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domingo, 18 de junio de 2023

Modernidad urgente

El caos comenzó en la costa norte de la isla de Irlanda cuando los ecos de la música aún llegaban a los audífonos de las personas participantes del festival, junto con las luces finales que iluminaron el cielo nocturno ―luces en lugar de fuegos artificiales, luz generada con acumuladores adosados a bicicletas fijas que los participantes del espectáculo accionaba, pero que no se preocupaban por saber de dónde salían los materiales necesarios para construir dichos acumuladores y baterías― que ya se volvían recuerdos de la walpurgisnacht vegana y autosustentable, que no dañaba la naturaleza y en la que hasta las habituales fogatas eran proyecciones holográficas.
    El sol no se atrevía a quebrar el alba cuando unos pocos somnolientos participantes de los festejos escucharon un sonido que solo conocían por antiguas grabaciones y películas. Primero creyeron que se trataba de un problema del sistema de audio, pero notaron que no llevaban colocados los audífonos. Luego creyeron que podía tratarse de una de las proyecciones holográficas, pero estas ya estaban apagadas. El sonido, ese terrible sonido, no podía ser más que algo horrendamente real.
    El repiqueteo de los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calle, lastimando las patas del pobre animal por no encontrarse sobre la tierra, era real. Y no solo eso era real, sino que el sonido venía acompañado por lo peor que puede ver un acérrimo defensor de la vida animal que la mayor parte del tiempo olvida que el hombre también es un animal: el caballo sufría el peso de un jinete sobre su grupa. Horror por duplicado. Y el maldito jinete, ese execrable hombre, indigno de ser considerado como un congénere, vestía una pesada armadura medieval que no parecía ser de resina o algún otro material reciclado y reciclable que aligerara su peso. Al contrario, la armadura se veía y brillaba como si fuera de metal auténtico.
    Sorprendidos, espantados, desconcertados por tamaña visión, atinaron a hacer lo único que sabían hacer: volverse una turba iracunda. Rodearon al jinete con sus rostros demacrados con expresiones de odio e incomprensión para quien piensa diferente, lo amenazaron con llevarlo ante la justicia popular de la cancelación en las redes asociales sin saber siquiera quién era el recién llegado. Sin saberlo y sin importarles saberlo.
    El jinete habló en una lengua que ninguno de los especialistas en diversidad identitaria, homeopatía, astrología no binaria, ancestrología espacial, coaching antológico y cuestiones similares, comprendía. Pero cada uno de ellos poseía en sus bolsillos una herramienta que algunas veces recordaban que podían utilizar para otra cosa diferente a validar sus opiniones. Alguien buscó a su “Ayudante” de escritorio en su cada vez más inteligente teléfono y le pidió que sirviera de intérprete.
    ―Por fin la walpurgisnacht ha llegado, mas todo me resulta extraño. Mi tierra ha cambiado. Las fairies me lo advirtieron, pero no sabía si podía creer en ellas o no. Necesitaba verlo.
    ―¿De qué habla este intolerante?
    ―¿Quién es y por qué oprime a un caballo de esta manera?
    ―¡Que nos diga su nombre!
    Tradujeron las preguntas para el extraño y aunque el “Ayudante” de escritorio hizo el mejor trabajo posible, pasando del irlandés antiguo al inglés que lo reemplazara tras la ocupación de la isla, para traducirlo luego al español para elaborar este relato, la cabal comprensión de los que se decía resultaba de por sí compleja.
    ―Soy Oisín, hijo del rey Fionn Mac Cunhailll de…
    ―¡Abajo la nobleza!
    ―¡Muerte a la monarquía!
    ―Nos oponemos a toda clase de privilegios.
    ―La tracción a sangre lleva décadas prohibida.
    ―¿Su capa es de piel auténtica?
    ―Sí, mi capa es de piel, es un regalo de las fairies para protegerme del frío, del viento del océano. ¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué se me cuestiona?
    ―¿Quién dijo que puede preguntarnos algo?
    ―¡Que se baje del caballo!
    ―No, por favor, no puedo hacer eso. Ustedes comprenderán…
    ―¡Que se baje del caballo!
    Comenzaron a corear insultos para que el extraño se bajara del caballo cada vez más envalentonados y embravecidos a medida que la turba no dejaba de aumentar su número. Aplaudiendo y golpeando la calle con los tacos de sus calzados, lograron que el caballo se asustara más y más, comenzando a corcovear.
    ―Calma, mi fiel corcel. Calma, folks, por favor. Solo quiero ver mi tierra una vez más antes de volver a partir.
    ―Y la verás, sí que la verás ―dijo una de las personas perdidas en medio de la turba que no se identificaba como hombre ni como mujer y que cubría su cuerpo con tatuajes con símbolos de los dioses indoamericanos a pesar de ser caucásico. Tomó al jinete del hombro y por el cinturón de cuero, de cuero real, y lo hizo caer.
    ―¡No!
    Al tocar la tierra el grito se extinguió, como si nunca hubiera sido proferido. El cuerpo del extraño jinete se secó como si fuera una pasa de uva, perdió todos sus colores volviéndose una masa informe y gris antes de acabar quebrándose como una rama seca. La piel de su abrigo se apolilló y agusanó de inmediato. El cuero de su cinturón y de las correas de su montura se agrietó y se partió volviéndose jirones. El metal de la armadura y de su espada se oxidó ante la atónita mirada de la turba hasta volverse polvo. En pocos instantes no quedaba nada, ni siquiera el menor rastro, ni siquiera los huesos del jinete, como si la muerte lo hubiera reclamado luego de una ansiosa y milenaria espera.
    Del caballo, del precioso animal que la turba había querido rescatar de la tortura de ser utilizado como montura, ni siquiera quedaban las huellas, por haber caminado sobre los duros adoquines en lugar de sobre la tierra como correspondería que hiciera. El precioso animal se desvaneció, cual fantasma de cuento gótico, al ser apenas acariciado por el primer rayo del sol del amanecer del primero de mayo.

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En el N° 87 de la Revista Digital El Narratorio del mes de mayo, se ha publicado el relato: Un sinfín de pájaros muertos.

En la Revista Digital Extrañas Noches del mes de Junio se ha publicado también el relato Un sinfín de pájaros muertos.

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domingo, 30 de abril de 2023

