Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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lunes, 8 de julio de 2019

Aquella mujer que no dejaba de mirarme


El mozo dejó frente a mí la hamburguesa de sucedáneo de carne bien condimentada que le pidiera, junto con la botella de agua mineral desmineralizada, con una leve sonrisa y una inclinación parcial, tal y como le era habitual. Era el único que ocupaba el extremo de la barra de la cafetería, como siempre a esa hora. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer mordisco, comencé a sentir cierta incomodidad que carecía totalmente de relación con el escaso sabor de aquella comida de alto contenido proteínico y que no podía darme el lujo de desperdiciar ya que me aportaría las calorías necesarias para culminar mi día de servicio laboral, por lo que debía averiguar por qué me sentía de ese modo.
            Con cierto disimulo giré hacia mi derecha sin encontrarme con otra cosa que no fuera la pared que sabía que allí se encontraría; el viejo empapelado de otra época, cubierto con una evidente capa de suciedad y años de esperar una renovación, no representaba ninguna novedad. La incomodidad no provenía de allí. Debía de haberlo sabido.
            Me dispuse entonces a girar poco a poco hacia la izquierda, como debería de haber hecho en un primer momento de no haber sido por la confusión habitual.
            El resto del salón, cuyo habitual silencio era apenas interrumpido por algunas radios personales que conservaban el sonido en el rango de sus portadores, parecía vacío a pesar de que el mediodía se acercaba peligrosamente. Poco fue lo que pude ver más allá de algunos clientes absortos en sus dispositivos, los problemas que estos les presentaran, cuando no en sus platos. Ninguno de ellos parecía ser quien me provocara la incomodidad allí continuaba.
            Mordisqueé la desabrida hamburguesa jugando con las papas horneadas que la acompañaba sin dejar de sentirme de ese modo; sin poder pensar en nada más que no fuera aquella extraña molestia que crecía más y más.
            Levanté los ojos de mi comida y me encontré, al igual que las miles de veces anteriores en las que consumiera mi horario de almuerzo en ese sitio, el antiguo espejo que ocupaba la pared de la barra imitando los bares de mitad del siglo XX. La imagen duplicaba el interior del lugar en exacta y opuesta simetría creando la fantasía de que el espacio era el doble de grande.
            A mi espalda, también sentada junto a la pared del vetusto empapelado, una mujer me observaba con tanto detenimiento que sentía el peso de sus ojos sobre mi nuca a la par de aquella misma incomodidad que no dejaba de crecer.
            La miré sin el menor reparo, y con su mismo atrevimiento, para que notara que lo hacía o, tal vez, esperando exactamente que se percatara de que había notado su descarada mirada sobre mí. Pero no daba ninguna señal de que le importaba lo que hacía; al contrario, continuaba mirándome en la misma posición en la que la descubriera, estirando el cuello y ladeando levemente la cabeza como si quisiera escuchar mi conversación.
            Claro que no hablaba con nadie, nunca lo hacía, nunca allí, ni con nadie.
