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sábado, 16 de diciembre de 2017

Sueños Breves # 25


Una vez más soñaba con mi padre —esa figura extraña, cuasi mitológica, que forma parte del recuerdo del recuerdo pero no de la vida misma, al menos en mi caso—. Hablaba con mis palabras, con mi voz y mis gestos porque ignoraba los suyos, los que le habían pertenecido o los que adquiriera a lo largo de su vida. Tampoco me resultaba extraño que luciera como en las fotos de antaño.
            Hablaba él más que yo, apenas me limitaba a asentir en algunos momentos y a dar muestras de que comprendía lo que me decía.
            —No puedo mostrarte lo que hay después de la muerte —decía—, la mía o la de cualquier otra persona, porque es tu propia mente quien lo desconoce.
            —Claro —respondí.
            —Estamos dentro de tu sueño, por lo que sólo podemos ver, hablar y sentir, aquellos que hayas experimentado en la vigilia.
            —Odio esto —dije.
            —¿Qué cosa? —me preguntó con un dejo de sorpresa en la voz.
            —Ser incapaz de dejar de racionalizarlo todo siquiera mientras duermo.
           —Tal vez sea hora de dejar de interpretar los sueños y disfrutarlos simplemente por lo que son: sueños —dijo mi padre.
            —Eso es lo que respondería yo —dije.

Sueños Breves # 24


Amaterasu, la diosa solar de antaño estaba enojada. Evaporó las nubes, desecó los ríos y los lagos, achicharró a los animales, abrazaba nuestra piel y sobrecalentaba los techos de nuestras casas. Eso para no mencionar las pocas cosechas que aún subsistían.
            Algo, o quizás alguien, la había hecho enojar.
            Todos en el pueblo me responsabilizaban por ello.
            Pero ni siquiera sabía qué era lo que había hecho mal, si es que debía de haber hecho algo, o si simplemente buscaban con quién descargar sus problemas.
            Me expulsaron de las casas comunales sin más protección que unos viejos lentes de sol gastados, que apenas protegían algo, y sin ropa. Pensaban que arderían ni bien entrara en contacto con la furia de la diosa. Pensaron que al apartarme de su comunidad sus problemas se solucionarían. Pensaron muchas cosas.
            Pero se equivocaron en cada una de ellas.
            Nada podía hacerme Amaterasu, porque yo seré/era/soy Amaterasu.

Sueños Breves # 23

Un día despertamos, la población completa de la Tierra, para descubrir que en el espacio, a pocos millones de kilómetros de distancia, había surgido de la nada un agujero negro. Los científicos estaban exultantes por la cantidad de experimentos y descubrimientos que podrían hacer. La mayoría de la población se encontraba en el abanico se emociones que iba de la indiferencia más atroz al desasosiego sin igual, de la apatía a la desesperanza.
            Al día siguiente la Luna fue tragada por el agujero. Seguíamos viéndola, y todo el proceso de tragado había sido trasmitido por los medios, como si se encontrara del otro lado de un velo que la separaba de nosotros que aún nos permitía contemplarla. El agujero era relativamente pequeño, por lo que todo el proceso de traspaso de la Luna fue más bien extraño, comenzó como si quisiéramos introducir una pelota en un orificio demasiado pequeño, claro que no pasa, pero luego la Luna se tornó tan maleable como la goma, se achicó, comenzó a estirarse volviéndose cada vez más fina de un lado del agujero y recuperando su forma habitual del otro, hasta ser devorada por agujero completamente
            Le tocaba el turno a la Tierra.
            Lo miraba todo desde el techo de mi casa. El cielo nunca había resultado tan extraño, tan llamativo, tan perturbador y, al mismo tiempo, tan acogedor que los gritos de desesperación y la cacofonía del caos que llegaba desde la calle apenas me distraían.

