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domingo, 2 de abril de 2023

Monjes andantes

Si tienes suerte solo verás a uno de ellos, a uno de los monjes caminantes. Y eso será suficiente. Porque imagínate el estar avanzando a duras penas por los peligrosos caminos de la región, entre el calor del sol y el frío de las sombras, cargando vaya uno a saber qué cosa sobre la espalda, y encontrarte con esa hirsuta figura estática y cubierta de harapos, con esos ojos como hundidos en el cráneo, con una mirada desoladora en su dureza. Ojos que, según se cuenta, pueden leer en tu ser como si leyeran el futuro, el pasado y el presente, pueden ver lo que fuiste y lo que serás como un aurúspices sin la necesidad de abrirte las entrañas, aunque de seguro con todas las ganas de hacerlo con alguno de esos cuchillos que utilizan cual daga o espada. Imposible no mirarlos a los ojos sin pedir clemencia en silencio. Siempre en silencio, porque quienes han oído sus voces, jamás regresan al mundo de la vigila en el mismo estado en que lo dejaron por última vez.
    Si tienes suerte, al cruzarte con uno de ellos en los pedregosos senderos de la región, uno de los dos se hará a un lado y cada uno continuará su camino como si aquel encuentro fuera mero y silencioso fruto del azar.
    En cambio, si eres una de esas personas en las que la resolución, junto con la suerte, suelen flaquear, lo más probable es que acabaras encontrándote con dos de los monjes. La mayoría de nosotros ha tenido encuentros como estos porque la suerte, el tan sagrado don divino, no sonríe a todos por igual. En un encuentro con dos de ellos, por lo general en lugares de difícil acceso, ya sea una senda de alta montaña o donde los árboles comienzan a espesarse para volverse parte del bosque o bajo un cielo de tormenta, el miedo superará la sorpresa. En momentos como esos solamente permanecerá intacto nuestro deseo de huir de sus sombras, de sus ojos aterradores, del aroma de sus ropas, del aliento que pudiera emanar de sus bocas siempre hambrientas, de esos cuchillos largos como espadas.
    Quienes han logrado sobrevivir a un encuentro semejante relatan hechos tan disímiles que es difícil de creer que hablen de los mismos monjes caminantes. Aunque de seguro así sea, ya que tanto si los vemos de lejos y rápidamente conducimos nuestros pasos en otra dirección, como si se aparecen de improviso a nuestro lado, sus ropas, sus movimientos, sus ojos, resultan inconfundibles.
    Nada de lo anterior resulta tan aterrador como el saber que monjes caminantes nunca viajan solos ni tampoco lo hacen en parejas, aunque sean de este tipo la mayoría de los de los encuentros que llegan a conocerse.
    La sórdida verdad es que viajan de tres en tres y solamente aquellos que han perdido el favor del mundo, de los hombres y de las bestias, quien no es más que una sombra de lo que tal vez alguna vez podría haber llegado a ser antes de renunciar a todo, solo quien se saben derrotados entre los derrotados, aquellos que se entregan a su final antes del final, llegarán a saberlo. Lo sabrá, lo aceptará y se volverá uno de ellos. O lo sabrá, lo aceptará e intentará huir sabiendo que probablemente no logrará llegar muy lejos.
    Si algún día tienes el privilegio de experimentar un encuentro como este, sabrás lo que sentí aquella tarde, cuando la noche comenzaba a ganarle al día, la oscuridad reptaba sobre la tierra y el frío acariciaba mi piel con ansiedad de amante. Sabrás que los monjes caminantes nunca caminan solos, nunca caminan en parejas, sino que un tercero los acompaña sin dejarse ver más que cuando la muerte es inevitable.
    ¿La muerte de quién?, preguntas. Yo no me quedé en ese cruce de caminos el tiempo suficiente para saberlo. No, no lo hice. Ni pretendía hacerlo.

"Paisaje con un pueblo en la distancia" (1646)
Pintura de Jacob van Ruisdael

sábado, 4 de marzo de 2023

Golpes

En algún momento perdí la noción del tiempo y solo quedan resonando en mi cabeza los martillazos del vecino contra alguna pared. No estoy seguro de cuál de todas las paredes de la casa golpea, pero podría ser la medianera, lo que explicaría que sus golpes suenen tan presentes, tan cercanos, tan urgentes. Tal vez sea alguna pared interna, y por eso los golpes suenan como ecos lejanos de una queja. Lleva días, semanas, meses ―diría que años si no temiera ser tildado nuevamente de exagerado― dando esos golpes deteniéndose solamente por la noche para recomenzar al día siguiente, apenas asoma el sol, hasta que este desaparece del cielo.
    Ni el menor atisbo de tranquilidad es posible, porque el instante de silencio que sigue a cada golpe está cargado por la ansiedad ante la inminente llegada del siguiente, que no se demora en su mecánico repetir. Y yo, en mi casa, pared de por medio, sintiendo como cada cosa vibra, tiembla, amenaza con venirse abajo, partirse, destruirse, tal como se fragmentan mis pensamientos, mis sueños, mis ilusiones, mis ―pocas― ganas de vivir. Todo se vuelve pedazos siguiendo el repetitivo ritmo de los golpes, del martillo, del crujir de la casa, de los ocasionales jadeos que atraviesan la pared, de toda esa conjunción de sonidos.
    Me pregunto qué estará construyendo allí, un arca para el próximo diluvio, una bóveda de tiempo, un foso para proteger su castillo, una habitación extra, un pozo petrolero, una carretera, un piso sobre el piso actual, un universo, la vida, la muerte. Pero aunque mi duda es prácticamente tan grande como la molestia misma, no me acercaré a preguntarle. No, no lo haré por más que sus golpes y mis dudas insistan. No le daré el gusto a ninguno de los dos.
    Me pregunto qué estará destruyendo allí, tal vez sea la muerte, o la vida, el universo, el piso sobre el piso actual, una carretera, un pozo petrolero, la habitación extra, el foso que protege su castillo, la bóveda de tiempo, el arca para el próximo diluvio, su casa, su propia y única casa. Pero aunque mi duda es prácticamente tan grande como la molestia misma, no me acercaré a preguntarle. No, no lo haré por más que sus golpes y mis dudas insistan. No le daré el gusto a ninguno de los dos.
    Mi propia casa es una campana llena de ecos que esconde en su interior otra campana que resuena sin parar sobre mi cabeza, dentro de mi cabeza, que es mi cabeza. Mis pensamientos son fragmentos, mis sueños se pierden, mi vida me abruma. Cierro los ojos buscando alejarme de los golpes y estos continúan allí. Duermo, despierto, como, contemplo la inmensidad del vacío y la nada, y ellos, los golpes, siempre los golpes, continúan allí. Se han vuelto tan parte de mi existencia que por las noches solo puedo pensar en su regreso. Cierto es que de día los sufro, pero aun peor es su ausencia durante las noches.
    En algún momento perdí la noción del tiempo. Solo quedan ellos, esos golpes, esos martillazos, los mismos que llevan días, semanas, meses, sin dudas años, y que se extenderán hasta el final de los tiempos si es que no siguen, también, un poco más allá.


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Inicio del Espacio Publicitario:

En el N° 83 de la Revista Digital El Narratorio, se publicó el relato La llave

En el N° 30 de la Revista Digital Pélago, se publicaron los cuentos El volumen en 8vo y la caja de te.

En el N° 36 de la Revista Digital La Ignorancia, se publicó el relato Puerta a Puerta.

