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sábado, 31 de mayo de 2025

Una tortura

Es perfecto, porque nadie creería nunca que en verdad es así, pero sí, lo es, y es una tortura. Corrección: son una tortura. Las salas de espera son una tortura que se ha ido perfeccionando a lo largo de milenios. Y no me importa que vengan a decirme que este tipo de lugares, estos espacios solo existen desde hace unos pocos años o siglos. No lo creeré, no puedo creerlo.
    Algo capaz de quebrar a una persona sin el menor esfuerzo necesita tiempo de perfeccionamiento, de sistematización, de práctica y error, de volver a intentarlo hasta encontrar el punto exacto en que ese quiebre se produce. Negaré, pues, a quien sostenga la inexistencia de las salas de espera en los siglos anteriores porque sé que algo como eso no puede ser verdad. En esto, como en muchas otras cuestiones, yo soy mi mejor criterio de validación, además del único posible.
    Como buen sistema de tortura, tiene sus variantes.
    Así es como existen las salas de espera silenciosas, esas en las que pueden oírse las respiraciones de quienes nos rodean, el parpadeo de quien va quedándose dormido, y las burbujas del dispenser de agua. Salas en las que no se habla más que en un susurro por temor a quedar en evidencia, a llamar la atención y que ese silencio casi reverencial desaparezca sin más desatando el pandemónium. Esas salas, que suelen ser las más comunes, no son las peores.
    Las ruidosas resultan un poco más incómodas, ya sea que el ruido se filtre por alguna ventana a la calle o avenida céntrica con tránsito constante, o que sea un espacio cargado de cuerpos, con sus respectivas personas, que no conocen en decoro del silencio y el no molestar a los demás. En esos lugares todos hablan sin escucharse, elevan el tono de voz más y más hasta que nadie comprende palabra alguna de lo que se dice, el caos auditivo es inevitable si para peor en ese mismo espacio hay una radio o una televisión encendida. Este tipo de salas de espera son el segundo nivel en el camino hacia la desesperación.
    El tercero de estos niveles, es una sala de espera llena de personas, con la televisión o la radio encendida, y niños que corren y gritan por allí como si se tratara de su propia casa. Niños que logran gritar por sobre cualquier otro sonido, por sobre el ruido de una explosión, por sobre cualquier señal de inminente destrucción de la humanidad. Niños y espacios cerrados nunca deberían ir juntos, al contrario, deberían estar siempre lo más separados posible y cuanto más, mejor.
    En el cuarto nivel se encuentran las salas de espera petfriendly. Claramente estas salas serían lo normal si uno fuera a una veterinaria y no al consultorio de un dentista, porque en ese caso, mientras espero mi turno no quiero encontrarme en el mismo espacio con un perro, un gato o un loro, por limpios y silenciosos que sean, cerca de mi o de cualquier espacio en el que deba exponerme. ¿A quién puede ocurrírsele ir al médico llevando un gato, un perro, un loro? Esto solo está pensado como un paso más en la tortura, en el viaje hacia la desesperación.
 ―Estás bien ―susurró en mi oído sobresaltándome.
    ―Sí ―respondí tomando la mano que descasaba sobre mi rodilla―. No me gustan las salas de espera. Me dan sueño y dolor de cabeza.
    ―Ya falta poco.
    ―Faltaba poco hace dos horas. A este paso ya podría haberme muerto…
    ―No seas dramático.
    La miré y me sonrió. Intenté hacer lo mismo, intenté devolverle la sonrisa, pero aquel lugar me quitaba todas las ganas de vivir y de ser feliz que pudiera haber tenido alguna vez en la vida.

sábado, 3 de mayo de 2025

El último día

Despertó sabiendo que era el último día, la última oportunidad, el final del camino. Llevaba el año completo esperando, por lo que sabía que sucedería, sí o sí, ese día. Ya no quedaban más opciones. Sin embargo, y a pesar de la importancia incuestionable de las próximas horas, prefirió continuar con su rutina como si nada fuera a cambiar, como si aún quedara un vasto camino por recorrer. Preferiría que no fuese así, pero se esforzaba y forzaría las cosas para que fueran mínimamente diferentes.
    Desayunó; se preparó para ir al trabajo; se cuestionó una vez más la utilidad o inutilidad de cuestiones tan nimias; puso en duda cada detalle de su ser, luego salió a la calle para acometer el día.
    Esperaba que lo que tenía que ocurrir sucediera en cualquier instante, en cualquier lugar, cuando estuviera distraído, cuando su atención fuera atraída por algo más. Muy en su interior sabía que esa distracción era fingida y que ni el más mínimo gesto, el menor sonido, ni una única palabra, escapaban de su estudio pormenorizado, de su análisis y posterior descarte por no ser lo esperado.
    Finalizadas sus horas de trabajo, prefirió regresar a la casa andando por el camino más largo, contempló el paisaje recortado de la ciudad, con sus casas de época venidas a menos, los edificios como cajas de zapatos apiladas, los árboles enfermos, las veredas rotas, los automovilistas que no conocían las mínimas normas de tránsito. Sabía que nada tenía sentido, valor ni importancia, sabía que todo estaba motivado por errores y no por cuestiones que llevaran a las personas a un crecimiento o una mejorar de lo poco que ya eran. Dudaba que fuera posible mejorar a alguien, al menos no sin que ese alguien estuviera dispuesto a hacer el esfuerzo, pero si aún así lo fuera, no sería él quien se tomaría el trabajo de intentarlo.
    Llegó la noche y el baño para olvidarse de las molestias cotidianas, para desprender esa costra que se forma a nuestro alrededor cuando tratamos con los demás, y volver a ser suaves como tiernos y rozagantes recién nacidos, hasta que la ropa, la primera capa de la coraza que creamos para protegernos, nos cubre.
    Cenó sin dejar de mirar al reloj acercándose a la medianoche. El tiempo se agotaba.
    11:55. El momento estaba cerca, podía sentirlo.
    11:58. Era su deseo. Su único deseo. Uno que nadie podía o debía negarle.
    11:59. El error no era una posibilidad.
    00:00.
    00:01. Sonó el teléfono.
    ―Felices veintiocho años ―escuchó que decían del otro lado de la línea.
    ―Gracias mamá…
    Lloró, si de tristeza o alegría, no lo supo su madre desde el teléfono. Solo él sabía cómo se sentía sabiéndose rechazado como miembro del Club de los veintisiete.

sábado, 26 de abril de 2025

La tempestad

Ese día, apenas comenzado el atardecer, se desató la tempestad. No perderé el tiempo diciendo que fue una tormenta como nunca se viera en la región o cosa similar. Cada tormenta, como cada vida, como cada recuerdo, es diferente, es única e irrepetible. Fue esa tormenta devastadora, de esas que derriban construcciones y arrancan árboles, desbordan ríos, destruyen aldeas o pueblos. Fue una tormenta con ese viento que por momento se transforma en una tenue brisa para luego volverse un huracán que azota en todo su esplendor. La lluvia fue tenue un instante, apenas unas chispas por el resto de la tarde, una continuidad de agua fluyendo sin final durante la noche. Los truenos retumbaban como todos los truenos al desprenderse de su carga, llegaban las nubes cargadas, se descargaban en parte antes de continuar su camino.
    Fue una tormenta como tantas otras antes, como tantas otras después, y poco más.
    Fue mi tempestad. Mía como se señala algo personal, algo privado, algo que no compartiría con nadie, algo que solo yo recordaría de esa manera porque simbolizaba tantas cosas que ya no estaban, tantas cosas que se habían perdido, tantas cosas que debía dejar ir. Toda una vida, para volver al lugar común del que se hace cada vez más difícil salir, en el que caemos una y mil veces y mil veces más cuando intentamos alejarnos de él. Como la piedra con la que chocamos y chocamos y chocamos aun sabiendo que está ahí, en medio de nuestro camino y que esquivaremos, para volver a chocar con ella. Yo soy quien choca con la piedra y yo soy la piedra, tercos por igual los dos, esperando que sea el otro quien cambie primero para no tener que hacerlo uno. Por eso chocamos y chocamos y chocamos.
    Una vida completa de choques y más choques.
    La tempestad continuó, yo deje de verla cuando decidí ponerle. Podría haber sido ayer, podría haber sido mañana, pero el mejor de los momentos posibles es hoy, ahora, en medio de esta hermosa tempestad, que en este momento es mía, mía y de nadie más.

