Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
...

domingo, 23 de junio de 2019

Mirto (Creencia popular)


Como leyera en el foro que encontrara en internet, condimentó la ensalada con algunas semillas de mirto, la mejor manera de atar a una persona por la que tenemos un sentimiento especial. Una manera de demostrar el aprecio que sentimos y, al mismo tiempo, que no se aleje de nosotros. Es decir, exactamente lo que buscaba; sabiendo que contaba cada vez con menos oportunidades para lograrlo, recurría a tácticas tan poco ortodoxas desconociendo si tendría éxito o no.
            La regó con abundante aceite de oliva para disimular el posible sabor entre amargo y dulzón, como también recomendaban, y preparó el resto de la cena limpiando y ordenando todo lo que usara. Seguramente para ahorrar tiempo y no tener que hacerlo más tarde.
            Como cada noche que cenaban juntos, la televisión encendida ocultaba la ausencia de tema de conversación, también servía para evitar el mirarse a la cara y darse cuenta de que ya no tenía sentido; pero la costumbre siempre acaba por imponerse, de una manera u otra.
            Cenaban mecánicamente, apartando los ojos de la pantalla apenas para asegurarse de que los cubiertos llevaban la dirección correcta hacia la boca, para recargar el plato e intercambiar comentarios vacíos entre una imagen y otra.
            —Pobre imbécil, mira que hacer eso —dijo quien le acompañaba luego de que el presentador del noticiario mencionara a un político que había reconocido ante la justicia el recibir frecuentes sobornos.
            —Otro inútil, mira lo que hace —comentó al ver en pantalla a un deportista fallando en su especialidad—, y le pagan por ello. No tiene que hacer otra cosa.
            Pasaban las noticias y los comentarios se volvían cada vez más agresivos; y eso que sobre la mesa únicamente había agua.
            —Ufff, siempre hablan de ese hijo de puta —dijo al ver a un actor sonriendo en la entrega de premios—, ni que hiciera las cosas bien. Actúa siempre haciendo el mismo papel. Así cualquiera —agregó viéndolo guiñarle un ojo a la cámara.
            La cena, y la incomodidad, avanzaban poco a poco.
            —Mira, ahora seguro muestran alguna estupidez sobre lo que pasa en Medio Oriente —dijo masticando con la boca abierta y escupiendo parte de su contenido—. Allí lo tienes —acotó cuando aparecieron en pantalla.
            —Prueba la ensalada —le dijo por lo bajo acercando el bol donde la preparara.
            —Si, si —le respondió hundiendo el tenedor entre los vegetales sin mirar esperando pescar alguno sin esforzarse demasiado.
            Le contempló comer sin preocuparse por otra cosa que no fuera la pantalla, sin siquiera preguntar cómo había estado su día, cómo había preparado aquella cena a pensar de haber trabajado y viajado de regreso; sin preocuparse por nada más que por seguir tragando hasta que ya no pudo hacerlo. Ni siquiera había notado que el suyo era el único plato sobre la mesa.
            Luego de tragar varias veces, y ya con el bol con menos de la mitad de su contenido, le vio apoyar el tenedor sobre la mesa lentamente y, por primera vez en la noche, atendía a otra cosa que no fuera lo que se dijera desde la televisión.
            —¿Estas bien? —le preguntó.
            —Si, si, pero no puedo respirar del todo bien.
            Vio como su rostro enrojecía a medida que la respiración se le hacía más y más difícil. La piel de sus brazos se llenó de erupciones y una picazón tan atroz que no podía evitar rascarse con tanta fuerza que las uñas marcaba surcos sobre su piel.
            Su lengua se inflamó tanto que apenas cabía en el interior de su boca, lo que le dificultaba aún más continuar respirando.
            —¿Estas bien? —le preguntó una vez más intentado al mismo tiempo disimular lo que sentía al mirarle y aparentar no percatarse de ello—. ¿No quiere comentar algo más de las noticias? —dijo volviendo la mirada hacia la pantalla.
            Sabía que faltaba poco para que todo terminara cuando le vio caer de la silla tomándose la garganta en un desesperado intento por lograr que un poco de oxígeno ingresara a sus pulmones.
            Escuchando como aún se esforzaba por lograr respirar esperó sin moverse de su sitio. Cuando los gorjeos terminaron, y mientras el noticiario terminaba mencionando cómo estaría el clima al día siguiente, se levantó acomodando la silla en su lugar. Arregló si ropa y se acercó hacia la puerta de salida, allí tomó el teléfono de línea que dormía junto a la puerta y marcó el número de emergencia. Le apreciaba tanto que haría en intento, claramente frustrado, de salvarle la vida para demostrarle su verdadero sentir.
Quien diría que la recomendación de tener sumo cuidado con el uso de las semillas del mirto, porque podía generar reacciones alérgicas terminales, sería verdadera. Se leen tantas cosas ridículas en internet en estos días que nunca se sabe.