Sueños Breves # 22


Parecía una cañada, pero en lugar de rocas, la pared era de arena; blanca, pálida, caliente, que descendía directamente hacia el mar, hacia donde resplandecía el sol y las olas llegaban con una placidez sin igual. Hacia uno y otro lado —¿Oeste y este? ¿Norte y sur? ¿Derecha e izquierda?—, la playa se extendía hasta donde llegaba la mirada.
            Apoyabas un pie en la arena y comenzabas a deslizarte, lo quisieras o no, hacia el agua, hacia la gente que allí miraba con cara de sorprendida como la arena te llevaba. Bailabas lo quisieras o no, en la dirección en la que a ella se le antojara.
Se formaban parejas, que danzaban mirándose o ignorándose, estirando los brazos en cualquier dirección para no caer, buscando regresar a la situación anterior o ansiando quedarse allí, junto a ese otro/a nuevo/a que nos presentaba la arena. La alegría, pero también la desesperación, reinaba brevemente en la playa.
Puse un pie, y luego el otro, claro, sobre la arena, esperando sumarme a las emociones en pugna y ver qué me deparaba la playa, qué sorpresa, qué fastidio, pondría frente a mí.
No me moví ni un milímetro.

Sueños Breves # 21


Me encontraba frente a un depósito enorme, como uno de esos tinglados donde guardan los trenes en la noche; largo, alto y con mucho espacio. La puerta estaba cerrada, con un candado viejo y oxidado pero que, aún así, parecía en uso frecuente.
            Alguien me había hecho llegar la llave por correo, por lo que pude entrar sin problemas y ver los anaqueles cubiertos de cajas, bolsas que ocultaban algo en su interior e infinidad de objetos que me resultaban familiares.
            Sumamente familiares.
            Caminé lentamente por uno de los pasillos y vi cómo se apilaban sin un orden lógico aparente, libros y revistas que recordaba haber leído, tenido en mis manos y luego perdido —vendido, o cambiado o regalado, lo que fuera—. Ropa usada, desgastada, en algunos casos llena de agujeros y manchas. Hojas escritas, borradas y vueltas a escribir; comienzos de cuentos sin continuar, poesías desechadas, recuerdos que prefería olvidar.
            Continué caminando porque una curiosidad rayana en lo morboso me impulsaba a ver qué había más allá. Encontré las casas en las que viví, no sólo las fotografías que en ellas me tomara, sino las casas mismas reconstruidas al detalle, estaban allí dentro. Discos, películas en VHS, dvd falsificados, tarros de pintura y desodorantes vacíos. Lápices de colores a medio gastar, temperas y óleos secos.
            La enumeración no tendría fin, porque todo lo que alguna vez consideré mío, de mi propiedad, mis pertenencias más pequeñas, así como las más grandes, se encontraban en ese depósito. Algo me decía que no era nadie más que yo mismo quien las había colocado en ese caos aparente —y nada normal—, donde comenzaban a cubrirse con una fina pátina de recuerdo mal disimulado, como cuando se mira al pasado con los ojos empañados por las lágrimas.
            Me detuve antes de llegar al final del depósito, donde una luz cenital alumbraba lo que parecían ser refrigeradores. Pensé que quizá hubiera comida, o algo para beber en ellos. Cuando por fin pude distinguir lo que era fui incapaz de continuar.
            Había personas allí, dentro de aquellos aparatos, en animación suspendida. A pesar de haber reconocido a algunas de ellas, cuya ausencia generaba más dolor que cualquier otra cosa, me detuve.
    Fui incapaz de continuar avanzando. Di media vuelta y huí, lo más rápido que fui capaz de hacerlo, intentando no tropezar con ningún otro recuerdo.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Sueños Breves # 20


La gente aplaudía, en la calle, en los balcones de los hoteles, en la playa, flotando en medio del agua. Aplaudían mirando hacia el mar, en la dirección en la que el sol, poco a poco, se hundía en las profundidades de las aguas.
            Aplaudían con tanta vehemencia que no pude sustraerme de su influjo y comencé a hacerlo yo mismo mientras caminaba en la dirección opuesta, alejándome de la playa, de la costa, del sol. Sentía, intuía quizá, que algo pasaría, algo muy malo y, por supuesto, lo mejor era estar lo más lejos posible de Piriápolis.
            El que en el cielo no hubiera estrellas las noches anteriores debería de haber sido una indicación más que suficiente.
            Por supuesto, era el único que huía cuando el sol comenzó a consumir las aguas.

