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miércoles, 20 de febrero de 2013

Vientre perfecto

Mi trabajo es arduo, demasiado, y carece de un posible final. ¿Por qué? Porque soy el encargado de revisar que no haya cicatriz alguna en los estómagos de las mujeres. Así es, soy el Inspector de Vientres de la Nación.
Es cierto que no entiendo mucho de esta situación, tan sólo puedo aceptarla (y disfrutarla), pero no discutirla. Sé que toda discusión acaba en pelea, y estoy cansado de ser siempre el que recibe los golpes más duros; por eso evito cualquier disputa.
Para lograrlo me inventé un uniforme. Mi abuelo, el primer Inspector de la familia, no tenía que utilizarlo; pero, en mi caso heredé, además de sus deudas, la insignia que mi padre creara especialmente para éste trabajo. Una chapita verde de Shiny doblada para un costado, lo que hace que se parezca un poco al símbolo imperial. Entonces nadie discute.
Imbuido en mi cargo hereditario, con mis ropas especiales y mis herramientas, recorro el territorio de extremo en extremo, para catalogar los vientres femeninos. He caminado en los últimos años tres veces el país, y sé que, antes de morir, he de hacerlo varias veces más. Pero no me importa, me sostiene el orgullo de una labor bien realizada.
No es cosa fácil distinguir entre una cicatriz de apendicitis, una de peritonitis, una cesárea mal cerrada, o el rectángulo de una dentadura torcida. Es una cuestión de saber utilizar los ojos, además de mucha práctica y evitar, salvo que la persona en cuestión lo deje bien en claro, utilizar las manos al momento de realizar una inspección.
De cualquier otra manera se corre el riesgo de ser acusados de violadores, bufarrones, partícipe de alguna estafa piramidal o ladrón de gallinas.
Y si hay algo que no me gusta en ésta vida, son las gallinas.
A partir de mi trabajo construyo el interminable Catálogo de Ombligos y Vientres de la Nación que, una vez cada cinco o seis años, he de enviar al gobierno central. En teoría ellos lo publican como material de estudio en las Facultad d Medicina y Veterinaria, pero nunca tuve la posibilidad de ver uno de esos, así que no estoy seguro de ello.
Ante la duda, yo continúo con mi trabajo.
Es cierto que se me adeudan los últimos dieciséis años de sueldos, aguinaldos, vacaciones y otros premios y sumar no remunerativas; así como también espero que se pague el retroactivo de los últimos doce años de trabajo de mi padre (y que de acreditarse todo junto sería una pequeña fortuna con la que podría retirarme para siempre de los mugrosos caminos del imperio). Pero, como honesto funcionario de mi Nación, no he abandonado mi puesto aún. Sigo firme en él, esperando a que se corrija dicha omisión.
Sé que seguiré aquí por lo menos hasta que encuentre a la mujer del vientre perfecto, de las que nace solo una en cada generación. Mi abuelo conoció a su esposa, mi abuela y su vientre perfecto, con éste trabajo. Proeza similar realizó mi padre al conocer el perfecto vientre de mi madre. Por supuesto que, en mi caso, sé que haré lo mismo y que, cuando me encuentre con el vientre perfecto de mi generación, sabré que mi camino habrá llegado a su final.
La búsqueda, por ahora, continúa sin el menor resultado.


Éste es mi libro de cabecera...

jueves, 18 de octubre de 2012

Uroboros


El momento extraño engloba mi vida, como si yo mismo fuera un extraño en el mundo, en la vida, en la sociedad; por no mencionar mi cuerpo, esa cosa tan sin sentido en la que a veces reparo. Intenté sobrellevar mi apesadumbrado porvenir sin otra posibilidad más que la de acostumbrarme a esos hechos.
Vale un solo ejemplo para que me comprendan. Al despertar, esta mañana, pregunté, a aquella con la que comparto mi lecho y dice entenderme, qué había soñado. ¿Su respuesta? Dijo que soñó que respondía a mi pregunta de qué había soñado y que en su sueño era ella quien me preguntaba qué había soñado y que yo, en su sueño, le respondía que había soñado que en mi sueño le preguntaba qué había soñado y que su respuesta fue que había soñado que me preguntaba a mí qué había soñado y que yo le respondía que había soñado preguntarle qué había soñado.
Y esto no fue sólo su sueño, sino, también, el mío.
La duda de qué había soñado ella, o yo, aún persiste.

