Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 19 de febrero de 2017

El dolor sólo es una sensación

En la habitación, blanca, impoluta, desinfectada y con olor a nada, el intervenido descansaba lo mejor que le era posible entre los restos de la anestesia que comenzaba a desvanecerse y las primeras puntadas del nuevo dolor. Lo habían depositado sobre una de esas camas sumamente incómodas que sólo se encuentran en los hospitales o en las habitaciones de alquiler para dormir por horas. Ambos lugares de paso, al menos la mayoría de las veces.
            —Mi pierna duele —susurró.
        Por la expresión del médico que utilizaba la cartilla de temperaturas para hacer dibujos obscenos cada vez que descubría un error en su sudoku, no era la primera vez que el intervenido decía algo similar.
           —Ya lo hemos hablado —respondió sin mirarlo, pero no había otra cosa que hacer allí dentro.
            —Mi pierna duele —repitió el intervenido.
       —Es una sensación. El cuerpo tardará un tiempo más en adaptarse. El dolor es residual, se le pasará, usted lo sabía desde antes de la intervención.
            —¿Qué hago mientras tanto? —preguntó, con un tono de voz más lastimero aún, el intervenido.
            —Pruebe haciéndose hombre —respondió el médico, con fastidio, consultando una vez más su reloj, faltaba poco para que pudiera salir del hospital sin ser sancionado por retirarse otra vez antes de hora—. Espere a que se le pase. Al menos usted sobrevivió.
            —Es fácil decirlo, es mi pierna…
         —Era su pierna —interrumpió el médico apoyando una mano sobre la sábana que cubría el espacio vacío donde debería de encontrarse la extremidad mencionada—, ya no lo es más.
        El intervenido, con los últimos resabios de la anestesia diluyéndose en su sangre miró la mano del médico, miró su cuerpo, miró el techo de la habitación, sintió su dolor, real como la ausencia, reconoció el desinterés del médico en su situación, y la forma en que debería reacomodar su vida a partir de mañana.
            Esperó hasta que la bata blanca enfiló hacia la puerta antes de volver a hablar.
            —Pero… —murmuró cerrando los ojos y apoyando la cabeza sobre la almohada para disimular las lágrimas—, era mía.

domingo, 12 de febrero de 2017

Un mínimo grado de dificultad

La teoría es sencilla; diría que casi demasiado. Cualquiera podría entenderla y, por qué no, ponerla en práctica si se toma la decisión correcta, si se deja de lado la inercia cotidiana para darle inicio al movimiento. Un leve empujoncito, una primera acción, como un efecto domino, para una avalancha de cambios.
            Una serie de asesinatos selectivos, disfrazados como actos azarosos, pueden, estadísticamente hablando, ser más que suficientes para cambiar al mundo, para mejorar la sociedad, para darle un respiro a la tierra. Es verdad que esto que lees sonará como la proposición de un desquiciado; pero nadie dice que deberá matarse indiscriminadamente. Al menos no al principio.
Fíjense bien, hablo de asesinatos selectivos, eso quiere decir que, al igual que los asesinos filántropos de antaño, las acciones deberán estar sumamente planificadas, bien organizadas y llevadas a cabo con sumo cuidado para no dañar a nadie más que a la víctima propiciatoria.
            Vean éstos ejemplos:
Un abusador de menores aquí.
            Un industrial que contamina algún río allí.
            Un político por allá.
            Un actor mediocre en otro lugar.
            Líderes y fanáticos (mediáticos, religiosos, tecnológicos, it girls, entusiastas de la violencia contra los animales, xenófobos, los que señalan los errores en los otros), allí donde se encuentren.
            Todos ellos caídos con un único y certero disparo, nada más. Porque la violencia es patrimonio de los salvajes. Y nosotros no lo somos.
            Se hará poco a poco, levantando las mínimas sospechas, con el único fin de salvar al mundo, no al sistema que funciona porque nadie se decide a cuestionarlo, sino al mundo que lo sustenta. Paso a paso veremos como el miedo, el pavor, el terror de las posibles víctimas se transforma en resignación de quien sabe que sus propias acciones los han condenado; y que por más que el millonario en cuestión done su enorme fortuna para ayudar a la conservación de los últimos kilómetros del ártico, en la búsqueda de la vacuna contra la estupidez humana o en construir un bunker privado lo suficientemente oculto para que nadie lo encuentre, no es lo que haga con ese dinero lo que lo condena, sino el cómo obtuvo, él mismo o su familia, en el caso de ser una herencia.
            Cierto, la sangre fluirá, el mundo se cubrirá de muerte; pero, cosa poco sabida por lo que nos encerramos a vivir nuestros pálidos reflejos de vida en los suburbios, la sangre es uno de lo mejores abonos naturales (y no agroquímico) para la tierra hambrienta. Por algo, el césped siempre es verde en los más antiguos cementerios, esos que nadie quiere visitar en vida.
            Será lento, difícil, doloroso. Ellos utilizarán sus mejores armas para desacreditar nuestras acciones cuando se percaten que nada puede detenernos. Los medios de comunicación, las colmenas sociales, la publicidad viral y las fuerzas del (des)orden, atacarán con todos sus recursos. Pero nunca nadie dijo que sería fácil llevar adelante éste proceso; una cosa es comenzar y dejar que la fuerza de los acontecimientos crezca, como una bola de nieve que crece mientras la gravedad la empuja hacia su destino al final de la loma, otra diferente es mantenerse en movimiento.
            Aunque, si bien lo parece, lo más complicado de todo este proceso sería una cuestión de logística, como el encontrar un depósito lo suficientemente grande en el cual acumular las más de siete mil millones de municiones necesarias para concluir con nuestro plan de asesinatos selectivos de la completa población humana.
            Luego de lo cual, sin dudas, alguien más heredará la tierra.

