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lunes, 20 de octubre de 2014

Horror vacui

Se enfrentó, una vez más, a la página en blanco. Allí estaba ella, lista para ser escrita; allí estaba él, con todo preparado para cumplir con su función. Unas tenues líneas a lápiz trazaban los renglones para que la letra no se fuera ni hacia arriba ni hacia abajo, y eso era todo.
            A un lado la pluma aguardaba, junto al interruptor de la luz que iluminaba el escritorio. Todo estaba preparado para comenzar.
            Para observar la página casi impoluta.
Y lo hizo, la miró. Volvió a mirarla y desvió la mirada. Vagó con los ojos por las paredes. La estantería cargada de libros. Un cuadro viejo y horrible que colgaba junto a la puerta, recuerdo de algún familiar. La hoja en blanco. La pluma, también era un recuerdo, pero de otra cosa. La pared. La ventana, desde donde podría ver el patio interno de la casa del a vecina. La hoja. Un televisor apagado, porque ya ni se preocupaba por encenderlo. La hoja aún en blanco. Los libros, leídos y sabidos, junto con los no todavía no visitados. La solitaria hoja en blanco.
            Una mancha de humedad en el techo. La hoja. Un ruido que llegaba desde la ventana. Una hoja ciclópea que lo miraba sin pronuncia palabra. Las piernas le pedían que se acomodara de otro modo. La hoja sin escribir. El silencio, como un mantra, que lo incitaba a olvidarse de sí mismo. La hoja en blanco. La tinta y la pluma esperando.
            Pero la hoja estaba en blanco.
            Casi tanto como su pensamiento.
            Las manos, cansadas de tamborilear contra la madera del escritorio, las pocas nubes que se distinguían en el cielo que iba oscureciéndose. La ausencia del tic-tac del reloj al que olvidó darle cuerda. Ruidos en la casa vecina, gritos, gente hablando entre sí sobre una página que continuaba tan vacía como al principio de la tarde. Un calendario que nunca aprendió a detenerse. Una pluma que quisiera ser utilizada sobre una página vacía. Libros viejos, con sus páginas por completo escritas, que lo miraban como si se rieran de su predicamento.
            Y la página en blanco.
            Vacía.
Vacío.
Blanca.
Blanco.
Las paredes opresivas, el techo deprimente, la soledad de la noche que acusa una página en blanco jamás escrita. Una página que se esconde en el interior de un cuaderno, una mano que extiende una manta y un cuerpo que se deja abrazar por el sillón, la monotonía y esa pequeña muerte que a veces denominamos sueño.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Carencias

Era una de esas situaciones que, por lo general, nadie se esperaba, pero, como ahora nos encontramos hablando de ello, sabrán que, finalmente, ocurrió. Así fue como me di cuenta que utilizaba muchas comas en una sola oración si es que no hacía las mismas demasiado largas como para que alguien pudiera entender lo que trataba de decir con ellas. Insuficiencia literaria, lo catalogaron los médicos.
            Una compulsión a escribir sin fijarme en las convenciones de género, no tener, la mayoría de las veces, nada realmente importante para decir, porque ese era el problema, decir algo, ocupar un espacio, evitar el vacío del ruido permanente del cual, al parecer, era el único que se percataba.
            El resto del universo continuaba sin inmutarse.
            Rumbo a su destrucción, por supuesto.
            Y yo con las medias rotas y la misma ropa interior desde hacía como tres semanas, porque no tengo nada, al parecer, digno de ser dicho en voz alta, en palabras, a los gritos, en una obra de teatro simbolista.
            Ni siquiera un grito desesperado de auxilio.
            Solamente insuficiencia literaria y una nula formación como persona que siquiera me alcanza para pagar la renta a fin de mes. Nada.
            Ni tan siquiera un. (punto, para que se entienda)

