Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 14 de octubre de 2018

Acto reflejo

Miró directamente a sus ojos sabiendo que, aunque quisiera evitarlo, las palabras resbalarían por sus labios. Era eso y, también, porque quería ver cómo se sonrojaba una vez más. 
   —Sabes —comenzó con un tono que intuía sonaría seductor—, siempre he sabido que una bruja embruja, y un embrujo es una frase bien pronunciada —sonrió porque pretendía enredarle con sus palabras, como lo hiciera tantas veces antes. 
   Creyó ver el nacimiento de una sonrisa en la comisura derecha de su boca. Pero no tenía seguridad de ello ya que había evitado mirarle directamente; a pesar de ello, continuó: 
   —Una hechicera hechiza recitando el simple verso de su hechizo. 
   Ahora sí tenía la seguridad, la certeza, de que comenzaba a sonreír. Nada podía hacer que se amilane en ese momento. 
   —Y, como sabrás, una encantadora te encanta con el sencillo canto de su encantamiento —sonrió abiertamente como le enseñaran en las clases de teatro que tomada en la adolescencia, luego de cada parlamento que busca la reacción positiva del público, se debe sonreír mirándolo directamente. 
   Aún le faltaba el cierre, el momento cúlmine de su intento, la invitación a que participe quien hasta ese momento había guardado un silencio cómplice y juguetón. 
   —¿Cuál de las tres prefieres ser hoy? 
   Cuando el último eco de su voz se apagó entre las paredes de la habitación, el silencio fue la única respuesta. 
   El desconcierto le llevó, tal vez como un acto reflejo, tal vez sabiendo exactamente lo que debía hacer, a golpearse la cabeza contra el espejo buscando que quien le miraba desde allí le diera una respuesta. Como resultaba imposible de evitar, el espejo de partió en cientos de fragmentos y astillas que se clavaron, en parte, en su cabeza abriendo, a su paso, el camino hacia otros mundos, otros reflejos, otras realidades. 
   En algunas de esas otras versiones de sí mismo, el reflejo efectivamente sonreía, evitando tanto daño, dolor y sangre. En otros, el mundo entero se hundía en la oscuridad más impenetrable en la que reflejo alguno podría existir. Había otros en los que el reflejo en nada se parecía a lo que se encontraba frente al espejo; espejos de colores que empeoraban, cuando no mejoraban, la realidad; espejos que permitían ver el futuro, el pasado, descubrir lo que nunca sucedería pero jamás, bajo ninguna consideración, contemplar el momento preciso en que nos deteníamos frente a ellos. Espejos para todos los gustos y disgustos. En definitiva, espejos por doquier. Cada astilla, cada fragmento, era una oportunidad que no había sido y que, una vez quebrado el espejo, ya nunca llegaría a ser. 
   Desmayado y desangrándose en el suelo de la habitación, nada de todo esto fue capaz de ver.

sábado, 6 de octubre de 2018

Nogal (Desprotección)


