Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 10 de noviembre de 2018

La maldición de las palabras


El horror tiene formas impredecibles, nos hemos acostumbrado a ello tras años de comedias cinematográficas, series de televisión con pretendidos visos artísticos y cosas similares. Siempre debemos esperar lo peor de las personas y los objetos inanimados, incluso de los animales y, también, de uno mismo. Ese “siempre” es lo más cercano que estaremos nunca de conocer lo absoluto.
            Hasta el momento en que ocurrió la tragedia, que es el nombre con el que designo a ese momento atroz de mi vida, había pretendido atravesar la existencia de la mejor manera posible. Eso se traducía en momentos de extremo placer y distensión, de cumplir con mis obligaciones en tiempo y forma, mantener la declaración de impuestos al día, aportar a las campañas de bien común de las que me enteraba a través de las redes asociales sin saber muy bien qué hacían realmente con el dinero; todas esas cosas que estimamos significativas y que sirven para valorarnos mejor en nuestros mínimos momentos de introspección semanales.
            Hacía actividad física más veces en el mes de las recomendadas, para mantener el tono muscular, la elasticidad de la piel y la circulación de la sangre en perfecto orden. Recortaba mi cabello cada luna nueva, ya que entendía que en ese momento crecía con más fuerza, por lo que no se caería produciéndome calvicie prematura ni comenzaría a encanecer (proceso que ocultaba con extremo cuidado). Buscaba a mis amantes siempre entre sus 20 reconociendo que el paso de los años no me afectaba y que la juventud no era otra cosa que un estado del alma; pero, ante la eventualidad de que tal cosa como el alma no existiera, me mantenía rodeado por gente joven en otros aspectos. Buscaba el efecto contagio y, la mayor parte de las veces, lo lograba. Me sentía tan o más joven que los mismos jóvenes, tan o más lleno de vida y fresco que una planta que acaba de descubrir el sol, como una cría de cachorro que juguetea todo el día sabiendo que había cumplido con mis responsabilidades.
            Pero esas mismas responsabilidades me permitían construir la idea de que edad no se notaba en mi cuerpo, ni en mis expresiones, ni en mis movimientos, mucho menos en mi forma de vestir. Las arrugas en la comisura de mi boca, en torno a mis ojos y en las manos, eran señales de experiencia, eran armas de seducción antes que muestras de decadencia. La decadencia, por otra parte, estaba terminantemente prohibida y se encontraba en cualquier otro sitio pero no, ni siquiera por casualidad, en mi vida.
            Me dirán que era un mundo imaginario, de mentira, tan lleno de falsedad como cualquier otro perfil de redes asociales. Pero a mí me servía, viví de esa forma mucho más tiempo del que estaría dispuesto a admitir, incluso si alguien contara con las pruebas para demostrarlo, las cuales sé que no existen, lo negaría tranquilamente. La edad no era un problema, claro que no; el problema siempre fue la percepción de la misma que hacían los demás.
            De otra forma no me habría afectado de tal manera la tragedia que aconteció aquella noche, mientras aguardaba la llegada del ómnibus hacia el centro de la ciudad. Sin dudas debido a la tormenta, el asfalto mojado y alguna otra eventualidad, llevaba minutos de retraso. Minutos que me servían para contemplar las fachadas de los edificios, los juegos de reflejos producidos por las gotas que continuaban cayendo, los sonidos de la naturaleza que nos negamos aceptar. Imperceptible en mi distracción, una niña se acercó por detrás y preguntó en vos alta:
            —¿Señor no sabe por qué el ómnibus está retrasado?
Como me encontraba junto con otras personas en el mismo lugar, me desentendí de aquellos molestos sonidos. Pero ante la falta de respuesta la niña redobló la apuesta añadiendo a su pregunta un leve tirón de la manga de mi abrigo.
            —¿Señor no sabe por qué el ómnibus está retrasado?
            Miraba con esa expresión que se les enseña a los niños que deben utilizar al relacionarse con alguien mayor, y me refiero a un sexagenario, mínimo. Para ella no era un igual, claramente no pretendía serlo, para tampoco funcionaba el engaño. Solamente podía sentir repulsión ante semejante mirada.
            —¿Me estás hablando a mí? —pregunté a mi vez con extrañeza.
            —Si, señor. ¿Sabe o no sabe?
            —No —respondí con sequedad—, no sé nada.
            Di media vuelta y regresé a mi departamento, cargado de rabia e irritación.
Estaba a unas pocas calles nada más, pero en esa caminata sentí como comenzaba a fallarme la rodilla izquierda de tanto caminar; también debía atender a cada uno de mis pasos por temor a caerme y romperme algún hueso ya que apenas podía mantener los ojos abiertos de tanto sueño repentino.
            Resollando logré escalar los dos tramos de escalera que separaban la calle de la puerta de mi hogar. Necesitaría mucho más que una noche de tranquilidad para reponerme de semejante mal trago, para olvidarme de la rabia, dejar de lado la irritación y que los ojos de borrego de aquella niña ni siquiera ocuparan un lugar en mi memoria, por suerte el fin de semana recién comenzaba.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Mangle (Refugiados)


