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martes, 3 de abril de 2012

Epitafio


En mi pasión desmedida por recorrer cementerios, para admirar su arquitectura, para fotografiar la innumerable sucesión de lápidas en ascenso hacia la colina central, he encontrado muchas cosas. Algunas sorprendentes e inauditas, otras sumamente desagradables, incluso algunas indignas incluso para los mismos muertos.
Mi peregrinar por los camposantos comenzó el día que agoté la bibliografía sobre el tema y noté que, a pesar de todo cuanto se había escrito sobre la muerte, los muertos, su destino y la transmigración de las almas, se sabe realmente muy poco acerca de lo esencial del tema.
Nunca nadie escribió, hasta el momento, sobre los motivos para morir.
Soy conciente que esto llamará la atención de muchos, pero creo fervientemente que si el hombre muere no lo hace porque sea ese su destino final, el regalo que recibiera de Ilúvatar, ni un don del más allá. Al contrario. Si el hombre muere es por su propia decisión.
Esto puede ser por culpa del fastidio, el cansancio, el aburrimiento, la enfermedad, la ignorancia, la religión (casi todos sinónimos de ésta última, lo sé), entre otras cuestiones similares. Pero no está escrito en el destino de la especie el que la vida deba, irremediablemente, poseer un punto final.
Por otro lado, no tengo dudas de que la respuesta al motivo oculto por el cual deciden los hombres morir, se encuentra en los epitafios de sus tumbas.
Pero no en cualquier epitafio, no, por supuesto que no. De ser así habría sido más fácil percatarse de estas cuestiones. Debemos saber decodificar esos mensajes cifrados que poco tienen de azar, de humor y de frase hecha, aunque así quieran disimularlo; solo revelando lo que en verdad se dice, y lo que no se dice, en un epitafio, conoceremos los motivos de esa muerte en particular.
Los pocos cultores de éste arte que aún persisten, saben que el epitafio es el último gesto de su personalidad; la demostración de que han sido ellos y no cualquier otro quien ha caminado sus pasos, disfrutado de sus placeres y vivido su vida.
Es sólo que el de los epitafios es, casi, un arte extinto. Se lo debemos a la frivolidad de los jardines de paz, el mármol en desuso por su alto precio, y las placas de bronce que no son de bronce, por no decir que no siempre se cuenta con la frase indicada en el momento adecuado. El último milenio se conforma con el nombre y un par de fechas, nada más. En los entierros del pasado se encuentran las verdaderas fuentes de la sabiduría. Es por eso que las lápidas y tumbas cada vez más despojadas facilitan mi labor de búsqueda.
Una de las claves para fundamentar mi trabajo creo haberla descubierto el día que penetré en el olvidado rincón del oeste del cementerio del monte y, entre pantanos y malezas, encontré el panteón de los pensadores de antaño. Una ruina que en las antiguas guías de viajes solía cambiar de ubicación siguiendo las modas veraniegas, pero que, era sabido, se hallaría en un sitio puntual.
De las lápidas allí reunidas, sólo unas pocas eran legibles. Y de estas, algunas estaban escritas en caracteres incomprensibles, lo que parecía ser otro idioma sin relación con el neocriollo ni el esperanto actual.
Sólo una lo estaba en español tradicional, labrada en una roca con grandes caracteres romanos como los de antaño. Las palabras que allí encontré le dieron un nuevo sentido a mi existencia. Porque si alguien puede decir de sí mismo que Amaba tanto soñar que un día ya no quiso despertar, ¿qué nos queda para nosotros más que abandonar nuestras cadenas y pesares para correr, con desesperación o no, en pos de algo que soñar con tanta dedicación?
¿Qué nos queda?
Pues nada.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Modernidad


Cuando le ofrecieron la habitación estándar, no imaginaba que se encontraría con algo semejante. Miles de millas de viaje por aire y mar, días de cansancio acumulado y abotargamiento no le dejaron pensar; por eso, y no porque supiera lo que hacía, aceptó el ofrecimiento del recepcionista del hotel. Sin saber si era una sonrisa maliciosa lo que  asomaba debajo del gran mostacho o era sólo su imaginación.
Después de todo, estaba en el primer mundo, entre el lujo innecesario y la riqueza bien distribuida y toda esa publicidad que inundaba el cine preterremoto. Tal vez por esa misma confusión entre lo real y lo verdadero, fue que se llevó desilusión tan grande.
La habitación estándar que esperaba encontrar era amplia, con un gran ventanal, una cama mullida y confortable, amueblada delicadamente y con buen gusto, alfombrada, perfumada y con un dulce de cortesía esperando en la almohada.
Lo que encontró, en cambio, resultó demoledor. La habitación estándar era de dos metros de lado, con una cama que midiendo dos metros de largo por un metro cuarenta de ancho ocupaba la casi totalidad del espacio, una lámpara de cuarenta watts como toda iluminación, sin ventanas ni ventilación alguna, con el suelo de concreto sin terminar y un colchón tan duro que parecía del mismo material. Un estante oficiaba de mesa de noche y, lo peor de todo, una bacinilla asomando por debajo del elástico de la cama.
No había caso, el primer mundo ya no es lo que era…