A poco de internarse en el pequeño bosque del otro lado del pueblo, encontró lo que buscaba. El nogal se erguía, orgulloso en su altura y su frondosidad, en medio de otros árboles. Se percató, como decían las ancianas a las que consultara sobre su predicamento, que, debajo de él, nada crecía. La tierra se mantenía húmeda pero sin la menor brizna. Ese detalle había sido cuanta ayuda necesitara para identificar al árbol.
            Giró tres veces sobre sí mismo, giró luego otras tres veces en torno a la sombra del nogal, antes de girar, tres veces más, en torno al tronco del árbol. Solamente entonces pudo cortar las tres ramas que necesitaba. En el pueblo sabían que, por un error que cometiera siendo niño, su vida estaba condenada. La maldición caería sobre él en la noche de su décimo octavo cumpleaños por no haber sabido prosternarse frente a la señora dueña de las tierras de las que el pueblo formaba parte.
            —¡Maldito aquel que, ante mi presencia, no cumple con cada uno de mis deseos! —recuerda las palabras que aún resuenan en sus oídos, así como recuerda el dedo tan recto como extenso y acusador, que apuntaba hacia él, el único que se mantenía de pie en medio de la multitud de prosternados—. La noche de tu decimoctavo aniversario, será tu último acto de rebelión ante mí.
            Su inocencia, su corta edad, no fue tenida en cuenta y la maldad de aquella mujer, de la que se rumoreaban infinidad de noticias, cayó sobre él. De niño nada comprendió, pero sus mayores juraron y perjuraron que estaba condenado a morir en esa fatídica noche.
            Había quienes decían que la señora de esas tierras era una antigua diosa derrotada y desterrada, que conservaba una parte suficiente de sus poderes para gobernar en esos parajes. Otros sostenían que, al paso de los años, siempre se la veía igual, sin envejecer un único día desde su llegada. Nadie podría asegurar haberla visto desmontar de su corcel, ni depositar su cuerpo sobre la tierra; ni siquiera se recordaba haberla visto tocar cosa alguna más allá de las bridas de su caballo.
Había hecho un pacto con el maléfico, si es que ella misma no era el propio mal encarnado.
Cada detalle, cada historia, daban seguridad y certeza al maleficio vertido sobre la cabeza del niño que esa noche, cuando el sol desapareciera en el norte, se haría realidad. Por eso había buscado la única protección posible ante la maldad; al menos es lo que las ancianas repitieran desde el mismo momento en que se pronunció la maldición y sus padres le abandonaran sin más. Una rama de nogal en el alfeizar de la ventana bloqueaba el ingreso de cualquier mal al hogar.
Su casa tenía tres ventanas, así que cortó solamente tres ramas siguiendo los pasos que se le indicaran, y regresó al pueblo sin mirar atrás, sin atender a los susurros del bosque ni a los murmullos del pueblo, sintiendo como se cerraban, no siempre disimuladamente, puertas y ventanas a su paso. La noche se acercaba, la muerte pactada desde hacía tantos años caminaba junto a él; podía sentir su hálito frío junto a la brisa otoñal sobre la piel. No quería morir, como nadie quiere hacerlo.
Solo, ya en la cabaña, se despidió del sol quizá por última vez. Colocó las ramas en cada ventana, y cenó frugalmente pues no estaba completamente seguro de lo que acontecería luego. Un poco más tarde, cuando la luna caminaba por el cielo despejado, se recostó sobre su jergón viejo y raído cubriéndose con una pobre manta esperando a que las ramas del nogal cumplieran la función de protegerlo durante toda la noche. Discurrió hacia los sueños pensando que tal vez debería de haber cortado una rama más para colocar junto a la puerta, pero ya era tarde.
La medianoche quedaba definitivamente atrás cuando despertó. Sabía, porque lo sintió en la piel, en el cuerpo, en el aroma que inundaba la habitación, que ella, la dama, ama y señora de aquellas tierras, se encontraba junto a él.
Más precisamente tendida junto a él, en el mismo jergón sucio y gastado, cubierta únicamente por la áspera manta. Su cuerpo refulgía como una luna llena, pálido, cercano pero también cálido. Sus ojos le miraban como si quiera atravesare el alma y descubrir la profanidad de su ser.
—Te negaste a cumplir mis deseos una vez —susurró subiéndose a horcajadas sobre él, descubriéndole el pecho abriendo sus ropas con el filo de sus uñas—. Te reto a que lo intentes una vez más —dijo sonriendo mientras sus manos continuaban desplazándose hacia su abdomen sin intenciones de detenerse allí.




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domingo, 30 de septiembre de 2018

