Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 18 de septiembre de 2016

Mis vivencias metaliterarias

En los orígenes (míos (si, en plural), solía considerarme algo así como una versión masculina, además de carente de gracia, de la pequeña Dorothy buscando el camino de regreso al hogar a lo largo y a lo ancho de la extraña tierra de Oz. El único inconveniente era mi incapacidad a la hora de hallar mi propio camino, quizá porque sabía que no había un hogar al cual regresar. Reconozco que el esfuerzo por encontrarlo (el camino y el hogar al final de él) tampoco fue tanto, era más bien una cierta inercia de algún movimiento comenzado milenios antes y que, justamente en mí, comenzaba finalmente a agotarse.
            Con los años fui creciendo (aquí debería de ser un poco más específico, pero tampoco creo que sea necesario, también necesitaba alejarme de la canción que utiliza ésta misma frase, se entiende), volviéndome viejo y mucho menos imaginativo en algunos aspectos importantes (según otros) de la vida. Ante realidad semejante, nadie dudó en comentar mi parecido con el espantapájaros, quien buscaba obtener un cerebro y ser, de esa manera y al menos en apariencia, inteligente. Claro que la academia se negó siempre a entregarme uno de sus títulos mientras no pudiera acreditar cómo había obtenido mis conocimientos. Pero Estudiando, perejil, no era la respuesta que buscaban.
            En otro tipo de cuestiones (por esa misma época, tal vez también un poco antes y un poco después), me consideraba a mí mismo el león sin valor. Porque nunca me decidía a mostrar mis colmillos no mis garras para defender lo que por derecho o conquista (o derecho de conquista en algunos (contadísimos) casos), se suponía que era mío. Tampoco es que me dejara pisotear, sino más bien dejaba que se hicieran las cosas del modo que más perjudicial resultaba a mis propósitos. Claro que, del león, ni siquiera la melena.
            El camino nunca dejaba de extenderse, por otro lado, tanto que luego de un tiempo comencé a sentirme como el hombre de hojalata que buscaba, entre otras numerosas cosas, un corazón propio. Aquí no importaba mucho la calidad del mismo, ni la manera de conseguirlo, con tal de que no volvieran a quitármelo. Creía (creo), que era lo único que me faltaba (falta (faltará)) para estar, por decirlo de algún modo, completo. En este caso se contaban con los dedos de una mano, mutilada, la cantidad de personas dispuestas a ayudar (como siempre, porque para qué continuar mintiéndonos).
            Podría haberme sentido también un poco como el Mago. Después de todo era un hombre perdido en tierra extraña, solo, aislado, separado de quienes le rodeaban y sin medios para regresar quién sabe dónde (dudo que él mismo lo supiera antes de encontrarse con Dorothy). Pero mi lugar de pertenencia, como dije antes, nunca fue algo de mi predilección, así como mi magia nunca superó la etapa de la destrucción (que no construcción) de ilusiones propias y ajenas, pero casi siempre de estas últimas.
            Por lo que, luego de tanto caminar, viendo que los ladrillos no siempre fueron del todo amarillos, tengo por seguro que nunca sabré qué demonios se esconde del otro lado del arcoiris. Y, de lo que nunca podré dudar, es que incluso Totó, la mascota de Dorothy, es un ser más noble en sus acciones que lo que jamás lograré ser.


El perro no quiso salir en la foto...

