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domingo, 29 de octubre de 2017

Error # 25 (Imaginativo)

Pedaleaba dando su máximo esfuerzo, imprimiéndole a la bicicleta cuanta velocidad era capaz de generar con sus enclenques piernas. Era mentira lo que le decía la psiquiatra cuando le contaba de sus salidas a recorrer el barrio a alta velocidad sobre esas dos ruedas, no intentaba escaparle a los problemas; él no tenía problemas, eran los demás quienes lo tenían con él. Era mentira lo que decían en su casa, de que carecía por completo de contacto con la realidad; si se encontraba allí mismo, en el barrio, recorriéndolo mientras ellos continuaban encerrados en la casa discutiendo sobre el futuro que desperdiciaba, según los otros, pensando únicamente en el presente. Un futuro que nunca sería suyo sino dejaba de preocuparse por cosas innecesarias y sin sentido —libros, películas, música, esas cosas que nada valen—. No era asocial, eso lo decían los demás, los que no comprendían que era posible relacionarse con la realidad de otro modo, de una manera diferente.
            Pero nada de eso importa su único interés era sentir el viento sobre la piel de su rostro, sentir el desplazamiento que él mismo creaba, entrecerrando los ojos, creyendo que el mundo se difuminaba a su alrededor, que aquellos que por alguna razón aparente estaba mal, carecía de valor. En esos instantes sólo quedaba él, la bicicleta, el viento ensordeciéndolo —eso le gustaba creer—, entonces podía pensar, podía imaginar, podía jugar con las palabras, con las ideas, con lo que podría ser y aún no era, con lo que no era ni nunca lo sería. Montando la bicicleta podía ser él y nadie más que él.
            Claro que, para tener ese nada más habría que descontar el resto del tránsito, las señales lumínicas y sonoras que no siempre eran atendidas con la debida precaución, así como esas pequeñas figuras que aparecían de vez en vez en medio de la calle moviéndose delante de su camino agitando sus extremidades. El estado de las calles y las veredas, en algunos tramos, también dejaba mucho que desear, como lo sabría de la cantidad de veces que acabara en el suelo por no atender debidamente a su camino. El casco que lo había salvado infinidad de veces se había quedado esa tarde sobre su cama. Poco importaba ahora.
            Lo importante era el viento y pensar en todas esas historias que crecían en su cabeza, que se ramificaban en sus venas, en su sangre, hacia sus dedos, que luego serían transcriptas en los cuadernos que escondía debajo de la cama y que nadie era capaz de leer. Porque lo que hacía estaba mal, escribir era un arte casi extinto que nadie pretendía recuperar. Por eso es que algo andaba mal con él, algo atávico se había manifestado en su gestación, algo que no debía de encontrarse allí. Algo que las pastillas adecuadas, y el tratamiento indicado, podrían remediar.
            Sabía que, mientras pudiera pedalear, mientras pudiera sentir el viento sobre su rostro, lo único que importaba era lo que quisiera pensar.
            Quizá fuera esa la razón por la que apenas notó cuando la rueda delantera mordió el cordón de la vereda haciéndolo caer golpeando la cabeza, de costado y sin el casco olvidado en casa, contra el duro suelo de concreto en el instante mismo en que un portal dimensional se abriera allí donde estaba a punto de caer. Porque, como muy pocas personas en el mundo lo reconocen, ese tipo de portales existen, y resultan tan volubles como inesperados.
            Inmediatamente se vio transportado a un mundo el cual los dinosaurios continuaban existiendo y, por ende, los mamíferos no habían podido evolucionar. Se dio cuenta de ello al ver que un gigantesco monstruo prehistórico, claramente vivo, se acercaba hacia él sin darle tiempo a averiguar si se trataba de una criatura carnívora, herbívora, vegetariana, ovolactovegetariana o vegana; sus mandíbulas abiertas y babeantes no dejaban mucho a la imaginación entre tantos enormes dientes. Su aspecto terrible, terrorífico, desalentaba cualquier tipo de especulación; debía huir, cuánto antes, de allí. Debía correr y…
            —Nene, ¿estás bien? ¿La bicicleta es tuya? —preguntó el policía ayudándolo a ponerse de pie —. ¿Te golpeaste fuerte?
            Miró a los costados sin responder, buscando a la enorme bestia que un segundo antes amenazara su integridad. Si efectivamente allí estaba, a unos pocos pasos de él, de este lado del portal interdimensional. Pero la realidad lo había afectado, lo había transformado de manera inesperada. No, el dinosaurio no se había convertido en policía, si bien se lo podría asociar con algo tan arcaico. La transfiguración había resultado catastrófica para la bestia que descansaba, en ese momento, en la vidriera de la juguetería del barrio, mirándolo aún con ojos desafiantes sabedores de la verdad.
            Ojos de plástico y pintura, ojos de fantasía.

sábado, 21 de octubre de 2017

Error # 24 (Tan sólo por Cumplir)


Le habían enseñado, o lo había aprendido a lo largo de su vida —larga también ella—, que lo único verdaderamente importante era, después de todo, y a pesar del desprestigio actual, mantener la palabra. Eso que suena tan antiguo como decir algo y cumplirlo, prometerlo y hacerlo, avisar que se va a asistir a un evento determinado y efectivamente asistir. Él lo hacía. Era una tradición personal, decía, y la mantenía a rajatabla.
            También cometía el error de muchas veces evitar guardarse sus pensamientos, lo que lo colocaba en situaciones de por sí complicadas. Como prometer que haría tal o cual cosa a pesar de que ello iba en contra de sus principios, como el sostener a toda costa la libertad de los otros para atacarlo sin necesidad de defenderse, o como pronunciar máximas que carecían por completo de asidero con la realidad. Principalmente porque, por una cuestión de orgullo tal vez, para no hablar de otra cosa, jamás admitiría que se equivocaba con algo de lo que decía. Jamás le daría la razón a quien señalara las incongruencias de su pensamiento. Los ejemplos no vienen al caso más que en uno sólo de ellos que nadie esperaba que se encontrara en la necesidad de ponerlo en práctica a pesar de la cantidad de veces que se lo escuchaban repetir:
            —El día en que por primera vez deba ir a un hospital, no saldré vivo de allí.
            No hubo forma de lograr que se retractara, de que confiara en la ciencia médica ni de que reconociera que los avances tecnológicos de los últimos años hacían que la mayor parte de la gente que entraba en un hospital saliera con vida de él. Para nada. Él seguía pensando que la medicina era una de las disciplinas científicas más inexactas del conocimiento humano; seguía pensando como si se encontrara en el siglo XVIII y no en el XXI.
            Luego de escucharle repetir esas mismas palabras en varias oportunidades ya nadie perdía el tiempo intentando convencerlo de su error. Sería más fácil arar en el mar que lograr que cambiara de idea.
            Pero la vida es irónica de por sí, y así como quien anuncia la lluvia muere de sed, y quien anhela morir de amor lo hace en soledad, le obligó a que cumpliera su palabra cuando, mirando la película de moda de ese año, un grano de maíz que se negara en convertirse en popcorn —pochoclo para los que vivimos en Argentina—, se incrustó entre sus dientes.
Veinte días después de cepillados constantes, de encías sangrando por demás y de dolor innecesario, acabó por aceptar ser llevado al hospital odontológico del pueblo. Pero no sin que pudieran evitar que, al momento de ingresar, recordara su vieja letanía:
— El día en que por primera vez deba ir a un hospital, no saldré vivo de allí —para agregar después—: Lo saben bien.
—Es una intervención menor —dijo la enfermera que lo recibió—. Tampoco es para tanto, si ni siquiera necesita anestesia general.
Pero, por supuesto, no hubo forma de que cambiara de opinión, ni siquiera cuando la misma enfermera amenazó con dormirlo de una cachetada para que dejara de decir estupideces. Eso mismo, decía, le daba la razón. Se dormiría y no despertaría jamás.
La operación, la intervención, como decía el médico, salió a perfección. Habían abierto la encía, sanado la infección y cocido allí donde hacía falta para que cicatrizara más rápido. Tan sólo debía esperar unas horas a que los medicamentos cumplieran su labor y se disipara la anestesia para que pudiera volver a comer normalmente y sin dolor.
Al intentar levantarse del sillón en el cual se encontraba, sus piernas parecieron ser incapaces de sostener el peso de su cuerpo. Quizá por acción de la anestesia, quizá porque se encontraban entumecidas. La cuestión es que cayó, al intentar levantarse, y golpeó el suelo con el rostro porque tampoco fue capaz de reaccionar y cubrirse con las manos. El médico y las enfermeras —eran tres, yo no sé por qué—, enloquecieron al ver que lograban hacerlo reaccionar.
Nada en su cuerpo parecía funcionar mal, sus pupilas tenían dilatación por reflejo, sus músculos conservaban la fuerza y su temperatura era constante pero, aún así, no lograban hacer que reaccionara. Parecía como si los medicamentos, las inyecciones de adrenalina líquida, los masajes cardíacos, las cachetadas de las enfermeras y los llamados desesperados, entre insultos y llantos, de sus familiares, fueran insuficientes.
La ambulancia demoró en llegar. Para cuando finalmente lo hizo ya había cumplido con su palabra de no salir vivo de un hospital, sin importarle siquiera que aquella decisión de morirse tan sólo por cumplir con la palabra empeñada fuera, de por sí, una completa y total estupidez.
Claro que ahora era demasiado tarde para hacérselo entender.

