Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 15 de octubre de 2017

Error # 21 (Concentración)

La pared de la oficina estaba pintada de rojo. Sí, rojo.
            Fue lo primero que notó al ingresar. Luego se percató de que la pintura no era del todo perfecta, no por las posibles imperfecciones de las pinceladas, sino porque habían pintado directamente sobre los restos de colores anteriores y, por eso mismo, en algunos sectores el rojo parecía más desvaído y en otros había comenzado a levantarse y descascararse. Eso para no mencionar aquellos rincones en donde el pincel, o el rodillo, ni siquiera se había dignado a acercar.
            Los detalles eran insignificantes, al menos en ese primer momento. Pero era incapaz de desprender su mirada de ellos, de lo que se encontraba más allá, de lo que significaban.
            Su mente funcionaba en otro nivel. Sabía que debería de estar escuchando lo que se de decía en aquella reunión, que todo cuanto ocurriera a partir de allí definiría su continuidad laboral, su salario, su estilo de vida. Y, si es que era posible, alguna que otra cosa más.
            Era sólo que sus ojos no querían separarse de la pared mal pintada de rojo. Sus oídos le reclamaban, su cerebro gritaba. Pero su atención se concentraba solamente en la pared.
            Esa pared. Esa pintura. Ese rojo.
            Maldito rojo. ¿Por qué rojo? ¿Quién demonios pinta la pared de una oficina de ese color? ¿Cuál era el motivo? ¿Cuál el sentido? ¿Sobrante de pintura de algún otro sitio?
            Había algo allí que se le escapaba; lo notaba, pero se encontraba más allá del centro de su atención.
            Todo parecía adrede. Escuchaba un diálogo en el que él mismo formaba parte, escuchaba sus propias respuestas como si alguien más las estuviera pronunciando, como si fuera un espectador de sí mismo. Era su voz, sí. Sonaba como algo que él mismo diría, sin dudas. Pero sentía, sabía, que no estaba hablando sino que se encontraba mirando la pared, el rojo imperfecto que dibujaba falsos patrones detrás de los otros, de quienes también hablaban y esperaban sus respuestas.
            Ni siquiera recordaba por qué estaba allí, tenía una vaga idea, pero la maldita pared pintada de rojo había borrado cualquier otro pensamiento…
            —Entonces tenemos un acuerdo —escuchó decir a uno de los entrevistadores.
            Se obligó a separar su atención de la pared mal pintada y mirar, realmente, a los dos hombres que se encontraban escritorio de por medio.
            —Eh… Sí, claro —respondió intentando sonar convencido y como alguien que sabe de lo que se le está hablando.
            —Es sólo cuestión de tener en claro los detalles aquí conversados para que el proyecto salga tal como lo esperamos —dijo el otro entrevistador—, eso es lo más importante. Intentemos que no haya sorpresas ni variación alguna.
            —Por supuesto —respondió poniéndose de pie al igual que los otros.
            Lo acompañaron hasta la puerta, uno de ellos incluso le palmeó el hombro sonriendo con suficiencia, mientras intentaba recordar qué era lo que acababa de acordar con ellos.
            Antes de salir volvió a mirar atrás para saludar nuevamente, pero sus ojos volvieron a traicionarlo mirando, una vez más, hacia la pared mal pintada de rojo. ¿Quién elije ese color para una oficina?

La pared en cuestión:

