domingo, 7 de junio de 2026

El que camina junto al rayo

Los últimos ecos de los címbalos aún resonaban dentro del Gran Salón cuando un ruido más fuerte, vibrante, con un poder que no podría venir de este mundo, ocultó al resto de los sonidos tanto tiempo como le toma al corazón de un hombre adulto latir cinco veces. Sonó muy cercano, poderoso, único, antes de que el silencio que dejó tras de sí volviera a ser ocupado por los habituales sonidos de la lluvia que apenas se adivinaban en el interior.
    Apagamos las antorchas, las velas, ocultamos todo lo que pudiera brillar ante el único fuego que dejamos encendido en medio del gran salón, y nos echamos a dormir sabiendo que nuestras plegarias habían sido escuchadas. Por el resto de la noche los sonidos de nuestros sueños acompañaron a la incesante lluvia
    Con la primera luz del alba se abrieron las puertas del gran salón y comenzamos a despertar. Solo algunos estábamos en condiciones tras el festín nocturno, por lo que muy pocos fuimos los que nos internamos en el bosque, que nos recibía en un completo y atípico silencio, a buscar el sitio en que cayera el rayo.
    Fue fácil dar con él. Aún humeaba a pesar de la lluvia que recientemente dejara de caer.
    Huellas de unos pies tan similares como diferentes a los nuestros, tal vez por su tamaño, por la cantidad de dedos, la forma en la que se hundían en la tierra húmeda alejándose o como todo a su alrededor estaba muerto, llamaron nuestra atención. Al menos hasta que alguien nos recordó que estábamos desarmados y que lo mejor sería volver al gran salón. Ese era nuestro deseo, regresar, preparar nuestras armas para defendernos de aquello que hubiera descendido junto al rayo. Aunque también era mi deseo, por alguna razón supe que ninguno de los que estábamos allí lo lograría.

sábado, 30 de mayo de 2026

De espaldas

La cocina es un rectángulo diminuto, si quisiera llegaría a tocar ambas paredes del lado más corto sin necesidad de extender por completo ambos brazos. Una pequeña mesada de algún material similar al mármol, una cafetera eléctrica, unas pocas tazas sucias en la bacha y yo, revolviendo lo que queda del café en una taza de porcelana vieja con el esmalte saltado en varias partes del borde y demasiado chica para mi gusto, somos todo lo que cabemos en ella.
    El ruido de la cucharita, golpeando constantemente los lados de la taza, no es suficiente para aturdirme. Si quiero lograr algo como eso, aquel golpeteo no es el ideal, pero tenía que intentarlo para sentir, para creer que no estoy aquí, en este lugar, en este momento.
    Si eso no lograba aturdirme, por lo menos que sirviera para ocultar los otros ruidos, las otras voces. Por eso mismo estoy de espaldas a la puerta, para que nadie vea mi cara de quien no quiere hablar con ninguno de ellos, para que nadie tuviera que fingir intentos de acercamientos, para que nadie actuara un falso interés. Estar de espaldas a los demás, con la mezcla exacta de desprecio y desinterés que siento, siempre me sale bien. El ruido de la cucharita, que por fin se vuelve rítmico, acompasado, repetitivo y certero, también los aleja.
    Sé que habrá quien me mirará y se preocupará, pero no se acercará; habrá quien me verá y no entenderá lo que hago, ellos tampoco se acercarán; habrá quien me vea y entienda todo en mi gesto, en mis acciones, muy pocos, por cierto, ni siquiera ellos se acercarán. Habrá quienes me odien por haber ocupado el rincón de la cocina, por tener la última taza de café, por el ruido de mi cucharita, por mi espalda recta con los hombros un poco caídos que les devuelven la mirada. Espero que sepan que yo también los odio, a cada uno de ellos por igual. Incluso a quienes están aquí sin darse cuenta de nada y a quienes no están aquí, a los que eligieron no estar. A ellos los odio todavía más, aunque nunca vayan a enterarse.
    La cucharita sigue golpeando los bordes de la taza, aunque el café está frío, desabrido y no vaya a tomármelo, seguiré golpeando una y otra y otra vez hasta que ese sonido, ese repetitivo golpetear, sea lo único que quede, lo que oculte todo, lo que anule todo, lo que acalle todas las voces y deje solo una verdad, la única verdad a la que quiero negarme, a la que no puedo hacerle frente, la que rompe cada detalle de lo que alguna vez conocí y conoceré.
    Seguiré de espaldas, con el café asqueroso y frío infinitamente revuelto por la misma cucharita, sin girarme a mirar hacia la sala en la que me espera, triste, solitario y final, tu ataúd.



