Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 16 de febrero de 2019

La propuesta


El joven mozo se acercó primero al Embajador plenipotenciario de Neoegipt, aproximó la bandeja a la mesa y esperó a que el hombre tomara una de las copas.
—Gracias Jamir —dijo el segundo hombre más poderoso de su país—. Y bien, señor Representante, ¿qué le parece?
Kashizmer, Representante de la Liga Sudafricana de Naciones Libres, se inclinó una vez más sobre el mapa del continente que ocupaba la totalidad de la mesa. El sello real de Neoegipt iluminaba las cuatro esquinas del rectángulo de papel entelado.
—Debo decir que cuando me encomendaron responder a su invitación tan, digamos, informal, Señor Embajador, no me esperaba algo tan serio. Algo como esto seguramente demande semanas, si no meses, de discusiones. Por otro lado, debo decirle que la tajada que ha elegido es la más grande. No puede dividirse el continente por la mitad con una línea arbitraria y dejarnos la más pequeña; en el norte hay más tierra que en el sur, como bien sabe.
—Más arena querrá decir —intervino el Embajador—. Solamente el 30% de nuestro territorio es habitable, la cuenca del Nilo, la franja de tierra que moja el Mediterráneo, la que es bañada por el Atlántico y poco más. El resto es desierto o selva. Por otro lado, contemple esto.
La mano del Embajador señaló la isla de Madagascar.
—La mina de diamantes más grande del mundo…
—Parcialmente agotada —acotó el Representante.
—Que aún guarda un importante remanente, ambos lo sabemos. Y quedaría en manos de la Liga. Sin contar con el coltan que obtendrán de aquí —dijo el embajador señalando el interior del continente.
—¿Qué pasará con las zonas aún no controlan efectivamente?
—Ese detalle nos incumbe sólo a nosotros. De igual modo que ha de ser secreto de Estado lo que ustedes harán con las tribus disidentes en este del río —respondió el Embajador tocando el mapa para señar a qué río se refería y lo bien que conocía la situación interna atravesada por la Liga.
El sudafricano pasó la mano por el mapa para quitar la arena arrastrada por el viento y acompañada por el calor, entraba constantemente en la tienda.
—¿Seguro que no pueden encontrarnos? —preguntó.
—La tela que nos cubre es del  color del entorno, y no es natural, es sintética; un polímero que no puede ser detectado por los satélites de vigilancia. Se comparta como si fuera arena para quien esté mire. Nadie del exterior sabe lo que hacemos aquí.
—Es algo muy arriesgado lo que propone. Nunca antes en la historia de África, no… del mundo, se ha intentado nada similar.
—Son tiempos arriesgados Kashizmer. Piénselo. Australia ya no existe. Los interminables campos de soja de la China arden por las bombas. El Missisipi nos muestra su lecho en época de crecidas. Todo esto lo han provocado ellos —el Embajador señaló el techo de la tienda—. Ahora combaten por Siberia creyendo que el vencedor obtendrá los restos de sus pozos petroleros. Su atención no caerá sobre nosotros hasta que estemos muy avanzados en el proceso.
—¿Por qué cree que serán tan fácil? Explíquemelo otra vez.
—Primero debemos acordar seguir un plan común ambos países para…
—Somos una Liga de Naciones Libres, no somos la URSS —interrumpió el Representante de la Liga.
—Por ahora. Nosotros también lo fuimos, al principio. Pero Neoegipt nació cuando las fronteras del viejo Egipto, Sudán, Marruecos, y el resto de los países de los que ya ni siquiera recordamos sus nombres, dejaron de tener importancia. Cuando, como una unidad, pudimos controlar el avance del Sahara; y ahora nos planteamos obligarlo a retroceder —dijo el Embajador con un discurso muy bien estudiado—. Ustedes pueden hacer lo mismo, para que donde antes hubo muchas en el futuro haya solo dos naciones, las nuestras. Y, en un futuro aún más futuro, sólo una nación africana social, política y militarmente unida, económicamente autosuficiente, y con la capacidad de mostrarle al mundo nuestro ejemplo. Un continente unido por su propia gente, no por un colonizador extranjero.
—Imponer su ejemplo, querrá decir.
—Suponemos que ello no será necesario, y que, cuando salgamos nuevamente al mundo, aún pueda hacerse algo por él —dijo el embajador.
—Somos parte del mundo, si ellos lo destruyen nos destruirán a nosotros también.
—Olvida Señor Kashizmer —dijo el Embajador reclinándose en su incómoda silla— que el mundo ha estado en peligro de destrucción varias veces, y hemos sobrevivido. ¿Sabe por qué?
—Dígame, ya que al parecer lo sabe todo y le resulto tan ignorante —respondió el Representante de la Liga agotado por el calor y la dificultad que el mismo le generaba para respirar libremente antes que ofendido por las palabras de su interlocutor.
—Porque aun el más fuerte teme morir. Aniquilar la vida en la Tierra implica eliminar tanto al vencedor como al vencido. Y eso, mi amigo, a nadie le conviene.
Kashizmer secó el sudor de su frente con un pañuelo. El desierto le desagradaba cada vez más.
—Será una masacre —dijo—, téngalo por seguro.
—Es cierto. Pero es la única forma de que, de una vez, los africanos recuperemos nuestra tierra, nuestra libertad —dijo el embajador cerrando el puño sobre el mapa en señal de unidad, de fuerza, de poder.
En ese mismo instante, como si hubiera estado esperando aquel gesto tan casual, la tiendo entera desapareció tragada por el sol, el calor, la arena y la explosión de un solitario misil. Ni siquiera el menor rastro quedó de los embajadores, el mapa intervenido por le servicio secreto neoegiptiano ni de la tela de la tienda que debería haberse comportado como parte del entorno para cualquiera que la mirara.


