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viernes, 16 de enero de 2009

El jardín de las estatuas lloronas

Cuando quieres paz, silencio, quietud; cuando quieres alejarte de todo eso que pesa insoportablemente sobre tus hombros, sobre tu cuello; cuando quieres un minuto de soledad para pensar, ¿qué es lo que haces?
    Caminas por el parque, o te sientas en alguno de los bancos que se esconden en medio de las estatuas y los árboles. El lugar perfecto para pensar, para hundirse dejándose llevar por las olas de la razón, para descubrir universos con el pensamiento. Es algo tan sencillo y tan bello a la vez, que puedes hacer en cualquier parque.
    En cualquiera excepto uno.
    El jardín de las estatuas lloronas no es para nada silencioso; nunca lo ha sido. Ni siquiera las aves se detiene en él para reposar sus cansadas alas; los árboles no dan frutos ni aromas; el pobre césped siempre luce mustio.
    Lo único que allí existe son las quejas, continuas e insoportables, de las estatuas lloronas que no dejan de lamentarse en ningún momento, por ninguna razón, ni siquiera por error. Siempre encuentran algo por lo que entristecerse y la tristeza, como es sabido, atrae lágrimas solitarias, las lágrimas solitarias traen el llanto, y el llanto trae las quejas, los gemidos, los suspiros. Luego llegan los gritos de desesperación y congoja.
    Lo último que supe de tan desasosegado lugar, al que solía visitar en otros tiempos, fue que las estatuas se quejaban de que nadie las visitaba. Esto tal vez se deba a que sus gritos, sus constantes lloros y lamentos espantaban, incluso, a los sordos de la ciudad que aún solían pasear por aquel desangelado jardín.

jueves, 9 de octubre de 2008

Final último modelo

La situación era innegable, se había hecho todo lo posible por rescatar el experimento inyectando en él una lista interminable de posibles soluciones. Cada una de ellas fracasó rotundamente.
    Se realizaron interconsultas con especialistas de otras secciones, con verdaderas eminencias del saber, y se obtuvieron pronósticos negativos; nadie sabía qué hacer ni si algo en efecto debía hacerse.
    No existía una última opción, un as escondido bajo ninguna manga, una magia revolucionadora aún no utilizada, ciencia nueva que aplicar, nada. Lo único que cabía hacer era esperar, firmar las actas correspondientes y ver, desde los observatorios desperdigados por todos los rincones, como, aquello que sus ocupantes denominan universo, se destruía a sí mismo.

lunes, 6 de octubre de 2008

La sátira del retorno eterno

Está hecho. El sueño del despotricador alemán acaba de realizarse. Los ídolos de los siglos anteriores yacen destrozados en el marmóreo suelo. El hombre por fin se libera de las pesadas ligaduras impuestas por un pasado tan perentorio como factible de ser olvidado.
    Puede ser libre ahora; disfrutar de la vida y el cuerpo a su antojo sin la mirada amenazante y reprobatoria de aquellas divinas criaturas. Puede llenar su pecho de gloria y triunfo. Un nuevo mundo se abre ante sus ojos ahora que es capaz de…
    Ahora que puede… hacer… pensar en… Ahora que puede…
    Tal vez pueda armar una imagen nueva con los restos más grandes.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Aprendizaje

Observaba fijamente la casa, sin apartar los ojos de la construcción, sin distraerse, sin parpadear, sin hacer más que controlar el lugar. Porque sabía que, tarde o temprano, sucedería, y él estaría allí, preparado para lo que debía hacer, con el morral rebosante de útiles que podría necesitar del otro lado y las piernas listas para llevarlo a la carrera.
    Las horas pasaban y él continuaba mirando la pared de la casa, esperando, aguardando a que alguien del otro lado se distrajera.
    Comenzaban a dolerle los ojos, pero no se daría por vencido porque, eventualmente, sucedería; como efectivamente acabó haciéndolo.
    La pared de la casa comenzó a moverse, en ondas, como si fuera de agua, fluctuando de lugar en lugar.
    Cuando lo vio, dándose cuenta que tenía razón y no eran imaginaciones suyas, corrió, con la mayor celeridad que le fue posible, hacia la pared, confiado de su saber.
    Tan veloz fue su carrera que por el golpe se del dio contra la pared quedó inconsciente tirado en la calle, sin que nadie lo viera cometer semejante estupidez. Pero sabiendo, ahora con extrema seguridad, que, para atravesar las paredes, se habían inventado las puertas y las ventanas.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Otro modo de percibir