Windsbraut

Windsbraut, la llamaban en el pueblo. Ignoro quién habrá elegido una aislada y solitaria palabra en alemán para nombrarla. Aunque había escuchado que la mencionaran en varias conversaciones, no fue hasta mi adolescencia cuando realmente me percaté de su presencia y busqué el sentido de esa palabra en un viejo y destartalado diccionario de alemán en la biblioteca de la única escuela del pueblo. Cuando di con ella descubrí que ya estaba subrayada y marcada una y otra vez. Con la yema de los dedos recorrí la palabra, las letras, la tinta impresa hacía años, repitiéndola, nombrándola, una y otra vez. No entendía del todo por qué lo hacía, pero no podía dejar de hacerlo.
    Windsbraut, la novia de los vientos. Una vez que supe lo que significaba esa palabra, intuí que su aspecto tenía mucho que ver con su elección. Porque ella era alta, siempre caminaba erguida, rubia como la corona del sol y con sus largos cabellos siempre sueltos y como flotando en torno a su cabeza, con sus faldas largas hasta los tobillos y sus camisas anchas siempre de blanco que se destacaban en medio de la tierra cada vez más seca, cada vez más agotada por tantas cosechas.
    Comencé a mirarla desde lejos, como lo hacía la mayoría. La seguía en sus gestos, en sus costumbres, intercambiaba noticias, pareceres y cualquier otra circunstancia con ella relacionada. Con todo lo que fui aprendiendo creo haber llegado a conocerla mejor de lo que me conocía a mí mismo. A pesar de cuanto sabía, no lograba entender por qué las palabras de los hombres y de las mujeres se cargaban con sensaciones tan diferentes cuando se referían a ella. Incluso sin que se la nombrara, uno se daba cuenta que, cuando cualquiera de las otras mujeres del pueblo hablaba, cargaba todo su desprecio sobre ella, sobre ella y nadie más.
    Los rumores eran tantos y tan diferentes que me resultaba imposible creer que cada uno de ellos fuera cierto. Aunque no debía ser mayor que yo, había historias sobre ella que se remontaban tan atrás como antes de mi nacimiento; sin dudas eran historias sobre otras personas que al resultar tan similares a los rumores actuales quienes la odiaban pretendían ligarlas a su persona. Esas historias antiguas necesariamente debían de ser un invento de quienes no entendían su pureza, su tranquilidad trabajando la tierra de su parcela en torno a la cabaña un tanto derruida; en un lugar como ese no había espacio para historias burdas, lascivias, sucias y soeces que no dejaban de repetirse.
    Yo no podía ni quería creer en esas historias. No podía ni quería hacerlo desde que descubrí que cuando la miraba ella también me miraba. No me miraba como se mira a cualquier otra cosa, me miraba como si me comprendiera, como si leyera en mí lo que yo aún no era. Ese tipo de mirada era la suya.
    Atraído por esa mirada única, poderosa, atrapante, hipnótica, no tenía más por hacer que acercarme a ella.
    Una luna antes a la luna de las cosechas me acerqué a su casa, a su siempre verde tierra, y la encontré, como sentía que lo haría, esperándome. Alta, pálida y rubia, con su rizado cabello mecido por el viento que comenzaba a ser cada noche más frío. Su palidez era mayor, más que cuando vestía sus blancas ropas. Noté que estaba desnuda, y también yo lo estaba cuando abandoné mi refugio bajo la sombra de un solitario árbol. Nuestras palideces, aunque similares, no eran idénticas, en esa diferencia se cifraba mi destino. En esa palidez, en la calidez de su abrazo y de nuestros cuerpos al unirse, en mis jadeos entrecortados, en sus dientes sobre mi cuello, en los míos sobre el suyo, en sus uñas arañando hasta sangrar mi espalda y las mías marcando la suya, en sus cabellos envolviéndome y dificultándome el respirar, en sus ojos devorándome y el viento acariciando nuestros cuerpos, en la luna mirándome eternamente en esa noche sin final hasta la llegada de aquel torrente cargado de vida que me llevó al desmayo y al olvido. Pero eran demasiadas cosas, demasiado reales para olvidarlas.
    La mañana me encontró en mi habitación, en mi cama. Los rasguños que perduraban en mi espalda y las manchas de sangre sobre las sábanas que tendría que explicar de alguna manera, me decían que nada había sido uno de esos sueños que nunca vuelven a repetirse por más que se lo anhele.

sábado, 22 de abril de 2023

Velocidad

Mis piernas arden. Ojala fuera un dolor nuevo, pero llevan kilómetros ardiéndome. No puedo dejar de pedalear, mucho menos ahora que por fin logré alcanzar esta velocidad. Pero me arden, sí. Tal vez si me convenzo de que no arden, de que no siento nada, pueda continuar.
    El dolor es psicológico.
    No, a la mierda la psicología que no sirve para nada.
    Siento cada músculo mayor de mis piernas gritando para que me detenga. Incluso los músculos menores, esos de los que ni siquiera sus nombres conozco, se están quejando. Mi cuerpo entero se queja cuando respiro el aire caliente que entra como cuchillas de acero inoxidable corroído en mis pulmones. También mi corazón me pide que me detenga, pero no puedo. Si me detengo ahora será peor porque después tendría que volver a empezar.
    Como cuando sí tuve que volver a empezar, un año atrás ―tal vez fuera menos, tal vez más―, después de todo ese tiempo sin subir a una bicicleta y creyendo que sería fácil volver. Y no, claro, no lo era, no podía serlo. Nunca lo sería.
    Las primeras semanas fueron de pedalear unos pocos kilómetros antes de detenerme. Poco a poco, me decía, paso a paso, pedaleada a pedaleada, para ganar confianza en los músculos, fuerza y resistencia. Luego aumenté la distancia para sentir que estaba haciendo algo. La velocidad llegó después, cuando me percaté de que también debía pensar en ella. Entonces comenzó el verdadero juego para saber cuál sería la velocidad máxima que podría desarrollar y por cuánto tiempo podría sostenerla, saber cuánta práctica necesitaría y cuánto cansancio lograría era parte de lo mismo.
    El cansancio era necesario, porque cuando estoy cansado, cansado de verdad, mi cabeza deja de sonar como una radio mal sintonizada en la que las canciones se mezclan con la estática y con lo que fuera que estén diciendo en cualquier otro lugar, contradiciéndose y superponiéndose con lo que intento pensar. Cuando estoy cansado de verdad solo el silencio permanece, entonces puedo dormir. Por eso necesito cansarme, seguir pedaleando para mantener mi velocidad máxima y cansarme.
    Aunque mis músculos ardan, aunque el agotamiento me diga que ya es suficiente, siempre se puede un poco más, siempre un poco más. Hasta que ya no pueda. Pero mientras pueda, seguiré, un poco más. Eso es todo lo que pido, un poco más.
    Mis piernas arden. Ojala fuera un dolor nuevo, pero llevan kilómetros ardiéndome. En mi pecho mi corazón quiere acompañarlas ardiendo con tanta intensidad como ellas. Siento que me quedo sin aire, pero no, no es así, todavía puedo pedalear, un kilómetro más, no más que eso, un poco más, hasta el fin, ese que no deja de acercarse.

Fotograma de las película: Las trillizas de Belleville
(Les Triplettes de Belleville, 2003)

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En el N° 1 del Sexto Año de la revista Digital de Ciencia Ficción Teoría Ómicron (Ecuador), se ha publicado el relato: Esas luces que parpadean.

En la Revista Digital El Narratorio N° 86 se ha publicado el relato: Confesión.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

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sábado, 15 de abril de 2023

Alarmas

Sonaron las alarmas para ir a trabajar.
    Maldito sea, de por vida y si hay algo después de este castigo maldito que lo sea también entonces, quien tuvo la idea de las alarmas. Porque no solo tuvo la idea de que sonaran las alarmas, sino de que sonaran en cada esquina a partir del sistema de altoparlantes siempre a la misma hora, por lo que imposible decir que nuestra alarma personal no había sonado, porque salvo otro holocausto nuclear, la alarma pública siempre sonaba. Y allí estaba, sonando, obligándome a despertar para ir a trabajar. Sabía que desde que dejaban de sonar tenía veintisiete exactos minutos para hacer todo lo necesario antes de salir y cumplir con el horario de trabajo impuesto. Luego de todas esas horas haciendo cosas que no tenían ningún sentido para mí, otra alarma me diría que ya podía regresar.
    Uno de mis tantos problemas era que cada día me costaba más salir, de la cama primero, de la casa después. La modorra, el insomnio y las noches en blanco que solo al amanecer remitían, justo cuando estaban por comenzar a sonar las alarmas, causaban estragos en mí.
    Me arrastré por los diferentes espacios de la casa cumpliendo cada paso del ritual mañanero. El desayuno, la afeitada, el baño, el acicalamiento general, el darme cuenta que otra vez había olvidado lavar el uniforme. Las cosas normales que se hacen antes de salir a trabajar. Hasta que no completé cada uno de estos pasos no me percaté de que la alarma, tan incorporada a mi vida, a mi rutina, que aprendiera a ignorarla, no había dejado de sonar.
    Esto me ponía de un humor peor al que ya tenía porque la continuidad de la alarma indicaba que debíamos evacuar la ciudad. Era la tercera vez que lo hacíamos en el último mes. Ya ni gracia me hacía, porque el tener un día de no trabajar y de descanso implicaba que al día siguiente habría que hacer un esfuerzo doble para ponerse a tiro con todo lo que se había atrasado y se adeudaba. No sé por qué nos hacían evacuar la ciudad, no le encontraba aún ningún sentido.
    Me cambié el uniforme de trabajo por ropa más cómoda, cerré puertas y ventanas, y escondí lo que no quería que encontraran, porque corría el rumor de que durante la evacuación las autoridades registraban las casas vacías, aunque nadie estaba seguro de qué era lo que buscaban. Luego guardé una vianda y el resto del equipo de supervivencia en la mochila y salí a la calle.
    No era el único que se había tomado el tiempo para hacerlo.
    ―Vecino, buenos días.
    ―Vecina ―respondí. Algo me decía que había estado esperando junto a mi puerta desde hacía un buen rato. También a ella la detestaba, no tanto como el inventor de las alarmas públicas, porque con él no podía desahogar mis más básicas necesidades biológicas, pero se le acercaba bastante. Mi error había sido ayudarla durante la caótica primera evacuación, desde ese momento no pude lograr que dejara de insistir, aun a pesar de mis constantes negativas. Dudo de que la ayuda que reclamara aquella primera vez haya sido tal real y no un mero engaño en el que caí como el mayor de los incautos.
    ―¿Lleva todo lo necesario en ese mochila?
    ―Hombre precavido vale por dos ―dije. Esa frase la repetía mi abuelo cada sábado a la noche antes de salir a sus bailes de solteros mostrándome una pastilla azul. Nunca supe qué era esa pastilla y como toda medicina fue prohibida hace años por las autoridades de la ciudad, solo me queda su frase y su recuerdo.
    ―Qué bueno. Lo que es a mí, creo que en el apuro se me olvidó algo ―se adelantó unos pasos y con una mano bajó parte de la calza deportiva negra que traía, me quedó claro que otra vez no llevaba ropa interior―. No sé qué será, soy tan despistada ―sonrió con picardía y la mirada cargada de deseo.
    ―Ya tendremos tiempo de descubrirlo ―respondí.
    No sé por qué pasaba nada de todo esto, no sé por qué evacuaban la ciudad una y otra vez, no sé porque esa mujer no dejaba de buscarme, pero mientras las cosas continuaran de eso modo no me quejaría.
    Bueno, no. Sí me quejaría, de las malditas alarmas, que ya podrían ir dejando de sonar.

