Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 14 de julio de 2018

Cuando los cerdos vuelen


Supongo que, como la mayoría de las cosas en la vida, comenzó como un juego. Libre, sin limitaciones, lúdico de por sí e indiferente a lo que pudiera suceder en cualquier otro aspecto. Luego comenzamos a crear reglas, leyes, ordenanzas, obligaciones, pagos anuales, mensuales y quincenales, visitas al médico cada dos meses, horarios, formas adecuadas para responder los mensajes de texto, fórmulas para saludarse, y un sin fin más de detalles que nos llevan a olvidar de qué manera debería de ser algo tan sencillo como vivir... Olvidamos que es lo efímero de la vida lo que la torna interesante; sin embargo, trabajábamos de manera tenaz y constante para lograr arruinar cualquier cosa que posea verdadero valor.
El juego había quedado tan atrás que ni siquiera podía considerarlo como un recuerdo, se encontraba demasiado cerca del olvido. Una de esas tardes en las que me encontraba rellenando formularios y planillas que nada decían sobre quién era yo, o cómo era posible que hubiera llegado a ello, noté cómo había cambiado todo, de aquello que ya no era, si es que alguna vez había sido. ¿Cómo era posible que hubiera llegado a pasar mis días de ese modo tan inocuo y carente por completo de valor sin percatarme antes de ello? ¿Dónde era que había errado el camino?
Siempre había dicho de mí mismo que quería evitar transformarme en lo que más odiaba. Claro que, con el tiempo, el odio se torna más laxo, más permisivo, más necesario de ciertas transgresiones si lo que se pretende es sobrevivir. Aplacaba el odio pensando en alguna venganza futura, en algo que cambiaría la realidad (la mía, porque para afectar la realidad de los demás siempre resulta más complicado).
Ese día algo quebró la monotonía de la inercia sin igual que me aquejaba.
Llegué dos horas más tarde al trabajo, sin avisar previamente claro; no porque me hubiera quedado dormido o el transporte público funcionara peor de lo habitual. Simplemente decidí llegar a esa hora y ver la reacción de todos los demás. Algo que no se hizo esperar.
—¿Cuál es su excusa J.? —preguntó el gerente de la empresa luego de hacerme caminar a lo largo de todo el piso desde mi cubículo hasta su oficina bajo la atenta mirada del resto del personal.
—Søren Kierkegaard escribió algo así: "La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia adelante" —respondí.
Dejé de contar a los veinte segundos, pero fueron muchos más los que demoró el jerárquico en poder articular algo con cierta coherencia que, como no podría ser de otro modo, se trató de otra pregunta.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Cito frases que no comprendo, de libros que no he leído, para sorprender a gente que no conozco y sentirme menos vacío conmigo mismo —debo confesar que venía practicando esa frase desde hacía semanas, por lo que no sonó tan mal, ni tan fuera de lugar después de todo.
—No sé a qué estará jugando hoy J., pero teniendo en cuenta que usted es un buen empleado —dijo mirando algo en la pantalla de su computadora—, y que por lo general no hace gala de faltas de respeto, vamos a hacer de cuenta que no pasó nada. Lo mejor sería que regrese a su cubículo y retome sus tareas.
Asentí en silencio, sintiéndome derrotado sin haber siquiera comenzado a presentar batalla, sin haberme enterado de que me encontraba en guerra, sin conocer el momento exacto en el que habían comenzado las hostilidades y los malos entendidos.
—Ah, y una cosa más —me retuvo el gerente—, solamente el día en que los cerdos vuelen se permitirán faltas de respeto, como la que acaba de realizar, en ésta empresa. Espero que quede bien en claro.
Asentí una vez más.
Salí de la oficina y, antes de sentarme en mi puesto de trabajo fui al baño, necesitaba lavarme la cara, despejar mis ideas, repensar viejos esquemas y, también, orinar.
Al ver lo que alguno de mis compañeros había dibujado en la pared del baño fue más suficiente para tomar la decisión que, pensándolo de manera retrospectiva, llevaba demasiado tiempo postergando.
Esa tarde, luego de pasar algunos minutos retirando mis pocas pertenencias del cubículo, borrando archivos de la computadora y respondiendo algunos correos personales, entre ellos uno al gerente con el que había tenido tan amena charla unas horas antes, y a quien envié una fotografía de mi flamante descubrimiento. Una de las tantas minivengazas que cometía ese día (para no mencionar las monedas fuera de circulación y fichas del parquímetro, que usaba para atacar la máquina de café al menos una vez a la semana.
Me fui sin saludar, como la mayoría de los días,  camino del correo, para enviar mi telegrama de renuncia, comencé a sonreír.


