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martes, 23 de diciembre de 2014

La conquista sexual de América Latina

Primero debemos comprender que será un proceso necesariamente extenso. Quizá tome un siglo, quizá más. Las fechas siempre son aproximativas, nunca definitivas (porque no podemos aplicar en éste caso el Carbono-14 como quisiéramos, ya que sólo funciona hacia el pasado y no hacia el futuro (la ciencia siempre nos decepciona de algún modo)).
            En un principio comenzaremos a creer que EEUU y Europa ya no son los socios comerciales adecuados para los productos latinoamericanos. Por lo que, los países necesitados de divisas, saldrán a la caza del dinero oriental, no me refiero aquí del peso uruguayo, sino de algo un poco más al este. Firmando cualquier tipo de contrato sin siquiera leerlo realmente por estar escrito en chino básico (y, sólo por ésta vez, dicha afirmación será completa y totalmente, cierta).
            Argentina será la punta de lanza de todo el proceso. Pero no se deberá a que lo único que allí se produce sea soja y biodiesel, sino porque así nos dejaremos tratar. Por eso mismo, la producción argentina ha de salir por Chile y no por los puertos existentes en el territorio nacional. Sin discutirlo, lo aceptaremos.
            Luego se crearán las escuelas de idioma sinoargentinas para que aprendamos a hablar en su idioma y no ellos en el nuestro. Pero, como se pondrán de moda los insultos en mandarín, los aprenderemos sin más; aunque sólo sea para insultar al taxista que nos salpicó de barro en la calle que siguen sin asfaltarse.
            Quizá lo mejor de éste cambio sea que la plaga de botineras desaparecerá de la sociedad. Pero el gremio de mujeres desesperadas por el dinero y la fama a cualquier precio, creará un nuevo fenotipo. Nacerán, luego de una conversión obligada de los estereotipos femeninos, las chineras. Mujeres que sólo aceptarán como posibles parejas exclusivamente a políticos, empresarios y millonarios de nacionalidad china. Pero nunca, ni por error ni casualidad a japoneses, coreanos ni nativos de ningún otro país oriental. Ignoro cómo, pero aprenderán a identificarlos sin el menor margen de error. Sea como fuere, formarán una casta sobre la cual, el resto de las mujeres, despreciarán o envidiaran en igual medida.
            La política de un hijo por pareja impuesta hace décadas en el país asiático, hará necesaria, también, la importación de mujeres. Pero la contaminación ambiental de la antigua ciudad prohibida tornará más práctico el viaje hacia las pampas americanas de los hombres antes que el traslado de las mujeres hacia dichas latitudes. Por otro lado, las más beneficiadas por la política de un solo hijo serán, por supuesto, las chineras, que no verán afectado su aspecto físico más que una única vez a lo largo de su vida útil (reproductivamente hablando). Pudiéndose dedicar, luego del parto, a sus actividades predilectas, como ser el gimnasio y el ocio contemplativo de la televisión.
            Las parejas socialmente aceptables dejarán de ser las de individuos del mismo país y serán, muy darwinianamente hablando, las que posean un miembro asiático. Se entiende que será, principalmente, un miembro masculino. Mientras que, en otras partes del mundo, la importación de novias soviéticas sostendrá la economía de la Unión Europea que cobrará regalías por el usufructo de los cuerpos y capacidades reproductivas de sus ciudadanas.
            Poco a poco, se irán multiplicando los latinoamericanos con sangre asiática en sus venas, por lo que, luego de todo éste proceso, América Latina dejará de ser un territorio subcolonial de los EE.UU. para ser colonia de pleno derecho de China (sean cuales sean dichos derechos).
            Por supuesto que todos estaremos felices, comiendo arroz, sembrando soja, con Mao en nuestros corazones y de la mano con Perón, virando cada día más, hacia el lado consumo-comunista del mundo.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Los 80´s nunca se fueron