            Sus labios excesivamente pintados atraían mis ojos sin que pudiera evitarlo; llevaba unos lentes de sol de plástico con los que intentaban ocultar sus ojos pero, lo sabía, no dejaba de mirarme. Tan atenta era su mirada que comenzaba a dolerme la cabeza. ¿Qué quería de mí esa mujer que no dejaba de mirarme?
            Llamé con un gesto al mozo que se acercó lentamente, con el mismo paso cansino que tanto le conocía.
            —¿Quién es ella? —le pregunté señalándola en el espejo sin el menor disimulo.
            —Una clienta —me respondió.
            —Me doy cuenta de eso. Me refiero a que si sabe algo más —dije pensando en la propina que debería dejarle si me aportaba alguna información valiosa.
            —No viene tan seguido como usted.
            —También lo noté —respondí con un poco de fastidio—. Lo que me gustaría saber, además de por qué utiliza lentes de sol bajo techo, es por qué no deja de mirarme…
            —¿Eh…? —exclamó sorprendido—. No creo que lo esté haciendo.
            En ese momento alguien lo llamó desde el otro extremo de la barra y comenzó a alejarse poco a poco. Mirando hacia atrás señaló a la mujer, me señaló a mí y realizó un gesto parecido a una negativa o a una invitación para comenzar la danza del apareamiento de la cacatúa azul, pero no dijo nada más y no entendí sus gestos.
            Las papas estaban frías cuando acabé con la última de ella y el agua desmineralizada había comenzado a decantar impurezas, señal de que tenía que volver al cubículo a cumplir la segunda parte de mi horario de servicio laboral.
            A pesar del tiempo transcurrido, aquella mujer no había dejado de mirarme en ningún momento, casi como yo mismo no había dejado de hacerlo mientras comía.
            Claramente no podía irme sin saber qué era lo que pretendía, si es que algo pretendía; o por qué se comportaba de ese modo tan poco aceptable. Lo que sucediera primero. Más que nada teniendo en cuenta de que por más de que lo llamara de varias formas, el mozo no volvió a acercarse a mi sector de la barra. La propina sería desacostumbradamente baja por ello.
            Me llené de valor antes de acercarme ya que el día de hoy no se encontraba entre los días que me correspondía hablar con una mujer, pero había sido ella quien me provocara; podría utilizar una situación semejante como justificativo para mis actos. Pensándolo de esa manera pude acercarme a su mesa sin que mis movimientos tuvieran el menor efecto en ella, como si no existiera a pesar de ocupar casi la totalidad de su campo visual.
            —¿Nos conocemos? —le pregunté.
            Noté como se sobresaltaba ante mis palabras y, por un momento, sus anteojos se desacomodaron sobre su nariz.
            —¿Cómo dice? —preguntó con un débil hilo de voz volviendo a colocar los lentes en su lugar.
            Podría haber respondido de mil maneras diferentes. Incluso podría haber mentido, o inventado cualquier otra posibilidad que no me dejara en una posición tan comprometedora para cualquiera que nos mirara desde el otro extremo de la cafetería. Podría haber hecho cualquier cosa. Pero no hice nada.
            En silencio me alejé de ella.
            Caminando hacia la salida evité mirar al mozo o a cualquier otra persona que allí se encontrara por temor a que me hubiera visto hacer el ridículo, una vez más, en  mi frustrado intento de pedirle explicaciones por sus miradas a una ciega.




