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miércoles, 22 de mayo de 2013

Agua, que no has de arder…


Lo comprobó nuevamente. Aún cuando sabía la respuesta, no podía evitarlo. El agua continuaba fría, imperturbable, a pesar de llevar calentándose en ese jarro de aluminio sobre el fogón desde el amanecer.
No había caso. Por más leña que le echara al fuego, por más énfasis que le pusiera a la necesidad de beber al menos un sorbo de café, el agua continuaba estoicamente fría.
Carecía de toda explicación.
El jarro parecía a punto de derretirse. Consumiría la reserva de leña para una semana en una sola mañana, y el agua seguiría fría, riéndose de su intento. Sin razón, sin sentido, sin justificación. Porque si existía algo que dilucidara aquello, él lo ignoraba.
Volvió a meter el dedo en el agua. Lo retiró frío, casi helado, quemándose con los bordes del jarro.
No tiene sentido, pensó por enésima vez, repitiéndose lo mismo. Porque no era lo mismo masticar ese maldito mendrugo de pan que llamaba su desayuno si no podía humedecerlo en un poco de café. Caliente, amargo, fuerte y escaso, como corresponde.
No, no era lo mismo, sus dientes lo sabían.
Nada auguraba que la situación fuera a modificarse. Seguiría añadiendo leña al fuego hasta quedarse sin la más pequeña astilla con lo que calentarse en la noche; el jarro ardería hasta agujerearse por debajo, y derramaría, de seguro, la helada agua sobre las brasas, apagándolas.
Pero, hasta que alguna de esas dos posibilidades ocurriera, seguiría consumiendo leña mirando sin entender por qué ese maldito medio litro de agua se negaba a cumplir las leyes de la termodinámica que, como es sabido, no suelen aplicarse debidamente en un sueño.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Más bien caótico


En medio de una atroz disputa sin cuartel se encontraban, sin posibilidad de llegar a entendimiento alguno. Tras tanto tiempo luchando, ninguno de ellos podía decir por qué lo hacían, cuáles eran los motivos y las causas primeras o últimas de aquello.
Diferentes fases habían transcurrido durante el enfrentamiento. Directo, indirecto, nervioso, profano, ritual, analítico, aburrido, con armas de destrucción masivas, o mínimas, con o sin efectos colaterales, con botox y sin colágeno. Y tantas otras que, numerarlas, sería una pérdida de tiempo.
Pero el conflicto continuaba, y continuaría hasta más allá del infinito, hasta llegar al otro lado del horizonte o del arcoiris, lo mismo daba. Porque ambos sabían que del resultado dependía mucho más que sus vidas.
Quien ganara impondría una visión monolítica sobre el universo, la realidad y el resto de las cosas relacionadas; la suya sería una verdad inapelable e incuestionable. Su palabra sería ley, una imposible de quebrar en modo alguno.
Lo sabían, desde el momento mismo en que dieron el primer golpe, y anhelaban ese final que imaginaban cercano.
Luchaban para lograr esa preeminencia indiscutible hasta que un nuevo suceso dijera que la verdad impuesto ya no resultaba tan verdadera para los demás. Y el drama continuaría. Pero no les importaba, en éste instante, como hermanos celosos, como niñas enamoradas, como criminales de guerra, luchaban para derrotar definitivamente al otro. La forma no importaba, sólo el resultado.
Sabían que el triunfador estaba escribiendo su posterior derrota con sangre. Pero, por el momento, no les importaba saber de quién era la sangre.
Continuaron, en cambio, buscando la manera de derrotarse mutuamente sin mirar al futuro, contentándose con mirar, únicamente, el rostro del enemigo.