domingo, 15 de octubre de 2017

Error # 23 (Concentración)

La pared de la oficina estaba pintada de rojo.
            Fue lo primero que notó al ingresar. Luego se percató de que la pintura no era del todo homogénea, perfecta; más allá de las evidentes marcas de las pinceladas, habían pintado directamente sobre los restos de colores anteriores. En algunos sectores el rojo parecía más desvaído, mientras que en otros había comenzado a levantarse y descascararse. Eso para no mencionar aquellos rincones en donde el pincel, o tal vez el rodillo, ni siquiera se había acercado.
            Los detalles podrían pasar por insignificantes para cualquier otra persona. Pero era incapaz de desprender de ellos su mirada, de lo que se encontraba más allá, de lo que significaban.
            Su mente funcionaba en otro nivel. Sabía que debía escuchar con extrema atención lo que se le decía en aquella reunión; ya que todo cuanto ocurriera a partir de allí, definiría su continuidad laboral, su salario, su estilo de vida. Y, si es que era posible, alguna que otra cosa más en las que no podía detenerse a pensar porque las marcas en la pintura lo ocupaban todo.
            Sus ojos no querían separarse de la pared mal pintada y ese rojo tan fuera de lugar en aquel sitio como en cualquier otro. Sus oídos le reclamaban que atendiera a los sonidos que captaban desde que la puerta se cerrara y aquellas dos personas comenzaran a hablarle. Su cerebro gritaba para que dejara de recurrir a las respuestas mecánicas y de situación en las que siempre caía cuando algo con un interés mayor, ocupaba su campo visual; gritaba para que se diera cuenta que, en ese instante, nada había más importante. Sin embargo, su atención se concentraba solamente en algo más.
            En esa pared.
En esa pintura.
En ese rojo.
            ¿Por qué ese color? ¿Quién demonios pinta el interior de una oficina sin ventanas de ese color? ¿Cuál era el motivo o el sentido de ello? ¿Sobrante de pintura? ¿Nuevos diseños escandinavos? ¿Monocromía?
            Sentía que algo se le escapaba. Algo que, de notarlo, podría darle sentido a cuanto sucedía desde el instante en que decidiera aceptar semejante reunión.
            Cada cosa que sucedía parecía ser adrede. Escuchaba un diálogo en el que él mismo participaba, escuchaba sus propias respuestas como si alguien más las estuviera pronunciando, como si fuera un espectador de sí mismo, como si fuera un sueño. Era su voz. Sonaba como algo que él mismo diría. Pero sabía, sentía, que no era él quien hablaba mientras miraba la pared descuidada, el rojo imperfecto que dibujaba falsos patrones sobre las capas de pinturas anteriores detrás de esas dos figuras que también le hablaban y esperaban sus respuestas.
            Había olvidado el porqué de su presencia en tan odiosa oficina, tenía una vaga idea de cuál podría ser el motivo, pero le resultaba tan irreal como la maldita pared mal pintada de rojo que en pocos minutos logró borrar de su mente cualquier otro pensamiento. No tenía la mente en blanco, su mente era una mancha roja. Y ni siquiera era un rojo absoluto, sino que algunos de los trazos más descoloridos podrían llegar a confundirse con naranja.
            —Entonces tenemos un acuerdo —escuchó decir a uno de los entrevistadores, quizá por segunda vez.
            Se obligó a separar su atención de la pared mal pintada y mirar, realmente, a los dos hombres que se encontraban escritorio de por medio. Con un poco de suerte, su falta de respuesta inicial sería tomada como una leve vacilación de quien duda antes de decidirse.
            Lo miraban con una fijeza similar con la que él mirara la pared hasta un instante antes. Sonreían como quienes proponen tratos imposibles de rechazar, negocios con ganancias incalculables, premios literarios amañados de antemano o ingresar en una estafa piramidal mal disimulada.
            —Eh… Sí, claro —respondió intentando sonar convencido y como alguien que sabe de lo que se le está hablando y que a pesar de sus dudas cumplirá con su parte de lo acordado por extraño que esto pudiera resultarle.
            —Es sólo cuestión de tener en claro los detalles aquí conversados para que el proyecto salga de la manera que esperamos —dijo el otro entrevistador—, lo cual es lo más importante. Pretendemos que no haya sorpresas ni variación alguna.
            —Por supuesto —respondió poniéndose de pie al igual que los otros.
            Lo acompañaron hasta la puerta, uno de ellos incluso le palmeó el hombro sonriendo con suficiencia; sintiendo aquella mano sobre su ropa, acompañando sus movimientos hacia la salida, intentó recordar qué era lo que acababa de pactar con ellos. Ahora mismo eso parecía más relevante que el saber quiénes eran realmente.
            Antes de salir volvió a mirar atrás, sus ojos buscaron, como era incapaz de evitarlo, la mal pintada pared. Rojo, ¿quién elije ese color para una oficina?

