Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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domingo, 4 de diciembre de 2022

Doppeltgänger

Allí estaba él, como siempre a unos cuantos pasos de mí. Cinco, tal vez seis, no mucho más. Mirándonos de frente, de perfil, de espaldas, caminando uno detrás del otro, lo mismo da, él siempre está allí. Lo miro, no sé quién es pero lo miro, y entiendo que hay algo entre nosotros, algo que nos une, algo que me impulsa a acercarme a él. Doy un paso acercándome, y en ese mismo instante, él se aleja un paso. No entiendo por qué o cómo lo hace. Tal vez adivina mis movimientos, los percibe en mis gestos, tal vez llevamos tanto tiempo en esto que sabe cómo pienso, está tan dentro de mi cabeza que me conoce mejor de lo que yo lo hago. Me gustaría saber si hay una respuesta, aunque sea para una parte de todo esto. Aun sabiendo que nunca lo sabré, no puedo dejar de preguntármelo.
    Doy otro paso, esta vez para alejarme, de espaldas, sin mirarlo. Escucho sus pasos, tienen el mismo sonido que los míos. Su respiración es lo único que hasta el momento resulta diferente, más agitada, confusa. En todo lo demás, en cada otro detalle de su persona y la mía, somos idénticos. A pesar de esto, sigo sin saber quién es él.
    Recuerdo que lo descubrí entre la multitud una tarde de hace ya tanto tiempo que no podría decir cuál de ellas, incluso existe la posibilidad de que haya sido en algún amanecer y no en el crepúsculo. Me miraba como yo lo miraba a él, con intensidad, con desconcierto, con miedo, con fascinación. En mi recuerdo yo no lo buscaba, hoy no estoy tan seguro de que haya sido así. Tal vez, si bien no lo buscaba, lo esperaba. Esa tarde, ese amanecer, en ese momento, comenzó nuestra compleja y elaborada danza. Doy un paso hacia él, él se aleja un paso de mí. Doy un paso alejándome de él, él da un paso acercándose a mí. Levanto mi brazo solo para ver como él hace otro tanto. Camino, hablo con gente, subo al ómnibus, y él también lo hace. Sé que no es mi reflejo ni soy yo el suyo, nuestra relación es más compleja. Lo demostró cualquier otra tarde, o tal vez fuera durante cualquier otro amanecer, en el que la calle por la que avanzábamos se encontraba desierta y me detuve a mirar algo, un detalle en una fachada, un reflejo del sol en algún cristal, la danza de un árbol al viento, el polvo flotando en un haz de luz, cuando sentí un latigazo en mi rostro, un dolor tan inesperado como brutal e inentendible. Me llevé la mano a la cara, no había sangre, no había nada salvo dolor. Sin comprender, y como acto reflejo, lo miré buscando una respuesta. Él había avanzado un paso hacia mí y se preparaba a dar otro paso, su siguiente movimiento no había comenzado aún que volví a sentir el mismo sacudón, el mismo dolor del otro lado de mi rostro antes de que él diera su paso hacia mí.
    No parecía enojado, sorprendido ni alguna otra emoción que pudiera descifrar en su rostro, aunque algo extraño se distinguía en él. Me miraba, y mientras le miraba supe que iba a dar otro paso. Retrocedí uno, dos, tres pasos para evitar el nuevo dolor en mi rostro. Creo que entonces sí pude entender en su expresión esa sonrisa de satisfacción.
    Desde ese momento comenzó una competencia atroz en la que él lleva la ventaja. Tiene más experiencia en repetir mis gestos, mis movimientos, mis acciones, lleva más tiempo en esto y sé que nunca se equivoca ni se equivocará. Jamás recibirá como castigo un dolor similar al de un latigazo sobre su rostro. En cambio, yo deberé acostumbrarme a esto poco a poco, aunque nunca lo haré con el dolor, porque uno nunca se acostumbra al dolor. Comienzo a imitarlo con mayor precisión, cada vez más cerca de ser idéntico, él no deja de intentar sorprenderme, cosa que logra de vez en vez, pero es cierto que le cuesta cada vez más lograrlo.
    Cuando doy un paso, él da otro. Cuándo es él quien lo da, me obliga a repetirlo quiera o no quiera hacerlo. La voluntad del más fuerte será la que se imponga. Nos queda averiguar cuál de las dos será. Por lo pronto, continúo presentando batalla.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Lo que no fue

