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jueves, 26 de diciembre de 2013

La resignación o la fábula de la fe

Extendiste tu mano, si por azar o casualidad lo mismo da, y me tocaste, apenas, con al punta de tus dedos. Fue tan sólo un instante cuando tu piel se rozó con la mía.
Perfecto, único, irrepetible.
Uno de esos momentos que, antes de volverse rutinarios, nos acercan un poco más, a la divinidad de ser dos y volvernos uno. De retornar al ideal, al amor sin igual.
Pero el tiempo lo enferma todo, todo, todo. Y tan pronto como nos acostumbramos a nuestros cuerpos desnudos, comenzamos a odiarnos.
En silencio.
Con la mirada.
Ignorándonos.
Como si el simple contacto de otra piel con la mía, de tus labios con los míos, de mis ojos con los tuyos, no fuera, en definitiva, más que un recuerdo carente de valor.


domingo, 8 de diciembre de 2013

Reclamo

La manifestación, ridícula por la escasez de sus participantes, podía pasar desapercibida para quien mirara sin ver. Pues las dos personas que caminaban en círculos, un hombre y una mujer, separados siempre por la exacta mitad de la circunferencia, y sosteniendo cada uno de ellos una pancarta, mantenían un extremo silencio. Ni siquiera sus pasos parecían hacer ruido.
            Si no los miraban, bien podrías ignorarlos sin problemas. Casi se diría que no estaban allí.
            Tampoco buscaban alterar al ciudadano de a pie, sino tan sólo a aquellos dispuestos a dejarse incluir en un debate mucho más grande que el condimento del almuerzo, la política agraria en Asia Oriental o el último retrovirus inventado por el Imperio para probar alguna nueva vacuna.
            Sabido es que, quienes logran sustraerse de tales nimiedades son pocos; como pocos podrían comprender el significado de las pancartas en las que podían leerse con grandes letras de molde: Basta de nada, más de todo, en la que portaba la mujer, mientras que, en la del hombre se leía: Basta de todo, más de nada.
            Las interpretaciones, sabido es, no son para cualquiera.

jueves, 11 de julio de 2013

Conjugación

El tiempo, ese inexistente y eterno opresor, a quien hemos nombrado encargado de nuestros encierros en ésta mal llamada vida, en realidad, no es quien pensamos que es.
Porque el tiempo carece de entidad, el tiempo no es hasta que comenzamos a temerle con la insistencia que caracteriza nuestra vejez.
Pasar de una etapa a la siguiente no significa que el tiempo avance con el único fin de devorarnos en la negrura de la muerte; al contrario, significa que nuestros cuerpos saben más sobre nosotros que nosotros mismos.
El tiempo, el espacio, y su conjugación, son términos relativos. El tiempo puede hacerse añicos con sólo dejar de pensar en él. Y podemos detener el mundo si nos ponemos de acuerdo en nunca dejar de movernos.
Pero aún quedan muchos inconscientes qué convencer para lograrlo.

lunes, 3 de junio de 2013

Lujos de la inteligencia


En mente cerrada no entran pensamientos nuevos; ojos vendados sólo oscuridad ven; bocas entrenadas repiten palabras sobre experiencias inventadas; la idea de bohemia vende más que su práctica verdadera.
Tomar una postura y cambiarla si así lo requiere el público; decirle NO a la fidelidad con uno mismo. Escribir poesías metafísicas que no hablan de nada pero suenan muy bien acompañadas por la música de un ukelele.
Imaginemos revoluciones sin atrevernos a concretarlas, sólo porque es la moda. Cuestionemos, insultemos, persigamos sin nunca dar razones, sin nunca vacilar.
Pareciendo venir de ese lado de la política que tanto interés despierta en las mujeres vistámonos, luzcamos como haga falta, para completar el personaje y que de nuestra personalidad nunca nadie sepa nada.
Mientras esperamos a que el sol se apague, como lo predijo el Indio Solari.

