Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 23 de abril de 2017

El rostro sobre la máscara

Mirarme al espejo al despertar cada mañana es un castigo. Lo sé, pero soy incapaz de evitarlo. Y, aun así, vuelvo a mirarme una vez más al amanecer, sin siquiera recordar cuál es mi rostro, o si llevo alguna de mis máscaras debajo de éste. Si mi rostro es una máscara, o si la máscara es mi rostro.
            Ignoro la verdad, he sido tantos a lo largo del día, a lo largo de la noche, que al despertar, solitario, refugiado dentro del silencio, debería ser capaz de recordar algo. Al menos poder identificar alguno de mis antiguos rasgos. Pero ello no ocurre. Por supuesto, sería por demás extraño el poder hacerlo.
            Nada. Cero. Soy sin ser. Ven mi cuerpo, creen comprender mis gestos, mis emociones; pero ni siquiera me encuentro allí. Al contrario, hace tiempo que me he retirado, que me he ido, que partí hacia otro destino, sin que nadie se percatara de que lo único que dejé atrás es, apenas, un reemplazo. Un destino tan interior, tan profundo, tan lejano que apenas sí he adivinado parte del camino.
            Un compañero de trabajo, un transeúnte, una persona de confianza, alguien para contarle una broma (o hacérsela), un comentador de las últimas noticias, un desconocido en el transporte público, la persona que se llevó el último ejemplar de la revista, el maestro, el que quizá tenga la respuesta para el problema, ese que no hace falta escuchar, el que cree que tiene algo para decir que no sea sabido de antemano, el que puede ser ignorado sin dificultad, el amante secreto, el que sufre en silencio o dando grandes voces, el que es amado pero no responde, el que finge que le interesa aquello que se le cuenta en confidencia por alguien de quien apenas sí sabe el nombre. El que se crea una lista de intereses para distraer a los otros.
La mirada perdida, desenfocada, como preocupado por algo más, siempre dispuesto a escuchar y a dar una respuesta inventada, a intentar una palabra de aliento en la que ni siquiera se cree.
            La lista es infinita, las máscaras también lo son.
            Tal vez sería diferente si hubiera dolor, o algo similar, algo para sentir, con tanto cambio, con tanto ser y no ser, con tanto ser sin ser. Pero ni siquiera. Continúa, el día se termina y luego viene la noche, claro, y, en el sueño, se repite lo mismo.
            Otras máscaras. Las clásicas, el que cae, el que corre sin descanso, el que vuela, el que olvidó estudiar, el desnudo en medio de la multitud, el que no es visto, el ignorado (aunque también lo sea durante la vigilia). Así como aquellas que, al parecer, resultan ser un poco más personales, pero que se relacionan unos con otros como el resto de ellos; las vidas perdidas, lo que pudo haber sido pero no es, lo que se perdió, lo que se desperdició. Lo que ni siquiera puede llorarse. Lo que nunca se repetirá y, en el recuerdo, se perderá sin más.
            Máscaras. Remedo de rostros que se han ido. Remedo de rostros que jamás hemos conocido. Remedo de remedos anteriores.
            Soy incapaz de reconocerme en el reflejo de cada mañana, en esa imagen, ese hombre que me mira sin saber quién es él, quién soy yo. El despertar es el castigo.
            Un castigo repetitivo al estilo de los antiguos dioses griegos que nos negamos a dejar en el camino; pero continúo haciéndolo, sin poder sustraerme a ello, cada mañana, al desperar. Hasta que, por supuesto, un día ya no lo haga.