La pared en cuestión:

domingo, 10 de septiembre de 2017

Error # 22 (Alambrado)

Convivimos con el alambrado hace generaciones. Tantas que los más recientes de entre los nuestros lo ven como algo que siempre se había encontrado en el mismo lugar, como algo que forma parte de la misma realidad, de cada uno de nosotros y nuestros recuerdos. Fuimos, somos, incapaces de concebir al mundo sin el alambrado.
            Nadie sabe explicar cuál es su verdadera función, ni el motivo por el cual rodea la extensión completa de nuestras tierras; un tabú inscripto en nuestra sangre nos impide hacernos demasiadas preguntas sobre este tema. Conocemos su existencia, lo intuimos en la lejanía cuando nos internamos en nuestras tierras, lo vemos crecer a medida que llegamos a la frontera para los intercambios anuales, y luego nadie piensa, demasiado, en el alambrado. Al menos nadie reconocería que así lo hace.
            Evitamos las preguntas pero tenemos las historias de los mayores, los que vivieran antes que los ancianos, en las que se cuentan diferentes versiones sobre el origen del alambrado. Se dice que apareció en sólo una noche, levantado por gigantescas manos que, sin más herramientas que la fuerza de sus dedos, allí lo dejaron. Se mencionan las prohibiciones de antaño sobre acercarse a él, cuando incluso la hierba evitaba crecer en su cercanía; pero la hierba ahora crece a uno y a otro lado del alambrado sin preocuparse por los peligros que puedan acecharla.
            Miles de castigos diferentes aguardaban para quien ose acercarse al alambrado y a la tierra de nadie, así como una muerte segura y definitiva aguarda para quien, desoyendo las advertencias, se aventure del otro lado. Eso decían los mayores. El alambrado nos aislaba, nos separaba, cuidaba de nosotros, nos protegía al prohibirnos atravesarlo separándonos de lo que hubiera más allá.
Pero, en lo profundo de nuestro entendimiento, sabíamos que sólo eran historias. Conocemos la verdad, la que no se menciona en esos cuentos. Sabemos que a pesar de los cuatrocientos quince castigos diferentes enumerados por las leyendas y al contrario del dolor que pudieran despertar en nuestra carne tales castigos, el alambrado es una protección. El mundo ha sido simétrico desde su origen, no puede ser de otro modo. Por ello nuestra intuición nos señala que una prohibición semejante pende del otro lado del alambrado. Ninguno de los nuestros puede salir de estas tierras, es cierto; pero tampoco ningún extraño puede penetrar en ellas.
            Nunca nadie se preguntará cómo podría protegernos si, con el paso del tiempo, de los años, de los siglos, de las vidas de nuestra gente, se ve cada vez más endeble, más abandonado, como una flor perdida en medio del desierto, sin sombra ni agua, languideciendo durante el día para desfallecer en la noche. Endebles las maderas que lo sostienen, carcomidas por la humedad, el sol, la lluvia y la sal cuando el viento sopla en la dirección correcta. Si algo debía protegernos no sería ese alambrado, no serían esas maderas, no serían nuestras historias, ni nuestros miedos.
            Lo que se encuentra del otro lado puede ser tan aterrador que el día en que por fin llegue la noticia de que en algún lugar de nuestro país, en alguno de los extremos más alejados de nuestras tierras, el alambrado ha caído sin que nos percatáramos de ello, sin saber cómo había sido posible y dudando, como siempre lo hemos hecho, de la existencia de las supuestas y gigantescas manos que allí los habían colocado, el miedo que albergamos en nuestros corazones por fin será libre.
            Es por eso mismo que, en el más absoluto de los secretos, envueltos en la noche, en la oscuridad, el secreto y la mentira, juntos con otros como yo mismo, que no creen en leyendas, en historias, en mentiras susurradas por las viejas en las noches de tormenta, recorremos las fronteras.
Sí, eso hacemos, recorremos palmo a palmo las fronteras de nuestras tierras cuidando al alambrado que nos protege, reparándolo allí donde sea necesario hacerlo, colocando maderos nuevos donde los viejos no se sostienen, reemplazando los alambres cortados por el rayo y la tormenta y desalojando a la hierba de allí donde no debería de encontrarse.
            Nadie nos ve, nadie sabe lo que hacemos, no encontrarás menciones sobre nosotros en las leyendas ni en los rumores que se escuchan en las tabernas más oscuras. Somos el secreto mismo, la razón por la que nuestro pueblo continúa en pie y más. Y ahora te proponemos, te invitamos, pero nunca te lo suplicaremos, a que vengas con nosotros dejando de lado tus actuales e inútiles miedos, dejando de lado la comodidad de este sitio y sabiendo que solo te espera el frío de la noche, la humedad de la lluvia y el hambre rugiendo en las tripas durante días; pero con la certeza de estar haciendo algo de verdadero valor en lugar de apenas dedicarte a escribir y leer lo que otros escriben.
            Piénsalo, siempre son bienvenidas un par de manos nuevas.

lunes, 21 de agosto de 2017

Error # 21 (Prófugo)

Quizá haya creído que era posible algo así como huir. Tal vez supuso que sería viable triunfar allí donde tantos otros antes, y después, que él, no habían logrado más que frustración. Era probable, también, que su razón haya sido alguna otra y que su motivación radicara en otra parte. Sea como sea, hizo su intento; lo que es, de por sí, demasiado.
            Se desentendió de lo virtual, no porque pretendiera regresar a lo real, sino porque nada disimulaba el vacío que sentía crecer en su interior llenando cada rincón de su ser —claro que hablar de la nada llenándolo todo parece una contradicción—. No hizo más fotografías, no respondió los comentarios a los comentarios de los comentarios que otros comentaban. Dejó de dar perdidas señales de su presencia con símbolos que reemplazaban las palabras. Hizo de su vida algo privado, algo personal, algo por extremo suyo. Sin dudas, no lo sabía, pero su rebelión era, en verdad, una restauración del sentido común.
            La primera semana nada sucedió.
Tuvo más tiempo para sí mismo, que debió utilizar en otras actividades, en otros lugares; como ser la recreación fuera de las paredes de su encierro doméstico, volver a sentir el sol acariciándole la piel, el aire meciéndole el poco cabello que le quedaba, los aromas del mundo dándole un incómodo picor en la nariz, como cuando niño. En esos días, empujado por la vorágine de la permanente actualidad, de las noticias repetidas presentadas como algo diferente a lo que acabamos de escuchar y ver, su decisión pasó inadvertida. Su desconexión transcurrió sin sobresaltar a nadie, sin generar problemas, sin alterar la continuidad del universo. Aún comía, viajaba hacia su trabajo, leía y miraba series como antes, pero no se lo anunciaba a quien se encontrara del otro lado de las pantallas.
Durante la siguiente semana comenzó a notarse la ausencia de sus símbolos, sus repetidas palabras, sus comentarios comentando comentarios y sus fotos carentes de cualquier tipo de valor estético. Comenzaron algunos a preocuparse, no porque temieran por su seguridad, o por el valor de una vida que tal vez se hubiera perdido, sino por su utilidad como seguidor. No se trataba de un interés real, se entiende, tan sólo era mero interés práctico. En el hipotético caso de que tal diferenciación aún pueda realizarse.
Al comenzar la tercera semana, cuando cualquier desconexión accidental o excusa similar había perdido atisbo de realidad, se lo señaló como un prófugo, como un rebelde, como un inadaptado que creía que escapar era realmente útil, además de posible. Después de todo, sistema alguno de Internet permanece caído durante tantos días, eso sólo sucedía a principios del siglo XXI y en Argentina, ningún teléfono pseudo-inteligente demoraba tanto en autorepararse, nadie dudaba durante tantos días en adquirir un aparato nuevo, nadie sobrevivía sin recibir símbolos a cambio de palabras, ni comentarios comentando sus comentarios a los comentarios comentados por alguien más.
Ese mismo día, comenzó la persecución.
La sociedad no toleraba a los prófugos del sistema.
Eso sí que no.