jueves, 11 de septiembre de 2014

Running


Salía a correr todas las tardes.
            Todas y cada una de las tardes. Luego de ocho horas de oficina. En un trabajo frustrante y degradante, que odiaba pero del que no podía desprenderse por las pequeñas deudas que habían ido acumulándose poco a poco. Tan poco a poco como poco era su sueldo. Lo sabía.
            Salía a correr cada tarde.
            En un circuito que, más o menos, era siempre el mismo. A veces más largo, a veces más corto, dependiendo de su humor y las ganas que tuviera de volver, realmente a la casa a convivir con esos extraños que se empecinaban en llamarse su familia. Aun cuando el odio entre ellos era lo único que los mantenía verdaderamente unidos.
            Salía a correr todas las tardes.
            Porque manteniéndose en movimiento, las decisiones que tomara a lo largo de su vida, y que lo llevaran a ese preciso momento, pesaban, al menos en apariencia, un poco menos. Podía fingir que era una persona diferente.
            Salía a correr cada tarde.
            Sin pensar en lo que luego haría, sin que el mañana fuera una preocupación más. Sintiendo, de ese modo, que sus pies eran más rápidos y que podría volar, si eso era lo que se proponía. Pero no lo hacía porque ese no era el momento, ni el lugar, para ello.
            Salía a correr todos los días.
            De qué huía, ciertamente, nadie sabía.

viernes, 1 de agosto de 2014

Sentencia


Siempre me resultaron raras al oído algunas frases de uso común en mi pueblo. Algunos les decían aforismos; había también quienes las denominaban sentido común; frases al viento, filosofía al paso, reflexiones de trasnoche, eran otros de sus múltiples nombres.
            Pero, más allá del nombre que le quisieran dar, las palabras cobran su fuerza en conjunto, en la frase completa. Y, algunas de ellas, pesan como sentencias de antiguos jueces imparciales que con la sola mención de sus nombres concluye cualquier discusión. Otras tienen un origen mucho más oscuro, difícil de rastrear y ubicar en el olvido.
            El que ríe último, ríe mejor, por ejemplo, siempre me pareció una frase extraña, redundante porque la última risa siempre queda en el recuerdo, cualquiera lo sabe. Pero, la más dura, la más pesada en su sentido, la escuché en la boca de un niño, de una criatura de unos seis o siete años, jugando con sus figuras de acción, dándole la espalda a la televisión que atronaba con sus colores y enceguecía con sus cacofónicos gritos.
            Ignoro qué milenario juego repetiría aquel niño, que conjunto de palabras irrepetibles se formaron en su cerebro, en sus labios, pero tuvieron la fuerza de un pesado martillo de herrero golpeando machaconamente contra un yunque, de esos de antaño. Sus palabras aún laten en mis oídos, como el dolor que generaron en mi corazón.
Jugando con sus muñecos de plástico, ensimismado de tal forma que era capaz de ignorar mi presencia junto a él, dijo, mientras fingía la muerte de uno de los personajes de su juego, con la voz clara y luminosa de los niños: no te preocupes, porque, para los demás, siempre nos quedará el rencor.
Me sorprendió tanto la musicalidad de esas palabras como el sentido de las mismas; por eso mismo prefiero dejarlas por escrito aquí, ahora, para siempre. Para que alguien más le encuentre algún sentido y, de ser posible, las ponga en práctica.

domingo, 6 de julio de 2014

Mesías

Decir que llegó cuando no se lo esperaba es, en parte, una mentira. Porque sabíamos, intuíamos y de seguro algunos lo anhelaban, que vendría. Sólo que, por supuesto, evitaban declararlo. Pero, muchas veces, las cosas obvias ni falta hace decirlas. 
   Llegó, eso era lo importante, disipando nuestros miedos, los miedos que proyectábamos sobre él, para evitar darnos cuenta dónde se encontraba el problema. Fue, estonces, una especie de seguro que lo hiciera, que llegara en ese preciso instante y no antes, ni después, sino justamente cuando lo hizo. 
   Además de que, sin perder ni un solo minuto, comenzó con su labor. Lentamente, como si ajustara diminutas piezas de un mecanismo que sólo él comprendía (y que de seguro así fuera). Meticulosamente hizo su trabajo sin que ninguno de nosotros, tan absortos como estábamos por su llegada, interfiriera con sus movimientos. 
   Sabíamos, por otra parte, que no hacía falta, él no necesitaba ayuda ni cosa parecida. Tan sólo que lo dejáramos trabajar. 
   Día a día, por no decir minuto a minuto, porque sería exageradamente cierto, las cosas comenzaron a cambiar. 
   Sonreíamos por las mañanas, y nos dábamos los buenos días, buenas tardes, buenas noches. Saludándonos con el debido respeto y no por simple obligación, como sucedía antes. Todos lo notábamos. 
   Las comidas volvieron a tener sabor, recuperando la delicia de las texturas, los colores y sus aromas. 
   Las caricias recorrieron nuestros cuerpos una vez más, ayudando al fluir de nuestra sangre junto con el resto de los fluidos. 
   El tiempo pasaba y él trabajaba frenéticamente en su obra, en su construcción, en el centro de nuestro espacio, con sus más finas herramientas, en silencio y sin pausa, sin que se lo viera sudar ni una solitaria gota. Nada. 
   Era perfecto. 
   Era dios. 
   Hasta que llegó el día en que concluyó su labor y, cumpliendo con su promesa de antaño, todo, absolutamente todo, cambió.
   No volveríamos a verlo nunca más, ni él a nosotros, ese era el trato y, el usurpador de realidades cumpliría, como siempre lo ha hecho, con su palabra.