Ésta es mi teoría.
La década de 1980 nunca llegó a su fin. Cuanto vivimos desde entonces es un engaño. Estos últimos veinticinco años que transcurrieron desde el 31 de diciembre de 1989 son, en realidad, una falacia. En ese momento se puso de moda rememorar lo ocurrido en todo el año con videotapes de los hechos más importantes (sociales, culturales, deportivos, políticos, aburridos, decadentes y sexuales). Pero, como ese día también se acababa una década, la del número ocho en el tercer lugar del número ficticio que conforma la década, comenzó un movimiento mucho más grande, indetenible, ineludible y, también, innecesario.
            Rememoramos la década entera, todos y cada uno de los acontecimientos ocurridos entre el primero de enero de 1980 y el 31 de diciembre de 1989, uno por uno, minuciosamente. La ropa, los peinados, la música, las películas, las enfermedades, los presidentes y las dictaduras. Todos los aspectos posibles en un videotape sin final que lleva durando demasiado tiempo y que, los operadores del canal de televisión, haciendo gala de sus conocimientos técnicos, editan y reeditan para que aquello que vemos parezca siempre nuevo, novedosos, diferente y nunca antes visto.
            La música y las publicidades no son lo peor. Eso lo sabe cualquiera. Al igual que la ropa. Todo eso sólo puede disimular. Pero éste eterno 31 de diciembre ya ha durado demasiado. Y el pasado, en algunos casos, puede convertirse en un lastre que debemos dejar ir (se los digo con conocimiento de causa y porque soy Profesor de Historia y mi título me autoriza a decir cosas semejantes; claro que en 1989 tenía sólo seis años, por lo que también puede decirse que hablo como un nene caprichoso que quiere, por fin, crecer).
            La cuestión es que ese día dejamos de progresar. Anhelamos un pasado que es imposible, por suerte, de recuperar. Si queremos seguir adelante, lo mejor es que entandamos, de una buena vez, que el tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos (adultos, mayores, experimentados o interesados, elijan la expresión que prefieran), tal y como debe de ser. Pero, eso sí, lo más importante de todo, los peinados de la década del 80 eran sumamente ridículos…


Para las generaciones futuras que quizá no lo sepan, ésto es un videotape:

sábado, 30 de agosto de 2014

Todo lo que fue, pasó


Es tan diferente lo que me rodea ahora que comienzo a creer que lo anterior, en realidad, nunca fue verdad. Soy incapaz de explicar de otro modo los cambios que se han producido, tanto en mi persona, como en el mundo a mí alrededor.
            Ojala supiera utilizar las palabras y poseer una mejor forma de explicar lo que aconteció, al menos, lo que creo que aconteció. Porque aún quedan muchas explicaciones por dar y recibir.
            Este mundo gris y violento, amargado y destructivo, donde la vida demuestra lo cierto en eso de que en la guerra cualquier cosa es valida; cambió mucho, muy rápido, muy al extremo. Pero nosotros nos acostumbramos tanto a ese cambio que, lo que antes era, bien podría ser una simple fantasía.
            Muchos prefieren pensarlo de ese modo para no darse cuenta de todo lo que perdieron, de los que ya no están, de los pocos que quedamos en pie luego de que acontecieran los hechos que ignoro cómo relatar.
            La historia oficial habla de una tragedia a escala planetaria, un error de cálculo, una ecuación más resuelta, de algo que se le fue de las manos a alguien que nadie conoce. Nunca nada se dice sobre sus responsables. ¿Quiénes fueron? ¿Dónde se encuentran? ¿Por qué lo hicieron? ¿Qué era lo que buscaban?
            Mis sentidos me dicen que éste mundo atroz y salvaje, que perdura aún cuando cerramos los ojos para evitar mirarlo, es culpa nuestra. Porque nosotros dejamos que lo hicieran, permitimos el secreto sobre lo que hacían, aceptamos sus palabras de justificación.
Nos encadenamos con una idea de control que no era nuestra. Interiorizamos la idea de que sin gobierno ni estado es imposible vivir. Para descubrir, luego, que, con un gobierno y un estado, también es imposible hacerlo.
            Por eso mismo, sostengo que, en definitiva, fue culpa nuestra, por dejarnos atar y permitir que otros tomen las decisiones que nos correspondía tomar a nosotros mismos, por nuestra propia cuenta y voluntad.
            Ahora nada podemos hacer, porque la queja sobre lo acontecido, cualquiera lo sabe, de nada sirve.

sábado, 16 de agosto de 2014

Leones

Era un león. Estaba seguro de ello; aún cuando hiciera tanto tiempo de aquellos rumores que anunciaran el fin de dicha familia de felinos. Porque era sabido que un rumor se compone de un cierto porcentaje de verdad y otro de mentira que, si se mezclan de manera adecuada, se ligan de tal forma que sus componentes aparentan ser una unidad legítima en su totalidad. Una unión tan fuerte que ya nadie será capaz, nunca, de recuperar sus componentes originales.
            Es decir, cuando se forja un rumor, si se lo ha hecho con las artes adecuadas de un buen fabulista, nadie, ni siquiera los directamente implicados en el mismo, pueden distinguir dónde termina la verdad, donde comienza la mentira. Y viceversa.
            En el mundo hay infinidad de rumores, de todo tipo, de todo género, pero (muy) de vez en cuando, alguno de ellos cae, se desvanece, muestra que sus componentes en verdad nunca estuvieron lo suficientemente cohesionados como para que la fantasía que encerraban en su interior formara parte de la realidad.
            Por eso sabía que, lo que estaba mirando de frente, era un león, quizá de papel en una vieja lámina de una antigua enciclopedia, pero era suficiente para resquebrajar la realidad. Para mostrar que el mundo era un cúmulo de verdades a medias y mentiras completas. Ahora lo sabía, antes no estaba seguro de ello.
           Que el león, majestuoso en su ferocidad y sus colores, guiñaba el ojo desde la lámina imitando una sonrisa humana, no lo volvía menos real de lo que alguna vez fuera en libertad.