--
Inicio del Espacio Publicitario:

En el número 40 de la revista digital El Narratorio pueden leer el relato Gran Maestre.

Y, también, en la revista Extrañas Noches pueden leer el relato Nata

Fin del Espacio Publicitario

sábado, 15 de junio de 2019

Vida Extra


—Hay días en los que tengo la sensación de esta preocupándome demasiado por cosas que en verdad no tienen, o no deberían tener, importancia. Pero —continuó sin detenerse a tomar aire—, tampoco me resulta posible hacerlo de otro modo. Soy incapaz de detenerme, de dejar de pensar, dejar de accionar, sin saber en verdad en qué dirección real debería de estar yendo.
            —Lo que no sé es por qué me dice todo esto a mí, otra vez —dijo el cajero de la tienda—, solo le pregunté si llevaría algo más.
            —Y tal vez ese sea le problema —continuó sin dar señales de haber escuchado al desesperado muchacho que, habiendo acabado de acomodar los pocos productos del cliente en la bolsa de papel, esperaba a que se marchara—, acumulamos y acumulamos sin pensar realmente qué hacer con todo ello. Tanto cosas materiales como intangibles, como el conocimiento. ¿De qué sirve pretender saberlo todo si nunca podremos ponerlo en práctica? ¿De qué sirve ser el dueño del mundo si no podremos visitarlo?
            —Ahora mismo serviría de mucho que se hiciera a un lado… —dijo la jubilada que esperaba ansiosamente que la fila avanzara pensando en que de seguir así se perdería el inicio del programa de preguntas sin respuestas.
            —Por supuesto, es necesario hacerse a un lado en algún momento, cuando esa carga de pensamientos comienza a hacerse tan pesada que uno siente que comienza a hundir nuestros hombros con su peso…
            —Voy a hundirte otra cosa en la cara si no te corrés de ahí, perejil* —dijo en voz lo suficientemente alta como para hacerse escuchar alguien que, por su aspecto, bien podría pasar por un chófer de un camión recolector de residuos, un minero recién salido del socavón, o doble de riesgo en una película de catástrofes naturales. Y eso para no mencionar su aroma.
            —Señor, por favor… —dijo el cajero mirando hacia la puerta, muy cerca de la cual el Gerente del local conversaba con una voluptuosa clienta dándole la espalda.
            Pero su pedido no fue atendido, o entendido, en lo absoluto.
            —La cuestión es saber detenerse, de algún modo. Pero cómo saber en verdad cuándo hacerlo. Lo que es suficiente para unos puede no serlo para otros y, también, a la inversa. Entonces estaríamos siempre buscando los límites y, un límite, como se sabe, puede continuar extendiéndose más y más. Lo aprendemos en la infancia y nunca lo olvidamos, no. Siempre lo corremos un poco más.
            —¡Dale…! —dijo en voz más alta el mismo camionero—. ¡Te podes ir!
            —Ufff… —exclamó la jubilada—. Esta juventud maleducada —agregó sin aclarar a cuál de los dos hombres se refería.
            —Es una cuestión de suma importancia, algo que algún día también les afectará —continúo acunando la bolsa de papel como si de algo de sumo valor se tratara—; solamente contamos con el presente, transitorio y pasajero por naturaleza, para aprender a adaptarnos. Si tuviéramos una vida extra, de seguro, todo sería más sencillo. ¿No lo creen así? —preguntó alejándose de la caja directamente hacia la puerta.
            —Señor… —llamó el cajero sin obtener respuesta e intentando levantarse de su puesto de trabajo—. ¡Señor!
            —Pero… ¿Y ahora qué pasa? —casi gritó el camionero.
            —No puede ser. ¡Qué perdida de tiempo! ¡Qué maltrato a los clientes! —exclamó la jubilada.
            —¿Qué sucede? —preguntó el Gerente visiblemente molesto por tener que intervenir en una situación que, intuía, no lo ameritaba.
            —Se va sin pagar —murmuró el cajero mientras señalaba hacia la puerta.
            —¿Otra vez? —inquirió el Gerente dirigiéndose raudamente hacia la salida sabiendo que, no solamente no lo encontraría, porque habría desaparecido apenas cruzar el umbral como las veces anteriores, sino que se las había arreglado para dejar su marca sobre la pared recién pintada del frente del local.
            Confirmó ambas cosas al atravesar la puerta sin encontrar el menor rastro del hombre que acaba de salir delante de sus ojos, eso si descontaba la pintura en aerosol y el modelo en stencil del maldito hongo del videojuego que repetía cada vez que se apareció por allí, abandonados junto a la pared.
            Miró hacia el interior de la tienda, la jubilaba continuaba gesticulando junto al cajero que solamente respondía haciendo gestos afirmativos. No había caso, continuaría descontando del sueldo de los cajeros cada una de aquellas pérdidas tan fácilmente evitables. Ni en esta vida, ni la siguiente, pondría un solo peso de su bolsillo, pensó mientras pateaba con fingida furia el aerosol hacia el estacionamiento casi vacío de la tienda.
            —Ni en esta vida, ni la próxima —repitió sin saber que lo hacía en voz alta.