lunes, 1 de octubre de 2012

El otro lado del río


Soy incapaz de decir si aquello comenzó como un verdadero juego o si, en la cabeza de alguno de nosotros realmente crecía la idea de organizar una cacería como las de antaño.
Y eso que en la comarca ya ni zorros quedaban.
Pero, aún así, vestimos nuestras mejores armaduras, ribeteadas en colores fluorescentes para no perdernos y, más importante aún, que nuestros propios compañeros no nos atinaran en la noche confundiendo nuestros entorpecidos movimientos con el quejido de alguna bestia mitológica. Ataviados de ese modo, nos internamos en la media hectárea de bosque que sobrevivía del otro lado del río.
Calculo que seríamos unas ciento ochenta personas moviéndonos por esos parajes, algunos aprovecharon para atrapar pajaritos, otros para robar huevos de los nidos, incluso vi que algunos robaban leña de los terrenos reales inflingiendo, claramente, las leyes del alcahuete del rey. A los pocos días, la mayoría se había desmadrado. El agua mineral finamente gasificada corría a raudales por allí; y pocos hombres pueden escaparles a sus encantos.
El juego, estoy seguro, acabó el mismo día en que nos topamos con un león, dorado, enorme como varios hombres juntos, con una brillo de inteligencia feroz y suspicaz en sus ojos, y una melena tan extensa como luminosa.
Nos sorprendió pues nunca vimos criatura semejante en estas latitudes tan alejadas del mundo civilizado. Pero el león no hizo caso de nosotros, ni de nuestras armas, y, diciendo
—Con permiso por favor, que voy a pasar
Desapareció siguiendo su camino sin que nadie se atreviera a seguirlo, lanzarle una red o dispararle.
La mayoría simuló no haber visto nada.
Por mi parte decidí, por las dudas, regresar al otro lado del río.

martes, 28 de agosto de 2012

El Ignorado

Hace tiempo, cuando aún recordaba mi nombre, y las palabras tenían un sentido, conocí a un hombre que a quien la muerte, irremediablemente, rechazaba. Investigué durante décadas, porque a pesar de que él mismo afirmaba cuanto descubría en torno a su persona, no creía en sus palabras ni en las pruebas que él mismo traía consigo y que, decía, otros investigadores antes que yo, habían reunido.
El suyo era un caso demasiado particular, digno de la fábula, el mito, la biblia o un libro de autoayuda, no de una historia del mundo real. Entendiendo como real al mundo que percibimos a través de los sentidos, claro.
Sin embargo, las evidencias que encontraba a cada paso de mi investigación lograban llenarme de incertidumbre. Cuando revolvía antiguos archivos, diarios y grabados de siglos anteriores, anales y cartularios, siempre encontraba lo mismo.
Un nombre, una descripción minuciosa, del único sobreviviente de infinidad de catástrofes, incendios y naufragios, guerras y emboscadas, ataques de animales feroces y tormentas inconmensurables, desde tiempos inmemoriales. Siempre la misma historia, los mismos hechos, siempre él.
Y cuando la fotografía hizo su aparición, solo fue una confirmación más. Daguerrotipos y grabados, a color y en blanco y negro, en papel duro y satinado de principios del siglo XX, en papel de pésima calidad del siglo XXI, su rostro carente de expresión me observaba en todos ellos.
El mismo rostro que recorrió el mundo varias veces y que, sin embargo, nunca nos percatamos, lo pasamos por alto o, simplemente, lo ignoramos, no lo sé. Pero siempre era él mismo. No cabían dudas.
Porque ningún hijo se parece tanto a ningún padre, ni nieto a abuelo, nadie, nunca, nada. No existía la casualidad, todo era evidencia del hecho.
Aunque creo que, lo peor de todo es que nada podía hacerse. Llevaba años intentando morir, provocando todo tipo de cosas, pero cuanto lograba era continuar viviendo esa inmortalidad no deseada como el castigo perpetuo que era. Mucho peor que Tántalo o Sísifo, más pesado que el castigo de Atlas, y más doloroso que el de Prometeo.
Sentado allí, rígido como una roca sin emoción pero vivo; sin más que hacer que esperar, y esperar, y esperar.
No siento envidia por él, en lo absoluto.
Pero tampoco siento lástima.

