domingo, 26 de abril de 2026

Del otro lado


Por mera casualidad aún me encontraba en la región cuando el Alto Comisionado de Antigüedades pidió urgentemente por mí. Enviaron varios vehículos a buscarme, no todos civiles, no todos sus ocupantes se comportaron con las formas adecuadas para cumplir con el pedido —como se lo haré saber a la primera oportunidad al Alto Comisionado—, un invitado de honor del gobierno de Neoegypt no puede ser tratado de forma tan ruda. Había venido al país para dar una serie de conferencias sobre literatura y antigüedad preclásica, el culto a los dioses extranjeros en el territorio del Nilo, cuestiones semejantes y aburridas para nadie no interesado en el tema. Que mi actual esposa fuera ciudadana neoegyptciana tenía mucho que ver con esto, mucho más que los posibles conocimientos que yo pudiera aportar a estas personas que viven día a día más cerca de la antigüedad, de los dioses y de la literatura de lo que yo estaré nunca.
    Desde el helicóptero pude distinguir las ruinas de Tell el-Amarna, a menos que me equivocara de yacimiento porque desde la altura tienden a parecerse unos con otros. Habían tenido la deferencia de no colocarme una bolsa de cuero sobre mi cabeza como hicieran con mi intérprete, que temblaba como un condenado a muerte en la butaca junto a la mía. Ser una celebridad internacional tiene ciertos beneficios.
    Tras el descenso, nos llevaron hasta un sector en el que se alineaban varias columnas de mármol viejo y descolorido, había docenas de porteadores sacando bolsas de arena de un pozo que se veía bastante reciente. En la entrada del pozo encontré por fin al Alto Comisionado, que me saludó en su chapucero neocriollo, hice lo mismo en mi aún más chapucero neoegyptcio —algo así como “El sol del día ya salió, usted está muy bien”, o una frase similar—. Le quitaron la bolsa de cuero al intérprete, que cayó de rodillas llorando súplicas y pedidos de perdón para todas sus esposas e hijos, aunque recordaba claramente que hacía un par de días me había comentado que era el único soltero de sus siete hermanos y que odiaba a los niños pequeños más que nada en la vida. Las primeras palabras del Alto Comisionado se perdieron entre sus súplicas hasta que uno de los soldados lo pateó.
    —… es un templo o palacio. Primera construcción y piedra fundamental de la ciudad de Akenaton. Como sabrá, debajo de este tipo de palacios suele existir una red de túneles y pasajes que conectan con diversas cámaras subterráneas, la más secreta de todas es la llamada “cámara del sacrificio primordial”, en la que se da nacimiento a…
    —¿Qué tiene todo esto que ver conmigo? Pregunta eso, ¿por qué estoy aquí?
    Mi tono no les gustó, pero aceleró las cosas.
    Con unas escaleras de sogas no del todo bien amarradas, descendimos por el pozo hasta la entrada a los pasadizos inferiores del templo. El aire allí dentro hacía chisporrotear las pocas antorchas que dejaran los porteadores, cuando estas se acabaron, unas poderosas linternas de ultraled iluminaron todo de blanco sin problemas.
    Nos detuvimos ante una de esas rocas que los antiguos colocaban como portal, pesada, imposible de mover, pero con bisagras ocultas que seguían funcionando a la perfección milenios después de que mano humana la tocara por última vez.
    —Esta es la puerta de la cámara —dijo el intérprete después de escuchar al Alto Comisionado, cosa que ya sabía por haber descifrado algunos de los jeroglíficos que la rodeaban.
    Atravesamos el portal y entramos, salimos, o algo pasó que no sabría cómo explicar, que hizo que dejáramos atrás el calor asfixiante de aquel pasadizo en medio del desierto, para encontrarnos en el fresco interior de mi habitación del hotel de El Cairo. Mi esposa, semidormida, yacía sobre la cama, semidesnuda, como a ella le gustaba hacerlo en su camisón de velos de seda, como la viera esa misma mañana antes de salir de allí. Despertó sorprendida al vernos aparecer a través del espejo de cuerpo entero que llevaba a todas partes y que días atrás los botones del hotel colocaran junto al vestidor.
    —¿Qué se supone que…? —comenzó a decir el Alto Comisionado.
    No otra vez —susurró ella en egipcio antiguo, o como se supone que deberían de sonar esas palabras en una lengua que ya nadie habla y solo por escrito se conoce.
    Los velos con los que apenas se cubría parecieron flotar sin que hubiera corriente de aire alguna, la habitación brilló más de lo que ya lo hacía iluminada por las linternas.
    Sentí la mano de mi esposa sobre mi hombro meciéndome suavemente, dijo algo que no entendí del todo, su neocriollo aún no es muy fluido y sigue mezclando palabras de neoegyptcio. Me giré en la cama para mirarla, tuvo que darse cuenta por mi sonrisa que no le había entendido, señaló la televisión en la pared de la habitación opuesta a la de la cama. Había habido un accidente en Tell el-Amarna. Una falla geológica, según se creía, se había abierto y arrasado las ruinas de la ciudad. El Alto Comisionado de Antigüedades y varias docenas de investigadores y trabajadores habían sido tragados por la tierra. En la pantalla se veía desde el helicóptero cómo la arena y el polvo volvían a asentarse en el desierto.
    Quedé atónito ante las imágenes, más que nada recordando que esta mañana tendría que haber ido a visitar ese mismo sitio arqueológico de no haberme quedado dormido.
    Miré hacia los lados de la cama buscando algo que me dijera que aquello no era real, que seguía soñando.
    —Tu espejo —dije cuando vi los trozos sobre la alfombra junto al vestidor.
    —No importa.
    —Pero era una reliquia familiar, ¿o no?
    —Solo el marco —respondió mi esposa abrazándome por detrás. Sus manos me acariciaron como solo ella podía y sabía hacer—. Volvamos a la cama.
    No había confusión posible en sus palabras, tampoco en sus intenciones.



