Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 16 de noviembre de 2019

Familia - Tíos (5/5)


Siguiendo un orden más bien caprichoso, el quinto de mis tíos es el hermano de mi madre. Tal vez porque es de quien menos cosas conozco le he dejado para el final; fue también quien menos herramientas tuvo en la vida para llegar a lograr nada, siquiera para salir del lugar en el que le dejara su padre, como comenté al hablar de mi abuelo materno. Aunque, claro, una persona que veía en un hijo algo más parecido a una bestia de carga que a un ser humano, y eso sólo en los días buenos, los cuales eran, como corresponde, los menos, no debería siquiera ser considerado como persona.
            ¿Qué puede contarse de una vida que se vivió tan en segundo plano que apenas se recuerda su nombre, o el timbre de su voz, o cualquier otro detalle? Siempre siguiendo órdenes, siempre haciendo lo que otro dice y espera que se haga, cuidando la cosecha o los animales de alguien más, siempre con la misma ropa remendada una y mil veces. Un hombre que creció sin saber que fuera de ese campo, de ese lugar que le tocara en suerte, existía algo como una vida por completo diferente.
            Si bien el cascarrabias del viejo transigió con la idea de que su hija, mi madre, asistiera a la escuela, distinta fue la reacción cuando la misma idea rondó en torno a qué hacer con el muchacho, mi tío. Acababa de cumplir los diez años y gracias si sabía escribir su nombre con un trazo inseguro y tembloroso, y leerlo, gracias al esfuerzo de mi madre. Los hombres no necesitan saber cosas inútiles como leer, escribir, y pensar, repetía su padre.
            Todo tiene un límite, y una niña no puede enseñar todo lo que se aprende en la escuela al mismo tiempo en que vive ese proceso de aprendizaje. En cansancio físico por el trabajo en el campo siempre es demasiado, incluso en los días en los que parece que no se está haciendo nada pero, en verdad, todo cuanto se hace siempre es necesario, siempre urgente, es para haberlo hecho ayer y no hoy por falta de tiempo. Siempre corriendo, siempre esforzándose. Siempre con la desazón de saber que nada de lo hecho será suficiente para recibir una palabra de aliento, un agradecimiento ni nada similar.
            ¿Qué pasa cuando lo único que escuchas es que eres un bueno para nada unas diez, o quizá veinte, veces al día cada día de tu vida? Ni siquiera los domingos, el sagrado día de descanso del señor que vive en la iglesia, es diferente. Debemos entender esto, cada día, todos los días, lo mismo. ¿Quién podría soportar lo mismo a lo largo de dieciocho eternos años? Que fue el tiempo en que la familia se mantuvo completa; pero continuó siendo del mismo modo luego de la partida de la hermana mayor.
            La principal diferencia era que, además de trabajar en el campo junto al padre, debía ayudar a la madre en las tareas domésticas, y hacerlo bien, sin fallar en el mínimo detalle porque un hombre fácilmente tiene que poder hacer ambas cosas. Y sin quejarse, ¿esta claro? Que por algo se ha nacido hombre y no caballo, ni mulo, ni burro ni, por supuesto, mujer.
            Trabajar de sol a sol en tareas que las máquinas existentes en las décadas de 1960 bien podrían hacer en menos tiempo, con menor esfuerzo y mayor ganancia. Pero el viejo cascarrabias, quien había perdido una vez más los ahorros de la familia en un negocio por demás difícil de justificar (algo que repetiría varias veces antes de acabar muriéndose), se negaba a comprar. Queja tras queja, que es lo mismo que decir día tras días, lo mismo; el cascarrabias ordenando y esperando que se cumpliera su palabra sin omisión del menor detalle, y el hijo, claro, detrás, cumpliendo.
