lunes, 25 de mayo de 2015

La futilidad de nacer sin las adecuadas conexiones

Para llegar a cualquier sitio de importancia (de esos que no aparecen en el GPS), no es suficiente con conocer su ubicación, ni con saber que todos los caminos conducen al olvido. Son necesarias otras muchas cosas que no siempre son factibles de encontrarse a lo largo de la vida. Me refiero a las conexiones adecuadas. Nacer en la familia correcta, en el momento justo, con los amigos ideales (propios o de la familia) que nos abran todas las puertas necesarias (porque las ventanas siempre permanecerán cerradas para que nadie mire hacia ese interior figurativo al cual todos quieren pertenecer pero no todos los que realmente lo merecen llegan).
            Si quieres ser jugador de fútbol se necesitan amigos que conozcan el ambiente y el sistema que usan los clubes de dicho deporte para seleccionar a sus futuros proveedores de divisas. De otro modo, por más que tengas en lo pies la habilidad de convertir el agua en vino, o que cada toque del balón acabe en anotación, conducir un taxi es lo máxima que lograrás.
            Si quieres dedicarte a la música, necesitas un padrino que de casualidad sea el director de la orquesta nacional y un tío decano en el conservatorio para que tu nombre sea conocido. De otro modo, por más que tengas el oído más absoluto de la historia de la humanidad y la facilidad de tocar cualquier instrumento sin dificultad, en el subterráneo de Madrid tal vez logres juntar algunos pocos euros por día.
            Si quieres llegar a ser escritor de renombre en necesario que alguien de la familia (intensa o extensa), sea dueño de alguna editorial, o juegue al tenis todos los jueves a la tarde con el editor del suplemento cultural del periódico para que los mediocres poemas del nene (o de la nena) lleguen a publicarse. De otro modo, puedes tener en tus ideas a Bolaños, García Márquez, Borges, Levrero, Kafka, Hemingway, Lope de Vega y mil nombres más, que tus escritos dormirán en un cajón que a nadie le importará ni serán papeles inesperadamente encontrados treinta años luego de la muerte del autor. Y, lo más probable, es que acaben vendidos como papel sin que nadie se digne a posar los ojos en ellos para saber qué es lo que llevan escrito.
            Estamos condenados a la mediocridad de los que nacen con las conexiones adecuadas, quienes al no necesitar esfuerzo alguno para demostrar su valía, o la razón de por qué ocupan el lugar que nadie les ha otorgado, ni siquiera se preocupan en disimular su falta de talento porque no sienten dicha necesidad (si tienen el papel principal en una serie de televisión, pero tu expresión facial es mucho menos evidente que la que puede llegar a tener una tortuga disecada por un mal taxidermista, todos sabrán que estás allí porque conoces al director, productor y/o al dueño de la cadena emisora, no hay caso). Mientras tanto, quienes realmente poseen los talentos necesarios, se encuentran condenados al ostracismo, al desconocimiento por parte de la sociedad de su genio hasta el momento de su muerte.
            Luego de la cual, cuando ya nada puedan hacer en contra del sistema serán reconocidos como hombres (o, por qué no, mujeres) genialmente póstumos. Algo que ni siquiera las vanguardias que se quejaban de no formar parte del sistema oficial y los museos a principios del siglo XX y que hoy ocupan, precisamente, dichos espacios pueden discutir. Además, ¿a quién puede llegar a preocupar todo esto?

