Mi abuelo odiaba a mi padre por haber hecho de mí el hijo de su última semilla. Lo odiaba como si pudiera cambiar en algo el que mi padre haya desperdiciado su fuerza y sus años con cuanta moza se le cruzara antes de por fin casarse con quien sería mi madre. Quizá sea una suerte que todos los hermanos y hermanas que tendría que haber tenido, hayan nacido muertos, o ni siquiera hayan logrado salir del vientre de sus cada vez más jóvenes madres. Esa maldita semilla tendría que haberse extinguido antes de concebirme, no después; como no fue así, aquí estoy, heredero de los últimos retazos de la heredad familiar, un campo agostado, labradores que huyen y el rumor de que esta tierra, esta casa, este que soy yo, estamos malditos.
Si existe tal maldición, esta es la vida, la que no pedí e igualmente me dieron; de la que quiero irme, y me lo impidieron —varias veces.
En los pueblos cercanos, ya nadie acepta mi palabra, mucho menos mi presencia, dicen que mi dinero no vale, que son billetes viejos, sucios por la tierra de las miles de manos que los tocaron. La mayoría de las personas ni siquiera me saludan y ocultan la mirada a mi paso. Sé que esperan mi muerte para despedazar, cual buitres desesperados por el hambre y la sangre, lo poco que me queda. Pero, si espero un poco más, seré yo quien se quede con todo. Esa fue su promesa, ella me lo dijo.
Negra como un trozo de la noche sin luna ni estrellas, la pantera aparece al atardecer en el salón de la casa, cuando estoy a punto de quedarme dormido con un resto de vino añejo en la copa, el estómago vacío y la resaca del día siguiente preparándose para importunarme. Ella fue la que me dijo, con esos ojos amarillos suyos que brillan cual gemas, como ascuas ardientes de algún infierno; ella me dijo que espere, que no muera aún, que la condena preparada para todos los que me han despreciado está pronta a ser, que apenas restan unos detalles.
Me ha dicho también que beba, por eso lo sigo haciendo, no porque me agrade el sabor del vino ni los sueños confusos que despiertan sus vapores, mucho menos la sensación de que mi garganta arde mientras el vino baja por ella. La pantera sonríe la noche entera mirándome beber. No sé si una pantera puede sonreír, solo sé que ésta que está frente a mí, lo hace, me sonríe o se sonríe. Caigo en ese sopor que el sol de la mañana golpeándome la cara apenas atenúa, sintiendo el ardor en mi pecho, allí donde la ropa desgarrada señala dónde la pantera se apoyara instantes antes de que por fin me durmiera y me pidiera que compartiera con ella mi semilla.
Y cómo, padre; y cómo, abuelo; cómo negarme a esos ojos, a esa mirada, a un pedido tan íntimo, tan sensual, tan único. ¿Cómo?


1 comentario:
¿Alguien sabe cómo?
Saludos,
J.
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