Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
...

domingo, 15 de abril de 2018

El mito del falso héroe que no nos rescató de ninguna tragedia


Comenzaré con una breve confesión de mi parte: No comprendo a las personas que depositan su suerte en las cartas, los dados, los astros, la magia, las acciones de la bolsa, las promesas políticas, el vuelo de la aves, la resurrección de los muertos, el perdón de los pecados, la vida eterna, ni el tomar al azar cualquier libro de la biblioteca y leer la primera frase completa que encontremos en, digamos, la página 37. Comprendo mucho menos a las personas que recomiendan medicamentos que le fueron recetados porque a ellos les ha hecho bien.
            Por extensión, desconfío de cualquier persona que pretenda ser demasiado excéntrica para ser tomado como normal, de quienes se esfuerzan en aparentar normalidad para no ser considerado como raro, de quienes se quedan siempre a mitad de camino de cualquier opción, fuera de cualquier sistema de análisis y/o de interés.
El problema suele ser que eso que se cree que te hace único, diferente, especial de alguna manera, sólo lo hace porque tiene un interés relativo, el cual responde a uno mismo, por lo que carece de valor para nadie más. Lo que a ti te vuelve diferente, lo que te permite sentirte de ese modo, solamente te interesa a ti, no a los demás. La media quiere sentirse de ese modo, para variar, para no encontrarse por fuera de su lugar.
Es una suerte entonces que siempre haya alguien que acepte hacer el papel de infame para que el resto de las personas se sienta, apenas, un poco mejor. Que acepte ser el villano de una historia que nadie pretende contar pero todos simulan vivir. Ese, al que se debería adorar porque en verdad es de más ayuda para la sociedad haciéndose odiar por ella que el resto de las personas, que pretenden solucionar sus problemas desde un punto de vista tan abstracto como carente de validez.
Porque en este mundo sin dioses, sin hijos de los seres mitológicos, con meros personajes famosos por nimiedades que fácilmente olvidaremos cuando alguien más ocupe su lugar y que, es muy probable, solo unos pocos conocerán, el verdadero héroe es quien se presenta para cumplir el trabajo del villano. Lo que nadie quiere ser ni hacer, pero que cada uno de los que forman parte de la sociedad, necesitan por igual.
Al morir, en su honor, se construyen grandes tumbas, mausoleos enormes, estatuas y monumentos varios en diferentes partes del territorio; calles, escuelas, puentes, aeropuertos, buques de guerra, naves espaciales, asteroides en el cinturón de Orión, cereales para el desayuno, pastillas para el mal aliento, entre una variedad infinita de posibilidades, llevan su nombre con sumo orgullo. Y cada uno de quienes ven en grandes letras de moldes su nombre, sabe quién ha sido aquel que lo portaba, ignorará muchas cosas, pero jamás ese único y tenaz detalle.
            La presente generación me ha otorgado el honor de ser aquel al que todos tienen la facilidad de odiar por el simple hecho de rechazar la falsedad de lo políticamente correcto que no soluciona los conflictos sino que los disimula con el lenguaje, que reconoce la impostura de las neurociencias como carentes de componentes realmente científicos, que no va a perder el tiempo visualizando ninguno de los partidos del mundial de fútbol en la Unión Soviética, que rechaza la cerveza artesanal como impostura líquida y la música indie que suena mal y está peor cantada, que escapa a las redes antisociales y cuya opinión es tenida en cuenta pura y exclusivamente para ser rechazada en la frase subsiguiente a su inmediata mención.
            Llevaré la frente en alto haciéndome cargo del lugar que se me ha señalado pero que también he elegido ocupar.
Por otro lado, he comenzado la edificación de la que será mi última morada, el centro del futuro culto a mi persona. Sean concientes del esfuerzo que realizo por ustedes. Recuérdenme, pues, en concordancia con mi labor.


