Mientras el ómnibus se desplazaba lleno de gente, con todos los asientos ocupados y con personas de pie en el pasillo, pensé que la música que se oía por sobre las conversaciones y el ruido del motor provenía de la radio del conductor. Tal vez fuera la única forma que había encontrado para sustraerse de los murmullos del interior de vehículo y al mismo tiempo atender al trayecto.
El ómnibus continuó devorando kilómetros de asfalto de aquella interminable ruta mientras, en una clara sucesión, uno tras otro los pasajeros llegaban a sus destinos. Quedaban pocas personas a bordo, pero la música persistía. Su volumen resultaba cada vez más alto ahora que eran menos los cuerpos que absorbían el sonido, la cadencia repetitiva hasta el hartazgo resultaba imposible de negar.
Podía asegurar que no era la radio del ómnibus la que interrumpía el arrullador silencio del motor, aquel ruido provenía de otro sitio.
Sin el menor disimulo de mi parte, porque tampoco era necesario, observé a las pocas personas que continuaban viajando. Buscaba algo que, a mí único entender, no estaba del todo bien. No demoré demasiado en encontrarlo.
Perdida en la penumbra de la noche, la poca luz del interior del ómnibus, y la soledad de los últimos asientos, una mujer, tan joven que parecía recién salida de la adolescencia, escuchaba música a todo volumen con sus auriculares rojos. Veía cómo movía la punta de uno de sus pies por sobre el apoyabrazos del asiento al ritmo de la melodía, la misma que atravesaba los rumores y la distancia para llegar con todo su ímpetu hasta mis oídos y más allá.
Al verla pensé en la salud de la melómana niña y si era tan necesario para su bienestar emocional dañar de modo tan atroz sus pobres tímpanos que, una vez lastimados, jamás se recuperarían. Bien lo sabíamos mi sordera y yo.