Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 10 de junio de 2018

Hacia el siguiente universo

La vernissage se había extendido demasiado tiempo, el alcohol había fluido con demasiada… fluidez. Y la noche, pegajosa de humedad y diálogos plagados de referencias pseudoculturales, series de moda, escándalos de la farándula y alusiones que no comprendí del todo, se tornaba insoportaba a medida que los minutos se aplastaban uno sobre otro.
            Esperé lo que me pareció un tiempo prudencial para desaparecer sin que mi ausencia fuera tenida en cuenta y que el dialogo, tan insípido como insulso, continuara sin más. Dos horas. Podría haber huido antes, pero se parecería demasiado a una estampida de búfalos huyendo de cazadores inexpertos en las planicies, como la que se produjo con la llegada de las bandejas del catering y las copas de sidra disimulada como si de champagne se tratara, reforzando el estereotipo de que todo artistas es, en un porcentaje medianamente indecente, un muerto de hambre (¿metafóricamente hablando?). Regalé más de mi tiempo de lo que en cualquier otra situación hubiera aceptado para algo semejante.
            Claro que acceder a la invitación había sido el primero de los errores. Acercarme al lugar el segundo. Llegar antes del inicio, el tercero. Y la lista se tornaba cada vez más extensa a medida que transcurrían los segundos.
            Pero, ¿para qué mentir?, al menos algunos de los bocadillos tenían buen sabor.
            El problema era otro.
            ¿Por qué había aceptado ir? Aun sabiendo que ese tipo de espectáculos resultaba, como mínimo, aburrido, como máximo, demoledor para el humor y la cordura.
            Tal vez por eso, luego de empalagarme con algo que tomé de una de las bandejas sin saber su nombre, ni poder establecer tampoco una descripción medianamente coherente para señalar su filiación, si pertenecía al mundo de lo dulce o lo salado, o a ese otro espacio de lo agridulce, descubrí la mejor ruta de escape: los baños se encontraban en la misma dirección que la puerta de salida.
            Ni siquiera fue necesario el que me despidiera.
            Tan pronto como salí a la calle, una de las avenidas del centro donde el barrio se abre paso por sobre la ciudad y el mantener un “Centro Cultural”, o un “Espacio de arte”, o alguna denominación similar, resulta más económico; hice señas a un taxi vacío y comenzó la segunda parte de mi aventura.
Si, todo lo anterior no era más que el prólogo para comprender cómo había llegado a subir a ese taxi, a saludar al chofer con el habitual gesto de cabeza y decirle que avanzara sin más, que se alejara tan rápido como había cerrado la puerta que ya pensaría hacia dónde ir.
            Pasaron varias calles, creo que alguna avenida, o algo así, mientras esperaba que las burbujas del falso champagne se calmaran en mi cabeza, hasta que escuché la áspera voz del taxista, sin dudas habituado al trabajo nocturno, pero no por ello menos cansado, menos necesitado de sueño(s), descanso, ver el sol dorándole la piel y vaya uno a saber cuántas cosas más.
            —¿Dónde lo llevo jefe? —preguntó. Ignoro realmente qué era lo que más le molestaba de la situación. El taxímetro estaba funcionando y pagaría lo que fuera a consumir; ¿por qué tanto apuro?
            —En la próxima calle gire hacia el siguiente universo —respondí aún con los ojos cerrados.