domingo, 16 de abril de 2017

Una metáfora más

Hazme un bien, para variar, y mátame.
   Ahora mismo, en este preciso preciado momento en el que nos encontramos en la misma habitación. Con dolor o sin él, lo mismo da, que me has hecho sufrir tanto que dudo que sea capaz de notar la diferencia. Pero mátame.
   Acribíllame con tus palabras, tus preguntas, tus reivindicaciones, y promesas rotas. Todo junto y al mismo tiempo, todo ahora mismo. No perdamos más el tiempo. Sé que quieres hacerlo tanto como yo lo anhelo. No continúes negándolo.
   Luego podrás dar mis tripas a los perros y conserva mi corazón en formol, como amenazaste las veces anteriores que harías; no tengo problema con ellos, de seguro los perros disfrutarán del breve banquete.
   Vende mis huesos, si es que consigues alguien que los quiera, que pueda hacer algo con ellos otorgándoles mayor valor que el ser la simple osamenta que soporta mi piel. Cómete los restos de mi cuerpo, lo que rescates de los perros, lo que consideres de valor, o de sabor, para continuar teniéndome cerca, como sabes que quieres hacerlo. Has que mi carne sea una con la tuya, como dicen en los antiguos libros profanos de los que nos reíamos juntos. 
   Hazlo, en nada me opondré ni te detendré.
   Bebe de mi sangre, o si prefieres utilízala para escribir un breve digesto de lo que hemos vivido juntos; si es que crees que algo de ello merece ser recordado. De lo contrario no escribas nada, que no quede huella alguna de lo que hemos hecho. Sabido es que las huellas desaparecen con el viento cuando la tierra cambia, cuando la arena se desplaza poco a poco, cuando el tiempo hace estragos en nosotros y creemos que esa gastada metáfora que habla de las arenas del tiempo posee algún sentido.
   Pensar que nos reíamos, también, de las metáforas viejas, gastadas, pasadas de moda y que nadie más que nosotros comprendíamos cuando las encontrábamos en los textos antiguo. En los últimos tiempos no puedes hablar sino a partir de ellas, como si sólo te quedara lo que supiste rechazar, lo que alejaste de ti, hundiéndote en el fango de lo habitual como si fuera algo normal
   Quédate con mi alma, esa que ya tienes, si es que así lo pretendes (no caeré en el juego de discutir si el alma existe o no lo hace, es, también, como podrás entender, una metáfora más).
   Entonces seré feliz. O quizá no. Hasta que no te decidas a matarme, como prometes y ahora pretendo que pongas en práctica, no podremos saberlo.
   Sé tan bien como tú lo sabes que esa única lágrima en tu mejilla es falsa.
   Mátame, vamos, no sé qué te demora tanto.

