domingo, 19 de abril de 2015

Autor

—¿Podría explicarnos de qué se trata su nuevo libro, El ateismo en casa y el trabajo? —el periodista miraba, desde la protección de sus gruesos lentes, al resto del auditorio.
—El título lo explica por sí mismo —dijo el autor con fastidio, cansado de tantas entrevistas idénticas entre sí—, El ateismo para principiantes era una guía con la cual entender un poco mejor el mundo sin religiones, sin sentirse abrumado por el vacío de dicha falta, aprovechando mejor el tiempo. Mi nuevo libro es una guía de aplicación de los principios del ateismo para volverlos una práctica común en los diferentes aspectos de la vida, en la casa y el trabajo —intentó una sonrisa pero, era tanto el cansancio que imposible saber si la misma había tenido lugar. EL único que sonreía era, por supuesto, el editor.
—¿No cree que su trabajo podría despertar recelo en la población que continúa adepta a las creencias religiosas? —preguntó otro de los periodistas que recibían las preguntas pautadas de antemano.
—En el mundo en que vivimos las religiones no tienen adeptos, tienen esclavos. Gente a la que se la obliga a asistir a sus reuniones, a donar lo que no tienen, que le imponen palabras vacías y pensamientos incoherentes con el vivir de hoy.
—¿Sabe que el vaticano puso precio a su cabeza?
—Esa una actitud típica de gente con miedo, como ocurrió con Salman Rushdie. El problema es que esa secta teme desaparecer si el pueblo se olvida de que existen, de que alguna vez supieron tener un poder que no poseen en la actualidad. Creer en algo sin fundamento en la vida diaria es perder el tiempo, por eso prefiero, si voy a perder el tiempo, y de seguro mis lectores piensan del mismo modo, hacerlo de otra forma.
—¿Qué resumen haría de su trabajo? —volvió a leer una pregunta el periodista de los lentes.
—Estoy haciéndole un bien al hombre quitándole un enorme peso de su conciencia. No hay por qué pensar antes de actuar si lo que se está por hacer es bueno o malo. Porque nadie hay que los juzgue más que los mismos hombres. No hay dios, es solamente una palabra; no hay cielo, es sólo una ilusión. La biblia no es la verdad, es un tratado sobre mitología antigua. Las religiones son perversiones del pensamiento humano, una idea que perdió el rumbo.
—Usted pasó más de veinte años estudiando en las bibliotecas babilónicas, ¿para qué le sirvió todo ese estudio? —volvió a preguntar el periodista de los lentes.
—Para saber que el sentimiento de inferioridad siempre acompañó al hombre, desde que nació como tal, desde que con curiosidad miró su reflejo en el agua y contempló el fuego del crepúsculo. Siempre tuvo el hombre una necesidad que aún hoy busca satisfacer.
—¿Cuál?
—Sentirse protegido, es imposible para un creyente de cualquier fe darse cuenta que en realidad no hay nada más allá del hombre.
El editor, sentado junto al escritor, tomó el micrófono.
—Es todo por hoy. El autor debe que descansar —dijo—. Les agradecemos su presencia ésta tarde.
Los periodistas salieron de la sala llevándose las notas, fotos, grabaciones y sensaciones.
—¿Qué te pareció la rueda de prensa? —preguntó el hombre.
—Ni con periodistas comprados puede hacerse algo decente —dijo el autor—. Son tan inútiles como el resto de los de su casta.
El escritor salió del edificio, subió a su auto de vidrios polarizados, semiescondido en la oscuridad del interior cambió la máscara que cubría su rostro quitándose la de escritor y colocando, en su lugar, la de conductor, encendió el auto y se alejó en silencio.

