Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

lunes, 21 de agosto de 2017

Error # 19 (Prófugo)

Quizá haya creído que era posible algo así como huir de lo que de él se esperaba. Tal vez supuso que sería viable triunfar allí donde tantos otros antes, y después, que él, no habían logrado más que frustración. Era probable, también, que su razón haya sido alguna otra, que su motivación radicara en otra parte. Sea como sea, hizo su intento; lo que es, de por sí, demasiado.
            Se desentendió de lo virtual, no porque pretendiera regresar a lo real, sino porque nada disimulaba el vacío que sentía crecer en su interior llenando cada rincón de su ser (claro que hablar de la nada llenándolo todo parece una contradicción). No hizo más fotografías, no respondió los comentarios a los comentarios de los comentarios que otros comentaban. Dejó de dar perdidas señales de su presencia con símbolos que reemplazaban las palabras. Hizo de su vida algo privado, algo personal, algo por extremo suyo. Sin dudas, no lo sabía, pero su rebelión era, en verdad, la restauración del sentido común.
            La primera semana nada sucedió.
Tuvo más tiempo para sí mismo, que debió utilizar en otras actividades, en otros lugares; como ser la recreación fuera de las paredes de su encierro doméstico, volver a sentir el sol acariciándole la piel, el aire meciéndole el poco cabello que le quedaba, los aromas del mundo dándole un incómodo picor en la nariz, como cuando niño. En esos días, empujado por la vorágine de la permanente actualidad, de las noticias repetidas presentadas como algo diferente a lo que acabamos de escuchar y ver, su decisión pasó inadvertida, su desconexión transcurrió sin sobresaltar a nadie, sin generar problemas, sin alterar la continuidad del universo. Aún comía, viajaba hacia su trabajo, leía y miraba series como antes, pero no se lo anunciaba a quien se encontrara del otro lado de las pantallas.
Durante la siguiente semana comenzó a notarse la ausencia de sus símbolos, sus repetidas palabras, sus comentarios comentando comentarios y sus fotos carentes de cualquier tipo de valor estético. Comenzaron algunos a preocuparse, no porque temieran por su seguridad, o por el valor de una vida que tal vez se hubiera perdido, sino por su utilidad como seguidor. No se trataba de un interés real, se entiende, tan sólo era mero interés práctico; si es que tal diferenciación aún puede realizarse.
Al comenzar la tercera semana, cuando cualquier desconexión accidental o excusa similar había perdido atisbo de realidad, se lo señaló como un prófugo, como un rebelde, como un inadaptado, creyendo quizá que escapar era realmente útil, además de posible. Después de todo, sistema alguno de Internet permanece caído durante tantos días, eso sólo sucedía a principios del siglo XXI en Argentina, ningún teléfono pseudo-inteligente demoraba tanto en autorepararse, nadie dudaba durante tantos días en adquirir un aparato nuevo, nadie sobrevivía sin recibir símbolos a cambio de palabras, ni comentarios comentando sus comentarios a los comentarios comentados por alguien más.
Ese mismo día, comenzó la persecución.
La sociedad no toleraba a los prófugos del sistema.
Sí que no.
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Novedades:
Acaba de aparecer el número 34 de la Revista Próxima, de Ediciones Ayarmanot. ¿Por qué menciono esto? Es debido a que cuenta entre sus páginas con un cuento de mi autoría, Navegando las cuerdas del acordeón. Cuento que, para orgullo de mi persona, comparte el espacio con un relato de Mario Levrero.
            La revista salió en estas semanas, por lo que aún es fácil de conseguir, o pueden comunicarse con la gente de la editorial en el enlace anterior.


Por otro lado, en a publicación digital de la Revista Pélago número 26, que pueden descargar de aquí (http://revistapelago.blogspot.com.ar/), pueden leer otro de mis cuentos, Sal de mis sueños, se cosecha un poco anterior, pero también fruto de mis (pobres) ideas.

