Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 17 de agosto de 2019

Invitación


Desperté a medianoche, como lo hacía la mayor parte de los días (sí, llamo días a las noches y también a los días, para no innovar demasiado); en medio de aquel muladar al que aún consideraba, o al menos denominaba, mi hogar. Caminé sin mirar, tentando a la suerte de no pisar, en mi recorrido hacia el baño, nada que pudiera lastimar la suave planta de mis pies descalzos.
            La piel de gallina que inundó mis brazos no era producto del frío de aquella madrugada, sino porque, por la pequeña rendija en la parte inferior de la puerta, asomaba un sobre de papel color madera. Aquello solamente podía significar una cosa, ya que existía una única razón por lo cual preferir el antiguo formato de correo físico antes que la simpleza de organizar un evento en las redes asociales.
Había llegado el momento de rendir homenaje, una vez más, al gran hombre a quien todos seguimos; aquel cuyo nombre, aunque se conozca, no se menciona, y no por una cuestión de respeto. Era tarde para escapar, la invitación quemaría en mis manos, literalmente hablando, y él sabría que la había recibido.
            Podría hacerme el tonto, como en ocasiones anteriores; pero ya no era un niño, cualquier excusa a la que recurriera carecería de valor. Lo único que me salvaría de honrar aquella invitación era estar muerto. Y, como por lo pronto no lo estaba, ni lo estaría antes de la fecha elegida para la Gran Danza del Sol, nada justificaría mi ausencia. Algo semejante significaría el retiro de mis actuales privilegios, en el caso de que recordara cuáles eran.
            Con un movimiento del brazo limpié la mesa de la cocina arrojando al suelo cuanto había sobre ella; sabía que en algún otro momento no lo limpiaría. Necesitaba un lugar donde sentarme, extraer el cartulario que contenía el mapa que me enviaran y memorizarlo antes de su destrucción. Aquella mesa era la única superficie lo suficientemente grande para hacer todo esto. Clavé mi colmillo izquierdo, el que tenía mejor filo de ambos, en la yema de mi pulgar y marqué mis iniciales en el sobre para que el lacreado me aceptara como aquel ante quien debía abrirse, y esperé.
            Apenas necesité mirar el mapa para reconocer en qué lugar de las antiguas praderas se llevaría a cabo la próxima Gran Danza; inmediatamente el papel  comenzó a chamuscarse poco a poco desde las puntas con el fuego silencioso contenido en su tinta.
            Abrí la ventana de la cocina, la que miraba hacia el sur, por donde llegaba la brisa nocturna; su caricia sobre mi piel desterró las huellas finales del breve sueño. Frente al rectángulo de cielo negro realicé mi rutina de calistenia habitual para desentumecer los músculos.
            En algún momento terminé de desnudarme, aunque solamente llevaba unos viejos y rotos pantalones, para subir al alfeizar de la ventana. Era tarde para negarme o intentar cualquier otra cosa, por lo que abrí cuan extensas eran mis alas evitando mirar hacia abajo para que el vértigo que siempre me invadía en estos momentos no hiciera su aparición.
            —Amo de Toda la Vida —exclamé en voz alta—, hacia ti voy.
            Y me lancé hacia las praderas ocultas entre los rascacielos, el humo de la noche, el sudor de los malos sueños y el aroma del café recién preparado.

domingo, 11 de agosto de 2019

Secuoya (Morir, tal vez)