jueves, 12 de julio de 2012

Literato


Con los últimos vestigios de tinta colocó los puntos que faltaban sobre las íes y se acomodó en su asiento. Por fin tenía el manuscrito terminado. Ochocientas páginas escritas con la caligrafía más prolija que era posible lograr con sus reumáticas manos.
No se trataba de sus memorias, si apenas recordaba su nombre luego de tan exhaustivo ejercicio de escritura. Tampoco era su autobiografía. En la cual sería incapaz de atenerse a los hechos reales. Nada de eso. Aquel esfuerzo, un monumento tan extenso como Los Hermanos Karamázov, Moby Dick, la Torá y tantos otros libros de ficción, sería lo que coronaría su gloria.
Por algo llevaba invertido en él los últimos doce años de su vida, con lecturas parciales, correcciones, reescritura, correcciones, ampliaciones, correcciones de las ampliaciones, supresión de personajes, correcciones, un catálogo de naves completamente nuevo, y más correcciones.
Ahora estaba cansado, necesitaba no simplemente descansar, sino volver a nacer, renacer de algo diferente a las pútridas excoriaciones de su piel que poco se parecían a las cenizas de un fénix cualquiera. El vaso, la botella, la nevera, la alacena, todo vacío, su estómago rumiando hambre, y la imposibilidad de saber si, detrás de la grasa acumulada sobre el cristal de la única ventana, era de noche o de día.
Aunque tampoco importaba.
O eso creía.
Sintió sus articulaciones crujir cuando se levantó y caminó hacia la chimenea en la que un pobre rescoldo luchaba por existir. Con el atizador removió las brasas casi apagadas hasta que el fuego revivió y las llamas crecieron una vez más.
El nuevo calor se sentía agradable, placentero, como si fuera lo único necesario para vivir. Lo único importante. Lo único.
Se estiró hacia la mesa donde dormía el manuscrito y lanzó, con decisión pero sin esfuerzo, la pirámide de hojas al fuego.
Acercó una silla, su única silla, a la chimenea, y se sentó a contemplar las hojas volviéndose pavesas rojizas y morir en cenizas eternas, deleitándose con el descubrimiento de que algunas historias fueron hechas para no ser contadas jamás.
Se relajó y, poco a poco, se dejó llevar por ese calor tan reconfortante y familiar mientras comenzaba a amodorrarse allí.

domingo, 20 de mayo de 2012

Lucas y su tiempo


Lucas tenía un problema. Dos en realidad. Uno de ellos era que a pesar de llevar ese nombre por el libro de Cortázar, escritor y libro de los que nunca escuchara hablar a pesar de que en la biblioteca de su casa dormían dos copias del mismo texto, una de su padre y otra de su madre.
Pero eso sería, digamos, casi anecdótico. El verdadero problema de Lucas era su habilidad para que el tiempo se le escurriera entre los dedos. Por ejemplo, solía levantarse tres horas antes de entrar a trabajar para poder asearse, peinar su extensa cabellera y desayunar. Sin embargo, algunos días te lo podías cruzar corriendo por la calle para alcanzar el colectivo con el pelo revuelto y sin peinar, o húmedo como recién salido de la ducha. Y, claro, siempre desayunaba en la oficina a la que, irremediablemente, había llegado tarde. Tenía la suerte de que no lo despedían porque el dueño de la empresa era un tío suyo y, porque a pesar de entregar las planillas siempre tarde, lo que hacía nunca tenía errores, tachaduras ni remiendos.
Carecía de explicación lógica, como la vez que un amigo le consiguió una salida con una rubia platinada del gimnasio y llegó media hora tarde al bar en el que habían quedado, y que distaba apenas unas cuadras de su departamento. Lucas aseguraba haber salido dos horas antes para llegar a tiempo. La rubia, por supuesto, no lo esperó.
Cuando nos reuníamos a festejar el fin de año, el día de trabajador o el cumpleaños de alguno del grupo, dejar que Lucas se encargara de la comida era obligarnos a llamar al delivery a medianoche, porque a esa hora se acordaba que se había olvidado de ocuparse de esa cuestión.
Inexplicable, si, tanto como el hecho de que ningún reloj le servía; los usaba un día y dejaban de funcionar. Se compraba un cuaderno nuevo para la facultad y en menos de una semana las flamantes hojas blancas se ponían amarillentas. Te invitaba a tomar o a comer algo en su casa, y tenías suerte si encontrabas algún comestible y no porque hubiera vencido meses atrás.
Sus días parecían un parpadeo, porque te los contaba en tres frases, a veces en dos; con una sucesión de llegadas tarde, retrasos, trenes cancelados o colectivos que cambiaban de recorrido porque la calle, o la avenida, estaba cerrada por reformas. Mantener una conversación con Lucas era una odisea que sabías cómo comenzaba, con una pregunta o un comentario tuyo; la lotería era saber cuándo respondería. Y no porque fuera lento para pensar, sino porque, según decía, no se daba cuenta de que el tiempo transcurría tan rápido para todos los demás.
Para él no existía el sueño, se acostaba y apenas cerraba los ojos ya escuchaba el despertador atronando en la mesa de noche; el día más largo de su vida fue cuando se quedó esperando a que cambiara el semáforo de la esquina, para ir a comprar un paquete de galletitas de salvado al chino de la otra cuadra.
El tedio de las tardes interminables de otoño; las noches en vela estudiando; las doce horas de El anillo de los Nibelungos de Wagner; las cinco de Los diez mandamientos de Charlton Heston; la aburridísima ceremonia de apertura del mundial de Francia ‘98. Nada de esto existía para Lucas. Porque en pleno invierno te preguntaba qué pasó con el otoño, qué materia cursaba juntos en la facultad tres cuatrimestres antes, si el anillo del título existía o no, o si el actor de la película no era el mismo que el de la película esa donde los monos había hecho algo que no sabía muy bien lo que era.
Sí, Lucas era raro. Imposible definirlo de otro modo, no porque tuviera canas desde los quince años, sino porque sabía cuál sería el epitafio para su lápida. Una frase que se le ocurrió una tarde, según me contó, y que la anotó en un papel que colgó con un imán en la puerta de la heladera. Ahí fue donde la vi la última vez que lo visité, me reí, si, pero no puedo negar lo acertado de su idea.
El papel decía, con su caligrafía rápida y casi ilegible: ¡Ahora sí tengo tiempo!