martes, 13 de marzo de 2012

El gato que parla


Soñé que estaba limpiando la heladera en la casa de mi hermana, esa a la que nunca visito ni he nombrado nunca antes, ni volveré a hacerlo; abría una de las puertas del electrodoméstico y se caía un hueso de asado al suelo. Pensé, ¿por qué dejan cosas sueltas dentro de la heladera?
Miré hacia abajo y Salem, el siamés de mi otra hermana, la que tampoco nunca antes he mencionado hasta ahora, y que vive como invitado permanente en la casa de la dueña de la heladera y no con su verdadera dueña, estiraba una de sus manos para quedarse con el hueso. Como se trata del gato más viejo de la casa, lo levanté junto con el hueso y lo dejé sobre la mesa de la cocina.
—Comé tranquilo —le dije—, es todo para vos.
El gato quebró con sus dientes una parte del hueso, lo masticó y me miró sonriente.
—Humm, está rico —dijo.
—Si, ¿viste? —respondí abriendo un tupperware envuelto en hielo para espiar su contenido.

viernes, 10 de febrero de 2012

Ora et Labora


La luz difusa y perdida en la lejanía alcanzaba, con suerte, para dejarme ver los elementos de mi labor. La cuchara de albañil, el balde de mortero y los ladrillos que, hilera sobre hilera, constituirían la pared. Una que se uniría al techo un poco más alto que mi cuerpo.
Los ladrillos encajaban a la perfección, diecisiete hileras completas, sin cambiar el contenido del balde, sin que falte ni un ladrillo.
Escuché sonar un cascabel.
Giré hacia mi espalda y comencé mi nueva labor.
Construir una pared con mortero y ladrillos utilizando como única herramienta, una cuchara de albañil. Ni una plomada ni un nivel, ni siquiera un martillo o una barreta para hacer palanca. Sólo la cuchara.
Diecisiete hileras de ladrillos más tarde, contemplando la perfecta armonía de los materiales aprisionados uno sobre otro, escuché un cascabel.
Giré hacia mi espalda y comencé a colocar mortero sobre el suelo, para acomodar la primera hilera de ladrillos, la que ha de soportar el peso, la más fuerte, el fundamento de todo. Del balde aún salía mortero de buena calidad y en cantidad suficiente sin tener que raspar los bordes.
Ciento treinta y seis ladrillos más tarde escuché, otra vez, el cascabel, la picazón debajo del oído, girar hacia mi espalda y comenzar a echar mortero sobre el suelo.
He perdido la cuenta de paredes que levanté bajo la misma pálida luz, si fueron diez, quinientas cincuenta o nueve mil, no importa.
Siempre queda una más para levantar, siempre hay mortero en el balde, la pila de ladrillos no disminuye y ruego, a quien tenga el poder, que la cuchara no se rompa.
Nunca pensé que construirse la propia celda fuera una tarea tan complicada.

lunes, 18 de julio de 2011

El baile del silencio


Una gran incomodidad, eso era lo que sentía encontrándome rodeado por toda esa gente. Desconocidos vestidos de gala, imitando un antiguo baile ancestral, del que ni el nombre se conservaba, parecían divertirse sin miramientos.
Pero aquella sensación no opacaba lo otro que sentía, el saberme perseguido y la sensación de que un agujero negro (enorme, absorbente, frío) ocupaba mi estómago. Y la acidez se tornaba más que insoportable.
Escurriéndome entre los que bailaban recorrí los oscuros rincones del salón, asegurándome que nadie se escondía allí. Pero la sensación de que me observaban continuaba inmutable. No tenía hambre, pero mi estómago crecía y crecía, devorando lo poco de mi interior que aún permanecía en su sitio.
Es incómodo saber que tu cuerpo se consume desde sus entrañas teniendo que simular la alegría de la fingida cordialidad en una celebración de etiqueta a la que no recuerdas haber sido invitados; ni cómo habías llegado, con lo cual no sabían cómo podías retirarte. Ya fuera fin de año, doce de octubre o nueve de marzo, no importaba, la fiesta no debía ser interrumpida.
O todos se darían cuenta.
De lo incómodo que me sentía.
Del agujero en mi estómago.
Pero nadie notaría que me vigilaban.
El ese salón lleno de espejos y vacío de reflejos alguien me observaba.
Y yo, único movimiento entre tanta quietud, no sabía quién más estaba allí.