Extraño resulta lo que tengo para contar. Soy pintor, sí, pero de casas, no de obras de arte; para esas cosas siempre hay gente de sobra. En cambio, para lo que me dedico nunca abundan los interesados; pero esto nada tiene que ver con lo que quería contar. Han de saber que cuando las paredes en el exterior son demasiado altas, utilizo una serie de andamios para ayudarme a alcanzar esas alturas inesperadas de casas pensadas para aparentar más que para ser habitadas. Unos días atrás, mientras daba una mano extra de rejuvenecedor a la pared sobre la que me encontraba trabajando, noté que, al subir más allá del octavo escalón del tercer tramo de escaleras, todo a mi alrededor cambiaba, se transformaba, los matices de los colores eran otros, hasta la textura del cielo era diferente ―no creo poder explicarme bien―. Esto solamente sucedía luego del octavo escalón del tercer tramo de escaleras mencionado, allí, solo allí y en ningún otro lugar. Como si hundiera mi cabeza en otro universo, uno en el que la percepción de las cosas difiere de la nuestra.
    En verdad me gustó lo que descubrí, diría que demasiado. Aquello atrajo mis sentidos de forma inusitada. Por esa razón, inmediatamente acabar el trabajo, desarmé el andamio, cuidando de anotar y marcar la posición de cada una de las partes para volver a montarlo en mi patio. Algo que ya he cumplido.
    Dejo constancia de ello porque planeo sumergirme por completo en aquel lugar, no regresaré hasta que no lo haya experimentado todo. La curiosidad supera mis límites despertando intereses que ni siquiera sabía que pudieran existir en mí y no quiero esperar más.
    Si he de regresar contaré, como es debido, mis experiencias. Si no regreso, bueno.
    Adiós.

sábado, 16 de agosto de 2008

Búsqueda

Arrojó la pala a un lado del montículo de tierra y tomó la maza de cuarenta kilos que esperaba junto al resto del equipo.
    Golpeó una, dos, tres, cuatro veces contra la losa descubierta media hora antes, esperando partirla, romperla, quitar por fin del medio el último cerrojo de la entrada al Tehom. El abismo primigenio del que las aguas más oscuras, las sombras más tenebrosas, los pensamientos más brutales, habían surgido al comienzo de la existencia.
    Treinta años de búsquedas infructuosas lo habían llevado hasta allí, a ese lugar, a ese momento decisivo de su existencia. La gloria y la fortuna lo cubrirían con su manto una vez que quitara esa molesta roca del medio. Golpeó otra vez, y luego otra, y otra.
    Con sus laceradas manos quitó los restos de la pizarra hecha añicos. Con el corazón a punto de estallarle, la voluntad flaqueándole por momentos y el espíritu junto a los pies, debió aceptar, cuando resto alguno de piedra quedaba, que todo lo que había encontrado no era más que tierra. La misma tierra de siempre, la que se esconde bajo toda roca secreta, debajo de cada ataúd, detrás de cada esperanza.
    En medio de un cansancio atroz comprendió que no podía más que volver a comenzar con su búsqueda.

martes, 12 de agosto de 2008

La caja

La descubrió caminando por el pueblo. Alguien la había arrojado junto a un poste del telégrafo y ahora yacía allí, desamparada y sucia, como la vieja caja de cartón que era.
    Caminó más despacio mientras se acercaba para poder estudiarla y entender el porqué de aquella actitud. A pesar de que la caja estaba un poco rota, con las esquinas abolladas, con una mancha que bien podía ser de vino u orín de gato, y carecía de tapa, todavía servía.
    En su interior, luego de una buena limpieza, por supuesto, era posible guardar muchas cosas. Si decidía llevarse la destinaría, por ejemplo, a contener sus enseres o, para evitar que se continuara rompiendo, los aparejos de la carreta. También entrarían allí los libros indescifrables que dejara su abuelo en el taller.
    En fin, muchas cosas podría hacer con ella. Pero, ¿por qué razón la caja se encontraba en la calle? Era para deshacerse de ella, o ventilaban su interior.
    Tenía el aspecto de algo abandonado, y es tan difícil encontrar una caja de tal calidad en estos días.
    Continuó caminando alejándose poco a poco del poste, de la caja; pero no de sus pensamientos, nunca podía alejarse de ellos.
    No se sentía capaz de tomar algo que no le pertenecía, aunque estuviera en la calle y sin dueño. ¿Cómo decidir una situación de tanta importancia de forma rápida, certera y sin remordimientos? ¿Cómo?
    Dio la espalda a la caja, intentó alejarse del lugar, doblar en la siguiente calle, desalojar aquel trozo de cartón de su cabeza.
    ¡Maldición si pudo hacerlo!
    Tan rápido como dobló en la esquina volvió sobre sus pasos corriendo con desesperación hasta el poste, tomó entre sus manos el objeto de sus devaneos y huyó del lugar sin mirar a nadie; sin notar que a nadie le importaba una simple caja de cartón abandonada en la calle.

jueves, 26 de junio de 2008

Han llegado. Versión 2.0

Como era de esperarse, la casi inexistencia de una atmósfera no causó problemas. Los indicadores señalaban que aquella era la única zona donde el resplandor de la estrella cercana permitiría la vida. Allí y ninguna otra de las esferas cercanas.
    Tampoco hubo problema en reconocer los componentes de cuanto rodeaba en el sitio donde el vehículo autónomo de investigación lo había llevado. Debajo de él contemplaba lo que sería, sin lugar a dudas, la forma dominante de aquel mundo. Seres verde-amarillos que se mecían suavemente con la brisa habitual en ese tipo de lugares primitivos.
    Por lo que era posible discernir desde la distancia, existían restos de antiguas civilizaciones monumentales; seguramente desaparecidas recientemente, pues sus construcciones seguían, en parte, en pié. Aunque resultaban ser estructuras sumamente extrañas y chatas, sin volumen y obsoletas en apariencia, los especialistas encargados de ese tipo de investigación se verían encantados por la información recabada que aportaría a su regreso.
    Comenzaba los estudios de masa y densidad cuando una fuerza extraña lanzó al vehículo hacia las alturas.
    Cuando le fue posible contemplar lo que sucedía, se encontró sacudido por un enorme ser, con una forma física inigualable en todo el universo recorrido, pero de escasa inteligencia, pues sin dudas lo confundía con otra cosa, algo que quizá le resultaba familiar sosteniéndolo en alto a partir de unas gruesas y carnosas protuberancias. Sin tener en cuenta el peligro que podría significar su proximidad, lo contemplara con sus órganos receptores de luz en los que los instrumentos del vehículo no detectaban huella alguna de inteligencia.
    Las sacudidas continuaban, por lo que debía marcharse antes de que cualquier parte de su equipo se viera afectado. Eso le llevó a realizar aquello que todo explorador desea jamás verse obligado a hacer. Cargó al máximo las armas externas y las detonó contra las protuberancias que lo aprisionaban.
    Al instante de sentir el impacto, demasiado lento a decir vedad aunque sin lugar a dudas esa era la mayor velocidad a la que podría transmitirse un pensamiento en semejante masa corporal, la criatura lo liberó. Ante la cercanía del peligro real y evidente, y sin que el piloto interviniera, el vehículo autónomo de investigación y exploración regresó al espacio.