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Acaba de aparecer el número 34 de la Revista Próxima, de Ediciones Ayarmanot. ¿Por qué menciono esto? Es debido a que cuenta entre sus páginas con un cuento de mi autoría, Navegando las cuerdas del acordeón. Cuento que, para orgullo de mi persona, comparte el espacio con un relato de Mario Levrero.
            La revista salió en estas semanas, por lo que aún es fácil de conseguir, o pueden comunicarse con la gente de la editorial en el enlace anterior.


Por otro lado, en a publicación digital de la Revista Pélago número 26, que pueden descargar de aquí (http://revistapelago.blogspot.com.ar/), pueden leer otro de mis cuentos, Sal de mis sueños, se cosecha un poco anterior, pero también fruto de mis (pobres) ideas.

Saben que cualquier comentario sobre los mismos es bienvenido y aceptado.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 2 de julio de 2017

Error # 20 (Por el Olvido)

Se quejaba de lo que ocurría cada noche; y varias veces, según él. Cinco segundos antes de quedarse definitivamente dormido, una sensación, un pensamiento, una molestia, una imagen, el eco de una risa, una palabra mal pronunciada, algo, lo que fuera, por mínimo e inocuo, volvía a despertarlo.
Cerraba sus ojos, relajaba cada músculo —aunque era imposible hacerlo con todos, esa falsa construcción verbal le permitía sentirse de ese modo—, y se preparaba para descansar, para olvidar lo que sucediera durante el día, lo que carecía por completo de sentido. Se preparaba, según su propio decir, para vaciar la memoria inmediata de basura, algunas veces incluso hablaba de la memoria caché de su cerebro. Sin lugar a dudas, décadas de lectura de mala literatura de ciencia ficción habían hecho mella en su comprensión de la realidad.
Aún así, cada noche, cinco preciosos segundos antes de dormirse, algo lo lanzaba de improviso nuevamente contra la realidad. Una mirada, una palabra, cualquiera de las cosas mencionadas en el primer párrafo, lo que fuera, en menos de lo que demora un pensamiento, lo retornaba, a la fuerza, a la vigilia.
La duda era cómo sabía él que se trataban de cinco segundos y no de otra cantidad mayor o menor de segundos, cómo estaba tan seguro, cómo era posible que lo supiera si nadie posee tanto autocontrol de cuanto sucede en su cabeza como para tener tanta seguridad. Pero así lo aseguraba él, él podía saberlo, no se cansaba de decirlo.
La solución, la respuesta a la que había llegado para poner fin a su predicamento, para dormir, finalmente, en paz y armonía consigo mismo, era, por lo pronto, controversial. Podría usarse otra expresión para referirse a ella, pero tampoco creo que vendría al caso. Estaba dispuesto a borrar, cada noche, su memoria. No sólo los recuerdos truncos o los registros corrompidos por el paso de las horas, sino todo lo que hubiera sido asentado ese día. Creía que, de esa forma, podría dormir y recuperarse para el día siguiente, porque su único interés era atravesar la barrera de los cinco segundos previos al sueño para descansar, todo lo demás carecía de valor.
En nada le importaba las implicancias de aquella acción. El dejar de acumular experiencias, el ponerle límite al progreso de su aprendizaje, porque lo olvidaría todo, la evolución de su sistema operativo —que algunas veces llamaba personalidad—, poco le importaban. Y, por cierto, luego de decírselo media docena de veces, tampoco era gracioso para nosotros detenernos a cada paso para recordárselo.
Lo dejamos proceder sin fijarnos en lo que hacía, sin preocuparnos por si dañaba lo algo que no le pertenecía.
Intuíamos su fracaso. Más bien, lo anhelábamos, al igual que lo hicimos con sus anteriores intentos. El pasado que él mismo decía ignorar, o actuaba de manera en que lo hacía, creyendo que, de ese modo, su nuevo intento, tendría éxito.
Lo dejábamos continuar, más que nada porque se había vuelto sumamente molesto el escucharlo gimotear y sollozar por el sueño perdido mientras el resto de nosotros, en los cubículos contiguos, intentábamos, con frustrado estoicismo, lo mismo.

lunes, 30 de enero de 2017

Error # 19 (Barrio viejo, viejo barrio)

He vuelto a recorrer tus calles luego de tanto tiempo que ni siquiera pretendo especificarlo. La infancia apenas se acababa, y no porque yo lo decidiera de ese modo, la última vez que pisé tus calles, sé que lo recuerdas tan bien cómo yo lo hago.
            Descubro que perduran muchos menos árboles en tus aceras, el sol pega con demasiada fuerza, con más peso, sobre mi nuca descubierta; sólo resta reponer los árboles perdidos, con aquellos que guardo en mi recuerdo, pues los han quitado a casi todos. Camino y veo en el recuerdo que allí supo haber un álamo, el otro lado de acera lo ocupaba un sauce y, en la esquina, un tilo. También lo recuerdas, ¿cierto?
            Un edificio rectangular, impersonal, aburrido, gris, ocupa el sitio de una de tus viejas casas, que podrían lucir viejas y desvencijadas, pero eran de la forma necesaria para una familia. De la casona de la otra esquina tampoco queda rastro alguno, otro edificio se levanta en su lugar, igual de gris e impersonal que el anterior.
            Las casas que aún perduran han sido refaccionadas, remodeladas y pintadas tantas veces que soy incapaz de distinguirlas. Seguro tú sabes cuáles son, pero yo no.
Han quitado los antiguos adoquines y el asfalto inunda las calles. El tránsito ahoga tus sonidos, hay ruido constantemente; tanto que ni siquiera puedo concentrarme para pensar para qué fue que vine hasta ti.
Las viejas familias, si es que alguna queda, serían incapaces de reconocerme, así como yo tampoco podría hacerlo. El almacén, la tintorería, el repartidor de periódicos fueron reemplazados y son, apenas, y como no podía ser de otro modo, recuerdos.
            Has cambiado barrio. ¿Tú también lo notas?
            Tu aroma ha cambiado, barrio viejo, viejo barrio, no sólo tu color o tu aspecto, tu espíritu, si es que tal cosa existe, se ha ido, quizás al mismo momento en que me marché; por eso es que aquello que pretendía encontrar ya no lo posees. Pero el atroz recuerdo de lo que viviera en tus calles me impulsó a volver y reconocer algún detalle en tu geografía, por ínfimo que fuera, que fuera mío y sólo mío.
            Entiendo, quizá demasiado tarde como para ahorrarme el viaje de regreso, que si hubieras sido mío, viejo barrio, barrio viejo, o tú parte de mí, nunca hubiera abandonado tus calles. Así como tú no serías tan sólo un recuerdo, sino una realidad. ¿Puedes entenderlo?
            Aunque, la verdad, ¿sabes qué? Al diablo contigo barrio viejo, viejo barrio. Tú no me perteneces. Ni yo te pertenezco a ti. Tienes tu vida aquí, con otra gente que te recordará en el futuro; y yo tengo mí propia vida en otro barrio, uno que sí querré recordar, puedo asegurártelo.
           Así, pues, hasta nunca.

domingo, 28 de agosto de 2016

Error # 18 (Palabras)