lunes, 6 de junio de 2011

Por el mismo Camino


El cielo nublado, y el suelo plomizo sobre el cual resonaban mis pasos, me daban sueño. El cansancio que sentía, como el peso de una larga cadena sobre mis hombros, enredaba mis pasos haciéndome tropezar una y otra vez. Pero no podía dejarme caer, o todo ese peso me aplastaría.
Avanzaba lentamente en medio del desierto, sin agua y con sensación de no estar avanzando en lo más mínimo. Veía una sombra alargada y amenazante bajo mi cuerpo. Una sombra con garras y un pico enorme; o con un abrigo abierto y un sombrero con alas, no podía decidirme.
Sólo sabía que tenía que caminar.
Al menos hasta llegar al lejano abeto que veía crecer allí, en medio de la pampa húmeda. Nunca supe de botánica, pero reconocía un abeto. Nunca supe de geografía, pero reconocía la pampa húmeda. Nunca supe quién era, pero mi sombra me lo susurraba.
—Vos sos yo —decía—, yo soy vos —repetía.
¿Mentía? No lo sé. ¿A quién preguntarle? No había nadie allí. Salvo bajo el abeto. Una figura que saludaba al camino, de espaldas a mí. No tenía pelo sobre la cabeza, no tenía barba, pestañas ni cejas.
Con mis rodillas a punto de resquebrajarse, alcancé el árbol. Bajo su sombra el peso de las cadenas fue más soportable. Mucho más soportable. Al menos en apariencia.
El hombre que esperaba allí se volvió a mirarme, del otro lado del camino no había nadie.
—Debo llenar ésta ánfora de agua —dijo, pero en sus manos había una copa de cristal, diminuta y frágil.
—¿Dónde quedó la roca? —le pregunté.
—A veces —respondió—, se puede engañar a los dioses. O dejar de creer en ellos.
El abeto desapareció, el peso sobre mis hombros regresó. El cielo del crepúsculo se abría y comenzaba a salir el sol.
—¿Lo ves? —dijo—. Es fácil.
Y arrojó la copa contra el suelo, con fuerza.
Donde ni siquiera se astilló.

sábado, 2 de abril de 2011

Ese, el de la barba falsa


Ese soldado tiene barba falsa. Es evidente, porque más que barba parecen mechones de lana negra que se cuelgan desde las orejas con elásticos blancos; no hace nada por disimularlo. No. Si hasta se ríe. Porque todos se dan cuenta de que tiene barba falsa.
Me lo quedo mirando con curiosidad, con ganas de decirle de que a mí me hacen afeitar todos los días. ¿Por qué a él no? Lo miro con insistencia. Entonces me doy cuenta.
No es un hombre.
Es una mujer.
Disfrazada de soldado.
Con barba falsa.
Con los ojos delineados.
Tampoco puedo delinearme los ojos. ¿Por qué ella sí y yo no? ¿No hay igualdad de sexos? ¿Por qué?
Se ríe con alegría, se le forman hoyuelos en las mejillas y se le ilumina el rostro. A pesar de esa lana que le cuelga de las orejas y que no está, siquiera, cerca de la suave piel de su rostro, su sonrisa lo cambia todo.
Ya no tengo envidia. Ya no hago preguntas. Solamente la miro caminar con su disfraz de imitación de cotillón de segunda mano; con el paso pausado debido a las botas demasiado grandes; sus ojos castaños devolviéndome la mirada.
Todos sabemos  que ese soldado tiene barba falsa, usa delineador en los ojos y es mujer. Pero nadie dice nada.
Tampoco digo nada y, cuando pasa junto a mi, miro hacia otro lado.

lunes, 21 de febrero de 2011

La motocicleta de Indiana Jones en medio de una persecución inexplicable y sin mucho sentido práctico