sábado, 7 de octubre de 2017

Imprevistos científicos

Resulta factible rastrear, en la historia de la literatura, y en la historia de la historia, diferentes vertientes filosóficas, dramáticas, cómicas y ensayísticas que han hablado sobre la posibilidad de la materialización de los sueños. A lo largo de la existencia del hombre como hombre, es decir, como homo sapiens-sapiens, se trata de una de las tantas ideas que se repiten a sí misma. Podemos culpar a los griegos, por las dudas y porque siempre se encuentran al inicio del pensamiento occidental, aún cuando hayan tomado todo de oriente. También podríamos culpar a los romanos, por haberse copiado de los griegos. Otra opción es culpar al romanticismo, en referencia al movimiento político y filosófico del siglo XIX y no al otro sentido de la palabra. El cientificismo, el positivismo, las redes antisociales, los signos del horóscopo crepuscular, o a quien se nos ocurra, también pueden ser señalados como posibles culpables. Pero lo cierto es que la culpa no era más que nuestra.
            Anhelábamos saber lo que se sentiría descubrir que nuestros sueños se cumplían de la noche a la mañana. Así, de manera literal; despertar, por ejemplo, mañana lunes, y ver que lo soñado el domingo era parte de la realidad. La ciencia, después de todo, había progresado tanto que en algunos aspectos resultaba bastante similar a la magia, como bien lo predijera Arthur Clarke.
            Estábamos avisados, aquellos que supiéramos entender la jerga específica de las publicaciones científicas digitales a las que solo accedían un puñado de universidades en el mundo, de que estaba pergeñándose algo semejante. En algún laboratorio universitario de uno de esos países que tienen la suerte de poseer aún financiamiento para sus experimentos, habían logrado descifrar y dar materialidad a las Ondas Deltas (las ondas que emiten nuestros cerebros mientras dormimos). A partir de la conjunción de energías electromagnéticas acumuladas en servo-conductores desperdigados en torno los durmientes, transformaba dicha potencial energía en materia real.
            En un primer momento se había experimentado con plantas, sin obtener resultados aparentes. En un segundo momento del experimento se había procedido de igual manera con mamíferos pequeños, roedores de diferentes tamaños, simios, mamíferos de tamaño medio, indigentes de las grandes ciudades y estrellas del espectáculo en decadencia. En la mayoría de los casos se había obtenido la materialización inmediata de diferentes tipos de alimentos y objetos necesarios para resolver situaciones de tipo problemáticas que atravesaban los soñadores en pleno estado onírico; al menos era lo que había ocurrido en los casos de mamíferos superiores (al metro y medio de altura).
            El problema se presentó cuando personas de inteligencia medida por la acumulación de títulos universitarios aceptaron finalmente someterse al experimento. Dormirían pues, la mayor parte de una noche, rodeados por servo-conductores que acumularían la energía emitida por sus ondas deltas mientras se encontraban bajo la supervisión de un equipo de científicos que analizarían sus funciones cerebrales, movimientos inconcientes, efluvios corporales y cuestiones similares que mejor no mencionar.
El nivel de inteligencia, estaba por demás claro, elevaría el nivel de los resultados del experimento; pues un cerebro altamente entrenado para el trabajo científico y la abstracción, no caería en la simpleza de proyectar alimentos o herramientas básicas. La ecuación era sencilla, a mayor inteligencia, mejores resultados.
            La materialización de maquinarias, sustancias y elementos químicos desarrollados en el sueño adelantaría, a una velocidad inigualable, el progreso indefinido de la ciencia. Al menos, eso es lo que creían todos y cada uno de los técnicos, publicistas, desarrolladores, inversores, decanos universitarios y científicos asociados al proyecto. Más allá de creerlo esperaban que sucediera de este modo y devolver el favor general de la sociedad a la ciencia, tan vapuleada luego de su atroz incapacidad para darnos automóviles voladores en el año 2000 (y en la actualidad también).
            Por cierto, en el caso de que lo dudaran, el experimento salió bien. Demasiado bien. Lograron materializar los sueños de uno de aquellos académicos voluntarios.
            Pero habían olvidado el pequeño detalle. El detalle de que, después de todos esos años de estudios, los científicos eran, a pesar de lo que ellos mismos pretendían ser, humanos y, de vez en cuando, y motivados por una infinidad de factores aleatorios, los humanos podemos tener sueños tan anodinos y aburridos como las mas pesadillas más brutales.
            Nunca nadie se había imaginado cómo serían las pesadillas de un doctor en física cuántica. Es sólo que ayer, ahora, mañana, ya era, de por sí, tempranamente tarde para evitar que no suceda lo que sucedería de todos modos en la mañana de su próximo despertar.

