Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 18 de noviembre de 2018

Transacción no realizada


Tengo la certeza de que todavía no les conté de cómo vencí al diablo, al demonio, a mandinga, al oscuro, a belcebú, lucifer, el ángel caído, el enemigo, o el nombre que quieran darle según la religión que hayan decido profesar o que crean que es mejor que las demás. Debo aclarar que en nada se parece a la noche en que derroté a la ultraderecha continental, sino que se trata de algo un poco más mundano, más cercano a lo que habitualmente nos tiene acostumbrados dicho personaje.
            Apesadumbrado me retiraba de mi trabajo a media mañana de un lunes, pensando en lo que haría a continuación, aunque siempre hacía lo mismo, por lo que nada había realmente para pensar. Entonces noté que alguien me llama por mi nombre secreto (sí, todos tenemos un nombre secreto; es la forma en la que nos llamamos a nosotros mismos en nuestros pensamientos, ¿no lo sabían?).
—Hola perejil, ¿cómo estás hoy?
Imaginarán mi sorpresa al escuchar que me llaman de esa manera en medio de la calle, casi llegando a una esquina de escaso tránsito vehicular con unos pocos pájaros cantándole a una primavera que se resistía en dejarse sentir. Miré hacia atrás, hacia la derecha, la izquierda, el centro, la extrema izquierda, sin ver a nadie.
—No, no, no, no, estoy acá, arriba —dijo la misma voz.
Entonces lo vi. Parecía un graffiti socarrón, casi de cuerpo entero, adornando una pared. Saqué una fotografía, como corresponde, pero por más que lo intenté no pude captar el momento en el que movía la boca para hablarme. Representaba la imagen estilizada de lo que imaginamos ha de ser el diablo, tal y como nos enseñó el arte de consumo masivo de la segunda mitad del siglo XX: rojo, enorme, con cara de malo (aunque no en este caso), con cola (oculta) y con un tridente y/o lanza como arma; la corona lo señalaba como el príncipe de las tinieblas y le daba, también, un toque de distinción.
—Puedo darte lo que siempre soñaste —dijo guiñándome un ojo.
—Hace años que no sueño, tomo pastillas para dormir, así que… —respondí sin percatarme de que había comenzado a hablar con una pared.
—Me refiero a los sueños metafóricos, salamín —dijo en un todo un poco más duro.
—Ah, si, esos, bueno… —dije seguro de estar ruborizándome frente a él.
—Mujeres, sí. Es lo que primero piden los hombres —dijo riéndose a carcajadas.
—Pero… —lo interrumpí imaginándome el resto de su parlamento—, ¿podrás hacer que me amen? Sea lo que sea que signifique esa palabra —siendo sincero no demostré demasiada entereza al preguntarlo.
—¡Qué pregunta más estúpida! —gritó cambiando de gesto.
—¿Eso es un sí? —pregunté.
—Nadie podría hacer eso —respondió—, ni siquiera con todo el poder de la creación.
—Ah, entonces no me sirve —dije charqueando la lengua y amagando a seguir caminando.
—Todavía hay más… —dijo pretendiendo sonar enigmático.
—¿Qué otra cosa tienes para ofrecerme?
—¡Dinero! Toneladas de dinero… —mientras lo decía llovieron sobre mí billetes de todos los colores y formas que se desvanecían cuando pretendía tocarlos.
—¿Podré…?
—¡Ni se te ocurra mencionar al amor! —gruñó—. El universo entero sabe que el dinero no compra el amor.
—Iba a preguntar si me lo podría quedar una vez muerto, digamos como herencia para mis descendientes, en el caso de que decidiera tenerlos, pero la cuestión que acabas de mencionar estaba segunda en la lista. En el tercer puesto se encontraba la posibilidad de utilizar ese dinero para investigar tratamientos de longevidad.
—Nada de eso puede hacerse, lo sabes bien. No sirve que le de algo a alguien que vivirá para siempre y nunca obtendré las ganancias pautadas. Es un trato estándar, se finaliza a tu muerte, me devuelves lo que te haya dado y me quedo con tu alma, que es la tasa de interés. De seguro ya lo conoces, en la literatura lo mencionan a cada rato, en el cine, la televisión, la radio, los comics, en las festividades, y un largo etcétera.
Si, dijo y un largo etcétera, expresión que nadie usaba desde hacía décadas.