miércoles, 24 de abril de 2013

Sabotaje


La revolución, la iluminación, el conocimiento supremo, me llegó a través de la lectura de una simple frase, ocho años atrás, en medio de una lectura colectiva de poesía de autores desconocidos.
Pero, a veces, el conocimiento se encuentra encriptado, cifrado, de tal forma que nos demoramos un tiempo eterno en decodificarlo antes de alcanzar todos sus significados posibles. Y, a pesar de todas las dificultades, puedo decir que, finalmente, lo logré.
Ocho años es mucho tiempo, la vida de algunos, el olvido de otros, la ignorancia de tantos. Sin embargo, estaba dispuesto a pagar ese precio por deconstruir la realidad en la que se nos obliga a creer, las ideas que aceptamos sin más y que ni siquiera nos preocupamos por analizar.
Vivimos inmersos en la falsedad, el consumo, el desenfreno y la vorágine. Hemos aniquilado la naturaleza y la cultura, por lo que sólo nos queda una única cosa por destruir: Nosotros mismos.
La iluminación llegó, al oír de boca de un desconocido que, de seguro, ignoraba su papel en el drama de la vida, de una frase que, en medio de un poema lleno de imágenes y metáforas mediocres, simuló ser una banalidad más.
La repetiré ahora, para que quienes me escuchen, me lean, o me sientan, puedan, también, atravesar ese mismo proceso hacia la iluminación, la revolución, y poner fin al sometimiento.
Escuchen atentamente mis palabras. Luego ustedes sabrán o no, qué hacer con ellas. Escuchen lo que yo oí una noche de otoño:
El mito de la realidad anuncia la existencia del hombre.

lunes, 15 de abril de 2013

Lo que sea con tal de encajar


La policía demoró, sutilmente, demasiado en encontrar al atacante. Hasta su séptima aparición, dijeron, no dejó rastro ni huella alguna.
Solamente luego de que se confiara, de que creyera que era capaz de burlarse de todos y todas, de crear sus propias versiones del mundo, que cometió todos los errores posibles.
Dejó que su última víctima viera su rostro, le quitara un mechón de pelo y robara su billetera. Con tan pequeñas pistas, un adn, un dni con nombre, apellido y dirección, la policía pudo dar con el terrorista de la belleza.
Sabía que el nombre les traería recuerdos, porque a pesar de que no pasaron más de tres meses desde su detención, los medios de comunicación se olvidaron de lo referente al caso. La vida continúa, dicen. Claro que, las víctimas, y los verdugos, siempre piensan de manera diferente.
El juicio al ciego que atacó brutalmente a las siete modelos publicitarias duró, apenas, tres días. Las pruebas, los testimonios, las filmaciones, la negativa a declarar por parte del acusado, todo estaba en su contra. Así que, ¿para qué derrochar parte del  presupuesto público en un caso cuya resolución era por demás clara?
Sí, lo condenaron sin atenuantes de ningún tipo, y a pesar de su discapacidad. Los rostros desfigurados de por vida de las siete mujeres, pesaban, ante los ojos de los jueces, abogados y fiscales, más que las arrugas del invidente.
El veredicto estaba cantado. Allí no hubo justicia ni búsqueda de explicaciones, razonamientos ni justificaciones.
No hubo nada.
Sólo al final del último día, conocida la sentencia, mientras los amantes de la falsa belleza impuesta festejaban, el ciego quiso hablar, decir sus últimas palabras quizá. Pero nadie estaba dispuesto a escucharlo.
Solamente una persona, que se sentó muy cerca del ciego en todo momento, dijo haberlo escuchado.
—En el mundo audiovisual en el que la imagen es lo único que poseemos, ¿qué otra cosa podía hacer para acercarme, mínimamente, a la realidad?
Pero, por supuesto, nadie creyó en la memoria de aquel sordomudo ni entendió, tampoco, su frenético lenguaje de señas.