domingo, 13 de abril de 2025

Esas nuevas ideas

Ardían. Sus pulmones ardían. Ambos. Como si quisieran salírsele del cuerpo a través de la boca abierta mientras buscaba tragar más aire. La agitación demoraba en calmarse y el doble bombo en su pecho no parecía interesado en bajar la intensidad de sus golpes.
    Miró su mano aún cerrada sosteniendo el hierro, los dedos blancos por la fuerza que hacía con ellos. Sintió las uñas clavándosele en la palma. Dolió todavía más abrirla que mantenerla cerrada, pero debía abrirla o el dolor sería peor.
    Una gota de sudor se le metió en el ojo derecho, parpadeó y sacudió la cabeza, el pelo le cayó sobre la frente y cometió el error de acomodárselo con la mano manchada en un acto reflejo, sin pensarlo. Llevaba meses posponiendo la visita a la casa del barbero, ahora se arrepentía. Siempre se arrepentía tarde de las cosas que hacía, casi tanto como también de las que no hacía.
    Dejó el atizador junto al hogar. Lo pensó mejor y lo colocó sobre el fuego, que crepitó levemente. Enderezó la espalda esperando que su respiración se acompasara. Ya no estaba para ese tipo de cosas, lo sabía, pero algunas veces resultaba simplemente necesario hacerlas, no existía otra razón.
    Con la mano limpia buscó el pañuelo en el bolsillo, justo ese día había decidido usar uno de los pocos que le quedaban de seda. Se lamentó por eso mientras se quitaba la sangre de la mano antes de que se secara. Lo arrojó al fuego cuando la vio más limpias que antes.
    Hizo sonar la campana antes de acordarse lo que acababa de suceder. Sabía que no vendría nadie, que no quedaba quien respondiera a sus llamados. La servidumbre ya no es lo como solía ser, pensó. Esas nuevas ideas sobre la libertad, la igualdad, la fraternidad los habían arruinado.
    Colocó varios trozos de leña en el hogar para alimentar el fuego. Tendría que traer más desde el cobertizo del fondo de la propiedad y, si no quedaba nada allí, talar alguno de los raquíticos árboles que estaban cerca del pantano, hacia el este. Como sea, necesitaría el hacha, para eso y para deshacerse del cadáver. Suspiró con fastidio al darse cuenta que tendría que ir a buscarla él mismo, porque nadie se la traería. La servidumbre ya no es lo como solía ser, pensó.

domingo, 30 de marzo de 2025

Ruinas

―Debajo de todas estas ruinas ―dijo moviendo la mano para señalar algo indefinido, tal vez la habitación, la casa, el barrio, la ciudad, el país, el continente, el mundo, el universo, a sí mismo, el todo o la nada―, está lo que queda de mí.
    Hablaba, pues, de sí mismo, otra vez. Era poco lo que decía últimamente, cada vez menos y con pausas más extensas, de días en algunos casos. Hablaba siempre sobre el mismo tema: la decadencia y la muerte; su decadencia, su muerte, y la de todos. La edad, sin dudas, le afectaba más que a muchos de nosotros.
    Suspiró. Esperé que continuara hablando. Le acerqué un vaso con agua, bebió algunos sorbos, se mojó la pechera de la camisa y no hizo el menor esfuerzo por ocultarlo, por fingir que le daba pena, solo siguió mirando al frente.
    Volví a mi libro, esperar durante horas a que dijera algo más podía vencer cualquier cantidad de paciencia, por infinita que esta fuera. La expectativa pronto decae y solo queda el aburrimiento en esas horas vacías en las que la única salvación es leer. Y yo, que siempre llevaba un libro conmigo, las aprovechaba.
    Anoté lo que dijera, que era para lo que se me pagaba, en la hoja en la que se repetía más o menos la misma frase a lo largo de días, en diferentes momentos, con un significado sumamente similar y mínimas variaciones. Alguien creía que podría llegar a decir algo de verdadera importancia, algo de valor, que recordara el gran ingenio del que hacía gala antaño; lo cierto es que no parecía quedar nada de aquella inteligencia casi mítica. Sin embargo lo anoté, luego repasé las notas anteriores:
    Debajo de estas ruinas, poco es lo que queda (lunes, 15.17hs).
    Debajo de todas estas ruinas, algo suspira (miércoles, 03.34hs).
    Debajo de estas ruinas, nada nace (sábado, 12.23hs).
    Debajo de todas estas ruinas, incluso el sol brilla (lunes, 18.29hs).
    Debajo de estas ruinas, está lo que queda de mí (jueves, 07.56hs).
    Los silencios se extendían poco a poco, las horas vacías eran más y más. Sus ojos se ponían brillosos, con las pupilas dilatadas, la respiración acompasada, la voz rasposa. Se sabía cómo terminaría, lo que no se sabía, o no quería saberse, era cuándo lo haría. La espera se volvía intolerable.
    Una semana más tarde volvió a balbucear lentamente una de sus frases cuando me encontraba de guardia.
    ―Debajo ―dijo sobresaltándome porque no esperaba que volviera a hablar― de todas estas ―levantó su mano enflaquecida y amarillenta― ruinas ―cerró los ojos y respiró largamente― también está ―el impulso se agotaba, la voz se apagaba― mi piel ―completó con un susurro.
    Rechazó el agua, rechazó mi ayuda, ya estaba más allá de cualquier cosa que yo pudiera hacer por él, estaba más allá de todo.
    Anoté la frase debajo de la anterior en la misma hoja, luego volví a leerlas una por una, frase a frase, o mejor dicho, verso a verso. Lo leí en voz alta, para él, solo para él, que apenas si se movía, con voz calma para que cada palabra se comprendiera, y luego de escucharme recitar su último verso se despidió con un suspiro.

