sábado, 30 de mayo de 2026

De espaldas

La cocina es un rectángulo diminuto, si quisiera llegaría a tocar ambas paredes del lado más corto sin necesidad de extender por completo ambos brazos. Una pequeña mesada de algún material similar al mármol, una cafetera eléctrica, unas pocas tazas sucias en la bacha y yo, revolviendo lo que queda del café en una taza de porcelana vieja con el esmalte saltado en varias partes del borde y demasiado chica para mi gusto, somos todo lo que cabemos en ella.
    El ruido de la cucharita, golpeando constantemente los lados de la taza, no es suficiente para aturdirme. Si quiero lograr algo como eso, aquel golpeteo no es el ideal, pero tenía que intentarlo para sentir, para creer que no estoy aquí, en este lugar, en este momento.
    Si eso no lograba aturdirme, por lo menos que sirviera para ocultar los otros ruidos, las otras voces. Por eso mismo estoy de espaldas a la puerta, para que nadie vea mi cara de quien no quiere hablar con ninguno de ellos, para que nadie tuviera que fingir intentos de acercamientos, para que nadie actuara un falso interés. Estar de espaldas a los demás, con la mezcla exacta de desprecio y desinterés que siento, siempre me sale bien. El ruido de la cucharita, que por fin se vuelve rítmico, acompasado, repetitivo y certero, también los aleja.
    Sé que habrá quien me mirará y se preocupará, pero no se acercará; habrá quien me verá y no entenderá lo que hago, ellos tampoco se acercarán; habrá quien me vea y entienda todo en mi gesto, en mis acciones, muy pocos, por cierto, ni siquiera ellos se acercarán. Habrá quienes me odien por haber ocupado el rincón de la cocina, por tener la última taza de café, por el ruido de mi cucharita, por mi espalda recta con los hombros un poco caídos que les devuelven la mirada. Espero que sepan que yo también los odio, a cada uno de ellos por igual. Incluso a quienes están aquí sin darse cuenta de nada y a quienes no están aquí, a los que eligieron no estar. A ellos los odio todavía más, aunque nunca vayan a enterarse.
    La cucharita sigue golpeando los bordes de la taza, aunque el café está frío, desabrido y no vaya a tomármelo, seguiré golpeando una y otra y otra vez hasta que ese sonido, ese repetitivo golpetear, sea lo único que quede, lo que oculte todo, lo que anule todo, lo que acalle todas las voces y deje solo una verdad, la única verdad a la que quiero negarme, a la que no puedo hacerle frente, la que rompe cada detalle de lo que alguna vez conocí y conoceré.
    Seguiré de espaldas, con el café asqueroso y frío infinitamente revuelto por la misma cucharita, sin girarme a mirar hacia la sala en la que me espera, triste, solitario y final, tu ataúd.



3 comentarios:

José A. García dijo...

Qué ritual más estúpido y molesto los velatorios...

Saludos,
J.

Nuria de Espinosa dijo...

Quizás con un poco de azúcar ese momento sea más llevadero. Un abrazo y feliz fin de semana

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Sería un sacrificio tomarse restos de café frio.
Estar muerto tiene una ventaja, no hay necesidad de disimular el odio.
Saludos.