Jadeaba sintiendo que los pulmones estaban por estallarle. Su interior ardía como si hubiera bebido magma recién destilado. Pero no podía dejar de correr. Lo seguían. Estaban cazándole como a un animal, lo presentía. Por eso no dejaba de correr, doblando en cada esquina, en esa parte del pueblo que no conocía más que de oídas al abandonar el subterráneo.
Por supuesto, no miraba atrás. Sabía que de esa forma el juego terminaría, perdería, quedaría muerto de por vida. Esa era la razón por la que, apenas sintió los ojos del cazador recorriendo su cuerpo, apenas supo que lo habían elegido por el azar para representar un papel inexplicable en la ópera de la vida, comenzó a correr como alma que lleva el diablo (suponiendo que el alma exista, claro).
Dejó atrás la zona deportiva del barrio. Luego de las pocas casas de la clase media, baja y ultrabaja, alcanzó la zona rara de la ciudad. Esa zona en la que pocos se arriesgan a entrar sin una buena razón. Ser perseguido por la brigada de cazadores de personas desprevenidas puede considerarse una cuestión de peso (por lo menos para el perseguido).
De más está decir que, la zona rara de la ciudad era poco conocida. Incluso su cartografía era deficiente. Eso si no queremos creer en la leyenda que dice que esas calles, esos edificios, incluso esa gente, cambian todo el tiempo. Aunque nunca se alejan demasiado de los escenarios superpuestos de las películas de la década de 1980.
Corría sin mirar atrás, arriba o a los costados, sólo hacia adelante. Para evitar tropezones, caídas, torceduras y dobladuras. Porque los ungüentos especiales para tales ocasiones permanecía en su casa. Porque nadie puede saber nunca cuándo será elegido como víctima propiciatoria de un sacrificio ritual.
O eso dicen.
El caso es que corría sintiendo que estaba por desfallecer cuando, salida de la nada, o más probablemente de una radio estratégicamente escondida, escuchó la canción de la presentación de las películas de Indiana Jones (la misma que se escucha cuando el personaje intenta escapar de los indios-nazis-arqueólogos-buscadores-de-tesoros-inexistentes. Sí, esa canción).
Se detuvo porque vio acercase por la autopista, ocupando el carril de los héroes, una motocicleta de los años cuarenta, último modelo y llena del polvo del camino. Además, porque el conductor vestía igual que el Indiana Jones original (aunque con el rostro de su abuelo, pero eso es tema para una analista psiquiátrico).
—¡Indiana! —gritó al reconocerlo—. ¡Ayúdame, por favor, me persiguen!
La motocicleta seguía cercándose a gran velocidad, como si no lo hubiera escuchado, ni visto a pesar de vestir de naranja fluorescente y estar saltando en medio del camino.
La motocicleta, y su conductor, se entiende, hicieron un rodeo y se alejaron siguiendo su camino, ignorando a quien quedó mirando estúpidamente sin entender hasta sentir el pinchazo de un dardo tranquilizante en su hombro.
—Mierda —dijo—. Otra vez no.
No intentó seguir corriendo, sabía que era imposible; en cambio se tendió obre la autopista esperando morir, quedarse dormido, vomitar su desayuno, lo que primero ocurriera.


martes, 26 de octubre de 2010

El Baile


—No nos quitemos los disfraces aún —creo que fue lo que dijo.
Tanto era el ruido que nos envolvía que en modo alguno podía entender sus palabras. Sin embargo, podría asegurar que fue lo que escuché, lo que su boca pronuncio muy pegada a mi oído, lo que sus manos susurraron a mi espalda entre caricia y caricia.
—¿A qué te refieres? —pregunté sin abrir la boca, sin mirarle a los ojos, sólo rozándole los pómulos con la yema de mis dedos.
La música gritaba en vasco, finlandés, esperanto o checoslovaco, lo mismo daba. De tan alto volumen no se entendía y servia, únicamente, para fingir alegría, para simular que todo aquello era, en efecto, eso. Aunque no lo fuera y todos nos dábamos cuenta.
Pero preferíamos jugar a engañarnos antes que volver a amargarnos.
Tan simple era la razón por la que la frase no había resultado inentendible mientras continuamos con nuestro intento de baile.
—Ya es tarde para construirse una máscara —dije en un momento en que la música menguaba.
—Puedo, si quieres, confeccionarte una ­—dijo—. Abundan los materiales propicios por aquí.
—Siempre llevo una máscara debajo de mi rostro —respondí—. ¿Quieres verla?
—No hace falta —dijo—. Así es suficiente.
Nos abrazamos y, en silencio en medio de tanta estridencia, continuamos nuestro juego sin siquiera amagar a besarnos otra vez.