            El silencio provocado por mis palabras me obligó a abrir los ojos y descubrir al taxista mirándome por el espejo retrovisor. No había odio en su mirada, ni resignación por ser el objeto de innumerables chistes mal dirigidos y de pésima calidad, ni por la infinidad de pasajeros que no sabía cómo mantener un diálogo de situación. No, no había nada de eso sino que, al contrario, lo que en ellos vi se encontraba por completo fuera de lugar.
            Ese brillo tan fuera de lugar en unas pupilas tan marrones como comunes en esta parte del mundo ¿era de júbilo?
            —¿Qué…? —comencé sin saber muy bien qué decirle.
            —Llevo años esperando algo así —dijo interrumpiéndome—. Será mejor que se ajuste el cinturón y se coloque el casco.
            —¿Casco? —pregunté mientras veía como él mismo hacía lo que acababa de recomendarme sin poder decir de dónde había sacado el casco que ahora se colocaba. Me hizo un gesto con una mano señalando hacia atrás, allí me di cuenta que llevaba guantes sumamente gruesos y de aspecto pesado (de seguro eran muy caros, en la lógica de los 90s). Detrás del asiento que ocupaba había, efectivamente, un casco similar al suyo. ¿Cómo no había visto cuando subí al auto? ¿Cómo es que no llamó mi atención antes?
            El auto giró en la siguiente calle, no me fijé si lo hacía en la dirección correcta, tampoco me importaba tanto. Comenzó a aumentar la velocidad más y más, mucho más que 88 millas por hora en un lugar que no estaba preparado para algo semejante.
            —¿Qué está haciendo? —le pregunté.
            —¡Póngase el casco! —gritó.
            Con movimientos torpes, de quien nunca utilizó nada semejante, me coloqué esa cosa sobre mi cabeza, el vidrio estaba espejado, era casi negro que apenas sí podía ver algo. Las ruedas delanteras golpearon contra algo que parecía ser un reductor de velocidad y el salto me hizo golpear contra el techo de la cabina, pues no había llegado a ajustarme el cinturón de seguridad.
            —¡Más despacio animal! —grité.
            —Pero… —respondió más tranquilo el chofer—, era la velocidad de escape necesaria.
            —¿De qué rayos (no usé la palabra rayos, sino otra que deberán imaginarse) está hablando? —dije mirando hacia el frente luego de acomodarme una vez más en el asiento.
            Contemplé ya sin estupor, porque por esa noche había superado la cantidad de emociones a las que podía recurrir para una descripción, el vacío y las estrellas, una galaxia en la lejanía, un planeta que pasaba a nuestro lado, un puesto de venta callejera de artesanías sobre un asteroide, y tanta negrura que parecía tragárselo todo.
            Mi mandíbula se abrió de tal manera que, de no ser por el casco, habría golpeado contra mi pecho.
            —¿Qué es eso…? —pregunté sin saber muy bien a qué parte de todo lo que estaba viendo, me refería.
            —El siguiente universo —respondió el chofer—, dos horitas, más o menos, si no hay mucho tráfico, llegamos.
            Miré los números que no dejaban de crecer en el taxímetro junto con otros símbolos extraños y por completo desconocidos para mí. Lo que más me preocupaba en ese momento no era el valor realmente astronómico del viaje, sino la remota posibilidad de encontrar, en algún momento del trayecto, un baño en el cual liberar a mi vejiga de tanto champagne sabiendo que aquella sería la última vez que tomara un taxi al salir de una maldita vernissage.

