Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 24 de julio de 2016

Error # 14 (Fáctico)

Ignoro si esta ha de ser la mejor forma de comenzar a relatarlo. Pero, lo cierto es que de todos los intentos anteriores nada se rescata. Quedará, pues, librado a mi pericia o impericia con las palabras.
            Ahora vendría la parte en la que me presento. Pero no creo que ello sea necesario, así que lo evitaré. Esto no quiere decir que intento sustraerme de la historia, sino que lo importante de aquello que pretendo contar se encuentra en otro lado, en algo sumamente ajeno al hecho de que sepan quién se esconde detrás de tantas palabras.
            Evitaré, también, dar muchas especificaciones acerca del lugar o el momento en que sucedió. Para que los detalles no nos distraigan de lo realmente importante de los hechos. Un relato sobrecargado de descripciones o que remita constantemente a los sentimientos del lector, logra, entre muchos otros problemas, desviar e interés desde lo importante y principal hacia lo nimio como la empatía y cosas similares que carecen de valor literario.
            No hablaré, pues, de las condiciones emocionales con las que me encontraba lidiando en aquel momento. Para que ello no sea visto como un intento de justificación de los acontecimientos posteriores que, en definitiva, son lo que realmente importan.
            Las descripciones superfluas, de ropas, peinados, las últimas aplicaciones de moda en celulares y muñequeras, el cambio climático, el nuevo grito de la moda de hacer silencio durante días, ni de la ley que permitía la venta libre de antidepresivos estarán ausentes. Sé que igualmente lo notarán al tener la oportunidad de leerlo, pero querría remarcarlo.
            Los hechos, sólo los hechos y nada más que los hechos, como siempre lo supo el vilipendiando Leopold Von Ranke. Los hechos, en donde radican las respuestas a las preguntas jamás formuladas; así ha de ser, o así debí de ser siempre. De ésta forma el hombre se ahorraría muchísimos dolores de cabeza, así como en otras partes de su anatomía.
            Sin lugar para las teorías freudianas, lacanianas, jungianas, einsteinianas y macanianas; y también, por supuesto, sin sal agregada. Porque sabido es que hacen mal a la salud si se las utiliza indiscriminadamente.
            Luego de tan extensa introducción para el correcto entendimiento de los hechos, puedo decirles qué fue lo que en verdad sucedió hoy. Lo cual puede sonar muy sencillo, pero nunca lo es, pero, por cierto: Me quedé dormido.

domingo, 17 de julio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cincuenta y Dos

Un día más o menos como hoy, hace aproximadamente diecisiete años, decidí que debería comenzar a guardar cuanto escribía porque podría serme de utilidad en algún momento. Lo anterior a esa fecha, cuando se trataba de palabras verbalizadas, se lo llevó el viento o las llamas, cuando la tinta había cumplido su función de fijar mis dispersos pensamientos. De nada sirve entonces retrotraerme hasta el momento inicial en que descubrí que era capaz de escribir porque, por suerte, no quedan registros. Bien podría decir que antes no había nada, por eso fijo una fecha, arbitraria como todo calendario, a la medida del hombre (en este caso yo), como ya lo enseñaban los griegos hace dos mil quinientos años, y con esa fecha de inicio comienzo a contar. Lo escrito en los últimos diecisiete años se ha conservado (algunos dirían que lamentablemente).
            Para bien o para mal, allí están los cuentos escritos para impresionar a los amigos, para demostrarle a algún profesor que podía hacerlo, para intentar alguna conquista que indefectiblemente acabaría en fracaso, o por alguna otra razón. Como un concurso literario, o un verso que en mi pensamiento sonaba muy bien pero en papel parecía un poco demasiado ridículo. De todo lo anterior hay archivos (primero manuscritos, después en disquetes de 3 ¼, luego en Cd-Rom, ahora en pendrive, pero siempre en el mismo procesador de texto, y es que un poco de nostalgia no hace mal a nadie).
            De poder hacerlo diría que realmente comencé a escribir mucho después de esa fecha, un par de años más tarde. Borraría muchas cosas que hice de las cuales me arrepiento, pero que forman parte irremediablemente de mí. Muchos me recuerdan por el penoso libro de cuentos publicado en 2002 (penoso por la calidad de los materiales incluidos, y penoso por el pésimo trabajo de edición de la editorial) pero, claro, ya no soy la persona que lo escribió. Muchos otros me recuerdan por el libro de poesía, un poco mejor editado y con un material apenas más cuidado, del 2007. Tampoco soy esa persona. Luego el abismo. O como le llaman los medios de comunicación, las redes sociales, en donde lo que importa es el personaje que no la obra. Siempre me negué, y continúo haciéndolo, a convertirme un personaje de mí mismo. Y quien dice que usar las redes sociales es socializar no sabe lo que dice o prefiere ignorar la verdadera función de dichas redes. Pero ese es tema para otro debate, en otro momento, en otro lugar, con menos intereses en juego.
            La cuestión es que debería de estar festejando mis 17 años con la literatura, ya que se trata de mi relación más extensa con algo (o alguien), pero (y siempre hay un pero y este pero es un pero que aunque intente evitar siempre termino recurriendo a él diciendo como cabría de esperarse “siempre hay un pero”) hace mucho que no hago lo que pretendo hacer, es decir, escribir. Me gustaría poder decir que vivo de regalías, como las familias de los escritores famosos muertos, sólo que no es así (ni creo tampoco, que suceda en algún momento; principalmente porque uso demasiado los paréntesis para agregarle comentarios a mis propios comentarios). Por ejemplo, el cuento que se publicó en la Revista Próxima fue escrito en algún momento entre el 2008 y el 2009. Tiene sus años y, aún cuando siga gustándome el resultado final, no es tan actual como debería de serlo. Por lo menos es un cuento que siento como más cercano a mi yo actual que todo lo anterior. De lo que se escribió luego, todavía nada ha visto la luz. Repito, todavía.
            Comienza un nuevo año… ¿Qué vendrá después?
           

