domingo, 8 de marzo de 2026

Esa sensación


Esa sensación que lleva a dudar de si se trata de un recuerdo o de un sueño, vos ya sabés de cuál hablo; esos momentos en los que los sueños se vuelven tan reales que no dejamos de volver a ellos una y otra vez, hasta que se confunden con verdaderos recuerdos —si es que los sueños no son directamente recuerdos que creemos haber olvidado—, les agregamos detalles, sensaciones, olores, texturas a las cosas que solo están en nuestra cabeza; aunque también puede ser que la realidad se desdoble, se corrompan los parámetros de normalidad, lo que nos dice que esto es real y esto otro no lo es y por breves momentos eso que no era real ahora lo es, y que lo que era real ya no; me refiero a uno de esos momentos en los que ni el alcohol ni las drogas ni la cafeína ni ninguna otra sustancia externa interfiere, sino que somos solo nosotros. Porque cuando estamos solos, los mecanismos de control interno de nuestra personalidad, las reglas impuestas por la sociedad, los límites del buen gusto y lo aceptable, se relajan, tienden a desaparecer, y es entonces cuando ocurre.
    Y claro, estaba solo cuando sucedió. Al menos es lo que creo. Era una noche dedicada a mí mismo, a la introspección; tenía la idea de cenar temprano, aburrirme viendo la última película de superhéroes, escuchar algo de música, responder correos atrasados, dormir más de la cuenta. Venía dándose todo bastante bien hasta que lo esperable quedó de lado.
    Aunque cené temprano, tengo que aclarar que había comido opíparamente, todo lo contrario a lo que se recomienda en los manuales de buenos modales, pero luego de varios intentos fallidos me había salido tan bien esa receta que no podía dejar de comer. Fue sin dudas tanta comida lo que indujo el sopor que fue cayendo sobre mí, como un atardecer sobreviniendo poco a poco sobre un paisaje, llevándose las luces, dejando la oscuridad y el silencio de los animales nocturnos. Me resistía a dormir porque quería seguir con lo que tenía planeado, mas notaba que se volvía cada vez más complicado coordinar mis movimientos y que mis pensamientos resultaran medianamente coherentes.
    En esos momentos de transición, ocurrió. Parpadeé, tal vez lo hice más de lo habitual, y eso produjo que el velo se levantara. Me encontré recostado en una cama con lo que intuí que serían equipos médicos a los lados y por sobre mi cabeza, rodeado de personas que vestían largas batas no del todo blancas que se chocaban y empujaban entre sí para acercarse a mi cara cubierta con una mascarilla; cada uno de ellos portaba un elemento diferente del instrumental médico, estetoscopios, termómetros, jeringas, viales, suelos, incluso bisturíes, todos moviéndose a una velocidad imposible para un ser humano, velocidad que un ojo normal como el mío no sería capaz de captar. Uno de ellos se acercó con un trozo de gasa impregnado con un aroma tan intenso y pestilente que penetró la mascarilla haciéndome parpadear varias veces y sentir comezón.
    Sentado en la mesa de la cocina de mi casa, bostecé sin disimulo porque estaba solo. El disco que escuchaba se había terminado, el silencio se volvió pesado. Mis planes para esa noche, pensados al detalle, me resultaban ahora demasiado complejos, demasiado extensos y extenuantes. Lo mejor, lo que quería más que nada, lo que deseaba, era dejar todo como estaba y acostarme. Así lo hice, me acosté, cerré los ojos y regresé de inmediato a la habitación en la que me rodeaban esas personas en batas apenas blancas. Volvieron como un flash, como un paisaje iluminado por un relámpago nocturno, tal vez el mismo paisaje en el que antes cayera la noche, lo que me obligó a abrir los ojos.
    Imágenes similares no han dejado de aparecer cada vez que cierro mis ojos, deliberadamente o no. No he vuelto a dormir, llevo días de vigilia, lo que se vuelve cada vez más difícil, porque no me quedan fuerzas para nada. No sé si es o si fue un sueño, no sé si ellos son parte de él o si lo es esto a lo que acostumbro llamar mi vida. Mi cuerpo apenas resiste, mi mente no soporta seguir así, pronto sabré la verdad. Me aterroriza pensar que esto que siento venir no sea una muerte real sino tan solo el despertar en esa otra realidad.