En el N° 84 de la Revista Digital El Narratorio, se publicó el relato Al final de la noche

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Doppeltgänger

Allí estaba él, como siempre a unos cuantos pasos de mí. Cinco, tal vez seis, no mucho más. Mirándonos de frente, de perfil, de espaldas, caminando uno detrás del otro, lo mismo da, él siempre está allí. Lo miro, no sé quién es pero lo miro, y entiendo que hay algo entre nosotros, algo que nos une, algo que me impulsa a acercarme a él. Doy un paso acercándome, y en ese mismo instante, él se aleja un paso. No entiendo por qué o cómo lo hace. Tal vez adivina mis movimientos, los percibe en mis gestos, tal vez llevamos tanto tiempo en esto que sabe cómo pienso, está tan dentro de mi cabeza que me conoce mejor de lo que yo lo hago. Me gustaría saber si hay una respuesta, aunque sea para una parte de todo esto. Aun sabiendo que nunca lo sabré, no puedo dejar de preguntármelo.
    Doy otro paso, esta vez para alejarme, de espaldas, sin mirarlo. Escucho sus pasos, tienen el mismo sonido que los míos. Su respiración es lo único que hasta el momento resulta diferente, más agitada, confusa. En todo lo demás, en cada otro detalle de su persona y la mía, somos idénticos. A pesar de esto, sigo sin saber quién es él.
    Recuerdo que lo descubrí entre la multitud una tarde de hace ya tanto tiempo que no podría decir cuál de ellas, incluso existe la posibilidad de que haya sido en algún amanecer y no en el crepúsculo. Me miraba como yo lo miraba a él, con intensidad, con desconcierto, con miedo, con fascinación. En mi recuerdo yo no lo buscaba, hoy no estoy tan seguro de que haya sido así. Tal vez, si bien no lo buscaba, lo esperaba. Esa tarde, ese amanecer, en ese momento, comenzó nuestra compleja y elaborada danza. Doy un paso hacia él, él se aleja un paso de mí. Doy un paso alejándome de él, él da un paso acercándose a mí. Levanto mi brazo solo para ver como él hace otro tanto. Camino, hablo con gente, subo al ómnibus, y él también lo hace. Sé que no es mi reflejo ni soy yo el suyo, nuestra relación es más compleja. Lo demostró cualquier otra tarde, o tal vez fuera durante cualquier otro amanecer, en el que la calle por la que avanzábamos se encontraba desierta y me detuve a mirar algo, un detalle en una fachada, un reflejo del sol en algún cristal, la danza de un árbol al viento, el polvo flotando en un haz de luz, cuando sentí un latigazo en mi rostro, un dolor tan inesperado como brutal e inentendible. Me llevé la mano a la cara, no había sangre, no había nada salvo dolor. Sin comprender, y como acto reflejo, lo miré buscando una respuesta. Él había avanzado un paso hacia mí y se preparaba a dar otro paso, su siguiente movimiento no había comenzado aún que volví a sentir el mismo sacudón, el mismo dolor del otro lado de mi rostro antes de que él diera su paso hacia mí.
    No parecía enojado, sorprendido ni alguna otra emoción que pudiera descifrar en su rostro, aunque algo extraño se distinguía en él. Me miraba, y mientras le miraba supe que iba a dar otro paso. Retrocedí uno, dos, tres pasos para evitar el nuevo dolor en mi rostro. Creo que entonces sí pude entender en su expresión esa sonrisa de satisfacción.
    Desde ese momento comenzó una competencia atroz en la que él lleva la ventaja. Tiene más experiencia en repetir mis gestos, mis movimientos, mis acciones, lleva más tiempo en esto y sé que nunca se equivoca ni se equivocará. Jamás recibirá como castigo un dolor similar al de un latigazo sobre su rostro. En cambio, yo deberé acostumbrarme a esto poco a poco, aunque nunca lo haré con el dolor, porque uno nunca se acostumbra al dolor. Comienzo a imitarlo con mayor precisión, cada vez más cerca de ser idéntico, él no deja de intentar sorprenderme, cosa que logra de vez en vez, pero es cierto que le cuesta cada vez más lograrlo.
    Cuando doy un paso, él da otro. Cuándo es él quien lo da, me obliga a repetirlo quiera o no quiera hacerlo. La voluntad del más fuerte será la que se imponga. Nos queda averiguar cuál de las dos será. Por lo pronto, continúo presentando batalla.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Lo que no fue

Cuando sonó la campana de salida llevaba tanto tiempo pensando en lo que haría luego que no perdió tiempo. Dejó las herramientas junto a la máquina, bien a la vista de quien ocuparía ese puesto en el turno siguiente y para que no volvieran a acusarlo de robárselas, corrió luego hacia las duchas con el anhelo de llegar antes de que se acaba el agua caliente y lograr así quitarse al menos una parte del sudor, la grasa y el cansancio. Aunque extraño, la grasa era lo que más fácil se quitaba, con un poco de agua y con el jabón adecuado, para lo demás aún no encontraba una solución.
    El último transporte, el que espera a los rezagados del turno, se incrustó en la oscuridad de la noche cerrada abriendo una cuña de luz de poco más de dos o tres metros hacia el frente. Por fuera de ese cono de luz el mundo bien podría haber desaparecido y solo quedarían las ráfagas de viento y arena que se azotaban contra las ventanillas. Se arrellenó en el asiento intentando que su cuerpo agotado no se acomodara demasiado y se durmiera, sino solo lo necesario para los dolores y molestias no fueran más que eso. Miró hacia el frente, aunque como cada noche, fuera del reflejo de las luces no había nada.
    Después de una hora, tal vez más, tal vez menos, de viajar en esa oscuridad, bajó en un cruce de caminos indistinguible. El chófer del transporte lo miró como queriéndose asegurar de que efectivamente quería bajar en ese lugar. Le mostró el puño cerrado y el pulgar levantado. Se quedó con la mano en la misma postura hasta que las luces se perdieron en la distancia y el ruido del motor se alejó con el viento. Solo cuando no quedaba otra cosa en la noche más que su cuerpo cansado, el latir de su corazón en sus oídos y el viento agitando su ropa, comenzó a caminar por uno de los senderos más desdibujados, casi borrados en la arena.
    El sendero que seguía se bifurcaba, se entrecruzaba y era cortado por otros tan parecidos entre sí que podrían haber sido el mismo. Senderos que dibujaban una geografía de pasos indistinguibles en la noche. El tronco partido y reseco de un solitario árbol con el que casi choca de frente, le aseguró que no había equivocado sus pasos. Le indicó también que faltaba menos para llegar.
    Continúo hasta que en la lejanía comenzó a adivinarse una primera dubitativa claridad. Apretó el paso sintiendo la cercanía del día y la necesidad del descanso. La ruta había quedado tan atrás como los ruidos incesantes de la fábrica a la que pronto debería regresar, porque siempre regresaba, día tras día, para luego, noche tras noche, caminar hasta allí.
    Se sentó, por fin, muy cerca de los restos chamuscados de lo que podría haber sido una casa, algo parecido a una cabaña, un puesto en medio de la extensión vacía, un punto que agigantaba la desolación.
    Se sentó, por fin, sintiendo las piernas cansadas, agarrotadas.
    Quien supiera mirar tal vez podría adivinar a su derecha un montículo estrecho y alargado y otro a su izquierda, también estrecho aunque menos alargado que el anterior. Podrían ser cualquier cosa, pero no lo eran.
    Se sentó, por fin, entre ambos montículos a ver amanecer rodeado de toda esa soledad y sentir que nada tenía sentido, que tal vez alguna vez lo había tenido, pero ya no. Vio lo que quedaba del amanecer en silencio, escuchando el viento, los lejanos graznidos de algún ave y otros ruidos perdidos en la distancia.
    Se acurrucó, abrazó sus rodillas y apoyó la cabeza entre ellas para soñar otra vez con aquella no tan lejana noche, soñar que esa vez sí había llegado a tiempo, que esa vez si había estado allí cuando lo necesitaban y que allí estaban ahora los tres, recibiendo el nuevo día, mirando el amanecer y no era solo él quien lo hacía. Deseó soñar con ello hasta que finalmente se durmió.