domingo, 13 de mayo de 2012

Espécimen


La mantenían encerrada dentro de la cámara más secreta del laboratorio, por miedo, por superstición. Tal vez creyendo que podía ser contagioso ese extraño mal que la aquejaba y al cual los sabios no veían solución alguna.
Revisaban una y otra vez su exigua historia clínica, torturaban a sus padres educativos, tíos, hermanos y compañeros del jardín de infantes, buscando respuestas. Largas horas de lectura continua de la viuda de los jueves, no habían logrado nada. La táctica utilizada para resolver todos los crímenes de la sociedad, no tenía ninguna utilidad allí.
Carecían de respuestas, de sentidos, de ideas. Se llamaban a sí mismos el Consejo Superior de Sabios del Nuevo Reino de la Ciencia Absoluta, pero aquella niña de cinco escasos años negaba el conocimiento acumulado en milenios de experiencia y en terabites de información.
Por eso la mantenían aislada, hasta descubrir de dónde provenía ese virus, porque si bien tenían sus reparos, las dudas eran escasas y eso debía de ser un virus y no cualquier otra cosa.
Una vez a la semana, los martes, la conducían a una batería de pruebas deseando que, con alguna de ellas, se hallara alguna respuesta. Las agujas laceraban los brazos y las piernas de la niña, con heridas que nunca se cerraban, con dolores que se incrustaban en el alma, con el silencio de la mirada de desamparo de aquel pequeño ser separado de sus padres biológicos antes de que aprendiera a decir una sola palabra.
Tan terrible situación tenía su lógica y su sentido de ser. Una sociedad regida por la razón y el conocimiento puro no debía, no podía, no le convenía, dejar en libertad a un ser tan despreciable como esa maldita niña que aún a pesar de todo su sufrimiento, continuaba afirmando que su mayor deseo era casarse y formar una familia tipo…

domingo, 8 de abril de 2012

Trascendental


Ustedes me ven aquí ahora, postrado, con mi cuerpo en este estado deplorable. Es cierto, soy menos que una piltrafa, apenas un jirón de lo que supe ser. Pero, al contrario de lo que creen, mi espíritu es perfecto, es ideal, mucho más grande que el de todos ustedes juntos, minúsculos críticos sin conocimientos.
El cuerpo no es el reflejo del espíritu, como nos obligamos a creer durante milenios.
El espíritu no es el alma, esa entelequia con la que nos quieren atar al materialismo.
El espíritu es mucho más que las miserias físicas.
Los veo sonreír en un intento por disimular su ignorancia, y la verdad es que no me importa. Hagan lo que quieran. Sé que he hecho cuanto correspondía hacer, y más también, para que entiendan los errores en sus concepciones.
No es vanagloria lo que destilan mis palabras, sin embargo, sí es prejuicio lo que muestran sus ojos que nunca lograron aprender a mentir. Ni siquiera a sí mismos.
Creen que sólo la belleza trae sabiduría, que sólo un cuerpo perfecto se acerca, necesariamente, al ideal. Y tal vez en ciertas oportunidades esa haya sido la verdad. Pero es una verdad demasiado pequeña para ser compartida.
Tuve hambre, de saber, de conocer, de sentir, de aprender y olvidar, de comer y no comer, de ser y no ser; tuve hambre y me alimenté de mí mismo. Esto que ven, este cuerpo contrahecho y destruido, es lo más cercano que encontrarán a la perfección.
Ustedes también podrán hacer, si se atreven a no apartar la mirada, claro.