sábado, 3 de diciembre de 2011

Persistente y falso como cualquier recuerdo


Hace tiempo que sueño con ella, si, así es. Lo confieso porque creo que comenzar un diálogo de ésta forma es tornarlo más sincero, más verdadero quizá. Aunque quede muy poca gente que le de importancia a cosas tan simples como las palabras, y menos aún si esas palabras no van acompañadas de alguna imagen ilustrativa.
Y ese es otro problema, no poseo imagen alguna de ella más que las diapositivas que mi memoria baraja y muestra, de vez en vez, en el mundo onírico que me supera. Fue tan breve la experiencia, y tan largo el dolor. Tan, tan largo.
Años más tarde, uno, cualquiera de nosotros, pensaría que esa situación estaría, si no olvidada, por lo menos sepultada por la avalancha de memorias nuevas y sensaciones. Yo mismo lo creería así, en la vigilia.
Claro que, nadie es conciente de sí mismo durante todo el trascurrir.
Por eso mismo, hace tiempo que sueño con ella, sin poseerla, sin verla siquiera de lejos, sin saber nada de lo que sucedió después. Soy todo ignorancia, pero la veo, la siento, la reconozco, tal y como fue, en ese momento, en ese recuerdo, en ese sueño.
No me martiriza el recuerdo; al contrario, es lo único que me satisface porque es cuanto que tengo. He aprendido a vivir de viejas memorias, reales o ficticias, y no me molesta en lo más mínimo, ni siquiera cuando vienen acompañadas de frases de canciones de otras épocas.

jueves, 27 de octubre de 2011

El Hombre Fracasado


Era el hombre fracasado, si, ese era el título que mejor parecía sentarle luego de tanto tiempo. Lo decidió él mismo, no se trataba de una imposición, ni nada salido de algún programa mediocre de la televisión basura. Esas tres palabras se juntaron en su pensamiento mucho antes de que pensara en pronunciarlas.
Sonaban tan bien juntas, y era tan bello su sentido que lo utilizaba como una ironía frente a aquellos que suponían que el epíteto correspondía a algún hecho de su vida (laboral, familiar, amorosa). La razón, sin embargo, se encontraba en algo diferente.
Algo que nunca explicaría, porque le gustaba tanto llamarse el hombre fracasado que hasta tenía perfiles en todas las redes sociales con ese nombre. Su miedo, ahora, radicaba en que la verdad se supiera, y esa mentira tan bien orquestada, se cayera.
Si se supiera su verdadero nombre, su lugar de trabajo, el monto de su cuenta bancaria, nada cambiaría, es cierto; pero se sentiría más desnudo, más expuesto, más cerca de ser ese fracasado hombre al que lo condenaran a ser esa rubiecita, en primer grado que, sin dudas, repetía una frase escuchada en su casa, en medio de una discusión familiar.
—Yo no puedo estar con un fracaso de hombre —dijo antes de cachetearlo y amenazarlo con que la próxima vez no dudaría en armar su valija e irse de la casa.

viernes, 21 de octubre de 2011

El futuro en una mirada



Solamente tuvo la suerte de verla una vez, como el Dante a la Beatriz, el Aniceto a la Francisca, el Adán a la Lilith. Pero esa mirada, irrepetible, única, fugaz, real, resultó tan significativa, que no hizo falta otra.
La tragedia y la comedia desplegaron sus alas atontadas luego de tanto reposo, las cartas de amor no correspondido fueron arrojadas al mar de las palabras para ser respondidas nunca; las muestras de valor fatuo y de coraje inútil se multiplicaron; las escenas de futuros compartidos se agolparon en sus ojos; los años, las décadas, se llenaron de súbito con miles de momentos compartidos; las esperanzas rotas, las promesas vacías, odios y mutilaciones, peleas y rupturas también tuvieron su lugar.
Miles, millones, de otros detalles en un segundo.
El segundo en que sus miradas se cruzaron, por mera casualidad, en el pasillo del supermercado. Ambos lo notaron, ambos se dieron cuenta de que allí sucedía algo tan importante que cambiaría el rumbo de sus vidas.
Tenían todo a su favor.
Ella tomó una caja de la góndola.
Él continuó caminando.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Miles de Miles


