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sábado, 24 de mayo de 2025

Ni tampoco hace falta

―Contame, no te quedes en silencio.
    Su voz, cansada, vieja, de hombre abatido por cuanto ha vivido, me llegó desde abajo. Miré y lo encontré, como ya sabía, junto al tronco del árbol. Una mano apoyada en él, para saber dónde estaba, la otra cerrada sobre su pecho, donde se supone que se encuentra el corazón.
    ―Falta poco ―dije. Moví algunas ramas para que pareciera que aún seguía subiendo, aunque me quedé en la misma horquilla de siempre. Esperé un poco antes de avisarle que ya estaba listo.
    ―Bueno, dale ―La ansiedad mayor que antes ―. Contame.
    ―Del otro lado del paredón el sol cae justo sobre la fuente, casi es la hora.
    ―Sí, claro, cuando cae el sol.
    ―La puerta de la casona está abierta, de seguro para que la brisa de la tarde refresque el interior. Las chicas ya están afuera.
    ―Qué bien, pero qué pena no solo no poder verlas, sino tampoco llegar a oírlas.
    No le respondo, continúo con la descripción.
    ―Una de ellas lleva la mesa plegable, otra lleva dos sillas. La tercera una bandeja con algo de comida. Las más pequeñas, las gemelas, ríen y caminan como bailando un poco más atrás.
    ―Las pequeñas ―repitió él allá abajo―. ¿Cómo van?
    ―Desnudas ―dije―, todas. Hay mucho sol y solo tienen una tela anudada en la cintura. Sonríen de alegría con sus pechos apuntando hacia el cielo.
    ―Ah, sí, como debe hacerse siempre…
    ―Juegan entre ellas.
    ―¿Cómo? ¿Ya están dentro del agua? ¿Tan pronto?
    ―Sí ―dije dándome cuenta de mi error―, pero no todas, solo las pequeñas. Las otras miran como si hicieran algo incorrecto, aunque no parecen enojadas, tal vez un poco sorprendidas.
    ―Claro, porque primero tienen que comer ―el viejo apoyó la frente contra el tronco del árbol y canturreó una melodía sin palabras que solo él conocía o recordaba.
    ―Acomodan las sillas y la mesa para dejar la fuente de la comida sobre ella. Ya se han sentado.
    ―Pero solo hay dos sillas.
    ―Las otras están sobre la hierba, extienden las telas que llevan en la cintura para eso.
    ―¡Desnudas por fin! ―su tono ya no es el de alguien que sonríe, era más profundo, como si pensara en algo oculto.
    ―Casi todas lo están. Ahora danzan ―continué sabiendo lo que el viejo quería escuchar―. Se toman de las manos formando una ronda y giran. Sus cabellos quedan libres a la brisa. El sol juega sobre sus cuerpos.
    ―Oh…
    ―Una de ellas acaba de caerse. Sus piernas se enredan y otra más cae sobre ella. A la que cayó primero la levantan entre las otras cuatro, la llevan hacia la fuente.
    ―Sí… oh, sí ―suspiró el viejo.
    ―La arrojan al centro del agua. No parece haber mucha agua porque queda allí sentada y el agua apenas la cubre hasta el pecho.
    ―¿Al centro? Pero allí… allí…
    ―Lo sé. Ellas lo saben también, porque se alejan rápido dejando sola a la que cayó al agua.
    ―No quiero seguir escuchando ―dijo el viejo separándose del árbol―, ya no.
    Demoré en bajar para que creyera que había subido tan alto como las primeras veces. Cuando llegué al suelo le toqué el brazo y comenzamos a caminar de regreso al pueblo.
    ―Estará bien ―dice. Asiento sabiendo que no podrá verme―. Es una suerte que ese paredón siga en su lugar. De lo contrario…
    ―Sí ―lo interrumpo―, es una suerte.
    No le digo que volteamos ese paredón hace años, que incendiamos la casona, que asesinamos a la mujer y a sus hijas, y que usamos sus cuerpos para por fin segar esa maldita fuente. No le digo que solamente el árbol que él solía usar para espiarlas antes de que la ceguera lo atacara continúa en pie. No le cuento nada de todo esto porque si nunca podrá verlo, ni tampoco hace falta que lo sepa.

sábado, 10 de mayo de 2025

Ficha personal

Se colocó los anteojos de pinza sobre la nariz al verme entrar en la oficina. Miré sin saber si era el lugar correcto, las indicaciones de la recepción habían sido tan vagas como confusas, por lo que no estaba realmente seguro. Debería ser la oficina que buscaba porque cuando le dije mi nombre hizo una seña para que me sentara, escritorio de por medio, frente a él.
    Revisó un fichero con dedos rápidos y ágiles, demasiados dedos diría yo, porque por momentos me parecía ver más de los que habitualmente hay en una mano. Era eso o estaba tan cansado que viéndolos moverse de esa manera no podía no pensar en que eran más de cinco, no lo sé. No quise arriesgarme a preguntarle nada, no otra vez.
    Finalmente encontró la ficha que buscaba, la extrajo colocando un lápiz entre la anterior y la siguiente para no perder la ubicación, y leyó lo que allí decía en silencio sin que gesto alguno alterara su expresión. Leía como un burócrata lee una sentencia, un edicto, una carta amenazante, una declaración de guerra, una lista de supermercado. Luego me miró. Sus ojos lucían diferentes a través de los cristales que de seguro tenían algún tratamiento especial para que detrás de ellos lucieran como una mezcla extraña entre el rojizo y un tono ambarino.
    ―Usted dirá ―su voz resonó en la oficina a pesar de que no me pareció que hubiera abierto la boca.
    ―Este… ―dudé porque era lo único que podía hacer para ganar tiempo ―… me enviaron aquí. ―Levanté ambas manos en señal del mayor de los desconciertos.
    Sus ojos, esos ojos, me miraron como un médico mira una radiografía, buscando un detalle mínimo que le diera la clave para saber cómo continuar.
    ―¿Sabe dónde está?
    ―Lo imagino.
    ―¿Sabe lo que es esto? ―Señaló la ficha que yo, a un mismo tiempo conocía y no conocía―. No se apure, se lo diré. Esta ficha es un resumen de su expediente personal. Lo que aquí dice es lo que define lo que pasará con usted una vez que abandone esta oficina.
    ―¿Quién produce esas fichas?
    ―Eso no es lo importante ―la voz continuó resonando en toda la oficina, reverberaba en los muebles, vibraba en los profundo de mis oídos, en cada fibra de mi cuerpo.
    ―Lo que dice es lo que importa ―dije.
    ―¿Quiere saber lo que dice?
    Colocó la ficha sobre el escritorio, en el centro del secante.
    De una forma u otra lo sabré, pensé. Podría leerla yo, cosa que dudaba porque no creía que fuera a entregarme la ficha ―el lápiz aún en el fichero así me lo indicaba―, pero tranquilamente podría seguir escuchando esa voz profunda y cavernosa que despertaba tantas sensaciones raras en mí. Asentí.
    ―Nacido cobarde. Enterrado vivo. Muerto temeroso. Recodado jamás. Por siempre olvidado.
    Como las anteriores, cada palabra resonó y vibró a través de la oficina, a través de mi cuerpo, y regresó a él, hasta que el último sonido, el último eco, se extinguió.
    ―Entiendo ―respondí solo por decir algo, por ocupar ese silencio tan atroz que no dejaba de crecer.
    Me levanté y caminé hacia la puerta.
    Volví a mirarlo, con sumo cuidado y prolijidad acomodaba mi ficha en el lugar exacto que marcara con el lápiz.
    ―Gracias.
    No respondió. Abrí la puerta y me fui, al olvido, para siempre jamás.

