Mostrando entradas con la etiqueta Diario 16. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diario 16. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de julio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cincuenta y Dos


Un día más o menos como hoy, hace aproximadamente diecisiete años, decidí que debería comenzar a guardar cuanto escribía porque podría ser de utilidad en algún momento. Lo anterior a esa fecha, cuando se trataba de palabras verbalizadas, se lo llevó el viento o las llamas. De nada sirve retrotraerme hasta el momento inicial en que descubrí que era capaz de escribir porque, por suerte, no quedan registros. Bien podría decir que antes no había nada, por eso fijo una fecha, arbitraria como todo calendario a la medida del hombre (en este caso yo), como ya lo enseñaban los griegos hace dos mil quinientos años, y con esa fecha de inicio comienzo a contar. Lo escrito en los últimos diecisiete años se ha conservado (algunos dirían que lamentablemente).
            Para bien o para mal, allí están los cuentos escritos para impresionar a los amigos, para demostrarle a algún profesor que podía hacerlo, para intentar alguna conquista que indefectiblemente acabaría en fracaso, o por alguna otra razón. Como un concurso literario, o un verso que en mi pensamiento sonaba muy bien pero en papel parecía un poco demasiado ridículo. De todo lo anterior hay archivos (primero manuscritos, después en disquetes de 3 ¼, luego en Cd-Rom, ahora en pendrive, pero siempre en el mismo procesador de texto, y es que un poco de nostalgia no hace mal a nadie).
            De poder hacerlo diría que realmente comencé a escribir mucho después de esa fecha, un par de años más tarde. Borraría muchas cosas que hice de las cuales me arrepiento, pero que forman parte irremediablemente de mí. Muchos me recuerdan por el penoso libro de cuentos publicado en 2002 (penoso por la calidad de los materiales incluidos, y penoso por el pésimo trabajo de edición de la editorial) pero, claro, ya no soy la persona que lo escribió. Muchos otros me recuerdan por el libro de poesía, un poco mejor editado y con un material apenas más cuidado, del 2007. Tampoco soy esa persona. Luego el abismo. O como le llaman los medios de comunicación, las redes asociales, en donde lo que importa es el personaje que no la obra. Siempre me negué, y continúo haciéndolo, a convertirme un personaje de mí mismo. Y quien dice que usar las redes sociales es socializar no sabe lo que dice o prefiere ignorar la verdadera función de dichas redes. Pero ese es tema para otro debate, en otro momento, en otro lugar, con menos intereses en juego.
            La cuestión es que debería de estar festejando mis 17 años con la literatura, ya que se trata de mi relación más extensa con algo (o alguien), pero (y siempre hay un pero y este pero es un pero que aunque intente evitar siempre termino recurriendo a él diciendo como cabría de esperarse “siempre hay un pero”) hace mucho que no hago lo que pretendo hacer, es decir, escribir. Me gustaría poder decir que vivo de regalías, como las familias de los escritores famosos muertos, sólo que no es así (ni creo tampoco, que suceda en algún momento; principalmente porque uso demasiado los paréntesis para agregarle comentarios a mis propios comentarios). Por ejemplo, el cuento que se publicó en la Revista Próxima fue escrito en algún momento entre el 2008 y el 2009. Tiene sus años y, aún cuando siga gustándome el resultado final, no es tan actual como debería de serlo. Por lo menos es un cuento que siento como más cercano a mi yo actual que todo lo anterior. De lo que se escribió luego, todavía nada ha visto la luz. Repito, todavía.
            Comienza un nuevo año… ¿Qué vendrá después?

domingo, 10 de julio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cincuenta y Uno

Habrán notado, como en mi caso, que ciertas semanas parecen haber sido hechas para pasar a la historia sin que ningún acontecimiento necesariamente relevante suceda en ellas. Si bien la mayor parte del tiempo podría recibir dicha descripción, lo importante en este punto es saber con qué categoría de relevancia contamos para marcar el nivel mínimo que hará que eso que vivimos pase a formar parte del archivo real, no solo de la memoria, de nuestras vidas.
            Nada relevante podría significar que nunca nos enteraremos que la tierra evitó ser invadida por una raza alienígena que pretendía llevarnos como esclavos a las minas de algún mineral desconocido en nuestro planeta, y siendo que solamente los humanos son capaces de sobrevivir a la radiación de dicho mineral, querían conquistarnos.
            Nada relevante es que la obra maestra que se supone que deberíamos de estar componiendo (uso ese verbo pero no me refiero solamente a música, se entiende), se retrasa infinitamente hasta días más allá de nuestro límite. Porque antes de ponernos a trabajar miramos un poco de televisión, porque las noticias siempre son importantes conocerlas; luego actualizamos cada uno de nuestros perfiles en las redes antisociales en las que tenemos una cuenta para estar en contacto con personas a las que solo les interesa que nos fijemos en sus fotos evitando mencionar lo que las sonrisas en esas fotos disimulan y que nunca se preocuparán por nosotros (ni por nadie más), en los momentos de verdadera necesidad. Se puede abrazar una foto, o una pantalla con una foto, de alguien que no quiere estar allí junto a nosotros (y no porque esté muerto, sino porque directamente no quiere estarlo) pero ese abrazo será tan frío como abrazar la soledad en persona.
            Nada relevante es saber que sobrevivimos otras 168 horas dentro de una sociedad cada día más violenta y agresiva con sus propios componentes. Que vivimos con miedo de lo que pudiera pasarnos, aun cuando dicho miedo no es más que una ficción que nos acostumbramos a creer hasta el punto en que ya ni siquiera dudamos de ella, la aceptamos, la abrazamos, la hacemos nuestra. Y el miedo pasa a formar parte de nosotros, no como una sensación, sino como algo bien palpable.
            Nada es relevante si…
Y una enumeración indefinida de situaciones, hechos y particularidades que variarán según cada persona. Por lo que continuarla en éste momento es irrelevante.
            Pero tampoco podemos olvidarnos que la mayor parte de los componentes de la sociedad, de la sociabilidad, de las esperanzas, de los sueños y de los anhelos (privados o compartidos) son tan relativos como fútiles pueden convertirse cuando el interés cambie y eso que alguna vez fue importante ya no lo sea. En algunos aspectos pueden resultar sumamente parecidos a las modas, no solo del vestir, sino de cómo hay que decir las cosas, como hay que comportarse, como hay que disfrutar del momento; y de lo fácil que caemos en ellas para no sentirnos tan parias después de tanto esfuerzo. Aun cuando eso signifique sentirnos un poco más vacíos con nosotros mismos.
            Antes de comenzar a adolecer, cuando todavía mis intereses no se habían conformado, por lo que eran sumamente maleables, coleccionaba latas gaseosas (vacías por supuesto) de aluminio decorado con colores brillantes y chillones y dibujos de los personajes de las películas del momento. Fui varias veces a ferias de colectividades, o de naciones dependiendo quién la organizara, con el sólo objetivo de conseguir latas que vinieran de afuera del país. Latas difíciles de conseguir para que mi colección fuera única, inigualable tanto por la cantidad como por la variedad.
            Luego de tanto esfuerzo, que habrá durado años (si el recuerdo no me engaña, cosa muy posible), un día decidí que ya no las quería. Mucho espacio ocupado, mucha suciedad sobre ellas, muchas cosas para limpiar, mucho de nada. Ya no me eran relevantes
            Acabaron en la basura.
            ¿Pasó algo relevante ésta semana? Tal vez no en un primer momento, pero se convertirá en ello dentro de un tiempo, cuando me percate de que el cuento que acabé de revisar, de corregir y reescribir es la llave para ganar algún concurso, para causar la impresión de que entiendo lo que es la literatura (si en realidad lo hago es tema diferente). Hasta que eso suceda, hasta que esta anteúltima semana del año dieciséis de mi interés por la escritura, sea plenamente relevante, sostendré que nada sucedió en la semana.
            Espero mejor suerte para la próxima.


