Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 21 de mayo de 2017

36 Noches

Llevo 36 noches idénticas. 
   Algo que ningún médico cree posible. Ni los expertos en sueño, ni los que se inventan teorías sobre la psique con cada nueva consulta, ni siquiera los que se supone que sólo saben de otro tema pero igual se les pregunta, por si las dudas. En el caso en que creyeran lo que les contara, ninguno ha podido darme una explicación,.
   36 noches en las que un mismo sueño se ha repetido una y otra vez, siempre igual, siempre del mismo modo, siempre la misma situación, idéntico de noche en noche. Porque como si no fuera suficiente con el saber que ya no se encuentra entre nosotros, ha aparecido una vez más en mis sueños. Momentos que resultaban eternos, extensos, interminables, en los que lo único que hicimos, desde el primero hasta el último, fue hablar.
   Hablábamos sobre las vivencias en común, aquello que nos había unido y lo que nos separara, el final del camino, los problemas y las pocas (realmente escasas) alegrías. Logramos solucionar todos nuestros problemas, los reales, los que recordábamos haber tenido e, incluso, los que ni siquiera imaginábamos poseer; incluso creo que algunas de esas noches inventamos problemas inexistentes para poder solucionarlos. Cada uno de los aspectos de nuestras vidas fue puesto en tela de juicio, como quien dice, para ver qué de todo ello sobrevivía.
   La sorpresa fue que casi todo lo hizo sin problemas.
   Despertaba cada mañana con un dejo de tranquilidad que persistía durante horas; si bien no recordaba las palabras exactas, ni los contenidos específicos de nuestras conversaciones, sí tenía la sensación de que algo bueno había surgido de allí mismo. Tal vez por eso pasaba parte del día buscando de qué hablar en la noche siguiente. Claro que, también, sabiendo que aquello no era del todo normal, acudí, luego de dos semanas de escenas repetidas, a diferentes especialistas; siempre sin suerte.
   Luego, cuando ya todo parecía haber sido hablado, comenzábamos a quedarnos largos períodos de sueño en silencio, mirándonos sin pronunciar palabra alguna (lo que significa el silencio, si lo pensamos bien). Las noches se volvían, poco a poco, incómodas para ambos. Sabiendo que despertaría, viviría todo el día siguiente y, por la noche, volvería a aquel lugar, comencé a sentirme un poco menos tranquilo cada mañana, cada atardecer. El atisbo de sonrisa que se dibujaba en mi rostro había desaparecido (así me lo habían hecho saber). Esa tranquilidad que sintiera durante los primeros días duraba cada vez menos, si es que me acompañaba más allá del despertar.
   En los últimos días tomó forma una idea de lo que debía hacer para poner fin a ésta situación, para poder continuar, para no quedarme anclado en el momento que pasó y jamás regresaría. Debía lograr despedirme, algo que nunca pude hacer, por ridículo que pueda parecer, por estúpido que me haga quedar, nunca pude despedirme; pero nadie dice que sea sencillo decidir hacerlo y, efectivamente, realizarlo. La mayor parte de las cosas que se dicen y no se hacen es porque resulta mucho más fácil decir lo que nos proponemos que realmente ponerlo en práctica, lo sabe cualquier ser humano.
   Pero he tomado la decisión aún a costa de la poca voluntad que soy capaz de reunir, y ésta noche, la número 37 desde el comienzo de este extraño predicamento, me despediré y, de éste modo, la noche siguiente, podré ser capaz de soñar con otra cosa, algo diferente, algo más allá de aquellos diálogos sin final.
   Claro que nadie puede asegurarme que, esta noche, volvamos realmente a encontrarnos.