Éste pequeño amigo se encuentra en Lucerne, Suiza.

miércoles, 23 de julio de 2014

Una única y gran Moda


La vida de los precursores siempre es complicada; en cualquier aspecto que se quiera analizar. Porque si tienen una idea nueva, revolucionaria, que afecta las raíces del ser humano, muy probablemente se lo aparte de lo sociedad obligándolo a que se convierta en un paria por proponerse pensar diferente.
            Luego, pasarán los años, alguien más descubrirá esas ideas perdidas y las volverá famosas. Pero lo hará de una forma que torne a esa idea en algo ineludible, algo que sí o sí hay que hacer; hasta que la misma se encuentre tan enraizada en nuestro pensar que ni siquiera nos percatamos de ello, simplemente lo hacemos porque de esa forma han de ser hechas todas las cosas.
            De los precursores, por supuesto, nadie se acuerda.
            Como nadie se acuerda de quien tuvo la idea de caminar erguido, sin embargo hoy todos lo hacemos; nadie recuerda al que se percató de lo útil que podría ser esa roca circular que hoy llamamos rueda aunque se elabore de caucho artificial y la utilizamos para muchas otras cosas.
            Sabemos que la pólvora la inventó un chino, pero no qué chino lo hizo.
            Sabemos que los egipcios levantaron las pirámides, pero no sabemos qué egipcios. Aunque sabemos que no eran esclavos, ni intervinieron los extraterrestres.
            Los ejemplos, como ven, como puede comprobar cualquier enciclopedia, se acumulan en los escasos 40.000 años de vida humana sobre la tierra. Pero la idea va quedando clara; ni falta hace que se continúe enumerando situaciones similares.
            La conclusión es clara: si es sólo una persona la que hace algo raro, es enfermedad; si son muchas personas quienes lo hacen, en cambio, le decimos moda.

domingo, 15 de junio de 2014

Estén prevenidos


Ésta prisión carece de muros. Pero, así de sencillo como suena, jamás es fácil comprender lo que aquí ocurre. Nadie dice que las cosas siempre resultan bien y, al contrario, siempre puede suceder lo contrario, algo diferente, algo feo, algo horrible.
            Esta ausencia de muros evidencia, también, la falta de sentido de mucho de lo que vemos. Los guardias cambian sus ropajes constantemente, pero, aún así, el aura del centinela los delata. Cuando están cerca no pueden disimular la sed del dolor ajeno, el aroma de la pólvora, el murmullo de los huesos quebrándose y la saliva que corre por la comisura de su boca. Cualquiera puede verlo, pero pocos pueden entenderlo.
            Los muros invisibles intentan que nos sintamos a gusto con nuestra situación, y evitemos, por supuesto, cualquier rebelión. Pero si este tormento es eterno es porque algo en el mundo comenzó a funcionar mal. Y lo ha hecho hace tanto tiempo que los errores, el odio, los problemas y el sufrimiento se han naturalizado hasta tal punto que más violencia, mal o bien dirigida, en lugar de producir algún cambio, confirma que aquello en lo que vivimos y denominamos sociedad es, tan sólo, una prisión de muros dilatados y nada más.

domingo, 8 de junio de 2014

Características de un buen caballero


Una de las frases que más me impresionó, en mi temprana infancia, se la escuché a un pariente, en segundo o tercer grado, de mi familia. Tal vez fuera un tío, el padre de un primo político (claro que no puedo decir de qué partido), o algo así. La misma frase que, años después, escuché pronunciar a mi abuelo cuando parecía encontrarse muy mal de salud por sus problemas cardíacos.
            En el hospital se encontró con una enfermera que decía ser la hija de una antigua conocida suya, de sus años mozos, dijo la chica (de nada sirvió que le aclarara que mi abuelo nunca había trabajado de mozo, porque no le dio importancia a mis palabras). Mi abuelo la miró directo a la cara, quizá buscando algún recuerdo, o algún parecido a su pasado.
            —Lo siento —dijo con voz rasposa de fumador empedernido ya medio muerto—. Un caballero no tiene memoria.
            Claro que una lágrima se fugó por su ojo, y algo similar le ocurrió a la enfermera que evitó regresar a la habitación luego de tan escueto diálogo.
            Cuando la mujer se fue, el viejo me miró. Era el único familiar que lo visitaba, y no solo ese día, tal vez por eso me dijo:
            —Jamás digas ni una sola palabra de lo que sucedió hoy aquí.
            Impresionado como estaba por la situación, cumplí con su orden a pesar de que unos pocos días después el abuelo murió. Al menos fue lo que nos dijeron en el hospital y, como era muy joven, no se me ocurrió preguntar nada más.
            Años más tarde, en un viejo cuaderno que encontramos en un baúl, escrito con esa letra caligráfica aprendida a la fuerza en las viejas escuelas de las mujeres que se visten de negro, encontramos una frase reveladora. Letra de niño que era, también, la letra con la que firmara sus documentos el abuelo, laboriosamente había escrito: La mejor para un inmortal es tener mala memoria.
            Desde entonces no he dejado de buscarlo. Sé que ha de estar por ahí, perdido en algún sitio, sin saber cómo regresar a la casa, sin saber que lo extrañamos, porque, sin dudas, cumplió con su ideal y lo olvidó todo. Pero eso no significa que yo lo haya olvidado a él.