Saben que cualquier comentario sobre los mismos es bienvenido y aceptado

domingo, 13 de agosto de 2017

Adormecida junto a mí

Sinceramente, y por supuesto, en un primer momento pensé que se trataba de un método más de conquista. Uno que hasta ese momento nunca había visto en práctica, ni sobre el cuál hubiera escuchado nada en ninguno de los bares para noctámbulos que comenzara a recorrer en los últimos meses.
            Entre tantas máscaras a la moda, pieles de colores , actividades que sólo se realizaban por un tiempo, transmisiones de datos, besos por celular, orgasmos por email y likes a cambios de sexo, solo en los lugares más oscuros era posible hallar algo similar a la paz. Lugares a los que pocos se atreven, antiguos y olvidados búnkeres de la cuarta guerra lunar, en los que las señales apenas sí podían atravesar alguna pared, y en donde los efectos de las máscaras, los maquillajes y los efectos alucinógenos de las feromonas artificiales, se tornaban, prácticamente, nulos.
            El lugar ideal, entonces, para buscar, que no es lo mismo que encontrar, un poco de sinceridad en un mundo tan brutalmente falso como el nuestro. Suponiendo que no hubiera que explicarle a la otra persona el significado de tal término. Además, allí las bebidas eran más económicas que en la superficie; aún cuando podrías arriesgarte a un poco de disentería, sino algo peor.
            Allí fue, como dije, donde la encontré.
            Una aclaración, necesaria quizás, antes de continuar. No me encontraba allí buscando el amor; si es que algo semejante aún existe. Ni siquiera una aventura pasajera, aun cuando no me negara a tales artes. Estaba allí porque era el único lugar en el que podía dejar de ser todos los que los demás esperan que sea y ser, para variar, quien yo quiero ser. Ni siquiera pretendo que se me comprenda, carece de sentido ahora, carece de sentido después de ella.
            Se acercó a mí, en medio de la oscuridad, por la espalda, susurrando en mí implante coclear.
            —Eres el autor, ¿Cierto?
            La pregunta era, más que nada, para confirmar lo que ella ya sabía.
            —Algunas veces, sí. En algunas oportunidades puedo ser algo más —dije sonriendo a su sombra—, en otras algo menos.
            —Adoro tu voz —susurró de una manera tal que sentí que fuera la primera vez en que me decían algo semejante. Con esas tres palabras, con esas únicas tres palabras, logró que me entregara a lo que deseara sin pérdida de tiempo, sin oponer resistencia y con un batallón de frases hechas y lugares comunes de la literatura mediocre—. ¿Vendrías conmigo por ésta noche?
            —¿Sólo por ésta noche? —pregunté sabiendo que haría cualquier cosa que me pidiera, que mis barreras se habían desmoronado y nada me parecería excesivo. Al menos mientras continuara susurrándome de esa manera.
            —El tiempo dirá —respondió sin que me molestara, en sus labios, en sus palabras, en sus susurros, un lugar común más.
            Como dije, realmente pensé que estaba seduciéndome, que pretendían algo más allá que lo que finalmente sucedió al llegar a su microambiente en el distrito para solteras. El único mobiliario diferente, que no se encontraba adosado a la pared, era una gran cama, con un colchón sumamente confortable, como descubrí con sólo mirarlo, el resto era apenas diferente al resto. Esa cama era el único lujo.
            Sonriendo dolorosamente, pues sentía esos músculos de mi rostro estirarse como llevaban tiempo sin hacer, me volví para mirarla. Allí estaba ella, menos de un minuto luego de que entrara al minúsculo baño, cubierta apenas por un diminuto babydoll negro, cargado de encajes y sugerencias inclinándose sugestivamente sobre la cama.
            Comencé por quitarme el abrigo sin poder dejar de sonreír, acostumbrándome al dolor y fingiendo que aquello no era lo que tanto esperaba. Mis ojos nada descubrieron al recorrer su piel, ningún implante, ningún tatuaje, nada parecía fingido.
            Volvió a mirarme, su mirada detuvo mis movimientos cuando mis dedos luchaban con los botones de la camisa. Tenía uno de mis libros en sus manos, uno de los aburridos y me miraba.
            —¿Qué sucede? —pregunté.
            —Nos acostaremos, si —dijo—, uno junto al otro, sí. Me giraré hacia un lado, cerraré mis ojos y usted leerá para mí.
            —¿Qué…?
            —Durante el tiempo que usted lea podré dormir. Pero, en cuanto se detenga despertaré automáticamente. Necesito dormir, y sólo lo consigo cuando alguien lee para mí; hay mucho silencio aquí dentro —dijo como si hubiera algún espacio libre allí dentro.
            —¿Eso es todo? —pregunté—. ¿Qué hay de mí?
            —Usted estaría a mi lado —dijo finalmente acostándose y moviéndose como si me invitara a acompañarla a un lugar mucho mejor que aquel microambiente—, escuchándose. ¿Necesita algo más? —preguntó apoyando la cabeza en la almohada—comience cuando quiera.
            Media docena de insultos diferentes cruzaron por mi pensamiento, reacciones violentas de todo tipo, más insultos y la necesidad de irme de aquel lugar sin pronunciar palabra.
            Podría haber hecho cualquiera de todas esas cosas, algunas de ellas mucho más agresiva pero esperables en esa situación, se entiende. Sin embargo, lo único que atiné a hacer fue a recostarme a su lado y comenzar a leer, en voz alta, mi propio y aburrido libro, sintiendo como se adormecía junto a mí.

