Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 10 de marzo de 2019

Motivo de queja #953


—¿Qué es eso? —me preguntaba cada persona que se atravesaba en mi camino cada vez que me veían con un libro es un espacio publico.
Poco a poco, llevado por la imposibilidad de lograr algo cercano a la comprensión, dejé de leer en los lugares antaño habituales plegándome, también yo, a esa burda forma de pasar el tiempo contemplando una pantalla negra que, en algunas contadas oportunidades, nos devuelve la mirada.
  
Post scriptum: Sólo aquellos que aprendimos a leer disfrutando del peso real de un libro, del color de sus páginas, de su olor, de su entramado de tinta, entenderemos la diferencia entre leer en uno y otro formato.

Segundo post scriptum: No me niego a los libros digitales, pero es más lo que se pierde de este modo que lo que se obtiene. En este punto queda de lado la posibilidad de mayor (que no es lo mismo que decir mejor) difusión que pueden obtener ciertas obras en un formato y no en otro.

Tercer post scriptum: Solo algunos entenderán la ironía de leer diatriba semejante en este formato. Y más aún luego de:

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En el número 9 de la revista digital española El Callejón delas Once Esquinas pueden leer el cuento “El volumen en octavo”

Habrá un premio especial para quien descubra qué entrada de Proyecto Azúcar se reelaboró para componer el mismo.

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domingo, 3 de marzo de 2019

Sauce (En busca de respuestas)


Desde muy temprana edad se propuso saberlo todo, pero lo que se dice todo. Desde lo diminuto hasta lo inconmensurable, desde lo evidente hasta lo imposible de inferir sin un salto cognitivo, desde lo obvio a lo improbable. Una vez descartado el fútil relativismo, cada una de las interrogantes conocidas por la humanidad tenía una única respuesta; de allí que fuera posible conocerlas con precisión.
            Luego de recavar la sabiduría de los ancianos de la comarca para conocer cómo eran las cosas en los tiempos de antaño y de asegurarse de que las referencias que hacían en sus historias eran reales, continuó investigando. Recorrió los pasillos de las dos escuelas del pueblo hablando con los estudiantes, con los docentes, con el personal de maestranza y los bibliotecarios que se negaron a facilitarle los materiales que buscaba.
            Recorrió los archivos de la ciudad más cercana junto con otras bibliotecas públicas y privadas que allí encontró, requiriendo favores que hubo de pagar de formar en las que mejor no volver a pensar para acceder a materiales selectos. Visitó las redacciones de viejos periódicos en bancarrota y olvidados por el auge de la cultura visual. Leyó cada material que caía en sus manos pero, a pesar de tanto esfuerzo, consideraba que aún le faltaba obtener las respuestas para las preguntas que ignoraba.
            En sus pesquisas descubrió la forma en la que los filósofos de la antigüedad llegaban a sus conclusiones. La introspección, tan olvidada como desacreditada, cuando no temida en el presente, era la fuente principal de sabiduría; y lo sería aún más para él ya que teniendo en cuenta lo que había aprendido en los últimos años podría relacionar saberes que los antiguos filósofos ni siquiera vislumbraran. Pero fue incapaz de encontrar maestros para tal arte, por lo que se vio en la necesidad de inventar su propio método, su propia manera de conocerse a sí mismo y de entender cuento le rodeaba.
            Con un poco de agua y algo de alimento se internó en uno de los escasos espacios verdes que perduraban en el centro de la ciudad. Buscó para sentarse un lugar igualmente alejado de los árboles y del camino más cercano, aunque la mayor parte de gente llevaba años sin recorrer aquel parque. Cruzó una pierna sobre la otra, apoyó las manos sobre las rodillas, cerró los ojos y relajó el cuerpo.
          Quien lo viera en aquella actitud podría pensar que se encontraba meditando según la moda del año anterior, que aún quedaban muchos que así lo hacían. Por esa razón, nadie lo molestó. Quien semanas después lo descubriera aún en el mismo lugar y manteniendo la misma actitud, tal vez se preocuparía un poco, le sacaría una foto para subir a las redes asociales y continuaría con su rutina. Pero, de ninguna manera, se acercarían a él; cualquier cosa era preferible antes que el verdadero contacto humano.
            Hay quienes aseguran que, meses más tarde, mientras persistía la duda de las autoridades competentes sobre si continuaba con vida o no, entre los pliegues de su piel reseca, comenzaron a surgir pequeños brotes verdes. De ellos salieron pequeñas hojas y nuevos brotes que conformaron enclenques ramas que se erguían, no sin dificultad, hacia las alturas y que acabaron por transformarse, tiempo después, en un alto sauce eléctrico que ocupó el centro del parque.
            Años después, aquel sauce, de aquel parque, de aquella ciudad, se transformó en el lugar de peregrinación para cualquier persona que tuviera una duda, una pregunta, una cuestión que resolver y no supiera de qué manera hacerlo; sin tener en cuenta la dificultad del asunto, obtendría su respuesta. Tan sólo necesitaba dejarse cubrir por la sombra de aquellas ramas cargadas de sabiduría, pensar en lo que le inquietaba dejándose envolver por el sonido del viento que mecía las ramas para encontrar, de manera tan poco científica como mítica, la ansiada respuesta.