Acá debería de haber una foto de fuegos artificiales en señal de festejo, pero no me gustan esas cosas, además de que molestan a las mascotas, así que mejor no.

domingo, 10 de julio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cincuenta y Uno

Habrán notado, como en mi caso, que ciertas semanas parecen haber sido hechas para pasar a la historia sin que ningún acontecimiento necesariamente relevante suceda en ellas. Si bien la mayor parte del tiempo podría recibir dicha descripción, lo importante en este punto es saber con qué categoría de relevancia contamos para marcar el nivel mínimo que hará que eso que vivimos pase a formar parte del archivo real, no solo de la memoria, de nuestras vidas.
            Nada relevante podría significar que nunca nos enteraremos que la tierra evitó ser invadida por una raza alienígena que pretendía llevarnos como esclavos a las minas de algún mineral desconocido en nuestro planeta, y siendo que solamente los humanos son capaces de sobrevivir a la radiación de dicho mineral, querían conquistarnos.
            Nada relevante es que la obra maestra que se supone que deberíamos de estar componiendo (uso ese verbo pero no me refiero solamente a música, se entiende), se retrasa infinitamente hasta días más allá de nuestro límite. Porque antes de ponernos a trabajar miramos un poco de televisión, porque las noticias siempre son importantes conocerlas; luego actualizamos cada uno de nuestros perfiles en las redes antisociales en las que tenemos una cuenta para estar en contacto con personas a las que solo les interesa que nos fijemos en sus fotos evitando mencionar lo que las sonrisas en esas fotos disimulan y que nunca se preocuparán por nosotros (ni por nadie más), en los momentos de verdadera necesidad. Se puede abrazar una foto, o una pantalla con una foto, de alguien que no quiere estar allí junto a nosotros (y no porque esté muerto, sino porque directamente no quiere estarlo) pero ese abrazo será tan frío como abrazar la soledad en persona.
            Nada relevante es saber que sobrevivimos otras 168 horas dentro de una sociedad cada día más violenta y agresiva con sus propios componentes. Que vivimos con miedo de lo que pudiera pasarnos, aun cuando dicho miedo no es más que una ficción que nos acostumbramos a creer hasta el punto en que ya ni siquiera dudamos de ella, la aceptamos, la abrazamos, la hacemos nuestra. Y el miedo pasa a formar parte de nosotros, no como una sensación, sino como algo bien palpable.
            Nada es relevante si… Y una enumeración indefinida de situaciones, hechos y particularidades que variarán según cada persona. Por lo que continuarle en éste momento es irrelevante.
            Pero tampoco podemos olvidarnos que la mayor parte de los componentes de la sociedad, de la sociabilidad, de las esperanzas, de los sueños y de los anhelos (privados o compartidos) son tan relativos como fútiles pueden convertirse cuando el interés cambie y eso que alguna vez fue importante ya no lo sea. En algunos aspectos pueden resultar sumamente parecidos a las modas, no solo del vestir, sino de cómo hay que decir las cosas, como hay que comportarse, como hay que disfrutar del momento; y de lo fácil que caemos en ellas para no sentirnos tan parias después de tanto esfuerzo. Aún cuando eso signifique sentirnos un poco más vacíos con nosotros mismos.
            Antes de comenzar a adolecer, cuando todavía mis intereses no se habían conformado, por lo que eran sumamente maleables, coleccionaba latas gaseosas, vacías por supuesto, de aluminio decorado con colores brillantes y chillones y dibujos de los personajes de las películas del momento. Fui varias veces a ferias de colectividades, o de naciones dependiendo quién la organizara, con el sólo objetivo de conseguir latas que vinieran de afuera del país. Latas difíciles de conseguir para que mi colección fuera única, inigualable tanto por la cantidad como por la variedad.
            Luego de tanto esfuerzo, que habrá durado años si no recuerdo mal, un día decidí que ya no las quería. Mucho espacio ocupado, mucha suciedad sobre ellas, muchas cosas para limpiar, mucho de nada. Ya no me eran relevantes
            Acabaron en la basura.
            ¿Pasó algo relevante ésta semana? Tal vez no en un primer momento, pero se convertirá en ello dentro de un tiempo, cuando me percate que el cuento que acabé de revisar, de corregir y reescribir es la llave para ganar algún concurso, para causar la impresión de que entiendo lo que es la literatura (si en realidad lo hago es tema diferente). Hasta que eso suceda, hasta que esta anteúltima semana del año dieciséis de mi interés por la escritura, sea plenamente relevante, sostendré que nada sucedió en la semana.
            Espero mejor suerte para la próxima.