martes, 24 de agosto de 2010

La laguna del chacal

En medio del desierto, en algún sitio entre Tebas y Abydos, en las vastas tierras del Faraón, la laguna del Chacal espera. Como lo ha hecho durante generaciones, espera envuelta en la tranquilidad de la arena y el viento meciendo la solitaria palmera del sagrado oasis.
Desde hace muchas más crecidas del Nilo de las que conviene recordar, nadie ha visitado aquel lugar. Los dioses de antaño han sido desplazados, poco a poco, por el olvido, el descuido. Todo es culpa de los comerciantes que se asentaron en el delta en tiempo del Faraón anterior al anterior; ellos traían sus nuevos dioses y sus costumbres y se ganaron el favor del Faraón impostor que a todos ha engañado.
A todos, pero no a mí. Continúo apegado a los viejos ritos, a los viejos saberes que mi abuelo nos legara a mi difunto padre y a mí mismo. Por eso recuerdo al resplandeciente Osiris, al iluminado Horus, al solitario Anubis, y, aún, al despreciable Seth. Los verdaderos dioses, los de mis ancestros, y de los ancestros de mis ancestros.
Ellos reconocerán, al verme llegar a la sagrada laguna, que aún hay quienes en sostienen sus ritos. Volverán entonces a reinar sobre sus sagradas tierras del Nilo. Restaurarán el poder del padre Re en los incendiados templos. Ellos lo podrán todo, pues para eso son dioses.
Y la riqueza volverá a fluir, como el agua, y la abundancia llenará nuestros estómagos y nuestros corazones como antaño.
Veo un resplandor a lo lejos… ¿Un oasis?
¡Sí! Con la única y solitaria palmera.
¡He hallado la laguna!
Pero, algo hirió mi talón. ¿Qué es eso que se escabulle entre la arena? ¿Un escorpión?
Protégeme Osiris pues sabes que…soy…tu…máximo…tu… único…servidor…

miércoles, 19 de mayo de 2010

La niebla y los desconocidos

La ciudad se difuminaba entre la niebla, el smog y la humedad. Adivinaba contornos y figuras, pero nada definido, nada sólido.
Caminaba y el aire se condensaba sobre mi rostro; la ávida necesidad de hallar algo sobre lo que reposar la mirada ardía en mis ojos. Pero solo vaguedades ilusorias se descubrían cada pocos pasos.
Las risas y los gemidos que se escuchaban claramente me decían que no era el único que allí estaba.
Choqué, queriendo hacerlo, con alguien.
—Disculpe —dijimos ambos.
—Me estoy buscando —sé que dije—. ¿De casualidad no sabe dónde puedo encontrarme?
—Lo lamento amigo. Quizás la oficina de informes pueda hacerlo.
—¿Y dónde queda eso? —pregunté sorprendido de no haberlo pensado antes.
—Pregunte en el puesto de informes.
—¿Y dónde está? —volví a preguntar temiendo que la respuesta me llevara a un diálogo circular sin sentido.
—Junto a la fuente de niebla —respondió antes de alejarse, lo noté por sus rápidas pisadas, pero no pude ver en qué dirección señalara.
Mis ojos no se acostumbraban a aquel sitio, y mi intuición llevaba décadas siéndome por complete inservible. Me movía como un murciélago extendiendo mis brazos, preguntando a cada persona que atrapaba por la oficina.
Por señas y empujones pude llegar.
Pero, como no podía se de otro modo cada vez que intervenía mi maldita suerte, al llegar encontré la oficina cerrada por reformas.

lunes, 5 de octubre de 2009

Donde un hombre abandona su condición para convertirse en otra cosa y varios otros hechos afines a ello