domingo, 25 de mayo de 2014

Collar de fuego

Arde mi cuerpo y lo que siento en nada se parece a la fiebre. Arde mi pensamiento y duele mucho más que las nuevas ideas. Arden mis ojos. Arden mis dedos, y sé que las palabras que antes me obligaban a moverlos frenéticamente huyen de mí. Arde mi interior, y el sol de verano nada tiene que ver en esto.
            El calor, siempre el calor, proveniente de otro lado, de otro mundo, de alguien más.
            Es éste collar de fuego que me envuelve quien no me permite dejar de morir, lo que enciende mi cuerpo, lo que mueve mis músculos. En algún momento dejé de gritar, al menos creo haberlo hecho, o quizá mis oídos ya no estén allí. Mi lengua quizá ya sea parte del fuego con que antes supo hacer incendiar mis palabras, mis consignas y mi odio hacia ellos, quienes ahora me miran arder.
            Ellos, siempre ellos, arruinando nuestros sueños, quedándose con nuestras vidas, silenciando nuestras palabras.
                 Ellos, siempre ellos.

martes, 8 de abril de 2014

Siempre latente


Hasta donde llegaba a ver, con la sombra de la edad quemándome en los ojos, la plantación continuaba uniforme, casi alcanzando el horizonte. Solo que el horizonte era, para mí, más una ficción que una realidad.
            El sol me había castigado por abandonar a mi pueblo, a mi gente, a mi familia y mi lugar en el mundo; me quemaba poco a poco, con su incansable calor, los ojos, volviéndome un poco más ciego cada amanecer. Como una venganza lenta pero sin pausa; como un horror que se muestra y vuelve a ocultarse.
            Aún podía disimularlo, y fingir que desde donde me encontraba vigilaba la extensión completa del campo, las plantas de cacao y esos oscuros seres que servían para recogerlo. Esos remedos de hombres que hablaban en dialectos incomprensibles, pero que conocían su tarea y eso era lo único que importaba.
            Si supieran que estaba quedándome ciego, mi autoridad sería cuestionada. Por eso fingía. Para mantener las cosas como antes, con latigazos una noche, y doble ración de frutas la siguiente, para que me creyeran magnánimo. Para que continuaran trabajando bajo el maldito sol, que perlaba de sudor esas pieles de ébano que fácilmente podían confundirse con el fruto que recogían. Pero, claro, un kilogramo de cacao es mucho más preciado que una tonelada de esas personas.
            Y eran tantos allí, moviéndose bajo el sol, mirándome pestañar, quizás adivinando mi situación porque sabían hablarle al sol, quizá sabiendo que el látigo, cuando más duro pega, más fácil es que se rompa.
            Sin ignorar, por supuesto, que el miedo siempre puede un poco más.
            Sin ignorar que era el único hombre blanco en kilómetros de plantaciones a la redonda.
            Y que ellos eran tantos.
            Y el miedo.
            Siempre latente.
            El miedo.

sábado, 22 de febrero de 2014

Inaceptable

Los rumores gobiernan nuestras vidas. Siempre lo supimos, así como conocemos la composición de un rumor (50% de mentira, 15% de verdad, 15% de fantasía, 10% de posibilidad de realización, 5% de deseos y anhelos frustrados, 5% de necesidad de venganza y un 10% de malicia); sólo que, algunas veces, sustraerse de ellos no resulta tan fácil como podría parecer. Ciertos rumores tienen tanto tufo a veracidad encubierta que las sospechas sobre nuestra credulidad no dejan de aumentar.
            Aún así, algunas situaciones son inaceptables; algunas dudas no deberían de ser planteadas nunca, o hacerlo muy lentamente.
            El rumor más fuerte, el que más se repite, el que más se escucha en estos días, es aquel que dice que vivimos en la capital vacía de un imperio decadente que teme a enemigos inexistentes. Esto explicaría por qué vemos cada día menos gente en la calle; así como el miedo que atenaza nuestros corazones y se refleja en esos rostros que no siempre reconocemos en los espejos.
            Lo difícil de creer, lo improbable que sea verdad, no es la decadencia del Estado que nos viera nacer y morir durante generaciones; sino que nuestros enemigos, los que debemos aniquilar para no ser aniquilados nosotros, no existan.
            Eso es inaceptable en muchos niveles.