sábado, 15 de marzo de 2025

En el lugar equivocado

Si tuviera que responder, y esto sólo en el caso en que alguien se acercara a preguntármelo, qué hacía allí, por qué había asistido a esa charla en particular o qué esperaba de ella, mi respuesta sería bastante esquiva. Nada más que mi interés por refugiarme de la inminente lluvia ante mi falta de previsión de llevar conmigo un paraguas me había llevado a ese salón de conferencias semivacío. Por eso esperaba pues que nadie me preguntara nada y, al mismo tiempo, continuar escuchando sin oír lo que allí se decía.
    Unas seis o siete filas de butacas formaban un pequeño semicírculo que miraba hacia una tarima a modo de escenario en la que dos personas, un hombre y una mujer, hablaban sobre algo referido a la literatura. Tal vez era la presentación del libro de uno de ellos y el otro hacía preguntas al respecto. Si era algo como eso, no ubicaba a ninguno de los dos por sus caras ni por sus nombres, aunque eso no significaba nada. Por suerte hablaban en español, si la charla hubiera sido en otro idioma con o sin traducción inmediata apenas habría podido resistir el cabeceo previo a quedarme dormido y comenzar a roncar.
    Diré que puse todo mi empeño en atender a lo que se decía, sin embargo había un detalle que resultaba una distracción permanente. Detrás de las dos personas que hablaban había una pantalla de gran tamaño que parecía enmarcarlas junto con la mesa que los separaba y los bancos en los que se sentaban. Probablemente los organizadores no habían pensado muy bien qué proyectar y por eso recurrieron a imágenes de diferentes paisajes en movimiento, todos deslumbrantes e inaccesibles por igual para la gente común ―para mí―; lo que fuera que se dijera frente a ellos perdería toda relevancia ―también para mí.
    Mi distracción no se debió a uno de los sucesivos paisajes, sino por otra cosa que surgió en la pantalla. Algo que en un principio creí que sería un pixel dañado, muerto, destruido, un punto negro perdido en uno de los extremos de la pantalla que comenzó a crecer poco a poco hasta ocuparla casi por completo. Claramente no era un pixel muerto, cosa que descubrí rápidamente, sino que era una especie de criatura negra como la más oscuras de las noches, mezcla de insecto con muchas patas, demasiadas, reptil de piel escamosa, fría y pegajosa, innumerables ojos de vidrio y, para terror de mis nervios, colmillos tan gruesos como mi cuerpo. Esa criatura miró de frente hacia el salón, no hacia la supuesta cámara que debería de estar filmando el paisaje que ocultaba con su abultado cuerpo, sino hacia las butacas, a nosotros, a quienes estábamos allí sin que nadie más pareciera darse cuenta de nada porque nadie había reaccionado, salvo que al igual que yo en ese instante, estuvieran paralizados de miedo.
    Esa cosa, esa criatura, tocó la pantalla con sus colmillos y varias de sus patas. La tela se abultó antes de rasgarse. El aroma de la naturaleza selvática invadió el salón. La pata de aquella cosa se agitó sobre la cabeza de los dos que hablaban y aun así nadie dijo nada.
    Me sentía pálido, aterrado, casi fuera de mí ante lo que veía, aunque lo que más me extrañaba era la pasividad del resto de las personas de la sala. ¿Qué pasaba? ¿No veían a aquella cosa intentando penetrar en nuestro mundo? ¿Sería el único testigo de semejante atrocidad?
    La bestia comenzó a morder el agujero en la pantalla buscando agrandarlo para introducir su cuerpo. Había logrado hacer pasar tres de sus peludas patas con las que también hacía fuerza, hasta que lo consiguió. La pantalla cedió y logró meter su cabeza completa de nuestro lado de la realidad. Cada uno de sus extraños ojos me miró, a mí, directamente a mí, a nadie más que a mí, como si supiera que yo y solo yo era quien la veía. Aunque no tenía labios, ni boca ni cosa que se le pareciera, diría que sonrió.
    Primero una, luego dos, tres, y prontamente todas las personas en el salón, se giraron hacía mí. Incluso las dos que hasta ese momento habían estado hablando normalmente, me miraban. Si no lo había notado antes ahora no podía no dejar de hacerlo: todas ellas tenían los mismos ojos, la misma cantidad de ellos, que la criatura que seguía intentando atravesar la pantalla. Yo, y solamente yo era el extraño allí, el diferente, el que sobraba, el que se encontraba en el lugar equivocado.
    Lentamente me puse de pie pensando en qué me había llevado a decidir esa mañana dejar el paraguas en la casa.



sábado, 1 de marzo de 2025

El colectivo

Volví a mirar el reloj y calculé mentalmente, llevaba parado en esa esquina poco más de cuarenta minutos sin ver aparecer el colectivo. Sin ver casi ningún vehículo por la calle, si descontamos a los dos o tres ridículos en sus monopatines eléctricos en una calle empedrada. Cuarenta minutos son dos mil cuatrocientos segundos, una infinidad de nanosegundos y un caudal sin igual de pensamientos y frustraciones por no haberme decidido a comprar el auto cuando podía hacerlo. Lo peor de todo es que había salido con tiempo más que suficiente para llegar y disfrutar de unos minutos de tranquilidad y solaz antes de todo lo que sucedería luego, pero esa tranquilidad fue transformándose poco a poco en ansiedad, en angustia, cuando a los diez minutos seguía parado en la esquina, cuando a los veinte minutos continuaba en el mismo lugar, cuando a la media hora apenas mantenía una leve expectativa de ver aparecer al colectivo un poco más allá, en la otra cuadra, con su cartel luminoso irreconocible por la distancia y la miopía. A los cuarenta minutos de estoica permanencia en la esquina ya había abandonado en la puerta del infierno mucho más que la esperanza.
    El compromiso al que debía llegar estaba pactado de antemano desde hacía semanas, llevaba esperándolo con tanta ilusión como la que ahora me hacía el ver aparecer el colectivo; por eso me había preparado y salido con mi mejor ánimo, con lo más cercano a la alegría que podría llegar a obtener por mí mismo y esperado que todo saliera bien para llegar de buen humor. No contaba con que circunstancias externas a mi persona y mis posibilidades intervinieran y que debería esperar, como se espera que suceda uno de esos milagros en los que nunca creí, por casi cuarenta y cinco minutos el colectivo. Pero no fue hasta los cincuenta minutos de espera rodeado por el persistente silencio de la media tarde de otoño que la más completa desolación ocupó mi pensamiento.
    Si hubiera decidido ir caminando en vez de esperar el colectivo, para este momento ya habría llegado, incluso con unos pocos minutos de antelación, cansado, sudado, sediento y con ganas de volverme, pero estaría allí y no aquí, en esta esquina. Ahora era tarde, estaba condenado a seguir esperando por el resto de la eternidad, y si es que existe algo después de la muerte, sin dudas también en ese después tendría que esperar.
    ―Bobby, vení para acá ―dijo una voz de mujer. Bobby suena a nombre de perro pequeño, de esos que pueden llevarse debajo del brazo, dentro de una cartera, en un cajón de frutas, no el de un gran danés que si decidiera agachar un poco la cabeza podría mirarme a los ojos y yo contemplar el vacío detrás de ellos―. Perdón, disculpe.
    Miré a la mujer y asentí muy lentamente para no alterar a Bobby.
    El enorme mastín se inclinó a oler el tronco del árbol junto al que estaba parado, volvió a mirarme y se alejó. Cada paso suyo eran tres o cuatro pasos de la mujer que no lograba darle alcance.
    ―¿Espera el colectivo? ―Me preguntó antes de llegar al siguiente árbol―. Mire que cambió de recorrido, no pasa más por acá.
    ―¿Qué? ―fue lo único que mi sorpresa me permitió articular.
    ―Para el lado del centro pasa a dos cuadras de acá. ¿De verdad no sabía? Ya hace varios días de esto ―Me miró como quien mira a un enfermo terminal desahuciado por todos los médicos de la ciudad, del país, del mundo.
    ―No, la verdad no lo sabía.
    ―Bueno, son dos cuadras nada más ―señaló en la dirección en la que debía caminar.
    Se alejó para intentar alcanzar a Bobby. Miré el reloj, ya era tarde, demasiado tarde para intentar otra cosa que no fuera volver a mi casa sintiéndome como el estúpido que siempre fui y seré.

El colectivo que tal vez esperaba.