domingo, 20 de abril de 2025

Todos Felices

―Esta es una de las que más me gusta ―dijo la abuela y acercó tanto la foto a su cara que parecía querer meterse en la imagen; luego me miró con sus ojos estrábicos y me la pasó―. Es única.
    Miré la foto. Estaba ella, claro, y los mismos tres niños de las fotos anteriores, a los que seguía sin reconocer y sobre los que no quería preguntar por una cuestión de, digamos, respeto.
    La abuela estaba en el centro de la foto, abría los brazos, con sus músculos flácidos y caídos de mujer mayor, llevaba un vestido negro. Vestía de ese color desde la muerte del abuelo. Uno de los niños se abrazaba a ella por la derecha, otro, una cabeza o dos más bajo que el anterior, lo hacía por la izquierda. Todavía un poco más abajo, con la cara en parte cubierta por los pliegues de la falda, estaba el más pequeño de los tres niños. Miraban hacia la cámara y sonreían, o sonreían porque miraban a la cámara, no lo sé. Cualquiera de las dos opciones era igualmente válida.
    ―Estamos todos y sonreímos ―dijo.
    ¿Estamos?, pensé. Volví a mirar la foto. Solo la reconocí a ella; no sabía quiénes eran los otros tres, que se parecían entre sí como fueran hermanos o algún otro parentesco similar. Tampoco podía adivinar cuál era la relación de esos tres con la abuela. Miré con mayor detenimiento buscando algún detalle que me indicara algo, lo que fuera, un indicio para saber qué buscar en mi memoria, en qué pensar.
    ―¿No te gusta?
    Miré su expresión, su cuerpo pequeño sentada al borde de la cama de la que apenas se levantaba. Recordé lo que el médico dijera en mi visita anterior y pensé en algo diferente a lo que pensaba para responder.
    ―Es interesante...
    ―Y todos sonreímos.
    ―Es verdad ―me mordí la lengua antes de preguntar quiénes eran esos niños.
    Su mirada de perplejidad sin dudas superaba la mía, parpadeó varias veces, como si no estuviera segura de haber escuchado bien, aunque sabía que sí lo había hecho.
    ―¿Te sentís bien, querido?
    ―Sí, abuela. ―Señalé la foto―. Es que no los reconozco.
    ―Son vos.
    ―¿Cuál de los tres?
    ―¿Cómo que cuál de los tres?
    Por el tono de sus palabras, me daba cuenta que la abuela no llegaba a entender qué era lo me resultaba tan extraño.
    ―Sí, eso, abuela. ¿Cuál de los tres soy yo?
    ―Los tres son vos, querido ―extendió su mano para tomar la foto y rozarme la frente. Recordé ese gesto, solía hacerlo mucho cuando la visitaba más seguido y yo no entendía lo que ella creía que yo ya tenía que saber. Esta vez no llegué a sentir su mano.
    ―No puedo ser los tres, abuela.
    ―Este ―señaló al niño más pequeño de la foto, casi junto a su rodilla―, sos vos a los seis años. Mirate con esa sonrisa indisimulable, la primera o segunda vez que viniste a visitarme ―ella también sonrió como recordando―. Este sos vos a los diez u once años, no estoy segura, pero sí sé que te costó mucho más sonreír para la foto ―me miró y señaló al tercero de los niños, al más grande, sobre su derecha―. Acá ya tenés quince años. Venías a contarme un montón de cosas nuevas que habías hecho, que te habían pasado y que solo me podías contar a mí.
    ―Venía ―repetí―. Acaso… ¿No llegué?
    ―No ―respondió la abuela―. No llegaste. Ni esa vez ni ninguna otra ya.
    ―Pero, entonces…
    ―Pero, entonces ―dijo ella―, voy a guardar las fotos otra vez y a pensar que sí llegaste y que cada verano, o verano por medio, mejor, para que no duela tanto, te acordás de venir a visitarme para contarme tus cosas. Aunque ya no lo hagas, aunque eso ya no pase.
    Guardó la foto junto con el resto de ellas dentro de la caja de madera, la cerró apagando el mecanismo de proyección y la dejó sobre la mesa de noche. Miró por la ventana de la habitación, y a pesar de que el sol de la media tarde seguía allí se recostó pensando que lo mejor sería volver a dormirse.

No es exactamente igual a o que se describe 
en el texto, pero se le parece bastante.

sábado, 22 de marzo de 2025

Filosofía mate-rial

Al Chupar la bombilla el desagrado me inundó.
    Fue menos de un instante, pero fue suficiente. Es tan fácil que todo se arruine, que una cosa mínima nos haga perder la alegría, que algo que en cualquier otro momento no sería nada ahora signifique tanto, llegando a provocar que todo se desmorone, que todo se caiga, que todo parezca perderse para siempre. Somos seres tan frágiles, tan expuestos a las adversidades, tan necesitados de tantos y constantes cuidados, que es muy fácil venirse abajo. ¿Qué pretendía la evolución al construirnos de este modo? ¿Qué buscaba de nosotros al hacernos tan débiles, tan ignorantes de lo mínimo necesario para sobrevivir? Dudo que ella misma, la evolución, haya tenido algún plan en general o en particular para nosotros, o supiera lo que hacía. Porque cuál puede ser el motivo para ponernos en este mundo de esta forma, tan expuestos a morir al menor cambio. Somos el eslabón más débil de una cadena que no es tal, una figura tan innecesaria para el conjunto que, si nos suprimieran de la existencia, nadie se daría cuenta de que ya no estamos.
    Los problemas comienzan al nacer, porque nacemos débiles, carentes de todo y necesitados de todos. De allí en más todo solo puede ir cuesta abajo, aunque pretendamos caminar cuesta arriba y fingir que todo está bien. Pero nada está bien, nunca. Fingimos que jamás nos percatamos de las dificultades que atravesamos cotidianamente, cuando no hacemos más que sufrir por y para ellas. Fingir ha de ser la mejor habilidad que nos otorgó la evolución, si es que hizo algo por nosotros y, de ser así, es una afirmación que ningún estudio científico validará jamás, pero como ya casi nadie cree en la ciencia, buscar su validación carece de sentido. La cuestión es que fingir todo el tiempo resulta agotador, demanda demasiada concentración, atención y memoria. Salvo que seas uno de esos que a fuerza de fingir constantemente terminan por creer en lo que comenzaron fingiendo sin importar si se trataba de amor, pasión, interés, felicidad, sabiduría, resignación, adaptación a las circunstancias o cualquier otra opción, aunque sostenerlo en el tiempo nunca es fácil. Por eso se aplaude la sinceridad de los niños, quiénes aún no han vuelto unos expertos en fingir; la de los borrachos, que han relajado las barreras sociales lo suficiente como para permitirse dejar de fingir brevemente; la de los locos, palabra en desuso por estigmatizante aunque sean ellos los primeros en darse cuenta de tanta hipocresía; y la de los viejos, sobre todo hombres, que se han hartado de la vida miserable que nos obligan a llevar y van por la calle sin preocupase por nada. Los vemos, a todos ellos, nos reímos de y con ellos, los aplaudimos, para luego mirar hacia otro lado olvidándolos, retornando a nuestra fingida rutina porque ningún recreo puede ser eterno.
    Es por todo esto que solo se necesita un leve empujón, un pequeño toque, una minúscula cosa, para que todo se desmorone, para que todo se venga abajo, para cuestionarse el mismísimo sentido de la vida, del ser, de la existencia. Para preguntarse por qué estamos aquí y ahora y cuándo llegará el fin de este tormento al que llamamos vida porque no sabemos qué otro nombre darle.
    ―Esta frío, ¿no? ―me preguntó―. Me doy cuenta por tu cara de culo, sabelo.
    Le devolví el mate y se levantó de la silla llevándose a la cocina el termo y el mate que sí, para qué negarlo, para qué fingirlo, estaba frío.