Sueños Breves # 19


La gente caminaba por la calle llevando cada una su mascota. La mayoría eran perros o gatos, algunos pájaros y unos pocos —muy pocos— animales de otro estilo, como hurones, nutrias, un par de caballos, un ñu, etc. Cada uno con la correa reglamentaria.
Todos llevaban algún animal con ellos, porque era la norma, lo habitual, lo que debía ser hecho.
            Era único que caminaba sin su mascota. Pero tenía la excusa preparada por si alguien me detenía y me preguntaba qué había pasado con mi mascota: no se había dejado colocar el collar esa mañana. Y, para la semana próxima, tenía ensayada la excusa de que no se encontraba bien de salud. Luego diría que había muerto y que me encontraba en proceso de búsqueda de una nueva mascota que se ajustara a mi personalidad, pero la pena y la aflicción era tanta que no sabía cuándo podría decidirme. Esa excusa me serviría al menos por dos semanas.
            Más tarde podría decir sí la había encontrado pero que era muy pequeña, o inquieta, o mal educada, para salir a la calle con ella.
            Luego pensaría alguna otra excusa, pero por los próximos dos meses estaba cubierto y nadie sabría, aún cuando lo sospecharan, que en verdad no tenía, ni nunca había tenido, una mascota.
            Ni tampoco quería tenerla.

Sueños Breves # 18


La nave se acercó lo más posible al magnetar que debíamos inspeccionar; a partir de allí debíamos continuar con nuestra cuenta y riesgo.
            Los cinco —dudo en saber quiénes eran los otros cuatro— salimos al espacio sin usar trajes especiales, sino como si fuéramos de pic-nic por el vacío, abrir la puerta y salir. O tal vez la tecnología era tan avanzada que no hacía falta nada semejante. Como fuera, todo parecía ir bien. Los instrumentos funcionaban, estábamos cumpliendo nuestra tarea —¿Mediciones? ¿Atrapar la energía que expulsaba la estrella? ¿Tostarnos la piel? No estoy seguro de porqué estábamos allí, pero allí estábamos.
            Sólo podría haber una única complicación, y era que llegaran los otros, los que no eran como nosotros; porque estábamos en medio de una carrera y quien lograra descifrar cómo utilizar toda aquella energía ganaría —¿La guerra? ¿Un trofeo? ¿Vacaciones en Bahamas?
            Y, claro, ellos también llegaron justo después que nosotros. El encargado de la protección del grupo debía atacar, defender a los nuestros, derrotar a los otros y asegurar nuestro triunfo. Era la pieza más importante del equipo, la más necesaria, la que no podía fallar en ningún caso.
            Sería mucho más fácil de no haberme olvidado las armas en la nave.

Sueños Breves # 17


La noticia del día era que, después de mucho tiempo, tal vez años, décadas, llovía.
            Llevaba tanto tiempo sin hacerlo que en la televisión, en las redes antisociales, la radio, los diarios del día siguiente, en las nuevas escuelas, pero también en las viejas, se les explicaba a los niños, a los pequeños —de edad y no de espíritu, se entiende—, qué era eso que caía del cielo. Claro que no todos comprendían nuestras palabras, nuestras experiencias de cuando la lluvia era algo normal, no algo tan extraño que incluso la palabra había sido quitada de los diccionarios.
            El terror, la incertidumbre, la desazón, daban paso a algunas tímidas sonrisas y a juegos bajo la lluvia que por momentos arreciaba pero que se mantenía como una leve molestia que tan sólo señalaba su presencia allí.
            No todo estaba irremediablemente perdido.
            Aunque bien podría ser lluvia ácida, lo que explicaría el ardor en la piel de quienes se exponían a ella. Claro que, los libros de consulta habituales, nada decían al respecto.