No, mi colección no se veía tan ordenada como la de la foto.

domingo, 3 de julio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cincuenta

Haciendo gala del conocimiento que poseo sobre las metáforas deportivas puedo decir que me encuentro en la recta final del año en cuestión, el decimosexto, faltando solamente dos semanas para concluir el mismo y que, indefectiblemente, comience el decimoséptimo (sería demasiado raro, incluso para mí mismo, que luego del años dieciséis comenzara el dieciocho y no el diecisiete, pero dudo que mucha gente se percatara de ello, la mayoría seguramente continuaría con su rutina como si nada. En ese caso sería el único que sabría que hemos perdido un año pero ante cada intento por convencer a otra persona de que eso lo que ha sucedido nadie me creería, porque nunca nadie cree en lo que digo). Por otro lado, claro que si en la mayoría de los circuitos de carrera se hace necesario colocar una recta al final, que también es el principio, del trayecto, dicha metáfora carece de mucha imaginación.
            En cambio la idea de que el final es también el principio, o que el principio no es más que el final, es mucho más poderosa en diferentes aspectos. Más mitológico, más relacionado con las raíces de la cultura humana (no solamente occidental, porque los occidentales suelen olvidar que también hay humanos en otras latitudes del mundo y que en muchos casos esos humanos existen desde hace mucho más tiempo que los propios occidentales pero, en fin, esa es otra discusión).
            De allí que en el instante mismo en que algo se termina comenzamos a pensar en lo que vendrá después, en lo que sucederá una vez que la realidad actual cambie y todo cuanto creíamos ya no sea relevante en lo más mínimo. Debemos aprender entonces a pensar de otro modo para que no sea la realidad quien se imponga sino nosotros sobre ella aún cuando suena a tarea que ni siquiera Hércules, Atlas y Aquiles trabajando al unísono podrían realizar (suponiendo que pudieran ponerse de acuerdo sobre de qué manera hacerlo).
            Para evitar continuar acumulando referencias mitológicas sin mucho sentido, pasaré a cosas más importantes.
       En el número 30, Especial de Otoño, de la Revista Próxima pueden encontrar, y leer si así lo quieren, el cuento Para restaurar el universo; ilustrado en este caso por Martín Gimenez. Es el primer relato de mi cosecha que se publica de manera independiente, es decir fuera de un libro, en una revista seria y en formato físico y no solo en formato digital, como lo es Próxima. Más aún siendo específicamente del género fantástico y de ciencia ficción, dos géneros que en este relato se encuentran entremezclados de tal manera que os dejará pensando en las cosas que hacemos de manera cotidiana, según palabras del propio autor (que sí, soy yo, pero de vez en cuando hablo de mí mismo en tercera persona, más que nada para poder criticarme). Por supuesto que la última palabra al respecto la tienen los lectores, que sí, son ustedes.


Si, si, el García de la portada es mi apellido...

domingo, 26 de junio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Nueve

Una semana más se suma al tiempo transcurrido, al pasado, a lo que ya fue y no volverá a ser jamás.
            Claro que esto es sólo posible dentro de la concepción de tiempo lineal de la civilización judeocristiana; en donde la historia tiene un principio, un génesis, y un final, un Ragnarok. Y a partir de ese final que no es final sino una incógnita genial para que el final de la temporada te deje pensando en lo que pasará en la siguiente y volver a comenzar para transformarse en otra cosa. Tal y como diría Einstein, la masa se transforma en energía, nada se pierde, todo se transforma en algo más. Pero por supuesto que nadie anda por la vida pensando que el día de mañana puede convertirse en abono para plantas, pero podría ser útil no dejar de tenerlo en mente.
            Sabiéndolo perderíamos menos tiempo, no aprovecharíamos mejor. O quizá no, porque la neurosis de saber que la vida se termina podría ser mucho peor, para algunos casos. No me refiero a conocer el momento exacto en que tendrá lugar nuestra muerte, sino a dejar de comportarnos como mortales inmortales y no perder de vista el futuro que nos aguarda.
            Pero, si mañana se anunciara que han descubierto la vacuna de la inmortalidad, allí estaría yo, haciendo cola para recibirla y así tener la habilidad de continuar quejándome de lo difícil que es escribir por los siglos de los siglos para siempre amen. Por lo menos hasta que el sol se recupere de su letargo y se lleve al sistema solar en su acto final.
            Todavía falta mucho para eso, me refiero a la vacuna, el sol es un tema bien diferente.

lunes, 20 de junio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Ocho

La multiplicidad de proyectos a la que me impulsa el hecho de sostener demasiados pensamientos al unísono, como comentara la semana pasada en la entrada anterior, lleva a que en verdad ninguno de esos proyectos se desarrolle de la forma esperada. Claro que no se puede sostener el impulso de pretender escribir tres novelas diferentes al mismo tiempo, pensar en una idea patrón a partir de la cual recopilar los cuentos escritos en los últimos años (y en consecuencias revisarlos para que se ajusten a dicha idea), queriendo mismo tiempo continuar participando en los concursos literarios de los que llego a tener noticias. Algo de todo ello quedará sin hacerse, mucho más será lo que quedará hecho por la mitad y muy poco finalmente se concretará.
            La cuestión es saber encauzar las energías de la manera adecuada para que nada se desaproveche, nada pase a segundo plano porque lo que importa en el momento es lo que se está haciendo y no lo que se tiene que hacer después. Evitar la distracción, evitar el despilfarro de atención, evitar el querer estar en más de un lugar al mismo tiempo. Suena como algo sencillo, concentrarse en una única cosa a la vez; lo difícil es ponerlo en práctica.
            La semana anterior terminé un trabajo de investigación en historia que tenía pendiente desde el año anterior, tan sólo llegué un año tarde, pero bueno, son cuestiones de calendario, no de proceso de construcción del conocimiento (es lo que me digo para justificar el por qué de mi demora). ¿Cómo lo hice? Me obligué a trabajar una cierta cantidad de días y horas hasta terminarlo, y a no hacer, leer ni ver otra cosa que no fueran los materiales necesarios para ello. Atiendan al verbo elegido: obligué.
Luego de ello acabé derrotado varios días en cama tras haberlo entregado. Pero lo hice, lo terminé. ¿Podría volver a intentar algo similar con los otros proyectos literarios? Entendiendo que historia y literatura no son, nunca fueron ni serán, lo mismo, es de suponer que el método de trabajo aún cuando luzca similar, no es idéntico. También tengo que tener en cuenta que antes no me planteaba este tipo de interrogantes, sino que las cosas fluían de otro modo. ¿Hay que escribir algo? Bueno, se escribe y ya.
            Pero en este año, el dieciséis desde que comencé a escribir metódicamente, solamente logré darme cuenta de que ignoro muchas más cosas de las que pretendía conocer sobre ese arte tan curioso que es escribir. Puede ser algo bueno el reconocer las propias limitaciones, porque conociéndolas es posible atacarlas hasta vencerlas, tan sólo que hay que estar predispuesto a ello.
            Me refiero a reconocer los problemas y errores, esa es la parte difícil, admitir que no somos perfectos; la segunda parte de la oración es, en definitiva, la acción más sencilla.
            Construimos nuestras propias trabas y después nos negamos a reconocerlas como tales; como una construcción que debe desmontarse para continuar adelante; como un paradigma científico que fue útil en un momento, pero que ha de ocupar su lugar en el museo o en el olvido, pero nunca en medio de la vida. ¿Será que encontré mi límite? ¿Será que a partir del año diecisiete que se acerca semana a semana lo único que podré hacer es concentrarme en un único proyecto a la vez?
            Tal vez vaya siendo el momento de dejar de cuestionarse tantas cosas y en verdad comenzar a hacer algo. Diez páginas es cuanto logré escribir este año, tengo una novela empezada y abandonada, dos ideas que no sé si van a ser novelas, guiones de historietas o fracasos, y una docena de cuentos a los que debería concluir o dejar que pasen a mejor vida (es decir, borrar el archivo). Hay mucho para hacer, necesito una brújula para guiarme en el fárrago de palabras que he construido, un laberinto en el que su único habitante (que no es otro que yo mismo, por si no queda del todo claro) no pretende huir.
            ¿Se estará muy cómodo allí dentro?


