Se enfrentó, una vez más, a la página en blanco.
Allí estaba ella, lista para ser escrita; allí estaba él, con todo preparado
para cumplir con su función. Unas tenues líneas a lápiz trazaban los renglones
para que la letra no se fuera ni hacia arriba ni hacia abajo, y eso era todo.
A
un lado la pluma aguardaba, junto al interruptor de la luz que iluminaba el
escritorio. Todo estaba preparado para comenzar.
Para
observar la página casi impoluta.
Y lo hizo, la miró. Volvió a mirarla
y desvió la mirada. Vagó con los ojos por las paredes. La estantería cargada de
libros. Un cuadro viejo y horrible que colgaba junto a la puerta, recuerdo de
algún familiar. La hoja en blanco. La pluma, también era un recuerdo, pero de
otra cosa. La pared. La ventana, desde donde podría ver el patio interno de la
casa del a vecina. La hoja. Un televisor apagado, porque ya ni se preocupaba
por encenderlo. La hoja aún en blanco. Los libros, leídos y sabidos, junto con
los no todavía no visitados. La solitaria hoja en blanco.
Una
mancha de humedad en el techo. La hoja. Un ruido que llegaba desde la ventana.
Una hoja ciclópea que lo miraba sin pronuncia palabra. Las piernas le pedían
que se acomodara de otro modo. La hoja sin escribir. El silencio, como un
mantra, que lo incitaba a olvidarse de sí mismo. La hoja en blanco. La tinta y
la pluma esperando.
Pero
la hoja estaba en blanco.
Casi
tanto como su pensamiento.
Las
manos, cansadas de tamborilear contra la madera del escritorio, las pocas nubes
que se distinguían en el cielo que iba oscureciéndose. La ausencia del tic-tac
del reloj al que olvidó darle cuerda. Ruidos en la casa vecina, gritos, gente
hablando entre sí sobre una página que continuaba tan vacía como al principio
de la tarde. Un calendario que nunca aprendió a detenerse. Una pluma que
quisiera ser utilizada sobre una página vacía. Libros viejos, con sus páginas
por completo escritas, que lo miraban como si se rieran de su predicamento.
Y
la página en blanco.
Vacía.
Vacío.
Blanca.
Blanco.
Las
paredes opresivas, el techo deprimente, la soledad de la noche que acusa una
página en blanco jamás escrita. Una página que se esconde en el interior de un
cuaderno, una mano que extiende una manta y un cuerpo que se deja abrazar por
el sillón, la monotonía y esa pequeña muerte que a veces denominamos sueño.