domingo, 1 de octubre de 2017

Anhelo de perfección

Comenzamos algo que no podremos finalizar; algo que otros continuarán cuando ya no estemos; y aún otros vendrán después de ellos para continuar. Tal vez desconocerán los por qué, pero nunca dudarán del para qué. El problema, quizá, sea que ninguno de nosotros, ni de los nuestros, podrá ponerle fin a lo que iniciamos, por lo que nos rodea permanentemente una sensación cercana a la insatisfacción.
Enfrentamos un camino que continuará hasta que todo vuelva a ser del mismo modo en que todo fue al comienzo. Un comienzo que ignoramos, que desconocemos pero anhelamos; un comienzo con el soñamos, que imaginamos a partir de las sagas de antiguos héroes que no se parecen a nosotros, pero nosotros ansiamos ser como ellos.
Dudamos de que exista la posibilidad de retornar a ese comienzo, a ese inicio ideal del cosmos, a ese estado de perfección del que nunca tuvimos noción hasta que inventamos ese término, esa idea, esa posibilidad, sin embargo, lo intentamos. Tal vez sea aburrimiento, tal vez alguna otra razón; ese punto, pero sólo ese punto, preferimos evitar cuestionarlo.
            Intuimos que, como ninguno de aquellos que finalmente logren alcanzar ese estado de paz, armonía, libertad, igualdad y fraternidad (luego de que también hayamos inventado los significados para esas palabras) recordará qué era lo que buscábamos cuando iniciamos nuestro tao, serán incapaces de reconocerlo. Llegaremos, porque siempre hemos cumplido aquello que nos proponemos, pero imposible saber si, una vez que nos encontremos allí, no anhelemos continuar buscando algo más.
            Continuar tan sólo porque sí…

