Si tienes suerte solo verás a uno de ellos, a uno de los monjes caminantes. Y eso será suficiente. Porque imagínate el estar avanzando a duras penas por los peligrosos caminos de la región, entre el calor del sol y el frío de las sombras, cargando vaya uno a saber qué cosa sobre la espalda, y encontrarte con esa hirsuta figura estática y cubierta de harapos, con esos ojos como hundidos en el cráneo, con una mirada desoladora en su dureza. Ojos que, según se cuenta, pueden leer en tu ser como si leyeran el futuro, el pasado y el presente, pueden ver lo que fuiste y lo que serás como un aurúspices sin la necesidad de abrirte las entrañas, aunque de seguro con todas las ganas de hacerlo con alguno de esos cuchillos que utilizan cual daga o espada. Imposible no mirarlos a los ojos sin pedir clemencia en silencio. Siempre en silencio, porque quienes han oído sus voces, jamás regresan al mundo de la vigila en el mismo estado en que lo dejaron por última vez.
Si tienes suerte, al cruzarte con uno de ellos en los pedregosos senderos de la región, uno de los dos se hará a un lado y cada uno continuará su camino como si aquel encuentro fuera mero y silencioso fruto del azar.
En cambio, si eres una de esas personas en las que la resolución, junto con la suerte, suelen flaquear, lo más probable es que acabaras encontrándote con dos de los monjes. La mayoría de nosotros ha tenido encuentros como estos porque la suerte, el tan sagrado don divino, no sonríe a todos por igual. En un encuentro con dos de ellos, por lo general en lugares de difícil acceso, ya sea una senda de alta montaña o donde los árboles comienzan a espesarse para volverse parte del bosque o bajo un cielo de tormenta, el miedo superará la sorpresa. En momentos como esos solamente permanecerá intacto nuestro deseo de huir de sus sombras, de sus ojos aterradores, del aroma de sus ropas, del aliento que pudiera emanar de sus bocas siempre hambrientas, de esos cuchillos largos como espadas.
Quienes han logrado sobrevivir a un encuentro semejante relatan hechos tan disímiles que es difícil de creer que hablen de los mismos monjes caminantes. Aunque de seguro así sea, ya que tanto si los vemos de lejos y rápidamente conducimos nuestros pasos en otra dirección, como si se aparecen de improviso a nuestro lado, sus ropas, sus movimientos, sus ojos, resultan inconfundibles.
Nada de lo anterior resulta tan aterrador como el saber que monjes caminantes nunca viajan solos ni tampoco lo hacen en parejas, aunque sean de este tipo la mayoría de los de los encuentros que llegan a conocerse.
La sórdida verdad es que viajan de tres en tres y solamente aquellos que han perdido el favor del mundo, de los hombres y de las bestias, quien no es más que una sombra de lo que tal vez alguna vez podría haber llegado a ser antes de renunciar a todo, solo quien se saben derrotados entre los derrotados, aquellos que se entregan a su final antes del final, llegarán a saberlo. Lo sabrá, lo aceptará y se volverá uno de ellos. O lo sabrá, lo aceptará e intentará huir sabiendo que probablemente no logrará llegar muy lejos.
Si algún día tienes el privilegio de experimentar un encuentro como este, sabrás lo que sentí aquella tarde, cuando la noche comenzaba a ganarle al día, la oscuridad reptaba sobre la tierra y el frío acariciaba mi piel con ansiedad de amante. Sabrás que los monjes caminantes nunca caminan solos, nunca caminan en parejas, sino que un tercero los acompaña sin dejarse ver más que cuando la muerte es inevitable.
¿La muerte de quién?, preguntas. Yo no me quedé en ese cruce de caminos el tiempo suficiente para saberlo. No, no lo hice. Ni pretendía hacerlo.




