Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 15 de enero de 2017

Más allá de la luz

El artículo publicado en la revista de la Academia Científica Internacional, La ciencia de Hoy, más conocida con nombre en inglés antiguo Today´s Science, resultaba lo suficientemente críptico y trabajando con sobreentendidos como para que solamente un puñado de científicos en el mundo comprendiera lo que allí se decía. Se hablaba de macromoléculas comprimidas en alta densidad, hipertorsión de unidades covalentes, disociación de partículas elementales y de la vitalidad de los componentes metamórficos del universo; con tales categorías llegaban a conclusiones que, según ellos sostenían, alterarían la concepción de la realidad que poseía la menguante humanidad.
            El descubrimiento había sido posible utilizando los laboratorios de fisiopartículas de la República Semidemocrática de Madagascar, financiados por la explotación del coltán y diamantes, detalles que no se mencionaban en el artículo, seguramente por considerarlos como carentes de importancia. Se contaba también con el aporte económico de varios monopolios de diferentes servicios de comunicación y empresas afines a la producción de agroquímicos y semillas transgénicas; así como la inestimable ayuda de científicos de la generación anterior que habían servido de enlace entre los investigadores y sus financistas, como no podía ser de otro modo, ninguna investigación puede llevarse adelante sin buenos contactos.
            Para el vulgo, es decir, el resto de nosotros que siempre necesitamos a un divulgador atento que nos explicara con palabras sencillas en qué cosas se gastaban miles de millones de cualquier moneda con valor internacional (dinero que nunca era real, sino más bien una ficción con sabor a deseo), y sin palabras encriptadas que nada significan (incluso dudo que signifiquen algo para quienes las utilizan). Divulgadores siempre atentos a la posibilidad de la publicidad gratis, unos minutos frente a las cámaras para lucir sus intelectos y sus sonrisas de modelos publicitarios.
Así fue que alguien acabó explicándonos que significaba aquella jerga; uno de tantos, tal que ni siquiera su nombre vale la pena recordar, porque abundan como sanguijuelas en un estanque de agua pútrida. Ellas siempre preparadas para atacar a quien cae en sus aguas; ellos siempre preparados para presentarse frente a las cámaras para enarbolar su sabiduría como el único, sino el último, bastión de conocimiento en medio de una sociedad de ignorantes que sólo aprenderemos lo que él quiera enseñarnos. Es decir, como cualquier otro que se coloque frente a una cámara creyéndose superior al resto.
            —Ellos, simplemente, rompieron la luz —dijo como si sus palabras tuvieran algún sentido, sin perder su sonrisa, al instante en que la cámara lo enfocó una vez más en respuesta a la primera pregunta de su entrevistador.
            —Pero… —intentó articular el estupefacto entrevistador haciendo un maravillo papel de ignorante, aún cuando no estaba fingiéndolo—, ¿eso qué significa?
            —Ah, sí, bueno, descubrieron que hay algo más rápido que la luz, que no es constante en su velocidad como se sostenía hasta el momento de la publicación del artículo. Y como el espectro lumínico era uno de los límites que le quedaban por superar a la humanidad, ahora podemos pensar en algo más, podemos investigar lo que se encuentra más allá de la luz.
            —¿Y qué podría ser eso? —preguntó el entrevistador ayudado por el productor del informativo a través de sus auriculares—. ¿Qué es lo que podríamos encontrar del otro lado de la luz?
            —Esperemos que algo más que simple oscuridad —rió mostrando su dentadura tan completa como falsa.
            —Muy bien, para ir finalizando con éste segmento, ¿podría decirnos que utilidad tendrá tan novedoso descubrimiento para la vida cotidiana? Para las personas de a pie, como quien dice —preguntó el periodista por fin haciéndose eco de lo que el resto de la gente realmente querría saber.
            —Probablemente no representará ningún cambio —su enorme sonrisa fue lo último que de qué enfocó la cámara.
            —Bien, nos reencontramos luego de este corte publicitario —dijo, fuera de imagen, el entrevistador.