domingo, 2 de abril de 2017

Intelectual de barrio

Podía reconocérsele sin dificultad, no por su porte, porque nos parecemos los unos a los otros vestidos del mismo modo, con las mismas ropas, los mismos colores y géneros. Allí no había diferencia, ni siquiera en los corte de cabello; esas nimiedades ya no distinguían a nadie. Entiendo que habrán sido motivo de diferencias en algún momento de la historia de la humanidad, en el siglo XXII, o cosas así, cuando el mundo aún estaba dominado por los bárbaros humanos.
     Nosotros, los posthumanos, fuimos capaces de eliminar esas ridículas diferencias para concentrarnos en lo que realmente importaba. Nuestras casas eran todas iguales, nuestros hombres y nuestras mujeres eran idénticos entre sí, los nombres y apellidos eran meros accidentes de combinación. Las diferencias radicaban en algo que se encontraba más allá de lo genético, más allá de los colores de la piel, las posiciones materiales o los lugares donde viajábamos durante el receso postlaboral.
     Decidimos, luego de rescatar lo que quedaba del planeta tierra de la destrucción, las malas decisiones y las cadenas de comida chatarra que heredáramos de los humanos, que lo que importaba, lo que nos distinguía los unos a los otros, lo que permanecían siendo invisible a los ojos, era lo esencial. Y lo esencial era lo que cada uno hacía con su tiempo libre; algo que a los meros humanos nunca se les habría ocurrido.
     Es por eso que podía reconocérsele sin dificultad, era aquel que caminaba todos los días con un libro (intuimos que diferente), bajo el brazo. Se había arrogado el papel social del intelectual del barrio. No dudábamos de que supiera leer y escribir, todos sabíamos genéticamente hacerlo, la duda era el por qué de dicha elección, qué pretendía con ese título y por qué acumulaba tantos objetos de un pasado superado en su casa.
     En una de las asambleas resolutivas que se formaban en el barrio los fines de semana, planteó recuperar, reacondicionar, reutilizar y poner al servicio de la comunidad, esos objetos, esos libros y cualquier otro elemento de cultura humana que perduraran a nuestro alcance. Aún cuando planteamos la inutilidad de dicho esfuerzo, su respuesta nos dejó más tranquilos. Dijo que los intelectuales de barrio también existían entre los representantes de la humanidad, y que eran igualmente innecesarios e inútiles como lo sería él mismo. Que el suyo sería un ejemplo de una oportunidad, de un potencial desaprovechado por sí mismo y por la sociedad. Lo suyo era un renunciamiento que pocos en el pasado entendieron como tal.
     Dijo que, de haber sido escuchados, algunos de los intelectuales de barrio de los que él tenía conocimiento a partir de la metaliteratura histórica, la humanidad no se habría acabado del modo en lo que hizo. Se habría acabado de todos modos, aclaró, pero de manera más lenta, menos brutal, con menos desgarramientos de innecesario dolor. Tal vez porque los intelectuales siempre tenían una respuesta para todos los males de la humanidad, pero la humanidad se negaba estoicamente a escuchar sus propuestas lanzadas desde diminutas asambleas en mesas de café y bares (un bar era un local social donde estaba permitido el estipendio de bebidas estimulantes con alto contenido de agua y alcohol). Pero, nos aclaró, todas sus propuestas estaban condenadas al fracaso.
     Algunas tardes sacaba una silla al portal de su residencia, colocaba un calentador de agua a sus pies, una marmita, uno de esos objetos provenientes del pasado cuyo nombre era el mate y una bombilla, y se dedicaba a pasar las horas entre el almuerzo y el atardecer leyendo (o fingiendo que lo hacía) y hablando con quien se detuviera ante su insistencia de compartir una mateada como las de antaño. Se lanzaba entonces a hablar de cualquier tema, del clima, del fútbol (un deporte que ya no se practica en el que por alguna razón varias personas corrían detrás de un óvalo de cuero), de cocina a las brazas (comida típica de la humanidad antes del surgimiento de la cocina macromolecular), de motores a explosión (que usaban para su funcionamiento, esto en muy interesante debido a los altos grados de contaminación que producían: ¡Derivados de petróleo!), de ciertas partes del cuerpo femenino de manera que, explicaba, debía comprenderse como jocosa, y política.
     Este fue, tal vez, el concepto más complicado de los que intentó recuperar del pasado. Porque no sólo no existe un sentido útil y práctico para eso en el presente, sino que aparentemente tampoco lo había en el pasado, sin embargo, continuaban utilizándolo como si tal cosa. Por lo que entendí la última vez que hablé con él, intercambiando ese mate y esa bombilla de metal lustroso, era una suerte de asamblea para pocos donde se tomaban las decisiones sobre muchos. Decisiones que pretendían solucionarle la vida a esos pocos que participaban y perjudicar al resto de la sociedad.
     Fue esa misma idea de política uno de los pilares de la caída de la humanidad, por lo que, entiendo, debemos de estar agradecidos de su existencia. Del mismo modo, agradezco, pero sólo en parte, la existencia de nuestro intelectual de barrio (uno de los únicos en funciones, ya que en barrios vecinos carecen de alguien semejante), porque, si he de ser sincero con mis experiencias a su lado, esos mates no me han dejado más que un regusto de acidez y amargura en el estómago. Le diré, en nuestra próxima charla, si no se los puede endulzar aunque más no sea un poco.