sábado, 18 de abril de 2026

A la mesa


Estamos sentados a la mesa que compré cuando fue mi primera mudanza, un rectángulo de madera sólido, de buena madera, que pienso legar a mis nietos —y eso que nunca tendré hijos—; por eso en cada mudanza cuido especialmente que no le pase nada, para seguir usándola, para seguir comiendo sobre ella, seguir escribiendo de vez en cuando, y, de forma cada vez más esporádica, que alguna compañera de juegos apoye sus nalgas. Las sillas son diferentes, pero la mesa sí es la misma.
    Es mi mesa, inconfundible, como lo son también las otras tres personas sentadas una de cada lado de ella. Hablamos, recordamos anécdotas humillantes de otras épocas —¿qué anécdota no lo es en cierto punto?—. Miro a quien está a mi derecha, está descalzo y con los pies sobre la mesa, lo que me enoja porque estamos comiendo, pero a él no parece importarle; no se da cuenta o hace como que no comprende mis señas mirando a los demás para no perderse el resto de la conversación. Yo también los miro y escucho sus gritos como si compitieran para ver quién grita más fuerte, más tiempo, con palabras más largas, con insultos más elaborados y sin atragantarse. Es terrible darse cuenta de cómo nos atraviesa el tiempo, cómo nos cambia, cómo deja marcas en la piel, en la mirada, en los gestos. Es terrible ver que seguimos siendo nosotros sin serlo. Mis manos muestran las mismas marcas, y me duelen como si hubiera hecho un gran esfuerzo del que no guardo recuerdo.
    Quizá, si recordara por qué nos hemos reunido, cuál es el motivo para que estén todos en la casa, en mi casa, la sensación de incomodidad sería menos absoluta. No resulta nada fácil recordar algo entre tanto grito, restos de comida y lo que de seguro hemos bebido.
    Las risas estallan otra vez. Aunque me perdí lo que dijeron, sonrío para no desentonar, para no seguir quedándome afuera.
    Una idea se forma en mis pensamientos, un punto negro, una señal de que no todo está bien entre tanta alegría, de que no todo es lo que se supone que es, que siempre hay algo oculto frente a lo evidente.
    —¿Si saben que no son reales?
    Mi pregunta cancela su alegría, su felicidad, su buen humor, otra vez, como siempre lo logro cuando no puedo contenerme y hablo. Por eso me miran en silencio.
    —Ustedes no están aquí. ¿Lo saben?
    Se miran, una sensación extraña se contagia de mirada en mirada, de gesto en gestos. Quien tenía los pies sobre la mesa por fin los baja.
    —Tenía que decírselos —agrego.
    Miro la mesa, solo hay sobras de comida de mi lado, el resto está más o menos limpio, como cada una de mis noches. Las sillas están acomodadas contra la pared opuesta, donde las dejé hace meses.
    —Lo sabía, sí —continúo—. Y me preguntarán: ¿cómo es posible que sepa que ustedes no son reales, que no están aquí? Es sencillo.
    Me levanto. La mesa está vacía, una fina capa de polvillo la cubre por completo.
    No hace falta que acomode mi silla, ésta siempre estuvo contra la pared opuesta, junto a las demás.
    —Porque yo tampoco lo soy.