sábado, 8 de marzo de 2025

Sol de hierro

Los indicadores funcionaban de manera correcta cuando comenzaron a sonar pitidos y alarmas no del todo inesperados.
    ―¿Qué es eso? ―preguntó el técnico de sistemas sentado a mi izquierda.
    ―Se está llegando al punto de fusión ―respondió otro de los técnicos.
    Lo bueno de contar con ayudantes es que después de un tiempo comienzan a responder entre ellos sus propias dudas sin que yo tenga que intervenir, pudiendo reclinarme y mirar las gráficas del experimento en las pantallas.
    ―Todavía no alcanzamos la máxima potencia.
    ―Aunque los materiales resistirán un poco más, el punto de entropía no se encuentra lejos.
    Miré las gráficas otra vez y luego a la pantalla, el sol de hierro, como lo llamábamos, comenzaba a resplandecer. Las grandes vigas doble te de dos metros de ancho, tres de grosor y seis de largo se unían a un centro de carbono ionizado formando una figura que muy vagamente recordaba a la imagen de un sol dibujada por un niño con sus rayos extendiéndose en todas las direcciones de la circunferencia. Si la prueba salía bien descubriríamos una nueva fuente de calor, de luz, de energía, para la humanidad. Si todo salía mal, bueno. No quería pensar demasiado en lo que ocurriría en ese caso.
    ―Diez por ciento para máxima potencia ―dijo el tercero de los técnicos.
    ―Los extremos comienzan a fundirse, perderemos la unidad estructural. Los parámetros…
    ―Continúen ―interrumpí.
    Aún con todos los filtros activados, ya no podían mirarse las pantallas, de tan brillante que resultaba la imagen dañaba los ojos.
    ―Ocho por ciento.
    ―Estructura estable.
    ―Siete por ciento.
    Antes de que el técnico diera el aviso del seis por ciento una alarma más intensa e insistente que las anteriores nos envolvió.
    ―Riesgo de fallo inminente ―dijo el técnico mecánico que hasta ese momento no había hablado.
    ―Continúen.
    ―Pero, Señor…
    ―Continúen ―repetí, aunque no me gusta hacerlo, no me gusta repetirme.
    El final estaba cerca, yo lo sabía, ellos lo sabían. Fracasábamos o triunfábamos, no había más opciones. Vivir o morir, sin nada entre uno y otro extremo. Siempre lo había sabido, este era el momento de la verdad.
    ―Máxima potencia.
    ―Materiales en punto de ebullición.
    ―Temperatura crítica.
    ―Solo son quince segundos ―dije.
    ―Los materiales no resistirán.
    ―Tampoco nosotros.
    ―Será nuestra gloria ―dije.
    ―O nuestro fin ―dijo alguno de los técnicos, no me importó saber cuál de ellos.
    El resplandor ocultaba cualquier otra cosa que hubiera para ver; eso podía significar que el sol de hierro se había encendido en su totalidad o que había estallado destruyéndonos a todos con él. Llevaba tanto tiempo conteniendo la respiración que debía obligarme a exhalar y volver a respirar. Solo eso quedaba por hacer, respirar y esperar.

Esta obra de Carlos Páez Vilaró
se llama "Un sol para Atlántida"

sábado, 28 de diciembre de 2024

Cine

Más tiempo pasaba, más difícil se le hacía ocultar el aburrimiento, casi cercano al fastidio, y los bostezos que llegaban en una rápida y certera sucesión. El que la sala de proyección estuviera a oscuras poco ayudaba. Sabía que así como él observaba la pantalla, alguien más estaría observándolo a él para conocer sus reacciones, las verdaderas, no las que ocultaría detrás de las palabras, por lo que intentar disimular era importante para crear falsas expectativas, aunque a medida que las escenas se sucedían eso se volvía más y más difícil.
    Había perdido la noción del tiempo, lo cual, algunas veces era indicativo de que lo que veía resultaba por demás interesante, mientras que en otras oportunidades era su desesperación por salir de allí lo que le hacía comprobar cómo los minutos se arrastraban uno detrás del otro con su infinita carga de sufrimiento. Este caso entraba dentro de la segunda opción, no había dudas, no quedaba más que resistir para que su parpadeo no resultara cada vez más lento, para que sus ojos no se mantuvieran cerrados más del tiempo necesario para lubricarse. Dormirse allí, en ese momento, en esa postura, no era una opción.
    Las luces se encendieron de pronto. Miró a los lados buscando alguna señal de alarma, no la había. Ese había sido el final de la proyección. Disimular, se dijo, es lo que importa ahora.
    Las otras personas en la sala, siete hombres, cuatro mujeres, se miraron entre sí igualmente intrigados. Creyó reconocer a todos, especialistas como él mismo en cine, en actuación, en fotografía, en dirección y en otros aspectos de la producción audiovisual. Sabía por qué estaban allí, sabía lo que se esperaba de ellos, para eso se les pagaba. Una vez afuera de la sala de proyección se saludaron con gestos, inclinaciones de cabezas, ademanes similares y muy pocas palabras. Los hombres se reunieron en grupo en un rincón, las mujeres hicieron lo propio, dos pequeños cónclaves que discutirían por separado antes de unirse en una gran puesta en común cuando hicieran aparición los aperitivos prometidos.
    Interesante; muy artística; casi una obra maestra; una joya del nuevo cine; arrasará en la temporada de premios.
    Expresiones que ocultaban el fastidio y el aburrimiento.
    Brillante por momentos; actuaciones icónicas; una dirección impecable; una fotografía que deja sin aliento.
    Frases que poco dicen, pensadas para agradar, para abolir la resistencia de los espectadores, para ser repetidas como dichas por verdaderos expertos.
    Maravillosa; exultante; exuberante.
    Calificaciones tan hiperbólicas como carentes de valor.
    Las críticas y los comentarios resultarán unánimes, como siempre. Para que no haya error, para que nadie se sienta menospreciado ni ofendido, porque nadie quiere eso, nadie quiere ofender ni menospreciar a nadie, por eso no se menciona la incapacidad del director, los problemas de guión, las malas actuaciones, el poco interés que despierta lo relatado. Nada de esto se dice por separado, mucho menos todo junto.
    ―¿No te pareció intrigante? ―dijo alguien junto a él.
    ―Sin dudas ―respondió sin pensar ni estar seguro si se dirigían a él.
    ―Una pieza fundamental para el nuevo cine.
    ―Claro ―dijo sin mencionar que casi todas las semanas escuchaba decir más o menos lo mismo y que ninguna de esas películas tenía lo necesario para ser fundamental para nada ni nadie, ni que si todas resultan ser fundamentales como se decía, al final ninguna lo era.
    ―El cine lento de resolución profunda no deja de avanzar.
    ―Sin dudas ―respondió aún somnoliento―, aunque un poco más de acción no le hubiera venido nada mal.
    Supo que habría sido mejor mantener esa idea para sí mismo, pero ya era tarde. Las miradas de los demás señalaron su equivocación.
    ―Lo que pasa es que algunas películas no son para cualquiera ―dijo otro de los hombres con un tono pretendidamente malicioso.
    ―Qué suerte que así sea ―respondió fingiendo una sonrisa.

