Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 16 de febrero de 2020

Familia – Una infancia promedio – Continuación


La gloriosa década de 1990, cuando clarividente casta política nacional creyó que era buen momento para reformar, reformular, destruir, arruinar, modificar, achicar, acondicionar, minimizar, vender, rifar, regalar, o el verbo que fuera que usaran para referirse al proceso a través del cual, decían, suponían, creían, pensaban, que se saldría de la crisis económica de 1989. Crisis creada por ellos mismos, orquestado de tal forma en que sufrieran los mismos de siempre y se beneficiaran, claro, quienes siempre lo hacían. La estructura burocrática del sistema estatal se mantuvo, con pequeñas modificaciones, para justificar su existencia, sus defectos y el por qué de que debíamos continuar pagando impuestos.
            Fue, también, la década en que atravesé la escuela primaria. Pero, cuando llegué a séptimo grado, el punto final de la misma hasta ese momento, la casta política no tuvo mejor idea que decidir que la primaria debería durar dos años más, sumando un total de nueve años; reduciendo la escuela secundaria a tres años. A modo de opinión personal, basada puramente en mi experiencia, pero esa ley de educación sirvió para hacer más daño que cualquier otra cosa, arruinó más de lo que (nunca) pretendió construir.
            Pero no quiero adelantarme en el relato; durante la primaria sucedieron otras cosas también.
            En esos años tuve la ilusión de que podría aprender a dibujar, pintar, hacer algo artístico, algo que se relacionara con los colores, las formas, las dimensiones; convencí a mi madre de que iría a todas las clases, que nunca faltaría a ninguna clase ni me quejaría por tener que ir. Y así fue.
Mantuve esa ilusión por casi tres años, creyendo que podría hacerlo, que era capaz de dibujar y tenía la posibilidad de convertirme en un próximo gran artista nacional (ignoraba si había habido alguno hasta ese momento, pero creía firmemente que sería quien lo reemplazara). Hasta que me choqué la realidad de que puedo conocer la técnica y la forma, los detalles plásticos y un millar de otras cuestiones similares que forman parte del conocimiento de un artista, pero había algo que nunca superaría: mi incapacidad para crear.
Podía copiar una imagen, verla en mi cabeza, describirla, pero nunca pude, nunca fui capaz de crear esa misma imagen de la nada. En la práctica nunca resultaba del modo en que lo esperaba.
            Algo fallaba. Tres años demoré en darme que perdía el tiempo, que era incapaz de continuar progresando. Ya había aprendido lo que podía aprender. Hubiera podido seguir engañándome, pero ¿qué sentido tenía? Ninguno. Ni para mí ni para nadie. Ese tiempo, esa energía, esa habilidad para aprender hasta el punto en que ya no podía continuar, podría utilizarla en algo más, algo diferente, algo nuevo.
            Breve, intensa, fugaz, satisfactoria, fue mi experiencia con la pintura. Había encontrado allí uno de mis límites, uno que continúo siendo incapaz de superar. Ya ni siquiera recuerdo cómo sostener correctamente un pincel, cómo trabajar con óleos, así como otras cosas que aprendiera en su momento que hoy forman parte de la nebulosa de lo que alguna vez supero pero ya no estoy tan seguro.
            Al momento de abandonar las clases de dibujo comenzó una tradición que me acompañaría hasta la actualidad. Puede ser que haya sido mera casualidad, cosa que dudo, pero una vez que deje de asistir a esas clases, perdí el contacto con todas y cada una de las personas que formaban parte del taller. Si volví a verlas en la calle nunca me percaté; había olvidado sus nombres, el aspecto que tenían y no sabría decir de dónde es que conozco a esa persona que se detiene para saludarme y que sí parece conocerme. Es algo que puede resultar molesto y útil al mismo tiempo.
            Era apenas un púber (palabra horrenda de las que existen en español) cuando debía comenzar a buscar algo más con lo que pasar el tiempo en el que no me encontraba obligado a estar en la escuela. Y eso que las ocupaciones normales de los niños de mi edad, nunca habían resultado de mi interés. ¿Qué hacer entonces?
            Debía buscar algo más en lo que ocupar mi tiempo o acabaría mirando la televisión todo el día, sin exagerar, porque era algo que ya había hecho antes y que sabía que acabaría por repetirse. Me recostaba frente a ese aparato, sin importar si es de día o de noche y lo miraba hipnotizado por el brillo de la pantalla como si la vida se fuera en saber lo que sucedía a continuación. En los 90s era perder horas, días, frente a la televisión; en la década siguiente la computadora ocupó su lugar como pantalla omnisciente para conocer el mundo; hoy lo hace el teléfono móvil. Pero aún conservo la fuerza de voluntad suficiente para decidir que un día determinado de la semana (tal vez dos, si no es posible que sean tres) no miraré televisión, no usaré la computadora ni atenderé al móvil. Un día por completo para mí mismo, para regresar al pensamiento, para ser uno mismo, real, tangible y no sólo la versión digital que hemos creado de nosotros mismos para impresionar a los demás. Pero otra vez me adelanto al relato.
            En la misma época en que me di cuenta que dibujar no era lo mío, descubrí ciertas cosas que se encontraban en la casa desde mucho antes y a las que poca atención dedicara. Unos objetos con forma rectangular, que podían abrirse y se parecían a los cuadernos que usaba en el colegio, sólo que estos ya estaban escritos y no tenían dibujados los renglones. Es más, la mayoría de ellos carecían de cualquier tipo de ilustración, sólo contenían palabras; pero lo que allí podía leer resultaba más interesante que lo que se encontraba en los manuales escolares.
            Un verano más tarde había leído los libros que podían leerse de entre los libros que había en la casa; no había libros prohibidos, sino libros que era incapaz de comprender y libros que me resultaban del todo aburridos. Se produjo una avalancha de lecturas, y en algunos pocos casos comprensión de la misma, que ocuparía todo mi tiempo libre. Cuando comencé el octavo año de mi educación primaria, en 1997, cargaba más de treinta libros extra en mi cabeza, y no me detendría allí sino que aquello fue el comienzo de una gran bola de nieve que rodaba cuesta abajo arrastrándolo todo a su paso.
Esto me llevó a desarrollar, en los últimos años del colegio, un tipo de lectura que sólo puedo describir como omnívora. Leía de todo, todo el tiempo. Repito: todo el tiempo. En el viaje de la casa a la escuela, y al regreso también; en los recreos, en las horas libres dentro de la escuela, por las mañanas, por las tardes, por las noches, los fines de semana. ¿Hacer deporte? ¿Qué cosa extraña es esa? ¿Salir un viernes por la tarde/noche? ¿Por qué si todavía no terminé de leer este libro (insertar título aquí)? ¿Ir al cine? Seguro, pero primero quiero leer el libro en el que dicen que basaron la película, de otro modo no entendería nada. Y los ejemplos se multiplican hasta, diría, los mil y uno, pero esa sí que es una referencia demasiado sencilla de comprender.
            Se volvió prácticamente imposible encontrarme en algún sitio, en alguna situación, en algún momento, sin que tuviera un libro entre mis manos. Los libros iban convirtiéndose en sinónimo de mi nombre; ya no era yo, era aquel, el de los libros. O, del que está leyendo la puerta siguiente, cuando no simplemente, el inútil aquel que se cree interesante con sus libros. Y otras versiones de lo mismo que no vale la pena mencionar.
            De no ser por esa lectura omnívora, nunca hubiera llegado a pensar que podría escribir mis propias historias. Pero, otra vez, no quiero adelantarme al relato.