domingo, 12 de abril de 2026

En medio de la oscuridad

El pasillo continúa, puedo darme cuenta de esto aun sin verlo. Y como el pasillo continúa, yo hago lo propio, avanzo en medio de esta oscuridad que no parece ser tal porque permite percibir ciertos objetos. Distingo algunas marcas un tanto menos oscuras, recortes en los que la oscuridad no es total, quizás sean ventanas con los postigos mal cerrados, o puertas entreabiertas. Camino para no detenerme a pensar en cómo llegué hasta aquí, a este pasillo, a este momento; para no preguntarme dónde estaba antes, hacia dónde me dirigía. Una sensación de familiaridad me dice que no es la primera vez que atravieso estos pasillos, ni tampoco será la última.
    Camino, entonces, hacia el frente, porque al volverme hacia la única otra dirección, la oscuridad es tal que bien podría ser una inmensa pared, asfixiante e imposible de atravesar. Siento miedo cuando me detengo a mirar en esa otra dirección, yo que ante cualquier inesperado siempre retrocedo, camino, entonces, hacia el frente, para no detenerme, sabiendo, esperando, anhelando, deseando, que algo ocurra entre la oscuridad. Por eso no es una sorpresa cuando sucede.
    En uno de los rectángulos en los que la oscuridad resulta un tanto menos oscura, por una puerta entornada o una ventana con los postigos mal cerrados, una cabeza se asoma y me mira. Una cabeza, con parte de los hombros y el brazo con el que se apoya en el suelo mientras el largo cabello lacio cae como una cortina por detrás. De guiarme solo por lo que veo, diría que la chica está desnuda, al menos semidesnuda. Al verla me detengo, ella sabe que la he visto y sonríe. Al principio parece una sonrisa de bienvenida, una que pronto se transforma en una mueca que niega toda alegría, los labios contraídos muestran los dientes más de lo necesario, sus ojos me miran como una bestia a su presa, su mano se arrastra sobre la madera del piso y la cabeza de la chica vuelve a ser tragada por la oscuridad.
    —Joaquín —escucho, aunque pronunciado de forma extraña, como un shoaquím, pero con muchas eses al principio y el sonido de la sílaba final extendiéndose hasta el infinito.
    Se enciende una lámpara del lado opuesto del pasillo al que segundos antes ocupara la cabeza, un rectángulo de luz perfectamente recortado entre la negrura. Una puerta, sin dudas. La luz lastima mis ojos, que escondo detrás de una mano mientras con la otra me apoyo contra la pared.
    —Hola, hola, hola —dijo rápidamente su voz. Porque sí, es su voz, la que guardo en mi recuerdo desde hace décadas, desde su muerte. Su figura, recortada por la luz como un retazo más de oscuridad, se asoma por la puerta hacia el pasillo y vuelve a desaparecer —. Ya era hora. Vení, acércate. Son unos pocos pasos más.
    Son siete, siete largos pasos los que necesito para llegar a su puerta. La cifra resuena en mi cabeza. Debo atender a esto, pienso, pero sé que no lo haré. Me quedo de pie junto a la puerta, mirando hacia el interior de la habitación que conozco tan bien y siento como si la hubiera visto hace muy poco tiempo, tal vez ayer, esta mañana, hoy mismo o hace treinta y cinco años. Cada detalle es idéntico a lo que recuerdo, ni tan siquiera uno de los adornos está fuera de lugar, y lo que siempre estuvo desordenado continúa estándolo.
    Joaquín me mira, sentado junto a su mesa de dibujo, con una media sonrisa y la regla T de acero, regalo de su padre para el día de su graduación, tan filosa como un estilete, clavada entre sus omóplatos, sobresaliendo por sobre su cabeza como si portara una espada. El moretón sobre su ojo izquierdo también está allí, junto con ese pequeño hilo de sangre que escapa por la comisura de su boca.
    La puerta de la habitación de Joaquín enfrentaba la de la habitación de su hermana, claro, siete pasos eran la distancia entre el final de la escalera y ambas puertas, lo recuerdo ahora. Había sido ella quien me viera avanzar por el pasillo como lo hiciera tantas veces siendo niña, siendo adolescente, siendo la jovencita que había tenido el atrevimiento de rechazar una vez más mis torpes y tortuosos intentos de cortejo, aquella tarde en la que la ira me dominó y todo se salió de control. Esa tarde en la que la regla afilada como un estilete se convirtió en el arma adecuada.
    Mis manos tiemblan, como si acabaran de realizar un gran esfuerzo. Ya estuve aquí, pienso.
    Giro para enfrentar la puerta de la otra habitación. Lo que queda del cuerpo de aquella adolescente, de aquella joven que se atrevió a rechazarme, se abalanza sobre mí con sus fauces abiertas, con sus uñas extendidas hacia mis ojos.
    No grito, de alguna forma sé que no servirá de nada.
    El pasillo continúa, puedo darme cuenta de esto aun sin verlo. Y como el pasillo continúa, yo hago lo propio, avanzo en medio de esta oscuridad que no parece ser tal porque permite percibir ciertos objetos.