Yo siempre he dicho que depositar nuestra absoluta confianza, e inteligencia, en los robots era un completo error. No sólo porque son fríos al tacto y de facciones inexpugnables; sino porque a pesar de poseer cerebros mucho más veloces y capaces que el de nosotros los humanos, que sólo utilizamos una fracción del mismo, no saben distinguir los matices del habla, ni el verdadero sentido de las expresiones.
Un robot nunca entendería un chiste, o una frase de doble sentido. Es cierto que la mayoría de los humanos nacen sin sentido del humor, y su capacidad de entendimiento se nubla con los años de mirar constantemente una pantalla, pero esto es un tema diferente. El entendimiento puede ser entrenado, como lo han demostrado los estudios referentes a esta temática. Pero los robots carecen de esa capacidad; por eso sólo captarán el primer sentido de lo dicho, el sentido más evidente de las palabras. Como lo explicara el doctor Asimov en sus libros teóricos acerca de la convivencia entre hombres con la capacidad de pensar y máquinas inteligentes.
Es imposible mandar a volar a un robot no diseñado para ello, porque saltará inmediatamente por la ventana más cercana; o abrirá una para hacerlo de no encontrarla. Así como nunca entenderán a qué nos referimos con expresiones del estilo de dormir como un tronco. Los humanos no somos árboles, nunca podríamos dormir de ese modo dentro de la lógica de sus cerebros electrónicos.
Es por esto que no me extraña, ni me genera pena, lo sucedido con la anciana del quinto piso, departamento A; esa cuyo robot doméstico despellejó después de que, sintiéndose empachada y mal del estómago, le ordenara a su unidad que tirarla el cuerito.
Es pura y simple lógica, nada más.

domingo, 7 de agosto de 2016

Error # 17 (Nata)

Haber crecido en los ochenta tuvo sus ventajas. Es cierto que son pocas pero es de lo que uno puede seguir vanagloriándose en cualquier conversación de ocasión. Tener cinco años en 1989 sin que nadie esté sacándote fotos todo el tiempo y que tus miserias cotidianas no aparezcan publicadas en ninguna red social, es un alivio. Y la alegría de saber que cada tarde podemos ver el Batman de Adam West corriendo por las calles de la colorida ciudad Gótica, por el canal nueve, es otro de sus alicientes que podría numerar junto con unos pocos, pero creo que ya se comprende la idea.
De esa época recuerdo, también, a la abuela, viviendo en la vieja casona sobre Avenida Libertador; construcción que ya no existe, como muchos de los antiguos solares que ocupaban esa calle, cuando el barrio no había crecido tanto y las calles de empedrado tenían un sabor especial a juegos durante la hora de la siesta. Una casona que, a mis ojos infantiles, parecía un palacio de infinitas habitaciones vacías, como los misteriosos lugares de los cuentos llenos de fantasía, con una leve cortina de polvillo en el aire y la certeza de que nadie había penetrado en ellas en mucho tiempo, que mis pasos abrirían caminos que solamente la abuela y yo conocíamos.
Sabía que, desde el tres de enero hasta el último día de febrero, cualquier cosa que se me ocurriera pedir, hacer, ver, decir, comer, romper y otros verbos similares, ella lo cumpliría, logrando que:
            —Si se lo pido a la abuela, ella lo hace —fuera la frase que más repetía en el crudo marzo del regreso a la realidad de mi otra casa, la verdadera, la de mis padres, de la que aún ignoraba que podía escapar. De la que, sin embargo, nunca me iría por razones tan egoístas (al menos eso es lo que cría).
            —Andate a vivir con ella —era la escueta e invariable respuesta que recibía de mis padres en esos momentos de rebeldía; tanto de día como de noche, los domingos antes de prepararme para la escuela o los viernes cuando las clases se terminaban dejando todo ese tiempo libre de los fines de semana en los que poco tenía para hacer más allá de esperar a que fuera lunes nuevamente y volver a ver a mis compañeros.
            Nunca lo habría hecho, nunca me hubiera ido a vivir digamos, definitivamente, con la abuela. Nuestra relación era exclusivamente durante el verano, las vainillas y la leche chocolatada de cada tarde, la televisión en blanco y negro para jugar a adivinar los colores y correr por las calles del bajo a la par de los chicos del barrio que en cada verano volvía a conocer.
            Hacíamos las cosas típicas de la temporada estival, visitamos cada heladería cercana a la casona, las que tenían nombres propios, el de los heladeros, según mi abuela, y nombres de fantasía, de lugares u otras cosas. Recorrimos todas las heladerías de San Fernando, al menos así lo creía en ese entonces, porque estoy seguro que ni siquiera conozco la mayoría de las que existen hoy en día. Y tenía mi favorita, por supuesto; el único lugar donde preparaban helado de sabor a turrón navideño durante todo el verano. Sé que parece una tontería, y que incluso puede muy bien serlo si tenemos en cuenta las cadenas de heladerías y los miles de sabores que proponen, pero me gustaba, era sabroso, de una manera que nunca he vuelto a sentir desde ese entonces y no creo que ello se deba a que mis gustos hayan cambiado tanto.
Sé que estoy idealizando una situación de mi infancia, que la mayor parte de los adultos lo hacemos cuando nos percatamos de lo incapaces que somos para regresar a ese pasado idílico; pero podía tomar helado hasta sentir que se me congelaba el cerebro o hasta que me doliera el estómago, lo que sucediera primero, que al día siguiente sería igualmente feliz porque podía repetir cuanto había hecho sin que nadie me dijera lo contrario. Sin que la edad, ni las responsabilidades, fueran un impedimento.
Si me detengo a pensarlo, hubiera podido vivir con la abuela, como decían mis padres cuando me encaprichaba con lo que no podían darme. Sé que lo hubiera pasado bien, porque cualquier cosa que ella hiciera era para que me sintiera cómodo y acompañado en esa casa tan extraña, tan cargada de recuerdos, tan llena de pasado. Le gustaba hablar y como en esa época la televisión se terminaba porque no transmitía toda la noche, sentía que la dejaba hablar porque me gustaba escucharla, lo cual puede ser que sea cierto en parte, pero también era porque allí no había nadie más con quién hacerlo. Era su única visita, se pasa la mayor parte del tiempo hablando de gente que ya no estaba, que se había ido definitivamente, nunca de gente que la hubiera ido a ver, a visitarla o siquiera a llevarle una caja de alfajores de recuerdo de las vacaciones, nada. Ella siempre estaba sola cuando llegaba en enero, y así se quedaba cuando me iba.
            Cocinaba de una manera espectacular, aún cuando casi todos sus enceres fueran viejos y magullados; las ollas abolladas y un viejo jarro enlozado que ni caso tenía intentar lavarlo. Eso sin hablar de la pava en la que calentaba el agua para los mates que tomaba cada mañana, una bola negra de tizne que sólo ella se atrevía a utilizar. La veo sentada en su silla de mimbre, con el respaldo vencido hacia un costado pero con las patas lo suficientemente firmes para aguantar el peso de su cuerpo, el mate amargo en una mano y la pava en la otra, nada más, mirando el escaso tránsito del verano cruzar San Fernando de norte a sur, lento y pesado como el calor de esos días, sobre el añejo empedrado.
La quería, a mi infantil manera. Si, hubiera podido ir a vivir con ella en su casona, pero el sólo pensar en pasar el invierno allí, sabiendo que usaría el colador agujereado para colar la leche caliente, era más que suficiente para desistir de mi idea, para abandonar cualquier capricho y quedarme en la casa de mis padres donde, al menos, teníamos un colador nuevo y nunca vería restos de nata flotando en el borde de la taza.
Claro que, la abuela, no tenía por qué saber todo esto, como, estoy seguro, nunca lo hizo.