sábado, 29 de octubre de 2022

Esas luces que parpadean

Cuando las luces volvieron a parpadear dejó la estilográfica apoyada en el escritorio y esperó sin mirar directamente hacia la lámpara que colgaba sobre él, quería asegurarse de si el problema se repetiría como en las oportunidades anteriores o no. Miró las paredes del cubículo-oficina enchapadas en láminas de madera plástica sin reconocerlas. Intentó pensar en dónde se encontraba, no recordaba cómo había llegado hasta allí. No recordaba nada de ese día ni del anterior. Se esforzó un poco más y no recordó siquiera qué era lo que hacía. Miró la estilográfica, miró el plano que tomaba forma con líneas rectas y finas en la hoja de papel de arroz sin reconocer su propio trazo. Tampoco entendía las notas escritas en los bordes del plano, no reconocía las letras, mucho menos las palabras.
    Una única cosa tenía lugar en su cabeza: si trabajaba mientras la luz parpadeaba le daría migraña, otra vez. Ese “otra vez” lo sorprendía más que el resto, porque ese “otra vez” hablaba de un tiempo anterior, de una experiencia, de algo que ya había sido vivido. Tenía que evitar ese dolor, eso era lo único que sabía, el resto era vacío.
    Las luces volvieron a parpadear demorándose un poco más en volver a encenderse.
    En silencio se levantó, su cabeza asomó por sobre las separaciones entre cubículos-oficinas que no tendrían más de un metro y medio de altura. La suya no era la única cabeza erguida, la única expresión de sorpresa, ni la única necesidad de comprensión. Varias de esas cabezas comenzaron a moverse saliendo de sus cubículos-oficinas avanzando hacia un extremo del salón como si supieran hacia dónde ir y lo que debían hacer allí. Quiso seguirlas para saber qué era lo que había allí y si fuera lo que eso fuera explicaba el parpadeo de las luces.
    En el instante en que comenzó a moverse notó que debía enfrentar dos dificultades a las que no atendiera antes. Una fina cadena unía mediante grilletes sus tobillos, por lo que apenas podía dar pasos tan pequeños que parecían saltos; la cadena se unía en el extremo opuesto a una de las patas del escritorio. Al mirar la cadena y mirar su cuerpo se percató de que estaba desnudo, cosa que sabía de antemano y aunque que no significaba nada, era un detalle más que atender si quería salir del cubículo-oficina. Tenía que saber por qué se le retenía, por qué estaba atado, por qué lo tenían desnudo y por qué no recordaba nada más allá del dolor de cabeza anterior, ni tan siquiera su nombre.
    La segunda de las dificultades era que, mirara donde mirara, el cubículo-oficina no tenía aberturas. No digamos una ventana, porque las paredes reales se encontraban bastante lejos y a través de ellas se adivinaba la noche; aunque tal vez estaban cerradas, a la distancia daba lo mismo. El cubículo-oficina no tenía salida. Las separaciones de madera plástica del suyo se unían con las del siguiente y las separaciones de este con las del que se encontraba un poco más allá, y así en todas las direcciones que podía mirar, formando un gran panal de cubículos rectangulares ocupados por un escritorio similar, una silla igualmente incómoda y un cuerpo desnudo como el suyo inclinándose sobre hojas de papel de arroz.
    En un gesto de desesperación extendió sus brazos, desplegó las alas e intentó volar olvidándose de la cadena que de un tirón lo regresó al suelo. Golpeó con fuerza en parte contra la tapa del escritorio y en parte contra la silla en un revoltijo de plumas, brazos y piernas. Resentido por el golpe apenas logró volver a sentarse. Al hacerlo miró el plano que tenía frente a sus ojos y notó algo que no estaba bien, tomó la estilográfica y corrigió uno de los cálculos anotados a un costado, luego redibujó una de las líneas concentrándose tanto en su tarea que olvidó todo lo demás. Sus alas se replegaron regresando a su posición de reposo pudo acomodarse un poco mejor en la silla.
    Continuó como si no hubiera sucedido nada, como si nunca sucediera nada. Continuó hasta que las luces volvieron a parpadear.

domingo, 9 de octubre de 2022

Sirena

En algún momento del atardecer, entre el viento, los truenos y la lluvia del vendaval, comenzó a sonar, tenue, lejana, como pidiendo perdón por molestar en ese momento, la sirena. Tardé en percatarme de ese sonido que fácilmente se confundía con cualquier otro, tan alejado de la cercanía de la tormenta. Una vez que pude distinguirlo, ya no pude dejar de oírlo. Mis preocupaciones inmediatas se concentraban en esperar a que el viento amainara, la lluvia cesara y la furia de la naturaleza, que se encontraba precisamente sobre nosotros, se alejara, en cualquier dirección, no me importaba cuál, por lo que el ulular de la sirena me tenía sin cuidado.
    Al amanecer la lluvia persistía, el viento había dejado de rugir y un pesado manto de oscuras nubes ocultaba el cielo. El agua caía con la constancia de quien sabe realizar su trabajo. El repiqueteo de las pesadas gotas sobre los tejados creaba una melodía desacompasada, tan poco humana como natural, que invitaba a continuar durmiendo, a esperar a que todo terminara por sí solo. Por sobre esa tranquilidad, la sirena, un poco más lejana, más tenue, más cansada, sostenía su ininterrumpido llamado.
    Pensé en la molestia que ese sonido representaba, para mí y también para los demás. Me obligaba a mantenerme en tensión, esperando lo que pudiera suceder luego, sin permitirme descansar. Si había podido dormir un poco durante la noche temiendo que el agua ingresara a la casa por algún resquicio entre las piedras y las maderas, aquella sirena era lo que ahora me mantenía despierto. Su llamado penetraba en mis breves ensoñaciones en los que desastres cada vez peores, un alud de barro, un terremoto sin igual, un improbable incendio luego de tanta agua, una plaga de langostas, una marejada, otra tormenta, un nuevo servicio de contenidos vía streaming, una nueva campaña electoral.
    Podría ser el fin del mundo, por eso la sirena no dejaba de sonar y sonar. No sé cómo es que lo sabía, pero lo sabía. Alguien me había dicho que cuando suena esa sirena hay que estar preparado. Tendría que haber preguntado preparado para qué, pero no lo hice. No pregunté en ese entonces, no pregunté después, porque nunca fue necesario, porque nunca antes escuché la sirena sonar de esa manera, con tanta insistencia, tan definitiva.
    A pesar de la molestia, en algún momento del día me rendí al sueño, al verdadero. Ese que nos ayuda a olvidar y del que con los años se vuelve cada vez más difícil recordarse. La noche había sido larga y fatigosa, necesitaba un descanso y esperar a que todo hubiera mejorado al despertar. Cosa que no sucedió.
    Mis oídos dolían tanto que sería necesario arrancármelos, amputarme un brazo o morir para superar un sufrimiento semejante. Me asomé por una de las ventanas buscando el motivo de tanto dolor. El cielo estaba en calma, continuaba cubierto, aunque en algunos resquicios entre estas se adivinaban los rayos del último sol de la tarde. La lluvia ya no caía y la fría brisa se dejaba sentir. A pesar de que todo parecía normal, faltaba algo. De esa falta, de esa ausencia, nacía el dolor que sentía. Un dolor, una molestia, que no parecía querer acabarse.
    El silencio atronaba en mis oídos. Un silencio aterrador, único. Ese silencio que queda cuando todo lo demás se termina. El silencio del después. La sirena hacía cesado su reclamo y su silencio resultaba un presagio todavía peor.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Aroma a humano

Al amanecer, cuando el viento cambió de dirección, comenzó a llegar desde la bahía el tan particular olor a humano, un olor característico, imposible de confundir con cualquier otro. Un olor que sólo traía recuerdos de muerte, destrucción y dolor. Con ese y no otro olor, despertaron.
    Fue sentirlo y ver que los más débiles, los que no sabían luchar, quienes no querían volver a hacerlo, huían hacia el interior abandonando sus refugios, en los árboles o entre las plantas más bajas, tal vez por no ser del todo seguros. Pocos permanecieron en sus cubiles, en sus guaridas, en sus nidos, tal vez no preparados para luchar ni resistir, o resignándose a que volvería a suceder y en ese caso cualquier esfuerzo era inútil. Aún menos fueron los que se atrevieron a acercarse a la bahía, a la playa de arena entibiada por el sol, donde el viento jugaba con las olas.
    Acercándose con sigilo, con movimientos lentos que apenas delataban su presencia y sus intenciones, alcanzaron la bahía. Quienes se desplazaban sobre la tierra detuvieron sus pasos donde terminaba la vegetación, quienes reptaban hicieron otro tanto. Los voladores miraban desde la altura buscando el origen, la fuente de la que emanaba tan característico y similar a la muerte hedor.
    Tendido en la arena, sobre algunas tablas partidas, el tronco de un árbol derribado por una tormenta pasada, la resaca de las olas y otros restos que ya no pertenecían ni al mar ni a la tierra, yacía un humano.
    Lo estudiaron, lo miraron, lo olieron desde la distancia mientras el sol continuaba sin viaje hacia su cenit y más allá. Ese humano no se movía. Pero el que no se moviera no significaba nada, no aseguraba nada. Ya otros humanos habían intentado algo similar. Primero llegaban uno o dos de ellos, luego eran tantos que ya se olía otra cosa. Parecía estar solo, parecía no moverse mientras la marea subía, pero no podían confiarse.
    La marea continuó subiendo y cubriéndolo poco a poco, llevándose primero su aroma, luego sus formas, hasta llevárselo por completo, junto con parte de la resaca que lo cubría, algunas de las tablas y la intranquilidad de quienes acecharon durante todo aquel día desde las sombras, desde los árboles y desde las alturas.
    El siguiente amanecer, cuando el viento volvió a cambiar de dirección, ningún aroma diferente, ningún peligro, venía entremezclado con el del mar y la sal. 