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En el número 36 de la revistadigital El Narratorio encontrarán publicado el relato “La chica del helado”, ya conocido por los lectores de Proyecto Azúcar, pero en otro formato.
Les recomiendo que visiten la página de la revista.

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sábado, 9 de febrero de 2019

Abedul (desde las tierras calientes)


Al despertar lo encontramos entre nosotros.
Sin explicaciones ni presentaciones, como si fuera uno más de nosotros cuando, claramente, no lo era.
Nos indicó con gestos y mímicas de trabajos cuanto debíamos hacer para purificar nuestras tierras, nuestros cuerpos, nuestras mentes y reparar el daño de milenios de depravación, como él mismo decía estar haciendo.
Como no se trataba del primero en llegar a nosotros con un mensaje similar, no creímos en ninguno de aquellos gestos. Su lengua, cortada de raíz, y la irregular cicatriz que rodeaba su cuello, eran señales inequívocas de que se trataba de uno de los tantos falsos profetas que rondaban la región.
Lo más extraño de todo era que había llegado desde las tierras calientes, donde estábamos seguros que no quedaba nada más que devastación y muerte. La tradición decía que allí había comenzado el final de lo que fuera antes, y que nosotros, allí, en aquel poblado, éramos los que más cerca nos encontrábamos. Eso explicaba que tantos fabuladores llegaran ofreciéndonos sus prodigios y quimeras, cada una de ellas más falsas que la anterior.
Nos burlamos de su piel resquebrajada, de sus ojos cansados que parecían haber visto infinitos amaneceres, de sus manos curtidas por cada uno de los trabajaos conocidos, de su cuerpo enflaquecido y de su morral remendado tantas veces que imposible saber cuál era su color o su forma primitiva. Y, cuando nos cansamos de reírnos, lo echamos de nuestras tierras a pedradas, como corresponde, según la tradición claro.
Huyó, otra vez, hacia las tierras calientes. Sin dudas por el mismo camino por el cual había llegado y, tan pronto como lo vimos perderse en aquella tierra yerma y hostil, nos olvidamos de él.
Continuamos con nuestras vidas sin preocuparnos, como lo habíamos hecho en los años previos, aprovechando el poco tiempo que teníamos dado lo rápido que envejecíamos viviendo allí, tan cerca de aquel lugar que solamente significaba decadencia y final para los pueblos anteriores a nosotros.
Notamos los primeros cambios varios años después. En algunas tardes, cuando el resplandor del sol no golpeaba de manera directa podían adivinarse manchas color verde entre la tierra que sabíamos árida y abandonada. Por otro lado, los pocos nacimientos que se producían en el poblado comenzaron a multiplicarse y, la mayor de las sorpresas, aquellas criaturas nacían tal y como se esperaba que lo hicieran, sin complicaciones para ellas ni para sus madres. Los partos se volvían, poco a poco, normales; pudimos dejar de celebrarlos como un triunfo sobre la muerte cuando alguno de los dos sobrevivía, para celebrarlos como el triunfo de la nueva vida.
Durante la primavera anterior una suave brisa, inesperada en casi todos los sentidos, inundó el poblado con aromas desconocidos, con el trino de aves que ignorábamos y el rumor del agua ausente hasta ese momento. Resultaba más extraño el que la brisa llegara en la dirección de las tierras calientes y que, sin embargo, no resultara similar a nada de que solía llegarnos desde allí.
Intrigados, como no podía ser de otro modo, pero aún así presos de un temor reverencial, unos pocos de nosotros nos internamos en la tierra baldía escondidos bajo capas de ropa que, por generaciones, se confió en que nos protegerían de lo que continuaba produciendo muerte en aquel lugar.
Caminamos durante días porque, si bien éramos el poblado más cercano, no era cierto que nos encontráramos tan cerca de las tierras realmente calientes; de haber sido así no hubiéramos sobrevivido ni tan siquiera un día. El menor indicio de nada diferentes a la desolación y al abandono, como ya sabíamos, facilitaba nuestro camino. Aun así, continuamos pues necesitábamos saber qué era lo que estaba sucediendo para huir si era necesario, o para continuar, de ser posible.
Encontramos un sendero luego de las primeras estribaciones formadas por la escoria de lo que fuera que allí hubiera sucedido. Árboles desconocidos, esbeltos algunos, desgarbados otros, de un verde pálido que oscurecía a medida que avanzábamos, nos dieron la bienvenida. Suponíamos que su follaje eran las manchas que se veían en el poblado, pero nadie quería mencionarlo por temor a que las palabras pudieran destruir lo que nuestros ojos nos mostraban y nuestro entendimiento era incapaz de aceptar.
            Nos internamos en aquel inesperado e inexplorado bosquecillo sin saber si debíamos temer la presencia de animales silvestres, cuando no salvajes, o de algo más grande que las aves que nos recibían con sus cantos y sus vuelos de rama en rama. Aves que, sin darnos cuenta nos guiaron hasta la tierra yerma del otro lado de los árboles. En medio de tanta aridez y desolación, en algunos pequeños lugares la tierra se encontraba removida, trabajada, preparada, en pequeños hoyos.
            Junto a uno de ellos, con un trozo de hierro herrumbrado que no representaba ayuda alguna contra la dura y aplastada tierra, volvimos a verlo.
            Enflaquecido al punto de que cada uno de sus huesos se marcaba sobre su piel más resquebrajada que la última vez que le viéramos. Podría haber sido cualquier otro pero la irregular cicatriz de su cuello no nos permitía equivocarnos. Era él que, despreciado por nosotros, continúo adelante sin importarle la soledad y el desánimo. Simplemente continúo. Sus manos, curtidas por otros miles de trabajos realizados, eran la señal más clara de ello.
            —¿Qué es eso? —preguntó uno de nosotros señalando hacia los árboles.
            Su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo, ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieran desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg. 
            —Abedul —fue todo lo que dijo y su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo e ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieron desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg y más allá.
            Aquel atardecer supimos que, las tierras calientes finalmente comenzarían a enfriarse.


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El relato breve Desprotección fue publicado en la Revista Digital Íkaro de Costa Rica. Pueden leerlo aquí

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domingo, 3 de febrero de 2019

