Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 4 de agosto de 2018

Continuar escribiendo


Escribir para no perder la costumbre, no porque tuviera nada para decir y/o contar, para sentir fluir las palabras.
Llevaba tiempo sin hacerlo, sin escribir sin un rumbo fijo, sin una necesidad de llegar a algún sitio determinado, sin contar una historia que sabía desde la primera palabra de qué manera acabaría. Escribir tan sólo por escribir, sin caer en el absurdo de la escritura automática, pues todo el mundo sabe que el subconsciente es apenas un invento; ni recurrir, tampoco, al cadáver exquisito de ideas truncas de otros textos con los cuales formar otra cosa y venderla como algo novedoso antes de que la mezcla comenzara a denunciarse por el mal olor.
            Tampoco sería el diario de una escritura, porque lo que no hay es, precisamente, escritura, sino tan sólo el deseo de escribir. Todo lo demás se encuentra ausente. Y al decir “todo”, elijo una palabra lo suficientemente amplia como para dejar abierta a la imaginación de los lectores supuestos (un texto siempre supone la existencia de un lector, aun cuando ese lector solamente sea el mismo escritor) engloben con ella lo que prefieran imaginar que se necesita para concretar un deseo tan vano y egocéntrico como el querer hacer algo, no poder hacerlo y, aun así, hablar de ello.
            La tentación del silencio, siempre presente, siempre latente, siempre anhelante de un final definitivo, por alguna razón resultaba una salida fácil, sencilla por demás, para escaparle al momento. Esperar a que surja la inspiración nunca, bajo ningún aspecto, es una respuesta.
            Las palabras bullen, escuecen bajo la piel, arden en la punta de mis dedos hundiendo delicadamente las teclas para formar una oración (la violencia necesaria para marcar a tinta una palabra en un grueso papel de obra con una máquina de escribir, una Remington, una Olivetti o una Underwood, hace tiempo que dejó de ser necesaria). El silencio y lo aséptico de una página siempre limpia reemplazaron a la pasión, la furia de las palabras disparadas contra las teclas y las manchas de tinta. Algunos dirán que es para mejor, otros que antes se escribía de otra manera.
            Escribir para continuar, escribir para señalar que seguimos vivos y aún podemos levantar la cabeza por sobre la línea mínima de flotación.

domingo, 22 de julio de 2018

Jacarandá (Antes de que llegue la primavera)


Se lo prometió a sí mismo luego de que aquello, lo que no debe ser nombrado, ni recordado, ni siquiera soñado, sucediera; la ciudad no volvería a disfrutar de la primavera. Lo había decidido, la estación estaba prohibida.
            Tras largas semanas pensando cuál sería la mejor manera de que su plan tuviera efecto sobre todos los que habitaban en ese lugar, se percató de que era más sencillo de lo que parecía. Para abolir la primavera, lo mejor sería talar todos los árboles de las aceras de la ciudad. Todos y cada uno de ellos, del primero al último. Contaba, además, con lo necesario para hacerlo: su nueva hacha recientemente afilada, los conocimientos adquiridos de los tutoriales de youtube, y el amparo de la noche. ¿Qué podría salir mal?
            El tiempo era el ideal, apenas comenzaba el otoño, por lo que las noches se volvían cada vez más frías, habría más horas de oscuridad y menos personas deambulando por las calles, ocultas en sus hogares ansiando el retorno de las noches de calor y juerga. Esas noches de primavera que no se repetirían jamás.
            A lo largo de cada noche descargó su malestar, su odio, su desesperación junto con el desprecio recibido a los últimos años. La primera semana apenas sí podía con uno o dos de los más añosos árboles de la ciudad por noche; le tomaba el día completo recuperarse para repetir la faena en la siguiente noche.
            Su cuerpo comenzó a cambiar, tanto esfuerzo, tanto ejercicio, se entiende, fortaleció sus músculos y quemó grasas acumuladas en lugares que una persona normal ni siquiera sabe que existe. Sus brazos de volvieron fuertes y expertos leñadores; ya no demoraba tanto en cada árbol y podía, en una noche, acabar con media docena de ellos.
            El misterio del derribador nocturno nunca se aclaraba, siempre se decidía por atacar en lugares extremos de la ciudad, para que no pudieran atraparlo quienes esperaban verlo en los mismos sitios en los que se entretuviera la noche anterior. No resultaba fácil luego de dos meses de empeño, pero continuaba adelante, esperando no ser detenido antes de cumplir con su cometido.
            Surgieron imitadores, como no podía ser de otro modo. Pero no hacían lo mismo que él y era fácil reconocerlos. Algunos recurrían al fuego, otros ataban sus vehículos a los troncos más gruesos de los árboles y pretendían arrancarlos de cuajo. Las autoridades se entretenían con esos pobres diablos mientras que a él lo dejaban tranquilo; reconocían quién era el verdadero peligro y a quiénes sí podían enfrentarse.
            Arreció el invierno, las noches gélidas y tormentosas no hicieron mella en su decisión. Continuó adelante incluso ante el anuncio de posibles nevadas, que nunca llegaban a concretarse, como un intento por obligarlo a detenerse ante las inclemencias del frío.
Nada le importaba. La ciudad lucía un poco menos habitada cada mañana, mientras retiraban los árboles muertos, las ramas partidas, los nidos abandonados y destrozados de los pájaros huidos. La tristeza se expandía a cada rincón de la cuadrícula mientras en él, algo similar a la alegría comenzaba a crecer en lo más profundo de su ser sin, aún sin dejarse reconocer.
El tiempo apremiaba. Las semanas pasaban una detrás de la otra y la primavera se acercaba irremediablemente. Comenzó a trabajar más rápido, las noches comenzaban a acortarse y los parques céntricos de la ciudad se encontraban fuertemente custodiados por la policía y la gente que se revelaba ante tanta matanza sin sentido (¿Pero tiene sentido alguna matanza?).
Sus brazos ardían, su corazón latía como una locomotora desbocada el alba en que se dio cuenta que había fracasado una vez más.
Con el sudor nublándole la vista, el cabello apelmazado sobre la frente, la ropa pegada a su fibroso cuerpo, contempló el amanecer y, por sobre los rayos del nuevo sol, el último jacarandá de la ciudad floreció delante de sus ojos.
Arrojó el hacha a un costado y, con los hombros caídos y la mirada baja, emprendió el regreso final a su hogar. Algo que le resultaba sumamente familiar comenzaba a hacerle arder los ojos, una vez más. La primavera había triunfado una vez más.