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En la revista digital La Ignorancia N° 23 pueden encontrar el relato breve Descartar/Continuar.

Y también: 
La Revista Íkaro de Costa Rica publicó también el relato Jaime, el mataautores en su página web.

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domingo, 30 de junio de 2019

Quienes regresaron


Mi padre, el padre de mi padre y el padre del padre de mi padre, como lo hacían todos los hombres de la familia, regresaron luego de salir a recorrer el mundo.
            Al menos regresaban en cuerpo.
Mi madre, la madre de mi madre y la madre de la madre de mi madre, como lo hacían todas las mujeres de la familia, repetían algo similar.
Quienes regresan se parecen a los que se fueron, lucen como quienes partieron, hablan como quienes se marcharon, incluso huelen como quienes salieron, pero no son ellos. Habían regresado cambiados. Eran otros.
El escuchar lo mismo durante años, mientras crecía y se acercaba el momento en que también debía partir, no podía más que sentirme aterrado. Desconocía qué encontraría tras los campos de cultivos que se extendían luego de las últimas estribaciones de la montaña en la que se encaramaba el pueblo porque, según la tradición, hasta el día previo a mi partida, ningún hombre de la familia hablaría conmigo.
Las mujeres, en cambio, podían hablarme sin más, pero ellas, que no podían abandonar el pueblo, desconocían si había algo más allá de este.
Mi temor no dejaba de crecer al ver la luna acercarse a la fecha en que debía partir, solo, sin ayuda alguna, y con una única ración de comida, en mi desconocido camino hacia el mundo.
Así fue que, de manera ineludible, ya que la hora señalada no puede aplazarse, llegó el día previo a mi partida y me reuní con algunos de los hombres de la familia.
—Olvida todo lo que sabes —dijo mi padre, el primero en hablar—, y viaja hacia el norte.
—Aprende todo lo que puedas —dijo luego el padre de mi padre—, y viaja hacia el sur.
—Nunca regreses —dijo en tercer lugar el padre del padre de mi padre—, y viaja en cualquier dirección que te aleje de aquí.
—No comprendo —dije luego de escucharlos—. ¿Hacia dónde debo ir?
Me miraron sin responder, claramente no volverían a hablar.
Siendo mi única opción, partí.
Caminé alejándome del pueblo luego de bajar de la montaña y atravesar los sembradíos hasta más allá de lo que nunca me alejara antes pues nadie me lo permitía cuando quería hacerlo. Ahora, que no quería hacerlo, nadie me lo impedía.
La noche llegó y se fue varias veces antes de que comenzara a adivinarse en la lejanía una montaña tan solitaria como la que ocupaba el pueblo. Hacia ella me conducía aquel camino que no dejaba de girar sobre sí mismo.
En cada uno de sus recodos volvía a mirar hacia atrás, intentando adivinar dónde estaría el poblado que, imaginaba, sería claramente distinguible desde la distancia con sus casas de paredes blancas y techos de tejas.
Pero nada se distinguía a la distancia.
La noche se fue y llegó varias veces más.
Me sentía cansado pero no hambriento, por lo que la comida que trajera conmigo, único obsequio de las mujeres del pueblo al momento de partir, continuaba sin ser tocada. Era extraño; debería de haber muerto de inanición después de tanto caminar, sin embargo, al despertar cada día sentía el impulso de continuar. Como si la montaña me llamara y su llamado fuera cuanto necesitara para darme energías y mantenerme en movimiento.
Uno de los tantos mediodías en los que me encontraba caminando, llegué a lo alto de un promontorio que me permitió ver por primera vez hacia un extremo y el otro del camino. Si de alguna forma hubiera podido medir las distancias, diría que allí me encontraba a mitad de camino entre una montaña y la otra, envuelto por todo ese cielo azul que nunca me abandonaba.
—Hola allí arriba —escuché una voz que me resultaba familiar.