Para quienes quedaron intrigados sobre lo que me encontré en el baño:


domingo, 8 de julio de 2018

Y golpear, a la velocidad del sonido, contra un muro de concreto

Para equivocarse hay que hacerlo bien. 
   De nada sirve hacerlo en parte o por simple azar. Al contrario, el error debe de ser violento, directo, sin posibilidad de vuelta atrás. Como la vida misma. 
   Esa es la razón por la cual, equivocarse de la manera correcta resulta tan difícil. Es un arte cuyas particularidades no se aprenden sino que se nace con ellas, como si de un don se tratara. Así como hay gente que sabe hacerlo, otra nunca lo logrará, en ningún momento, en ningún lugar. 
   Desconozco quiénes son lo que llegarán al final del camino, si aquellos quienes se enfrenta con él o quienes nunca lo conocerán. Podría postular interesantes teorías al respecto, todas contradictorias entre sí, pero, la verdad, dudo que exista alguien interesado en algo semejante. 
   En algún momento de la vida, supongo, habría que intentarlo. Habría que jugársela y enfrentar el resultado que se presente frente a nuestra realidad. Buscando, siempre, la posibilidad del fracaso, del error, en medio de tantas opciones de triunfo. La cuestión más preocupante es que no se nos enseña la manera adecuada de reaccionar frente a la incertidumbre más atroz. 
   ¿Qué hacer cuando aquello que podría ser pero que, también, podría no sea aún no se encuentra definido por completo? Ansiamos la rápido, lo directo y definitivo. Cualquier otra opción resulta una complicación de por sí innecesaria. 
   Podríamos continuar enumerando las quejas factibles de ser pero, lo cierto, lo real, lo verdadero, es que nunca nadie postuló que hacer del error una forma de vida fuera algo realmente factible y no un simple, claro e inevitable fracaso. 
   Otros, por supuesto, ni siquiera poseen esa opción.


Pd: La imagen no es mía, tampoco es algo que me haya sucedido personalmente...

domingo, 1 de julio de 2018

Lapacho (Yo me encargo)


