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martes, 22 de diciembre de 2009

Londres, Bangkok y una puta de Valparaíso


Huimos de Londres entre las llamas, la inundación y la inmundicia. Para poder viajar ligero dejamos todo atrás, una vida, una esperanza, una fantasía; lejos de las persecuciones, el trauma y el dolor que nunca extrañaríamos
Idea alguna de dónde ir teníamos.
En el continente montamos un tren rumbo al este, adrede olvidamos preguntar cuál era su destino. No nos importó ver las estaciones fluir una detrás de otra, y otra, y otra. Porque había tiempo para el futuro.
O eso creíamos.
Un tren. Luego otro tren. Y un tercero, nos tomó llegar al que creímos el último refugio: la ciudad de Bangkok, la Vieja. Un resabio del antiguo sistema de ciudades capitales de los imperios superpuestos.
La última ciudad cosmopolita en permanecer en pie.
Razas, lenguas y modos se mezclaban sin más, sin luchar, dejándose transformar en una masa de saberes innecesarios que compartíamos todos por igual, casi sin diferencia, pero con mucha indiferencia.
Encontramos una casa y la decoramos a nuestro gusto ancestral, llamando la atención de inmediato. Los ingleses nos decían, aunque les explicáramos cada vez que éramos nacidos en Gales. No les importaba esa diferencia, no la veían, no la entendían o no hacía falta en aquel nuevo mundo tanto como en el que fuera nuestro.
Éramos los más recientes en haber llegado a la ciudad; despertábamos tanta curiosidad que, prácticamente, se nos obligó a dar una fiesta presentación en nuestra casa y a nuestra costa, como correspondía, según nos dieron a entender.
Nos conocieron y conocimos a casi todos. Artistas, parias, predicadores, onanistas, alquimistas, cosechadores de sueños, chupasangres, militantes retirados y recaudadores de impuestos.
Bebieron de nuestros licores, las últimas botellas escocesas que habían escapado de la destrucción, y pisaron nuestro césped, en clara señal de amistad.
Nos llevamos bien con todo el mundo. O eso pensamos. Porque unas semanas después, una prostituta que se decía oriunda de Valparaíso, nos delató. Le pagamos sus servicios con libras esterlinas y ella, dijo, no aceptaba otra moneda diferente al placer.
Desde entonces, hemos vuelto a huir sin más.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El Opio de los tontos


Esto sonará a confesión, pero guarda más relación con un descubrimiento casual que cualquier otra cosa. Realmente espero que puedan comprender lo que digo y, de ese modo, lograr aquello que para mí fue imposible.
Lo importante que deben saber es esto: TODOS TENEMOS SÚPERPODERES.
Si, es verdad. No es una simple fantasía. El nuestro es un mundo plagado de héroes.
Héroes sedados, controlados, dominados, por la sociedad represiva que logramos construir hace milenios para mantener a raya a los villanos. Pero algo debe de haber salido mal y acabamos siendo controlados por los más poderosos. Ellos formaron su propia casta oculta a simple vista y nos dieron lo que llaman el opio de los tontos, y que conocemos como televisión.
La radio, la red, cada medio de comunicación. Pero también los microondas que compramos con alegría, porque todos los objetos materiales están preparados para sofocarnos, para ahogar nuestra individualidad.
Para anular la fuente de nuestro poder.
Una mala traducción de Platón, en boca de su mejor personaje, sentenció que el hombre es un animal social. Siglos de dominación, de censura y auto-sabotaje borraron la contracción negativa que antecedía a la verdad. El hombre NO es un animal social.
Pero el mundo ha vivido equivocado por demasiado tiempo y no puede (o no quiere) ver con sus propios ojos lo que sucede a su alrededor. Por eso prefiere encerrar a los que ven la verdad, alejándolos del resto, criminalizarlos como dementes, demagogos, cataros o cosas similares.
Nos encierran para reeducarnos bajo los conceptos de Orwell pero, de vez en cuando, uno de nosotros logra escapar y dejar trozos de papel como este debajo de las rocas del desierto.
Porque, sin lugar a dudas, del desierto vendrá el cambio.