Sueños Breves # 16


En la puerta de una inmensa librería habían colgado un cartel que decía: Se regala Libro. Por lo que no pude evitar ingresar al comercio y descubrir que se me habían adelantado una media docena de personas, más o menos, que miraban con caras en diferentes grados de desesperación las estanterías cargadas hasta rebosar de libros.
            —¿Regalan libros? —pregunté al ingresar sin siquiera saludar al vendedor que allí me esperaba. Su rostro, vagamente familiar, no me resultó fuera de lugar.
            —Si —respondió sonriendo de tal manera que parecía mostrar más dientes de los que efectivamente tenía.
            —Pero los regalan. Me los puedo llevar a mi casa y no devolverlos nunca…
            —Sólo uno por cliente —dijo el vendedor.
            —¿Sólo uno? —pregunté repitiendo sus palabras.
            —Así es. Además, el libro que se lleve de aquí será el último libro que usted tendrá derecho a leer por el resto de su vida. Ya no podrá cambiarlo, ni adquirir ningún otro. Por otro lado, en el mismo momento en que se decida, su biblioteca personal será confiscada y ninguno de sus libros le serán devueltos jamás —dijo sin perder la sonrisa—. Por último, no puede abandonar el local sin un libro. Son las reglas.
            —¿Cómo…? —pregunté sin comprender.
            El vendedor se limitó a continuar sonriéndome.
            Me dispuse, pues, a mirar uno por uno los lomos de los libros que allí se encontraba. Tal vez algún día, alguna noche, en algún momento, lograra finalmente decidirme.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Sueños Breves # 15

Me tendía una guitarra electroacústica con una sonrisa, como si supiera de antemano lo que evidentemente sucedería.
            —Toca lo que quieras, seguro lo haces bien —dijo con su voz doblemente cargada de miel y de ponzoña.
            —Ambos sabemos que no sé hacerlo —respondí—. Sabemos, del mismo modo, lo que sucederá cuando mi inutilidad quede en evidencia.
            —Toca lo que quieras —repitió.
            Dejé la guitarra en el suelo, extendí mi mano acercándola a su rostro mientras daba un paso hacia atrás.
Y luego otro.
La guitarra continuó, en silencio, entre nosotros.

Sueños Breves # 14

Me subí a la bicicleta y comencé a pedalear.
            Y pedaleé hasta cansarme.
            Tal vez un poco más, sentía el sudor recorriéndome la piel más de lo habitual; como si hubiera estado esforzándome durante más de una hora, con seguridad, y menos de un día completo.
            Aun así, nunca logré alejarme de la puerta de la casa.

Sueños Breves # 13

Con el mismo marcador negro que uso en mis clases escribía sin mirar sobre la pizarra mientra explicaba el tema del día, algo relacionado con historia argentina del siglo XIX. Aburrido, así como suena, de explicar, de estudiar y de enseñar; pero era parte del programa. Daba la espalda al aula concentrándome en lo estaba diciendo, con la seguridad de que los presentes atendían mis palabras porque nadie interrumpía, nadie decía nada, ningún celular sonaba indebidamente, ni ninguna otra cosa.
            Al terminar de armar el esquema del tema sobre el cual hablaba, aunque mirándolo de reojo no creía entender lo que había escrito, dejé el marcador sobre el borde de la pizarra y giré sobre mis talones.
            —Alguna pregunta —dije mirando el aula vacía.

Sueños Breves # 12


Un tumulto de gente sentada en grandes gradas de madera, como si fueran los Estados Generales de Francia antes de la revolución, la Duma Imperial de la Rusia presoviética o el público ante el jurado de american idol.
         Se gritaban los unos a los otros intentando decidir algo; parecía importante y, al mismo tiempo, espectacular. Nunca me gustaron las multitudes, ni la gente en general, por lo que la incomodidad era creciente. Mi interés estaba puesto en no estar allí.
         Había un atril con una corona en el centro del lugar. Parecía estar hecha de cartón más que de algún metal precioso. Se la veía rota y manoseada en varios lugares, ajada y sobada. No parecía lo que se espera que fuera un atributo real; no era, por supuesto, la corona de los reyes piratas. Era, más bien, un juguete viejo y usado.
        En medio de los gritos entendí que quien usara esa corona, entre otras cosas, sería el líder, amo y señor de todo y todos. El problema era que nadie quería la corona, porque ser el amo de todos y todo implicaba ser todo y todos al mismo tiempo dejando de ser uno mismo. Algo así como estar vivo sin poder vivir, tener sed estando rodeado de agua que no podemos beber, gritar sin voz hasta que la garganta arda y amar sin nunca ser correspondido.
La corona no era el triunfo, era la señal del fracaso.
        Por eso nadie la quería. Se gritaban los unos a los otros intentando convencer a cualquier otro que colocara esa maldita corona sobre su cabeza para que el resto pudiera continuar con sus vidas de manera normal.
      De alguna manera, parte de todo eso no sonaba tan mal en mis oídos. Pero era tan fea la corona…