domingo, 1 de junio de 2014

Como para no frustrarse


En conclusión, luego de años de estudios, de investigación, de búsquedas más o menos infructuosas, de reacciones alérgicas varias, de lectura de la mayor parte de la bibliografía disponible, y deslizándome lentamente hacia la muerte por aburrimiento (que, tengo entendido, es el peor tipo de muerte), cuanto logré resulta un tanto decepcionante.
            Es casi que trágico llegar hasta un lugar, luego de tantos esfuerzos, que no se parece en nada, pero en nada de nada, a lo que se espera encontrar. Sin embargo, mi director de investigación, el organizador del instituto y el dueño del laboratorio, mantienen una postura similar.
            Así es la ciencia. Uno nunca llega donde se propone llegar. El camino se ramifica. El ejemplo de Einstein buscando una forma más rápida de calentar las sobras de la comida del día anterior, que terminó con el descubrimiento de la bomba atómica, no es de mis favoritos.
            Uno siente que ha desperdiciado gran parte de su vida en un proyecto que concluye de otra manera, donde se frustran las expectativas y mueren los anhelos, acercándonos peligrosamente a ese gran miedo, ese pan-miedo con mucha de irracional pero, también, con varios componentes de verdad, que llaman depresión.
            Y, habiendo estado allí, lo que menos interés tengo es en regresar al mismo sitio.
            Pero, claro, las opciones restantes no son muchas.
            ¿Qué dicen? Ah, cierto, las conclusiones, claro. De eso era de lo que venía a hablarles ésta noche.
            En unas pocas palabras, la conclusión a la que arribé luego de tan arduos estudios es que un poeta no es un poeta sino es un poema en sí mismo.
          Así que, si alguien puede explicarme la razón por la que desperdicié todos esos años en la carrera de letras que no me enseñaron a ser poeta, los escucho.
             Soy todo oídos…

domingo, 4 de mayo de 2014

Cuestión de humores

Comenzar diciendo que aquella era una situación inesperada, carecerá de sentido, ya que el decirlo no aportaría nada a su explicación. Es más, casi que complicaría un poco más aquello que, en definitiva, tendría que ser mucho más sencillo.
            La citación a compadecer ante el Gran Jurado estaba en un sobre cerrado, lacrado con las siglas inconfundibles del Ministerio del Humor. Después de tantos años, se habían percatado que ejercía sin la reglamentaria licencia de los tres sellos. Alguien me había denunciado, algún amante despechado, alguien que se hubiera ofendido por mi risa, o quien haya leído mi libro de memorias publicado varios años atrás donde dejaba bien en claro por dónde me pasaba las regulaciones del Ministerio.
            Nadie ajeno a la casta política puede hacer reír y reírse (de ó con los otros); los excluidos de dicha casta son incapaces de pronunciar palabra cómica alguna.
            Llevaba más de tres décadas hasta que, por fin, se percataron de su error.
            El último humorista libre del mundo (o del país, que, al fin y al cabo, siempre termina por ser lo mismo), caía, tras una guerra silenciosa, en las garras de la opresión.
            Lo sabía, aún antes de abrir ese sobre. Me condenaban al ostracismo, a las artes menores, o tal vez a conducir un taxi por el resto de mi vida. Y yo, que siempre me alimenté bien y cuidé de mis dientes, sabía que me quedaban varios años por vivir. Esa era mi suerte y mi fortuna.
            Al menos sé que, si he de abandonar mi profesión, lo haré con mis mejores galas.
            Porque así como sabía que éste día llegaría, me preparé para el mismo guardando los mejores chistes de mi cosecha personal para arrancarles a esos malditos burócratas, las suficientes risas que los envíen directamente a sus tumbas.
            Pasaré a la historia, aún a pesar de todo, ya sabrán sobre mí.

