Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
...

domingo, 11 de abril de 2021

Los creadores de páramos

Aclaración: El siguiente texto es una continuación no oficial de: El erial dentro de tu corazón


—Sé no lo creerás, pero esto —dijo quien lo guiaba extendiendo una mano y señalando hacia el frente, pero también todo lo que quedaba detrás, junto al camino recorrido, a los costados, arriba y abajo— solía ser un vergel.
    Mirando la desolación de la tierra quemada, arrasada por el fuego, el sol y el viento que no dejaba de soplar, era imposible pensar en que algo allí podría haber sido diferente en algún momento. Aquello no era un desierto como otros, en toda la extensión no se adivinaba ni el menor atisbo de vida, solo había desolación, vacío y muerte.
    —Un bosque de árboles de todos los tamaños y colores —continuó, recordando, mientras miraba la nada—, aves con plumas indescriptibles, animales con pelajes inigualables, ríos de agua clara cargada de peses… El viento llevando y trayendo los aromas de los frutos junto con el acre olor del humo de las hogueras… —como si parte de ese humo que solo existía en la memoria hubiera entrado en su ojo, una solitaria lágrima escapó de él.
    El sol golpeaba de lleno contra la tierra reseca y quebradiza allí donde no eran las rocas las que le hacían; lucía como si se le hubiera arrancado hasta la última posibilidad de albergar algo diferente a la nada.
    —Que… —intentó articular pero la mandíbula, y el resto de la cabeza, seguía doliéndole tras la caída y el golpe—. ¿Qué sucedió?
    Por suerte quien lo guiaba entendió la pregunta sin que tuviera que decir mucho más, porque no habría podido hacerlo ni aunque lo quisiera. El dolor, como oleadas de nauseas, apenas le permitía pensar en otra cosa.
    —Como en tantos otros lugares similares, llegaron ellos.
    “Llegaron ellos”, dos palabras que eran suficientes para comprenderlo todo.
    Hacía tanto tiempo que sucediera que parecía un cuento de hadas, uno con un final tétrico y atroz. De un día para el otro, sin poder explicar cómo ni por qué, surgieron ellos. A falta de una comunicación directa se los llamó “Los creadores de páramos” porque eso es lo que hacían: aparecían en un lugar que, como este que ahora miraba, era un vergel, asentaban sus desproporcionadamente grandes máquinas en ellos y, cuando se retiraban, no dejaban nada detrás más que vacío y desolación. Algo peor que un desierto, algo peor que una erupción volcánica, un terremoto, un tsunami, o una explosión nuclear; ninguna de esas cosas tenía tal poder de devastación porque, a pesar de que destruyen, siempre dejan algo detrás, siempre algo queda. En cambio, allí por donde pasaban los creadores de páramos, nada volvía a renacer, jamás.
    Los manchones vacíos de devastación se encontraban diseminados a lo largo del mapa del mundo conocido; se decía incluso que había otros similares en los lugares aún por conocer, pero nadie podía afirmarlo.
    —Sigamos —dijo quien le guiaba—, quiero llegar antes del anochecer.
    Miró al cielo y el sol del mediodía de devolvió la mirada. ¿Cuánto más pensaba internarse en aquel desolador lugar? ¿Dónde quedaba el refugio que le prometiera? ¿Tendría algo de agua?
    Arrastrando los pies sin levantar el más leve polvillo, intentó avanzar. El cansancio se sumaba al dolor que lo acompañaba a cada paso. Sin embargo, a pesar de lo dificultoso que se le volvía pensar, había algo en ese breve diálogo que le molestaba mucho más que el calor que sentía bajo toda la ropa que cargaba y el sudor picándole en partes del cuerpo que no sabría nombrar. Algo que no podía dejar de pasar, algo que le sonaba tan extraño como cada cosa desde que lograra escapar de su encierro.
    —Creía —murmuró pero se interrumpió, intentó escupir y luego tragó algo rasposo y pegajoso que le lastimó la garganta antes de volver a intentarlo—. Creía que no quedaba nadie que hubiera visto esa época.
    Sin dejar de caminar, quien lo guiaba respondió:
    —Tampoco soy tan viejo como aparento.
    —¿Entonces cómo sabes que este lugar era un vergel?
    —Aquí solía vivir mi pueblo, antes de ellos —continuó sin dejar de caminar—. Mi gente tenía un dicho: “si alguien lo recuerda, podrá volver a ser”. Aunque no lo haya visto, mientas siga recordando lo que me contaron que había aquí, algún día volverá a ser un vergel.
    —Eso no es posible… —dijo mirando a su alrededor.
    —¿Recuerdas cuántas cosas se decían que eran imposible antes de que ellos aparecieran? Todo volverá a ser, tal vez no lo veamos, pero sé que lo hará. ¿No lo crees así?
    Miró una vez más la muerte, la desolación, el vacío que no dejaba de crecer en ese erial y no supo qué respuesta dar.
    En silencio continuaron caminando bajo el rayo del sol de mediodía.