lunes, 30 de enero de 2017

Error # 17 (Barrio viejo, viejo barrio)

He vuelto a recorrer tus calles luego de tanto tiempo que ni siquiera pretendo especificarlo. La infancia apenas se acababa, y no porque yo lo decidiera de ese modo, la última vez que pisé tus calles, sé que lo recuerdas tan bien cómo yo lo hago.
            Descubro que perduran muchos menos árboles en tus aceras, el sol pega con demasiada fuerza, con más peso, sobre mi nuca descubierta; sólo resta reponer los árboles perdidos, con aquellos que guardo en mi recuerdo, pues los han quitado a casi todos. Camino y veo en el recuerdo que allí supo haber un álamo, el otro lado de acera lo ocupaba un sauce y, en la esquina, un tilo. También lo recuerdas, ¿cierto?
            Un edificio rectangular, impersonal, aburrido, gris, ocupa el sitio de una de tus viejas casas, que podrían lucir viejas y desvencijadas, pero eran de la forma necesaria para una familia. De la casona de la otra esquina tampoco queda rastro alguno, otro edificio se levanta en su lugar, igual de gris e impersonal que el anterior.
            Las casas que aún perduran han sido refaccionadas, remodeladas y pintadas tantas veces que soy incapaz de distinguirlas. Seguro tú sabes cuáles son, pero yo no.
Han quitado los antiguos adoquines y el asfalto inunda las calles. El tránsito ahoga tus sonidos, hay ruido constantemente; tanto que ni siquiera puedo concentrarme para pensar para qué fue que vine hasta ti.
Las viejas familias, si es que alguna queda, serían incapaces de reconocerme, así como yo tampoco podría hacerlo. El almacén, la tintorería, el repartidor de periódicos fueron reemplazados y son, apenas, y como no podía ser de otro modo, recuerdos.
            Has cambiado barrio. ¿Tú también lo notas?
            Tu aroma ha cambiado, barrio viejo, viejo barrio, no sólo tu color o tu aspecto, tu espíritu, si es que tal cosa existe, se ha ido, quizás al mismo momento en que me marché; por eso es que aquello que pretendía encontrar ya no lo posees. Pero el atroz recuerdo de lo que viviera en tus calles me impulsó a volver y reconocer algún detalle en tu geografía, por ínfimo que fuera, que fuera mío y sólo mío.
            Entiendo, quizá demasiado tarde como para ahorrarme el viaje de regreso, que si hubieras sido mío, viejo barrio, barrio viejo, o tú parte de mí, nunca hubiera abandonado tus calles. Así como tú no serías tan sólo un recuerdo, sino una realidad. ¿Puedes entenderlo?
            Aunque, la verdad, ¿sabes qué? Al diablo contigo barrio viejo, viejo barrio. Tú no me perteneces. Ni yo te pertenezco a ti. Tienes tu vida aquí, con otra gente que te recordará en el futuro; y yo tengo mí propia vida en otro barrio, uno que sí querré recordar, puedo asegurártelo.
           Así, pues, hasta nunca.