jueves, 16 de enero de 2014

De cómo el Norte logró conquistarnos sin esfuerzos


Es poco lo que puedo agregar sobre este tema que no haya sido dicho antes, en otro lugar, aquí mismo, en la entrada anterior tal vez.
            Nos dejamos dominar porque era lo más fácil, para poder quejarnos más tarde de lo mal que estábamos y que si bien ahora estamos peor, al menos lo podemos decir y muchos bla, bla, bla y bla.
            Lo cierto es que poco podemos hacer ahora.
            Nos dominaron con la tecnología; impusieron gobiernos militares allí donde hacía falta; cooptaron científicos que estaban a la vanguardia en sus respectivas áreas; compraron y archivaron proyectos de tecnologías alternativas que escapaban a los modelos de consumo petrolero que ellos pretendían; dejaron al resto del mundo seco de iniciativa.
            Al menos, es lo que nos hacen creer, para evitar posibles revoluciones, de quienes quieren perder su tiempo en ese hábito tan extraño y antiguo que era pensar.
            Dejando que aquellos a quienes consideran retrógrados conserven sus fuerzas y se opongan a ellos para tener un enemigo sobre el cual demostrar su poderío militar y económico, porque nunca será poderío moral.
            Dicen haber inventado la red, pero sólo la pusieron en funcionamiento. Dicen ser la tierra de la libertad, pero es el país más vigilado del mundo. Se denominan la mayor democracia, pero sólo vota el 30% de la población. Dicen tantas cosas sobre sí mismos que nunca tienen necesidad de demostrar nada porque, como todo bravucón, ¿quién querría discutir con ellos?
Barras y estrellas, o la hoz y el martillo, lo mismo da, sólo cambian los colores. Porque, en el fondo, han sido lo mismo.
Y lo siguen siendo.

sábado, 11 de enero de 2014

De cómo nos fue arrebatado el Sur y canciones del mismo estilo

Siempre lo supimos. Desde antes que aquello comenzada sabíamos que, cuando se dieran cuenta que estábamos aquí, vendrían por nosotros.
            Pero, hasta que llegó ese momento, vivimos tranquilos en el sur, fuera de sus radares, por donde la política no pasaba, donde cualquiera podía mirar y ver sólo una tierra semivacía, semicolonizada, cargada de ignorancia ajena y cubierta de temores (algunas veces propios). Si casi que no éramos nada para ellos, los sabios, los modernosos, los que se sentían llamados a dominar el mundo solo porque podían hacerlo. Así se lo decían ellos.
            Vivimos nuestra libertad, controlando las opciones para nuestros destinos sin que nadie ajeno a nosotros mismos nos dijera qué hacer, cómo pensar o de qué manera vestirnos.
            Hasta hace unos años atrás, cuando comenzaron a inundarnos con sus emisoras de radio y televisión, con sus canciones y series psudo-cómicas; reemplazando poco a poco nuestro idioma por el de ellos, preparándonos para la anexión.
            Pero, a pesar de que siempre lo supimos, no esperábamos lo que finalmente sucedió. Al menos no de esa forma.
            Nos preparábamos para una guerra larga y sumamente violenta, de conquista por parte de ellos, defensiva, en lo posible, para nosotros. Para mantener lo que nos pertenecía, para no dejarnos avasallar. Sabíamos que siquiera soñar con derrotarlos y conquistarlos nosotros a ellos era imposible.
            Psicológica y militarmente nos pertrechamos para lo peor, cantando canciones en otro idioma y asistiendo a cada nueva película de guerra que llegaba a nuestros complejos de multisalas cinematográficas, vistiéndonos según la última moda, leyendo los nuevos best-sellers, creíamos que era posible enfrentarlos con nuestras propias armas.
            Las que ellos desechaban porque habían sido reemplazadas por otras más poderosas, más potentes, más letales.
            Tardamos mucho más de lo esperado por ellos en percatarnos de los hechos, no nos dimos cuenta que mientras nos preparábamos para la guerra, ya la habíamos perdido. Sin disparar ni una bala, sin muertos innecesarios, sin hacer nada.
            Sólo necesitaron un par de canciones pegadizas. Canciones en su idioma, no en el nuestro.