domingo, 8 de enero de 2017

José y la entrevista que no fue

Las búsquedas laborales suelen tener, como mayores componentes, gran cantidad de deseo, ansiedad y frustración, aún cuando la proporción dependa de agente externos a nosotros mismos (podemos pensar lo contrario, pero sabemos la verdad, muchas veces nada depende de nosotros). Búsqueda que se torna más frenética en fechas que se acercan al cambio del calendario, comenzamos a pensar en la economía del año venidero y descubrimos que quizá nuestro actual salario (o la situación laboral en la que nos encontramos), quizá no sea la idea.
            Entonces buscamos, y algunas veces encontramos, una oferta laboral que se acerque a nuestras expectativas (las que, de por sí, suelen ser bajas). Buscamos y buscamos, hasta dar con el indicado, aquel que parece haber sido redactado sólo para nosotros, y para nadie más (sí, aún cuando sabemos que no es así); y la alegría amenaza con ahogarnos quitándonos el aliento.
            Correo electrónico de ida (porque esta claro que hoy somos todos digitales y nadie lee correo en papel), correo electrónico de vuelta, un currículo que es aceptado, un breve diálogo, y una entrevista concertada con fecha y hora estipulada con quince días de anticipación. Maravilla de la tecnología, hemos podido hacer todo ello desde nuestro más cómodo asiento en nuestra casa; pero los niveles de ansiedad no disminuyen.
            Es el momento de comenzar a cuestionar nuestra idoneidad para el puesto al cual acabamos de postularnos. ¿Seremos capaces de cumplir las tareas encomendadas? ¿Podremos superar la entrevista? ¿Aceptará nuestro aspecto quien realice la entrevista? ¿Podremos convencerlo de que lo haga? Dudas, dudas, algunas pocas certezas, y más dudas. Mientras el calendario avanza hacia la fecha señalada.
            Lo peor de la situación es que, aún cuando dudemos, y nos demos cuenta que quizás el aviso era demasiado bueno para nosotros, sabemos que de una forma u otra igualmente asistiremos. Nunca lo pondríamos en duda, la economía no ayuda (¿lo ha hecho alguna vez?). Pero los problemas, siempre, parecen de la forma, y en el lugar, menos esperados.
            Es por eso que, el día de la entrevista, pactado quince días antes, como ya dije, me acerqué al lugar, ingreso sin inconvenientes, pues creo que la persona que pactó la entrevista conmigo estará esperándome aún cuando haya llegado diez minutos antes de la hora, y me anuncio en recepción:
—Hola, soy José A. García, tengo una entrevista con XXXXXX a las 10:30 —intento sonreír lo mejor puedo, cosa que aquellos que me conocen saben que tal esfuerzo no siempre redunda en buenos resultados.
Por la forma en la que la recepcionista se queda mirando mi rostro comienzo a pensar que debo de tener algo en él, una mancha de tinta o algo peor, una mancha de comida en el cuello de la camisa; alguna cosa de esas que logran hacer que otro clave la mirada en uno de esa manera.
—Si… este… bueno… dame un minuto… —dijo tomando rápidamente uno de los teléfonos que tenía allí cerca.
Me alejé unos pasos para que pudiera hablar con comodidad y porque no creía que fuera a interesarme lo que allí se resolviera; sin dudas estaba avisando de mi llegada y dando mis datos para que me dejaran ingresar al edificio.
Claro que las cosas nunca resultan tan fáciles.
—Disculpe —llamó mi atención la recepcionista para que me acercara nuevamente.
—Si —dije sonriendo, esta vez su mirada parecía un poco menos agresiva, pero sólo un poco.
—Me informan que XXXXXX se encuentra de licencia, por vacaciones, desde ayer.
—Pero me citaron hace quince días —dije sorprendido—, tengo el correo electrónico para mostrarte.
—No sé qué es lo que pasó, ella está de vacaciones, hoy no vino a trabajar. Sólo puedo decirle que regrese en febrero, cuando ella se reincorpore.
            Me demoré unos cinco segundos en reaccionar, darme vuelta y salir de allí cuan rápido me fue posible sin decir una palabra, porque, después de todo, cómo se responde a algo semejante.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Acerca del No Recuento