sábado, 23 de mayo de 2026

La roca de la vida


—Estamos condenados —repitió, no a él, ni a nadie más, lo hizo para constatar ese hecho una vez más—. Sí… —agregó—, estamos condenados.
    No le respondí. Miré el hueco en la tierra donde solía estar la roca de la vida, en el que ahora solo quedaba la mancha de sangre que todas las generaciones de nuestro pueblo ayudaran a mantener, desde su fundación, su origen, cuando Galaxia, nuestra madre y esposa de Universo, nuestro padre, dio a luz a todo lo que vemos en el mundo. Fue aquí mismo, recostándose sobre la roca de la vida, plana, lisa, un tanto rectangular, sobre la que cada una de nuestras mujeres se acuesta al parir, sin importar la época del año ni el clima, el momento del día ni si era un día fausto o infausto; todas las mujeres parían a los hijos de nuestro pueblo sobre esta roca, nuestra roca, la que ya no estaba. Solo quedaba el hueco en la tierra y la mancha de sangre de los nacimientos.
    —Estamos…
    —Ya cállate —lo corté—. Hay que hacer algo, si no queremos que nos castiguen por habernos dormido durante la guardia. Y lo sabes. Hay que pensar qué decir.
    —¿Qué podemos decirles a los demás que no sea que estamos condenados?
    Lo golpeé con el canto de la espada sin sacarla de la vaina, ni con la fuerza necesaria para herirlo, solo para despertarlo de su trance.
    —Sigamos el rastro.
    Porque había un rastro, imposible de ocultar, como si quien se robara nuestra roca de la vida quisiera que lo siguiéramos. Y eso hicimos.
    El sol aún no quebraba el horizonte cuando entramos en el bosque, las ramas partidas, los troncos caídos de árboles arrancados de cuajo, indicaban la dirección que debíamos seguir sin la menor chance de error. Aquel rastro de destrucción recordaba vagamente a pisadas, inmensas, pesadas, únicas; sabiendo que quien me acompañaba no se había percatado de ello, nada dije, para que no se asustara aún más.
    Caminamos tanto a través del bosque que deberíamos de haber sentido hambre por lo menos una vez, si es que no dos, y dormido, preparándonos para la próxima guardia. Sin embargo, el sol continuaba sin aparecer, y el bosque se hundía más y más en la oscuridad, en la humedad, en el silencio de una noche única.
    Un grito, un alarido terriblemente largo y lastimero, me llevó a cubrirme las orejas sin por eso dejar de escucharlo. Ese grito tenía tanto de humano como de algo más, tanto de dolor como de desesperación; y había sonado tan cercano como los dos lo estábamos en ese momento. Fue una suerte que él no haya abierto su boca en ese instante o no sé cuál podría haber sido mi reacción.
    El grito cesó tan de pronto como iniciara, sin que eco alguno perdurara a nuestro alrededor, y volvimos a avanzar, más lento, con mayor cuidado, sabiéndonos cerca de algo, de alguien, capaz de robarse la roca de la vida y arrastrarla hasta allí.
    Varios árboles más adelante dimos con una hondonada que ninguno de los dos conocía. Con sumo cuidado nos asomamos entre las hojas y las ramas para descubrir quién se encontraba del otro lado.
    El dueño de las pisadas, un ser inmenso, rotundo, de aspecto tan antiguo como las faldas de las lejanas montañas, con manos inmensas y callosas, con dedos gruesos y llenos de heridas viejas, junto con algunas nuevas, sostenía por los hombros a quien profiriera el grito que antes escucháramos. Una mujer, tan inmensa, tan rotunda como el propio Padre Universo, aunque, a diferencia de éste, ella era infinitamente hermosa. Era mirarla una única vez y no querer volver a ver jamás ninguna otra cosa en lo que te quedara de vida, y era, por supuesto, Galaxia, madre de todo, que se recostaba sobre la roca de la vida retorciéndose como lo hace toda parturienta en los peores momentos. Su abultado vientre confirmaba su condición.
    —Los sacrificios están aquí —dijo el Padre Universo—. Dejen de espiar y vengan a ayudar —. Su voz hizo sangrar mis oídos impulsándome a cumplir su pedido, su orden.
    —Somos meros hombres impuros —dijo quien me acompañaba dejando atrás nuestro escondite entre los árboles —. Nada sabemos sobre la llegada de la vida.
    —¿Se creen que yo sí lo sé? Solo lo vi una vez, milenios antes de que ustedes nacieran.
    Nos acercamos a la madre de todos y cada uno tomó una de sus piernas, a la altura de la pantorrilla. El roce con su piel me devolvió recuerdos que creía olvidados para siempre; volvieron a mí vivencias, experiencias, alegrías, pesares y todas las ausencias de mi vida. Mis ojos ardieron ante las incontenibles lágrimas.
    —Ya existe todo —dijo quien me acompañaba—. ¿Qué es lo que nacerá?
    —Es…
    Un nuevo grito de dolor, una contracción inmensa en el vientre de nuestra madre Galaxia, se llevó la respuesta de nuestro padre Universo. La roca de la vida ardió al contacto con la sangre que comenzó a fluir entre las piernas de la madre de todo. Cuando mi mano también comenzó a arder lo entendí, y sonreí.