sábado, 14 de diciembre de 2024

Gritar

Llevaba un largo rato ya, al menos varios minutos, escuchando esos gritos sin saber lo que podrían significar, si tenían algún sentido o si estaban dirigidos a alguien en particular. Tan abstraído en su interior, tan “disociado”, como está de moda decirlo en estos días, le era imposible asumir que podían estar dirigidos a él, además, no conocía a nadie que pudiera recurrir para llamar su atención a algo semejante, a gritos desaforados y por completo fuera de lugar. Él siempre tan circunspecto, tan cauto, receloso y silencioso, nunca se asociaría, ni siquiera momentáneamente con un alguien tan escandaloso.
    La insistencia, la continuidad de los gritos lo arrancaron de su ensimismamiento. Regresó de las oscuras cavernas de su pensamiento, donde parecía reflexionar y pensar en los problemas que lo aquejaban o en la búsqueda de soluciones para los defectos de la humanidad, pero que en realidad era un lugar vacío en el que podía “apagar” cualquier sonido proveniente de su interior. Regresó y miró sin reconocer el lugar, la imagen que lo recibió al abrir los ojos chocó contra la que guardaba en la memoria. La sorpresa sería mayor si fuera la primera vez que sucediera algo semejante. Aunque tampoco era algo de todos los días, o de día por medio, sino algo que le ocurría cada tanto, sin que hubiera un tiempo determinado a partir del cual saber que esto podría suceder; pero no había forma, no había motivos, pasaba y tenía que vivir con ello.
    Ya vuelto en sí miró a los lados buscando el origen de los gritos, que no se habían detenido, para asegurarse si se dirigían a él o no. Eran varias voces que llegaban desde múltiples direcciones; solo al asomarse por la ventana, que daba a un pequeño balcón, pudo ver las manos alzadas, los dedos que lo señalaban, las expresiones cercanas al terror, el miedo y la desesperación. Sintió la angustia y otras emociones que no sabría descifrar aunque las sentía en su propio cuerpo como un dolor sin un origen pero también si un final. Un dolor que se posa sobre nuestros cuerpos y late al ritmo del corazón, como un constante recordatorio de que allí está.
    Miró, los miró a todos, tampoco eran tantos, aunque los rostros deformados suelen ser más difíciles de reconocer. Los miró buscando algo que explicara porqué lo miraban a él de esa forma, qué gritaban, qué señalaban. Miró sin entender. Se sabía fuera de lugar, lo que no entendía era porqué lo estaba, cómo corregirlo, cómo volver a estar en su centro, cómo regresar al vacío, al silencio.
    Continuaban gritando y señalándolo, por lo que hizo lo único que se le ocurrió en ese momento. Inspiró llenándose de aire y también él comenzó a gritar antes de señalar a quien tenía más cerca. Lo vio caer, desmoronarse exánime. Siguió gritando, miró y señaló a otro de los que le señalaban, también se desmoronó. Sin dejar de gritar continuó señalando a quienes lo rodeaban, ahora con las dos manos, viendo caer al doble de ellos retorciéndose en el suelo hasta acabar secándose cual pasas de uva. Cada uno de los que caían era una voz menos que le gritaba, porque aunque no entendía cómo sucedía, continuaría haciéndolo hasta acallar todas y cada una de esas voces, hasta que solo quedara un único grito, el suyo y solamente el suyo, o moriría en el intento, pero sin dejar de gritar.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Introspección musical

El disco de vinilo giraba en la bandeja y la música, como se dice en estos casos repitiendo una vieja metáfora, flotaba en el aire, aunque la música no flota y de hacerlo el aire no podría sostenerla. El ritmo, la melodía, penetraban en mi cabeza con cada nuevo y conocido acorde. Una música cíclica, repetitiva, pero cada vez diferente, como si algo se sumara, como si algo se recuperara o perdiera, un compás, un detalle, cuestiones mínimas que uno esperaría volver a escuchar luego de tal acorde, de tal golpe de las cuerdas, de tal nota, pero esa vez, eso no estaba allí, y quién sabe si lo estaría la próxima. Mientras el disco no dejaba de girar, la música atrapaba mis oídos y el movimiento del vinilo atrapaba mi mirada obligándome a permanecer de pie junto a la bandeja, hundiéndome en mis pensamientos tan o más oscuros que ese círculo de vinilo que no dejaba de girar cual un abismo invitándome a no dejar de mirarlo.
    Era incapaz de muchas cosas, esto ya lo sabía; deben de habérmelo dicho tantas veces que terminé aceptándolo como la verdad que sin dudas era y es. Incapaz de tanto y de tantas cosas que me es difícil reconocer si alguna vez fui capaz de algo, al menos lo suficientemente capaz como para sentir que lo que hacía lo hacía medianamente bien, solo eso, solo una vez, para variar. Pero la espera continúa y ahora mismo soy incapaz de dejar de mirar el disco.
    Espero sin saber qué, cuándo, o por qué espero eso que probablemente nunca llegará, estando tan atascado en el camino que avanzar es tan imposible como retroceder. Así que, para quien no me conozca, puede parecer que esté esperando, pero en realidad estoy atascado y bloqueando cualquier opción, cualquier posibilidad, cualquier lugar al que pretendía llegar.
    Todos los que saben adónde van, qué dirección seguir, qué acciones tomar para lograr lo que anhelan, todos ellos ¿cómo es que lo saben? ¿Cómo reconocen las direcciones, las acciones, las funciones necesarias? ¿Quién se lo enseñó o dónde lo aprendieron? Yo no tengo nada de eso, nunca lo tuve, o creo nunca haberlo tenido, aunque quizá sí lo tuve y lo perdí sin siquiera percatarme de eso, si es que había de lo que percatarme, que tampoco estoy seguro que lo hubiera. Solo sé que cuando hay que decidir no sé hacerlo; si estoy con alguien más, dejo que sea ese alguien más quien decida por ambos y yo solo acompaño lo que finalmente se hará; pero si estoy solo, no decido, nunca, nada. Abrumado frente a las opciones, frente a todas las posibilidades, frente a un muro tan amplio como alto, no me muevo.
    Si el mundo fuera más pequeño, más fácil de ordenar, de definir, de aceptar, como una única habitación, por ejemplo esta misma habitación, y con una única cosa por hacer, como escuchar esta música, mirar este disco girar, concentrarse en esa única cosa y luego pensar en lo que se hará al finalizar el disco, seguramente poner otro, la experiencia de vivir, la vida en su compleja totalidad, se volvería más aceptable, más tolerable, algo al alcance de mi propia capacidad. Podría entonces hacer más cosas que solo sentirme abrumado por todo. Podría, no sé, vivir y ya. Pero no, el mundo no es tan simple, nada nunca lo es. Cada cosa a la que me acerco se hace más grande, más compleja, más inabarcable, más difícil.
    ―¿Qué te pasa? ―Sentí su mano bajar por mi espalda―. Se te terminó la música.
    El disco continuaba girando sobre la bandeja, la púa ya no recorría sus surcos y yo no podía dejar de mirarlo girar, girar y girar.
    Sin decir nada más, cambió el disco. Un ritmo diferente comenzó a sonar, otra melodía que ignoraba por qué caminos me conduciría. Por el rabillo del ojo vi que empezaba a bailar, a ella le gustaba bailar.