Sueños Breves # 11


Viajaba en un tren antiguo, con terminaciones en madera, asientos de cuero, ventanas con vidrios reales —no de simple acrílico—, y acabados cromados. Mi ropa también parecía ser de otra época, principios del siglo XX tal vez.
En el compartimiento solamente había otra persona. Su aspecto resultaba vagamente familiar, como alguien que hemos visto varias veces antaño en fotografías viejas y de pésima resolución. Llevaba un periódico en sus manos simulando leerlo. Sé que simulaba porque podía ver cómo lo sostenía al revés mientras hacía grandes esfuerzos concentrándose en la aparente lectura.
            —Lo tiene al revés —dije.
            —Eso no es cierto —respondió.
            —Sí, lo es —le aseguré.
            —Tome. Fíjese usted, ya que insiste —respondió con tono ofuscado.
            Con el periódico en mis manos me recliné contra el respaldo del asiento y me dispuse a leer. Sin darme cuenta, lo había tomado del lado incorrecto, por lo que lo giré sonriendo a mi compañero de viaje. Miré las páginas y noté que lo había girado en demasía, y las letras continuaban siendo ininteligibles. Por lo que volví a girarlo, y luego lo giré una vez más.
            Continué girándolo porque aún no comprendía lo que allí estaba escrito.
            —¿Lo ve? —Dijo mi acompañante cruzándose de brazos—. No estaba al revés.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Sueños Breves # 10


Caminaba por la calle, o por algo que parecía ser una calle común y corriente, cuando encontré, sobresaliendo del asfalto apenas unos centímetros pero visible desde cualquier dirección, una espada. Clavada en medio del paso, interrumpiendo la libre circulación allí donde se quisiera ir. Parecía una ciudad italiana, por la forma de las calles y los edificios. Aunque nunca estuve en Italia, era sólo mi prejuicio el que me hacía pensarlo.
            El resto de las personas parecían moverse con sumo respeto ante semejante objeto, como si temieran romperlo o si pudiera suceder alguna otra cosa. Como si no estuviera sucediendo ya.
            Sin poder resistirme a hacer algo me acerqué hasta la empuñadura de la espada que era, en definitiva, lo único que sobresalía por sobre el asfalto y, ante la mirada atónita de algunas personas, y los bocinazos de los automóviles a los que me les atravesé, la levanté.
            El mundo pareció quedarse en silencio mientras levantaba la hoja mellada, oxidada y arruinada de la espada. A pesar de mi total desconocimiento sobre metales recorrí el metal con la mirada reconociendo que ya no servía para nada. Con el mismo movimiento con el que la levanté, la arrojé hacia un costado.
            —¿Cuándo va a aprender a no dejar estas porquerías en cualquier lugar? —pregunté en voz alta.
            La calle, bajo mis pies, comenzó a abrirse en dos.

Sueños Breves # 09

Es el futuro. 
     Tenemos acceso a la red en todo momento y lugar, el 4G funciona —en serio— en lugares como el baño y la calle, donde siempre se los necesita pero nunca se lo encuentra. Los implantes de miembros corporales extra están de moda. En la calle uno puede encontrarse con gente que intenta caminar con cuatro o seis piernas, como las bailarinas de la televisión —suponiendo que alguien continúe utilizando ese artefacto—; gente con cuatro brazos llevando las compras del supermercado en un solo viaje; y gente que usa ropa muy holgada de la cintura para abajo —son, sin dudas, los más extraños de cuantos siguen esta moda. 
     Hay carteles en cada rincón de las paredes, los postes telegráficos, automóviles nucleares y flotando en las nubes. Hacer la guerra se encuentra terminantemente prohibido —nada dicen sobre hacer el amor. 
     Lo sabemos todos, como también sabemos que, hecha la ley, hecha la trampa y que la guerra, ahora sí, es personal. Por eso mismo, en cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia, nuestro enemigo puede aparecer frente a nosotros dispuestos a atacar. Y debemos ser más veloces que ellos mismo. 
     Desenfundar y disparar. Como en el lejano oeste. 
     Incluso llevo un sombrero tan ridículo como el de esas aburridas películas.
     El problema es que no recuerdo si llevo conmigo alguna de mis armas o, si es que alguna vez tuve una.