domingo, 8 de abril de 2018

Una pinturita


Lo que más me llamó la atención del anuncio fueron las continuas aclaraciones sobre el estado en el que se encontraba. Como si fuera extremadamente necesario dejar por sentado que nada malo había sucedido; que aun cuando los años habían transcurrido, y muchos caminos habían sido recorridos, lo que verdaderamente importaba seguía imperturbable. El mundo podría haberse derrumbado una o dos veces en todo este tiempo pero poco importaba, las cosas podían ser, al menos por el instante que tomaba recorrer cada una de las palabras del anuncio, iguales.
            El impulso por verlo, por saber en qué porcentaje el anuncio mentía, porque todos los anuncios mienten de una forma u otra, resultó irrefrenable. Aun sabiendo que carecía del dinero y que, en verdad, la curiosidad era el único motor que continuaba funcionando para mí.
            Por eso pasaba los días leyendo los anuncios clasificados, buscando algo por lo que valiera la pena salir y acariciar, con la mirada, aquello que nunca sería mío, ni tampoco me interesaba que lo fuera. Algo que me motivara a salir del quietismo en que me sumiera luego de los últimos fracasos; esos que después de un tiempo dejamos de numerar, pero nunca de recordar y nos asaltan por sorpresa cuando pretendemos dormir; esos pensamientos que nos arrastran poco a poco hacia el insomnio y algunas cosas peores.
            Lo cierto es que nunca me había preocupado por aprender a conducir, el transporte público, la bicicleta, o mis piernas, siempre me llevarían allí donde quisiera ir, creía con cierta cuota de ingenuidad aún cuando había sido de ese modo que desarrollara mi existencia.
Esa tarde, por un leve instante, que duró lo mismo que un breve suspiro de alivio, deseé haber hecho con mi vida algo por completo diferente. Algo que no me hubiera llevado a convertirla en una sucesión de quejas, proyectos inconclusos, ideas grandilocuentemente abandonadas, y soledades mal disimuladas.
Claro que, para qué negarlo, resultaba demasiado tarde intentar otra cosa.
Todos sabemos que ese refrán que comienza diciendo: Nunca es tarde para… y deja es espacio libre sobre los puntos suspensivos para colocar allí cualquier acción y/o verbo, es por demás falso. Al contrario, siempre es tarde para algo, siempre es demasiado tarde para otras cosas, y la verdad es que ya ni importa para otras.
Caminé hasta el lugar señalado por el anuncio y allí lo vi.
Flamante como si en verdad recién acabara de salir de la línea de montaje; reluciente en casi todos sus detalles; con señales de uso pero apenas perceptibles, como esas arrugas que se marcan en la comisura de boca cuando olvidamos qué era eso de sonreír; y un dueño dispuesto a venderlo aguardando sin impaciencia a que apareciera el comprador indicado que, por supuesto, no era yo.
No hubo necesidad de engaño, supo al verme que no venía a quitarle de las manos su máximo tesoro, sino que me contentaría con mirar, desde lejos, algo que se encontraba tan fuera de mi alcance, por no decir de mi interés, como el sol y la luna.
—Tenía razón con el anuncio —dije rompiendo el silencio—, es una pinturita.
—Yo nunca miento —respondió sin mirarme y sonriendo apenas mientras me alejaba.


---
Continuación del espacio publicitario:
Debido a las dificultades en la redacción señaladas en la publicación anterior, así como el hecho de que no se comprendiera hacia dónde se dirigía la historia, revisé algunas partes de lo escrito, modifiqué otras, quité frases, etc.
En definitiva, espero que puedan volver a leer esa historia y comentar al respecto si las dificultades continúan.
Me refiero al texto de la serie Árboles, que se titula Roble (Aquí).

domingo, 25 de marzo de 2018

Roble (Parte de la historia)