domingo, 22 de junio de 2008

Han Llegado

¿Veía una nave extraterrestre? ¿Era posible? ¿Y en su propio patio?
    Dejó la cerveza sobre la mesa del jardín y se levantó despacio, ya se sentía un poco mareado y ni siquiera era la noche. ¿Tanto había tomado? Avanzó unos pasos tambaleándose hacia el objeto que flotaba, silencioso, sobre el césped.
    El objeto, un cubo, un cuadrado, algo parecido a un adoquín, estaba allí, quieto, sin hacer más que brillar en una tonalidad verde-azulada que le dañaba los ojos y lo delataba como algo totalmente ajeno al lugar. Aun con la cabeza medio embotada por las burbujas y el alcohol sabía que aquello podría valer mucho, demasiado. Una tentación suficiente para acercarse y tomar al objeto entre tus manos.
    Lo levantó hasta la altura de sus ojos y lo miró con cuidado. Por fuera no parecía más que una roca. Tersa y suave sin mostrar diferencia alguna por ninguno de sus lados. Tampoco se adivinaban puertas ni ventanas.
    Lo giró una vez más para verlo con detenimiento cuando vio, aunque más bien sintió, un pequeño haz de tenue luz que le quemaba la palma de las manos.
    Con una expresión de sorpresa arrojó al objeto lejos de sí y lo observó elevarse hacia el cielo hasta desaparecer entre las nubes. Lo había perdido, supo que su única oportunidad de conseguir algo más que una…
    ¿Cerveza? Cierto, ¿no había dejado una a medio terminar en algún lado? ¿En la mesa para poder orinar más cómodo entre las plantas?

jueves, 29 de mayo de 2008

El error no fue mío


Sabía que no tendríamos que haber abandonado aquel quinquerreme en esa isla perdida. Debimos haberlo incendiado, como siempre hacíamos. Fácil resulta ahora imaginar que los perros romanos lo encontrarían y copiarían, sólo de ese modo lograrían realizar una obra de ingeniería siquiera similar a la nuestra.
    Seremos eternos aliados, prometieron para arrastrarnos a la guerra contra los hélenos. Nunca olvidaremos su ayuda, repitieron en su apestoso Senado más de una vez; lo sé, yo estaba allí. Y en cuando lograron salir de la sucia ciénaga donde vivían comenzaron a conquistarlo todo. Debimos haber previsto que no se contentarían con derrotar a sus vecinos más cercanos.
    ¿Cómo es posible que estos toscos hombres, poco imaginativos, carentes de toda grandeza y que sólo sirven para luchar se atrevan siquiera a atacarnos?
    Y todo por un barco abandonado.
    Los veo avanzar veloces hacia nuestras costas, orgullosos con sus estandartes flameando al viento, creyéndose capaces de superar a nuestra numerosa flota, a nuestros marinos nacidos en el agua, de llegar hasta nuestras fortificaciones. Ellos, que recién ayer han aprendido a flotar fuera del pantano en el que nacieron.
    Nuestros gloriosos barcos abandonan el puerto para encontrarse con los ladrones de inventos, prestos a defender lo que nos pertenece y demostrar que, aún con las fuerzas diezmadas por los años de constantes enfrentamientos, no nos derrotarán. A pesar del fuego griego que lanzan contra nosotros, seremos quienes al final triunfarán. Pero, ¿qué son esos gritos?
    ¿Acaso aún veo más barcos romanos, allí, en el horizonte, sobre el mar? ¿Será posible que sean tantos? ¡Es inaudito! ¿Han talado hasta el último árbol de su infecta tierra?
    ¡Te maldigo romano por imponernos esta guerra! ¡Te maldigo capitán, por abandonar aquel barco cuando lo mejor era destruirlo! ¡Me maldigo por no haber impuesto mi voluntad como Embajador en ese momento!
    Las lágrimas nublan mi visión, el odio mi razonamiento. Sé que el error no fue mío, pero con mucho pesar, sólo llamas puedo discernir en el futuro de la gloriosa, inigualable y nunca superada Cartago.

