Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 23 de julio de 2017

Pequeño, pero triunfo al fin

Era necesario armarse de valor, paciencia y tiempo para visitarle. Pero era, también necesario, asegurarse que continuaba con vida y bien, o tan sólo con vida, que era, en parte, lo que nos importaba. De un modo u otro, todo se reducía a eso, a que continuara allí, sin molestar, si alterar nuestras rutinas más allá de nuestras ocasionales visitas de control. Esta vez, era a mí a quien le había tocado la suerte.
Se necesitaba tiempo porque los caminos que conducían a su hogar llevaban décadas abandonados a la buena de la naturaleza y no siempre era posible transitar por ellos. El camino se volvía tan tortuoso como el sólo pensar en recorrerlo y en las implicancias que pudiera tener esa visita, aún cuando la distancia real no fuera tanta como pudiera llegar a creerse; era, más bien, un distanciamiento emocional antes que físico, si quisiéramos explicarlo de forma que suene con algo de lógica.
La paciencia, por otro lado, no se refería a los caminos mencionados, sino por su modo cansino, extremadamente lento y achacosamente fingido de hablar cuando alguien se encontraba cerca. Pero también por su insistencia en evitar responder lo que se le preguntara; y porque, en definitiva, era su hogar en donde nos encontrábamos, lo que tornaba imperioso respetar las reglas que allí se impusieran, sin importar el por qué de las mismas ni lo ridículas que resultaran.
El valor, finalmente, se volvía necesario porque la nostalgia que destilaban sus palabras, sus gestos, sus formas de vestir y relacionarse con el mundo se encontraba un paso más allá. Era una nostalgia se percibida más que como el aroma del pasado, que era lo decía que pretendía lograr, como el tufo que se desprende de las flores mustias olvidadas en los antiguos cementerios. Lo sabía, al igual que el resto de los que continuábamos realizando ese peregrinaje hasta su hogar, pero nada hacía para remediarlo.
Apartado, solitario pero no en soledad, como solía decir, sin molestar para no ser molestado, para vivir y dejar vivir; como si fuera necesario agregar más frases hechas a su destino. Frases que, al menos en su exclusivo caso, tenían parte de razón.
Y el camino que se presenta interminable pero, por supuesto, no lo es, tampoco puede extenderse más allá del lugar al que se pretende llegar. Se demora, mucho, es cierto, pero en las veces que lo hemos recorrido, conocemos por dónde pasar así como por dónde no aventurarnos.
Respiré profundamente varias veces, como cada vez que me tocaba realizar ese recorrido; conté hasta diez, hasta cien, hasta doscientos, o más, antes de girar en el último recodo del camino preparándome para lo sucedería a lo largo de todo aquel día. Avancé los últimos pasos suspirando interminablemente mientras contemplaba la misma casa bajo los mismos árboles de siempre.
Un nudo en el estómago, la garganta seca y las palabras que no encontraban un orden adecuado para dejarse pronunciar; una campana sonó en el aire llamando a su puerta.
El silencio como única respuesta.
Un silencio que servía para señalar que luego de tantas quejas, reclamos y disgustos, aquella sería, por fin, mi última visita.