domingo, 4 de septiembre de 2016

Prematuro

El sistema se creó, en principio, para la detección temprana de problemas. La firme creencia de que existe la posibilidad de encontrar una solución para cualquier dificultad les llevó a diseñar un programa que pudiera predecirlo todo. Incluso, decían, podría predecir lo impredecible, negando de antemano la propia definición de impredecible.
            Lo intentaron de todos modos, incorporándole al programa tantas variables azarosas como pudieron encontrar en los viejos catálogos de programación así como en registros que nada tenían que ver con el problema pero que, tan sólo por las dudas, revisaron de todas maneras. Revisaron cuanto cayó en sus manos y cualquier idea que pudiera adaptarse a las necesidades del programa.
            Introdujeron variables climatológicas, que hasta el momento eran poco más que teorías. Creyeron que, pudiendo verlas en funcionamiento, se podría medir su viabilidad para tenerlas en cuenta en ocasiones posteriores.
            Sumaron luego, a la existencia del clima, el paso del tiempo, para que cada fenómeno atmosférico tuviera un principio y un final, como deben de tenerlo todas las cosas.
            Incorporaron variantes gravitacionales y el peso específico de compuestos aún por definir; una tabla periódica de elementos específicos y sin sentido en su conjunto, pero de mucha utilidad para el sistema y su desarrollo. Al menos así lo entendían durante la  codificación del programa, intentando convencerse de que hacían lo correcto.
            Agregaron un poco de inteligencia y cantidades desproporcionadas de prejuicio, ignorancia y superstición para equilibrar cualquier defecto que pudiera producirle la inteligencia a los factores generales del programa; principalmente porque todo debía mantenerse lo más estable posible. Y siempre, ante una propuesta razonable existe una respuesta irracional en su intolerancia.
            Continuaron incorporando variables y posibilidades para un sistema que pretendían que resultara tan complejo que superara la realidad de sus creadores; aún cuando estos eran incapaces de darse de cuenta de su modo de proceder. Se encontraban dando inicio a algo tan nuevo que carecían de forma para nombrarlo; algo que de tan complejo demorarían milenios en ponerlo a punto para su correcto funcionamiento.
O que al menos funcionara a prueba de fallos, como suele decirse en algunos casos. Porque ningún sistema programado para predecir errores puede, precisamente, sustraerse del error.
Es por eso mismo que alguien, nunca se sabrá con seguridad quién, lo puso en marcha de manera prematura e inesperada, sin que, una vez iniciado, existiera manera de detener el programa. Sus creadores aún debatían otras cuestiones antes siquiera de pensar en la posibilidad de incorporar la opción de una parada de emergencia, o un reinicio del sistema a su estado original luego de que comenzara a fallar. Suponían, por otro lado, que algo semejante no haría falta. Pero, como acabaron por descubrir, estaban equivocados.
El caos, que algunos se empecinan en denominar vida, había comenzado.


Imagen nada tiene que ver con el texto.

domingo, 28 de agosto de 2016

Error # 16 (Palabras)

Yo siempre he dicho que depositar nuestra absoluta confianza, e inteligencia, en los robots era un completo error. No sólo porque son fríos al tacto y de facciones inexpugnables; sino porque a pesar de poseer cerebros mucho más veloces y capaces que el de nosotros los humanos, que sólo utilizamos una fracción del mismo, no saben distinguir los matices del habla, ni el verdadero sentido de las expresiones.
Un robot nunca entendería un chiste, o una frase de doble sentido. Es cierto que la mayoría de los humanos nacen sin sentido del humor, y su capacidad de entendimiento se nubla con los años de mirar constantemente una pantalla, pero esto es un tema diferente. El entendimiento puede ser entrenado, como lo han demostrado los estudios referentes a esta temática. Pero los robots carecen de esa capacidad; por eso sólo captarán el primer sentido de lo dicho, el sentido más evidente de las palabras. Como lo explicara el doctor Asimov en sus libros teóricos acerca de la convivencia entre hombres con la capacidad de pensar y máquinas inteligentes.
Es imposible mandar a volar a un robot no diseñado para ello, porque saltará inmediatamente por la ventana más cercana; o abrirá una para hacerlo de no encontrarla. Así como nunca entenderán a qué nos referimos con expresiones del estilo de dormir como un tronco. Los humanos no somos árboles, nunca podríamos dormir de ese modo dentro de la lógica de sus cerebros electrónicos.
Es por esto que no me extraña, ni me genera pena, lo sucedido con la anciana del quinto piso, departamento A; esa cuyo robot doméstico despellejó después de que, sintiéndose empachada y mal del estómago, le ordenara a su unidad que tirarla el cuerito.
Es pura y simple lógica, nada más.