--
Inicio de Espacio Publicitario:

En el número 30 de la Revista digital La Ignorancia, pueden leer el cuento: Bienvenida.

Puden pasen a leerlo cuando quieran.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 4 de abril de 2021

Inundación

Contemplaban la ciudad desde las alturas del penthouse de un rascacielos. Las calles se habían vuelto ríos turbulentos de agua cargada de tierra, barro, árboles desprendidos, cadáveres en diferentes grados de descomposición y restos de objetos tan disímiles como fácilmente identificables —el techo de un auto, toldos de comercios, vestidos de casamiento sin uso, televisores de pantalla megaplana—, todo lo que se encontraba por debajo del décimo piso había desaparecido envuelto en la bruma y el olor nauseabundo que se elevaba poco a poco.
    Antes de que las interminables lluvias de uno y otro lado de las montañas se habían sumado a las décadas de desmontes y erosión del suelo allí donde el asfalto no logró cubrir lo que hubiera debajo para que el polvo no molestara a las personas que pagan una pequeña fortuna por un trozo de suelo donde vivir, fue una ciudad como el resto de las ciudades. Los ambientalistas y los ecologistas de ocasión habían lanzado sus advertencias ante lo que podía suceder, pero de entre los pocos que algo habían escuchado, nadie las tuvo realmente en cuenta. Aquellos no eran tiempo para precavidos.
    La época de las lluvias comenzó y cada uno continuó con sus actividades como si nada sucediera, como si los meses no pasaran y las lluvias siguieran sin más. La inundación de la ciudad dejara de ser una hipótesis para volverse una realidad, pero la mayor parte de las personas creían que si nada hacían para prepararse, si no tomaban ningún recaudo, si fingían que nada sucedía, la realidad no tendría poder sobre ellos. Por eso fueron los primeros en morir.
    Rápidamente desaparecieron las calles y las aceras, le siguieron luego los primeros tres pisos de todos los edificios; si tenías suerte, tus amigos y conocido que vivían allí dormían cuando llegaron las aguas y de nada se enteraron. Sino tenías suerte de seguro eras uno de ellos.
    Y el agua, el agua, el agua no se detuvo. Podías ignorarla, pero ella no hacía lo mismo contigo.
    Pasaron días, meses, el agua se estancó a la altura del décimo piso. Los que podían, los que tenían cómo, se iban, abandonaban la ciudad; el resto se quedaba en la ciudad para reconocer día a día el nuevo paisaje entre los edificios que se derrumbaban durante la noche y el interminable y despejado cielo desde las lejanas montañas hasta el desaparecido e inútil puerto del otro lado. Alguien recordó que la ciudad se levantó en medio del cauce casi seco de un río que corría entubado debajo de ella, por lo que el agua reclamaba lo que era suyo, lo que le pertenecía. Nadie volvió a escuchar a ese alguien.
    Si podías sustraerte de la tragedia que te rodeaba, y que podía alcanzarte en cualquier momento, el paisaje contemplado desde la altura tenía su encanto. Hacerlo con ropa seca y sin olor a humedad, una bebida caliente en las manos y provisiones para el resto de la semana, también sumaban a favor.
    —Cuánta agua —dijo la muchacha para romper el interminable silencio.
    —Eso porque no estuviste en la inundación del 34. Esa sí que era agua, mucho más que esta —dijo el hombre abarcando con un ademán de sus manos la ciudad—. Agua limpia, clara, que no apesta como la de ahora. Este es el hedor de la pobreza que ocupó la mayor parte de la ciudad sin que nadie hiciera nada para evitarlo.
    —Nací en el 42 —respondió la muchacha como si debiera excusarse por no conocer la historia de la ciudad y sintiéndose, de pronto, tan fuera de lugar allí, con ese hombre como única compañía.
    —Por eso te digo que no estuviste. Todo era diferente —el edificio tembló como venía haciéndolo desde el amanecer, la muchacha se aferró al brazo del hombre pero este la alejó empujándola con una mano—. No tengas miedo. Los cimientos de este edificio nunca se verán afectados por el agua. Me aseguré que así lo fueran cuando lo hice construir. La inundación del 34 me dio los conocimientos necesarios para hacerlo de esa manera. Si el resto —señaló los otros edificios—, no siguió mis ideas, peor para ellos.
    —Pero no deja de temblar.
    —Debe de haberse caído algún otro edificio y eso hizo temblar el barro debajo de nosotros. Cuanto todo se termine de caer nosotros seguiremos en pie, los demás se habrán ido y la ciudad volverá a crecer. Ya lo verás.
    La muchacha se esforzó en creerle, pero los temblores cada vez más seguidos, fuertes y cercanos se lo dificultaban.
    —Sí —exclamó el hombre sobresaltándola—. La del 34 fue una gran inundación, una que valía la pena haber visto. No como esta. Esto es un juego de niños —dijo levantado la mano antes de cerrarla como si quisiera atrapar al sol que se reflejaba en el agua.
    Cada día que pasaba se volvía más difícil creer que allí abajo, alguna vez, había habido algo parecido a una ciudad.