domingo, 16 de julio de 2017

Allí arriba aún se encontraba el sol

Como sucede con cada cosa de verdadera importancia, la información con la que se contaba era escasa. Demasiado escasa, dirían algunos, como si se tratara de algo organizado para que nada se supiera, para que los fanáticos de las conspiraciones pusieran en funcionamiento sus mejores recursos en la elaboración de las teorías más ingeniosas sobre lo que sucedía con el aire.
            Lo que sucedía, para ser más exactos, con la atmósfera. Porque aquello que comenzó como un simple fenómeno matutino, una neblina que no parecía querer disiparse, se transformó, poco a poco, con el correr de las horas, como les gustaba repetir a los periodistas carentes de imaginación, en otra cosa. Esa niebla, ese humo, como también se especuló que podría ser, parecía brotar de los mismos objetos. De casas y otras construcciones, de automóviles y unidades de remoción de restos patológicos de la vía pública, de árboles y plantas en macetas colgantes de balcones, de la población económicamente activa y jubilados. De todos parecía emanar esa suerte de vapor, un hálito inexplicable que se acumulaba formando pequeñas nubes en las esquinas de las ciudades.
            Al principio, en medio del desconcierto general de, por ejemplo, encontrarse en uno de los últimos parques públicos leyendo en voz alta La conquista del pan y ver que de las páginas, las letras, los signos de puntuación, emanaban aquel mismo vapor, le siguió una suerte de euforia. Algo que, rápidamente, dio paso al miedo, al terror y los desmanes en contra de la casta política que demostraba, una vez más, su despreocupación hacía todo lo que no fuera redituable en las próximas elecciones. Como aquello que sucedía carecía aún de explicación, de nada les servía ya que carecían de cualquier posible respuesta.
Se especuló sobre un posible caso de fiebre terrestre, en el sentido de que el planeta mismo estuviera levantando temperatura. Pero eso no explicaba, por completo, cómo era posible que nosotros, que no formábamos parte de la Tierra, también nos estuviéramos evaporando. Otros científicos intentaron respuestas disímiles a partir de los pocos datos que disponían, pero sus teorías no dejaban de ser meras especulaciones. También desde los hospitales parapsiquiátricos se habló de una situación de corte milenarista (que no milenial), pero nadie atendió a lo que allí se decía. Incluso en algunas radios entrevistaron a escritores de ciencia ficción con el fin de darle un toque más realista a lo que sucedía. Como no podía ser de otro modo, todo fue en vano.
            Semanas más tarde continuábamos sin tener respuestas sobre lo que ocurría, salvo por el detalle de que sentía la piel cada vez más seca y tirante, viendo como comenzaba a descamarse en la zona de las uñas y en las articulaciones, la vida parecía comenzar a adaptarse a la nueva situación. Al menos la mayoría de nosotros lo hacíamos y ya ni nos preocupábamos por lo que sucedía.
            Esas nubes, que comenzaran en las esquinas, se unieron entre sí formando una gran nube que ocultó mi ciudad, así como las ciudades cercanas. El vapor se elevó formando una nube inmensa, inconmensurable, difícil de describir con palabras de menos sílabas, ocupando el espacio entero.
            Sabiendo que sería, como mínimo, un espectáculo interesante, subí a lo más alto de un cerro cercano al pueblo y miré, desde allí, una gran extensión de nada que se extendía en la dirección en la que decidiera mirar; y, a lo lejos, en las alturas, intentando sostener de algún modo su preeminencia en un cielo, el sol, empequeñecido entre tanta nube, continuaba brillando.

domingo, 9 de julio de 2017

Fundación y después

Nadie sabría decir cómo fue que comenzó. El secreto, entre los hombres de dinero, siempre ha sido una cuestión de honor. Los multimillonarios, de esos que tienen tanto dinero que ni siquiera las próximas doce generaciones de su familia podrían acabárselo, pactaron llevar adelante sus acciones en medio de bailes para la recaudación de fondos contra enfermedades controlables pero cuyas vacunas no resultaban redituables, orgías diversas y entregas de premios Nobel.
La oscuridad sobre la forma en que se gestaron sus ideas es tanta que ni siquiera es posible encontrar un rastro de quién fue el primero en proponerla. Claro que, llegado el caso, tampoco es importante. Lo que llama la atención es que, realmente, más allá del ego y de la competencia para saber quién de ellos poseía más dinero (real o virtual), lo que primó fue el diálogo.
            La Fundación de Financiamiento de Asesinos Filántropos (FFAF, porque no se les ocurrió ninguna otra sigla que sonara menos ridícula), nació de la voluntad de un pequeño grupo de megamillonarios con la ilusión de financiar las acciones de estos individuos, los Asesinos Filántropos, de los que habláramos antes y que, por una razón u otra, no disponían de los medios suficientes para llevar adelante sus deseos. Una Fundación de la que el propio Asimov sentiría envidia, sin dudas.
            Al menos eso es lo que podía leerse en los folletos de la Fundación.
            De ésta manera, las acciones propagandísticas de los Asesinos Filántropos, que continuaban, al igual que hoy, en el mayor de los anonimatos, tuvieron quién los proveyera de materiales. El único requisito era completar un formulario a ser presentado por triplicado, explicar la idea que pretendían llevar adelante, y pensar en la mejor forma de beneficiar a la mayor cantidad de gente posible. La Fundación se encargaba de todo lo demás, ya que contaba con los activos suficientes para realizar, prácticamente, cualquier cosa. Ninguna idea era demasiado grande, demasiado costosa, o demasiado imposible para ellos.
Incluso, dicen los rumores en la nueva red, que han adquirido varias islas del Caribe en donde llevaron adelante estudios genéticos con el fin de conservar el adn de especies en peligro de extinción, o ya extintas (según quién lo diga), con el fin de, una vez producido el cambio climático, repoblar la tierra con animales salvajes. El que la mayoría de esas islas se encuentren deshabitadas debido a la incidencia de rayos ultravioleta ante el debilitamiento de la capa de ozono, alentaba este tipo de comentarios. Otros sostienen que el cambio climático es una mentira, pero esa secta se encuentra en franca minoría ante las evidencias científicas irrefutables, como el hecho de que la península de Florida, uno de sus mayores bastiones, haya desaparecido bajo la gran marejada ciclónica de finales de la década anterior.
Los teramillonarios con acceso, por supuesto, a lo mejor de la ciencia médica, continuaron casándose con mujeres (y en algunos casos muchachos) varias décadas menores que ellos, porque era lo que siempre habían hecho, pero, vasectomía de por medio evitaban que posibles retoños devastaran sus cuentas bancarias y se hicieran conocidos únicamente por sus escándalos en las redes antisociales. Si dejaban un legado al mundo sería su participación en la Fundación en lugar de los titulares de los medios mundiales sobre sus parejas, exparejas, hijos legítimos e ilegítimos, y sus clones extraoficiales, luchando por el acceso a su herencia.
En silencio, en secreto, como parte de un pacto de sangre, sus fortunas se unirán formando una Fundación examillonaria, con tanto dinero como para influir, realmente, en el destino del mundo. Para poner en juego aquellos ideales contra los que lucharon sus antepasados aniquilando obreros e indígenas en el sur de Argentina, en el Oeste de Estados Unidos, en las frías estepas de Rusia y en cualquier lugar donde flameara el rojo estandarte de la igualdad por el fuego y la abolición de la propiedad privada.
La utopía tendrá lugar. Utopía diferente a la imaginada, pero utopía al fin.
Después de todo, cuentan con el dinero para hacerlo. La cuestión es saber cuánto tiempo más tardarán en ponerse de acuerdo.

