Una vez más soñaba con mi padre —esa figura extraña, cuasi
mitológica, que forma parte del recuerdo del recuerdo pero no de la vida misma,
al menos en mi caso—.
Hablaba con mis palabras, con mi voz y mis gestos porque ignoraba los suyos,
los que le habían pertenecido o los que adquiriera a lo largo de su vida. Tampoco
me resultaba extraño que luciera como en las fotos de antaño.
Hablaba
él más que yo, apenas me limitaba a asentir en algunos momentos y a dar
muestras de que comprendía lo que me decía.
—No puedo mostrarte lo que
hay después de la muerte —decía—,
la mía o la de cualquier otra persona, porque es tu propia mente quien lo
desconoce.
—Claro —respondí.
—Estamos dentro de tu sueño, por lo
que sólo podemos ver, hablar y sentir, aquellos que hayas experimentado en la
vigilia.
—Odio
esto —dije.
—¿Qué cosa? —me preguntó con un dejo
de sorpresa en la voz.
—Ser
incapaz de dejar de racionalizarlo todo siquiera mientras duermo.
—Tal
vez sea hora de dejar de interpretar los sueños y disfrutarlos simplemente por
lo que son: sueños —dijo mi padre.
—Eso
es lo que respondería yo —dije.