Sueños Breves # 08


Me encuentro en un campo arrasado, no como si hubieran preparado la tierra para la próxima siembra, sino como si todo lo que allí hubiera habido alguna vez, hubiera sido arrancado de cuajo. La tierra lucía removida y arruinada. Intentaba caminar sin tropezar cuando noté, no muy lejos del sitio donde me encontraba, a un caballo que masticaba los últimos restos de algo que parecía una planta, pero no puedo estar seguro de qué era.
            Masticaba mirándome con esos grandes y vacuos ojos negros típicos de los caballos; esos ojos que es imposible saber si te están mirando o te analizan hasta la fibra más profunda del ser.
Intento avanzar, pero no dejo de tropezarme con los terrones mal desarmados de la tierra apelmazada. El caballo, sin mover la cabeza, o moviéndolo imperceptiblemente a medida que también me muevo, continúa mirándome. Me estudia, me analiza, saca sus propias conclusiones que nunca sabré de qué forma utilizará.
Quién sabe lo que estará pensando, pero no deja de mirarme.

Sueños Breves # 07

Desde la ventana de una habitación en un primer piso, que bien podría ser mi habitación, veía bailar a una pareja abajo, en el patio, entre las sillas de plástico abandonadas, las plantas descuidadas y otras cosas de esas que se amontonan en un patio durante el invierno. 
     Tenía la sanción de que los veía haciendo lo mismo noche tras noche. 
     —Allí están otra vez —dije. 
     —¿Son ellos? —preguntó una voz femenina desde la oscuridad de la habitación, del lado opuesto a al ventana. 
     —Si —respondí. 
     —¿Cómo pueden entrar? —pregunta que me llevó a mirar los altos muros que separaban el patio de las casas de los vecinos, no había forma de que entraran más que a través de la casa, y nunca lo hacían de ese modo. De alguna manera sentía que ya lo habíamos comprobado, junto con la dueña de la voz, más de una vez. 
     —Tampoco se escucha música alguna, ¿por qué bailan? 
     Sus rostros nunca quedaban del todo iluminados, como si las vueltas y revueltas de tan extraño baile se encontraran orquestadas de tal forma que ese detalle, que esa visión fuera incompleta para mantener, en todo momento, el interés en ellos. Aún así, resultaban extrañamente familiares.

Sueños Breves # 06

Los espejos funcionan mal. Sin una razón aparente, sin una explicación que satisficiera a todo el mundo, sucedía. Te detenías frente a uno de ellos y no veías la imagen a la que estabas acostumbrado; veías otra cosa, algo diferente, algo extraño. 
      Sin saber muy bien por qué, se decía que los espejos, cansados como nosotros mismos de las apariencias, ya no mostraban lo que queríamos enseñar, eso había quedado en el pasado. Ahora se dedicaban a mostrar/nos lo que realmente éramos/somos. 
      Reflejos terribles pero sinceros, de aquello que ocultamos a simple vista. 
      Por eso mismo los tapábamos para no vernos, para no conocernos, para no saber lo que éramos sin lugar a dudas.
      El problema era que si los espejos fueron las primeras superficies en reflejamos de ese modo no serían, por supuesto, las únicas.
      Salgo a la calle sabiendo que dejé teléfono celular en la casa y lo primero que veo es mi reflejo en la ventana de un automóvil detenido en la calle.
      Sé que eso que veo debo de ser yo, pero no me reconozco.
      Creo que siento miedo.