sábado, 20 de septiembre de 2014

Error # 11 (Lectura)

Allí estaba otra vez.
            Mientras leía en el diario las noticias de siempre, sentía que lo observaban. Pero, también, sabía, que estaba solo allí. Principalmente porque se sabía encerrado en el baño de la oficina, en uno de los cubículos individuales, para poder estar tranquilo y a salvo de miradas indiscretas. Por lo que la sensación de que unos ojos ajenos a los propios se clavaban sobre su nuca era fruto de su aburrida imaginación.
            Ni siquiera llegaron a ser cinco los minutos de paz que la sensación, desagradable en su insistencia, regresó. Pareciera que con más fuerza, pero eso quizá se debiera a que allí había menos espacio. Y el sudor que corría por su espalda ocupó, también, sus manos y su frente. Como si el mantener la calma fuera la mayor de los esfuerzos que realizara nunca.
            Y allí estaba.
            Ni siquiera se atrevía a levantar la mirada temiendo encontrarse con el espía secreto asomándose del otro lado del separador de madera artificial. Sabía que el cubículo siguiente estaba vacío y, aún así, no se atrevía a mirar.
            Concentrándose en la noticia que intentaba leer, renegó de la realidad y de cualquier otra situación que a ella lo conectara. Allí dentro podía suceder cualquier cosa que él, solamente él, podría controlar cuanto sucediera y hacer lo que quisiera.
            Lo que fuera, menos levantar la mirada y descubrir al espía. Ese placer jamás se lo daría a quien fuera que le perseguía con tanta insistencia. Por eso, con suma paciencia y tranquilidad, dio vuelta la página, como si allí dentro no sucediera nada de nada, porque así era, así lo creía.
            Podía ignorar cualquier cosa.
            Nada era importante, sólo lo que le llevara allí. Leer en secreto las noticias, hurtándole a su empleador los preciados minutos de lectura. Un acto de rebelión pasajera y sin importancia, pero suyo.
            Ese leve y prolongado pinchazo que sentía en la nuca, junto con el adormecimiento paulatino que sentía en todo el cuerpo, y que crecía minuto a minuto, no era, en verdad, importante.
            Si los ojos no se le cerraran, pero sabía que pronto terminaría de leer la noticia que tanto le interesaba y volvería al trabajo sin más dilaciones.
            Sólo los cerraría un instante, a sus ojos.
            Sólo…
            …unos…
            …instantes…
            …nada…
            …más…

jueves, 18 de septiembre de 2014

Stop and go

De pronto, sin proponérmelo, me detuve. Existía algo que me preocupaba más incluso que el hecho de lograr a toda costa mis objetivos.
            El problema era mi cuerpo. Había dejado de sentirlo. Era incapaz de decir cuándo fuera la última vez que sintiera algo, cualquier cosa, aún la sensación más minúscula de lo que se puede ser conciente.
            Mi memoria flaqueaba y mi cuerpo se negaba a dar alguna señal.
            Comencé, también, a percatarme de otros problemas como, por ejemplo, de que no siquiera recordaba cuáles eran mis objetivos, cuándo había comenzado tan alocada carrera hacia ese destino tan aciago que ahora me castigaba. Pero, lo peor de todo, tampoco recordaba por qué había decidido hacer aquello de lo que recuerdo alguno poseía.
            ¿Dónde se encontraban mis motivos?
            ¿Por qué era necesario que me encontrara allí mismo?
            ¿Quién era yo? ¿Quién había sido antes?
            ¿Qué había ocurrido con mi cuerpo que era incapaz de sentir siquiera la brisa sobre mi piel, el frío o el calor?
            Si la duda ha tenido lugar en algún momento, este era ese. Todo era una gran duda, porque nada podía responder, ni siquiera era capaz de desnudar mis dudas y evitar esas cuestiones que aturden al entendimiento de los filósofos.
            Además de que, sin cuerpo, ¿para qué preocuparme por tantas cosas?

jueves, 11 de septiembre de 2014

Running

Salía a correr todas las tardes.
            Todas y cada una de las tardes; luego de ocho horas de oficina, en un trabajo frustrante y degradante, que odiaba pero del que no podía desprenderse por las pequeñas deudas que habían ido acumulándose poco a poco. Tan poco a poco como poco era su sueldo. Lo sabía.
            Salía a correr cada tarde.
            En un circuito que, más o menos, era siempre el mismo. A veces más largo, a veces más corto, dependiendo de su humor y las ganas que tuviera de volver, realmente a la casa a convivir con esos extraños que se empecinaban en llamarse su familia, aún cuando el odio entre ellos era lo único que los mantenía verdaderamente unidos.
            Salía a correr todas las tardes.
            Porque si se mantenía en movimiento, las decisiones que tomara a lo largo de su vida, y que lo llevaran a ese preciso momento, pesarían, al menos en apariencia, un poco menos. Podría fingir que era una persona diferente.
            Salía a correr cada tarde.
            Sin pensar en lo que luego haría, sin que el mañana fuera una preocupación más. Sintiendo, de ese modo, que sus pies eran más rápidos y que podría volar, si eso era lo que se proponía. Pero no lo hacía porque ese no era el momento, ni el lugar, para ello.
            Salía a correr todos los días. 
            De lo que huía, es cierto, nadie sabía.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Innecesariamente ridículo

Después de un tiempo cualquier cosa que hemos hecho puede considerarse de dos maneras. Como innecesaria, o como un momento ridículo en nuestras vidas. Si bien esta actitud no es fácil de aceptar, lo bueno es ir haciéndose a la idea porque, con el paso de los años, se torna cada vez más real, más pesadas, más innegables.
            Como esas fotografías de otras épocas, de nuestro pasado o del pasado de nuestro pasado, donde nos resulta difícil de creer que alguna vez hubiera sido posible utilizar ese corte de pelo, esa ropa, esos colores, esa barba; o aceptar una pose política hoy en desuso. Miramos eso desde nuestro presente y nos sentimos irremediablemente ridículos.
            Revisé el diccionario de lado a lado, y ninguna otra palabra de las allí consignadas se apega más a ese sensación. Ridículo.
            Y es sabido que del ridículo y de la muerte, nunca se vuelve. Y dudo de la supuesta imposibilidad del retorno en el segundo caso.
            Ahora, lo innecesario son todas esas acciones que creímos fundamentales en nuestro devenir pero que, luego de que todo quedara atrás, nos damos cuenta que podríamos habernos ahorrado dicha situación. Fue innecesario haber ido a esa fiesta. Fue ridículo gastar todos nuestros ahorros postales en un celular de alta gama que se arruinó con una lluvia inesperada dos semanas después (cuando todavía ni siquiera habíamos aprendido a usarlo y teniendo aún que pagar 15 cuotas más para que fuera definitivamente nuestro). Fue innecesario presentarse en esa entrevista de trabajo para el que sabíamos que estábamos sobre calificados.
            Fue innecesario hacer la mímica de las elecciones cada dos o cuatro años según los caprichos políticos de la administración de turno, porque nunca cambiaba nada.
            Fue ridículo e innecesario hablar con ella, porque sabíamos que nuestra vida era inexistente ante sus ojos.
            La enumeración de esos momentos puede convertirse en algo eterno y múltiple.
            Pero si supiéramos cómo identificarlos, como evitarlos, como confiar en lo que sabemos que pasará, tendríamos tantas cosas menos de las que avergonzarnos y, al mismo tiempo, tanto para hacer a nuestro favor que, en algunos casos, da miedo. Mucho miedo.
            Pero el miedo es también ridículo e innecesario.
            Así que, ¿por qué no intentarlo?