domingo, 21 de agosto de 2016

El perro ya se durmió, su sombra nunca se enteró

Esto no es una historia de amor, tampoco es una historia de odio. Es, tan solo, una historia que carecerá de sentido para quienes en ella sean incapaces de verse reflejados. Pero las cosas ocurren, aunque queramos ignorar su desarrollo y, la mayor parte de las veces, solo queda aceptar lo sucedido. Luchar en su contra es tan en vano como pretender ocultar el sol con una mano, vencer al destino con la fuerza de voluntad o comprender el por qué del paso del tiempo.
            Sin olvidar que, a minuto, las cosas que quedan sin explicación a lo largo del camino nunca dejan de acumularse. Como un fardo que no deja de crecer sobre nuestros hombros pero del cual no podemos desprendernos.
            Consentimos en que la costumbre nos lleva a aceptar detalles del mundo que resultarían inexplicables si nos detuviéramos a analizarlos. Es cuando los cuestionamientos existenciales pierden su fuerza, su ímpetu y sólo las generaciones más jóvenes mantienen en alto el estandarte de que es necesario cambiar al mundo y la sociedad, ignorando que dicho sueño tiene mayores posibilidades de transformarse en pesadilla antes que llegar a ser, en una mínima porción del mismo, realidad. Son como modas pasajeras que vienen y van sin que nadie se lo cuestione; incluso aquellos que se dicen estar por fuera de las modas, nunca lo están por completo.
            Será porque sobreviven mejor quienes nada se cuestionan, los que simplemente aceptan lo que el mundo pretende hacer de ellos, como aquel perro que, noches atrás, en medio del viento frío y cortante, dormía plácidamente en un portal, como si nada sucediera en su entorno. El bamboleo de las pocas luminarias de la calle barrida por el viento proyectaba su sombra sobre el muro cercano como la de un inmenso mastín acechando en la proximidad de su víctima. Víctima que no era otra más que yo mismo mirándolo allí tendido y despreocupado.
            Podría ser tan solo eso, un juego de luces; podría ser una proyección del sueño del pobre perro callejero. O bien podría ser que la sombra nunca se haya enterado de que el perro dormía mientras ella no dejaba de crecer sobre el muro. Pero es, apenas, una más de las posibilidades.

domingo, 7 de agosto de 2016

Error # 15 (Nata)