domingo, 14 de mayo de 2017

Mejor no pensar

La mañana siguiente sentía como si el descanso de la noche anterior no hubiera hecho efecto alguno; los mismos dolores, las mismas molestias, la misma sensación de incomodidad que sintiera durante los últimos días y que, lo sabía, le acompañaría también en ese día. Las delicias de la vida en sociedad, adulta y responsable, se dijo sin que sentimiento alguno se reflejara en su expresión.
            Mejor no pensar.
            Resultaba más fácil unirse a la corriente habitual de los acontecimientos, dejarse llevar, antes que enfrentarla, junto con el mundo entero y el universo que simulaban no darse cuenta de los problemas que afectaban a cada individuo. Al menos por ese día, lo mejor era dejarse llevar hasta que acabara el confuso (desastroso) despertar. Llegarían los días en los que la corriente se transformaría en un remanso y podría hacer en ella lo que quisiera. Pero, para la llegada de ese tiempo, aún faltaba.
            Con la mente en piloto automático, cumpliendo la rutina y el siempre idéntico trabajo, continuó con los mismos gestos, los mismos movimientos, las mismas respuestas ante similares situaciones y estímulos; como a lo largo de innumerables repeticiones con mayor o menor sentido. Como en los once mil días anteriores; pero tampoco quería imaginar números.
            Mejor no pensar.
            Otros, todos, estarían haciendo exactamente lo mismo y sabrían disimularlo de mejor manera. De seguro ellos tenían el interés de que así lo fuera; de que no se reflejara en el exterior cuanto acontecía en el interior. De que lo imperturbable fuera lo falso y la desazón oculta la norma. Siempre en silencio, un secreto compartido en silencio por cada uno de todos los demás.
Y si la mañana comenzaba de ese modo, las sucesivas capas de cansancio, fastidio y vulgaridad de cuanto debía hacer y suceder, se acumularían sobre sus hombros agotándolo de tal manera que las pocas horas de sueño de la próxima noche tampoco serían suficientes para sentirse mañana, al menos en parte, un poco mejor.
            Mejor no pensar.
            Pero, por supuesto, nadie sabe lo difícil que es dejar de pensar para una mente, una cabeza, un cerebro, acostumbrado a saber que esa y no otra, esa y solo esa, es su función.
            Siempre puede intentárselo, lo difícil es lograrlo. Pero vale la pena intentarlo.
            Claro que, mejor, no pensar.

domingo, 7 de mayo de 2017

Cazadores de mariposas

Repartieron las redes bien temprano. Algunos de nosotros ni siquiera estábamos despiertos por completo cuando apareció en nuestra mano el mango de madera artificial de las redes repartidas por el instructor. Era muy temprano pero, también, decían, que era ese el mejor momento para encontrar desprevenidas a las mariposas, cuando la temperatura aún no resultaba tan elevada y el sol golpeaba sobre la superficie con un poco menos de fuerza.
            Íbamos a cazar mariposas en medio del desierto. Ninguno de nosotros habíamos escuchado esa palabra antes de presentarnos como voluntarios para el Programa; pero eso no nos desmotivó a participar, claro que tampoco sabíamos qué preguntas hacer, ni si las mismas serían respondidas en algún momento o no.
            Se nos explicó cómo utilizar las redes, los movimientos exactos que debíamos realizar para capturar y retener a las mariposas sin lastimarlas pensando es su posterior estudio y análisis en los laboratorios. Nos mostraron reproducciones de imágenes de siglos anteriores para que conociéramos lo que era una mariposa, aclarando que los colores y tamaños podrían variar, pero no así (demasiado) su forma; en todas las imágenes las buscadas mariposas aparecían en medio de la vegetación, cerca de flores o plantas; no se nos dijo el por qué de ello.
El instructor hablaba sin parar, como si ni siquiera necesitara detenerse a tomar aire entre párrafo y párrafo. Como si creyera que atendíamos a sus palabras. Nos miraba a través de sus lentes de lectura veloz analizando nuestras expresiones que variaban entre el fastidio, el aburrimiento, el desgano y la fascinación. Pero, aún así, continuó hablando como si nada. Explicó una infinidad de detalles sobre las mariposas y su importancia que dudo que alguien recordara luego de escuchar cada palabra.
            —Lo importante es no demostrar miedo, pueden sentirlo —dijo finalizando su discurso. Podría haber pensado como algo tan pequeño y feo podría ser capaz de algo semejante, pero en verdad lo que menos me preocupaba era pensar en algo en ese momento.
            Nos saludó uno por uno en la puerta del ómnibus mientras descendíamos, repetía el mismo mecánico saludo a cada uno de nosotros (Hasta luego, buena suerte). Los grilletes y cadenas en nuestros pies no nos permitían movernos demasiado rápido, ni caminar largo trechos cómodamente, por lo que el descenso se volvía lento y complejo. Aún así, ya estábamos allí, negarse a lo que se nos pedía carecía por completo de sentido, además de que nadie se habría preocupado por lo que tuviéramos que decir.
            El sol me cegó por un eterno minuto cuando me tocó descender del ómnibus; parpadeé varias veces recuperando la visión, cubriéndome la frente con una mano, sosteniendo la red en la otra, mirando lo que me rodeaba.
            Nuestro transporte se alejaba por el camino, el resto de mis compañeros de cacería se internaba por el paisaje buscando las mariposas; miré, con cierto desprecio la arena que me rodeaba y comenzaba a colarse dentro de mis zapatos poniéndome de pésimo humor.
    El desierto se extendía incluso más allá del horizonte, los otros cazadores se volvían apenas manchas oscuras desdibujadas en la extensión de la arena. Me tocaba hacer lo mismo, alejándome del camino, en la dirección que indicara el instructor, con la red preparada para la sorpresiva aparición de alguna mariposa en medio del desierto.
    Tal vez, con un poco de suerte, o con algo más, podría conseguir alguna.