Miedo.
Eso, y no otra cosa, era cuanto sentía. La carreta avanzaba despacio, con los caballos cansados, vencidos por la carrera anterior. Apenas miraba hacia el exterior, pero sabía por dónde transitaban en todo momento. Conocía Lima como la palma de su mano.
Por eso era él el Corregidor, la justicia del Reino, el administrador enviado por la Corona, el Representante directo del Rey y no cualquier otro; por eso le correspondía tomar las decisiones a las que nadie más se atrevía.
A él debían temer, todos, blancos, mulatos, mestizos, zambos y los despreciables indios.
Sin embargo…
Sin embargo no era así.
Aún no terminaba el año de la ejecución y los problemas, a pesar de lo que él mismo informara a la metrópolis, no menguaron. Bien al contrario, parecieron multiplicarse allá, en el campo, donde ellos vivían.
Si, aún podía sentir el desgarramiento de aquel cuerpo, aún podía ver la sangre, escuchar el horror de una muerte silenciosa.
Ese fue el día en que la pesadilla comenzó.
Ya no volvió a sentirse tranquilo, nunca, en sitio alguno. Le parecía que lo vigilaban, que alguien espiaba detrás de los tapices de las habitaciones de su casa, que alguien miraba su firma por sobre su hombro. Comenzaba a sentir que tanta tensión de afectaba los nervios.
Días atrás, un jueves, hace dos semanas, apenas pudo sostener la pluma y el sello para firmar ese estúpido contrato de desamortización. Era una suerte el que nadie lo hubiera notado o también su autoridad hubiera comenzado a resquebrajarse.
Los rumores crecían y crecían, llegando desde cada extremo del reino.
Intentó no creer en ellos, al principio; pero luego fueron tantos que se encontró abrumado por las noticias y el eco de aquellas palabras que nadie quiso traducirle y que sólo bajo amenaza de tortura y ser enviado a la Metrópolis, un indio aceptó traducir tan violentas palabras, tan terribles: Naya saparukiw jiwyapxitaxa nayxarusti, waranqa, waranqanakaw tukutaw kut'anipxani...
            Aquel indio sonrió de tal forma que todo su rostro se transformó en algo diferente, ya no era humano: Yo muero hoy, pero mañana volveré convertido en miles de miles, dijo.
Convertido en miles de miles, y Lima, sabido es, se encuentra tan llena de indios, todos tan parecidos a Catari.
Todos tan parecidos, tan iguales que ¿cómo sentir otra cosa diferente al miedo?

martes, 2 de agosto de 2011

Cri-Cri


El llamador sobre la puerta resonó varias veces, como si una indecisa mano jugara con ella, abriéndola, cerrándola, abriéndola otra vez, cerrándola más tarde, en el local vacío.
En la trastienda se veía una luz, opacada por un vidrio cobrizo, pero innegable. La robusta sombra de un pesado cuerpo se movió allí detrás, como accionado por un perezoso resorte sin fuerza.
Unos pasos más tarde la figura de un hombre, gastado por el trabajo, cansado por los años, apareció junto al mostrador; con ojos ávidos miró al a jovenzuela que esperaba junto a la puerta, llevaba una pequeña bolsa de cartón, el pelo recogido en dos coletas y una falda muy corta.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó el hombre esperando que la frase no sonara tan agresiva como parecía.
—¿Ésta es la Compañía Recicladora Integral y Creadora de Recursos Inocuos?
—Cri-Cri —dijo el hombre—. En qué puedo ayudarla.
—¡Perfecto! —exclamó la joven sonriendo tanto que podían contársele las caries en sus muela de juicio.
Se acercó al mostrador y, con mucho cuidado, extrajo de la bolsa un pesado adoquín que dejó sobre la mesa, luego de pasar la mano varias veces para asegurar su limpieza.
—¿Qué es esto?
—Un viejo amor —respondió la joven—. ¿Cree que podría hacer algo con él?
—Pero por qué… —comenzó el hombre, pero algo en la expresión de la mujer le impidió continuar. No sabía bien qué, si no tenía alguna importancia. Pero no pudo continuar con el insulto que se apresuró hasta su lengua.
Sentía que no era justo tratarla de esa forma. En cambio, dulcificando sus palabras, le respondió:
—Por supuesto que sí, señorita. Nosotros nos haremos cargo. Por favor, en la puerta siguiente encontrará un lugar cómo donde esperar —explicó señalando la puerta y la dirección correcta que debía seguir.
—¿Y cuánto me costará el trabajito? —preguntó la mujer.
—Oh, el precio habitual. No por ser tan linda le cobraremos más de lo debido.
—Oh, que caballero es usted —respondió la mujer parpadeando varias veces sin que las pestañas postizas se movieran de su lugar—. ¿Dice que espere en la otra puerta?
—Si, si. Regrese a la calle y golpeé en la siguiente puerta.
—Muy bien. Esperaré allí. ¿Me avisará cuando esté listo?
—Por supuesto —respondió el hombre tirando la piedra al cesto de la basura.
Ser vecino del hospital psiquiátrico del pueblo ya no resultaba tan gracioso como antes.