La foto pertenece a la inundación de la ciudad argentina de La Plata, entre los días 2 y 3 de abril del 2013. Hecho en el cual murieron alrededor de 80 personas (se especulan que fueron muchas más), que no se investigó correctamente y por el cual no hay ningún funcionario público señalado como responsable.

domingo, 28 de marzo de 2021

Esa Mujer

Esa mañana no hice más que levantarme para correr la pesada cortina de terciopelo que cubría la ventana de la habitación en la que me encontraba y verla. Había una señora parada junto a la puerta de la casa, muy cerca del portón de la pesada reja. Vaya uno a saber desde qué hora se encontraba allí, porque le había quitado el badajo a la campana y por más que tirara y tirara de la cuerda, jamás lograría hacerla sonar para avisar de su presencia.
    Era una suerte que cuando con la primera taza de café del día en mi mano abrí la cortina, no miraba en mi dirección sino hacia la calle; aunque tampoco puedo decir que no me haya visto, ya que podría estar ignorándome por alguna razón que no comprendo, tal y como no comprendo que es lo que hacía esa mujer allí. ¿Quién es? ¿Quién la envió? ¿Qué es lo que quiere de mí?
    Mirándola con detenimiento, con su abrigo de imitación piel, su pequeño bolso de charol de seguro haciendo juego con unos zapatos que no llegaba a ver, y ese peinado tan de otra época, no parecía ser uno de esos vagabundos que recorren las tortuosas calles de la ciudad pidiendo una limosna, alejándose de quienes les ofrecen algún tipo de trabajo con el cual ganarse esa limosna que ansían. Siempre pelándose entre ellos por un trozo de pan húmedo. Los he visto, sí, en mis sueños, porque nunca salgo de la casa durante la noche; pero sé que son reales. Tan reales como esa señora que sigue de pie allí, en la misma baldosa de la vereda, moviéndose apenas para desplazar el peso de su cuerpo de una pierna a la otra y luego a la inversa.
    Tal vez espera mi llegada creyendo que no me encuentro en la casa. Pero yo no la espero a ella. Ni siquiera sé quién es, mucho menos qué es lo que quiere. Y, claro, en mis planes no está ir a preguntarle, al contrario, debería pensar en concentrarme en los asuntos que corresponden para ese día. Pero no puedo dejar de mirarla en esa posición tres cuartos de perfil con la que sé que mira a mi ventana.
    Si aún quedara alguno de los numerosos e ineptos criados que supe tener antaño, podría enviar a uno de ellos a preguntar cuáles son las intenciones de esa mujer al quedarse junto a mi puerta. Pero han huido todos y cada vez es más difícil encontrar quien quiera ocuparse de esos trabajos gracias a las habladurías que han diseminado sobre mí persona, el mal que me aqueja y las extravagancias que se asocian a mi linaje —todas burdas mentiras—. Desde entonces vivo solitario y prácticamente recluido en una casa en la que mis pasos resuenen con incontables ecos a lo largo de los extensos pasillos y las innumerables habitaciones que alguna vez supieron estar ocupadas y llenas de vida y nunca visito. Si tengo que dejarme llevar por lo que me han contado las ratas del sótano, soy el único que queda de mi estirpe. Pero me es difícil creerles porque en las noches de tormenta ruidos de pasos y quejidos llegan desde donde se encontraría el desván, por lo que después de todo no debo de ser el único en la casa.