Caminaba lentamente por la playa.
No pisaba sobre arena, como antaño, sino sobre ceniza. Capa sobre capa de ceniza que todo lo ocultaba, lo devoraba y lo asfixiaba. Sólo quedaban cenizas y, claro, él, caminando en la playa bajo el plomizo cielo que ayudaba a olvidar lo que alguna vez había sido el sol.
            Sabía que ese día llegaría, pero esperaba que fuera más que el tiempo que efectivamente transcurrió luego de que los técnicos descifraran la secuencia de adn de la secuoya. La expectativa de vida de este árbol sobrepasaba los seis años, mientras que el ser humano apenas pisaba los noventa; allí se escondía la clave para ampliar la esperanza de vida en una Tierra cada vez más devastada, más arruinada, más cercana a la muerte, gracias a la mano del ser que buscaba la manera de aferrarse a la misma vida que ayudaba a destruir. Y la clave estaba allí, en aquel árbol, en la savia que recorría hasta el último rincón de su anatomía.
            Y allí estaba también él, ansioso por lograr la inmortalidad, presentándose voluntario para el experimento de extensión del rango vital ante un grupo de científicos que jugarían con su adn hasta volverlo irreconocible; en el hipotético caso en que no acabara muerto como sucediera con los miles de voluntarios previos. La única diferencia fue que, no solamente no lo habían matado, sino que algo había salido lo suficientemente mal como para que el resultado fuera el esperado y, luego, fueran incapaces de replicarlo.
            Desde entonces, al menos en teoría, su longevidad estaba asegurada.
            Ninguna enfermedad lo afectaba, nada dañaba su cuerpo. Claro que podía ser herido e incluso, podía morir pero, mientras se mantuviera alejado de los peligros habituales para cualquier ser humano, no cedería tal cosa. Necesitaba agua, luz solar y poco más para vivir sin problemas. El punto más oscuro de su nueva humanidad fue el perder la posibilidad de dejar descendencia. Lo aprendió luego de que experimentaran hasta el aburrimiento con él tres generaciones de científicos (¿o habían sido cuatro?) intentando descifrar lo que le hacía especial, cuál era la razón de que solamente él fuera el único sobreviviente en sus experimentos, el único en el que nada había fallado y por qué nadie podía repetir ese logro.
            Nunca encontró la respuesta, y ya no quedaba a quién preguntarle.
            Poco le había importado ser aquel que sobreviviría a toda su generación, y a las siguientes, sin lugar a dudas. Podría esperar, guardando una mínima esperanza, a que naciera aquel que por fin fuera capaz de replicar el experimento. Entonces ya no sería el único sino que serían, al menos, dos quienes verían el decaer de la vieja humanidad.
Claro que, año tras año, científico tras científico, incluso su inquebrantable esperanza comenzaba a desfallecer.
Le propusieron registrar, de la mejor manera que le pareciera, lo que vivía, lo que veía, los cambios que acontecían a su alrededor. Le propusieron convertirse en quien relataba la historia que vivía para no volverse un fósil más. Pero la suya era la única mirada de su propio pasado. En algún momento la historia se había convertido en olvido, dejando de lado su función de memoria de la humanidad, de nada servía intentar cambiarlo una vez más.
            Él mismo se sabía carente de sentido de ser cuando despertaron una vez más antiguos rencores entre las comunidades; algunos tan antiguos que nadie recordaba que alguna vez hubieran existido. Cuando se percató de lo que sucedía, el mundo se hundía en el conflicto. Uno del que lo único que salió fue la ceniza de cuanto alguna vez había sido.
            Ceniza que cubría hasta el último rincón; ceniza que ocultaba el sol; que contaminaba las aguas; que ahogaba cualquier posibilidad de vida. Lo notó cuando su piel comenzó a volverse cada vez más pálida, al sentir su lengua cada vez más hinchada y al notar que siglos enteros de su devenir se borraban de su memoria.
Continuaba avanzando, es cierto. Pero ya no buscaba un motivo para seguir viviendo sino algo que tal vez lo ayudara a morir.