domingo, 2 de julio de 2017

Error # 18 (Por el Olvido)

Se quejaba de lo que ocurría cada noche; y varias veces, según él. Cinco segundos antes de quedarse definitivamente dormido, una sensación, un pensamiento, una molestia, una imagen, el eco de una risa, una palabra mal pronunciada, algo, lo que fuera, por mínimo e inocuo, volvía a despertarlo.
            Cerraba sus ojos, relajaba cada músculo (aunque era imposible hacerlo con todos, esa falsa construcción verbal le permitía sentirse de ese modo), y se preparaba para descansar, para olvidar lo que sucediera durante el día, lo que carecía por completo de sentido. Se preparaba, según su propio decir, para vaciar la memoria inmediata de basura, algunas veces incluso hablaba de la memoria caché de su cerebro. Sin lugar a dudas, décadas de lectura de mala literatura de ciencia ficción habían hecho mella en su comprensión de la realidad.
            Aún así, cada noche, cinco preciosos segundos antes de dormirse, algo lo lanzaba de improviso nuevamente contra la realidad. Una mirada, una palabra, cualquiera de las cosas mencionadas en el primer párrafo, lo que fuera, en menos de lo que demora un pensamiento, lo retornaba, a la fuerza, a la vigilia.
            La duda era cómo sabía él que se trataban de cinco segundos y no de otra cantidad, mayor o menor de segundos, cómo estaba tan seguro, cómo era posible que lo supiera si nadie posee tanto autocontrol de cuanto sucede en su cabeza como para tener tanta seguridad. Pero él así lo aseguraba, él podía saberlo, no se cansaba de decirlo.
            La solución, la respuesta a la que había llegado para poner fin a su predicamento, para dormir, finalmente, en paz y armonía consigo mismo, era, por lo pronto, controversial. Podría usarse otra expresión para referirse a ella, pero tampoco creo que vendría al caso. Estaba dispuesto a borrar, cada noche, su memoria. No sólo los recuerdos truncos o los registros corrompidos por el paso de las horas, sino todo lo que hubiera sido asentado ese día. Creía que, de esa forma, podría dormir y recuperarse para el día siguiente, porque su único interés era atravesar la barrera de los cinco segundos previos al sueño para descansar, todo lo demás carecía de valor.
            En nada le importaba las implicancias de aquella acción. El dejar de acumular experiencias, el ponerle límite al progreso de su aprendizaje, porque lo olvidaría todo, la evolución de su sistema operativo (que algunas veces llamaba personalidad), poco le importaban. Y, por cierto, luego de decírselo media docena de veces, tampoco era gracioso para nosotros detenernos a cada paso para recordárselo.
            Lo dejamos hacer sin fijarnos en lo que hacía, sin preocuparnos por si dañaba lo algo que no le pertenecía.
Intuíamos su fracaso. Más bien, lo anhelábamos, al igual que lo hicimos con sus anteriores intentos. El pasado que él mismo decía ignorar, o actuaba de manera en que lo hacía, creyendo que, de ese modo, su nuevo intento, tendría éxito.
Lo dejábamos hacer, más que nada porque se había vuelto sumamente molesto el escucharlo gimotear y sollozar por el sueño perdido mientras el resto de nosotros, en los cubículos contiguos, intentábamos, con frustrado estoicismo, lo mismo.