Los valores son relativos. Es difícil acostumbrarse a algo semejante; más aun cuando nos hemos criado a lo largo de tantos años pensándolos de otra manera. Pero la sociedad cambia, las personas cambian, el mundo cambia. Todo cambia. Incluso nosotros mismos cambiamos, lo queramos o no, no demos cuenta de ello o no; cambiamos aún más cuando nos negamos a aceptarlo.
            Las viejas creencias, y no me refiero a la religión y sus cadenas llenas de anclas, sino a las creencias que nos dicen por dónde debemos caminar, cómo comportarnos, cómo ser personas acordes con nosotros mismos, cada día cambian más rápido. Dudamos primero de lo que ayer pensábamos que estaba bien, luego lo dejamos en segundo plano para finalmente acabar abandonándolo al poco tiempo.
            Quizá por eso me dejé llevar por sus palabras cuando dijo que se encargaría de aquellas tierras que, cuando niños, supimos disfrutar gratamente y que, luego de tanto tiempo, se habían convertido más en una molestia que en algo de lo que pudiéramos obtener algún beneficio. Apenas recuerdo qué fue lo que imaginé que haría al escucharle, el sentimiento de quitarme un peso de encima resultó más importante en ese momento.
            La memoria es extraña, nos engaña por puro placer, y nos dejamos engañar por ella. Imágenes de juegos y diversiones, de veranos bajo el sol, siempre en esa época del año, nunca en otra, corriendo junto a la brisa. Recuerdos en los que ni siquiera había reparado, estaban otra vez allí.
            Al poco tiempo, realmente rápido teniendo en cuenta la cantidad de papeles por reunir, formularios que completar, permisos, sellos, firmas, declaraciones impositivas, excepciones judiciales y similares, me informó  que estaba casi solucionado. Faltaban apenas unos días para que esa molestia, esas tierras inútiles en las que casi nada de lo que se intentara plantar prendiera, dejara de ser nuestra. Decidí que era tiempo de verla por última vez, con un dejo de añoranza que me pedía un punto final, que me insistía en volver a ver ese lugar para despedirme, innecesariamente, lo sé, pero, al mismo tiempo ineludible.
            Viajamos durante horas, en su auto primero, flamante de nuevo, con olor a cuero sintético recién salido de la línea de montaje y con pocos kilómetros en su haber; luego en una destartalada camioneta pick-up facilitada en una estación de servicio cercana al pueblo. Los caminos no eran los mejores, explicó, y tampoco era necesario arriesgar el auto nuevo para algo tan banal.
            Evité decirle que sus palabras me dolían, pero sabía que también lo sabía. No respondí. Me acomodé en el lugar del acompañante y esperé a que llegáramos. Sabía que mi pedido le molestaba, no comprendía mi necesidad de ver aquel lugar una vez más ahora que casi dejaban de ser nuestros. Carecía de sentido. Lo sé, pero pocas cosas en la vida tienen realmente sentido.
            La vieja hacienda, abandonada y sin otra cosa que marcara que allí había algo más que una tranquera atravesando el camino, se encontraba más o menos exactamente como recordaba. La antigua casona llevaba décadas siendo apenas una pila de escombros luego de que decidiéramos demolerla para evitarnos problemas si alguien más la ocupaba durante nuestras casi eternas ausencias. Las plantas parecían un poco más cuidadas, sin dudas, debido al trabajo que había realizado para volver aquel lugar, al menos un poco más atractivo a la vista.
            —Había un lapacho por allí —dije señalando hacia los escombros—, ¿recuerdas? Daba hermosas flores en primavera —dije con un tono que resultó bastante soñador en mis oídos.
            —Si, claro —respondió—, allí está —agregó señalando a mis espaldas.
            —¿Lo cambiaste de sitio…? —pregunté—. No lo veo —dije mirando los pocos árboles que habían quedado marcando la entrada a las tierras de la hacienda—. ¿Dónde está?
            —La tranquera —respondió aprontándose para regresar.
            Una vez más, como tantas veces en los últimos días, el silencio me cubrió. Conocía sobre la cuasi mitológica dureza de la madera del lapacho, que soportaba estoicamente los embates de la naturaleza como si nada; no imaginaba que hubiera sido capaz de hacer algo semejante con un árbol que formaba parte de tantos de nuestros recuerdos, de nuestro pasado, de nuestra vida.
Jamás hubiera imaginado que sus palabras, que su promesa de ocuparse personalmente de aquel asunto, llegaría a tanto. Aun cuando lo único que había hecho fuera cumplir con su palabra y todo lo que había hecho yo era evitar preguntarle a qué se refería con ello.