martes, 27 de marzo de 2012

Caminante no hay camino…


Oh, sí, el camino continuaba; mucho más allá del lugar en el que me detuviera. Pero, para ese momento, no me importaba. Tanto caminara antes que la sola idea de ponerle un fin a mi peregrinaje era más que suficiente para sentirme, por lo menos un poco, reconfortado.
A lo lejos, hacia atrás, el camino se perdía en la infinidad del horizonte, como si una subida imaginaria del terreno lo acercara a las alturas. Algunos pocos árboles y unos matorrales raquíticos completaban el panorama.
No podía agregarse mucho más del paisaje que tenía hacia el frente. Árboles similares y un poco en desnivel en el camino, tanta similitud de un lado y del otro que fácilmente podría confundirse de no ser por la presencia del sol. Claro que, eso también, era relativo. Pero aún no se había percatado de que el astro en que tanto confiaba no se movía de su posición.
Llevaba caminando el equivalente a varios días y, sin embargo, aún era mediodía. Y sabía que lo sería para siempre.
Mientras tuviera ojos con los que mirar, y pies sobre los que caminar, su visión no cambiaría. No se alteraría su versión de la realidad construida por su propia, única e irreemplazable experiencia.
Ninguna nube cubriría aquel sol. Nada lo distraería de su vano esfuerzo por alcanzar el horizonte.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El dolor, los ideales y la vejez (un título que lo dice todo)


Le resultaba muy difícil saber si el suelo sobre el que dormía se tornaba cada vez más duro o, al contrario, su cuerpo era cada día un poco más débil. Esa mañana, en la que apenas era capaz de moverse, le costaba horrores mantenerse erguido. Iba siendo hora de dejarse de juegos, se decía, y volver a los viejos tiempo en que dormía sobre un colchón de plumas.
Claro que, de hacerlo, estaría renunciando a cuanto creyera durante años. Se convertiría en un consumista más, otra vez, hundido en la depresión post-gasto y en la necesidad de sentirse un poco mejor consigo mismo donando una pocas monedas a fin de año para alguna obra de caridad sin importancia.
¿Qué hacer? Oh, si el dolor no fuera tanto. Ojala fuera el efebo que supo ser cuando joven, cuando oponerse a lo mundano y sostener ideales era fácil.
Tan fácil.
¡Oh, el dolor de espalda!
Adiós bellos ideales, hola cuerpo decrépito…

sábado, 8 de octubre de 2011

Esa Guerra

Antes de que comenzara a clarear ya estaba despierto. No recordaba muy bien cómo fue que hizo para despertar tan temprano, pero tampoco le importaba. Tenía cosas más importantes en la cabeza.
Despejó el patio de sillas y cajones intentando no hacer mucho ruido. Quiso mover las macetas más grandes, pero las descubrió tan pesadas que decidió conformarse con el espacio que ya tenía.
Trajo de su habitación varias cajas de zapatos; las apoyó con sumo cuidado en el suelo antes de abrirlas y comenzó a alinear, uno por uno, los soldaditos de plástico, los tanques, cañones y aviones de guerra de los tres ejércitos.
Los enfrentó en formación de batalla. Con trincheras y pantanos, nubes de humo y torrenciales tormentas de por medio.
La mañana concluyó cuando colocó el último soldado, de la más baja graduación, a punto de ser aplastado por la oruga de un tanque del ejército enemigo.
Con todo como lo había preparado, buscó detrás de la pila de leños para la cocina hasta dar con lo que buscaba. Sacó la bolsa de nylon de su escondite y, con una sonrisa maliciosa, comenzó a arrojar sobre los bandos en pugna los pequeños excrementos redondos que juntara días atrás en el criadero de conejos.
El ejército que conservara la mayor cantidad de inútiles soldados de plástico en pie, tanques en una pieza y aviones en condiciones de remontar vuelo, sería el ganador de aquella guerra de mierda.

