Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 18 de febrero de 2018

Recorriendo bares


Siempre tuve la fantasía de ir a un bar, cualquier, sin importar mucho cuál y, efectivamente, conocer a alguien allí. Pero no a cualquier persona, sino ese alguien que nos enseñan prácticamente desde que nacemos que se encuentra en algún lugar del mundo, o de la sociedad, y que nos está esperando, que nos complementa, que formará con nosotros ese ideal de unidad que no es otra cosa que una mera falacia. Algo que nos impulsa a creer e intentar ser lo que nunca seremos.
            Es una idea simple, lo sé, cercana a una tontería. Pero es tan movilizador el pensar que allí (sea dónde sea ese allí), hay alguien exclusivamente para nosotros, esperando nuestra llegada, como si nada más tuviera que hacer. Sin detenernos a pensar en si nosotros seremos también ese alguien para el otro, para no darnos cuenta de cuan  incoherente puede ser un planteo semejante.
            Situaciones por el estilo sólo suceden en películas cuyos guionistas carecen de las herramientas necesarias para contar una historia sin recurrir a los mismos tópicos una y otra vez, cayendo siempre en la idea de que el azar de una situación que, de suceder en lo cotidiano nunca se resolvería de ese modo, es lo mejor que puede suceder. Recurso, también, de cierto tipo de literatura que quienes se dedican en verdad a ella son incapaces de comprender cómo alto tan mal escrito, tan básico, tan simple, puede tener éxito. Sin comprender que, tal vez por sus mismos defectos, es que lo tiene.
            Anhelamos que nos suceda algo como eso, pues nos han entrenado de esa manera, y si algo no sucede como se supone que debería de hacerlo, ya no es lo mismo, ya no nos importa. Ha perdido el interés y se ha vuelto descartable. Como un amor de verano, como una servilleta de papel usada, como una ilusión rota. Nadie está preparado para el fracaso; no es eso lo que se nos pide. Debemos tener éxito a toda costa.
            Lo seguimos intentando, de todas formas, lo he visto miles de veces. Un intento más tras el intento que intentamos luego de que el anterior intento tampoco funcionara con la desesperación creciendo a medida que avanzan las horas y la noche. Ni siquiera una pelota de ping-pong tiene tanta habilidad para ir de un extremo al otro.
            Y se regresa siempre a la casilla uno. Al inicio de todo, al pretender encontrar en un tumulto de gente que probablemente no haya ido allí para enamorarse de nosotros, alguien que lo haga.
            O quizá esas cosas le sucedan a cualquier otra persona a lo largo y a lo ancho del mundo. En ese caso el problema puedo ser yo mismo, y no la idea de conocer a un desconocido en un bar, pero nunca, en todos los años que llevo recorriendo los interminables bares de la ciudad sin dejar nunca de visitar ninguno de ellos, logré nada parecido.
            —¿Entiende? —pregunté en voz alta.
         —Si no vas a pedir nada, dejame la barra libre —dijo el bartender.
            Mi mirada de desprecio cayó en el vacío.
            —Una cerveza —respondí.


sábado, 10 de febrero de 2018

Fresno (Ser como Odín)