Tiene toda la pinta de ser una imagen generada con "IA", 
ergo, no es mía.

sábado, 26 de octubre de 2024

Tu silencio

Por más que lo intentara, cuando estaba contigo no podía callar. Hablaba y hablaba como si pretendiera ocupar el silencio; para que no quedara un único espacio, por mínimo que fuera, en el que el vacío nos rodeara y señalara que allí, en ese mismo lugar, en ese mismo momento, no tenía sentido que permaneciera. Aunque lo sabía muy bien, y a pesar de tener todas las indicaciones y muestras de lo que convendría hacer, insistía, continuaba intentándolo como si mi vida dependiera de ello.
    Entonces hablaba y hablaba repitiéndome, contando una misma anécdota una y otra vez agregando detalles que antes no estaban ahí, colores, sabores, sonidos, sensaciones, describía lo mismo con otras palabras. Como si fueran recuerdos, revivía cuanto decía con tanto ahínco que podrían pasar por nuevas experiencias, pero no lo eran. Yo hablaba y hablaba, tú me escuchabas en silencio, sin decir nada, sin un solo gesto de aceptación, de alegría, fastidio o cansancio, nada.
    En mi tenaz empeño de hablar por hablar no me percataba de lo que sucedía a nuestro alrededor; tampoco separabas tu mirada de mí, lo sé porque además de hablar miraba, te miraba para aprender los detalles de tu expresión, de tu rostro, la forma en que caían tus ojos, la comisura de tus labios, ese rulo rebelde que caía como al descuido sobre tu frente, la fragancia a madreselva que nos rodeaba cuando estábamos tan cerca que habría podido besarte si me lo hubieras pedido. Hablaba y miraba, miraba y hablaba, día tras día, tarde tras tarde, sin descuidar-te un único instante.
    Pensé que tal vez debería de haber buscado otras formas de comunicarme contigo, pero mi imaginación nunca fue lo que se dice fructífera en cuestiones como las relaciones interpersonales, por lo que hablar era mi única opción. Recordaba lo que decía en cada uno de nuestros encuentros, al menos la mayor parte, regresaba a lo mismo luego de dos o tres días, cuando creía que todo había caído en el olvido si en verdad había sido escuchado, como comenzaba a sospechar. Y como no tenía manera de saber si era cierto que me escucharas, me veía buscando tu fastidio ante mis palabras repetidas. Pero ni siquiera esto me era dado, ni siquiera una mínima muestra de desprecio. Nada.
    Miraba tus ojos siempre al parecer atentos, tus manos reposando sobre tus rodillas siempre juntas debajo del vestido, el mismo o uno muy similar al que usabas en cada encuentro, ya sea que hiciera frío o calor. Tal vez sí se trataba del mismo vestido y eso debería de haberlo interpretado como un signo de algo que no sabía qué cosa podía ser. Nos veíamos siempre en el mismo banco, el más alejado del parque, oculto entre los árboles y los setos, en un sendero poco recorrido de no ser por dos o tres paseadores de perros matutinos, como si no nos estuviera permitido mostrarnos juntos en otro momento ni en otro lugar. Siempre llegaba y tú ya estabas allí, esperándome; me retiraba y permanecías sentada, diría que en la misma postura, durante horas, hasta que definitivamente tenía que irme y ya no sabía qué harías.
    Eran señales demasiado claras que ahogué con mis palabras, con mi deseo de que una vez, solo una vez, me interrumpieras. Pero nunca lo hiciste, ni siquiera aquella tarde en la que me quedé sin palabras y aunque te sabía allí, esperándome en el mismo lugar, en nuestro banco compartido, no regresé a descansar mi cabeza sobre tus rodillas, no regresé a tus manos siempre quietas, a tus ojos que solo sabían mirar hacia el frente, a tu rulo rebelde escapando de tu peinado. No regresé a mis palabras, a tu silencio ni a tu piel cual mármol, eternamente fría.

sábado, 12 de octubre de 2024

Todo se derrumba

Dos o tres semanas después de mi llegada, cuando frío y humedad era todo lo que tenía, perdió sentido contar los días pasados en la cabaña junto con los dolores en las articulaciones, los de la espalda, la llovizna que calaba y daba más frío del que ya sentía, la leña siempre húmeda que tardaba en arder, el fuego prácticamente ausente. Me habían adelantado cada uno de estos detalles, pero no fue hasta que estuve allí, hasta que los viví y fueron parte de mí, que no entendí las advertencias, mi falta de preparación y la persistencia de mi terquedad. Tampoco ayudaba el que por las mañanas el sol apenas iluminaba un poco más las nubes que ocultaban el cielo, mientras que por las noches el resplandor de esas mismas nubes me mantenía despierto hasta bien entrada la madrugada imaginando días de calor, de playa, de un verano tan lejano como irreal, como uno de esos recuerdos que nos inventamos para intentar para creer que alguna vez fuimos felices.
    Los primeros días pretendí hacer algo de calistenia para entrar en calor y mantener el cuerpo más o menos flexible. Desistí al sentir crujir mis articulaciones como bisagras viejas faltas de lubricación. Desistí también de continuar con mis estudios, razón por la que había huido a ese solitario y aislado refugio en medio de tantos otros similares y vacíos, porque había otras cabañas como la que ocupaba en las cercanías, todas igualmente vacías, frías y húmedas por estar fuera de temporada. Entre todo ese frío apenas podía concentrarme lo suficiente para ir de la cama al sillón al amanecer y del sillón a la cama al anochecer. Pensar en mi situación, en lo que tenía que leer, fichar, los datos que necesitaba buscar y encontrar para corroborarlos luego, y lo que me faltaba por escribir, estaba más allá de mis posibilidades, solo permanecía allí contemplando como amarilleaba poco a poco mi cuaderno de notas. Una de esas mañanas, aterido de frío, intenté sostener una de las plumas entre mis dedos trémulos y no pude hacerlo.
    Me sentía vacío, sin ideas, sin pensamientos, sin sueños. Vacío, pero no desesperado, al menos aún no había llegado a ese punto. Me asomaba a la puerta de la cabaña, daba lo mismo si la dejaba abierta o la cerraba porque el frío apenas variaba adentro o afuera, y contemplaba el paisaje. El cielo siempre igual aunque las nubes fueran otras, los árboles que anhelaban la primavera y yo allí, mirando impunemente. Cuando una de esas tardes me encontraba junto a la puerta, un animal pasó por entre los árboles más cercanos paseándose en medio del frío como si en nada le afectara. Tal vez haya sido un zorro, un lobo o algo parecido, la biología nunca fue lo mío aunque a los ocho años podía recordar y repetir los nombres de unas doscientas especies diferentes de dinosaurios, esa habilidad se había quedado en el tiempo. En silencio miré pasar al zorro, al lobo, a lo que fuera, pero algo debió de delatarme porque el animal se detuvo, olfateó el aire y me miró. Nos miramos lo que dura la eternidad, es decir, cerca de un minuto, luego siguió caminando hasta perderse entre los árboles. Esa noche tranqué la puerta, por las dudas, me dije, solo por las dudas, repetí.
    Tras ese encuentro ya nada fue lo mismo. Había organizado una breve rutina para mis días: sabía cuando dormir, cuando comer, cuando intentar encender un fuego, cuando ir al baño, cuando asomarme por la puerta, cuando fingir que avanzaba con mi tesis, cuando creer que era feliz estando allí, cuando volver a la cama, cuando quejarme por el frío, por la humedad, por la llovizna, por la niebla, por las huellas extrañas que aparecían en el barro frente a la puerta de la cabaña. Podría haber continuado de la misma forma por el resto de mi vida, pero no fue así. No podía serlo porque todo en algún momento cambia, todo se modifica, todo pierde su sentido. Sabía que ese momento llegaría aunque esperaba que se demorara todavía un poco más, tal vez días, semanas, meses o quizás años, pero fue hoy, esta mañana, hace unas pocas horas noté que cuanto pretendiera construir comenzaba a derrumbarse y que cada una de mis ideas, cada cosa que quise decir, cada cosa que nunca dije ni llegué siquiera a escribir, cada cosa que quise ser y cada cosa que nunca fui, carecía de sentido. Lo entendí en el exacto en que el primer café de la mañana no me supo a nada.