Comenzó como un lunar o, por lo menos, es lo que recuerdo. Lo cierto es que no le presté atención hasta que no fue un verdadero problema. Y, para ese entonces, ya no había solución posible.
Estoy hablando de una mancha que apareció en mi piel. En la piel de mi espalda donde apenas podía verlo y debía limitarme a opiniones ajenas a mi persona; ni siquiera podía verlo utilizando dos o más espejos. Por esto mismo creo que comenzó como un lunar, o algo sumamente diminuto que nadie notó hasta que se evidenció su extrañeza.
Comenzó a llamar la atención cuando su tamaño lo volvía evidente. Primero fue un punto, luego un poco más grande; en dos meses ganó el tamaño de una pelota de golf.
Ningún médico sabía qué podía ser, si era benigno, maligno o, simplemente, era. Como no molestaba, ya que no viéndolo tampoco lo sentía, apenas me preocupaba por él. Ante la falta de preocupación, los médicos tampoco se interesaban.
Del golf pasó al tenis, al softboll, al rugby y al básquet a un ritmo abrumador en su constancia, oscureciendo mi piel, dejándola como una pizarra. La mancha, sin sobresalir en la forma de mi cuerpo, no dejaba de crecer.
Visité chamanes y parapsicólogos por igual, a John Edward y otros charlatanes tan reconocidos como él, homeópatas y quiroprácticos sin títulos oficiales, brujas de pueblo, meigas y parteras; nadie se explicaba que era lo que pasaba conmigo.
Sabía lo que no era: no era cáncer, lepra, peste bubónica ni sífilis del golfo. Pero desconocía su naturaleza, y esa cosa, esa mancha, continuaba creciendo como si nada en mi espalda.
Intenté la cirugía removedora pero, como un viejo tatuaje, la mancha impregnaba cada capa de mi piel. Allí se quedó, nadie se atrevió a volver a tocarla.
A los seis meses de su aparición, comenzó lo peor. Para ese entonces se había extendido a lo largo de mi cintura, mis genitales y las piernas. Cada vez más rápido, sin que crema, empasto ni bálsamo alguno sirviera para mitigarlo.
Usaba pantalones largos en pleno verano para que no me señalaran en la calle, pero la fama de mi predicamento era tanta que nada impedía que se hablara de mí en cada sitio al que pretendía ir. Pasear por la playa no era más que un sueño del pasado.
Cuando llegó a mis brazos la vieja fortuna familiar se había desvanecido en consultas e interconsultas médicas, ineficaces curas milagrosas, y diferentes promesas ante cada religión conocida. Comencé pues a resignarme, encerrándome durante meses en mi habitación, alimentándome apenas, viviendo los días como lánguidas sucesiones de nada hundido en la oscuridad para no ver cómo continuaba avanzando sobre cada rincón de mi cuerpo.
Pensé en suicidarme, es cierto. Varias veces al día en esos meses; pero mi voluntad flaqueaba una y otra vez.
Mi cuello no fue una frontera para aquella oscura mancha, uniforme y tersa, en que se transformaba mi cuerpo. Iluso si pensé que sería así.
La punta de la nariz y mis ojos fue lo último en ser devorado. Vi desaparecer los últimos vestigios de mi antigua piel frente a un diminuto espejo de mano que escondía debajo de la almohada.
Un velo opaco y sin matices cubrió mi mundo el día en que me convertí en una simple sombra del hombre que pude haber sido en las promesas de mis padres.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Fiebre (el título lo dice todo)


Caminaba sobre alambres de púas por un paisaje sobre el que se proyectaban mis recuerdos vergonzosos (esos que no quisiera volver a ver nunca pero que, sin embargo, están siempre flor de piel). No podía cerrar los ojos, pinzas doradas mantenían mis párpados abiertos mientras la lluvia humedecía mis pupilas sin llegar a tocarlas, porque el ardor que despedían mis ojos las evaporaban.
          Mis ojos o la fiebre que me abrazaba en la vigilia.