—¿Para qué sirve la riqueza si no puedo comprar el amor, aunque no era una prioridad, ni puedo mantenerla después de muerto? —pregunté con intenciones de hacerlo recapacitar, y que cambiara los términos del contrato, pero ni siquiera lo dudó.
—Bueno, pensemos en otra opción.
—Después del amor y el dinero viene el poder —dije.
—¡Exacto! ¡PODER! —gritó riéndose a carcajadas otra vez. Para esa altura del diálogo suponía que era el único que le escuchaba, de otra forma alguien más se habría acercado a ver qué sucedía en ese lugar, cosa que no había sucedido. Imaginaba también que nadie más vería los rayos de colores que salían de las puntas de sus dedos en un intento por demostrar vaya a saber uno qué cosa.
—Perfecto, quiero volar, para huir de las conversaciones aburridas; quiero ser capaz de hacerme invisible, para evitar situaciones incómodas; inteligencia, para saber qué decir en cada momento; velocidad, para no llegar tarde a ningún lugar; memoria eidética, para no olvidar nunca nada… Y alguno más se me va a ocurrir mientras espero a que cumplas lo demás.
Cuando volví a mirarlo, pues había estado numerando con los dedos y no podía dejar de mirar mi mano pensando en esos poderes, en su rostro había una mezcla de fastidio, frustración y ganas de mandarme al infierno.
—Eso no es poder —dijo—, son poderes de ficción, no podemos ir en contra de las leyes de la física… ¿No les enseñan nada en este siglo? Con poder me refiero, claramente, a poder de tipo terrenal, ustedes lo llaman político, según entiendo —dijo con una mano apoyada en la barbilla.
—Bueno, bueno, no lo sabía. Es que no me interesa ese tipo de poder —respondí—. ¿Qué otra cosa hay para ofrecer?
—A esta altura ya no sé… —dijo.
—¿Podrías cambiarme de trabajo? —pregunté.
—¡Si! Eso es muy fácil, con sólo chasquear los dedos. ¿Qué trabajo quieres hacer?
—El tuyo. Por algo dije cambiarme, yo hago tu trabajo, vos el mío. Aunque lo correcto habría sido decir intercambiar, ahora que lo pienso mejor… —dije enredándome con las palabras, tal y como él intentara hacerlo unos instantes antes.
En silencio el diablo me miraba como si estudiara la propuesta como si, finalmente, hubiera encontrado la forma en que cualquier opción redundaría en un triunfo para sí. Eso o tenía astigmatismo, lo que le obligaba a entrecerrar los ojos.
—¿Qué tipo de trabajo realizas en este mundo? —preguntó con un dejo de interés.
—Soy docente de secundaria —respondí encogiéndome de hombros.
—¡¿QUÉ?! —gritó sorprendido—. ¡Maldito seas! ¿Pretendías engañarme? ¿A mí? Nunca aceptaría un trabajo tan vil, tan degradante, exigente, decepcionante, subvalorado, deprimente, mal pago, explotador, indigno, despreciable, infame, penoso, ingrato, arduo, patético, ignominioso,  y... y… ¿Ya dije degradante?
—Si. También me parece que repetiste alguna cosa más —respondí—. Entiendo que la propuesta no es de tu agrado, pero tampoco para decir que es un trabajo tan malo. Además, dudo que el infierno sea diferente.
—¡Por supuesto! Puedo vivir en el infierno, encargarme de castigar a los pecadores, buscar alguna que otra alma perdida de vez en cuando y sin que nadie se percate para disfrute personal, colaborar con el crecimiento de la desigualdad mundial, y esas cosas pero nunca, jamás, ni siquiera por error, ni mucho menos por casualidad, aceptaría ese trabajo —la imagen del demonio fluctuaba haciéndose poco a poco más irreal, más similar a un simple dibujo en dos dimensiones antes que una presencia corporal.
—No habrá trato, pues —dije.
—Te quedas con tu alma —respondió el diablo—, pero solo por ahora —acotó antes de desaparecer definitivamente.
Regresé a mi camino, al que todavía le restaba la mitad, pensando en lo que haría el resto del día sabiéndome vencedor en la contienda con el diablo y, también, teniendo por seguro que el alma que pretendía quitarme no es más que una entelequia de ficción, por lo que ignoro cuál sería su motivación para interrumpirme de esa manera. El muy mal educado me había hecho olvidar lo que estaba pensando.