domingo, 4 de agosto de 2019

Dominar el mundo


—Lo haremos esta noche —dijo una de ellas, la que llevaba las estúpidas orejas de gato.
            —No podemos seguir perdiendo el tiempo —reconoció su compañera con la máscara de conejo que apenas dejaban entrever sus labios fuertemente pintados de rojo.
            Es cierto que no debería de haber estado escuchando una conversación ajena, y que solamente llegaba a mis oídos porque era incapaz de evitarlo habiéndome olvidado los auriculares en la casa y, además,  porque gritaban por sobre el estruendo producido por el metro. Aun queriéndolo, nada podría haber hecho para sustraerme de aquel extraño diálogo.
            —Nuestra gente obtendrá lo que se merece luego de siglos de opresión —rieron al unísono.
            Claro que hubiera sido más fácil ignorarlas con los auriculares, lo sé. Concentrándome en mi propia música como mucho habría mirado su extraña vestimenta, que resultaba más bien escasa teniendo en cuenta la época del año, y allí se habría acabado mi interés. Siempre se viaja más tranquilo cuando no hay que atender a los insulsos diálogos ajenos, ni a los pedidos desesperados de limosnas, ni a aquellos que ansían llamar nuestra atención haciendo extraños malabares o desafinando con una melodía más o menos clásica. ¿Quién me manda a olvidarme lo más importante que ha de llevar cualquier persona para sobrevivir al contacto con otros seres? Cómo aislarse de los demás si no podemos evitar escuchar cosas como:
            —La opresión del pueblo de los túneles será por fin expuesta ante la hipocresía de los bípedos de las superficies —decía la también bípeda con orejas de gato.
            —Nunca volveremos a llevar las cadenas de nuestra esclavitud —dijo quien portaba la máscara de conejo que, aun luego de mirarla varias veces, y en todas las direcciones posibles, no descubrí cadena alguna.
            Podría preguntarles de qué era lo que hablaban, ya que esos diálogos parecían sacados de alguna mala traducción española de una novela épica, o cosa similar. Podría acercarme a ellas, recorrer los escasos centímetros que separaban nuestros cuerpos, aun a riesgo de que mis movimientos fueran mal interpretados y provocaran algún tipo de disturbio, y quitarme la duda.
            Tampoco veía en ellas la posibilidad de entablar diálogo alguno, tan concentradas en sus propios parlamentos, en mantener el equilibrio ante los sacudones del metro y en evitar los empujones de los cuerpos amontonados, como se las veía. Por esos detalles parecían más cercanas a la realidad de lo que su aspecto podría indicar.
De tanto mirarlas era yo quien comenzaba a perder mi propio contacto con la realidad creyendo que los chirridos del metal, los gritos de los frenos hidráulicos faltos de mantenimiento, el sistema de ventilación a punto de detenerse, el calor de los cuerpos ahogándome con su sudor, la necesidad de aislarme de todo aquel innecesario contacto con la humanidad de la que lamentablemente formaba parte, eran parte de una mentira en la queríamos creer.
            —Como debió de haber sido desde un comienzo —dijo la chica gato.
—Volveremos a dominar el mundo —completó la chica conejo.
            Y rieron a carcajadas, haciéndose escuchar en cada rincón del metro antes de bajar, intempestivamente, cuando se cerraban las puertas automáticas, en la estación cercana a la zona de los teatros.
Repetí el mismo viaje, a la misma hora, y también en otros horarios, pero jamás volví a verlas. Nada cambió en el mundo, por lo que he de suponer que aún no han logrado su declamado cometido de dominarlo.
Sin embargo, algo sí ha cambiado. Desde ese día me di cuenta que los auriculares ya no eran suficientes para aislarme, para separarme de los demás, de los que no son/eran como yo, quería, necesitaba, ansiaba, llevar mi propia máscara. Una que me ayudaría a descubrir mi verdadero rostro.
Además, tenía la certeza de que, una vez que lo hiciera, sería más fácil el volver a encontrarme con ellas.


