Era necesario armarse de valor, paciencia y
tiempo para visitarle. Pero era, también necesario, asegurarse que continuaba
con vida y bien, o tan sólo con vida. Era eso lo que en parte nos importaba. De
un modo u otro, todo se reducía a que continuara allí, sin molestar, si alterar
nuestras rutinas más allá de nuestras ocasionales visitas de control. Esta vez,
era a mí a quien le había tocado la suerte.
Se necesitaba tiempo porque los
caminos que conducían a su hogar llevaban décadas abandonados a la buena de la
naturaleza y no siempre era posible transitar por ellos. El camino se volvía
tan tortuoso como el sólo pensar en recorrerlo y en las implicancias que
pudiera tener esa visita. Aun cuando la distancia real no fuera tanta como
pudiera llegar a creerse. Lo que nos separaba era más un distanciamiento
emocional antes que físico, si quisiéramos explicarlo de forma que suene con
algo de lógica.
La paciencia, por otro lado, no se
refería a los caminos mencionados, sino por su modo cansino, extremadamente
lento y achacosamente fingido de hablar cuando alguien se encontraba cerca. También
por su insistencia en evitar responder lo que se le preguntara. Y, en
definitiva, porque era su hogar en donde nos encontrábamos, lo que tornaba
imperioso respetar las reglas que allí se impusieran, sin importar el por qué
de las mismas ni lo ridículas que resultaran.
El valor, finalmente, se volvía necesario
porque la nostalgia que destilaban sus palabras, sus gestos, sus formas de
vestir y relacionarse con el mundo se encontraba un paso más allá. Era una nostalgia
se percibida más que como el aroma del pasado, que era lo decía que pretendía
lograr, como el tufo que se desprende de las flores mustias olvidadas en los
antiguos cementerios. Lo sabía, al igual que el resto de los que continuábamos
realizando ese peregrinaje hasta su hogar, pero nada hacía para remediarlo.
Vivía apartado, solitario pero no en
soledad, como solía decir, sin molestar para no ser molestado, para vivir y
dejar vivir; como si fuera necesario agregar más frases hechas a su destino.
Frases que, al menos en su exclusivo caso, tenían parte de razón.
Y el camino que se presentaba
interminable pero, por supuesto, no lo era, porque tampoco puede extenderse más
allá del lugar al que se pretende llegar. Se demora, mucho, es cierto, pero en
las veces que lo hemos recorrido, conocemos por dónde pasar así como por dónde
no aventurarnos.
Respiré profundamente varias veces,
como cada vez que me tocaba realizar ese recorrido; conté hasta diez, hasta cien,
hasta doscientos, o más, antes de girar en el último recodo del camino
preparándome para lo sucedería a lo largo de todo aquel día. Avancé los últimos
pasos suspirando interminablemente mientras contemplaba la misma casa bajo los
mismos árboles de siempre.
Me acompañaban un nudo en el estómago,
la garganta seca y las palabras que no encontraban un orden adecuado para
dejarse pronunciar cuando una campana sonó en el aire llamando a su puerta.
El silencio fue la única respuesta.
Un silencio que servía para señalar
que luego de tantas quejas, reclamos y disgustos, aquella sería, por fin, mi
última visita.