* Perejil no es exactamente la palabra utilizada en este momento, se entiende.

--
Inicio del Espacio Publicitario

En el número 10 de la Revista digital española Callejón de las 11 esquinas, del mes de junio, pueden leer el relato Cuando ya no queden hombres, que se publicó originalmente en el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde de 2014.
Los invito a leer también el resto de la revista.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 25 de mayo de 2019

Pantano


La expedición se había estancado.
            Nos encontrábamos en cualquier punto del mapa que no señalaba el oeste ni noreste. Es decir, un mapa por completo inútil. Al igual que la mayor parte del equipo que cargábamos, arruinado por la humedad y la sangre seca de los miles de mosquitos que matábamos, a mano limpia, día tras día. Eso para no hablar de nosotros, agobiados por el calor, la humedad, la falta de descanso, y el no entender por qué nos encontrábamos allí.
            Ni siquiera la paga era buena.
            Pero dudo de que se hubiera hablado de nuestra paga n algún momento.
            Sin embargo, allí estábamos. Cargando aquel equipo obsoleto que alguien más debería montar cuando llegáramos al punto no indicado en el mapa. El énfasis estaba puesto en el “cuando llegáramos”, algo que nadie podía precisar con cierta.
            —Estamos más cerca que antes —dijo quien nos dirigía en aquella interminable expedición—, casi no tengo dudas de ello. Del otro lado de aquella lomada se encuentra nuestro destino.
            Su dedo señalaba hacia un punto indefinido entre la espesura y el calor que para nada nos motivaba a continuar avanzando.
            —¿Qué encontraremos allí? —preguntó uno de nosotros, no estoy seguro de quién haya sido, estaba tan cansado que intentar mantener los ojos abiertos representaba un dolor insufrible.
            —Nuestro destino —repitió quien nos dirigía sin agregar palabra.
            Fue suficiente con que comenzara a caminar, sin da ninguna orden, sin permitirnos descansar, para que lo siguiéramos en fila india, asegurándonos de pisar sobre suelo firme en medio de tanto barro resbaladizo y húmedo.
            Sin poder evitarlo, recordé el primer día cuando, luego de recorrer unos trece kilómetros alejándonos de la ciudad, noté que, en realidad, no llevábamos ninguna dirección específica. Luego de ello, el camino cambió de día en día, no por los problemas que encontráramos en él, sino por la voluntad de quien nos guiaba. Solía pensar que tendría sus razones para dar tantos rodeos pero, tras tres meses siguiéndolo mientras el grupo original menguaba lenta pero inexorablemente, me llevaba a dudar de ello.
            Cada atardecer, cuando se nos permitía detenernos y descansar hasta el alba, estudiaba la caja que llevaba sobre mis hombros. Era incapaz de decir qué contenía, así como tampoco entendía en qué idioma estaban escritas las indicaciones impresas en su exterior. Por más que la sacudiera, el ruido de tornillos, tuercas, engranajes, o lo que fueran las piezas de metal que chocaban entre sí, nada me decía.