Pd. No pude buscar, luego de un día, ninguna imagen de un sauce eléctrico de mayor tamaño.

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En el Número 7 de la Revista ecuatoriana de Ciencia Ficción Teoría Omicon, acaba de publicarse el artículo Olaf Stapledon, que repasa las novelas del autor conocidas en español. Pueden visitarla cuando gusten.

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domingo, 24 de febrero de 2019

Y un mundo a tus pies


En el inicio fueron los pies.
            Resulta difícil de creer porque, en general, nadie les presta la debida atención: pero así fue. A partir de nuestra ignorancia, se gestó su traición y, quizá, cuanto sucedió no haya sido más que su venganza.
            Nos mirábamos desde una distancia tal que el universo entero podría haber pasado entre nosotros y aún sobraría espacio. El resto de la gente parecía divertirse sin más, sin preocupaciones, sin límites, sin que nada ensombreciera sus pensamientos. En mi caso, porque aún no sabía lo que estarías pensando, me sentía fuera de lugar; sólo pensaba en irme cuando levanté la vista y te vi.
            Fue cuando comenzó la traición.
            Antes de que pudiera percatarme me encontré en medio del salón avanzando, como quien no quiere la cosa, en tu dirección. Pero, al volver a mirar, ya no estabas allí. Tus pies te habían traicionado como hicieran los míos.
Nos encontramos, finalmente, en medio de la pista.
—¿Bailas? —preguntamos al unísono.
En ese momento, aunque lo hubiera intentado, y no fue así, el universo habría sido incapaz de separarnos. Le permitimos, en cambio, que nos rodeara lentamente hasta quedar, al menos por unos instantes, en su centro.