sábado, 6 de abril de 2013

El límite de la vida

Hoy, tal vez, sea posible verlo de otra manera. Pero, en ese entonces, las cosas no parecían tan claras. Para él, para mí, para nadie.
Por eso mismo es más fácil decir que se trataba de un ser ajeno a la época, la sociedad, la civilización y el universo en que le tocó vivir. Diciendo esto nos ahorraríamos muchos inconvenientes, nos evitaríamos el tener que replantearnos tantas cosas que hasta la ética y la moralina de moda quedarían en ridículo.
Podemos pensarlo como un simple fanático que llevó su obsesión al límite de vivir su fantasía como si fuera la verdadera realidad. Un loco, un desquiciado más, y no un valiente. Pero esto es algo que sólo me atrevo a decirlo años después de los hechos, y no por convicción, sino porque, con el tiempo, llegué a entenderlo.
El sinsentido regía su vida. Siempre lo decía. Sin ánimo de ofender a nadie, ni de predicar nada. Esa era su filosofía. Una en la que Carroll se vestía de profeta y Alicia era su única divinidad. Y ante tales postulados, ¿cómo no considerarlo un alienado más del primer siglo XXI?
Nadie intentó interpretarlo de otro modo. Pero él se jugó la vida por mantener su ideal, para dejarle, a quien quisiera llegar hasta él, un legado sin igual.
Uno que, por años, han intentado silenciar, y que se encuentran tan definido en las doce palabras que pronunció antes de su última sesión de electroshock a la que lo obligaron los médicos del Instituto Psiquiátrico donde naciera treinta y cuatro años antes.
El absurdo no tiene límites, todo lo demás sí, incluso la vida, fueron sus palabras. Tengo la certeza de que, en la cantidad de las mismas, no existe el azar.

lunes, 21 de enero de 2013

Quién era el muerto


Tardé un tiempo en darme cuenta de lo que significaban sus palabras, oscuras, crípticas, como el delirio de una mente agonizante y un cuerpo corrompido por la enfermedad y, tal vez, la demencia.
Entiendo que, según los médicos, fue su último atisbo de lucidez; porque finalizada mi visita, ya no volvió en sí. Su mente se deterioró, su cuerpo lo traicionó y sus amigos lo abandonaron. Me expulsó de sus últimos suspiros para que no lo viera sufrir, mas sus palabras nunca dejaron de repetirse en mi memoria.
Murió, como punto final ineludible. Imposible de negar. ¿Para qué hacerlo? Sufrió, vivió, sufrió, murió. Resumirlo de ésta forma tan breve es mejor que rememorarlo con cada detalle.
Los días transcurrieron, comenzaron a llegar las necrologías, las semblanzas, las cartas de lectores, las anécdotas mal contadas, y un sinfín de tinta y palabras mal utilizadas, como sabíamos que ocurriría.
Las leí todas, una por una, como un ejercicio de masoquismo, o para liberar algún demonio.
O algún recuerdo.
Buscando quizá la clave que me permitiera resolver aquel enigma.
Sus últimas palabras, que continúan reverberando en mi memoria casi vacía, no me dejaban pensar en otra cosa.
—Dirán muchas cosas sobre mi vida —susurró desde su cama mirándome con el único ojo que aún le respondía, sin sonreír, apenas moviendo los labios—, pero nunca hablarán de mí.
Suspiró y me despidió con un gesto que no comprendimos ni yo ni el médico que lo acompañaba desde hacía días. Pero sabía que tenía razón, como siempre que hablaba sobre los demás.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Esquirlas de pensamiento


Cuando ya no queda nada, y con nada me refiero a que hasta la esperanza y a dignidad se han perdido, sobreviven apenas las últimas esquirlas de pensamientos.
Palabras mal pronunciadas, números de teléfonos incompletos, datos sin personas, rostros sin rasgos, nombres, nombres y más nombres.
Senilidad que le dicen, vejez, abatimiento.
Tanto que se nos olvida que un diminuto trozo de plomo, o una pastilla a deshora, podrían solucionarlo todo. Pero nos aferramos a lo último, a esa palabra, número o imagen, y la transfiguramos en talismán, en la posibilidad de trascender.
Aún cuando sabemos que hacernos invisibles es imposible.
Y la muerte siempre será ese último refugio.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Mi máscara es mi rostro