Aclaración: No soy el atento lector de la fotografía, 
nunca tuve esa cantidad de libros a mi disposición, 
ni esa cantidad de rulos en mi cabeza.

sábado, 8 de febrero de 2020

Familia – Una infancia promedio


Como siempre sucede en mi vida, llegué tarde a todo lo que pretendía intentar. En este caso llego con veinte años de atraso a lo que hoy llaman literatura del yo. Una forma de escribir en la que el autor se presenta como centro del relato y crea una imagen de sí mismo tan falsa como irreal; una escritura en la que lo personal abruma con la cantidad de datos insignificantes que se le obliga a asimilar al lector. Información que, por otro lado, nunca le servirá para nada. Un estilo de literatura muy vinculado con las redes antisociales, algo que sin dudas alguien más postuló en otro sitio, con términos académicos y con citado acorde a las normas APA, como corresponde; pero no fui yo.
            Imagino que este tipo de escritura, por otro lado, deriva de una mala lectura de Kafka, entre otros autores, quien solía llamar a sus personajes, en varios relatos, simplemente como K. Según algunos teóricos y críticos literarios, buscaba crear una mayor identificación entre el autor y el texto. Claro que si quisiéramos preguntarle a Kafka por qué escribió de ese modo estaríamos llegando, otra vez, demasiado tarde. Podría arriesgar la hipótesis de la pereza, de que en algunos casos es tan complicado definir el nombre de un personaje que lo mejor es dejarlo para el último momento. También podría arriesgar una segunda hipótesis de que esos relatos hayan sido sueños en los que el propio Kafka se veía como personaje de cuanto sucedía en ellos, y de allí esa forma particular de escribirlos.
            Claro que esto no explicaría los textos escritos en segunda persona.
            Como sea, luego de haber leído a Kafka Borges hizo algo similar, poniéndose a sí mismo como personaje en algunos cuentos. ¿Eso nos dice que quería parecerse a Kafka o que vivió lo que relató en ellos? Quizá sea que el recurso literario de ponerse a sí mismo en la historia le resultaba útil para cierto tipo de relatos. Pero también es tarde para preguntarle.
            Del mismo modo, Philip K. Dick lo utiliza en algunos de sus libros y se encuentra, igualmente, muerto, por lo que tampoco en este caso podremos preguntarle.
            Esto nos lleva a pensar que cualquiera que se perfile como escritor, en algún momento de su carrera utilizará los mismos recursos que el resto del gremio. Y está bien que lo haga, porque es parte de la literatura. Puedo incluso encontrarse más de un desastroso texto escrito para el blog o algo más extenso y oculto, en el cual me utilizo como personaje. El resultado apenas es algo más que una pobre imitación, y eso sin la suerte de siquiera encontrarse bien escrito.
            Pero lo anterior no es literatura del yo, es literatura sin pronombre personal asociado, porque, precisamente, es lo personal lo que engloba toda la situación, lo que hace estragos en la escritura. Mi vida, mis pensamientos, lo que hice en los años anteriores a que decidiera sentarme a escribir sobre ello, ¿a quién puede importarle, o interesarle, más que a mí mismo? ¿Por qué abrumar a quien continúe leyendo con usa información? Quizá busque generarle empatía a quien para nada me conoce; tal vez sea aceptación lo que estoy buscando, o encontrar otras personas que hayan vivido cosas similares para intercambiar experiencias, comentarios y formas de superación.
En última instancia, la literatura del yo no sería más que otra transformación de los libros de autoayuda tan de moda en los últimos veinte años. La diferencia radicaría en que literatura del yo suena mucho mejor que autoayuda, por lo que logró una mayor aceptación, incluso entre aquellos lectores que sabían que los libros de autoayuda ni siquiera sirven para aplastar cucarachas.
            Dicho lo cual, en la primera parte de la década de 1990, siendo todavía un niño. Aunque haya quienes digan lo contrario, además de que pensaba como un niño, tenía la esperanza de llegar a ser muchas cosas cuando finalmente creciera. Tal vez influenciado por lo que veía en la televisión, o en las películas (que pasaban en la televisión, porque muy pocas veces iba al cine; el valor de las entradas ayudaba de poco en ese punto), lo primero que quise ser, como no podía ser de otro modo, era un héroe: Bombero, policía, investigador privado, desenmascarador de misterios, o cosa parecida. La idea era ser ese que conoce la verdad y que no cejará hasta darla a conocer.
Luego comprendí que los héroes nunca son los que en realidad triunfan, sino lo que logran atravesar la adversidad sin que nada los altere, sin que la más mínima mancha de barro toque su ropa siempre nueva, siempre impoluta. Los héroes de las películas no existen en el mundo real, no podrían hacerlo ni aunque lo desearan de ese modo; mucho menos podrían hacerlo en un país como Argentina, claro. No existen dudas al respecto.
            Además, carezco de la vocación de servicio de la que hablaban en las publicidades de la policía a principios de los 90s. Nunca fui práctico siguiendo órdenes; tampoco aceptaba seguir una cadena de mando si sabía que quien me seguía era incapaz de resolver situación alguna o tomar una simple decisión; ni hablar del tema de respetar la autoridad impuesta y no ganada; así que es una suerte el que finalmente no me decidiera por continuar en esa dirección.
Antes de que el peso reemplazara a los australes, dejé de lado las esas ideas de ser le héroe de mis propias aventuras y comencé a buscar algo más hacia lo cual dirigir mis energías, mi interés, mis habilidades y, por qué no, mi aburrimiento.
            De haber sabido que casi tres décadas después aún estaría buscando eso en lo que enfocar mi energía de seguro me hubiera aferrado con mayor persistencia a esas ideas, a esos anhelos infantiles. Pero ya es tarde.
            Me faltaba descubrir muchas cosas, así como sé que desconozco otras y sé que algunas ni siquiera luego de mi muerte las descubriré. Todo porque creo haber hecho muy poco con mi existencia. Podría haber hecho más, sin dudas, es sólo que ignoraba cómo hacerlo. Nadie me lo explicó, nadie me lo señaló como una posibilidad o una opción, solamente me marcaron, una y otra vez, los errores que cometía. Los mismos errores de siempre, las mismas falencias, los mismos problemas que jamás podría solucionar; no por ser incapaz, sino por puro desinterés.
Pero si no quería que errara el camino me hubieran dado un mapa que supiera leer y listo; siempre la hacían difícil.
Los sueños de la infancia mueren rápido. Incluso cuando creía que podría dedicarme a cazar dinosaurios y luego de toda una tarde intentando practicar una excavación en el patio de la casa (donde había una carpeta de concreto en avanzado estado de descomposición), desestimé la posibilidad de que allí hubiera un paso al centro de la tierra. Esa misma tarde reconocí que nunca viviría aventuras como las que comenzaba a acostumbrarme a leer; el sueño de las aventuras se perdió en mi memoria.
Un par de horas, unos minutos, un instante, una frustración, es suficiente para hacerme olvidar cualquier proyecto. La mayoría de las veces me siento mejor después de que sucede de ese modo; no sabría qué habría sido de mí de no ser así. De seguro no estaría aquí, escribiendo con la pretensión de que alguien me lea y comprenda las ideas subyacentes en todas estas palabras, comente al respecto y descubra que, después de todo, algo de lo que aprendí no logré dejarlo de lado: Aprendí a contar historias; al menos así lo creo, aunque otras personas dicen lo contrario y no podemos tener la razón ambos todo el tiempo.