domingo, 11 de octubre de 2009

El atroz ataque de los zombis trotskistas



Antes del fin de la primavera hicieron su aparición zombis influenciados por pensadores de antaño. Decían llamarse zombis trotskistas. Enarbolaban la bandera del cooperativismo y el internacionalismo zombi, lanzando proclamas sobre el fin de las fronteras y cosas tales como: ‘¡Masticadores del humano, uníos…!’
Su prédica se extendió con rapidez, encontrando resistencia en el vetusto movimiento de otros seres de novela gótica fácilmente confundibles con sombras intercambiables. Los Licántropos Rojos, abanderados de la revolución nocturna y los Heraldos del Kaiser, ansiosos de hundir sus colmillos en jóvenes cuellos a-ideológicos.
El campo de batalla fue el hombre confundido ante las tres bestias tendenciosas que se confundían por sus ropajes y aspecto. Seres que, desde la lejanía, sobre todo para los miopes, lucían exactamente iguales. Rojo y negro; negro y rojo; sólo negro ó sólo rojo; fueron las formas de confundir en el no pensar para triunfar.
Los zombis trotskistas fueron expulsados de sus tierras, lo que posibilitó su diáspora; la discrepancia entre sus líderes y la tergiversación de su teoría hicieron tro tanto. El lobo y el chupasangre se encarnizaron enredándose en un conflicto que confundiría a la mismísima Midgard, sin importarles que perviviera el libre pensamiento en los confines de la existencia.
Desde allí surgieron las brigadas anti-zombis de un solo hombre (A, pera abreviar). Los brigadistas recorrían el mundo liberado al pensamiento de las estructuras infundadas por viejos paradigmas dejándolo preparado para nuevos ideales. Al tiempo que los Utópicos sociales salían a educar a los violentos y los zombis en su modo de pensar; proceso lento y tortuoso que, lo sabían, demoraría varías generaciones y miles de vidas identificadas con la causa. Pero no importaba, porque ante cada brigadista caído, dos, tres, cuatros, miles más, los reemplazaban.
Las ideas no se matarán, pero pueden transformarse, abandonarse, esconderse y aburrir: por eso los utópicos y los A bregaban por romper las estructuras para avasallaban el pensamiento.
El problema se agudizó cuando, luego de envenenarse mutuamente, el lobo y el murciélago vivieron siglos de estertores finales. El libre albedrío parecía a un paso de la completa liberación. Pocos trotskistas zombis persistían en su intento por darle sentido a su idea, y las brigadas rugían de poder. Fue en ese momento cuando las termitas neocoloniales irrumpieron en la escena.
Y todos sabemos lo difícil que es liberarse de las termitas mientras aún queda algo por roer (a los zombis, los restos del lobo, las alas del murciélago famélico y los ancianos utopistas que quisieron ver en ellas el fruto de su labor).
El mundo está corrompido. El alimento se acabará y las termitas se devorarán entre sí. Reducidos bastiones de pensadores quedarán para entonces, resistiendo, esperando el final que parece imposible en la lejanía. Ese final que las termitas se encargan de negar constantemente.
Pero, en la medida en que las bombas continúen cayendo, no dudaré de mi ideal. Y, lo sé, las bombas caerán por siempre.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Devorador de lápidas

Cuentan en el pueblo que, cada cien años o un tiempo similar, nace un devorador de lápidas. Ésta extraordinaria criatura dedica su vida a masticar las inscripciones en las tumbas abandonadas, volviéndolas indescifrables, creando olvido allí donde la memoria suele anidar.
Dicen que lo hace para salvar a los hombres de ser acosados por trágicos recuerdos, memorias iracundas y sueños famélicos. Dicen que le hace un bien al hombre que no quiere, no puede o no sabe, olvidar.
Iluso quien cree que el olvido es permanente, me dijeron la última vez que visité el pueblo; iluso quien cree en la posibilidad de recordarlo todo, les respondí.
Mientras los viejos se juntan a discutir si mejor olvidar o recordar, yo visito cada día el cementerio, deseando encontrar las primeras huellas de dientes en el duro mármol del mausoleo familiar.