    Y ahora, la tranquilidad de mi soledad se interrumpida: ¿Qué quiere esa señora?
    —¿Qué es lo que quiere de mí vieja bruja endemoniada? —le gritaría por la ventana si no fuera porque mis gritos atraerían otra vez a las autoridades y perdería la tranquilidad del día envuelto en cuestionamientos y explicaciones que no quiero dar. Pero es cierto que me gustaría saber qué es lo que quiere vieja bruja endemoniada, no tengo dudas de que eso es lo que es, una vieja bruja endemoniada que me ha encontrado y quiere obtener algo de mí.
    Desde que la descubrí no puedo dejar de mirarla aún sabiendo que tengo miles de asuntos que atender, manuscritos que acomodar, anotaciones que acabar, libros que leer, actualizaciones de mis estados en cada red asocial. Tantas, tantas cuestiones y, sin embargo, aquí estoy, mirando por la ventana lo que esa señora hace junto a mi puerta. Y es bien poco lo que hace porque apenas se ha movido en las últimas horas desde que se apoyó y acomodó contra la reja como si estuviera dispuesta a esperar por el resto del día o de la eternidad. Me duelen los ojos, las articulaciones, los huesos, los músculos, las venas y la sangre que por ellas fluye de tanto estar aquí, mirándola. Y ella, como si nada, continúa junto a la desvencijada puerta de rejas de mi propiedad. Debería ser ilegal el molestar al agente decente como uno de esa manera.
    —¡Maldita bruja endemoniada, vete de una vez! —grito en silencio mientras no golpeo la ventana con el puño en señal de frustración. No sé qué otra cosa hacer. Tengo hambre a pesar del café. Debería salir por provisiones, pero no quiero enfrentarla, no quiero hablar con nadie, no quiero interactuar más de lo necesario. No me hace falta, solo necesito que se vaya, que se aleje, que no vuelva jamás.
    Mi vejiga se encuentra a punto de estallar. No debería de haber tomado todas esas tazas de café, una detrás de la otra sin pausa; pero eran necesarias estar alerta, para controlar que esa endemoniada señora no pretendiera ingresar en mi propiedad sin mi permiso en un momento de distracción.
    Ya no lo resisto; si continúo conteniéndome lo que vendrá después será una migraña terrible que me impedirá utilizar el resto de a semana —si es que no del mes— en algo de verdadero valor, no sólo controlar a esa mujer.
    No lo soporto.
    No puedo seguir conteniéndome.
    Al diablo con todo, debo orinar.
    Y lo hice.
    Y lo hice.
    Y lo hice.
    Y lo hice un poco más.
    Al volver a la ventana para continuar con la vigilancia que me había hecho perder toda la mañana y la mayor parte de la tarde la maldita bruja endemoniada no estaba.
    Pero, ¿cómo lo había hecho? ¿En un carruaje? ¿En un vehículo de alquiler? ¿Un taxi? ¿Había pasado alguien por ella? ¿Se fue caminando como si fuera un barrio tranquilo? ¿Se desmaterializó en el aire? ¿Entendió sus alas y se lanzó a volar? ¿Cómo? ¿Por qué tuve que irme al baño en el instante preciso de su desaparición? Maldita bruja endemoniada, no podrías haberte ido en otro momento.