sábado, 16 de mayo de 2026

Referentes culturales

El problema de vivir en un país con tan pocos referentes de la cultura, vivos o muertos, pero más que nada del segundo grupo, es que cuando se piensa en ponerle nombre a algún lugar relacionado directa o tangencialmente con la cultura, siempre se recurre a los mismos dos o tres, porque tampoco vale la pena pensarlo mucho, ¿o sí? Es así que tenemos cines, teatros, centros culturales, bibliotecas, puentes, túneles, edificios de oficinas, empresas, municipios, cementerios, museos —que son otro tipo de cementerios—, con el mismo nombre o uno lo suficientemente similar como para atraer la confusión.
    Por casualidad me había enterado que el último viernes se proyectaría, gratis, una versión remasterizada y mejorada digitalmente, de una película del expresionismo prusiano. Era una de las pocas muestras sobrevivientes de este arte, destruido en su mayor parte durante la guerra. La proyección sería en el Cine RPI —por las iniciales del nombre de quien ya todos sabemos—, el cual forma parte del circuito cultural de la ciudad. Como el cine queda cerca de mi casa, estaba sumamente interesado en ver la película, y las entradas se entregarían por orden de llegada, como es habitual en estos casos, me acerqué hasta allí bastante temprano.
    Al llegar me sorprendió encontrarme con que no hubiera prácticamente nadie en la vereda, es más, en el interior del cine solo estaba el portero, semidormido, quien me informó que no había nada programado para ese día. Tercié su respuesta diciendo que no era así, que había una proyección programada para esa misma noche. Él repitió que no, yo repetí que sí, que no, que sí. Hasta que me iluminé y busqué en internet la información pertinente y se la mostré.
    —Dice teatro RPI —dijo el portero leyendo con atención de la pantalla de mi celular—. Este es el cine RPI. Y, como ya le dije, no hay nada programado para hoy.
    —¿Qué?
    Amplié en detalle el flyer y, en efecto, se leía claramente Teatro RPI y no Cine RPI. ¿A quién se le ocurre proyectar una película en un teatro?
    Miré la hora y todavía tenía una dos horas y media para llegar. Por suerte sabía que por allí cerca pasaba un ómnibus con un trayecto que atraviesa toda la ciudad y me dejaba bastante cerca del Teatro, por lo que al subir dije claramente al chófer:
    —Voy hasta el teatro RPI.
    Me cobró el pasaje y me senté.
    Promediando el que yo sabía que era el trayecto de esa línea, el ómnibus se detuvo en la dársena de estacionamiento de la Plazoleta RPI. El chófer no se movió de su asiento, pero luego de que los pocos pasajeros que quedaban descendieran del vehículo, apagó el motor. Nada más aterrador que el detenerse del motor de un ómnibus ante la posibilidad de que este nunca vuelva a encenderse. Haciendo acopio de fuerzas, me acerqué al chófer.
    —Hace meses que el municipio modificó los recorridos de la línea, ahora terminamos acá —explicó.
    —Pero cuando subí dije que iba hasta el teatro RPI.
    —¿En serio? Yo le entendí plaza RPI. Y esa plaza es esta, como dice ahí, en ese cartel.
    Miré por la ventanilla, miré al chófer, miré la hora, que ya se acercaba peligrosamente al inicio de la función.
    Me senté en el primer asiento del ómnibus sintiéndome derrotado y dando por sentado que me perdería la película, porque ni corriendo ni recurriendo a alguna otra línea llegaría a tiempo, ni siquiera con un taxímetro de esa nueva compañía, Taxis RPI.