domingo, 3 de julio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cincuenta

Haciendo gala del conocimiento que poseo sobre las metáforas deportivas puedo decir que me encuentro en la recta final del año en cuestión, el dieciseisavo, faltando solamente dos semanas para concluir el mismo y que, indefectiblemente, comience el decimoséptimo (sería demasiado raro, incluso para mí mismo, que luego del años dieciséis comenzara el dieciocho y no el diecisiete, pero dudo que mucha gente se percatara de ello, la mayoría seguramente continuaría con su rutina como si nada. En ese caso sería el único que sabría que hemos perdido un año pero ante cada intento por convencer a otra persona de que eso lo que ha sucedido nadie me creería, porque nunca nadie cree en lo que digo). Por otro lado, claro que si en la mayoría de los circuitos de carrera se hace necesario colocar una recta al final, que también es el principio, del trayecto, dicha metáfora carece de mucha imaginación.
            En cambio la idea de que el final es también el principio, o que el principio no es más que el final, es mucho más poderosa en diferentes aspectos. Más mitológico, más relacionado con las raíces de la cultura humana (no solamente occidental, porque los occidentales suelen olvidar que también hay humanos en otras latitudes del mundo y que en muchos casos esos humanos existen desde hace mucho más tiempo que los propios occidentales pero, en fin, esa es otra discusión).
            De allí que en el instante mismo en que algo se termina comenzamos a pensar en lo que vendrá después, en lo que sucederá una vez que la realidad actual cambie y todo cuanto creíamos ya no sea relevante en lo más mínimo. Debemos aprender entonces a pensar de otro modo para que no sea la realidad quien se imponga sino nosotros sobre ella aún cuando suena a tarea que ni siquiera Hércules, Atlas y Aquiles trabajando al unísono podrían realizar (suponiendo que pudieran ponerse de acuerdo sobre de qué manera hacerlo).
            Para evitar continuar acumulando referencias mitológicas sin mucho sentido, pasaré a cosas más importantes.
           En el número 30, Especial de Otoño, de la Revista Próxima pueden encontrar, y leer si así lo quieren, el cuento Para restaurar el universo; ilustrado en este caso por Martín Gimenez. Es el primer relato de mi cosecha que se publica de manera independiente, es decir fuera de un libro, en una revista seria y en formato físico y no solo en formato digital, como lo es Próxima. Más aún siendo específicamente del género fantástico y de ciencia ficción, dos géneros que en este relato se encuentran entremezclados de tal manera que os dejará pensando en las cosas que hacemos de manera cotidiana, según palabras del propio autor (que sí, soy yo, pero de vez en cuando hablo de mí mismo en tercera persona, más que nada para poder criticarme). Por supuesto que la última palabra al respecto la tienen los lectores, que sí, son ustedes.


Si, si, el García de la portada es mi apellido...

domingo, 26 de junio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Nueve

Una semana más se suma al tiempo transcurrido, al pasado, a lo que ya fue y no volverá a ser jamás.
            Claro que esto es sólo posible dentro de la concepción de tiempo lineal de la civilización judeocristiana; en donde la historia tiene un principio, un génesis, y un final, un Ragnarok. Y a partir de ese final que no es final sino una incógnita genial para que el final de la temporada te deje pensando en lo que pasará en la siguiente y volver a comenzar para transformarse en otra cosa. Tal y como diría Einstein, la masa se transforma en energía, nada se pierde, todo se transforma en algo más. Pero por supuesto que nadie anda por la vida pensando que el día de mañana puede convertirse en abono para plantas, pero podría ser útil no dejar de tenerlo en mente.
            Sabiéndolo perderíamos menos tiempo, no aprovecharíamos mejor. O quizá no, porque la neurosis de saber que la vida se termina podría ser mucho peor, para algunos casos. No me refiero a conocer el momento exacto en que tendrá lugar nuestra muerte, sino a dejar de comportarnos como mortales inmortales y no perder de vista el futuro que nos aguarda.
            Pero, si mañana se anunciara que han descubierto la vacuna de la inmortalidad, allí estaría yo, haciendo cola para recibirla y así tener la habilidad de continuar quejándome de lo difícil que es escribir por los siglos de los siglos para siempre amen. Por lo menos hasta que el sol se recupere de su letargo y se lleve al sistema solar en su acto final.
            Todavía falta mucho para eso, me refiero a la vacuna, el sol es un tema bien diferente.