            Los años pasan de ese modo, se deja de ser niño, se atraviesa la adolescencia, se llega a ser joven y luego se es adulto. Y nada por decisión propia, sino porque el tiempo continúa avanzando. Y entre ser un adulto y ser un viejo sólo existe un paso, máxime si el único modelo de persona que se conoce es ese hombre que trata a todo mundo como bestias. Que ningunea a quien se le pone delante sin comprender, ni aunque se le explique varias veces y con todos los detalles, que el único animal presente en la conversación no es su caballo sino él mismo. Dudo siquiera que quisiera hacer el intento por comprender.
            De esa manera tan brusca, tan antigua, el tío aprendió a arar la tierra porque era necesario hacerlo; aprendió a manejar un vehículo a motor porque a su padre no le gustaba hacerlo; aprendió a usar un tractor porque facilitaba el trabajo en los campos vecinos cuando había que trabajar para otros para pagar las deudas del padre; aprendió a cocinar porque, muerta su madre, alguien tenía que hacerlo, lo mismo que la limpieza, el orden de la casa, lavar la ropa y realizar, sin nunca atreverse a pronunciar una queja, el resto de los quehaceres domésticos.
            El sentido común dice que muerto el perro se acabó la rabia; nadie dice qué sucede con aquellos que fueron mordidos por el perro y vivieron muchos años junto a él. Imagino que, si no se les trata a tiempo, también acabarán por morir, de una manera u otra. Lamentable.
            El viejo era mucho más que el perro rabioso y furioso que muerde la mano que le da de comer, era la misma idea de la rabia personificada en un hombre altanero y de trato despectivo hasta el último de sus miserables días. La abuela fue la víctima inesperada, la persona que se acercó demasiado al perro sin percatarse de la espuma que rebalsaba su hocico y, cuando intentó una caricia tierna, éste le mordió el brazo (o cualquier otra parte del cuerpo). Nadie se ocupó de la abuela luego de que fuera mordida; el mismo perro que la atacara se encargó de alejar a los demás, de hacer más profunda una soledad que de por sí, ya era terrible.
            El mismo perro que, muerta su primera víctima encontró otra para que ocupara su lugar. Hasta que, el perro, luego de tantos años de generar dolor, tristeza y desolación en los corazones de quienes lo conocían, decidió morderse a sí mismo y morir de una vez y para siempre. Se murió bien muerto para liberar del yugo de su presencia, al hijo, a la hija, a sus nietos y al universo entero.
            Pero cuando finalmente se murió el viejo, era tarde para intentar ser alguien, ser uno mismo, ser por sí mismo. El perro ya no estaba, la rabia desaparecía, pero cincuenta años a la sombra de tamaña persona opaca cualquier vida, no importa lo inteligente ni lo bueno que seas o pretendas ser, esa sombra es tan grande que apenas sí existe la idea de la luz a su alrededor.
            En el campo, las cosechas se sucedían una tras de otra, por suerte ahora había otra tecnología, otras técnicas, otros productos. Pero alguien debía aún hacer el trabajo, y cuidar la casa, y dejarse llevar por la inercia de una vida vivida cada día del mismo modo. Las palabras son inútiles para quien nunca aprendió a utilizarlas, pero también para quien sólo posee esas mismas palabras para hacerlo, o intentarlo; y tan difícil como lograr que un sordo se comunique con un ciego, resultaba comunicarse con el tío en los últimos años. Poco a poco fue haciéndose uno con el silencio, como una presencia, como alguien que se encuentra a tu lado pero tienes que mirar más de una vez para asegurarte de que sea cierto. Allí, en algún lugar, se perdió mi tío, el hermano de mi madre; uno de los pocos miembros de esa generación de la familia, a la que podría haber recurrido, de haber tenido el tiempo para ello, para llenar los huecos que aún persisten en la historia familiar.
            En el caso en que realmente estuviera interesado en hacerlo.
            Pocas veces conté con la presencia de alguno de mis múltiples tíos y tías en los cumpleaños de mi infancia y, aunque supiera cómo reclamar todos los regalos no recibidos en esos años, como alguna vez pensé hacerlo, ¿de qué me servirían hoy?


