domingo, 12 de abril de 2026

En medio de la oscuridad

El pasillo continúa, puedo darme cuenta de esto aun sin verlo. Y como el pasillo continúa, yo hago lo propio, avanzo en medio de esta oscuridad que no parece ser tal porque permite percibir ciertos objetos. Distingo algunas marcas un tanto menos oscuras, recortes en los que la oscuridad no es total, quizás sean ventanas con los postigos mal cerrados, o puertas entreabiertas. Camino para no detenerme a pensar en cómo llegué hasta aquí, a este pasillo, a este momento; para no preguntarme dónde estaba antes, hacia dónde me dirigía. Una sensación de familiaridad me dice que no es la primera vez que atravieso estos pasillos, ni tampoco será la última.
    Camino, entonces, hacia el frente, porque al volverme hacia la única otra dirección, la oscuridad es tal que bien podría ser una inmensa pared, asfixiante e imposible de atravesar. Siento miedo cuando me detengo a mirar en esa otra dirección, yo que ante cualquier inesperado siempre retrocedo, camino, entonces, hacia el frente, para no detenerme, sabiendo, esperando, anhelando, deseando, que algo ocurra entre la oscuridad. Por eso no es una sorpresa cuando sucede.
    En uno de los rectángulos en los que la oscuridad resulta un tanto menos oscura, por una puerta entornada o una ventana con los postigos mal cerrados, una cabeza se asoma y me mira. Una cabeza, con parte de los hombros y el brazo con el que se apoya en el suelo mientras el largo cabello lacio cae como una cortina por detrás. De guiarme solo por lo que veo, diría que la chica está desnuda, al menos semidesnuda. Al verla me detengo, ella sabe que la he visto y sonríe. Al principio parece una sonrisa de bienvenida, una que pronto se transforma en una mueca que niega toda alegría, los labios contraídos muestran los dientes más de lo necesario, sus ojos me miran como una bestia a su presa, su mano se arrastra sobre la madera del piso y la cabeza de la chica vuelve a ser tragada por la oscuridad.
    —Joaquín —escucho, aunque pronunciado de forma extraña, como un shoaquím, pero con muchas eses al principio y el sonido de la sílaba final extendiéndose hasta el infinito.
    Se enciende una lámpara del lado opuesto del pasillo al que segundos antes ocupara la cabeza, un rectángulo de luz perfectamente recortado entre la negrura. Una puerta, sin dudas. La luz lastima mis ojos, que escondo detrás de una mano mientras con la otra me apoyo contra la pared.
    —Hola, hola, hola —dijo rápidamente su voz. Porque sí, es su voz, la que guardo en mi recuerdo desde hace décadas, desde su muerte. Su figura, recortada por la luz como un retazo más de oscuridad, se asoma por la puerta hacia el pasillo y vuelve a desaparecer —. Ya era hora. Vení, acércate. Son unos pocos pasos más.
    Son siete, siete largos pasos los que necesito para llegar a su puerta. La cifra resuena en mi cabeza. Debo atender a esto, pienso, pero sé que no lo haré. Me quedo de pie junto a la puerta, mirando hacia el interior de la habitación que conozco tan bien y siento como si la hubiera visto hace muy poco tiempo, tal vez ayer, esta mañana, hoy mismo o hace treinta y cinco años. Cada detalle es idéntico a lo que recuerdo, ni tan siquiera uno de los adornos está fuera de lugar, y lo que siempre estuvo desordenado continúa estándolo.
    Joaquín me mira, sentado junto a su mesa de dibujo, con una media sonrisa y la regla T de acero, regalo de su padre para el día de su graduación, tan filosa como un estilete, clavada entre sus omóplatos, sobresaliendo por sobre su cabeza como si portara una espada. El moretón sobre su ojo izquierdo también está allí, junto con ese pequeño hilo de sangre que escapa por la comisura de su boca.
    La puerta de la habitación de Joaquín enfrentaba la de la habitación de su hermana, claro, siete pasos eran la distancia entre el final de la escalera y ambas puertas, lo recuerdo ahora. Había sido ella quien me viera avanzar por el pasillo como lo hiciera tantas veces siendo niña, siendo adolescente, siendo la jovencita que había tenido el atrevimiento de rechazar una vez más mis torpes y tortuosos intentos de cortejo, aquella tarde en la que la ira me dominó y todo se salió de control. Esa tarde en la que la regla afilada como un estilete se convirtió en el arma adecuada.
    Mis manos tiemblan, como si acabaran de realizar un gran esfuerzo. Ya estuve aquí, pienso.
    Giro para enfrentar la puerta de la otra habitación. Lo que queda del cuerpo de aquella adolescente, de aquella joven que se atrevió a rechazarme, se abalanza sobre mí con sus fauces abiertas, con sus uñas extendidas hacia mis ojos.
    No grito, de alguna forma sé que no servirá de nada.
    El pasillo continúa, puedo darme cuenta de esto aun sin verlo. Y como el pasillo continúa, yo hago lo propio, avanzo en medio de esta oscuridad que no parece ser tal porque permite percibir ciertos objetos.

2 comentarios:

José A. García dijo...

Si no resulta interminable, ¿de qué sirve el castigo?

Saludos,
J.

Tot Barcelona dijo...

Solo son siete pasos...sino se da ni uno jamás los traspasarás.
Un saludo