Comienzo del espacio publicitario:
En el número 29 de la revista digital El Narratorio, pueden leer el cuento "Hacia el siguiente universo". Completamente gratis y que los asiduos lectores de Proyecto Azúcar habrán podido disfrutar, también, aquí.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 14 de julio de 2018

Cuando los cerdos vuelen


Supongo que, como la mayoría de las cosas en la vida, comenzó como un juego. Libre, sin limitaciones, lúdico de por sí e indiferente a lo que pudiera suceder en cualquier otro aspecto. Luego comenzamos a crear reglas, leyes, ordenanzas, obligaciones, pagos anuales, mensuales y quincenales, visitas al médico cada dos meses, horarios, formas adecuadas para responder los mensajes de texto, fórmulas para saludarse, y un sin fin más de detalles que nos llevan a olvidar de qué manera debería de ser algo tan sencillo como vivir... Olvidamos que es lo efímero de la vida lo que la torna interesante; sin embargo, trabajábamos de manera tenaz y constante para lograr arruinar cualquier cosa que posea verdadero valor.
El juego había quedado tan atrás que ni siquiera podía considerarlo como un recuerdo, se encontraba demasiado cerca del olvido. Una de esas tardes en las que me encontraba rellenando formularios y planillas que nada decían sobre quién era yo, o cómo era posible que hubiera llegado a ello, noté cómo había cambiado todo, de aquello que ya no era, si es que alguna vez había sido. ¿Cómo era posible que hubiera llegado a pasar mis días de ese modo tan inocuo y carente por completo de valor sin percatarme antes de ello? ¿Dónde era que había errado el camino?
Siempre había dicho de mí mismo que quería evitar transformarme en lo que más odiaba. Claro que, con el tiempo, el odio se torna más laxo, más permisivo, más necesario de ciertas transgresiones si lo que se pretende es sobrevivir. Aplacaba el odio pensando en alguna venganza futura, en algo que cambiaría la realidad (la mía, porque para afectar la realidad de los demás siempre resulta más complicado).
Ese día algo quebró la monotonía de la inercia sin igual que me aquejaba.
Llegué dos horas más tarde al trabajo, sin avisar previamente claro; no porque me hubiera quedado dormido o el transporte público funcionara peor de lo habitual. Simplemente decidí llegar a esa hora y ver la reacción de todos los demás. Algo que no se hizo esperar.
—¿Cuál es su excusa J.? —preguntó el gerente de la empresa luego de hacerme caminar a lo largo de todo el piso desde mi cubículo hasta su oficina bajo la atenta mirada del resto del personal.
—Søren Kierkegaard escribió algo así: "La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia adelante" —respondí.
Dejé de contar a los veinte segundos, pero fueron muchos más los que demoró el jerárquico en poder articular algo con cierta coherencia que, como no podría ser de otro modo, se trató de otra pregunta.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Cito frases que no comprendo, de libros que no he leído, para sorprender a gente que no conozco y sentirme menos vacío conmigo mismo —debo confesar que venía practicando esa frase desde hacía semanas, por lo que no sonó tan mal, ni tan fuera de lugar después de todo.
—No sé a qué estará jugando hoy J., pero teniendo en cuenta que usted es un buen empleado —dijo mirando algo en la pantalla de su computadora—, y que por lo general no hace gala de faltas de respeto, vamos a hacer de cuenta que no pasó nada. Lo mejor sería que regrese a su cubículo y retome sus tareas.