Aclaración: La imagen es una recreación de 
cómo me vería de haber seguido adelante 
con la fantasía de ser bombero.

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Y también pueden comentar si así les parece.

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domingo, 2 de febrero de 2020

Familia – La vida en la ciudad (1990 – Primera Parte)


Sería muy fácil decir que la década de 1980 terminó el 31 de enero de 1989 y que, luego de ese día, comenzó algo por completo nuevo, diferente. Sería muy fácil y, también, falso. A fin de cuentas lo único que se cambió fueron dos números en un calendario convencional, el ocho por un nueve y el nueve por un cero; la mayoría de las cosas continuaron siendo del mismo modo demorándose demasiado tiempo en intentar cambiar o, siquiera, dar señales de ello. Aún cuando el viento en ese sentido comenzara a soplar al principio de la década.
            La continuidad, la estabilidad de cualquier sistema señala su viabilidad; si el sistema se mantiene funcionando aún cuando parte de sus componentes ya no cumplen su función original, su rol indicado, o realizan sólo un porcentaje mínimo de las tareas asignadas, es sabido que no hay que modificar nada. Porque, de hacerlo, habría, necesariamente, que modificar todos y cada uno sus componentes; lo cual podría resultar más peligroso que cualquier otra posibilidad, además de poco beneficioso en la mayoría de los casos. Al menos ese es el pensamiento práctico argentino ante las dificultades que se generan en cualquier proyecto. ¿Funciona? Se queda. ¿Sabemos cómo lo hace? No importa. ¿Puede repararse cuando dejó de funcionar? Mejor. Ahorrar, a la fuerza, evitar los gastos y la inversión, siempre. Lo atamos con alambre, lo atamos, cantaban por ahí (aunque sin las eses finales).
            Tal vez por eso, para evitar los grandes cambios, bruscos y violentos, es que la familia continuó funcionando, durante los primeros años de la nueva década, del mismo modo en que venía haciéndolo desde la muerte de mi padre. Claro que hubo cambios, los inherentes a la edad; por ejemplo los cambios generados por el pasaje de la infancia a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud, en el caso de mis hermanas; o de la juventud adulta a una adultez más cargada de responsabilidades y problemas, en el caso de mi madre. Cambios que volvieron a mi madre una persona silenciosa, cerrada, con mucho para dar, mucho conocimiento, práctico y moral, pero sin poder hacerlo.
            A esto debe sumárseles la mísera pensión por viudez, que mencioné antes, que cobraba del estado nacional, que apenas sí era suficiente para alimentar una semana a la familia; el resto había que rebuscarlo por otro lado. Es la razón por la que, acabada la de educación secundaria de mis hermanas, comenzaran prácticamente de inmediato a trabajar, de la manera que fuera para ayudar a solventar la economía familiar. De esta manera tan poco proverbial, el mundo cerrado de la familia se quebró, se rompió, se transfiguró definitivamente.
            La enésima crisis económica que atravesó el país entre 1989 y 1992 había tornado los trabajos legales, en blanco, en el marco de la ley, con prestaciones sociales y cierta estabilidad, en un bien sumamente escaso. Algo casi tan difícil de encontrar como un dinosaurio vivo que quiera dar una entrevista en un programa de televisión. ¿Conocen alguno? Hay quienes todavía creen que eso es posible.
Crisis económica que, como no podía ser de otros, volvió a llevarse los ahorros del viejo cascarrabias del abuelo materno que habían confiado una vez más en los mismos socios de antaño, como un ciclo que se repetía, se renovaba. Un ciclo que todos sabían de antemano cómo acabaría; todos salvo él.
            Los trabajos en negro, por horas, por bulto, changadores, jornaleros, personal de fatiga o los caminantes no dejaban de multiplicarse hasta el infinito; eran las categorías más bajas, con menor sueldo y mayor exigencia, de cualquier negocio. ¿Alguien se preocupaba por controlar esta situación? Si, por supuesto, alguien que sabía muy bien de qué manera mirar hacia otro lado, hacia donde estas cosas quedaban ocultas por la ausencia, o el exceso, de iluminación.