            Al alba comenzábamos a caminar y apenas nos deteníamos, guiados por unos pocos gestos, unas palabras sueltas y nada más.
Algunas veces me encontraba al frente de la fila, inmediatamente detrás de nuestro guía, en otras oportunidades cerraba la fila sin que el sentido de tanto esfuerzo se nos mostrara abiertamente. Pero, al menos, a pesar de no comprenderlo, nos encontrábamos haciendo algo diferente a esperar a en la ciudad a que todo se acabara.
            —La maldita loma se aleja cada noche un poco más —murmuró otro de los porteadores junto a mí mirando hacia el horizonte—. ¿Sabes lo que eso significa? —preguntó volviendo su mirada hacia mí; no podría decir si conocía a aquel enflaquecido rostro que me miraba detrás de una capa de suciedad y cansancio similar a la que cubría mi propio rostro.
            A duras penas podía pensar en otra cosa diferente a caminar, pero me había percatado de que la distancia no se acortaba en lo más mínimo a pesar de caminar día tras día.
            —¡No desfallezcan! —gritó de pronto, en medio de un atardecer, o un amanecer; aunque también pudo haber sido durante el mediodía, no estoy seguro de ello, nuestro improvisado guía—. Nuestro destino nos aguarda.
            Escuchar por enésima vez aquella frase desató la revuelta.
            Comenzaron arrojándole los restos de los escasos alimentos que aún teníamos con nosotros; le siguiendo luego algunos guijarros y unas pocas rocas más grandes, hasta que alguien se animó a arrojarle la caja que portaba.
            Cayeron una a una sobre él cubriéndolo entre el barro, el cartón y los restos de quincalla que escapaba de las cajas rotas. Nada de todo aquello resultaba de utilidad, pero había sido suficiente para desmayarlo, matarlo o algo peor; ninguno se acercó a comprobarlo. Al contrario, liberados de sus cargas, los porteadores comenzaron a correr en todas las direcciones como si aquella rebelión hubiera sido suficiente para revitalizar sus cuerpos.
Me percaté de que no había arrojado mi propia caja y que apenas podía moverme. No corrí al internarme poco a poco entre los árboles cercanos dejando que mis agotados pies me llevaran allí donde quisieran.
Ni bien abandoné el camino comencé a hundirme rápidamente en el barro. Miré a los lados encontrando los sofocados rostros de otros porteadores esforzándose por escapar de la trampa que durante día habíamos intuido negándonos a creer en su existencia.
Mi desesperación duró menos de un suspiro. Intenté levantar un pie pero el barro volvía irremediablemente a succionarlo. En ese momento me percaté de hacía dónde nos dirigíamos.
—Nuestro destino nos aguarda —repetí en voz baja, casi como un susurro sentándome en el barro.
Mi destino era, sin lugar a dudas, aquel pantano, pensé.
--
Inicio de Espacio Publicitario:
En el número 289 de la revista digital Axxón de ciencia ficción argentina pueden leer, por un lado, el clásico cuento Navegando las cuerdas del acordeón
Y, también el artículo sobre Solaris de Stanislav Lem, llamada Solaris, la utopía interrumpida.
Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 18 de mayo de 2019