sábado, 10 de noviembre de 2018

La maldición de las palabras


El horror tiene formas impredecibles, nos hemos acostumbrado a ello tras años de comedias cinematográficas, series de televisión con pretendidos visos artísticos y cosas similares. Siempre debemos esperar lo peor de las personas y los objetos inanimados, incluso de los animales y, también, de uno mismo. Ese “siempre” es lo más cercano que estaremos nunca de conocer lo absoluto.
            Hasta el momento en que ocurrió la tragedia, que es el nombre con el que designo a ese momento atroz de mi vida, había pretendido atravesar la existencia de la mejor manera posible. Eso se traducía en momentos de extremo placer y distensión, de cumplir con mis obligaciones en tiempo y forma, mantener la declaración de impuestos al día, aportar a las campañas de bien común de las que me enteraba a través de las redes asociales sin saber muy bien qué hacían realmente con el dinero; todas esas cosas que estimamos significativas y que sirven para valorarnos mejor en nuestros mínimos momentos de introspección semanales.
            Hacía actividad física más veces en el mes de las recomendadas, para mantener el tono muscular, la elasticidad de la piel y la circulación de la sangre en perfecto orden. Recortaba mi cabello cada luna nueva, ya que entendía que en ese momento crecía con más fuerza, por lo que no se caería produciéndome calvicie prematura ni comenzaría a encanecer (proceso que ocultaba con extremo cuidado). Buscaba a mis amantes siempre entre sus 20 reconociendo que el paso de los años no me afectaba y que la juventud no era otra cosa que un estado del alma; pero, ante la eventualidad de que tal cosa como el alma no existiera, me mantenía rodeado por gente joven en otros aspectos. Buscaba el efecto contagio y, la mayor parte de las veces, lo lograba. Me sentía tan o más joven que los mismos jóvenes, tan o más lleno de vida y fresco que una planta que acaba de descubrir el sol, como una cría de cachorro que juguetea todo el día sabiendo que había cumplido con mis responsabilidades.
            Pero esas mismas responsabilidades me permitían construir la idea de que edad no se notaba en mi cuerpo, ni en mis expresiones, ni en mis movimientos, mucho menos en mi forma de vestir. Las arrugas en la comisura de mi boca, en torno a mis ojos y en las manos, eran señales de experiencia, eran armas de seducción antes que muestras de decadencia. La decadencia, por otra parte, estaba terminantemente prohibida y se encontraba en cualquier otro sitio pero no, ni siquiera por casualidad, en mi vida.
            Me dirán que era un mundo imaginario, de mentira, tan lleno de falsedad como cualquier otro perfil de redes asociales. Pero a mí me servía, viví de esa forma mucho más tiempo del que estaría dispuesto a admitir, incluso si alguien contara con las pruebas para demostrarlo, las cuales sé que no existen, lo negaría tranquilamente. La edad no era un problema, claro que no; el problema siempre fue la percepción de la misma que hacían los demás.
            De otra forma no me habría afectado de tal manera la tragedia que aconteció aquella noche, mientras aguardaba la llegada del ómnibus hacia el centro de la ciudad. Sin dudas debido a la tormenta, el asfalto mojado y alguna otra eventualidad, llevaba minutos de retraso. Minutos que me servían para contemplar las fachadas de los edificios, los juegos de reflejos producidos por las gotas que continuaban cayendo, los sonidos de la naturaleza que nos negamos aceptar. Imperceptible en mi distracción, una niña se acercó por detrás y preguntó en vos alta:
            —¿Señor no sabe por qué el ómnibus está retrasado?
Como me encontraba junto con otras personas en el mismo lugar, me desentendí de aquellos molestos sonidos. Pero ante la falta de respuesta la niña redobló la apuesta añadiendo a su pregunta un leve tirón de la manga de mi abrigo.
            —¿Señor no sabe por qué el ómnibus está retrasado?
            Miraba con esa expresión que se les enseña a los niños que deben utilizar al relacionarse con alguien mayor, y me refiero a un sexagenario, mínimo. Para ella no era un igual, claramente no pretendía serlo, para tampoco funcionaba el engaño. Solamente podía sentir repulsión ante semejante mirada.
            —¿Me estás hablando a mí? —pregunté a mi vez con extrañeza.
            —Si, señor. ¿Sabe o no sabe?
            —No —respondí con sequedad—, no sé nada.
            Di media vuelta y regresé a mi departamento, cargado de rabia e irritación.
Estaba a unas pocas calles nada más, pero en esa caminata sentí como comenzaba a fallarme la rodilla izquierda de tanto caminar; también debía atender a cada uno de mis pasos por temor a caerme y romperme algún hueso ya que apenas podía mantener los ojos abiertos de tanto sueño repentino.
            Resollando logré escalar los dos tramos de escalera que separaban la calle de la puerta de mi hogar. Necesitaría mucho más que una noche de tranquilidad para reponerme de semejante mal trago, para olvidarme de la rabia, dejar de lado la irritación y que los ojos de borrego de aquella niña ni siquiera ocuparan un lugar en mi memoria, por suerte el fin de semana recién comenzaba.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Mangle (Refugiados)