martes, 5 de julio de 2011

De necesidad y urgencia

Los ecos inundaron el salón inesperadamente, como algo ajeno a ese lugar casi sagrado, casi olvidado. Unos instantes antes las oxidadas bisagras del portal anunciaron su llegada con el leve chirriar de los años. Un trozo de papel pendía de sus dedos, unas indicaciones garabateadas con letra pequeña; letra de niño que recién aprende a escribir, o de adulto que ha olvidado cómo hacerlo.
Desde las altas ventanas podían verse los últimos rayos del atardecer, el omnipresente polvillo amenazaba con cubrirlo todo; esta vez quizá para siempre. Las miles de estanterías estaban silenciosas.
La habitación estaba vacía, de vida y de sonidos; avanzaron por ella apenas lo suficiente para comprobar lo que ya se temían.
Sobre el polvo depositado en el suelo se adivinaban antiguas huellas, marcas y líneas reconocibles para cualquiera que supiera interpretarlas.
Miraron las estanterías vacías, todas ellas vacías, esperando el final de sus días como bocas bostezando su pereza.
No quedaba nada. Se lo habían llevado todo.
Volvieron sobre sus pasos, hacia la puerta, donde esperaba el grupo, ávidas y harapientas personas, enflaquecidas y mal alimentadas, aguardaban con los ojos cubiertos de lágrimas y esperanzas. Lo mejor era decírselos de una sola vez y acabar con tanta incertidumbre, esa que daña el corazón. Quien sostenía el trozo de papel tomó aliento y miró al grupo:
—Llegamos tarde. Aquí tampoco queda nada —la voz se le quebró al pronunciar las últimas palabras—. No encontraremos nada para leer en éste lugar. Sólo las huellas de los verdugos quedan.
En silencio, con respeto, miraron la vieja biblioteca pública asaltada desde la época del caos; sabían que sus ansias de encontrar un libro, el que fuera, factible de ser leído, continuarían en aumento en un mundo carente de otro sustento que una simple historia para ser contada antes de morir.

sábado, 18 de junio de 2011

Un médico a la derecha, por favor


Cuando comenzó, por supuesto, era difícil de creer que fuera verdadero. Como cada nuevo misterio, la incredulidad es el primer sentimiento que sale a flote. Y si el misterio persiste en sus secretos y el hombre es incapaz de revelarlo, la irritación no tarda en aparecer.
Aunque al principio se lo catalogó como una psicosis colectiva en la que los implicados creían ver espejismos disímiles ocupando las ciudades, las casas o los campos; la imposibilidad de encontrar alguna relación entre esas personas rápidamente hizo que se olvidaran de dicha teoría.
El hecho determinante que dejó por tierra las teorías psicológicas, naturalistas, revisionistas y fantasiosas, fue el que la enfermedad se propagaba rápidamente.
A las semanas de haberse registrado los primeros casos, más de la mitad de la población mundial veía espejismos en todo momento, en todo lugar, dormidos o despiertos. De seguro habría quienes aprovechaban la breve histeria para faltar al trabajo o escaparle a sus deberes tributarios; pero eran los menos.
Los Centros de Recreación, Deporte, Sexualidad Reproductiva y Salud, se vieron tempranamente desbordados. Con el recorte presupuestario de las últimas décadas y el escaso interés profesional por dicha área de la ciencia, tampoco contaban con personal cualificado para tratar a tantos enfermos. Era una suerte saber que la enfermedad no era contagiosa, sino que formaba parte de la biología humana.
En otras palabras, la población entera se encontraba predispuesta a ver, sentir, experimentar y gozar de unos espejismos que se tornaban más y más reales a medida que trascurría el tiempo. El cerebro divergente se disgregaba. Los ansiolíticos creaban problemas gastrointestinales y apatía sin dar la solución buscada. Las ilusiones, los espejismos de esperanzas o desastres, continuaban allí; para peor, se multiplicaban con cada nuevo hombre, o mujer, que caía en sus garras.
Desde entonces, cada uno/a vive en su versión de la realidad, en su mundo particular, y la sociedad no es más que el recuerdo de un mal viaje que tiende a diluirse en el pasado.
Es más, sé muy bien que esta sala de conferencias, parecida al aula magna de una vieja universidad, así como ustedes que me escuchan (o me leen) atentamente no son reales, sino que son fruto de mi imaginación. Más que nada porque nunca habiendo aprendido a hablar, mucho menos sé escribir.