domingo, 30 de abril de 2017

Rutinario

La rutina, como excelente y única consejera necesaria, marcaba su vida. Bien sabía que debía ser de ese modo, ya que sus años de experiencia y construcción de la misma se lo habían ido haciendo comprender. Una rutina que cubría hasta el menor detalle de su minúsculo porvenir. Nada quedaba por fuera, todo estaba, pues, debidamente organizado y orquestado en la perfección de la constante repetición. Sabía, entonces, a cada instante, lo que sucedería, incluyendo la sorpresa de lo habitual y de lo regular, de lo que es para siempre igual.
            Los días iguales, los finales de semana perfectos, acciones y actividades que el clima ni lo imprevisto podían modificar; al menos así lo creía desde su juventud, cuando estableció en torno a su persona la paz de la rutina. Y la vida había fluido junto a él sin apenas tocarlo, sin dejarse afectar. Regularidad, repetición, resistencia, antes que nada.
            Pero, por supuesto, ningún orden ha de ser eterno; la perfección no ha sido creada para que perdure, aún cuando se lo suele pensar de ese modo.
            Es la razón que explicaría, entonces, por qué, ese fatídico miércoles, el cartero entregó la correspondencia media hora más tarde lo habitual. Intentó explicarle a ese hombre, que lo miraba con algo que se parecía a la rabia, al fastidio y, también, al desprecio, de la importancia de recibir esas cartas a un horario determinado; ya que no existía una razón valedera que justificara dicho retraso. Un insulto zanjó el intercambio sin resolución alguna al problema planteado.
            Las palpitaciones en su pecho demoraron en calmarse luego de que el cartero se retirara de su portal; su cuerpo no se encontraba preparado para ese tipo de (malos) tratos. Debía tomar la medicación, lo sabía, pero aún no era la hora de hacerlo.
            Tuvo que suspender sus actividades regulares con el fin de preparar las respuestas adecuadas a esas cartas y llevarlas, a primera hora de la tarde, hasta la Oficina de Correos. Algo que hacía, puntualmente, cada miércoles al comenzar el atardecer. Escribió, pues, rápidamente sus respuestas, temiendo olvidarse de algo de todo cuanto pretendía decir en ellas. El reloj avanzaba, al parecer, a una velocidad superior a la acostumbrada ese día; sabía que no era posible, pero lo sentía de ese modo.
            Al salir de su departamento para despachar las cartas, cruzó su camino con el almacenero del barrio, de pie junto a la puerta de su negocio como cada tarde, contemplando con algo más que lascivia a las mujeres que pasaban por allí y… ¡Horror! Era miércoles y no llevaba su camisa blanca.
Al contrario, estaba usando una de color diferente, de un feo bordó oscuro, sumamente alejado del blanco que debería de estar utilizando.
            Su corazón volvió a palpitar con fuerza. ¿Había tomado la medicación?
            Se acercó al almacenero para explicarle sobre la importancia de cumplir con las rutinas diarias y que si los miércoles anteriores durante los últimos años había utilizado una camisa blanca, debía, necesariamente, respetar dicha rutina, sin cambio alguno porque en verdad no había razón valedera para un cambio tan drástico.
            El almacenero le hizo saber que no tenía por qué entrometerse con su forma de vestir, ni con ningún otro aspecto de su vida, sino quería que él mismo, el almacenero, se entrometiera con las partes privadas de su anatomía, y no precisamente de manera agradable. Así mismo, le dio a entender que lo mejor era que siguiera su camino lo más rápidamente posible sino quería ser víctima de violencia que no respondiera únicamente a una mera expresión retórica.
            Utilizó otras palabras, está por demás claro, pero el sentido se comprende de igual manera.
            Realizó el resto del camino sintiendo un ardor en su pecho que apenas podía disimular; y que no parecía querer disminuir. Faltaba poco, entregaría los sobres al correo, pagaría las tasas municipales por la utilización del servicio (mientras se debatía entre la opción de presentar o no una queja por el retraso sufrido, ya que no formaba parte de su habitual visita a esa dependencia) y regresaría, de manera perentoria, a la tranquilidad de su hogar, catapultándose directamente a su rutina, y a la espera de que el miércoles próximo no se repitieran semejantes situaciones.
            Claro que, como marca el sentido común, los problemas se presentan siempre de tres en tres. Alguien, alguna vez, se lo había dicho así, y fue incorporado a su rutina, claro, sin mucho estudio al respecto.
            Sobre la puerta, cerrada, de la Oficina de Correos, un cartel en grandes letras negras manuscritas decía: Oficina cerrada por desinfección.
            Leyó esas cuatro palabras al menos media docena de veces buscándole sentido, razón, motivo, causa o consecuencia; pero nada de todo ello tenía lugar en su pensamiento. Aquello no podía estar sucediéndole a él, a nadie, ni siquiera por error. No era posible, su rutina así se lo decía.
       La pesadez que sintiera a lo largo de todo el día lo venció, lo derrumbó y, allí mismo, junto a la puerta cerrada de la Oficina de Correos, comenzó a llorar en medio de la gente que ni siquiera se percataba de su ingente desesperación.