Por el mañana


El día en que hicimos contacto pasó rápidamente a la historia. Al igual que otras fechas de importancia, como el 25 de agosto del 2012 ó el 5 de septiembre de 1977. Desacostumbrados al pensamiento histórico, al devenir de la sociedad y debido al crecimiento de la interrelación con la tecnología de pantalla sin contacto humano, el siglo XXI llegó lentamente a su fin. Los parámetros económicos aun mostraban la cercanía con la debacle definitiva; el sistema político seguía siendo controlado por unos pocos que fingían gobernar en nombre de otros muchos; la cultura se encontraba cuasi finiquitada y los museos se habían convertido, junto con las bibliotecas, los archivos y cualquier rémora anterior al advenimiento de los chips subcutáneos de transferencia de datos en tiempo real, en meros receptáculos de polvo o en el destino de funcionarios políticos de segunda línea (cuando no de tercera), sin formación alguna. 
      Quien conozca la conformación de los estados nacionales, previos a los estados continentales, sabrá que durante el siglo XX sucedía exactamente lo mismo. 
       Cuando la sonda de espacio profundo Voyager 1 atravesó finalmente la heliopausa la humanidad en su conjunto se desentendió de ella. La falta de presupuesto, además de un verdadero interés en lo que pudiera encontrarse, llevó a que nadie analizara en tiempo real la recepción de las señales de esta sonda, ni las de su compañera, la Voyager 2; la única persona encargada de esta tarea llevaba varios años de atraso en dicha labor.
      En algún momento de la década de 2070 las señalas de la Voyager comenzaron a llegar acompañadas por otra serie de señales que provenían en la misma dirección desde algún lugar de la galaxia. Eran saludos y comentarios que respondían a los contenidos de los discos de oro incluido en las sondas y, también, una invitación a llevar adelante algo que carecía de traducción exacta en cualquier lenguaje humano. Una invitación a un torneo, a una competencia, pero que también podría entenderse como un enfrentamiento, un reto, una pugna en torno a la supervivencia de la humanidad, en el caso de que esta perdiera, o de los extraterrestres que se enfrentarían a nosotros. Pero los lingüistas no se ponían de acuerdo en el sentido exacto de la invitación; tampoco los sociólogos, pero como nadie se había molestado en preguntarles, sus debates bizantinos pasaron sin impacto alguno en la sociedad.
            Treinta años después de que comenzaran a llegar los primeros mensajes, cuando se descifraron los mismos, comenzó la completa militarización de la sociedad. Se cerraron las pocas universidades que permanecían funcionando (en algunos casos sin que nadie comprendiera cómo lo hacían), se dejaron de lado los planes sociales de mejoramiento de las viviendas, la salud, el arte y el trabajo, y el presupuesto mundial se derivó a la producción de alimentos racionalizados según la estrategia de guerra permanente, y la construcción de armas que pudieran ser lanzadas al espacio.
            A mediados del siglo siguiente, dos generaciones completas habían nacido y sido criadas, en el contexto de una guerra inminente que se dilataba más y más junto con las discusiones de los diferentes lingüistas que aún perduraban en su intento por descifrar los mensajes. Eran ellos los únicos científicos, junto con los matemáticos necesarios para el desarrollo de los proyectiles balísticos interplanetarios, que continuaban recibiendo subvenciones estatales para sus investigaciones. Fue cuando las primeras naves surgieron en el límite de la heliósfera, lo que permitió que las comunicaciones fueran más fluidas, pero no por eso menos equívocas.
            Ellos no hablaban nuestro idioma, nosotros no hablábamos el suyo; incluso la base del lenguaje de sus computadoras era diferente al nuestro, ya que no se basaba en el lenguaje binario sino en el trinario. Ellos hacían señas, nosotros entendíamos sonidos. Y, también, viceversa.