            En 1990 comencé la escuela primaria, en el turno tarde, y mi mayor problema era que, saliendo de la escuela a las 18 horas me resultaba imposible llegar a la casa para ver los dibujos animados que pasaban en la televisión entre las 16 y las 17 horas. Sólo años después, muchos años, los canales de TV se darían cuenta de tal error y pondrían, también, dibujos animados antes del mediodía y, en algunos casos, después de las 18, siempre antes de los noticieros; lo cual volvía un poco más interesante el final de la tarde.
            Ni hablar de cuando la televisión por cable, y no por antena, hizo irrupción en la casa y descubrí la existencia de la programación las 24 horas del día, todos los días de la semana, y en varios canales diferentes al mismo tiempo. Ya no eran solo cinco canales que cerraban su transmisión a las doce de la noche, sino que ahora tenía acceso a 85 canales (si es que no más), que trasmitían a toda hora. Sin embargo esa alegría, ese deslumbramiento, duraría poco tiempo. Tal vez sea porque nunca me consideré un espectador al estilo clásico ni nada semejante y  me aburría seguir horarios determinados y pautados de antemano y el andar todo el tiempo esperando a que se hiciera la hora de ver el programa que me interesaba y no encontrarlo más que un momento determinado. Podía aceptarlo, brevemente, en la escuela, y en ningún otro lugar; los horarios no eran lo mismo.
            El neoliberalismo explotó, con mayor fuerza, a partir de 1992. Todo el mundo quería, al parecer, cambiar, despertar, dejar de ser, adaptarse, al mismo tiempo. Como si aquello fuera fácil, como si fuera algo que pudiera hacerse con sólo pensarlo y sin esfuerzo alguno de nuestra parte (suponiendo que fuéramos de los que pretendíamos cambiar). Pero es sabido que nunca es sencillo cambiar, en realidad nada lo es. Muchos comenzaron a quedarse en el camino, viendo en ello algo así como un triunfo cuando en verdad se trataba de la peor de las derrotas posibles. Pero era una idea, económica, política, social y cultural (que sí existe, aunque lo nieguen), que acababa con todo y con todos los que se encontraban a su paso y carecían de la habilidad suficiente para adecuarse a su impronta. Todavía en 1995, con apenas doce años, nada de esto estaba claro en mi pensamiento, sino que pertenece a interpretaciones posteriores sobre los hechos que recuerdo de ese entonces. Pero eso no quita que no nos demos cuenta de este tipo de cosas aun antes de poder expresarlas.
Algunos cambios resultaban más evidentes: la infinita sucesión de negocios familiares del barrio que cerraban, por reformas, pero nunca volvían a abrir; casas de familias que se vendían y eran derribadas para construir dúplex o pequeños edificios de departamentos, donde más gente vivía en menos espacio; autos último modelo corriendo por las avenidas junto a colectivos (ómnibus) de la década de 1970, y que continuaban funcionando por obra y gracia de la casualidad; viajes al exterior disponibles en cómodas cuetos solo para algunos; tecnología al alcance de los demás, nunca de uno mismo. Detalles, ínfimos algunos, no tanto otros, que señalaban esos cambios, que ponían en evidencia la capacidad de adaptación de algunos pocos y las carencias de casi todos.
En ese contexto, me vinculaba con quienes pertenecían a mi generación por el simple hecho de asistir a una determinada escuela donde formaba parte de un grupo que, no solamente no había elegido, sino en el que carecía de cualquier sentido de pertenencia. Comprendí que una cadena no tiene por qué ser material, de hierro forjado por ejemplo, con grandes eslabones lastimándonos la piel de los tobillos, para impedir la libertad. Comprendí eso junto con la necesidad de no quedarme nunca demasiado tiempo en lugares en donde algo en mi interior, sea eso lo que sea, me decía que no pertenecía allí. Pero, como no podía ser de otro modo, saber dónde se pertenece, dónde se puede estar cómodo, y tal vez ser aceptado, es de las cosas más complicadas.


