Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 24 de octubre de 2020

Crónicas Charrúas # 15

Encontrándome en Montevideo esperaba descubrir una mayor presencia de José Gervasio Artigas, héroe de la patria uruguaya y fundador de la nacionalidad oriental, en sus calles. Y no sólo en sus calles, en las avenidas, en los bulevares, en los edificios, los monumentos, las plazas, los espacios públicos, los bares, las pizzerías, los restaurantes, las casas de cambio y las de empeño, en las librerías, los billetes, los diarios, el discurso de las personas. Imaginaba la presencia del prócer como algo insoslayable, capaz de aparecer en cualquier termo, en cada mate. 
    Esperaba escuchar diálogos que fueran más o menos así: 
    —Nos vemos en intersección de la Calle Artigas y la Avenida Artigas, en la esquina de la Plaza Artigas, frente al Artigas Deporte, y vamos a comer a La Pasiva. 
    Pero no se dio nada de eso. Artigas estaba allí, es cierto, pero no en tan repetitiva cantidad. Al menos no era lo que se mostraba. Podías encontrar alguna que otra alusión aquí y allá si sabías dónde mirar, o si tenías el ojo entrenado para ello. Y este, claro, no era mi caso. 
    La única excepción era encontrarte casualmente en la plaza central de la ciudad, diría que en el corazón de Montevideo, y como no podía ser de otro modo, te cruzabas con Artigas. Con la visión suficiente como para no repetir el error de Buenos Aires con su monumento a San Martín en la plaza San Martín; no era el caso, este monumento a Artigas no lo encontrabas en la Plaza Artigas 
    Llegué a la plaza Independencia y me enfrenté con el caballo y el prócer de bronce. Nuestras miradas de cruzaron menos de un segundo; lo suficiente para reconocer que había cierto parecido con las imágenes que alguna vez había visto de Artigas y el monumento —no puedo decir lo mismo del caballo— para, tras el saludo formal, continuar recorriendo Montevideo. Estaba en las puertas de la ciudad, y esto no era una metáfora, al menos no en este caso, podría aprovechar ese momento. 
    

Este es el monumento de la Plaza Independencia. 
El edificio que se ve detrás, que luce como si fuera 
de la década de 1970, es real. Y aún existe (creo).


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Inicio del Espacio Publicitario: 

En el número 3, del año 3, de la Revista de Ciencia Ficción Teoría Ómicron (Ecuador) Pueden leer el relato El peso de la tradición 

En el número 5 de la Revista Moni(arte) (Argentina) pueden leer el cuento Judy Garland no sabía mentir.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 17 de octubre de 2020

Crónicas Charrúas # 14

Me interné en el Parque Rodó sin certeza alguna, esperando que me sorprendiera lo que pudiera encontrar allí. Lo había visto desde lejos en mis visitas a las pequeñas mini-playas, pero había decidido dejarlo para otra ocasión, para otro momento que, indefectiblemente había llega. Y aquí estaba ahora. 
    Internarme en sus caminos bien delimitados, típicos de fines del siglo XIX me llevó a contemplar árboles sin dudas centenarios, si es que no más, junto con los diferentes adornos que se encontraban desperdigados entre el verde del césped bien cuidado sin señal alguna de la evidente presencia humana. Todo tan similar pero diferente a los parques que conocía; porque uno siempre hace eso, aunque intente evitarlo, siempre termina comparando lo que está descubriendo con algo que ya conoce, para tener un marco de referencialidad, para no sentirse abrumado por la novedad o para rebajar lo nuevo a algo ya visto, conocido, experimentado y factible de ser rechazado sin más. A lo sumo una fotografía para compartir en alguna red asocial y ya. 
    Todo sin haber mencionado todavía las manchas marrones de los lagos artificiales del mismo color que el río que se encontraba tan cerca como el cruzar una calle. Me llamó la atención y pensé, en el caso de que fuera la misma agua del río, cómo lograban mantenerlos sin que el olor, el estancamiento, y todo lo demás se hiciera evidente. Incluso me pareció ver algunos peces nadando en esas aguas. 
    La duda estaba planteada, pero no encontré a nadie que me supiera explicar. Es cierto que tampoco busqué con mucha dedicación, porque la idea es, siempre, mantener algo de misterio. Además de que llevaba la mayor parte de la mañana practicando eso de caminar con el termo bajo el brazo y no me estaba yendo muy bien que digamos. 
    Sin embargo, y siendo tan poco adepto a los paseos en medio de un paisaje tan poco natural, tan poco humano, no puedo negar que el parque tiene algunos atractivos. La moda de salir a correr en círculos por los caminos de cualquier espacio verde citadino no había irrumpido en Montevideo —al menos no en la época de esta visita—, por lo que se podía caminar con tranquilidad, sin constante sobresaltos de ver surgir a nuestra espalda esos cuerpos tensos y sudorosos que se apartaban de nosotros como si fuéramos un problema a superar. Para no mencionar los olores tan o más rancios que el agua de río estancada. 
    Ese detalle sumaba a favor del Parque Rodó.

