Mostrando entradas con la etiqueta Peregrinos en constante deambular. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Peregrinos en constante deambular. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de julio de 2017

Pequeño, pero triunfo al fin


Era necesario armarse de valor, paciencia y tiempo para visitarle. Pero era, también necesario, asegurarse que continuaba con vida y bien, o tan sólo con vida. Era eso lo que en parte nos importaba. De un modo u otro, todo se reducía a que continuara allí, sin molestar, si alterar nuestras rutinas más allá de nuestras ocasionales visitas de control. Esta vez, era a mí a quien le había tocado la suerte.
Se necesitaba tiempo porque los caminos que conducían a su hogar llevaban décadas abandonados a la buena de la naturaleza y no siempre era posible transitar por ellos. El camino se volvía tan tortuoso como el sólo pensar en recorrerlo y en las implicancias que pudiera tener esa visita. Aun cuando la distancia real no fuera tanta como pudiera llegar a creerse. Lo que nos separaba era más un distanciamiento emocional antes que físico, si quisiéramos explicarlo de forma que suene con algo de lógica.
La paciencia, por otro lado, no se refería a los caminos mencionados, sino por su modo cansino, extremadamente lento y achacosamente fingido de hablar cuando alguien se encontraba cerca. También por su insistencia en evitar responder lo que se le preguntara. Y, en definitiva, porque era su hogar en donde nos encontrábamos, lo que tornaba imperioso respetar las reglas que allí se impusieran, sin importar el por qué de las mismas ni lo ridículas que resultaran.
El valor, finalmente, se volvía necesario porque la nostalgia que destilaban sus palabras, sus gestos, sus formas de vestir y relacionarse con el mundo se encontraba un paso más allá. Era una nostalgia se percibida más que como el aroma del pasado, que era lo decía que pretendía lograr, como el tufo que se desprende de las flores mustias olvidadas en los antiguos cementerios. Lo sabía, al igual que el resto de los que continuábamos realizando ese peregrinaje hasta su hogar, pero nada hacía para remediarlo.
Vivía apartado, solitario pero no en soledad, como solía decir, sin molestar para no ser molestado, para vivir y dejar vivir; como si fuera necesario agregar más frases hechas a su destino. Frases que, al menos en su exclusivo caso, tenían parte de razón.
Y el camino que se presentaba interminable pero, por supuesto, no lo era, porque tampoco puede extenderse más allá del lugar al que se pretende llegar. Se demora, mucho, es cierto, pero en las veces que lo hemos recorrido, conocemos por dónde pasar así como por dónde no aventurarnos.
Respiré profundamente varias veces, como cada vez que me tocaba realizar ese recorrido; conté hasta diez, hasta cien, hasta doscientos, o más, antes de girar en el último recodo del camino preparándome para lo sucedería a lo largo de todo aquel día. Avancé los últimos pasos suspirando interminablemente mientras contemplaba la misma casa bajo los mismos árboles de siempre.
Me acompañaban un nudo en el estómago, la garganta seca y las palabras que no encontraban un orden adecuado para dejarse pronunciar cuando una campana sonó en el aire llamando a su puerta.
El silencio fue la única respuesta.
Un silencio que servía para señalar que luego de tantas quejas, reclamos y disgustos, aquella sería, por fin, mi última visita.

domingo, 16 de julio de 2017

Allí arriba aún se encontraba el sol

Como sucede con cada cosa de verdadera importancia, la información con la que se contaba era escasa. Demasiado escasa, dirían algunos. Como si se tratara de algo organizado para que nada se supiera, para que los fanáticos de las conspiraciones pusieran en funcionamiento sus mejores recursos en la elaboración de las teorías más ingeniosas sobre lo que sucedía con el aire.
            Lo que sucedía con la atmósfera, para ser más exactos. Porque aquello que comenzó como un simple fenómeno matutino, una neblina que no parecía querer disiparse, se transformó, poco a poco, con el correr de las horas, como les gustaba repetir a los periodistas carentes de imaginación, en otra cosa. Esa niebla, ese humo, como también se especuló que podría ser, parecía brotar de los mismos objetos. De casas y otras construcciones, de automóviles y unidades de remoción de restos patológicos de la vía pública, de árboles y plantas en macetas colgantes de balcones, de la población económicamente activa y jubilados. De todos parecía emanar esa suerte de vapor, un hálito inexplicable que se acumulaba formando pequeñas nubes en las esquinas de las ciudades.
            Al principio, en medio del desconcierto general de, por ejemplo, encontrarse en uno de los últimos parques públicos leyendo en voz alta La conquista del pan y ver que de las páginas, las letras, los signos de puntuación, emanaban aquel mismo vapor, siguió una suerte de euforia. Algo que, rápidamente, dio paso al miedo, al terror y los desmanes en contra de la casta política que demostraba, una vez más, su despreocupación hacía todo lo que no fuera redituable en las próximas elecciones. Como aquello que sucedía carecía aún de explicación, de nada les servía ya que carecían de cualquier posible respuesta.
Se especuló sobre un posible caso de fiebre terrestre, en el sentido de que el planeta mismo estuviera levantando temperatura. Pero eso no explicaba, por completo, cómo era posible que nosotros, que no formábamos parte de la Tierra, también nos estuviéramos evaporando. Otros científicos intentaron respuestas disímiles a partir de los pocos datos que disponían, pero sus teorías no dejaban de ser meras especulaciones. También desde los hospitales parapsiquiátricos se habló de una situación de corte milenarista —que no milenial—, pero nadie atendió a lo que allí se decía. Incluso en algunas radios entrevistaron a escritores de ciencia ficción con el fin de darle un toque más realista a lo que sucedía. Pero, como no podía ser de otro modo, todo fue en vano.
            Semanas más tarde continuábamos sin tener respuestas sobre lo que ocurría, salvo por el detalle de que sentía la piel cada vez más seca y tirante, viendo como comenzaba a descamarse en la zona de las uñas y en las articulaciones, la vida parecía comenzar a adaptarse a la nueva situación. Al menos la mayoría de nosotros lo hacíamos y ya ni nos preocupábamos por lo que sucedía.
            Esas nubes, que comenzaran en cada esquina de cada ciudad, se unieron entre sí formando una gran nube que llegó a ocultar ciudades enteras. El vapor se elevó formando una nube inmensa, inconmensurable, difícil de describir con palabras de menos sílabas, ocupando el espacio entero.
            Sabiendo que sería, como mínimo, un espectáculo interesante, subí a lo más alto de un cerro cercano al pueblo y miré, desde allí, una gran extensión de nada que se extendía en la dirección en la que decidiera mirar. A lo lejos, en las alturas, intentando sostener de algún modo su preeminencia en un cielo, el sol, empequeñecido entre tanta nube, continuaba brillando aunque nosotros no podíamos verlo.