La foto pertenece a la localidad de Oradour-sur-Glane, en el centro-oeste de Francia.

domingo, 5 de enero de 2014

De cómo el Oriente fue ganado y lo que entonces se frustró

Una actitud común en los hombres es ignorar lo que se tiene y lo que se pierde, hasta que ya es demasiado tarde. De tanto que nos concentramos en un modo determinado de hacer la cosas, olvidamos lo que nos rodea, concentrándonos en nosotros olvidamos al mundo.
            Requisamos toneladas de libros a medida que avanzábamos, los enviábamos en barcos apestados y malolientes, a las capitales de donde proveníamos. Libros en idiomas dibujados, diferentes, raros, afonéticos; obras de arte y jóvenes mujeres (y algunos hombres también). Le arrebatábamos todo a las tierras de orientes antes de utilizar otro vocablo que comienza con la misma letra, antes de arrasarlo.
            Describir lo que hicimos en esas tierras, a esos hombres y sus aldeas, a sus dioses y lugares sagrados, no tiene sentido. Es, por otro lado, historia repetida, porque es lo que siempre se hace con el conquistado.
            Lo que no nos esperábamos era la venganza póstuma, de esos hombres, de esas mujeres, de esa tierra. Por supuesto, no esperábamos nada de nada, porque nunca lo hacemos.
            Los barcos llegaron a nuestras ciudades; las mujeres y los hombres fueron vendidos; los libros catalogados; el oro amonedado; las estatuas quebradas; los cultivos quemados; los ríos arruinados. Lo usual para todo conquistador.
            Las enfermedades desconocidas propagadas por las mujeres poco significaban comparadas con esa otra peste que se propagó por nuestras ciudades, comenzando en el puerto, en las librerías, en las universidades. Una peste que llegó, poco a poco, a cada uno de nosotros a través de esos libros maravillosamente ilustrados y mucho mejor escritos que lo que cualquier poetastro de por aquí podría lograr.
            La dificultad, la maldita dificultad que nos carcomía desde lo más profundo de nuestra curiosidad, era lograr descifrar esas palabras que se burlaban de nosotros con los contornos brillantes y letras amarillentas. Esos libros encuadernados con la piel de algún animal desconocido, tal vez extinto, y escritos en una lengua que no podíamos leer, se burlaban de nosotros. Nos hacían odiarnos por nuestra ignorancia.
            Pero más odiábamos a quien tuvo la idea de extirpar las cuerdas vocales a todas las mujeres y hombres que, quizá, es lo que queremos creer, supieran interpretar para nosotros las palabras de un pueblo muerto.

Uno pone 'oriente' en el buscador y salen cosas como estas... ¿Por qué será?

lunes, 30 de diciembre de 2013

De cómo perdimos el Occidente y otras fábulas amenas

Durante muchos siglos, porque hablar de milenios sería un barbarismo, nos creímos el centro del universo. Una península de cultura en el extremo más alejado en un mundo primitivo, violento y amenazador. Subidos en el promontorio de la cultura, mirábamos el resto de las tierras con ojos cargados de miedo y ávidos de conquista.
            En la cumbre de nuestra ambición, aunque no en lo más álgido de nuestro poder, nos propusimos una tarea que se nos antojaba minimalista y altruista: compartir nuestros logros con los pueblos menos privilegiados.
            Aunque más no fuera a fuego y hierro, aunque nos constara dolor y muerte, el mundo entero compartiría, un día en el lejano futuro, nuestra suerte. Ese fue nuestro lema.
            Dicen, los que se dicen que saben porque nosotros creemos que ellos saben, que fue entonces cuando nuestros problemas comenzaron.
            Triunfamos sin dificultades sobre nuestros vecinos, y sobre los vecinos de nuestros vecinos. Eso no era una guerra o, si lo fue, se parecía más a una excursión de fin de semana, antes que a cualquier otra cosa.
            Al alejarnos cada vez más de nuestras fronteras autoimpuestas, los problemas, las complicaciones, crecían proporcionalmente a la distancia. En las nuevas tierras no nos conocían, jamás habían escuchado hablar de nosotros y, en las culturas más milenarias que la nuestra que encontramos en medio de las tierras desconocidas por nuestros cartógrafos, aunque decirlo suene a herejía, nosotros parecíamos ser los bárbaros cuando sabíamos que ellos lo eran.
            Claro que, estas diferencias sólo sirvieron para aumentar nuestras ansias de llegar allí donde ningún otro hombre (a ellos, a los otros, no podíamos considerarlos hombres) había llegado. Daríamos la vuelta al mundo de ser necesario, para encontrar nuevas tierras, conquistarlas y culturizarlas. Jamás nos detendremos, eso es obvio, pero a veces es necesario remarcarlo.
            Podrán cambiar nuestros hábitos, nuestras ropas, nuestras lenguas y nuestros gustos culinarios; la ideología será diferente, la forma de hacer la guerra quizá siga siendo la misma (el fuerte contra el débil, por supuesto). Habremos cambiado por completo, pero, aún así, seguiremos siendo los que siempre hemos sido.
            Nuestro promontorio de cultura y sabiduría no ha empequeñecido en lo más mínimo, sino que hemos ayudado al mundo a elevarse por sobre nuestras propias cabezas. Quizá, por eso, hoy, parezcamos menos que lo que fuimos. Pero no es así. Nunca lo fue. Nunca lo será.