domingo, 23 de abril de 2017

El rostro sobre la máscara

Mirarme al espejo al despertar cada mañana es un castigo. Lo sé, pero soy incapaz de evitarlo. Y, aun así, vuelvo a mirarme una vez más al amanecer, sin siquiera recordar cuál es mi rostro, o si llevo alguna de mis máscaras debajo de éste. Si mi rostro es una máscara, o si la máscara es mi rostro.
            Ignoro la verdad, he sido tantos a lo largo del día, a lo largo de la noche, que al despertar, solitario, refugiado dentro del silencio, debería ser capaz de recordar algo. Al menos poder identificar alguno de mis antiguos rasgos. Pero ello no ocurre. Por supuesto, sería por demás extraño el poder hacerlo.
            Nada. Cero. Soy sin ser. Ven mi cuerpo, creen comprender mis gestos, mis emociones; pero ni siquiera me encuentro allí. Al contrario, hace tiempo que me he retirado, que me he ido, que partí hacia otro destino, sin que nadie se percatara de que lo único que dejé atrás es, apenas, un reemplazo. Un destino tan interior, tan profundo, tan lejano que apenas sí he adivinado parte del camino.
            Un compañero de trabajo, un transeúnte, una persona de confianza, alguien para contarle una broma (o hacérsela), un comentador de las últimas noticias, un desconocido en el transporte público, la persona que se llevó el último ejemplar de la revista, el maestro, el que quizá tenga la respuesta para el problema, ese que no hace falta escuchar, el que cree que tiene algo para decir que no sea sabido de antemano, el que puede ser ignorado sin dificultad, el amante secreto, el que sufre en silencio o dando grandes voces, el que es amado pero no responde, el que finge que le interesa aquello que se le cuenta en confidencia por alguien de quien apenas sí sabe el nombre. El que se crea una lista de intereses para distraer a los otros.
La mirada perdida, desenfocada, como preocupado por algo más, siempre dispuesto a escuchar y a dar una respuesta inventada, a intentar una palabra de aliento en la que ni siquiera se cree.
            La lista es infinita, las máscaras también lo son.
            Tal vez sería diferente si hubiera dolor, o algo similar, algo para sentir, con tanto cambio, con tanto ser y no ser, con tanto ser sin ser. Pero ni siquiera. Continúa, el día se termina y luego viene la noche, claro, y, en el sueño, se repite lo mismo.
            Otras máscaras. Las clásicas, el que cae, el que corre sin descanso, el que vuela, el que olvidó estudiar, el desnudo en medio de la multitud, el que no es visto, el ignorado (aunque también lo sea durante la vigilia). Así como aquellas que, al parecer, resultan ser un poco más personales, pero que se relacionan unos con otros como el resto de ellos; las vidas perdidas, lo que pudo haber sido pero no es, lo que se perdió, lo que se desperdició. Lo que ni siquiera puede llorarse. Lo que nunca se repetirá y, en el recuerdo, se perderá sin más.
            Máscaras. Remedo de rostros que se han ido. Remedo de rostros que jamás hemos conocido. Remedo de remedos anteriores.
            Soy incapaz de reconocerme en el reflejo de cada mañana, en esa imagen, ese hombre que me mira sin saber quién es él, quién soy yo. El despertar es el castigo.
            Un castigo repetitivo al estilo de los antiguos dioses griegos que nos negamos a dejar en el camino; pero continúo haciéndolo, sin poder sustraerme a ello, cada mañana, al desperar. Hasta que, por supuesto, un día ya no lo haga.