Hay quienes postulan que llegó la hora de dejar a un lado las máscaras de lo cotidiano y ver lo que nuestros rostros esconden. Ignoro en qué fundamentan un razonamiento tan trivial como el que supone que todos nos engañamos a nosotros mismos, no sólo a los demás, creyendo ser lo que no somos.
Porque están equivocados.
Los rostros son la mentira, los que engañan, los que cualquier bisturí puede alterar.
Si ha llegado la hora de algo es la hora de dejar estos rostros falsarios de sí mismos a un lado para mostrar la máscara que escondemos debajo de ellos. Cada uno posee infinidad de rostros, uno para cada situación, para enfrentarnos a cada persona; pero solamente una máscara, única, irrepetible, propia. Inexpugnable, la mayoría de las veces, para uno mismo.
La máscara nos dice quienes somos, los rostros son circunstanciales.
¿Quién estaría dispuesto a dar inicia a algo semejante?

domingo, 29 de julio de 2012

…no siempre sale el sol…

Llegó a la esquina y subió al primer ómnibus que apareció por el lugar, sin pensarlo, sin saber qué recorrido haría, si lo acercaba o lo alejaba del lugar al que ignoraba que quería ir. Frías, como agujas de hielo, comenzaban a caer las primeras gotas del cielo plomizo, y era lo único que importaba.
La suerte quiso que llegara a la casa con el tiempo justo antes de que el temporal se desatara. Las pocas estoicas hojas otoñales que conservaban los árboles desaparecieron aquella noche de viento y lluvia. La naturaleza demostró que aún continuaba viva, que los intentos inconmensurables del hombre por aniquilarla, por hacer del mundo un sitio desolado y controlado, nunca fructificarían. Techumbres completas se desprendieron, algunos viejos árboles mal cuidados y con las raíces masacradas años antes por el sólo hecho de levantar aceras o agrietar casas, causaron más daños de los que habrían hecho de continuar libremente su crecimiento.
Rompiendo con la tradición poética, la lluvia no limpió la cuidad de inmundicias y pecadores, solo los acumuló en los rincones y bajo la sombra de la oscuridad. Trajo a la ciudad la memoria de que debajo de todo ese acero y concreto, ladrillo y cemento, perdura la tierra sempiterna, que permanecerá allí cuando de esas construcciones no quede ni el menor recuerdo. Ni siquiera una leyenda.
La noche hizo suyo el tiempo que duró la oscuridad, que el viento azotó puertas y ventanas mal cerradas, que la lluvia inundó calles y demolió terraplenes en la imaginación de los durmientes hombres que se creían a salvo en sus casas, en sus fortalezas de la soledad, en sus refugios de la sociedad. La noche trajo miedo y terror, desamparo y falsa melancolía.
Ejércitos de negras nubes atravesaron el cielo en una y otra dirección según las empujaba el viento, según llegaban las órdenes de despeñarse sobre uno u otro techo. Como secretos reconocimientos, iban y venían, fotografiando lo que encontraban con grandes relámpagos y el ruido de enormes rocas rompiéndose. El durmiente lo ignoraba todo.
Al amanecer, poco era cuanto había cambiado. El cielo apenas se iluminaba en otra tonalidad del gris. Las nubes lo ocupaban todo, estáticas, solemnes, más que nubarrones, sobre la ciudad, aguardando quién sabe qué cosa; tal vez una orden para volver a avanzar, tal vez no.
Por momentos, apenas garuaba, luego cesaba durante horas, siendo reemplazada la lluvia por una brisa tan fría y húmeda que hacía desear el retorno de la lluvia. Porque los hombres siempre anhelan lo que ya no tienen, lo mismo que detestaron cuando se encontraba a su alcance, como un círculo sin salida e imposible de terminar nunca.
Miró por una de las ventanas de la casa hacia el exterior, el día, lo que aparentaba ser un día, tormentoso, olvidable, infinitamente tedioso y sin sentido, amenaza sus horas futuras. La infinita cantidad de posibilidades para utilizar esas horas se sucedían en su mente, lo sabía, podía hacer cuanto quisiera. Pero, también, sabía que terminarían haciendo lo que le habían enseñado a hacer, por más que eso mismo fuera lo único que atentara contra su forma de ser, no importaba, estaba condicionado. Y suspiraba por ello.
Porque sabía que terminaría por abrir la puerta y salir, bajo la lluvia, rumbo al yugo al que algunos denominan, formalmente, trabajo.