sábado, 8 de agosto de 2009

Borrador


Me propuse limpiar el mundo.
Ese era mi ideal, dejar a las generaciones futuras un mejor sitio donde vivir. Uno sin guerras ni hambre, sin odios ni rencores, sin violencia ni agresiones. Construir un mundo nuevo, diferente al que vivimos, desde los restos, que es lo que siempre hace la naturaleza.
Comencé pues, borrando las guerras de los libros de historia; para que los errores del pasado no pesaran sobre ellos. Pronto me vi en la necesidad de rescribir toda la historia de la humanidad, desde los inicios, omitiendo cada acto violento, dejando en ellos solamente las menciones sobre la paz y la prosperidad de los pueblos.
Mientras esto hacía comencé, también, como parte de la misma idea, a borrar gente de mi época. Aquellos que no creían en mi ideal, que se oponían con furia a mis palabras, desaparecían de los registros. Eliminé su voz, su ser, su cuerpo; entre otras cosas que me vi obligado a realizar.
Claro que mis opositores eran multitud y no podía, al tiempo que escribía borrar indeseables personas. Al menos no podía hacerlo sólo, y quienes compartían mi filosofía eran tan pocos que me di cuenta que lo mejor era reformar el mundo desde los mismos cimientos, cambiarlo todo, sin dejar nada tal cual es.
Para construir un mundo nuevo debía recrear el universo, borrando a todos los que no pensaban como yo. Para que sólo existiera mi versión de los hechos; tal como siempre había soñado.
Entonces comencé una guerra, pequeñita, casi insignificante, como las de antes. Y envié allí a quienes querían seguir pensando en el pasado, yo, mientras tanto, continuaba borrando gente.

martes, 28 de julio de 2009

Una hora para almorzar

Caminé mucho rato buscando un sitio donde poder descansar mi pesado cuerpo, mientras las rodillas me ardían y sentía crujir mis articulaciones como engranajes desgastados.
Por fin, perdida en el mar de casas idénticas pero personalizadas, encontré un lugar. Una plaza olvidada por el hombre, descuidada y sucia, si; pero con asientos sanos y dispuestos a recibirme.
Me senté en uno de ellos mirando hacia los raquíticos árboles, evitando fijarme en nada que no fuera mi persona.
Desempaqueté la vianda con cuidado.
Mordisqueaba un pedazo del sándwich cuando lo vi.
Sentado en el otro extremo de la plaza, en un banco idéntico al mío, mirándome con insistencia. Inmóvil.
No se movía para nada, pero no era una estatua, no, lo había visto acomodarse varias veces. Estaba segurísimo de que era un hombre.
Seguí masticando mi almuerzo como si nada. Pero pronto, aquellos ojos acusadores comenzaron a molestarme, a pincharme con su insistencia, su inmoralidad de mirarme sin más, como si fuera un objeto colocado allí para su propio deleite.
Evité mirarlo para no sentirme vigilado; el dejarme vencer no era una opción. ¡Pero quería que dejara de mirarme!
Me caería mal la comida, como siempre que no me encuentro a gusto. Resultaba impensable, pero aquella situación me arruinaría el día dejándome un malestar que me acompañaría hasta el anochecer.
Furioso, como quien siente violada su intimidad, me levanté. Dando largos trancos me acerqué al banco del empedernido observador quien, sin duda, al verme reaccionar de ese modo, no supo qué hacer.
Se levantó a su vez, se acomodó la ropa como si se preparara para dar un discurso y, sacándolo de uno de sus bolsillos, extendió un bastón blanco.
Con pequeños pasos, se alejó del asiento.
¿Yo? Por suerte me detuve a mitad de camino, simulé atarme los cordones y continué caminando como si nada hacia otra parte. Pude evitar el ridículo, pero, el dolor estomacal, eso sí que no.

jueves, 25 de junio de 2009

Óptica aplicada

—¿Estás seguro de esto? — le preguntó la niña al niño.
—Si. Mucho.
—¿Cómo?, digo, no sé. ¿Por qué?
—Porque lo leí en una revista, allí dicen que si colocas una lente delante de otra, delante de otra, obtienes un telescopio para ver las estrellas. Pero yo quiero ver más allá de las estrellas, por eso en vez de tres lentes, utilizaré doce.
—¿De dónde las has sacada?
—De la óptica del tío de Julián. Y no, no les va a pasar nada. Se las devolveré luego de ver lo que hay dentro del sol.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque nadie más lo sabe. Y yo quiero ser el primero en verlo.
En un largo tubo negro de plástico y cartulina, el niño colocó las lentes, una tras otra, con dos centímetros de separación, tal y como explicaban en la revista que leyera en el consultorio del oftalmólogo.
Cuando estuvo preparado, y seguro que no se caería ninguna lente, levantó el tubo hacia el cielo buscando el sol, buscando las maravillas que sin lugar a dudas se esconderían en su interior.
            No quedó mucho de la cabeza del niño para reconocerlo luego que el calor del sol, aumentado por doce lentes, la consumiera.
     No quedó mucho de la cordura de la niña para que explicara cómo había permitido semejante estupidez a su hermano menor.