domingo, 5 de enero de 2025

Criterio de selección

Podés mirarme con esa expresión de desagrado todo el tiempo que quieras, no me importa. Estoy seguro de que a tu manera hiciste lo mismo o algo muy similar, y está bien, me parece perfecto. Este es el mío, es tan válido como el tuyo ―no quiero decir que más para que no te ofendas más de lo que ya estás. En serio, escúchame, siempre evaluamos a los demás, los gestos, si se maquilló o se afeitó antes de vernos, cómo gasta el dinero, si cambió de auto en el último año o si viaja en transporte público, si la ropa es de marca o no, si sus zapatos son nuevos. Los dientes son otro ejemplo, si los tiene todos o al menos se los limpia con cierta frecuencia, también su lenguaje y vocabulario, sus intereses más allá de lo inmediato. Evaluamos cada detalle, por minúsculo que sea, antes de tomar una decisión. Negalo todo lo que quieras, pero sé que lo hiciste antes, lo hiciste conmigo y lo seguirás haciendo con los que vengan después, y como te dije, está perfecto. Nadie le abre la puerta a cualquiera; el miedo a salir herido, a que vuelva a romperse eso que jamás sanará, a sentir que perdemos otra vez, es atroz.
    Por eso es que no tiene sentido que te enojes. El mío es un criterio tan válido como cualquier otro, como ya te dije. Claro que suelo ser un tanto flexible y hasta diría que permisivo en algunas oportunidades; cuando la sangre tira, como quien dice, cuando el premio bien puede ser mayor a la apuesta inicial, cuando la desesperación hace su entrada y bajo mis estándares lo suficiente como para obtener algún tipo de descargo momentáneo.
    Hay miles de cuestiones que me tienen sin cuidado, con las que no pierdo el tiempo; a pesar de esto, nunca renegaré de mi criterio. Acabás de enfrentarte a él y perder, como sucede en la mayoría de los casos. Yo estoy acostumbrado, noto que vos no, pero no es nada personal, al menos no directamente. Así son las cosas conmigo.
    Si no hubieras dicho nada, si hubieras mirado como quien mira sin ver, si hubieras tenido alguna expresión de sorpresa, alguna palabra perdida a media voz, que demostrara que lo que veías no resultaba extraño aunque quizá sin llamativo, hubiera sido diferente. Incluso hubiera tolerado la completa y total indiferencia. Estaba dispuesto a muchas cosas esta noche.
    Lo que me resulta inaudito, intolerable e inaceptable es que hayas pensado que aceptaría sin más que apenas entrar dijeras: “para qué querés todas esas cosas si no sirven para nada”.      ―Te pido un uber ―respondí descolocándote y ofuscándote al mismo tiempo porque yo no me reía. Para mí no tenía ni la menor gracia.
    Es verdad, ya lo pedí, está en camino. Esperalo afuera por favor. Quizá mientras tanto puedas darte cuenta que no es correcto, que no está bien, criticar sin más el esfuerzo de toda una vida que se expresa, como ves aquí, en esta casa, en mi biblioteca.

Esta foto es mía

Hoy (o ayer), 4 de enero, se cumplen 17 años del inicio de Proyecto Azúcar.
Gracias a todos por acompañarme en todos estos años y en los que vendrán.
Volvemos a leernos el primer fin de semana de marzo.

domingo, 22 de diciembre de 2024

La tortuga

La vi masticar bajo el sol de la tarde con suma tranquilidad, casi que con parsimonia, algo que le diera su cuidador; un pepino tal vez, u otra cosa que no se distinguía a la distancia. La tortuga movía apenas el cuello hacia abajo y hacia arriba con cada mordisco, al masticar y al tragar. El vidrio tenía restos de tierra, salpicaduras de las últimas lluvias sin dudas, de ese lado, los cuidadores no atendían a esos detalles, solo el quelonio les importaba, por lo que el vidrio era algo más de lo que no hacer caso. Por eso, y por mi miopía, no estaba seguro de que era lo que masticaba la tortuga; no es que fuera algo relevante, incluso me daba igual, era apenas un detalle. Tampoco sabía si ella podía verme del otro lado de ese vidrio mirándola, masticar con toda la paz de su naturaleza, aquella cosa verde que alguien dejara junto a su cabeza junto a un cuenco que sin dudas contendría agua.
    Había otras personas de este lado del vidrio, pasaban, leían los carteles informativos, miraban un rato al animal, intentaban sacar una fotografía, desistían de pretender entender lo que veían y continuaban su recorrido. Solo yo permanecía mirando, analizando cada gesto, cada lento movimiento de la tortuga. No estaba seguro aún de si lo haría o si continuaría caminando hacia un costado siguiendo el recorrido, mi decisión flaqueaba y no podía demorar mucho más en llegar a una resolución. Tenía que ser en ese momento, con el pasillo despejado casi por completo, o ya no sería.
    Con rápidos y ensayados movimientos saqué de mi morral el martillo neumático a batería y rompí el vidrio templado que separaba a los visitantes de los animales. La alarma comenzó a sonar de inmediato, tenía solo unos segundos para llegar hasta la tortuga y romperle la cabeza, partir su caparazón, embadurnarme con su sangre, sus órganos, sus huesos y gritar de placer, luego llegarían los guardias.
    Corrí escuchando que el vidrio seguía rompiéndose y cayendo junto con los gritos de las pocas personas cercanas, sentí la sangre en mi mano, algunas astillas se habían clavado en mi palma. Corrí sin detenerme ni soltar el martillo neumático.
    Los pocos metros que me separaban de la tortuga se consumieron rápidamente, en mi urgencia no entendía cómo era posible que al acercarme no aumentara su tamaño ni diera muestra alguna de sorpresa cuando ya debía de haberme visto, o al menos oído.
    Mi cabeza sonó como un gong cuando chocó contra algo que no esperaba encontrar mientras corría inclinado hacia adelante para reducir la resistencia del viento y dejar menos de mi cuerpo expuesto a posibles disparos. Como lo único que veía era a la maldita tortuga, el golpe fue sorpresivo, inesperado y sumamente violento y repercutió en todo mi cuerpo.
    Caí hacia atrás y un poco de costado, solté el martillo y me llevé las manos a la cabeza, luego extendí una de ellas hacia adelante y toqué aquello contra lo que acababa de chocar: otro vidrio. Una nueva barrera, de la que nada sabía, se erigía separándome de mi víctima. Aunque bien mirado, ese vidrio era una gigantesca pantalla, por lo que la tortuga estaría en algún otro lugar, lejano o cercano, oculta y fuera de mi alcance.
    Cerré los puños y golpeé la pantalla sintiendo que la desolación me inundaba.
    Los pasos de los guardias se acercaron a mi espalda, las pesadas botas aplastaban la tierra acercándose. Puede verlos reflejados en la pantalla, traían sus armas desenfundadas, preparadas, como lo había previsto. No me resistí, no podía ni tenía nada con qué hacerlo. Sabía que el castigo por atacar a cualquiera de los animales del refugio era la ejecución sumaria, eso formaba parte de mis planes al igual que todo lo demás, bueno, casi todo, ya que no contaba con la existencia de esta pantalla.

¿Qué estás mirando?

domingo, 24 de noviembre de 2024

Toda esa luz

―Hoy será la última vez que te vea ―dijo en voz alta, tal vez sin darse cuenta o quizá muy atento a ello, aunque nadie pareció escucharle o darle importancia.
    No estaba solo en el parque, nunca podría estarlo; la ciudad había crecido tanto, las personas no dejaban de multiplicarse, de llegar, de irse para que otras tomaran sus lugares, que siempre había alguien más en cualquier parte y la privacidad era un lujo demasiado caro para casi cualquiera. No le importaba, siguió adelante.
    ―Tengo la certeza de que serás lo único ―se detuvo a pensarlo un poco mejor―, o casi lo único, que extrañaré.
    Miró al sol sin apartar la mirada y dejando que los ojos se llenaran con su luz hasta encandilarlo, adormeciéndose por tanto brillo.
    Extendió sus brazos, en cada mano llevaba uno de los viejos abrecartas que afilara esa misma mañana, cuando ya nada ni nadie cuestionaba su decisión. Un movimiento más, un único certero movimiento, ensayado miles de veces, y todo cambiaría.
    Ahora.
    Un grito. Pasos que se acercan. Otro grito. La sangre le cubre con su calidez el rostro. Más gritos.
    Y la luz, esa luz que ya nunca sería reemplazada.