Irguiéndose en medio de la propiedad, un inmenso roble sobresalía por sobre el resto de los árboles que le rodeaban, así como de las pocas y derruidas construcciones que perduraban de otras épocas. En las últimas décadas nadie había visitado la región, se decía que había problemas de papeles, de herencias, de impuestos, de faldas, que impedían decidir qué hacer con aquel lugar. Pero, claro, para cualquier tipo de problema siempre existe la cantidad de dinero adecuada que lo soluciona.
            Las máquinas de demolición, las hormigoneras y las excavadoras llegaron por la mañana; el transporte con los obreros lo hizo cerca del mediodía. El nuevo dueño llegó por la tarde en su automóvil sport último modelo; arrasando con la hierba y sin preocuparse por si aplastaba alguna flor a su paso.
            Desde el pueblo cercano, la comisión de historia regional se acercó para conocer lo que aquella persona se proponía.
            Se dice que la comisión fue recibida en medio del parque, que aquel hombre no los invitó a pasar al interior de la casona, que los obreros habían comenzado a demoler; ni les ofreció, siquiera, un café aguado. Nada. Los miró con desprecio, sin comprender si aquellas ropas medievales que llevaban eran parte de algún juego o se vestían así por su trabajo. Escupió al suelo luego de escuchar quiénes eran y espetó:
            —¿Qué es lo que quieren?
            —Nos preocupa lo que vaya a hacer usted con la finca. Es histórica, parte de las primeras fundaciones del pueblo —dijo quien parecía dirigir al grupo.
            —¿Qué pueblo? ¿Esas ruinas que están cerca del río? Todo esto es mi propiedad ahora —respondió el recién llegado con las palabras cargadas de soberbia.
—Tan sólo queremos asegurarnos que se respete el roble de la fundación —dijo uno de los miembros de la comisión.
            —¿Qué cosa? —preguntó sin quitar la mirada de la pantalla de su celular.
            —Aquel árbol de allí —acotó otro de los presentes, asegurándose que el recién llegado prestara atención en la dirección correcta.
            —-Ah, ¿si? ¿Y por qué? ¿Es importante?
            —Tiene mucho valor —dijo el que hablara primero, agregando rápidamente al ver el brillo que sus palabras despertaran en los ojos del recién llegado—, simbólicamente hablando, claro. Usted entenderá, el pueblo se fundó aquí porque el roble indicaba que era un terreno propicio para ello. Su presencia es señal de la riqueza de estas tierras, los beneficios de su presencia no tienen igual. Las tradiciones del lugar hablan de sus poderes curativos, y otras cuestiones, que, claro, en la actualidad sabemos que no son por completo reales. Pero no por ello disminuye su importancia. ¿Comprende?
            —Es un árbol —dijo el nuevo dueño—, no es inteligente en sí mismo, no decide nada por su cuenta. Si el pueblo del que ustedes hablan se instaló aquí, habrá sido por el río, o porque el bosque llegara hasta aquí antes. Dicen ser la comisión de historia, busquen información valedera, no vengan con fantasías.
            —No dijimos que fuera un árbol mágico —dijo el más joven del grupo.
            —Pero de seguro tenían pensado decirlo en el caso de que fallara su plan para convencerme de que deje todo tal como está. Pues lo siento, construiré el centro comercial más grande de la región, con vista al río desde el patio de comidas, y un estacionamiento tan amplio que no sólo ese roble, sino todos los árboles que están más atrás también serán talados, uno por uno. Ni siquiera dejaré en pie las ruinas.
            —¡Es inaudito! —gritaron varios de los del grupo con fingida afectación.
            —Al contrario, atraerá el comercio, todos querrán venir a visitarlo. Deberían pensar que soy yo quien les hace un bien, no ese maldito árbol. Ya vendrán después a agradecérmelo…
            Se volvió sin darles posibilidad de réplica; a los gritos y con señas desde lejos indicó que cortaran los árboles comenzando, precisamente, por el roble que pretendían defender.
—Sin dudas que lo haremos —dijo el primero que hablara en medio de las demostraciones de alegría y satisfacción de los otros miembros de la comisión de historia regional.

Comenzaron a desvanecerse poco a poco, en medo de los últimos rayos del sol del atardecer y la lluvia de hojas que se desprendían de las ramas más altas, a medida que las motosierras atravesaban el grueso tronco del roble.


----
Inicio del espacio publicitario.
Quería informarles que han publicado una entrevista, junto con uno de mis cuentos (más largo de lo habitual), en el portal literario Tren Insomne. Si, los encontré medio dormidos y acabaron aceptando mi presencia entre ellos.
En este enlace pueden ver ambas cosas, tanto la entrevista como el cuento - Aquí -
Para aquellos que les interesan las redes sociales, tenemos también el perfil de facebooktwitter  e instagram
Fin del espacio publicitario - Gracias
----