Silencio, por favor


Los discursos de los distinguidos y honorables representantes de la administración pública habían sido más que claros. Todo se había pensado, en la medida de lo posible, para beneficiar a los ancestrales habitantes de las tierras que próximamente comenzarían a ser explotadas. Reconocían sus derechos pues así lo decía la letra muerta de la ley, resultaba políticamente correcto, lo señalaban las campañas de concientización de las redes asociales y sumaba puntos en las estadísticas mirando hacia las próximas elecciones.
            Palabras rimbombantes, promesas vacías que nadie pretendía cumplir, falacias históricas repetidas hasta el hartazgo, insultos al sentido común, con formas de obras que beneficiarían a la comunidad, traerían crecimiento económico a la región y posicionarían al país a la vanguardia en la nueva industria en auge del ecoturismo. Nadie se había preocupado por preguntar si aquello era lo que la comunidad realmente quería, pues todos saben que las comunidades son un resabio del pasado, solamente piensan en sí mismas y se oponen al progreso inevitable; la historia se encargaba de demostrarlo.
            Los bosques a arrasar para construir las rutas, caminos y puentes que conectarían al resto del país con ese territorio ancestral, perdido en la lejanía, tenían poca importancia, aun cuando era por ellos que el ecoturismo tenía cierto sentido. Las dificultades de conexión y la falta de señal de wi-fi se solucionarían a la brevedad, cuando terminara la construcción de los complejos hoteleros con vistas a las montañas y que obstruían cualquier posibilidad de contemplarlas desde cualquier otro punto que no fueran sus propias ventanas pagas. Las imágenes subidas a las redes servirían de promoción más que suficiente que recuperar, en poco tiempo, las inversiones iniciales. El paisaje humano, ordenado, medido, esperable, reemplazaría cualquier atisbo de azar, caos y maravilla de la naturaleza.
            Los primeros en llegar a conocer la zona serían visitantes pagos, influenciadores de la opinión pública y gente sin contacto con la realidad que les rodea más allá de la mediatización de una pantalla del tamaño de la palma de su mano. La falta de preocupación, la felicidad autoexigida, la iluminación artificial y las sonrisas forzadas a toda hora, harían el resto.
            Abundarían los trabajos para la gente contratada directamente en la ciudad, no para los incapaces residentes de zonas tan atrasadas; esos que todo el mundo sabe que desconocen la noción del cumplimiento de un horario, de dar un servicio siempre instantáneo, de ofrecer siempre algo más, y de responder automáticamente de manera positiva como lo exige cualquier contrato laboral. Para ellos quedaba aportar un poco, que no demasiado, de color local buscado por los turistas para sus fotos de temáticas sociales. Así como, tal vez, lograr vender alguna baratija, una artesanía, un souvenir o un recuerdo sin importancia, que en poco afectara la economía de los capitalistas que acaban de descubrir que también de ese lugar inhóspito podrían extraer algo de valor.
            Las partes estaban de acuerdo. A nadie interesó preguntarle a quienes se verían afectados directamente por tan importantes decisiones.
Para ellos quedaba, como tantas otras veces, el silencio.