Aclaración: No conozco ninguna imagen que represente
mejor la primera mitad de la década de 1990 para Argentina. 
Escucho sugerencias para posibles cambios.
El de la foto es el ministro de economía del gobierno
 de turno (para quienes no lo conocen, sepan que los envidio).

sábado, 25 de enero de 2020

Familia - I, the last one


Soy el último de la camada de los hijos de los hijos de la familia. El último si tengo en cuenta que no sabemos si el tío que partió en un viaje hacia lo desconocido tuvo hijos o no, y que mi tía la menor, así como el hermano de mi madre, no los tuvieron. El último, el menor, y por completo desconectado del resto de la familia, así como la familia se encontraba desconectada de mí persona. Pienso, por ejemplo, en la fotografía junto a mi primo, uno de los tres cerditos, veinte años mayor, sosteniendo a un recién nacido que bien podría ser cualquier otro. ¿Qué nos unía? La ficción de la sangre, tal vez, y eso con mucha suerte, ninguna otra cosa.
            Tal vez mis hermanas lograron tener una relación mejor, o mayor, con sus primos, o con los primos postizos, hijos de otros hermanos o tíos de la familia política. En mi caso, nada similar a eso sucedió. Tampoco lo busqué, es cierto, no tenía esa intención, carecía de valor alguno para mí, tanto en esa época, cuando era un niño, como hoy mismo, siendo un adulto que escribe sobre su pasado recordando algo que nunca estuvo allí.
            Luego de la muerte de mi padre la casa de la familia se volvió sumamente silenciosa, como si se tuviera miedo de hablar en voz alta. Incluso la televisión se veía a un volumen tan bajo que permitía escuchar lo que sucedía en la calle, y la radio que mi madre escuchaba cada mañana apenas rompía el silencio de la soledad. Ese silencio, y los sobreentendidos de una rutina repetida hasta el hartazgo, eran la norma. Era la única realidad que conocía, la única verdad, la única opción; tampoco podía saber que las cosas sucedían de otro modo en otros lugares, porque hasta que comencé la escuela primaria, y eso no fue hasta 1990, supe que se podían tener amigos con los que hacer cosas diferentes. Entonces podría tener un Robín para ser su Batman, o un Batman para ser su Robín; eso me llegó tarde, muy tarde, a mi experiencia.
            Claro, mis hermanas tenían sus amigos y conocidos, de sus escuelas. Y algunas veces se reunían y escuchaban música a todo volumen, o festejaban alguna cosa aún sin sentido para mi corta edad. Pero esos días eran la excepción, no la norma, lo irreal no lo habitual. Por eso mismo, son esos días tan diferentes a lo cotidiano los que quedan en la memoria, tal vez no con la fecha exacta en que sucedieron, pero sí con algunos detalles imposibles de olvidar aun cuando los otros lo hayan hecho inmediatamente.
            Si fue buena o mala la infancia que me tocó vivir no lo sé, lo que sí puedo afirmar es que fue mía. Quizá no ideal según los estándares inventados para hoy, porque no tenía televisión por cable, ni acceso a internet, ni teléfonos móviles y muy pocas series de dibujos animados llegaban a la televisión abierta. Pero esas pocas series, esos personajes, formaban parte de mis juegos, de mis aventuras internas, silenciosas, que me inventaba para mí mismo y para nadie más; porque no había nadie más allí. La soledad, en mi vida, comenzó demasiado temprano.
            Tal vez por eso, si es que me interesara encontrarle respuesta a todos los problemas que otros/as descubren en mí, es que nunca tuve la costumbre de acumular amigos, conocidos, aliados temporales, ni cosas similares. En esa misma línea, mis salidas predilectas fueran cosas que podían hacerse solo antes que estando mal o bien acompañado.