Aclaración: Ni este hombre se parece a mi tío, 
ni las instalaciones que se ven en la fotografía 
se parecen el lugar en el que lo obligaron a vivir.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Familia - Tíos (4/5)


El broche de oro de la década de 1940 fue el nacimiento, en 1949, del último hijo de mis abuelos paternos, mi tío el pequeño. El que con apenas seis años no derramó ni una única lágrima al despedirse de los familiares que se quedarían en Almería; el que se acostumbró tan bien al camarote, al barco, al bamboleo de las aguas en medio de los juegos con su hermano, que, al llegar al Buenos Aires no quería desembarcar por más promesas de nuevos juguetes y golosinas que se le hicieran.
            Un único revés del padre, con el dorso de la mano abierta, puso fin, como es debido, al ridículo capricho y al escándalo al que se exponía la familia frente a los desosegados berrinches del niño.
            El tiempo y los años borrarían ese recuerdo.
           En el campo, un caballo aguardaba para cada uno de los hombres de la familia. A él le tocó el único pinto de la partida, el que nadie había querido, el más flaco, el despreciado, el último en ser elegido y eso solo por descarte. Un caballo que cuidar, una responsabilidad para ir aprendiendo a ser hombre. Un caballo para recorrer el campo, para hacer los mandados, para ir y volver a la escuela. Aperos que cuidar y aprender a usar debidamente. Una infinidad de novedades que llenarían de alegría a cualquier niño que tuviera junto a él a una hermana moribunda y un hermano que, de un día para el otro no regresó a la casa.
           Siendo pequeño para el trabajo en el campo, se concentró en el estudio. Tanto que terminó la primaria con una recomendación de sus maestras para que continuara estudiando. La intervención de mi futuro padre frente a sus propios padres, facilitó la decisión de dejarlo continuar estudiando, el secundario primero, la universidad después. Si no continuó estudiando fue porque en esos años los posgrados pagos no eran la moda del momento como lo son ahora, ni la híperespecialización académica.
            Fue el primero de la familia en tener un título universitario. El orgullo de su madre, aún cuando no pudiera verlo triunfar; era la envidia de los hijos de los puesteros que no podían salir del pueblo. Fue, también, muchas otras cosas. Conoció a su futura esposa en la facultad de agronomía, mientras estudiaban en la ciudad. Ella también provenía de una familia del interior de la provincia, pero del sur, no del norte; no la hija de algún emigrado español sino que era argentina de pura sepa como se lo dijo su padre varias veces.
            Claro que hubo oposición familiar, al principio, porque mi padre se había casado con mi madre, otra argentina también pura sepa (signifique lo que signifique eso), pero no era lo mismo. La mujer de mi tío el pequeño, no sólo era argentina, sino que era de otro pueblo, demasiadas novedades para encajar de algún modo conveniente dentro de tantas tradiciones familiares.
      Se casaron y de mudaron de regreso al pueblo, cuando éste comenzó a crecer desproporcionadamente a principios de 1980; aún nadie se atrevía aún a llamarlo ciudad. La familia acabó por aceptar a la mujer, aún cuando ello no sea más que una expresión para decir que toleraban su presencia en las reuniones familiares, en los cumpleaños y en encuentros similares. Claro que su palabra jamás era tenida en cuenta, aún cuando se fingiera escucharla. Después de todo, era una mujer, ¿cómo se atrevía a hablar? Nunca comprendió, o nunca aceptó, la táctica mucho más práctica y menos evidente, que utilizaba mi madre, que era influir sobre las decisiones de mi padre en privado, nunca en público, mucho menos nunca frente a la familia.
           Los estilos de estas dos mujeres no eran lo único que las diferenciaba.
            Mi tío, el pequeño, como continuaron llamándole hasta el final de sus días (y con mayor ahínco al ver que esto molestaba a su esposa), tuvo un único hijo en 1975. Un varón, que nació, se crió y vivió íntegramente en la ciudad (en el pueblo, vamos); pera él el campo era algo tan extraño como el pretender hoy en día visitar la estación espacial internacional. ¿Quién puede hacerlo?
          Construyeron una casa en la que fácilmente podría vivir la familia completa (padres hermanos, sobrinos, etc.), pero solo ellos tres vivían allí. Si bien no la conocí por dentro, porque desde que tengo uso de razón siempre la he visto desde la calle señalada por algún familiar como la casa que antes era de tu tío el pequeño, dudo que, si realmente quisieran hacerlo, supieran cómo encontrarse entre ellos en un momento de urgencia entre tantas habitaciones. Así de grande lucía la casa desde la acera.
            Fue próspero en sus negocios, como si la misma intuición que llevara a su segundo hermano a huir del pueblo, le dijera que era extremadamente necesario conseguirse su propio campo, sus propiedades, sus riquezas, sin depender de la posibilidad de que la mitad de la familia muriera para poder heredar algo. Continúa siéndome imposible de pensar que un ingeniero agrónomo desconociera la ley de herencias del país en el que vivía, y que cosas como el mayorazgo, que dejó de existir en algún momento de la historia, tuviera aún tanto peso en su forma de pensar.
            La primera mitad de la década de 1980 lo vio próspero, llenándose los bolsillos con dinero y el estómago con alimento hasta el hartazgo. Su hijo asistió a los mejores colegios privados de la zona, aprendió a hablar en alemán, francés e inglés; luego de lo apenas sí se le entendía cuando pretendía hablar en español, pero ese es otro tema porque, para hacerse entender, el dinero es el idioma universal.
            Cuando tienes el dinero suficiente, pero, para tenerlo, hay que estar vivo, o haber sido lo suficientemente previsor como para pensar en la posibilidad de un accidente fatal, no sólo de un divorcio inesperado, una demando por fraude por los socios de un negocio que salió mucho peor de lo esperado, o un crédito hipotecario imposible de pagar.
            Es sabido por cualquiera que, quien pretende subir demasiado alto, sin la preparación adecuada, casi siempre acaba por caerse de la manera más estrepitosa posible. Si, suena a alegoría, o aun mejor, a la moraleja de alguna fábula de las que nos dan a leer cuando somos niños. Pero algunas veces, tales tonterías pueden tener algún contacto con la realidad.
            El divorcio, la división de bienes, la quiebra, la ejecución de activos y propiedades para pagar deudas, apenas le dejaron, promediando los festejos del mundial 86, con un departamento en la capital y un auto pasado de moda con el que viajar todos los fines de semana del campo a la ciudad, y de la ciudad al campo. Campo prestado, se entiende, con la única posibilidad de acceder a él por la promesa de un buen negocio que es imposible que salga mal.
            Al menos esta vez se encargaba de cuidarlo como si de un bien preciado se trataran, algo mucho más necesario que el aire o el agua; algo que, con el tiempo de espera adecuado, lo sacaría de aquella situación de miseria.
            Peor quien no esperó fue, en medio de una tormenta, en noche cerrada en plena ruta, el camión que golpeó su auto. Acabó siendo arrojado, con la furia de la inercia de un camión de ocho ejes a más de cien kilómetros por hora, contra la cuneta de la ruta que acababa, por alguna razón que nadie pudo explicar, en un paredón de contención de concreto.
         De no haber sido así, de todas formas, ese año la cosecha fue un desastre, por lo que cualquier negocio que hubiera planeado con ella habría terminado, irremediablemente, en un fracaso. A pesar de ello nadie se esperaba la muerte de mi tío el pequeño. Nadie habría querido que acabara de esa forma, mucho menos sus acreedores.