jueves, 22 de mayo de 2008

Recién llegado

Entró en la ciudad cubierto de harapos, disimulando su cuerpo, el color de su cabello y sus ojos, tal como se lo recomendaran al partir y en cada pueblo que atravesara durante su camino.
    Acompañado únicamente de un guía a quien no conocía, que apenas sabía su idioma y hablaba vagamente el griego, atravesó tantos caminos que le sería imposible recordarlos. La lealtad del guía resultó más barata de lo pensado. Por un poco de oro y algunas gemas de colores, el hombre accedió a conducirlo por las callejuelas y edificios de Constantinopla haciéndole pasar por uno de los tantos e importantes mercaderes que traía tributos para el Emperador. Todo estaba planeado, pensado y convenido hasta el último detalle; no se hubiera arriesgado de otra manera.
    Cuando abandonó la fría Jutlandia rumbo a la esplendorosa corte de la que sólo se conocían rumores traídos por los mercaderes, tenía una vaga idea de lo que podría encontrar. Si bien la sorpresa lo embargaba casi que a cada paso esta duraba poco al ver las mismas maravillas repetirse una y otra vez. Sin embargo, caminó por la ciudad de Constantino por sus caminos de piedras, levantando la vista buscando el final de los altos edificios de piedra que en su magnificencia imponían respeto. Escuchó lenguas y dialectos de los hombres con lo que se cruzaban sin entender nada de lo que se decía. Contempló la exótica belleza de mujeres de ojos y cabellos oscuros. Resultaba todo tan diferente a lo que conocía de su tierra natal.
    Ya no vestía sus habituales harapos y pieles de bestias acostumbradas al frío, había cambiado esos atuendos por las ropas adecuadas al llegar a las puertas del palacio del Emperador. Allí no debió esperar demasiado, ya que el lenguaraz que lo guiaba hacía demasiado bien su papel y era pródigo con el dinero que le diera precisamente para ello; ninguna puerta permanecía cerrada para ellos. Vio como su guía hablaba con varias personas en diferentes dialectos, cada una de ellas con ropas más lujosas y enjoyadas que el anterior; aquello le indicaba que se acercaba poco a poco a la sala de audiencias del Emperador, tal y como esperaba que fuera.
    Cuando le llegó el turno de hablar, el guía hizo la presentación antes practicada y, ante una señal imperceptible para todos los demás, se puso de pie dejando caer los lujosos mantos que lo cubrían descubriendo su torso, la fiera espada colgando junto a su pierna, y la recia mirada dirigida hacia el trono.
    La joven emperatriz Zoé volvió la mirada hacia los recién llegados al oír las ropas caer, contempló el cuerpo vigoroso, atlético, fibroso, musculoso del hombre que miraba de igual a igual al viejo Miguel Calaphates que, con su edad y sus olvidos, apenas se percataba de lo que sucedía. Comparación alguna fue necesaria.
    ¿Es esto a lo único que puede aspirar una emperatriz? Dicen que pensó al mirar una vez más a su esposo, para preguntarse luego, mirando al desconocido: ¿O puede tener cuanto desee? Algo extraño crecía en su interior, un sentir que le recordaba su pasado no muy lejano, sentir que le recordaba que aún era una joven mujer.
    Harald Haardrade, futuro rey de Noruega, acababa de llegar a Constantinopla, buscaba aventuras, fama y la fuerza para regresar victorioso a sus tierras. Sin dudas, algún día, el mundo conocería su nombre, así se lo prometía su espada; sin dudas, él conocería mucho más que la ciudad del Emperador, así se lo prometían los ojos de Zoé.

sábado, 17 de mayo de 2008

Muestra gratis

Caminaba con desgano.
    El pasillo estaba bien iluminado y aparentaba limpieza, pero, mirándolo bien, no era otra cosa que uno de los tantos túneles del subterráneo. Además, aquel no había sido un gran día, la sensación de pérdida que me apesadumbraba sólo podría ser reemplazada por el periódico que regalaban en la estación a la que estaba llegando. Nadie puede negarse a un regalo, mucho menos cuando este sirve para enterarse de las miserias que aquejan a alguien que no es uno mismo.
    Miré mi reloj, marcaba las cinco y cuarto de la tarde. No había dudas, ya tenían que estar repartiéndolo. Lo hacían en el mismo horario todos los días; aunque, es cierto, algunas veces no traían la cantidad suficiente y, también, había visto más de una vez que había quienes tomaban dos ejemplares. ¿Para qué necesita dos ejemplares de un mismo periódico una misma persona? ¿Leerá uno durante el viaje de ida y otro en el de regreso? No tenía sentido.
    Como lo había sospechado en la mañana, no era mí día. Al llegar a la estación en la que desembocaba el túnel descubrí que: o se habían atrasado, y todavía no habían llegado, o ya se habían ido. Nadie me esperaba allí donde el túnel dejaba de ser túnel y comenzaba a ser andén; nadie me obsequió con un trozo de papel mal impreso con tinta de poca calidad que tenía el poder de hacerme sentir menos mal conmigo mismo durante los breves instantes que demorara en su lectura.
    Seguí caminando arrastrando los pies, con los hombros caídos, la espalda un poco más encorvada que de costumbre, destilando pesadumbre a quienquiera que estuviera mirándome. El día se tornaba cada vez más oscuro, más tétrico y deprimente. Ignoraba si las cosas cambiarían en algún momento, sin embargo, cuando menos me lo esperaba, una blanca y delicada mano apareció frente mis ojos sosteniendo, con el extremo de los dedos, como quien no quiere ser ni siquiera rozado por el contacto con otro ser humano, un llamativo paquete, pequeño, moteado de verde y amarillo de una todavía más diminuta barrita de cereal.
    Levanté la vista con miedo a que aquella visión se desvaneciera en la nada entre el humo y la estridencia habitual del lugar.
    Igual de pálido que la mano, el rostro de la ninfa de los subtes me sonreía con timidez. Los ojos marrones, que hacían juego con el castaño cabello, me miraban nublados por largas pestañas. Reconoció la interrogación en mi rostro desencajado ante semejante inesperada aparición suya, sin dudas.
    —Muestra gratis —susurró, aunque podría haberme dado cuenta si tan solo habría prestado atención a los carteles que la rodeaban y a los envoltorios desperdigados por el suelo.
    No recuerdo si llegué a darle las gracias cuando tomé el preciado y pequeño obsequio entre mis manos, acunándolo como si del tesoro más valioso del universo se tratara. Inmediatamente después extendió un paquete de idénticas características a quien caminaba detrás de mí, pero eso ya no tenía ninguna importancia.
    Me alejé unos pasos para subir al tren que acababa de ingresar a la estación repitiendo aquellas dulces palabras que, por el breve intervalo hasta la siguiente estación, alegraron un de por sí gris y condenado al olvido día: muestra gratis.