            Continuaron acercándose a una velocidad que se acercaba a la máxima lograda por cualquier objeto construido por el hombre asegurando que se desplazaban a una velocidad tan baja para no causar alteraciones en el campo magnético de los planetas y de nuestra estrella. Dimos a entender que comprendíamos sus razones, pero nadie supo jamás de qué hablaban.
            Tomaron posesión de Marte con sus naves nodrizas. Allí pudimos verlos por primera vez; eran pequeños seres verdes y de aspecto humanoide, pero no por eso respondían al estereotipo de los alienígenas invasores. Al menos no en un primer momento. Nos sorprendió que confirmaran la construcción estética que se hiciera en los documentos audiovisuales de la segunda mitad del siglo XX sobre este tipo de seres. Pero hubo poco tiempo para nuevas discusiones.
            Desde Marte continuaron viaje hasta la Luna en naves más pequeñas y veloces, similares a un avión monoplaza, en las que varios de esos seres entraban cómodamente. Aguardaron allí varios días sin hacer otra cosa más que esperar una respuesta a su desafío por parte de la humanidad.      Desafío cuyas reglas ni siquiera habían sido consideradas ya que desde un primer momento se asoció la idea de desafío a la guerra.
            Al ver que nadie respondía volvieron a lanzar su desafío a la humanidad entera. No utilizaron una única línea de comunicación, sino que ante el primitivismo de los sistemas de encriptación de datos humanos; cada persona tuvo acceso directo a lo que pretendían los extraterrestres en su dispositivo más cercano. Algo que, a decir verdad, y luego de tantos años de preparación, resultaba, como mínimo, un anticlímax.
            No buscaban una guerra, no querían una batalla, no les interesaba un combate, no pretendían un enfrentamiento entre las especies. Ni ninguna otra cosa similar para evitar continuar acumulando sinónimos.
            Lo que querían era algo un poco diferente. Algo que se podría haber comprendido con mayor facilidad de haberse recordado el contenido de los discos dorados de las Voyager.
Los visitantes no medían la inteligencia de los pueblos con los que entraban en contacto por su capacidad beligerante, sino por sus creaciones artísticas, intelectuales e intelectualmente artísticas, cuando no artísticamente intelectuales. No les interesaba la capacidad de destrucción de una especie determinada, porque fácilmente podían superarla, sino su capacidad creadora, la cual entendían determinaba el valor real de una especie. Así como su capacidad de supervivencia.
            Le permitían continuar adelante a aquella especie que demostrara poseer aun la más mínima capacidad artística, más allá de sus capacidades científicas para la construcción de una sonda de espacio profundo, la capacidad de crear utilizando su inteligencia. En cambio, para aquellas especies que lograban escapar del encierro de su propio planeta dedicándose meramente a la búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, la extracción sin más de recursos, o el simple impulso de la guerra, eran borradas, de manera inmediata, de cualquier plano de la existencia. ¿Quién los había dejado a cargo de la creación?
            Contaban con las herramientas necesarias para cumplir con su palabra; cierto que no las mostraban, pero tampoco resultaba necesario. Se las intuía en la forma en la que se manejaban tan libremente frente a la intranquilidad del humano seleccionado aleatoriamente como único representante de la humanidad para llevar adelante el desafío, en la Luna, y transmitido tanto a la Tierra como al mundo de origen de los recién llegados. Aquel soldado humano, entrenado desde su nacimiento para la guerra, la muerte y la destrucción, temblaba cada vez que apoyaba, sin la menor destreza alguna para manipular algo tan diferente a un arma, el pincel sobre el lienzo que los extraterrestres habían elegido como campo de batalla.


