Huimos de Londres entre las
llamas, la inundación y la inmundicia. Para poder viajar ligero dejamos todo
atrás, una vida, una esperanza, una fantasía; lejos de las persecuciones, el
trauma y el dolor que nunca extrañaríamos
Idea alguna de
dónde ir teníamos.
En el
continente montamos un tren rumbo al este, adrede olvidamos preguntar cuál era
su destino. No nos importó ver las estaciones fluir una detrás de otra, y otra,
y otra. Porque había tiempo para el futuro.
O eso creíamos.
Un tren. Luego
otro tren. Y un tercero, nos tomó llegar al que creímos el último refugio: la
ciudad de Bangkok, la Vieja. Un resabio del antiguo sistema de ciudades
capitales de los imperios superpuestos.
La última
ciudad cosmopolita en permanecer en pie.
Razas, lenguas
y modos se mezclaban sin más, sin luchar, dejándose transformar en una masa de
saberes innecesarios que compartíamos todos por igual, casi sin diferencia,
pero con mucha indiferencia.
Encontramos
una casa y la decoramos a nuestro gusto ancestral, llamando la atención de
inmediato. Los ingleses nos decían,
aunque les explicáramos cada vez que éramos nacidos en Gales. No les importaba
esa diferencia, no la veían, no la entendían o no hacía falta en aquel nuevo
mundo tanto como en el que fuera nuestro.
Éramos los más
recientes en haber llegado a la ciudad; despertábamos tanta curiosidad que,
prácticamente, se nos obligó a dar una fiesta presentación en nuestra casa y a
nuestra costa, como correspondía, según nos dieron a entender.
Nos conocieron
y conocimos a casi todos. Artistas, parias, predicadores, onanistas,
alquimistas, cosechadores de sueños, chupasangres, militantes retirados y recaudadores
de impuestos.
Bebieron de
nuestros licores, las últimas botellas escocesas que habían escapado de la
destrucción, y pisaron nuestro césped, en clara señal de amistad.
Nos llevamos
bien con todo el mundo. O eso pensamos. Porque unas semanas después, una
prostituta que se decía oriunda de Valparaíso, nos delató. Le pagamos sus
servicios con libras esterlinas y ella, dijo, no aceptaba otra moneda diferente
al placer.
Desde
entonces, hemos vuelto a huir sin más.