miércoles, 20 de mayo de 2015

El acomodador

Se le hacía tarde, lo sabía porque tenía el reloj digital con grandes números en su muñeca para recordárselo. Por otro lado, era incapaz de dejar lo que estaba haciendo. Continuó recorriendo el pasillo del supermercado devolviendo a la góndola los productos que tenía en el carro. Con pasos torpes repasaba cada sector porque ignoraba lo que había en cada estante y no quería, tampoco, tener que retroceder en su deambular.
            La hora transcurría en su lento camino de minutos. Afuera, aún caía la misma lluvia torrencial como aquella que le indujera a ingresar allí, al templo del consumo, por primera vez cuando niño.
            Vio, en el extremo de uno de los pasillos a uno de los empleados del lugar hablando con uno de los encargados de la seguridad; no le dio mucha importancia ya que siempre hacían lo mismo, se detenían a hablar entre ellos cuando había mucho trabajo por hacer. Lo pensó mientras dejaba uno de los paquetes del carro nuevamente en la estantería sin mirar a los lados, evitando llamar la atención.
            Lo que hablaran entre ellos escapaba a sus preocupaciones; lo sabía, pero igualmente le molestaba la falta de dedicación en el trabajo.
            Tampoco le importó que ambas personas, los dos hombres que no dejaban de hablar entre sí, se acercaran hacia él sin dejar de mirarlo, como estudiándolo.
            —Señor —le dijo el de seguridad.
            —¿En qué lo puedo ayudar? —le preguntó sonriéndole.
            —Usted no trabaja aquí —dijo.
            —¿Es una pregunta o una afirmación? —le preguntó nuevamente.
            —Voy a tener que pedirle que deje el carro como se encuentra y que si necesita comprar algo lo haga de la misma forma que el resto de los clientes.
            —Y que nos deje hacer nuestro trabajo —agregó el empleado del supermercado desde atrás del otro hombre, como si quisiera protegerse—. Este carro no le pertenece, son las devoluciones de otros clientes del mercado.
            —Pero estaba solo… nadie le hacía caso… nadie se ocupaba de vaciarlo —respondió tartamudeando.
            —Señor, usted no trabaja aquí —repitió el de seguridad—. Si no va a comprar, le pido que se retire del local.
            —Estoy haciendo el trabajo que les corresponde a ustedes —dijo señalando al empleado del mercado—, deberían agradecérmelo, no reprochármelo.
            —Señor… —dijo el de seguridad señalándole la puerta y buscando con la otra mano un arma inexistente en su cinturón, como un gesto muchas veces repetido e igualmente inútil.
            Dejó el carro en medio del pasillo, volviéndose lentamente hacia la puerta de salida. Sonrió a la cajera que siempre esperaba para que le cobrara su cobre, vestía hoy una flamante funda de piel azul y le miraba sin comprender lo que sucedía; saludó a la cámara de seguridad que lo observaba con su ojo de cíclope sobre la puerta y salió, otra vez, a la lluvia.
            La misma lluvia de la misma agua sucia de los últimos años y él, vestido de blanco, sin entender la mirada de sorpresa de la cajera ni el por qué de sus lágrimas.

jueves, 14 de mayo de 2015

La casa vacía

La noticia llegó tarde. Por ésta única vez, la máxima de que las noticias malas viajan rápido, no se cumplió. La distancia era tanta que apenas comenzábamos a notar su ausencia cuando la novedad nos golpeó como el impacto de un Chevrolet Impala contra un Fiat 600. Y nosotros nos encontrábamos en el incómodo asiento trasero del Fiat.
            Si en algún momento hubiéramos podido hacer algo, ya era demasiado tarde; y como no nos gustaba llorar sobre la leche derramada, fuimos al entierro de la abuela a cumplir con nuestra cuota de familiaridad de ese año. Hacía tanto tiempo que no la visitábamos que creímos haber perdido el camino más de una vez durante el trayecto por las rutas comarcales.
            Pero no fue así; llegamos a tiempo para ser los únicos parientes presentes, los dos o tres vecinos que quedaban con vida, y el cura con cara de mal humor por estar obligado a vestir de negro bajo el sol del mediodía en pleno verano. Pero, ¿quién lo obligaba? Nadie, si me lo preguntan a mí.
            Si algo dijo, no lo escuché; sólo recuerdo el rechinar del metal cuando descendió el ataúd y los golpes a hueco cuando las primeras paladas de tierra chocaban contra la madera. Todo lo que siguió a ese momento, lo anulé en mi recuerdo. Siempre en potencial, si es que hicimos algo entre el cementerio y su casa, no lo recuerdo; tan sólo recuerdo el estar ahí mirando las cosas de una vida, las habitaciones impersonales y los restos olvidadas de la casa.
            Los demás discutían qué hacer con ella, con la casa, o alguna cosa similar; mientras tanto deambulé por las habitaciones abandonadas buscando algún rastro de ella, de la abuela; algo que señalara su presencia, que me dijera que allí había vivido alguien, que no era una casa vacía como tantas otras que había en el pueblo.
            Como en un relato de aventuras y descubrimiento, sabrán que al final de cuentas di con esa muestra de personalidad, con ese espacio del alma que perduraba en su hogar. La última habitación de la casa, el último rincón que alguien revisaría, allí y en ningún otro lugar, se encontraba ella; allí, en su maldito cuarto propio desperdiciando el resto de la casa, de la vida, la encontré.
            Su cuarto de costura, con dos máquinas de coser singer de más de cien años cada una; las paredes cubiertas de estantes con infinidad de carretes de hilos del color que se quisiera imaginar, cintas, botones, cierres, lentejuelas, alfileres y agujas. Una radio vieja crepitando estática porque nadie se había molestado en apagarla (y dudo, realmente, que alguien supiera de su existencia) y unos lentes manchados de óxido, con los cristales cubiertos por las huellas de sus dedos, olvidados sobre la mesa.
            Eso, y nada más que eso, era cuanto quedaba.
            En silencio, guardé los anteojos en mi bolsillo envueltos en un trozo de tela y bajé por las mismas escaleras que ella recorriera tantas veces en el pasado. Aún continuaban; nadie me preguntó nada, tengo ocho años, se supone que no entiendo de esas cosas. Prefiero, en cambio, regresar al auto para que nadie me vea apretando los anteojos viejos y oxidados que llevo en mis manos.

