Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 30 de agosto de 2015

Año Dieciséis, Semanas Seis y Siete

Semana 6
La mente humana es asombrosa pero, por momentos, se aburre con demasiada facilidad y comienza a jugar con nosotros mismos. Es así que creemos que la sensación deja vu es volver a ver y/o vivir algo que ya ha sucedido pero bien puede ser la mente que se aburre y pretende descubrir de qué modo reacomodamos la realidad ante esos pequeños saltos en la continuidad personal. Es pausible, también, que sea el argumento de uno de los múltiples relatos que jamás escribiré.
            Si de algo estoy seguro es que no me gustaría comprender todos los misterios de la mente, sino tan sólo uno de ellos, el que más preocupado me tiene en estos días. Mi mente tiene la habilidad de crear historias fabulosas (por la temática, no por su calidad, se comprende), llenas de tramas y subtramas, de personajes sumamente interesantes, de acción y aventuras. Con una sola de esas historias podría escribir una saga completa de libros como los que están de moda en la actualidad. El problema es que todo aquello lo veo, lo imagino, un minuto antes de que suene el despertador (por segunda vez en el mejor de los casos), y debo finalmente despertarme; allí mismo la historia se fragmenta, comienzan los olvidos, las incoherencias y las inconsistencias argumentales.
            Ni siquiera soy capaz de retener material suficiente para completar una entrada para el blog, ni hablar de la lista de compras del supermercado, sólo me queda la fantasía de que algún día podré hacerlo, es decir, no me despertaré por culpa del reloj, sino para escribir, y el mundo conocerá lo que acontece en mis sueños.
            Mi mente juega conmigo porque nada tiene que logre estimularla lo suficiente como para escribir, construir universo y permitir que los mundos florezcan como solía hacerlo antaño; la rutina aplaca y destruye cualquier intento por hacer algo diferente, por ser uno mismo y no sólo uno del montón. La constante banalización de la cultura mundial no resulta, tampoco, una ayuda.
            A principios del siglo XX una práctica común de la medicina era la lobotomía. Médicos altamente preparados trepanaban cerebros aquí y allí buscando la ansiada normalidad en sujetos que esos mismos médicos habían catalogado por fuera de la media. Hoy, principios del siglo XXI, la técnica ha mejorado bastante, ya no se necesitan médicos, tan sólo una pantalla enorme, mediana o diminuta, lo mismo da porque en cualquier de sus tamaños cumplen la misma función, mutilamos nuestra propia capacidad por el placer de no ver nuestro reflejo en su superficie.
            Mi mente juega conmigo de forma tan rebuscada que soy incapaz de comprender su humor; lo cual me permite entender como se sienten quienes me rodean cuando escuchan cualquier cosa que digo y la creen porque no me conocen lo suficiente.

Semana 7
Una serie de eventos para nada desafortunados me llevó a que la semana anterior “olvidara” actualizar el blog. Sin embargo, y dado que parece que nadie se percató de ello, aquí nos encontramos nuevamente, denegación de DNS mediante y con intenciones de acotar alguna que otra novedad.
El olvido selectivo habitual fruto de la vida que se superpone a la mayor parte de las decisiones que podamos o no tomar, me llevó a que esta semana recordara averiguar quiénes habían ganado varios concursos literarios en los que participara a lo largo del primer semestre del año, ya que habían ido cumpliéndose las fechas de entrega de premios o, al menos, la fechas en las que debían avisar quién había resultado seleccionado.
El que no me hubiera enterado de nada con anterioridad de por sí me avisaba de la situación en la que ni siquiera había sido considerado como participante de los mismos. El confirmarlo luego de buscar y más buscar en la red, se torna necesario, más que nada dado que pululan editoriales que construyen su trayectoria y catálogo estafando a los autores que todavía no han podido constituir su propia carrera exigiéndoles que sean ellos los encargados de la difusión, la venta y distribución de los libros. Entonces, si los autores hacen todo, incluso los trámites y registros necesarios sobre los derechos de las obras, ¿para qué necesitan a las editoriales? Continúo preguntándome lo mismo, aún cuando la respuesta no resulta sencilla ni lo suficientemente contundente como cabría de esperarse para dar por terminado el tema.
Por fuera de eso, ¿puede hacerse algo más que continuar esperando e intentándolo cuando surja la posibilidad? Diciendo, al mismo tiempo, que ciertas propuestas carecen de seriedad. De ésta forma el silencio deja de ser autoimpuesta para volverse una necesidad para sobrevivir ante la inclemencia del medio del cual queremos formar parte. Quizás, el secreto, después de todo, resulte medianamente útil.
Existe un proverbio, no sé si árabe, japonés, chino, Jedi, o klingon, que dice algo así como: cuando hables que tus palabras sean mejor que el silencio. Quizá vaya siendo hora de ponerlo en práctica y continuar pensando en qué escribir (o cómo hacerlo) hasta que surja el tiempo para realmente poder realizarlo.