domingo, 18 de marzo de 2018

Omphalo


Cada tradición contiene un cierto porcentaje de veracidad entremezclada con una cantidad indefinida de inexactitud; es lo que la transforma en algo sumamente atrayente e imposible de dejar de lado, aun cuando se intenten ingentes esfuerzos por lograr algo semejante.
            Descubrir el lugar exacto en el que comienza a forjarse una nueva tradición, una nueva idea sobre la historia universal, una nueva concepción del mundo, resulta de suma importancia porque, encontrándose en el momento adecuado, en el lugar justo y con las herramientas precisas, es posible evitarlo. Para eso se nos paga. Para mantener un único orden posible por sobre la multiplicidad del caos. Para destruir las raíces del pensamiento individual, para señalar los límites del círculo del cual no debemos, bajo ninguna consideración, escapar. Porque fuera de él no hay nada.
            Claro que no siempre es fácil percatarse de las señales imperceptibles que indican el inicio de los cambios. En las pocas oportunidades en las que hemos llegado demasiado tarde las raíces de la creación han temblado, en grado sumo, para lograr mantener el estado de equilibrio entre lo que es y lo que nunca podrá ser. El orden entre los que tienen poder y aquellos que sólo pueden anhelarlo.
            La enumeración de nuestros triunfos carece de sentido. La mayoría de los nombres que podría mencionar ni siquiera forman parte del recuerdo. Tras nuestro paso no permanece roca sobre roca, ni grano de arena sobre grano de arena, sólo queda el aroma de la frustración que desaparece poco a poco confundiéndose con el miedo y la continuación de lo cotidiano.
            Si tienes suerte lo único que percibes ante nuestro paso es una extraña sensación de deja vu cuando se reescribe la realidad. Si no la tienes, tu existencia quizá haya sido borrada, de seguro por innecesaria, por los tiempos de los tiempos y más allá.
            Nunca fracasamos.
            Porque si llegara a suceder algo semejante ese fracaso se convertiría en la nueva medida de la realidad. En el nuevo sentido de nuestra labor, al que defenderemos con cuanto recurso podamos poner en juego. Esa realidad será el omphalo sobre el cual girará nuestra existencia, el centro del universo, el centro de la vida, un nuevo círculo perfecto en su perfección momentánea.
            Y, lo más probable, tú ni siquiera te darías cuenta. Seguirías con tu vida como si nada, con los mismos problemas, las mismas miserias y carencias, los mismos pequeños deseos y mezquinos anhelos que siempre.
Después de todo, los minúsculos seres que forman tú y los tuyos, nunca se percatan de nada, ni siquiera cuando se encuentran en el centro mismo de la creación.


domingo, 11 de marzo de 2018

El misterio en sus páginas


La gente que me conoce sabe que utilizo la mayor parte del tiempo para leer, incluso he llegado a soñarme leyendo, por lo que desisten bien pronto de regalarme libros. Más que nada porque aun cuando no juzgo por la portada, existe la posibilidad real de que ya haya leído, anotado, cuestionado, criticado, olvidado y vuelto a leer antes de que su existencia llegara incluso a ser vislumbrada por ellos y pensaran en que podría ser un buen obsequio.
            De allí mi sorpresa ante el pequeño libro, en octavo, con tapas duras, negras y sobrias, con el título en el lomo y no en el frente, sin ningún otro detalle que permitiera su identificación, que llegó a mis manos envuelto en llamativo papel de colores en el último aniversario de mi nacimiento. El título no me resultaba conocido, pero bien podría tratarse de una nueva traducción de algún autor extranjero, de esas que siguen la moda de cambiarle el título con el que ciertas obras son universalmente conocidas. La sonrisa de quien me lo diera generó aún más enigma.
            El resto de la velada no hice más que pensar en él, dejando que la ansiedad por recorrer sus páginas creciera libremente hasta el punto de olvidar las conversaciones en las que supuestamente participé. Mi atención había sido captada por ese objeto, por ese libro, por ese misterio, por esa sonrisa de atrevimiento.
            A la mañana siguiente, ante los restos de una leve resaca y un café humeando sobre mi escritorio, con mi bata de lectura perfectamente colocada y las sandalias más cómodas en mis pies, me senté en mí berger con el libro en las manos.
            Recorrí los pliegues del cuero de imitación con la yema de mis dedos; volví a leer el título en sobrias letras plateadas; lo abrí en la primera página y aspiré el aroma que se desprendía de aquella alquimia de papel, savia vegetal, tinta, pegamento y ficción.
            Busqué el inicio del texto, ignorando los datos de edición, las dedicatorias, los prólogos innecesarios y cualquier introducción; sólo me interesaba el texto en sí mismo para comenzar a leer:

Este libro comienza mal.
Tiene cosas que no se comprenden y, durante las primeros párrafos, nadie será capaz se advertir el por qué de lo que allí se narre, ni la razón de ser de sus personajes.
Me gustaría decir que, al avanzar las páginas, eso ya no sucede, que todo mejora y, claro, el final justifica y corrige cualquier error. Pero es algo que no me corresponde a mí decirlo, más que nada conociendo mis propias deficiencias al momento de escribir.
Algún día comprenderé, finalmente, aquello que he hecho mal. Ese mismo día sabré que es demasiado tarde para pensar en cambiar ni siquiera en lo más mínimo aquello que ya se encuentra hecho.
Siempre es demasiado tarde para evitar y/o enmendar los errores. Eso lo sabe cualquier principiante. Al igual que aprendemos, con el dolor de la experiencia, que en todo comienzo anida, indefectiblemente, la semilla del fracaso.

Luego del último renglón, quien me regalara el libro había escrito, en su inconfundible caligrafía, tan indescifrable como su sonrisa en la noche anterior: Suerte.
            Las 250 páginas restantes del libro estaban por completo en blanco.