domingo, 3 de junio de 2018

Falsas expectativas


Corría el año 1994. Envuelto en la nueva moda de los dinosaurios iniciada por el clásico de 1993 (que aún no lo era, pero casi), de Crichton Parque Jurásico, el cual leía con fruición como muchos otros lo hacen libros (podría mencionar varios, pero el interés no es generar conflicto sobre cuál libro vale la pena rescatar y cuál no, o qué debemos entender por ficción y qué no), en la escuela. Después de haber visto en pantalla gigante a las enormes criaturas de la película, intentaba recrear las mismas situaciones leyendo una y otra vez el libro.
            Tal es así que cualquiera que me encontrara en algún recreo, en una hora libre, o en cualquier momento en el que no tenía alguna otra cosa para hacer, me vería con el libro en mis manos. Rememorando esas épocas, supongo que habrá sido en ese momento en el que la afición por la lectura superó cualquier otra opción, llámese a la misma deporte, televisión, sociabilidad, o como les guste. Afición de la cual en ningún momento he renegado (aún).
            Era el año, también, de la moda según la cual, para los cumpleaños de los compañeros del curso, el resto se ponía de acuerdo entre todos, sin que el festejado “lo supiera”, para juntar algo de dinero y regalar de ese modo algo que fuera más allá de lo que pudiera comprar cada uno de manera individual. Realizar, supuestamente, un regalo que superador. Claro que nunca lo era; pero eso es otra cuestión.
            Se acercaba mi cumpleaños y sabía, claramente, lo que se organizaba. Eran tan evidentes que cada vez que me acercaba a algún grupo de compañeros se quedaban en silencio hasta que volvía a alejarme de ellos. Cosa que, por otro lado, no me molestaba en lo más mínimo.
            En uno de los recreos, varios días antes de la fecha en que se celebraría un nuevo aniversario de mi natalicio, una de las chicas del curso se acercó a mí. Enviada tal vez como sacrificio para aplacar la furia de los dioses antiguos, tal vez porque creían que una sonrisa podría congraciarse conmigo, tal vez porque en verdad no sabían cómo resolver el asunto. En ese momento no me resultó para nada extraño el desconocimiento de los unos sobre los otros a pesar de los años que llevábamos en la misma escuela, en el mismo salón, compartiendo los mismos momentos; por lo que me preguntó directamente qué esperaba que se me regalara.
            —¿Ves esto? —le dije mostrándole el libro que tenía en mis manos. La portada roja, las letras blancas sobre fondo negro, el dinosaurio mal diseñado a partir de sombras.
            —Es un libro —respondió.
            —Exacto —dije sin agregar nada más.
            —Pero… —comenzó una frase que quedaría inconclusa aunque cargada de sentido. Esa sola expresión me decía que ya habían comprado mi regalo; pero sólo lo comprendí más tarde.
            El diálogo, claramente, no continuó.
            Días después, obligado por las convenciones sociales, ya que a cierta edad no existe forma de escaparle a semejante imperativo categórico de organizar una fiesta de cumpleaños en la casa de mi familia pero para los compañeros del colegio, esperaba la llegada de mi regalo. La lista de títulos de posibles libros, todas novedades del último año, claramente, ya que la pasión por libros mejores (y en este caso mejor no es sinónimo de novedad, ni de antigüedad, se entiende), llegaría muchos años después.
            Ante la mirada atenta de los compañeros que, intuía, eran los que habían colaborado con el dinero para los regalos, vi llegar dos paquetes descuidadamente envueltos en los que mal podría disimularse un libro en su interior. ¿Por qué son dos? Pensé abriendo el primero de ellos que resultó ser un buzo de friza (un abrigo), gris, con la imagen de un alienígena sonriendo en el frente. De seguro esa imagen, el alien, era lo que interpretaban, o la forma en que se me veía hacia el interior del grupo, de donde no han salido grandes deportistas, políticos, músicos de renombre, ni nada similar.
            El otro paquete, más voluminoso, pero también más liviano, que el anterior, contenía un bolso de viaje diseñado por quien sin dudas se creía cercano a los ideales de Benetton, ya que casa fragmento de tela era de un color diferente al anterior, predominando el amarillo (vaya uno a saber por qué), el verde y el azul, pero también con trozos rojos, negros y variantes de los anteriores.
            ¿Dónde estaba, entonces, el libro que esperaba? No estaba en ningún sitio, nunca había habido libro alguno. Tan sólo soñé con algo que nunca sería real dadas las condiciones en las que me encontraba.
            El buzo quedó inutilizado luego de su primer lavado, ya que la tela se contrajo y dejé de ser capaz de entrar en él. La vida útil del bolso fue un poco más extensa ya que, después de todo, cumplía su función y, de tan ridículo, imposible perderlo de vista.
            Lo vivido me sirvió, por otro lado, que aprender y aprehender algo que hubiera tardado muchos años más en descubrir por mi propia cuenta. ¿Qué es lo que aprendí? Y aquí comienzo a utilizar el tono de moraleja, que suena mejor en este tipo de relatos de pseudosuperación personal: Aprendí a no esperar nunca nada de nadie. Un aprendizaje duro, oscuro, doloroso, aunque necesario. Ya que, cuando se deja de esperar que algo determinado suceda y efectivamente sucede, es más fácil sorprenderse, la alegría es más genuina.

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Ahora, para cortar tanta amargura:
En el número 6 de la revista digital Callejón de las Once Esquinas [AQUÍ], del mes de junio de 2018, pueden encontrar el relato Nata, que los seguidores habituales de Proyecto Azúcar ya conocer.
También, en el número 5 de la misma Revista [AQUÍ], se publicó, en el mes de Marzo, el relato, Enemigos del Hombre.
Los interesados puedes continuar la lectura por allí.
Nos leemos
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sábado, 26 de mayo de 2018

Pino (Escalera al Cielo)