Nota: Es un cuento, no, nada de todo lo anterior es real. Repito: Es un cuento.
Cuento que fue seleccionado por le municipio de San Fernando en un concurso literario realizado a fines del 2015. Entre los premios que se mencionaban se encontraba la publicación de una antología con todos los premiados y seleccionados. La antología debía aparecer antes de la mitad del 2016. Hasta el momento no tengo noticias de la misma. Esto no es parte del cuento, esto es verdad.

domingo, 24 de julio de 2016

Error # 16 (Fáctico)


Ignoro si esta ha de ser la mejor forma de comenzar a relatarlo. Pero, lo cierto es que de todos los intentos anteriores nada se rescata. Quedará, pues, librado a mi pericia o impericia con las palabras.
            Ahora vendría la parte en la que me presento. Pero no creo que ello sea necesario, así que lo evitaré. Esto no quiere decir que intento sustraerme de la historia, sino que lo importante de aquello que pretendo contar se encuentra en otro lado, en algo sumamente ajeno al hecho de que sepan quién se esconde detrás de tantas palabras.
            Evitaré, también, dar muchas especificaciones acerca del lugar o el momento en que sucedió, para que los detalles no nos distraigan de lo realmente importante de los hechos. Un relato sobrecargado de descripciones o que remita constantemente a los sentimientos del lector, logra, entre muchos otros problemas, desviar e interés desde lo importante y principal hacia lo nimio como la empatía y cosas similares que carecen de valor literario.
            No hablaré, pues, de las condiciones emocionales con las que me encontraba lidiando en aquel momento. Para que ello no sea visto como un intento de justificación de los acontecimientos posteriores que, en definitiva, son lo que realmente importan.
            Las descripciones superfluas, de ropas, peinados, las últimas aplicaciones de moda en celulares y muñequeras, el cambio climático, el nuevo grito de la moda de hacer silencio durante días, y la ley que permitía la venta libre de antidepresivos estarán ausentes. Sé que igualmente lo notarán al tener la oportunidad de leerlo, pero querría remarcarlo.
            Los hechos, sólo los hechos y nada más que los hechos, como siempre lo supo el vilipendiando Leopold Von Ranke. Los hechos, en donde radican las respuestas a las preguntas jamás formuladas; así ha de ser, o así debía de ser siempre. De ésta forma el hombre se ahorraría muchísimos dolores de cabeza, así como en otras partes de su anatomía.
            Sin lugar para las teorías freudianas, lacanianas, jungianas, einsteinianas y macanianas; y también, por supuesto, sin sal agregada. Porque sabido es que hacen mal a la salud si se las utiliza indiscriminadamente.
            Tras tan extensa introducción, necesaria para el correcto entendimiento de los hechos, puedo decirles qué fue lo que en verdad sucedió hoy. Lo cual puede sonar muy sencillo, pero nunca lo es, pero, por cierto: Me quedé dormido.

jueves, 17 de marzo de 2016

Error # 15 (Ardor)

Hace mucho, pero mucho tiempo, en una lejana época llamada “el mes de diciembre”, decidimos, junto con Serafín participar en un concurso de cuento ilustrado organizado por una revista digital. Las bases eran simples, un cuento de unas 500 palabras y una ilustración que lo acompañara, por lo que sabiendo que a veces mis palabras pueden fallar pero sus dibujos nunca lo hacen, ¿qué mejor opción?
            Por supuesto que participamos, con el brillante trabajo que ahora van a ver. Y el por qué de su publicación en el blog es porque, evidentemente, no fuimos seleccionados. Pero eso no nos impide el mostrarles a ustedes nuestro trabajo, para que lo vean, lo aprecien y no muera perdido en la vorágine de archivos de computadora que fácilmente pueden eliminarse y no siempre por culpa de un descuido.
            Otros trabajos que hemos realizado con Serafín son, una adaptación de un cuento muy breve de Alejandra Pizarnik llamado “Devoción” (que pueden ver aquí)  y la historieta Buhonero, que se publicó en el número 28 de la revista Próxima de Ciencia Ficción y Fantasía (de la que hablamos aquí)
  
Ardor:

A media mañana decidió darle importancia, llevaba horas intentando ignorarlo, pero cada vez se le volvía más y más difícil mantenerse imperturbable frente al resto del personal. Nuevamente le ardía el pecho, de la misma manera que ayer por la tarde, y varios días de la semana anterior. Y, si se remontaba en el recuerdo, como venía haciéndolo en los últimos meses cada vez con mayor insistencia. Ardía de tal manera que le impedía sostener cualquier pensamiento, cosa que, sumada a la irritación permanente de la piel lacerada por el constante roce, anulaba cualquier intento de concentración.
            Acomodó su ropa queriendo creer que de ese modo aliviaría la molestia, sabiendo de antemano que de nada serviría, como no lo había hecho en ninguna de las veces anteriores en las que se movió y removió en su incómoda silla. El problema seguiría hasta que pudiera rascarse entre los pectorales, directamente sobre la piel que imploraba por un descanso. Entonces, y sólo entonces, podría volver al trabajo. Al menos por un breve tiempo, hasta que esa presencia invisible pero constante en que se convirtiera el ardor se hiciera imposible de negar.
Se levantó de su escritorio para dirigirse al baño exclusivo de ejecutivos quitándose, con el mismo movimiento, el saco que quedó apoyado, como por casualidad, en el respaldo de la silla. La irritación podía más que él, aún así, se esforzó para no correr con desesperación por el alfombrado pasillo. Mantener la compostura continuaba siendo una de sus prioridades, en sudor que cubría su cuerpo y la tensión que endurecía sus músculos, eran temas por completo diferentes.
Una vez allí, solo, ajeno a las miradas inoportunas, abrió su camisa frente al espejo haciendo a un lado la corbata. Contempló su irritado pecho, la piel enrojecida con pequeñas líneas allí donde la sangre se abriera paso siguiendo el camino de sus uñas como cicatrices en formación que no se decidían sin cerrarse o continuar como heridas abiertas por un tiempo más. Humedeció sus dedos y comenzó el proceso de frotado sobre la zona lastimada sumando poco a poco más presión y velocidad, apenas percatándose del cambio cuando las uñas reemplazaron a las yemas de los dedos.
Le desesperaba sentir tanto ardor, tanta molestia, tanto desgarro interior, como si su corazón fuera a salirse por entre las grietas que se abrían en su piel. Por suerte, por el momento, lo único que se escurría por ellas era sangre, formando pequeños caminos carmesíes hacia su estómago, amenazando con mancharle los pantalones y la camisa.
La sangre fluía junto a los minutos que llevaba allí dentro sin que el ardor cambiara en lo más mínimo, sin aumentar en su intensidad pero tampoco sin disminuir.
            Ardía, con tanto dolor, que había dejado de pensar en volver a la oficina, al escritorio, al saco sobre su piel y continuar trabajando como si nada en la maldita computadora. Quería solamente continuar frotándose el pecho hasta entender si esa cosa dura, un poco blancuzca, un poco grisácea, que comenzaba a distinguirse entre los retazos de su piel y la sangre, sería la causa de tantas molestias.
            Necesitaba, tan sólo, tomarla entre sus dedos, sentirla en su mano, y jalar de ella, con fuerza, una vez.
            Si, una vez sería más que suficiente.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Error # 14 (Creer que todo es posible)