            En años sucesivos continuaron muriendo familiares de mi padre, como si de repente la vida se les hubiera agotado. En 1983, como ya dije, mi padre; en 1984, mi tía la mayor; en 1985, la abuela paterna, irremediablemente ciega y sin dejarse tratar por médico alguno, del pueblo ni de la ciudad; en 1986, mi tío el pequeño, para cerrar la década muriendo el patriarca sin pueblo, sin gente, sin familia, en que se convirtiera el padre de mi padre. Sólo quedaban, entonces, además de algún que otro pariente de segundo o tercer grado perdido por algún lugar de España o de Argentina, de esos que sólo sirven para crear rumores y problemas tan sólo porque sí, los siete nietos.
            La vida tiene su propio límite, la muerte nos rodea y es lo único que nos espera con cierta certeza; bien temprano lo aprendí. Principalmente viendo como otros niños de mi edad disfrutaban de sus abuelos, de sus tíos, sus primos y sus otros parientes, con tanta felicidad y alegría (si real o fingida no lo sé, no estoy seguro). En mi casa me contentaba con que mi madre me llevara los domingos por la tarde, siempre y cuando hiciera buen clima, a dar vueltas en bicicleta en una plaza cercana de la casa. Ella se sentaba en uno de esos bancos de cemento siempre sucios, rígidos y duros, a mirar el atardecer entre los árboles, mientras yo pedaleaba hasta el cansancio, o tal vez más. Era casi que la única diversión, la única forma de hacer algo fuera de la casa que conocí en esos años. Y era algo que disfrutaba, por supuesto que sí, lo disfrutaba mucho.
            Supongo que podría decir que la familia continuó adelante; porque no podría ser de otro modo; porque algo había qué hacer y ese algo era mantenerse a flote nadando con la corriente en contra, en medio de una noche de tormenta devastadora y viendo como otros perdían el equilibrio, la compostura junto con las pocas o muchas cosas que pudieran haber poseído. La vida continuaba del mismo modo, la vida era eso, un ciclo, una sucesión de situaciones que de tan similares creemos que se trata de una repetición sin sentido, como un calendario en el que ansiamos creer.
            Tarde nos damos cuenta del valor de dichas repeticiones, cuando las mismas han dejado de producirse, cuando forman parte irremediable del pasado y ya no nos hacen daño ni podremos modificarlas en los detalles más minúsculos.
            Por otro lado, cambiando de tema, la costumbre veraniega de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires) de realizar cortes de electricidad programados con antelación, por tiempo indeterminado y en zonas particulares del conurbano y en el horario de la tarde, porque nunca habían realizado una sola inversión para permitir una mayor producción de energía, fue uno de los múltiples alicientes para desarrollar algo que cada día se encuentra menos. Ante la imposibilidad de ver la televisión, de escuchar la radio, de disfrutar de la música, o de una bebida fría, entre otras cosas, no sólo te obligaba a centrarte en esa actividad tan extraña que se denomina lectura, sino que también fortalece el uso de la imaginación y la fantasía. Allí donde no desaparecen los estímulos externos, lo único que nos queda es lo que se encuentra en nuestra propia mente; claro que primero hay que llenar la mente con las herramientas necesarias, pero ese es otro tema.
            En los últimos años de los 80s, cuando no sabía que lo hacía, forjaba lo que comenzaría a desarrollar con mayor amplitud, con mayor énfasis, cuando tomé la decisión de dedicarme a escribir. No es que escriba todo el tiempo sobre el pasado, o sobre mi propia historia (que tampoco es tan interesante como para ser escrita, ni mucho menos para ser leída), sino que, mi mejor herramienta, mi creatividad, ya se encontraba allí cuando necesité utilizarla.
            La misma que me causaría infinidad de problemas, pero también varias satisfacciones cuando descubrí que además de mentir sirve para contar historias que pueden interesar a alguien más. Luego de darme cuenta que ni la música ni el dibujo, ni cualquier otra de las artes disponibles, me dejaría jugar en su universo, ese se transformó en mi refugio predilecto. Además, para leer, a diferencia de otras actividades, no se necesita mucho espacio y puede hacerse en el más absoluto de los silencios. Y sin llamar demasiado la atención, por supuesto.