martes, 1 de abril de 2014

Silencio

El ir a visitarlo se parecía más a un autocastigo, luego de años de indiferencia, antes que otra cosa. Y creo que, al menos un par de nosotros, intentábamos sobrellevarlo lo mejor posible; aunque, algunos días, él parecía esforzarse en remarcar la incomodidad que nos generaba la situación.
            Más que nada porque sabíamos tan bien como él, que estaba quedándose ciego y el pacto de no intervención en cuestiones de salud sellaba nuestras bocas. A perpetuidad. A pesar de lo extraño de la situación, seguíamos visitándolo.
            Por mi parte, opté por dejar de mencionar el material de lectura que tanto buscaba. Le llevé, en cambio, una radio, que nunca le vi utilizar; le compré ropa y esas cosas que se regalan a quien conocemos pero no lo suficiente como para saber cómo reaccionaria, o de qué forma fingiría ante ese tipo de objetos.
            Sabía o, al menos, intuía la situación de incomodidad, por lo que exageraba todo el tiempo, con sus manías, sus gestos de fastidio y desinterés, mientras le hablábamos. Confundía nuestros nombres con los de sus muy antiguos amantes o, algo que hasta ese momento no le había visto hacer, confundir deliberadamente la sal con el azúcar y cebar los mates más asquerosos de la historia aguardando, quizá, a que alguien se atreviera a romper ese pacto de silencio que llevaba ya tantos años en pie.
            Claro que, si de algo estoy seguro, es que no seré yo quien lo haga. Yo nunca acepto sus mates.

Aclaración: "Esta foto es mía"

miércoles, 5 de marzo de 2014

Terrermotos


Existen, sé que así es, un tipo de personas de tan difícil catalogación como difíciles de encontrar y, también, de comprender. Como es obvio, no todos somos iguales, por más que algún fanático religioso así lo creyera; sino que, en la variabilidad de la especie humana radica no sólo la semilla de su destrucción, sino también, la de su grandeza (salvación suena a que todavía existen esperanzas).
            Estas personas de las que hablo son únicas, tan o más que aquellos hombres buenos de la leyenda; quizá ni siquiera se sepa su verdadera cantidad, quizá sólo exista una de ellas en cada generación, o en casa siglo. No lo sé. Porque ignoramos mucho sobre nosotros mismos, y mucho más sobre los demás. Cartografiamos el cosmos y las grietas submarinas, pero apenas escarbamos la superficie de nuestra personalidad.
            Yo las denomino, a falta de un nombre mejor, personas terremoto. Porque si tienes la suerte de conocer a una de ellas, todo cuanto te rodea, tiembla. Es cierto, lo hace, de manera literal y metafóricamente al mismo tiempo; con una emoción muy superior al amor (si es que existe algo semejante). Tu mundo se tambalea; tus concepciones y creencias pierden importancia; los castillos intelectuales flaquean hasta dejarte desprotegido por completo; y nada queda en pie.
            Son personas capaces de despojarte hasta de las máscaras más ocultas. De las máscaras que se esconden otras máscaras debajo de la piel. Pueden hacerlo, es cierto, pero son pocas las personas terremotos que existen. Por eso, si tienes la dichosa suerte de encontrarte con una, sin importar el género ni la edad, ni esas otras falsas diferencias inventadas para nomenclaturar a las personas, si conoces a una de ellas, todo cambia.
            Sentirás el suelo temblar, las piernas se te volverán gelatina, y tu corazón palpitará.
            Quizá sea pasajero, quizá sea eterno.
            El momento no es lo importante, si no lo que hagas luego de él.
            O, quizá, lo que no vuelvas a hacer.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Si hay que elegir...


Peter Pan lo sabía, Alicia no lo ignoraba, tampoco Caperucita al aceptar entrar en el lóbrego bosque. En realidad, es algo tan obvio que nadie se preocupa por ocultar la verdad. Pero, aún así, hay cosas que, si se muestran, no han de ser mencionadas.
            Como la lanza y el santo grial, que por miedo a preguntar se pierden para siempre. Algo similar, aunque mucho más mundano, más cercano a la experiencia personal.
            La intuición, en éste tema, no tiene lugar, porque es sólo la razón quien da los pasos necesarios para omitir ciertos detalles de las historias, de las memorias, de los hechos narrados en las viejas canciones.
            Nadie quiere saber cómo termina cada detalle. La diversión, dicen, está en imaginar lo que falta, lo que no se menciona, lo que nunca leeremos con los finales felices de las novelas rosas.
            Quizá porque la norma nos diga hoy que las cosas han de ser hechas, pero no puedo evitar el que me gusten los cuentos para niños con finales trágicos, oscuros y salvajes.
           Como la vida misma.