La imagen no tiene nada que ver con nada, es un Liquidador de la zona de Chernobyl, que se encargaban de recuperar aquellas cosas útiles de la zona de desastre y de desechar todo lo que la radiación hubiera dejado inservible. Supuestamente la fotografía es de 1986, si podemos creerle a la red, claro. El nombre del trabajo es lo que más me llamó la atención.

domingo, 12 de junio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Siete

Me invade esa sensación de tener demasiadas cosas en la cabeza al mismo; demasiado en qué pensar; demasiados planes; demasiadas ideas que no llegan a suceder. Todo en demasía, en infinitas proporciones, pero en un tiempo finito en comparación de los deseos de aquello que se pretende realizar. Pensar demasiado, pensar y pensar; sin nunca darse tiempo a descansar. Ni, tampoco, tiempo para hablar con nadie, de nada, porque carece de importancia aquello que puede ser dicho pero no pensado, sentido pero no racionalizado. Es peligroso, imprevisible y, por lo tanto, quizá, también, dañino. Mejor, en ese caso, como lo ha sido siempre, evitarlo.
            Una fábrica de sueños, de historias, de pensamientos tan disímiles que a lo largo de los anos se convierten en cuentos, en novelas frustradas, en oscuridades en el fondo de los ojos que comienzan a crecer, a devorarse la luz, la imaginación y a opacar cuanto se ve con esos ojos enfermos. Una fábrica en constante funcionamiento, a cada segundo de mi existir, en cada instante, que no sabe cuándo descansar pero que, aunque lo supiera, ignoraría cómo hacerlo.
            Pero resulta imposible dejar de pensar, el pensar nos define, el ser nos provoca continuos pensamientos sobre detalles de la existencia que antes no habíamos tenido en cuenta, o sí, pero en menor medida. Como si cada segundo de la existencia tuviera la misma importancia, como si, en definitiva, todo careciera de valor intrínseco más allá de lo que pretendemos darle en ese momento. Así como el oro carece de valor en sí mismo, una persona no es valiosa por lo que es, sino por lo que los demás esperan de ella. ¿Sería más feliz si pensara menos? Seguramente no me estaría preguntando esto mismo porque no hubiera sido capaz de percatarme de dicho dilema, por lo que el contrafáctico aquí planteado (como sería si…) carece de espacio válido en este momento, en este lugar, en este texto, en esta lectura. Soy lo que soy, como dicen que dijo el que lo dijo; pero eso se puede cambiar, seguro que sí, es solo que demora demasiado tiempo y requiere, por otro lado, demasiado esfuerzo.
            Mis ideas no son válidas en la medida en que sea el único que cree en ellas. El mercado es rey, el mercado gobierna, el mercado es dios, y he sido, desde la fecha en que prefiero recordar/me (y no lo que estaba antes a ese momento), un incrédulo.
            Pero, eso sí, continúo pensando, sin saber, ni querer saber, cómo dejar de hacerlo.

sábado, 28 de mayo de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Cinco

Mi mundo es cada vez más pequeño. Al menos así lo parece y se siente en estos momentos en los que me resulta imposible verlo de otro modo.
Será cuestión de los años que han ido sucediéndose, de los últimos cambios sucedidos o que quizá crecer signifique también un poco eso, que las fronteras se encuentran cada día más cerca. Sea como fuere, el mundo se ha vuelto más pequeño y lo que hubiera querido disimular ya carece de verdadera importancia. Las cosas han sucedido de ese modo y el tiempo continúa avanzando pero es imposible hacerlo retroceder.
Las amistades menguan hasta desaparecer, esfumándose en la rutina y los planes siempre postergados, los horarios desfasados, los trabajos por entregar, las fechas que cumplir, y obligaciones que se imponen como el primer objetivo. Después de tanto tiempo estoy dispuesto a aceptar que Stepehn King tenía algo de razón cuando dio a entender en su cuento El Cuerpo, del libro Las Cuatro Estaciones (en base al cual después hicieron la majestuosa Cuenta Conmigo) que nunca volveríamos a tener amigos como los que tuvimos a los doce años de edad. La amistad no está pensada para los adultos; la diversión siempre la vemos desde afuera. Como en esas películas norteamericanas en las que la gente se la pasa de fiesta en fiesta, de cóctel en cóctel y nunca se los ve hacer nada productivo.
La familia es un reflejo difuminado en un espejo desconchado. Se la tiene cerca todo el tiempo menos cuando realmente se la necesita para saberse vivo y sobreviviendo al vacío de la existencia sin éxito que nos tocó por culpa de la frasecita mediocre de Andy Warhol, que no era más que una mentira de alguien que se acostumbrara a vender eso mismo porque había gente dispuesta a creerle.
Los ocasionales compañeros de trabajo que pocas veces aceptan salirse de ese lugar, incluso encontrándonos fuera de horario y que de lo único que saben hablar es de trabajo, trabajo y más trabajo. El horario de trabajo ya terminó, cambien de tema, hablen de otra cosa, vuélvanse interesante, sino no sirven, están demasiado incrustados en el sistema, demasiado asimilados. En el trabajo no hay pasión, solo cansancio. Hagan algo más o mueran, sin pena ni gloria, pero con mucho dolor, eso sí.
Las vacaciones no son ya el espacio para disfrutar algo que allí no se encuentra. La playa siempre esta sobrepoblada de gente necesitada de miradas ajenas (cuando no obscenas) y la montaña cubierta de basura abandonada por gente de mierda que se cree mejor que la naturaleza que le rodea. Un recuerdo brillante de un pasado idílico es lo que nos queda por recuperar, pero no nos encontramos en una ciudad en tinieblas ni cosa parecida, la ciudad no ha cambiado más que de fachada, nosotros hemos cambiado de raíz.
Nos cuestionamos para qué seguir, pero no dejamos de hacerlo. Para quién hacerlo cuando sentimos que nosotros mismos no somos suficientes ni siquiera para mantener un diálogo silencioso sobre el sentido de la vida, el universo y todo lo demás, el sexo, la literatura y la música, entre otras cosas. Es entonces cuando nada parece tener sentido. Pero, por las dudas, continuamos, porque quizá el panorama se aclare en algún momento el camino (pero lo dudamos).
Entonces el silencio hace su dramática entrada, el pasajero que miraba nuestro acontecer por sobre nuestros hombros no tan disimuladamente nota que su presencia es requerida. El silencio en el que voz alguna se escucha, porque nadie hay que nos recuerde, ningún deseo reprimido perdura, ningún latido de corazón cercano se deja sentir. Será que allí donde yace nuestro cuerpo no significa que realmente nos encontremos nosotros mismos.
O quizá sea que deba conseguirme un globo terráqueo más grande.