--
Inicio del Espacio Publicitario:


En el número 61 de la revista digital El Narratorio se publicó el cuento Buscando en qué creer.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 21 de marzo de 2021

En la tierra del sol muerto

Este cuento se publicó en la antología peruana “Y se hizo el caos: Antología del cuento hispanoamericano sobre mundos distópicos”, en enero de 2021.


Llevábamos meses en aquella granja; fuera donde fuera que se encontrara, porque no podría señalarla en mapa alguno. Se nos había enviado allí para controlar el cultivo de minerales y la extracción de alimentos para los sobrevivientes de la reciente deflagración cósmica. Aunque pensaba que era una mera formalidad el seguir hablando de ese evento como algo reciente cuando las estrellas llevaban milenios apagándose una detrás de otra, todos se referían a ello de esa manera. Por lo que, para no tener que discutir casi que a cada paso, también lo nombrada de ese modo: la reciente deflagración cósmica.
    Al igual que las estrellas, una a una las colonias desperdigadas por los satélites de los planetas exteriores comenzaron a quedarse sin recursos y a desaparecer dentro de la negrura, dentro del olvido. La certeza de la casi olvidada segunda ley de la termodinámica era innegable: la entropía no dejaba de crecer y expandirse. Quedaba poco por hacer en medio del irremediable ocaso eterno, en medio de la completa y total ataraxia, en aquella falta absoluta de impulso para continuar. Si todo acabaría perdiéndose, carecía por completo de sentido pensar en seguir esforzándose por sobrevivir.
    Sin embargo aún quedaban quienes se aferraban a la idea de la vida. Lo que nos devolvía a la situación en la que de momento me encontraba, lo quisiera o no. Formaba parte de uno de los tantos grupos de mantenimiento que cuidaban que las máquinas autónomas no dejaran de funcionar y cumplieran con sus tareas. También preparábamos los embarques requeridos para ser enviados donde se nos indicaba y atendíamos al agotamiento del suelo en aquel sector, bajo los rayos de los soles artificiales que reemplazaban al verdadero sol y que alguien instalara allí antes de nuestra llegada.
    Pero a pesar de todo cuanto podíamos hacer, de seguir todas las indicaciones, el suelo se agotaba, las máquinas se estropeaban, los sueños de rompían y no podíamos regresar.
    Y no solamente porque no hubiera dónde.
    La oscuridad de hoy se mezclaba con la oscuridad de ayer formando una perfecta continuidad con la oscuridad de mañana. Nada en aquella tierra del sol muerto marcaba alguna diferencia.
    Una lámpara, aunque arda eternamente en la altura, nunca reemplazará al sol, al verdadero, ese del que hablan las leyendas. El que alguna vez iluminó la Tierra toda y no sólo un retazo de ella como un leve resplandor. Cualquiera de nosotros lo sabía, aunque nunca lo dijéramos en voz alta.
    —¡Despierta! —grita junto a mi oído otro de los condenados de aquella granja chasqueando los dedos frente a mis ojos.
    Lo miro sabiendo que expresión alguna se refleja en mi rostro. No me queda odio, no me queda desesperación, no me queda nada por sentir.
    —La excavadora norte volvió a estropearse —dice extendiéndome una llave de tuercas pesada, oxidada, manchada de grasa y estropeada casi por completo—. Es tu turno de revisarla.
    Sigo mirándolo sin responderle, sin pensar en gastar saliva ni palabras en él.
    —Lo dice el superintendente. Si fuera por mí la dejaría así cómo está, ese cascajo apenas funciona. Pero… órdenes —explica dice encogiéndose de hombros.
    Tomo la llave de tuercas y, para cumplir con el protocolo, le sumo un casco de seguridad antes de salir del pañol. No tengo interés en que se note que no quiero hacer lo que se me indica, lo cual es claro, pero el disimulo es la clave para sobrevivir, y no sólo en la granja.