domingo, 2 de febrero de 2014

40 pulgadas

Sus intenciones, decía, eran buenas. Al menos intentaban serlo.
En medio de la epidemia de apatía y redes sociales vacuas, recorría la ciudad portando un gran palo de sándalo de 40 pulgadas de largo para atacar a la gente que se detenía a mitad de un paso, subiendo las escaleras, los que se detenían ante las puertas abiertas de los trenes o de los autobuses, los que se enterraban hasta la rodilla en el lodo de la última lluvia sin demostrar la menor reacción.
            A esos los fulminaba con un golpe en la cabeza, o en el cuerpo si la otra persona era demasiada alta o si ya estaba cansado por el largo día, en los hombros, la cadera o las piernas. Sin respetar géneros, edades ni clase social, a todos daba palazos por igual.
            Confiaba en que, como mucho, lograría despertarlos, devolverlos a la vida, sacarlos de su congelamiento de actualizar constantemente un estado del ser tan intranscendente que a nadie (ni siquiera a ellos mismos) resultaba interesante, que la gran mayoría finge comprender y compartir por comodidad, pero que nadie cree.
            Antes de tomar el bate de sándalo como símbolo, él mismo fue uno de esos seres congelados y faltos de reacción; alguien lo buscó y encontró enta información en la red. En cada uno de sus perfiles denunciaba que la red había matado a su padre, violado a su madre e inoculado con cáncer de páncreas a su hermano menor.
            Dicen que eso fue lo que lo motivó a cambiar su pasividad rutinaria por la acción directa de atacar violentamente a la gente que se dejaba dominar y controlar por el qué dirán de los demás.
            Otras voces lo llaman, directamente, el loco de las 40 pulgadas, en relación, por supuesto, al enorme palo que siempre lo acompañaba. Él prefiere seguir siendo el mismo, sin avatares ni seudónimos. Solamente él. Pero, a nosotros, nos queda la duda de si él sabe realmente quién es.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Habladurías

Dicen que una vez estuve vivo; lo cierto es que no lo recuerdo muy bien. Quizá fue hace tanto tiempo que la memoria comienza a parecerse al olvido en sus pequeños detalles, tanto que se asemeja a un paño inmaculado.
            Tal vez la muerte sea olvidarnos definitivamente de nosotros mismos, de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que nunca seremos. Tal vez sea otra cosa. Nadie quiere hablar demasiado sobre el tema.
            Todos regresan de la vida, pero nadie de la muerte.
            Siguen repitiendo que estuve vivo una vez, pero no sé si quien habla en mi cabeza es mi propia voz, una grabación externa o las palabras de un ente superior. Y yo que me creía superior al barro en que chapoteábamos junto a mis denominados congéneres.
            Ahora no recuerdo ni mi nombre.
¿Lo tuve? ¿Qué lo hice? ¿Dónde lo dejé?
            Luces continuas y oscuridades intermitentes.
            Cuesta pensar por momentos, no tanto en otros.
            Mi dicen que estoy vivo.
            O que lo estuve.
            Quizá ya no lo estoy y no saben cómo decírmelo.
            Si lo estoy, bien.
            Si no lo estoy, también.
            Ya no puedo hacer más.
           Aunque, quizá, pueda consolarme sabiendo que mientras viví (suponiendo que lo haya hecho, claro), fui mucho más que cualquier otro inmortal de mi estirpe.
            El tiempo, que no veré, hablará por mí, de mí, sobre mí.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Yo asesiné al último panda solitario