sábado, 10 de octubre de 2020

Crónicas Charrúas # 13

Muchas veces escuché eso de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Por mi parte nunca dudé de que el hombre fuera un animal, porque lo es. Dudé siempre de la mala memoria que nos caracteriza como especie. 
    Es la única explicación que encuentro al hecho de que al día siguiente a la decepción con la playa Ramírez, lo intenté con la playa Pocitos. 
    La Pocitos tiene una extensión algo mayor, si la comparamos con la Ramírez. Aunque luego de haber pasado por Atlántida cualquier playa parece pequeña, como disminuida, y casi inexistente. Lo más extraño fue ver que esa breve playa recibía visitas la mayor parte del día, desde el primer rayo del sol, hasta mucho después de que este se hubiera escondido detrás de la ciudad. Viajantes, caminantes, deportistas, gente de paso, de todo un poco, ansiosos por pisar su arena. 
    Sin mucho que hacer, como en la mayor parte de mis vacaciones, pasé el día en esa miniplaya realizando algún tipo de análisis de las personas que iban y venían por aquella arena que no me generaba tanta desconfianza como la otra. Aunque es cierto que no fue mucho lo que saqué en claro porque finalmente había dado con un libro que me resultara de interés y mi atención estaba puesta en él. Sólo recuerdo fragmentos de diálogos, invitaciones a mates, juegos de pelota, mates aceptados, corridas de niños, mates devueltos, vendedores ambulantes de mates y termos, más mates, gente que pasaba caminando con su termo y su mate y, por supuesto, como su ausencia resulta imposible, mates. 
    A pesar de intentar sostener la lectura no podía evitar que lo que veía en la playa me remitiera a otro lugar, a otra imagen que tenía almacenada en mi memoria pero que no podía ubicar por completo. Tan fuerte era esa avocación de ideas que me obligó a dejar de lado el libro para concentrarme en solucionar ese misterio; sólo entonces, una vez resulto, podría pensar en alguna otra cosa, algo menos molesto, menos invasivo. 
    Pasó casi toda la tarde hasta que, inevitablemente, y ayudado por lo que veía al mirar hacia la ciudad desde la playa, se produjo el momento satori que estaba esperando. Supe, al final, la respuesta. 
    —¡Shell Beach! —dije sin poder contenerme y para expresar mi triunfo sobre la posibilidad del olvido. 
    Todavía sonreía luego del atardecer alejándome de la Pocitos. 

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Aclaración: Shell Beach es una playa ficticia que forma parte de la película Dark City, les dejo una imagen de esa playa y otra de la playa Pocitos. Estimo que sabrán identificar cuál es cuál.



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En el número 28 de la Revista La Ignorancia (España) se publico el relato Profesión.

En la revista digital Teresa Magazine (Mexico) pueden leer el cuento La tan ansiada hospitalidad. 