lunes, 23 de mayo de 2011

Noche de Juerga


—¿Recuerda algo de lo que sucedió anoche? ¿Algo en particular? —preguntó el policía.
—La música estaba muy fuerte, demasiado. No escuchaba ni mis pensamientos —respondió la chica haciendo lo posible por cubrir las curvas de su cuerpo con la pequeña chaqueta que le prestara el oficial.
Al despertar esa mañana se había descubierto desnuda, con las piernas abiertas y atadas a las patas de la cama en la que se encontraba tendida. Tenía la mayor parte del cuerpo cubierto de sangre.
Por supuesto, primero se asustó mucho, y comenzó a gritar. Un poco más tarde se percató de que la sangre no era suya, pero no por ello dejó de gritar.
Cada uno de sus gritos reforzaba la jaqueca que sentía pero no podía dejar de hacerlo.
—¿Algo más? —inquirió el policía tomando notas—. Algo importante.
Recordó el desatarse, porque sus manos estaban sueltas. Recordó caminar sobreponiéndose al dolor que sentía recorriéndole el cuerpo por la casa llena de cuerpos desmembrados, pisando lo que parecían ser vísceras y coágulos de sangre, hasta encontrar un baño.
—No sé de quién es el departamento —dijo—, me invitaron a una fiesta y… y…
Recordó mirarse en el espejo. El maquillaje de colores que cubría su rostro era lo de menos; lo que más la asustó fueron las extrañas figuras que decoraban sus senos y que parecían reptar sobre su piel hacia el ombligo, en parte ocultos bajo la sangre, en parte mostrándose a quien quisiera verla. Las marcas de mordidas las notó un poco después.
—¿Por qué se encontraba en la ducha? —preguntó el policía —.¿Cuánto tiempo llevaba bajo el agua?
—Me sentía… sucia.
Quería borrar estas cosas de mi cuerpo, pensó sin decirle al policía con cuánta fuerza se había frotado con el agua y el jabón sin lograrlo. Aún con la cabeza bajo el agua escuchó que alguien gritaba desde el pasillo, del otro lado de la puerta: ¡Séptimo piso, departamento cuatro! ¡Rápido!
—¿Recuerda si le ofrecieron de tomar alguna droga? ¿La amenazaron de algún modo? —preguntó una vez más el policía.
—No lo sé… —respondió recordando cada uno de los tragos, de los licores, de todos los sabores y colores, que aceptó mientras aún podía contarlos.
—Haremos que la examine un médico forense de la departamental —dijo el oficial que, ahora podía verlo, no tomaba notas, simulaba hacerlo mientras miraba las piernas, la cadera, cada pulgada de piel descubierta, con ojos brillosos.
—Siento nauseas… —dijo la chica—. Mareo…
—Debe ser la resaca. Hay botellas rotas por todas partes, sobre los muebles, entre los cuerpos, incluso en la cama.
La chica asintió en silencio. Espero que sólo sea eso, pensó mirando una vez más los extraños dibujos sobre su vientre…

miércoles, 4 de mayo de 2011

Jubilado

—¡Quiero que me dejen salir! —gritaba el viejo Teshub desde la silla de ruedas.
Dos peldaños lo separaban de las rojas baldosas de la galería techada. Lo habían dejado allí arriba adrede, a la hora del almuerzo del personal del geriátrico, para que gritara si quería hacerlo, llorara o insultara. Pero no podría volver a escaparse.
—¡Quiero bajar!
Alguien cerró con furia la puerta de su habitación molesto por los gritos; otro ser invisible chistó para que se callara. Pero Teshub no se dejaba amedrentar. No, claro que no.
Aguardó más de dos horas hasta que alguien apareció al final del pasillo, una mujer, una enfermera joven, muy joven, casi una niña.
—¿Cómo se supone que llegue a la galería con estos escalones aquí? Necesito una rampa —exclamó al verla.
—Hola, buen día abuelo —dijo la enfermera—. ¿Cuál es su problema?
—¿No me escuchó? ¡Quiero bajar a la galería! —gritó Teshub cada vez más irritado.
Mientras el viejo gritaba, la enfermera se fijó algo en la carpeta que traía en sus manos.
—Puede bajar —dijo—. Usted no necesita esa silla. Sus piernas están bien.
—¡Ridículo! —atronó la voz del viejo por el pasillo—. Hace años que las piernas no me responden. Todos aquí lo saben y pretenden engañarme diciéndome lo contario. ¡Quiero ir a la galería!
—¿Por qué es tan importante para usted bajar a la galería?
—Para ver la lluvia de cerca —respondió Teshub.
—¿Qué lluvia? —preguntó la enfermera mirando el sol resplandeciente que inundaba el salón a través de los ventanales de la galería—. Hace meses que no llueve.
—Se acerca una tormenta, puedo sentirlo. Quiero bajar.
—Su habitación es la que tiene todo el día el televisor encendido en el canal del tiempo, ¿cierto?
—Eso es mentira —respondió el viejo—. Se acerca una tormenta, lo sé porque soy Teshub, el dios de la tormenta.
—¿Ah, si? —se rió la niña enfermera—. ¿Y si es un dios por qué no baja usted solo esos escalones?
—Porque no puedo —dijo el viejo y, bajando la voz, agregó—, olvidé cómo hacerlo.
La enfermera se sorprendió al levantar el frágil y vencido cuerpo del anciano que, incluso junto con la silla, no pesaba más que unos pocos kilogramos. Menos de diez, pensó, está muy flaco.
El viejo sonrió ampliamente, mostrando las encías.
Llevó la silla hasta el ventanal más cercano y se aseguró de que tanto las puertas como las ventanas estuvieran cerradas antes de retirarse sin hacer ruido con sus zapatos de papel, por el pasillo frío y blanco.
—Gracias —susurró Teshub cuando las primeras gotas golpearon contra el vidrio—. Gracias —repitió.
La lluvia ocultó el sol e inundó los cielos arreciando durante horas. La última lluvia del siglo, aseguraron los periodistas de ocasión.
La última lluvia.