domingo, 23 de septiembre de 2018

Una sombra sin cuerpo


Lo primero fue dudar de mis sentidos.
Se nos enseña que cada objeto, cada persona, cada mínima cosa en el mundo, proyecta una sombra; por lo tanto, las sombras no existen por sí mismas sino que son el reverso de aquello que las proyecta. Es entonces que una sombra sin un cuerpo no podría ser otra cosa que un imposible, un error en el universo, un problema en la base misma de la filosofía cristiano-occidental.
            Acudí a un oftalmólogo, a quien le comenté la situación y me propuso una batería de estudios y pruebas que descartaron cada posible afección de mis ojos. No era un error de mis ojos, no tenía el menor problema visual; si había algo que no funcionaba correctamente no era yo.
            Eso me tranquilizó brevemente, pero el problema persistía. El hecho de que la sombra no saliera en las fotografías que intenté tomarle me llevaba a dudar de parte de mis facultades.
            Frente a mis ojos se encontraba una sombra sin cuerpo, lo cierto era que si no miraba de manera directa hacia ella, ni siquiera me percataba de que se encontraba allí. Sin embargo, era incapaz de negar su presencia, su materialidad aun careciendo de cuerpo, su certeza aun careciendo de duda. Esa sombra, que no era mi sombra, me pertenecía, al menos en parte.
            Me percaté de ello luego de contemplarla largamente. La sombra permanecía siempre en un mismo sitio, en una misma pose, detenida en un gesto que despertaba extrañas evocaciones.
            Un gesto, una pose, una determinación que, poco a poco, recuperó su familiaridad, su cercanía, su recuerdo. No era alquimia, no era por completo locura, aunque se encontraba relacionado, de extraña manera, con los problemas que antaño me atormentaran.
            Los meses en los que la fiebre cerebral apenas sí me dio un breve descanso para tomar las determinaciones necesarias para poner fin a semejante malestar, volvieron a mi memoria luego de tanto tiempo intentando suprimirlos e ignorarlos. Pertenecían a una época en la que había buscado que aquellos oscuros sueños, junto con el calor que parecía provenir de mi interior, así como la locura que me pisaba los talones, cejaran en su intento por aniquilarme. Pero desconocía de qué manera hacerlo y nadie parecía dispuesto a ayudarme a dar con esa respuesta, a ponerle fin a un predicamento que comenzaba a asfixiarme.
Una noche, postrado en aquella cama en la que las sábanas se cubrían con mi sudor maloliente mezclado con alcanfor y el desinfectante con el que limpiaban los suelos en aquel hospicio olvidado de la voluntad de los hombres, me decidí.
            De alguna manera que no he podido reconstruir con todos los detalles necesarios para darle sentido a mi experiencia, un día, sin explicación aparente, la fiebre remitió. Ya sin esa molestia los extraños sueños desaparecieron, dejaron de perseguirme cada vez que cerraba los ojos. Fui recuperándome poco a poco hasta lograr, como no podía ser de otro modo, ser dado de alta para retornar a mis antiguas ocupaciones. Pero no fue así.
No retorné a los lugares que me produjeran tanto malestar. Dejé en esa cama cuanto significaba ser yo, entre medicinas que nada podían y secretas plegarias quién sabe a cuál de todos los seres que pululan más allá de la comprensión humana.
            Jamás regresé a los lugares que conociera antaño. Me desligué por completo de quienes me conocían, aun de las personas más cercanas; olvidé mis investigaciones, a mis colegas. Dejé mi casa, mis recuerdos, los objetos que me ataban al pasado. Nada de lo que fuera mío me acompañó en el viaje que inicié en la puerta del hospicio, con ropa nueva aunque de segunda mano, un certificado de salud y una palmada en el hombro del médico residente.
            Desde ese día no había vuelto a pensar en todo lo que podría haber sido, los lugares que habría llegado a ocupar, los reconocimientos que quizá hubiera obtenido, los beneficios económicos y sociales a los que sin dudas llegaría a partir de mis antiguas investigaciones. Lo dejé todo de lado, hasta que esa sombra apareció frente a mis ojos.
Una sombra, más cercana a una silueta, que mantenía el gesto, que replicaba la pose en la que se encontraba mi cuerpo sobre aquel infecto camastro del hospicio en el momento en que decidí, de una vez y para siempre, dejar de ser yo mismo para convertirme en alguien diferente, en alguien que no era yo, dejando como única prueba de ello una sombra errante y sin dueño vagando por el mundo.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Araucaria (La mentira es un placer)