Sí, esta foto también es mía.

domingo, 15 de mayo de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Tres

Una semana más que agregar a la lista de las que han pasado.
            Podría decir, cayendo en uno de los lugares más comunes de la literatura y el sentido común, que ni siquiera me percaté de su paso. Era domingo y estaba escribiendo en el blog y de pronto ya era sábado por la noche nuevamente. ¿Y el resto de los días? Se perdieron en algún recodo del camino. O quizá sea que logré finalmente perfeccionar el piloto automático y puedo dejar de atender a los lugares en los que me encuentro y las actividades que debo realizar. Como sea, pasaron siete días.
            La intención era dejar un registro de lo que hacía durante el año, y ni siquiera eso fue posible. Porque el año casi termina (en la semana Cincuenta y Dos, como se debe) y salvo las diez páginas mencionadas la semana anterior, continúa todo del mismo modo. Siempre a la espera de algo más, de algo nuevo, de algo diferente, pero sin la intención de salir a buscarlo.
            Alguien alguna vez me dijo que si había algo que me gustaba hacer no me dedicara a estudiarlo. Me gustaba escribir, y no estudié literatura. Y si hubo un error en algún momento, un camino que se torció, algo fuera de lugar, tal vez fuera ese detalle. Porque, claro, soy profesor de historia y los profesores de historia no podemos, no debemos, saber nada de otras asignaturas; solamente los profesores de literatura están capacitados para hablar de libros, solamente los profesores de arte están capacitados para hablar de arte.
            Los de historia somos los aburridos que solamente sabemos hablar de, como no podía ser de otro modo, de historia. Claro que el arte y la literatura están atravesados por la historia, pero hacerles entender algo tan sencillo como eso puede ser más complicado que enviar un satélite Spútnik al espacio usando solamente un clip para papel y una caja de fósforos.
            Y por cierto que me voy quedando sin fósforos en últimos meses.
            Tal vez la semana próxima haya algo para remarcar.


Siempre con la sensación de que la fiesta es para los demás, 
nunca para uno mismo...
Sí, esta foto es mía.

domingo, 8 de mayo de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Dos

¿Se puede vivir escribiendo diez páginas en todo un año? Es probable es que la respuesta sea negativa, máxime si al mirar hacia atrás recordamos que lo normal era escribir esa misma cantidad en un único día. Pero el tiempo nunca deja de pasar. Pero fallamos cuando intentamos convencernos de que estamos haciendo absolutamente todo cuanto podemos para continuar con una actividad que es lo único que nos mantiene cuerdos dentro del sistema social en el que nos tocó vivir. Un sistema que, por más que lo intentemos, no quiere ser cambiado, al menos no por nosotros, no en este momento.
            Acumulo horas que paso intentando escribir, queriendo hacerlo y lo único que obtengo es una hoja tan en blanco como se encuentra la fuente de mis ideas. ¿Dónde quedó todo eso? ¿Dónde lo perdí que no me dí cuenta de ello?
            Sólo me quedan esas diez páginas escritas en el último año que buscan tener algún sentido y que, al volver a leerlas, puedo darme cuenta de que no lo tienen. La creatividad, la literatura, las palabras que me quemaban de tal modo que era imposible negarme a escribir, eso es lo que busco recuperar.
            Por algo este blog parece haber quedado de lado, en segundo (o tercer) plano, estas últimas semanas mientras intento lidiar con tanto bloqueo.

domingo, 13 de marzo de 2016

Año Dieciséis, Semana Treinticinco

Finalmente llegó Marzo, con su carga de extremo trabajo y poca diversión, como lo será de aquí hasta llegar al lejano diciembre. Pero, no todas son malas noticias (aún cuando en algunas oportunidades todo dependa de cómo se lo mire, claro).
            Para quienes tienen memoria y recuerden mi predicción sobre futuras participaciones en la revista de Próxima de Ciencia Ficción y Fantasía que realicé aquí, ahora puedo confirmarles que era cierta y no como esas predicciones sobre los signos zodiacales y similares. En el número 29 de la revista (de la cual pueden ver la portada más abajo), se publica un extenso y ameno artículo sobre la obra de Olaf Stapledon que, si no lo conocen pues que deberían porque es uno de los grandes autores olvidados del siglo XX y no sólo de la ciencia ficción, de cualquier género porque si hay algo que molesta realmente es que se cercene a la literatura, o cualquier otro arte, en unidades menores más fáciles de manejar y contener para los críticos que no se dedican a ella más que en sus tiempos muertos.
            Como muestra, debajo de la imagen tienen el primer párrafo, pero sólo el primero, del artículo tal y como aparece en las páginas de la revista.
            Nos estamos leyendo.


 Olaf Stapledon: Creador de Universos

¿Qué tienen en común Arthur C. Clarke, Brian W. Aldiss, Stanislaw Lem, C. S Lewis, Jorge Luís Borges e Isaac Asimov? Todos y cada uno de ellos, según sus propias declaraciones, han sido influenciados por la obra de Olaf Stapledon. Pero, ¿quién es este autor inglés muerto a mediados del siglo XX? ¿Qué lo hace tan importante como para ser señalado como uno de los pioneros del género fuera de los modelos importados desde los EE.UU.?

sábado, 2 de enero de 2016

Año Dieciséis, Semana Veinticinco

Son tantas las semanas perdidas que mejor ni seguir con la cuenta. La cuestión es que finalmente terminó el 2015, un año que mucha gente siguiendo una ancestral tradición, cataloga como el peor año de su vida hasta que el actual 2016 llegue, también a su final, se haya olvidado de todo lo malo que aconteció en el 2015 y se acuse al 2016 de ser el peor que pudo haber existido. Bueno, no caeré en esa tradición, principalmente porque es mejor pensar que lo peor siempre está por venir. ¿O era lo mejor? No lo recuerdo bien.
            El mes de diciembre llegó con la publicación de una historieta de 15 páginas dibujada por Serafín en el número 28 de la revista de ciencia ficción y fantasía Próxima que se trata de una de las pocas publicaciones del género que vale la pena conocer y disfrutar. Pueden consultar en su sitio web dónde conseguirla o preguntarme en la sección de comentarios.
            Con un poco de suerte en los próximos números de la revista saldrán algunos textos de mi pluma, viejos, escritos hace años porque el 2015 no lo cuento como parte de mi diario de escritor (suponiendo que tenga uno, claro). Y sin un poco de suerte tendré que continuar esperando.
            Por lo pronto es demasiado pronto para saber cómo transcurrirá el 2016.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Año Dieciséis, Semana Dieciséis