Aclaración: "La imagen es sólo ilustrativa"

jueves, 21 de mayo de 2009

Documento

A pedido de la señorita Dani The Girl, en relación a la entrada anterior, les dejo una copia de mi identificación personal.



Como bien pueden ver por mi gesto severo, a mi tampoco me gusta como salgo en las fotos, más que nada en fotos que debo mostrar a menudo (además de que el fondo no me favorecía demasiado que digamos).

lunes, 18 de mayo de 2009

Auto de Fe


Nos dijeron que dios estaba en los bosques, en cualquier bosque, y que allí debíamos ir y adorarle.
Luego, dios se transformó en árboles o animales, y sus representaciones fueron sagradas; no podíamos cazarlos, ni atacarlos, ni mucho menos comer sus frutos.
Después, dios tomó la forma de hombres o mujeres, cuando no se ambos, con pasiones y bajezas, al igual que el resto.
Más tarde, dios abandonó la naturaleza prefiriendo un templo decorado, lleno de dádivas y riquezas.
También se transformó en una voz de trueno que llega desde las alturas, rechazó los animales sagrados, los árboles consagrados y los templos profusamente decorados regresando a uno mucho más austero.
Abandonó sus templos y moró en cada uno de aquellos que, como sus creaciones, conservaban un fragmento de su esencia en su interior.
Cuando dios quiso recuperar su ser, todos volvieron a ser meros hombres que lo adoraban en sus nuevos antiguos templos, con viejas canciones y olvidados rezos.
Ahora dicen que dios está en todas partes, en ti y en él, en esto y aquello, aquí y allá. Donde mires ves a dios, pero no puedo creerles.
No creí cuando hablaban de bosques, animales y árboles sacros; cuando se encerró en templos más grandes o más pequeños, tampoco creí; mucho menos podía creer en dios hecho hombre, ni repartido en muchas de sus creaciones, en todas ellas o solo en algunas. Nunca creí.
Era muy fácil no creer en nada de ello, por que YO soy dios.

miércoles, 29 de abril de 2009

Con ojos de perro apaleado


Así nos miraba, desde un rincón, acurrucado bajo su frazada, miedoso y desesperanzado; como si nada pudiera hacerlo salir de allí, ni palabra alguna sirviera para cambiarle la expresión.
Se contaba mucho sobre él; a quien le preguntaras diría cosas diferentes, sin encontrar nunca dos versiones iguales, o siquiera similares, del relato. Mientras tanto, mientras las palabras no dejaban de construir y reconstruir su historia, continuaba mirándonos desde su esquina, moviéndose apenas, sin emitir sonido alguno, sin siquiera desviar la mirada. Allí, estático, pasaba las horas mientras la gente pasaba a su lado.
Uno de los días en que le observaba desde la distancia, me decidí. Me acerqué directamente hacia él, me acuclillé a su lado y extendí la mano para darle una limosna, para ver si reaccionaba de algún modo.
En lugar de ello, el muy bestia lanzó un tarascón a mi mano, con toda la intención de morder mis dedos, mi mano, o lo que estuviera a su alcance.
Furioso ante tal gesto, me levanté en al acto y le propiné unas cuantas patadas, en la cabeza, los brazos, el torso y las piernas. Él no dijo nada; cuando me cansé de mi propia violencia, volvió a acomodarse en la misma exacta posición, con sus ojos de perro apaleado mirando al frente, sin decir nada.
¿Yo? Yo quedé como un idiota frente a todos lo que pasaban por aquella esquina comprendiendo, por fin, porque la llamaban la esquina del mudo.