jueves, 20 de agosto de 2015

Las aventuras intergalácticas de los sobres de ketchup caducos

Capítulo 19 – Sobre la duda


—Me gustaría saber —comenzó, como siempre lo hacía, el sobre de ketchup caducado en un olvidado mes de abril—, por qué siempre dudo. Porque todo me resulta tan necesario de explicación y/o justificación.
            —Y por qué nunca acepas mis razonamientos —acotó, flotando junto a él, el ketchup de octubre.
            —Si, eso también. ¿A qué se deberá mi estado natural tendiente a la duda?
            —Todos, cualquiera de nosotros, dudamos. Eso es bueno. Pero sólo en las dosis adecuadas —explicó el ketchup de octubre—, sobre algunas cosas mejor nunca dudar.
            —¿Por qué no? —preguntó el otro sobre de aderezo rancio.
            —En esos casos, la respuesta es tal que podría causarnos dos reacciones opuestas. Acabar con todas las dudas, aún la menor.
            —Eso es interesante —dijo el ketchup de abril girando sobre sí mismo en el vacío del cosmos.
            —Con lo cual estaríamos, por cierto, muertos.
            —Eso no lo es tanto —continuó el ketchup de abril—. ¿Por qué lo dices?
            —Porque si no está muerto lo que yace eternamente, los muertos que lo hacen carecen de la posibilidad de dudar. Porque, ¿para qué hacer si de todos modos ya han agotado su vida?
            —Los muertos, entonces, no dudan —resumió el ketchup de abril.
            —Así lo entiendo —respondió el ketchup caducado en algún pasado mes de octubre—. Así me lo indica mi razonamiento.
            —¿Y cuál es la otra reacción que mencionaste?
            —Cierto, tú no olvidas nadas —dijo el ketchup ya no tan revolucionario de octubre—, la otra opción es que la respuesta a ese tipo de dudas abra una infinidad de nuevas cuestiones, de subdudas, razón por la cual pasaríamos nuestras vidas enfrascados en esos diminutos cuestionamientos, desprendimientos de la gran duda, hasta que, inevitablemente, acabemos…
            —Muertos —concluyó el ketchup de abril en tono sombrío.
            —Probablemente sea así.
            —Entonces, algunas dudas, mejor no enfrentarlas.
            —Al menos no con las herramientas actuales —explicó el ketchup de octubre.
            —¿Qué propones hacer, entonces? —quiso saber el ketchup de abril.
            —Continuar razonando —dijo el ketchup de un antiguo revolucionario octubre—, en silencio, por supuesto.
            —Por supuesto —fue la última acotación del ketchup caducado en un dudoso mes de abril.