domingo, 26 de marzo de 2017

El día en que la cafetera eléctrica casi me engaña por completo

Las mañanas no son el momento de mayor lucidez de mi día. Supongo que sucederá algo simular a mucha gente, pero lo cierto es que sólo me preocupa mi caso puntual. Mis mañanas son difíciles, más si ese día me toca trabajar (lo cual no es una suerte el trabajar sólo algunos días, como algunos creerán, sino una descalabro de horarios infernal e inconstante), entenderán entonces la problemática que se suscitó mientras tomaba el primer café del día.
La máquina automática de café aún humeaba, el sabor del brebaje que escupiera sus entrañas tenía un regusto metálico que atribuí a alguna pieza en mal estado dentro del mecanismo, a alguna otra razón que, siendo la hora que era, tampoco descifraría. La lucidez se abría paso poco a poco frente a la niebla resquebrajada del sueño que se negaba a dejarme por completo. Tenía otras cosas que hacer además de acabar mi café, agradecerle a la cafetera automática por haberlo preparado, tomar el maletín y salir del cubículo habitacional.
De pronto, de manera inesperada, como se supone que debe suceder este tipo de cosas, tuvo lugar mi momento satori del día. La iluminación llegó a mí como algo espontáneo, como la respiración misma, como el recordar los 86 dígitos de la secuencia de numeración bancaria, el orden de los títulos completos de los 52 capítulos de la primera parte de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, o el código genético de una mosca como lo enseñaran en las clases de biología de quinto año.
—Un momento —dije en voz alta—, yo no tengo ninguna cafetera automática…
—Tampoco estás bebiendo café —dijo la cafetera con su voz metálica, entre cansada y aburrida.
—¡Lo sabía! —exclamé son sorpresa—. De regreso compraré uno dos frascos de café sintético en el camino.
—Gracias —dijo la cafetera—. Siempre tan amable.


Terrorífica... ¿Cierto?