sábado, 25 de abril de 2009

Una vida exenta de sueño


La apuesta era fácil. Pasar siete noches y siete días sin dormir. Sin ayuda de nada (tecnología o droga), ni nadie (amigos o dioses). El premio, por otra parte, ameritaba el esfuerzo de ciento sesenta y ocho horas sin dormir.
Las primeras cincuenta horas fueron, por decirlo así, casi una fiesta. Para no dormirme evité las lecturas. Me aburriría más rápido de esa manera, pero no caería en el sopor de la Guerra y la Paz, del Quijote, ni de conjuras intergalácticas.
Inventé, por lo menos, cuatro nuevas formas de hacer trampas en el solitario que hasta ese momento no conocía. Dibujé los planos de una ciudad ideal para una zona inundable de la capital federal.
Pasadas las ochenta y seis horas comenzaron las voces. Creía que eran un intento por distraerme, pero las voces relataban mis acciones y mis pensamientos, mis sensaciones y mis emociones. Pasé las siguientes cinco horas buscando micrófonos en la habitación. Sabía que había dos cámaras que firmaban cuanto hacía, pero no encontré ningún micrófono.
A la hora noventa y tres de mi vigilia, una de las paredes comenzó a proyectar imágenes, películas y secuencias. La misma pared que había revisado antes y no resultó ser más que concreto.
A las noventa y seis horas, las imágenes tomaron cuerpo y comenzaron a interactuar conmigo. Un soldado, una bailarina de valet y un payaso me hablaban de sus vidas, monótonas y aburridas quién sabe en dónde.
Media hora después, me defendía de sus ataques arrojándoles todo lo que tenía a mano. Allí fue cuando me quedé sin más tazas para el café.
No recuerdo qué abrieran la puerta para salir; pero luego de que parpadeara varias veces, ya no estaban allí. Me quedé sólo en medio de mi desorden.
Acomodando las cosas, dejándolas en su sitio, pasé otra media hora. Después de ello no me quedó mucho por hacer más que esperar que el reloj girara aún otras setenta y un veces más.
Con la humeante taza de café (la número diecisiete en lo que duraba el proyecto y bebiéndola directamente de la cafetera), me senté a mirar el reloj. Ya no confiaba en mis cartas, ni en mis sentidos. Es cierto que las voces habían desaparecido junto con las imágenes; pero aún me encontraba allí, bajo la luz blanca del laboratorio y sin más que hacer que mirar el mecánico caminar del reloj.
Bajé la guardia, me distraje, el café reavivó mi soñolencia en lugar aplacarla. Efecto paradojal, pensé luego. Pero ignoro cómo sucedió, o por qué. Sólo sé que sentí que sacudían mi hombro. Abrí los ojos que no debían más que parpadear y encontré la cafetera rota en el suelo, el café frío manchando mi pantalón, y uno de los asistentes del laboratorio que, con rostro serio y no sin cierta malicia me decía:
—Despierte, doctor. El proyecto Gilgamesh ha fracasado, otra vez.

sábado, 11 de abril de 2009

El Muro

Como en una sagrada peregrinación, la excursión escolar llegó hasta la entrada del complejo que custodiaba los restos del Muro.
Dejaron sus zapatos a un lado y avanzaron, llenos de recogimiento, hacia el sector principal.
En un inmenso patio descubierto, centenares de personas se amontonaban abrazándose a unas rocas, llorando, intentando introducir sus dedos en las rajaduras.
Los niños avanzaron en silencio, guiados por las maestras, lo más cerca que el amontonamiento de cuerpos les permitió llegar. Esperaron con paciencia y tesón a que el movimiento de la gente les permitiera acercarse un poco más.
Cuando la tarde comenzaba a caer, pudieron llegar a la placa conmemorativa que descansaba a los pies de la desgastada construcción. Allí se leía:
Muro de Berlín: su caída dio fin a la Civilización Occidental. Sus restos recuerdan la grandeza que un día, el mundo entero, supo perder.
Sin comprenderlo, pero viendo que sus maestras así lo hacía, los niños comenzaron a llorar, a lamentarse, a abrazar las rocas e intentar, también, introducir sus dedos en las rajaduras, buscando allí algo de la grandeza perdida.

