En algún momento de la noche llegaron nuevos materiales. No los vi, nadie vio ni escuchó nada, como las veces anteriores. Despertamos y estaban allí, en el extremo del campamento; señal de que debíamos volver a desplazarnos para continuar con la construcción. Mi vida se resume en trabajar en los altos muros, comer, caer rendido en la litera y volver a hacer lo mismo cada día siguiente, menos los días que dedicamos a desplazar el campamento porque lo hemos alcanzado con las obras. Esos días el trabajo es un poco más liviano, pero no por eso menos arduo.
Nos desplazamos unas pocas millas, diez, tal vez doce, no más de eso. Antes de irnos debíamos asegurarnos de dejar huella alguna de nuestra presencia allí donde acampáramos durante tanto tiempo. Ni fogones apagados, ni pozos con desperdicios ni restos de comida, incluso quitábamos las lápidas de los compañeros muertos. Nada quedaba que señalara que allí había habido algo. Solo algunos pocos árboles, marcados de antemano, se salvaban, al resto lo usábamos en la construcción y como leña. Aunque había quienes decían que, cuando nos alejábamos, los árboles volvían a crecer entre los muros, yo no lo había visto. Miro hacia nuestra obra, hacia la construcción y solo veo muros, nada más, por lo que eso de que los árboles vuelven a crecer debe de ser mentira, como los cuentos para niños.
Lo que no es mentira, lo que en verdad crece, son los muros. Los construimos nosotros, con nuestras manos, nuestras herramientas, con los materiales que llegan por las noches para que la construcción no se detenga, como no se detuvo durante la vida de mi padre ni la del padre de mi padre, como no se detendrá durante mi vida, ni durante la vida de mi hijo, ni la del hijo de mi hijo. La construcción de los muros continuará y continuará, siguiendo el trazado en la tierra que nos dice dónde dejar el espacio para una puerta, dónde colocar un paño de muralla, dónde una columna, dónde debe comenzar un pasillo y terminarse otro. Con cada piedra que colocamos en su sitio, uno del que jamás volverá a moverse, la construcción se hace más grande, más fuerte, más imposible de atravesar. Incluso nosotros, que la construimos, no sabemos el camino a través de ella ni conocemos dónde se conectan los muros que nosotros levantamos con los que levantan los otros campamentos. Vemos los pasillos que se forman entre los muros, oímos el viento correr a través de ellos con furia y violencia obligado a girar en cara recodo, pero no nos atrevemos a entrar, no por la prohibición de hacerlo que rige para los de nuestra sangre, ni por la pena de muerte con la que se castiga a quienes rompen dicha prohibición, sino por el miedo a perdernos en su interior y no saber regresar al campamento. Perderse entre los muros de la construcción, sin dudas ha de ser peor castigo que la muerte.
Por las noches, antes de que el sueño nos venza sin más, alguno de nosotros comienza a cantar repitiendo lo que siempre hemos escuchado. Melodías que hablan sobre la necesidad de nuestra tarea, la importancia de proteger al palacio de la ciudad que se oculta detrás de tantos muros, de lo imposible que será derribarlos y cómo ejército alguno podrá nunca atravesarlos. Cuando escucho estos versos me duermo con una sonrisa de satisfacción sabiendo que mi esfuerzo, mi cansancio, es mi forma de cuidar al Emperador que nos cuida y nos protege desde el otro lado de estos muros. No tengo dudas. Solo espero ver llegar el día en que la construcción se termine, se coloquen las últimas piedras, la última carga de argamasa, y podamos regresar a las tierras ancestrales de nuestra familia, allí donde sea que se encuentren. A la espera de ese día, continuamos construyendo estos muros sin final, pero también, sin principio.