La imagen es, por supuesto, obra de León Ferrari "La Civilización Occidental y Cristiana"

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Requerimientos


Algo que descubrí, sobre mí mismo y hace sólo unos días, es el placer que me causa recibir invitaciones, constantemente, a cualquier sitio, a cualquier evento social, ya sean  fiestas de caridad, inauguración de muestras, cumpleaños de familiares ajenos, velorios de conocidos, nacimientos, orgías, servicio de lunch, presentación de libros o revistas de amigos de conocidos, recitales, casamientos, despedidas de solteros/as, bienvenidas de divorciados/as, entierros, presentaciones de nuevos atuendos, socialización de un nuevo corte de pelo, hospitalización de emergencia, recibimientos en aeropuertos o terminales de ómnibus, almuerzo para recaudar fondos, cena show, fiesta de strippers, transacciones indecorosas, consumo infinito de alcohol, degustación de quesos gourmet o solicitudes de amistad.
            Me encanta recibir tantas invitaciones porque siento el mayor de los placeres al momento de responder a todas y cada una de ellas con un certero y monolítico NO.
            Me encanta todo eso.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Transmigración


Hasta ese entonces no me había percatado de algo que, en la actualidad, se torna sumamente obvio tanto para mí como para aquellos que me adoran.
           Nunca creí demasiado en nada. Pasaba mis días haciendo y deshaciendo entuertos como el que más sin darle demasiada importancia a las doctrinas filiales. Algo que, sin dudas, ayudó a que me diferenciara de los demás. De todos, de nadie, de mí mismo.
           La vida licenciosa tiene un límite, que suele llamarse aburrimiento, rutina, o la muerte diaria.
            La búsqueda de la trascendencia, también.
           El convertirse uno mismo en algo digno de ser buscado y apreciado por otro, puede llevar un poco más de tiempo.
            El momento exacto de dicho descubrimiento lo ignoro, la idea fue cobrando fuerza, presencia, sentido, en mi pensamiento, hasta que se volvió algo externo a mí, algo superior.
            La idea se transformó en mí.
            Y yo me convertí en la idea.
            Sólo fue necesario que pronunciara una frase:
—Yo soy el aire.
Para que comenzara la desintegración de mi ser físico.
Ahora estoy en todas partes, donde mires, donde busques, aunque no me veas, allí estoy. Incluso dentro de ti, como lo estoy de cada hombres y mujer que puebla el universo. Siendo parte de los seres más minúsculos así como, también, del más poderoso.
Lo que importa es que soy. Ustedes ya lo saben.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Puras patrañas


Dicen los que saben, que antaño contaban los viejos, que sus ancestros habían venido a ésta tierra en barco y que, por ende, debería de haber, en algún lugar, un puerto. Uno de esos lugares donde esas legendarias moles de metal y ratas pueden atracar y descargar a sus ocupantes.
Claro que este tipo de cosas se me hacen difíciles de creer. Será porque nunca he visto un barco, o porque ignoro el significado del vocablo viejos sino se lo utiliza de forma despectiva.
Aunque, pensándolo bien, lo más complicado de todo sea creer en la existencia de un puerto (de aguas dulces o saladas, de aguas profundas o apenas un delta en formación) siendo que vivimos, desde siempre, en medio del más árido desierto en el que si has visto llover una vez en la vida puedes considerarte afortunado.

domingo, 20 de octubre de 2013

Volver, tal vez

Alonso Quijano, dijo llamarse y, también, dijo, no recordar muy bien de qué parte de un lugar llamado La Mancha, era oriundo. Habituado como estaba a no hacer preguntas, lo dejé sentarse junto a mí en la mesa de aquel café de mala muerte en el que, espantado por la lluvia, decidiera entrar.
Antes de que terminara de sentarse, comenzó a hablar en un español raro, cargado de modismos y palabras arcaicas o vaya a saber uno qué cosas. Por su atuendo, parecía escapado de un teatro, o de un circo, o un manicomio. Así se lo hice saber.
Hablaba como quien no ha pronunciado palabra en siglos.
Cuatro, más o menos, se confesó.
Nadie vive tanto tiempo, le dije señalándole un error de su discurso. Los inmortales, por otra parte, argumenté, no existen.
Eso, mi fiel amigo, dijo el viejo, es un problema de vocabulario. No es tan fácil postular que los inmortales no existen para que estos, en efecto, no lo hagan; lo que necesitamos es reformular el concepto de inmortalidad y eliminar los plurales, porque sólo existe un inmortal.
Y ese, de seguro, le dije, ha de ser usted.
Para nada, Sancho, ese es el Señor.
No recordaba haberle dicho mi nombre, no recordaba haberlo utilizado yo mismo en muchos, muchos años. Se sintió muy bien el volver escucharlo en su voz, con su acento, como siempre lo hacía, arrastrando la última vocal.
Estaba en casa, esa duda, al menos, ya no tenía lugar allí.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Y el engaño siempre presente