¿Domingo otra vez?
            ¿Cómo es posible que el tiempo se escurra tan rápido sin que nos percatemos de ello? Si parece que ayer era lunes cuando ya es sábado por la noche y ni siquiera comenzamos a pensar en todo lo que nos proponíamos realizar durante la semana.
            En fin, el tiempo corre cada vez más rápido o nos volvemos cada vez más lentos; podemos proponer cualquiera de las dos explicaciones clásicas, aún cuando sus respuestas no nos satisfagan por completo.
Intenté escribir durante la semana, entre colegio y colegio, pero la incoherencia reinante entre esos pocos párrafos me llevó a descartarlos sin miramientos. La docencia absorbe cualquier intento por hacer algo diferente a reproducir el sistema aún cuando nos devanemos los sesos por encontrar una respuesta; la inercia es más fuerte, la escuela es un monstruo que no cambia, que fagocita a quienes se encuentran en su interior y no tienen la suerte de salir en el momento adecuado. Las ideas de cambio no pasan de ser meros intentos para que algo se modifique en el interior de una institución cuyo verdadero sentido se perdió hace tanto tiempo que nadie parece dispuesto a reconocerlo por temor a perder el trabajo, su único medio de subsistencia, y quedarse en la calle (los docentes no lo hacen, pero tampoco los gremialistas, ni los políticos y/o técnicos vinculados a dicha actividad), todos se mienten a sí mismo y a los demás con igual impunidad.
            Y junto con las ideas, la energía, la voluntad, la creatividad y, a la larga, la alegría se desvanecen. Eso explica la existencia de tantos profesores con años de antigüedad amargados que se encargan de repartir ponzoña entre los recién llegados, diciendo que ellos conocen la verdad, que saben cómo funciona el sistema y cómo han podido vencerlo en juego. Es sólo que lo que realmente sucedió es que transformaron en un engranaje más del sistema, uno tan pequeño que pasa desapercibido y nadie nota ni se preocupa cuando deja de cumplir su tarea por jubilación o muerte, que en algunos casos es posible utilizarlos como sinónimos.
Por eso mismo es recomendable tener siempre dispuesta una salida rápida de todos los problemas. Imagino que muchos lo han intentado, pero pocos son los que realmente llegarán a lograrlo.
De todas maneras sigue pareciéndome difícil de creer que sea domingo nuevamente.

domingo, 25 de octubre de 2015

Año Dieciséis, Semanas Catorce y Quince

Semana Catorce

Habrán sucedido, sin ninguna duda, un número ilimitado de acontecimientos, de mayor o menor envergadura. Pero, como ninguno de ellos se parece a lo que pretendo que sean mis días, que es continuar escribiendo y no hacer nada más que escribir, alimentándome y respirando puramente literatura, el no poder hacerlo es como si nada hubiera ocurrido.
La semana simplemente se escurrió hacia el fina de su carrera y cuando quise darme cuenta ya era domingo por la noche y el ciclo se encontraba pronto para su reinicio. Esa es la verdadera excusa de porque no hubo actualización la semana anterior; algo que no vale de mucho explicar, por la relativa falta de interés general, pero que a veces es mejor dejar en claro.
Terminé de leer un libro sobre historia nacional, pésimo de por sí, pero tenía que leerlo para entender cómo es posible que algo semejante haya llegado a publicarse. Pronto haré una reseña sobre el mismo, porque de tan malo es necesario avisarle a los posibles futuros lectores sobre el mismo para que no cometan el mismo error que cometí yo, que fue el pagar por el libro.

Semana Quince

Continúa la sequía; una que poco tiene que ver con la cantidad de lluvia caída durante la estación (que no ha sido poca tampoco), sino con algo igualmente necesario para mi vida pero que se encuentra tan ausente que comienzo a pensar que quizá deba hacerme a la idea de que lo poco que tenía se perdió irremediablemente. La última vez que pude dedicarme a escribir un par de horas continuas sin interrupción fue en el lejano mes de mayo; seis meses después, aún recuerdo ese día como uno de los más interesantes del largo otoño que éste año vivimos en este rincón del mundo.
Una mala interpretación del mito de Pandora nos lleva a creer que la esperanza es lo último que se pierde porque es lo último que quedó en su lugar luego de que Epimeteo abriera el ánfora donde los males se encontraban encerrados. Lo que nos olvidamos al repetir frases y refranes tan viejos y cristalizados como el anterior, es que la esperanza formaba parte de los males que los dioses griegos habían alejado de los hombres y que ellos mismos, personificados en Epimeteo (cuyo nombre significa pensar después o luego de las acciones), volvieron a dejar en libertad.
Por eso mismo, aún espero, sin tener noción del tiempo que ha de transcurrir, a que eso que alguna vez supe hacer, retorne con toda su gloria y volver a escribir durante horas, incluso días, sin que nada más que el hambre o el sueño interrumpa mis funciones. Todo lo demás, en esos momentos, se torna necesariamente secundario.


Les dejo otra foto que tomé hace unos días en la ciudad:

domingo, 11 de octubre de 2015

Año Dieciséis, Semana Trece

Resumen de mis últimas semanas: Algunas lecturas y muy poca escritura.
De algún modo del cual no soy completamente conciente me he rodeado de obligaciones hasta el punto en el cual carezco de tiempo para sobrevivir.
Por suerte, porque de algún modo hay que denominarlo, son los últimos meses de trabajo pesado en la escuela, luego llegará diciembre y ese raro mes que cuando nos queremos dar cuenta se terminó cuando apenas había comenzado que es enero-febrero. Pero falta tanto para ello aún que pensar en lo que se hará o no hará en verano es pura fantasía, como creer que puede llegarse indemne a fin de año. Situación similar a la de los años anteriores, pero ¿comienza a pesar un poco más? ¿Será eso? O alguna otra situación extraña que aún no descifro.
En el intervalo entre una cosa y la otra, extraño la sensación de la palabras fluyendo en mis manos, de la tinta convirtiendo en un enchastre el papel (porque aún continúo usando tinta y papel, cuando no un simple lápiz), de las ideas que construyen su sentido mientras la historia comienza a tener algo así como coherencia. Una sensación de nostalgia por lo que se escribió en el pasado y lo que no puede ser escrito en el presente, extrañar lo que se tuvo y ahora se ansía recuperar…

Para no seguir aburriéndolos les dejo una fotografía que explica por qué me encanta ir a visitar la ciudad una vez a la semana:

