El día de su llegada al pueblo, comenzó la tormenta.
Llegó fuera de temporada, como un turista inesperado invadiendo la playa con ráfagas de viento cada vez más fuertes que provocaba un oleaje inmenso que amenazaba acabar con la playa y sus médanos, lluvias persistentes de día y torrenciales por la noche que amenazaban inundar el pueblo. Nadie entendía el porqué de semejante tormenta; nadie entendía el porqué de su presencia; nadie hacía nada, solo esperábamos.
Ninguno de nosotros, los del pueblo, lo conocíamos, no era uno de los nuestros ni uno de los hijos de quienes antaño emigraran; así y todo, sería una mentira decir que no sabíamos que se internaría en la arena saturada después de semanas de borrasca. Esa noche la tormenta fue aún peor, tanto que temimos que el viento arrancara árboles y volara techos, que las olas arrasaran al pueblo y que la lluvia inundara lo que quedara en pie para el amanecer
A la mañana siguiente, retornó el sol regresó, el viento se calmó, las olas volvieron a ser las de todos los días, la tierra comenzó a secarse y nuestras rutinas regresaron a ser las de siempre.
Lo único que nos queda por decidir es quién de nosotros irá a buscar su cuerpo.

3 comentarios:
No hay otra forma de apaciguar las fuerzas de la naturaleza.
Saludos,
J.
¿No me dirá que usted pertenecía a la tribu de los Itzáes?..¿Apaciguaron la tormenta?
Saludos
Yo no lo soy, tal vez el recién llegado...
Saludos,
J.
Publicar un comentario