domingo, 28 de mayo de 2017

Una eternidad y después

Al inicio eran apenas unos pocos, algunas docenas, quizá menos. Sabían multiplicarse y lo hicieron, con insistencia, con constancia, a lo largo del tiempo que se sucedería hasta el mismo final del universo. Llegaron a ocupar hasta el más mínimo de los rincones, los minúsculos y microscópicos junto con los inmensamente grandes. Allí estaban, llenando el espacio, invadiéndolo dirían otros. Necesarios para algunos, molestos para otros, ignorados por la mayoría.
            Su número no dejaba de crecer llenando los rincones multiplicándose exponencialmente. Morían unos pocos y miles los reemplazaban; al menos, por un largo período indeterminado de tiempo, así fue. Pero, sabido es, los límites siempre existen, aun para aquellos que ignoran el por qué de su existencia, la razón del ser o el sentido que han de tener en el mundo físico.
El tiempo, tirano entre tiranos, asesino entre asesinos, nunca dejó de correr. Y si en un primer momento les permitió medrar a lo largo y lo ancho, a lo alto y lo bajo, en las treinta y dos direcciones del viento, por los sesenta y cuatro hexagramas, los ciento veintiocho bits y en los rincones del hiperespacio, les quitó, luego, esa posibilidad. Así pues, del mismo modo en que comenzaran a hacerlo, dejaron de multiplicarse y comenzaron, poco a poco, a menguar, a decaer.
            A lo largo de un espiral cuasi infinito se deslizaron hacia la desaparición. Nadie se molestaba en notar la ausencia de unos pocos si allí donde se los buscara podría encontrárselos, tan alto era su número que nadie se percataba de que ya no eran tantos como parecían. Si bien morían poco a poco, nunca dejaron de hacerlo.
            Hasta que llegó el inevitable momento en que ellos, que lo habían ocupado todo, se extinguían sin remedio. Abandonaron sus posesiones ancestrales, las que creían la cuna de su existencia, los lugares que amaban como profanos pero también como sagrados. Lo abandonaron todo sabiéndose condenando a la extinción.
            Ellos, que llegaron a creerse el centro de la existencia, el pilar de la creación, el sentido de la vida, los únicos entre los únicos, al final de cuentas, como el resto de los otros seres que descubrieran a lo largo de su existencia, perecerían. Un duro golpe para su ego, para sus vidas, para lo que ellos mismos eran. Un golpe. Duro, muy duro.
            Durante años debía mirarse con suma atención, y sólo en ciertos lugares específicos, para encontrar a uno de ellos. Solitarios heresiarcas lamentándose siempre por lo perdido, ignorando cómo soñar por un nuevo futuro.
            Porque no había futuro, decían, pensaban, repetían y creían.
            Pronto llegó la noticia de que sólo subsistían dos de ellos, en rincones alejados, casi opuestos, del universo. Ancianos, vetustos, olvidados por el resto de la creación, solo sabían el uno del otro. Por eso se odiaban hasta el extremo de desearse la muerte mutuamente. Ambos eran del mismo género, no podrían pues jamás, ni aunque así lo quisieran, reproducirse. Se odiaban el uno al otro odiándose a sí mismos por lo que eran, lo que supieran poseer y por lo que habían perdido; aun cuando de ellos sólo quedaran antiguas leyendas semiolvidadas en sus memorias.
            Estaban condenados a que, por los siglos de los siglos, y por el resto de la eternidad, su nombre cayera, irremediablemente, en el olvido. Entonces, ellos, que lo fueron todo, no serían, al final nada.

domingo, 7 de mayo de 2017

Cazadores de mariposas

Repartieron las redes bien temprano. Algunos de nosotros ni siquiera estábamos despiertos por completo cuando apareció en nuestra mano el mango de madera artificial de las redes repartidas por el instructor. Era muy temprano pero, también, decían, que era ese el mejor momento para encontrar desprevenidas a las mariposas. La temperatura aún no resultaba tan elevada y el sol golpeaba con un poco menos de fuerza sobre la superficie.
            Íbamos a cazar mariposas en medio del desierto. Ninguno de nosotros habíamos escuchado esa palabra antes de presentarnos como voluntarios para el Programa; pero eso no nos desmotivó a participar. Tampoco sabíamos qué preguntas hacer, ni si las mismas serían respondidas en algún momento.
            Se nos explicó cómo utilizar las redes, los movimientos exactos que debíamos realizar para capturar y retener a las mariposas sin lastimarlas pensando es su posterior estudio y análisis en los laboratorios. Nos mostraron reproducciones de imágenes de siglos anteriores para que conociéramos lo que era una mariposa, aclarando que los colores y tamaños podrían variar, pero no así su forma, al menos no demasiado. En todas las imágenes las buscadas mariposas aparecían en medio de la vegetación, cerca de flores o plantas. No se nos aclaró el por qué de ello.
El instructor hablaba sin parar, como si ni siquiera necesitara detenerse a tomar aire entre párrafo y párrafo. Como si creyera que atendíamos a sus palabras. Nos miraba a través de sus lentes de lectura veloz analizando nuestras expresiones que variaban entre el fastidio, el aburrimiento, el desgano y la fascinación. Aún así, continuó hablando como si nada. Explicó una infinidad de detalles sobre las mariposas y su importancia que dudo que alguien recordara luego de escuchar cada palabra.
            —Lo importante es no demostrar miedo, pueden sentirlo —dijo finalizando su discurso. Podría haber pensado como algo tan pequeño y feo podría ser capaz de algo semejante, pero en verdad lo que menos me preocupaba era pensar en algo en ese momento.
            Nos saludó uno por uno en la puerta del ómnibus mientras descendíamos, repetía el mismo mecánico saludo a cada uno de nosotros —Hasta luego, y buena suerte—. Los grilletes y cadenas en nuestros pies no nos permitían movernos demasiado rápido, ni caminar largo trechos cómodamente, por lo que el descenso se volvía lento y complejo. Aún así, ya estábamos allí, negarse a lo que se nos pedía carecía por completo de sentido, además de que nadie se habría preocupado por lo que tuviéramos que decir.
            El sol me cegó por un eterno minuto cuando me tocó descender del ómnibus. Parpadeé varias veces recuperando la visión, cubriéndome la frente con una mano, sosteniendo la red en la otra, mirando lo que me rodeaba.
            Nuestro transporte se alejaba por el camino, el resto de mis compañeros de cacería se internaba por el paisaje buscando las mariposas. Miré con cierto desprecio la arena que me rodeaba y comenzaba a colarse dentro de mis zapatos poniéndome de pésimo humor.
            El desierto se extendía incluso más allá del horizonte en el que los otros cazadores se volvían apenas manchas oscuras desdibujadas en la extensión de la arena. Me tocaba hacer lo mismo, alejarme del camino en la dirección que indicara el instructor, con la red preparada para la sorpresiva aparición de alguna mariposa en medio de aquel interminable desierto.
            Tal vez, con un poco de suerte, o con algo más, podría encontrar alguna.