Ustedes me conocen, por lo que no hace falta presentarme, ni repetir la justificación a mis acciones que han recorrido al mundo repetidas veces (control+C; control+V) a lo largo de la red.
            De seguro mi rostro les resulta más familiar que el de ese hombre que vive a tan sólo dos cubículos habitacionales del suyo.
            Eso quiere decir que he logrado mi cometido, soy la persona más odiada, más temida, más criticada y, de seguro, la más respetada del mundo. Y lo único que tuve que hacer fue desenmascarar la hipocresía que, como el velo que oculta la luz frente a nuestros ojos, o el árbol que talamos para ver el bosque, teníamos frente a nosotros y nos negábamos a aceptar.
            Esa es la verdad de mí accionar.
            El resto de mis razones pueden leerlas en éste libro Yo asesiné al último panda solitario, que se publicará la próxima quincena. En una edición especial, encuadernada en genuina piel de mamut gen-modificada que no se cuartea con el paso del tiempo, no se ensucia, no es afectada por la radiación solar y se garantiza su supervivencia en un accidente termonuclear.
            Hagan su reserva ahora mismo llamando al número que aparecerá en pantalla.
            No lo dude.
            No pierda tiempo, se agota.


Pd.: ¿Se agota el tiempo o el libro?

domingo, 17 de noviembre de 2013

Literariamente

Estaba jodido, realmente jodido. Pero de tal forma como nunca antes me sintiera. Y, lo peor de la situación, es que sabía muy bien a qué se debía mi estado.
Algo que no importaba ya, pues era necesario descubrir una forma rápida y directa de huir, de salir, de escaparle a dicha situación. Suponiendo, claro, que la hubiera. Porque, como dicen, la esperanza es lo último que se pierde.
            Aunque eso ha de haberlo dicho alguien que se encontraba en una situación ligeramente diferente. Pongamos por caso que fue alguien cuya brújula no enloqueciera luego de atravesar cierto meridiano que mejor no volver a mencionar. Su expresión no me serviría, ya que no me serviría como guía.
            No únicamente porque la brújula en mi mano no señalaba hacia el sur, como siempre lo hacen, sino porque allí mismo, las estrellas se encendían y apagaban como si más que distantes luminarias no fueran otra cosa que luces artificiales.
            La batería de mi reloj se descompuso; mi cabello encaneció por completo antes de darme cuenta que nada de lo que me sucedía era siquiera remotamente posible.
            Pero estaba realmente jodido. Todo cuanto podía hacer ahora era lamentarme, rezongar y preguntar por qué me había dejado arrastrar por la corriente hasta el mismísimo centro de todos lo vientos, la mansión de Eolo, aún sabiendo que ni siquiera el verdadero Odiseo, el de carne y hueso, no la leyenda del tal Homero, supo escapar a su influjo.
            Y si el maestro del engaño y el disfraz no puedo hacerlo, ¿qué resta para mí que estoy jodido, realmente jodido, por la situación?

jueves, 24 de octubre de 2013

En llamas...

Soy el único que sabe la verdad. Pero, a pesar de esto, no me siento ni más de lo que soy, ni mejor de lo que era en ese entonces. Cuando las cosas terminan por superarnos, lo mejor es dejarse llevar por la marea hasta las aguas más oscuras y profundas.
No estaba enferma, como todos creen. No deliraba cuando decía que el fuego estaba en su cabeza y los médicos repetían que no tenía fiebre. Porque ella hablaba de otro fuego, de algo más fuerte, más intenso, más suyo.
Los sabios matasanos, por supuesto, no estaban dispuestos a escuchar sus razonamientos. En cambio, yo, postrado en la cama contigua a la suya en el atestado hospital, la entendía. Comprendía sus palabras, la comprendía, a ella y a su sentir.
Hablar de amor sería ridículo, aunque, tal vez, hubiera algo de ello. Pero es imposible decirlo; si así fue, no lo pensé, solo lo viví.
Y solo lo sufrí, porque si el fuego de su interior, de su cuerpo, era tanto, no era porque quisiera expresarlo por la pasión, el deseo o la lujuria. Al contrario, tan poderoso fuego, llamas tan eternas como el recuerdo, estaban allí para proteger, en lo profundo de su ser, su corazón del más puro, blanco y sólido hielo.

martes, 1 de octubre de 2013

Edith

Con los ojos llenos de lágrimas, y los labios cubiertos de sal, te encontré.
Mi curiosidad aplaqué ese día, para no abrumarte con más dudas y preguntas inoportunas.
Aún persisten mis ideas preconcebidas, pugnando por imponerse sobre tu sonrisa.
Será que descreo de cada uno de tus gestos, de que no consigo confiar en nadie.
Ni siquiera en mí mismo.
Será lo que sea. Pero no podía alejarme de tus ojos.
Como tampoco podía separarme de tus labios que ansiaban un refugio sobre el cual posarse.