sábado, 8 de abril de 2023

Lectura Voraz

Comenzaba a fastidiarse. Llevaba la mayor parte de la mañana, desde muy temprano porque había olvidado desactivar la alarma y sonó a la misma hora que el resto de los días aunque hubiera preferido dormir un poco más, sin lograr, a pesar del tiempo dedicado, concentrarse. Dejó el papel sobre la mesa, se refregó el rostro con ambas manos apretándose luego el puente de la nariz. Miró la taza de café vacía, tal vez ahora sí había pasado el tiempo suficiente para tomarse otra sin que más tarde le ardiera el estómago. No se levantó, enderezó la espalda contra el respaldo de la silla y giró la cabeza hacia uno y otro lado.
    Cuando volvió a la hoja de papel las letras continuaban bailando ante sus ojos, aunque un poco menos que antes. Bostezó y buscó el principio del texto dando vuelta la hoja. Buscó el título, que no estaba allí, y volvió a girar la hoja. Algo debía de haberle hecho darse cuenta de lo que sucedía cuando la giró por tercera vez, pero no fue así. Tal vez porque todavía estaba más dormido que despierto, volvió a dar vuelta la hoja. Luego la giró una vez más.
    Si no podía encontrar el principio, buscaría el final. Del lado de la hoja que tenía frente a sus ojos el texto no terminaba, por lo que la giró mirando la parte de abajo, notó que el texto no terminaba allí, por lo que dio vuelta la hoja una vez más. Y varias veces más después de esa antes de darse por vencido. El texto no tenía principio ni final y se sentía tan dormido como al principio. Como si fuera parte del relato de un escritor primerizo esperaba despertar de un momento a otro para descubrir que se había dormido abrazando una hoja de papel cualquiera o algo similar, pero no lo hacía, no despertaba, y eso a pasar de estar seguro de reconocer esa experiencia onírica y la mala calidad de la escritura.
    Volvió a la hoja y empezó a leer en un punto y aparte, un párrafo cualquiera, al azar.
    Leyó hasta que terminó la hoja y continuó leyendo del otro lado. Terminó también lo que allí decía y volvió a dar vuelta la hoja, como encontró la continuación de lo que acababa de leer siguió adelante. Por fin había logrado que el texto lo atrapara. Continuó leyendo, dio vuelta la hoja y continuó, dio vuelta la hoja y continuó, dio vuelta la hoja y continuó.
    Lo que leía comenzaba a tener un poco de sentido.
    Levantó la taza y continuó también con su café, sabía que la taza estaba vacía, pero también sabía que la taza tenía café. Vacío la taza y seguía habiendo café. Volvió a beber un poco más de café al dar vuelta la hoja.
    Si lograba no distraerse la lectura tenía algún sentido, pero debía lograr eso que muy pocas veces lograba: concentrarse. Debía evitar pensar cuando giraba la hoja hacia uno u otro lado porque el menor pensamiento ajeno a lo que leía rompería su atención junto con la continuidad del texto. Por eso comenzó a girar más rápidamente la hoja cuando llegaba a la última palabra, a la última línea, a la mitad de la última frase, antes de comenzar el último párrafo, sin haber leído ni una sola palabra, solo tenía que seguir girando la hoja y volver a girarla, y volver a girarla, y volver a girarla, hasta el final.
    Eso en el caso de que hubiera un final, porque no siempre lo hay. Pero, por las dudas, volvió a girar la hoja.

Imagen perteneciente al llamado "Manuscrito Voynich"

domingo, 26 de marzo de 2023

Un sinfín de pájaros muertos

Caminábamos por el parque cuando, como de la nada, casi que a quemarropa, me preguntaste:
    ―¿Notaste que cada vez se ven más pájaros muertos?
    Esperaba que hablaras, es cierto, para solucionar aunque más no fuera una mínima parte de los malentendidos que nos rodeaban. Pensar en comprenderlos era una mera ilusión, siempre lo supe. Por eso, porque esperaba otra cosa, tu pregunta me descolocó.
    ―¿Por qué será? ―agregaste después.
    Claramente no tenía una respuesta. Me quedé mirando el vacío que señalaba la punta de tu dedo, un poco más allá de donde en efecto se veía un pequeño gorrión muerto, entre el pasto mal cuidado y los yuyos, siendo impiadosamente atacado por las hormigas. Ignoraba, también, ese detalle, el que las hormigas comieran carne, plumas, piojos de ave, lo que fuera que tuviera el pobre pájaro caído. El pecho del gorrión era un infierno de movimiento negro de tantas hormigas que caminaban sobre él. Por eso miré un poco más allá, no demasiado porque no había mucho para mirar, en silencio, hundiéndome poco a poco en el mutismo compartido.
    ―No es el primero que veo ―dijiste al sentarte en una banca cercana al gorrión caído―. Es las últimas semanas he visto al menos uno día por medio. Incluso algunas veces hasta dos, y a muy poca distancia. No sé qué los estará matando.
    Parecías tan interesada en el tema que te dejé hablar solo para escucharte un poco más.
    ―Tal vez alguien los esté envenenando. Alguien muy malo e ignorante. Pero ambas cosas suelen ir juntas. Se es malo por ignorancia o se es ignorante por maldad. Además, es una ignorancia terrible, porque nos daña a todos. Los pájaros son necesarios.
    La emoción en tus palabras me inundaba, me llenaba, me abrumaba. Por eso mi silencio, uno que esperaba que entendieras, como lo había esperado siempre.
    ―Podría ser algo en el aire ―Mirabas hacia arriba mientras lo decías, hacia los árboles y lo que pudiera haber entre ellos―. En algún lugar leí que se usaban pequeños pajaritos en las minas para saber si había gases peligrosos en el interior de los túneles. Los pajaritos se morían primero por el tamaño de sus pequeños pulmones. Tal vez por eso están muriéndose y nosotros, con nuestros enormes pulmones, todavía no nos damos cuenta.
    La velocidad con la que las hormigas se encargaban del gorrión me dejaba sin aliento, casi como lo hacían tus palabras, tus ideas. Desconocía que pudieras saber ese tipo de cosas. Ese desconocimiento me aterraba.
    ―Algo los está matando ―continuaste―. No tengo dudas de que de una forma u otra es culpa nuestra. Siempre somos culpables. Siempre somos quienes volvemos todo peor de lo que era.
    ―Siempre ―murmuré, me escuchaste y te volviste, y me miraste.
    ―Es una situación semejante no queda más que una posibilidad. La misma que sabíamos que acabaría ocurriendo ―Me miraste en silencio buscando asegurarte de que te comprendía y sí, lo hacía, te comprendía―. Ambos sabemos cuál.
    ―Lo sabemos ―respondí a la pregunta no formulada.
    Te levantaste, extendiste el puño cerrado a modo de saludo, lo choqué levemente, sin ganas, sin emoción. Giraste y te marchaste por el camino de pedregullo hacia la salida del parque. Sabía que alguien más te estaría esperando y por eso, aunque lento como siempre, todo había sido demasiado rápido.
    Horas más tardes, cuando las farolas se encendieron, me levanté. Antes de marcharme en la dirección opuesta a la que tú tomaras, me acerqué a lo que iba quedando del cadáver del gorrión y lo pateé lo más fuerte que pude interrumpiendo el festín sin final de las hormigas.