Asentí en silencio, sintiéndome derrotado sin haber siquiera comenzado a presentar batalla, sin haberme enterado de que me encontraba en guerra, sin conocer el momento exacto en el que habían comenzado las hostilidades y los malos entendidos.
—Ah, y una cosa más —me retuvo el gerente—, solamente el día en que los cerdos vuelen se permitirán faltas de respeto, como la que acaba de realizar, en ésta empresa. Espero que quede bien en claro.
Asentí una vez más.
Salí de la oficina y, antes de sentarme en mi puesto de trabajo fui al baño, necesitaba lavarme la cara, despejar mis ideas, repensar viejos esquemas y, también, orinar.
Al ver lo que alguno de mis compañeros había dibujado en la pared del baño fue más suficiente para tomar la decisión que, pensándolo de manera retrospectiva, llevaba demasiado tiempo postergando.
Esa tarde, luego de pasar algunos minutos retirando mis pocas pertenencias del cubículo, borrando archivos de la computadora y respondiendo algunos correos personales, entre ellos uno al gerente con el que había tenido tan amena charla unas horas antes, y a quien envié una fotografía de mi flamante descubrimiento. Una de las tantas minivengazas que cometía ese día (para no mencionar las monedas fuera de circulación y fichas del parquímetro, que usaba para atacar la máquina de café al menos una vez a la semana.
Me fui sin saludar, como la mayoría de los días,  camino del correo, para enviar mi telegrama de renuncia, comencé a sonreír.


Para quienes quedaron intrigados sobre lo que me encontré en el baño:


domingo, 8 de julio de 2018

Y golpear, a la velocidad del sonido, contra un muro de concreto

Para equivocarse hay que hacerlo bien. 
   De nada sirve hacerlo en parte o por simple azar. Al contrario, el error debe de ser violento, directo, sin posibilidad de vuelta atrás. Como la vida misma. 
   Esa es la razón por la cual, equivocarse de la manera correcta resulta tan difícil. Es un arte cuyas particularidades no se aprenden sino que se nace con ellas, como si de un don se tratara. Así como hay gente que sabe hacerlo, otra nunca lo logrará, en ningún momento, en ningún lugar. 
   Desconozco quiénes son lo que llegarán al final del camino, si aquellos quienes se enfrenta con él o quienes nunca lo conocerán. Podría postular interesantes teorías al respecto, todas contradictorias entre sí, pero, la verdad, dudo que exista alguien interesado en algo semejante. 
   En algún momento de la vida, supongo, habría que intentarlo. Habría que jugársela y enfrentar el resultado que se presente frente a nuestra realidad. Buscando, siempre, la posibilidad del fracaso, del error, en medio de tantas opciones de triunfo. La cuestión más preocupante es que no se nos enseña la manera adecuada de reaccionar frente a la incertidumbre más atroz. 
   ¿Qué hacer cuando aquello que podría ser pero que, también, podría no sea aún no se encuentra definido por completo? Ansiamos la rápido, lo directo y definitivo. Cualquier otra opción resulta una complicación de por sí innecesaria. 
   Podríamos continuar enumerando las quejas factibles de ser pero, lo cierto, lo real, lo verdadero, es que nunca nadie postuló que hacer del error una forma de vida fuera algo realmente factible y no un simple, claro e inevitable fracaso. 
   Otros, por supuesto, ni siquiera poseen esa opción.