lunes, 30 de marzo de 2009

Revueltos, pero no mezclados


Y si, algún día tenía que suceder. Eran criaturas muy poderosas para preferir el encierro a la libertad de su yo ilimitado.
El mismo día que el Minotauro derribó las paredes de su laberinto, Moby Dick se tragó al molesto de Ahab, el Lobizón se rió de la luna convirtiéndose a plena luz del día.
Nadie dijo nada entonces.
Los hombres sin imaginación se dejaban asesinar sin más; no vertían ni una única lágrima solitaria; nada hacían mientras ficticias criaturas se enseñoreaban con su mundo.
Ningún héroe surgió de la nada; ningún salvador se presentó para enfrentar al leviatán; nadie pretendió defender su propiedad. Nadie dijo nada entonces.
No hubo caos, no hubo desorden, sólo hechos. La ficción reemplazó a los hombres y comenzó a escribir su versión de cada una de sus historias; en ellas, cuanto sucedía siempre tenía una razón de ser, a diferencia de lo que ocurría en el mundo real.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Sangre de mi sangre


Llenó una copa de vino con sangre de sus dedos, abriendo pequeñas heridas con algo parecido a un alfiler. Cuando la copa estuvo rebosante, la sangre cálida y aún burbujeante, con su aroma inundando la habitación, me invitó a beberla. A beber su esencia, su ser, su vida, para que compartiéramos la inmortalidad.
Tomé entre mis manos la copa que se enfriaba tan rápido como su rostro empalidecía. Le miré a los ojos para contemplar su seguridad, su ausencia de miedo. Confiaba que lo haría.
Acerqué lentamente la copa a mi nariz percibiendo el recuerdo del hospital, los años de servicio y agonías ajenas.
Sonreía confiado en que devoraría el jugo de sus venas. En lugar de ello, en vez de llenar mi boca y mi ser, le arrojé la copa al rostro esperando su sorpresa, su enojo.
La copa chocó y se rompió salpicando los restos del espejo en el que me contemplara momentos antes.

jueves, 26 de febrero de 2009

El rojo no es el único color


Era el clásico loco lindo que todo pueblo posee y resulta imposible de esconder. Él, en particular, tenía la costumbre de ir a todos lados con un gran pincel de artista, cargado de pintura para pintarle la cara a la gente. Su propio rostro estaba siempre cubierto de varias capas de pintura diferente.
Si se cruzaba con alguien cuyo rostro denotaba enojo, él le pintaba una sonrisa al tiempo que gritaba: Alegría, alegría. Adornaba pómulos con detalles verdes, azules y blancos en diferentes cantidades siguiendo algún patrón que solamente él conocía. Tenía por costumbre pintar sobre las pecas de las gemelas de la dueña de la panadería, para regocijo propio y de las chicas. Pintaba sobre las canas de los ancianos del club de jubilados cabellos negros, jóvenes y fuertes. Todos lo conocían y lo sabían inofensivo más allá de la necesidad de un lavado inmediato.
Un día se mudó al pueblo alguien que nunca antes había paseado por sus calles sino que solamente lo conocía de oídas y, sin pensarlo demasiado, decidió mudarse (dicen que escapando de la justicia, de los acreedores o a una mujer, pero nadie lo sabe con certeza cual de las tres eran la razón verdadera, si no lo eran las tres al mismo tiempo). Éste hombre era calvo y los veranos en el pueblo suelen ser muy calurosos, demasiado.
Llegó el día en que el loco del pincel y el nuevo vecino se cruzaron en la calle bajo el sol de la primera tarde de un caluroso día de diciembre. El loco quiso pintarle un sombrero con pintura azul al recién llegado. Este, creyendo que el loco lo atacaba con un garrote (¿cómo confundir un pincel con un garrote?, eso sí que no lo sé), sacó de entre su ropa un revolver y descargó todas y cada una de sus municiones sobre un loco que, atravesado por la muerte, no dejó caer el pincel.
El recién llegado quedó detenido de inmediato, no solo por lo que había hecho, sino porque no tenía permiso para portar un arma, y luego se descubrió que parte de su documentación era falsa, por lo que resulta ser que todo era más complicado de lo que parecía en un primer momento. Pero eso no tiene importancia, porque, digan lo que digan, yo sé que, desde ese día, en el pueblo, parece un poco más gris.

