lunes, 20 de octubre de 2014

Horror vacui

Se enfrentó, una vez más, a la página en blanco, lista para ser escrita; con todo preparado para cumplir con su función. Unas tenues líneas a lápiz trazaban los renglones para que la letra no se fuera ni hacia arriba ni hacia abajo, y eso era todo.
            A un lado la pluma aguardaba, junto al interruptor de la luz que iluminaba el escritorio. Todo estaba preparado para comenzar.
            Para observar la página casi impoluta. Y lo hizo, la miró, volvió a mirarla, y luego desvió la mirada. Vagó con los ojos por las paredes. La estantería cargada de libros. Un cuadro viejo y horrible que colgaba junto a la puerta. La hoja en blanco. La pluma. La pared. La ventana. La hoja. Un televisor apagado porque ya ni se preocupaba por encenderlo. Los libros leídos y sabidos. La solitaria hoja en blanco.
            Una mancha de humedad en el techo, un ruido que llegaba desde la ventana, una hoja ciclópea que lo miraba sin pronuncia palabra; las piernas que el pedían que se acomodara de otro modo, el silencio, como un mantra, que lo incitaba a olvidarse de sí mismo.
            La página en blanco.
            Tal y como su pensamiento.
            Las manos, cansadas de tamborilear contra la madera del escritorio, las pocas nubes que se distinguían en el cielo que iba oscureciéndose. La ausencia del tic-tac del reloj al que olvidó cambiarle las pilas. Ruidos en la casa vecina, gritos, gente hablando entre sí sobre una página que continuaba tan vacía como al principio de la tarde. Un calendario que nunca aprendió a detenerse. Una pluma que quisiera ser utilizada sobre una página vacía. Libros viejos, con sus páginas por completo escritas, que lo miraban como si se rieran de su predicamento.
            Y la página en blanco.
            Vacía. Vacío.
           Las paredes opresivas, el techo deprimente, la soledad de la noche que acusa una página en blanco jamás escrita. Una página que se esconde en el interior de un cuaderno, una mano que extiende una manta y un cuerpo que se deja abrazar por el sillón, la monotonía y esa pequeña muerte que a veces denominamos sueño.

jueves, 16 de octubre de 2014

Traje de adán

Aquel hombre, en su traje de adán, miraba, sin ver realmente, los restos de las últimas hogueras. Los recolados que alumbraban la ciudad en ruinas mientras se ocultaba el sol.
            Presentía la cercanía del frío, la brisa acariciaba su piel y la lluvia que algún día llegaría a dar cuenta de lo que allí había ocurrido.
            Ahora mismo, sin embargo, mientras el crepúsculo avanzaba, su preocupación se encontraba en otro lugar. Con el estómago saciado y su cuerpo anhelando compañía, emprendió el camino.
            De alguna manera intuía que, en el inmenso y ancho mundo que se abría ante él, encontraría a una mujer en su traje de eva y que ambos se fundirían en un abrazo sin final.
            Pero, aquel mundo era tan amplio y oscuro por las noches… allí, lejos de las brasas de la última ciudad.
            Tan, tan amplio…

domingo, 12 de octubre de 2014

# 20

—El mundo carece de sentido —dijo mientras miraba una entrega de premios internacionales a alguna cosa sin mucho interés.
            —¿Por qué? —tuve que preguntarle porque no comprendía a qué se estaba refiriendo con su expresión.
            —¿No es obvio? —respondió señalando la pantalla.
            —Ah, si, si, claro —asentí dándole otra vez la espalda una vez a la televisión.

sábado, 11 de octubre de 2014

# 19

—El corazón posee sus ocultas razones —dijo el profesor de anatomía ansiando sonar poético—, mientras que, el cerebro, posee las suyas.
            Sonrió en general, a todos, a nadie.
            —Y yo que creía que el cerebro tenía neuronas y el corazón aurículas y ventrículos… —dije mirándolo muy serio, como siempre.
            La ironía flotó en el aire, huérfana de entendimiento.
            Las miradas de odio, en cambio, llegaron a destino.