Pd: La imagen no es mía, tampoco es algo que me haya sucedido personalmente...

domingo, 1 de julio de 2018

Lapacho (Yo me encargo)


Los valores son relativos. Es difícil acostumbrarse a algo semejante; más aun cuando nos hemos criado a lo largo de tantos años pensándolos de otra manera. Pero la sociedad cambia, las personas cambian, el mundo cambia. Todo cambia. Incluso nosotros mismos cambiamos, lo queramos o no, no demos cuenta de ello o no; cambiamos aún más cuando nos negamos a aceptarlo.
            Las viejas creencias, y no me refiero a la religión y sus cadenas llenas de anclas, sino a las creencias que nos dicen por dónde debemos caminar, cómo comportarnos, cómo ser personas acordes con nosotros mismos, cada día cambian más rápido. Dudamos primero de lo que ayer pensábamos que estaba bien, luego lo dejamos en segundo plano para finalmente acabar abandonándolo al poco tiempo.
            Quizá por eso me dejé llevar por sus palabras cuando dijo que se encargaría de aquellas tierras que, cuando niños, supimos disfrutar gratamente y que, luego de tanto tiempo, se habían convertido más en una molestia que en algo de lo que pudiéramos obtener algún beneficio. Apenas recuerdo qué fue lo que imaginé que haría al escucharle, el sentimiento de quitarme un peso de encima resultó más importante en ese momento.
            La memoria es extraña, nos engaña por puro placer, y nos dejamos engañar por ella. Imágenes de juegos y diversiones, de veranos bajo el sol, siempre en esa época del año, nunca en otra, corriendo junto a la brisa. Recuerdos en los que ni siquiera había reparado, estaban otra vez allí.
            Al poco tiempo, realmente rápido teniendo en cuenta la cantidad de papeles por reunir, formularios que completar, permisos, sellos, firmas, declaraciones impositivas, excepciones judiciales y similares, me informó  que estaba casi solucionado. Faltaban apenas unos días para que esa molestia, esas tierras inútiles en las que casi nada de lo que se intentara plantar prendiera, dejara de ser nuestra. Decidí que era tiempo de verla por última vez, con un dejo de añoranza que me pedía un punto final, que me insistía en volver a ver ese lugar para despedirme, innecesariamente, lo sé, pero, al mismo tiempo ineludible.
            Viajamos durante horas, en su auto primero, flamante de nuevo, con olor a cuero sintético recién salido de la línea de montaje y con pocos kilómetros en su haber; luego en una destartalada camioneta pick-up facilitada en una estación de servicio cercana al pueblo. Los caminos no eran los mejores, explicó, y tampoco era necesario arriesgar el auto nuevo para algo tan banal.
            Evité decirle que sus palabras me dolían, pero sabía que también lo sabía. No respondí. Me acomodé en el lugar del acompañante y esperé a que llegáramos. Sabía que mi pedido le molestaba, no comprendía mi necesidad de ver aquel lugar una vez más ahora que casi dejaban de ser nuestros. Carecía de sentido. Lo sé, pero pocas cosas en la vida tienen realmente sentido.
            La vieja hacienda, abandonada y sin otra cosa que marcara que allí había algo más que una tranquera atravesando el camino, se encontraba más o menos exactamente como recordaba. La antigua casona llevaba décadas siendo apenas una pila de escombros luego de que decidiéramos demolerla para evitarnos problemas si alguien más la ocupaba durante nuestras casi eternas ausencias. Las plantas parecían un poco más cuidadas, sin dudas, debido al trabajo que había realizado para volver aquel lugar, al menos un poco más atractivo a la vista.
            —Había un lapacho por allí —dije señalando hacia los escombros—, ¿recuerdas? Daba hermosas flores en primavera —dije con un tono que resultó bastante soñador en mis oídos.
            —Si, claro —respondió—, allí está —agregó señalando a mis espaldas.
            —¿Lo cambiaste de sitio…? —pregunté—. No lo veo —dije mirando los pocos árboles que habían quedado marcando la entrada a las tierras de la hacienda—. ¿Dónde está?
            —La tranquera —respondió aprontándose para regresar.
            Una vez más, como tantas veces en los últimos días, el silencio me cubrió. Conocía sobre la cuasi mitológica dureza de la madera del lapacho, que soportaba estoicamente los embates de la naturaleza como si nada; no imaginaba que hubiera sido capaz de hacer algo semejante con un árbol que formaba parte de tantos de nuestros recuerdos, de nuestro pasado, de nuestra vida.
Jamás hubiera imaginado que sus palabras, que su promesa de ocuparse personalmente de aquel asunto, llegaría a tanto. Aun cuando lo único que había hecho fuera cumplir con su palabra y todo lo que había hecho yo era evitar preguntarle a qué se refería con ello.