domingo, 22 de septiembre de 2024

La casilla

Acercándose con paso lento, pero decidido hacia la casilla del fondo de la propiedad recordó el momento en que había tenido la idea de construirla. Recordó cómo comenzara a juntar maderas, tablas, varillas, listones, que encontraba en la calle y que la gente descartaba por inútiles e innecesarias ―las maderas, aunque sin dudas también lo eran las personas mismas ―, él iba juntándolas hasta que tuvo suficientes. Alisó y peló esa parte del terreno, unos metros antes de la pared que marcaba el fin de la propiedad, luego cavó los pozos para los postes que sostendrían el resto de la estructura y comenzó a clavar los primeros listones de las paredes. Sabía que el suyo no era un trabajo perfecto, pero estaba orgulloso de lo que había logrado con sus propias manos, usando algunas de esas herramientas por primera vez. Cualquier hombre ante cualquier cosa lograda por sí mismo estaría igual de orgulloso.
    Aunque la casilla no era muy grande, solo dos metros de lado y otros dos de altura, le llevó varias semanas completar las paredes laterales y la del fondo. La frontal le tomó más tiempo por la cantidad de cortes que requería en la madera ya que llevaría la puerta. Si bien pensaba que el techo sería lo que más se le complicaría no le resultó tan demandante, tenía varios tablones de las medidas casi justas, por lo que solo tuvo que ir uniéndoles una vez que lograba colocarlos con una leve inclinación para que no se acumulara el agua de la lluvia. La pintó por dentro y por fuera, de blanco, para proteger la madera de la humedad y el sol del verano que apenas llegaba a tocarla.
    Limpió el resto del terreno quitando yuyos, plantas mustias, piedras, ladrillos viejos, esas cosas que se acumulan sin una razón en los patios de las casas y pretendemos olvidarlos hasta que se vuelven una molestia. La casilla de madera quedó como único punto diferente en medio de la tierra arrasada en la que nada crecía ni debía crecer, los altos muros que separaban las propiedades vecinas la ocultaban de miradas curiosas. Lucía pequeña, pero tenía el tamaño perfecto, era justo lo que necesitaba. Colocó un cerrojo que solo podía abrirse o cerrarse desde afuera y quedó casi completa. Solo faltaba un único aunque necesario detalle.
    Llegó hasta la puerta de la casilla, luego de cerciorarse de que nadie miraba desde las medianeras manipuló el cerrojo y tiró de la puerta hacia afuera abriéndola. Se colocó ocupando la mayor parte del umbral con las manos en la cintura y una sonrisa. Aspiró llenándose del delicioso aroma de la humedad, madreselva, orina y bestia enjaulada. Estiró la mano para tomar la barra de hierro apoyada del lado de afuera de la puerta y dio un paso hacia el interior.
    ―Por favor ―dijo con un sollozo la voz de la figura acurrucada en las sombras de una de las esquinas de la casilla―. No más, por favor.
    Sonrió sin disimularlo cuando descargó el primer golpe.
    Y siguió, sonriendo y golpeando, hasta que la figura en las sombras dejó de gimotear, se desmayó o tal vez ahora sí se había muerto, le daba igual. Lo único que le molestaba era que ya no gritara como en las primeras veces, limitándose a gimotear y poco más. Eso no tenía gracia.
    Cerró la puerta sintiendo el sudor sobre el cuerpo y la fría brisa secándoselo. Sabía que iba siendo hora del descarte, pero esta vez tendría que ser él quien cavara la fosa, la cosa dentro de la casilla ni siquiera tenía fuerzas para defenderse.
    ―Que desperdicio ―murmuró caminando de regreso a la casa pensando en la larga y caliente ducha.

domingo, 18 de agosto de 2024

Depuración

El entrechocar de metales, rítmico, aunque un tanto acompasado, penetró en su sueño como un eco lejano de otra cosa para ir ganando fuerza y despertarlo poco a poco, resquebrajando las imágenes sueltas del sueño, las palabras no pronunciadas pero que habían sido usadas. Finalmente abrió los ojos. Reconoció la mesa de luz, el vaso con agua, los anteojos de lectura, cosas que sabía que le pertenecían. El resto de cuanto le rodeaba le resultaba un tanto extraño, no lograba encajar con lo que recordaba haber visto. Como si los muebles se hubieran movido durante la noche, como si la habitación fuera y no fuera la misma. Suspiró con resignación.
    Se abrieron las gruesas cortinas que ocultaban la ventana y el sol ingresó con un brillo débil en la habitación, como si también él estuviera cansado.
    ―Buenos días ―dijo la voz aguda de su esposa.
    ―Buenos días ―respondió él varios tonos más bajo. Ya no odiaba las mañanas como antaño, eso no quería decir que las disfrutara, solo que había días en los que las toleraba mejor que otros―. ¿Qué día es hoy?
    ―Hoy es día de cambio.
    Eso ya lo sabía, lo había notado cuando el sol entró por un lado de la habitación y no por el frente como el día anterior.
    ―¿Qué día es hoy? ―preguntó otra vez.
    ―Hoy es día de cambio ―repitió la voz de su esposa.
    Suspiró con fastidio. Comenzó a vestirse con la ropa que encontró sobre una de las sillas.
    ―Función de ajuste ―dijo abotonándose la camisa―, depurar condiciones del habla.
    ―Depurando. ―La voz de su mujer sonó impersonal, con un dejo metálico.
    Terminó de vestirse, fue al baño y se lavó la cara, las manos, los dientes; pensó en bañarse, pero ya se había vestido. Además, de seguro se le hacía tarde para alguna otra cosa, por lo que mejor dejarlo para la noche.
    Regresó a la habitación. Escuchó un sonido similar al de una campañilla cerca de la ventana.
    ―Depuración finalizada.
    ―Bien ―dijo―. Entonces, ¿qué día es hoy?
    ―Hoy es día de cambio ―respondió la voz de su esposa.
    Meneó la cabeza. Esa cosa volvía a fallar, como casi todos los días. Sin decir nada más salió al vestíbulo y caminó por el largo pasillo.
    ―Buen día ―dijo sin entrar a la cocina―. ¿Qué hay para desayunar?
    ―Buen día ―respondió su hijo―. Café con tostadas. Las quiero bien hechas, sin quemar. En la heladera está el queso untable y la mermelada.
    ―Buen día ―repitió sin haber aún ingresado a la cocina―. ¿Qué hay para desayunar?
    ―Acabo de decírtelo ―respondió su hijo sin mirarlo.
    ―Buen día…
    ―Función de ajuste ―lo interrumpió su hijo―. Depurar condiciones del habla.
    ―Depurando ―se escuchó decir.
    Vio a su hijo preparar las tostadas que le pidiera, beber su café expendido por la cafetera automática, hojear el diario en una pantalla sobre la mesa. Lo vio untar las tostadas con el queso, lo vio terminarse el café. Lo vio dejar las cosas usadas, sucias y desordenadas, sobre la mesada.
    Escuchó sonar una campanilla sin saber de dónde provenía.
    ―Depuración finalizada ―dijo.
    Su hijo lo miró con una expresión vacía, de completo desinterés, como quien mira una cosa que ya no le sirve y que lo mismo da si se la descarta o continúa allí.
    ―Buen día ―dijo―. ¿Qué hay para desayunar?
    ―Qué fastidio ―respondió su hijo antes de alejarse.
    Escuchó la puerta de entrada abrirse y cerrarse con un golpe.
    ―Buen día ―dijo―. ¿Qué hay para desayunar?