domingo, 22 de febrero de 2009

Deseando ver el mar

Construyeron el barco, madero por madero, clavo a clavo, desde la nada, desde la sola idea del barco hasta los últimos detalles. Con velas de terciopelo, madreperla adornando las uniones de los listones y herrajes criselefantinos.
    Lo mejor de sus artes, sus mejores obras, técnicas y saberes al servicio del sueño. De su único sueño.
    El pueblo entero se acercó a despedirlos cuando lo botaron por primera vez; lo vieron bajar desde el astillero hacia la arena que se abrió ante su peso en pequeñas ondas y el barco flotó, como se suponía que haría, junto al improvisado puerto del poblado. Extendidas las velas, la fina brisa se lo llevó lentamente hacia el desierto sin fin, con la firme esperanza de llegar, algún día, al verdadero mar.

lunes, 16 de febrero de 2009

La ciudad de roca

¿A quién, por cierto, podría ocurrírsele algo semejante sino al Faraón? ¿Quién tendría una idea tal sino un verdadero hijo de los dioses? A nadie más, por supuesto. Era su deseo y allí estábamos las cabezas negras, que habitábamos el fértil valle, para cumplirlo.
    Una ciudad en el desierto. Su nombre lo decía todo, construida para ser la futura casa de occidente del Faraón. Todo comenzó con la solemne ceremonia de colocar la primera piedra del edificio más importante de todos, la Pirámide. Entonces nació la ciudad.
    Nació para nunca dejar de crecer.
    Más de cien mil hombres de todas las tierras participaron alegremente de su construcción. Se levantaron murallas, estatuas, palacios, templos, burdeles, jardines y algunas viviendas. Todo labrado en granito y adornado con bellas pinturas, con escenas de la vida de los dioses en las que el Faraón se encontraba siempre presente. Se tuvo en cuenta hasta el mínimo detalle.
    La ciudad creció y creció con roca, sudor y argamasa. El Faraón batalló contra los nubios en el lejano Kush durante la construcción de su ciudad. Miles de esclavos llegaron desde el sur, donde el triunfo del hijo de los dioses se hacía sentir. Esclavos para su ciudad, mujeres para su palacio y oro para sus arcas; eso y nada más que eso era Kush. Al igual que el Sinaí, aunque no tuvieran bellas mujeres proveía su provechoso oro. La tierra que el Faraón pisaba se convertía en su propiedad, en su mercado, la expoliaba, la destruía y gobernaba sabiamente a Egipto, cuidando de su río, sus canales y sus cabecitas negras.
    Los años pasaron, el Faraón envejeció, los esclavos murieron, los trabajadores libres fueron reemplazados por sus hijos. El campo de rocas se parecía cada día más a una ciudad. De más allá del delta llegaron regalos para el rey, mujeres y riquezas que se embarcaron para la ciudad de roca.
    Cuanto más cosas enviaba a su próxima morada, más se debilitaba la salud del monarca.
    Llegó un día en que despertó junto con los dioses.
    La noticia de la muerte del Faraón corrió rápido, muy rápido. Los trabajadores regresaron a sus tierras. Los ejércitos se desbandaron. Los hijos del Faraón se mataban entre sí para conquistar el trono de su padre. Las mujeres lloraban, aunque no todas las que debían haberlo hecho.
    La momia fue colocada, el sarcófago cerrado, la pirámide consagrada; la ciudad quedó inacabada.
    Casi nadie recordó, ni recuerda, al Faraón que sometió a Nubia, al Sinaí y sus riquezas, como tantos otros antes y después que él lo hiciera. No podemos afirmar si su tumba se encuentra intacta o si es verdadera la momia que allí yace. Hay quienes dicen, en susurros, que la suya es una de las tantas momias sin nombre que el desierto un día tragó para nunca devolver; tal y como lo hizo con su ciudad.