Me senté en el viejo tocón del patio trasero de la casa de los abuelos… de la abuela. Es la costumbre, aunque desde hace años que vive ella sola, apenas comienzo a acostumbrarme a que él ya no se encuentra entre nosotros. Sigue siendo la casa de ellos.
Este tocón, en el que ahora me encuentro, supo ser un fresno.
            —El árbol favorito de Odín —repetía el abuelo cuando nos encontrábamos cerca de él—, y el mío también, renacuajo. ¿Sabes por qué?
            —No abuelo… ¿Por qué? —preguntaba siendo el niño de mi recuerdo que ni siquiera sabía lo que era un renacuajo o quién era el Señor Odín ni por qué mi abuelo tenía su árbol en el jardín de la casa.
            —Porque un día seré como Odín —respondía sin dar explicaciones.
            Varias veces a lo largo de los veranos de mi infancia escuché la misma respuesta. El terreno de casa era extenso, y había otros árboles en él, pero al abuelo sólo parecía interesarle ese árbol, ese fresno, y ningún otro.
            —Algún día seré como Odín —repetía el abuelo.
            Antes de que todo sucediera, tuvo lugar mi adolescencia y, por supuesto, el desprecio, el horror, hacia todo lo viejo, hacia todo lo vetusto, lo familiar e innecesario. También crecí, estudié, intenté hacer algo con el arte, pero el arte no estuvo de acuerdo, trabajé e hice muchas otras cosas antes de finalmente regresar a la casa de los abuelos en un momento que nada tenía en común con los días de la infancia (aunque al crecer nunca nada tiene algo en común con lo que fuera en la infancia, me quedó en claro en esos días).
            El abuelo acababa de morir, la abuela lloraba cuando creía que nadie atendía a lo que hacía, que nadie estaba allí para verla, pero nos dábamos cuenta. Nos mirábamos sin saber qué hacer, cómo reaccionar, qué decirle a esa mujer que, a partir de ese momento, estaría sola por el resto de su vida (y si uso ese verbo es porque sé que, en parte, es lo que iba a suceder).
            Me escabullí de la situación hacia el exterior, hacia el jardín detrás de la casa, quería respirar algo más que lamentos y palabras carentes de lugar. Rodeé la casa mirando el descuidado césped que comenzaba a perder su color, su vitalidad; cuando por fin llegué del otro lado lo vi.
            Habían talado el fresno.
            Yacía en el suelo en señal de su reciente caída en desgracia. El hacha se encontraba aún calvaba en medio del tocón mientras las ramas de aplastaban contra la tierra. Me acerqué con un sentimiento imposible de descifrar, algo más que miedo, algo diferente, extraño, que hacía su presentación en ese momento tan particular de nuestras vidas, al menos de la mía.
            Años después, cuando alguien me habló de los sacrificios que debía realizar el dios de los pueblos nórdicos Odín para obtener la sabiduría, el conocimiento, el poder y la gloria para sí mismo, volví a sentir algo similar, aunque con mucha menos intensidad. Una sensación de vacío en la boca del estómago que no me abandonó en todo el día.
            Comprendí, entonces y no al ver el fresno caído, qué era lo que hacía esa soga amarrada de una de las ramas más altas, por qué parecía que hubiera sido cortada con premura y sin cuidado antes de arrojarla al extremo opuesto del patio.
No había sangre, solo desesperación en aquel gesto.
            Sabes abuelo, pienso ahora, aquí, sentado luego de ver llorar una vez más a la abuela, nunca serás como Odín; jamás hubieras podido.
Así como este tocón jamás volverá a ser un fresno ya nunca más.

domingo, 4 de febrero de 2018

La bestia

Yacía en aquel lugar como si en todo el universo conocido solamente ella existiera.
Nunca me decidí por buscarla, quizá por eso pude hallarla. Y si la sorpresa no fue mutua, que en verdad no lo fue, por alguna razón que sólo ella conocía, el solo verla, allí, mirándome de esa manera, llevó a cuestionarme cada una de las razones que conformaban mi ser.
Conocía de su existencia, de su fuerza, del miedo que le rodeaba;  pero aquella bestia no se parecía en nada a las descripciones de los viejos manuscritos de la cofradía masculina, ni a las que aparecían en los antiguos relatos del círculo de mujeres. Era, de algún modo incapaz de definir por mí propia capacidad, diferente.
Me miró a los ojos y mis convicciones desaparecieron.
Haciendo el menor ruido posible, evitando los movimientos bruscos e imprevistos, giré sobre mis talones y me alejé en la dirección opuesta en que caminara hasta ese preciso momento.

domingo, 28 de enero de 2018

Ginkgo (El adiós)