lunes, 18 de abril de 2011

Iniciación



—Tiene que ser una broma —dijo sorprendido por lo que acababa de escuchar, que de tan ridículo resultaba increíble.
—¿Cómo se atreve a decir algo semejante? —preguntó el viejo iniciador con la túnica de terciopelos rosa y la bufanda de armiño anudada al cuello—. ¿Acaso osa burlarse de nuestros ritos? ¿Los mismos que ha jurado proteger con el secreto al ingresar a esta habitación?
El joven propuesto para el rito de iniciación no lograba salir de su asombro que ya caía en él nuevamente mirando a los reunidos en aquella extraña mesa con forma de herradura.
—Pero me esta pidiendo que me corte una mano —dijo a los gritos y gesticulando con ambos brazos en el aire—, que la introduzca ese microondas viejo y oxidado y la cocine durante… ¿Cuánto tiempo?
—Veintitrés minutos y cuarenta y cinco segundos —dijo el iniciador consultando un librito escondido dentro de la manga de la túnica pero que todos en la sala podían ver claramente.
—Antes de servirla en la mesa para los otros miembros de la logia —completo el joven.
—Ese es nuestro rito de iniciación más secreto, el último paso antes de ser miembro de pleno derecho de nuestra logia. El nuevo iniciado debe consustanciarse con los miembros más antiguos. Todos los hemos hecho al inicio de nuestra carrera dentro de nuestra preciada logia. Usted ingresará en el grado más bajo, claramente, pero podrá ascender sin inconvenientes; se lo ve preparado y capacitado para ello.
—¿Ah, si? —preguntó el joven con ironía.
—Sin lugar a dudas —respondió el iniciador.
—¿Entonces cómo es que todos ustedes tienen ambas manos si han tenido que cortarse una para ingresar como ahora me exigen que lo haga? No tiene sentido.
—Es el símbolo de la confianza. Los hermanos dispuestos a sacrificar una parte tan importante de sí mismos, son recompensados —habló, con voz reverberante el gran maestre desde su sitial en el centro de la herradura y elevado como si se encontrara sobre una cátedra.
—¿De qué forma? —se atrevió a interrogarlo el joven de manera directa aun sabiendo que aquello estaba por demás prohibido.
—La mano cercenada vuelve a crecer —dijo solemnemente el iniciador señalando al resto de las personas vestidas con las mismas togas, portando las mismas falsas joyas, que él mismo portaba, que le sonreían con suficiencia.
El joven propuesto para la iniciación quedó boquiabierto mirando a los comensales que levantaron ambas manos, sanas, saludables, con todos sus dedos. Se notaba en cada caso que aquella mano que fuera sacrificada lucí aun color de piel diferente. Apenas perceptible pero evidente, como quien usa un guante color piel pero de diferente tono.
Su mano izquierda temblaba cuando tomó entre los dedos trémulos de su otra mano el hacha ceremonial y la levantó por sobre su cabeza midiendo el punto exacto donde caería el filo mellado y oxidado por los años de sacrificio. Abanicó el hacha una, dos veces, para asegurarse que, a pesar del temblor, la hoja caería sobre la articulación de la muñeca.
—Claro que, por otro lado —lo interrumpió el Iniciador cuando se encontraba a punto de descargar el golpe, seco, directo, único de ser posible—, también aceptaríamos unas hamburguesas de la casa de comidas rápidas que se encuentra en la esquina. Usted decide —agregó sonriendo con malicia.

miércoles, 13 de abril de 2011

Le fallaba


Le fallaba la memoria.
Lo sabía.
Eso eran las incontables cintas de colores que colgaban de sus dedos, de las muñecas e, incluso, de los codos. Ayuda-memorias. Para recordar algo. Claro que, para que un ayuda-memoria sirviera se debía, necesariamente, recordar qué se quería recordar cuando se había colgado esos recuerdos del brazo.
Pero le fallaba la memoria.
Lo sabía.
Por eso algunas de las cintas eran nuevas y relucientes. Estaba claro que las había colgado allí hacía muy poco tiempo. Quizá minutos, tal vez horas. Pero también las había andrajosas, sucias, deshilachadas, que no podía decir si habían cumplido su función o no. No lo recordaba.
Le fallaba la memoria. Lo sabía.
Las miles de notas garabateadas con letras apresuradas y pegadas en cualquier parte (sobre la heladera vacía, el microondas en desuso, la estufa rota, la cocina anulada, la puerta trabada), eran la clara señal de ello. No siempre recordaba poner la fecha en todas ellas, no siempre sabía decir cuándo habían sido escritas. Ni por quién. Había recetas y avisos de vencimiento, cartas amenazantes y notas de amor, acumuladas, inútiles, sobre muebles igual de inútiles.
Le fallaba la memoria.
Lo sabía.
Alguien le había recomendado bordar su nombre en cada una de sus prendas. Pero no sabía bordar, y no siempre estaba seguro de cómo se llamaba. Por lo que buscó ayuda en la costurera del pueblo. Una mujer mayor, casi ciega y analfabeta que inventaba letras, sílabas y nombres nuevos en cada bordado.
Porque le fallaba la memoria.
Lo sabía.
Por eso no podía decir cuándo fue la última vez que tomara su medicina. Por las dudas, para no olvidarse, se tomó varias pastillas que encontró sobre la mesa (algunas recién caídas del frasco, otras llenas del polvo de varios días), con la seguridad de que, tal vez, alguno de todos esos puntitos de colores le sirviera para algo.
¿Sirviera para qué?
Es que le fallaba la memoria.
Lo sabía.
Le fallaba.