Sabíamos que, luego de tanto esfuerzo, nada cambiaría. Pero éramos jóvenes, creíamos que con el simple impulso de la sangre y el interés por realmente hacerlo, teníamos más de la mitad del trabajo realizado y, por supuesto, terminado a nuestro favor. Ni siquiera teníamos tiempo para la duda.
            Tú nunca nos dijiste nada. Eso fue lo que nos impulsó en un primer momento, y nos daba fuerzas para continuar luego de que te presentáramos nuestros proyectos y en tu rostro jamás podíamos adivinar una expresión diferente del tedio o el fastidio.
        Confiamos en que esa era tu forma de decirnos que continuáramos, que ese era el camino a seguir. Claro que era poco lo que podíamos ver más allá de los gestos; éramos jóvenes, como ya dije, y sentíamos una necesidad que nos recorría el cuerpo por embarcarnos en causas tan perdidas como el intento de recuperar tu sonrisa de la que nunca, es cierto, tuvimos no el más mínimo atisbo.
            Lo seguimos intentando a pesar de  que tu rostro sea de mármol, tu cuerpo una piedra a la Miguel Ángel, nuestros cabellos se tornen cada vez más grises y el brillo ya no se distinga en nuestros ojos. Seguimos intentando.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Error # 13 (Lectura)

Allí estaba otra vez.
            Mientras leía en el diario las noticias de siempre, sentía que lo observaban. Pero sabía también que allí estaba solo. Principalmente porque se sabía encerrado en el baño de la oficina, en uno de los cubículos individuales, para poder estar tranquilo y a salvo de miradas indiscretas. Por lo que la sensación de que unos ojos ajenos a los propios se clavaban sobre su nuca era fruto de su aburrida imaginación.
            Ni siquiera llegaron a ser cinco los minutos de paz que la sensación, desagradable en su insistencia, regresó. Pareciera que con más fuerza; aunque eso quizá se debiera a que allí había menos espacio. Aun así el sudor que corría por su espalda ocupó, también, sus manos y su frente. Como si el mantener la calma fuera la mayor de los esfuerzos que realizara nunca.
            Y allí estaba.
            Ni siquiera se atrevía a levantar la mirada temiendo encontrarse con el espía secreto asomándose del otro lado del separador de madera artificial. Sabía que el cubículo siguiente estaba vacío y, aun así, no se atrevía a mirar.
            Concentrándose en la noticia que intentaba leer, renegó de la realidad y de cualquier otra situación que a ella lo conectara. Allí dentro podía suceder cualquier cosa que él, solamente él, podría controlar cuanto sucediera y hacer lo que quisiera.
            Lo que fuera, menos levantar la mirada y descubrir al espía. Ese placer jamás se lo daría a quien fuera que le perseguía con tanta insistencia. Por eso, con suma paciencia y tranquilidad, dio vuelta la página, como si allí dentro no sucediera nada de nada. Porque así era, así lo creía.
            Podía ignorar cualquier cosa.
            Nada era importante, sólo lo que le llevara allí. Leer en secreto las noticias. Hurtarle a su empleador los preciados minutos de lectura. Un acto de rebelión pasajera y sin importancia. Pero suyo.
            Ese leve y prolongado pinchazo que sentía en la nuca, junto con el adormecimiento paulatino que sentía en todo el cuerpo, y que crecía minuto a minuto, no era, en verdad, importante.
            Si los ojos no se le cerraran, pero sabía que pronto terminaría de leer la noticia que tanto le interesaba y volvería al trabajo sin más dilaciones.
            Sólo cerraría sus ojos un instante.
            Sólo…
            …uno…
            …instante…
            …nada…
          …más…

sábado, 12 de julio de 2014

Error #12 (Conveniencia)


Allí, las razones, no sobraban, el contario, escaseaban. Algo que justificara tanto trabajo, tanto instrumental, tanta inversión de capitales ocultos y financiado por alguien que se mantenía en el más terco de los secretos, se tornaba, al menos para mí, necesario. Una simple justificación, una palabra, un papel firmado y sellado, un comunicado oficial, lo que fuera.
            Claro que, para evitar preocuparme, mantenía mi cerebro ocupado en otras cuestiones, como en el hecho de que realmente podía llevar adelante mis investigaciones con las herramientas allí reunidas y el flujo constante de materiales. Si bien la moral de mis acciones por momentos creaba enormes lagunas de dudas insalvables, la seguridad de estar participando en algo tan grande como aquello era única. La sensación de triunfo y la adrenalina, suplían cualquier ausencia ética.
            Las objeciones de mi conciencia puritana eran acalladas por el deseo de que las teorías que intentábamos comprobar sirvieran realmente para algo.
            Ese era el destino de nuestros esfuerzos, tanto el mío como el del resto del equipo, saber que nuestro esfuerzo servía para algo.
            Y, en descubrirlo, poníamos nuestro mayor empeño.

sábado, 28 de junio de 2014

Error # 11 (El sustituto)

El volumen, en octavo, con páginas gruesas, duras y amarillentas, escritas con esa tinta de antaño que parecía herir el papel hasta lo más profundo de su existencia, solía perderse una y otra vez en la Biblioteca. Quizá lo veía hoy, martes, y, por los siguientes dos o tres meses (cuando no años), desaparecía de mi vista; como si por alguna razón estuviera y no estuviera allí al mismo tiempo.
            Como si lo creara con mi propio pensamiento.
            Como si el libro tuviera voluntad propia a diferencia mía.
            Las veces que intenté leerlo, poco fue lo que saqué en claro; más allá del hecho de saber que no estaba preparado para él, o que él no estaba preparado para mí. Cosa que me ocurre con muchos libros, pero con ningún otro con tanta insistencia como con éste. Y, si bien me gustaría comprender el por qué, a veces, el misterio, es mucho mejor que cualquier otra cosa.
            No es que quiera imponer este pensamiento como el sentido común de algo, o de alguien, de la sociedad o el mío propio. Para nada, se trata, únicamente, de reflexiones.
            Ahora mismo, cuando lo recuerdo, sé que hace varios años que lo vi por última vez y que quizá sea tiempo de ordenar, de acomodar, de depurar, la Biblioteca que ha crecido por la casa como las ramas de un árbol exageradamente frondoso que hemos olvidado podar y oculta el jardín del que forma parte.
            Sin dudas encontraré libros repetidos, libros arruinados por mis anotaciones, libros impolutos que me propuse leer pero la falta de tiempo me lo impidió, entre otras muchas cosas. Hallaré, también, carpetas con notas de mi pluma que creí perdidas, publicaciones de adolescencia que adolecen de muchas cosas, cartas de amor no correspondido, esquelas de odio y pasquines políticos de cuando esas cosas tenían algún tipo de sentido para la vida diaria.
            La lista es infinita: pero lo único que espero encontrar es ese pequeño volumen en octavo, de pesadas tapas negras que siempre intenté leer pero nunca me fue posible hacerlo.
            Se acerca el otoño. Mi otoño.
            Quizás, ahora sí, se deje leer.

viernes, 20 de junio de 2014

Error # 10 (Vocación)