sábado, 10 de agosto de 2024

Como una rama quebrándose

Sonó como una rama quebrándose. Había escuchado antes en algún lugar eso de que los huesos al romperse sonaban así, pero no fue hasta que lo escuchó por primera vez que lo supo. Sí, sonaba como una madera quebrándose; madera de mala calidad, como la de los cajones de fruta, pensados para romperse con el menor esfuerzo, no madera noble como el roble o el algarrobo, mucho menos como el lapacho o el quebracho que puede arder por horas antes de que el fuego los consuma. Entonces, como madera vieja y apolillada rompiéndose, así había sonado, además de muy fuerte, muy claro, muy cercano. Miró los límites de la celda en la que se encontraba, paredes de adobe, suelo de tierra apisonada, techo muy alto de cañas y paja, con una única puerta cruzada de rejas. Hacía mucho calor allí dentro, debía ser mediodía y de seguro aquel ruido era el de alguna de esas cañas partiéndose bajo el sol, tenía que ser eso.
    Volvió a sonar como una madera quebrándose. Se asomó cuanto pudo entre los barrotes de la puerta, no había nadie en el pasillo, no sabía si habría alguien más en las celdas cercanas. El calor aturdía. Como el segundo sonido había sido más cercano, casi íntimo, se quitó la camisa de tela gruesa, áspera y pesada, sin saber qué errada noción de pudor le impidiera hacerlo antes.
    Notó su estómago inflado, hinchado como un globo, una pelota, la panza de una mujer embarazada. Eso era imposible, no solo porque no tenía los órganos necesarios para encontrarse en ese estado, sino porque había escuchado antes en algún lugar que en ese planeta la reproducción sexual no era posible, por lo que lo de su estómago debía de ser otra cosa, un alimento en mal estado, una infección de un virus desconocido, un parásito.
    Acarició la piel tensa, pero también suave y brillosa sobre su vientre con ambas manos. Algo se movió en su interior siguiendo el recorrido de sus manos, algo desagradable, repulsivo y, claramente, vivo. El miedo le erizó la piel cuando volvió a escuchar el ruido de la madera quebrándose tan cerca, tan repentino, tan íntimo. Entendió que lo que se quebraba, lo que se rompía, para darle paso a aquello que pretendía salir de su interior sin tener un camino por el cual hacerlo, eran sus costillas.
    Su vientre no dejó de crecer, al contrario, continuó hinchándose, ¿cuánto más resistiría su piel semejante tensión? Ya ni siquiera llegaba a palparse el cuerpo, el peso extra que sentía le había hecho recostarse sobre la tierra apisonada y apenas podía mover las manos, al menos creía que las movía ya que lo único que podía ver era el techo de cañas y paja. Su vientre continuaba hinchándose, llegando a comprimirle el pecho.
    Los ruidos como a madera quebrándose cesaron para ser reemplazado por el de un líquido derramándose junto con un prolongado suspiro. Una cálida humedad le cubrió el rostro sumándose a su sudor. Sintiéndose por fin libre, sabiéndose agotado, cercano al desmayo, entreabrió los ojos.
    Una figura, alta, esbelta, bella como él nunca lo había sido, se erguía allí donde debía de encontrarse su vientre. Intentó sonreír sin saber si lo lograba. La figura lo miró, en su expresión vio la respuesta a esa pregunta que él nunca se había planteado y que probablemente nadie más sabría nunca. Ahora podía descansar.
    Vio a la figura apoyarse contra la pared de adobe, que se abrió como si no fuera nada, ante su toque, como si cada elemento de ese lugar respondiera a su voluntad. Antes de cerrar los ojos por última vez la vio alejarse dejando detrás de sí un rastro de sangre, de su sangre, de la sangre de ambos.

domingo, 21 de julio de 2024

Esto no lo viví

Esto no lo viví, estoy seguro. Tampoco lo soñé, mis sueños nunca se parecen a esto. Mucho menos pude haberlo imaginado, porque no sé cómo se hace eso, cómo se inventan cosas en la cabeza y se cree en ellas con fe, anhelo, disciplina y desesperación. No sé qué es esto aunque está en mi cabeza, sé que no es mío, no lo reconozco. Lo siento, lo percibo, está allí, pero no es mío, no soy yo, es algo más, es otra cosa, es algo que no identifico, que no se define, que no quiere mostrarse. Está allí, sé que lo está porque aun con todo su esfuerzo es incapaz de ocultarse por completo. Esto no lo viví, estoy viviéndolo ahora. Esto no lo soñé, lo sueño en este momento. Esto no lo imaginé, lo que veo es más sólido que la simple creación sin sentido de cualquier cerebro, incluso del mío.
    Alguien está hablando, miro y estoy solo. Alguien está hablando, lo que dice es para alguien más. Alguien está hablando, yo solo escucho. Apenas entiendo lo que escucho, como una canción en otro idioma que oímos por primera vez, tal vez en neocriollo o esperanto, algo de eso. Además, la recepción es bastante mala, como si la antena de la fm se moviera con el viento en medio de una tormenta. La estática se multiplica, se expande, me aturde. Alguien está hablando, habla para mí ahora sin decirme que es para mí. Quiero ignorarlo. Sus instrucciones me confunden, sus palabras se mezclan, suenan diferentes, como dichas por alguien que ignora el idioma pero que de todas formas quiere hablarlo.
    La oscuridad se vuelve completa, miro sin ver nada. Tendría que asegurarme de tener los ojos abiertos. No hay diferencias en la oscuridad, luce como una tela uniforme que se extiende y me rodea. La miro y no me devuelve la mirada, tal vez porque no puede verme en su propia oscuridad. Si hay oscuridad será porque es de noche, si es de noche será que he de dormir, aunque no estoy cansado; podría aprovechar el momento ahora que la voz que me hablaba sin que le entendiera guarda silencio.
    La quietud, el silencio, la oscuridad son tales que llegan a incomodarme. Me sentiría mejor de estar solo, pero permanece la sensación de que hay alguien más, alguien cercano, un poco más débil quizá, como el recuerdo de una mano apoyada sobre nuestro brazo que ha sido retirada y su calor, su humedad, su presencia se vuelve pasado poco a poco. Esa es la sensación, estas son mis palabras, ojalá tuviera otras, las necesito, sin dudas me servirían de mucho en este momento.
    Falta algo aquí. Sé que es así. Tengo esa certeza aunque desconozco qué es eso que falta. Pensaré un poco más, me esforzaré y quizá lo descubra, tal vez eso sea la razón de porqué estoy aquí y ahora. Aunque sin saber cuándo es ese aquí ni dónde ese ahora. Debe ser una prueba. Seguro que sí. Me estoy probando. Por qué o para qué sin dudas lo sabré al finalizar. En cualquier momento lo entenderé y todo tendrá (algún) sentido.
    Esto no lo viví, esto no lo soñé, esto no lo imaginé, esto soy yo.