            —Hola —respondí al hombre que se acercaba subiendo al promontorio desde el lado opuesto. No podía verlo bien aún, pero parecía una persona joven, pacífica, y que no solamente hablaba la misma lengua, sino que incluso se vestía bastante parecido a los hombres de mi pueblo.
—Creía que era el único que recorría este camino —dijo al terminar de subir. El tono de su voz me resultaba demasiado familiar, pero me era imposible saber por qué.
—Así lo creía también —respondí.
Miramos en silencio en ambas direcciones, no había mucho más para decir. Dudo también de que valiera la pena hacerlo.
—Es un buen lugar como cualquier otro para comer, ¿cierto?
Hasta ese momento no me había percatado pero mi estómago llevaba bastante tiempo haciendo ruido como una bestia salvaje reclamando su sustento. Al parecer el recién llegado se encontraba igual y, tan pronto como habló, se sentó en el suelo para extraer de su morral una ración de comida preparada y guardada de manera similar a la que me dieran las mujeres de mi pueblo.
—Qué casualidad —dije mostrándole tanto el morral como la comida que guardaba en su interior.
—Cierto —respondió mirando no sin sorpresa ambas cosas—; al parecer hay muchas similitudes entre nosotros. ¿Hacia dónde te diriges?
—Hacia aquella montaña —respondí señalando la montaña al final de mi camino
—De allí vengo yo —dijo él.
—¿Hacia donde te diriges tú?
—Hacia aquella montaña —respondió señalando la montaña al inicio de mi camino.
—De allí vengo yo —dije.
En silencio desenvolvimos nuestra comida y nos dispusimos a comer.
Solamente llegué a darle un bocado antes de darme cuenta de lo desabrida que se encontraba. Levanté la mirada y, por la expresión de mi ocasional acompañante, supe que le sucedía algo similar.
—¿Desabrido? —pregunté.
—Bastante. Y es raro, porque las mujeres de mi pueblo saben cocinar de forma que el sabor perdure.
—También las mujeres de mi pueblo saben hacerlo. ¿Quieres probar?
Intercambiamos nuestras comidas y, no sin temor, cada uno probó lo que trajera el otro.
—Delicioso —dijimos al unísono, como si las nuestras fueran una única voz.
En ese instante comprendí. Y aunque no puedo hablar por él, con solo mirarlo noté que él sentía lo mismo. No era necesario nada más.
Terminamos la comida en silencio, luego cada uno guardó sus pertenencias en su morral y partimos siguiendo direcciones opuestas.
Continué caminando, noche tras noche, sin perder de vista mi cada vez más cercano destino.
Atravesé los campos de sembradíos y luego comencé a subir la empinada cuesta de aquella otra montaña por un camino que si bien veía por primera vez, lo conocía como si lo hubiera recorrido a lo largo de toda mi infancia.
Ante las puertas del pueblo, donde la montaña se encrespa hacia las alturas, quien no era mi padre pero se le parecía, quien tampoco era el padre de mi padre pero lucía igual a él y quien nunca sería el padre del padre de mi padre a pesar de que las apariencias dijeran otra cosa, me esperaban para darme la bienvenida de regreso al pueblo. Me señalaron una de las tantas casas de paredes blancas que se arracimaban contra la montaña, me entregaron un pico, una azada, una pala, y una bolsa llena de semillas para comenzar mis propios cultivos y se alejaron sin necesidad de explicar nada.
Aquella noche se celebró la fiesta de mi regreso. Durante la celebración se formalizó la unión con quien sería la madre del hijo al que no le hablaría hasta el final de su infancia. Ella, que me conocía desde mi propia infancia, tanto como yo la conocía a ella, comenzó a repetir, al igual que quien no era mi madre pero se le parecía, quien tampoco era la madre de mi madre pero lucía igual a ella y quien nunca sería la madre de la madre de mi madre a pesar de que las apariencias dijeran otra cosa, que solamente mi cuerpo había regresado tras mi partida a recorrer el mundo.
Durante años repitió que me parecía a quien se había ido, lucía como quien había partido, hablaba como quien había se marchado, incluso olía como quien había salido, pero no era él; al menos no del todo.
Por mi parte, continuaba con las tradiciones de mi pueblo y nada decía.