Me niego a seguir la moda decembrina de hacer recuento de lo que fue y, más que nada, de lo que no fue, el año que se acaba, en este caso, el 2016. Principalmente porque creo que los calendarios son meras convenciones que poco dicen sobre lo qué es el tiempo y mucho sobre la sociedad que quiere creer de ellos. Pero, evitando ponerme demasiado filo-filosóficos, diré que entiendo que resulta demasiado poco lo que este tipo de situaciones aporta a la vida misma.
            De nada me sirve saber cuántas visitas tuvo Proyecto Azúcar en la relación 2015-2016. Sé que la cantidad es menor; prefiero no seguir deprimiéndome al saber la cantidad exacta. Un conocimiento que, por el momento, en nada interviene para que continúe escribiendo (al menos así lo aparenta).
            Sé que el planeta Tierra se encuentra cada vez en peor situación, pero no necesito saber cuántas hectáreas de selva amazónica han sido deforestadas en los últimos doce meses por que ya fueron taladas, la madera curada, cortada y convertida en muebles que sin dudas han sido comercializados (incluso es probable que alguno de esos muebles se encuentren hoy descartados por lo que mucha madera ha sido talada para nada). Tampoco me gustaría descubrir que en mi casa hay madera de ese origen; sí, a veces mejor ni pensar. ¿Qué puede hacerse frente a un hecho consumado salvo lamentarse? Y los lamentos no devolverán a la tierra los árboles perdidos. No, no lo harán. Continúo regando mis plantas, que al menos es algo.
            Las estadísticas nunca fueron, ni serán, confiables en su pretensión de exactitud; porque tampoco lo son esos números que resultan ser, otra vez, apenas una convención. Los números no poseen valor en sí mismos, entonces, ¿para qué dárselos? Es como el dinero, ¿qué valor tiene? El que nosotros aceptemos darle, ningún otro; son papeles de colores que aceptamos con válidos para los intercambios que realizamos cotidianamente. Sería exactamente igual si en lugar de papeles impresos de una manera determinada usáramos ostras disecadas o caracoles, por poner algunos ejemplos.
            Los balances funcionan solamente si se trata de una casa comercial, que pretende conocer si obtuvo mayores ganancias en el año en curso o en el ejercicio anterior, si hubo pérdidas, cuántos empleados serán despedidos el 1 de enero y otros detalles económicamente similares.
            Saber cuántos amigos quedaron en el camino, los amores frustrados, las despedidas obligadas, los objetos incorporados a la colección que llamamos vida, los regalos, los premios perdidos, lo que dejamos en el camino, las veces que hemos evadido a la parca, son memorias, recuerdos, anécdotas personales, que pierden su esencia de ser cuando se las comparte como si realmente importaran a alguien más que a uno mismo. Si me engripé una, dos o tres veces en invierno, es un dato que sólo le interesaría a mi médico clínico, y a nadie más.
            Carezco de enemigos (tampoco es que me crea tan importante como para tenerlos, ni me he convertido aún en un villano de historieta al estilo de Lord Voldemort) que pudieran utilizar estos datos en mi contra, por lo que carecen de valor tanto para ellos, por ser inexistentes, como para mis lectores, por ser irrelevantes (los detalles que no los lectores), como para mí mismo, porque ya pasaron y en nada me afectan.
            Así que no habrá recuentos, estadísticas, memorias ni fastidios semejantes en esta entrada (que resulta ser, por otro lado, la número 835). Les dejo las modas y las tendencias, me quedo con mi ostracismo, como siempre y como no podía ser de otro modo.