domingo, 28 de julio de 2019

Manualidades


—La idea la tomé de algo que vi en el escaparate de una tienda —dijo en voz alta—; y me pareció interesante hacer algo similar.
            En la mesa se acumulaban trozos de cartón mal cortado, retazos de telas de diferentes colores, pomos de pintura y varios pinceles tan sucios como sus manos. El pote de pegamento se encontraba peligrosamente cerca del borde de la mesa, pero no parecía darse cuenta de ello.
            —Claro que era más fácil comprarlo terminado, pero no hay nada de divertido en ello. Además, llevaba mucho tiempo sin usar la manos para nada útil.
            A punto estuvo de cortarse el dedo con las tijeras cuando remató una punta del cartón que no quería quedarse en su sitio a pesar del pegamento y los ganchos que había utilizado sobre ella. Apenas sí se percató del peligro, continuó tomando uno de los pinceles cargados de pintura para comenzar a dibujar las letras en la superficie de cartón.
            —Hacer las cosas que se quieren tiene un sabor diferente a comprarlas ya hechas. Siempre lo he dicho, aunque algunas veces no es fácil hacerlo de ese modo.
            Con mucho cuidado pintó los detalles de las letras que delineara antes con un fino lápiz negro, no quería salirse del diseño que había pensado para que el resultado final fuera lo más parecido a lo que imaginara. Sabía que habría errores, era inevitable, pero no por eso dejaría de intentarlo.
            Terminó con una letra y pasó a la siguiente; luego a la que otra.
            Continuó hasta terminar con los pocos colores que le quedaban cambiándolos o combinándolos allí donde se le agotaban o los pinceles decían basta. Pero, a pesar de las dificultades, completó su dibujo.
            —Creo que es de lo mejor que he hecho, considerando los materiales con los que cotaba —dijo sonriendo.
            Dejó los pinceles a un lado y se concentró en decorar el cartón de la caja con los retazos de las telas que tenía preparado para ello.
            —El diseño será sumamente personal, se parece muy poco a lo que vi en ese negocio, pero tampoco quería algo pensado alguien más y estampado sin ningún otro interés más que el vender el producto. Quería algo más… Real —dijo sin dejar de atender a la gruesa aguja que atravesaba el cartón hacia adentro y hacia afuera.
            Varias veces se pinchó la yema del pulgar derecho antes de terminar con las telas y acomodar en su lugar la tapa de la caja, con su pintura ya seca. Formaban un conjunto llamativo la parte inferior de la caja decorada con telas de colores mal cocidas al cartón y la tapa pintada con restos de tempera.
            —Perfecto —dijo al colocar la tapa y leer en voz alta—: Recuerdos de momentos felices. Perfecto.
            Se levantó y comenzó a guardar los elementos que había utilizado para concretar el pequeño proyecto. Desechó los pomos de pintura vacíos, los pinceles rotos, los retazos de tela que ya no servían para nada, junto con los restos mal cortados del cartón. Solamente dejó la caja en el centro de la mesa. Se lavó las manos y volvió a sentarse en la misma silla que ocupara antes. Entrelazó las manos, miró el resto de la habitación vacía y dijo:
            —Ahora solo falta encontrar algo con lo que llenarla.

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En el número 2 del segundo año de la revista digital de ciencia ficción Teoría Ómicron (Ecuador), se publicó el relato Sólo chatarra

Pueden pasar y leerlo cuando gusten.

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sábado, 20 de julio de 2019

Olmo (Al final de la línea)