Tomó la idea de una canción. ¿Para qué mentir? El título era más que suficiente como plan de trabajo a seguir: construir una escalera al cielo.
            Comenzó con los diseños preliminares a partir de los materiales que tenía a su alcance y, luego de realizar varias consultas a personas especializadas en la materia, se decidió por uno que presentaba las características ideales de maleabilidad, flexibilidad, precio y acceso al mismo: madera de pino.
            Con las primeras decisiones, el diseño original comenzó a modificarse, ya que resultaba un tanto complicado llevar adelante la idea sin tener en cuenta que necesitaría una base material que sustentara el peso de la mole de madera, más allá de lo que podía calcular con la regla de tres simple y sus propios dedos ante la mirada atónita de los consultados. Cuestiones que, al comenzar el proyecto, ni siquiera se había detenido a pensar.
            Más allá de las imperfecciones de los dibujos iniciales, el proyecto se construía a sí mismo. La idea resultaba atractiva y más allá de algunos pocos crédulos que señalaban lo irrealizable del mismo debido al material elegido, la falta de criterio de oportunidad y utilidad, y porque algo tan abstracto como el mismo cielo difícilmente existiera, la cantidad de ayuda de todo tipo que recibía mientras se aprontaba para iniciar la construcción, no dejaba de aumentar.
            Consiguió aportes de empresas privadas que aprovechaban la buena fe del proyecto para lavar su nombre. Realizaron su aporte políticos de todo el arco ideológico en desuso, con el único fin de obtener algunos votos a cambio. Personas en general, de los pueblos cercanos, y de rincones lejanos, luego de que la noticia se viralizara en las redes asociales, llevaban lo que podían: herramientas, horas de trabajo, comida, bebida, sentimientos para compartir y vender, ropa nueva y usada. De todo llegaba al sitio elegido para la construcción de los cimientos de la futura escalera al cielo.
Se donaron miles de hectáreas con pinos específicamente plantados para abastecer la obra; se acumulaba en galpones distribuidos por toda la región las herramientas y otros materiales necesarios; la industria del mueble hogareño se vio obligada a cambiar de materiales ante la escasez y la especulación de los aserraderos en cuanto al precio final de la madera de pino. La economía se había reactivado luego de tantos años de estancamiento y retracción; muchos estaban contentos por ello, otros no tanto.
            Tanta era la cantidad de materiales que pocas eran las personas que realmente podrían llegar a percatarse de que solamente quedaban en el sitio lo que apenas sí valía algo. Las grandes maquinarias, nuevas y con el olor de lo recientemente ensamblado, llegaban un día y desaparecían al siguiente. Los materiales se evaporaban en los depósitos. El dinero de la cuenta bancaria fluctuaba de día en día en gastos vinculados con la obra, claramente, decían quienes tenían acceso a tan sensible información.
            Dos semanas antes del día fijado para el comienzo de las obras, el proyecto recibió un importante subsidio por parte del estado. Una cantidad de dinero con tantos ceros que parecía sacado de una mala película sobre robos increíbles e impracticables en la realidad. Hasta el momento no se había invertido tal cantidad de dinero en una obra semejante, en ningún tipo de obra, en ningún proyecto, en la historia de la humanidad ni del país.
Se intentó justificar semejante asignación de dinero del erario público de una manera similar a la siguiente: Una escalera al cielo merece todo el esfuerzo que pueda realizar nuestra sociedad, aún a costa del hambre, la sed, la educación y la salud de las generaciones venideras. El mundo escuchará hablar de nuestro país, que dejará de ser uno más, perdido en un mapa atravesado de fronteras imaginarias. Al contrario, el mundo entero podrá ubicarnos el cualquier mapa, sin la menor dificultad. Y vendrán a visitarnos a raudales, a conocer el fruto de nuestro esfuerzo, el sudor de nuestra frente, el color de nuestro pueblo, el ardor de nuestras mujeres, el coraje de nuestros trabajadores que desafían, y desafiarán, la ley de gravedad en inverosímiles alturas.     El día en que se colocaría la simbólica primera piedra, que en realidad sería una cuña de madera marcando el punto cero de la construcción, en vano esperó la comitiva la llegada del ilustre espíritu romántico que ideara semejante proyecto. Esperaron y esperaron, durante horas, desde la mañana hasta pasado el mediodía, pues entendían que, algunas veces, los soñadores suelen ser un tanto descuidados con el tiempo y con las convenciones sociales.
            Continuarían esperándolo de no ser porque uno de los presentes tuvo la idea de chequear el estado financiero de la cuenta bancaria del proyecto y encontrarse, en lugar de los consabidos millones, un único y aterrador cero que parecía sonreírle desde la diminuta pantalla de su no tan inteligente teléfono celular.
            El resto de la tarde, los pinos de los campos cercanos, enterados de la cancelación del proyecto, recuperaron la tranquilidad de saber que, al menos a la brevedad, nadie los talaría.