Haber crecido en los ochenta tuvo sus ventajas. Es cierto que son pocas pero es de lo que uno puede seguir vanagloriándose en cualquier conversación de ocasión. Tener cinco años en 1989 sin que nadie esté sacándote fotos todo el tiempo y que tus miserias cotidianas no aparezcan publicadas en ninguna red social, es un alivio. Y la alegría de saber que cada tarde podemos ver el Batman de Adam West corriendo por las calles de la colorida ciudad Gótica, por el canal nueve, es otro de sus alicientes que podría numerar junto con unos pocos, pero creo que ya se comprende la idea.
De esa época recuerdo, también, a la abuela, viviendo en la vieja casona sobre Avenida Libertador; construcción que ya no existe, como muchos de los antiguos solares que ocupaban esa calle, cuando el barrio no había crecido tanto y las calles de empedrado tenían un sabor especial a juegos durante la hora de la siesta. Una casona que, a mis ojos infantiles, parecía un palacio de infinitas habitaciones vacías, como los misteriosos lugares de los cuentos llenos de fantasía, con una leve cortina de polvillo en el aire y la certeza de que nadie había penetrado en ellas en mucho tiempo, que mis pasos abrirían caminos que solamente la abuela y yo conocíamos.
Sabía que, desde el tres de enero hasta el último día de febrero, cualquier cosa que se me ocurriera pedir, hacer, ver, decir, comer, romper y otros verbos similares, ella lo cumpliría, logrando que:
            —Si se lo pido a la abuela, ella lo hace —fuera la frase que más repetía en el crudo marzo del regreso a la realidad de mi otra casa, la verdadera, la de mis padres, de la que aún ignoraba que podía escapar. De la que, sin embargo, nunca me iría por razones tan egoístas (al menos eso es lo que cría).
            —Andate a vivir con ella —era la escueta e invariable respuesta que recibía de mis padres en esos momentos de rebeldía; tanto de día como de noche, los domingos antes de prepararme para la escuela o los viernes cuando las clases se terminaban dejando todo ese tiempo libre de los fines de semana en los que poco tenía para hacer más allá de esperar a que fuera lunes nuevamente y volver a ver a mis compañeros.
            Nunca lo habría hecho, nunca me hubiera ido a vivir digamos, definitivamente, con la abuela. Nuestra relación era exclusivamente durante el verano, las vainillas y la leche chocolatada de cada tarde, la televisión en blanco y negro para jugar a adivinar los colores y correr por las calles del bajo a la par de los chicos del barrio que en cada verano volvía a conocer.
            Hacíamos las cosas típicas de la temporada estival, visitamos cada heladería cercana a la casona, las que tenían nombres propios, el de los heladeros, según mi abuela, y nombres de fantasía, de lugares u otras cosas. Recorrimos todas las heladerías de San Fernando, al menos así lo creía en ese entonces, porque estoy seguro que ni siquiera conozco la mayoría de las que existen hoy en día. Y tenía mi favorita, por supuesto; el único lugar donde preparaban helado de sabor a turrón navideño durante todo el verano. Sé que parece una tontería, y que incluso puede muy bien serlo si tenemos en cuenta las cadenas de heladerías y los miles de sabores que proponen, pero me gustaba, era sabroso, de una manera que nunca he vuelto a sentir desde ese entonces y no creo que ello se deba a que mis gustos hayan cambiado tanto.
Sé que estoy idealizando una situación de mi infancia, que la mayor parte de los adultos lo hacemos cuando nos percatamos de lo incapaces que somos para regresar a ese pasado idílico; pero podía tomar helado hasta sentir que se me congelaba el cerebro o hasta que me doliera el estómago, lo que sucediera primero, que al día siguiente sería igualmente feliz porque podía repetir cuanto había hecho sin que nadie me dijera lo contrario. Sin que la edad, ni las responsabilidades, fueran un impedimento.
Si me detengo a pensarlo, hubiera podido vivir con la abuela, como decían mis padres cuando me encaprichaba con lo que no podían darme. Sé que lo hubiera pasado bien, porque cualquier cosa que ella hiciera era para que me sintiera cómodo y acompañado en esa casa tan extraña, tan cargada de recuerdos, tan llena de pasado. Le gustaba hablar y como en esa época la televisión se terminaba porque no transmitía toda la noche, sentía que la dejaba hablar porque me gustaba escucharla, lo cual puede ser que sea cierto en parte, pero también era porque allí no había nadie más con quién hacerlo. Era su única visita, se pasa la mayor parte del tiempo hablando de gente que ya no estaba, que se había ido definitivamente, nunca de gente que la hubiera ido a ver, a visitarla o siquiera a llevarle una caja de alfajores de recuerdo de las vacaciones, nada. Ella siempre estaba sola cuando llegaba en enero, y así se quedaba cuando me iba.
            Cocinaba de una manera espectacular, aún cuando casi todos sus enceres fueran viejos y magullados; las ollas abolladas y un viejo jarro enlozado que ni caso tenía intentar lavarlo. Eso sin hablar de la pava en la que calentaba el agua para los mates que tomaba cada mañana, una bola negra de tizne que sólo ella se atrevía a utilizar. La veo sentada en su silla de mimbre, con el respaldo vencido hacia un costado pero con las patas lo suficientemente firmes para aguantar el peso de su cuerpo, el mate amargo en una mano y la pava en la otra, nada más, mirando el escaso tránsito del verano cruzar San Fernando de norte a sur, lento y pesado como el calor de esos días, sobre el añejo empedrado.
La quería, a mi infantil manera. Si, hubiera podido ir a vivir con ella en su casona, pero el sólo pensar en pasar el invierno allí, sabiendo que usaría el colador agujereado para colar la leche caliente, era más que suficiente para desistir de mi idea, para abandonar cualquier capricho y quedarme en la casa de mis padres donde, al menos, teníamos un colador nuevo y nunca vería restos de nata flotando en el borde de la taza.
Claro que, la abuela, no tenía por qué saber todo esto, como, estoy seguro, nunca lo hizo.



Nota: Es un cuento, no, nada de todo lo anterior es real. Repito: Es un cuento.
Cuento que fue seleccionado por le municipio de San Fernando en un concurso literario realizado a fines del 2015. Entre los premios que se mencionaban se encontraba la publicación de una antología con todos los premiados y seleccionados. La antología debía aparecer antes de la mitad del 2016. Hasta el momento no tengo noticias de la misma. Esto no es parte del cuento, esto es verdad.