domingo, 23 de junio de 2024

Entre toda esa arena

La tormenta de viento y arena duró varios días, como cada tormenta en medio del desierto. Días sofocantes. Días en los que buscar formas de superar el aburrimiento esperando que el viento no arrancara los puntales de las tiendas que nos protegían, que la arena acumulada no rasgara con su peso las gruesas telas. Soportar aquel encierro requería un gran esfuerzo ya que si respirar resultaba un lujo, comer y beber se tornaba imposible.
    Cuando el clima se tranquilizó, y el sol volvió a castigar desde lo alto, vimos destacarse, entre toda esa arena, una serie de rocas de las que no teníamos recuerdo. Eran rocas grandes, enormes, del tipo que se necesitaría mucha arena para cubrirlas. La tormenta había modificado tanto la geografía de la zona que, a pesar de que la caravana pasaba por allí más de una vez al año, ya no reconocíamos el lugar. Mientras desmontábamos el campamento calculamos que las rocas se encontrarían a no más de media jornada de camino.
    Pudo haber sido la curiosidad lo que nos impulsó, pudo haber sido otra cosa, pero como si fuera una decisión unánime, nos dirigimos hacia ellas, hacia las rocas. Rocas que veíamos crecer con cada paso que dábamos. No eran grandes, no eran enormes, eran ciclópeas, como un pequeño conjunto de montañas perdidas entre la arena, las dunas y el calor. Y nosotros apenas éramos un pequeño grupo de hombres perdidos entre toda esa misma arena, esas mismas dunas, ese mismo calor.
    La media jornada de camino que suponíamos al principio, fueron dos y acabaron siendo tres cuando por fin las primeras rocas comenzaron a ascender y escarparse. El camino era difícil, pero nadie se quejaba, nadie decía nada; seguíamos avanzando luego de ver caer el cuerpo de quien acababa de despeñarse o de quien desfallecía entre el calor y el esfuerzo, seguíamos avanzando luego de sacrificar a los cada vez más agotados caballos y camellos. A pesar de estos pequeños percances, seguíamos avanzando.
    Atravesamos las rocas más altas por entre lo que parecía ser el único paso posible. Encontrándonos en ese lugar sentíamos que conocíamos esas rocas, como si fueran parte de una memoria anterior, previa, más antigua que la vida, más antigua que todo lo demás. El tacto con ellas no nos parecía extraño, sino natural, familiar, propio. Resultaba tan complicado de explicar que sólo podíamos aceptarlo. Lo veía en las expresiones de resto de los caravaneros, mi sorpresa no era única, las sonrisas mal disimuladas bajo nuestros turbantes decían casi tanto como nuestros silencios.
    Tras el paso entre las rocas, el camino continuaba en lo que parecía ser el seco lecho de un antiguo río que desaguaba en un pequeño lago. Y, encallado en el centro de aquel lago seco, entre el cieno endurecido por los años, nos esperaba el mayor navío que ninguno de nosotros viera nunca. Negro, con su velamen y correaje intacto, parecía haber sido labrado, tal vez tallado, no lo sé, a partir de una única y descomunal pieza de basalto.
    Subimos al navío y recorrimos cada rincón. Desconocíamos quién lo había construido o por qué, pero allí estaba, intacto, aprovisionado y listo para salir a navegar si hubiera agua sobre la cual hacerlo y viento suficiente que inflara sus velas. Pero todo cuanto teníamos era el sol y el cielo despejado por el resto de este día y sin dudas hasta el atardecer del día siguiente.
    Me gustaría decir lo contrario, pero no fui yo quien supo lo que debía hacerse. Aún recorría el navío en la tarde de nuestro segundo día sin llegar a cansarme las bodegas atiborradas de comida y toneles de agua y vino, incienso y paños de múltiples calidades, cuanto comenzó. Al volver a la negra cubierta noté que mientras se acercaba el crepúsculo, varios caravaneros miraban las oscuras velas de basalto. También las miré, porque algo me llamaba a hacerlo, algo que estaba allí y que no podía identificar, algo que sabía que debía hacer. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin mediar palabra, en el momento del crepúsculo comenzamos a soplar con todas nuestras fuerzas.
    Soplamos una y otra vez hasta que la vela de basalto comenzó a hincharse y, con un quejido de dolor mezclado con un poco de satisfacción, el navío se desprendió del cieno. Continuamos soplando y soplando hasta que el movimiento fue evidente y sabíamos que avanzábamos en la dirección correcta. Uno de nosotros tomó el timón y fijó el rumbo, el resto comenzamos a cantar.
    Uno a uno dejamos de soplar y ocupamos nuestros lugares en el navío cantando. Unos en las bodegas asegurando las cargas, algunos en la cocina para encender el fuego y preparar los alimentos, otros revisando los cabos para que nada estuviera fuera de lugar en la cubierta. A mí me tocaba barrer de la cubierta los restos de arena de la última tormenta. No era mucho lo que podía hacer, pero era necesario.
    Así como supimos que el navío de basalto nos pertenecía desde algún momento anterior, previo, más antiguo que nuestra vida y todo lo demás, supimos que mientras al menos uno de nosotros continuara cantando, el navío nos llevaría de regreso a donde pertenecíamos. Supimos también que si volvíamos a olvidarlo, si una vez más dejábamos de cantar, encallaríamos una vez más, en otro lugar, lejos de las rocas, entre toda esa arena, y esta vez sería para siempre.


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Inicio del Espacio Publicitario:

Este mismo relato es mi última participación en el N° 100 de la Revista Digital El Narratorio, pueden pasar a leerla cuando gusten.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 14 de abril de 2024

Sísifo(s)

Vieron llegar los camiones a través del largo camino de tierra, la polvareda llegó primero, el ruido un poco después, el olor al gasoil mal quemado de los motores viejos impregnó el aire por el resto de la tarde. Eran varios camiones, más de los habituales. El que conocía los números dijo eso, que eran muchos, es decir, más de cuatro, pero menos que bastantes. Todos estaban igualmente cargados hasta el tope con los mismos troncos de gruesos árboles que parecían recién talados y que alguien cargara en algún otro lugar, ahora ellos debían trasladar de un camión a otro para que continuaran su camino hacia el aserradero donde se convertirían en postes telegráficos, vigas, durmientes, tablas, palos de escoba, escarbadientes, aserrín o vaya uno a saber qué.
    Pasarían la tarde allí, lo sabían y no podían quejarse porque a nadie le importaba lo que ellos pudieran decir.
    El primer camión se acercó a la zona de carga y descarga, donde esperaba otro camión vacío en el que debían acomodar los pesados troncos. Los seis miembros del primer equipo de operarios comenzaron a trabajar mientras el conductor del camión se acercaba a las casillas del personal de consuelo, esas a las que los operarios no tenían permitido ingresar. Un dejo de envidia, mezclado con odio y desprecio, los recorrió sin que pudieran hacer nada al ver en cuál de las casillas ingresaba.
    Poco más tarde el camión antes vacío ya estaba cargado y preparado para continuar el viaje. El conductor regresó, se subió a él y lo puso en marcha. Una pesada nube de combustible mal quemado envolvió a los operarios. Luego de dejar calentar el motor un par de minutos, se alejó por el mismo camino por el que llegara.
    Le tocó el turno al segundo de los camiones, que se acercó al espacio que quedara vacío, el conductor apagó el motor, descendió y se acercó a una de las casillas. Antes de cerrar la puerta hizo salir a dos niños pequeños a los empujones, un varón de menos de diez años y una niña, que el varón sostenía en brazos, que apenas llegaría al año y no dejaba de llorar. Pero ni todo el llanto de la niña fue suficiente para ocultar el sonido de los golpes en el interior.
    El equipo de operarios descargó los troncos de ese camión y volvió a acomodarlos en el camión vacío. El tercer y el cuarto camión les tocaba a otro grupo de operarios, luego vendría el último grupo a ocuparse de los siguientes dos antes de que el primero tuviera que volver al trabajo. La tarde se iría y llegaría la noche antes de que terminaran.
    ―Encontré tu guante ―dijo uno de los operarios a otro―. Toma.
    ―¿Dónde estaba?
    ―Debajo de aquel tronco. Apareció cuando comenzamos a moverlo.
    ―Lo recuerdo, sí ―dijo el dueño del guante colocándoselo con los ojos entrecerrados―. Se enganchó con algo y sentí como abandonaba mi mano.
    ―Pero ahora ha regresado.
    ―Así es, ha regresado. Gracias por encontrarlo.
    ―Ojala no vuelva a perderse.
    Así lo espero, pensó el dueño del guante.
    Pero aquella no era la primera vez, y probablemente tampoco sería la última, en que alguno de los operarios perdiera o se le cayera algo durante el trabajo y algún otro lo encontraría entre los troncos del siguiente envío.