martes, 5 de abril de 2011

Atajo


Sabía que si continuaba por esa ruta, terminaría por sucederle aquello. Lo sabía, si. Pero la opción, para evitar las aceras rotas y abandonadas de aquel solitario barrio, era dar un rodeo de más de treinta cuadras.
Y no tenía tiempo, ni ganas, de arrastrarse con su silla de ruedas, por todo ese camino extra.
Sabía que se quedaría atascado en uno de los pozos, con las ruedas atrapadas entre baldosas sueltas, o en el barro de un desagüe roto. Le había sucedido varias veces ya, y sus quejas frente al municipio habían recibido respuestas nulas.
Ser el único inválido en un pueblo de atletas tiene sus contras. Como el quedarse atascado, durante días, esperando la milagrosa ayuda de alguien que se dignara a pasar, de casualidad quizá, por esas calles alejadas de los salones de entrenamiento.
Perdía, de ese modo, el tiempo que pretendiera ahorrarse al cortar camino por ese falso atajo. Y ahora, con dos de las cuatro ruedas de la silla empantanadas, no le quedaba más que esperar por la ayuda providencial.
Bajó la cabeza hasta pegar la barbilla contra el pecho; habría llorado, pero sabía que era inútil, porque las lágrimas no sirven para atraer gente.
Por lo menos ésta vez, pensó, no llueve.

lunes, 28 de marzo de 2011

Percepción


Decía poder ver lo imperceptible. Y, cuando le señalábamos que lo imperceptible era, necesariamente, imposible de reconocer con los sentidos, aclaraba: puedo ver lo que para otros es imperceptible.
Nada tenían sus ojos de especiales. Eran marrones y tristes como los del resto de  los hombres del pueblo. La suya, aclaraba, era una tristeza más profunda. Por eso era capaz de ver lo que otros apenas podían imaginar.
Por supuesto, nunca podía describir lo que decía ver. Las palabras, aclaraba, no fueron hechas para ello, sino sólo para lo que de físico tiene el mundo. El espíritu, el ideal, en cambio, se encuentra más allá de todo, de todos, de lo que era.
A veces nos divertía lo que decía; sobre todo a principios de cada mes, cuando cada uno de nosotros podía pagarle un trago para que se quedara un rato más en la taberna. Siempre lo rechazábamos cuando los días del calendario huían hacia el pasado. En esos desoladores días nadie tenía ganas de escuchar sobre maravillas imposibles de describir.
Esos días, yo tampoco quería oír los delirios del ciego del pueblo.

martes, 15 de marzo de 2011

Mirón


Miraba a través de la ventana, como el personaje de aquella película de Hitchcock. De pie, tan cerca del cristal que sus pestañas lo acariciaban en cada parpadeo; la ciudad, allá abajo, en la imprecisa lejanía, se reflejaba en sus pupilas. Horas, o quizá días enteros, pasaba allí, sin apenas moverse. Estático, como un muñeco abandonado allí por algún bromista.
Sólo que no era un muñeco. Era el reflejo del hombre que había sabido ser. Los restos de un intelecto, de un físico, de un espíritu que comenzaba a despedirse de la vida.
Palabras más, palabras menos, es lo que creía ver reflejado en el cristal; cuando el sol no golpeaba de frente y podían adivinarse los contornos de los objetos. De los objetos, de los edificios y el cielo.
Cuando se detuvo allí tal vez supiera por qué lo hacía. O lo que buscaba. En ese instante comenzaron a acumularse los recuerdos, los silencios, los susurros, las melodías. Una infinidad de cosas que no hacían al momento ni a la persona.
La misma persona que pasa los días mirando a través de una ventana cubierta por el polvillo, hacia un mundo que ya no le es propio, que lo abandonó, lo despreció y que, de seguro, humilló. Ese mismo mundo que otro heredará y, también, de seguro, sabrá disfrutar.

martes, 1 de marzo de 2011

Sociedad crispada


Vivimos en medio de la crispación, rodeados de violencia, con o sin sentido, con o sin razón. Nos cubre el odio como una fina capa de barniz sobre nuestra piel. Y odiamos sin darnos cuenta. Porque odio y violencia no siempre son sinónimos, pero a veces si lo son. Y esos son los peores momentos.
Nos entretenemos contemplando violencia, en fotos, en noticieros, en las comedias físicas del cine mudo, en el bailar de las nubes, en la telenovelas y los dramas anodinos.
Violencia en los discursos políticos, en los partidos de cualquier deporte (incluso en los que no son de contacto), en el entrechocar de las nubes, en…