lunes, 20 de julio de 2009

Esperaría todo el día si no fuera ayer


—Aquí todos estamos más cómodos –dijo.
—¿Qué? —pregunté sin comprender la frase, incoherente en medio del diálogo.
—Si —se limitó a decir.
—¿Si qué?
—Acá estamos más cómodos.
—¿Dónde? —pregunté.
—Donde estamos ahora. ¿No te sientes más cómodo? ¿Más descalzo?
—¿Descalzo?
Miré hacia abajo, mis zapatos, de los que guardaba un vago recuerdo, habían desaparecido por lo que, efectivamente, estaba descalzo; también pude ver que sus pies flotaban a unos centímetros del suelo.
—¿Sabes que estás flotando? —pregunté.
—Si, lo sé. Siempre pasa a ésta hora, es por la presión atmosférica.
—¿Y por qué yo no floto?
Se rió con una fría carcajada, una mecánica risa de consultorio.
—No seas idiota, los hombres no flotan. Solo nosotras lo hacemos.

jueves, 28 de mayo de 2009

Las palabras justas


—Me siento mal, angustiado, vacío, como si hubiera abierto los ojos, luego de años de dormir, y descubriera que todo ha sido un falso sueño, como en American Beauty. Vacío, desanimado. Mientras todos a mi alrededor parecen triunfar y hacer de sus deseos y anhelos, realidades. ¿Será que pido demasiado? ¿Deseo lo imposible? —preguntó una voz en mi cabeza.
—No me lo parece —respondió alguien más.
—Entonces, ¿qué es? —volvió a preguntar la misma voz.
—Es una sensación de desasosiego que nace en el estómago y crece. Crece hasta ocupar todos tus pensamientos —explicó quien respondiera antes.
—Si, eso lo describe muy bien, pero, ¿Qué es?
—Eso, mi querido amigo intelectualoide, es lo que obtienes por remover sin necesidad el pasado. No eres Juan Raro, piensas demasiado pero no haces nada. Golpeaste con un palo el avispero, y olvidaste echarte a correr.
—…eso…eso lo describe muy bien —respondió, titubeante, la voz en mi cabeza.
—Sip, es una bella metáfora.

jueves, 14 de mayo de 2009

Diálogo


—Sobre un barco de papel o planeando con un avión de cartón, con ruedas corrugadas o en una casa dibujada en una hoja desechable. ¿Hasta dónde llegaremos?
—Hasta donde nos lleven los sueños.
—¿Y después?
—Después será el tiempo de la improvisación, de descubrimientos, la ilusión y la vida. ¿Te sirve?
—Por supuesto que sí.
—Bueno, entonces: nos vamos.

jueves, 26 de marzo de 2009

El desasosiego de buscar sin saber qué


Levanté una pesada roca buscándolo: allí no estaba.
Avancé hacia la siguiente, igual de pesada y difícil de mover; tampoco estaba allí.
La tercera no fue la vencida; claramente, tampoco lo encontré.
Ni debajo de la cuarta; ni mucho menos en la quinta roca.
Cada vez costaba más moverlas de su sitio, arrancarlas de sus raíces, desprenderlas de la tierra para transformarlas en parte del aire por un instante.
Continué buscando, sin pausa, sin descanso; roca tras roca tras roca. Dudaba si lo encontraría allí o no. Tampoco importaba tardar lo que fuera necesario; tenía todo el sueño por delante para continuar buscando.