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Inicio del Espacio Publicitario:

En la revista digital Letras Libre (España) se ha publicado el relato Toda esa niebla.

En el Número 79 de la revista digital El Narratorio, se ha publicado el relato: Una pausa para el café.

En el Número 1 del Volumen 2 de la revista digital Iguales (México), con la temática de “Amor en el fin del mundo”, se ha publicado el cuento En la tierra del sol muerto.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 18 de septiembre de 2022

La cartera

En esta oportunidad les contaré una experiencia vivida hace unos años y que, estimo, servirá de advertencia para muchos de quienes me escuchan aquí y ahora.
    Lo que quiero contarles sucedió una tarde de sábado. Esa tarde, junto con quien en ese momento era mi pareja desde hacía muy poco tiempo, nos proponíamos asistir a un espectáculo. No retengo si se trataba de una función de cine, de teatro, carreras de caballos, el circo, un encuentro de gladiadores americanos o un combate de gallos, pero estoy seguro de que era alguno de ellos. La cuestión es que cuando estábamos a punto de salir, ella, es decir, mi pareja, me pide que le sostenga una pequeña cartera de estilo bandolera unos instantes mientras visitaba por última vez el baño. Imaginen mi sorpresa al sentir el peso por completo desproporcionado de aquel pequeño estuche de ecocuero que tendría apenas unos quince centímetros de lado. Los músculos de mi brazo se tensionaron como llevaban años sin hacerlo y mi hombro me recordó las veces en las que había estado a punto de dislocarse, por lo que tuve que apoyar la cartera sobre una mesa cercana.
    ―¿Qué tienes aquí dentro? ―Pregunté cuando regresó aún masajeando mi hombro resentido.
    ―¿De verdad quieres saberlo? ―Respondió con una nueva pregunta como era su costumbre y consultando su reloj―. No creo que tengamos tiempo.
    ―Salvo que tengas la lápida de Palenque, no entiendo por qué pesa tanto.
    ―¿Estás seguro que quieres saberlo? ―Repitió acentuando la palabra seguro.
    ―Me gustaría, sí, pues sería una forma más de conocernos ―respondí creyendo que la falsa ciencia de la psicología por fin servía para algo, pero la estúpida sonrisa que ocupara mis labios fue desdibujándose poco a poco.
    Ella, visiblemente contrariada, abrió la cartera y comenzó a vaciarla.
    Primero salió un estuche de sombras para ojos. Luego el labial rojo que le había dicho que me gustaba. Le siguieron un chal de hilo, un pulóver grueso de lana, una campera de cuero, un pantalón también de cuero por si más tarde hacía frío, una bufanda de casimir y un par de guantes. La edición completa y anotada de El señor de los anillos junto con la Guía de la Tierra Media, porque sabía que se aburría si había que esperar. Un cuaderno con hojas en blanco y una caja de pinturas pasteles de cuando hacía dibujo (curso que dejó hacía unos diez años). Otro labial de un color diferente (y que no recordaba haberle visto usar). Un álbum de fotografías (que no me dejó abrir). Pañuelos descartables. El ticket por la compra del bolso de hacía seis meses. Los planos de un caza bombardeo B-12. El informe final sobre el accidente de Chernóbil mecanografiado en ruso (el alfabeto cirílico resulta tan inconfundible como incomprensible). Una copia en vhs de la autopsia del alíen de Roswell. La partitura original de la canción de la película Titanic. Una armónica afinada en la nota do (porque iba a aprender a usarla luego de termina el curso de pintura, pero todavía no tuvo tiempo). Las llaves de la casa de la abuela (casa que ya habían vendido, fue demolida y hoy es un edificio de dieciocho pisos y ochenta y cuatro monoambientes). Otro cuaderno con las páginas llenas de números (y que se negó a explicar qué significaban). Más pañuelos descartables. Varias docenas de protectores diarios. Cinco teléfonos celulares diferentes (sólo reconoció dos de esos teléfonos, los otros dijo no saber a quiénes pertenecían). Un mapa en escala 1:500 de la ciudad. Una reproducción tamaña original de Las Meninas de Velázquez. Un estuche con doce esmaltes de uñas de colores diferentes. Un par de medias de invierno. La oreja de Van Gogh (pero sólo los discos con Amaia Montero). Una réplica en pvc de la nariz de Cleopatra. El cerebro de Einstein (no creo que fuera una réplica). El cráneo con la bala incrustada en su interior de Hitler (no es real, me explicó, no es él, pero seguía siendo un cráneo humano). Un cuchillo de azófar quebrado. Una navaja del ejército suizo. Un alicate de uñas. Una pinza de punta, dos tenazas y un martillo de carpintería. Un par de zapatos sin tacos para cuando se le cansan los pies. Más pañuelos descartables. Varios ibuprofenos. Dos discos de vinilo de Queen (tengo que devolverlos, explicó sin mencionar a quién). Un contador geiger (no se consiguen las baterías por ningún lado). Varios pasaportes (todos con su misma foto, pero con nombres diferentes). Una miniatura del DeLorean de Volver al Futuro. Una fotografía en la que se la ve abrazando a un imitador de Elvis (el mejor de todos, según ella). Tequila, tabaco y ron (por si vamos a México, dijo, pero no entendí la referencia). Pesos, soles, reales, algunos dólares y monedas japonesas. Un alfajor de chocolate aplastado (de una marca que se había dejado de fabricar a fines de la década de 1980). Un envoltorio de caramelo y varios caramelos sin envoltorios. Una peluca rubia (que no recordaba haber guardado allí). Otro lápiz labial. Un boleto dorado para recorrer una fábrica de chocolates. Un hueso de dinosaurio (ya estaba muerto cuando lo encontré, aclaró). Otros pañuelos descartables, un ladrillo y pelusas de varios tamaños y colores.
    ―Esto es todo ―Miró el interior de la cartera―. Sí, es todo, pero vamos a llegar tarde ―agregó mirando otra vez el reloj.
    ―Pero ahora sabemos algo muy importante.
    ―¿Qué cosa? ―Su expresión de fastidio era tal que me supe al borde de mi muerte.
    ―Que la lápida de Palenque no estaba allí dentro y que aunque hubiéramos llegado a horario, no hubiéramos podido entrar.
    ―¡Las entradas! ―exclamó corriendo hacia la habitación.
    Mientras se encontraba en otra parte de la casa, miré todas esas cosas sobre la mesa y que ocupaban la mayor parte del espacio libre, luego miré el diminuto tamaño de la cartera en la que me resultaba imposible creer que todo ello volviera a entrar. La única explicación posible era que aquella cartera fuera uno de esos puntos en los que la continuidad espacio temporal en los que las magnitudes universales se comportan de otra manera, con otras leyes, un lugar único, una singularidad. Mirándolo sentí que debía hacerla mío, debía poseer esa cartera, nada más importaba. Pensar en los desarrollos que podrían surgir en la física cuántica a partir de ella escapaba a mi imaginación, por lo que hice lo único que correspondía hacer en un caso como ese: tomé la cartera y huí.
    Desde ese sábado por la tarde intento descifrar los secreto de ese maravilloso objeto, porque por más que lo intento no logro acomodar en su interior más dos o tres cosas pequeñas antes de verla llena por completo. Las esquinas comienzan a romperse y el cierre relámpago, tan nuevo y brillante al principio, apenas funciona ya. Pero debo continuar, debo encontrar la clave, debo descubrir la manera de hacerla funcionar. Sé que es más fácil de lo que aparenta, sé que daré con ella tarde o temprano.
    Tal vez si vuelvo a sacar todo y lo acomodo de otra manera…

