa.
Nadie quería saber que, del otro lado de los médanos, el desierto crecía devorando las ciudades.

jueves, 17 de mayo de 2012

Friolento


Tan legendaria era su prosapia que pesaba sobre su cabeza como el recuerdo permanente de su defecto. Los héroes con los que lo vinculaba su linaje, sin dudas, se reían de él desde sus tumbas. Pero nada podía hacer ahora, los tiempos eran otros, los desafíos habían cambiado; y nadie recordaba a los aventureros de siglos anteriores.
Sólo él recordaba que su bisabuelo compartió la fallida travesía de Nansen hacia el polo norte. Esos sí que eran otros tiempos, de bravos y valientes, de actuar sin dudarlo y no dejarse llevar ni por los acontecimientos ni las emociones. Hacia allí había ido, y regresado con el fracaso de no alcanzar su objetivo, pero con la gloria de ser el primero en intentarlo.
Su bisabuelo regresó de la aventura de juventud y vivió una vida larga y próspera, llena de reconocimientos e hijos. Uno de los cuales fue su abuelo que, a muy tierna edad, se unió a Amudsen en su loca idea de atravesar la Antártida hasta alcanzar el mismísimo polo sur del mundo. El más joven de la tripulación, uno de los sobrevivientes que ni la locura, ni el hambre ni el frío pudieron derrotar.
Quiso ser más que su propio padre, y lo logró. Porque él sí llegó a su destino, a su gloria personal y familiar. La segunda medalla al valor y el reconocimiento de su bravura que ahora pendía sobre la familia como un peso muerto mucho peor que el de la espada de Damocles.
El abuelo regresó lleno de vida y pasión a su antiguo hogar, pero allí ya no tenía lugar. Los espacios que dejara los habían ocupado otros, su trabajo, su sitio en la mesa, en la cama junto a su primera amante. Su pasión por la aventura lo hizo perder cuanto tenía.
Dicen que huyó, o que se embarcó en una nueva travesía, pero, en cierta forma, ambas cosas pueden ser entendidas como sinónimos.
Su padre, el último eslabón de la cadena, participó de varios rescates milagrosos en las abruptas montañas del sur del universo. Los Andes más meridionales se convirtieron en su nuevo hogar. Y aunque nadie lo diga, esos jugadores de rugby no fueron encontrados por una mula y su dueño, sino por su padre, que no quiso quedar documentado en ninguna foto. Ni se lo menciona, tampoco, en ninguna entrevista.
Las vidas heroicas y llenas de historias para contar en largas noches, pesan sobre su cabeza y dificultan explicar por qué él, última generación de valientes de la familia, prefiere la vida tranquila y sin sobresaltos del Caribe. El sol y el mar que sólo se interrumpen unos pocos días al año cuando algún huracán azota las costas de su isla.
Él no estaba hecho para largas travesías ni aventuras sin un final práctico. No, con él la fibra familiar había fallado. Eso podía entenderlo cualquiera que hubiera pasado por una situación similar; por suerte, no perdía el tiempo explicando esos detalles.
Lo inentendible, en cambio, era que un siberian husky prefiriera el calor ecuatorial a la fría estepa del hielo y la soledad.

jueves, 10 de mayo de 2012

Con los días contados


Sigo con la idea de que las cosas tendrían que haberse dado de otro modo. No sé cómo, sólo sé que diferentes. Apenas un poco quizá, para que el cambio no resultara tan brusco; aunque también es posible que haya sido mejor así. Directo, definitivo, un final del que no hay retorno.
Todo por que sé que no sirvo para otra cosa. No tengo cursos de capacitación que acreditar, apenas si un viejo secundario perito mercantil. No tengo experiencia, porque pasé mi vida realizando la misma mecánica tarea hasta que mis músculos se atrofiaron.
Ahora, años después, creo que debería haberle hecho caso a mi madre cuando me recomendó que me dedicara a otra cosa, algo con mejor salida laboral. Pero no quise escucharla y, en cambio, busqué el trabajo que requiriera el menor esfuerzo, el menor desgaste físico.
No sé qué pensé realmente.
Tal vez dudaba de mí mismo, de mis habilidades, y por eso acepté un trabajo que tenía los días contados, que, de no mediar ninguna progenie nueva, me dejaría en la calle tan pronto como el niño que ocupaba la cama bajo la cual me agazapaba cada noche, creciera y dejara, indefectiblemente, de creer en mí.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Cansado