sábado, 18 de marzo de 2023

Lo que nos pertenece

En el pueblo no nos gustan los extraños, los desconocidos, los que llegan sin anunciarse y vuelven nuestro lugar su lugar. No nos gustan, ninguno de ellos, no señor. Por suerte, nuestra ubicación resulta un tanto remota entre las estribaciones nada desdeñables de los abruptos cerros de la región. Esto nos volvía poco más que un nombre perdido en viejos mapas carreteros.
    Pero desde hace unos años, como si se tratara del anuncio del deshielo, cuando vemos correr el agua con mayor fuerza cada día en el torrentoso río que rodea el pueblo hasta volverlo una fuerza de la naturaleza, la paz, el aire puro, el silencio de la montaña que nos esforzábamos en defender, se convirtió en un atractivo turístico. Esto nos perjudicó. Vaya todo nuestro odio a esa maldita raza de ruines seres que todo lo destruyen, que todo lo critican, que todo lo fotografían, que todo lo suben a las redes y que nada nunca entienden.
    Cierto que al principio eran unos pocos, menos de media docena por vez, todos correctos, educados, mirando, admirando, cuidándose de no tocar lo que no debía ser tocado. Mas cuando quisimos darnos cuenta veíamos con horror una invasión de bárbaros que asolaban nuestra intimidad, exponían nuestros secretos, rompían nuestro silencio, ensuciaban nuestro idioma. No, no era terror, lo que sentíamos era el mayor de los desprecios posible, uno que se acercaba peligrosamente al odio, esa emoción tan poderosa y que tanto ha hecho por la humanidad.
    Si queríamos seguir siendo dueños de nuestras vidas, debíamos atajar esa invasión, evitarla de algún modo.
    Piedra a piedra reformamos la única entrada al pueblo y su ejido. Piedra a piedra movimos el viejo puente que atravesaba un antiguo cauce que solamente en los años de mucha acumulación de nieve recibía algo de agua, atravesaba el valle y seguía casi en línea recta hacia el pueblo. El nuevo puente pasaba por sobre el poderoso caudal del río siempre lleno de agua helada realizando una peligrosa y cerrada curva, seguida de una contra curva más cerrada aún, ambas carentes de señalización y que solo quienes formábamos parte del pueblo, los allí nacidos y criados, conocíamos lo suficiente como para evitar los accidentes. El resto, los aventureros, los buscadores de fotografías, el turista mal educado, el campista desinteresado de la naturaleza y el resto de seres de la misma calaña, acababan arrastrados por la turbulentas aguas que los devolvían allí donde pertenecían, a los pies de los cerros, lejos de nuestro pueblo, de nuestro aire puro, de nuestro silencio y nuestro contacto con la naturaleza.
    No es culpa nuestra la falta de pericia de esos conductores que, al final de la temporada, no regresan a sus hogares. Nosotros no sabemos dónde pueden encontrarse. Tal vez sea cierto que se dirigían hacia nuestro pueblo, pero nunca llegaron a él, nosotros nunca los vimos, nadie llegó a molestarnos.
    Como sea, cuando volvimos a ser apenas un nombre perdido en viejos mapas carreteros pudimos recuperar aquello que era nuestro, aquello que nadie podría arrancarnos. Nos recuperamos a nosotros mismos.

miércoles, 4 de enero de 2023

No se gana sin antes haber perdido

Sucedió, sí. Tal y como se lo habían vaticinado y prefiriera no escuchar, creyendo que esa vez sería diferente sabiendo que no lo sería, al menos no para él. Bajo aquel sol impiadoso, como desde hacía décadas lo es todo lo natural para con el hombre, el motor del auto cantó su nota final. Llevaba kilómetros fallando, avisando que si todo dependía de su única voluntad no llegarían mucho más lejos. Pero él, que apenas sabía conducir y no entendía nada de autos ni motores, no hizo oídos sordos, ni siquiera fue capaz de comprender lo que escuchaba.
    Tuvo otras advertencias, claro. La última que recordaba en la estación de servicio del pueblo anterior. A unos… ¿Cuántos? ¿Doscientos? ¿Doscientos cincuenta kilómetros? Esa persona se lo advirtió aun sin tener razones para hacerlo, pero lo hizo porque todavía quedan quienes sencillamente se preocupan por los demás.
    ―No llegará muy lejos, necesita descansar.
    ―Estoy bien, gracias ―respondió intentando sonreír―, quiero llegar cuanto antes.
    ―No me refería a usted. ― Señaló el auto con una mano engrasada.
    Lo tomó como una ofensa personal, como se toma todo lo que nos dice un desconocido que sabe menos sobre nosotros que nosotros mismos, y se lanzó a la mayor velocidad que se atrevía sobre la ruta polvorienta hacia ese lugar indefinido en el oeste. Un círculo mal trazado en un mapa encontrado de casualidad, tal vez olvidado, tal vez descartado, era la única referencia que tenía. Un círculo, un nombre, un camino, un deseo. Y ese sol que no dejaba de morder su nuca cada vez que asomaba la cabeza por fuera del auto no lo detendría.
    Solo que sí, al final, lo detuvo. Aunque no directamente.
    Descendió del automóvil y miró en las treinta y dos direcciones de la Rosa de los Vientos intentando ubicarse y tener la seguridad de se encontraba, claramente, en medio de la nada. Estaba solo. Ni siquiera un árbol tan solitario como él, un álamo, un ombú, un fresno, el que fuera, crecía en medio de aquella tierra árida y deshabitada. No había nada. El motor continuaba haciendo ruido enfriándose lentamente. Levantó el capó y miró esa caja rectangular de la que entraban o salían varios cables y mangueras. El humo brotaba desde varias de las uniones. Leyó las etiquetas en inglés, francés y español en el lado interno del capó, y luego lo cerró.
    Sabía tanto de autos, de motores y de relaciones interpersonales, como de todo lo demás.
    Volvió a mirar en la dirección en la que venía, luego en la dirección que llevaba. Todo cuanto vio le dio la certeza de que nadie pasaría por allí, ni en poco ni en mucho tiempo.
    ―La ruta de la muerte ―recordó con la voz de ella y con esa sonrisa con la que decía las cosas que le interesaban―. Y al final, el valle de la vida.
    ―Primero hay que morir para después vivir ―había dicho él.
    ―Y sí, no se gana sin antes haber perdido ―respondió antes de reír de esa manera en la que solo ella sabía hacerlo, no como un sonido hueco, como una mueca, sino con una risa que tenía más de real que de fingida. Era difícil de explicar, además, solo a ella se la había visto y oído. Nadie antes, ni nadie después (aunque el después fue por demás breve), logró acercarse a ese tipo de risa.
    Guardó el mapa en uno de los bolsillos del jean doblándolo varias veces, mojó con un poco de agua el interior del sombrero antes de ponérselo en la cabeza, se colocó los lentes oscuros y con lo que quedaba de agua en la única botella que tenía en una mano y la urna en la otra, comenzó a caminar en una dirección indefinida. Tal vez llegaría a algún sitio, ya sea el que buscaba o no. Tal vez algo pasara antes, no importaba. No entendía de autos, de motores ni de mapas, pero debía al menos intentar cumplir una de todas las promesas que había hecho. Después de todo, ella ya lo había dicho, no se gana sin antes haber perdido.

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Inicio del Espacio Publicitario:

El día de hoy, 4 de enero de 2023 se cumplen 15 años del inicio de Proyecto Azúcar.

Espero que sepan disfrutar el momento (pero no, no sé cómo).