domingo, 23 de junio de 2019

Mirto (Creencia popular)


Como leyera en el foro que encontrara en internet, condimentó la ensalada con algunas semillas de mirto, la mejor manera de atar a una persona por la que tenemos un sentimiento especial. Una manera de demostrar el aprecio que sentimos y, al mismo tiempo, que no se aleje de nosotros. Es decir, exactamente lo que buscaba; sabiendo que contaba cada vez con menos oportunidades para lograrlo, recurría a tácticas tan poco ortodoxas desconociendo si tendría éxito o no.
            La regó con abundante aceite de oliva para disimular el posible sabor entre amargo y dulzón, como también recomendaban, y preparó el resto de la cena limpiando y ordenando todo lo que usara. Seguramente para ahorrar tiempo y no tener que hacerlo más tarde.
            Como cada noche que cenaban juntos, la televisión encendida ocultaba la ausencia de tema de conversación, también servía para evitar el mirarse a la cara y darse cuenta de que ya no tenía sentido; pero la costumbre siempre acaba por imponerse, de una manera u otra.
            Cenaban mecánicamente, apartando los ojos de la pantalla apenas para asegurarse de que los cubiertos llevaban la dirección correcta hacia la boca, para recargar el plato e intercambiar comentarios vacíos entre una imagen y otra.
            —Pobre imbécil, mira que hacer eso —dijo quien le acompañaba luego de que el presentador del noticiario mencionara a un político que había reconocido ante la justicia el recibir frecuentes sobornos.
            —Otro inútil, mira lo que hace —comentó al ver en pantalla a un deportista fallando en su especialidad—, y le pagan por ello. No tiene que hacer otra cosa.
            Pasaban las noticias y los comentarios se volvían cada vez más agresivos; y eso que sobre la mesa únicamente había agua.
            —Ufff, siempre hablan de ese hijo de puta —dijo al ver a un actor sonriendo en la entrega de premios—, ni que hiciera las cosas bien. Actúa siempre haciendo el mismo papel. Así cualquiera —agregó viéndolo guiñarle un ojo a la cámara.
            La cena, y la incomodidad, avanzaban poco a poco.
            —Mira, ahora seguro muestran alguna estupidez sobre lo que pasa en Medio Oriente —dijo masticando con la boca abierta y escupiendo parte de su contenido—. Allí lo tienes —acotó cuando aparecieron en pantalla.
            —Prueba la ensalada —le dijo por lo bajo acercando el bol donde la preparara.
            —Si, si —le respondió hundiendo el tenedor entre los vegetales sin mirar esperando pescar alguno sin esforzarse demasiado.
            Le contempló comer sin preocuparse por otra cosa que no fuera la pantalla, sin siquiera preguntar cómo había estado su día, cómo había preparado aquella cena a pensar de haber trabajado y viajado de regreso; sin preocuparse por nada más que por seguir tragando hasta que ya no pudo hacerlo. Ni siquiera había notado que el suyo era el único plato sobre la mesa.
            Luego de tragar varias veces, y ya con el bol con menos de la mitad de su contenido, le vio apoyar el tenedor sobre la mesa lentamente y, por primera vez en la noche, atendía a otra cosa que no fuera lo que se dijera desde la televisión.
            —¿Estas bien? —le preguntó.
            —Si, si, pero no puedo respirar del todo bien.
            Vio como su rostro enrojecía a medida que la respiración se le hacía más y más difícil. La piel de sus brazos se llenó de erupciones y una picazón tan atroz que no podía evitar rascarse con tanta fuerza que las uñas marcaba surcos sobre su piel.
            Su lengua se inflamó tanto que apenas cabía en el interior de su boca, lo que le dificultaba aún más continuar respirando.
            —¿Estas bien? —le preguntó una vez más intentado al mismo tiempo disimular lo que sentía al mirarle y aparentar no percatarse de ello—. ¿No quiere comentar algo más de las noticias? —dijo volviendo la mirada hacia la pantalla.
            Sabía que faltaba poco para que todo terminara cuando le vio caer de la silla tomándose la garganta en un desesperado intento por lograr que un poco de oxígeno ingresara a sus pulmones.
            Escuchando como aún se esforzaba por lograr respirar esperó sin moverse de su sitio. Cuando los gorjeos terminaron, y mientras el noticiario terminaba mencionando cómo estaría el clima al día siguiente, se levantó acomodando la silla en su lugar. Arregló si ropa y se acercó hacia la puerta de salida, allí tomó el teléfono de línea que dormía junto a la puerta y marcó el número de emergencia. Le apreciaba tanto que haría en intento, claramente frustrado, de salvarle la vida para demostrarle su verdadero sentir.
Quien diría que la recomendación de tener sumo cuidado con el uso de las semillas del mirto, porque podía generar reacciones alérgicas terminales, sería verdadera. Se leen tantas cosas ridículas en internet en estos días que nunca se sabe.