domingo, 30 de julio de 2017

Jaime, el mataautores

La casualidad le llevó a creer que cuanto le sucedía era real. Al menos se acercaba lo suficiente a la realidad como para que el propio Jaime pensara de ese modo. Claro que, el principio, como sucede con todas las historias, fue bastante confuso ya que a decir verdad, no era un lector asiduo de autores contemporáneos. Siempre había preferido a los clásicos, en ediciones más o menos económicas, más o menos llamativas, más o menos de colección. Lecturas que le generaban un placer que creía imposible de encontrar en autores más cercanos, por eso mismo los esquivaba, como si se trataran de enfermos a los que mejor ni acercarse.
            Como no podía ser de otro modo, este tipo de ideas provenía más que nada de su propia ignorancia en cuanto a teoría literaria, movimientos de vanguardia, operaciones publicitarias, menciones en las redes antisociales y asistencia a reuniones culturales. Lo sabía, o al menos lo intuía, pero en poco le preocupaba.
            La situación cambió, ya que de otro modo no tendríamos una historia para contar, el día en que, como al pasar, le fue recomendada la lectura de los cuentos de Augusto Monterroso. Eran finales del año 2002 y solo dos meses después pudo hacerse con un libro del hondureño.
Promediaba su lectura cuando lo sacudió la noticia de la muerte del autor.
            Regresó, luego, a la lectura de sus conocidos clásicos hasta una portada extraña, poco llamativa pero que por algo le atraía, llamó su atención en una de las librerías que siempre visitaba. Era julio del 2004 cuando la primera novela del uruguayo Mario Levrero cayó en sus manos.
La noticia de su fallecimiento llegó poco, muy poco después.
            Eso ya no parecía ser una casualidad. Más que nada cuando para su cumpleaños, en julio de 2007, le regalaron uno de los últimos libros de Roberto Fontanarrosa, que comenzó a leer esa misma noche.
            La misma noche en que Fontanarrosa nos dijo adiós.
          Al día siguiente el miedo, la confusión, la sorpresa, la incomprensión, inundaron a Jaime en sucesivas oleadas. Una vez puede ser azar, dos veces una casualidad, pero tres ya no. La tercera vez era algo mucho peor, algo que debería explicarse de algún modo. No podía responsabilizar a la edad de los autores, o a sus respectivas enfermedades, allí había algo más. Algo peligroso, algo que era necesario explicar de manera urgente. Principalmente luego de que comenzara a deleitarse con El Evangelio según Jesucristo días antes de la muerte de Saramago y la leyenda de “Jaime el mataautores”, como comenzaron a llamarle amigos y conocidos, circulara sin que nada pudiera hacer para evitarlo.
            La noticia viajó rápido, y si bien nadie podía acusarlo por la muerte de Roa Bastos, de quien nunca nada había leído, o de Cortázar, ni mucho menos de Borges o Bioy, otras muertes inexplicables y, claro, dolorosas, dentro del ambiente literario comenzaron a serle adjudicadas. Los rumores no dejaban de circular en un mundillo tan pequeño y, al mismo tiempo, tan lleno de egos, rencillas, disputas y facciones.
Tanto es así que comenzaron a llegar a su casa, sin que el propio Jaime supiera cómo era posible que tanta gente tuviera su dirección postal, cartas con pedidos y ofrecimientos para que leyera la obra de tal o cual autor (de renombre o sin él, edito o inédito, hombre o mujer, nacional o internacional), a cambio de lo que él quisiera pedir por sus servicios. Supo así que los efectos de su lectura sólo parecían producirse cuando la escritura no le estaba dirigida de manera directa y personal; una carta a su nombre no implicaba la muerte del remitente, como sí lo hacía en el caso de los libros u otros escritos sin un destinatario específico.
            Se le ofrecía dinero, viajes a paraísos vacacionales, mujeres, cargos políticos, casas y otros tipos de propiedades, más dinero y muchas más mujeres. El ofrecimiento parecía ser mayor cuanto más grande era el odio de quien le escribía hacia quien era señalado como posible lectura para Jaime. Su habilidad lo había vuelto sumamente deseable para toda una calaña de personas que creen que solamente ante la muerte de su oponente podrán sentirse satisfechos.
            A la muerte de Ernesto Sábato, en abril del 2011, llegaron a su casa tantos regalos de agradecimientos que ocupó toda una habitación de su casa con ellos sin siquiera pretender abrir uno solo. Él no era responsable de lo que sucedía, no podía serlo. No quería serlo. Quería que lo dejaran solo, que le permitieran seguir con sus lecturas, su trabajo, su vida.
            Pero nadie parecía entender sus declaraciones en la prensa, la radio, la televisión y en las redes antisociales. Todo era un error, y si no lo dejaban tranquilo porque se los pedía de manera amable, tendría que ser él mismo quien pusiera coto a tanta locura. La falta de respuesta a sus ruegos y diferentes pedidos le llevó a decidirse.
            Comenzó a rastrear a la gente que le escribía, en las redes, en los medios, en otros lugares y cuando los encontraba, luego de pedirle que dejaran de molestarlo sin obtener la respuesta buscada, comenzaba a leer todo aquello que esa persona hubiera escrito, fuera donde fuera.
            Como moscas rodeadas por una nube de insecticida, quienes solicitaban sus servicios comenzaron a caer uno tras otro. Fueron necesarios cien, mil, o más ejemplos, sin contar el tiempo desperdiciado en la lectura de tantas futilidades; pero, finalmente, luego de meses Jaime recuperó la paz que supiera tener antes del escándalo producido ante el conocimiento de sus supuestas habilidades.
            Y, si bien la justicia lo intentó, nunca pudieron demostrar que él fuera responsable de tantas muertes. En la mayoría de los casos, ni siquiera se encontraba en el mismo país (o hemisferio) que la víctima.
            Cuando todo pasó, cuando la noticia ya no lo fue tanto y alguna otra cosa la ocultó con su ingente novedad, pudo regresar a sus libros, a su literatura, donde tenía la seguridad de que los autores que leía ya estaban muertos y, por lo tanto, no podrían morir una vez más.