sábado, 10 de mayo de 2008

Graffiti

Dios no se preocupa más que de lo suyo, no se preocupa más que de sí mismo, no piensa en nadie más que en sí mismo y no se fija más que en sí mismo; ¡pobre del que contradiga sus mandatos! No sirve a nada superior y no trata más que de satisfacerse. La causa que defiende es únicamente suya. Dios es un ególatra
    Con sumo cuidado, para no mancharlo con la pintura del aerosol, como ya hiciera con sus dedos, guardó el libro en el morral. Miró una vez más la máxima de Stirner y se preguntó si no sería demasiado larga y difícil de entender. Incluso le había tomado más tiempo del que había supuesto pintarla en la pared de la iglesia.
    Aun así, se sentía satisfecho. Había cumplido su mayor fantasía. Dejó el aerosol casi vacío junto a la pared y se giró para escabullirse por la misma reja rota por la que entrara. Al girarse se encontró que el sacerdote de la iglesia y sus tres monaguillos lo miraban a los pocos pasos, blandían pesadas cruces cual espadas y dos de ellos hacían girar los incensarios sobre sus cabezas a gran velocidad.
    Por lo menos guardé el libro, pensó antes de recibir el primer golpe.

jueves, 8 de mayo de 2008

Lunes en la cafetería

Poca era la gente en la cafetería esa mañana, poca para ser un lunes o quizá precisamente por ello. Nadie prestó atención al último cliente en entrar; tampoco llamó la atención por permanecer de píe frente a la puerta, bloqueándola. La media docena de clientes continuó desayunando mientras la camarera trapeaba el suelo.
    —¡Soy DIOS! —gritó el hombre junto a la puerta, levantando los brazos para que la capa que llevaba flameara a sus pies—. ¡Soy DIOS! —repitió.
    Nadie pareció escucharle, siguieron tomando su café, continuaron leyendo su periódico, mordisqueando sus desayunos.
    —Levanten los ojos, contemplen la gloria… —volvió a gritar desde la muerta.
    Moviendo apenas la cabeza, desde la barra, un hombre lo miró de soslayo.
    —¡Incrédulos! —continuó el autodenominado dios—. Os digo que soy Dios, que he venido a la Tierra, a éste preciso lugar, para que ustedes me contemplen en mi completa gloria. ¿Y pretenden ignorarme?
    La camarera dejó el trapeador contra una de las mesas y se llevó el balde con agua detrás de la barra.
    —Veo que están faltos de fe, que necesitan una muestra de mi poder. Muy bien, la verán —dijo al tiempo que dejaba sobre la mesa más cercana un pan que parecía estar partido por la mitad—. Multiplicaré éste trozo de pan—. Entrecerró los ojos, alzó los brazos nuevamente—. Es mi deseo omnipotente que donde antes había uno haya, ahora, dos —dijo en tono solemne y teatral, como quien ha estudiado sus parlamentos tanto que comienza a creer en ellos.
    Aprovechando que nadie le miraba, con un rápido movimiento de manos dejó otro trozo de pan junto al anterior. El nuevo trozo de pan también lucía partido por la mitad y encajaba casi a la perfección con el anterior.
    Habiendo cambiado el agua del balde, la camarera regresó del fondo del local para continuar con su labor. Al pasar junto al aparato, encendió la televisión que colgaba sobre la barra. Un noticiero llenó el lugar de sonido.
    —¡Ahí lo tienen! ¿Qué otro milagro necesitan para venerarme? ¿Eso es? Pues sabrán que soy más poderoso que ese maldito aparato ¿Qué necesitan para creer en mí…?
    Aun limpiando el suelo, la camarera se acercó a la puerta bloqueada.
    —¿Qué más necesitan? ¿Una conversión? ¿Una resurrección? Claro, siempre es una resurrección lo que los hace cambiar de opinión.
    Sacó un arma de otro de sus bolsillos y apuntó a la camarera, que le daba la espalda.
    —Ella será la prueba de mi poder —dijo y disparó.
    La mujer cayó sobre el suelo mojado. Ahora sí tenía la atención de todos los presentes.
    —Es el momento, pequeña. Regresa, regresa a mí —dijo el hombre-dios acercándose a la mujer que se desangraba en el suelo—, tus heridas ya no están, tu cuerpo no ha sufrido daño alguno.
    La mujer, luego de debatirse en sus últimos estertores, no se levantó.
    —Pequeña —la llamó—. ¿Pequeña?
    Los atónitos espectadores del drama reaccionaban poco a poco, llamaban a la policía en susurros, pedían por una ambulancia con deseos. Ninguno se movía de su lugar.
    —Su alma se ha ido muy rápido —dijo el hombre-dios—, por ello no despierta. No se preocupen, nuevos devotos míos; tan sólo debo ir a por ella y traerla de regreso por el camino adecuado. No me tomará más que unos segundos.
    Apuntó con el arma a su cabeza y disparó.