    Camino en la semipenumbra en dirección a la excavadora norte siguiendo la senda que apenas se adivina bajo el lejano resplandor de las lámparas. Estamos en plena la fase diurna, al menos es lo que se supone, no es necesario todavía encender la luz del casco. Por otro lado, la distancia no es tanta y no hay posibilidad de perderse. Todas las cosas quedan relativamente cerca en la granja; a no más de un cuarto de hora caminando a buen ritmo, media hora caminando con desgano. Y, siempre, dentro del resplandor de las lámparas. Siempre bajo ese manto de protección más supuesta de real que la luz siempre es para nosotros.
    Nadie sabe lo que hay allí donde no llegan a iluminar las lámparas, nadie quiere saberlo. Nadie se atreve a alejarse siguiendo por el sendero más allá del límite del resplandor, donde las lámparas fundidas se pierden en la nada. Y eso mismo es lo que se intuye: la nada, el vacío y la oscuridad que lo cubrirá todo en algún momento. Intentamos no pensar en ello pero en algún momento del día todos lo hacemos.
    Estoy cansado de estar aquí. Estoy cansado de reparar la misma falla, en la misma máquina, con la misma llave de tuercas, una y otra vez. Estoy cansado de la oscuridad tan real y la luz tan irreal. Cansado de la humedad siempre presente y del hambre que nunca se deja de sentir a pesar de que pasamos la mayor parte del día rumiando nuestro alimento. Cansado del ardor en mis ojos y la constante picazón en la garganta. Negarlo cualquiera de estas cosas carece de sentido.
    El agotamiento va más allá de mi resistencia. Sabía que este día acabaría llegando en el mismo momento en que llegó el anuncio de que sería enviado a la granja. Tenía la leve esperanza de que fuera evacuada antes de ser llamado al servicio pero, como siempre, la esperanza es el peor de los males. Esperar demasiado solo conduce a una única decisión, a una única y última posibilidad. Y como no tenía la posibilidad de negarme al servicio, porque no cumplía con los requisitos de las pocas excusas válidas para ello, mi única opción era aceptar el traslado y esperar el tiempo que fuera necesario.
    Al llegar junto a la excavadora encuentro la pila de alimentos en el suelo; levanto solo los que se encuentran más arriba, el resto quedará, ya inservible, en el barro. El chirrido de metal contra metal me indica cuál es la falla y lo que debo hacer. Al igual que las veces anteriores son suficientes dos, tres golpes, para que la máquina retome su normal funcionamiento. Algo se atasca en su interior pero nadie conoce el funcionamiento exacto de estas cosas, por lo que evitamos desmontarlas para no tener que reconocer después que no podemos volver a ensamblarlas. A los golpes todo se soluciona y nadie tiene que hacerse responsable.
    En aquel rincón de la granja la oscuridad luce más cercana, más profunda, más real, incluso más que uno mismo. Lo había notado en cada una de las veces anteriores que me tocó reparar esa misma máquina, pero hasta ahora no le había dado importancia.
    Miro en su interior, el de la oscuridad, y siento que ella también lo hace. Siento que la oscuridad mira en mi interior y que, tal vez, de alguna manera, me reconoce. De la misma manera en que yo lo hago.
    Dejo la llave de tuercas sobre la máquina, junto al incómodo casco que me quité al llegar. Sé que no se perderá ya que alguien la encontrará cuando sea momento de recoger los alimentos, cuando la máquina vuelva a atascarse, o cuando noten mi ausencia. Lo que ocurra primero. Aunque dudo que alguien note que ya no estoy allí; en todo el tiempo en la granja evité conocer los nombres de los demás y que ellos supieran el mío y creo haberlo logrado bastante bien.
    El frío lame mis dedos y es la primera cosa real, además de la noche, la oscuridad y la soledad, que reconozco en aquel sitio. Sé que si me detengo a pensarlo demasiado no tomaré ninguna decisión.
    Cierro los ojos y doy el primer paso fuera del resplandor de las últimas lámparas.
    Y ya no me detengo.
    Sigo caminando y descubro que allí, en medio de la nada, la oscuridad y el vacío, el viento es indiferente a cuanto mueve con su paso. Comprendo, entonces, que debí haber hecho lo mismo, hace tanto tiempo, con tus palabras. Pero, de haber sido así no estaría aquí.
    Y ahora, que por fin y definitivamente no me queda nada, puedo caminar libremente.

