miércoles, 4 de marzo de 2015

Inminente

Tan acostumbrados a los ruidos atronadores y la música sin sentido que buscaban imponer a toda costa, nos sorprendió el silencio en las telecomunicaciones mundiales. Una sorpresa grata en un primer momento, que sumió a muchos en la depresión de no saber qué hacer con sus vidas ahora que nadie les decía de qué forma consumir ni qué cosas que no necesitaban para la vida debían correr a comprar; también hubo quienes se dejaron llevar por la euforia provocada por el silencio.
            Uno, dos, tres; los días se transformaron en semanas y la gente recuperó las horas de la mañana, de la primera y la segunda tarde y, por supuesto, las de la tenue noche. Teníamos más tiempo para dedicarnos a nosotros mismos, a cultivarnos, como quien dice. El público en los teatros, que podía renovar sus obras en contraposición a los cines que contaban con un repertorio limitado, se multiplicó. Las bibliotecas, populares y no tanto, fueron invadidas por la gente que redescubría que los ojos servían para mirar algo más que una simple pantalla. Los conciertos al aire libre se sucedían todas las noches; y la gente hasta parecía feliz y en paz consigo misma.
            Era una maravilla tal que nos hacía pensar que no iba a durar demasiado, que pronto todo se acabaría de forma tan inesperada como había comenzado. Una explosión, un haz de luz, una vibración imperceptible para los humanos, algo, nos diría que cuanto construíamos para nuestra liberación, era poco y estaba destinado al fracaso. Porque todos nosotros éramos falibles, tal y como nuestros sueños. Una escultura de hielo abandonada bajo el inclemente sol del desierto ignora su destino, nosotros éramos incapaces de algo semejante.
            Lo sabíamos, por lo que comenzamos a prepararnos para el retorno de la publicidad y las bombas comerciales; comenzamos a educar a nuestros corazones frente a las posibles falacias de un mundo más feliz según más consumiéramos.
            La lucha sería terriblemente feroz y encarnizada. Nuestros corazones lo intuían de ese modo, y esperábamos estar preparados para cualquier impacto; cualquier cambio en la lógica de consumo, en la forma de ver al mundo, en las maneras de relacionarse los unos con los otros, sería detectada al instante.
            Habría que adaptarse o perecer; pero mis asuntos estaban cubiertos. Conocía de antemano cómo sería mi respuesta ante esos estímulos.
            De los otros, de los demás, nada podía decir.

domingo, 1 de marzo de 2015

Desarraigo

Sorpresas de sorpresas. El tren llegó a horario esa tarde en la que el sol golpeaba con fuerza. Ansiaba que, por alguna misteriosa razón, la formación nunca llegara y evitar, de ese modo, el deprimente espectáculo de los invernaderos arruinados. Cerrar los ojos ante el desierto que avanzaba más y más mientras los vidrios se transmutaban en arena nuevamente.
            Pero no, el maldito tren apareció. Con muy pocas personas a bordo. Los últimos pasajeros de aquella región que huían hacia la costa, hacia los mares, hacia la promesa de tierras fértiles y campos de labor. En ese mítico del otro lado del río del que sólo habíamos escuchado hablar en las canciones infantiles y en las oscuras leyendas del tiempo antes de nuestra llegada.
            Los barcos partían y ya no regresaban. Por eso se pensaba que la tierra de promisión eran tan hermosa que nadie quería volver, ni siquiera a traernos noticias de su segura existencia. Seremos seres egoístas hasta el final.
            Cerré los ojos mientras el tren atravesaba los que fueran los campos más fructíferos del país; no quería verlos y, aún así, una lágrima solitaria escapo de mi único ojo sano. Luego, creo, me dormí en un sopor impuesto por el calor y el metal recalentado de la formación, sin saber realmente lo que hacía.
            Era mi oportunidad de despedirme de aquella tierra, de tanta muerte, tanta vida perdida. Preferí no hacerlo. Allí ya nada quedaba de lo que supo significar para mí en mi propio pasado.
            Cerré los ojos para no ver, a nada ni a nadie.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Pensando en voz alta

