La cocina es un rectángulo diminuto, si quisiera llegaría a tocar ambas paredes del lado más corto sin necesidad de extender por completo ambos brazos. Una pequeña mesada de algún material similar al mármol, una cafetera eléctrica, unas pocas tazas sucias en la bacha y yo, revolviendo lo que queda del café en una taza de porcelana vieja con el esmalte saltado en varias partes del borde y demasiado chica para mi gusto, somos todo lo que cabemos en ella.
El ruido de la cucharita, golpeando constantemente los lados de la taza, no es suficiente para aturdirme. Si quiero lograr algo como eso, aquel golpeteo no es el ideal, pero tenía que intentarlo para sentir, para creer que no estoy aquí, en este lugar, en este momento.
Si eso no lograba aturdirme, por lo menos que sirviera para ocultar los otros ruidos, las otras voces. Por eso mismo estoy de espaldas a la puerta, para que nadie vea mi cara de quien no quiere hablar con ninguno de ellos, para que nadie tuviera que fingir intentos de acercamientos, para que nadie actuara un falso interés. Estar de espaldas a los demás, con la mezcla exacta de desprecio y desinterés que siento, siempre me sale bien. El ruido de la cucharita, que por fin se vuelve rítmico, acompasado, repetitivo y certero, también los aleja.
Sé que habrá quien me mirará y se preocupará, pero no se acercará; habrá quien me verá y no entenderá lo que hago, ellos tampoco se acercarán; habrá quien me vea y entienda todo en mi gesto, en mis acciones, muy pocos, por cierto, ni siquiera ellos se acercarán. Habrá quienes me odien por haber ocupado el rincón de la cocina, por tener la última taza de café, por el ruido de mi cucharita, por mi espalda recta con los hombros un poco caídos que les devuelven la mirada. Espero que sepan que yo también los odio, a cada uno de ellos por igual. Incluso a quienes están aquí sin darse cuenta de nada y a quienes no están aquí, a los que eligieron no estar. A ellos los odio todavía más, aunque nunca vayan a enterarse.
La cucharita sigue golpeando los bordes de la taza, aunque el café está frío, desabrido y no vaya a tomármelo, seguiré golpeando una y otra y otra vez hasta que ese sonido, ese repetitivo golpetear, sea lo único que quede, lo que oculte todo, lo que anule todo, lo que acalle todas las voces y deje solo una verdad, la única verdad a la que quiero negarme, a la que no puedo hacerle frente, la que rompe cada detalle de lo que alguna vez conocí y conoceré.
Seguiré de espaldas, con el café asqueroso y frío infinitamente revuelto por la misma cucharita, sin girarme a mirar hacia la sala en la que me espera, triste, solitario y final, tu ataúd.


27 comentarios:
Qué ritual más estúpido y molesto los velatorios...
Saludos,
J.
Quizás con un poco de azúcar ese momento sea más llevadero. Un abrazo y feliz fin de semana
Sería un sacrificio tomarse restos de café frio.
Estar muerto tiene una ventaja, no hay necesidad de disimular el odio.
Saludos.
Ay a mi me deja con la sensación de desolación que justamente se siente en los velorios.
Acertadísimo relato.
Saludos
No es una sensación agradable, ciertamente, y menos si el café está aigualido y frío.
Saludos
Igual ya se han ido todos y el ensordecedor ruidita de la cucharilla no le permite darse cuenta. La cucharilla no tiene pinta de que se le pueda volver a sacar brillo. Igual ya no está ni el ataud.
Abrazooo
Un trabajo triste el de la cucharita
Un final genial
Abrazos
Me gusto tu relato . Sientes la soledad , la pena y monotonia que hay en los velorios. Te mando un beso.
La no aceptación , obliga a encerrarse en un espacio y auyentar las sensaciones no queridas en un ritual repetitivo y sono, para ahogar cualquier pensamienyo.
Qué interesante encontrarme en mis escritos en una perspectiva análoga a los tuyos. Esto de ser humano con todas las consecuencias -¿y hay mayor consecuencia que pensar e imaginar?- es sumamente atractivo, malgrè de...
siempre me gustan tus finales porque sorprenden o dan un giro... vas a sorprender aún más cuando no los tenga ja.... saludos master
IDEM.
Boa noite meu querido amigo José. Olha, não é fácil ver um ritual fúnebre. Imagine a minha situação, eu encontrei meu pai morte, em cima da cama dele, tive que tirar o corpo dele, de dentro de casa. Em tipo de situação, que eu tive e não desejo para ninguém. Uma excelente noite para todos os seus familiares em Portugal, bom início de semana e um grande abraço do seu amigo carioca.