domingo, 1 de marzo de 2026

Sacrificio

El día de su llegada al pueblo, comenzó la tormenta.
    Llegó fuera de temporada, como un turista inesperado invadiendo la playa con ráfagas de viento cada vez más fuertes que provocaba un oleaje inmenso que amenazaba acabar con la playa y sus médanos, lluvias persistentes de día y torrenciales por la noche que amenazaban inundar el pueblo. Nadie entendía el porqué de semejante tormenta; nadie entendía el porqué de su presencia; nadie hacía nada, solo esperábamos.
    Ninguno de nosotros, los del pueblo, lo conocíamos, no era uno de los nuestros ni uno de los hijos de quienes antaño emigraran; así y todo, sería una mentira decir que no sabíamos que se internaría en la arena saturada después de semanas de borrasca. Esa noche la tormenta fue aún peor, tanto que temimos que el viento arrancara árboles y volara techos, que las olas arrasaran al pueblo y que la lluvia inundara lo que quedara en pie para el amanecer
    A la mañana siguiente, retornó el sol, el viento se calmó, las olas volvieron a ser las de todos los días, la tierra comenzó a secarse y nuestras rutinas regresaron a ser las de siempre.
    Lo único que nos queda por decidir es quién de nosotros irá a buscar su cuerpo.

domingo, 4 de enero de 2026

La misma canción

La misma canción, otra vez. Estoy seguro de que es la misma, aunque tenga sutiles diferencias en la secuencia de notas y acordes y tal vez un matiz diferente en el tono. Sí, es la misma canción, una y otra vez, no se termina nunca, no vuelve a comenzar, solo continúa, con variaciones mínimas, como la eternidad, que parece siempre diferente a sí misma. Nacemos, crecemos, morimos, para otra vez nacer, crecer y volver a morir. La existencia es un bucle sin final. No hay botón de reinicio, no hay posibilidad de revisar lo que salió mal, no se puede volver a intentarlo, solo se puede seguir y seguir sin saber hasta dónde, o porqué. Mucho menos para qué.
    El camino, la línea, sea recta, curva, espiral o torcida, en subida o en bajada, continúa y continuará. Volveremos a pasar por el mismo punto que al inicio y no nos daremos cuenta porque serán otros quienes lo hagan, una generación que no conoceremos, una que habrá olvidado todo lo que fue y creerá que todo es nuevo, que vale la pena intentar el fracaso y fracasar, por supuesto, para tener algo de lo que quejarse. That’s Life, dice la canción. Eso sí que queda, las canciones, las versiones repetidas una y otra vez de las mismas canciones, tan diferentes a sí mismas que han perdido su forma original, pero se vuelve a ellas, siempre, una y otra vez, sin dejar espacio para lo nuevo, para la creatividad. Un bucle sin final.
    La salida está al inicio, no al final. La salida no es la muerte, la salida es no haber nacido, pero ya estamos en esto, es tarde para todo. Cuando el ciclo se termine volveremos a vernos en los mismos lugares, en los mismos fracasos, en los mismos no pudo ser que no podrán ser, y lo haremos todo otra vez sintiéndolo como si fuera la primera, porque el dolor no cambia, es siempre el mismo. Esto sí, lo tengo bien en claro.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Dislocado

Otra vez el hombro izquierdo, desde aquel día, tendría unos once o doce años, en que la rama del árbol decidió que ya no soportaría mi peso y caí golpeándome en todo el cuerpo, sacándome el hombro izquierdo de lugar. Dolió, sí, claro que dolió, y volvió a doler cuando el médico lo colocó otra vez en su sitio. No sé en cuál de los dos momentos grité más, pero grité. Después se hizo costumbre que pasara cada cierto tiempo, como si al hombro no le gustara mantenerse en su lugar, como si fuera más fácil estar saliéndose siempre. Claro que también vi esa película de fines de la década de 1980, en la que el personaje se disloca el hombro una y otra vez y se lo vuelve a acomodar con un golpe. Diría que lo intenté, pero no fue así, nunca me gustaron los golpes, siempre preferí el dolor. No, creo que esto era al revés, en fin, ya no estoy seguro.
    Como sea. Otra vez el hombro izquierdo, señal de que algo más va a pasar, como un augurio, como un horóscopo de cuando los horóscopos servían para algo más que mentirle a quienes siguen creyendo en ellos. Podría crear mi propia forma de adivinación, la hombromancia, para saber cuándo habrá tormenta o humedad, si el calor durará otras dos semanas o si el frío alguna vez volverá a la región. Formas, todas, de prever lo imprevisible y pretender un orden que nunca será tal.
    Esto lo haría con mi hombro izquierdo y su costumbre de salirse de su sitio. Tengo que pensar qué hacer con los dedos de mis pies, que se han separado por completo de mi cuerpo sin que encuentre la forma de volver a unirlos; con mi cabello, que se desprende sin parar; con mis dientes y uñas, que se caen y por ahora guardo en un pequeño frasco; con este líquido entre verde y marrón que al parecer solo yo puedo ver y que mana de mi boca, de lo que queda de mi nariz, de mis ojos, por mis orejas y por cada una de mis heridas. Es como si buscara sin saberlo la forma de desprenderme de todo, de olvidar lo que alguna vez fui, para, aun sabiendo que es imposible, dejar atrás de una vez y para siempre el recuerdo de aquel perfume que siempre señaló tu presencia.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Para distraerme