domingo, 30 de abril de 2017

Rutinario


La rutina, como excelente y única consejera necesaria, marcaba su vida. Bien sabía que debía ser de ese modo, ya que sus años de experiencia y construcción de la misma se lo habían hecho comprender. Una rutina que cubría hasta el menor detalle de su minúsculo porvenir. Nada quedaba por fuera; todo estaba debidamente organizado y orquestado en la perfección de la constante repetición. Sabía a cada instante lo que sucedería, incluyendo la sorpresa de lo habitual y de lo regular, de lo que es para siempre igual.
            Los días iguales, los finales de semana perfectos, sus acciones y actividades no se veían alteradas ni por el clima ni por lo imprevisto; al menos así lo creía desde su juventud, cuando estableció en torno a su persona la paz de la rutina. Y la vida había fluido junto a él sin apenas tocarlo, sin dejarse afectar. Regularidad, repetición, resistencia, antes que nada.
            Pero, por supuesto, ningún orden ha de ser eterno; la perfección no ha sido creada para que perdure. Aun cuando suele pensársela de ese modo.
            Es la razón que explicaría, entonces, por qué, ese fatídico miércoles, el cartero entregó la correspondencia media hora más tarde lo habitual. Intentó explicarle a ese hombre, que lo miraba con algo que se parecía a la rabia, al fastidio y, también, al desprecio, de la importancia de recibir esas cartas a un horario determinado. No existía una razón valedera que justificara dicho retraso. Un insulto zanjó el intercambio sin resolución alguna al problema planteado.
            Las palpitaciones en su pecho demoraron en calmarse luego de que el cartero se retirara de su portal; su cuerpo no se encontraba preparado para ese tipo de —malos— tratos. Debía tomar la medicación, lo sabía, pero aún no era la hora de hacerlo.
            Tuvo que suspender sus actividades regulares con el fin de preparar las respuestas adecuadas a esas cartas y llevarlas, a primera hora de la tarde, hasta la Oficina de Correos. Algo que hacía, puntualmente, cada miércoles al comenzar el atardecer. Escribió, pues, rápidamente sus respuestas, temiendo olvidarse de algo de todo cuanto pretendía decir en ellas. El reloj avanzaba, al parecer, a una velocidad superior a la acostumbrada ese día; sabía que no era posible, pero lo sentía de ese modo.
            Al salir de su departamento para despachar las cartas, cruzó su camino con el almacenero del barrio, de pie junto a la puerta de su negocio como cada tarde, contemplando con algo más que lascivia a las mujeres que pasaban por allí y… ¡Horror! Era miércoles y no llevaba su camisa blanca.
Al contrario, estaba usando una de color diferente, de un feo bordó oscuro, sumamente alejado del blanco que debería de estar utilizando.
            Su corazón volvió a palpitar con fuerza. ¿Había tomado la medicación?
            Se acercó al almacenero para explicarle sobre la importancia de cumplir con las rutinas diarias y que si los miércoles anteriores durante los últimos años había utilizado una camisa blanca, debía, necesariamente, respetar dicha rutina, sin cambio alguno porque en verdad no había razón valedera para un cambio tan drástico.
            El almacenero le hizo saber que no tenía por qué entrometerse con su forma de vestir, ni con ningún otro aspecto de su vida, sino quería que él mismo, el almacenero, se entrometiera con las partes privadas de su anatomía. Algo que haría no precisamente de manera agradable. Así mismo, le dio a entender que lo mejor era que siguiera su camino lo más rápidamente posible sino quería ser víctima de violencia que no respondiera únicamente a una mera expresión retórica.
            Utilizó otras palabras, está por demás claro, pero el sentido se comprende de igual manera.
            Realizó el resto del camino sintiendo un ardor en su pecho que apenas podía disimular; y que no parecía querer disminuir. Faltaba poco, entregaría los sobres al correo, pagaría las tasas municipales por la utilización del servicio —mientras se debatía entre la opción de presentar o no una queja por el retraso sufrido, ya que no formaba parte de su habitual visita a esa dependencia— y regresaría, de manera perentoria, a la tranquilidad de su hogar, catapultándose directamente a su rutina, y a la espera de que el miércoles próximo no se repitieran semejantes situaciones.
            Claro que, como marca el sentido común, los problemas se presentan siempre de tres en tres. Alguien, alguna vez, se lo había dicho así, y fue incorporado a su rutina, claro, sin mucho estudio al respecto.
            Sobre la puerta, cerrada, de la Oficina de Correos, un cartel en grandes letras negras manuscritas decía: Oficina cerrada por desinfección.
            Leyó esas cuatro palabras al menos media docena de veces buscándole sentido, razón, motivo, causa o consecuencia; pero nada de todo ello tenía lugar en su pensamiento. Aquello no podía estar sucediéndole a él, a nadie, ni siquiera por error. No era posible, su rutina así se lo decía.
     La pesadez que sintiera a lo largo de todo el día lo venció, lo derrumbó y, allí mismo, junto a la puerta cerrada de la Oficina de Correos, comenzó a llorar en medio de la gente que ni siquiera se percataba de su ingente desesperación.

domingo, 19 de marzo de 2017

Diluvio

Resultó, desde un principio, ser una mala inversión. Era mejor pensarlo de ese modo para evitar acabar dándose la cabeza contra las paredes del negocio. En esa época recién comenzaba en el rubro y aún conocía poco el mundillo de los proveedores, los remitos, las consignaciones y todo lo demás. Es por eso que la idea de comprar un cargamento de sombrillas, a precio firme, es decir, sin posibilidad de devolución, resultó sumamente tentadora. Difícil resistirse a un trato en el que todo sonaba a ganancia directa y pura para su bolsillo, a pesar del fuerte desembolso inicial.
    El pueblo se encontraba cada vez más cerca del desierto. No porque el pueblo se moviera, sino que el desierto no dejaba de crecer. Podía notarse día a día: Morían los árboles tras largas y silenciosas agonías, el césped se secaba pasando del verde al amarillo y luego al gris más parecido al polvo que a la vida.
    Ni siquiera las más malas de entre las malas hierbas subsistían.
    La lluvia era mucho menos que un recuerdo, si es que en algún momento supo ser algo. El pluviómetro de la farmacia acumulaba tanto polvo en su interior que, de llegar una tormenta inesperada tal solo serviría para juntar un poco más de barro.
    Ante semejante realidad, tan cercana, tan palpable, la de las sombrillas sonaba como una idea demasiado buena. ¿Cómo negarse a un negocio seguro?
    El éxito habría sido total si aquello que le enviaran los proveedores se hubiera parecido en algo a las verdaderas sombrillas en lugar de ser, apenas, paraguas seguramente mal etiquetados adrede. El negocio hubiera triunfado y con las inesperadas ganancias hubiera podido huir de allí antes de que el desierto continuara avanzando. El error, junto con la imposibilidad de devolver los productos, se clavó en su corazón como el peor de sus fracasos.
    Los años pasaban y los paraguas dormían el condenado sueño del olvido en la buhardilla del negocio. Sin exagerar, decía que podía sentir sobre su cabeza como el polvillo del desierto se acumulaba sobre los paraguas mal apilados en los estantes; podía sentir la madera del entrepiso quejarse por el peso excesivo que soportaba.
    Las burlas de la gente del pueblo, que lo miraban sin hablarle, sin decirle más que lo necesario para obtener lo buscado en el almacén y partir raudamente sin contener la risa de pensar en tantos paraguas inútiles, le dolían un poco menos que el saberse estafado.
    Necesitaba una forma de desprenderse de tanta inservible mercadería, de tanto espacio mal aprovechado, de tanta frustración.
    Al dar, finalmente con la respuesta, le pareció tan sencilla que se sintió un tanto sorprendido del que no se le ocurriera antes: regalaría los paraguas. Iría a pérdida, no le quedaba otra opción pero sería también una suerte de publicidad para su negocio, una a la que la pobre competencia que quedaba en el pueblo -el otro almacén y la gasolinera junto a la ruta que no figuraba en los mapas carreteros de la región- no se encontraba en condiciones de responder.
    Y como cualquier comerciante sabe, la gente siempre regresa allí donde se le regala algo, lo que fuera, por mínimo e inútil que resulte el obsequio.
    A la mañana siguiente armó una pequeña mesa con dos tablones viejos y deslucidos junto a la puerta del local, desempolvó lo mejor que pudo los primeros paraguas que cayeron a los pies de la escalera al abrir la puerta de la buhardilla y los regaló a los incautos que pasaron junto al local. No se preocupó por dar explicaciones e hizo su mejor esfuerzo para no reírse de las caras de sorpresa con que recibían el inesperado presente.
    El primer día regaló diez paraguas.
    Al segundo día hizo lo mismo con veinte.
    Al tercer día tuvo que bajar todos los paraguas que quedaban en la buhardilla porque la gente del pueblo se los sacaba de las manos llevándose a dos o de a tres sin dudarlo. Pero, también, sin darle las gracias.
    Podría haberse detenido a pensar el por qué de semejante actitud; pero intuía que, al menor cambio, se acabaría la buena racha, y no se atrevía a preguntar qué era lo que pasaba. Era sabido que en el pueblo nunca llovería y la tela era tan fina que de nada servía ante semejante sol aun siendo de las mejores telas impermeables del mercado.
    Cuando se agotaron los paraguas, el almacén quedó tan vacío como lo estuviera antes, las provisiones y otras mercaderías con las que intentaba ganar algo de dinero continuaron arruinándose en los estantes. Su esfuerzo había sido en vano. 
    Cierto que ahora la gente le sonría en la calle, pero eso ni le daba de comer ni pagaba las deudas que se acumulaban día tras día.
    Aquello no le permitía ver más que una única y extrema solución cuando pensaba en su futuro. Un futuro que, a pesar de su esfuerzo, se había convertido también en un cúmulo de polvo de desierto. Su vida había terminado el día en que aceptó aquel mísero trato comercial, imposible negarlo. No había siquiera una razón para hacerlo.
    Semanas después de que el último de los paraguas fuera regalado, un aroma entre dulzón y amargo invadió el aire, entre el calor y el polvo del desierto, alertando a los vecinos más cercanos de que algo andaba mal en el interior del almacén. No sabían qué podría ser, pero era fácil imaginarlo; aquella no sería la primera, ni la última vez, que sentirían tan peculiar aroma.
    Lo encontraron colgando de la viga más alta en medio del negocio.
    Esa misma tarde, mientras un viento extraño, desconocido, árido y reseco, comenzaba a levantarse, lo enterraron en la parcela destinada para los pobres del cementerio del pueblo. Dinero alguno se encontró en el almacén para solventar los gastos del entierro. Facturas impagas, deudas por saldar y notas de crédito vencidas fue cuanto descubrieron.
    Al día siguiente comenzó a llover como nunca antes había llovido en la región. Lluvia que continuó durante meses, hasta que la región recuperó la humedad de su suelo y reverdeció la vida convirtiendo al pueblo en un nuevo vergel. Ni los especialistas en el cambio climático, en el comportamiento de las nubes, ni los charlatanes de siempre que pretendían poder explicarlo todo, comprendían semejante cambio.
    Fuera por la razón que fuera, quienes resistían en el pueblo no podían quejarse, ya que contaban, en aquel momento de necesidad, con un nuevo y oportuno paraguas.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Días de borrasca