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Visita final

La cerradura estaba trabada y sucia, le costó varios minutos lograr que la llave girara las dos veces necesarias para abrir la puerta. Mientras forcejeaba con ese trozo de metal, tal vez de bronce, tal vez no, se dio cuenta de que también se había olvidado el aerosol quita óxido por si sucedía eso mismo. Cuando por fin abrió la puerta, una vaharada de intenso olor a humedad atacó su nariz, como si la casa le recriminara por el tiempo que había osado dejarla sola, abandonada como si fuera parte de un recuerdo que no quiere recuperarse. Pero no había sido así, cierto que ya no pagaba por el servicio de gas, ni de agua, pero sí el de la electricidad. En medio de esa gris y silenciosa tarde de principios del otoño, una luz se encendió en la sala principal.
    La luz brilló con una incandescencia cansada, como aburrida. Cerró la puerta de calle y fue hacia la cocina. Allí, sobre la mesa de madera enchapada que le parecía la superficie más limpia, apoyó el bolso, el abrigo y las llaves. Abrió la ventana que miraba al desolado patio interno, un rectángulo de tierra reseca y un árbol falto de atención y ramas raquíticas lo miraron.
    La habitación principal seguía como la recordaba. La pinotea del piso crujía con furia al sentir su peso mientras revisaba una vez más los cajones de la mesa de luz, el placard donde todavía colgaban algunos sacos y otras prendas ―revisó todos bolsillos otra vez―, y miraba debajo de la cama. Los veladores que tanto le gustaban se los había llevado años atrás, ya no los tenía consigo, se habían perdido en alguna mudanza o en una de sus tantas rupturas, mejor no recordarlos.
    En el escritorio, la oficina, la sala de estudios o de juegos que separaba ambas habitaciones, tampoco nada había cambiado. Sobre los estantes apenas quedaban unos adornos de otra época, viejos recuerdos de vacaciones vividas quizá con alegría. Miró todo muy rápido, antes de que sus ojos se empañaran al detenerse particularmente en alguno de ellos. Tomó dos, tres, tal vez cuatro, antes de salir sin mirar atrás.
    La habitación más pequeña, la que mejor conocía, estaba más vacía aun. La miró desde el umbral; el placard abierto parecía una boca desdentada eternizada en una mueca de sonrisa, de dolor o de incredulidad. La cortina de la ventana se había caído sin que tuviera la fuerza de voluntad suficiente para volver a colocarla. Hoy tampoco lo haría. Allí se quedaría.
    El entablonado del suelo de la sala también crujía, aunque un poco menos, como lo rezongos de un viejo cansado de quejarse y que nadie lo escuchara. Miró la biblioteca casi por completo vacía, tomó algunos de los libros que aún quedaban pensando que podría venderlos como hiciera con los demás, como hizo con la colección de figuras decorativas de su madre, los sombreros de fieltro, el álbum de estampillas de principios del siglo pasado que de chico no podía tocar y solo le permitían mirar desde lejos, y esa figura de alabastro que nunca supo por qué estaba en ese estante entre esos libros forrados de negro escritos en otro idioma, todos apoyados sobre la falsa chimenea junto a la puerta imposible de disimular el sótano.
    Pensó en el sótano, en el contra suelo de cemento sin terminar que conocía mucho mejor que al resto de las habitaciones, incluso la que fuera suya, recordó las veces en las que había subido y bajado esos escalones de madera mal clavados. Recordó los golpes recibidos allí abajo, golpes que entre la humedad y el silencio sonaban más secos, más duros, más definitivos. Recordó como siempre existía una justificación para esos castigos, cualquier acción suya era excusa suficiente, lo sabía muy bien. Tembló al descubrirse extendiendo la mano hacia el picaporte de esa puerta, como si quisiera abrirla al igual que hiciera con las otras.
    Desvió su mano e intentó tomar un florero que estaba sobre la falsa chimenea, pero este se le resbaló y terminó cayendo contra el entablonado rompiéndose en infinitos fragmentos, repitiendo infinitas veces el ruido de la caída, que se escuchó en toda la casa, como sin dudas también se escuchaban aquellos otros golpes, aun con la puerta cerrada. El estruendo removió algo en su interior, algo tan profundo como los recuerdos de aquel sótano. Corrió hacia la cocina, cerró el bolso, levantó su abrigo y huyó sin preocuparse por apagar las luces que quedaban a su paso.
    En el más que diminuto jardín delantero escondió la llave nuevamente debajo del trozo más grande de laja, cerca de la canilla de la que no salía ni una gota de agua, y salió a la vereda. Las piernas, no, el cuerpo entero, no, incluso su memoria, temblaban, tanto como temblaría mañana la casa cuando comenzara, por fin, la tantas veces propuesta pero ahora sí definitiva, demolición.


Esta foto es mía, sacada en abril de 2017 
pasean por las calles internas del barrio.
En la actualidad, esas paredes ya no existen.

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En el N° 82 de la Revista Digital El Narratorio se ha publicado el relato: El vecino de arriba

En la Revista Palabras Amarillas se ha publicado el cuento: Temporada de conquistas

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

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domingo, 18 de diciembre de 2022

De regreso al yermo

Hubo ruidos, golpes, caídas, gritos, un pesado objeto de madera cayendo contra el suelo de ladrillo, otro de cristal rompiéndose en infinitos fragmentos. Hubo algo que parecía un trueno seguido de un relámpago. Hubo un tenso silencio antes de que regresaran los gritos y las amenazas. Hubo un portazo y un nuevo silencio apenas quebrado por sollozos mal sofocados. Al día siguiente, la rutina simulaba ser la misma en la casa, aunque estaba claro que no lo era.
    Días después uno de los vecinos dijo que creyó escuchar citas de la biblia entre los gritos y amenazas, pero como nunca había leído la biblia no estaba del todo seguro. Otro vecino, que vivía un poco más lejos, aseguró que eran citas del corán, gritadas a viva voz en un idioma de otro lugar, un idioma que no conocía citando un libro que nunca había leído. Un tercer vecino sostenía haber escuchado traídos por el viento fragmentos de la torá en hebreo, idioma que sus vecinos no conocían. El cuidador de otra de las granjas cercanas, dijo que todos aquellos ruidos le parecían un concierto de doom-metal en sueco o noruego, pero por suerte estaba lo suficientemente lejos como para no entender nada de lo que pasaba. Hubo, por último, quienes nada dijeron
    En cambio, todos acordaron que había sido el del hijo de la familia quien diera aquel último portazo, con ánimo de definitivo, y que los sollozos contenidos pertenecían a la madre, quien desde entonces vistió de riguroso luto sin volver a dirigirle la palabra al padre de la familia.
    Luego de aquel día, la casa se cubrió de silencio. Uno de esos silencios en los que es posible distinguir tantos matices como colores en la paleta de cualquier pintor. Solo cuando el padre se encontraba en la casa podía escucharse una voz que hablaba, hacía planes para las próximas cosechas, mencionaba los arreglos a realizar, proponía viajes a los pueblos cercanos. Una voz que se respondía a sí misma sin esperar a que lo hiciera la silenciosa madre.
    Un año y un día después de la partida del hijo, el padre hizo lo propio. Sin gritos, sin golpes, sin portazos. Montó en su viejo caballo bayo y se internó en los caminos de la región. Dicen que en busca del hijo, aunque nadie puede confirmarlo, tampoco parecía que estuviera dejando a su mujer, quien no se asomó por ninguna de las ventanas de la casa a verlo partir. Nadie podía decir si regresaría algún día.
    El camino de entrada a la casa se cubrió de malezas, se volvió barro con las lluvias del otoño y de la primavera, fue tierra reseca y polvorienta con el sol del verano. El camino parecía la cicatriz de una antigua herida, de esas que aún se distinguen aunque no se recuerden. La casa se adivinaba a lo lejos, nadie se acercaba a ella, nadie provenía de ella. Si la madre continuaba viviendo allí, nunca se la veía. Los vecinos, en un principio tan solícitos y cercanos, preferían mirar hacia otro lado, hacia el futuro tal vez porque el pasado puede olvidarse, encerrarse, aunque por breves momentos puede aparecer frente a nosotros de la manera más imprevista.
    Pasó un año, pasaron dos, luego tres. Se perdieron varias cosechas, una sequía brutal asoló la región. Una mujer vestida de blanco atravesó los caminos; hubo quienes dijeron que venía desde la casa abandonada de la última finca; otros dijeron que provenía de una dirección diferente; también hubo quienes no la vieron, pero incluso ellos quisieron decir algo; hubo, por último, quienes nada dijeron. En lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en que nadie, ninguno de ellos, había visto el rostro de la mujer.
    Tiempo después, cuando la casa era una ruina que apenas se sostenía, con las vigas de madera carcomida por generaciones de insectos, el sol, la lluvia y el viento, un hombre se acercó a ella. Un hombre que se detuvo a muy poca distancia sobre el camino de entrada sin desmontar de su caballo ruano. Estuvo allí, mirando la casa, sin moverse, hasta el atardecer, miraba como quien mira algo buscando una respuesta que no logra comprender.
    La puerta, la única puerta de la casa, a la que miraba, estaba abierta, seguramente vencida por el viento y la humedad que henchía la madera. El hombre desmontó, se acercó a la puerta y la cerró lo mejor que pudo casi sin hacer ruido, pero no sin esfuerzo porque la puerta no encaja por completo en su marco. Montó nuevamente y se alejó.
    Luego de que marchara hubo quien dijo que se trataba del padre de la familia, que regresaba sin una respuesta para dar; también hubo quien dijo que se trataba del hijo, que regresaba sin una pregunta para realizar. Otros dijeron que no era ninguno de los dos, o que eran los dos en una misma persona. Hubo, por último, quienes nada dijeron.

