―Contame, no te quedes en silencio.
Su voz, cansada, vieja, de hombre abatido por cuanto ha vivido, me llegó desde abajo. Miré y lo encontré, como ya sabía, junto al tronco del árbol. Una mano apoyada en él, para saber dónde estaba, la otra cerrada sobre su pecho, donde se supone que se encuentra el corazón.
―Falta poco ―dije. Moví algunas ramas para que pareciera que aún seguía subiendo, aunque me quedé en la misma horquilla de siempre. Esperé un poco antes de avisarle que ya estaba listo.
―Bueno, dale ―La ansiedad mayor que antes ―. Contame.
―Del otro lado del paredón el sol cae justo sobre la fuente, casi es la hora.
―Sí, claro, cuando cae el sol.
―La puerta de la casona está abierta, de seguro para que la brisa de la tarde refresque el interior. Las chicas ya están afuera.
―Qué bien, pero qué pena no solo no poder verlas, sino tampoco llegar a oírlas.
No le respondo, continúo con la descripción.
―Una de ellas lleva la mesa plegable, otra lleva dos sillas. La tercera una bandeja con algo de comida. Las más pequeñas, las gemelas, ríen y caminan como bailando un poco más atrás.
―Las pequeñas ―repitió él allá abajo―. ¿Cómo van?
―Desnudas ―dije―, todas. Hay mucho sol y solo tienen una tela anudada en la cintura. Sonríen de alegría con sus pechos apuntando hacia el cielo.
―Ah, sí, como debe hacerse siempre…
―Juegan entre ellas.
―¿Cómo? ¿Ya están dentro del agua? ¿Tan pronto?
―Sí ―dije dándome cuenta de mi error―, pero no todas, solo las pequeñas. Las otras miran como si hicieran algo incorrecto, aunque no parecen enojadas, tal vez un poco sorprendidas.
―Claro, porque primero tienen que comer ―el viejo apoyó la frente contra el tronco del árbol y canturreó una melodía sin palabras que solo él conocía o recordaba.
―Acomodan las sillas y la mesa para dejar la fuente de la comida sobre ella. Ya se han sentado.
―Pero solo hay dos sillas.
―Las otras están sobre la hierba, extienden las telas que llevan en la cintura para eso.
―¡Desnudas por fin! ―su tono ya no es el de alguien que sonríe, era más profundo, como si pensara en algo oculto.
―Casi todas lo están. Ahora danzan ―continué sabiendo lo que el viejo quería escuchar―. Se toman de las manos formando una ronda y giran. Sus cabellos quedan libres a la brisa. El sol juega sobre sus cuerpos.
―Oh…
―Una de ellas acaba de caerse. Sus piernas se enredan y otra más cae sobre ella. A la que cayó primero la levantan entre las otras cuatro, la llevan hacia la fuente.
―Sí… oh, sí ―suspiró el viejo.
―La arrojan al centro del agua. No parece haber mucha agua porque queda allí sentada y el agua apenas la cubre hasta el pecho.
―¿Al centro? Pero allí… allí…
―Lo sé. Ellas lo saben también, porque se alejan rápido dejando sola a la que cayó al agua.
―No quiero seguir escuchando ―dijo el viejo separándose del árbol―, ya no.
Demoré en bajar para que creyera que había subido tan alto como las primeras veces. Cuando llegué al suelo le toqué el brazo y comenzamos a caminar de regreso al pueblo.
―Estará bien ―dice. Asiento sabiendo que no podrá verme―. Es una suerte que ese paredón siga en su lugar. De lo contrario…
―Sí ―lo interrumpo―, es una suerte.
No le digo que volteamos ese paredón hace años, que incendiamos la casona, que asesinamos a la mujer y a sus hijas, y que usamos sus cuerpos para por fin segar esa maldita fuente. No le digo que solamente el árbol que él solía usar para espiarlas antes de que la ceguera lo atacara continúa en pie. No le cuento nada de todo esto porque si nunca podrá verlo, ni tampoco hace falta que lo sepa.