Un abrecartas


domingo, 10 de noviembre de 2024

Argos

Apestan. Hieden. Tienen el asqueroso olor de esa bebida que los vuelve inútiles y el de la carne mal digerida saliendo por sus bocas. Lo destruyen todo. La Señora los engaña día tras días, pero pronto nada quedará con qué seguir distrayéndolos. El niño ha crecido, es cierto, pero nada puede por sí solo. Y a mí lo único que se me permite es mirarlos en silencio, cargando con mi odio y mi desprecio, desde el rincón en el que me han abandonado.
    Alguien se acerca por el camino del puerto. Él no apesta, no hiede, tiene otro olor. ¿Conozco ese olor? Conozco ese olor. Debo levantarme, acercarme a él. Aunque mis viejas y cansadas patas ya no puedan sostenerme, mi cola se agita de felicidad sabiendo que mi amo ha regresado.

sábado, 28 de septiembre de 2024

Modelo vivo

―Comencemos ―dijo el maestro.
    Nos había distribuido a los doce o quince que éramos en la clase rodeando la pequeña tarima que ocupaba el centro del salón. Cada uno tenía su atril con su lienzo y sus carbonillas porque, como el maestro repetía en cada clase, el boceto inicial es lo más importante. Pero la tarima estaba vacía. Sin dudas sería uno de esos ejercicios extraños, de los que no parecen tener sentido, que tanto le gustaba plantear al maestro. Aunque debía suponer que no se trataba de algo tan sencillo, sino que allí había algo más. Tomé un trozo de carbonilla para bosquejar la ubicación de la tarima, tal vez el símbolo de lo ya acontecido o de lo a punto de suceder, en el centro del lienzo. Antes de que llegara a tocar la limpia superficie, la puerta del salón se abrió.
    ―Ah ―exclamó el maestro―, por fin.
    Como había quedado de espaldas a la puerta, no pude ver quién ingresaba. Tampoco quería girarme y demostrar mi curiosidad como el resto de mis compañeros.
    Cuando ella pasó junto a mí, pude sentir el aroma a flores que emanaba su cuerpo, pero no, no era su cuerpo, en las manos llevaba un ramo y un jarrón de terracota.
    ―Aquí, aquí. ―El maestro señaló la tarima.
    Acomodó el jarrón a un costado y colocó unos almohadones de lino en el centro. Ayudó a subir a la tarima a la mujer y le indico que se sentara entre ellos extendiendo una pierna y flexionando la otra. Acabó haciendo un complejo e incómodo escorzo con la espalda hasta quedar casi tendida.
    ―Con permiso ―el maestro abrió la túnica que llevaba la mujer dejando al descubierto parte del cuerpo, la pálida piel y los senos más grandes que viera nunca. Me sentí ruborizar, me sentí extraño y miré de costado a mis compañeros, todos de la misma edad, todos igualmente inexpertos en cualquier arte que no incluyera un pincel en nuestras manos, y, aunque nadie quisiera decirlo, si lo incluía también.
    El maestro acomodó los senos de la mujer, cosa que parecía imposible y tal vez fuera una excusa para tocárselos libremente, para colocar una de las flores, un clavel, en medio de ellos; sacó una manzana de algún lugar y le dijo que la sostuviera a la altura de la cabeza.
    Se alejó dos pasos de la tarima y caminó lentamente rodeándola; acomodó los pliegues de la túnica, cambió de sitio el jarrón, corrigió algo en la postura de la mujer, volvió a tocarle uno de los senos con su mano completa y se alejó otra vez de la tarima.
    ―Perfecto ―murmuró―. Modelo vivo, señores ―dijo mirándonos. Siempre nos llamaba señores porque a pesar de que éramos un grupo de aprendices mediocres allí había aburridos niños ricos sin ninguna aptitud para nada, hijos de comerciantes que pretendían ser artistas, pobres diablos muertos de hambre con manos incapaces de dibujar una línea recta sin ayuda y unos pocos, muy pocos, con algo que podría llamarse talento. No diré a cuál de esos grupos pertenecía yo, tal vez a todos, tal vez a ninguno―. Pueden comenzar.
    Se alejó hacia su propio atril, casualmente ubicado de frente a la modelo, con una vista privilegiada de sus senos, el resto de su cuerpo y de todo lo demás. Si quienes estaban del lado de la espalda se perdían la mayor parte del espectáculo, desde mi sitio la postura de la mujer creaba ciertas dificultades. Siendo que la tarima vacía me había planteado serias dudas sobre cómo proceder, con ella allí arriba la situación se volvía más compleja. No tanto por la enorme máscara demoníaca que ocultaba por completo la cabeza de la mujer y que con su negrura contrastaba con la pálida piel, ni por los cinco prominentes cuernos, los ojos rojizos, los colmillos que escapaban de sus belfos ni el cabello hirsuto y sucio, sino porque sabía que era un símbolo, como siempre decía el maestro, uno que debería descifrar mientras dibujaba.

sábado, 3 de agosto de 2024

Mi ojo izquierdo

Hacía tiempo que intuía que algo como esto podría suceder, más precisamente desde que comenzaron las molestias y ningún oftalmólogo entendía que no era miopía, que no era astigmatismo, que no era ninguna de las otras afecciones oculares clásicas. Lo que tenía era algo más, algo diferente, algo difícil de explicar, más difícil aún que me creyeran aquellos a quienes debía explicárselos.
    Comenzó con una leve picazón ubicada detrás de mi ojo izquierdo, leve, es cierto, pero aumentaba su intensidad con extraordinaria rapidez antes de desaparecer sin dejar mayores secuelas durante días, semanas, meses, para regresar inesperadamente, como en oleadas cada vez más intensas. Cuando comienza a picar un ojo uno no hace otra cosa más que refregárselo un par de veces, apretarlo con suavidad y esperar a que se pase la molestia; en un principio esto funcionaba a la perfección, pero al extenderse la picazón en el tiempo, nada lograba calmarla. Repito: nada lograba calmarla, ni médico alguno sabía darme una explicación
    Una tarde de otoño, en medio de uno de esos ataques de picazón insoportable, llevé mis manos a la cara apoyando una en la parte inferior del ojo, allí donde se forman esas bolsas de piel imposible de disimular, mientras que con la otra me frotaba por sobre la cejas en un fútil intento por lograr algo de calma. En un momento en que presioné con ambas manos al mismo tiempo el ojo se desprendió como una canica y, libre de toda sujeción, rodó y rodó calle abajo. Me tapé la mitad de la cara con una mano para que nadie notara lo que acababa de suceder e intenté dar con mi ojo, pero la sucesión de formas, colores y objetos que veía sin que estuvieran frente a mí me confundía. Choqué contra varias personas, recibí golpes, bastonazos, paraguazos, alguien me tocó el trasero, pero no me detuve, tenía que seguir y recuperar mi ojo que se alejaba más y más. Hasta que las náuseas me vencieron y vomité en medio de la calle; cerré el ojo que seguía en su lugar, al hacerlo no dejé de ver cosas, lo abrí, lo que veía con él se superponía con esas otras imágenes que estaba viendo. Aunque la confusión atormentaba mi cerebro y amenazaba mi cordura, la avalancha de imágenes me fascinaba.
    Desprendido de mi cuerpo, el ojo continuaba viendo y enviando imágenes a mi cerebro; ya no veía únicamente hacia “el frente” o desde una única dirección, sino desde todas ellas, como si el globo ocular entero pudiera ver. Esa cascada de imágenes confusas y constante se mezclaban con la imagen simple y unidireccional del ojo que seguía atado a mi cuerpo creando un caos que era incapaz de controlar, mucho menos de disfrutar, al menos al principio.
    Mi ojo izquierdo se alejó de mí, rebotó, cayó a lo largo de la calle, fue pateado, empujado, se enganchó en un zapato, se fue por el sumidero, llegó al rio, se mezcló con la basura de la costa, alguien lo levantó y volvió a arrojarlo, algo se lo tragó y atravesó sus intestinos antes de volver a ver la luz en medio del agua, llegó a un prado cercano a un pequeño poblado; vi soles y lunas que no conocía, la belleza de cuanta mujer que atravesaba mi nuevo campo visual me abrumaba hasta hacerme llorar, contemplé miseria que me llevó a desear no ver tanto, vi odio y violencia, lujos y carencias.
    Mi ojo izquierdo nunca se detuvo, ni de noche ni de día. No me permitía dormir porque al no tener párpado no podía cerrarlo, tenía que drogarme en exceso, hasta caer en la inconciencia, para intentar descansar, pero aun en ese estado seguía recibiendo sus imágenes. Más de una vez me han encontrado golpeándome la cabeza contra una pared o contra algún mueble para intentar detenerlo, lo único que lograba era un hematoma más o menos grande en la frente y una serie interminable de preguntas con las que querían determinar el estado de mi salud mental. Sé que temen que me arranque el otro ojo, el derecho, el que decidió quedarse conmigo, pero eso no pasará, no fui yo quien decidió lanzar mi ojo al mundo, fue mi ojo el que por su cuenta decidió lanzarse.
    Demoré años en entender lo que mi ojo izquierdo quiere mostrarme, disfrutar de los paisajes y admirar el mundo sin moverme, mientras espero a que decida regresar a mí. Y aquí lo esperaré, encerrado en esta celda, por el resto de mi vida si es necesario.