sábado, 26 de abril de 2008

¿Qué hay dentro del Lavarropas?

Comenzó de este modo: El nene corrió desde la cocina al lavadero con las servilletas sucias que su madre le había pedido llevar al lavarropas, uno de esos automáticos con puerta frontal que estaban de moda después de la crisis. El nene abrió la puerta, tiró las servilletas dentro, cerró la puerta y dio media vuelta para salir corriendo una vez. Un ruido inesperado lo hizo mirar hacia atrás.
    Las puertas del lavarropas habían vuelto a abrirse y las servilletas estaban en el suelo. Al verlas allí, el nene las juntó y las metió otra vez, pero le fueron devueltas una vez más. Lo mismo se repitió varias veces, hasta que el nene se cansó y llamó a su madre.
    —¡Mamá, el lavarropas no quiere servilletas! ¿Le podemos dar otra cosa?
    —¿Qué decís, nene?
    —Que el lavarropas no quiere servilletas sucias.
    La madre dejó lo que estaba haciendo, cortándose las uñas mientras miraba la televisión sin sonido, se levantó con todo el tiempo del mundo y fue a ver qué quería el nene. Lo encontró acuclillado delante de la puerta abierta del lavarropas.
    —¿Qué pasa?
    —Mirá.
    El nene tiró una vez más las servilletas al interior del aparato e, inmediatamente, estas volvieron al suelo.
    —¿Cómo hiciste eso?
    —Yo no lo hice —dijo el nene.
    —A ver, dejáme a mí.
    Empujó con la mano el nene que cayó sentado el suelo. Tomó las servilletas y las arrojó hacia el interior del aparato con fuerza sin que fueran devueltas.
    —Ves, ya está —dijo dándose media vuelta.
    —Mamá —la llamó el nene.
    La madre se volvió, las servilletas estaban en el suelo.
    —¿Por qué las sacaste?
    —Yo no las saqué.
    —Nene, no empieces a molestar, mirá que todavía es temprano.
    —Pero yo no las saqué, salieron solas. Para mi debe haber algo ahí adentro.
    —No digas pavadas, qué pudo haberse metido en un lugar tan chico y oscuro.
    —El nene tiene razón —dijo una voz desde la puerta del baño.
    Allí, parado estaba la copia exacta de los detectives de historieta de los años veinte del siglo llamado con la misma cifra. Gabardina larga hasta los tobillos, negra como sus brillosos zapatos, cerrada hasta el último botón a pesar del calor, con un sombrero del mismo color que le quedaba tan grande que le caía sobre las cejas. No fumaba, pero era como si el humo de viejos cigarros nublara su rostro.
    —¿Quién es usted? —preguntó la madre—. ¿Cómo entró a mi casa?
    —Permítame presentarme —extendió una tarjeta—, soy el Detective de lo Extravagante.
    La tarjeta confirmaba lo dicho.
    —Supongo que De Lo es su nombre.
    —Supone bien.
    —Por casualidad, ¿usted es uruguayo?
    —Panameño, pero nací en Punta del Este.
    —Ah —dijo la madre.
    —Eso explica mi nombre —dijo el detective.
    —Sí, claro. Y ya que está acá, ¿puede decirnos qué ocurre?
    —Puedo, pero tengo que ver el fenómeno una vez más.
    Como si hubiera esperado esas palabras el nene tomó las servilletas, que seguían en el suelo, y las arrojó al lavarropas. Medio pensamiento más tarde, estas estaban otra vez en el suelo.
    —Ya veo —dijo De Lo—, hagamos otra prueba.
    Sacó de su gabardina un pañuelo de tela, que arrojó al mismo lugar al que iban las servilletas en todos sus viajes. El pañuelo le fue igualmente devuelto. Después sacó un paquete de pañuelos de papel y también los arrojó; le fue devuelto el plástico del envoltorio sin su contenido.
    —Ya veo —dijo llevándose la mano al mentón, un metro más abajo el nene imitaba sus gestos.
    —¿Sabe lo que pasa? —preguntó la madre.
    —Sí.
    Silencio.
    —¿Qué pasa? —volvió a preguntar la madre.
    —Tiene un duende en el lavarropas —dijo De Lo.
    La madre ni pareció sorprenderse. El nene festejó la ocurrencia con una sonrisa y varias palmadas en el aire que los adultos no acompañaron porque no lo miraban.
    —¿Cómo hago para que se vaya? Lo lleno de agua y lo prendo.
    —No, que los duendes no saben nadar, pobrecito.
    —¿Y cuál es el problema? —preguntó la madre una vez más.
    —Matar un duende dentro de la casa trae mala suerte, distinto es si lo atropella en la autopista, o si lo prende fuego con la estufa eléctrica por error. Pero nunca adentro y adrede, o jamás vuelve a tener buena suerte para nada de nada de lo que emprende.
    —¿Cambio el lavarropas, compro otro? Aunque éste me gusta mucho —dijo la madre acariciando la superficie del aparato.
    —De nada serviría, el lugar que eligió para vivir el duende es, en realidad, el lavadero, no específicamente el aparato. Suponiendo que lo cambiara el duende encontraría la forma de volver y ocupar el nuevo lavadero.
    —¿Cómo?
    —En una caja de jabón, o envuelto para regalo. ¡Quién sabe! Son tan ingeniosos.
    —¿Qué puedo hacer?
    —Nada.
    —¿Cómo que nada?
    —Tiene que esperar a que al duende deje de gustarle el lugar y decida irse por sí mismo. Entonces el lavadero y todo lo que hay en su interior volverá a ser de ustedes. Estando todo resuelto, ya no hace falta mi presencia aquí. ¡Adiós!
    Desde entonces el nene y la madre intentan acostumbrarse a vivir sabiendo que dentro del lavarropas duerme un duende; aunque claro que las cosas se pondrían difíciles si descubrieran al pingüino del freezer, o al pichón de dragón en el horno.