domingo, 10 de julio de 2022

Avance

―¡Avancen!
    La orden llegó desde el frente de la columna. Había, pues, que avanzar. El problema era que no había hacia dónde hacerlo. Nos encontrábamos en el borde del abismo, más allá no se extendía más que un vacío aterrador que nos devolvía la mirada con indiferencia. La orden era avanzar y eso hicimos, aunque no sin cierta reticencia de mi parte.
    Con temor e incertidumbre vi ponerse en marcha a la vanguardia de la columna, con la mirada clavada en el frente, la cabeza erguida y el cuerpo rígido, como se nos enseña a marchar en la Academia. De esa misma manera marchamos todos, sin pensarlo, sin dudarlo, siguiendo órdenes sin demostrar cuando sabíamos que las órdenes eran absurdas, como en este caso, que no había hacia dónde avanzar.
    ―¡Avancen!
    Repitieron la orden cuando la columna amagó con detenerse. Rápidamente quienes ahora ocupaban la nueva vanguardia continuaron su camino hacia la nada y lo que hubiera del otro lado, si es que existía ese otro lado y, de hacerlo, si existía algo allí.
    Lo único que escuchaba era el repiqueteo de las botas sobre la grava del camino, el susurro del cuero de los uniformes y el alocado retumbar de mi corazón como queriéndose escapar de mi pecho. Debía avanzar, porque esa era la orden y no podía negarme a ella incluso sabiendo que no había hacia dónde avanzar y que lo ideal sería retroceder. O si no se quería retroceder girar sobre nuestros pasos, hacia la derecha o hacia la izquierda, avanzar en cualquiera de esas dos direcciones. Avanzar, sí, pero hacia otro lugar, no hacia el vacío, la nada, no dar un paso adelante desde el borde del abismo. Alguien debería decírselos a quienes nos dirigían, alguien debía de haberlo pensado antes de ordenarnos.
    ―¡Avancen!
    Por tercera vez la misma orden electrificó mi cuerpo. Mis músculos actuaron por propia decisión, porque de ser una cuestión de voluntad estaría huyendo a la espera del disparo por la espalda que todo desertor, miedoso, traidor o persona con sentido común merece. Aunque nadie con sentido común formaría parte de algo como esto. Por otro lado, y por suerte, me encontraba en medio de la columna, siete hombres a mi derecha, otros siete a mi izquierda y una cantidad indefinida a mi espalda. Sólo estaba seguro de que quienes estaban frente a mi desaparecían poco a poco. Un paso, el abismo, eso era todo.
    Mi mente divaga mientras no dejo de avanzar en la misma dirección. Me trae escenas inconexas, recuerdos reales, del pasado y del futuro. Me veo siendo cosas que nunca fui, que no hice, que siempre deseé y que ahora me arrepiento de ni siquiera haber intentado. No quiero pensar en nada de todo eso en este momento. No quiero pensar. Quisiera no saber pensar. Me resta por hacer una única cosa.
    ―¡Avancen!
    Repiten por cuarta vez. La misma orden suena esta vez más cerca de mi oído, de mis pasos. Más cerca del abismo. Más cerca. Mucho más cerca. A tan solo dos pasos. Un único paso. Un paso. Adelante. Y el abismo. El abismo.

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En el N° 76 de la Revista Digital El narratorio del mes de junio, se ha publicado el cuento: El nuevo bibliotecario.

En la Revista Digital Sinestesia (Colombia), se ha publicado el relato: Desde las tierras calientes.

En la Revista Blog Palabras Amarillas, se publicó el cuento: Una sonrisa suya.

Y en el N° 35 de la Revista Digital La ignorancia N° 35 (España), se publicó el relato: Quienes regresaron.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

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sábado, 12 de febrero de 2022

Éxodo

Llevábamos días respirando humo, un humo que nadie sabía decir de dónde provenía o, si lo sabía, no nos lo decían a nosotros, para que no nos asustáramos mientras marchábamos. De seguro pensaban que éramos como esos animales que necesitan llevar anteojeras para impedir que miren en una dirección diferente a la del frente y, se supone, no se asusten. Mortadela creo que se llaman esos animales, pero no, no, estoy del todo seguro. Me parece que eso era cuando esos animales ya estaban muertos. Bueno, más allá del nombre, nos trataban como a ellos, no nos decían nada para que no nos asustáramos e hiciéramos algo tan estúpido como pretender volver.
    ¿A dónde íbamos a volver? Porque yo sabía que no había dónde volver porque estuve asignado a la retaguardia el día en que salimos. Vi las máquinas derribando nuestras casitas y aplanando el suelo como si allí no hubiera pasado nada, como si nunca hubiera vivido nadie. No, no había dónde volver.
    Después de un tiempo, el olor a humo impregna la ropa y el pelo, además de penetrar hasta lo más profundo en tus pulmones. La comida tiene sabor a humo, lo quieras o no, la comas o no. El aire arde, pero no se puede dejar de respirar, al menos yo no tengo el valor para hacerlo. El agua tiene sabor a humo. El humo termina volviéndose parte de todo, de uno, de nada.
    El humo era omnipresente antes de que las cenizas comenzaran a caer lentamente, como si prefirieran mantenerse flotando en un aire cargado de humo, sudor y cansancio, en lugar de tocar el suelo. Una vez que comenzó a caer la ceniza, el humo se volvió más denso, más cercano, más real cuando sentías su caricia sobre tu piel.
    Estábamos cada vez más incómodos, más nerviosos, haciendo gestos y aspavientos, removiéndonos todo el tiempo, quitándonos cada mínimo fragmento de ceniza que caía sobre nosotros hasta terminar cubiertos por un polvo tan fino que ya no podía quitarse y lo manchaba todo. Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, que se sumaba a la incertidumbre de no saber hacia dónde nos llevaban, nadie nos decía nada más allá de las órdenes que recibíamos. Ta vez porque no había nada para decir. O porque no sabíamos a quién preguntarle.
    Un resplandor amarillento se vislumbraba a lo lejos, en lo alto, reflejándose en las nubes de humo que apenas permitían adivinar qué por allí arriba debía de encontrarse el cielo. Tenue y pálido al principio, cada vez más evidente, ese resplandor nos obligaba a avanzar más rápido de lo que nos permitían las órdenes. Esas órdenes que no entendíamos, pero de todos modos debíamos cumplir.
    Al humo, las cenizas, el resplandor y las órdenes inentendibles fueron sumándose más cosas que no sólo no podíamos entender sino que ni siquiera podíamos explicar. Para ese entonces ya nadie preguntaba nada, continuamos avanzando en silencio hasta llegar a un río ancho, caudaloso, rápido y helado en el que podríamos refrescarnos, quitarnos el polvo grisáceo bajo el que nos ocultábamos confundiéndonos con más ceniza y esperar. Del puente por el que deberíamos cruzar sólo quedaban los pilares de piedra y parte de las maderas atacadas por los años, la humedad y la carcoma. Pensar en cruzar el río por allí, caminando, nadando o de cualquier otra forma resultaba algo imposible de lograr para nosotros, agotados y hambrientos como lo estábamos. Allí, junto a ese río que no conocíamos, se acabaron las órdenes.
    Me alejé unos pasos del grupo y me eché sobre la hierba reseca y la tierra resquebrajada de aquel tórrido verano a la sombra de un árbol cualquiera, uno que sin dudas pronto sería devorado por el fuego que seguía nuestros pasos. Cerré los ojos y me dejé ir, tal vez más tarde, cuando despertara, si es que lo hacía, sabría qué hacer.