domingo, 14 de marzo de 2021

Crónicas Charrúas # 20

Estoy seguro que debe existir una razón para que el horario de entrada y salida de los hoteles esté pautado de una manera y el arribo y la partida de los ómnibus en Tres Cruces sea una diferente. Algo similar sucede en Buenos Aires, para no hablar solamente de Montevideo y estimo, porque no tengo conocimiento, pasará lo mismo en cualquier otra ciudad. ¿Qué esperan que hagamos en ese hueco de horas que muertas que nos dejan entre una cosa y la otra?
    Dejé la recepción del hotel arrastrando una valija prácticamente llena de libros, y la mochila con restos de arena, caminando por la Avenida 18 de Julio mirando la fila interminable de vidrieras sabiendo que no compraría nada de lo allí expuesto cumpliendo mi propósito de nunca aceptar ni regalar souvenirs de viaje. Esto me llevó a tener varias discusiones con conocidos y amigos que se sentían ofendidos porque no recibían nada al regreso de mis viajes o por mi absoluto rechazo a aceptar cualquier cosa que quisieran darme al regreso de los suyos. El regalar ese tipo de cosas que irremediablemente terminarán en la basura es una de las muchas prácticas que nunca entendí y que preferiría que fuera retirara de la experiencia humana —esa entre otras.
    Para peor, sabía que en Tres Cruces la situación sería similar porque, como describí en alguna crónica previa, ese lugar era un centro comercial en el que los turistas se dejaban sus últimos pesos uruguayos, si es que algo más, para no llevárselos consigo a su regreso. Pero nada llamaba menos mi atención en ese momento que las luces brillantes, la música y la incentiva a consumir. Además de que conservar algunas monedas como recuerdo no me parecía tan mala idea.
    Mi cabeza estaba en otro lado. Probablemente en el lugar al que acabaría volviendo y sobre el que no quería saber nada pero al que de todas formas estaba obligado a regresar porque no se puede vivir de vacaciones. El sistema no funciona de esa manera, salvo que hayas nacido por arriba del mismo y no era mi caso —de ser así este blog ni siquiera existiría.
    Podría haber aprovechado para despedirme de la ciudad de alguna manera, pero no lo hice. Podría haber hecho muchas cosas, pero no hice nada de nada. Sólo quería subirme al ómnibus y comenzar el largo regreso —aunque no, no quería hacerlo.
    Ya en el asiento cierro los ojos y esperé a que terminara de subir la gente, de cargar los bolsos y finalmente comenzara a moverse. Sabía que si pretendía descansar aunque más no sea brevemente tenía que aprovechar esos momentos antes de que las vibraciones del ómnibus me los impidieran. Sí, complicado para eso también.