domingo, 19 de marzo de 2017

Diluvio

Resultó una mala inversión; mejor pensarlo de ese modo para evitar acabar dándose la cabeza contra las paredes del negocio. En esa época recién comenzaba en el rubro, aún conocía poco el mundillo de los proveedores, los remitos, las consignaciones y todo lo demás. Es por eso que la idea de comprar un cargamento de sombrillas, a precio firme, es decir, sin posibilidad de devolución, le resultaba sumamente tentadora. Difícil resistirse a un trato en el que todo sonaba a ganancia directa y pura para su bolsillo, a pesar del desembolso inicial.
    El pueblo se encontraba cada vez más cerca del desierto. Pero no era el pueblo quien se movía, no; el desierto no dejaba de crecer. Podía notarse día a día. Morían los árboles luego de largas y silenciosas agonías, el césped se secaba pasando del verde al amarillo y luego al gris más parecido al polvo que a la vida. Ni siquiera las más malas de entre las malas hierbas subsistían.
   La lluvia era mucho menos que un recuerdo, si es que en algún momento supo ser algo. El pluviómetro de la farmacia acumulaba tanto polvo en su interior que, de llegar una tormenta inesperada tal solo serviría para juntar un poco más de barro.
   Ante semejante realidad, tan cercana, tan palpable, la de las sombrillas sonaba como una idea demasiado buena. ¿Cómo negarse a un negocio seguro?
   El éxito habría sido total si lo que le enviaran los proveedores se parecieran en algo a las verdaderas sombrillas en lugar de ser, apenas, paraguas mal etiquetados, adrede, de seguro. El negocio hubiera triunfado y con las inesperadas ganancias hubiera podido huir mientras el desierto continuaba avanzando. El error, junto con la imposibilidad de devolver los productos, se clavó en su corazón señalando el peor de sus fracasos. 
   Los años pasaban y los paraguas dormían el condenado sueño del olvido en la buhardilla del negocio. Sin exagerar demasiado, podía sentir sobre su cabeza como el polvillo del desierto se acumulaba incansablemente sobre los paraguas mal apilados en los estantes; podía sentir la madera del entrepiso quejarse por el peso excesivo al cual se la exponía. 
   Las burlas de la gente del pueblo, que lo miraban sin hablarle, sin decirle más que lo necesario para obtener lo buscado en el almacén y partir raudamente sin contener la risa de pensar en tantos paraguas inútiles, le dolían un poco menos que el saberse estafado.
   Necesitaba una forma de desprenderse de tanta inservible mercadería, de tanto espacio mal aprovechado, de tanta frustración.
   Al dar, finalmente con la respuesta, le pareció tan sencilla que se sintió un tanto sorprendido del que no se le ocurriera antes: regalaría los paraguas. Iría a pérdida, lo sabía, pero sería una suerte de publicidad encubierta de su negocio ya que la pobre competencia que quedaba en el pueblo (el otro almacén y la gasolinera junto a la ruta que no figuraba en los mapas carreteros de la región) no se encontraba en condiciones de responder de igual manera. 
   Y como cualquier comerciante sabe, la gente siempre regresa allí donde se le regala algo, lo que fuera, por mínimo e inútil que resulte el obsequio.
   A la mañana siguiente armó una pequeña mesa con dos tablones viejos y deslucidos junto a la puerta del local, desempolvó lo mejor que pudo los primeros paraguas que cayeron a sus pies al abrir la puerta de la buhardilla y los regaló a los incautos que pasaron junto al local. No se preocupó por dar explicaciones e hizo su mejor esfuerzo para no reírse de las caras de sorpresa con que recibían el inesperado presente.
   El primer día regaló diez paraguas.
   Al segundo día hizo lo mismo con veinte.
   Al tercer día tuvo que bajar todos los paraguas de la buhardilla porque la gente del pueblo se los sacaba de las manos, se llevaban de a dos o de a tres cada vez.
   Podría haberse detenido a pensar el por qué de semejante actitud; pero intuía que, al menor cambio, se acabaría la buena racha, y no se atrevía a preguntar qué era lo que pasaba. Era sabido que en el pueblo nunca llovería y la tela era tan fina que de nada servía ante semejante sol aun siendo de las mejores telas impermeables del mercado. La gente sonreía, y le agradecía el gesto; luego nadie regresaba.
   Cuando se agotaron los paraguas, el almacén quedó tan vacío como lo estuviera antes, las provisiones y otras mercaderías con las que intentaba ganar algo de dinero se arruinaban en los estantes. Su esfuerzo había sido en vano. Cierto que ahora la gente le sonría en la calle, pero eso ni le daba de comer ni pagaba las deudas que se acumulaban día tras día.
   Una vez más, semejante realidad no le permitía ver más que una única y extrema solución cuando pensaba en su futuro. Era sólo que, incluso el futuro, se había convertido en un cúmulo de polvo de desierto y nada más; su vida había terminado el día en que aceptó aquel mísero trato comercial.
   Lo encontraron colgando de una vieja soga en medio del negocio. Las puertas cerradas, el calor y el aroma entre dulzón y amargo que invadió el aire, alertaron a los vecinos más cercanos de que algo andaba mal en el interior del almacén. No sabían qué podría ser, pero era fácil imaginarlo; aquella no sería la primera, ni la última vez, que sentirían tan peculiar aroma.
   Esa misma noche, mientras un viento extraño, desconocido, árido y reseco, comenzaba a levantarse, lo enterraron en la parcela destinada para los pobres del cementerio del pueblo. Dinero alguno se encontró en el almacén para solventar los gastos del entierro; facturas impagas, deudas por saldar y notas de crédito vencidas fue cuanto descubrieron.
   El día siguiente comenzó, inesperadamente, a llover como nunca antes había llovido en la región. Lluvia que continuó y trajo la humedad necesaria y el reverdecer de la vida hasta convertir al pueblo en un nuevo vergel. Ni siquiera los especialistas en el cambio climático, en el comportamiento de las nubes, ni los charlatanes de siempre que pretendían poder explicarlo todo comprendían semejante cambio.
   Fue una suerte, para quienes aún quedaban en el pueblo, contar, en aquel momento de necesidad, con un nuevo y oportuno paraguas.