martes, 4 de enero de 2022

Salvar al mundo

La noche venía demasiado tranquila. Llevaba un par de horas acodado en la barra de aquel bar mirando por el espejo detrás de los estantes de cristal, ese donde dejaban las botellas de las bebidas más caras, a la gente que entraba y salía aguardando por mi presa. Ese bar era mi coto de caza personal, donde obtenía mis ocasionales victorias que acababan en un único encuentro irrepetible. No tenía dudas de que aquel era el mejor de los deportes inventados por la humanidad: el sexo por el sexo.
    La noche venía demasiado tranquila, como dije, tal vez por la época del mes, el clima entre húmedo, caluroso, pesado y asfixiante, las predicciones de última hora sobre la economía, la nueva ola de contagios o alguna otra cosa que prefería ignorar para continuar allí acodado. Tranquila hasta que ella apareció; se sentó en la butaca vacía junto a mí sin que lo notara, como si acabara de materializarse allí, llamó al barman y pidió:
    ―Dos pintas, cerveza negra, no artesanal ―su voz no resultaba especialmente atractiva, y por lo que pude ver en su reflejo, su rostro tampoco lo era. Aunque tenía algo que me resultaba vagamente familiar, como el ver en persona el rostro de alguien a quien siempre se lo ve en fotografías o en una pantalla.
    ―Gracias ―murmuré cuando me acercó una de las pintas que el barman acababa de dejar sobre la barra. Vacié la que ya tenía en la mano y acepté la nueva.
    ―Es para que me escuches ―dijo antes de beberse entera la otra pinta ―. Y porque sé que te gusta esta cerveza.
    ―¿Nos conocemos? ―Sus palabras me habían puesto en alerta. No era la primera vez que una de las conquistas pasajeras reaparecía con alguna recriminación, por lo que ya sabía que esas cosas no suelen salir del todo bien.
    ―Podría decirse que sí, pero diremos que no ―Esto me fastidió un poco porque las personas que intentan hacerse las misteriosas desde un comienzo nunca tienen nada real para ofrecer, a fuerza de experiencia lo había descubierto así―. ¿Recuerdas esa película que hablaba de universos múltiples, de realidades alternativas y de mundo conectados?
    ―Uff ―exclamé con la pinta vacía en la mano―, son tantas. Tendrías que ser un poco más específica para saber de cuál de todas hablamos.
    ―No hace falta. Con saber que la teoría existe es suficiente ―dijo llamando al barman con una seña.
    ―¿Suficiente para qué?
    ―Para que te calles, te bebas esta cerveza ―el barman acababa de dejar dos pintas nuevas sobre la barra―, y escuches, tal vez por primera vez en tu vida, lo que una mujer tiene para decirte. Y escuchar de verdad, no sólo fingir que lo haces para convencerla de ir a la cama.
    ―No sé si pueda hacer eso ―Pero ya tenía la pinta en la mano.
    ―Tu mundo y el mío están imbricados de alguna extraña manera ―comenzó, y ya con esa frase supe que estaba por completo desquiciada; mirándola de frente, sin la ayuda del espejo, seguía recordándome a alguien, pero no estaba seguro. Había conocido a tantas como ella que los rasgos terminaban confundiéndose―. Los científicos de aquí no han descubierto todavía. Pero como las científicas del mío están más adelantadas y mejor organizadas, sí lo han hecho. Han podido ver que las diferencias son muchas, en esencia, pero que ambos mundos son similares y se acercan peligrosamente a la destrucción de la civilización islámico-occidental.
    ―¿Cristiano occidental? ―Quise corregirla.
    ―Esa es sólo una de las diferencias menores.
    ―¿Llegaron a la Luna tus científicas?
    ―Tenemos colonias allí, plantaciones de tubérculos y viñedos. Los vinos selenitas son los más requeridos del mercado.
    ―Claro… ―Esta vez fui yo quien llamó al barman―. ¿Qué otras diferencias hay?
    ―Todos los que aquí son hombres allí son mujeres, y a la inversa.
    ―Interesante ―dije por decir algo.
    ―Lo fue cuando descubrieron que la forma de salvar ambos mundos es crear una fusión entre ambos, una unidad sin igual que equiparara opuestos generando un nuevo balance ―mientras hablaba había unido las manos entrelazando los dedos, como si esa imagen explicara la idea, pero para mí no lo hacía.
    ―Suena lógico ―respondí, pero a la séptima u octava pinta cualquier cosa puede sonar de esa manera―. ¿Cómo lograrían esa unidad? ¿Con alguna máquina gigantesca imposible de construir, muy grande complicada y cara?
    ―No, con sexo.
    La miré, en el sentido real de la palabra, de la acción, la miré no para ver qué tal estaba, la miré en serio, a ese rostro que me resultaba familiar, y para ver, también, si se reía de mí. No vi nada en su expresión. Siguió bebiéndose la pinta hasta terminarla.
    ―Cada hombre de este mundo debe inseminar a su homóloga en mí mundo, y cada hombre de mi mundo debe hacer lo mismo con sus homólogas en este. No importa la edad, la condición social, económica, racial ni laboral. Aquellos que nazcan de esas uniones tendrán la posibilidad de salvar ambos mundos, pero no podemos perder más tiempo ―Creo que la peor parte era que parecía creer lo que decía
    ―¿Cómo? ―balbuceé―. ¿Cómo se supone que podrán salvar ambos mundos?
    ―No lo sé, nadie lo sabe aún. Es sólo una teoría. Una que hay que poner a prueba y ver qué tan cierta resulta ser.
    ―¿Y cómo planean hacerlo?
    ―Mírame ―dijo―. Pero mírame bien y dime, ¿quién soy?
    ―¿Qué? ―debíamos de ir ya por la décimo quinta pinta ya, porque no sabía qué decir―. No me dijiste tu nombre.
    ―Si serás lento. Soy tu. Bueno, la versión de ti de mi mundo. O puedes decir que yo soy una versión de ti, es lo mismo. Somos iguales, pero no idénticos.
    ―¿Me han elegido para poner a prueba su teoría sobre cómo salvar el mundo?
    ―Nos han elegido ―corrigió.
    ―Claro. Como a Neo.
    ―Como a Henrietta Potter.
    ―Como a Frodo.
    ―Como a la Princesa Caspian.
    ―Como a Bastian
    ―Baltazara
    ―Bux ―completé y supe que un mundo en el que también existía Michael Ende, o tal vez en este caso Michelle, no podía ser tan malo―. Es la primera vez que me eligen para algo.
    ―Lo sé, es sorprendente. También lo pensé cuando me lo dijeron, pero según las estadísticas, todo es coherente y nada puede fallar.
    ―Oh, sí, las estadísticas nunca fallan a la hora de convencer a alguien de salvar al mundo―Esta vez fue ella quien me miró son comprender―. Iguales, pero no idénticos ―repetí.
    ―Es cierto. De todas formas, espero que podamos llevarnos bien ―se levantó de la butaca tomándose de la barra. Tenía cerca de quince centímetros menos de altura en comparación conmigo, una falda plisada dejaba ver unas piernas bien trabajadas―. Alquilé una habitación por aquí cerca mientras esperaba que aparecieras. Vamos.
    Intenté pensar alguna excusa, algo que me sirviera para escapar de sus fantasías, pero no se me ocurrió nada. La miré otra vez, finalmente había notado que su nariz era igual a la mía. Esperaba que esa fuera la única similitud, más que nada para no pensar en otras cuestiones. Pero lo cierto es que la noches estaba muy avanzada para intentar comenzar de cero con alguna otra posible presa, por lo que esta vez me dejaría guiar en lugar de ser quien guiaba. Tal vez el cambio resultara divertido.
    ―Vamos ―respondí sonriendo y felicitándome por haber tomado, años atrás, la decisión correcta para evitar cualquier tipo de problemas y circunstancias no buscadas ni anheladas realizándome una vasectomía.

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Para cerrar el 2021, en el N° 29 Revista Pélago (España), se han publicados los cuentos Ser como Odín y La mejor historia jamás escrita.

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sábado, 20 de noviembre de 2021

Oficina equivocada.