domingo, 13 de mayo de 2018

Vacaciones


Habían intentado convencerme en varias oportunidades, con argumentos endebles y criterios que en nada se acercaban a la realidad, por lo que siempre me negué, a cumplir con el mandato social de vacacionar en temporada veraniega. En cada oportunidad encontraba la manera de continuar con mis actividades o, en todo caso, descubría que contaban con el tiempo real para dedicarme a las mismas. Tampoco entendía muy bien el motivo de dispendiar un dineral con el único fin de conseguir una serie de fotografías de dudosa calidad en paisajes bien conocidos, recuerdos deslucidos por el cansancio que amerita el visitar cada sitio señalado como digno de serlo en las guías de turismo, acarrear costosos souvenirs mal construidos, peor acabados y mal recibidos por quienes pensamos que se congraciarían con nosotros por obsequiarles con algo tan horrendo, como algo que debía hacer sí o sí.
            Transcurrieron años en los escuchaba, una y otra vez, las mismas anécdotas, de las mismas personas, con mínimas variaciones que ellos no distinguían pero que, gracias a mi memoria, podía ver sin dificultades. Eso para no mencionar las discusiones que se generaban cuando señalaba tales similitudes y ponía en tela de juicio la validez no ya del sistema de abonar cuotas de precios inflados durante todo un año para disfrutar de 15 días de supuesto esparcimiento, sino la validez misma de todo cuanto hacíamos como seres humanos.
            Poco a poco logré que nadie me incluyera en sus conversaciones.
            Decir que perdí demasiado por ello es faltar rotundamente a la verdad.
            Logré, en cambio, que nadie notara mi ausencia cuando por fin decidí poner en práctica cada una de las recomendaciones sobre las que había tomado nota en los últimos años y partí a realizar mi viaje iniciático. Claro que nada tenía de inicio ni de descubrimiento, ni de cosa parecida; era, tan sólo, alejarme de la vorágine habitual antes de reiniciar, una vez más, porque no existía otra opción, la rutina.
            Me escapé, al lugar más inesperado, más recóndito, menos fotogénico y en el que esperaba que nada sucediera fuera de lo normal. Pero, maldita sea mi suerte, ni siquiera así, viviéndolo en el secreto de que solamente perduraría de mi viaje el recuerdo del mismo, logré mi cometido.
            Como podrán notar por la única fotografía que conservo de ese momento, con la que pretendía recuperar la vieja tradición de las tarjetas de visita, hasta que me di cuenta del valor histórico incalculable de la misma y semejante cometido quedó trunco. La viralización posterior, a cargo del imprentero que debía realizar las tarjetas y que notara la particularidad de la fotografía, me quitó cualquier posibilidad de nada.
De seguro ya conocen la fotografía de la que hablo, aquella en la que se ve, en un segundo plano descuidad y mal enfocado, porque no era eso lo que realmente importaba, el inicio de la invasión que actualmente nos encontramos enfrentando. Y ello a pesar de las claras señales que indicaban que en aquel lugar sucedían cosas extrañas.
            De por sí, fueron mis primeras y últimas vacaciones por igual.

domingo, 6 de mayo de 2018

Ceibo (Colores)