Cuando sonó la campana de salida llevaba tanto tiempo pensando en lo que haría luego que no perdió tiempo. Dejó las herramientas junto a la máquina, bien a la vista de quien ocuparía ese puesto en el turno siguiente y para que no volvieran a acusarlo de robárselas, corrió luego hacia las duchas con el anhelo de llegar antes de que se acaba el agua caliente y lograr así quitarse al menos una parte del sudor, la grasa y el cansancio. Aunque extraño, la grasa era lo que más fácil se quitaba, con un poco de agua y con el jabón adecuado, para lo demás aún no encontraba una solución.
    El último transporte, el que espera a los rezagados del turno, se incrustó en la oscuridad de la noche cerrada abriendo una cuña de luz de poco más de dos o tres metros hacia el frente. Por fuera de ese cono de luz el mundo bien podría haber desaparecido y solo quedarían las ráfagas de viento y arena que se azotaban contra las ventanillas. Se arrellenó en el asiento intentando que su cuerpo agotado no se acomodara demasiado y se durmiera, sino solo lo necesario para los dolores y molestias no fueran más que eso. Miró hacia el frente, aunque como cada noche, fuera del reflejo de las luces no había nada.
    Después de una hora, tal vez más, tal vez menos, de viajar en esa oscuridad, bajó en un cruce de caminos indistinguible. El chófer del transporte lo miró como queriéndose asegurar de que efectivamente quería bajar en ese lugar. Le mostró el puño cerrado y el pulgar levantado. Se quedó con la mano en la misma postura hasta que las luces se perdieron en la distancia y el ruido del motor se alejó con el viento. Solo cuando no quedaba otra cosa en la noche más que su cuerpo cansado, el latir de su corazón en sus oídos y el viento agitando su ropa, comenzó a caminar por uno de los senderos más desdibujados, casi borrados en la arena.
    El sendero que seguía se bifurcaba, se entrecruzaba y era cortado por otros tan parecidos entre sí que podrían haber sido el mismo. Senderos que dibujaban una geografía de pasos indistinguibles en la noche. El tronco partido y reseco de un solitario árbol con el que casi choca de frente, le aseguró que no había equivocado sus pasos. Le indicó también que faltaba menos para llegar.
    Continúo hasta que en la lejanía comenzó a adivinarse una primera dubitativa claridad. Apretó el paso sintiendo la cercanía del día y la necesidad del descanso. La ruta había quedado tan atrás como los ruidos incesantes de la fábrica a la que pronto debería regresar, porque siempre regresaba, día tras día, para luego, noche tras noche, caminar hasta allí.
    Se sentó, por fin, muy cerca de los restos chamuscados de lo que podría haber sido una casa, algo parecido a una cabaña, un puesto en medio de la extensión vacía, un punto que agigantaba la desolación.
    Se sentó, por fin, sintiendo las piernas cansadas, agarrotadas.
    Quien supiera mirar tal vez podría adivinar a su derecha un montículo estrecho y alargado y otro a su izquierda, también estrecho aunque menos alargado que el anterior. Podrían ser cualquier cosa, pero no lo eran.
    Se sentó, por fin, entre ambos montículos a ver amanecer rodeado de toda esa soledad y sentir que nada tenía sentido, que tal vez alguna vez lo había tenido, pero ya no. Vio lo que quedaba del amanecer en silencio, escuchando el viento, los lejanos graznidos de algún ave y otros ruidos perdidos en la distancia.
    Se acurrucó, abrazó sus rodillas y apoyó la cabeza entre ellas para soñar otra vez con aquella no tan lejana noche, soñar que esa vez sí había llegado a tiempo, que esa vez si había estado allí cuando lo necesitaban y que allí estaban ahora los tres, recibiendo el nuevo día, mirando el amanecer y no era solo él quien lo hacía. Deseó soñar con ello hasta que finalmente se durmió.