martes, 17 de septiembre de 2013

El recelo permanece


Diríamos que la traición se olía en el aire sino fuera porque ésta no tiene otro olor que el del sudor frío y cargado de nerviosismo de cualquier hombre. Aún así, algo estaba pronto a suceder.
La tensión crecía junto con el recelo y el odio en los corazones, en la sangre. Al saber que uno de ellos, uno de los presentes, traicionaría al maestro de la forma más vil y temeraria que apenas sí podían imaginar.
Les era imposible continuar meditando, pensar en otra cosa que no fuera vigilarse los unos a los otros para estar preparados a detener cualquier intento de ataque, cualquier sorpresa.
Una sombra pesada, oscura, inmensa, nublaba su comprensión tanto que ninguno se detuvo a pensar en las palabras del maestro que decía, en esos momentos, meditando sobre el tablón de lapacho, junto al incienso y el guano, junto al cerdo y al tábano:
—La muerte —dijo el maestro antes de recostarse y cerrar los ojos—, es una perra despiadada a la que no le gusta ser derrotada en su propio juego.
Los aprendices contuvieron la respiración como ante cada sentencia con ánimo de definitiva del viejo filósofo, esperando el final de su razonamiento sin igual.
—Por eso se presenta de formas inesperadas —volvió a hablar el maestro sin moverse y, con un susurro que ni él mismo habría sido capaz de escuchar, agregó—, como la ilusión de un sueño reparador…
Hacía horas que el maestro no respiraba; mas los discípulos, sus hijos adoptivos más cercanos, no dejaban de recelarse y vigilarse, como si se les fuera la vida en ello.
Una vida más.

domingo, 25 de agosto de 2013

Valentía…


Me enviaron, yo no quería venir. Si comprenden éste detalle, estarán capacitados para entender el resultado de mi misión que, como era de esperarse…
Evitaré adelantar nada. Sólo diré que mi formación no se basaba en la búsqueda, en la pesquisa, en la investigación en sí. Al contrario. En mi vida anterior era el chef principal. ¿Lo ven? Algo sin relación con la tarea que me impusieron los superiores a los que nada puede discutírsele, negársele ni, tampoco, oponerse por miedo a una degradación perpetúa.
En una comarca que ni siquiera figuraba en los mapas, me enviara a desentrañar no un misterio sino el misterio, el único posible. Claro que, entre tanto hermetismo, sorpresa y secreto, olvidaron decirme cuál era ese misterio. Por lo que, debo suponer, he de descubrirlo por mi cuenta.
La diversión se daba por descontada, ya que todo lo ignoraba, incluso las artes culinarias y cómo realizar una pesquisa.
Aún así, era imposible negarse (ya lo dije antes, sí, ya lo sé).
El viaje no fue lo difícil, inmiscuirme en los problemas de la comarca, hacer amigos entre los ricos y los pobres, entre los poderosos y los menesterosos, tampoco. Con mi sopa de piedra me mantuve alimentado, al tiempo que sorprendía a todo el mundo. Mi simpatía innata allanaba (casi) todos los caminos.
Pero de misterios nadie sabía nada, lo ignoraban o lo callaban mientras mi tiempo se acababa junto con mi habilidad de entretener a las personas regalándoles estampitas con los artistas famosos del siglo XX. Ya no me quedaban muchas de esas y, aún mezquinándolas, no lograba saber nada.
Así fue que, cavilando en mi situación, me percaté de que no podía ver el camino de regreso en plena noche, sin luna y con unas pocas estrellas en el firmamento.
Mi memoria fallaba; llevaba ya preparadas varias cenas bajo el reflejo de incontables velas, es cierto, pero ningún almuerzo a plena luz del sol. Ni siquiera recordaba si mi arribo a la comarca transcurrió durante el día o la noche. La confusión era terrible, inaudita en alguien de mi posición (¿pero cuál era esta?).
Decidí esperar, y esperar, y esperar, hasta que el alba me sorprendiera despierto.
Pero eso fue algo que, como ya lo habrán adivinado, nunca sucedió.
Las lágrimas caían de mis ojos agotados, llenos de tristezas y angustias, cuando un comarquero que atinaba a pasar por un camino que lo llevaba hasta donde me encontraba, se detuvo frente a mí. Le expliqué cuál era mi predicamento y, ante mis palabras, su respuesta fue:
—No se preocupe, porque aquí, el amanecer, es sólo ocasional.
Y dicen que así fue resulto el último de los misterios.
Por mi parte, aún lloro por las noches, deseando volver a ver el sol despuntar por el sur, como siempre lo ha hecho.