El viento hacía vibrar los grandes ventanales del restaurante; el edificio, enclavado en medio de los cerros, como si fuera parte de esa postal, de esa fotografía publicitaria que sabemos hemos visto miles de veces siendo incapaces de identificar dónde se encuentra, se sostenía por obra y gracia de la terquedad humana. Las nubes se cerraban sobre sí mismas a lo largo del inmenso cielo que descubrían las alturas.
    Parecían no querer darse cuenta de ese juego, de esa tácita lucha entre el interior y el exterior, entre lo natural y lo artificial, entre una violencia y otra. Por otro lado, si lo hacían, si se percataban de aquello, lo disimulaban con un despliegue artístico tal que, su presencia allí, parecía una mera casualidad.
   Los restos del almuerzo se acumulaban en un rincón de la mesa aguardando a que los retiraran, el café humeaba en las tazas. Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio que los envolviera luego de las mínimas frases necesarias para ordenar la comida y, un poco antes de ello, los saludos de cortesía.
   Sabían por qué se habían citado allí, en ese momento y no antes (ni tampoco después), en ese lugar y no en otro, ellos (solamente ellos) y nadie más. El saberlo no lo hacía más fácil sino, al contario, tornaba más artificial toda aquella situación forzada hasta el último detalle.
   El café que se enfriaba en las tazas, el viento que continuaba golpeando contra los ventanales y el silencio, como una presencia más, entre ellos.
   —Dicen que el viento susurra sus secretos con mayor fuerza durante el otoño, pero los hombres lo confunden con presagios de tormentas —dijo, finalmente, uno de ellos para romper el silencio.
   Sus miradas se cruzaron brevemente, el sonido de sus palabras se perdía en la inmensidad del salón y el viento, allá afuera, continuaba bramando como si pudiera hacerlo por el resto de la eternidad.
   —Puede ser, quién sabe —respondió el otro.
   Las palabras, el resto de ellas, sobraban.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El peor de los azotes

He vivido, sin grandes problemas ni sobresaltos, la mayor parte de mi vida adulta en soledad. Es cierto que habito en una casa grande, enorme dirán otros, que podría albergar a una familia numerosa, si así me lo propusiera. Pero, salvo contadas visitas ocasionales para subsanar naturales apetencias, esa soledad, de la cual no me arrepiento, continuó siendo mi predilección. Somos seres gregarios, lo sé, pero a veces debemos ser nosotros mismos, cosa que se logra en soledad.
            Y fui yo mismo por mucho tiempo. Pero, como sucede siempre que la paz y algo que podría llamarse felicidad, nos rodea, las condiciones cambiaron de modo un tanto inesperado. Siendo feliz como lo era, y encontrándome en paz conmigo mismo como lo estaba, difícil resulta argumentar que ese cambio haya sido, en modo alguno, para mejor. Más bien, y como no podía ser de otro modo, fue lo contario.
            Un leve crujir en las maderas del suelo, en el piso inferir de la casa mientras me encontraba ocupado en mis quehaceres, fue la primera señal. Golpes sordos, apagados, como cosas que caían sobre las viejas y gastadas alfombras de las habitaciones, le siguieron a los pocos días. Restos de comida donde antes no había nada y olores rancios y nauseabundos que cambiaban el aire siempre húmedo de la casa, se sumaron más tarde. Detalles que dejaron de ser aislados convirtiéndose en algo habitual e  interrumpiendo mi existencia.
El miedo que me producía en encontrar con estos cambios me llevó a dejar de vagar libremente por la casa; dudaba de cuanto veía y escuchaba. Permanecía durante horas en un mismo rincón asegurándome que todo permanecía en silencio y en la más perfecta quietud, antes de ir de un extremo al otro. Limitaba mis paseos por la casa previendo cualquier situación problemática que prefería evitar.
            Imposible negar que mi vida estaba cambiando. Los ruidos, los roces sobre el yeso de las paredes, pasos pequeños, cortos pero rápidos en las habitaciones que esperaba encontrar vacías, lograban hacer que mis nervios se estuvieran siempre a flor de piel. De aquella tranquilidad a la que me encontraba habituado apenas quedaba el recuerdo; continuar viviendo en semejante situación se volvía intolerable. Me sentía cada día más rodeado, más cercado por los ruidos, por las presencias que se intuían pero nunca se dejaban ver. Sabía que allí estaban, se hacían notar, durante el día y, para peor, también durante la noche.
            Tuve que hacerme a la idea de que había perdido mi hogar. Algo que había sabido desde el primer día, desde el primer crujir de las maderas; pero me negaba a aceptarlo, como cualquiera se negaría a aceptar una derrota sin haber presentado antes batalla. Sabía que cualquier cosa que intentara sería por demás inútil; la casa estaba infectada, desde los sótanos hasta la buhardilla en la que tanto me gustaba contemplar el atardecer. La casa había dejado de pertenecerme, debía irme, alejarme y buscar otro lugar donde pasar mis últimos años.
       Cualquier confirmaría que en estos casos lo mejor es poner la mayor distancia posible entre alguien tan pequeño y solitario como yo y esa plaga tan terrible que ocupaba mi antiguo hogar. Aunque me dolía desde lo más profundo de mi ser, nada podía hacerse frente a una invasión semejante de humanos.