domingo, 18 de marzo de 2012

Verdad Panfletaria


Definición:
Dícese de aquella verdad verdadera que se enarbola como justificativo para todas las acciones imaginables, éticas o no, necesarias o no, útiles o inútiles.
La mayoría de las veces nacen de las bocas de políticos, comunicagadores sociales y viejas de barrio (o pueblo, según la región), que sólo pueden repetir lo que saben sobre los demás sin mirar más allá de su miopía ritual o, siquiera, intentarlo.
Se están haciendo esfuerzos considerables, pero los científicos no creen que sea posible extirpar ésta enfermedad de la estupidez humana (con enfermedad nos referimos a las verdades panfletarias, no a la estupidez, de la que sabemos que no es una enfermedad sino una condición sine qua non del hombre).

lunes, 27 de febrero de 2012

Circo y más Circo


Porque está tan caro el pan, el alimento, el sustento, que cuanto nos queda es divertirnos para olvidar nuestros estómagos fríos y hambrientos. Moriremos de inanición, pero felices, nos han dicho los que dicen tener las riendas del poder y lo único que poseen es un mandato usurpado, un puesto inventado, una mentira muy bien disimulada.
¿Qué se hace cuando se tiene hambre? Nada. Porque la verdadera pregunta es qué no se hace cuando se tiene hambre.
Fácil respuesta. Con hambre no se puede hacer nada, sin los nutrientes básicos para el cuerpo no podemos ni pensar en revelarnos contra la opresión del otro. De cualquier otro, ese que controla los recursos, los medios y los usos del tiempo.
Cuando otro ajeno a uno mismo nos dice cuándo se puede hacer algo, cuando se puede hablar, pensar o expresarse libremente es que, precisamente, hemos dejado de ser libres. Llamemos a ese otro estado o monopolio de la fuerza; multimedios o monopolio de la verdad.
Cualquier acaparación de recursos debe ser mal recibida. ¡Y combatida!
Porque quien mucho tiene, más quiere. Y el que no posee ni su sombra, puede hacerlo tambalear y caer si se lo propone.
Quien debe asistir al circo permanentemente para no notar que su estómago está vacío y su cuerpo se deteriora, ya no le queda nada por perder.
Pero tiene todo por ganar y repartir.
Las cartas nunca son eternas.
Y aún la mesa más firmemente construida, puede tambalearse si pierde una, dos, tres o todas sus patas.

domingo, 29 de enero de 2012

Cuestiones


¿Cómo definir lo que no se conoce? ¿Qué palabras utilizar? Las cosas, ninguna, debería ser tan difícil como cruzarse con algo que de tan nuevo escapa a toda lógica estudiada y aprendida a fuerza de repetición. ¿De qué sirve creer que se posee el conocimiento absoluto sobre la totalidad, si siempre es factible dar con lo ignorado? Sin vuelta atrás, sin poder regresar a la etapa de los aprendizajes para subsanar esa falencia. Sin nada más que el miedo, el desconcierto y la paranoia acompañando el momento.
Sin otras fuentes a las que recurrir, sin nuevos saberes para incorporar, sólo carencias y el descubrimiento que no se es cuanto se creía ser, que es imposible serlo y que la ayuda, suponiendo que exista, nunca llegará. Soledad y desconcierto, la única combinación capaz de derrumbar la catedral del conocimiento auténtico devolviéndonos al saber sin conocer, a descubrir lo que está ahí afuera, al alcance de los dedos fríos, rígidos, por la erosión del descubrimiento.
Construir y destruir son apenas diferencias de grado, aspectos de una misma cosa, basamentos para la personalidad que se forja a contragolpe, chocando con lo establecido, rompiendo lo esperado. O no. Haciéndolo todo según un modelo, sin inventar o revolucionar el entorno con la sola presencia.
Muchas cosas pueden aprenderse al tiempo que muchas otras se ignoran abriendo el camino del descubrimiento, placentero o plagado de dolores, aburrido o adrenalítico.
Opciones existen a montones, valientes que se atrevan a demostrarlo, apenas unos pocos.
Pero, ¿cómo se describe lo nuevo si no es a partir de lo viejo? ¿Cómo se define la muerte sino es como ausencia de vida?

martes, 20 de diciembre de 2011

Cosas que aprendimos desde el 2001 a hoy


1 — Que desidia es sinónimo de estado.