Las señales de lo que sucedería estaban frente a nosotros desde hacía mucho tiempo, sin embargo, preferimos ignorarlas, como siempre, para sentir que la responsabilidad sería, en última instancia, de alguien más. Pero sabíamos que algo semejante podría suceder en algún momento.
Cuando recibimos las primeras imágenes desde la ciudad, donde ninguna de las construcciones había resistido cuando la Tierra comenzó a temblar desbocada, a las calles abriéndose dejando a la vista lo que se ocultaba debajo de ellas, a las aguas encabritadas y el diluvio que azotaba la región mientras el viento arreciaba con tal vehemencia que ni siquiera podía estimarse su fuerza, lo sabíamos.
Las imágenes duraron poco tiempo, rápidamente las comunicaciones se cortaron; el servicio eléctrico hizo lo único que podría hacer en una situación similar y dejó de funcionar. El caos se enseñoreó sobre todo lo que el hombre pretendía haber ordenado; la sociedad se descomponía en la medida en que sus miembros no sabían de qué manera reaccionar frente a un desastre natural.
            Nadie tenía dudas de que lo mismo sucedería en el pueblo, pues no estábamos tan lejos de la capital como siempre nos habían hecho creer nuestros representantes, por eso huimos, desbandados como los animales asustados que siempre habíamos sido. Algunos escaparon hacia el sur, pensando que las montañas les protegerían de las lluvias y las inundaciones. Otros se encaminaron hacia el norte, hacia la tierra del frío pensando en lo mismo. Pocos fueron hacia el este, hacia la ciudad, esperando encontrar en medio de la devastación oportunidades de supervivencia; nadie les preguntó a qué se referían, los detalles resultaban innecesarios.
            Quienes preferimos quedarnos, sin haberlo decidido en conjunto, sino cada uno por su lado, para sorpresa de los otros, partimos hacia la costa, hacia los manglares; hacia ese sitio tan inhóspito para el hombre, tan lleno de vida, tan amenazado por nuestras acciones y que, ahora podíamos verlo, resultaba ser el refugio ideal. Intuíamos que protegidos por la propia naturaleza teníamos más posibilidades de sobrevivir; era eso o pensar que no teníamos ningún otro sitio al que ir.
            La tormenta no se detuvo. Siguiendo la lógica de los últimos años, cada nueva tormenta aumentaba su fuerza, su brutalidad, su capacidad destructiva; era algo más que una simple tormenta tropical, superaba los peores tifones y huracanes y cualquier cosa imaginada hasta ese momento.
            El clima empeoraba durante días; el agua subía durante noches completas, como si las mareas fueran incapaces de controlarlas. El viento no se detenía, así como tampoco lo hacía la lluvia, los mangles se agitaban como si quisieran levantarse y huir a la carrera, pero resistían. Como resistíamos nosotros, aunque menos de los que éramos al principio, aterridos de frío e inanición aferrándonos a las ramas, a los troncos, a las raíces más altas, esperando, sin saber qué, pero esperando al fin y al cabo.
            Si teníamos un poco de suerte, porque ni siquiera la esperanza sobrevivía ante semejante azote, en algún momento el clima amainaría su furia. Esa sería la señal de que poco a poco volvería la tranquilidad, las lluvias acabarían, el viento se calmaría, el sol volvería al cielo luego de que las nubes se abrieran para él, las aguas bajarían y recuperaríamos algo similar a la paz junto con la posibilidad de sentir el cuerpo seco una vez más.
            Entonces abandonaríamos los manglares, agradeciéndole a sus mangles el habernos aceptado como refugiados, el habernos alimentado y la protección brindada. Luego, tan rápido como les diéramos la espalda, comenzaríamos a pensar en la reconstrucción, aunque de la antigua México no quedara ladrillo sobre ladrillo.
            Pensaba solamente en eso mientras sentía que mis fuerzas comenzaban a flaquear en medio del frío y la humedad de la noche, con la lluvia golpeando sobre mi cuerpo y el hambre imposible de disimular bramando en mi estómago vacío.