Las señales de lo que sucedería estaban frente a nosotros desde hacía mucho tiempo, sin embargo, preferimos ignorarlas, como siempre, para sentir que la responsabilidad sería, en última instancia, de alguien más. Pero sabíamos que algo semejante podría suceder en algún momento.
Cuando recibimos las primeras imágenes desde la ciudad, donde ninguna de las construcciones había resistido cuando la Tierra comenzó a temblar desbocada, a las calles abriéndose dejando a la vista lo que se ocultaba debajo de ellas, a las aguas encabritadas y el diluvio que azotaba la región mientras el viento arreciaba con tal vehemencia que ni siquiera podía estimarse su fuerza, lo sabíamos.
Las imágenes duraron poco tiempo, rápidamente las comunicaciones se cortaron; el servicio eléctrico hizo lo único que podría hacer en una situación similar y dejó de funcionar. El caos se enseñoreó sobre todo lo que el hombre pretendía haber ordenado; la sociedad se descomponía en la medida en que sus miembros no sabían de qué manera reaccionar frente a un desastre natural.
            Nadie tenía dudas de que lo mismo sucedería en el pueblo, pues no estábamos tan lejos de la capital como siempre nos habían hecho creer nuestros representantes, por eso huimos, desbandados como los animales asustados que siempre habíamos sido. Algunos escaparon hacia el sur, pensando que las montañas les protegerían de las lluvias y las inundaciones. Otros se encaminaron hacia el norte, hacia la tierra del frío pensando en lo mismo. Pocos fueron hacia el este, hacia la ciudad, esperando encontrar en medio de la devastación oportunidades de supervivencia; nadie les preguntó a qué se referían, los detalles resultaban innecesarios.
            Quienes preferimos quedarnos, sin haberlo decidido en conjunto, sino cada uno por su lado, para sorpresa de los otros, partimos hacia la costa, hacia los manglares; hacia ese sitio tan inhóspito para el hombre, tan lleno de vida, tan amenazado por nuestras acciones y que, ahora podíamos verlo, resultaba ser el refugio ideal. Intuíamos que protegidos por la propia naturaleza teníamos más posibilidades de sobrevivir; era eso o pensar que no teníamos ningún otro sitio al que ir.
            La tormenta no se detuvo. Siguiendo la lógica de los últimos años, cada nueva tormenta aumentaba su fuerza, su brutalidad, su capacidad destructiva; era algo más que una simple tormenta tropical, superaba los peores tifones y huracanes y cualquier cosa imaginada hasta ese momento.
            El clima empeoraba durante días; el agua subía durante noches completas, como si las mareas fueran incapaces de controlarlas. El viento no se detenía, así como tampoco lo hacía la lluvia, los mangles se agitaban como si quisieran levantarse y huir a la carrera, pero resistían. Como resistíamos nosotros, aunque menos de los que éramos al principio, aterridos de frío e inanición aferrándonos a las ramas, a los troncos, a las raíces más altas, esperando, sin saber qué, pero esperando al fin y al cabo.
            Si teníamos un poco de suerte, porque ni siquiera la esperanza sobrevivía ante semejante azote, en algún momento el clima amainaría su furia. Esa sería la señal de que poco a poco volvería la tranquilidad, las lluvias acabarían, el viento se calmaría, el sol volvería al cielo luego de que las nubes se abrieran para él, las aguas bajarían y recuperaríamos algo similar a la paz junto con la posibilidad de sentir el cuerpo seco una vez más.
            Entonces abandonaríamos los manglares, agradeciéndole a sus mangles el habernos aceptado como refugiados, el habernos alimentado y la protección brindada. Luego, tan rápido como les diéramos la espalda, comenzaríamos a pensar en la reconstrucción, aunque de la antigua México no quedara ladrillo sobre ladrillo.
            Pensaba solamente en eso mientras sentía que mis fuerzas comenzaban a flaquear en medio del frío y la humedad de la noche, con la lluvia golpeando sobre mi cuerpo y el hambre imposible de disimular bramando en mi estómago vacío.