sábado, 10 de diciembre de 2022

Las flores siempre son ajenas

Compré la edición más cara que encontré de “Las flores del mal”, de Baudelaire, para dejarla sobre el escritorio de mi cubículo-oficina. Era una hermosa edición bilingüe, con finas filigranas de oro en los bordes de cada página, tapa dura, sobrecubierta laminada, brillante y llamativa y con el dibujo de, claro, unas flores, en la portada. Tenía la idea de que ese libro, estratégicamente colocado a plena vista, lograría romper el silencio del resto de los seres grises y abotargados que trabajaban allí dentro cuando pasaban, indiferentes, junto a mí. Ese era mi mayor anhelo, tal vez el único, el que alguien quebrara ese silencio inundado de ruidos de teclas presionadas infinitas veces, pasos ahogados por las alfombras demasiado mullidas, el extractor de aire haciendo su trabajo desde las alturas y los habituales gritos de dolor de las víctimas propiciatorias para el buen progreso de los negocios. Pero no resultó.
    Tendría que haberlo sabido, al menos podría haber intuido mi fracaso en este nuevo intento como en tantas otras cuestiones antes y después. Quise creer que esta vez sería diferente aunque nada me indicaba la existencia de dicha posibilidad. Quise creerlo para que el día se sintiera de otra manera. De haber revisado mis cálculos, de haber mirado con atención lo que me rodeaba, de haber estudiado un poco más el contexto, igualmente habría fracasado, pero no se sentiría como algo tan pesado, tan definitivo.
    Los versos de Baudelaire, oscuramente barrocos, románticos en exceso, difíciles de comprender, en los que intenté sumergirme varias veces en uno y otro idioma, en nada ayudaban a calmar esa ansiedad, esa desesperación que, sabiéndolo o sin saberlo, me gobernaba.
    El libro viajó desde mi cubículo-oficina a mi cubículo-habitación más de una vez. El señalador avanzó y retrocedió entre las primeras páginas del prólogo más de una vez. El resultado era siempre el mismo, me enfrentaba al fracaso día tras día.
    El último de los viajes del libro fue también el último de los míos. Dejé todo lo más ordenado posible en el cubículo-habitación siendo que todo era un desastre en el cubículo-oficina porque el trabajo nunca deja de acumularse. Me alejé, de todos, de todo, acompañado únicamente por las flores de Baudelaire confiando en que en algún lejano día lograría comprender algo, no todo, porque eso sería demasiado, y mi costumbre es conformarme con lo mínimo, por pequeño que esto sea.
    He de confesar que, algo típico en mí, no llegué demasiado lejos en mi intento.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Testimonial

―Él se lo buscó ―repitió antes de sorberse la nariz y escupir hacia un costado una mezcla de sangre y mocos―. No es nuestra culpa.
    Se acomodó el pelo sobre la frente antes de darse cuenta que también en sus manos había algo de sangre. Vio los raspones y cortes en su piel, era demasiada sangre para heridas tan pequeñas.
    ―¿Qué fue lo que pasó?
    ―El tipo este apareció así como de la nada ―explicó abriendo y cerrando las manos para mitigar las molestias que aún sentía―. Nos insultó con palabras, obras y omisiones haciéndose el importante, el superior a todos nosotros o algo así. Fue una falta de respeto.
    ―No tiene sentido. ¿Qué estaban haciendo ustedes?
    ―Nosotros siempre estamos acá haciendo nuestras cosas y sin molestar a nadie. Este es nuestro lugar.
    ―Es un espacio público.
    ―¿Qué importa eso? Nosotros lo usamos, todos lo saben. Siempre estamos acá. Si no estamos todos siempre hay unos diez o doce. Y no molestamos a nadie.
   ―Los vecinos no dicen lo mismo.
    ―Que se jodan los vecinos. Nosotros siempre estamos acá, este es nuestro lugar. Y cuando no estamos, también sigue siendo nuestro lugar.
    ―¿Y qué fue lo que pasó?
    ―Estábamos haciendo nuestras cosas, planeando donde ir a meter pecho, mirando a las chicas que pasaba, insultando a los burgueses, tomando unas frescas, riéndonos de cualquier cosa hasta que llegó este ―señaló hacia el suelo, hacia los despojos cubiertos por una lona.
    ―¿Los atacó?
    ―Llegó pateando las botellas. Rompió aquella de allá ―señaló unos vidrios mojados sobre un cantero―. Ahí, ¿la ve? Estaba llena. La pateó y gritó: “todos ustedes contra mí solo”. Y se puso así, con las manos así, como para pelearla. “Ustedes no son nada”, dijo también. Le dije, nos insultó, eso no se hace.
    ―¿Reírse de los demás y gritarle cosas a las mujeres no es lo mismo?
    ―No, porque eso es reírse y gritar, no insultar, no faltarle el respeto a nadie.
    ―Claro… ¿Qué pasó después de que los insultó?
    ―Nos defendimos, eso pasó. Le hicimos frente, como corresponde. Éramos diez, doce, y él estaba solo. Era grandote y pegaba bien, se la bancó bastante. Hasta llegó a pensar que sí, que nos podía copar la parada y hacernos sufrir. Pero eso le duró dos o tres golpes bien puestos, pero el palazo en la nuca no se lo vio venir. Un genio el Tuki.
    ―¿Atacar por la espalda te vuelve un genio?
    ―¡Claro! ―escupió otra vez, ahora había más saliva que sangre―. Cuando lo tuvimos en el piso no dejamos que se levantara. “Todos ustedes contra mí solo”, dijo el jetón y ahí estaba, tirado en el suelo, recibiendo patadas, piñas, rodillazos en los huevos. Le pegamos tanto la cabeza contra el piso que le saltó todo el chocolate.
    ―Le rompieron el cráneo.
    ―Eso también. Había chocolate por todas partes. Lo pateamos las bolas para que duelan hasta a los nietos. Ya ni se defendía ahí, pero no importaba, le seguimos pegando. Gemía, eso sí, pero cada vez más bajo, para que no lo escuche nadie.
    ―¿Y después?
    ―No, después no gimió más.

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En el blog literario de la Editorial Palabras Amarillas, de Argentina, se ha publicado el relato Silencio.

Pueden pasar a leer cuando quieran.