miércoles, 15 de abril de 2015

La Hermana

Abrió la puerta. La casa estaba vacía, las luces apagadas, la cena sin preparar, el baño sucio; el típico departamento de soltero. Encendió las luces y, luego de quitarse el abrigo, llenó un vaso con agua.
Del estante debajo de la mesada sacó una caja de cartón, la abrió y revolvió los sobres plásticos del interior, encontró el que buscaba. Hermana, se leía en él con letras verdes. Lo rompió con los dientes y, en un perfecto montoncito, hizo caer el polvo del interior en el suelo. Luego echó el agua sobre el mismo y la mezcla comenzó a  burbujear mientras iba al baño y regresaba con una manta que colocó sobre los hombros de la mujer que se sentada en el suelo.
—Gracias —dijo ella con voz apagada.
—No es nada, allí está el baño —respondió.
La mujer caminó lentamente, permaneció en su interior cerca de cuarenta minutos. Cuando salió, los azulejos y el resto del interior brillaba de limpio. Se había vestido con un pantalón de pana raído, completando su atuendo con una remera estirada y falta de forma, que encontró en el lavarropas.
—Limpié un poco el baño —dijo como al pasar.
—No te hubieras molestado. Se ensuciará nuevamente —le respondió él.
—Mañana lo limpio otra vez —la mujer sonreía al pensar en mañana.
—Te toca hacer la cena —señaló los utensilios –, te pido que no quede nada sucio ni fuera de lugar —aclaró.
La mujer asintió. Revolvió la heladera, acumuló unas cosas sobre la mesada y, cuchilla en mano, comenzó a picar una cebolla.
Como nada le resultaba más desagradable que el ver cómo otra persona manipulaba la comida, aprovechó para internase en el baño, un largo y cálido rato bajo el agua para sacarse las sensaciones que lo embargaban cada tarde al volver a casa.
Con la cabeza igual de confusa, pero con el cuerpo limpio, volvió a la cocina. La comida estaba lista, carne asada en su jugo, como le explicó ella con una sonrisa. No podía quejarse, él no sabía cocinar más que arroz.
Durante la cena no hablaron, él comía sentado en su lugar, ella lo miraba desde el suyo sin probar bocado.
—No me dijiste cómo te fue hoy —dijo la mujer.
—Bien, ¿cómo me va a ir?
—No lo sé, por eso pregunto. Si te molesta no pregunto más —dijo la mujer retrayéndose un poco más en su asiento.
—Si preguntaras cosas mejores no me molestaría —respondió él.
            Continuaron en silencio, él comiendo, ella mirándolo.
—Ya terminé de comer, me voy a dormir.
—Bueno, yo limpio un poco la cocina y más tarde me acuesto.
No le respondió.
La mujer limpió la cocina, acomodó un poco el desorden que gobernaba en el cuarto, barrió los pisos, sacó las telas de arañas, dio vuelta el departamento para que quedara reluciente. Seguía siendo el lugar de un hombre solitario, pero ahora lucía un poco más limpio y ordenado.
Al despertar, viendo cómo había quedado el lugar, sólo pudo hacer un único comentario.
—Qué pérdida de tiempo —en tono más que lapidario.
Abrió la puerta y, aunque no lo vio, por el suelo se esparció un montoncito de polvo, que aún guardaba un cierto dejo de humedad, acumulado junto a la puerta de la habitación.

miércoles, 8 de abril de 2015

La Clase

Con el libro entre las manos, leía en voz alta:
            —Después de todo, los hombres son como copos de algodón. Suavecitos y tiernos cuando se los tiene en la mano, puede apretársele el cuerpo que volverán a como eran. Tienen cosas buenas pero no tantas como tendrían si fueran copos de azúcar. En ese caso sí, serían perfectos, pero, como es sabido, no puede tenerse todo a la vez.
            Guardó silencio para señalar el final de la frase, de la historia.
—¿Quién puede decirme qué significa? —preguntó la profesora.
La clase la miró en silencio; un silencio que iba mucho más allá del respeto habitual.
—¿Nadie? —preguntó—. ¿Cómo interpretan el mensaje?
Dejó pasar dos minutos, en el silencio únicamente la respiración de un alumno resfriado se escuchaba desde alguna parte del salón. El resto simulaba mirar hacia otro lado, el suelo, o donde fuera mejor para no cruzarse con sus ojos.
—Se supone que la clase, como taller de lectura para adultos, se construye con el diálogo. Pero si nadie quiere hablar, si nadie se atreve a decir lo que está pensando mientas trabajamos con los textos, nada de todo esto tiene mucho sentido.
La alumna de siempre levantó la mano, algo más que el fastidio habitual se le notaba en el rostro.
—Puede ser que quiera significar algo así como que el hombre nunca cambia, que continua en lo mismo por más que el exterior lo empuje al precipicio, se mantiene estoico, terco, en una posición desfavorable aún cuando sabe que está haciendo lo incorrecto —dijo con la voz cansada y aburrida.
—¿Están de acuerdo? —preguntó la profesora tan cansada y aburrida como el resto de los alumnos.
Silencio otra vez. Dos o tres personas ensayaron abrir la boca, pero sin emitir sonido alguno.
—Terminamos por hoy —dijo, entre enojada y decepcionada, la profesora.
La mayoría de los alumnos desaparecieron, sus formas se concentraron en un diminuto círculo blanco antes de desaparecer como las viejas televisiones catódicas. Algunos salieron caminando del salón haciendo ruido con los pies.
La profesora acomodó sus papeles guardándolos dentro de un bolso; cuando salió, la alumna de siempre la esperaba en la puerta, apenas sonriendo pero alegre porque la tortura por fin había terminado.
—¿Vamos? —preguntó.
La profesora asintió con la cabeza. Caminaron por el pasillo hacia la puerta tomadas de la mano.
—Los hologramas son cada vez peores —dijo, la profesora, antes de salir del edificio.