Aclaración: Este niño y su caballo no se parecen 
en nada a mi tío el pequeño aunque, sin dudas, 
igualmente feliz se lo habrá visto cuando niño.


domingo, 3 de noviembre de 2019

Familia - Tíos (3/5)


Como he relatado en entradas anteriores, los hermanos de mi padre tuvieron destinos disímiles. Hablé del anodino cumplimiento de un mandato social sin posibilidad de queja alguna, por parte de mi tía la mayor y de la partida intempestiva del hermano del medio. En la cuestión referente a mi otra tía, la menor, la hija pequeña de la familia, la historia se encuentra plagada de desanimo y lágrimas.
            El primer aniversario del final de la Guerra Civil en Europa trajo al mundo a mi tía la menor. En 1946 llegó el cuarto hijo de una lista que se cerraría finalmente tres años después. Y si todo fue alegría, como siempre lo es con un nacimiento, las sombras fueron ocultando el sol poco a poco, lentamente, como un atardecer que se resiste cada vez a terminar.
            Su infancia fue tranquila, creciendo junto a mi tía la mayor; después de todo entre mujeres seis años de diferencia es prácticamente nada, y ambas debían aprender lo que una mujer se supone que debe saber para mantener limpio y ordenado su futuro hogar. Debían, claro, saber cómo se comporta en todo momento, ante cualquier situación, una señorita.
Sin embargo, los problemas de salud, comenzaron pronto; el intolerable verano andaluz poco ayudaba y la idea de partir, de irse a otro lugar en el mundo, resultaba interesante. Principalmente porque sin dudas el aire del campo argentino mejoraría la débil salud de la niña. Su piel demasiado pálida, el cansancio que sentía aún cuando apenas sí finalizaba sus labores domésticos, las incomodidades para dormir, todo sería olvidado. ¿Cuál era el mal que la aquejaba?
            Médico alguno pudo descubrirlo, ni de un lado ni del otro del Atlántico; ni en el pueblo cuando sufría alguna recaída antes de la partida, ni los de la ciudad que visitaron antes de partir hacia el norte de Buenos Aires. Nadie decía una sola palabra que superara la estúpida pacatería social y que ayudara a que la niña pasara mejor sus días.
            Imagino, porque no me queda otra opción, que habrá sido algún tipo de cáncer; una de las pocas enfermedades de las que nadie habla sin dar grandes circunloquios aún hoy. Quizá me equivoque pero, de ser así, nadie queda que pueda corregirme. Prefiero eso a pensar en alguna otra enfermedad para la cual existiera una posible cura cuando murió y que solo la ignorancia de quienes la rodeaban impidió verlo a tiempo.
            La escuela, la iglesia, la casa, eran los ámbitos ideales para una mujer de una buena familia. Que el hermano mayor asistiera a las fiestas que se hacían en el pueblo luego de las cosechas, en el año nuevo, o en otoño, no le deba derecho a ella, una señorita, pero también una niña, a asistir. No, no lo hacía. Un hombre es un hombre, y una mujer una mujer. ¿No lo sabía acaso? ¿Qué se enseñaba en la escuela? Podía enojarse todo lo que quisiera, que aún así no podría ir. Su padre ya se lo había dicho una vez y con eso era más que suficiente. Pero el deseo persistía y, cuando algo semejante ocurre, prohibición alguna es suficiente para hacer el valer el límite que se pretende.
            Con los (pocos) años, los desmayos se tornaron en algo habitual; ya no aparecían una vez al año, ni siquiera una vez al mes. Pronto fueron uno por la semana, volviéndose cada vez más difícil recuperarse de cada uno de ellos a pesar de los tónicos y otros remedios de los médicos. En su rostro de niña, pues sólo tenía 16 años cuando comenzó a empeorar, el miedo, el dolor, la desesperación y la posibilidad cercana de la muerte marcaban su huella; cosas que no podía articular en palabras, porque no sabría como hacerlo, pero que su cuerpo se encargaba de demostrar.
            De seguro supo antes que nadie, al menos antes que los doctores, que moriría pronto; supo que un día como cualquier otro se desmayaría para no volver a despertar. Por eso decidió suspender, ante la sorpresa de su madre, los preparativos de su fiesta de 18 años meses antes; pasaría esa fecha en silencio, en la casa, para no molestar a nadie con su dolor, como corresponde a una señorita. Pero no, eso no es lo que debería corresponderle a una mujer, ni en esa época ni hoy. Quería que nadie la viera sufrir, que nadie viera cómo se encontraba tras tantos meses de dolores y recaídas. Sin embargo, de esa manera se preparó, con miedo, con dolor, con angustia, para el que sería su final, porque, como era de esperarse, como lo sabía toda la familia, murió.
La tradición familiar dice que murió virgen sin siquiera llegar a celebrar el cumpleaños suspendido; al menos de esa forma era recordara en aquella reuniones a las que me obligaban a asistir en mi primera infancia (el que no supiera qué significaba el que fuera virgen, no ameritaba explicación alguna en esos momento si no el mandarme a callar). Así, mi tía la menor, era la virgen de la familia. La que murió impoluta sin haber conocido hombre en su lecho. Una virgen, como manda que han de ser las mujeres antes de su casamiento; una virgen, para ser lo más cercano a la santidad que se conocerá en medio del campo; una virgen para tener a quien emular en los momentos de fragilidad y oscuridad.
            Dudo que alguien más que sus padres creyeran algo semejante.
            Como si supiera lo que iba a suceder pidió, y le fue permitido, asistir a la fiesta con la que celebraban en el pueblo la cosecha de 1964. La acompañarían sus hermanos mayores, mi futuro padre y el hermano del medio, quien poco tiempo después partiría también, en este caso en tren, hacia un destino tan incierto como lo que acontezca después de la muerte. Irían con ella adelantándose a la eventualidad de que sucediera algún desmayo imprevisto y, por supuesto, para evitar cualquier contacto indeseado que pusiera mácula a su virtud.
¿Puede alguien asegurar que, a lo largo de toda la fiesta, sus hermanos la protegieron el ciento por ciento del tiempo? ¿Puede asegurarme que nadie se acercó a ella en toda la noche? ¿Saben ustedes si es verdad que realmente nada sucedió en ese galpón apenas acondicionado para realizar algo parecido a lo que entendemos hoy que debe ser un festejo semejante?
Porque, de ser así, nadie se explicaba las flores anónimas que llegaron a la casa el día del velorio y que mis abuelos se encargaron de ocultar prontamente de las miradas indiscretas. Flores cuya existencia se negó a lo largo de los años; pero, si algo nunca existió, no tiene sentido el negarlo con tanto ahínco, con tanta insistencia, con tanto enojo. Si hubo, en el momento en que las flores llegaron a la casa, algún cruce de miradas entre mi padre y su hermano nunca lo sabré; pero si alguien está interesado en mantener la ficción de que la niña, como le decían sus abuelos, murió virgen, es una cuestión de ellos.
El como yo lo veo, en estos momentos, es un detalle que no aporta mucho (o, al contrario, aportaría demasiado) a la historia. Mi tía la menor es otro de los nombres que se repetían en las reuniones familiares, junto con el de su hermano perdido en los trenes, el tío el viajero, como le llamé en algunas oportunidades, y aquellos otros que nunca había regresado de España. Un nombre más que, tal vez, dentro de unos años finalmente se olvide ya que, de esas dos generaciones (los padres, los abuelos), van quedando cada vez menos familiares, menos personas a las qué preguntar, cada vez menos recuerdos que rememorar y, lo que sin lugar a dudas es lo más terrible, menos historias qué contar.