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domingo, 16 de octubre de 2022

Al final de la noche

Algo salió mal. Algo que todavía no logro descifrar qué pudo haber sido y que me atormentará hasta que lo descubra, lo analice y pueda intentar evitarlo la próxima vez. Todo esto, claro, en el hipotético caso de que tenga la habilidad suficiente para dar cuenta de mi error y llegado ese punto sepa de qué manera subsanarlo, y por último que haya una nueva oportunidad en la cual evitarlo.
    Ignoro qué fue lo que hice mal, porque tengo la certeza de haber seguido al pie de la letra las indicaciones del manual de comportamiento. Realicé todos los pasos previos para el primer acercamiento, cumplí punto por punto con las pautas del cortejo y la invitación para una salida social que podría convertirse, con el común acuerdo de las partes, en algo un poco más íntimo. La otra parte, según cada parámetro a tener en cuenta, disfrutaba del encuentro y la conversación a la que ambos atendíamos con sumo interés y dedicábamos el tiempo adecuado para la preparación de las respuestas que no significaran la muerte definitiva del diálogo.
    Caminamos la cantidad de pasos estipulada, tuvimos infidencias que simulaban sinceridad sin la menor intención de que así lo fueran, relatamos breves pasajes de nuestras vidas anteriores a ese momento, reímos con el volumen correcto de sonido, intercambiamos miradas significativas, compartimos una comida cargada de sabores para abrirnos al posible placer subsiguiente, tuvimos nuestras caídas de ojos y sonrisas amplias y poco disimuladas mientras criticamos el modelo socioeconómico y la estructura macropolítica del continente solucionando todos los problemas de manera teórica durante el café. Luego, una vez cumplidos cada punto del itinerario, nos acompañamos mutuamente de regreso.
    El camino fue rápido, como todos los desplazamientos en las sendas peatonales móviles de la ciudad, tal vez demasiado breve, como si se tratara de un indicio de que pronto llegaríamos al final de la noche y de que era necesario decidir si esta continuaría o no. Es decir, decidir si uniríamos el resto de nuestras vivencias o si terminaríamos allí mismo, en la puerta de su unidad de cubículos habitacionales individuales. Un cubículo tan pequeño como el mío, en el que sólo cabe una persona y en los que las visitas ocasionales se soportan más o menos bien. Visitas siempre anheladas por la mayoría de quienes habitábamos en cubículos similares.
    Así pues, de pie en la puerta de su unidad de cubículos habitacionales individuales, esperé a que todas las acciones realizadas en las últimas horas dieran el fruto esperado, se cerrara el trato de la manera indicada por el protocolo y pudiéramos subir, aunque más no fuera para una visita extremadamente breve, a su cubículo. Esperaba ese momento que sabía que era el único posible, lo deseaba, era el final de la noche, era allí, era ahora, en ese instante.
    ―Gracias por la salida ―dijo inclinando la cabeza hacia adelante a manera de saludo―, la pasé muy bien, de verdad ―Extendió su puño cerrado para que se lo chocara―: Buenas noches.
    Balbuceé alguna incoherencia a modo de despedida, no estoy muy seguro de qué ya que me esperaba otro tipo de respuesta.
    Giró rápidamente e ingresó en su unidad de cubículos habitacionales individuales.
    Algo había salido mal, algo que no pude descifrar en ese momento y que sabía que me atormentaría hasta que me diera cuenta de mi error, supiera de qué manera subsanarlo y, por último, que hubiera una nueva oportunidad en la cual evitarlo. Porque sabía que había cumplido cada uno de los pasos establecidos para la seducción y que me correspondía, al final de la noche, aunque más no fuera un beso. Uno. Solo uno. Y esa noche no lo había habido.

sábado, 30 de julio de 2022

Sistema

El moderno tren eléctrico traqueteaba sobre las viejas vías, el presupuesto de actualización del sistema de transporte no había alcanzado para cambiarlo todo. Mirando por la ventana de su derecha se encontró con un campo de cultivo de proteínas genéticamente modificadas. Hectárea tras hectárea de plantas idénticas entre sí, clones de una única simiente original, que crecen sin importar el clima ni la calidad del suelo, crecían porque para eso habían sido programadas. No es soylent green, pero casi, pensó distrayéndose apenas del sentido de aquel viaje. El tren llegó hasta una pequeña estación de pueblo que rápidamente quedó atrás cuando nadie subió ni descendió de la formación.
    Luego de los campos de cultivo de proteínas venían campos de paneles solares que acumulan las energía necesaria para alimentar a las siempre famélicas ciudades de los hombres además de al mismo tren. Encontraron otra estación perdida en medio de los paneles, una estación de control en la que el tren ni siquiera se detuvo. Algo, pensó, algo indefinido, no está del todo bien, pensó mirando toda esa extensión de espejos negros. Me gustaría saber qué es, porqué me siento de este modo.
    ―¿En qué piensas? ―lo distrajo de su ensimismamiento una voz que sonaba como parte de un recuerdo, pero no lo era.
    ―En que ―respondió mirando a su clon-gemelo de quince años sentado junto a él―, estás a punto de conocer muchas cosas, muchas culturas, muchas personas, muchas novedades.
    ―Lo sé ―dijo el adolescente―. Fue lo que me dijiste antes de que saliéramos de la granja de crianza. ¿Recuerdas?
    ―Claro que sí. Me refería a otras cuestiones, cosas más… digamos que cosas diferentes.
    ―No te entiendo.
    ―Cuando realicé este viaje encontrándome en tu lugar, con el clon-gemelo anterior sentado en mi lugar, con esta misma voz, en estas mismas vías, en un tren que se veía un poco más viejo que este aunque en ese momento era nuevo, ese clon-gemelo anterior dijo algo que me llevó mucho tiempo entender, pero cuando lo hice me sirvió para darme cuenta de varias cosas que no están del todo bien aquí ―se tocó la frente con la punta de un dedo y luego hizo un gesto que pretendía abarcarlo todo.
    El tren continuó avanzando, un poco más lento al ingresar en el distrito de adoctrinamiento universitario.
    ―¿Qué fue lo que dijo ese clon-gemelo anterior? ―preguntó el adolescente.
    ―Dijo que existen personas que creen poseer la profundidad y la oscuridad del océano en su pensamiento, en sus acciones, pero no son más que un charco de agua turbia y estancada. Y también a la inversa. En aquellos que creemos ver un charco de agua turbia y estancada, se esconde la verdadera profundidad, una que no necesita de la oscuridad de un océano para demostrarse.
    Ambos clones-gemelos, el adulto y el adolescente, se miraron en silencio. El adulto reconoció en los ojos del adolescente el mismo desconcierto que alguna vez fuera el suyo. Sabía que el adolescente no preguntaría qué significaba esa frase, así como también sabía que no podría responderle si llegaba a preguntarle.
    El tren se detuvo, abrió las puertas automáticas y los pocos pasajeros que llegaron hasta allí descendieron. Todos eran parejas de clones-gemelos. Todos de la misma serie.
    Bajo un cartel que señalaba el final del andén comenzaba, colina arriba, el camino hacia el brillante edificio universitario.
    ―Hasta aquí puedo acompañarte ―dijo el clon-gemelo mayor a mitad del andén, a unos pocos pasos de donde también se detenían las otras parejas.
    ―Lo sé ―respondió el clon-gemelo adolescente sin el menor atisbo de emoción o interés en lo que sucedía.
    ―Disfruta tus próximos veinticinco años de formación.
    ―Haré mi mejor esfuerzo.
    ―Lo sé ―dijo el clon-gemelo mayor sin el menor atisbo de emoción o interés―. Porque es lo que hice yo, lo que hicieron los anteriores ―Chocaron los puños cerrados a modo de saludo―. Adiós.
    ―Adiós.
    El clon-gemelo adolescente se encaminó hacia el inicio de su recorrido universitario. El clon-gemelo mayor ocupó el séptimo lugar en la línea de espera para ingresar a la unidad de desintegración molecular en el extremo opuesto del andén. Ese era el final de su propio camino.
    El sistema aparenta funcionar bien, pensó el clon-gemelo mayor, y mientras lo haga, las críticas, los comentarios, las suspicacias, no tienen lugar. Espero que él lo haga mejor que yo, pensó sin mirar atrás al escuchar al tren alejarse.