sábado, 16 de febrero de 2019

La propuesta


El joven mozo se acercó primero al Embajador plenipotenciario de Neoegipt, aproximó la bandeja a la mesa y esperó a que el hombre tomara una de las copas.
—Gracias Jamir —dijo el segundo hombre más poderoso de su país—. Y bien, señor Representante, ¿qué le parece?
Kashizmer, Representante de la Liga Sudafricana de Naciones Libres, se inclinó una vez más sobre el mapa del continente que ocupaba la totalidad de la mesa. El sello real de Neoegipt iluminaba las cuatro esquinas del rectángulo de papel entelado.
—Debo decir que cuando me encomendaron responder a su invitación tan, digamos, informal, Señor Embajador, no me esperaba algo tan serio. Algo como esto seguramente demande semanas, si no meses, de discusiones. Por otro lado, debo decirle que la tajada que ha elegido es la más grande. No puede dividirse el continente por la mitad con una línea arbitraria y dejarnos la más pequeña; en el norte hay más tierra que en el sur, como bien sabe.
—Más arena querrá decir —intervino el Embajador—. Solamente el 30% de nuestro territorio es habitable, la cuenca del Nilo, la franja de tierra que moja el Mediterráneo, la que es bañada por el Atlántico y poco más. El resto es desierto o selva. Por otro lado, contemple esto.
La mano del Embajador señaló la isla de Madagascar.
—La mina de diamantes más grande del mundo…
—Parcialmente agotada —acotó el Representante.
—Que aún guarda un importante remanente, ambos lo sabemos. Y quedaría en manos de la Liga. Sin contar con el coltan que obtendrán de aquí —dijo el embajador señalando el interior del continente.
—¿Qué pasará con las zonas aún no controlan efectivamente?
—Ese detalle nos incumbe sólo a nosotros. De igual modo que ha de ser secreto de Estado lo que ustedes harán con las tribus disidentes en este del río —respondió el Embajador tocando el mapa para señar a qué río se refería y lo bien que conocía la situación interna atravesada por la Liga.
El sudafricano pasó la mano por el mapa para quitar la arena arrastrada por el viento y acompañada por el calor, entraba constantemente en la tienda.
—¿Seguro que no pueden encontrarnos? —preguntó.
—La tela que nos cubre es del  color del entorno, y no es natural, es sintética; un polímero que no puede ser detectado por los satélites de vigilancia. Se comparta como si fuera arena para quien esté mire. Nadie del exterior sabe lo que hacemos aquí.
—Es algo muy arriesgado lo que propone. Nunca antes en la historia de África, no… del mundo, se ha intentado nada similar.
—Son tiempos arriesgados Kashizmer. Piénselo. Australia ya no existe. Los interminables campos de soja de la China arden por las bombas. El Missisipi nos muestra su lecho en época de crecidas. Todo esto lo han provocado ellos —el Embajador señaló el techo de la tienda—. Ahora combaten por Siberia creyendo que el vencedor obtendrá los restos de sus pozos petroleros. Su atención no caerá sobre nosotros hasta que estemos muy avanzados en el proceso.
—¿Por qué cree que serán tan fácil? Explíquemelo otra vez.
—Primero debemos acordar seguir un plan común ambos países para…
—Somos una Liga de Naciones Libres, no somos la URSS —interrumpió el Representante de la Liga.
—Por ahora. Nosotros también lo fuimos, al principio. Pero Neoegipt nació cuando las fronteras del viejo Egipto, Sudán, Marruecos, y el resto de los países de los que ya ni siquiera recordamos sus nombres, dejaron de tener importancia. Cuando, como una unidad, pudimos controlar el avance del Sahara; y ahora nos planteamos obligarlo a retroceder —dijo el Embajador con un discurso muy bien estudiado—. Ustedes pueden hacer lo mismo, para que donde antes hubo muchas en el futuro haya solo dos naciones, las nuestras. Y, en un futuro aún más futuro, sólo una nación africana social, política y militarmente unida, económicamente autosuficiente, y con la capacidad de mostrarle al mundo nuestro ejemplo. Un continente unido por su propia gente, no por un colonizador extranjero.
—Imponer su ejemplo, querrá decir.
—Suponemos que ello no será necesario, y que, cuando salgamos nuevamente al mundo, aún pueda hacerse algo por él —dijo el embajador.
—Somos parte del mundo, si ellos lo destruyen nos destruirán a nosotros también.
—Olvida Señor Kashizmer —dijo el Embajador reclinándose en su incómoda silla— que el mundo ha estado en peligro de destrucción varias veces, y hemos sobrevivido. ¿Sabe por qué?
—Dígame, ya que al parecer lo sabe todo y le resulto tan ignorante —respondió el Representante de la Liga agotado por el calor y la dificultad que el mismo le generaba para respirar libremente antes que ofendido por las palabras de su interlocutor.
—Porque aun el más fuerte teme morir. Aniquilar la vida en la Tierra implica eliminar tanto al vencedor como al vencido. Y eso, mi amigo, a nadie le conviene.
Kashizmer secó el sudor de su frente con un pañuelo. El desierto le desagradaba cada vez más.
—Será una masacre —dijo—, téngalo por seguro.
—Es cierto. Pero es la única forma de que, de una vez, los africanos recuperemos nuestra tierra, nuestra libertad —dijo el embajador cerrando el puño sobre el mapa en señal de unidad, de fuerza, de poder.
En ese mismo instante, como si hubiera estado esperando aquel gesto tan casual, la tiendo entera desapareció tragada por el sol, el calor, la arena y la explosión de un solitario misil. Ni siquiera el menor rastro quedó de los embajadores, el mapa intervenido por le servicio secreto neoegiptiano ni de la tela de la tienda que debería haberse comportado como parte del entorno para cualquiera que la mirara.


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En el número 36 de la revistadigital El Narratorio encontrarán publicado el relato “La chica del helado”, ya conocido por los lectores de Proyecto Azúcar, pero en otro formato.
Les recomiendo que visiten la página de la revista.

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sábado, 9 de febrero de 2019

Abedul (desde las tierras calientes)