Aclaración: Esta pensativa adolescente de la década
de 1960, estoy seguro, no se parecía a mi tía la menor
lo sé porque dolor alguno se distingue en su expresión.

sábado, 26 de octubre de 2019

Familia - Tíos (2/5)


Como si de un mecanismo de relojería se tratara, cada tres años mis abuelos paternos arrojaban un niño a este mundo. Ignoro de qué manera hacían sus cálculos, o cómo evitaban el error; y ahora que ya es tarde para interesarme en el asunto tampoco tiene tanto interés. Claro que ese detalle podría agregarle una nota de color a la historia pero, en verdad, sería un aporte demasiado pequeño.
            El tercer hijo nació hombre, la guerra se había acabado en España, pero otra guerra comenzaba, de la que llegaban noticias terribles sobre el horror que sucedía del otro lado de los lejanos Pirineos. Noticias que no podrían ser del todo ciertas, al menos que creyéramos que los soldados rusos, cuando se quedaban sin provisiones, hacían sopa con los cuerpos desmembrados de los niños alemanes muertos en los bombardeos sobre las ciudades que no aceptaban el comunismo. Y que era a base de este tipo de sopas que sobrevivían el frío de la aún más lejana Siberia.
            Dejando de lado la guerra, lo único peor que puede suceder al hijo de una familia cercada por los tradicionalismos caducos, lo único peor a nacer mujer o a no nacer en lo absoluto, es ser el segundo hijo varón. Condenado a ser el segundón toda tu vida a menos que tu hermano mayor, el primogénito, muriera (por causas naturales o de envidia, que no siempre se distinguen unas de otras), que el padre lo desherede por alguna razón, te mueras primero o acabes haciéndote cura o milico en la Guardia Civil.
            El republicanismo solapado de la familia impidió que, en los años en que quedaban antes de la huida de España, el hermano de mi padre contemplara la idea del seminario; así como también se debía ser mayor de edad para poder usar un uniforme de guardia civil, lo que te permite portar un arma y cometer cuanta tropelía se te ocurra. La situación todavía podía mejorar de algún modo de no haber sido que, para su sexto cumpleaños, el regalo de sus padres fue el nacimiento del tercer, y último, hijo varón de la familia.
            Tienes seis años y nada comprendes de lo que sucede, pero sabes, intuyes, que todo será cuesta arriba en tu vida, que nunca nada será fácil; lo sientes en las fibras más profundas de tu ser aún cuando ni siquiera sabes cómo sentirte al respecto.
            El viaje hacia Argentina, los veinte días encerrados en un barco que amenazaba con desarmarse en miles de piezas cada vez que el mar mostraba su furia en forma de tormenta, fue la mayor aventura de su infancia. Atravesar los pasillos infinitos escuchando voces y acentos extraños, aun arrastrando a su pequeño hermano, era suficiente para despertar infinitas fantasías. No podía contar con el hermano mayor quien, con sus 18 años y sus recientemente adquiridos pantalones largos, paseaba por el barco sin dar explicaciones a su madre ni atender a sus hermanos.
            A pesar de ello, había mucho para descubrir, para disfrutar, en el viaje. Y más aún una vez llegados al puerto y en todo lo que tuvieron que hacer sus padres, mis abuelos, hasta llegar a la tierra prometida al norte de la provincia de Buenos Aires. Se suponía que allí esperaban otros familiares, tíos o primos, o primos de los tíos, o alguna cosa similar, pero también podría ser que no fuera así y acabaran en medio de la nada.
            Las nuevas oportunidades tardaron en dejarse ver en aquella otra casa, en el campo, la escuela y la cantidad de cosas que podía hacer y aprender mientras todos los demás en la familia estaban igualmente ocupados.