domingo, 2 de octubre de 2016

Ven conmigo

— Vamos, ven conmigo.
Por cierto que si tuviera que aseverar que esas hayan sido sus exactas palabras, dudaría de la autenticidad del recuerdo.
            El silencio resultaba abrumador en su inmensidad. Algo que nadie imaginaría en medio de una ciudad tan grande como en la que nos encontramos; pero era, al mismo tiempo, una ciudad tan desolada a esa hora de la noche. Y, aún cuando parezca que intento justificar mis supuestas acciones, nunca podría hacerlo porque ni siquiera tengo muy en claro de lo que se me acusa. Tal vez si conociera todos los hechos, cómo se supone que dicen ustedes que han sucedido, o lo que han podido reconstruir según las pruebas que han recabado, quizás entonces mi memoria comenzaría a funcionar de otro modo.
            Si, he leído las crónicas publicadas en los periódicos que han permitido que cayeran en mis manos. Pero ignoro los detalles que ustedes ansían conocer. Eso si tiene veracidad lo que me dicen acerca de mi participación en tales rituales… ¿cómo era la palabra que utilizaron para calificarlos? Ah, si, oculistas… No, no, no, perdón, ocultistas. Palabra que me era por completo desconocida hasta el momento en que ustedes la mencionaran ante mí.
            El que haya sido encontrado en medio del monte, cubierto de sangre de no sé quien, como ustedes dicen, quizá de humano, quizá de animal, probablemente  solo pintura, ya que no lo recuerdo, nada evidencia. Bien podría haberse producido alguna clase de accidente. Porque no tengo nada que ver con la media docena de cadáveres desmembrados que pretenden endilgarme en un juicio tan amañado como el presente.
            En mi vida he sabido siquiera deshuesar un pollo, y ustedes dicen que he hecho cosas aberrantes a esas personas, las identificadas y las aún desconocidas. El cuchillo podrá tener mis huellas digitales, pero, repito, nada tengo que ver con ello. Pude haberlo encontrado en algún momento de la noche y lo tomé para que no quedara perdido en medio de la maleza; pudo habérmelo dado otra persona que no, no sé quién será porque carezco de recuerdos precisos. La frase que escuchara en medio del silencio de la ciudad es el límite de mi memoria.
            Porque, después de todo, lo único que hice fue responder una invitación, por completo inesperada, es cierto, ¿pero como rechazar una propuesta pronunciada con la voz grave y profunda de Narciso Ibáñez Menta proveniente de un gato callejero que nos mira con fruición? Díganmelo ustedes y sean sinceros, si es que pueden, ¿la rechazarían?

domingo, 31 de julio de 2016

Mala suerte

Todos lo conocían en el pueblo. Mujeres, niños y hombres. Imposible no verlo, no reconocerlo, no saber de quién se trataba con las marcas de su destino señalándose en el cuerpo. Era parte de la historia, tanto en su propia vida y como en la del pueblo, de aquellos atroces años de sequía, cuando hasta los animales más robustos perecieron.
            Pero ahora nadie recuerda esos años. El clima es tan diferente que la sola idea de una sequía como las de antaño parece una simple fantasía. Ahora que el desierto que supiera crecer en torno al pueblo ya no estaba allí, sólo quedaba una huella de aquel pasado: él.
            Caminaba por el pueblo como si fuera el amo y señor de cuanto se encontraba bajo su paso y ante su mirada. Nadie cuestionaba su actitud ni su forma de comportarse; decían que se lo había ganado luego de tanto tiempo. Cierto que tampoco nadie se atrevería a enfrentarlo, siquiera por error. Era más fácil darle la razón en silencio que atreverse a desatar cualquier otra reacción en su semblante osco y silencioso.
            Los niños se burlaban de él en la escuela; lo dibujaban en las amarillentas páginas de sus cuadernos mientras le inventaban historias en las que luchaba contra imposibles monstruos mitológicos en improbables geografías. El castigo ante las apuestas perdidas de los adolescentes era enfrentarlo en alguna calle e intentar entablar una conversación, sacarle alguna palabra, algo que ningún adulto siquiera se interesaba en lograr desde hacía años. Pero, en verdad, apuestas semejantes nunca llegaban a cobrarse.
            Los hombres le abrían el paso y apenas lo miraban cuando se encontraba cerca. Sabían que él realmente había intentado, lo que ninguno de ellos siquiera pensaba intentar, con valor, con audacia sin igual pero, también, con cierta estupidez. La hombría de cualquiera de ellos era puesta en dudas cuando él se encontraba en las cercanías; por eso siempre era mejor evitarlo.
            Las mujeres lo miraban con deseo culpable ardiéndoles en la piel; pero el miedo ante las huellas de su pasado pesaba más que sus intenciones de mirarlo aunque más no fuera  por unos segundos en la calle. Nunca, desde aquel día que se sabía pero evitaba nombrarse, mujer alguna se le acercó. Sumido en la soledad más atroz habitaba aún la misma casa de antaño, donde todo era recuerdo, donde todo era parte de su pasado.
            Incluso los perros rehuían de su presencia; como si algo maligno, algo peligroso, algo que les causara demasiado miedo para enfrentarlo, le rodeara.
            Las marcas en su cuello, esas cicatrices que no desaparecían, las huellas de su desesperación cuando la sequía consumió la vida de su familia, de sus animales y sus plantas, y solamente una cuerda y una viga de madera carcomida por el tiempo y la humedad, lo separaban del final.
            Era el colgado en vida, el ahorcado que continúa respirando, el último vestigio de su época. Habiéndole escapado a la muerte una vez, ésta jamás volvería a buscarlo, decían los nuevos ancianos del pueblo. Su presencia era como un castigo para muchos de los que llegaron a ocupar el pueblo cuando las lluvias regresaron a la región; porque les recordaba lo que podría sucederle a ellos también.
            Un castigo infinitamente peor que la muerte, querer morir pero continuar viviendo que, de tan inesperado, se parecía demasiado a la mala suerte que las personas decían sentir cuando se encontraban cerca él.

domingo, 5 de junio de 2016

Tarea Pendiente

Venía posponiéndolo desde hacía demasiado tiempo, mucho más del que estaba dispuesto a recordar. Pero ya no podía continuar de ese modo. Las ramas del inmenso árbol amenazaban por devorarse los pocos rayos de sol que aún alcanzaban aquel lejano rincón del globo que eligiera como refugio. Si pretendía continuar viviendo allí, la única opción era podar aunque más no fueran las ramas más altas. Para ello debía dejar de lado su miedo a las alturas, la sensación de traición que sentía al pensar en dañar al árbol y la inercia de los últimos años sin realizar el menor esfuerzo físico.
            Razones por las que nunca se decidiera a trasladarse hacia otro sitio mientras veía crecer sin impedimento alguna las gruesas ramas, el espeso follaje, la oscuridad a sus pies. Demasiadas sensaciones encontradas para quien buscaba el descanso definitivo que antecede a ese final que se niega a llegar. Claro que nunca había creído que llegaría a ver crecer tanto al pequeño retoño que planteara ni bien llegar a esas tierras.
            Pero el tiempo se negaba a detenerse y su ansiado destino se retrasaba. El sol se ocultaba tras el inmenso follaje y el frío se dejaba sentir, más que nada durante el atardecer, cuando el sol descendía sin llegar nunca a ocultarse por completo. Tendría que podarlo, opción alguna se le ocurría para que su predicamento tocara su final y poder dedicarse, como lo hiciera antes, a continuar esperando su momento.
            Claro que, llegado el caso en que se decidiera a hacerlo, a trepar los incontables metros quizá saltando de rama en rama, pensando cuál de aquellas sesgar y cuáles no, cualquier decisión sería más sencillo si contara, al menos, con un hacha. Pero, de momento, eso le parecía secundario.