Nunca se había detenido a pensar en esa posibilidad sino que era, apenas, una más de las tantas que decidía no aprovechar. Una de esas opciones que se presentaban a lo largo del camino que llamamos vida y que algunos aceptan mientras que otros huyen despavoridos de ella. Pero todo cambia cuando la puerta que intuimos abierta se descubre firmemente cerrada sin que exista modo alguno de volver a abrirla; en el hipotético caso de que alguna vez lo hubiera estado. Para ese tipo de puertas, las que nunca han sido abiertas, no existe llave alguna si ni siquiera poseen cerradura.
            Odiaba, desde lo más profundo de su ser, y desde el momento mismo en que sucedía, que tomaran una decisión sobre algo en lo que se encontraba incluido y cuyo resultado no podía cambiarse sin que le consultaran. Odiaba cuando no se lo tenía en cuenta para organizar alguna reunión de trabajo o fuera de él, para decidir fechas, horarios, viajes u otro tipo de cuestiones en las que una pregunta era más que suficiente para saber si estaba de acuerdo o no. Odiaba las imposiciones, de cualquier tipo y estilo. Odiaba encontrarse al final de la línea, en la posición de quien tiene que aceptar lo que alguien más estableció sin consultarle.
            Mientras caminaba por el parque recordó lo que sucediera apenas unos minutos antes, cuando el cartero del pueblo se acercó hasta su casa:
            —Buen día —saludó sin bajarse de su destartala bicicleta—; le han enviado un sobre —agregó extendiéndoselo.
            —Lo suponía —respondió sonriendo sin recibir una respuesta similar—. ¿Debo firmar algo? —agregó mirando el membrete de la clínica de la ciudad a la que asistiera hacía unas semanas.
            —Nada —respondió el cartero comenzando a alejarse pedaleando lentamente.
            Su atención se desvió rápidamente hacia el insoportable peso que aquel sobre en su mano. Segundo a segundo sentía que la hoja de papel en su interior, mal impresa con la tinta reciclada que utilizaban los médicos, con los resultados del seminograma que le recomendara el urólogo, y que había pospuesto durante meses, era una carga que no podía soportar allí mismo, de pie junto a la puerta de la casa. Aun así, demoró varios minutos en lograr que sus piernas le respondieran y lo llevaran hasta la cocina.
            No lo abrió de inmediato. Lo dejó sobre la mesa mientras se preparaba un café bien cargado (y con un toque de ron para tranquilizar los nervios, como le enseñara su abuelo). Acomodó algunas cosas que no se encontraban fuera de lugar, miró los rincones habituales de la habitación buscando algo que no estaba allí, intentando distraerse y no romper apresuradamente el sobre.
            Pero, finamente, lo hizo, lo abrió.
            Leyó los resultados una y mil veces, repitiendo cada palabra de las escasas frases como el eco de una campana lejana que apenas se distingue pero sabemos que allí está, al fondo del sonido, al fondo del entendimiento. Poco a poco las palabras recuperaron su significado y comprendió lo que leía más allá de la jerga médica habitual.
            Necesitaba salir de la casa, respirar, huir de aquel sobre, de su contenido de palabras y de la realidad que cambiaba de manera ineludible a partir de ese momento. Más allá de que el problema existiera con anterioridad, más allá de que tal vez hubiera intuido algo en los años anteriores, aunque esto mismo quizá haya sido el causante de los violentos finales de sus intentos de convivencia. El no saberlo dejaba la puerta abierta o, aunque más no sea, entornada.
            Pero la puerta estaba cerrada.
            Caminaba por el parque sin darse cuenta de la dirección que llevaba, sin pensar en ella porque, en verdad, no era lo importante. Aquello pasaba por otro lado, en otra dirección, en otro nivel de la realidad que le impulsaba a reescribir lo que sabía de sí mismo, de lo que había sido y las posibilidades que había dejado pasar no porque en verdad así lo hubiera decido, sino porque esas posibilidades no existían. Odiaba cuando alguien más tomaba una decisión sin consultarle; lo odiaba más cuando era su propio ser quien lo traicionaba.
            Cuando se percató de hacia dónde lo habían llevado sus pasos bajo el sol del mediodía, se encontró cubierto por la sombra del inmenso olmo al final del parque, muy cerca de una pequeña hondonada que bajaba en dirección al pueblo. En los días de otoño, cuando el follaje menguaba, era posible distinguir algunas de las construcciones; pero era primavera, lo único que veía era verde y más verde allí donde mirara.
            Bajo aquella sombra rememoró una clase de botánica, de la época en la que todavía creía que era posible hacer algo para ayudar a frenar el cambio climático, ayudar a la tierra a recuperarse, darle más tiempo a humanidad. En aquella época todavía era idealista, como todos los jóvenes lo son alguna vez.
            —El olmo es uno de los pocos árboles que no da frutos —había dicho el profesor—, se lo puede considerar como una planta estéril.
            —Pero tiene semilla —interrumpió alguien de quien no recordaba su nombre.
            —Hablé de frutos, no de semillas. Evitemos la confusión —aclaró el profesor—, por más semillas que posea, nunca dará frutos.
            —Estéril… —repitió acariciando el tronco del Olmo que transplantar allí mismo años antes—, tenemos mucho más en común de lo que creía —dijo en voz alta sabiendo que ni el árbol, ni su sombra, si el viento que llegaba desde el norte, le respondería—. Otra vez quedo al final de la línea —susurró.
            El polen que flotaba en el aire ardía en sus ojos.
Sí, de seguro era el polen lo que le hacía cerrar los ojos con tanta fuerza para contener las lágrimas que, de cualquier otra forma, humedecerían su rostro.


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