Aclaración: El solitario niño de esta fotografía,
 aunque se me parezca, no soy yo.

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La misma se publicó en el mes de noviembre de 2019, pero recién me enteré de su publicación esta semana

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 19 de enero de 2020

Familia – La vida en la ciudad (1980 – Segunda Parte)


Luego del annus horribilis de 1983 muchas cosas cambiaron en la familia. Mucha gente dejó de estar. Los supuestos grandes amigos que mi padre hiciera a partir de sus negocios lo fueron mientras el dinero y las ganancias fluían así que, tan rápido como dejó se terminaron, se fueron. Ni siquiera fingieron algún acto de presencia, nada. Diría que desaparecieron, pero ese término remite a algo completamente diferente, más dramático, en la historia nacional. Tampoco tardaron demasiado en encontrar quien ocupara el puesto disponible como intermediario, claro.
            El mismo acontecimiento puso punto y final también a las pocas, escasas a decir verdad, visitas de las familias que quedaban en el campo, en el pueblo, hacia la ciudad. Se sentía como si de pronto se hubiera desatado una epidemia de alguna enfermedad extremadamente contagiosa y asquerosa en nuestra casa y nadie se atreviera a acercarse por temor a un contagio, una infección, o la muerte segura; si es que no algo peor. Como si haciéndolo de ese modo fueran capaces de sustraerse del destino que nos aguarda a todos por igual.
            Uno de los últimos logros de mi padre fue conseguir una línea telefónica para la casa. En la década de 1980, tener teléfono en una casa particular era lo más cercano al lujo que podía aspirar una familia que se consideraba de clase media; aún cuando recordara los padecimientos de no haber tenido en todo momento con qué alimentarse. El trámite en la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL, para los amigos) solamente demoró cinco años; desde aquella mañana de otoño de 1979 en que se iniciará con un pedido presentado por triplicado, hasta aquella otra mañana de abril de 1984 en que sonara el timbre de la casa y tres técnicos vestidos con un mameluco gris, con herramientas provenientes de la década de 1940 (época de la fundación de la empresa), colocaron los cables, las fichas de conexión y dejaron un teléfono de disco, verde, grande y pesado, de baquelita, sobre la mesa.
            Teníamos teléfono, y funcionaba, pero nadie llamaba. Era un verdadero acontecimiento, al menos hasta los primeros años de la década de 1990, escuchar sonar a ese aparato misterioso que servía para comunicarse con las personas a través de las paredes, a través de cualquier distancia pero no a través del tiempo; muy distinta sería su utilidad si así lo hiciera. Aunque, si lo pensaba bien, ni siquiera sabría qué decirle a aquella persona con la que pudiera comunicarme de ese modo, principalmente por el hecho de que no los conocía.
            Quien más sufría por esta situación era, sin lugar a dudas, por lo inesperado, por lo disruptivo que resultaba todo y por la creciente sensación de abandono, mi madre. Su padre y su hermano continuaban trabajando la tierra como si nada hubiera cambiado, como si todo fuera a ser para siempre igual y el único cambio posible fuera continuar envejeciendo sin más razón que trabajar. Del otro lado de la familia, diezmada también por la muerte y otros problemas, solo obtuvo una visita casual de mi tío el pequeño antes de su último viaje al pueblo, y luego nada; como si fuera la responsable por la muerte de los hermanos. El abandono más absoluto y la soledad más atroz, criando a sus hijos sin mirar atrás, ni a los costados, solo hacia el futuro.