Antes de abrir los ojos ya sentía mi cabeza latir como si hubiera vuelto a quedarme dormido en la playa a mitad de la noche y el sol del amanecer me despertaba con su abrazo de luz, calor e incomodidad. Nunca más cierto que conmigo eso de que el hombre es el único animal que choca dos veces con la misma piedra sin aprender a esquivarla, mucho menos si esa piedra tiene nombre de mujer y habilidades en la cama difíciles de encontrar y explicar. En fin, mi cabeza suena como un redoblante y tengo que abrir los ojos para saber dónde estoy y cómo volver.
    ¿Qué es esa cosa? Es difícil de creer que estuviera allí cuando me dormí, más difícil aún es creer que apareció mientras dormía, pero debe de haber sido así, de otra forma no se explican esas planchas de metal clavadas en la arena, sobresaliendo entre los médanos. El viento que tuvo que haber habido durante la noche entera para descubrir todo esto tendría, como mínimo, que haberme cubierto a mí, y como estoy aquí, mirando esa suerte de estructura, es claro que la arena no me cubrió o que el viento sopló en alguna otra dirección; cosa que también dudo porque siempre sopla igual. Si mi cabeza no me recordara a cada instante que necesito sombra y agua, tal vez pudiera pensar un poco mejor y analizar la situación.
    Lo primero, la sombra. Eso es fácil. Cerca de las planchas de metal hay algo de sombra. No será mucha, pero no es el rayo directo del sol, lo cual es un avance. El agua puede esperar, no sé si será cierto que el cuerpo humano resiste varios días sin agua, y no pretendo ponerlo a prueba ahora, lo que sí sé es que a la sombra la neuralgia se hace más llevadera. Desearía que desapareciera por completo, pero por lo pronto eso no pasará.
    Por supuesto voy a meterme dentro de esta cosa y ver qué hay en su interior, si es que hay algo además de arena. La curiosidad siempre es más fuerte que la seguridad personal y todas esas cosas que vuelven por demás aburrida la vida. Lo que no imaginaba, porque desde el exterior no lo parecía, es que fuera algo tan grande. Supuse que sería el casco de alguna embarcación inmensa, averiada en la guerra y luego abandonada aquí; también podía tratarse de los restos de alguna obra comenzada en otra época, algo que se acabaría pronto y me dejaría del otro lado de los médanos, casi sobre la rambla. Pero no es así, esto no se termina nunca. Llevo horas caminando, quiero creer que no camino en círculos, pero el constante viento borra mis posibles huellas en la fina arena. Al menos sé que no estoy metiéndome en las profundidades de la tierra, porque el sol continúa allí arriba, sé también que no estoy alejándome del mar porque sigo escuchando las olas, sé que no estoy muerto porque el dolor en mi cabeza se hace cada vez más intenso y mi cuerpo ha sudado tanto que no dudo oler como un jabalí, sino como una piara completa. ¿Cuánto puede sudar una persona y seguir de pie? Lo averiguaré muy pronto si no logro salir de aquí, pero, a la vez, si logro salir de aquí, nada me asegura que podré saber qué es esta cosa, por qué existe, por qué está aquí, por qué mi curiosidad me impulsó a meterme aquí y, por sobre todas las cosas, por qué todo esté metal, tan expuesto al sol como lo estoy yo, se mantiene tan frío como su corazón cuando anoche, luego de tantas sonrisas, de tantos besos, de tanta fricción de piel con piel y sexo como a ambos nos gusta, dijo que no a todo lo demás.
    Dudo llegar a comprenderlo, por lo que quizá lo mejor para mí sea seguir aquí, tal vez camino en círculos buscando una salida que no quiero encontrar, algo que sirve para distraerme hasta que llegue la noche y una vez más el teléfono suene, su voz me reclame y yo sea incapaz de negarme. Sepan pues que, si el viento se levanta esta noche y los médanos recuperan su lugar ocultándolo todo, me encontrarán entre las sábanas de su cama deshecha.