Al crecer, uno se olvida de lo complejo que resulta ser un niño, las expectativas que hay que cumplir, los metas por alcanzar, alegrar a todos por igual; se olvidan igualmente las cosas que los adultos imponen a los niños sin siquiera preguntarles si están de acuerdo, porque son niños, y su opinión cuenta menos que la de una mujer. Las travesuras suelen ser más divertidas cuando nadie nos ve hacerlas, o cuando creemos que nadie lo hace. Porque resulta siempre que algún par de ojos adultos se encuentra observando en todo momento. Claro que no se puede ser un niño para toda la vida, al menos no se lo podía ser durante la década de 1960, en Argentina y su caos político y económico (para no hablar de las cuestiones que en verdad importan).
            Era necesario crecer, tomar decisiones y responsabilidades. Aquel campo nunca sería suyo, al menos que algo cambiara. En el pueblo podría dedicarse a alguna otra cosa. Otros trabajos, otras personas con las que relacionarse y, más interesante aún, otras mujeres que no sean las hijas de los puesteros cercanos, esas a las sólo interesan el casamiento y los hijos y nada, pero nada, de diversión, ni siquiera por error. Esas fue, sin lugar a dudas, una de las primeras cosas que aprendió en su nuevo hogar.
            Pero, algo mucho más importante que el conocer mujeres, el pueblo tenía su propia estación de trenes. Dos gotas larguísimas de metal que se fundían en la lejanía del horizonte en dos direcciones completamente diferentes. Un mapa de la Argentina, con el trazado de todas las vías férreas nacionales, que recorrían la mayor parte de la extensión, decorada la pared más grande de la estación (el mapa aún puede verse en la estación, un poco más viejo, decolorado y con manchas de humedad. La estación es ahora un centro cultural desde que el ramal que pasaba por el pueblo no sobreviviera al neoliberalismo que embargó al país en la década de 1990. Otros dicen que en realidad se construyó una estación nueva unos kilómetros más adelante, más cerca de los campos sojeros, y, por lo tanto, más rentable. No lo confirmé, y tampoco es importante ahora).
            En el pueblo hay quienes aseguran haberlo visto partir en una dirección; otros sostienen que lo hizo en el sentido contrario. En lo que coinciden es en que se marchó del pueblo, del campo, de la familia, de la falta de oportunidades; sin despedirse y sin señalar su destino en mapa alguno, como si huyera de algunas cosas y sé de ciertas personas de mala voluntad dirán que era eso mismo lo que había hecho, huir de la realidad de un hijo ilegítimo al que no pretendía reconocer. Lo que sé con certeza es que era 1965, y tenía 22 años, cuando partió.
            Ni una postal, ni una carta, ni señal alguna de vida, durante años. La mayor de las incertidumbres navidad tras navidad, año tras año, cosecha tras cosecha. Su madre, mi abuela, que poco a poco iba quedándose ciega, esperaba el momento de verlo volver; aún cuando el resto de la familia y los pocos amigos que uno tiene al vivir en el campo durante tantos años, se empecinaran en decirle que eso nunca ocurriría. Sin embargo, su madre confiaba en su regreso.
            Dicen unos pocos que lo reconocieron en la estación una mañana de invierno, o quizá de fines de otoño, de 1979; y que a primera hora de la tarde de ese mismo día partió. Dicen que lo vieron caminar por el pueblo como queriendo reconocer lo que viera en él antes de partir, como hacen aquellos que se van y regresan luego de décadas enteras sin caminar las mismas calles, como dice la canción. El pueblo era otro, diferente, más grande, con más gente, nuevos negocios. Solamente las calles y los caminos eran los mismos. Dicen que regresó específicamente ese día para visitar la casa de sus padres, mis abuelos, porque sabía que solo encontraría allí, ciega y perdida en sus pensamientos, a su madre. Al regresar de sus labores en el campo, el abuelo encontró a su esposa llorando con desconsuelo pero sin pronunciar ni una sola palabra que explicara la razón de su llanto.
            Desconozco si esta historia es verdad, si mi tío, al que nunca conocí, regresó alguna vez o si continuó su viaje buscando su lugar en el universo. Para mí no es más que un nombre repetido en las reuniones familiares de mi infancia, a las que dejé de asistir en cuanto supe que podía hacerlo. Tal es así que ni siquiera puedo decir que se haya convertido en un recuerdo sino que es menos que eso, mucho menos.