domingo, 4 de octubre de 2015

Año Dieciséis, Semana Doce

La semana anterior comentaba lo mediocre que se ha vuelto un cierto género musical en cierto tipo de emisoras de radio. La mayoría de los comentarios al respecto fueron que debía cambiar de emisora; por lo que he de creer que aquello que pretendía decir no se entendió del todo. Y es que no me refería puntualmente a ese específico estilo de hacer música, sino a todo el conjunto del arte.
            Me dicen que cambie a una emisora de rock, ¿quién me asegura que en las 168 horas semanales de música no encontraré algo similar? ¿Quién me asegura que en una radio de música clásica no terminarán pasando la misma sinfonía, preludio, nocturno u opera dentro de unos pocos días?
El problema radica en la necesidad de llenar el espacio radiofónico de todas las emisoras al mismo tiempo con una cantidad limitada de música existente; de cubrir la programación de todos los canales de televisión (de aire y de cable) del mundo; de cubrir la demanda editorial de más de 28.000 títulos anuales nuevos solamente en Argentina (según informes de la Cámara Argentina del Libro que lo ven como un éxito cuando no lo es); en actualizar los portales de novedades cada una hora o cada media hora según la importancia que se le quiera dar a tal o cual noticia; la imposibilidad de lograr una lectura profunda y comprensiva de lo que llega a nuestras manos porque creemos en esa falacia de que no tenemos tiempo para nada. La cultura de lo inmediato, de lo nuevo, de lo quiero todo ahora inmediatamente sin tener que esperar siquiera un segundo y si el libro tiene más de 20 páginas sin una fotografía o una ilustración o la letra demasiado pequeña no lo compro tampoco quiero el disco si no lo encuentro en mp3 en la primera página de resultados del buscador porque ya dejó de interesarme además de que encontré otra cosa con la cual distraerme, y una sucesión inédita de etc.
            Así, el adagio de Warhol que todo el mundo cita como una gracia y una gran verdad, perjudicó al universo social y cultural creando una necesidad irrefrenable de cumplir con el mismo. No importa el cómo, sólo cumplirlo. La proliferación de supuestos programas de televisión que muestran una realidad guionada hasta el menor de los detalles señala el camino que siguen el resto de las creaciones artísticas. La peor parte es que preferimos creerles, aún cuando usemos el ojo más crítico que podamos lograr, en lo profundo de nuestro ser queremos creer en que eso que miramos en realidad. Que es necesario ver las fotos de mujeres (porque casi siempre son mujeres) que la prensa señala como las más bellas del mundo haciendo lo que cualquier otra persona también hace pero no necesita sacarse 3.500 fotografías para documentarlo, que tenemos que estar al día con la situación sentimental de las pseudo-estrellas de televisión porque en cualquier concurso sobre cultura general pueden preguntarnos una estupidez semejante, pero nunca te preguntarán cuál fue el primer libro publicado por Borges, eso no es importante para nadie, ni para nada.
            La masificación de los bienes culturales no debería de por sí generar una baja en su calidad, al contrario, debería de ser un triunfo de los creadores que logran mantener un cierto nivel para apuntar cada vez más alto. Pero en la actualidad se mira cada vez más hacia abajo. Es necesario un mayor esfuerzo que antes para darse cuenta que existe la vida por fuera de las aplicaciones de moda y los juegos para perder el tiempo que podríamos usar para escribir, leer, componer nuevas canciones o dedicarnos simplemente al amor.
            La pulsión hacia la distracción es cada vez más fuerte. Cualquier cosa que sucede a nuestro lado, sea dirigida a nosotros o no, nos distrae. Cada vez desde más pequeños nos llevan a eso, a que el menor soplo de brisa, un mosquito sobrevolando nuestra mano, un sonido perdido en la inmensidad del silencio, el anuncio de un nuevo producto en cualquier medio de comunicación o incluso nuestra propia respiración. La concentración se ha vuelo un lujo, al igual que a introspección, la reflexión y el no dejarse llevar por lo que piense la mayoría acerca de cualquier tema.
            Si, hablaba de un estilo de música en un tipo particular de radio, pero intentaba una metáfora de lo que lleva sucediendo en la cultura en las últimas décadas; quizá con la leve esperanza de que en algún momento este flujo de sin sentido comience a menguar y se pueda, finalmente, cambiarle el signo decadentista a la producción cultural del siglo XXI. De otro modo estaremos todos mucho más perdidos que antes.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Año Dieciséis, Semana Once


Tal vez sea porque estoy escuchando con mayor atención la radio y no tan sólo como parte de la campaña por la erradicación total del silencio (y con él la posibilidad de la introspección) pero me es imposible dejar de notar como en un porcentaje cada vez mayor los “artistas” musicales latinos recuren a las frases hechas, los dichos, las obviedades, los clichés sentimentales, las hipérboles, a las metáforas pasadas de moda, las imágenes carentes de sentido, viejos refranes, proverbios de otras épocas y las comparaciones más tontas posibles en el español, para escribir sus canciones. Eso para no mencionar en la medida de lo posible la constante recurrencia a las rimas consonantes, que como cualquiera sabe son las más fáciles de construir aún en la poesía más básica.
            Será que muchos de los escribidores de canciones comienzan a quedarse sin ideas teniendo que recurrir cada vez a modelos más básicos para realizar su trabajo; pero si le pedimos a un niño de cinco años que componga una canción de amor, sin dudas podrá hacerlo sin necesidad de recurrir a las mismas frases que los profesionales. Ese niño no nos prometerá una y mil veces la luna, ni se perderá en las miradas que miran como solo saben mirar las miradas, ni tendrá la necesidad de decir que todo lo que siente lo hace desde lo más profundo de su ser (o de su corazón); al contrario, será, seguramente, más creativo. Y es que en el arte de escribir canciones de amor no solamente parece no haber surgido nada nuevo sino que, también, cada vez más gente se denomina cantante melódico o romántico (o la denominación que prefieran para dicha labor) por lo que se torna necesario que proliferen las canciones para evitar las versiones y reversiones de un mismo tema por uno y otro cantante.
            Al límite del plagio, por no decir el homenaje, de canción sobre canción, nos llenan los oídos con una melodía que no sólo lo parece sino que es siempre la misma, cambiando un poco la escala, o el orden del estribillo pero el resultado final es el mismo. La cuestión es que si un formato determinado de canción (de libro, de película, de programa televisivo) tuvo éxito, ¿vale la pena arriesgarse para crear algo nuevo y superador que al mismo tiempo puede resultar en un fracaso? ¿Realmente lo vale? Si el público masivo es un animal al cual puede adiestrarse para que haga, diga y repita siempre lo mismo, ¿con qué fin intentar lo nuevo?
            La masificación del arte, con el creciente número de personas carentes de verdadera formación y/o vocación (palabra de doble filo de las muchas que existen con esta característica en el idioma español) para el mismo dedicándose de todos modos, solo puede producir que la calidad decaiga al tiempo que florece la necesidad de lucro constante (tanto para los creadores como para los mediadores). Así como se preferiría que un edificio de cuarenta y cinco pisos de altura lo diseñara y construyera alguien que pueda acreditar sus conocimientos, aún cuando no sea con un papel que así lo diga; con el arte sucede lo mismo.
El saber escribir no convierte instantáneamente a todas las personas alfabetizadas en escritores; todos podemos mover el cuerpo, pero no todos somos bailarines de valet (y hay quienes siéndolo no lo quieren). Tener el dinero y los conocimientos técnicos para editar un libro no nos transforman de la noche a la mañana en editores; así como tampoco el ser fanáticos de las series policiales de televisión nos capacita para ser detectives y resolver crímenes en nuestro tiempo libre mientras esperamos a que sea nuestro turno en el dentista.
            Queremos hacer muchas cosas, pero carecemos de las capacidades o de las herramientas necesarias para hacerlas bien. Y, lo peor de todo es que, aún cuando contáramos con los medios para ello, tampoco podríamos hacerlo porque el mercado cultural se encuentra tan saturado hoy por hoy que la mejor decisión parecería ser aprender un oficio y dedicarse a otra cosa.
         Claro que, también, otra de las opciones sería que buscara otro tipo de emisoras de radio que no repitieran tantas veces las mismas canciones en un mismo día. Tal vez así resulte más fácil.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Año Dieciséis, Semana Diez

Esto tendría que haberse publicado ayer, domingo, pero no hice a tiempo.
Intenté construir un reloj que contuviera más horas que las habituales, la cantidad exacta que necesito para ser y hacer cuanto me propongo. Pero las convenciones del día de 24 horas, el año de 365 días y los doce signos del zodíaco, impiden los cambios. La inercia de lo que ya existe nos lleva a creer que la vida ha sido siempre del mismo modo en que la conocemos en la actualidad. Por eso mismo creemos que si las fotografías de principios del siglo XX eran en blanco y negro se debe a que ellos aún no conocían el color.
            Nosotros sí conocemos los colores.
            El color de la sangre, el del odio y el de la desesperación. El color de la envidia, los anhelos frustrados y los celos desmedidos. Colores que palidecen cuando algo, lo que sea, no sucede como pensamos que debían de hacerlo.
            ¿Conocemos el color? La rutina dice que no, ya que la repetición incesante de gestos, palabras, rencores y dolores desluce incluso a los metales más nobles y brillantes.
            Dicen que los sueños también pueden morir, si bien es un tema en el que nadie quiere pensar creyendo que de esa forma se torna más verdadero. Quizá sea porque cuando muere un sueño muere, también, un poco el soñador que no sabe desprenderse de ellos en el momento justo. Algo que a la inversa nunca sucede, los sueños concretados sobreviven con creces a sus creadores porque saben cómo ser felices sin cuestionárselo todo a cada instante.

