domingo, 14 de junio de 2026

El último eco

El portazo, el eco de aquel golpe, las reverberaciones que la furia le impusiera a aquel gesto aún no morían dentro del castillo vacío, seguirían escuchándose por los siglos de los siglos, hasta el día después del fin de la eternidad y cuando la noche lo hubiera ennegrecido todo. Sabía que sería así por todas las veces anteriores en las que ya viviera ese momento; y que, a pesar de haber hecho muchas cosas diferentes y de haberse apoyado en las notas que se acostumbrara a tomar desde la primera vez en la que sucediera de la misma manera, había vuelto a ocurrir. La cuestión no era contar cuántos intentos habían pasado ya, eso no tenía sentido, solo importa que había vuelto a fracasar y que tendría que volver a comenzar.
    Completa algunas anotaciones, agrega comentarios a otras que ya están allí en tinta reseca, casi ilegible. Ciertas palabras, un poco más nuevas, contradicen lo escrito anteriormente, pero no le importa. Sabía que sería así, que algunas veces lo escrito sería correcto y otras tendría que corregirlo, y que esto, junto con muchas otras cuestiones, no dependían puramente de él, como sin dudas le gustaría que fuera.
    Terminadas las notas busca las tijeras de sílex negro, las que fueran su primer regalo, el único que conservaba, el único que se mantiene igual de filoso como aquel primer día perdido en la bruma de un pasado sin comienzo.
    Se detiene frente al ventanal que daba al sur. Le gusta ese paisaje, siempre le gustó, por eso vuelve a él una y otra vez, por eso volverá a buscarlo la próxima, por eso lo mira.
    Sin necesidad de espejo, porque nunca lo había necesitado, comienza a recortarse la barba densa y tan negra como el sílex. A lo lejos, las montañas tiemblan, las nubes se disipan. Continúa cortando cuando los pinos, los alerces, los robles de las laderas se tambalean y caen. Su mano, siempre firme, no se ve afectada por los estruendos que acompañan la caída de los primeros mechones de pelo al frío suelo de mármol jaspeado.
    El sol, la luna, las estrellas, cada ave, cada ser que mora en las aguas más profundas y en la superficie apenas mecida por el viento, cada hombre, mujer y niño, sabe lo que sucede sin comprenderlo. La más pequeña y bella mariposa, el más horrendo de los insectos, el más fuerte y temible de los animales, así como el más débil y asustadizo, lo sabe. Cada ser, vivo o muerto, por nacer o ya ido, lo sabe. Él lo sabe, tal vez ella también.
    Cuando solo queda un único mechón de cabello sobre la cabeza tonsurada, me detengo. Siempre me detengo en ese instante y pienso en qué cosas podrían ser diferentes la próxima vez; diferentes y, a un mismo tiempo, similares a las que ya han sido. Pienso qué podría cambiar para que, en definitiva, nada cambie, nunca, ni en ella ni en mí. Tal vez, en la siguiente oportunidad, lo que fuera que tenga que salir bien finalmente salga bien y no existan dificultades, aunque algo como eso pueda sonar por demás aburrido.
    Sin pensarlo, diría que sin darme cuenta, o quizá pensando muy bien y teniéndolo muy en cuenta, el último movimiento de la tijera, el corte de ese último mechón de pelo, coincide con el eco final de aquel portazo que se sintió como una explosión, una tan potente que podría ponerle un fin a la existencia misma, así como, posiblemente y también, un comienzo.

3 comentarios:

José A. García dijo...

Esta vez el portazo sonó un poco más fuerte que un signo de interrogación.

Saludos,
J.

J.P. Alexander dijo...

Cuando uno cierra la puerta es el final o un comienzo. Te mando un beso.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Cuánta repercusión puede tener el cortarse el pelo de la cabeza, a semejante nivel? ¿Más que un fuerte portazo?
Saludos.