jueves, 2 de abril de 2015

Los asesinos filántropos

Firmaban de esa forma sus crímenes más espectaculares (es decir, todos ellos). Antes de su huída, siempre en los segundos previos a la llegada de las fuerzas del orden, dejaban su tarjeta de visita. Un cartel, una pared pintada, un mensaje de texto, panfletos repartidos a las corridas mientras huían. Cualquier forma les era válida.
            Tenían seguidores y fanáticos; personas que guardaban carpetas de recortes, que les sacaban fotos a los lugares por ellos visitas y creaban perfiles falsos en las colmenas sociales de la red. Estaban en todas partes, cumpliendo su misión. Claro que, como era de esperarse, nadie sabía cuál era dicha tarea; pero el impacto era tal que evitaba el que surgieran imitadores de sus actos. Nadie quería arriesgarse a hacer quedar mal a sus héroes.
            Se llamaban asesinos pero a nadie quitaban la vida; lo hacían de otro modo; comportándose como un ejército de Robins Hoods modernos con la propuesta de destruir al capitalismo que masacraba al mundo. Destruían bancos inundando sus bóvedas para que todos los billetes y papeles allí guardados perdieran su valor; atacaban los pozos petroleros para que no hubiera barcos derramando su contendido en el océano; enseñaban cómo reciclar plásticos y muebles viejos para detener la tala del último reducto verde del mundo que perduraba en el Amazonas andino. En su página web tenían información para armar cultivos sustentables en poco espacio, como el de los balcones de los departamentos monoambiente en los que nos obligaban a vivir hacinados en las ciudades mientras los campos se acumulan en las manos de unos pocos dueños. Presentaban las pautas para una educación libertaria y laica pero, fundamentalmente, predicaban el culto al anonimato.
            No lo hacían por la fama, decían; lo hacían porque el mundo lo necesitaba y la política los había defraudado. La gente se volvía loca de ansiedad esperando por un nuevo atentado a la razón; como esa vez en que donaron más de 70.000 libros a las bibliotecas populares de Haití en encomiendas sin remitente. O las millones de dosis de medicamentos de primera necesidad enviados a las aldeas africanas, no a la onu ni a la oms, sino a los verdaderos necesitados, aquellos que no harían una campaña publicitaria con sus actos.
            Organización alguna estaba libre de las críticas de los asesinos filántropos, nadie sabía cómo se financiaban, aún cuando se señalaba a varios millonarios implicados así como a sus fundaciones; pero todos lo negaban, nadie quería ser el centro de atención. Además de que los millonarios necesitaban continuar blanqueando sus ganancias de algún modo y no atentar como la fuente de las mismas, es decir, la ignorancia del resto de la población.
            El anonimato era la mayor muestra de transparencia; si nadie sabe quién fue, a nadie puede acusarse. Y, el sistema, la única verdadera víctima de sus acciones, no daba señales de resentirse en lo más mínimo. Por lo menos, claro está, no es lo inmediato.