Todo comenzó, como siempre en aquella época, más como una broma que como algo verdadero. Claro que sabíamos que él no lo comprendería de ese modo, y que se lanzaría, realmente, a cumplir con sus palabras. Como uno de los tantos desafíos que se asumen en la infancia.
            Jugábamos a inventar profesiones inexistentes, imposibles de lograr, más difíciles de intentar; tan sólo para pasar el rato. Nadie esperaba que nada realmente importante saliera de aquello. Sin embargo, él, que nunca parecía comprender la diferencia entre el juego y la realidad, no se percataba de nuestra diversión.
            Nos burlábamos de nosotros mismos, porque eso era lo único que sabíamos hacer en ese entonces; porque para eso es la infancia, para burlarse, para odiar y vengarse, antes de aprender lo que es el amor.
            Él, como dije, comprendía mal la situación.
            Él, como también dije, prefirió el odio y lo irracional ante cualquier intento de explicación. Porque, después de todo, ¿cómo no burlarse ante la idea de un niño que ansía crecer para convertirse en un agrimensor de sueños? Imposible no hacerlo, siendo tan fácil la risa, siendo tan largo el resentimiento.
            Comprendimos, en parte, el que huyera del pueblo, entre insultos y gritos a las estrellas, entre nuestras risas y la alegría general.
            La misma alegría que vimos extinguirse uno a uno de nosotros y los nuestros, apagándose junto al brillo de sus ojos, junto a las sonrisas, con la llegada de prematuros cabellos blancos y los rostros pálidos.
            Algo que fui incapaz de comprender en su sentido último hasta que, finalmente, también a mí me visitó en los sueños. Portando en las manos las herramientas de su oficio comenzó a ponerle coto a mis fantasías, a marcar hasta dónde podía llegar, el poco el camino que se me permitía recorrer y todo cuanto se me obligaba a retroceder.
            Desde ese entonces, las que supieron ser sus lágrimas son las nuestras; y, claro, nuestras sonrisas, son enteramente suyas.

viernes, 6 de junio de 2014

Error # 09 (Alarma)

Se oyeron dos gritos en medio de la madrugada; gritos de voces de niños, de dolor, de desesperación, o cosa similar. Sólo dos gritos. Supe de inmediato que, a pesar de lo inusual de la hora, no debía preocuparme, en lo absoluto, ya que la señal de alarma pactada siempre había sido de tres gritos consecutivos.
            Esos dos solitarios gritos bien podían significar otra cosa diferente, algún otro acuerdo, alguna otra situación que me dejaba afuera de la misma por no conocer el código de identificación, de dolor o, quizá, de placer. No lo sé, ni me interesa saberlo.
            Sería alguna señal a algún grupo específico del campamento que para mí carecía de valor; por lo que podía volver a dormir tan plácidamente como lo hacía antes, sabiendo que esos ruidos que llegaban del oeste, tan parecidos a disparos, eran, sin lugar a dudas, otra cosa, algo sin importancia.
            De otro modo, los dos centinelas que habíamos puesto de ese lado del campamento, darían la alarma correspondiente.
            Todos lo saben, ¿para qué negarlo?


viernes, 7 de febrero de 2014

Error # 08 (Aproximación)


Quiero dejar en claro que no intento justificarme en modo alguno, no tengo tiempo para ello. Ni, tampoco, existe la necesidad de hacerlo.
            Tal vez la situación general, luego de que los hechos centrales comenzaran a quedar en el olvido, no cambió demasiado como para que se nos recuerde. Tal vez en algún grupo de estudio, de algún instituto de investigación, de esas universidades que aún financian a sus docentes para que realicen ese tipo de actividades, nuestros nombres continúen siendo repetidos. Pero, esto también, durará bien poco.
            La razón de los hechos, una expresión difícil de sostener ante la irracionalidad de la evidencia, sólo logra comprenderse si tenemos en cuenta que, en ese entonces, creíamos en nuestra teoría. Creíamos, pues, que el mal siempre había estado en nuestros corazones, y que era posible, en consecuencia, erradicarlo.
            En los corazones de hombres y mujeres por igual, de niños y ancianos; porque cuando nos referíamos a los corazones de todos, incluidos, por supuestos, nosotros mismos. Erradicarlo, al mal, se traduce en extirparlo, en arrancarlo de nuestro ser, dejándolo bien lejos de nuestra humanidad, del corazón y la mente.
            Pusimos manos a la obra estudiando durante años medicina y la mecánica del corazón; creamos modelos artificiales de tan perfecto órgano que funcionaban mucho mejor que los originales. Con los beneficios de dichas patentes de comercialización financiamos el resto de las actividades de nuestro grupo.
            ¿Cómo podían ellos saber que lo que se consideró una epidemia de corazones rotos eran los frutos últimos de nuestras acciones? Porque así como el mal no sobrevive a su anfitrión, y como todo virus que desarrolla una relación simbiótica con quien lo alimenta, el hombre (o la mujer o el niño o el anciano) tampoco sobrevive sin ese mal que lo acompaña en todo momento, en cada pensamiento, acto o deseo de su larga y repetitiva vida. De no ser por lo que hicimos, ese conocimiento continuaría aún hoy en las sombras de la ignorancia.
            Por lo que si van a culparnos de tantas muertes, como sé que lo harán, espero que este nuevo saber que nosotros y no ustedes descubrimos sirva, al menos, como atenuante a la hora de tomar su decisión.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Error # 07 (Ciencias Exactas)


Mis cálculos son exactos, la posibilidad del error no entra en ellos. He dedicado mi vida a corroborar dato por dato, número por número, variable por variable, para dejar de lado todo aquello que no fuera intrínsecamente necesario para mi investigación.
Abandoné los estudios cuando me percaté de las dificultades que acarrean las ideas preconcebidas y su repetición generación tras generación. Las burlas que despertaban mis tesis de investigación me alejaron del doctorado que vaticinaban mis profesores del parvulario. Pero no me importó.
Sabía, con suma certeza, que estaba en lo correcto. Por esa razón, desde el mismo día en que huí de la prisión universitaria, comencé a recolectar los datos necesarios para demostrar la veracidad de mi hipótesis.
Sin dejar un libro sin consultar, una biblioteca sin visitar, un códice sin traducir al vocabulario de la ciencia actual; a las pocas décadas de iniciar mi trabajo, había recolectado cuanto dato me resultaba necesario.
Fue entonces cuando comenzaron mis cálculos. Este trabajo me demandó plena dedicación durante los últimos doce años; hasta que la conclusión definitiva se formó ante mis ojos, entre números y otros símbolos matemáticos, entre palabras en varios idiomas y onomatopeyas, entre dibujos satíricos y máximas religiosas paganas.
Sé, ahora, que el mundo es tan viejo que no sería capaz de reconocer lo eterno de lo realmente vivo. Y es por eso que sé, que todo mi esfuerzo será olvidado en poco tiempo y que ni mis ideas ni yo habremos pasado a la historia.
Sin embargo, me queda el placer de haber demostrado que quienes se equivocaban eran todos los demás y no yo.
Yo ya soy eterno, ellos son, apenas, hombres.

domingo, 27 de octubre de 2013

Error # 06 (Diatriba)

Ésta diatriba está dirigida a esos idiotas que te ven esperando en la esquina, de pie, a que cambie el color del semáforo y levantan, con el rostro cargado de preocupación y fingida tranquilidad, el vidrio de todas las ventanillas y traban las puertas.
Porque, por supuesto, todos aquellos que carecemos de un vehículo a motor, pensamos siempre en formas de arruinar lo que no tenemos. En robar relojes pulsera, en manotear anteojos de sol, pañuelos de falsa seda o carteras desprotegidas. Si, es cierto, cada peatón es un ladrón en potencia que esconde entre sus ropas una lata de pintura, una bujía caliente, líquido para frenos o folletos de los testigos de jehová. O, quizá, piensan que tenemos todo eso junto en los bolsillos de las camisas, de los pantalones; escondidos allí donde no pega el sol.
Hacen bien encerrándose, porque ignoran de lo que somos capaces. Pero, parecen olvidar, que un simple vidrio, no nos detendrá.