sábado, 9 de mayo de 2015

Qué hacer cuando no se puede escribir


Pensemos, por un momento, que hemos decidido entregar nuestra vida a la literatura y que, como tal, no sólo no nos hemos dedicado a otros quehaceres humanos. Pasamos, entonces, entre ocho y diez horas sentados con un cuaderno y una pluma, o con una de esas nuevas tablets que se quedan sin batería cuando menos lo esperamos y comparten nuestros archivos con la nube sin consultarnos, con la idea de sacar lo mejor de nosotros en el formato de las palabras conectadas entre sí (que no es lo mismo que emoticones varios). Palabras que a su vez forman una oración, las cuales se unen en párrafos y, cuando nos percatamos de ello, tenemos ante nosotros un cuento, una novela, la receta del arroz hervido o un manual de autoayuda.
            Eso demuestra que nuestra decisión de escribir es la acertada, que podemos hacerlo (dejando de lado, en este caso, que incluso un loro que tenga a su disposición las obras completas de Sigmund Freud también puede construir un manual de autoayuda), y que debemos continuar por esta senda.
            Comenzamos y, luego de varios años de hacer lo propio, diez, quince o por que no veinte (que no son nada, según lo dice una canción), nos percatamos que el combustible (y no hablamos en éste caso del espiritual), se agotó. Pasamos, entonces, ocho, diez y hasta doce horas ante una página en blanco sin hilar una idea con otra, sin saber en qué dirección huir. Tan en blanco como la página misma, aunque no necesariamente tan puros como ella, claro.
            ¿Qué hacemos a continuación?
            Agotada nuestra propia biblioteca y con un presupuesto limitado para nuevas adquisiciones, perdemos la posibilidad de que la inspiración nazca a partir de obras de terceros, ya no podremos inscribirnos en tal o cual tradición, ni cosa alguna parecida. Queda la opción de ir a la biblioteca pública, pero, ¿todavía existen?
            El cine y la televisión, con sus mundos prefabricados pueden ser de utilidad para obtener referencias que nuestros lectores comprendan, o para saber qué es lo que otra persona quiere contar, cómo lo hace, por qué lo hace de ese modo y cómo evitar sus errores. Pero, ¿cuántas películas hacen falta ver por día para escribir una página completa? ¿Cuántas temporadas de la serie de moda para conocer su final? Todo tiene un límite, salvo que obtenga ganancias, en ese caso continuamos su emisión infinitamente y celebramos una vez más el inicio de 1978 en la vecindad del Chavo.
            La música, pegadiza, repetitiva, como un hit veraniego nos ayuda, también, aprendemos a idiotizar a las personas repitiendo una frase. Idiotizar a las personas repitiendo una frase. Idiotizar a las personas repitiendo una frase. Idiotizar a las personas repitiendo una frase, hasta el cansancio. Pero, ¿quién lee siempre lo mismo para no llegar nunca a nada nuevo?
            El mayor bien del animal político que descifraron los filósofos de la antigüedad, es la introspección, el pensar hacia adentro, hacia uno mismo, descubriéndose. Luego llegaron las redes sociales y la hora de la extroversión, donde todos se exponen pero nada muestran. ¿Vale la pena continuar escribiendo? ¿Para quién? ¿Para uno mismo? ¿Hay alguien allí que recibirá las cartas que nunca saldrán de mi mano, que sólo conocerá ésta página, ésta acumulación de ceros y unos frente al monitor?
            No se perdió el hábito de la lectura, como aman pregonar los medios masivos de desinformación; se perdió la habilidad de decodificar los mensajes, aún los más básicos. Por eso necesitamos el dibujo estereotipado y amarillo de un rostro sonriendo para comprender que estamos felices (o que se entendió el chiste, aún cuando lo más seguro que dicho entendimiento sea falso).
            Entonces. ¿Escribir para qué? ¿Para quién? ¿Por qué?
            Quizá terminemos gritando en soledad, sabiendo o ignorando qué escribir, qué decir o cómo decirlo. Pero, al menos, cada uno tendrá su propia voz en medio de la manda de lemmings que hacen todo cuanto les es dicho que deben hacer.
            Y si la inspiración falla, siempre puede iniciarse un texto en el cual hablar sobre la falta de inspiración. Luego de reconocer el problema, plantear posibles soluciones que nadie pondrá en práctica, como en un buen un libro de autoayuda, los que tan bien sirven para equilibrar una mesa que tiene una pata más corta que las otras tres. Si, esos libros que nadie parece leer pero sien embargo siempre se venden.