sábado, 19 de noviembre de 2022

Inspiración (último intento)

La pantalla encendida, la página en blanco, el cursor titilando siempre en el mismo lugar, siempre en el inicio del primer renglón de la página en blanco señalando, acusador, que, otra vez no le quedaba nada por escribir. Vacío, se sentía vacío. Otra vez.
    Miró el calendario. Era sábado. Siete días intentándolo y sabiendo que cuando buscaba forzar la escritura todo se arruinaba. Las palabras se arruinaban, y él con ellas. Lo sabía, pero lo buscaba. Las palabras estaban allí, necesitaba concentrarse y ordenarlas, escribirlas, darles forma, sin importar lo que quisieran contar, ya habría tiempo para eso. Lo primero era escribirla.
    Domingo. Bajó el brillo de la pantalla para evitar el cansancio ocular. Era más fácil y rápido que levantarse a buscar los lentes que no recordaba cuándo había visto por última vez. Si su cabeza era un caos de palabras, la casa era un desorden de objetos acumuladas al azar. Solo había un espacio libre, la mesa de la computadora y la silla frente a ella, el resto eran formas indefinidas que lo rodeaban, que lo cercaban, que se volvían un laberinto tan complejo como vacía continuaba la página frente a sus ojos.
    La peor parte era el maldito cursor que continuaba titilando desde el inicio del primer renglón de la primera página.
    Lunes. Tocó la barra espaciadora. El cursor ya no estaba en el mismo lugar. Era un progreso.
    Marmierjueves. Alguien tocó varias veces el timbre sin que se molestara en responder. El móvil vibró en algún momento indefinido de una de esas tardes. Tampoco le prestó atención.
    Tantos han escrito sobre la falta de inspiración, las dificultades a la hora de enfrentar la página en blanco, la falta de ideas, de motivación, de interés, de sexo, de comida, de calor o de frío. Incluso algunos escritos por él mismo en los años anteriores (2010, 2015, 2018, 2021, con una frecuencia en evidente aumento a medida que pasaban los años). Hacerlo ahora se acerca peligrosamente al plagio, y antes muerto que caer otra vez en ese lugar.
    Sábado. El documento llegó a las quince páginas de espacios en blanco antes de que la barra espaciadora se destrabara. Ojalá escribir fuera tan rápido, ojalá alguna idea tuviera semejante impulso en su cabeza, en sus manos.
    Domingo. Volvieron a tocar el timbre. El domingo, nunca se atiende el timbre el domingo.
    Lunes. Una plaga inunda la casa, una que huele a fracaso. Conoce muy bien ese olor, lo sabe propio.
    Martes. Cerró el archivo en blanco, cerró el procesador de texto. Volvió a abrirlo y a buscar un documento nuevo, y ese también estaba en blanco.

Fin de mes. Debería darse por vencido. Las palabras no volverán. Es como si cada vez que las buscara se alejaran más y más, como ese juego de si tú te acerca, yo me alejo. Como en un baile. Al menos eso podría decir si supiera bailar, pero ni siquiera.

Dos (tal vez tres) meses después. Volvió a abrir el archivo. El cursor apareció en el mismo lugar. La pantalla encendida, la silla vacía, la página en blanco.
    Alguna vez escribió. Alguna vez dejó de escribir. Alguna vez pensó en volver a escribir. No tenía razones para ninguna de las tres opciones. Nadie sabía cuándo escribía porque nadie esperaba que lo hiciera o que tuviera algo para decir. Nadie sabía cuándo dejaba de escribir porque nadie pensaba que pudiera decir algo.