sábado, 15 de junio de 2024

Cabalgata nocturna

Aflojó las riendas del caballo cuando el caserío no fue más que una mancha a la distancia en el atardecer. Tenía la seguridad de que estaba solo, de que nadie lo seguía para darse cuenta de que no pensaba cumplir con ninguna de las recomendaciones que recibiera. Allá ellos, los tontos en sus casuchas si preferían creer en sus fábulas infantiles y sus estúpidas prohibiciones, los que preferían creer en cuentos sobre aparecidos y almas en pena. Sería suicida pensar en atravesar ese desierto durante el día, bajo el inclemente sol que pega sobre la nuca y el resto del cuerpo volviendo imposible pensar, respirar, vivir. No haría nada como eso, si había llegado hasta allí con su fiel caballo atravesando las noches tibias de cálida brisa, seguiría haciéndolo, no cambiaría de idea por unos cuantos cuentos viejos.
    Dejó que el caballo avanzara a su aire, apenas con unos pocos tirones de las correas para corregir el rumbo, mientras la noche ocupaba el cielo y el silencio se volvía más cercano pegándose a su piel. Conocía el ulular del viento, el canto de cada insecto, el vuelo de los murciélagos y de las aves rapaces que se aventuraban por allí, conocía el sonido de las pisadas de cada animal un poco más grande que un gato que podría encontrar en medio de la noche. Estaba más acostumbrado a lo nocturno que a la vida diurna, por eso prefería viajar durante la noche; el miedo que detiene al resto de los hombres, de las mujeres, de los ancianos, de los niños, nada significaba para él.
    Con la luna recorriendo el cielo resultaba imposible perderse, equivocar el rumbo o desbarrancarse. El camino estaba lo suficientemente marcado como para saber por dónde avanzaba. Aun así, y aunque pretendía lo contrario, estaba atento a lo que pudiera aparecer sin anunciarse en medio de la noche, lo que pudiera acecharle sin dejarse ver hasta el instante justo de atacar. La tranquilidad del caballo le indicaba que nada había en las cercanías que alertara su olfato o sus oídos. Se relajó al tiempo que la noche avanzaba y nada sucedía.
    El alba comenzó a dejarse notar cuando llevaba recorrido más de la mitad del trayecto, de haberlo querido y haber apurado el paso del caballo podría haber llegado esa misma noche al poblado siguiente. No lo había querido así para no dejarse ganar por todo lo que escuchara antes de salir del caserío. La inminencia del sol, su calor, su luz, lo impulsaron a buscar un refugio. Unos árboles raquíticos, que apenas servían para dar un remedo de sombra, le parecieron el lugar perfecto. Dio de beber al caballo, que tenía un poco de pasto y otras hierbas con las que entretenerse, bebió también un poco de agua, masticó un trozo de pan con algo de carne salada y se acostó contra el tronco de uno de los árboles riendo por lo bajo al recordar los cuentos de fantasía con los que se pretendía asustar a los niños en el caserío para que no se alejaran.
    Días después, el caballo sediento, hambriento, con las riendas sueltas, listo para seguir su camino, continuaba esperando bajo los mismos árboles. Quien lo encontró dio también con unos pocos jirones de tela con señales de haber sido masticados que apenas ocultaban unos pocos huesos partidos y vacíos, y un morral con algo de pan viejo.

sábado, 25 de mayo de 2024

Don

El ruido era una constante. Mudarse a aquel departamento, segundo piso por escalera con balcón a la calle, había sido una mala idea desde un principio. Se había dejado convencer por el martillero de la inmobiliaria sin pensarlo mucho porque necesitaba irse de donde estaba antes y cualquier lugar era mejor a aquel otro. Aunque no tendría que haberse precipitado, lo sabía ahora que ya era tarde. Llevaba los últimos meses pretendiendo acostumbrarse al ruido, lo que resultaba imposible por momentos; era en esos momentos en los que más anhelaba el silencio para poder concentrarse en lo que tenía que hacer, y no sabía cómo recuperarlo.
    Sin atender a lo que hacía, se acercó a la ventana balcón y la abrió. El calor era más tolerable que el ruido, lo había aprendido por las malas durante el último verano. Así y todo, no era cómodo estar allí. El silencio era un don necesario para escribir, para pensar, para finalizar los textos y los artículos que se acumulaban sin que lograra avanzar con ninguno. Respiró el aire cálido de la ciudad y cerró otra vez la ventana.
    Volvió a sentarse. Pasó ambas manos sobre sus ojos con movimientos circulares que no servían de nada, lo sabía, solo lo hacía para olvidarse de las otras distracciones. Ya con la lapicera en la mano miró otra vez el texto que debía corregir.
    Sin la certeza sobre cuánto tiempo había pasado inclinado sobre la hoja, sintió más que cualquier otra cosa, el cambio. Algo difícil de explicar con palabras, una sensación en la piel, como un cambio en la humedad o la temperatura, le decía que algo estaba cambiando. No sabía qué era ese algo que cambiaba, pero estaba haciéndolo. Miró la habitación, los objetos que le rodeaban, los muebles, la ropa sobre la silla esperando por ser doblada y guardada, los libros abiertos sobre la mesa, la cocina desordenada, la televisión apagada, todo continuaba igual a como lo recordaba. Sin embargo…
    Silencio. El silencio lo rodeaba. Un silencio que no parecía natural, porque el silencio nunca es natural en la ciudad, dentro de un departamento rodeado en todas las direcciones posibles por más departamentos y otros edificios. En un mundo inundado de personas, el silencio no era la norma.
    Miró la ventana balcón cerrada. Era una ventana común, no tenía doble vidrio ni ninguna otra cosa que amortiguara los ruidos, eso ya lo sabía. A través de ella siempre se filtraba algún ruido, alguna vibración, el agua de lluvia. Mas nada se filtraba ahora, todo era un silencio completo, brutalmente violento.
    Se levantó y se acercó otra vez al balcón. Las cortinas estaban abiertas, el sol de la media tarde seguía allí, el viento mecía con pereza el enclenque árbol de la vereda de enfrente, y no se escuchaba nada.
    Abrió la ventana, sintió el ruido del aluminio deslizándose, lo que le confirmó que el problema no estaba en sus oídos. Salió al balcón, se asomó todo lo que la red de protección se lo permitía y miro hacia la calle. Los automóviles estaban detenidos, las motocicletas, los ómnibus, las bicicletas, los peatones, todo estaba detenido y en silencio. Cada persona, a pie o sobre su vehículo, en las ventanas de los otros edificios, guardaba silencio clavando la mirada en el balcón, en él. Cabezas cubiertas con cabello largo o corto, cabezas sin cabello; ojos de todos los colores, que no distinguía por culpa de su miopía; hombres, mujeres, niños y niñas; adultos, jóvenes y adolescentes; jubilados, desempleados, obreros, estudiantes, deportista, cuellos blancos, vagos, músicos, cantantes sin oído musical, traidores, cómplices, amistosos, violentos, todas esas miradas, sin emoción, vacías, muertas, se centraban en el balcón. Contempló la inabarcable multitud que llegaba más allá de donde alcanzaba a ver, era imposible mirarlos uno por uno.
    Agradeció con una leve inclinación, cerró la ventana balcón y regresó a la mesa, al papel, a tomar la lapicera y a pensar en lo que debía escribir a continuación frente a tanto silencio.

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En el N° 99 de la Revista Digital El Narratorio pueden leer el relato: Tempus Fugit.