domingo, 23 de julio de 2017

Pequeño, pero triunfo al fin

Era necesario armarse de valor, paciencia y tiempo para visitarle. Pero era, también necesario, asegurarse que continuaba con vida y bien, o tan sólo con vida, que era, en parte, lo que nos importaba. De un modo u otro, todo se reducía a eso, a que continuara allí, sin molestar, si alterar nuestras rutinas más allá de nuestras ocasionales visitas de control. Esta vez, era a mí a quien le había tocado la suerte.
Se necesitaba tiempo porque los caminos que conducían a su hogar llevaban décadas abandonados a la buena de la naturaleza y no siempre era posible transitar por ellos. El camino se volvía tan tortuoso como el sólo pensar en recorrerlo y en las implicancias que pudiera tener esa visita, aún cuando la distancia real no fuera tanta como pudiera llegar a creerse; era, más bien, un distanciamiento emocional antes que físico, si quisiéramos explicarlo de forma que suene con algo de lógica.
La paciencia, por otro lado, no se refería a los caminos mencionados, sino por su modo cansino, extremadamente lento y achacosamente fingido de hablar cuando alguien se encontraba cerca. Pero también por su insistencia en evitar responder lo que se le preguntara; y porque, en definitiva, era su hogar en donde nos encontrábamos, lo que tornaba imperioso respetar las reglas que allí se impusieran, sin importar el por qué de las mismas ni lo ridículas que resultaran.
El valor, finalmente, se volvía necesario porque la nostalgia que destilaban sus palabras, sus gestos, sus formas de vestir y relacionarse con el mundo se encontraba un paso más allá. Era una nostalgia se percibida más que como el aroma del pasado, que era lo decía que pretendía lograr, como el tufo que se desprende de las flores mustias olvidadas en los antiguos cementerios. Lo sabía, al igual que el resto de los que continuábamos realizando ese peregrinaje hasta su hogar, pero nada hacía para remediarlo.
Apartado, solitario pero no en soledad, como solía decir, sin molestar para no ser molestado, para vivir y dejar vivir; como si fuera necesario agregar más frases hechas a su destino. Frases que, al menos en su exclusivo caso, tenían parte de razón.
Y el camino que se presenta interminable pero, por supuesto, no lo es, tampoco puede extenderse más allá del lugar al que se pretende llegar. Se demora, mucho, es cierto, pero en las veces que lo hemos recorrido, conocemos por dónde pasar así como por dónde no aventurarnos.
Respiré profundamente varias veces, como cada vez que me tocaba realizar ese recorrido; conté hasta diez, hasta cien, hasta doscientos, o más, antes de girar en el último recodo del camino preparándome para lo sucedería a lo largo de todo aquel día. Avancé los últimos pasos suspirando interminablemente mientras contemplaba la misma casa bajo los mismos árboles de siempre.
Un nudo en el estómago, la garganta seca y las palabras que no encontraban un orden adecuado para dejarse pronunciar; una campana sonó en el aire llamando a su puerta.
El silencio como única respuesta.
Un silencio que servía para señalar que luego de tantas quejas, reclamos y disgustos, aquella sería, por fin, mi última visita.