Abeto (Cuando, por las noches…)


Cuando, por las noches, finalmente me detengo, vuelvo a pensar, inevitablemente, en ti. Ya ni siquiera soy capaz de fingir lo contrario; tampoco hago el esfuerzo de negarlo. Dejé de contar los días, las noches, las lluvias, los veranos que han transcurrido desde entonces porque el mundo se detuvo ante tu partida. Solamente aquel abeto continúa como si nada.
Sí, hablaré del abeto porque es más fácil que mencionar cualquier otra cosa de las que suceden por las noches en este lugar.
            No ha dejado de crecer. Tanto que durante el día oculta con su sombra lo poco que queda del hogar que supimos construir y que se ha ido desmoronando poco a poco con el correr del tiempo. Ni siquiera me atrevo a ingresar allí sabiendo todo lo que sucedió en su interior.
Por las noches, cuando finalmente me detengo luego del trabajo del día, oculta en parte las estrellas que marcarían tu camino de regreso. Lo sé y no puedo hacer nada al respecto.
            Miento, una vez más. Podría talar el abeto y despejar los cielos nocturnos, contemplar las estrellas y marcar las constelaciones que inventamos en nuestras primeras noches allí creyendo que nos guiarían a lo largo de todo el universo. Aún es posible ubicar las más brillantes de ellas, pues continúan casi en el mismo sitio, y reconstruir el camino recorrido. Pero dudo que sirviera de algo más que para distraerme momentáneamente.
            Jamás hubiera creído que de aquella diminuta semilla pudiera crecer, en apenas un palmo de tierra fértil, árbol tan grande, tan alto, tan grueso, tan fuerte y con tanto para dar. Sería un crimen, sino algo peor, talarlo. Ello me condenaría a la soledad de la que, de una forma u otra, pretendíamos escapar.
            Después de todo, la soledad no resultaba ser algo tan terrible. Aprendí que darme un espacio para la introspección no resulta ser algo tan malo. Claro que era la única opción posible ayudada por el silencio, apenas roto por el susurro del viento en las ramas del abeto, o por los golpes de los ocasionales trabajos que realizo junto con las pocas máquinas que continúan funcionales.
He solucionado la mayor parte de los problemas que me atormentaran a lo largo de mi vida; es cierto que era suficiente, en la mayoría de los casos, con dejarlos de lado. En otros, en cambio, se requería más trabajo. Pero tenía todo el tiempo que quisiera para ello entre esperar tu regreso y el incesante crecer del abeto.
            Practiqué, hasta que logré hacerlo bien, aquellas cosas que no sabía hacer. Adquirí habilidades por completo nuevas para mí pero necesarias para sobrevivir, si es que pretendía hacerlo, como finalmente sucedió.
Me sentía alguien diferente de quien era a tu partida; sé que no querrás creer en mis palabras, por lo que te evitaré la enumeración de mis escasos logros, mis limitaciones y los problemas que fueron surgiendo; muchos de los cuales no enfrenté sino que allí los dejé, esperando a que se solucionaran por sí solos o desaparecieran sin más.
¿Lo ves? Algunas cosas continúan tal y como siempre lo fueron.
Tal vez sea esa la razón por la cual la compañía minera de vez en cuando recuerda que continuamos perdidos en aquel asteroide que, de manera imprevista según ellos, escapó de su órbita habitual. Han renovado sus promesas de rescate en cada breve comunicación que logro con los obsoletos aparatos que encontramos aquí, esos restos de extracciones anteriores que de poco servían y con los que debimos apañarnos durante años. Sé, también, que no han encontrado la cápsula de rescate en la que pretendías alcanzar el puesto de seguridad más cercano. Por eso confío en que volverás.
Aunque he perdido las esperanzas en que la compañía cumpla con sus palabras, ello sucedió mucho tiempo después de darme cuenta de que tus propias promesas eran, también, una mentira.


