sábado, 27 de junio de 2026

Perdedor

Lo admito. Sí, quería ganar. Por lo menos una vez. Una única vez en la vida. No creo que sea mucho pedir, ¿o sí lo es?
    Bueno, en realidad no tengo idea, porque nunca gané nada, jamás, ni siquiera por error. Nunca fui considerado alguien que mereciera ganar, por lo que cada uno de mis esfuerzos quedaba a medio camino del logro, se terminaban a un paso de la meta, llegaban a destiempo o se perdían en la nada. Siempre fui parte del pelotón de corredores sudorosos que se mueven como una masa de carne indiferenciada detrás de los pocos que se destacan por su velocidad y constancia; si al principio abandonaba a los pocos kilómetros de iniciada la carrera, me acostumbré tanto al esfuerzo que puedo llegar a la meta, pero cuando los demás ya la han atravesado. Por eso, mi esfuerzo, aunque “destacable”, nunca resulta suficiente. Porque nunca fui suficiente.
    Es terrible crecer sabiendo que por más que se lo intente, no se es suficiente; saber que siempre faltará algo, y ese algo que falta no podemos tenerlo porque no solo no nos pertenece, sino que nunca fue pensado para que nosotros pudiéramos conseguirlo. Y esto se debe a que quienes piensan en estas cosas no nos tuvieron en cuenta, porque solo tienen en cuenta a los que se destacan en ese campo o actividad en particular —o son los herederos de…—. El resto somos los comparsas necesarios para que ese otro pueda destacarse, ya sea que aceptemos nuestro papel o intentemos negarlo, lo mismo da, nada cambiará, y cualquier atisbo de rebelión será aplastada con el peso de la indiferencia.
    Llevo tanto tiempo, tantos años, toda la vida, siendo quien nunca gana nada, el que se queda en el camino, cuando directamente no soy el que pierde sin participar, que me parece que merezco un poco de esa suerte que todos disfrutan alguna vez, aunque más no sea ocasionalmente, ¿o es mucho pedir?
    Repito la pregunta que todavía nadie me ha respondido: ¿es mucho pedir un único triunfo en medio de una vida de fracasos? ¿En serio es mucho? Solo quiero sentir esa sensación, y sí, porque las sensaciones se sienten. Digamos entonces vivir ese momento, porque sí, los momentos se viven. Disfrutar, entonces, disfrutar el placer de un triunfo, mínimo, minúsculo, en medio de la continuidad de fracasos y frustraciones. Estoy seguro que no, no debe ser mucho pedir, que es suficiente con arreglar ciertos detalles y disponerme a esperar. Aún así, se me niega, como se le niega un vaso de agua al sediento, una última cena al condenado a muerte, el saludo a un amigo. Se me niega. Se me niega, me niega, me niego, conmigo.
    La frustración y la desesperación resultan insuficiente para describirme en esos momentos. Es algo más, no sé aún qué es, pero lo recubre todo como una pátina que hace que cuanto intento pierda su valor, su interés, para terminar siendo eso sin utilidad que luego será lo mismo que la nada. Si al final del camino no habrá un triunfo, si mi nombre no quedará en memoria alguna, si mi esfuerzo se desvanecerá en el olvido, solo queda esa nada.
    La peor parte es que tengo tan asumido mi papel de perdedor que ni siquiera es el capítulo más oscuro de mi autobiografía no autorizada, ese que todavía hoy no me atrevo a poner por escrito. Dudo de si lograrlo no será, tal vez, mi único triunfo en la vida.

1 comentario:

José A. García dijo...

¿Qué se sentirá ser el ganador (de algo, lo que sea)?

Saludos,
J.