sábado, 26 de enero de 2019

Caminata


Realizaba cada día la misma caminata por el exterior de la vieja y destartalada mansión. Siempre salía a la misma hora, solamente podría retrasarle la lluvia o alguna dolencia pasajera. Pero, a pesar de la lluvia o el dolor, o del dolor y la lluvia, daba el mismo paseo por el mismo sendero de guijarros que rodeaba la construcción.
Decir que recordaba por qué lo hacía sería una mentira. Desde su infancia, tras las muertes de sus padres, obligado a vivir en esa anticuada construcción, acompañaba a su abuelo a realizar ese mismo paseo cada mañana. Nunca necesitó conocer el por qué de aquello, lo sentía como una obligación antes que cualquier otra cosa y, por ello mismo, continuaba con las caminatas matutinas. Era una de las tantas tareas que cumplir en aquella casona antes de comenzar el día; un deber al que resultaba imposible negarse y del cual no sabía cómo desentenderse. Tampoco era capaz de olvidarse de aquel paseo que le servía, entre muchas otras cosas, para percatarse del paso del tiempo sobre todo cuanto rodeaba el sendero.
            Tan extrañas caminatas podrían llamar la atención de los visitantes de aquel páramo, si alguien lo visitara; semejantes caminatas resultan por completo innecesarias, ninguna señal explica el por qué de esos paseos circulares a través de ruinas tan vetustas como la propia mansión, sino más, de una figura solitaria a la que sólo su sombra acompaña. Y eso únicamente los días en que el sol lograba imponerse entre las nubes.
El círculo encierra un espacio en su interior. El círculo es una prisión mejor que cualquier otra construida por el hombre, una que no necesita muros, rejas ni vigía alguno. Una prisión que ningún ojo puede ver y en la que todos pueden entrar y salir a su gusto. La única excepción es aquel para quien la prisión fue construida.
Alguien al que nadie conoce, al que contadas veces se lo ha visto hacer otra cosa que no sea caminar en círculos. Alguien que carece de recuerdos sobre el por qué de sus acciones.
Quizá pretendió ser el relato acerca de un pobre y desquiciado espíritu que sale a caminar en círculos todas las mañanas, para conservar alguna migaja de su pasado; luego devino en otra cosa. Tal vez nunca haya sido un relato en sí mismo, ni tampoco haya pasado el tiempo, y hoy, como mañana, como ayer, se despertará, se calzará las viejas sandalias de cuero pardo y saldrá a dar su vuelta, confiando en que siempre existen motivos para lo que hace y tal vez algún día acabe por comprenderlos.
Lo duda, claro que lo duda. Prefiere que todo carezca de una explicación, racional o mística, hasta llegar al final de su historia.