domingo, 16 de julio de 2017

Allí arriba aún se encontraba el sol

Como sucede con cada cosa de verdadera importancia, la información con la que se contaba era escasa. Demasiado escasa, dirían algunos, como si se tratara de algo organizado para que nada se supiera, para que los fanáticos de las conspiraciones pusieran en funcionamiento sus mejores recursos en la elaboración de las teorías más ingeniosas sobre lo que sucedía con el aire.
            Lo que sucedía, para ser más exactos, con la atmósfera. Porque aquello que comenzó como un simple fenómeno matutino, una neblina que no parecía querer disiparse, se transformó, poco a poco, con el correr de las horas, como les gustaba repetir a los periodistas carentes de imaginación, en otra cosa. Esa niebla, ese humo, como también se especuló que podría ser, parecía brotar de los mismos objetos. De casas y otras construcciones, de automóviles y unidades de remoción de restos patológicos de la vía pública, de árboles y plantas en macetas colgantes de balcones, de la población económicamente activa y jubilados. De todos parecía emanar esa suerte de vapor, un hálito inexplicable que se acumulaba formando pequeñas nubes en las esquinas de las ciudades.
            Al principio, en medio del desconcierto general de, por ejemplo, encontrarse en uno de los últimos parques públicos leyendo en voz alta La conquista del pan y ver que de las páginas, las letras, los signos de puntuación, emanaban aquel mismo vapor, le siguió una suerte de euforia. Algo que, rápidamente, dio paso al miedo, al terror y los desmanes en contra de la casta política que demostraba, una vez más, su despreocupación hacía todo lo que no fuera redituable en las próximas elecciones. Como aquello que sucedía carecía aún de explicación, de nada les servía ya que carecían de cualquier posible respuesta.
Se especuló sobre un posible caso de fiebre terrestre, en el sentido de que el planeta mismo estuviera levantando temperatura. Pero eso no explicaba, por completo, cómo era posible que nosotros, que no formábamos parte de la Tierra, también nos estuviéramos evaporando. Otros científicos intentaron respuestas disímiles a partir de los pocos datos que disponían, pero sus teorías no dejaban de ser meras especulaciones. También desde los hospitales parapsiquiátricos se habló de una situación de corte milenarista (que no milenial), pero nadie atendió a lo que allí se decía. Incluso en algunas radios entrevistaron a escritores de ciencia ficción con el fin de darle un toque más realista a lo que sucedía. Como no podía ser de otro modo, todo fue en vano.
            Semanas más tarde continuábamos sin tener respuestas sobre lo que ocurría, salvo por el detalle de que sentía la piel cada vez más seca y tirante, viendo como comenzaba a descamarse en la zona de las uñas y en las articulaciones, la vida parecía comenzar a adaptarse a la nueva situación. Al menos la mayoría de nosotros lo hacíamos y ya ni nos preocupábamos por lo que sucedía.
            Esas nubes, que comenzaran en las esquinas, se unieron entre sí formando una gran nube que ocultó mi ciudad, así como las ciudades cercanas. El vapor se elevó formando una nube inmensa, inconmensurable, difícil de describir con palabras de menos sílabas, ocupando el espacio entero.
            Sabiendo que sería, como mínimo, un espectáculo interesante, subí a lo más alto de un cerro cercano al pueblo y miré, desde allí, una gran extensión de nada que se extendía en la dirección en la que decidiera mirar; y, a lo lejos, en las alturas, intentando sostener de algún modo su preeminencia en un cielo, el sol, empequeñecido entre tanta nube, continuaba brillando.