            Una pensión por viudez irrisoria, que se parecía más a un insulto que a otra cosa, se complementa con el realizar cualquier tipo de trabajo que ayudara a tener algo para comer cada día. Y para mantener, también, las apariencias de que todo continuaba siendo igual, cuando no lo era así, cuando había que trabajar a destajo para que mis hermanas y yo completáramos la primaria y la secundaria y que, si era posible, continuáramos estudiando. Por esa era la idea, no detenernos nunca, lograr mejores trabajos, mejores lugares en la vida, sin depender nunca mas, de lo que pudiera llegar del pasado, sino de cada uno dependiendo solamente de lo que uno mismo podía hacer. Y que a los demás, si preguntaban o se interesaran, que les alcanzara con la indiferencia, la falta de respuesta o el desconocimiento, tal como supieron hacernos. No era venganza, no era represalia, ni revancha, era lo único que nos quedaba para evitar que la pena, el dolor, o algo mucho peor, ocuparan el horizonte por completo.
            Claro que de la mayoría de esas cosas sólo llegaría a enterarme más tarde, cuando la década de 1980 llevaba años de haberse acabado y a punto de caer en el olvido de no ser por la actual moda vintage. Nadie dice que ello haya sido fácil de sobrevivir. Siquiera tan solo de vivir. Aun así, son pocos los recuerdos que guardo de esos años; ni aun haciendo un gran esfuerzo puedo ubicar en el año correcto ciertos recuerdos que creo tener de esa época.
            Tampoco soy capaz de distinguir si se trata de un recuerdo, o una fotografía de algo que sucedió y que he mirado tantas veces, tanto tiempo, que comienzo a confundirme. Ignoro si es el único caso, en mi memoria, y en el del resto de las personas, en donde algo que no hayamos vivido realmente se convierte en parte del recuerdo volviéndose fundante de alguna otra situación. Como un recuerdo implantado, o inventado, que sabemos que no puede ser cierto pero que, de todas formas, aceptamos como tal.
            Sé que en 1988 comencé el jardín de infantes. ¿Antes de eso no había nada? Frío en otoño, calor en primavera, pantalones largos en invierno, pantalones cortos (o ningún pantalón) en verano, viajes en tren que duraban horas, porque el que nadie nos visitara no nos permitía a nosotros dejar de visitar el pueblo, durante las vacaciones de verano, claro. Así como recuerdo estas cosas, también lo hago con otros detalles que carecen de una ubicación más exacta.
            Hubo pocos lujos en esa época. Con esto me refiero a que la moda de las bebidas gaseosas, por ejemplo, demoró varios años en ingresar a la casa, el precio era demasiado y las prioridades eran otras y muchas; por lo que solo en contadas e importantes oportunidades (como un cumpleaños, u otro tipo de fiesta), sucedía algo semejante. Lo mismo sucedía con otros productos de marca que resultaban tener la misma calidad, la misma resistencia y durabilidad que los productos sin marca o de segunda categoría.
Sin saberlo, sin percatarse de ello, mi madre estaba criando a un feliz anticonsumista (lean bien, no dice anticomunista, ojo) que prefiere las remeras lisas, sin logos, sin palabras elegidas al azar, sin publicidades. Alguien que prefiere el anonimato antes de venderse a una franquicia que no solo no paga por tu trabajo publicitario sino que tenés que pagarles por usar sus productos; nos convertimos desesperadamente en carteles publicitarios para sentirnos un poco mejor con nosotros mismos. Sentimiento fácilmente creado y manipulado por las mismas publicidades; ilógico por donde se lo mire, pero igualmente beneficioso para esas empresas.
Aplicaría otras categorías académicas de análisis para explicar los años que transcurrieron hasta el final de la década, pero carece de sentido y no es oportunidad. La década se acabó; muchos sueños se perdieron en el camino, otros se habrán cumplido. Los levantamientos militares continuaron tanto antes como después de 1983; pero el espíritu de la sociedad parecía muy ansioso por encaminarse en otra dirección, más difícil, que requería mayor cantidad de trabajo, más dificultades y menos posibilidades de beneficios rápidos, pero que, en teoría, llevaría a mejores resultados. Claro que después llegó la década de 1990 y todo se fue al traste estrepitosamente. Como no podía ser de otro modo.

Aclaración: Aunque la fotografía se parece a la que 
muchos debemos tener en nuestro recuerdo, no hace
falta que me busquen en ella, porque no lo estoy.


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En el número 47 de la Revista Digital El Narratorio pueden leer el cuento El peso de la tradición.

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