domingo, 21 de octubre de 2018

Otros mundos


El agotamiento siquiera me dejaba pensar con claridad. Eran días aciagos, en donde el trabajo, por alguna razón, se acumulaba y siempre había alguna otra cosa para hacer. Como una gran ola tras la cual sabemos que, indefectiblemente, llegará otra, la pila de pendientes nunca disminuía sino que crecía exponencialmente.
            La repetición, lo mecánico, lo extremadamente físico, acababa por entorpecer cualquier pensamiento, cualquier otra opción.
            Mis ojos ardían frente a un monitor que solamente me devolvía información valiosa para alguien más, nunca para mí. Las ganancias siempre eran para alguien más, ya lo había dicho Marx y se habían encargado de refrendarlo cada uno de los jefes de los trabajos que tuve hasta llegar a ese momento. Nadie se tomaba siquiera un segundo para negarlo; no era necesario.
            Refregándome los ojos salí del edificio gris, una mole impersonal de cemento, concreto, hierro y cristal; la luz artificial que me acompañara al llegar por la mañana era la misma que me despedía. Si había salido el sol en algún momento, si había sido de día, si algo había cambiado en el mundo, no podía saberlo; en mi realidad todo continuaba del mismo modo.
—Ni siquiera sé qué es lo que necesito ahora —dije o pensé o algo parecido. Alguien se dio vuelta para mirarme, por lo que debo de haber hablado en voz alta. No tengo ninguna seguridad sobre ello.
            —Pasaje gratis a otro mundo —respondió una voz detrás de mí. Lo cual era bastante difícil de comprender, ya que me encontraba con la espalda apoyada en la pared del edifico que acababa de abandonar respirando un poco de aire menos viciado que el del interior.
            —¿Cómo…? —pregunté a pesar de haber escuchado claramente.
            —Usted preguntó, me limitó a darle una opción —respondió la misma voz.
            Atiné a girarme y encontrar, como resultaba por demás evidente, la pared del edificio. Alguien había dibujado un graffiti sobre el muro gris, un mundo, que bien podría ser Saturno o Júpiter con sus anillos y dos racimos opuestos de lunas. Sencillo, sugerente, idealizado por demás. Unas pocas líneas daban la sensación de movimiento, de distancia, de algo por completo diferente al cubículo que acababa de abandonar y al que, inevitablemente, regresaría por la mañana.
            Sonreí.
            —Pasaje gratis a otro mundo —repitió la voz, una vez más, detrás de mí, donde sabía que no había nadie más que la acera vacía—, sólo extienda la mano y tómelo.
            Giré una vez más solamente para tener la seguridad de que nadie me estaba hablando. Pero el eco de las últimas palabras aún perduraba, de una manera que nunca antes sintiera, en mi cabeza.
            Extendí la mano hacia el dibujo sin tocarlo, como dudando de que algo semejante fuera posible. No. No dudaba, sabía que no era posible. Si llevamos casi medio siglo discutiendo la veracidad de la llegada del hombre a la Luna en una lata de aluminio, cómo no dudar sobre la posibilidad de acceder a otro mundo de una manera tan sencilla.
            —Debo estar muy cansado —dije—, empiezo a creer que escucha voces.
El agotamiento que me acompañaba me llevó a creer que, mientras me alejaba negando con la cabeza, las líneas del dibujo comenzaban a brillar levemente borrándose de la pared. Algo que, a primera hora de la mañana, me encargaría de comprobar.