lunes, 18 de abril de 2016

Cuando el tiempo era Tiempo

Inesperadamente, aunque era algo que intuíamos que sucedería, las nubes que cubrieran el cielo durante semanas se abrieron de par en par. Dejaron al descubierto lo que nunca hubiéramos esperado ver, ni siquiera en las peores pesadillas de los más psicóticos de nosotros. Del otro lado de las nubes, donde ansiábamos encontrar las mismas estrellas de siempre en el lugar que ocuparan hasta la llegada de las nubes, no había nada.
            Y cuando digo nada, me refiero a la nada misma. Una nada que ni siquiera servía como explicación a los últimos resplandores de un sol inexistente. Solo quedábamos nosotros, los satélites nos decían que fuera de la tierra, no había nada más allá de la estación espacial internacional abandonada décadas atrás.
Sólo vacío, ausencia, silencio y, tal vez también, muerte, como no podía ser de otro modo.
            La luz menguaba lentamente; la oscuridad se acercaba y, con ella, su carga de primitivos simbolismos incuestionables. ¿Qué haríamos después?, preguntábamos negándonos a acometer la cuestión más grande que era saber si existiría un después entre las tinieblas y el silencio.
            Incluso las palabras fallaban, pues poco quedaba por ser dicho. La luz se había extinto, la vida, para qué dudarlo, seguiría por el mismo camino; y lo único que me quedaba eran las mismas dudas que me acompañaran a lo largo de toda mi vida y que no me dejarían siquiera cuando me internara en el olvido de la nada.
            Sólo quedaba el silencio y nada más.
            El final estaba aquí. Jugar con la corriente del espacio-tiempo tiene un precio, ahora lo sé, pero ya es tarde; ahora cierro mis ojos, pues nada queda para ser mirado.

sábado, 26 de marzo de 2016

Autofoto

Maldita seas mil veces, Anastasia. 
    Aunque nunca haya sido tu intención, tus hijos ilegítimos inundan al mundo, poniendo en tela de juicio al sentido común, la seguridad personal y la supervivencia de sus escasas neuronas. Nunca lo sabrás, porque llevas mucho tiempo fuera de éste mundo, pero así han sucedido las cosas a pesar de los milenios de evolución e inservible progreso. 
    Maldita seas, Anastasia, por haberte sacada esa nociva fotografía sin pensar en lo que hacías. Por haberla ideado sin no medir la consecuencias de lo que sucedería a partir de su aparición. 
    Mil veces, una por cada nueva fotografía como la tuya que se da a conocer al mundo, y una más por las que se quedan en la intimidad aguardando el momento indicado para mostrarse. Pero sabemos que ninguna fotografía quedará jamás oculta, esa nunca ha sido la razón de su existir. 
    De nada sirve ahora pensar que, de no haber sido tú, alguien más lo habría hecho. Eso a nadie importa, el problema es que sucedió, el problema es que lo has hecho, el problema es que una tontería semejante haya adquirido tanto valor en el presente arruinando la voluntad humana (al menos la de la mayoría de los humanos que se pliegan a tan molesto accionar). 
    Pero maldita seas, Anastasia, más que nada porque no ha nacido después de ti, nadie que sea capaz de resistir la tentación de ser un poco como tú.

martes, 22 de marzo de 2016

La inmediatez de la nada


Días atrás, encontrándome en un bar donde esperaba a que fuera la hora en la que tendría lugar una reunión de trabajo que nunca sucedió, me topé, arrojado como al descuido en el suelo, junto a una de las patas de la silla en la que me sentara, un papel doblado con suma prolijidad. Como no podía ser de otro modo lo levanté y lo desdoblé; lo que encontré en su interior resultó en algo tan inesperado que lo único que se me ocurre en estos momentos es compartirlo con ustedes de tan perplejo que me dejó su lectura. En ese papel, quizás olvidado por azar, quizá dejado allí adrede, se leía:

La inmediatez de la nada:
Podría, con un tono sumamente profético, decir que tuve una revelación que modificó mi forma habitual de relacionarme con el mundo. Pero ello no sería del todo cierto. Fue diferente a una revelación, porque carecía de cualquier condimento de fe y mucho de realidad. Aun cuando existen aquellos que sostienen que creer en la realidad es, en definitiva, una muestra de fe, ese nunca ha sido mi caso.
            La cuestión es que me percaté de que no existo. A pesar de que ahora mismo me encuentro sentado en mi casa, rodeado de mis libros (míos por propiedad y míos por autoria), con el ambiente que creé para que me sea más cómodo desarrollar mis historias, rodeado de cuanto necesito. Así y todo, no existo. Aun cuando muchos lean éstas líneas y lo nieguen, ya que me conocen o creen hacerlo, debo decirles que es cierto, no estoy, no soy, no fui. No. Nada. Nunca.
            Los quince minutos de fama a los que todo el mundo aspira llegar son una maldición. Tanto para quienes los aceptan porque los han logrado, como para aquellos que los ansían y se desesperan por conseguirlos sin preocuparles en lo más mínimo el método al que deban recurrir para lograrlos. Para el resto del mundo apenas sí queda nada. Porque si digo que no existo no se trata de una metáfora, es algo más que una expresión de deseo, es la verdad. Sabiendo entonces que la verdad no se niega con la mentira, sino con más verdad, y que una verdad no crea otra verdad sino que  abre un camino a una realidad específica que modifica la relación de uno mismo con el mundo, con la humanidad y el universo, el relativismo inunda la vida por completo.
            Les repito, entonces, no existo. Sabrán qué hacer con el mundo que se abre frente a ustedes. O quizá no lo sepan en lo absoluto. Sea como sea, en poco me afecta, porque no estaré allí. Estarán solamente ustedes.
            El mundo es suyo, la realidad siempre es ajena y, para peor, responde a poderes fuera de nuestro alcance y de cualquier posibilidad de comprensión.
            La afirmo y lo repito, no existo, lo sé y lo acepto. ¿Pueden ustedes decir lo mismo?

martes, 16 de febrero de 2016

Nunca me interesaron los cuentos de hadas

Es cierto, nunca lo hicieron. Desde pequeño sabía que todo lo que ellos contaban era falso, imposible de conseguir y más difícil aún de sostener en el tiempo. Sabía que nada había en ellos que justificara su lectura. Por eso la esquivaba. Prefería hacer otra cosa, algo diferente. Me pasaba el día calculando cuánto tiempo de mí juventud ahorraba evitando desperdiciarlo en lecturas ociosas y todo lo que podría lograr una vez que invirtiera todo ese tiempo en algo verdaderamente productivo.
            Sumaba de ese modo una hora hoy, quizá cuarenta y cinco minutos mañana, dos días completos durante la próxima semana. Horas, minutos, días y así, más pronto que tarde, tenía meses completos a mi disposición. Era estupendo ver como crecían los minutos ahorrados mientras evitaba dedicarme a la lectura recreativa e informativa; porque si primero comencé con el ridículo género de los cuentos de hadas, al poco tiempo, para ahorrar más tiempo, anulé las suscripciones al periódico que mi familia sostuviera durante más de treinta y cinco años en forma de una típica tradición folclórica. De todas formas continuaba enterándome de lo que sucedía, nadie escapa al flujo de información que constantemente nos rodea.
            Meses después dejé de leer mis revistas científicas y, para evitar caer en cualquier tipo de tentación, vendí el material de lectura existente en mi casa. Incluso las dos colecciones de enciclopedias, la francesa y la inglesa, que, se suponía, eran primera edición pero, como no me interesaba, me despedí de ellas sin darle mayor importancia. Debía continuar ahorrando tiempo porque sentía que se acercaba el momento indicado para su rápida y segura inversión, lo sentía en mis huesos los días de humedad y frío. Lo veía en cada cabello que abandonaba mi cabeza quedándose en mi almohada o en el desagüe de la ducha. Eran señales, símbolos, como esos presagios que continuamente se mencionan en los cuentos de hadas que refería no leer y, ni siquiera, recordar en lo absoluto.
            Se acercaba, lo sabía, lo intuía, y, por fin, todos ese tiempo acumulado, los días, los meses, lo años, que estaban a punto de convertirse en una década de esmerados esfuerzos de toda una vida, darían sus frutos. Les demostraría a los médicos lo errados que estaban con todo lo que decían sobre mi salud y mi psicopatología. Invertiría todo el tiempo y mis cuentas darían tantos dividendos que podría vivir el resto de mi vida sin volver a realizar un cuenta ni ver ningún número rondando por allí, nada.
            Podría, por fin, dedicarme a otra cosa que fuera de mi verdadero interés; claro que antes de por hacerlo debería de descubrirla.