domingo, 18 de diciembre de 2016

La clásica teoría de la evolución de la sociedad

El miedo es el mayor motor de la vida.
El miedo a la oscuridad nos dio el fuego. El miedo al frío nos proporcionó abrigos. El miedo a la soledad nos amontonó en ciudades. El miedo al hambre creó las conservadoras y los alimentos en conserva. El miedo al aburrimiento creó la literatura, la música, el cine y la televisión. El miedo a nosotros mismos nos aisló los unos de los otros. El miedo al otro creó las armas de cualquier tipo. El miedo, aún cuando nos desvivamos negándolo.
Miedo a la vida, y a la muerte, inventaron paraísos, edenes, valhalas, tierras sin mal, olimpos, limbos, infiernos, tierras de muertos, hels, tártaros, e imaginarios sitios similares.
Miedo a la eternidad que acontecerá después de la vida, inventó preguntas para distraernos con sus respuestas (o la falta de ellas). ¿Cómo será lo que se encuentra del otro lado de la vida? ¿Qué será? ¿Será? ¿Habrá algo? ¿Qué? ¿Quién?
El miedo siempre primero, luego una reacción desmedida.
¿La rama de un árbol se mueve cuando no hay viento? Incendiemos el bosque, tan solo por si acaso.
¿Ese hombre me ha mirado de manera extraña? Asesinémoslo a él y a toda su descendencia.
            ¿Las fronteras imaginarias de países inventados no se respetan? Invadamos y destruyamos todo lo que hace diferente a ellos de nosotros.
            ¿El color de piel de ese pueblo es diferente al nuestro? Esclavicémoslo, destruyamos sus hogares y masacremos sus animales antes que ellos lo hagan con nosotros.
            ¿El cielo es muy oscuro por las noches? Coloquemos luces en cada rincón de la ciudad, de la casa, de las rutas, en todos los lugares en donde nos encontremos, para que la soledad del inmenso universo no nos haga sentirnos tan pequeños.
            ¿Mis convicciones políticas flaquean cuando alguien más las critica? No dejemos que nadie que piense diferente opine al respecto, neguemos la posibilidad de expresar las diferencias, de pensar de otro modo o volvámonos sordos selectivos.
            La importante, en cualquier caso, es convencerse de que cualquier cosa que se haga, no es por miedo, sino con el fin único de mejorar a la sociedad, de vivir con tranquilidad, vivir mejor, más lejos de aquello (o aquello) que nos genera temor. Más aislados y, en definitiva, más dominados.
            Y así seremos, después de todo, felices (o algo muy similar a ese sentimiento).
            Al menos, así quieren venderlo.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Días de borrasca

El viento hacía vibrar los grandes ventanales del restaurante; el edificio, enclavado en medio de los cerros, como si fuera parte de esa postal, de esa fotografía publicitaria que sabemos hemos visto miles de veces siendo incapaces de identificar dónde se encuentra, se sostenía por obra y gracia de la terquedad humana. Las nubes se cerraban sobre sí mismas a lo largo del inmenso cielo que descubrían las alturas.
    Parecían no querer darse cuenta de ese juego, de esa tácita lucha entre el interior y el exterior, entre lo natural y lo artificial, entre una violencia y otra. Por otro lado, si lo hacían, si se percataban de aquello, lo disimulaban con un despliegue artístico tal que, su presencia allí, parecía una mera casualidad.
   Los restos del almuerzo se acumulaban en un rincón de la mesa aguardando a que los retiraran, el café humeaba en las tazas. Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio que los envolviera luego de las mínimas frases necesarias para ordenar la comida y, un poco antes de ello, los saludos de cortesía.
   Sabían por qué se habían citado allí, en ese momento y no antes (ni tampoco después), en ese lugar y no en otro, ellos (solamente ellos) y nadie más. El saberlo no lo hacía más fácil sino, al contario, tornaba más artificial toda aquella situación forzada hasta el último detalle.
   El café que se enfriaba en las tazas, el viento que continuaba golpeando contra los ventanales y el silencio, como una presencia más, entre ellos.
   —Dicen que el viento susurra sus secretos con mayor fuerza durante el otoño, pero los hombres lo confunden con presagios de tormentas —dijo, finalmente, uno de ellos para romper el silencio.
   Sus miradas se cruzaron brevemente, el sonido de sus palabras se perdía en la inmensidad del salón y el viento, allá afuera, continuaba bramando como si pudiera hacerlo por el resto de la eternidad.
   —Puede ser, quién sabe —respondió el otro.
   Las palabras, el resto de ellas, sobraban.