domingo, 15 de enero de 2017

Más allá de la luz

El artículo publicado en la revista de la Academia Científica Internacional, La ciencia de Hoy, más conocida con nombre en inglés antiguo Today´s Science, resultaba lo suficientemente críptico y trabajando con sobreentendidos como para que solamente un puñado de científicos en el mundo comprendiera lo que allí se decía. Se hablaba de macromoléculas comprimidas en alta densidad, hipertorsión de unidades covalentes, disociación de partículas elementales y de la vitalidad de los componentes metamórficos del universo; con tales categorías llegaban a conclusiones que, según ellos sostenían, alterarían la concepción de la realidad que poseía la menguante humanidad.
            El descubrimiento había sido posible utilizando los laboratorios de fisiopartículas de la República Semidemocrática de Madagascar, financiados por la explotación del coltán y diamantes, detalles que no se mencionaban en el artículo, seguramente por considerarlos como carentes de importancia. Se contaba también con el aporte económico de varios monopolios de diferentes servicios de comunicación y empresas afines a la producción de agroquímicos y semillas transgénicas; así como la inestimable ayuda de científicos de la generación anterior que habían servido de enlace entre los investigadores y sus financistas, como no podía ser de otro modo, ninguna investigación puede llevarse adelante sin buenos contactos.
            Para el vulgo, es decir, el resto de nosotros que siempre necesitamos a un divulgador atento que nos explicara con palabras sencillas en qué cosas se gastaban miles de millones de cualquier moneda con valor internacional (dinero que nunca era real, sino más bien una ficción con sabor a deseo), y sin palabras encriptadas que nada significan (incluso dudo que signifiquen algo para quienes las utilizan). Divulgadores siempre atentos a la posibilidad de la publicidad gratis, unos minutos frente a las cámaras para lucir sus intelectos y sus sonrisas de modelos publicitarios.
Así fue que alguien acabó explicándonos que significaba aquella jerga; uno de tantos, tal que ni siquiera su nombre vale la pena recordar, porque abundan como sanguijuelas en un estanque de agua pútrida. Ellas siempre preparadas para atacar a quien cae en sus aguas; ellos siempre preparados para presentarse frente a las cámaras para enarbolar su sabiduría como el único, sino el último, bastión de conocimiento en medio de una sociedad de ignorantes que sólo aprenderemos lo que él quiera enseñarnos. Es decir, como cualquier otro que se coloque frente a una cámara creyéndose superior al resto.
            —Ellos, simplemente, rompieron la luz —dijo como si sus palabras tuvieran algún sentido, sin perder su sonrisa, al instante en que la cámara lo enfocó una vez más en respuesta a la primera pregunta de su entrevistador.
            —Pero… —intentó articular el estupefacto entrevistador haciendo un maravillo papel de ignorante, aún cuando no estaba fingiéndolo—, ¿eso qué significa?
            —Ah, sí, bueno, descubrieron que hay algo más rápido que la luz, que no es constante en su velocidad como se sostenía hasta el momento de la publicación del artículo. Y como el espectro lumínico era uno de los límites que le quedaban por superar a la humanidad, ahora podemos pensar en algo más, podemos investigar lo que se encuentra más allá de la luz.
            —¿Y qué podría ser eso? —preguntó el entrevistador ayudado por el productor del informativo a través de sus auriculares—. ¿Qué es lo que podríamos encontrar del otro lado de la luz?
            —Esperemos que algo más que simple oscuridad —rió mostrando su dentadura tan completa como falsa.
            —Muy bien, para ir finalizando con éste segmento, ¿podría decirnos que utilidad tendrá tan novedoso descubrimiento para la vida cotidiana? Para las personas de a pie, como quien dice —preguntó el periodista por fin haciéndose eco de lo que el resto de la gente realmente querría saber.
            —Probablemente no representará ningún cambio —su enorme sonrisa fue lo último que de qué enfocó la cámara.
            —Bien, nos reencontramos luego de este corte publicitario —dijo, fuera de imagen, el entrevistador.