jueves, 14 de enero de 2016

Pasan los años


Mirándome en el espejo ésta mañana sentí que no me reconocía en ese reflejo. Sabía que era yo mismo quien me miraba. Pero solamente lo sabía porque conocía el funcionamiento del espejo, no porque aceptara que ese rostro era el mío y el de nadie más. Quién es ese extraño que me mira a través de este vidrio, pensé. Y ese extraño no era otro más que yo.
            Aún con restos de jabón sobre los pómulos, pensé en cuánto tiempo llevaba sin percatarme de nada. Rastro alguno podía hallar en ese rostro arrugado, con signos de tristeza y ansiedad, de combates y derrotas, de quien supe ser. ¿Qué había sido de mi juventud, de mis sueños, mis deseos y mis amores? Lo había perdido todo.
            Dudé de que el espejo funcionara correctamente. Aquel no podía ser yo, no tenía que ser yo sino alguien más, algún otro, observándome, como yo le observaba a él. Pero allí no había nadie más, estaba solo. Era una pared o que observaba y no una ventana. Las arrugas en torno a los ojos, el rictus casi permanente en la comisura de la boca y el cansancio marcando cada gesto, copiaban cada uno de mis movimientos.
            Los años pasan, pensé repitiendo una sentencia que nunca hasta ese momento tuviera sentido para mí. Los años pasan, dije en voz alta sin que ni el eco de mis palabras me respondiera, solo el silencio que me acompañaba desde siempre.
            Los años pasan, repetí.

jueves, 7 de enero de 2016

Eterna pandemia

Enfermos de potencial nacemos todos nosotros. Potencial para ser cualquier cosa que deseemos ser, para hacer lo que imaginemos, para vivir de la forma que mejor nos plazca. Pero, al poco tiempo, la vida toma las riendas sobre nuestros deseos y, vacunados con altas dosis de sarcasmo, escepticismo y  desazón (la vacuna SED que nos inoculan desde los pocos meses de vida), perdemos parte del potencial que nublaba nuestro futuro.
            El segundo ataque contra ese flagelo comienza junto con la educación formal, donde aprendemos a pensar por dentro del cuadrado habitual y nunca por fuera del mismo. A pintar sin salirse de las líneas, a aceptar todo sin discutir, a vivir sin quejarnos, las normas sociales y de acentuación de las palabras graves, agudas y esdrújulas (por no mencionar a las sobreesdrújulas, claro). Tras años de encarnizada lucha, quienes superan la educación formal logran un diploma que les sirve de entrada directa al siguiente nivel de enfrentamiento contra el potencial.
            El tercero y último ataque se conoce con el gracioso nombre de semana laboral. Lunes a viernes, de 6 am a 8 pm, con media hora para almorzar y dos horas de viaje al inicio y al final de cada jornada. Amoldando nuestras vidas al trabajo rutinario y no el trabajo rutinario a nuestras vidas; dejándonos apenas el tiempo suficiente para dormir, recuperar fuerzas y prepararnos para el día siguiente. Y los sábados, ingleses o no ingleses, para que durante el fin de semana el potencial no sienta que cuenta con alguna mínima posibilidad de provocar algún pensamiento extraño.
            Todo reforzado con la anestesia de los domingos y sus 24 horas de transmisiones deportivas, para comenzar los lunes con una alegría más, o una menos, según los resultados, en nuestros agotadores e innecesarios trabajos.
            Pero debemos atacar al potencial, vencerlo, derrotarlo, aniquilarlo, si es queremos cumplir con el sueño de una vida gris y aburrida como las que llevan todas las personas en el resto del mundo. O, como se dice la mayoría de las veces, una vida promedio. Sin sobresaltos, sin la multiplicidad de caminos que el potencial presentaría constantemente a cada nuevo paso de nuestros atolondrados pies, sino únicamente una línea gris de asfalto, recta, en una única dirección.
            De esta gloriosa manera, cuando queramos percatarnos de que algo salió mal, de que las cosas eran un poco diferentes a lo que pregonaban en todas partes, el trabajo habrá hecho efecto. La rutina habrá logrado aniquilar cualquier posibilidad y sólo quedarán las cáscaras vacías de ciudadanos educados y decentes esperando su jubilación o la tumba, lo que llegue primero.
            Solamente unos pocos, pero muy pocos, de los que nacen día a día, poseen la habilidad de transformar el potencial de algo perjudicial en algo benéfico (ciertos médicos creen que esta habilidad es una mutación beneficiosa para la humanidad, otros postulan lo contrario y predican su completa erradicación del genoma humano). Pocos, muy pocos que disfrutan de la vida y evitan los pasos descriptos en los párrafos anteriores. Ellos, y sólo ellos, conocen el camino a la felicidad, no ya potencial sino auténtica.
         Quizá seas uno de ellos, quizá lo sea yo mismo, aunque quizá lo sea alguien más o, quizá, tal vez, no lo sea nadie. Pero, también, es posible que sean demasiados quizás.