2 — Que no se fue nadie, sólo cambiaron sus máscaras corporativas.

3 — Que los medios de comunicación mintieron siempre (desde el “Vamos Ganando” de la Guerra por Malvinas, pasando por la “La Crisis Causó dos Nuevas Muertes”, a la tapa de Clarín del domingo 18 de diciembre de 2011), y que sólo les importa el comercio (por eso Página 12 cambió de dueño y pasó a ser parte del oficialismo acérrimo).

4 — Que la política, y sus lacras, los políticos, hablan de inclusión cuando les conviene; creando militancia cuando le es funcional a sus propósitos.

5 — Que el hambre del pueblo se disimula con subsidios que no modifican las estructuras que producen el hambre.

6 — Que todo estado es represión y limitación de la libertad.

7 — Que cada sociedad debe darse sus propias leyes, sin depender de legisladores corruptos y carentes de sentido común.

8 — Que el hombre es hombre, y la mujer es mujer, sólo cuando realiza sus aspiraciones.

9 — Que se puede vivir sin televisión, por más que impongan la visión de un culo las 24 horas del día.

10 — Que el diez es un número demasiado simbólico para darle otros sentidos.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Castigo Eterno


Supongo que, de vivir en éste milenio de consumismo desenfrenado, Dante hubiera planteado su infierno no como un cono descendente hacia el centro de la oscuridad y la morada del enemigo de la luz. Su infierno, sin dudas, tendría la forma, la estructura, de un centro comercial. De varios niveles superpuestos, con la ventilación al máximo incluso en verano, con luces tan brillantes que negarían al sol, y negocios tan variados como los castigos imaginados en el siglo XIV.
Existiría, entonces, el castigo de buscar una prenda de vestir sin encontrarla, de no hallar del talle, el color o la forma deseada. Que los vendedores lo traten bien a uno, cuando en su vida lo han hecho; que lo buscado sea de la temporada pasada y, por supuesto, que ya no quede ni siquiera en el depósito.
El más terrible de los castigos de éste infierno/templo del consumismo ritual, y al parecer necesario, para el cual nos educan desde nuestro nacimiento, como en el libro de Huxley, sería hallar, luego de miles de horas y caminatas de búsqueda infructuosa, ese objeto que provocara la condenación eterna del recuerdo de la persona (porque el alma no existe, el siglo XX se encargó de demostrarlo); encontrarlo decía y, sólo entonces, darse cuenta que en algún otro lugar nos hemos olvidado la billetera…

sábado, 29 de octubre de 2011

Grandilocuencia a domicilio


Te prometí que lo nuestro no sería fácil. Sé que lo dije varias veces porque me gusta repetirme; más que nada cuando la sentencia me causa tanto placer al pronunciarla. Por eso mismo, no te esfuerces en negarlo.
Desde que era bien pequeño, en el profundo vientre de mi madre, oculto a las miradas conspicuas de adulones y farsantes, lo supe. El mío sería un destino glorioso. Pero sólo lo haría para alcanzar el bien más preciado de todos.
Sólo que, al nacer, mi memoria no era tan activa, y muchas de esas decisiones se perdieron en los años de aprender a caminar y pronunciar palabras difíciles como tergiversación de la realidad.
Hasta el día en que te conocí, tierna amada mía, y lo recordé.
Mi propósito de ir desde lo inmensamente grande e inabarcable, hasta lo más pequeño de la creación. De lo macro a lo micro, como se dice ahora.
Primero conquisté el universo, volviéndome su dios.
Después dominé el mundo, utilizando las impías herramientas del reggaeton y el psicoanálisis.
Por último, dedicaré mi vida entera a conquistar tu corazón.
Ese es mi plan. Después no me vengas con eso de que nada sabías de cuanto me proponía.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Convergencia