viernes, 15 de julio de 2011

Un muy selecto club


Un leve, casi secreto, golpe, llegó desde la puerta. Los pocos miembros presentes del club, nublados en pensamientos del pasado lejano, con sus cuerpos atravesados por los achaques, no lo escucharon. El golpe se repitió, dos veces, y la puerta se abrió, con brusquedad pero sin violencia, con un movimiento torpe y mal calculado.
Un personaje joven, mucho más joven que los que allí se encontraban, casi como si recién hubiera salido de la adolescencia, cruzó el umbral. Alto, flaco, pálido y de rostro lampiño, como un Lovecraft cualquiera, apenas dio unos pasos por el salón. Y allí se quedó, esperando a que alguien se ocupara de él.
—Buenas tar… Noche —dijo media hora más tarde, cuando aún ninguno de los presentes reparara en su persona.
Solamente el gato, viejo y gordo, que dormía debajo de un sillón ocupado por uno de los ancianos, pareció escucharlo; lo estudió con su ojos soñolientos y, juzgándolo inofensivo, volvió a acurrucarse sobre sus patas.
Pasó más tiempo, lentamente, como por un cuentagotas; minutos, horas. Nadie se percataba de nada, nadie giraba la cabeza, nadie nada.
El recién llegado miró la puerta que quedara abierta, leyó por enésima vez el cartel allí pegado para confirmar lo que ya sabía. No se equivocó de sala, allí lo habían enviado.
Se resignó a sentarse en uno de los sillones vacíos a esperar, aunque fuera eternamente, si había algo qué esperar.
Sus flatos de colores ya no eran requeridos en la televisión universal, la moda había cambiado rápido. Algo tan simple como eso, como la moda que lo encumbró, ahora lo condenaba a ser miembro permanente del Club del Minuto 16.

viernes, 10 de junio de 2011

Gritos


—¡El sol se está apagando! —gritaba el viejo en medio de la habitación vacía.
Las otras camas de la sala de internación común, estaban desocupadas. Él era el único allí, un privilegio teniendo en cuenta el estado calamitoso del sistema hospitalario.
Pero la razón de su soledad era otra.
—¡El sol se está apagando! —gritó con más fuerza, sintiendo como cada palabra le raspaba la garganta.
La Junta Médica que se ocupaba de su caso había decidido encerrarlo en esa sala a pesar de los costos que produciría. Querían evitar que el virus se propagara.
—¡El sol se está apagando! —repitió el viejo.
Aún no sabían cómo frenarlo, o que desataba ese mal que se extendía, lenta pero decididamente, por la población del país.
—¡El sol se está apagando! —repitió.
Podían descartar la idea de una locura colectiva, porque era algo más, algo mucho peor.
—¡El sol se está apagando! —y repitió.
Un mal que tenía nombre y síntomas definidos desde la antigüedad. Un mal conocido, pero sin cura. Sin tratamiento, sin esperanza. Sin nada.
—¡El sol se está apagando! —y repitió.
El síndrome de Casandra se extendía mientras los incrédulos doctores creían que una simple catarata explicaba los gritos del viejo loco de la sala seis.
—¡El sol se está apagando! —sin cansarse.
Por suerte los doctores saben a quién hacerle caso.
Por suerte.

miércoles, 1 de junio de 2011

El Diseño


Tomó entre sus finos y largos dedos, llenos de viejas cicatrices, de cortes y piel reciente, la pluma que la noche anterior dejara sobre el escritorio. Estaba abierta, de seguro la tinta se había secado en su interior, pero no le importó.
Buscó una hoja de papel en blanco, del tamaño que creyó ideal para su tarea y comenzó a tirar líneas, casi que al azar. La tinta, después de todo, no se encontraba tan seca.
Se abstrajo de los ruidos, de los golpes que llegaban desde la calle, de la ventana abierta al patio interno de la casa. No escuchaba el teléfono que colgaba junto a su oreja, ni la televisión que atronaba en la otra habitación. Años de entrenamiento, de lectura comprensiva de 1984, le había dado la clave para ignorar ese método de control tan banal y total que nadie se percataba de combatir.
Pasaron las horas del día sin que tampoco lo notara. El gráfico crecía cubriendo el papel hasta dejar pocos espacios en blanco. Un diseño compacto, complicado, lleno de significado esquizoide con aportaciones de su anterior autismo. Un diseño que nadie comprendería jamás. Él mismo no lo comprendía mientras su mente se adelantaba a su mano pensando ya en la siguiente línea.
Anocheció de pronto al oscurecerse sus ojos, cuando el último trazo cubrió ese espacio en blanco que se mantenía, hasta segundos antes, impoluto.
Abrió un cajón lleno de hojas tan cubiertas de diagramas imposibles como la que sostenía en la mano. Estudió la que estaba arriba de la pila y la que acababa de terminar. Llegó a la conclusión de que la que acababa de hacer estaba mejor que la que haría mañana, si. Pero peor que la de ayer.
Cerró el cajón y se olvidó de todo hasta la mañana siguiente.