Aclaración: Este rectángulo negro es quien 
mejor representa a quien nunca conocí.

domingo, 20 de octubre de 2019

Familia - Tíos (1/5)


Siguiendo algún mandato social ancestral, las familias en el campo deben tener muchos hijos, porque más hijos implican más brazos para trabajar la tierra; cumpliendo con ello, mis abuelos paternos tuvieron cinco. Tres fueron varones, por lo tanto dos fueron mujeres, intercaladas entre sus hermanos.
            Imaginen la alegría de un niño que sabe que se acerca su cumpleaños y que, teniendo tantos tíos y familiares (abuelos, primos, parientes políticos, etc.), piensa que la fiesta resultará en un evento multitudinario en el que recibirá muchos regalos. La alegría desbordará las sonrisas y ese día sería algo digno de recordarse hasta la siguiente vuelta del calendario. Imaginen, que es lo mismo que puedo hacer porque, si algo nunca sucedió fue, precisamente, ese tipo de festejos. Ya veremos por qué.
            Dado que luego hablaré de mi padre, comenzaré por sus hermanos y hermanas en una clara sucesión de edades. Así pues, la primera en la lista será mi tía la mayor, para diferenciarla de mi tía la menor. Es cierto, tampoco podemos pedirle mucha creatividad a una familia que vivía para trabajar y no para pensar en formas de referirse a sus hijos diferentes a sus nombres.
Apenas tres años y un universo social separaban a mi tía de mi padre. La Guerra Civil había acabado, en teoría, en el sur de España; una guerra que sólo sirvió para desangrar la mayor parte de la península y expulsar de sus tierras a cualquiera que se atreviera a pensar mínimamente diferente. El Generalísimo se sentía en la cúspide de su poder mientras veía que sus aliados en Italia y Alemania tenían las piezas necesarias para orquestar un triunfo aún mayor para sus ideas.
            Hacia el interior, hacia el pueblo, realmente pocas cosas habían cambiado al terminar la guerra. Volver al trabajo, volver a la tierra, a deslomarse para que otro se quede con las ganancias, como ha sido siempre y, al parecer, siempre será. El hombre en el campo, la mujer en la casa, que eso también siempre ha sido así y también, por supuesto, siempre lo será.
            Pero, ¿cómo debe ser una mujer? Sumisa, silenciosa, nunca fijándose en una misma sino atenta a las necesidades de los demás (pero del hombre principalmente, ya sea el padre, el hermano, el tío, el suegro, el marido, los hijos, los sobrinos). Cocinar, remendar y lavar la ropa, atender a los demás, de sol a sol, es el destino de la mujer de campo en la España franquista; una tradición pesada, cargada con el tufo de los rancio, de lo viejo, de lo que se debe dejar atrás de una vez y para siempre.
            Pero también lo es en la Argentina postperonista donde, a pesar del océano de distancia, la diferencia era casi nula. Y qué importa si en el nuevo pueblo no se conoce a nadie, mejor que sea de ese modo, eso significa que habrá menos distracciones. Eso significaba que mi tía la mayor, su hermana y su madre, podrían concentrarse en lo que una mujer debe hacer y no dejarse llevarse por ideas perniciosas para su cuerpo y su alma que, para no variar demasiado, también existen en esta parte del mundo.
            Lo importante es encontrar un marido para las niñas. Están los vascos que ayudan a levantar las cosechas, pero ellos huelen mal; la suciedad se acumula en sus ropas, en sus rostros, ¿es que acaso no conocen el agua? Además, ¿por qué sonríen así cuando pasan cerca de la casa con cualquier excusa? Siempre a la misma hora, siempre saludando en euskera, como si alguien entendiera lo que dicen.
            Es una suerte que en Argentina todo parece ser tan tranquilo, todo luce tan luminoso y el campo no es más que eso, campo. Uno donde no te encuentras con la Guardia Civil en tu puerta semana sí y semana también. Pero la tradición continúa mandando que las hijas deben hacer lo que el padre dice que hagan, no se discute, se acata. Poco importa el que sea 1880 o 1960. Es lo mismo, no hay diferencia. Al menos el puestero mallorquín que vino a visitar la casa por invitación expresa de su padre, que habla poco y mira de soslayo, parecía haberse bañado, o al menos lavado el cuerpo. No olía a sudor, a tierra, a trabajo, a hombre descuidado preocupado únicamente por el sustento inmediato; las pocas y mustias flores que trajo apretujadas en una mano eran un detalle a tener en cuenta. Su futuro esposo no era uno de los nuestros, no era andaluz, pero resultaba más serio que cualquier otro de los hombres del pueblo o de los cosecheros. Cuando todo se acordó, se lo hicieron saber.