domingo, 17 de septiembre de 2017

Explorador de cristal

Debería sentirse un privilegiado ya que sus ojos veían maravillas que nadie más que él conocería ni serían, tampoco, capaces de comprender, ni disfrutar. Pero, como sucede en todos los casos, aun cuando poseía cuanto deseaba, no era feliz. Ni se acercaba su situación a un sentimiento similar.
            Quien solamente conociera su presente no comprendería el porqué de tanta tristeza, de tanta desazón, de tanta falta de serotonina cuando no se encontraba inmerso en la más absoluta apatía rodeado por pantallas múltiples y las conexiones neuronales a los satélites de exploración que él mismo había financiado. Apoltronado en un sillón ergonométrico, dos lágrimas perpetuas parecían empañar la visión de sus ojos cansados y aturdidos por tantos paisajes, por tantos colores, por tantas bestias que los drones de reconocimiento le mostraban en cualquier ángulo que pudiera imaginar.
            Cualquier ignorante de su vida lo consideraría un desconsiderado con la suerte. Un quisquilloso que siempre pretende más de lo que recibe.
            Nadie conocía su secreto, nadie sabía de sus atropelladas lecturas de Salgari, Stevenson, Verne, Rider Haggard, Rice Burroughs, Holmberg, Oesterheld, Howard, Borges o Tolkien. Nadie conocía su fascinación por ser pirata, aventurero, descubrir de continentes perdidos, de civilizaciones olvidas, de viajar a otro planeta, de atravesar los límites de la realidad o encontrar un político honesto, la Atlántida, Lemuria, Mu, la Tierra Media, el Dorado o el sentido común de la humanidad, lo que fuera. Pero nada de eso le era posible. Nada, en lo absoluto.
Ni siquiera podía levantarse del cómodo sillón, no porque se hubiera adaptado tanto a su fisonomía que cualquier otra cosa le resultaría incómoda, sino porque, como habrán adivinado a partir del título del texto, sus huesos eran de cristal.
            Claro que no literalmente, nadie tiene huesos de cristal; ni siquiera en los campos de incubación han llegado a tanto en sus experimentos génicos.
            El dolor más grande causado por su condición fue descubrir la existencia de la misma. Ese día, para el que se había preparado durante años, acopiando los conocimientos requeridos para perderse en la jungla, para sobrevivir sin GPS, para saber que el wifi no nace de los árboles como lo indica el sentido común, con su mochila cargada de vituallas, ropa interior de recambio y sueños, salió de su cubículo habitacional silbando la clásica melodía del himno del campeonato mundial de fútbol de Italia ’90, todo cambió.
            Fue incapaz de llegar muy lejos desde su portal. A los pocos pasos, al comenzar a descender el primero de los 53 tramos de escaleras, trastabilló y cayó, de frente, a lo largo de la totalidad de la escalinata. Al llegar, finalmente, al último escalón, apenas sí podía respirar y la suerte había querido de ninguna de sus costillas rotas le perforara los pulmones; el resto de sus huesos estaban, cuando menos, triturados.
            Cinco años le llevó la recuperación ósea, otros tres para que su cuerpo recuperara la postura erguida y aún dos años más para caminar de manera más o menos aceptable y que sus piernas y brazos tuvieran la fuerza suficiente para cargar la mochila, previo cambio de los alimentos enlatados vencidos, sobre su espalda.
            En esa segunda oportunidad no fue la escalera quien limitó su aventura, ya que había logrado, un año antes, cuando su recuperación se encontraba completa en su casi totalidad, que colocaran un ascensor en el centro del módulo habitacional. Por lo que logró salir a la calle, casi que por primera vez, para encontrarse con que, en medio de tránsito, los semáforos tan sólo le otorgaban treinta segundos de tiempo para cruzar las anchas avenidas y que cada uno debía protegerse de los automóviles autónomos, ya que carecían de empatía para reconocer que ese bulto que se agitaba delante de ellos era, probablemente, un ser humano.
            Por suerte, porque de alguna forma hay que decirlo, en esta oportunidad, la recuperación a semejante accidente, tan sólo le llevó seis años.
            Años en los que, desde su postración en la cama, y accediendo a las imágenes satelitales descartadas por las agencias de seguridad internacionales, las empresa de explotación petrolera y las constructora de carreteras, a las que podía acceder en la red, encontró, en medio de los pocos kilómetros de jungla semi-virgen que aún perduraban, los restos de tres civilizaciones perdidas, cuatro bases militares secretas  de potencias extranjeras (cobrando la recompensa en efectivo por tal información), y fue el primero en captar las señales de radio que llegaban desde algún lugar cercana a la estrella Betelgeuse, que se encuentran aún sin confirmar y son mantenidas en secreto por la Alianza Transoceánica Espacial (ATE).
            Con ese dinero adquirió la primeras pantallas de inmersión del mercado, con las que cubrió la totalidad de las paredes (y el techo, claro) de su cubículo habitacional. Y continuó, luego de recibir las noticias de los médicos que le recomendaran no exponerse a nuevos intentos por conocer el mundo exterior, inviertiendo en tecnología que le permitía llevar sus sentidos allí donde no podía ir físicamente.
            Podríamos decir que le fue bien, claro, juntó mucho dinero, invirtió en tecnología en desarrollo, financió experimentos en los campos de incubación buscando una cura para su mal; se convirtió en algo así como un millonario filántropo como los que existían a principios del siglo XXI y hacían creer a la sociedad que les importaban en qué se invertía su dinero. Se mudó a un cubículo más grande, donde podía colocar más pantallas, y conectar su cerebro con el mundo las 168 horas semanales.
            Tenía todo a su alcance, cualquier rincón del mundo y del sistema solar, cuando la ATE se dio cuenta de sus capacidades de observación y atención múltiple. Su sueño de explorarlo y conocerlo todo, se cumplía. Pero había algo que no se adecuaba a las expectativas de quien había logrado tantos descubrimientos.
            Quizá sea que le hubiera resultado una experiencia mucho más enriquecedora toparse con los restos del último Oso Panda en persona y no a través de una cámara de megadefinición; o descubrir que esas rocas de la garganta de Olduvai no eran meras formaciones líticas sino que habían sido intervenidas por manos que bien podrían ser de algún antecesor al ser humano. Tal vez no sería reconocido en todo el mundo, él o alguno de sus múltiples emprendimientos, si pudiera salir a ese mismo mundo que cree conocerlo, y recorrerlo con sus propios medios; tal vez no tendría todo el dinero virtual que se acumula en sus cuentas bancarias intermundiales. Tal vez no hubiera logrado nada de nada, no sería nadie más que él, sin dinero y viviendo en un cubículo mínimo como el resto de nosotros.
Pero, sin lugar a dudas, sería feliz consigo mismo.
Al menos eso es lo que prefiere creer; yo, por mi parte, ni siquiera me preocupo por algo que no puede cambiarse.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Error # 20 (Alambrado)