lunes, 2 de mayo de 2011

Retiro


—Allá, sobre aquella montaña. ¿lo ves? —preguntó ella señalando con su dedo inquisidor y su uña pintada de rojo furia.
—Veo un brillo raro, como de chapa —respondió él esforzando la vista e inclinándose hacia adelante hasta el borde mismo del precipicio.
—Eso mismo —dijo ella—. Esa es la casa de retito donde trabajé durante mis años mozos.
Él le recorrió con una mirada desde los finos tacos que parecían sostenerla gracias al azar, hasta las gruesas raíces descoloridas de sus cabellos, incapaz de imaginársela de joven.
—¿Cómo llegaremos hasta allí arriba?
—Caminando, obvio —respondió ella—. ¿O sabes volar?
—Me refiero a dónde se encuentra el camino, la escalera, la cornisa, la senda o lo que sea que nos lleve hasta allí —dijo él
—No hay camino, se lo hace al andar —dijo ella saltando la escasa distancia entre una pared y la otra del precipicio como si de un juego de niños se tratara.
—Tal vez el dueño de la montaña se enoje —dijo él en voz baja.
—Tal vez sea que tienes miedo —retrucó ella sin volverse para mirarlo, con todo despectivo y avanzando con largos pasos que atravesaban matorrales y rocas escarpadas.
—¡Allá voy! —gritó él.
Pero nunca logró salvar la distancia del salto. El suelo no se veía, ni se adivinaba desde la altura del techo del mundo.
Hay quienes dicen que él todavía no terminó de caer.
Ni ella de subir.

martes, 26 de abril de 2011

La culpa no es del chancho...


Una vez al día se detenía a ver el horizonte. O, al menos, intentaba despegar sus ojos de las interminables labores, las planillas, las tarjetas perforadas y las fichas N°3 que se acumulaban sobre su escritorio.
Una vez al día se permitía sustraerse de la infinidad de números y medias palabras que conformaban su mundo. Con las manos cansadas, los hombros caídos y la espalda derrotada por la esclavitud de la silla. Levantaba los ojos hacia donde recordaba que debía de encontrarse una ventana.
Una vez al día dejaba de lado el punzón, y con los ojos cubiertos de nubes, de sueños desfigurados y deseos olvidados en la oscuridad, pensaba en lo que había sido. Y ni siquiera estaba seguro de mirar hacia el lado correcto en medio de la oficina vacía.
Una vez al día deseaba estar en cualquier otra parte que no fuera ese lugar. Pero tampoco sabría qué hacer o dónde ir, si lograba salirse de esa rutina.
Una vez al día se preguntaba por qué no había participado en las manifestaciones contra la ley de reclusión de discapacitados. Creyendo estúpidamente que sus ojos no revelarían su condición.
Una vez al día deseaba estar muerto…
Al menos de ese modo estaría encerrado por propia elección.

jueves, 7 de abril de 2011

Voto


—Para que no queden dudas de que mis palabras son ciertas, y de que en verdad cumpliré lo que mi promesa, porque mi honor (sobretodo mi honor) así me lo indica. Dejaré constancia de lo que digo. Así es. Lo he puesto todo por escrito, con letra de mi propio puño, con el esfuerzo de mi entendimiento, para que perdure. Y, si algún día futuro, alguno de los presentes dudara de lo que dije que haría, podría venir aquí mismo, a buscar entre los archivos de esta oficina, este documento particular y leer la declaración que dejo asentada aquí. Ahora mismo. Porque he decidido que, a partir de ahora, seré un mejor el hombre, por el bien y el beneficio de la sociedad. He dicho.
      Los aplausos atronaron en el recinto cerrado del salón, mientras él firmaba con una gran X sobre un papel en blanco.