domingo, 14 de octubre de 2018

Acto reflejo

Miró directamente a sus ojos sabiendo que, aunque quisiera evitarlo, las palabras resbalarían por sus labios. Era eso y, también, porque quería ver cómo se sonrojaba una vez más. 
   —Sabes —comenzó con un tono que intuía sonaría seductor—, siempre he sabido que una bruja embruja, y un embrujo es una frase bien pronunciada —sonrió porque pretendía enredarle con sus palabras, como lo hiciera tantas veces antes. 
   Creyó ver el nacimiento de una sonrisa en la comisura derecha de su boca. Pero no tenía seguridad de ello ya que había evitado mirarle directamente; a pesar de ello, continuó: 
   —Una hechicera hechiza recitando el simple verso de su hechizo. 
   Ahora sí tenía la seguridad, la certeza, de que comenzaba a sonreír. Nada podía hacer que se amilane en ese momento. 
   —Y, como sabrás, una encantadora te encanta con el sencillo canto de su encantamiento —sonrió abiertamente como le enseñaran en las clases de teatro que tomada en la adolescencia, luego de cada parlamento que busca la reacción positiva del público, se debe sonreír mirándolo directamente. 
   Aún le faltaba el cierre, el momento cúlmine de su intento, la invitación a que participe quien hasta ese momento había guardado un silencio cómplice y juguetón. 
   —¿Cuál de las tres prefieres ser hoy? 
   Cuando el último eco de su voz se apagó entre las paredes de la habitación, el silencio fue la única respuesta. 
   El desconcierto le llevó, tal vez como un acto reflejo, tal vez sabiendo exactamente lo que debía hacer, a golpearse la cabeza contra el espejo buscando que quien le miraba desde allí le diera una respuesta. Como resultaba imposible de evitar, el espejo de partió en cientos de fragmentos y astillas que se clavaron, en parte, en su cabeza abriendo, a su paso, el camino hacia otros mundos, otros reflejos, otras realidades. 
   En algunas de esas otras versiones de sí mismo, el reflejo efectivamente sonreía, evitando tanto daño, dolor y sangre. En otros, el mundo entero se hundía en la oscuridad más impenetrable en la que reflejo alguno podría existir. Había otros en los que el reflejo en nada se parecía a lo que se encontraba frente al espejo; espejos de colores que empeoraban, cuando no mejoraban, la realidad; espejos que permitían ver el futuro, el pasado, descubrir lo que nunca sucedería pero jamás, bajo ninguna consideración, contemplar el momento preciso en que nos deteníamos frente a ellos. Espejos para todos los gustos y disgustos. En definitiva, espejos por doquier. Cada astilla, cada fragmento, era una oportunidad que no había sido y que, una vez quebrado el espejo, ya nunca llegaría a ser. 
   Desmayado y desangrándose en el suelo de la habitación, nada de todo esto fue capaz de ver.

sábado, 6 de octubre de 2018

Nogal (Desprotección)