La experiencia, la mayoría de las veces, le da un nuevo sentido a nuestras reacciones. No hablo de mejor o peor, sino de algo nuevo, diferente, alternativo, si se prefiere dicha palabra, a lo que conforma las bases de nuestro ser.
            Pensemos, por ejemplo, en nuestro nacimiento. Motivo de alegrías ajenas durante los primeros años de nuestro desarrollo; de alegrías personales durante la infancia, donde los regalos obnubilan cualquier realidad; de alegría teñida de tristeza la mayoría de veces durante la adolescencia que adolece de muchísimas cosas tales como sentido o razón de ser.
            Pasando, luego, a ser motivo de festejo (que no necesariamente incluye a la alegría), superada la etapa de pseudo-rebelión obligada por las necesidades del mercado, durante la primera juventud. Fiestas regadas por el alcohol y otros mejunjes, durante la segunda juventud; fiestas con ribetes melancólicos por todo lo que pretendíamos hacer pero que quedó en la nada o se transformó en algo diferente, durante la tercera juventud; fiestas en donde la alegría por la aparición de retoños ajenos, a veces también propios, contagian la alegría, durante la cuarta juventud.
            Hasta llegar a la etapa de la eterna juventud en la que comenzamos a notar que lo que rodea a las fechas que supieron ser de alegría es la nostalgia, cuando no el olvido, sobre cosas pasadas. Familiares que ya no están, libros prestados y jamás devueltos, besos robados hace tanto tiempo que nuestros labios no guardan recuerdo alguno, y una larga sucesión de detalles que sólo tienen sentido para nosotros y nadie más. ¿Cómo pretender que alguien que no es nosotros mismos comprenda todas nuestras referencias en los diálogos faltos de continuidad? Eso nunca ocurrirá, ni siquiera con nuestros clones efímeros.
            Si esto es posible con algo como el nacimiento, imaginen lo que podría significar cuando por fin nos alcance la muerte tan ansiada, tan negada, tan temida, tan olvidada. Lo único que nos queda es imaginar la reacción de quienes perduren luego de nuestro paso por la vida, sabiendo que siempre creemos mejores a las personas que no se lo merecen y aquellas en quienes dudábamos pueden, muy bien, sorprendernos por sus genuinas expresiones.
            Claro que, en ese caso, ya no estaríamos, así que, ¿a quién puede importarle toda ésta divagación?

domingo, 22 de febrero de 2015

Una advertencia más

Mienten quienes suponen que la realidad es allí donde muere toda imaginación. Quienes dicen algo semejante temen a la única y verdadera arma de destrucción masiva que los hombres poseen. La imaginación no choca y se destruye contra la realidad. Al contrario, es quien la forma, quien la constituye, quien le otorga cuerpo.
            Temen quienes creen que únicamente lo material es lo que cuenta; temen quienes ansían controlar lo incontrolable; temen quienes piensan que pueden controlar nuestros sentimientos, nuestras ansias, odios y amores.
            Aún no han llegado tan lejos las ciencias como ellos desearían, pero hay cosas, como el miedo, que nos hacen dudar.
            Tememos y nos paralizamos, como un venado atravesada en medio de la ruta que se encandila por las luches de ese metálico ser que se abalanza sobre él. Tememos y nos dejamos convencer que la imaginación es perjudicial para la salud y cosas semejantes.
            Pero nada de esto tiene lugar ni sentido. Allí donde algo queda, aflora nuevamente. Siempre hay muchas cosas nuevas para imaginar, porque ni el miedo ni el dolor son eternos, como tampoco pueden ser los rumores ni las realidades.
            Dos que se odian y se asesinan mutuamente con miles de ideas, pueden ser aliados y obtener mejores creaciones. Si algo nos enseñan todas las historias es que los mejores amigos pueden ser los peores enemigos pero, también, a la inversa. La imaginación no tiene límites, y aún después de muertos, nuestras ideas pueden ayudar a otros a crear las suyas propias.
            La realidad no es la tumba de la imaginación, sólo los corazones más débiles sucumben ante ella. Y es por esos corazones por quienes deberíamos preocuparnos realmente, no sólo por los nuestros acostumbrados a la fantasía y la ilusión, sino por los de todos los demás.