jueves, 24 de marzo de 2011

El loco de la Guitarra


Llevaba el estuche de una guitarra a cuestas. Sólo el estuche. Estábamos seguro de eso; nunca le vimos con el instrumento entre las manos. Ni siquiera para intentar unos sones discordantes. Y, como en cada pueblo existe gente rara, nadie dijo nada.
Tal vez se inspirara en la película esa del pistolero mariachi. Tal vez no. Es una duda que ahora, después de encontrar su cuerpo una vez más yaciendo a la vera del camino, aunque, esta vez, ya sin vida, quedará sin respuesta.
Quedará la duda porque a pesar de buscar por todos lados, de rastrillar el pastizal con los paisanos del pueblo, y de pagarles algunas monedas a los niños que jugaban en la tosquera para que buscaran en el fondo del agua, el estuche no apareció.
Un cuerpo más ingresó a la morgue, una leyenda urbana nacía. ¿Qué había en el estuche?
¿Una guitarra, después de todo?
¿Drogas?
¿Armas?
¿Pornografía?
¿Sueños?
¿Ilusiones?
¿Morfina?
¿Fantasías?
¿La nada misma?

viernes, 11 de marzo de 2011

Ni una sola palabra


—No entendés nada —repitió.
Llevó por enésima vez la taza hasta su boca y bebió, o fingió beber, porque a estas alturas o la taza estaba vacía o el té estaba fríamente horrible. Sin embargo, continuó con sus torpes movimientos.
—¿No vas a decirme nada? —continuó.
Dejó la taza sobre la mesa y se acercó a mi silla. Pude ver como arrastraba los pies, sin dudas las piernas aún le dolían después de tanto esfuerzo esa larga hora previa a encontrarnos allí, en la cocina, sentados con la mesa de por medio.
—De verdad; quiero que digas algo.
Miré sus ojos, grises, opacados por los años. Las comisuras de su boca llenas de pequeñas arrugas. Sus pestañas falsamente curvadas. Me resultaba imposible encontrar algo que me atrajera en todo ello. Lo que fuera. No había nada.
—¿Cómo tengo que pedírtelo? — preguntó suplicante.
Su falda, mal puesta, se había caído un poco, descubriendo parte de su ingle, de la curva de su cuerpo que conducía hacia ese pubis que tan bien conocía. Parecía no importarle, porque no hizo nada para acomodársela.
—En serio, decime algo… —diría que gimió.
Continuó acercándose a mi silla con pasos gastados, agitando sus senos bajo su entrecortada respiración. Sus ojos brillaban con lágrimas que nunca caerían de ellos.
—Una palabra tuya, una sola, es más que suficiente —dijo haciendo refulgir el filo de la cuchilla cerca de mis ojos; y yo, que intentaba desatar mis manos, o mis piernas, para alejarla de mí, luchaba al mismo tiempo contra el trozo de cinta engomada que tapaba mi boca.
Porque era obvio que no esperaría mucho más. Ya sus manos palpaban mi pecho buscando el punto ideal en el cual penetrar mi cuerpo con el frío metal que sus vengativas manos sabrían manejar muy bien.

viernes, 4 de marzo de 2011

Leyes de la Física

—Qué tal —dijo extendiendo la mano—. Vengo por el anuncio.
Flaco, alto y escondido bajo un grueso gabán azul oscuro y un sombrero de ala ancha, se mantenía de pie, del otro lado del escritorio, con la mano extendida.
La secretaria lo miró de reojo, y supo al instante a cuál de todos los anuncios se refería. Jueves, pensó, el día de los locos.
—Nombre —dijo sin dejar de masticar su goma de mascar de nicotina sin sabor ni pretender tocar esa asquerosa mano que continuaba extendida.
—Adolfo Gervasio Jeremías Segundo Campoamor del Sauce y del Valle Brandsen, para servirle a usted —respondió el hombre con una leve pero extensa inclinación de la cabeza.
Adolfo Brandsen, anotó la secretaria, fastidiada por el simple hecho de tener que soportar aquello todas las semanas. Pero no podía hacer más, necesitaba seguir comprándose maquillaje y su título universitario no le serviría para conseguir un trabajo mejor.
—Habilidad — escupió a continuación, para llenar el casillero siguiente.
—Hago hablar a las piedras y sangrar a los pianos —dijo el hombre retirando finalmente la mano.
Ante la inquisitiva mirada de la mujer, hizo aparecer, de uno de los bolsillos interiores del gabán, una piedra.
—Puedo darle una demostración privada de mi habilidad —dijo señalando con la otra mano.
    —No hace falta —dijo la mujer pensando para qué se habría doctorado en física si con tantos locos sueltos caminando por ahí, las leyes del universo ya no son lo que eran—. En mi próxima vida voy a ser cocinera —murmuró sellando el formulario de admisión al neuropsiquiátrico.