domingo, 3 de mayo de 2026

Feo

Supe que era feo a mis cuatro años, en la sala azul del jardín de infantes. Fue un viernes, el último del mes, en el que la maestra nos había pedido que lleváramos galletitas para compartir porque para la última hora del último viernes de cada mes proponía hacer algo diferente, como llevar nuestros pijamas y mostrarle cómo dormíamos —a mamá le encantó tener que lavarlo dos veces esa semana—, o que nos pintáramos las caras como animales. Decía que era para que nos acordáramos mejor de lo que habíamos aprendido durante el mes, pero la verdad es que no sé qué relación tendría el llevar el pijama a la escuela para dormir sobre colchonetas con olor a tierra con lo que hubiéramos aprendido antes. Lo de las galletitas, supongo, habrá sido para que aprendiéramos a compartir, cosa que no todos sabían muy bien qué significaba o cómo se hacía. Por eso, siempre alguno se enojaba o alguien terminaba llorando. Yo no hacía lo uno ni lo otro, yo miraba a los demás desde el otro lado del salón, siempre sentado solo, sin que nadie quisiera acercárseme.
    Para ese viernes tenía un paquete de las mejores, más ricas y más nuevas galletitas de chocolate; las que a todos les gustaban, las rellenas de crema y almendras, esas, sí, las que eran riquísimas, te comías una y antes de terminar de masticarla ya querías comerte otra y otra. Y yo tenía un paquete entero, estaba claro que todos iban a querer acercarse, ya no me sentaría solo, no tendría que mirarlos desde el otro lado del salón, todos iban a querer ser mis amigos. Y tal vez yo también querría ser amigo de ellos.
    Llegó por fin la última hora del día, del último viernes del mes, y cada uno sacó sus galletitas. Había vainillas, anillitos, pepas, lengüitas, con formas, sin formas, con chips de chocolate, con fruta, con caritas, con animalitos, de todo. Pero solo yo, yo solo, tenía las de chocolate rellenas con crema y almendras a las que nadie podía resistirse. La maestra nos hizo formar una gran ronda con las mesas y la recorrió ayudando a los que no podían abrir los paquetes y envoltorios —yo entre ellos—, puso una canción sobre los colores que teníamos que aprendernos para el mes próximo, y se sentó a escribir en su propia mesa como cada viernes al terminar el día.
    Miré a los otros nenes y nenas que estaban cerca de mí, comían y hablaban entre ellos, pero no conmigo, como todos los días
    —¿Querés? —le pregunté a la nena sentada al lado mío mostrándole el paquete.
    —No, gracias —dijo mirándome de costado, sin girarse del todo para verme ni dejar de hablar con las nenas que estaban del otro lado—. Qué miedo. Qué feo —le dijo a la más cercana, y las dos se rieron.
    Fue cuando lo supe, con poco más de cuatro años y sin saber qué hacer con ese saber, que era feo. Con lo que sí supe qué hacer fue con las galletitas, y me las comí una por una, lo que tampoco fue algo tan malo, o sí, no estoy seguro.