miércoles, 16 de abril de 2008

Despertar de una noche agitada

Me encontré otra vez frente a ellas. Estaban todas juntas, mis ex-novias (sí, las seis), sentadas en bancos de escuelas, individuales, formando larga una fila. Aunque tampoco era tan larga que digamos. En fin, allí estaban A., G., M., L., P., y D. (resguardo sus nombres por obvias razones).
    Las observaba desde lo alto de un púlpito de madera y, como un pastor aleccionando a sus fieles, las señalaba con un acusador dedo:
    —¡G.! Aprendí que la tuya no era la única forma de hacer las cosas —grité recordando todos los cambios a los que me había visto obligado a realizar en mi vida.
    —¡M.! —grité lleno de alegría—. Ya no me atormentan los recuerdos de TÙ niñez.
    —¡L.! Hice con otra todo cuanto aborrecías —le grité sonriendo en su rostro.
    —¡A.! Por fin encontré el punto en que de tanto reír el estómago te duele. Y no estabas allí para verlo.
    —¡D.! Me desintoxiqué de los males que acumulabas sobre mi espalda —grité levantando mis brazos y moviéndolos como alas—. Soy libre.
    —¡P.! Ahora puedo tener las cosas que siempre quise y que odiabas porque decías que me alejaban de ti.
    —¡Las superé a todas, chicas! —grité con tanta fuerza que sentía el dolor crecer en mi garganta—. ¡A todas!
    Estaba extasiado, eufórico. Por fin les decía lo que durante años me había guardado, por fin decía las palabras que en su momento no acudieron a mi boca. No había forma de que aquel sentimiento de realización desapareciera, era mi momento, mi triunfo, mi satisfacción. Era mi todo.
    Pero una de ellas, no recuerdo cuál, porque en definitiva en el recuerdo eran todas iguales, levantó la mano pidiendo permiso para hablar. Le dejé hacerlo porque qué podía decirme que interrumpiera mi delicioso sentir. Pero, como tantas veces antes, estaba equivocado.
    Con la voz de una mujer que descubrió algo que la beneficia dijo:
    —Si nos superaste, como acabas de gritar, ¿por qué aún sueñas con nosotras?
    Ante el peso de tan triste e innegable verdad que aquellas palabras evidenciaron, el sueño se vino abajo, se desmoronó sobre sí mismo hasta que desperté sintiéndome un poco más tonto que de costumbre. Evitando, eso sí, mencionar esta vez las lágrimas abandonadas sobre mi almohada.

sábado, 5 de abril de 2008

Biografía

La taza de café humeaba junto al cuaderno.
    ¿Un viaje iniciático? Pensó.
    Desechó la idea mientras daba el primer sorbo. Lo encontró amargo.
    ¿Suicidio? ¿Depresión crónica? ¿Apatía hacia la vida?
    Dejó de lado las tres ideas mientras agregaba una cucharada de azúcar.
    ¿Casamientos? Mejor, divorcios escandalosos.
    Probó otra vez el café y lo encontró aceptable, en cambio, su idea no prosperó.
    ¿Abusos en la infancia? ¿Abandono? ¿Soledad?
    Mientras bebía otro poco decidió que nada de aquello le gustaba.
    ¿Trabajos estrafalarios? ¿Vendedor de pirulines? ¿Deshollinador?
    No, tampoco. Además, si le preguntaban por su experiencia no sabría qué responder. El café se acababa, la hoja seguía en blanco.
    ¿Drogas? ¿Alucinógenos? ¿Ansiolíticos?
    Desconocía toda sustancia extraña que no fuera el café. Por lo que tampoco podría ahondar demasiado en esa dirección.
    ¿Un coqueteo con la homosexualidad?
    Demasiado obvio. Nadie lo creería, ni aunque fuera cierto.
    Cerró el cuaderno con furia. Definitivamente aquel no era el momento ideal para escribir sus memorias. La taza estaba vacía.
    El editor sabría entender, siempre lo hacía.