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En el número 40 de la revista digital El Narratorio pueden leer el relato Gran Maestre.

Y, también, en la revista Extrañas Noches pueden leer el relato Nata

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sábado, 15 de junio de 2019

Vida Extra


—Hay días en los que tengo la sensación de esta preocupándome demasiado por cosas que en verdad no tienen, o no deberían tener, importancia. Pero —continuó sin detenerse a tomar aire—, tampoco me resulta posible hacerlo de otro modo. Soy incapaz de detenerme, de dejar de pensar, dejar de accionar, sin saber en verdad en qué dirección real debería de estar yendo.
            —Lo que no sé es por qué me dice todo esto a mí, otra vez —dijo el cajero de la tienda—, solo le pregunté si llevaría algo más.
            —Y tal vez ese sea le problema —continuó sin dar señales de haber escuchado al desesperado muchacho que, habiendo acabado de acomodar los pocos productos del cliente en la bolsa de papel, esperaba a que se marchara—, acumulamos y acumulamos sin pensar realmente qué hacer con todo ello. Tanto cosas materiales como intangibles, como el conocimiento. ¿De qué sirve pretender saberlo todo si nunca podremos ponerlo en práctica? ¿De qué sirve ser el dueño del mundo si no podremos visitarlo?
            —Ahora mismo serviría de mucho que se hiciera a un lado… —dijo la jubilada que esperaba ansiosamente que la fila avanzara pensando en que de seguir así se perdería el inicio del programa de preguntas sin respuestas.
            —Por supuesto, es necesario hacerse a un lado en algún momento, cuando esa carga de pensamientos comienza a hacerse tan pesada que uno siente que comienza a hundir nuestros hombros con su peso…
            —Voy a hundirte otra cosa en la cara si no te corrés de ahí, perejil* —dijo en voz lo suficientemente alta como para hacerse escuchar alguien que, por su aspecto, bien podría pasar por un chófer de un camión recolector de residuos, un minero recién salido del socavón, o doble de riesgo en una película de catástrofes naturales. Y eso para no mencionar su aroma.
            —Señor, por favor… —dijo el cajero mirando hacia la puerta, muy cerca de la cual el Gerente del local conversaba con una voluptuosa clienta dándole la espalda.
            Pero su pedido no fue atendido, o entendido, en lo absoluto.
            —La cuestión es saber detenerse, de algún modo. Pero cómo saber en verdad cuándo hacerlo. Lo que es suficiente para unos puede no serlo para otros y, también, a la inversa. Entonces estaríamos siempre buscando los límites y, un límite, como se sabe, puede continuar extendiéndose más y más. Lo aprendemos en la infancia y nunca lo olvidamos, no. Siempre lo corremos un poco más.
            —¡Dale…! —dijo en voz más alta el mismo camionero—. ¡Te podes ir!
            —Ufff… —exclamó la jubilada—. Esta juventud maleducada —agregó sin aclarar a cuál de los dos hombres se refería.
            —Es una cuestión de suma importancia, algo que algún día también les afectará —continúo acunando la bolsa de papel como si de algo de sumo valor se tratara—; solamente contamos con el presente, transitorio y pasajero por naturaleza, para aprender a adaptarnos. Si tuviéramos una vida extra, de seguro, todo sería más sencillo. ¿No lo creen así? —preguntó alejándose de la caja directamente hacia la puerta.
            —Señor… —llamó el cajero sin obtener respuesta e intentando levantarse de su puesto de trabajo—. ¡Señor!
            —Pero… ¿Y ahora qué pasa? —casi gritó el camionero.
            —No puede ser. ¡Qué perdida de tiempo! ¡Qué maltrato a los clientes! —exclamó la jubilada.
            —¿Qué sucede? —preguntó el Gerente visiblemente molesto por tener que intervenir en una situación que, intuía, no lo ameritaba.
            —Se va sin pagar —murmuró el cajero mientras señalaba hacia la puerta.
            —¿Otra vez? —inquirió el Gerente dirigiéndose raudamente hacia la salida sabiendo que, no solamente no lo encontraría, porque habría desaparecido apenas cruzar el umbral como las veces anteriores, sino que se las había arreglado para dejar su marca sobre la pared recién pintada del frente del local.
            Confirmó ambas cosas al atravesar la puerta sin encontrar el menor rastro del hombre que acaba de salir delante de sus ojos, eso si descontaba la pintura en aerosol y el modelo en stencil del maldito hongo del videojuego que repetía cada vez que se apareció por allí, abandonados junto a la pared.
            Miró hacia el interior de la tienda, la jubilaba continuaba gesticulando junto al cajero que solamente respondía haciendo gestos afirmativos. No había caso, continuaría descontando del sueldo de los cajeros cada una de aquellas pérdidas tan fácilmente evitables. Ni en esta vida, ni la siguiente, pondría un solo peso de su bolsillo, pensó mientras pateaba con fingida furia el aerosol hacia el estacionamiento casi vacío de la tienda.
            —Ni en esta vida, ni la próxima —repitió sin saber que lo hacía en voz alta.



* Perejil no es exactamente la palabra utilizada en este momento, se entiende.

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En el número 10 de la Revista digital española Callejón de las 11 esquinas, del mes de junio, pueden leer el relato Cuando ya no queden hombres, que se publicó originalmente en el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde de 2014.
Los invito a leer también el resto de la revista.