—La juventud —nos decía cada mañana—, es un estado del alma. Nada más.
—Paparruchadas —respondíamos nosotros—. Eso no puede ser.
—Puedo demostrárselos —nos dijo un día, luego de meses pasados en el encierro de la eremita de los libros que él solía llamar biblioteca—. Finalmente puedo demostrarles eso de que la juventud no es una cuestión de edad.
—¿Cómo lo harás? —quisimos saber.
—Primero deberán ponerse en mis manos, completamente —dijo sonriendo—. Dejando que mis dedos, y mi sabiduría, los recorran de cabo a rabo.
—Aceptamos —dijimos todos los que siempre escuchábamos sus locuras, el grupo completo.
Penetramos en las grutas de las sombras con los ojos vendados, uno por uno, guiados sólo por las palabras del anciano de cuerpo mas no de alma, como él se describía.
Creemos que nos dormimos varias veces, o despertamos, en medio de una duermevela sin final. Escuchábamos un espantoso trajinar a nuestro alrededor, de materiales, herramientas, maquinarias que sólo podíamos imaginar. Aún conservábamos nuestros ojos velados, por lo que nada era lo que reconocíamos de nuestro entorno.
Luego de un tiempo nos percatamos de que nadie respondía a nuestros gritos, lágrimas ni las piadosas oraciones que lanzamos a todo pulmón. Sólo recibíamos ruidos cada vez más fuertes y cercanos.
Despertamos mucho después. En una habitación extraña, vacía, abierta, sucia, como olvidada. De la que nos tomó mucho trabajo salir. Sentíamos nuestros cuerpos entumecidos, las articulaciones duras, los ojos llorosos y el corazón cansado (como dice la canción).
Pocos días después nos percatamos del engaño. El viejo se había quedado con nuestros jóvenes y núbiles cuerpos encerrándonos en la peor de todas las prisiones.
Una prisión cuyas paredes son de carnes flácidas y cartílagos sin fuerza, músculos inservibles y huesos agujereados; una prisión custodiada por un único guardia, de apellido alemán, escondido, al igual que todos nosotros, dentro de un cerebro viejo, cansado y sin ganas de recordar.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

No eran seres de otra galaxia


Sabrán de quienes hablo cuando vean sus características. Porque se tratan de hombres, de personas iguales a nosotros que, por alguna simple diferencia, hoy se encuentran montados sobre un pedestal de mármol tan alto e inigualable, que solemos creer que siempre han estado allí arriba.
Pero no debemos dejarnos embaucar.
Nacieron de hombres y mujeres como nosotros; mezclando veintitrés pares de cromosomas y dos cadenas de adn. Vinieron al mundo desnudos, sus ropajes actuales los ganaron en otro tiempo.
Lloraron, rieron, crecieron, al tiempo que hacían llorar, reír y mataban incautos y otros pequeños animales de los que pueden encontrarse en cualquier sótano húmedo.
Sus vidas fueron exactamente iguales a las nuestras.
Nunca la iluminó luz extranatural alguna. Porque todo existe dentro de la naturaleza, y por fuera de ella no hay nada. Lo vivo y lo muerto son parte de ella, al igual que lo grande y lo pequeño, lo que ha sido y lo que será.
La mínima diferencia, lo que los convirtió en esos seres dignos de merecer una peregrinación anual, o de poseer su propio santuario, o el sacrificio de los prisioneros de las pasiones, fue el uso más o menos adecuado de las palabras de otros, de sus actos más o menos estrafalarios, de sus promesas y acciones llamativas.
Con cada frase crean mundos, nos hacen sentir únicos e irrepetibles cuando no lo somos.
Con cada gesto nos dicen que nos miran sólo a nosotros, pero no miran a nadie en particular.
No ansían nada más que lo que ya tienen, un pedestal más grande, un mausoleo más dorado, un templo más alto, más millones en sus cuentas bancarias y un auto-cohete de oro.
Les dicen santos.
Los llaman estrellas de cine.
Los aclaman como verdaderos artistas.
Prefiero referirme a ellos como meros proxenetas del sentir, la fantasía y las falsas ilusiones. Aunque no crean en mis palabras, o me encuentre perdido aullando en medio del desierto más cruel, el desierto de la indiferencia.