domingo, 21 de octubre de 2018

Otros mundos


El agotamiento siquiera me dejaba pensar con claridad. Eran días aciagos, en donde el trabajo, por alguna razón, se acumulaba y siempre había alguna otra cosa para hacer. Como una gran ola tras la cual sabemos que, indefectiblemente, llegará otra, la pila de pendientes nunca disminuía sino que crecía exponencialmente.
            La repetición, lo mecánico, lo extremadamente físico, acababa por entorpecer cualquier pensamiento, cualquier otra opción.
            Mis ojos ardían frente a un monitor que solamente me devolvía información valiosa para alguien más, nunca para mí. Las ganancias siempre eran para alguien más, ya lo había dicho Marx y se habían encargado de refrendarlo cada uno de los jefes de los trabajos que tuve hasta llegar a ese momento. Nadie se tomaba siquiera un segundo para negarlo; no era necesario.
            Refregándome los ojos salí del edificio gris, una mole impersonal de cemento, concreto, hierro y cristal; la luz artificial que me acompañara al llegar por la mañana era la misma que me despedía. Si había salido el sol en algún momento, si había sido de día, si algo había cambiado en el mundo, no podía saberlo; en mi realidad todo continuaba del mismo modo.
—Ni siquiera sé qué es lo que necesito ahora —dije o pensé o algo parecido. Alguien se dio vuelta para mirarme, por lo que debo de haber hablado en voz alta. No tengo ninguna seguridad sobre ello.
            —Pasaje gratis a otro mundo —respondió una voz detrás de mí. Lo cual era bastante difícil de comprender, ya que me encontraba con la espalda apoyada en la pared del edifico que acababa de abandonar respirando un poco de aire menos viciado que el del interior.
            —¿Cómo…? —pregunté a pesar de haber escuchado claramente.
            —Usted preguntó, me limitó a darle una opción —respondió la misma voz.
            Atiné a girarme y encontrar, como resultaba por demás evidente, la pared del edificio. Alguien había dibujado un graffiti sobre el muro gris, un mundo, que bien podría ser Saturno o Júpiter con sus anillos y dos racimos opuestos de lunas. Sencillo, sugerente, idealizado por demás. Unas pocas líneas daban la sensación de movimiento, de distancia, de algo por completo diferente al cubículo que acababa de abandonar y al que, inevitablemente, regresaría por la mañana.
            Sonreí.
            —Pasaje gratis a otro mundo —repitió la voz, una vez más, detrás de mí, donde sabía que no había nadie más que la acera vacía—, sólo extienda la mano y tómelo.
            Giré una vez más solamente para tener la seguridad de que nadie me estaba hablando. Pero el eco de las últimas palabras aún perduraba, de una manera que nunca antes sintiera, en mi cabeza.
            Extendí la mano hacia el dibujo sin tocarlo, como dudando de que algo semejante fuera posible. No. No dudaba, sabía que no era posible. Si llevamos casi medio siglo discutiendo la veracidad de la llegada del hombre a la Luna en una lata de aluminio, cómo no dudar sobre la posibilidad de acceder a otro mundo de una manera tan sencilla.
            —Debo estar muy cansado —dije—, empiezo a creer que escucha voces.
El agotamiento que me acompañaba me llevó a creer que, mientras me alejaba negando con la cabeza, las líneas del dibujo comenzaban a brillar levemente borrándose de la pared. Algo que, a primera hora de la mañana, me encargaría de comprobar.