domingo, 25 de junio de 2017

Hasta pronto Adam

Ciertas noticias duelen más que otras; impactan de una manera en los cimientos de nuestro ser que resulta imposible de explicar (o comprender) cómo es ello posible. Sin embargo, sucede de la manera más inesperada. Tragedias mayores acontecen, traumas que pocos podrían superar y que en nada nos afectan; son otras situaciones, mínimas e inesperadas, las que se visten con los ropajes más devastadores.
            De nada sirve armar una lista con las situaciones más atroces que deberían realmente afectarme, porque poco aportaría a mi particular sentir y, en verdad, tampoco viene al caso. Y es que lo personal tiene una característica singular que lo vuelve individual y perturbador en cierto modo, porque todos estamos un poco perturbados aún cuando no queramos aceptarlo o nos preocupemos más por negarlo que por aceptarlo.
            Es cierto que, viviendo aislados en el extremo del mundo, llegué tarde a su mejor obra (algunos sostienen que se trata de su única obra, no discutiré con ellos). Unos 25 años después de su estreno veía sus inverosímiles aventuras en una televisión plagada de aburrimiento y formalismos. Varias generaciones quisimos ser como él; supongo que la de los finales de la década de 1980 habrá sido la última, allí se cortó la cadena. Fue entonces cuando la luz se volvió oscuridad, la alegría se tornó en pesadumbre y la diversión comenzó a parecerse demasiado al dolor como para poder disfrutarla.
            Años transcurrieron, incluso habrá quienes piensen que fue lo mejor que pudo haber sucedido, acumular cantidad de años entre eso que fue y esto que se es ahora. El tiempo, por su parte, nunca dirá nada, continuará avanzando en silencio, como siempre lo ha hecho.
            Un mundo más tarde, uno o dos intentos de cumplir con los mandatos sociales autoimpuestos, una sucesión de fracasos cotidianos, una rutina detestable, problemas de salud que ni siquiera deberían de ser una preocupación. El fiasco de ver cómo se replican una y otra vez los mismos guiones en la televisión local (por no hablar de las mismas personas no sabiendo fingir frente a las cámaras), actividades repetitivas, elecciones que no representan ninguna posibilidad de opción, un vocabulario cada vez más reducido. Los días luciendo un poco más grises cada vez y la amenaza de un definitivo final, nos llevan a ocultarnos de muchas cosas, de las que tienen valor real o figurado. Aún cuando sea lo mismo, porque todo valor es relativo.
            Un día como cualquiera de los descriptos en el párrafo anterior, nos llegó la noticia de su muerte y ya no fue un día más. Imposible que lo fuera.
            Se transformó en un día para rememorar la infancia, lo vivido, ese pasado que no volverá, lo que se fue y lo que se perdió en el camino. Un día o dos, tal vez tres, de nostalgia, de añoranza y de melancolía, de revisar viejas diapositivas de memorias luminosas y alegres, felices y vivaces.
            Días de recuerdos que acabaron, por supuesto, en una ridícula epifanía de autoconocimiento mezclado con toques de hedonismo y algunas pizcas de otros condimentos que no vienen al caso. Momento, finalmente, luego de tanto hurgar en la memoria, de aceptar, de una manera u otra, por propia voluntad u obligados por las circunstancias, de que, después de todo, esa infancia que pretendíamos recuperar, esa infancia que es mi infancia y la de muchos otros, lleva años muerta en mi interior. Y que esta despedida no hace más que echar sobre tanto recuerdo, sobre mi memoria, una palada más de la siempre necesaria tierra del olvido.
            Hasta pronto Adam West, te llevas contigo la mayor parte de mis alegrías. Espero que las disfrutes tanto como supe disfrutar de tus aventuras.

Ya quisiera más de uno tener semejante bronceado... 
Y no hablar de esas tablas