Aunque no lo parezca, en el hemisferio sur del globo terráqueo llega la primavera en medio de un clima cada vez más otoñal. En algún punto las prioridades cambiaron de tal forma, se disfrazaron de tal manera, que parecen seguir siendo las mismas cuando, si supiéramos cuándo y dónde mirar, descubriríamos todas sus diferencias. Es sólo que, mantener los ojos cerrados resulta mucho más sencillo.
            Es poco lo que se dice acerca de mi última semana, pero lo cierto es que tampoco me pasan cosas dignas de ser contadas todo el tiempo, ergo…

domingo, 13 de septiembre de 2015

Año Dieciséis, Semana Nueve

Esta semana podría llevar como título: El ataque de la gripe, lo que daría una imagen muy cercana a la realidad de cómo resultaron los días anteriores. Más aún teniendo en cuenta que la labor docente no contempla, al menos en Argentina, ni siquiera como posibilidad, el hecho de que un docente es una persona, es decir, un ser humano (aún cuando según los estudiantes muchos tan sólo lo aparenten), y, por ende, uno puede enfermarse.
            Un docente se puede tomar un día o dos por enfermedad, pero es tan complicado conseguir el certificado médico con los sellos correspondientes, las firmas debidamente notariadas y el mapa con la ubicación del tesoro nazi, la sangre del último dragón hembra en libertad en los montes del norte del Himalaya y la primera edición de las Memorias de Sócrates, que lo mejor es ir a los colegios a trabajar enfermo y propagar la enfermedad a todo quien se acerque. Y son muchos si tenemos en cuenta a los otros docentes, al personal de limpieza, los auxiliares, la gente que trabaja en el buffet (si la escuela tiene uno, por supuesto), el portero (o la portera), los directivos y, también, claro, los alumnos. Situación no difiere ni en la benemérita escuela pública ni en la tan despreciada por algunos, escuela privada.
            Por suerte, y esto no es un decir, el viernes por ser el día en el que se celebra el paso a la inmortalidad (para que aprecien lo bien que aprendió a utilizar los  eufemismos la escuela…) de Domingo Faustino Sarmiento, quien en Argentina es importante para la educación. ¿Qué ganamos con eso? Que el día de su muerte los docentes tenemos el día libre, establecido en el calendario oficial y que a pesar de los intentos de los últimos años por quitarlo todavía no han podido. Con lo cual tuve un día más para reponerme. Pero esto quiere decir que la semana fue nula en el aspecto creativo. Algo que viene repitiéndose en los últimos meses.
            Lo que resulta más ilógico aún es que el discurso habitual del estado deplorable de la educación culpa a los docentes que son, en este engranaje, la parte más expuesta y más desprotegida, de todo el sistema. Sin recursos en las escuelas porque el estado no envía fondos suficientes, sin materiales didácticos con los cuales trabajar por el mismo motivo que el anterior, sin interés por parte de los alumnos que ven en la educación una pérdida de tiempo (hasta que ya es demasiado tarde para cambiar de opinión), con el desprecio de los padres que ven en la educación una carga de la cual no les interesa formar parte, con la persecución policíaca de los directivos que siempre ansían que los docentes hagan más y más trabajo por el mismo magro sueldo, la lupa de los medios de comunicación que repiten las ideas de quienes no forman parte de la ecuación de que todo está mal y que vamos rumbo al fracaso, y una acumulación de factores continua que es imposible de numerar.
Se puede faltar un día al trabajo por tema de salud y pero si al día siguiente no hay forma de demostrarlo, porque el certificado médico no aparece por arte de magia, te descuentan la mitad del sueldo correspondiente a ese día. Si pretendés ir a un hospital público, a la guardia, si no está saturado de gente esperando y con personal insuficiente, al llegar tu turno para que te atiendan te aclaran que la provincia (de quien depende el hospital, al igual que las escuelas) no les permite entregar certificados de atención con validez laboral.
            Entonces, la Provincia te exige que lleves un certificado médico de un hospital público para certificar la ausencia, pero los hospitales no dan certificados con validez laboral. ¿A alguien más le suena un poco a Kafka todo esto? Ese es el mayor problema de la educación, y de la mayor parte de las dependencias públicas, la falta de coherencia entre lo que una exige y lo que la otra puede otorgar.
            Pero no todo es negativo, aún cuando lo parezca leyéndome. Me queda la esperanza (aunque leve, es cierto) de haber contagiado a algún que otro alumno y que éste, a su vez haya contagiado a otros y, cuando regrese a dar mi clase semanal, me encuentre con la mitad de los estudiantes ausentes por culpa de la gripe…

Pd: Si encuentran un reloj como el de la imagen, y que funcione, ya saben, me lo hacen llegar.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Año Dieciséis, Semana Ocho