sábado, 23 de junio de 2018

Contemplaciones


Probablemente nunca lo sepa. Más que nada conociendo mi incapacidad para transformar en palabras ciertas situaciones. O mi desinterés por volver demasiado terrenal algo que necesariamente debe mantenerse en el mundo de lo meramente simbólico.
            Es cierto, también, que luego de tantos milenios de literatura, de poesía de la buena, pero también de la mala, hablando en todo momento del poder de las miradas, de la capacidad de ciertos ojos por volver realidad la fantasía, de los glaucos ojos de Atenea, y una infinidad de similitudes, resultaba imposible agregar algo a lo ya dicho. Pero, es cierto también, que en sus ojos se escondían las respuestas a la mayor parte de las cuestiones que denominaríamos universales. Esas que ni siquiera vale la pena pronunciar porque cada uno sabe a lo que se refiere.
            Nunca lo sabrá y, sin dudas, tampoco siquiera llegará a imaginar algo semejante. Más que nada porque no podía verse a sí misma como la vemos los demás. Mirarse a uno mismo en un espejo jamás tendrá el mismo efecto que el ser mirado desde un otro por completo diferente a uno mismo. Sí, es difícil de entender, así como difícil es comprender las sensaciones que se despiertan en alguien más al vernos, o que esa otra persona despierta en nosotros cuando la descubrimos al alcance de nuestra mirada.
            En esos ojos podrían haber visto universos por completos diferentes a los nuestros; pero se cerraban cuando sus labios se acercaban demasiado a otros. Esos ojos conocían la profundidad oculta en las almas más oscuras; y conservaban su brillo. Esos ojos recorrían lo minúsculo y lo inmenso por igual; y a todo otorgaba el mismo interés. Esos ojos me miraron un día, un único día; pero fue más que suficiente.


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Comienzo del Espacio publicitario:
En el número 27 de la Revista Pélago, publicado este mes de junio de 2018, pueden leer el cuento La Persistencia de la Memoria. Completamente gratis

También publicada en este mes de junio, en el número 28 de El Narratorio, pueden leer el cuento breve A la Capital, que forma parte del libro Fábulas del cuaderno verde.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 10 de junio de 2018