sábado, 23 de julio de 2022

El primero

Allí estaba, pues, sin saber muy bien qué hacer a continuación.
    La luz hería sus ojos. Su piel ardía al contacto con el sol. Cada centímetro descubierto de su cuerpo, libre de sujeciones y marcas, ardía como la piel de un recién nacido nunca antes expuesta a la vida. Su nariz, su garganta, sus pulmones, picaban como si hubiera algo más mezclado en el aire. El peso de su cuerpo resultaba atroz, apenas se mantenía en pie, el impulso era volver a acostarse sobre la tierra, el barro, la humedad de la que acababa de levantarse.
    ―¿Quién? ―intentó preguntar recordando unas pocas palabras, mas su lengua, como un trozo de carne muerta, seca, pesada y densa dentro de su boca, no se lo permitió.
    Buscaba un lugar sobre el cual reposar. Giró tambaleándose, de espaldas a la luz los ojos le dolían un poco menos. Solo vio barro, arcilla, restos de la reseca de un mar agotado, piedras sin identificar y el aroma de la vida pudriéndose para volver a nacer. Supo que ese era su propio aroma.
    Dio un paso, un único paso. Su pie se hundió en el barro pegajoso, mezcla de arcilla y de sangre, de vida y de muerte, y ya no tuvo fuerzas para continuar. El cuerpo le pesaba más y más. Había algo que tenía que hacer, pero no recordaba muy bien qué tenía que hacer ni quién era. No recordaba dónde tenía que hacerlo, ni por qué. Ya no recordaba.
    Se recostó en el barro y cerró los ojos respirando con dificultad. Algo se abría paso a través de su cuerpo, desgarrándolo desde el interior, volviendo sus huesos frágiles trozos de arcilla y barro. Su sangre se volvió agua que humedecía todavía más el suelo pegajoso y sucio cuando su cuerpo se abrió como un cascarón.
    Allí estaba, pues, sin saber muy bien qué hacer a continuación, quitándose los restos de barro y arcilla de los brazos y las piernas, antes de levantarse.
    La luz resultaba por demás brillante, pero podría acostumbrarse a ella entornando apenas los ojos. Su piel, como la de un recién nacido, ardía al contacto con el sol. Necesitaría un refugio, pero en toda la extensión que le rodeaba no veía más que barro, arcilla, rocas indiferenciadas y los restos antiguos de la resaca de un mar agotado.
    ―¿Dónde? ―intentó preguntar, pero su lengua seca apenas se movió.
    No encontró que beber en las cercanías, por lo que tendría que alejarse de ese sitio tan imposible de distinguir de cuanto lo rodeaba para, al menos, encontrar un poco de agua. Dio un paso sintiendo el atroz peso de su cuerpo doblar su espalda dificultando sus movimientos. El suelo resbaladizo tampoco ayudaba, y no había allí nada a lo que aferrarse para no caer.
    Al tercer paso uno de sus pies se hundió tanto en esa mezcla putrefacta de barro, sangre y arcilla que pisaba, que ya no pudo desprenderlo. Pensó en qué otra cosa podría hacer, no se le ocurrió nada. Para ayudarse con las manos a cavar en torno a su pie se sentó sobre aquel barro primigenio, pero en cuanto su cuerpo tomó contacto con este, sus fuerzas lo abandonaron.
    Se recostó mirando hacia la misma luz que fuera lo primero que viera. Sentía que algo le desgarraba, que algo pretendía escapar de su interior, algo que no entendía. Cerró los ojos y se dejó ir. Su cuerpo, sus huesos, se volvieron arcilla, su sangre se mezcló con el agua sucia y la podredumbre del suelo. Su cuerpo se partía en dos, se abrió como un cascarón.
    Allí estaba, pues, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Se levantó de entre el barro y la arcilla, estiró los brazos y respiró llenándose los pulmones con ese aire picante cargado del aroma de la sal, de la vida, de la muerte. Miró la luz, miró hacia el otro lado, miró en todas las direcciones y se lanzó a caminar sin más, sin pensarlo. Fingió que no sentía el peso atroz de su cuerpo sobre sus huesos ni la caricia fría, casi gélida, de la brisa sobre su piel desnuda, como de recién nacida.
    No llegó a contar diez pasos, que uno de sus pies se hundió en esa pegajosa mezcla de barro, arcilla, sangre y la antigua resaca de un mar del que no se veía ningún otro rastro. Intentó sacarlo jalándolo con fuerza, pero no pudo desprenderlo.
    ―¿ Por qué? ―intentó preguntar, pero su lengua, como un trozo de carne muerta, seca, pesada y densa dentro de su boca seca apenas se movió.

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En el N° 77 de la Revista digital El Narratorio, se ha publicado el relato: Nevada 

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domingo, 17 de julio de 2022

Inmortal

―Disculpe, Señor. ¿Sabría usted decirme dónde se encuentra la calle Del boulevard?
    ―Por supuesto, Señor. Dos calles hacia el norte.
    ―Gracias.
    ―No es nada.
    Quien preguntó continuó caminando en la dirección indicada, y como siempre en estos casos, antes de hacer yo lo mismo me detuve unos instantes a contemplar cómo se alejaba. Tenía que asegurarme de que no había sido reconocido, que todo continuaba como hasta el instante anterior a ser interpelado. Y es que ante una pregunta tan banal, ya fuera por el nombre de una calle o alguna otra nimiedad semejante que puede preguntársele a un desconocido en una ciudad inmensa y precisamente llena de desconocidos, temía ser reconocido.
    Debería comenzar señalando cuál es mi seña de distinción principal. Soy inmortal. Hasta donde he podido descubrir, soy el único. Lo cual puede resultar un tanto útil e incluso divertido una vez superado el dolor original de ver morir uno a uno a todos los que he conocido; resultan ser tantos que algunos de ellos no son más que un nombre en una lista casi interminable que comencé cuando noté que el tiempo no hacía más que extenderse y temía olvidar algo de cuanto sucedía. Soy tan inmortal como mis padres, mis hermanos, ni ningún otro de mis parientes lo ha sido. Desde que llegué a la edad adulta no me enfermo ni muero de muerte natural; claro que no me atrevo a intentar otra cosa y llevo tanto huyendo de las guerras que lo mejor es no pensar en ello. Como sea. He visto crecer esta ciudad, no desde sus cimientos, pues es antigua incluso para mí; fui testigo de la transformación de sus edificios, sus calles, sus luces, la desaparición de los árboles en las aceras y los patios internos de las casas antes de que también estos desaparecieran. He visto demoler antiguas casas en perfecto estado para levantar en su sitio edificios que no llegarían a durar lo que dura una generación de hombres. Antaño las cosas se hacían para durar, en la actualidad todo es descartable. Tal vez sea así cómo me hayan hecho a mí, para durar, el único que durará en un mundo colmado de seres desechables. No lo sé.
    Divago, esto me pasa cada vez con más frecuencia. Tal vez sea que la vejez por fin está alcanzándome.
    Divago. No es a la vejez a lo que le temo. Mi temor es que uno de estos siempre cambiantes rostros que se muestran frente a mí se percate de que yo no cambio. Por más maquillaje o aditamentos que use sobre mi rostro, este es siempre el mismo, yo soy siempre el mismo. Temo pues que un día o una noche, un atardecer o un amanecer, alguien me detenga o se detenga junto a mí, para preguntar algo o tal vez sea yo quien se lo pregunte a un desconocido, y vea en sus ojos el brillo del reconocimiento, el brillo de la memoria. Temo que ese rostro desconocido sea el mismo rostro desconocido que años o décadas antes me preguntara algo y note que mientras el tiempo y la vida se han ensañado sobre él, yo sigo siendo igual que durante los últimos siglos, mirando el mismo sol, disfrutando del mismo cielo, en una ciudad cada vez más diferente, entre todos esos rostros vacíos de miradas muertas.
    Todo se terminará para mí en ese momento, pues conozco el anhelo de inmortalidad en cada ser carente de afecto y satisfacción. Lo conozco muy bien porque alguna vez fue mi propio anhelo. Pero ahora me arrepiento de ello, ahora ya no lo quiero, y no sé qué hacer con él.
    Divago una vez más. Sin dudas tantos años de caminar por un cementerio que nunca se detiene comienza a afectarme.
    ―Disculpe, Señor. ¿Sabría usted decirme dónde se encuentra la calle De los pinos?
    ―Por supuesto, Señor. Dos calles hacia el sur.
    ―Gracias.
    ―No es nada.
    Puedo continuar tranquilo un poco más porque este no será el día en que alguien me reconozca y señale como algo extraño en su mundo. Tal vez ocurra mañana o la próxima semana, el año siguiente o dentro de un siglo, porque sé que terminará sucediendo. Pero no hoy, no, hoy no.

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En el N° 2 del Quinto año de la revista de ciencia ficción ecuatoriana Teoría Ómicron, se ha publicado el cuento Temporada de conquistas.

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