Fin de año. Cuando deje de pensar en el tiempo que llevaba sin escribir tal vez pueda volver a hacerlo. Sería necesario saber cómo dejar de pensar. Claro que si fuera tan fácil no demoraría tanto en lograrlo. Si fuera tan rápido no requeriría tanto esfuerzo. Pero nunca lo es. Nunca resulta.
    Aunque tal vez sí habría algo que resultaría muy fácil para quien se interesara en ello: Su biografía literaria.

1 de enero.
    Con la pantalla apagada el cursor ya no titila en el inicio del primer renglón de la página en blanco. Tal vez porque esa página en blanco es un recuerdo de algo que alguna vez se intentó.

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En el número 81 de la Revista Digital El Narratorio, se ha publicado el relato: Para cambiar a cualquier persona. Los invito a leerlo junto con el resto de la publicación. 

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domingo, 13 de noviembre de 2022

Recuerdos entre la multitud

Te vi acercándote antes de que te dieras cuenta de que lo había hecho, o de que estaba allí, mirándote, esperándote, tal vez deseándote como tantas veces antes. Te vi acercándote y no pude evitar que los recuerdos explotaran ante mí. Aunque no, no es cierto, no eran recuerdos, eran reminiscencias. Un recuerdo, mal que mal, puede suprimirse, podemos convencernos de algo semejante. Las reminiscencias, en cambio, existen para señalar que somos incapaces de controlarlo todo tal y como pretendemos creerlo, por eso resultan imposibles de detener o negar.
    Te vi acercándote antes de que te dieras cuenta de que lo había hecho y todo se fue en cualquier otra dirección salvo en aquella en la que había planeado que fuera.
    Te vi acercándote antes de que te dieras cuenta de que lo había hecho, y tu forma de caminar me recordó a la de alguien más, alguien del pasado, claramente; tu forma de moverte entre las personas que, distraídas, se atravesaban en tu camino; tu gesto de contrariedad en esos momentos se parecía demasiado al de alguien más; ese caminar desgarbado pero certero, tan característico tuyo y que, tenía la certeza, ya había visto antes; ese movimiento veloz para acomodarte los lentes o el cabello; esa sonrisa tuya imposible de disimular y que me hablaba de esa otra sonrisa que conociera en su momento; ese otro movimiento que parecía tan natural de levantar el brazo para saludar cuando por fin me descubriste entre la gente; tu mirada, con esos ojos capaces de enamorar a cualquiera que se dejara mirar por ellos y que hicieron lo mismo conmigo cuando los conocí por primera vez, antes siquiera de saber que llegaría a conocerte también a ti.
    Te vi acercándote antes de que te dieras cuenta de que lo había hecho y sentí el peso del tiempo en mis hombros, sentí lo que quizá haya sentido Atlas cuando el mundo reposaba sobre los suyos. Levanté mi mano para saludarte y fue cuando me viste, cuando sonreíste entre la multitud, destacándote con también sabía hacer tu madre cada vez que llegaba a cualquier lugar.
    ―Hola, papá.
    Mi saludo se me atragantó, solo pude hacer un gesto que podía significar cualquier cosa, pero que sabrías identificar porque siempre era el mismo.
    Caminamos a la par en silencio entre la gente hasta la esquina siguiente.
    ―¿En qué piensas, papá?
    ―En que somos un cúmulo de pasado caminando en el presente hacia un futuro al que no sabemos si llegaremos ―Pensé en decirlo de esa forma, pero lo que salió fue algo más confuso, con más palabras.
    Me miraste, sonreíste y te apretaste a mi brazo, tal vez sin saber, hija, que tu madre hacía lo mismo, o tal vez sí lo sabías y por eso lo repetías. Hiciste todo esto antes de desvanecerte como un recuerdo, como un fragmento del pasado que ya no es, ni volverá a ser nuestro, jamás.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Testimonial