lunes, 22 de julio de 2013

Bajo la lluvia


Llovía, mucho, en la tarde cuando la vi. Parada allí, apenas guarecida y con algo como una media sonrisa en los labios que la hacían lucir tan feliz. Con el cuerpo cubierto con mi ropa impermeable, ajustable de los tobillos al cuello, con apenas los ojos libres bajo el paraguas especialmente diseñado para el tamaño de mi cabeza, no podía entender lo que veía.
Parecía tan feliz con su media sonrisa.
Un suéter de lana vieja y descolorida, una falda corta que apenas le cubría los muslos, medias hasta las rodillas, zapatos y quizás algún otro detalle que se me escapaba en ese momento. Desprotegida, desguarecida, tan expuesta allí, bajo la lluvia.
Pero parecía tan feliz con su media sonrisa.
Acaricié el calor de mi cuerpo debajo del nylon anatómico, el tacto de mi propia piel y su tibieza me empalagaba; mientras ella, allí, bajo la lluvia, estaría tan fría, al borde de la pulmonía.
Tan feliz y, apenas, con media sonrisa.
El agua caía sobre su rostro como un río sin fin; su cabello pegado al cuello y el rimel corriéndose bajo los ojos como lágrimas inexistentes. No podía dejar de acariciarme.
Tan, tan feliz.
Podría invitarla a subir, los seis tramos de escaleras, con la promesa de una toalla, de una bebida tibia o caliente y algo para comer quizá. Un poco de sexo, seguro, luego de todo eso, en agradecimiento de su parte, por compasión de mi lado. Para que ella supiera lo que significaba acariciar mi piel, mi cuerpo, mi calor.
Si, claro. Podía hacer todo eso; regalarle una de las faldas que ya no uso, un perfume para después de la lluvia, esas cosas que alegran tanto mi día.
Pero ella…
Parecía tan feliz bajo la lluvia con su media sonrisa.
Que no quise entrometerme.
Caminé a su lado y continué acariciándome.
Siquiera sé si me miró al pasar.
O si cambió, aunque sea mínimamente, su sonrisa.
No lo sé.
Pero se la veía tan hermosa bajo la lluvia…

viernes, 19 de julio de 2013

Recolector


Oscuros ribetes adornan ésta historia que, de pasión, tal vez, no tiene poco y, quizá, de verdad, mucho menos. Pero la carencia de algunos periódicos elementos no desmerece a los demás, al contrario, los enaltece.
El origen del Recolector de Lágrimas Solitarias no nos fue dado a conocer. Sin embargo, son varias las tradiciones que pretenden ocultar nuestra ignorancia. Claro que nada cierto hay en ellas.
Sólo un hecho parece ser el fundamental en éstas historias. Cada hombre, cada mujer, ha llorado en secreto por lo menos una vez. Ese llanto que nunca traspasa de las primeras lágrimas inundadas de dolor o desesperación, frustración o impotencia, son el alimento predilecto del Recolector.
Pero no son sólo las lágrimas lo que se lleva, sino también el recuerdo de lo que las produjo. El dolor, el golpe o el motivo de la lágrima solitaria que escapa de nuestros ojos y que al poco tiempo ya ni siquiera recordamos cómo ni por qué. Ese es el signo de que el Recolector dirigió sus pasos hacia nosotros.
Habrá quienes, sin dudas, digan que su accionar es beneficioso, porque nos regala la tranquilidad, la liberación de nuestros pesares. Nos sentimos mucho mejor, más livianos, luego de que esa lágrima huye de nosotros. Tal vez sea cierto, pero no se preguntan si eso es suficiente.
Otros se preocupan por lo que pueda ocurrirle a las personas que se acostumbran a ese llanto minúsculo sin liberar, nunca, lo que les oprime el corazón. Porque no se permiten sanar del todo sino solamente paliar su enfermedad.
Y si ningún corazón es eterno, mucho menos uno enfermo.
Lo que nadie se ha preguntado nunca a lo largo de ésta historia, es el por qué del accionar del recolector. ¿Por qué quiere nuestras lágrimas de tristeza? ¿Qué hace con ellas? ¿Qué ocurre con nosotros cuando dependemos de él para olvidarnos de nuestro dolor? ¿Qué?