Convivimos con el alambrado hace generaciones. Tantas que los más recientes de entre los nuestros lo ven como algo que siempre se había encontrado en el mismo lugar, como algo que forma parte de la misma realidad, de cada uno de nosotros y nuestros recuerdos. Fuimos, somos, incapaces de concebir al mundo sin el alambrado.
            Nadie sabe explicar cuál es su verdadera función, ni el motivo por el cual rodea la extensión completa de nuestras tierras; un tabú inscripto en nuestra sangre nos impide hacernos demasiadas preguntas sobre este tema. Conocemos su existencia, lo intuimos en la lejanía cuando nos internamos en nuestras tierras, lo vemos crecer a medida que llegamos a la frontera para los intercambios anuales, y luego nadie piensa, demasiado, en el alambrado. Al menos nadie reconocería que así lo hace.
            Evitamos las preguntas pero tenemos las historias de los mayores, los que vivieran antes que los ancianos, se cuentan muchas versiones sobre el origen del alambrado. Se dice que apareció en sólo una noche, levantado por gigantescas manos que, sin más herramientas que la fuerza de sus dedos, allí lo dejaron. Se mencionan las prohibiciones de antaño sobre acercarse a él, cuando incluso la hierba evitaba crecer en su cercanía; pero la hierba ahora crece a uno y a otro lado del alambrado sin preocuparse por los peligros que puedan acecharla.
            Miles de castigos diferentes aguardaban para quien ose acercarse al alambrado y a la tierra de nadie, así como una muerte segura y definitiva aguarda para quien, desoyendo las advertencias, se aventure del otro lado. Eso decían los mayores, el alambrado nos aislaba, nos separaba, cuidaba de nosotros, nos protegía al prohibirnos atravesarlo separándonos de lo que hubiera más allá.
Pero, en lo profundo de nuestro entendimiento, sabíamos que sólo eran historias. Conocemos la verdad, la que no se menciona en esos cuentos. Sabemos que a pesar de los cuatrocientos quince castigos diferentes enumerados por las leyendas y al contrario del dolor que pudieran despertar en nuestra carne tales castigos, el alambrado es una protección. El mundo ha sido simétrico desde su origen, no puede ser de otro modo. Por ello nuestra intuición nos señala que una prohibición semejante pende del otro lado del alambrado. Ninguno de los nuestros puede salir de estas tierras, es cierto; pero tampoco ningún extraño puede penetrar en ellas.
            Nunca nadie se preguntará cómo podría protegernos si, con el paso del tiempo, de los años, de los siglos, de las vidas de nuestra gente, se ve cada vez más endeble, más abandonado, como una flor perdida en medio del desierto, sin sombra ni agua, languideciendo durante el día para desfallecer en la noche. Endebles las maderas que lo sostienen, carcomidas por la humedad, el sol, la lluvia y la sal cuando el viento sopla en la dirección correcta. Si algo debía protegernos no sería ese alambrado, no serían esas maderas, no serían nuestras historias, ni nuestros miedos.
            Lo que se encuentra del otro lado puede ser tan aterrador que el día en que por fin llegue la noticia de que en algún lugar de nuestro país, en alguno de los extremos más alejados de nuestras tierras, el alambrado ha caído sin que nos percatáramos de ello, sin saber cómo había sido posible y dudando, como siempre lo hemos hecho, de la existencia de las supuestas y gigantescas manos que allí los habían colocado, el miedo que albergamos en nuestros corazones por fin será libre.
            Es por eso mismo que, en el más absoluto de los secretos, envueltos en la noche, en la oscuridad, el secreto y la mentira, juntos con otros como yo mismo, que no creen en leyendas, en historias, en mentiras susurradas por las viejas en las noches de tormenta, recorremos las fronteras.
Sí, eso hacemos, recorremos palmo a palmo las fronteras de nuestras tierras cuidando al alambrado que nos protege, reparándolo allí donde sea necesario hacerlo, colocando maderos nuevos donde los viejos no se sostienen, reemplazando los alambres cortados por el rayo y la tormenta y desalojando a la hierba de allí donde no debería de encontrarse.
            Nadie nos ve, nadie sabe lo que hacemos, no encontrarás menciones sobre nosotros en las leyendas ni en los rumores que se escuchan en las tabernas más oscuras. Somos el secreto mismo, la razón por la que nuestro pueblo continúa en pie y más. Y ahora te proponemos, te invitamos, pero nunca te lo suplicaremos, a que vengas con nosotros dejando de lado tus actuales miedos, dejando de lado la comodidad de este sitio y sabiendo que solo te espera el frío de la noche, la humedad de la lluvia y el hambre rugiendo en las tripas durante días; pero con la certeza de estar haciendo algo de verdadero valor en lugar de apenas dedicarte a escribir y leer lo que otros escriben.
            Piénsalo, siempre son bienvenidas un par de manos nuevas.