martes, 16 de diciembre de 2014

Cuestionando la evolución (pero no la teoría)

Hasta dónde llega la ignorancia que somos capaces de creer que el sol es un sol pero nunca será una estrella; y que el hombre es el ser humano más animal de la historia de la vida y que otros animales suelen ser más humanos que el propio hombre.
            Leemos y no comprendemos.
            Miramos sin ver.
            Escuchamos sin entender las palabras, sólo porque los sonidos nos resultan bonitos.
            Pero la belleza no está ahí, ni aquí, ni allí.
            La muerte nos busca y nos hacemos los valientes sonriendo en las fotografías. La vida se acerca a nosotros y huimos despavoridos.
            Nadie quiere perder lo que posee, pero son solo cosas, objetos inanimados que poco significan a la eternidad.
            A las palabras se las lleva el viento.
            Los libros se convierten en polvo.
            A los políticos se los comen los gusanos, igual que a cualquiera.
            El arte desaparece, muerto en los museos.
            Muere la pasión.
          Lo que define al hombre es cada vez más complicado de encontrar.
           Sólo queda un cascarón vacío que finge seguir con un pálido reflejo de la vida que llamamos rutina.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Error # 12 (Creer que todo es posible)

Sabíamos que, luego de tanto esfuerzo, nada cambiaría. Pero éramos jóvenes, creíamos que con el simple impulso de la sangre y el interés por realmente hacerlo, ya teníamos más de la mitad del trabajo realizado y, por supuesto, terminado a nuestro favor. Ni siquiera teníamos tiempo para la duda.
            Tú nunca nos dijiste nada. Eso nos impulsó en un primer momento, y nos daba fuerzas para continuar luego de que te presentáramos nuestros proyectos y en tu rostro jamás podíamos adivinar una expresión diferente del tedio o el fastidio.
            Confiamos en que esa era tu forma de decirnos que continuáramos, que ese era el camino a seguir. Claro que era poco lo que podíamos ver más allá de los gestos; éramos jóvenes, como ya dije, y sentíamos una necesidad que nos recorría el cuerpo por embarcarnos en causas tan perdidas como el intento de recuperar tu sonrisa de la que nunca, es cierto, tuvimos no el más mínimo atisbo.
            Lo seguimos intentando a pesar de  que tu rostro sea de mármol, tu cuerpo una piedra a la Miguel Ángel, nuestros cabellos se tornen cada vez más grises y el brillo ya no se distinga en nuestros ojos. Seguimos intentando.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Entre los 30 y algo más

Somos patéticos, y somos legión, porque estamos sin estar ni ser, en todas partes, en cada rincón, a cada momento. Y nadie se percata. El paradigma no cambió, se arruinó por sí solo y a nadie preocupó. El mundo continúa, pero permanecemos sin cambios.
            Desagradables a la vista, sin vos ni voto ni dónde botar lo malo. Sin un lugar, sin ser, con un sistema opresivo que se reproduce sin más, sólo porque sí, porque nadie lo cuestiona. Porque a nadie le importa la verdad, ni la mentira, ni el suelo ni la realidad.
            Arruinados antes siquiera de intentarlo, desahuciados por cada uno de los que nunca han estado allí. Educados en los noventa, miramos a los demás crecer y a nosotros desaparecer. Sin sentimientos, sin espacios, sin herramientas. Ignorantes por aburrimiento, porque es lo único que aprendimos a ser. Repitiendo a los nuevos clásicos del siglo XX, por imposición y no por elección.
            Somos la generación vencida.
            Derrotados sin dar batalla.
            Entregados porque nunca hubo una guerra.
            Carentes de referentes o misterio.
            Aniquilados para que continuemos produciendo.
            Sin ideas.
            Sin ideales.
            Sin siquiera intentarlo.
            Guiados por las publicidades.
            Y el cine yanqui con su ropa y sus canciones.
            Con el deseo de ser alguien más, alguien diferente.
            Cualquiera menos nosotros mismos porque carecemos de todos los contactos necesarios para ser algo (o alguien).
            Consumidores porque otra cosa no sabemos hacer.
            Compramos la publicidad.
            Nos tragamos el discurso y el empaque de lo bellos colores. Creemos que participamos, que somos importantes y que alguien nos escucha porque la ficción del estado nos permite expresarnos cada dos o tres años. A nadie importamos. Hoy vivimos, y si mañana no lo hacemos, nadie se percatará.
            La generación vencida. La que se entrega sin lucha, sin llorar ni patalear.
            Porque todo es más fácil de ese modo.
            Porque la televisión dice que así debemos comportarnos.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Que la primavera no llegue

El mundo gira. Eso cualquiera lo sabe, por más ignorante que sea. El sol asciende y desciende, el calendario se agota, el año muere. La vida envejece, el clima se transforma, el mundo muere y resurge como lo hiciera durante milenios el venerable Balder, el que nunca regresó. Pero, ahora que su puesto se encuentra bacante, nadie hay quien quiera ocuparse de su tarea.
            Porque nadie quiere que la primavera llegue.
            Ese es el problema, el tiempo nunca deja de correr, y la vida pasa como un río de aguas infinitas pero limitadas. Aguas que llevan una única dirección, siempre la misma, siempre corriente abajo, nunca hacia arriba, nunca de regreso. La vida es incapaz de cumplir tal designio.
            El cuerpo pierde su vigor, el valor flaquea, la estocada se torna incierta. Nadie quiere que la primavera continúe porque las nuevas flores, los nuevos aromas, los animales ignorantes de su devenir multiplicándose, señalan nuestra decadencia, y el final se ha acercado un poco más. Añoramos que el invierno sea eterno si con él la vida ha de mantenerse por siempre igual.
            Mejor olvidarnos del sacrificio de Balder antes que continuar hablando de él.
            Mejor que el tiempo deje de transcurrir y que los cachorros continúen con sus juegos. Que las doncellas sonrían tímidamente a los escuderos de los guerreros llegados de lejos y que pueden, con el ardor de sus almas, defenderlas por siempre. Pero que el mundo no cambie.
            Que la primavera no llegue, que la vida no se disfrace ya de muerte ni olvido.
            Que el invierno sea eterno para no conocer, jamás, el sabor del hierro en la carne, la traición en la sangre, el odio en la mirada, ni el amor perdido en el parto.
            Que la primavera no llegue.
            Que no lo haga nunca.