viernes, 18 de enero de 2019

Algarrobo (Tan negra tu sangre como la mía)


—Del algarrobo pueden obtenerse muchas cosas —explicó el anciano hablando en voz alta aunque estaba sólo en medio del campo—, de seguro ya lo sabes —agregó acariciando la corteza del árbol.
            Sentía el agotamiento en cada fibra de su cuerpo luego de la extenuante caminata hasta el secreto paraje en el que el se escondía el algarrobo, el último que continuaba dando frutos, según tenía entendido,. Ignoraba si era verdad que en todo el mundo no quedaban otros árboles como el suyo, tampoco le interesaba. Lo importante era que él, y solamente él, sabía dónde encontrarlo.
            —Me lo has enseñado todo, cuando aún había otros como tú, ¿recuerdas? — dijo masticando una algarroba ya que a pesar del extraño sabor estaba acostumbrado a que aquello formara parte de la rutina, del ritual improvisado por el cual pedía permiso al árbol para lo que haría a continuación.
            Dejó el bastón con el que se ayudaba a caminar a un lado y acomodó los recipientes que llevaba colgados en la espalda sobre las rocas que sabía que encontraría porque allí habían quedado desde las veces anteriores en que hicieran lo mismo. Luego de pedirle disculpas en silencio, enterró una larga cuña de hierro en el mismo hueco en que siempre lo hacía, en la parte baja del tronco. Se detuvo, como ya sabía que debía hacerlo, antes de llegar al centro, al corazón del algarrobo, y la retiró suavemente, conduciendo la sangre de aquel árbol, la resina negra y espesa, hacia el recipiente.
            —Sé que es doloroso —continuó hablando en voz alta—, pero también necesario. Si otros vinieran no serían tan suaves, ni se contentarían tan sólo con un poco. Al contrario, y lo sabes, acabarían con lo poco que queda…
            Tosió, sin poder evitarlo, durante varios largos minutos sosteniéndose del tronco del algarrobo mientras la resina continuaba fluyendo llenado uno de los recipientes. Se recostó contra el árbol luego de escupir hacia un costado una mezcla de mucosidad, sangre y medicamentos rancios y oscura como la misma resina.
            —Je, je, je —rió viendo aquello—. ¿Te das cuenta viejo amigo? Después de tanto tiempo, mi sangre se ha vuelto tan negra como la tuya…
            Cambió el recipiente casi lleno por uno vacío mientras la resina fluía con menos intensidad. Comprobó la consistencia de la misma y notó que todo continuaba igual que en las veces anteriores; al comienzo siempre salía con fuerza y en cantidad, para ir perdiendo ese ímpetu poco a poco. El primer recipiente se llenaba rápidamente, el segundo demoraba un par de horas.
            —Nada ha cambiado, sólo estamos un poco más viejos, eso es todo…
            Se acomodó lo mejor que podía lograr contra el tronco, bajo la sombra del frondoso algarrobo, sin alejarse del recipiente para atender a lo que pudiera suceder. El cansancio de la caminata comenzaba a dejarse notar, eso sin pensar en que debería regresar cargando el peso extra.
            —Solo… solo… descansaré los ojos —dijo bostezando.
A medida que el viejo respiraba cada vez más lentamente, con pausas cada vez más extensas entre una inspiración y la siguiente, la resina comenzó a fluir cada vez con menor intensidad, como si finalmente se estuviera acabando sin más.




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En el Número 35 de El Narratorio, pueden encontrar el cuento: Antes que llegue la primavera. Publicado hace unos meses en este mismo espacio.

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