―Él se lo buscó ―repitió antes de sorberse la nariz y escupir hacia un costado una mezcla de sangre y mocos―. No es nuestra culpa.
    Se acomodó el pelo sobre la frente antes de darse cuenta que también en sus manos había algo de sangre. Vio los raspones y cortes en su piel, era demasiada sangre para heridas tan pequeñas.
    ―¿Qué fue lo que pasó?
    ―El tipo este apareció así como de la nada ―explicó abriendo y cerrando las manos para mitigar las molestias que aún sentía―. Nos insultó con palabras, obras y omisiones haciéndose el importante, el superior a todos nosotros o algo así. Fue una falta de respeto.
    ―No tiene sentido. ¿Qué estaban haciendo ustedes?
    ―Nosotros siempre estamos acá haciendo nuestras cosas y sin molestar a nadie. Este es nuestro lugar.
    ―Es un espacio público.
    ―¿Qué importa eso? Nosotros lo usamos, todos lo saben. Siempre estamos acá. Si no estamos todos siempre hay unos diez o doce. Y no molestamos a nadie.
   ―Los vecinos no dicen lo mismo.
    ―Que se jodan los vecinos. Nosotros siempre estamos acá, este es nuestro lugar. Y cuando no estamos, también sigue siendo nuestro lugar.
    ―¿Y qué fue lo que pasó?
    ―Estábamos haciendo nuestras cosas, planeando donde ir a meter pecho, mirando a las chicas que pasaba, insultando a los burgueses, tomando unas frescas, riéndonos de cualquier cosa hasta que llegó este ―señaló hacia el suelo, hacia los despojos cubiertos por una lona.
    ―¿Los atacó?
    ―Llegó pateando las botellas. Rompió aquella de allá ―señaló unos vidrios mojados sobre un cantero―. Ahí, ¿la ve? Estaba llena. La pateó y gritó: “todos ustedes contra mí solo”. Y se puso así, con las manos así, como para pelearla. “Ustedes no son nada”, dijo también. Le dije, nos insultó, eso no se hace.
    ―¿Reírse de los demás y gritarle cosas a las mujeres no es lo mismo?
    ―No, porque eso es reírse y gritar, no insultar, no faltarle el respeto a nadie.
    ―Claro… ¿Qué pasó después de que los insultó?
    ―Nos defendimos, eso pasó. Le hicimos frente, como corresponde. Éramos diez, doce, y él estaba solo. Era grandote y pegaba bien, se la bancó bastante. Hasta llegó a pensar que sí, que nos podía copar la parada y hacernos sufrir. Pero eso le duró dos o tres golpes bien puestos, pero el palazo en la nuca no se lo vio venir. Un genio el Tuki.
    ―¿Atacar por la espalda te vuelve un genio?
    ―¡Claro! ―escupió otra vez, ahora había más saliva que sangre―. Cuando lo tuvimos en el piso no dejamos que se levantara. “Todos ustedes contra mí solo”, dijo el jetón y ahí estaba, tirado en el suelo, recibiendo patadas, piñas, rodillazos en los huevos. Le pegamos tanto la cabeza contra el piso que le saltó todo el chocolate.
    ―Le rompieron el cráneo.
    ―Eso también. Había chocolate por todas partes. Lo pateamos las bolas para que duelan hasta a los nietos. Ya ni se defendía ahí, pero no importaba, le seguimos pegando. Gemía, eso sí, pero cada vez más bajo, para que no lo escuche nadie.
    ―¿Y después?
    ―No, después no gimió más.

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En el blog literario de la Editorial Palabras Amarillas, de Argentina, se ha publicado el relato Silencio.

Pueden pasar a leer cuando quieran.

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