            Así fue que, mi tía la mayor, acabó casada, uno o dos meses después de cumplir los 18 años, con un puestero mallorquín que la conociera un par de semanas antes. El puesto que regenteaba estaba cerca del campo de la familia, por lo que no se iría demasiado lejos, y su futuro esposo había prometido ayudar con algo referente a los negocios que, por supuesto, una mujer no tenía por qué saber. La cuestión era ubicarla y ese hombre, que no era joven pero tampoco era del todo viejo, era la más aceptable entre las pocas opciones disponibles.
            Hubo fiesta, como las formas mandan; hubo un cura alcoholizado, como dios manda; hubo lágrimas entre las mujeres, como se esperaba; hubo charlas de trabajo y negocios entre los hombres, como debía ser y, al atardecer, el tilbury se alejó arrastrado por un tordillo viejo y cansado. La familia comenzaba a fragmentarse como, en algún momento, todas las familias lo hacen.
            Quizá hayan sido felices viviendo juntos, quizá no. La cuestión era traer hijos al mundo, sobrevivir a la convivencia y que la gente no murmurara. Es decir, ser un miembro respetable del pueblo. Para ello quizá sea necesario fingir que se es feliz, pero ¿importa no conocer a ese hombre desnudo que se acercó a ella la primera noche a media luz y continuó haciéndolo casi todos los días? El amor llegará con el tiempo, la intimidad y la convivencia; y, si no llega, tampoco es tan importante. Todo el mundo lo sabe. Así se lo había explicado su madre más veces de la que podía recordar.
            En los primeros años de la década de 1960 tuvieron a sus tres hijos, los primeros de la nueva generación, la de los nacidos en Argentina. Nadie dice que no hayan continuado buscando un cuarto o un quinto niño; pero fueron tres los que llegaron. Varones todos, parcos de palabras, miradas esquivas e ideas claras, como señalaron en el colegio más de un vez; como demostraron formando parte de los primeros egresados de la flamante escuela secundaria del pueblo. Sin saberlo, quizá, comenzaban a resaltar demasiado en un momento en el que hacerlo era por demás peligroso.
            Durante la última dictadura militar alguien, quizá por la envidia que despertaba la prosperidad del puesto, por alguna disputa pueblerina, alguna mirada fuera de lugar real o inventada, o vaya uno a saber por qué, los marcó. De allí que los tres tuvieran que marcharse, en medio de la noche, como una verdadera huida, hacia las tierras ancestrales. El generalísimo por fin se había muerto, España resurgía, mientras Argentina no dejaba de hundirse más y más.
            La suspicacias de otros miembros de la familia, de quienes hablaré más adelante, supuso que viajaban para quedarse con lo que quedara en Andalucía de los vienes familiares; como si realmente hubiera quedado algo, como si el franquismo no lo hubiera destruido todo para dárselo después a alguien más. Como si al momento de salvar la vida se pensara, al mismo tiempo, en obtener algún beneficio.
            Mi tía la mayor, como buena madre, esperó estoicamente el regreso de sus hijos, el final de la dictadura o la muerte, lo que sucediera primero. Apenas llegada la década de 1990, cuando la dictadura se confundía con el recuerdo de una pesadilla, cuando nadie que supiera lo que sucedía en el país regresaría al mismo, la muerte triunfó tuvo su victoria sobre ella. Su muerte es el primer y el último recuerdo que guardo sobre ella, todo lo anterior, de una forma u otra, me lo fueron contando años después.


Aclaración: La mujer de esta foto no es mi tía
 la mayor, de quien, como no podía ser 
de otro modo, no poseo imagen alguna.

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En el número# 44 de El Narratorio, publicado el 18 de octubre, puede encontrar (y leer), el relato Invitación.

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