sábado, 30 de agosto de 2014

Todo lo que fue, pasó

Es tan diferente lo que me rodea, ahora que comienzo a creer que lo anterior en realidad nunca fue verdad. De otro modo, soy incapaz de explicar los cambios que se han producido, tanto en mi persona, como en el mundo a mí alrededor.
            Ojala supiera utilizar las palabras y poseer una mejor forma de explicar lo que aconteció, al menos, lo que creo que aconteció. Porque aún quedan muchas explicaciones por dar y recibir.
            Este mundo gris y violento, amargado y destructivo, donde la vida demuestra lo cierto en eso de que en la guerra cualquier cosa es valida; cambió mucho, muy rápido, muy al extremo. Pero nosotros nos acostumbramos tanto a ese cambio, que lo que antes era, bien podría ser una simple fantasía.
            Muchos prefieren pensarlo de ese modo para no darse cuenta de todo lo que perdieron, de los que ya no están, de los pocos que quedamos en pie luego de que acontecieran los hechos que ignoro cómo relatar.
            La historia oficial habla de una tragedia a escala planetaria, un error de cálculo, una ecuación más resuelta, y que se les fue de las manos. Nada se dice sobre sus responsables. ¿Quiénes fueron? ¿Dónde se encuentran? ¿Por qué lo hicieron? ¿Qué era lo que buscaban?
            Mis sentidos me dicen que éste mundo atroz y salvaje, que perdura aún cuando cerramos los ojos para evitar mirarlo, es culpa nuestra. Porque nosotros dejamos que lo hicieran, permitimos el secreto sobre lo que hacían, aceptamos sus palabras de justificación. Nos encadenamos con una idea de control que no era nuestra. Interiorizamos la idea de que sin gobierno ni estado es imposible vivir.
            Sólo para descubrir que, a la larga, con un gobierno y un estado, también es imposible hacerlo.
            Por eso mismo, sostengo que, en definitiva, fue culpa nuestra, por dejarnos atar y permitir que otros tomen las decisiones que nos correspondía tomar a nosotros mismos, por nuestra propia cuenta.
            Ahora nada podemos hacer, porque la queja sobre lo acontecido, cualquiera lo sabe, de nada sirve.

sábado, 23 de agosto de 2014

Mucho saber no te vuelve inteligente

Lo descubrí leyendo una revista para científicos, cuando era muy pequeño, y se suponía que no debía de ser capaz de leer y entender ese tipo de cosas. Una revista que, por alguna razón, había legado a la casa (imagino que el cartero se habrá equivocado de dirección, algo muy común en esa época), o quizá íbamos a tener visitas y para parecer más interesantes compraron un número al azar de una publicación cualquiera.
            Como fuera, la revista cayó en mis manos y la leí por completo, aún sin saber que los créditos, los índices y las editoriales de ese tipo de publicaciones pueden ignorarse sin más, dejando que los contenidos nos sorprendan por sí solos.
            Claro que si bien un 65% de las palabras allí utilizadas carecían de sentido, y el diccionario estaba en un estante muy alto de la biblioteca casi vacía de la sala como para acceder a él, entendí lo suficiente como para comenzar a preocuparme.
            Ese día descubrí que grandes bolas de fuego rodean a la tierra y que los hombres, por alguna razón que la revista evitaba explicar, habían denominado estrellas. Nombre poético para olvidarse de la realidad de que el sol era, en definitiva, también, una de esas cosas de fuego que giraba peligrosamente en torno a la Tierra.
            El terror, como no podía ser de otro modo, invadió cada uno de mis células, desde sus componentes más básicos como el núcleo, el nucleolo y la pared celular, hasta la composición de macroelementos que son los órganos del cuerpo, tal y como lo explicaba, por supuesto, la revista.
            ¿Pueden verlo? Una bola gigantesca y errática que en cualquier momento podía colisionar con la tierra, la luna, la estación espacial Mir y el Lusat-1 al mismo tiempo. Terrible. Catastrófico. ¿Qué pasaría con los sobrevivientes de un cataclismo de tales proporciones?
            En esa revista evitaban dar una respuesta a dicha posibilidad, y en mi familia nadie era capaz de entender mis preguntas, o cómo era posible que hablara con palabras tan raras Ni siquiera en el colegio pudieron ayudarme. Aunque, después de todo, la idea siguió rondando en mi cabecita loca, como decía mi tía mientras tejía con agujas del número ocho un par de medias para su difunto pretendiente.
            Agujas que ningún ojo, por bueno que sea su portador, puede resistírsele.
            ¿Entiende, doctor? No quiero ver cómo acabará el mundo. No, no quiero. No. No quiero. ¿Más pastillas? Si, por favor. Pero sólo si tiene de frambuesa porque las de menta ya me cansaron.

Con ustedes, en una imagen tomada de la red, Mr. Lusat-1

martes, 19 de agosto de 2014

Cuestionamientos

¿Conoce acaso el hombre la realidad detrás de la soledad o sólo coquetea con ella mientras la sociedad lo rodea de forma irreductible? ¿Sabe lo que es vivir mientras deja que la publicidad cubre hasta el último poro de su piel? ¿Sabe lo que es el silencio si todo el tiempo alguien, o algo, habla en su oído? ¿Sabe lo que es pensar cuando siente que sus palabras son el eco de algo que escuchó en otro lugar pero no recuerda dónde? ¿Qué es lo que sabe el hombre de todo esto? ¿Qué es lo que ignora?
            Aunque, más importante aún: ¿Qué diablos es el hombre?

sábado, 16 de agosto de 2014

Leones

Era un león. Estaba seguro de ello; aún cuando hiciera tanto tiempo en que los rumores anunciaran el fin de dicha familia de felinos. Porque era sabido que un rumor se compone de un cierto porcentaje de verdad y otro de mentira que, si se mezclan de manera adecuada, se ligan de tal forma que sus componentes aparentan ser una unidad legítima en su totalidad, y que nadie sea capaz de regresarlos a sus componentes originales.
            Es decir, cuando se forja un rumor, si se lo ha hecho con las artes adecuadas de un buen fabulista, nadie, ni siquiera los implicados en el mismo, puede distinguir dónde termina la verdad y comienza la mentira. Y viceversa.
            En el mundo hay infinidad de rumores, de todo tipo, de todo género, pero (muy) de vez en cuando, alguno de ellos cae, se desvanece, muestra que sus componentes en verdad nunca estuvieron lo suficientemente cohesionados como para que la fantasía que encerraban en su interior formara parte de la realidad.
            Por eso sabía que, lo que estaba mirando de frente, era un león, quizá de papel en una vieja lámina de una antigua enciclopedia, pero era suficiente para resquebrajar la realidad. Para mostrar que el mundo era un cúmulo de verdades a medias y mentiras enteras. Ahora lo sabía, antes no.
            El que el león, majestuoso en su ferocidad y sus colores, le guiñeada el ojo desde la lámina e imitara una sonrisa humana, no lo volvía menos real de lo que alguna vez fuera en libertad.


Éste pequeño amigo se encuentra en Lucerne, Suiza.