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sábado, 27 de abril de 2024

Tal vez por eso mismo

―Ya no se te oye cantar por las mañanas ―dijo.
    ―Tal vez porque nunca canté por las mañanas ―respondió.
    ―Eso no es verdad. Antes lo hacías, y muy seguido.
    ―Quizá me confundes con alguien más. Alguien de otra época. De otro lugar.
    ―Por supuesto que no. Conozco mis recuerdos ―dijo―. Sé que eras tú quien cantaba cada mañana, aunque no hubiera nadie allí para escucharte... O tal vez por eso mismo.
    ―Tal vez por eso mismo ―respondió.
    ―Entonces sí cantabas por las mañanas, pero ya no se te oye.
    ―Puede ser, pero es algo que tú no deberías saber.
    Extendió sus brazos, sus alas, sus palabras y se elevó.
    Una leve melodía ocupó el aire mientras se alejaba.
    ―Ahora vuelves a hacerlo ―dijo antes de soltar la rama de la que se sostenía y caer al vacío bajo sus pies.

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Comenzó la preventa, en Argentina, del libro “Una noche de otro planeta”, un cuento infantil ilustrado por Matías De Vincenzo y publicado por Los Aspirante Ediciones de la provincia de Santa Fe.


Pueden comprarlo a través de este enlace y recibirlo por correo o retirarlo en Fábrica de Historietas (CABA).

Espero les resulte interesante.

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domingo, 10 de marzo de 2024

La llegada

Lo sabía aún antes de abrir los ojos y revisar los indicadores, la nave disminuía su velocidad. Claro que con todos los sistemas desarrollados para el sostenimiento del impulso y la cancelación de la inercia, no podía sentirse algo como lo que él decía sentir en esta generación de naves, sin embargo, sí podía, lo sentía, y nunca se equivocaba. Lo habían comprobado varias veces. Era el único con la habilidad de notar el cambio de velocidad de una nave en el espacio profundo, donde la gravedad es prácticamente la única fuerza con algún tipo de influjo sobre los cuerpos. No quedaban dudas de que podía hacer lo que decía que hacía, claro que el que estuviera comprobado no volvía más fácil el aceptarlo.
    Si la nave comenzaba a perder aceleración significaba que estaban llegando a su destino o que había habido algún tipo de fallo. El último fallo registrado en una nave había ocurrido antes de la automatización completa de los sistemas, por lo que la única opción para que se produjera una desaceleración era que se acercaban a su destino.
    Ciertas cuestiones, mínimas, casi imperceptibles, continuaban en manos de seres biológicos y no de la fría lógica técnica para la que todo es ceros y unos, si y no, hay o no hay, está vivo o está muerto. Como la infinita gama de opciones posibles entre el cero y el uno, entre el no y el sí, entre el haber y el no haber, entre la vida y la muerte no tenía lugar en esa lógica, su presencia se volvía necesaria en ese momento, en ese lugar, con el único fin de ocuparse de las últimas preparaciones mecánicas que todavía no estaban a cargo de los sistemas.
    Se desplazó a lo largo de los pasillos de la nave hasta el centro de control y comprobó lo que sabía. La velocidad disminuía, sin embargo, no lo hacía en la proporción correcta. Algo no parecía estar funcionando adecuadamente. Comprobó los controles, las indicaciones, los cálculos que le dieran antes de partir: todo era correcto, todo concordaba. Lo único que no lo hacía era la velocidad que llevaba. Era demasiada para un acercamiento como el programado.
    Se afanó sobre los controles, las tablas de navegación, los mapas estelares, buscando la forma de evitar la colisión inminente, al menos de esquivar la mayor parte del impacto y tal vez sobrevivir. Comprobó la inercia y la masa. El golpe contra la superficie de ese planeta supondría un cataclismo devastador, ya fuera que cayera en la superficie o sobre el agua arruinaría la atmósfera cambiando su composición química. Si en ese lugar había vida lo más probable es que terminara desapareciendo bajo una bola de fuego, tragados por el magma o congelados al no recibir radiación suficiente de la cercana estrella.
    Estaba quedándose sin tiempo. La gravedad de la estrella cercana y la del satélite natural sumaban velocidad a su desplazamiento. Caería sin remedio y posibilidad de modificar el curso.
    Los instrumentos confirmaban la existencia de vida basada en el carbono y otras sustancias básicas.
    Buscó una imagen de las formas de vida a punto de ser destruidas. Eran enormes moles de masa orgánica de color verde, marrón, grisáceos, sobre la tierra, en el agua y en el aire. Pero también había otros, más pequeños, de colores similares, que se alimentaban entre ellos o de la flora de la superficie, de lo que otros dejaban, de lo que nadie quería. Y aún otros más pequeños, que no parecían percatarse de nada ni nadie parecía percatarse de ellos. El planeta entero estaba plagado de ellos con una variedad incomparable y nunca visto en ningún otro de los mundos contactados. Quizá fueran inteligentes, tuvieran una cultura y un desarrollo tecnológico tal que les permitieran evitar la tragedia y acabaran destruyéndole en el aire. Por lo pronto, la nave no se detenía.
    Su gente, su propia gente lo había enviado a matar y morir. Su gente, que no soportaba que fuera diferente al resto de ellos, que no podía entender que algunas veces el cambio se produce por una razón y que no todo tiene que ser universalmente igual a sí mismo, lo condenaba. Su gente lo rechazaba, lo exiliaba enviándolo hasta el otro lado del ser, hasta más allá del no ser. Pero no solo eso, no solo lo despreciaban, sino que utilizaban su destrucción para destruir a otros de los que nada sabía y que nada sabrían de él.
    Aceptó su inminente final encomendándose al infinito y deseando que algo de toda la vida que rebosaba en el tercer planeta de aquella estrella sobreviviera a su llegada.

No sé si es una película o una pérdida de tiempo,
 me inclino más a la segunda opción

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En el N° 40 de la revista española La ignorancia 40 se ha publicado el relato: No se gana sin antes haber perdido.

En el N° 95 de la revista El Narratorio se ha publicado el relato: Danza

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

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jueves, 4 de enero de 2024

Como un cencerro

―Entonces hacemos así ―trazó dos nuevas líneas sobre la hoja de papel ya de por sí cubierta de líneas, flechas, círculos, cruces y otras figuras menos definidas―. Lo colocamos aquí, luego movemos esto hacia allá, de esta forma los factores no se modifican, como verás. Acomodamos esto por allá, se limpia esto ―las líneas continuaban llenando la hoja en la que casi no quedaba espacio en blanco, no se daba cuenta de ello o no parecía importarle―. Con esto ya ordenado, esto de aquí se suprime, podemos entonces agrupar esto por acá ―Trazó una línea en diagonal de punta a punta de la hoja―. Esto es para que pueda realizarse el intercambio sin que nada se pierda ―Se detuvo para tomar aliento un instante tan breve que no llegué a acotar nada―, porque la idea es no perder nada sino conservar la constante normal así como la diferencial, es decir, conservarlo todo. Por eso necesitamos también… ¿dónde está? ―Buscó algo en la hoja con la mirada y la punta de la lapicera hasta encontrarlo―. Aquí. Esto. Esto iría al final. De esta manera se estabiliza el patrón completo.
    Cerca de media hora después de que comenzara a hablar, por fin se detuvo. Yo estaba exhausto, y lo único que había hecho era escucharle. Mi cabeza ardía, sentía como si una docena de cencerros sonaran al mismo tiempo con palabras, datos y cifras confusas.
    ―Comprendo ―respondí a la pregunta no formulada.
    ―Perfecto.
    Nos levantamos casi al mismo tiempo, entrechocamos los cuatro puños y nos alejamos en direcciones opuestas con la certeza de que cada uno sabía lo que el otro haría. Solo cuando logré salir de aquel lugar me percaté de que la hoja con todas las notas y explicaciones había quedado sobre le mesa.

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Con esta breve entrada celebramos los 16 años consecutivos de Proyecto Azúcar, así como la entrada N° 1200 del blog.

Volvemos a leernos en marzo.