―¡Trabajen, esbirros!
    Fue lo primero que escuché al abrir la puerta, luego vino el restañar del látigo de cuero de siete puntas y el gemido de dolor de uno de los cuerpos sudorosos, con la espalda llena de cortes y rastros de sangre, que se inclinaban sobre lo que parecían ser antiguas máquinas de calcular.
    El dueño de la voz era un ser enorme, casi un gigante, que apenas cabía dentro de la camisa que usaba; los botones que resistían en sus ojales en una clara demostración de estoicismo. Levantaba una y otra vez el látigo dejándolo caer con un leve movimiento de muñeca sobre quien se encontrara más cerca de entre las cincuenta o sesenta personas que se apretujaban dentro de la diminuta oficina. Sin ventanas, casi en completa penumbras y apestando como han de haber apestado los establos de Augias; el hedor del sudor, del miedo y del dolor, resultaba tan cercano que nada podría disimularlo sintiéndolo picar en mi nariz.
    ―¡Más rápido! ―atronó la voz del gigante como el anuncio de una tormenta cercana sin que el látigo dejara de sonar una y otra vez sobre las espaldas encorvadas.
    Uno de los golpes recibidos agotó la capacidad de resistencia de una de esas espaldas arqueadas, quebradas, derrotadas, se desmoronó sobre la máquina de calcular frente a la que se encontraba antes de acabar cayendo al suelo. Los que se encontraban cerca bajaron un poco más la cabeza, tal vez previniendo nuevos golpes, sin dejar de trabajar. El gigante del látigo exclamó algo que poco tenía de palabra articulada antes de que desde uno de los rincones oscuros de la oficina se acercaran tres figuras grises, similares a las demás, que se detuvieron junto al él. Los miró con desprecio como si los estudiara al tiempo que los odiaba.
    ―¡Tú! ―Señaló a uno de ellos. Mientras los otros dos se llevaran a la rastra el cuerpo del caído hacia las sombras, el señalado ocupó el lugar vacío junto a la máquina de calcular―. ¡Trabaja, esbirro! ―exclamó una vez más el gigante dándole el primer latigazo.
    El gemido que siguió al golpe no fue completamente de dolor.
    Si alguna vez escucharon el estruendo de un alud de rocas cayendo por la ladera de una montaña, indetenible, imparable, una fuerza de la naturaleza que sólo se detiene cuando no queda nada más por destruir cuesta abajo, sabrán cómo sonaba la risa de aquel gigante castigador. Porque eso era lo que hacía entre latigazo y latigazo, reír. Reía como si aquel fuera el momento más feliz de su día. Y siguió haciéndolo, siguió riendo, hasta que me vio allí, de pie, con mi cuerpo recortado contra la luz del pasillo enfundada en el diminuto traje sastre con minifalda nuevo, con los ojos tan abiertos por la sorpresa que podría haberme caído dentro de ellos y la mano aún sobre el picaporte.
    ―¿Quién eres tú? ―bramó, y el huracán ardiente de su voz me golpeó con tanta fuerza que lo sentí como al látigo sobre mi piel.
    ―B… bu… buen día ―murmuré cuando rápido pude reponerme―. ¿Administración? ―Me aferré a la carpeta de archivos que llevaba como quien no sabe nadar se aferra a un madero suelto en medio de un naufragio.
    El gigante se acercó a mí arrastrando el látigo entre la inmundicia del suelo de la oficina, su rostro ya no era una máscara de odio y furia. Con su único ojo sano me recorrió de arriba abajo, sentí en su mirada el mismo ardor que con su voz y sus golpes, que aún no conocía. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono tan melifluo que resultaba imposible de creer que perteneciera a la persona que antes escuchara:
    ―Oficina equivocada. Siguiente pasillo, cuarta puerta ―Señaló hacia la izquierda―. Todas las puertas son idénticas y sin marcas, la gente se confunde. Ya te acostumbrarás.
    ―Perdón ―murmuré inclinando mi cabeza, como me habían enseñado en la entrevista, a modo de disculpas.
    La puerta se cerró lentamente y volví a escuchar desde el interior de la oficina el mismo grito que ya conocía:
    ―¡A trabajar, esbirros! ―Seguido una vez más por el restañar del látigo.
    Cuando me fue posible caminar sin que mis piernas temblaran, me alejé en la dirección indicada preguntándome si a la hora del almuerzo sería capaz de recordar cuál de todas las puertas de ese pasillo había abierto.

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En el Número 69 de la Revista digital El Narratorio, pueden encontrar el relato Cupón.

Y dos pendientes de Octubre:

En la Revista Polisemia, de México, han publicado el cuento Nata.

En el N° 3 de Revista La Torre de Marfil (España) han publicado el cuento: Enemigos del hombre.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

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sábado, 21 de agosto de 2021

Golpe a golpe

Luego de cada golpe recibía como réplica un golpe igual, en fuerza, dirección y velocidad que lo dejaba sin aire tan rápido que, al igual que su oponente, apenar era capaz de recuperarse. Era la primera vez que le pasaba algo semejante en años de carrera.
    El lugar estaba atestado de gente que gritaba, coreaba, insultaba y festejaba alternativamente ante cada movimiento que se producía dentro del cuadrilátero, pero aunque sabía que estaban allí, no los veía y, en realidad, tampoco los escuchaba. Sólo sabía que ese ruido, como un rumor más o menos lejano, era el público que había ido a ver la pelea, que había ido a verlo ganar una vez más, que quería un espectáculo y él pretendía dárselos.
    Al menos era la intención, porque los tres minutos del round ―¿Cuál era? ¿El tercero? ¿El octavo?― se eternizaban en fintas, golpes cortos, un paso al frente, cubrirse el lateral, intentar otro golpe corto y un paso atrás antes de otra finta, sintiéndose cada vez más agotado sabiendo que no se rendiría, que nunca lo haría, sino que debía continuar.
    Tendría que ser una pelea fácil, rápida, sencilla, pero cada cosa que hacía era replicada, calcada, por su oponente y se sentía como si se estuviera castigando a sí mismo. Los primeros golpes de ese round ―¿O fueron en el anterior?―, directos a la mandíbula, pero sin la fuerza adecuada para noquearse, los habían dejado bastante atontados. Así y todo él se mantendría en pié, vendería cara su derrota o ganaría por cansancio. No se rendiría, no se entregaría.
    Finta, golpear, cubrirse, finta, cubrirse, golpear, como un mecanismo. Debería ser fácil. Debe ser culpa de los guantes nuevos, del público que no grita lo suficiente ―y por eso no se lo escucha― las luces, el sabor desagradable del agua más parecida a sudor rancio que a otra cosa, el gajo de naranja reseco, la edad, la época del año, el precio del dólar, cualquier excusa, o todas ellas, no eran suficientes para explicar nada de todo eso.
    Cubrirse, finta, golpe, finta, cubrirse, golpe. Ahí estaba otra vez. A cada finta otra finta como respuesta. A cada golpe, otro golpe, el mismo gesto de agotamiento, casi que de dolor. Pero no se puede mostrar dolor, allí no. Ni ahora ni nunca.
    Izquierda, derecha, izquierda, izquierda, derecha, izquierda. Pero la puta madre, responde con los mismos golpes, los mismos movimientos.
    Por suerte estaban en el medio del ring, porque cuando avanzaba un paso su oponente retrocedía, y cuando su oponente avanzaba era él quien debía retroceder, como si la pelea tuviera lugar sobre una única baldosa. Las cuerdas estaban bien lejos, fuera del alcance ―¿Tanto falta para la campana?
    Finta, amague, golpe, cubrirse, golpe, finta. Y la gente de mierda, ese público mediocre que deja de gritar, que mira en silencio, que no comprende lo que pasa porque él tampoco lo entiende y no sabe si esa misma sonrisa que se adivina en el rostro de su oponente se encuentra también en el suyo. No lo sabe, no le interesa ni le importa. Hay que seguir hasta que suene la campana.
    Izquierda, derecha, derecha, derecha, izquierda, derecha. No abrazarse, bailar y confundir con los movimientos de los pies, la misma técnica, como si estuviera frente a un maldito espejo. Pero no, esto dolía bastante más.
    ¿Cuánto falta para la campana?
    Finta.
    Golpe.
    Cubrirse.
    Izquierda.
    Izquierda.
    Derecha.
    Izquierda.
    Cómo duele el pecho.
    Finta.
    Golpe.
    Izquierda.
    Izquierda.
    Cubrirse.
    Derecha.    
    ¿Por qué ahora?
    Izquierda.
    Cubrirse.
    Finta.
    Golpe.
    Cubrirse.
    ¿Cuánto falta para la campana, mierda?


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En el Número 66 de la revista Digital El Narratorio del mes de agosto pueden encontrar el cuento Inundación.

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sábado, 17 de julio de 2021

Aquel teléfono no dejaba de sonar

Aquel teléfono no dejaba de sonar. Llevaba haciéndolo por los últimos diez minutos, si es que no más, con una insistencia casi humana. Tres segundos del sonar de las campanillas, un segundo de silencio, tres segundos del sonar de las campanillas, un segundo de silencio, constantemente, una y otra vez. Sonó quince infinitas veces por cada eterno minuto hasta que ya no lo soportó y arrancó de un tirón, con una fuerza que no reconocía como suya, el cable de la ficha en la pared.
    Pero, claro, como no podía ser de otro modo, el teléfono continuó sonando.
    Miró el molesto aparato de baquelita sin sorpresa, pero no por eso menos molesto. Sabía lo que haría a continuación aunque tenía también la certeza de que no serviría. Aun así levantó el teléfono, completo y no sólo el tubo porque no le interesaba responder. Lo arrojó contra la pared opuesta de la habitación en la que se encontraba sin que dejara de repetir su letanía de campanillas, silencios y nuevas campanillas.
    El teléfono se quebró dejando al descubierto sus intestinos mecánicos, sobre ellos descargó su pie hasta que comenzó a dolerle el continuar golpeando. Entonces se detuvo, sólo por un segundo.
    La campanilla continuaba allí.
    Gruñendo pateó esparciendo los restos de cobre, silicio y goma.
    La campanilla continuaba allí.
    Se llevó las manos a las orejas porque soportarlo era algo imposible. Con un grito de dolor que ocultó por un único, pero mágico instante a la campanilla, se arrancó ambas orejas. Sintió la calidez de su sangre manando de las heridas, humedeciéndole el cuello de la ropa, junto con las campanillas que continuaban allí.
    El sonido se encontraba ya dentro de su cabeza.
    Comprendió lo que significaba la desesperación, el horror de no poder detener algo que se encuentra más allá de toda posibilidad, de toda realidad, de toda esperanza.
    Tomó impulso y golpeó, como si de un látigo se tratara, contra la tabla de la mesa con la cabeza. Sintió el impacto y el subsiguiente ramalazo de dolor, sintió las náuseas y el mareo producto del golpe y, por debajo de todo ello, sintió la campanilla.
    Golpeó contra la mesa dos veces más. Antes de concretar el cuarto intento se desmayó y cayó de espaldas.
    Al golpear contra el suelo su cuerpo se hizo añicos, como antes hiciera con sus orejas, el teléfono, el cable y el silencio. Pero, ni siquiera así, dispersándose en una cantidad indeterminada de pequeñas piezas de un rompecabezas que nadie estaría interesado en volver a montar, en ese estado tan cercano al vacío, a la insatisfacción de lo que nos queda luego de una vida desaprovechada, podía estar seguro de que había cesado de sonar la odiosa campanilla.