martes, 20 de enero de 2009

Un diez en la mesa y el As en la mano

—¿Y bien? —preguntó el diablo— ¿Cuál es tu apuesta?
    —Apostaré lo que quieras —respondí—. Pero, si gano, ¿cumplirás con lo que pida?
    —¿Lo que sea? —evitó responderme—. ¿Apostarás lo que yo diga?
    —Sí —respondí logrando que no me temblara tanto la voz.
    —Entonces, cumpliré.
    Dos cartas sobre la mesa y cada uno con otra en la mano. El diez sobre la mesa y el As en mi mano me daban la victoria. Su ocho y cualquier otra carta que él tuviera en la suya no podrían ganarme. Era su turno.
    —Una eternidad de tormentos —dijo mirándome a los ojos—, muy lenta para ti, muy sabrosa para mí —agregó relamiéndose los labios.
    Arrojó sobre el ocho un nueve, sonriendo.
    —Quiero la inmortalidad, lúcido y joven, como Dorian Grey, no como esos insoportables struldbrugs —y arrojé el As de corazones sobre la mesa.
    Al ver mi carta, el diablo comenzó a reír con grandes carcajadas y ademanes histriónicos.
    —¡Pides exactamente lo que pretendía para ti! —dijo cuando logró controlarse, cuando su hinchado estómago dejó de sacudirse. Tomó el As de corazones entre sus finas y negras uñas y lo extendió hacia mí—. Ten, guárdalo. Que te sirva de recuerdo de este día.
    Han pasado mil doscientos años, seis meses, tres semanas, cinco días y algunas horas, y todavía escucho su risa en mis sueños, durante la vigilia, en todas partes. Solo así entendí que una eternidad de tormentos y la vida eterna resultan ser una misma cosa.

lunes, 12 de enero de 2009

Sombras, nada más

Camino por lo que adivino es un valle, pero no lo veo, estoy rodeado de sombras. Avanzo tanteando, buscando algo sin saber qué. Me siento como debería de sentirse un murciélago que perdió sus sentidos y es incapaz de orientarse.
    Nada se oye.
    Nada se ve.
    Nada se siente.
    Sombras, nada más.
    Mis pies se mueven lentamente, pesados, soñolientos, los dedos aterridos.
    Comienzo a tiritar y dejo de hacerlo en el mismo instante. No hay luz alguna, reflejo ni resplandor que me permita conocer mi cuerpo. ¿Tengo cuerpo o sólo lo imagino? ¿Siento lo que soy o soy lo que siento? No me veo. ¿Si no me veo es porque no existo?
    ¿No soy nada?
    ¿Existe algo?
    ¿Qué? ¿Quién?
    ¿Dónde quiero ir? ¿Dónde quiero llegar?
    ¿No seré, también, una sombra, y este acogedor lugar mi lugar? No lo sé. Dudo, y eso, por ahora, al parecer, es suficiente.

sábado, 3 de enero de 2009

La mujer dormida

Removíase entre las sábanas en un mal sueño y diseminábanse sus quejidos por toda la habitación, como hojas de otoño abandonadas a su muerte.
    Preparado para lo que debía hacer, la miraba desde la puerta. Mas hacerlo no podía.
    Su cuerpo giró, cerrados los ojos. Sus labios murmuraban algo incomprensible, sílabas y expresiones cortadas.
    La oscura hoja de obsidiana saludó al desenfundar mi daga.
    Extendió su brazo hacia un lado entre sueños y volvió a girar sobre su esbelto cuerpo desnudo.
    La aquejaba una pesadilla. Una que pronto se tornaría realidad, pensé acercando el filo a su rostro, a su cuello.
    Y el error fatal, del que se me avisara innumerables veces, cometí.
    El mismo que mis antecesores, quienes yacían a los pies de la cama, secos como frutos marchitos.
    La miré, no sólo como el objeto de mi encomienda, sino como el destino de mi deseo.
    La miré, y su endiablado rostro mi entendimiento nubló. Mi cuerpo amarla creyó, mi corazón un vuelco dio; la daga hacia atrás lancé, lo más lejos que con tan rabioso movimiento pude conseguir.
    De mis ropas me desprendí. Las sábanas que la cubrían levanté. Contemplé su desnudez con ardor. Me tendí a su lado pues evitarlo no podía, mi ser se resistía a seguir mis mandamientos.
    Un único momento junto a ese cuerpo infernal era cuanto deseaba.
    Cubierto de sudor y jadeando, cansado por el esfuerzo de pretender resistirme, los ojos cerré y lo supe. Otro monje desaparecería en los brazos de aquél súcubo maldito. Aquel bello súcubo. Aquella bella mujer que parecía dormir a mi lado.