La imagen tal vez no se note, pero es un abeto, de noche.

--
Inicio de Espacio Publicitario:

En la página web El Ojo de UK de la ciudad de Monterrey, México, se ha publicado el cuento El volumen en octavo.

En la revista digital El Narratorio N° 39 se ha publicado el cuento Iniciación.

Pueden pasar y leerlos cuando quieran.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 12 de mayo de 2019

Tierras Lejanas


—Partiré rumbo a desconocidas tierras lejanas —dijo con su estentórea voz—. Sé que no creen en mis palabras, pero así será. Se arrepentirán luego de no haberme escuchado.
            Y fueron aquellas, en verdad, las últimas palabras que escuchamos de él. Es cierto que estábamos bastante agotados de sus discursos imbuidos en el espíritu de los grandes descubrimientos, aquellos aventureros al estilo de Indiana Jones, Cecil Rhodes, Lawrence de Arabia, o John Carter. Después de un tiempo ni siquiera atendíamos a lo que decía, lo dejábamos parlotear en la medida en que no resultara demasiado molesto; cosa que sucedía cada vez más seguido.
            Es posible que nuestra actitud le empujara a tomar su decisión; más que nada cuando comenzamos a burlarnos de él ya no en secreto, o a sus espaldas, sino abiertamente
—Descubriré nuevos saltos de agua que llevarán mi nombre —decía.
—En el baño, seguramente —respondía alguno de nosotros antes de que riéramos a carcajadas.
—Sin lugar a dudas, cuando parta, nuevas tierras caerán bajo el dominio de nuestra civilización —decía soñadoramente en el atardecer.
—Debajo de mi cama hay tierra de sobra para todos —respondía otro de nosotros.
Y nuevamente comenzaban las risas.
La más mínima palabra suya recibía como respuesta risas y más risas. Ninguno de nosotros se detenía a pensar que existiera la real posibilidad de que cumpliera con su amenaza de partir hacia tierras lejanas. Ni siquiera sabíamos que tuviera la voluntad de alejarse de las tierras que nos pertenecían desde hacía tantas generaciones. Ignorábamos su determinación y su ambición por lograr su cometido. Esto a pesar de que conocía muy bien el hecho de que todo el planeta se encontrara surcado de norte a sur, de este a oeste, de arriba abajo, de izquierda a derecha y, también, en diagonal, siguiendo las setenta y dos posibles direcciones del viento, por satélites de todos los países. Incluso aún funcionaban algunos cuyos países habían dejado de existir.
Tras su partida nos sorprendimos al percatamos de que pasaban los días y no regresaba. Habíamos intuido que apenas se alejaría algunos kilómetros antes de regresar; pero no era así. Semanas después, aunque nadie contaba los días, comenzaron a llegar postales de lugares cada vez más extraños y que apenas éramos capaces de ubicar en un mapa: Barcelona, Macedonia, Kuala Lumpur, Singapur, Trapalanda Macondo, Santa María, El Dorado, Atlántida (Uruguay), Sebastopol, Chernobil, y otros nombres que ni siquiera reconocíamos en qué idioma estaban escritos.
La última postal que llegó a nuestras manos traía unas coordenadas anotadas en tinta que comenzaba a borrarse y una gran mancha de sangre.
Partimos en su búsqueda inmediatamente, a pesar de que la postal hubiera sido dejada en el correo meses atrás. Podría estar herido y necesitaba nuestra ayuda, enfermo y necesitaba nuestras medicinas, perdido y necesitaba nuestra guía, o muerto, y necesitaba regresar a nuestras tierras. Cualquiera de esas opciones, apenas nos atrevíamos a pensar en otras, resultaba terrible. Pero era uno de los nuestros y, a pesar de que nos burláramos de él incansablemente, no podíamos abandonarlo.