sábado, 4 de abril de 2026

Estos altos muros

En algún momento de la noche llegaron nuevos materiales. No los vi, nadie vio ni escuchó nada, como las veces anteriores. Despertamos y estaban allí, en el extremo del campamento; señal de que debíamos volver a desplazarnos para continuar con la construcción. Mi vida se resume en trabajar en los altos muros, comer, caer rendido en la litera y volver a hacer lo mismo cada día siguiente, menos los días que dedicamos a desplazar el campamento porque lo hemos alcanzado con las obras. Esos días el trabajo es un poco más liviano, pero no por eso menos arduo.
    Nos desplazamos unas pocas millas, diez, tal vez doce, no más de eso. Antes de irnos debíamos asegurarnos de dejar huella alguna de nuestra presencia allí donde acampáramos durante tanto tiempo. Ni fogones apagados, ni pozos con desperdicios ni restos de comida, incluso quitábamos las lápidas de los compañeros muertos. Nada quedaba que señalara que allí había habido algo. Solo algunos pocos árboles, marcados de antemano, se salvaban, al resto lo usábamos en la construcción y como leña. Aunque había quienes decían que, cuando nos alejábamos, los árboles volvían a crecer entre los muros, yo no lo había visto. Miro hacia nuestra obra, hacia la construcción y solo veo muros, nada más, por lo que eso de que los árboles vuelven a crecer debe de ser mentira, como los cuentos para niños.
    Lo que no es mentira, lo que en verdad crece, son los muros. Los construimos nosotros, con nuestras manos, nuestras herramientas, con los materiales que llegan por las noches para que la construcción no se detenga, como no se detuvo durante la vida de mi padre ni la del padre de mi padre, como no se detendrá durante mi vida, ni durante la vida de mi hijo, ni la del hijo de mi hijo. La construcción de los muros continuará y continuará, siguiendo el trazado en la tierra que nos dice dónde dejar el espacio para una puerta, dónde colocar un paño de muralla, dónde una columna, dónde debe comenzar un pasillo y terminarse otro. Con cada piedra que colocamos en su sitio, uno del que jamás volverá a moverse, la construcción se hace más grande, más fuerte, más imposible de atravesar. Incluso nosotros, que la construimos, no sabemos el camino a través de ella ni conocemos dónde se conectan los muros que nosotros levantamos con los que levantan los otros campamentos. Vemos los pasillos que se forman entre los muros, oímos el viento correr a través de ellos con furia y violencia obligado a girar en cada recodo, pero no nos atrevemos a entrar, no por la prohibición de hacerlo que rige para los de nuestra sangre, ni por la pena de muerte con la que se castiga a quienes rompen dicha prohibición, sino por el miedo a perdernos en su interior y no saber regresar al campamento. Perderse entre los muros de la construcción, sin dudas ha de ser peor castigo que la muerte.
    Por las noches, antes de que el sueño nos venza sin más, alguno de nosotros comienza a cantar repitiendo lo que siempre hemos escuchado. Melodías que hablan sobre la necesidad de nuestra tarea, la importancia de proteger al palacio de la ciudad que se oculta detrás de tantos muros, de lo imposible que será derribarlos y cómo ejército alguno podrá nunca atravesarlos. Cuando escucho estos versos me duermo con una sonrisa de satisfacción sabiendo que mi esfuerzo, mi cansancio, es mi forma de cuidar al Emperador que nos cuida y nos protege desde el otro lado de estos muros. No tengo dudas. Solo espero ver llegar el día en que la construcción se termine, se coloquen las últimas piedras, la última carga de argamasa, y podamos regresar a las tierras ancestrales de nuestra familia, allí donde sea que se encuentren. A la espera de ese día, continuamos construyendo estos muros sin final, pero también, sin principio.