sábado, 14 de marzo de 2009

Viajando en un sofocante subterráneo

Una gran tortuga, del tamaño de un hombre, erguida sobre sus patas traseras, viajaba a mi lado en el subte. No la había notado de no ser que, por un brusco movimiento del vehículo, su caparazón chocó contra mi hombro. Comencé a mirarla con tanta atención que ella lo notó.
            —¿Sucede algo, amigo? —me preguntó.
—¿Es una Tortuga Ninja? —pregunté a mi vez.
—¡No! —respondió con fastidio—. Soy una tortuga administrativa. ¿No ve mi portafolio? De ser una tortuga ninja al menos llevaría un antifaz, ¿no le parece? Estoy harto que me pregunten siempre lo mismo. ¡Qué repetitivos que son todos ustedes!
—Bueno, bueno, disculpe. Es que se parece tanto a una que…
—Y ahora me dirá que la mujer junto a la puerta es una Thundercat.
Miré con avidez en la dirección que señalaba con su uña y encontré una mujer de pelo anaranjado muy parecida a Cheetara.
—Bueno, se le parece bastante… —respondió.
—Hace años que esa mujer viaja conmigo en éste ramal y puedo asegurarle que no es ninguno de los felinos cósmicos. Como mucho será una secretaria común.
—Pero su aspecto dice otra cosa, como si…
—Y aquél señor de allá. ¿Es un Halcón Galáctico? ¿Sólo porque viste de plateado y tiene alas?
—Bueno… —dije dudando de mis ojos –. También se parece mucho a Niño de Cobre.
—Déjese de embromar amigo. Y no moleste a la gente. ¿Le gustaría que le preguntaran si usted es Babar?
—¿Babar? —pregunté—. Pero,  ¿por qué?
—Ahí tiene un espejo. Fíjese usted mismo.
Empujando a las personas que me rodeaban llegué hasta el espejo solamente para ver mi enorme trompa reflejada en él.
Sé que grité al verme, y sé también que el grito debería haberme despertado, en el caso de haber estado dormido. Pero, cuando me quedé sin aire para continuar gritando, allí seguía.
La única diferencia era que ahora todos en el subterráneo me miraban a mí.

lunes, 2 de marzo de 2009

Dudas y certezas


Me encontraba de pie sobre una escollera formada por botellas de vidrio rotas apoyadas unas sobre otras. Si me movía, el vidrio laceraba mis pies. Si me quedaba quieto, la marea, o la corriente, se encargarían de mí en algún momento.
Sabía que sabía nadar pero no recordaba cómo se hacía; si saltaba al agua ésta, probablemente, escondía en su oscuridad peores cosas que unas simples puntas de vidrio rotas y sucias que desgarraran mi carne. Dudaba.
¿Saltar o no saltar? Una muerte rápida o una lenta y dolorosa.
Nadie venía en mi rescate, nadie tendía su mano preguntándome si me encontraba bien. Nadie me regalaba su ayuda.
Nadie hacía nada.
            Decidí salvarme sólo.
            Peor tampoco sabía cómo hacerlo.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Habla conmigo

Veo un cuervo por la ventana de la habitación que se mantiene estático en el aire, no está apoyado en nada más que en el vacío del otro lado del sucio vidrio. Me observa con sus vacuos ojos moviéndola su cabeza de lado a lado; me observa, estoy seguro que sabe algo, algo que no recuerdo siquiera haber sabido alguna vez. Me señala con su pico acusador, me estudia con sus ojos descubridores de secretos, sus plumas cargadas del pesado y negro oprobio no me esconden.
     Me remuevo en la cama, entre las mantas y el frío del marmóreo suelo sobre el que me encuentro.
    Sigue mirándome.
    Extiendo mi brazo tanteando en vano buscando algo que no está allí.
    Me mira.
    Lo miro.
    No se mueve.
    Oculto mi brazo bajo las mantas; hace frío, más del que debería sentir.
    Me observa.
    Lo observo.
    Lentamente, moviéndose como en una vieja película a la que le faltan segmentos enteros para comprender las secuencias, se acerca aún más al vidrio. Golpea una y otra vez con su pico hasta que logra astillarlo; continúa picoteando hasta abrir un hueco y que agranda lo suficiente para introducir en él la mitad de su cabeza.
    Me oculto bajo las mantas, viene por mis ojos, lo sé. Ningún cuervo resiste la tentación de picotear ojos humanos. Entonces, desde mi improvisado escondite, lo escucho. Su voz está formada por ecos de antiguas palabras que alguna vez escuché o tal vez dije.
    ―Soy más de lo que Poe escribió.
    Dice.
    Y desaparece.
    Vuelvo a mirar hacia la ventana. El cuervo ya no está. Tras el vidrio sano, el frío amanecer comienza a despejar la bruma. No estoy seguro de que haya sido un sueño o, si es que lo fue, que haya terminado.