Los últimos ecos de los címbalos aún resonaban dentro del Gran Salón cuando un ruido más fuerte, vibrante, con un poder que no podría venir de este mundo, ocultó al resto de los sonidos tanto tiempo como le toma al corazón de un hombre adulto latir cinco veces. Sonó muy cercano, poderoso, único, antes de que el silencio que dejó tras de sí volviera a ser ocupado por los habituales sonidos de la lluvia que apenas se adivinaban en el interior.
Apagamos las antorchas, las velas, ocultamos todo lo que pudiera brillar ante el único fuego que dejamos encendido en medio del gran salón, y nos echamos a dormir sabiendo que nuestras plegarias habían sido escuchadas. Por el resto de la noche los sonidos de nuestros sueños acompañaron a la incesante lluvia
Con la primera luz del alba se abrieron las puertas del gran salón y comenzamos a despertar. Solo algunos estábamos en condiciones tras el festín nocturno, por lo que muy pocos fuimos los que nos internamos en el bosque, que nos recibía en un completo y atípico silencio, a buscar el sitio en que cayera el rayo.
Fue fácil dar con él. Aún humeaba a pesar de la lluvia que recientemente dejara de caer.
Huellas de unos pies tan similares como diferentes a los nuestros, tal vez por su tamaño, por la cantidad de dedos, la forma en la que se hundían en la tierra húmeda alejándose o como todo a su alrededor estaba muerto, llamaron nuestra atención. Al menos hasta que alguien nos recordó que estábamos desarmados y que lo mejor sería volver al gran salón. Ese era nuestro deseo, regresar, preparar nuestras armas para defendernos de aquello que hubiera descendido junto al rayo. Aunque también era mi deseo, por alguna razón supe que ninguno de los que estábamos allí lo lograría.


3 comentarios:
La moraleja de hoy: Nunca salir desarmados del gran salón.
Saludos,
J.
No sería mejor dejar de entrar en él?
El Rayo, como anuncio de cambio, quizas sean buenas nuevas. me da confianza ese visitante.
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