Saludos,
J.

domingo, 19 de noviembre de 2023

Todo lo que se acaba antes del final

Las primeras noticias causaron incredulidad, quizá porque contradecían todo lo que se sabía hasta ese momento sobre el universo, la física, la historia, la vida o cualquier otro conocimiento más o menos encumbrado como sagrado e incuestionable. Además de que nunca nadie podría creer algo como que la Luna estaba cayendo, porque en el espacio no existe arriba ni abajo, derecha o izquierda, más allá de un punto de referencia ocasional de un observador casual. Si no se podía creer que la Luna estaba cayendo, mucho menos se podía creer que caía sobre la Tierra, eso no tenía sentido.
    Yo tampoco creí esa noticia amarillista y sensacionalista como todas las demás, como el calentamiento global, el derretimiento de los polos, la extinción de los osos panda, la contaminación del agua, las vacunas que curan enfermedades, que la energía atómica es una energía limpia, que la realidad es relativa a la experiencia de cada individuo, la existencia de los dinosaurios pero no de los dragones, el perdón de los pecados, la resurrección de los cuerpos, la vida eterna, la caída de la luna. No podía creer ni siquiera cuando los efectos de la supuesta caída de la Luna comenzaron a afectar a la Tierra.
    El ciclo de las mareas fue lo primero que se desquició, junto con todo lo asociado a las aguas. Los animales y aves marinas estaban tan desorientados como esos autos pseudointeligentes cuando se les desactiva el gps. La cantidad de videos que se pretendían cómicos mostrando el sufrimiento de animales moribundos en playas inesperadas carentes de agua o en zonas inundadas por demás, era una señal más de nuestras falencias como la pretendida especie superior.
    El aire se enrareció cuando la Luna penetró poco a poco en la atmósfera. El cielo ardió, los escasos árboles sobrevivientes en las diminutas protecciones selváticas desaparecieron envueltos en lenguas de fuego. Las figuras de Nazca brillaron como nunca antes lo habían hecho, los nativos australianos bailaron durante días muriendo uno a uno de puro éxtasis y extenuación. Las autoridades no tenían descanso. Varios gobiernos pretendían lanzar bombas contra la Luna para destruirla, pero solo en los momentos en los que esta, por efecto de la rotación de la Tierra que no se había detenido, se encontraba sobre los territorios de los supuestos enemigos. Todos los países con alguna pretensión bélica pensaban de la misma manera, pero ninguno dio el paso necesario por temor a que el resto de los países hicieran lo mismo a último minuto. El miedo anuló la capacidad de decisión y acción, esto no fue algo tan malo, pero dudo que haya sido bueno ya que solo retrasó nuestra extinción unos días más mientras había quienes continuaban la búsqueda de otras opciones.
    Hubo suicidios, en masa y en solitario; violaciones; asesinatos de albinos y de otros colores según la región; ajustes de cuentas; robos; ultrajes; incendios de museos, iglesias, observatorios, computadoras, antenas de 9G; infanticidios por millones; orgías con y sin invitación; bailes de máscaras; tiroteos; intentos de invasión a nuevos territorios; aumentó el consumo de alcohol y otros tipos de drogas legales e ilegales. El mundo entero era una cacofonía (palabra horrenda, ya sea en español o en otros idiomas) de expresiones de sufrimiento imposible de silenciar, de negar, de hacer como que no existían, como cuando alguien interrumpe nuestro soliloquio interno para pedirnos algo para comer y miramos con distracción hacia otro lado.
    Medio mundo estaba en llamas o bajo las aguas, el número de muertes no dejaba de crecer, la comida escaseaba y comenzaban a producirse actos de canibalismo en lugares inesperados. Todo llegaba a su irremediable final, pero a mí no me importaba. No me importaba porque todo aquello que realmente tenía valor para mí murió el día en te fuiste, el día en que me dejaste, el día en que decidiste seguir adelante sin mí. Después de eso, ¿podía importarme algo más?

domingo, 15 de octubre de 2023

Museo

La lluvia fue lo que me llevó hasta el Museo, en cualquier otra situación lo hubiera evitado sin más, como tantas otras veces. La inesperada lluvia, tal vez anunciada, tal vez no, cambió mis planes y aquí estoy. Encontrándome junto a la puerta del Museo descubrí que se trataba del único día en la semana en que se lo puede visitar gratuitamente; recorrí las salas que sin dudas tenían algún orden y sentido, pero este escapaba a mis siempre limitadas capacidades de interpretación. Pude así ver vitrinas en mayor o menor estado de ordenamiento y limpieza, objetos expuestos sobre pedestales y columnas, cuadros contra las paredes, polvillo en el suelo, las cosas habituales en cualquier museo. Luego de mi visita, no me quedaron dudas de que podría haber continuado con mi vida sin nunca haberlo conocido ni sentir pena por ello.
    Comprenderán entonces que si me detuve a escribir esto que ustedes están leyendo ahora es porque algo sucedió, algo importante tuvo lugar en el Museo. Algo con tanto significado para mí que no he vuelto a ser el mismo. De otro modo no tendría sentido que perdiéramos el tiempo de esta manera, ustedes leyendo, yo sentido como me duele la mano por el esfuerzo de sostener una lapicera luego de tantos años (¿décadas?) sin utilizar una de estas cosas.
    En el centro de una de las salas, quizá la principal aunque no estoy seguro, me encontré con uno de esos pequeños carteles indicativos en el que se leía “Alegoría del fracaso”, debajo de lo cual había una flecha que señalaba en una dirección específica. Me acerqué entonces a la esquina de la sala; allí encontré otra flecha, más pequeña y pintada de un blanco que apenas se distinguía del blanco menos blanco de la pared en que estaba pegada, indicando hacia abajo, hacia el suelo. Miré y me pareció ver un rectángulo de apenas unos centímetros de lado pegado o adosado en el sócalo, no parecía tratarse de la pieza de alguna otra cosa que se hubiera soltado o caído, sino que aquel era el lugar pensado para exponerlo. Un sitio por demás incómodo si me lo preguntan (cosa que nadie hizo). De pie no podía ver bien lo que era aquello, por lo que me acuclillé escuchando quejarse a mis rodillas. En esa posición podía identificar un poco mejor aquel objeto, aunque todavía no lo veía en detalle, para poder hacerlo debía prácticamente acostarme en el suelo. Miré a mi alrededor, no había nadie en la sala que me impidiera o impulsara a hacer lo que terminé haciendo, acabé echándome cuerpo a tierra para apreciar aquella diminuta “Alegoría del fracaso”.
    Era yo. Una fotografía, sumamente reciente de un rabioso primer plano de mi rostro, ocupaba hasta casi sobresalir el pequeño rectángulo pegado o adosado en el no tan blanco sócalo. Mi sorpresa no lograba explicar cómo habían conseguido esa fotografía. Pensé en alguna cámara oculta en la puerta del Museo, incluso en la misma sala en la que me encontraba, con un mecanismo tan complejo para que el pequeño objeto supiera quién se acercaba a él para que no hubiera confusión con las imágenes que se mostraban (o tal vez en el cartel indicador). Era inaudito, me sentía violentado por aquel uso inconsulto de mi imagen. Esto para no decir que se me veía con el cabello desalineado, la mirada extraviada, el cuello de la camisa húmedo por el chubasco que me empujara hacia ese lúgubre sitio, las ojeras permanentes resaltando mis ojos, los labios resecos que rápidamente humedecí con la lengua y que la imagen hizo en ese mismo instante.
    Comprender fue como recibir un golpe tan inesperado como certero, y a traición, como suele ser todo lo inesperado en esta vida. Un golpe doblemente doloroso.
    Me levanté intentando no llamar la atención más de lo que ya lo había hecho echándome de esa manera en el suelo, sacudí y acomodé mis ropas y mi cabello. Luego, con un paso que pretendía ser tranquilo y comedido, me alejé de la sala en dirección a la salida de tan horrendo museo no sin antes propinarle un merecido puntapié al maldito espejuelo, por haberme recordado quién era.