Hacia el siguiente universo

La vernissage se había extendido demasiado tiempo, el alcohol había fluido con demasiada… fluidez. Y la noche, pegajosa de humedad y diálogos plagados de referencias pseudoculturales, series de moda, escándalos de la farándula y alusiones que no comprendía del todo, se tornaba insoportaba a medida que los minutos se aplastaban uno sobre otro.
            Esperé lo que me pareció un tiempo prudencial para desaparecer sin que mi ausencia fuera tenida en cuenta y que el dialogo, tan insípido como insulso, continuara sin más. Dos horas. Podría haber huido antes, pero se parecería demasiado a una estampida de búfalos huyendo de cazadores inexpertos en las planicies; como la que se produjo con la llegada de las bandejas del catering y las copas de sidra disimulada como si de champagne se tratara, reforzando el estereotipo de que todo artistas es, en un porcentaje medianamente indecente, un muerto de hambre (¿metafóricamente hablando?). Regalé más de mi tiempo de lo que en cualquier otra situación hubiera aceptado para algo semejante.
            Claro que acceder a la invitación había sido el primero de los errores. Acercarme al lugar el segundo. Llegar antes del inicio, el tercero. Y la lista se tornaba cada vez más extensa a medida que transcurrían los segundos.
            Pero, ¿para qué mentir?, al menos algunos de los bocadillos tenían buen sabor.
            El problema era otro.
            ¿Por qué había aceptado ir? Aun sabiendo que ese tipo de espectáculos resultaba, como mínimo, aburrido, como máximo, demoledor para el humor y la cordura.
            Tal vez por eso, luego de empalagarme con algo que tomé de una de las bandejas sin saber su nombre, ni poder establecer tampoco una descripción medianamente coherente para señalar su filiación, si pertenecía al mundo de lo dulce o lo salado, o a ese otro espacio de lo agridulce, descubrí la mejor ruta de escape: los baños se encontraban en la misma dirección que la puerta de salida.
            Ni siquiera fue necesario el que me despidiera.
            Tan pronto como salí a la calle, hice señas a un taxi vacío. Me encontraba en una de las avenidas del centro donde el barrio se abre paso por sobre la ciudad y el mantener un “Centro Cultural”, o un “Espacio de arte”, o alguna denominación similar, resulta más económico; allí comenzó la segunda parte de mi aventura.
Si, todo lo anterior no era más que el prólogo para comprender cómo había llegado a subir a ese taxi, a saludar al chofer con el habitual gesto de cabeza y decirle que avanzara sin más, que se alejara tan rápido como había cerrado la puerta que ya pensaría hacia dónde ir.
            Pasaron varias calles, creo que alguna avenida, o algo así, mientras esperaba que las burbujas del falso champagne se calmaran en mi cabeza, hasta que escuché la áspera voz del taxista, sin dudas habituado al trabajo nocturno, pero no por ello menos cansado, menos necesitado de sueño(s), descanso, ver el sol dorándole la piel y vaya uno a saber cuántas cosas más.
            —¿Dónde lo llevo jefe? —preguntó. Ignoro realmente qué era lo que más le molestaba de la situación. El taxímetro estaba funcionando y pagaría lo que fuera a consumir; ¿por qué tanto apuro?
            —En la próxima calle gire hacia el siguiente universo —respondí aún con los ojos cerrados.
            El silencio que provocaran mis palabras me obligó a abrir los ojos y descubrir al taxista mirándome por el espejo retrovisor. No había odio en su mirada, ni resignación por ser el objeto de innumerables bromas mal dirigidas y de pésima calidad, ni por la infinidad de pasajeros que no sabía cómo mantener un diálogo de situación. No, no había nada de eso sino que, al contrario, lo que en ellos vi resultó por completo diferente.
            Ese brillo tan fuera de lugar en unas pupilas tan marrones como comunes en esta parte del mundo, ¿era de júbilo?
            —¿Qué…? —comencé sin saber muy bien qué decirle.
            —Llevo años esperando a que sucediera algo así —dijo interrumpiéndome—. Será mejor que se ajuste el cinturón y se coloque el casco.
            —¿Casco? —pregunté mientras veía como él mismo hacía lo que acababa de recomendarme sin poder decir de dónde había sacado el casco que ahora se colocaba. Me hizo un gesto con una mano señalando hacia atrás, allí me di cuenta que llevaba guantes sumamente gruesos y de aspecto pesado (de seguro eran muy caros, en la lógica de los 90s). Detrás del asiento que ocupaba había, efectivamente, un casco similar al suyo. ¿Cómo no lo había visto cuando subí al taxi? ¿Cómo es que no llamó mi atención antes?
            Giró en la siguiente calle, no me fijé si lo hacía en la dirección correcta, tampoco me importaba tanto. Comenzó a aumentar la velocidad más y más, mucho más que ochenta y ocho millas por hora en un lugar que no estaba preparado para algo semejante.
            —¿Qué está haciendo? —le pregunté.
            —¡Póngase el casco! —gritó.
            Con movimientos torpes, de quien nunca utilizó nada semejante, me coloqué esa cosa sobre mi cabeza, el vidrio estaba espejado, era tan negro que apenas sí podía ver. Las ruedas delanteras golpearon contra algo que parecía ser un reductor de velocidad y el salto me hizo golpear contra el techo de la cabina, pues no había llegado a ajustarme el cinturón de seguridad.
            —¡Más despacio animal! —grité.
            —Pero… —respondió más tranquilo el chofer—, era la velocidad de escape necesaria.
            —¿De qué rayos (no usé la palabra rayos, sino otra que deberán imaginarse) está hablando? —dije mirando hacia el frente luego de acomodarme una vez más en el asiento.
            Contemplé ya sin estupor, porque por esa noche había superado la cantidad de emociones a las que podía recurrir para una descripción, el vacío y las estrellas. Una galaxia en la lejanía, un planeta que pasaba a nuestro lado, un puesto de venta callejera de artesanías sobre un asteroide, y tanta negrura que parecía tragárselo todo.
            Mi mandíbula se abrió de tal manera que, de no ser por el casco, habría golpeado contra mi pecho.
            —¿Qué es eso…? —pregunté sin saber muy bien a qué parte de cuanto me encontraba mirando, me refería.
            —El siguiente universo —respondió el chofer—, dos horitas, más o menos, si no hay mucho tráfico, llegamos.
            Miré los números que no dejaban de crecer en el taxímetro junto con otros símbolos extraños y por completo desconocidos para mí. Lo que más me preocupaba en ese momento no era el valor realmente astronómico del viaje, sino la remota posibilidad de encontrar, en algún momento del trayecto, un baño en el cual liberar a mi vejiga de tanto champagne sabiendo que aquella sería la última vez que tomara un taxi al salir de una maldita vernissage.