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 3 de octubre de 2020

Crónicas Charrúas # 12

Salí de la Terminal con el mapa de la ciudad en las manos. Pude enterarme de las interesantes sorpresas que guardaba Montevideo entre sus calles. Por ejemplo, y algo d suma utilidad siendo verano, tiene dos playas, además de una sobreabundancia de hoteles, hostels y similares, de diversas calidades y precios —esto ya lo había averiguado, no lo decía en el mapa—. Pero, primero lo primero, y con el recuerdo aún fresco de las playas de Atlántida, me propuse conocer las que proponía la cuidad. 
    A la distancia de un rápido viaje en ómnibus urbano, y todavía cargando con la arena de la anterior caída en la misma mochila, me dirigí hacia la más cercana. 
    Debería de haber sabido leer la escala en la que se encontraba el mapa, o interpretar la brevedad del viaje. De esa manera el encuentro con la playa Ramírez, a primera hora de la tarde pero con el sol alejándose cada vez más, no se habría sentido como el demoledor impacto de un golpe en el centro del pecho. Aquella playa, como muchas otras cosas que descubriría a lo largo de la ciudad, parecía de utilería y, tal vez, en parte, lo fuera. 
    La muralla de la rambla, y las escaleras que debía descender hasta la arena que aparentaba limpieza, era lo único sólido, real, en medio del montaje. Además de los carteles que invitaban a no bañarse en aquellas aguas, los mismos que una media docena de bañistas se empecinaban en ignorar. Porque, claramente, si hay agua, y algo así como una playa, ¿cómo lograr que la gente se quede sobre la arena y no dentro del agua? 
    No quise hundir demasiado mis pies en esa arena que de cerca no parecía tan limpia, por temor a descubrir que debajo de ella no había más que tierra, barro o, lo que sería mucho peor, asfalto. 
    Sin saber si era desilusión o decepción lo que sentía, porque al parecer era el único que se percataba de ello, preferí dejar ese lugar volviendo a subir todos esos escalones de concreto que me dejaron sobre la rambla. Una vez allí volví a mirar la playa sintiendo el frío que llegaba desde el mar golpeándome el cuerpo. Desdoblé el mapa, lo apoyé en uno de los pilares de cemento y busqué el hostel en el que me alojaría. 
    Caminé alejándose de ese lugar sin decidirme aún si todo —es decir, el viaje— había sido en vano o no. Claramente esperaba que no lo fuera.

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En la Revista Digital Gazeta de la A a la Z (Guatemala) se publicó el cuento Ser como Odín. 

En la Revista Digital Intervenciones (España) se publicó el cuento Jaime, el mataautores.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Crónicas Charrúas # 11

La terminal de ómnibus de Montevideo, Las Tres Cruces, no tiene nada que envidiarle a ninguna de las terminales de Buenos Aires. A la inversa, todas las terminales de ómnibus de Buenos Aires podrían tratar de parecerse en algo de todo lo que les falta y que aquí se encuentra en demasía. Por ejemplo, los baños, en cantidad suficiente y con la limpieza necesaria para el caudal de gente que pasa por aquí durante la mayor parte del día. Luego vienen los negocios, de todo tipo, color, tamaño y posibilidades; porque la terminal es, al mismo tiempo, un centro comercial pensado para esos momentos. Por ello es que se consigue allí lo que quieras, lo que te hayas olvidado para tu viaje (y sí, incluso eso). Aunque las comparaciones resultan odiosas, más que nada para quien termina perdiendo en las mismas, y como tampoco era cuestión de entrar en conflictos innecesarios, me dediqué a observar qué era lo que resultaba más sorprendente de cuanto allí se encontraba. 
     Me llevó un tiempo, porque había mucho entre lo que elegir, pero a pesar de la demora, logré decidirme. Lo que más sorprendía era la gente en sí misma. Porque si bien no es cierto eso que se dice que los uruguayos sonríen todo el tiempo, tampoco se pasan el día con esa cara de seriedad que parece una máscara pero que se convirtió en el rostro habitual de las personas allá, del otro lado del río —muchos dicen que parecen muertos que caminan, y no se alejan mucho de la realidad con esa definición. 
     La chica de la oficina de información turística, a la que pedí un mapa de la ciudad para no perderme como la vez anterior, no necesitaba sonreír fingidamente para demostrar cordialidad. Lo único que hizo fue extender su mano, con un mapa balanceándose en la punta de sus dedos de uñas recién pintadas y decirme: 
     —Bienvenido a Montevideo. Que disfrute su estadía. 
     Y ya estaba convencido de que algo bueno podía salir de ese viaje. Algo muy bueno. Aunque no sabía qué sería intuía que no sería solamente el aprender a balancear el termo bajo el brazo cebando un mate mientras caminaba, sino que sería algo un tanto diferente.

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En el número 55 de la revista digital El Narratorio pueden encontrar el relato Diluvio

En la revista digital Culturel de El Salvador, pueden leer el relato La pesadez del Letargo. 

Pueden pasar a leerlos cuando gusten. 

Fin de Espacio Publicitario.