Cuando no había nada, la nada lo era todo. Cuando algo más comenzó a existir, la nada dejó de serlo, y se refugió en otro lugar, siendo otra nada. Para que ese algo nuevo pudiera multiplicarse, difundirse, crecer y prevalecer.
Tarde se dio cuenta, quien supo serlo todo, que se convertía en la nada más absoluta.
Cuando fue así, poco era lo que podía hacer. Tanto tiempo transcurrió desde que caminó en retirada que el camino ya no estaba allí. Sus propios pasos habían borrado las huellas que, de haberlo querido, hubiera podido seguir.
La nada quedó vacía del todo. Y el espacio cubierto de destrucción entrópica.
Es muy tarde ya para quitarse la máscara.
Si es que no lo fue siempre.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El Evento


La medianoche avanzaba con su tranquilidad habitual, sin que nada, ni nadie, la perturbara. Entre el silencio y la quietud, la calma y la tranquilidad, era claro que algo estaba preparándose para suceder. Algo terrible, sin dudas; algo trascendental que marcaría el rumbo de la existencia futura.
Podía sentirse en el aire.
Sobre los diminutos cantos rodados que yacían, como arrojados al azar formando una pila en un rincón de la callejuela, la luz mortecina de las lámparas de bajo consumo apenas espantaban la oscuridad de tanta noche.
El trascurrir de los instantes se relajaba, se estiraba en esa nada que envuelve a la vida y que algunos llaman sueño; ese vacío de oscuridad en la que la fantasía se torna posible y la realidad luce un poco menos avasalladora. La tensión inundaba el ambiente; podía palparse como algo pesado, que no se decidía a ser pero, con su sola posibilidad, lo cambiaba todo.
La calle silenciosa, dormida al igual que el resto de las cosas y de las casas, no esperaba nada. Aún así, algo acabó por suceder sin que la unión de las fuerzas que rigen del universo pudiera hacer algo para evitarlo. O quizá a causa de ellas.
De la inerte pirámide de piedras grises y frías, una de ellas, la más pequeña e insignificante, se desprendió y rodó, hasta la mitad de la oscura y solitaria calle. Allí se quedó, agazapada entre los adoquines, tan oculta que nadie la vería a menos que decidiera buscarla con ahínco y decisión.
Es más sencillo esperar lo inesperado de quien menos lo siente que ansiar la respuesta de quien debe darla; dicen que pensó la piedrita que cayó. Otros dicen que las piedras no piensan, porque son objetos inanimados, como la mayoría de los humanos.
Por mi parte, me es por completo indiferente.

miércoles, 20 de julio de 2011

Muralla


El Emperador Celeste así lo dispuso.
Las rocas fueron llegando, los árboles se fueron talando, las aldeas se incendiaron. Sólo una línea de fortificación, continúa, de mar a mar, mantendría alejada a la muerte.
La misma que, se dice, sintió miedo al ver el comienzo de las obras, y se retiró, rauda, a su dorado refugio por sobre las montañas. A pensar qué hacer, a mirar de reojo a los hombres. A lamerse las pezuñas ansiosas.
Las hordas de invasores chocaban contra el muro infranqueable. El Emperador reía y reía, cada vez más fuerte. Los mongoles pedían permiso para cruzar las puertas. El Emperador reía y se volvía cada vez más viejo. Lentamente la construcción fue avanzando.
Cruzó ríos, subió montañas. Mientras tanto, la muerte recuperó los juegos de antaño. Revivió del pasado pestes que nadie recordaba.
Hubo otro emperador.
Luego hubo otro.
Y luego otro.
Y un quinto, al final de la dinastía.
La muralla seguía creciendo, cicatrizando la tierra herida con el fuego del mongol, abonándola con sangre. No había alcanzado ni uno ni otro mar. Pero la fuerza que movía las inmensas rocas, que llenaba todos los huecos con tierra apisonada, continuaba allí.
Hubo una dinastía.
Luego hubo otra.
Y luego otra.
Hasta que llegó la última dinastía.
Cuando los reinos combatientes descuidaron la construcción y las riquezas menguaron, los campos ardieron y ni los súbditos ni lo líderes tenían qué comer.
Fue entonces que, con el mismo sigilo con el que se había acercado poco a poco, paso a paso, la muerte volvió del norte, sin que muralla alguna pudiera contenerla como dique alguno contiene la inundación del río del deshielo.