Cuando comenzaron los problemas, hace tanto tiempo que hablar de años se torna insuficiente, podría habérmelo tomado con gracia. Eso de no distinguir ciertos colores, confundir la gama de los verdes y los rojos por un tiempo, para comenzar a confundir la gama del amarillo y el azul a los pocos meses y que alteraba a los médicos incapaces de ver un poco más allá, resultaba un poco gracioso. Casi tanto como hablar de médicos que no podían reconocer el problema que veían en mis ojos; pero la ironía nunca se me dio del todo bien, muchas veces acaba convirtiéndose en un arma de doble filo.
            Decían que era simple daltonismo, que no era nada, que tenía poca importancia, que la edad, así como otros factores climáticos, sociales, económicos y genéticos, creaban síntomas similares. Sabía, lo intuía, o lo percibía en mis ojos, que aquello era diferente; iba más allá de confundir una luz roja por una verde, o de tener que especificarle al vendedor de la casa de ropa lo que quería sin dar cuenta de que cada uno de los suéteres que me mostraba resultaban ser iguales.
            El color desaparecía. Acromatopsia es el nombre, los síntomas son disímiles. Si tienes suerte naces con ese defecto y puedes acostumbrarte al mundo, al universo, a la vida y la muerte en blanco, negro y en maravillosos tonos de grises. Si no la tienes, los colores que supiste conocer, y todo lo a ellos asociado, ni siquiera puedes recuperarlo en los sueños. Pues claro, los recuerdos también son en tonos sepia; cualquier chiquillo sabe eso, el color sólo vive en el presente.
            Sin intenciones de escuchar las mismas expresiones de sorpresa y desconcierto en cada médico que visitaba para una nueva consulta sobre el estado de mis ojos; me retiré a la vieja casona que todavía conservaba en el delta del Paraná. Herencia de épocas pasadas, cuando algún familiar supo hacer alguna clase de negocio importante, compró terrenos, construyó casas en varios lugares para acabar muriéndose sin poder ver sus ideas terminadas. Herencia que, por otro lado, a pesar del tamaño de la construcción, la ubicación privilegiada cerca de los ríos transitables y una serie de cuestiones que el martillero de la inmobiliaria se encargaba de catalogar en cada visita, ante cada nuevo intento, la venta siempre fracasaba.
            El estado de la construcción tampoco ayudaba mucho; salvo por la cocina, una gran sala que funcionaba de estar, comedor, recibidor, depósito de muebles viejos, una de las habitaciones con vista al río y a la isla que se encontraba inmediatamente del otro lado, y el único baño, el resto de la casa se encontraba en diferentes estadios de abandono cercanos a la ruina. Eso explicaba, en parte, el que aún permaneciera en la familia.
            Allí, escondido, lo sé muy bien, nadie me molestaría con preguntas del tipo: ¿De qué color es el cielo hoy? ¿De que color está pintada esa pared? ¿Esta camisa te parece más roja que la anterior? Y la infinidad de invenciones similares a las que debía, necesariamente, responder con una sonrisa y festejar la inventiva.
            La lancha almacén pasaba dos veces por semana por el muelle de la casa y traía cuanto necesitaba. Las visitas no se acercaban tanto, preferían en continente y, para mí, eso estaba por demás bien. En las cercanías de la estación fluvial, donde terminaba, o comenzaba, el viaje por el Delta, había un banco con un cajero automático que me permitía ir y volver a la casa en, digamos, poco tiempo. Nada más me preocupaba. Había ido hasta aquel sitio con la intención de desaparecer, de no estar allí, de irme, de, en definitiva, de escapar de todo. Era una suerte, entonces, contar con conexión a la red en cualquier punto del planeta y continuar trabajando como si nada hubiera cambiado, siendo realmente incapaces de desconectarnos de ello (esta última frase debe ser entendida como el más puro sarcasmo, evidentemente).
            Despertaba cada mañana cuando el sol, inesperadamente, porque dudo que haya sido pensada de ese modo, entrando por el gran ventanal que ilumina y ventila la habitación. Una luz blanca, un poco más pálida en el invierno, un poco más clara en primavera, enceguecedora en verano, acariciándome la piel, señalando su presencia a través del calor y poco más.
            La mayoría de los días me obligo a levantarme para cerrar la gruesa cortina de paño que intencionalmente dejé abierta la noche anterior. Miro entonces los ceibos del otro lado del río, contemplo el paisaje que es siempre el mismo aun sin serlo; alguna lancha ocasional, turistas en verano, escolares en otoño, basura flotando abandonada la mayor parte del año… casi siempre igual.
            Sin embargo, aquello que motivó la anterior reminiscencia cambió la tonalidad de aquella vida encerrado en un mundo blanco, negro y gris.
Hoy, los ceibos habían florecido, es cierto, como cada primavera, pero, ésta vez, lo habían hecho con todo el esplendor del que eran capaces lograr, con todos y cada uno de los colores que la naturaleza le asignada. Colores que regresaban a mis ojos y se sentían como un fuerte, intenso y punzante dolor en el pecho, el brazo izquierdo acalambrándoseme, lágrimas empañando mis ojos y dificultades para respirar aún cuando nunca sufriera de asma.
            La alegría, sin dudas, me dejaba sin fuerzas. Tal vez me quede aquí sentado un rato más contemplando esos colores tan únicos, tan irrepetibles, tan últimos.