martes, 1 de abril de 2008

Rumores

Comenzó como un rumor que los labradores repetían con temor.
    Con los días se mezcló en los cantos de las lavanderas del arroyo.
    Fue parte de los juegos de los niños que lo oyeron de sus mayores.
    Todos lo sabían sin pronunciarlo, envueltos en la creencia de que la palabra daría lugar a sus miedos.
    Aunque nadie lo dijera, y se esforzaran por no pensar en ello, el sol les mostraba cada mañana la innegable realidad.
    Los animales huían, tanto los pacíficos come hojas como los solitarios depredadores, abandonaban sus cuevas, sus madrigueras, sus preciados refugios.
    Las hojas caían; sólo los raquíticos troncos de los árboles perduraban, ya sin esos frutos amargos y escasos, sin sombra y ni viento que los moviera.
    El barro reseco agrietándose en el lecho del viejo río, y las leyendas que hablaban de pasadas lluvias, oscurecía cualquier pensamiento.
    No se podía disimular lo que sucedía. Los animales se iban para ya no regresar. Las plantas preferían ser leña a sustentar más vida. La Tierra moría, ¿qué opción le quedaba a hombre?

sábado, 29 de marzo de 2008

En esta Tierra extraña

La hierba se doblaba, se quebraba y moría debajo del acero de mis botas tan rápido que apenas podía notarlo. Aquel bosque era el paraje más extraño de la desconocida tierra que los exploradores descubrieran dos generaciones atrás y que aún mantenía intactos todos sus secretos.
    El silencio causaba desolación; el frío imponía lejanía entre mi cuerpo, enfundado en la armadura ―que antes brillaba y, hoy, era poco más que una ruina bajo el óxido y la podredumbre―, y la esquiva vegetación del invierno sempiterno.
    Presentía que algo sucedería. El aire que respiraba se había enrarecido, todavía más, si es que era posible. La falta de cualquier sonido ―el trino de un ave, el ulular del viento, el canto de las hojas, el rechinar de mi armadura―, tornaba más angustiante la situación.
    Me encontraba solo, en medio de un bosque perdido en la inmensidad de una tierra desconocida, con mi espada como única defensa ante lo que pudiera aparecer de un momento a otro. No recordaba qué había sido de mi escudo, era tarde para pensar en ello.
    Un furtivo movimiento en el rabillo de mí ojo me obligó a mirar hacia uno de los lados y, luego, al cielo y contemplar, por mí mismo, el prodigio en lugar de escucharlo varios días después en el campamento de boca de otro ignorante soldado.
    La nieve negra que tanto desconcierto causaba en la Metrópoli, caía una vez más sobre mí.

lunes, 24 de marzo de 2008

Maestro

Nunca respondiste por qué te agradaba tanto aullarle a la luna ni por qué la nieve te llamaba a correr tanto sobre ella, ¿acaso no se te enfriaban las patas cuando así lo hacías? Muchas preguntas quedaron sin respuestas. Muchas preguntas nunca fueron hechas.
    La semana que compartimos fue suficiente para que supiera lo necesario. Una semana para que se hiciera o dijera con el mínimo gesto, el mínimo ademán, aquello que era inevitable. Cazar conejos blancos en la nieve era la mejor forma de liberar la adrenalina que nos acechaba en las noches de invierno. Nos entreteníamos cazando y comiendo la cruda carne de nuestras victimas, bebiendo la calidez de su sangre. Cosas que de cualquier otro modo nunca haría porque el pudor del hombre habitaba mi espíritu.
    A principio dudaba de que honraras nuestro pacto, nuestro juramento de sangre por el cual tu sabiduría sería mía. La duda quedó olvidada cuando, pronto, mi piel se oscureció y mis uñas crecieron como garras. Tus artes de nigromante dijeron que, a pesar de todo el dolor que sentía y sentiría, tomaba el camino que debía. La sal era el próximo paso.
    La sal y una última cacería antes de despedirnos hasta el día siguiente al final de la eternidad.
    ¿Cómo iba a saber que, a quien debía cazar, era a ti mismo para volverme como tú?
    Sin embargo mis manos no dudaron, mis dientes no dudaron, mi corazón no dudó. Solo mis ojos, al ver mi miedo reflejado en los tuyos, dudaron.
    A pesar de esto, y sin remordimientos, como tú esperabas que fuera, te perseguí por el bosque. Entre la nieve y los árboles, los pastos amarillentos y los animales muertos por nosotros. No miraste atrás para comprobar si te perseguía, me delataban mis pasos porque así lo quería.
    Poco más allá de aquel río sin nombre, donde los renos proliferan, mis manos aferraron tu cuello, y entre aullidos y zarpazos, entre tu sangre y la mía, el filo consagrado para tamaña tarea cumplió su labor.
    Te despellejé solo porque era necesario, no probé tu sangre ni tu carne. Nadie me obligaba a hacerlo. La dejé para nuestros hambrientos hermanos.
    Con tu piel, que conservaba el calor de la vida, y tres míseros granos de sal, me volví uno con la parte animal de tu espíritu para dar rienda suelta a nuestros deseos. Sabiendo que, con tu rostro sobre el mío nadie me notaría, y que cada uno de los anhelos que anidaban en mi deseo llegarían, más allá de cualquier pudor, a cumplirse.