El tren era una lata de sardinas, atiborrado de gente hasta no dejar lugar para el oxígeno necesario para sustentar la vida en su interior; la imagen típica de los trenes de la India aparecía ante mi mente cada vez que me veía obligado a cerrar los ojos sintiendo la desesperante claustrofobia crecer desde el fondo de mi cerebro. Mediodía, vestido de traje, con 42º C de temperatura y los codos de tres mujeres clavándoseme en el estómago. Así viajaba de lunes a viernes.
El único respiro provenía de los escasos segundos en los que las puertas del vagón permanecían abiertas para que los apretujados pasajeros pudieran escapar o, como siempre sucedía, que subiera más gente.
Estaba cansado de esa situación, al igual que cada vez que debía viajar en esas condiciones; cerré los ojos una vez más para evitar ver a mí alrededor cuando una voz, al principio desconocida, me quitó la posibilidad de evadirme de aquella realidad:
—¿Qué haces vos acá?
Abrí los ojos con miedo a encontrarme con alguien que me embarcaría en un diálogo sin fundamento con el sólo propósito de pasar el tiempo. El rostro que me sonreía esperando una respuesta se me hacía conocido, diría familiar, pero dudo que así lo fuera.
—Viajo —respondí vagamente—. Como puedo, mal, pero viajo.
La sonrisa no desapareció ante la lacónica respuesta.
—Bueno, bueno —siguió hablando el conocido no reconocido—. No hay que quejarse, que si no, nos arrugamos. ¡Ja, ja, ja!
No creo haber podido disimular mi expresión de fastidio ante tamaña estupidez que acababa de oír; pero, al parecer si, porque continuó hablando como si nada, como si realmente creyera que lo que acababa de decir era gracioso.
—¿Cómo anda todo? ¿Bien? ¿Hasta dónde viajas?
(Este paréntesis es para explicar varias cosas: 1 – No me gusta hablar a los gritos en un tren, ni en ningún otro transporte en que el sonido creado por el movimiento no permite oír lo que se dice; 2 – me molestan sobremanera los diálogos insulsos que sólo sirven para pasar el rato, y que luego nadie recuerda; 3 – me desagrada viajar apretado por los cuatro costados, sin posibilidad de huida; 4 – hablar con gente de la que no recuerdo el nombre, claro indicio de que no me resultó interesante al momento de conocerla, no es mi deporte favorito; y 5 – estaba sumamente cansado como para hacer el esfuerzo mental de disimular mi fastidio cotidiano. Por suerte para mi, el tren entraba en una estación que, si bien no era en la que me bajaría, esperar la próxima formación no me dañaría de modo alguno, y podría respirar un poco de aire sin restos de respiraciones ajenas)
—Bien. Justo me bajo acá —dije apenas se abrieron las puertas.
Empujé un par de personas que protestaron entre dientes, sin levantar la voz, como el ganado perfecto en que nos estábamos convirtiendo, y salí.
Ya en el andén, respiré aliviado llenándome de aire fresco. Me senté en un banco de hierro que había allí cerca, debajo de la sombra de un árbol mustio por la falta de lluvias del último semestre, y esperé, con tranquilidad, el siguiente tren.
Había logrado escapar a uno de esos fútiles encuentros que no llevan a nada. Podría contarlas como una victoria; sí, sin dudas así lo haría, pensé sonriendo por primera vez en el día.

sábado, 10 de marzo de 2012

Leviatán


Se mantuvo erguido cuanto se lo permitieron sus piernas quebradas, su espalda lacerada y el cuello tan lleno de cortes y heridas que sorprendía que aún pudiera sostener tan altiva cabeza. Con una mirada tan contestataria como en los peores momentos de la lucha. Antes de la derrota, la caída y el fracaso que nunca doblegó sus fuerzas.
De pié, frente al verdugo que afilaba la gran hoja de su hacha de guerra ritual, especial para los traidores a la patria. Sin embargo, y a pesar de que por lo bajo reconocía que simpatizaba con sus ideas, lo único que podía hacer era intentar que el corte fuera limpio y preciso para que no sintiera más dolor. Ambos estaban tan cansados del mundo y sus dirigentes que al menos así uno de los dos ya no sufriría.
Pero ni siquiera eso importaba ya. Los poderosos se regodeaban en la sangre de la victoria sin imaginar que la venganza suele tomar formas sumamente extrañas, que nunca es como se la espera. No imaginarían nunca que la venganza de un vencido puede ser mucho peor que la de un tendero a quien le han robado sus recetas jamás escritas.
El verdugo subió el hacha varias veces buscando el punto en el que cortar sin que hueso alguno se interpusiera en su camino.
Vanagloriándose del momento, el General que aplastó con sus tropas bien pertrechadas, mejor alimentas, armadas hasta los dientes y cebadas por la idea del botín, a una pequeña turba de harapientos desheredados, se adelantó un paso y le permitió decir unas últimas palabras al futuro muerto.
—Moriré hoy —dicen, los que dicen allí haber estado, que dijo—, pero mi grito creará los ecos más bellos que sus pobres oídos puedan reconocer.
Le tomó un segundo al hacha cercenar su vida. Le tomó poco menos de una semana, a la ciudad, arder hasta sus cimientos más profundos encastrados en la pobre tierra.
Y en el Valle del Eco, la historia continúa repitiéndose a sí misma, sin ciudad, sin hombres poderosos ni pobres, sin recuerdos, dolores ni pesares. Nada más que esta historia.