Pretendía continuar pero me distrajo el llanto de mi hijo recién nacido, al parecer necesitaba un poco de atención. Después de nalguearlo por cerca de dos horas, al parecer lo suficiente como para que se quedara otra vez en silencio, ya no recuerdo sobre lo que escribía antes. Seguiré, pues, otro día con mi interrumpido análisis sociológico.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Mueran los Salvajes Normandos

Allí se encontraba él, bebiendo de una gran vasija de hueso pulido, con restos de sangre de sus enemigos manchándole la ropa, la piel, el rostro, las armas. Riendo con fuertes carcajadas mientras olía el aroma de la grasa ardiendo en las hogueras de los vencedores.
Habían llegado, como el vendaval de otoño, sin anunciarse, sin hacerse saber hasta que no se encontraban sobre la apesadumbrada aldea. Y esta, conociendo sus apetencias, se entregó a una vana resistencia. Lucharon, de todos modos, sabiéndose muertos en un futuro más bien cercano.
Los normandos vencieron y penetraron en la aldea. Aplastaron a los hombres, se rieron de los ancianos, violaron a las mujeres y se llevaron a los niños junto con todos los objetos de valor que pudieron encontrar en tan mísero paraje, hacia sus barcos.
Luego volvieron para quemarlo todo, para dejar yerma esa mancha de tierra, para dejar huella de su paso. Y, entre el humo y el hedor, él masticaba un trozo indescifrable de carne y bebía, entre carcajadas, de su copa de hueso.
—Una buena matanza siempre abre el apetito —repetía una y otra vez entre carcajadas.
Las volutas de humo, apenas acariciadas por el viento, ensuciaban el cielo.




Escena del Tapiz de Bayeux, un gran lienzo bordado del siglo XI que relata con imágenes e inscripciones en latín los hechos que precedieron a la conquista de Inglaterra por los normandos, en conmemoración de la batalla de Hastings.

miércoles, 19 de enero de 2011

Magia crepuscular

Y los sueños fueron hechos hombres, de figura y talante, como sus hermanos de género, por aquel científico que no había tenido infancia, ni adolescencia y que naciera sabiendo. El mismo científico del que todos en la comunidad se burlaban. Ese mismo, del que también nos reímos, alguna vez, nosotros.
Ese ridículo ser logró lo que se propuso al corporizar los febriles desvaríos de la mente infantil de los niños golpeados.
Esa es la única explicación para algo tan raro, y para lo que no estamos acostumbrados, como los cíclopes comiéndose las manzanas en el campo, dragones disfrazados de taxistas y hadas madrinas prostituyéndose para regalar los pocos dones que les quedaban inunden hoy la ciudad.
Porque todos sabemos que los sueños sueños son, pero si los arrastramos al mundo real, pierden su encanto crepuscular de onírica realidad.
Es una suerte, entonces, que aquel científico ridiculizado por la propia vida no decidiera darle cuerpo a sus perversiones más oscuras y secretas.
Aunque, tal vez, pensándolo mejor, de haberlo hecho de ese modo, hoy tendríamos un mundo mejor. No puedo saberlo, porque también soy parte de un sueño.
De tú sueño.

jueves, 13 de enero de 2011

El Dilema


—¿Comprende? —preguntó el técnico.
—Creo que sí —respondió el cyborg frente a él—. Debo reinstalar todo el sistema.
—Así es. Tu sistema operativo está caduco. Se lo puede actualizar, es cierto. Pero no hay garantías de que funcione correctamente. O de que encuentres un técnico especializado en el caso de que sea necesario un reinicio de emergencia.
El cyborg guardó silencio mirando la pared de la fría habitación. De haber sido aún humanos, sus ojos se verían como empañados de recuerdos. Pero, como no lo eran, su expresión era, apenas, de vacío.
—¿Qué sucede? —preguntó el técnico.
—Perderé todos mis recuerdos. Mi memoria continúa siendo en parte humana, por lo que no pueden ser copiados ni editados.
—Bueno… —dijo el técnico—. En ese caso debes elegir, si prefieres recordar (arriesgándote a que todo tú sistema colapse), o actualizarse (nuevos programas, nuevo sistema, nuevos recuerdos).
—No es una decisión sencilla —murmuró el cyborg.
—Nunca dije que lo fuera —respondió el técnico—. Sólo señalé tus opciones. La elección depende de ti.
Otra vez en silencio, el cyborg accionó sus comandos lógicos para encontrarle solución a su predicamento. Dos horas más tarde, en la oscuridad y soledad de la oficina cerrada, continuaba pensando.
El técnico llegó a su casa sonriendo. Sabía que el dilema al que sumiera al cyborg sólo redundaría en su beneficio. Ya que su sistema operativo se decidiría por una actualización total o, al contrario, se detendría sin llegar a nada, tal y como había sido programado. Y él podría vender un sistema nuevo, o varias toneladas de hojalata obsoleta. Su día no había sido en vano.