A poco de internarse en el pequeño bosque del otro lado del pueblo, encontró lo que buscaba. El nogal se erguía, orgulloso en su altura y su frondosidad, en medio de otros árboles. Se percató, como decían las ancianas a las que consultara sobre su predicamento, que, debajo de él, nada crecía. La tierra se mantenía húmeda pero sin la menor brizna. Ese detalle había sido cuanta ayuda necesitara para identificar al árbol.
            Giró tres veces sobre sí mismo, giró luego otras tres veces en torno a la sombra del nogal, antes de girar, tres veces más, en torno al tronco del árbol. Solamente entonces pudo cortar las tres ramas que necesitaba. En el pueblo sabían que, por un error que cometiera siendo niño, su vida estaba condenada. La maldición caería sobre él en la noche de su décimo octavo cumpleaños por no haber sabido prosternarse frente a la señora dueña de las tierras de las que el pueblo formaba parte.
            —¡Maldito aquel que, ante mi presencia, no cumple con cada uno de mis deseos! —recuerda las palabras que aún resuenan en sus oídos, así como recuerda el dedo tan recto como extenso y acusador, que apuntaba hacia él, el único que se mantenía de pie en medio de la multitud de prosternados—. La noche de tu decimoctavo aniversario, será tu último acto de rebelión ante mí.
            Su inocencia, su corta edad, no fue tenida en cuenta y la maldad de aquella mujer, de la que se rumoreaban infinidad de noticias, cayó sobre él. De niño nada comprendió, pero sus mayores juraron y perjuraron que estaba condenado a morir en esa fatídica noche.
            Había quienes decían que la señora de esas tierras era una antigua diosa derrotada y desterrada, que conservaba una parte suficiente de sus poderes para gobernar en esos parajes. Otros sostenían que, al paso de los años, siempre se la veía igual, sin envejecer un único día desde su llegada. Nadie podría asegurar haberla visto desmontar de su corcel, ni depositar su cuerpo sobre la tierra; ni siquiera se recordaba haberla visto tocar cosa alguna más allá de las bridas de su caballo.
Había hecho un pacto con el maléfico, si es que ella misma no era el propio mal encarnado.
Cada detalle, cada historia, daban seguridad y certeza al maleficio vertido sobre la cabeza del niño que esa noche, cuando el sol desapareciera en el norte, se haría realidad. Por eso había buscado la única protección posible ante la maldad; al menos es lo que las ancianas repitieran desde el mismo momento en que se pronunció la maldición y sus padres le abandonaran sin más. Una rama de nogal en el alfeizar de la ventana bloqueaba el ingreso de cualquier mal al hogar.
Su casa tenía tres ventanas, así que cortó solamente tres ramas siguiendo los pasos que se le indicaran, y regresó al pueblo sin mirar atrás, sin atender a los susurros del bosque ni a los murmullos del pueblo, sintiendo como se cerraban, no siempre disimuladamente, puertas y ventanas a su paso. La noche se acercaba, la muerte pactada desde hacía tantos años caminaba junto a él; podía sentir su hálito frío junto a la brisa otoñal sobre la piel. No quería morir, como nadie quiere hacerlo.
Solo, ya en la cabaña, se despidió del sol quizá por última vez. Colocó las ramas en cada ventana, y cenó frugalmente pues no estaba completamente seguro de lo que acontecería luego. Un poco más tarde, cuando la luna caminaba por el cielo despejado, se recostó sobre su jergón viejo y raído cubriéndose con una pobre manta esperando a que las ramas del nogal cumplieran la función de protegerlo durante toda la noche. Discurrió hacia los sueños pensando que tal vez debería de haber cortado una rama más para colocar junto a la puerta, pero ya era tarde.
La medianoche quedaba definitivamente atrás cuando despertó. Sabía, porque lo sintió en la piel, en el cuerpo, en el aroma que inundaba la habitación, que ella, la dama, ama y señora de aquellas tierras, se encontraba junto a él.
Más precisamente tendida junto a él, en el mismo jergón sucio y gastado, cubierta únicamente por la áspera manta. Su cuerpo refulgía como una luna llena, pálido, cercano pero también cálido. Sus ojos le miraban como si quiera atravesare el alma y descubrir la profanidad de su ser.
—Te negaste a cumplir mis deseos una vez —susurró subiéndose a horcajadas sobre él, descubriéndole el pecho abriendo sus ropas con el filo de sus uñas—. Te reto a que lo intentes una vez más —dijo sonriendo mientras sus manos continuaban desplazándose hacia su abdomen sin intenciones de detenerse allí.




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