Vendimos nuestras posesiones, cada una de ellas, luego de averiguar de qué manera llegar hasta el lugar indicado. Alguien ajeno a nuestras tierras aceptó comprarlas pagando un precio rebajado por nuestro apuro. No preguntamos quién era, no era importante, tan sólo el hecho de que pagara en monedas de otros países nos resultó extraño, pero no lo suficiente como para desconfiar.
Partimos todos hacia aquellas tierras lejanas que imaginábamos inhóspitas y terribles. Temíamos que nuestra limitada imaginación no fuera suficiente para describir la selva virgen e impenetrable que encontraríamos a nuestra llegada, luego de semanas de viaje. Realizamos diversos trayectos en diferentes transportes, cada uno de peor calidad que el anterior, tal es así que mejor olvidar y evitar su descripción.
Ciertamente nos quedamos sin palabras apenas llegar al sitio indicado por aquellas coordenadas mal anotadas en lápiz en el reverso de una postal manchada.
Sobre una roca, disimulado entre unas pocas hojas, una sonriente calavera nos esperaba mirándonos con sus ausentes ojos en una mueca que mezclaba la burla y el desprecio no necesariamente en iguales proporciones. Unos metros más allá, una carpa de lona militar rajada, quemada por el sol y la lluvia acida, junto con otros pocos pertrechos que intentaban ser un campamento.
Algunos comenzamos a llorar desconsoladamente sin fingir en lo más mínimo. Los gestos de dolor, de desolación, como cada vez que moría uno de los nuestros, nos invadieron. Los cánticos rituales pensados para estos momentos comenzaron lentamente, como una nota gutural que crece volviéndose cada vez más innegable.
El suelo vibraba junto con nuestro zapateo, a medida que las notas crecían e inundaban la selva a nuestro alrededor. Algunos pocos pájaros huyeron de los árboles cercanos. Cualquier otro ruido que pudiera haber era opacado por nuestras voces. Fue en ese vibrar de voces, cuerpos en movimientos y tierra que no dejaba de temblar, que la calavera, que aún nadie se había atrevido a tocar, rodó ente la maleza y el barro removido por nuestros pies descalzos.
Quien la tomó entre sus manos, para volver a colocarla en el sitial en el centro de nuestro círculo de despedida, se quedó mirándola con cierta sorpresa. La giró varias veces sobre sí misma como si quisiera asegurarse de que lo que su tacto le decía era cierto.
Levantó la mirada, azorado, hacia nosotros y dijo:
—Plástico.
Tiempo después, luego de que se nos prohibiera abandonar aquella selva inhóspita y regresar a unas tierras que ya no nos pertenecían, dudo de que en verdad escuchara lo que todos allí escucháramos en ese preciso instante. Sin embargo, la mayoría esta de acuerdo, y continúa sosteniendo que, en esos momentos, una risa estentórea y cargada de odio, desprecio y placer, inundó cada rincón de aquella selva.
No se trataba, claramente, de cualquier risa.


--
Inicio de Espacio Publicitario:

En el Número 37 de la Revista digital El Narratorio, pueden leer el relato La tan ansiada hospitalidad.
Mientras que:
En el Número 38 de la Revista digital El Narratorio, pueden leer el relato Escalera al cielo.
Ambos relatos de publicaron en su momento en este mismo blog.

Fin del Espacio Publicitario.