sábado, 12 de diciembre de 2015

La pesadez del letargo

Como sucede con las verdaderas tragedias, al principio, no creímos en nada de cuanto se nos contaba. Acostumbrados a las constantes mentiras y exageraciones de los medios de comunicación, a su fascinación por inventar realidades ajenas a las que vivimos el resto de los mortales, no dimos crédito a sus palabras.
            Por otro lado, lo que se proponía distaba muy poco de los clásicos relatos de la primera época de la ciencia ficción. Una supuesta enfermedad, con el rimbombante nombre de Insomnio Negativo, se propagaba por el territorio nacional. Al menos así fue al principio, más tarde logró extenderse más allá de las fronteras imaginarias de la nación. Una enfermedad que, democrática en su accionar, no se fijaba en clase social ni en capacidad de consumo o de crédito personal. Cada uno podía ser su víctima por igual.
            Muchos supusimos que era un nuevo intento por imponer el miedo y la histeria colectiva a través de la viralización de algo semejante. Una enfermedad que superaba con creces cualquier alteración normal del sueño, sería apenas una broma de mal gusto de las típicas que rondan por la red. Los videos que se mostraban como prueba irrefutable de las palabras de supuestos investigadores resultaban ser, como siempre en estos casos, de mala calidad, con más sombras que luces y en contante movimiento. Eso para no mencionar a quienes tomaban esos videos con sus teléfonos móviles en forma vertical en lugar de horizontal, pero bueno, no todos saben usar esos aparatos.
            La idea de que sería un engaño duró poco tiempo, las evidencias se tornaron, poco a poco, más contundentes.
Suponíamos, también, como tercera o cuarta opción, que era un intento desesperado por terminar de imponer la necesidad de algún nuevo producto cuya real utilidad no era tal, como lo hicieron antaño con los mismo teléfonos que nos acostumbramos a llevar a todas partes (incluido, o más que nada, al baño), las computadoras personales un poco antes, la televisión antes que ello y, aún antes, las radios a galena. Eso para no hablar los cambios en el transporte.
            Cuando el gobierno comenzó a intervenir abiertamente en la situación, suprimiendo la información al respecto y con el Ministerio de Salud, avalado por la OMS, como único organismo oficial que brindaba partes informativos cada cuarenta y ocho horas sobre el estado general de los afectados, comenzaron a aflorar nuestras dudas. Cuando un tercer rostro desconocido para el público ocupó el cargo del Ministro, intuimos que la situación se encontraba más allá de cualquier posibilidad de control.
En eso, pero solamente en eso, no nos equivocábamos.
            Ni médico ni científico ni especialista —pero tampoco los charlatanes habituales— era capaz de determinar de qué forma afectaba al cuerpo el Insomnio Negativo, cómo se propagaba, si era contagioso, si la leche estaba contaminada como en casos anteriores o si todo era culpa del calentamiento global. La incertidumbre era tal que solo podían describir los síntomas inmediatamente previos al efecto real de la enfermedad: Lo que ocurría era que, simplemente, luego de un día normal de trabajo o de ocio polivalente, te dormías para no despertar.
Luego de lo cual, nada parecía capaz de arrancar del mundo onírico a los durmientes. Ni el despertador, ni el agua, ni el fuego, ni el dolor ni mucho menos el placer. Los instintos básicos de supervivencia se anulaban de tal forma que aún cuando la persona afectada continuaba respirando, parecía más muerto que cualquier otra cosa. Incluso se han registrados casos de disparos de armas de fuego junto a los oídos de los durmientes sin efecto alguno; el ruido, por potente que fuera, no atravesaba las barredas del sueño.
            El cuerpo del durmiente comienza a consumirse sin atención médica. La persona afectada enflaquece al disminuir los depósitos grasos del cuerpo, la piel se deseca por la deshidratación. Finalmente, y luego de un proceso que los médicos definen como extremadamente doloroso pero inconciente, el enfermo muere sin siquiera volver a despertar. Incluso aquellos que sí logran recibir algún tratamiento que prolongue su vida un poco más, acaban, indefectiblemente, muertos.
A pesar de que nadie quería ser recordado como quien había declarado la pandemia, los hospitales no daban a vasto para atender a la población. Esa misma población que se alegrara en un primer momento al suponer que se liberaría de los mendigos y las personas sin hogar que, según cierta manera arcaica del pensamiento,  afean las veredas de la ciudad. Cuando banqueros, empresarios, modelos de lencería, actores de cine y corruptos de toda laya comenzaron a caer por igual, nadie se sintió a salvo.
            La única solución aparente es mantenerse despierto el mayor tiempo posible; al menos para solucionar los temas relacionados con el inevitable deceso. Pero nadie aguanta más de cinco o seis días sin cerrar definitivamente los ojos. No podemos olvidarnos de que, después de todo, somos simples hombres y mujeres cuyos cuerpos necesita un descanso para recuperarse del mal uso al que lo hemos acostumbrado luego de años en los que preocupación alguna nos obligara a pensar en él.
            Hace un día, o un día y medio quizá, note que el café ya no tenía ningún efecto sobre mí. Mis ojos se cierran por el peso de los párpados cansados, la sensación de tener arena debajo de ellos me obliga a cerrarlos cada vez más seguido. La frecuencia de mis parpadeos disminuye permaneciendo con los ojos cerrados más de lo que debería. Las pequeñas descargas eléctricas que me autoinflingía tampoco sirven de mucho, subir el voltaje no es una opción. Mi coordinación motora es un desastre, lo noto en las formas que toman las últimas palabras porque no me atrevo a encender la computadora.
            Ayer, creo que durante la mañana, aún escuchaba al vecino que, dos pisos más arriba, intentaba resistir al igual que yo. Ya no estoy seguro de que continúe en su intento. La ciudad se nota silenciosa, como si ella también durmiera, las últimas sirenas que ululaban en la noche enmudecieron. Sólo unas pocas aves, en los escasos árboles que aún perduran en el parque, dan señales de vida.
            Sin darme cuenta contemplo la cama, en el rincón opuesto de la habitación en el que me encuentro y la sensación de fracaso me invade. Sé que me dormiré, como lo han hecho muchos antes que yo. Porque necesitamos dormir, deseamos hacerlo; así como deseamos cierta seguridad, al menos aparente, de que volveremos a despertar porque dormir, soñar y morir son cosas fundamentalmente diferentes.

miércoles, 24 de junio de 2015

Melodías


Su voz era como una suave e hipnótica melodía de piano. Algo que comenzaba muy bajo, casi en el umbral de lo auditivo, para ir haciéndose más y más presente, si querías escuchar, por supuesto. Pero sólo eso. Tenue, muy leve, tanto que si alguien hablaba a lo lejos, un teléfono sonaba en una habitación vacía, o las nubes chocaban entre sí antes de una tormenta de verano, sus palabras se perdían. Suave, hipnótica, su voz, como un piano.
            Comenzaba y ya no queríamos dejar de oírla, por el resto de nuestra vida y todo lo que pudiera venir después. Su ausencia era el inicio de la desesperación. Un vacío que señalaba su falta de tal forma que nada, ni nadie, era capaz de cerrarlo, ni siquiera el azar. Un vacío tan grande como la vida y la muerte antes y después de ella; o quizás un poco más grande, si es que tal medida de escala sirve de algo, cosa que, en verdad, lo dudo.
            Existió un pueblo, hace mucho tiempo, tanto que es falso calendario que nos domina en la actualidad, ni siquiera había sido creado aún, que creía que esa voz, esa melodía, ese piano, era el origen del universo. Decían que de allí surgía cada ínfima o gigantesca mota del universo. Ellos nunca conocieron el piano, pero así lo creían. Nunca los conocí, a no ser por referencias perdidas al pie de ciertas páginas en textos tan aburridos como los míos, pero creo que tenían razón.
            El origen es una melodía. Nosotros podemos alterarla mínimamente porque continúa cuando nosotros ya hemos recorrido nuestro paso por su partitura. Continúa. Siempre. Por siempre.
           Quizá sea, al igual que el inicio, el final de la existencia. Y, si lo es, porque quienes en ella creen evitan hablar de un posible final, no quiero estar allí cuando  se detenga. No quiero estar presente cuando su voz sea un eco cada vez más lejano que va muriéndose como mueren todos los sonidos que se apagan en oídos cada día más sordos. No lo quiero, no.

martes, 9 de junio de 2015

Seremos como el viento

Hablaremos sin ser oídos; cantaremos mientras nos ignoran; reiremos con risas verdaderas; iluminando nuestros ojos con la alegría de las cosas bien hechas, de la tradición respetada. Llenaremos de gozo los corazones que nos perciban, y de dolor a quienes nos ignoren.
            Estaremos allí mismo, en todo lugar, sin ser ninguno de los presentes, los sonidos sonarán como gritos desgarrados, como vacíos cargados de sentido, según la condición de cada uno de los que se entreguen de verdad.
            Intentarán detenernos, desviarnos, con muros que se pretenden infranqueables; construirán los castillos más altos, las torres más fuertes con muros perfectos en sí mismos. Ellos quedarán de un lado, nosotros estaremos en ambos, porque las pretensiones que se visten de verdaderas son las más falaces de todas.
            Seremos como el viento y nos temerán, porque sus ojos serán incapaces de reconocernos aún estando frente a ellos; aún acariciando la suavidad de sus rostros con nuestros incontables dedos jamás sabrían quienes somos. Negando la realidad, negándonos a nosotros y, también, negándose ellos mismos, hasta que ya no quede nada por negar.