lunes, 17 de agosto de 2015

Año Dieciséis, Semana Cinco

Comienza a tornarse evidente, al menos para quien esto escribe, cierta recurrencia de momentos muertos en medio de la semana, en los cuales poco más que continuar respirando y detenerse momentáneamente a mirar a nuestro alrededor puede hacerse. Nos vemos inmersos en una vorágine tal que apenas nos percatamos que todo parece transcurrir por otro canal, otro carril, en otra frecuencia a la que normalmente llevamos; al parecer estamos allí mismo, junto a los eventos que presenciamos, pero en la realidad subjetiva no lo parece tanto.
            La fuerza del torrente es tal que sólo podemos percatarnos ocasionalmente de ella, luego de lo cual nos queda dejarnos llevar libremente como si allí nunca hubiéramos descubierto nada. Tengo vivo el recuerdo de lo que hice el 1 de febrero, por ejemplo, mientras me encontraba de vacaciones, pero qué estaba haciendo el último martes en el mismo horario en el que ahora estoy escribiendo se pierde en el flujo de actividades tan innecesarias como impuestas que nos obligamos a realizar porque nos enseñaron que de eso se trataba la vida de adultos.
            Trabajar 36 horas diarias (o lo que aparenta ser dicha cantidad por el nivel de cansancio que se genera), mal dormir un poco menos cada noche y darse cuenta que el cabello comienza a clarear, que las manos no lucen tan firmes como antes y que sí, realmente, eso que se forma junto a los ojos son las huellas del paso del tiempo. ¿Podríamos sobrevivir sin todo esto? Quizá si. Pero la cuestión no es eso sino, más bien, si realmente queremos hacerlo de ese modo.
            Demoré más de un mes en leer un libro de apenas 260 páginas. Unos años antes lo hubiera leído en un día; algunos años después, me hubiera tomado dos días, luego hubiera sido una semana. Hoy me toma un mes, y maldito sea si recuerdo cómo comienza o qué decía en su primer capítulo. El tiempo satura cualquier intento por sobrevivir; gracias si nos damos de la sucesión de los días porque en el informativo de la TV se encargan de repetir a cada instante qué día es hoy, cómo estará el clima (aún cuando siempre se equivoquen en sus predicciones) y cómo debemos vestirnos en consecuencia para quedar en ridículo cuando suceda lo contrario.
            ¿Sabe el río que se dirige hacia el mar cuando corre por su lecho o lo hace sin preocuparse por nada más? En hombre sabe que se dirige, de una forma u otra, hacia la muerte, ¿y qué hace al respecto? Acepta un trabajo de 36 horas diarias mal remunerado y peor comprendido que ni le agrada ni le interesa mantener; pero en el supermercado, para comprar alimentos y pagar los impuestos que ignoramos por qué se nos cobran, es necesario el dinero. Entonces, como necesitamos de esos papeles estampados de colores a los que se les asigna un valor determinado por voluntad de quién sabe quién, necesitamos el trabajo, comenzamos así, a formar parte de la corriente.
            Alguien, no sé quién ni cuándo, ni si lo habrá leído en algún manual de autoayuda o en un sobre de azúcar de algún bar de mala muerte, me dijo que crecer es resignarse y que Peter Pan no existe, por eso nunca veremos de él ni siquiera su díscola sombra. Nada que ver tiene el hecho de que seamos, al menos nominalmente, adultos, la cuestión es que no existe y ya.
            Culparé por tanto humor sombrío de hoy al clima de la última semana, llovió demasiado en Buenos Aires, casi todos los días, de día y de noche. Mucha gente la está pasando mal, lo único que les queda es el odio y la frustración de tener que volver a comenzar. Habrá algunos (los que nunca lo han vivido) para quienes el perderlo todo sea una suerte, para otros (para quienes el volver a empezar es una realidad recurrente) es, sin lugar a dudas, la peor de las tragedias, una de la que quizá nunca puedan recuperarse.