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La Revista Íkaro de Costa Rica, ha publicado el cuento Gemelos.

En el número 65 de la revista digital El Narratorio se encuentra el cuento Pastor de Nubes.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten

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sábado, 3 de julio de 2021

Una rosa de terciopelo

Tercera y última parte del relato.


Luego de atravesar el páramo entre el calor del sol golpeando contra su nuca y el calor del suelo reverberando sobre el resto de su cuerpo, agotado por tanto caminar y más sediento de lo que recordaba haber estado nunca, encontraron el refugio anunciado por su guía. Una profunda grieta en la tierra abierta como una boca tan sedienta como la suya disimulaba la empinada entrada. El pedregullo se desmoronaba al pisarlo, pero sosteniéndose de las cercanas paredes no había peligro de caer, allí dentro el sol no llegaba y el exceso de calor desaparecía rápidamente.
    Al encontrarse al final del camino, quien le guiaba rompió su silencio.
    —Lo veo en tus ojos —dijo aunque le daba la espalda—, quieres saber cómo encontré este lugar. Pero eso es sólo parte de los misterios que encontrarás aquí.
    —Mientras dentro tengas agua, nada me molestará.
    —Las cosas que verás luego de esta puerta —continúo—, son los últimos restos de mi pueblo.
    —Mientras dentro tengas agua, nada me molestará —repitió él dándose cuenta de que la tierra de una de las paredes había sido reemplazada por una gran roca negra circular.
    —Lo que verás aquí —dijo quien le guiaba como si se tratara de un rito de iniciación más— no puede ser comentado fuera.
    Asintió en silencio para que quien le guiaba se apresurara, dejara de hablar, corriera esa pesada roca y le diera, por fin, algo de beber. El ardor del sol que antes sintiera sobre su piel se había desplazado hacia su garganta.
    La roca fue corrida descubriendo el interior de una oscura caverna. Quien lo guiaba penetró primero aquella oscuridad y desde allí lo invitó a entrar. Por un largo instante dudó en aceptar esa invitación. Pero el ruido del agua al caer en el interior de una jícara de cerámica y la luz que inundó la caverna cuando el guía accionó la manivela de un antiguo dínamo, lo decidieron. La sorpresa de la luz lo encandiló momentáneamente, pero el agua era su único interés.
    Extendió las manos y tomó la jícara que se le ofrecía.
    —Bebe despacio —dijo quien le guiara, pero no atendió a su recomendación, se atragantó y comenzó a toser con fuerza, con dolor—. Te lo advertí. Despacio.
    Miró con rencor a quien le guiara, pero algo más llamó su atención. Algo que se encontraba sobre una improvisada estantería de roca en la altura de una de las paredes y ya no fue capaz de mirar otra cosa.
    —De todos los secretos y misterios que se guardan en este lugar —dijo quien le guiara al percatarse de su mirada—, este es el más importante de todos.
    Se acercó al estante de roca, levantó los brazos y con mucho cuidado tomó aquel objeto para bajarlo. Lo contempló mientras parecía murmurar algo, como su le pidiera disculpas por sacarlo de su reposo, como si se trata de otro momento místico. Miró hacia el techo de la caverna, luego a su izquierda y a su derecha y se volvió.
    Aferraba con ambas manos los extremos de un viejo frasco de café cuya tapa de original había sido reemplazada por un trozo de tela de arpillera atado con un cordón de yute. Como no tenía la menor intención de dejárselo se acercó unos pasos para que el visitante pudiera verlo de mejor.
    En el interior del frasco había una flor, una rosa, de terciopelo.
    —Es única —dijo quien le guiara.
    —¿Qué es? —preguntó él luego de vaciar el contenido de la jícara.
    —Una rosa —respondió embelesado quien le guiara—. Tal vez la última que queda en todo el mundo.
    —No es real.
    Quien le guiara hasta aquel lugar lo miró con desprecio y se alejó hacia la pared.
    —Claro que no es real —respondió—. Es la idea de una rosa. Es lo que salvará al mundo cuando vuelva a ser sólo nuestro. Por eso mi pueblo la conservó, y ahora la conservo yo —agregó sin dejar de mirar el frasco—. Tú la has visto. Te ha llamado. Entiendes su valor. Su verdadero valor, su importancia en la futura restauración de nuestro mundo.
    —Sólo la miré porque es lo único diferente a la roca y la tierra aquí dentro. ¿Tienes más agua?
    —No mereces más agua si lo único que sabes es blasfemar.
    —Ni siquiera sé qué significa esa palabra.
    —¡Esta es la rosa que salvará al mundo! —las palabras de quien lo guiara estaban cargada de furia y odio, el mismo odio que usara para referirse a los creadores de páramos.
    —Falta mucho para ese momento —dijo él—, siglos, milenios, o tal vez más.
    —Y allí estará ella —quien lo guiara recuperó su compostura y devolvió el frasco de la rosa a su estante—, a diferencia de…
    El golpe de la jícara contra su cabeza le impidió terminar la frase. Al caer su cabeza contra la roca que formaba la pared y, por la forma en que quedó doblado su cuello, era evidente que no se levantaría.
    —Hablas demasiado —dijo él mientras contemplaba el resto de la cueva sin encontrar nada de verdadero interés.
    Llenó sus odres con el agua que pudo encontrar en un gran cántaro, jugó con las manivelas del dínamo hasta que las bombillas incandescentes comenzaron a fallar, abrió los urnas alineadas en uno de los rincones encontrándolas llenas solo con cenizas, revisó las armas buscando alguna que aún funcionaba y que resulta fácil cargar porque si en un principio había pensado en quedarse allí, descartó la idea rápidamente al ver que no quedaba más agua ni sabía dónde la obtenía su guía. Ahora era tarde ya para preguntarle, por lo que le convenía volver al páramo donde caminando podría llevar a algún lugar o morir en el intento. De quedarse en la cueva moriría sin más.
    A través de la grieta en la tierra sacó los pertrechos que había separado para llevarse; antes de partir, bajó una última vez. Miró el cuerpo caído de quien lo guiara sin sentir nada al respecto, un muerto más en un mundo rodeado de muerte. Iba a desconectar el dínamo cuando volvió la mirada hacia el estante de roca. Sabía que no le servía de nada y que no representaba nada porque no era nada. Sin embargo, no podía dejarla allí.
    Bajo el rayo del sol dejó caer el frasco a la tierra reseca donde inevitablemente se rompió. Levantó la rosa de terciopelo quitándole los restos de vidrio y la enhebró el ojal de uno de los botones perdidos de su abrigo. Cargó sus pertrechos asegurándose de que la rosa no se caería y comenzó a caminar, una vez más, bajo el sol sin dudas hasta morir en su sed según la ley del páramo.

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En el Número 64 de la Revista El Narratorio pueden encontrar el relato Bienvenida.

En la Revista digital Doble Voz (México) se ha publicado el cuento Diluvio

En la Revista digital Herederos del Caos (Barcelona, España), se ha publicado el relato Una sonrisa suya fue más que suficiente.

En el Volumen 2, del número 3 de la Revista Iguales (México), se ha publicado el cuento Jaime, el mataautores.

Por último:
En el número 31 de la Revista La Ignorancia (España), dedicada a la temática de la “Culpa”, se ha publicado el relato El error no fue mío.

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