domingo, 8 de enero de 2017

José y la entrevista que no fue

Las búsquedas laborales suelen tener, como mayores componentes, gran cantidad de deseo, ansiedad y frustración, aún cuando la proporción dependa de agente externos a nosotros mismos (podemos pensar lo contrario, pero sabemos la verdad, muchas veces nada depende de nosotros). Búsqueda que se torna más frenética en fechas que se acercan al cambio del calendario, comenzamos a pensar en la economía del año venidero y descubrimos que quizá nuestro actual salario (o la situación laboral en la que nos encontramos), quizá no sea la idea.
            Entonces buscamos, y algunas veces encontramos, una oferta laboral que se acerque a nuestras expectativas (las que, de por sí, suelen ser bajas). Buscamos y buscamos, hasta dar con el indicado, aquel que parece haber sido redactado sólo para nosotros, y para nadie más (sí, aún cuando sabemos que no es así); y la alegría amenaza con ahogarnos quitándonos el aliento.
            Correo electrónico de ida (porque esta claro que hoy somos todos digitales y nadie lee correo en papel), correo electrónico de vuelta, un currículo que es aceptado, un breve diálogo, y una entrevista concertada con fecha y hora estipulada con quince días de anticipación. Maravilla de la tecnología, hemos podido hacer todo ello desde nuestro más cómodo asiento en nuestra casa; pero los niveles de ansiedad no disminuyen.
            Es el momento de comenzar a cuestionar nuestra idoneidad para el puesto al cual acabamos de postularnos. ¿Seremos capaces de cumplir las tareas encomendadas? ¿Podremos superar la entrevista? ¿Aceptará nuestro aspecto quien realice la entrevista? ¿Podremos convencerlo de que lo haga? Dudas, dudas, algunas pocas certezas, y más dudas. Mientras el calendario avanza hacia la fecha señalada.
            Lo peor de la situación es que, aún cuando dudemos, y nos demos cuenta que quizás el aviso era demasiado bueno para nosotros, sabemos que de una forma u otra igualmente asistiremos. Nunca lo pondríamos en duda, la economía no ayuda (¿lo ha hecho alguna vez?). Pero los problemas, siempre, parecen de la forma, y en el lugar, menos esperados.
            Es por eso que, el día de la entrevista, pactado quince días antes, como ya dije, me acerqué al lugar, ingreso sin inconvenientes, pues creo que la persona que pactó la entrevista conmigo estará esperándome aún cuando haya llegado diez minutos antes de la hora, y me anuncio en recepción:
—Hola, soy José A. García, tengo una entrevista con XXXXXX a las 10:30 —intento sonreír lo mejor puedo, cosa que aquellos que me conocen saben que tal esfuerzo no siempre redunda en buenos resultados.
Por la forma en la que la recepcionista se queda mirando mi rostro comienzo a pensar que debo de tener algo en él, una mancha de tinta o algo peor, una mancha de comida en el cuello de la camisa; alguna cosa de esas que logran hacer que otro clave la mirada en uno de esa manera.
—Si… este… bueno… dame un minuto… —dijo tomando rápidamente uno de los teléfonos que tenía allí cerca.
Me alejé unos pasos para que pudiera hablar con comodidad y porque no creía que fuera a interesarme lo que allí se resolviera; sin dudas estaba avisando de mi llegada y dando mis datos para que me dejaran ingresar al edificio.
Claro que las cosas nunca resultan tan fáciles.
—Disculpe —llamó mi atención la recepcionista para que me acercara nuevamente.
—Si —dije sonriendo, esta vez su mirada parecía un poco menos agresiva, pero sólo un poco.
—Me informan que XXXXXX se encuentra de licencia, por vacaciones, desde ayer.
—Pero me citaron hace quince días —dije sorprendido—, tengo el correo electrónico para mostrarte.
—No sé qué es lo que pasó, ella está de vacaciones, hoy no vino a trabajar. Sólo puedo decirle que regrese en febrero, cuando ella se reincorpore.
            Me demoré unos cinco segundos en reaccionar, darme vuelta y salir de allí cuan rápido me fue posible sin decir una palabra, porque, después de todo, cómo se responde a algo semejante.