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sábado, 25 de mayo de 2019

Pantano


La expedición se había estancado.
            Nos encontrábamos en cualquier punto del mapa que no señalaba el oeste ni noreste. Es decir, un mapa por completo inútil. Al igual que la mayor parte del equipo que cargábamos, arruinado por la humedad y la sangre seca de los miles de mosquitos que matábamos, a mano limpia, día tras día. Eso para no hablar de nosotros, agobiados por el calor, la humedad, la falta de descanso, y el no entender por qué nos encontrábamos allí.
            Ni siquiera la paga era buena.
            Pero dudo de que se hubiera hablado de nuestra paga n algún momento.
            Sin embargo, allí estábamos. Cargando aquel equipo obsoleto que alguien más debería montar cuando llegáramos al punto no indicado en el mapa. El énfasis estaba puesto en el “cuando llegáramos”, algo que nadie podía precisar con cierta.
            —Estamos más cerca que antes —dijo quien nos dirigía en aquella interminable expedición—, casi no tengo dudas de ello. Del otro lado de aquella lomada se encuentra nuestro destino.
            Su dedo señalaba hacia un punto indefinido entre la espesura y el calor que para nada nos motivaba a continuar avanzando.
            —¿Qué encontraremos allí? —preguntó uno de nosotros, no estoy seguro de quién haya sido, estaba tan cansado que intentar mantener los ojos abiertos representaba un dolor insufrible.
            —Nuestro destino —repitió quien nos dirigía sin agregar palabra.
            Fue suficiente con que comenzara a caminar, sin da ninguna orden, sin permitirnos descansar, para que lo siguiéramos en fila india, asegurándonos de pisar sobre suelo firme en medio de tanto barro resbaladizo y húmedo.
            Sin poder evitarlo, recordé el primer día cuando, luego de recorrer unos trece kilómetros alejándonos de la ciudad, noté que, en realidad, no llevábamos ninguna dirección específica. Luego de ello, el camino cambió de día en día, no por los problemas que encontráramos en él, sino por la voluntad de quien nos guiaba. Solía pensar que tendría sus razones para dar tantos rodeos pero, tras tres meses siguiéndolo mientras el grupo original menguaba lenta pero inexorablemente, me llevaba a dudar de ello.
            Cada atardecer, cuando se nos permitía detenernos y descansar hasta el alba, estudiaba la caja que llevaba sobre mis hombros. Era incapaz de decir qué contenía, así como tampoco entendía en qué idioma estaban escritas las indicaciones impresas en su exterior. Por más que la sacudiera, el ruido de tornillos, tuercas, engranajes, o lo que fueran las piezas de metal que chocaban entre sí, nada me decía.
            Al alba comenzábamos a caminar y apenas nos deteníamos, guiados por unos pocos gestos, unas palabras sueltas y nada más.
Algunas veces me encontraba al frente de la fila, inmediatamente detrás de nuestro guía, en otras oportunidades cerraba la fila sin que el sentido de tanto esfuerzo se nos mostrara abiertamente. Pero, al menos, a pesar de no comprenderlo, nos encontrábamos haciendo algo diferente a esperar a en la ciudad a que todo se acabara.
            —La maldita loma se aleja cada noche un poco más —murmuró otro de los porteadores junto a mí mirando hacia el horizonte—. ¿Sabes lo que eso significa? —preguntó volviendo su mirada hacia mí; no podría decir si conocía a aquel enflaquecido rostro que me miraba detrás de una capa de suciedad y cansancio similar a la que cubría mi propio rostro.
            A duras penas podía pensar en otra cosa diferente a caminar, pero me había percatado de que la distancia no se acortaba en lo más mínimo a pesar de caminar día tras día.
            —¡No desfallezcan! —gritó de pronto, en medio de un atardecer, o un amanecer; aunque también pudo haber sido durante el mediodía, no estoy seguro de ello, nuestro improvisado guía—. Nuestro destino nos aguarda.
            Escuchar por enésima vez aquella frase desató la revuelta.
            Comenzaron arrojándole los restos de los escasos alimentos que aún teníamos con nosotros; le siguiendo luego algunos guijarros y unas pocas rocas más grandes, hasta que alguien se animó a arrojarle la caja que portaba.
            Cayeron una a una sobre él cubriéndolo entre el barro, el cartón y los restos de quincalla que escapaba de las cajas rotas. Nada de todo aquello resultaba de utilidad, pero había sido suficiente para desmayarlo, matarlo o algo peor; ninguno se acercó a comprobarlo. Al contrario, liberados de sus cargas, los porteadores comenzaron a correr en todas las direcciones como si aquella rebelión hubiera sido suficiente para revitalizar sus cuerpos.
Me percaté de que no había arrojado mi propia caja y que apenas podía moverme. No corrí al internarme poco a poco entre los árboles cercanos dejando que mis agotados pies me llevaran allí donde quisieran.
Ni bien abandoné el camino comencé a hundirme rápidamente en el barro. Miré a los lados encontrando los sofocados rostros de otros porteadores esforzándose por escapar de la trampa que durante día habíamos intuido negándonos a creer en su existencia.
Mi desesperación duró menos de un suspiro. Intenté levantar un pie pero el barro volvía irremediablemente a succionarlo. En ese momento me percaté de hacía dónde nos dirigíamos.
—Nuestro destino nos aguarda —repetí en voz baja, casi como un susurro sentándome en el barro.
Mi destino era, sin lugar a dudas, aquel pantano, pensé.
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En el número 289 de la revista digital Axxón de ciencia ficción argentina pueden leer, por un lado, el clásico cuento Navegando las cuerdas del acordeón
Y, también el artículo sobre Solaris de Stanislav Lem, llamada Solaris, la utopía interrumpida.
Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

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