Gracias a uno de esos libros que solía leer cuando tenía tiempo para ello, para leer, para los libros, para una vida menos acelerada, conocía la leyenda mapuche de que debajo de la sombra de una araucaria no se puede mentir. Nunca se había detenido a pensar si dicha imposibilidad se debía a la sombra en sí misma, o al temor del castigo inmediato que pesaba sobre quien se atreviera a profanar tan sagrado árbol y mintiera de todos modos. Eso, en última instancia, no resultaba tan importante.
            La cuestión era el ponerse a prueba, a sí mismo y al mundo entero.
            Demostrar de esa manera que ese fatal diagnóstico de pseudología fantástica no era tal y que todo lo que le ocurría era verdad, no una invención de su mente. ¿Qué le importaba a él si no le creían que había visto esas naves espaciales? ¿Qué culpa tenía si nadie creía que en verdad lo habían llevado a recorrer el cosmos para demostrar que cuanto describiera Olaf Stapledon en sus historias era cierto? ¿Nadie creía que conocía Laputa, o un ropero que podía llevarlo a otro lugar pero confiaban en un aparatito que cabía en la palma de una mano para comunicarse con todo el mundo en cualquier momento? ¿Quiénes eran los mentirosos?
Los problemas los tenían los otros, no él, siempre había sido así. Sabía que tergiversar la realidad era algo que no podía hacerse, no porque se necesitara muy buena memoria para sostener el engaño, sino porque la realidad siempre lograba colarse en ese mundo de fantasía para señalar su impostura.
            Por eso no mentía, siempre decía la verdad, incluso cuando debía inventarla para cubrir las lagunas en sus historias. Eso sí que no era mentir, eso era otra cosa.
            Lo demostraría con ese viaje al sur, a la tierra del frío y la desolación, donde crece la araucana, donde quedaría por fin fuera de toda duda de que cuanto decía eran verdades absolutas. Incluso sabiendo que había gastado sus últimos ahorros en el pasaje a esa tierra en la que luego de la última erupción nadie había vuelto a habitarla. Se decía que horrendas criaturas habían salido de entre el magma fundido y la tierra arrasada a reclamar la potestad sobre aquellos agrestes parajes, por eso el hombre no había regresado a esas tierras. Pero allí era el último lugar en el mundo en donde crecían, estoicas y ajenas a todos los problemas humanos, las araucarias.
            Caminó a lo largo de kilómetros de rutas vacías, de caminos olvidados y sendas perdidas en medio de la montaña, donde el gps nunca funciona y solamente nuestra voluntad, una brújula perfectamente calibrada y el conocimiento del futuro nos brinda la posibilidad de evitar accidentes. Podía ver a lo lejos las sombras de los gigantes disfrazados de molinos de viento empequeñecidos ante la enormidad de los Andes; el humo de infinidad de fogatas se elevaba hacia las nubes dándole la bienvenida, prometiéndole un feliz ascenso entre las catedrales de roca en las que pocos hombres se atrevían.
A pesar del esfuerzo, a pesar del cansancio y la falta de agua que comenzaba a hacerse sentir, lo impulsaba la felicidad de saber que en poco tiempo más contradeciría a todos aquellos que lo señalaban como alguien ajeno a la realidad.
            El ascenso, ciertamente, no fue fácil, no sólo por la ausencia de caminos, que peor lo había tenido al escalar la Montaña Solitaria, sino porque llevaba mucho tiempo sin intentar un esfuerzo semejante. Su cuerpo ya no era el de antes, cuando era joven y elástico, al comienzo mismo de la humanidad, cuando todo era nuevo y estaba por descubrirse. Antes de que la maldad cayera sobre la tierra y se perdiera, en medio de aquella batalla tan secreta como terrible, la inmortalidad. Sí, lo recordaba todo sin siquiera pensar en ello, sabía que así había sido. Por eso se sentía viejo y cansado sin apenas tener treinta años según los documentos oficiales.
            Dos semanas después, sin comida y bebiendo agua de dudosa procedencia de entre las nuevas rocas volcánicas, encontró, perdido entre los picos andinos, un pequeño reducto en donde la erupción no había causado estragos y una pequeña colonia de araucarias araucanas, el árbol buscado, en el lugar indicado, en el mejor momento posible parecía esperar por su llegada. Con un último y extremo esfuerzo, se acercó a la sombra de la más cercana de aquellos imponentes árboles y, escondido debajo de ella, no pudo evitar el quedarse dormido; a tanto llegaba su cansancio que pospuso la razón de su presencia en aquel lugar unos momentos más.
            Al despertar, la mañana siguiente, apenas repuesto, se levantó para acariciar la rugosidad del tronco de la araucaria que lo recibiera la tarde anterior.
—Sabía que lo lograría —dijo en voz alta—, nunca dudé de mis palabras.

Nadie pudo determinar cuál había sido la razón que lo llevara a recorrer tan lejanos parajes cuando meses más localizaron su cuerpo, a menos de tres kilómetros del pueblo más cercano, al cual se llegaba rodeando el cerro donde crecían las araucarias. Una gruesa rama del más alto de estos árboles había caído sobre su cabeza, aplastándole el cráneo, tal vez matándolo al instante y, quizá, sin demasiado sufrimiento.