sábado, 21 de marzo de 2026

Aceptar

Despierto en una cama que no es la mía, estoy en la habitación en la que duermo cuando mi madre me trae a visitar a mis tíos durante el verano. Escucho ruidos del otro lado de la puerta y en la planta baja. Con cuidado espío por la puerta entreabierta, veo que un grupo de personas está destrozando la casa, rompen muebles, tiran abajo los cuadros, arrancan las cortinas; hay voces que gritan, otras que ríen, creo escuchar que alguien llora. Veo que algunos de los atacantes bajan las escaleras llevándose lo que pueden cargar y otros que suben para seguir rompiendo y buscando. No sé qué buscan ni qué esperan encontrar, por las dudas, y por miedo, salgo corriendo de la casa después de lograr llegar a la planta baja sin ser visto.
    Regreso cuando ya es de día. La casa está vacía, parece que han sacado los restos de las cosas rotas y ordenado lo poco que quedó en pie. Encuentro tres ataúdes cerrados acomodados lado a lado en la que fuera la sala principal de la casa, me entero que durante el ataque han muerto mi tía, la esposa de mi tío; mi madre; y un niño. Mi tío es el único que vela por los muertos. Entro en silencio e intento tomarle la mano para que sepa que estoy allí, pero no la abre, no acepta mi gesto, creo que ni siquiera me ve.
    Al día siguiente, finalizadas las exequias, viajamos los dos hacia la casa familiar. Mi tío viaja en silencio, lo miro y noto que está conteniéndose para no llorar, lleva los puños apretados; yo no digo nada, además, no sabría qué decir. El movimiento rítmico del tren hace que duerma la mayor parte del viaje.
    Cae la noche ya cuando llegamos a la casa, desde el parque nos damos cuenta que hay gente dentro, que también están saqueando esta casa. Las ventanas están rotas y han tirado parte de muebles y ropa al exterior. Se ve fuego en una de las ventanas que no es la de la cocina. Las plantas de los canteros cercanos a la puerta principal han sido destruidas y la tierra removida. Las luces, de momento, están todas encendidas.
    Con mi tío entramos en la casa. Él lleva un rifle de asalto militar colgando de la espalda y un revólver en cada mano. La gente que saquea la casa huye al escuchar los primeros disparos al aire. Escondido detrás de mi tío, nadie me presta atención. Miro sin entender qué es lo que buscan, han roto cosas de mucho valor para llevarse otras que no sirven para nada; si lo que querían era dinero lo dejaron atrás, ni siquiera tocaron la caja de cartón en la que lo guardamos junto con las joyas y viejos recuerdos de oro y de plata. Nada tiene sentido.
    En medio del silencio que se recupera poco a poco, mi tío se sienta en la única silla que sigue en buen estado. Le pregunto qué haremos ahora, cómo vamos a seguir, si vamos a intentar apagar el fuego o debemos llamar a alguien más, porque los criados también han huido; le pregunto qué pasará ahora con la familia; le pregunto por qué se pone la punta del rifle en la boca y se saca uno de los zapatos. No me escucha, ni siquiera me mira cuando me pongo frente a mis ojos, es como si yo no estuviera allí. Lo único que me queda, lo último que puedo hacer es aceptar que yo era el niño que muriera durante el ataque a su casa.