domingo, 14 de octubre de 2018

Acto reflejo

Miró directamente a sus ojos sabiendo que, aunque quisiera evitarlo, las palabras resbalarían por sus labios. Era eso y, también, porque quería ver cómo se sonrojaba una vez más. 
   —Sabes —comenzó con un tono que intuía sonaría seductor—, siempre he sabido que una bruja embruja, y un embrujo es una frase bien pronunciada —sonrió porque pretendía enredarle con sus palabras, como lo hiciera tantas veces antes. 
   Creyó ver el nacimiento de una sonrisa en la comisura derecha de su boca. Pero no tenía seguridad de ello ya que había evitado mirarle directamente; a pesar de ello, continuó: 
   —Una hechicera hechiza recitando el simple verso de su hechizo. 
   Ahora sí tenía la seguridad, la certeza, de que comenzaba a sonreír. Nada podía hacer que se amilane en ese momento. 
   —Y, como sabrás, una encantadora te encanta con el sencillo canto de su encantamiento —sonrió abiertamente como le enseñaran en las clases de teatro que tomada en la adolescencia, luego de cada parlamento que busca la reacción positiva del público, se debe sonreír mirándolo directamente. 
   Aún le faltaba el cierre, el momento cúlmine de su intento, la invitación a que participe quien hasta ese momento había guardado un silencio cómplice y juguetón. 
   —¿Cuál de las tres prefieres ser hoy? 
   Cuando el último eco de su voz se apagó entre las paredes de la habitación, el silencio fue la única respuesta. 
   El desconcierto le llevó, tal vez como un acto reflejo, tal vez sabiendo exactamente lo que debía hacer, a golpearse la cabeza contra el espejo buscando que quien le miraba desde allí le diera una respuesta. Como resultaba imposible de evitar, el espejo de partió en cientos de fragmentos y astillas que se clavaron, en parte, en su cabeza abriendo, a su paso, el camino hacia otros mundos, otros reflejos, otras realidades. 
   En algunas de esas otras versiones de sí mismo, el reflejo efectivamente sonreía, evitando tanto daño, dolor y sangre. En otros, el mundo entero se hundía en la oscuridad más impenetrable en la que reflejo alguno podría existir. Había otros en los que el reflejo en nada se parecía a lo que se encontraba frente al espejo; espejos de colores que empeoraban, cuando no mejoraban, la realidad; espejos que permitían ver el futuro, el pasado, descubrir lo que nunca sucedería pero jamás, bajo ninguna consideración, contemplar el momento preciso en que nos deteníamos frente a ellos. Espejos para todos los gustos y disgustos. En definitiva, espejos por doquier. Cada astilla, cada fragmento, era una oportunidad que no había sido y que, una vez quebrado el espejo, ya nunca llegaría a ser. 
   Desmayado y desangrándose en el suelo de la habitación, nada de todo esto fue capaz de ver.