Odio el odio. Tan bien narrado y descripto. Odio también los velatorios. El negocio que implican. Pero no odio a la muerte, está obligada a hacer el trabajo sucio al que fue destinada, pobre.
Darle la espalda a la muerte y martirizarla con una cucharilla, fría venganza
Pero los velatorios no son obligatorios. Podemos pasar a nuestros muertos directamente del hospital al nicho. Y encima te ahorras un pastón.
Le llamaban "El Cojo" como cada alias diferente de cada pueblo. Se llamaba José Ordóñez Piedra no era muy sociable ni había sido trabajador aventajado. Soltero de nacimiento, tenía una hermana igual en soltería que lo cuidó hasta la muerte cuando enfermó a temprana edad...Murió un 1 de junio de 2026. Ese día también fallecieron dos paisanos mas de su pueblo.
Corrían las noticias de defunciones cada día y ese día hubo tres fallecimientos: Uno a las 22 horas del día 31, otros a las 2 de la noche y otro a las 4 del día 1. La gente mas allegada se acercaban al tanatorio para dar el pésame a primera hora de la mañana y por la tarde, se llenó de gente la estancia.
Con el paso de los años José es como si no existiera en el pueblo pues estaba encamado desde hacía 40 años y su hermana solo salía de casa para hacer la compra y poco mas: Los dos eran pensionistas. A veces la soledad te arranca un grito de angustia cuando la gente pasa de largo sin mirarte ni preguntarte como estás. Ese día fue como otro mas como otros tantos.
El día 1 de junio la gente llenaba el tanatorio con abrazos y lágrimas pero a Isabel la hermana de José en su salita de difunto, nadie se le acercó. Isabel conocía algunas personas de verlas por la calle así como también había quien se detenía por curiosidad porque nadie le daba ni el pésame ni un buenas tardes.
A las cinco de la tarde, Isabel caminaba sola detrás del coche fúnebre camino de la iglesia y después al cementerio pero nadie se le acercó para tener un gesto de cercanía...Volvió a su casa rota, rota por dar la vida a un enfermo sin ver un futuro o una vida de por lo menos conocer el mar en Málaga que estaba tan cerca de donde vivía. Pasaron los años restantes pegada al televisor; soñando con otra vida que no podía alcanzar. Enferma ya con 85 años pidió asistencia domiciliaria. Una chica de Honduras la cuida y le hace la comida. Le cuenta como es su país; que tiene una hija en Honduras para enviarle dinero porque allí las cosas están muy mal. Con 87 años Isabel está cerca de la muerte. Antes le deja a su cuidadora sus bienes porque nunca sintió el calor de alguien que mirar por ella y el día 2 de junio, Isabel deja esta vida para pasar a mejor...
Me gusta el relato, el ambiente claustrofobico de cocina me hizo pensar en esas utopias en donde la gente vive en lugares sobrepoblados, como el quinto elemento, cocina, siendo pues el centro del hogar (que se convierte en baño y sala de visitas) ahora bien el otro tema el de la muerte o las convenciones sociales de muerte, iban acompañadas del obituario en el periodico.... pero tocaba pagar. Recuerdo a mi Tio que solia leer a diario esos obiturario, pero nos e si sacaba algun placer de tan misteriosa lectura. De vez en cuando anunciaba con voz de sorpresa: "Dice en el periodico que murio la esposa del Flaco Tellez "
Un golpazo final, José A. Así solemos evitar lo inevitable.
Bien logrado relato.
Saludos.
De espaldas me parece la más sincera de las declaraciones para ese momento; yo los odiaría también...
Disculpe pero prefiero el mate antes que el café, aunque no sería efectivo para el relato.
Empiezo a sospechar que no creés mucho en la resurrección.
Abrazos, herr J querido
Muy buen relato y tan acertado a la vez.
Saludos desde Plegarias en la Noche
Decía Leiva, “que no estás solo, que estás de espaldas y no te das ni cuenta”
Pero a veces la soledad se elige, se necesita y hasta se disfruta. El silencio de la soledad puede ser muy ruidoso.
Saludos!
real y bien llevado relato , felicidades
buen fin de semana
Tan bien narrado, que sigo escuchando el ruido de la cucharita.
Un abrazo.
Esos rituales llegan a no ser aceptados, sobre todo ese de acompañar a alguien en el tránsito hacia la muerte, y sentir que al menos debía haber un buen café. Un abrazo. Carlos
Dar la espalda también es peligroso para el que lo hace...
Salu2.
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