Al descubrirlo sintió una fuerte atracción hacia él; sin una explicación racional, sin mucho sentido del por qué, sentía una extrañeza familiar al encontrarse junto al árbol para quien él era apenas un instante en su existencia.
            Tal vez haya sido el descubrirlo en el momento indicado, cuando sus flores amarillas esparciéndose por las cercanías tiñendo con su tonalidad el paisaje. Llevaba años pasando por los mismos lugares, estaba seguro de haber mirado en esa dirección sin haberse percatado antes de algo semejante. Pero, sin embargo y de improviso, allí estaba, la atracción irrefutable de sus ojos junto con el resto de sus sentidos. Sin poder sustraerse al aroma de la tierra húmeda y las hojas que comenzaban a descomponerse sobre ella.
            Era un magnífico símbolo.
            Tanto que apenas dudó en la decisión que tomara en la soledad más atroz que sintiera desde la profundidad de sus pensamientos. Sabía que no era solamente una idea sin asidero, sino, al contrario, la realidad que se encargaba de demostrarle lo solo que se encontraba.
            Como siempre lo había estado, aún cuando fuera incapaz de nombrarlo de ese modo en años anteriores.
            Sin familia; último descendiente del único hijo de una familia que fue yéndose poco a poco.
            Sin amigos; porque desconocer, entre otras cosas, el arte de la hipocresía.
            Sin mores; porque nada (ni material ni emocional) tenía para compartir.
            Cargado de pasado; viviendo un presente constantemente indefinido; carente de futuro como no podría ser de otro modo.
            Su única costumbre era salir a caminar dando paseos cada vez más extensos para evitar las horas vacías en el pequeño monoambiente sin luz natural, sin aire puro, sin nada; paseos que lo llevaban por caminos extraños, desconocidos, pero siendo incapaz de perderse, de mezclar sus pasos en otra dirección. Acababa siempre por regresar al punto exacto del cual decidiera partir.
            Pero ese día había sido, finalmente, la excepción.
            Un algo indefinido, quizás un aroma, un color, una sensación extraña en el aire, el sonido del viento silbando entre sus ramas susurrándole melodías de sabiduría en sus oídos, lo condujo frente a ese ginkgo perdido en medio del bosquecillo que dejaban crecer fuera de los límites de la ciudad, a horas de caminata de todo y de todos. Se sabía solos en el mundo, perdidos en la inmensidad de la vida, del universo, de la nada.
Su decisión no cambió.
Era una suerte que tuviera la costumbre de llegar en sus extensos paseos la pesada y gruesa soga con el nudo siempre a la expectativa.

domingo, 21 de enero de 2018

Problemas en la comunicación

—¿Y usted cree que entenderán el mensaje? —preguntó el dueño de la pared.
            —Pues claro, hombre —respondió quien se presentaba como artista con un falso tono de español mal aprendido—. Si está bien claro.
            —Si, puede ser… —continuó, reticente, el dueño—, pero esperaba algo un poco más habitual, no esto que es tan… tan…
            —Artístico, esa es la palabra —dijo el artista ufanándose de su obra e hinchando el pecho cada vez con cada respiración, si es que algo semejante fuera posible.
            —No, no, algo menos llamativo. Un simple cartel anunciando el negocio; que se sepa que hay una pinturería, nada más.
           —Ahora ya lo saben, ¿no le parece? ¿A qué no quedó espectacular? —sonreía tanto que sus dientes parecían a punto de salir disparados de las encías mientras preparaba la cámara de fotos para inmortalizar, en otro soporte, su trabajo.
            —Pero ni siquiera se acordó de poner el nombre del negocio como le pedí.
           —¿Y dónde quiere que ponga Pinturas Juancito? ¿En el izquierdo o en el derecho? —preguntó con un dejo de irritación el artista.
            —No, está bien. Que quede así —dijo el dueño de la pared—, pongo un cartel del otro lado.
            —Excelente —respondió el artista sin dejar de fotografiar su obra desde todos los ángulos que podía imaginar.