domingo, 9 de agosto de 2015

Año Dieciséis, Semana Cuatro

Convenciones: Nos enseñan que cuatro semanas forman un mes, que doce meses conforman un año, que diez años son una década y que (más o menos) siete décadas son toda una vida. Pero, ¿quién controla el tiempo? ¿Quién maneja lo objetivo y lo subjetivo de aquello que nunca se deja gobernar? Cambié la idea del blog y la primera nueva entrada fue el 19 de julio, hace cuatro semanas convencionales. Sin embargo, aún no transcurrió realmente un mes. Al menos no se lo siente de ese modo; suponiendo que sea algo que importe para alguien más que para mí mismo.
            Así pues, una semana más. ¿Hubo algún cambio? Ninguno. Mientras tanto, acumulo participaciones en concursos literarios nacionales e internacionales que, indefectiblemente acaban en la nada (me refiero a mi participación, claro, los concursos siempre lo termina ganándolo otra persona); lo cual señala que lo que escribo no gusta, no se comprende, no es lo pedido cuando las bases de los concursos hablan de temas libres, o bien alguna otra razón. Otro tanto sucede con las editoriales y publicaciones digitales que, en la era de la híper-mega-archi-plus-comunicación, olvidan responder los correos electrónicos, los mensajes lanzados a la red o las botellas al mar. Tienen razón las publicidades cuando dicen que estamos más conectados, puedo molestar de forma digital a mayor cantidad de personas que si lo hiciera en persona, claro que más conectados no significa necesariamente mejor comunicados o cosa similar. Saber reconocer esa diferencia terminológica no siempre es fácil, no si no estamos dispuestos a aceptarla.
            Comencé a releer un cuento que escribí hace un tiempo y que nunca di por finalizado, tenía la intención de corregirlo, de acabarlo de una buena vez. Quizá con la leve esperanza de que encajara en alguna de esas antologías temáticas en las que participan en masa mis conocidos pero que siempre me entero de que dicho material está preparándose cuando me llega la invitación a la presentación de las antologías. Luego recordé que cualquier tipo de distracción me atrasa en el desarrollo de la tesis, y la bola de nieve de las responsabilidades me cubrió hasta casi lograr asfixiarme.
            Por suerte, esta semana fue  poca la presión laboral de las escuelas, por las mesas de exámenes y las suspensiones de clases; aún así, el cambio de ritmo entre los días de no hacer nada y los días en los que fingir que se está haciendo algo es demasiado evidente.
            Trabajar en una escuela (o en varias, porque nunca es fácil completar el salario docente), es volverse poco a poco un personaje kafkiano. El lunes se intenta hacer algo (enseñar un tema determinado de historia, por ejemplo), con una actividad, una simple medición como las que debía realizar el agrimensor; el martes, cuando creemos que podemos continuar avanzando en eso que pretendemos enseñar, ¿qué es lo que sucede?, debemos repetir lo que ya hicimos el lunes. Y el miércoles repetir lo que ya hicimos el martes. Y el jueves repetir lo que ya hicimos el miércoles. Y el viernes repetir lo que ya hicimos el jueves. Hasta llegar al lunes siguiente, en donde, como mediaron dos días de las más absolutas de las nadas, volvemos a comenzar desde cero.
            Y de la misma forma todos los meses.
            Y de la misma forma todos los años.
            El infierno judicial y burocrático de Kafka se transformó en el infierno escolar, pero igualmente burocrático, del 2015.
            Me gustaría ver, algún día, a esos alegres técnicos y teóricos de la educación que desde sus oficinas y cátedras universitarias señalan los errores, problemas y soluciones geniales para la educación secundaria actual, intentar dar una clase del modo en que sus desarrollos teóricos les indican que deben hacerlo. De ese modo sabrían, con total certeza, los significados del término frustración y la distancia entre sus fantásticas teorías y la atroz realidad.
            Es un poco como escribir para ese otro que ignoramos si existe, si nos leerá algún día o si siquiera dará con nuestros textos. El magnífico lector ideal que comprenda nuestras referencias a la vetusta cultura pop y la necesidad de dejarla de lado, que haya leído lo mismo que nosotros, del mismo modo y comprendiéndolo de la misma forma. Un lector ideal que sea nuestro espejo sin la menor distorsión en su reflejo.
            Un ser mitológico, cuasi irreal y tan ansiado como lo puede ser el mejor de los personajes de ficción. Si alguno de ustedes lo conoce, ya sabe, me avisa.