Al despertar lo encontramos entre nosotros.
Sin explicaciones ni presentaciones, como si fuera uno más de nosotros cuando, claramente, no lo era.
Nos indicó con gestos y mímicas de trabajos cuanto debíamos hacer para purificar nuestras tierras, nuestros cuerpos, nuestras mentes y reparar el daño de milenios de depravación, como él mismo decía estar haciendo.
Como no se trataba del primero en llegar a nosotros con un mensaje similar, no creímos en ninguno de aquellos gestos. Su lengua, cortada de raíz, y la irregular cicatriz que rodeaba su cuello, eran señales inequívocas de que se trataba de uno de los tantos falsos profetas que rondaban la región.
Lo más extraño de todo era que había llegado desde las tierras calientes, donde estábamos seguros que no quedaba nada más que devastación y muerte. La tradición decía que allí había comenzado el final de lo que fuera antes, y que nosotros, allí, en aquel poblado, éramos los que más cerca nos encontrábamos. Eso explicaba que tantos fabuladores llegaran ofreciéndonos sus prodigios y quimeras, cada una de ellas más falsas que la anterior.
Nos burlamos de su piel resquebrajada, de sus ojos cansados que parecían haber visto infinitos amaneceres, de sus manos curtidas por cada uno de los trabajaos conocidos, de su cuerpo enflaquecido y de su morral remendado tantas veces que imposible saber cuál era su color o su forma primitiva. Y, cuando nos cansamos de reírnos, lo echamos de nuestras tierras a pedradas, como corresponde, según la tradición claro.
Huyó, otra vez, hacia las tierras calientes. Sin dudas por el mismo camino por el cual había llegado y, tan pronto como lo vimos perderse en aquella tierra yerma y hostil, nos olvidamos de él.
Continuamos con nuestras vidas sin preocuparnos, como lo habíamos hecho en los años previos, aprovechando el poco tiempo que teníamos dado lo rápido que envejecíamos viviendo allí, tan cerca de aquel lugar que solamente significaba decadencia y final para los pueblos anteriores a nosotros.
Notamos los primeros cambios varios años después. En algunas tardes, cuando el resplandor del sol no golpeaba de manera directa podían adivinarse manchas color verde entre la tierra que sabíamos árida y abandonada. Por otro lado, los pocos nacimientos que se producían en el poblado comenzaron a multiplicarse y, la mayor de las sorpresas, aquellas criaturas nacían tal y como se esperaba que lo hicieran, sin complicaciones para ellas ni para sus madres. Los partos se volvían, poco a poco, normales; pudimos dejar de celebrarlos como un triunfo sobre la muerte cuando alguno de los dos sobrevivía, para celebrarlos como el triunfo de la nueva vida.
Durante la primavera anterior una suave brisa, inesperada en casi todos los sentidos, inundó el poblado con aromas desconocidos, con el trino de aves que ignorábamos y el rumor del agua ausente hasta ese momento. Resultaba más extraño el que la brisa llegara en la dirección de las tierras calientes y que, sin embargo, no resultara similar a nada de que solía llegarnos desde allí.
Intrigados, como no podía ser de otro modo, pero aún así presos de un temor reverencial, unos pocos de nosotros nos internamos en la tierra baldía escondidos bajo capas de ropa que, por generaciones, se confió en que nos protegerían de lo que continuaba produciendo muerte en aquel lugar.
Caminamos durante días porque, si bien éramos el poblado más cercano, no era cierto que nos encontráramos tan cerca de las tierras realmente calientes; de haber sido así no hubiéramos sobrevivido ni tan siquiera un día. El menor indicio de nada diferentes a la desolación y al abandono, como ya sabíamos, facilitaba nuestro camino. Aun así, continuamos pues necesitábamos saber qué era lo que estaba sucediendo para huir si era necesario, o para continuar, de ser posible.
Encontramos un sendero luego de las primeras estribaciones formadas por la escoria de lo que fuera que allí hubiera sucedido. Árboles desconocidos, esbeltos algunos, desgarbados otros, de un verde pálido que oscurecía a medida que avanzábamos, nos dieron la bienvenida. Suponíamos que su follaje eran las manchas que se veían en el poblado, pero nadie quería mencionarlo por temor a que las palabras pudieran destruir lo que nuestros ojos nos mostraban y nuestro entendimiento era incapaz de aceptar.
            Nos internamos en aquel inesperado e inexplorado bosquecillo sin saber si debíamos temer la presencia de animales silvestres, cuando no salvajes, o de algo más grande que las aves que nos recibían con sus cantos y sus vuelos de rama en rama. Aves que, sin darnos cuenta nos guiaron hasta la tierra yerma del otro lado de los árboles. En medio de tanta aridez y desolación, en algunos pequeños lugares la tierra se encontraba removida, trabajada, preparada, en pequeños hoyos.
            Junto a uno de ellos, con un trozo de hierro herrumbrado que no representaba ayuda alguna contra la dura y aplastada tierra, volvimos a verlo.
            Enflaquecido al punto de que cada uno de sus huesos se marcaba sobre su piel más resquebrajada que la última vez que le viéramos. Podría haber sido cualquier otro pero la irregular cicatriz de su cuello no nos permitía equivocarnos. Era él que, despreciado por nosotros, continúo adelante sin importarle la soledad y el desánimo. Simplemente continúo. Sus manos, curtidas por otros miles de trabajos realizados, eran la señal más clara de ello.
            —¿Qué es eso? —preguntó uno de nosotros señalando hacia los árboles.
            Su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo, ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieran desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg. 
            —Abedul —fue todo lo que dijo y su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo e ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieron desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg y más allá.
            Aquel atardecer supimos que, las tierras calientes finalmente comenzarían a enfriarse.


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El relato breve Desprotección fue publicado en la Revista Digital Íkaro de Costa Rica. Pueden leerlo aquí

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