Me niego a ser un personaje.
            Eso significa que no estoy construyendo una pose de éste blog, que no quiero ir por la vida vestido como si fuera uno de los personajes de alguno de mis cuentos, o mis novelas o mis historietas, con el único fin de llamar la atención y que la gente vea cuán desesperado estoy por vender algo de lo que escribo. Claro que eso sería más fácil si me decidiera a escribir una saga de novelas fácilmente vendibles, que repitiera a sus personajes y fuera adaptable sin problemas al formato de una película de 90 minutos aún cuando el libro cuente con 1500 páginas.
No pretendo, tampoco, cumplir el estereotipo del artista excéntrico que anda por la vida contrariando a todo el mundo, cada uno es como es y eso es más que suficiente. Mi narcisismo no necesita de esas cosas, pero sí de otras, por supuesto. El personaje oculta la obra, la construcción del autor como un miembro más del star system, como lo vemos en las últimas décadas, no hace más que generar confusión, los escritores no nacemos para ser estrellas, para ocupar ese lugar tenemos nuestras obras.
            Lo que debería de importar no son las opiniones publicadas en la revista de los domingos del diario de mayor venta de un país (región, provincia, departamento, ciudad, barrio o circunscripción) cualquiera; una opinión puede cambiar tan fácil como cambia el viento. Lo importante, para quien escribe es su obra. La obra no cambia, puede interpretársela de otra manera, pero las palabras son las mismas, las frases no se modifican, los cuentos empiezan y terminan como lo hicieron la primera vez en ser escritos. La obra permanece, el autor sucumbe. Además, el hecho de saber qué opina tal o cual persona sobre un tema determinado que nada tiene que ver con la literatura o la creación artística en nada influye en cuanto a la apreciación de su obra. Tomás Moro era un ferviente cristiano practicante, y el que no piense del mismo modo en ese nimio detalle no me impide disfrutar de su texto más famoso.
            El autor sucumbe más rápido si se deja abrazar por la desesperación y se transforma en un personaje, es una imagen de sí mismo. Nadie esperaría ver salir por los pasillos de la Universidad de Oxford a J. R. R. Tolkien vestido como Gandalf el gris, ni creo que Anne Rice se vista como Lestat cuando acude a las presentaciones de sus interminables novelas. Y ni siquiera necesitan algo semejante, no porque Tolkien haya muerto en 1973 antes de que esta moda comenzara, sino porque sus obras hablan más de sí mismos que cualquier otra cosa que pudieran hacer.
Es cierto que el auge de las editoriales independientes que surgieron en un primer momento para satisfacer el deseo egocéntrico de editores sin trabajo y escritores con mucho material por publicar, no ayuda mucho. La reproducción digital de las obras, así como la posibilidad de ediciones que directamente no necesitan pasar por el formato papel, influye no sólo en la calidad final de la obra sino en el tiempo que tanto el autor como el lector le dedican a un texto.
            Un libro cada dos o tres años necesitó Julio Cortázar para construir su legado literario. Si un escritor quiere hacer eso mismo hoy, no sobreviviría, no sólo porque no se venden tantos libros en comparación con los años 1960-1970, sino porque si dejas de aparecer en los medios anestésicos masivos y en las redes antisociales por más de cuatro o cinco días, comienza el rumor de que la muerte se ha ocupado de ti. ¿Puede escribirse una obra de calidad en tan poco tiempo, y por otro lado? ¿Puede leérsela del modo adecuado en el mismo período?
            Llamar la atención, esa es la premisa, haciéndolo uno mismo y por los medios que hagan falta. De este modo, si alguien recuerda que lo que queríamos hacer era escribir, construir una obra literaria o lo que sea que signifiquen esos términos en la actualidad, será porque de tan aburrido que se encontraba comenzó a revisar viejas publicaciones virtuales, comentarios perdidos en el éter de la red o porque nos conocía de antes de que el mundo digital tomara nuestras vidas por asalto y acabara con ella.
            Me niego a ser un personaje, porque lo que importa es que alguien recuerde mis cuentos, mis relatos, mis guiones, mis novelas, lo que llegue a escribir y pulir lo suficiente como para publicarlo por un medio u otro y no que perdure una fotografía mía vestido como alguien que no soy. Me niego, y esto no es una suerte de manifiesto que solamente me importa a mí, seguro que habrá otros que también lo piensen y no le den tanta importancia como le otorgo en este momento.
Pero, más que nada, y por sobre todas las cosas, me niego a ser un personaje porque si existe algo en el mundo que detesto es ver a una persona hacer el ridículo de sí mismo.



domingo, 30 de agosto de 2015

Año Dieciséis, Semanas Seis y Siete

Semana 6
La mente humana es asombrosa pero, por momentos, se aburre con demasiada facilidad y comienza a jugar con nosotros mismos. Es así que creemos que la sensación deja vu es volver a ver y/o vivir algo que ya ha sucedido pero bien puede ser la mente que se aburre y pretende descubrir de qué modo reacomodamos la realidad ante esos pequeños saltos en la continuidad personal. Es pausible, también, que sea el argumento de uno de los múltiples relatos que jamás escribiré.
            Si de algo estoy seguro es que no me gustaría comprender todos los misterios de la mente, sino tan sólo uno de ellos, el que más preocupado me tiene en estos días. Mi mente tiene la habilidad de crear historias fabulosas (por la temática, no por su calidad, se comprende), llenas de tramas y subtramas, de personajes sumamente interesantes, de acción y aventuras. Con una sola de esas historias podría escribir una saga completa de libros como los que están de moda en la actualidad. El problema es que todo aquello lo veo, lo imagino, un minuto antes de que suene el despertador (por segunda vez en el mejor de los casos), y debo finalmente despertarme; allí mismo la historia se fragmenta, comienzan los olvidos, las incoherencias y las inconsistencias argumentales.
            Ni siquiera soy capaz de retener material suficiente para completar una entrada para el blog, ni hablar de la lista de compras del supermercado. Sólo me queda la fantasía de que algún día podré hacerlo, es decir, no me despertaré por culpa del reloj, sino para escribir, y el mundo conocerá lo que acontece en mis sueños.
            Mi mente juega conmigo porque nada tiene que logre estimularla lo suficiente como para escribir, construir universo y permitir que los mundos florezcan como solía hacerlo antaño; la rutina aplaca y destruye cualquier intento por hacer algo diferente, por ser uno mismo y no sólo uno del montón. La constante banalización de la cultura mundial no resulta, tampoco, una ayuda.
            A principios del siglo XX una práctica común de la medicina era la lobotomía. Médicos altamente preparados trepanaban cerebros aquí y allí buscando la ansiada normalidad en sujetos que esos mismos médicos habían catalogado por fuera de la media. Hoy, principios del siglo XXI, la técnica ha mejorado bastante, ya no se necesitan médicos, tan sólo una pantalla enorme, mediana o diminuta, lo mismo da porque en cualquier de sus tamaños cumplen la misma función, mutilamos nuestra propia capacidad por el placer de no ver nuestro reflejo en su superficie.
            Mi mente juega conmigo de forma tan rebuscada que soy incapaz de comprender su humor; lo cual me permite entender como se sienten quienes me rodean cuando escuchan cualquier cosa que digo y la creen porque no me conocen lo suficiente.

Semana 7
Una serie de eventos para nada desafortunados me llevó a que la semana anterior “olvidara” actualizar el blog. Sin embargo, y dado que parece que nadie se percató de ello, aquí nos encontramos nuevamente, denegación de DNS mediante y con intenciones de acotar alguna que otra novedad.
El olvido selectivo habitual fruto de la vida que se superpone a la mayor parte de las decisiones que podamos o no tomar, me llevó a que esta semana recordara averiguar quiénes habían ganado varios concursos literarios en los que participara a lo largo del primer semestre del año. Se habían ido cumpliéndose las fechas de entrega de premios o, al menos, la fechas en las que debían avisar quién había resultado seleccionado, y no me había enterado de nada.
Pero ese no haberme  enterado de nada con anterioridad, de por sí, me avisaba de la situación en la que ni siquiera había sido considerado como participante de los mismos. El confirmarlo luego de buscar y más buscar en la red, se torna necesario, más que nada dado que pululan editoriales que construyen su trayectoria y catálogo estafando a los autores que todavía no han podido constituir su propia carrera exigiéndoles que sean ellos los encargados de la difusión, la venta y distribución de los libros. Entonces, si los autores hacen todo, incluso los trámites y registros necesarios sobre los derechos de las obras, ¿para qué necesitan a las editoriales? Continúo preguntándome lo mismo, aún cuando la respuesta no resulta sencilla ni lo suficientemente contundente como cabría de esperarse para dar por terminado el tema.
Por fuera de eso, ¿puede hacerse algo más que continuar esperando e intentándolo cuando surja la posibilidad? Diciendo, al mismo tiempo, que ciertas propuestas carecen de seriedad. De ésta forma el silencio deja de ser autoimpuesta para volverse una necesidad para sobrevivir ante la inclemencia del medio del cual queremos formar parte. Quizás, el secreto, después de todo, resulte medianamente útil.
Existe un proverbio, no sé si árabe, japonés, chino, jedi, o klingon, que dice algo así como: cuando hables que tus palabras sean mejor que el silencio. Quizá vaya siendo hora de ponerlo en práctica y continuar pensando en qué escribir (o cómo hacerlo) hasta que surja el tiempo para realmente poder realizarlo.