Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 19 de enero de 2020

Familia – La vida es la ciudad (1980 – Segunda Parte)


Luego del annus horribilis de 1983 muchas cosas cambiaron en la familia. Mucha gente dejó de estar. Los supuestos grandes amigos que mi padre hiciera a partir de sus negocios lo fueron mientras el dinero y las ganancias fluían así que, tan rápido como dejó se terminaron, se fueron. Ni siquiera fingieron algún acto de presencia, nada. Diría que desaparecieron, pero ese término remite a algo completamente diferente, más dramático, en la historia nacional. Tampoco tardaron demasiado en encontrar quien ocupara el puesto disponible como intermediario, claro.
            El mismo acontecimiento puso punto y final también a las pocas, escasas a decir verdad, visitas de las familias que quedaban en el campo, en el pueblo, hacia la ciudad. Se sentía como si de pronto se hubiera desatado una epidemia de alguna enfermedad extremadamente contagiosa y asquerosa en nuestra casa y nadie se atreviera a acercarse por temor a un contagio, una infección, o la muerte segura; si es que no algo peor. Como si haciéndolo de ese modo fueran capaces de sustraerse del destino que nos aguarda a todos por igual.
            Uno de los últimos logros de mi padre fue conseguir una línea telefónica para la casa. En la década de 1980, tener teléfono en una casa particular era lo más cercano al lujo que podía aspirar una familia que se consideraba de clase media; aún cuando recordara los padecimientos de no haber tenido en todo momento con qué alimentarse. El trámite en la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL, para los amigos) solamente demoró cinco años; desde aquella mañana de otoño de 1979 en que se iniciará con un pedido presentado por triplicado, hasta aquella otra mañana de abril de 1984 en que sonara el timbre de la casa y tres técnicos vestidos con un mameluco gris, con herramientas provenientes de la década de 1940 (época de la fundación de la empresa), colocaron los cables, las fichas de conexión y dejaron un teléfono de disco, verde, grande y pesado, de baquelita, sobre la mesa.
            Teníamos teléfono, y funcionaba, pero nadie llamaba. Era un verdadero acontecimiento, al menos hasta los primeros años de la década de 1990, escuchar sonar a ese aparato misterioso que servía para comunicarse con las personas a través de las paredes, a través de cualquier distancia pero no a través del tiempo; muy distinta sería su utilidad si así lo hiciera. Aunque, si lo pensaba bien, ni siquiera sabría qué decirle a aquella persona con la que pudiera comunicarme de ese modo, principalmente por el hecho de que no los conocía.
            Quien más sufría por esta situación era, sin lugar a dudas, por lo inesperado, por lo disruptivo que resultaba todo y por la creciente sensación de abandono, mi madre. Su padre y su hermano continuaban trabajando la tierra como si nada hubiera cambiado, como si todo fuera a ser para siempre igual y el único cambio posible fuera continuar envejeciendo sin más razón que trabajar. Del otro lado de la familia, diezmada también por la muerte y otros problemas, solo obtuvo una visita casual de mi tío el pequeño antes de su último viaje al pueblo, y luego nada; como si fuera la responsable por la muerte de los hermanos. El abandono más absoluto y la soledad más atroz, criando a sus hijos sin mirar atrás, ni a los costados, solo hacia el futuro.
            Una pensión por viudez irrisoria, que se parecía más a un insulto que a otra cosa, se complementa con el realizar cualquier tipo de trabajo que ayudara a tener algo para comer cada día. Y para mantener, también, las apariencias de que todo continuaba siendo igual, cuando no lo era así, cuando había que trabajar a destajo para que mis hermanas y yo completáramos la primaria y la secundaria y que, si era posible, continuáramos estudiando. Por esa era la idea, no detenernos nunca, lograr mejores trabajos, mejores lugares en la vida, sin depender nunca mas, de lo que pudiera llegar del pasado, sino de cada uno dependiendo solamente de lo que uno mismo podía hacer. Y que a los demás, si preguntaban o se interesaran, que les alcanzara con la indiferencia, la falta de respuesta o el desconocimiento, tal como supieron hacernos. No era venganza, no era represalia, ni revancha, era lo único que nos quedaba para evitar que la pena, el dolor, o algo mucho peor, ocuparan el horizonte por completo.
            Claro que de la mayoría de esas cosas sólo llegaría a enterarme más tarde, cuando la década de 1980 llevaba años de haberse acabado y a punto de caer en el olvido de no ser por la actual moda vintage. Nadie dice que ello haya sido fácil de sobrevivir. Siquiera tan solo de vivir. Aun así, son pocos los recuerdos que guardo de esos años; ni aun haciendo un gran esfuerzo puedo ubicar en el año correcto ciertos recuerdos que creo tener de esa época.
            Tampoco soy capaz de distinguir si se trata de un recuerdo, o una fotografía de algo que sucedió y que he mirado tantas veces, tanto tiempo, que comienzo a confundirme. Ignoro si es el único caso, en mi memoria, y en el del resto de las personas, en donde algo que no hayamos vivido realmente se convierte en parte del recuerdo volviéndose fundante de alguna otra situación. Como un recuerdo implantado, o inventado, que sabemos que no puede ser cierto pero que, de todas formas, aceptamos como tal.
            Sé que en 1988 comencé el jardín de infantes. ¿Antes de eso no había nada? Frío en otoño, calor en primavera, pantalones largos en invierno, pantalones cortos (o ningún pantalón) en verano, viajes en tren que duraban horas, porque el que nadie nos visitara no nos permitía a nosotros dejar de visitar el pueblo, durante las vacaciones de verano, claro. Así como recuerdo estas cosas, también lo hago con otros detalles que carecen de una ubicación más exacta.
            Hubo pocos lujos en esa época. Con esto me refiero a que la moda de las bebidas gaseosas, por ejemplo, demoró varios años en ingresar a la casa, el precio era demasiado y las prioridades eran otras y muchas; por lo que solo en contadas e importantes oportunidades (como un cumpleaños, u otro tipo de fiesta), sucedía algo semejante. Lo mismo sucedía con otros productos de marca que resultaban tener la misma calidad, la misma resistencia y durabilidad que los productos sin marca o de segunda categoría.
Sin saberlo, sin percatarse de ello, mi madre estaba criando a un feliz anticonsumista (lean bien, no dice anticomunista, ojo) que prefiere las remeras lisas, sin logos, sin palabras elegidas al azar, sin publicidades. Alguien que prefiere el anonimato antes de venderse a una franquicia que no solo no paga por tu trabajo publicitario sino que tenés que pagarles por usar sus productos; nos convertimos desesperadamente en carteles publicitarios para sentirnos un poco mejor con nosotros mismos. Sentimiento fácilmente creado y manipulado por las mismas publicidades; ilógico por donde se lo mire, pero igualmente beneficioso para esas empresas.
Aplicaría otras categorías académicas de análisis para explicar los años que transcurrieron hasta el final de la década, pero carece de sentido y no es oportunidad. La década se acabó; muchos sueños se perdieron en el camino, otros se habrán cumplido. Los levantamientos militares continuaron tanto antes como después de 1983; pero el espíritu de la sociedad parecía muy ansioso por encaminarse en otra dirección, más difícil, que requería mayor cantidad de trabajo, más dificultades y menos posibilidades de beneficios rápidos, pero que, en teoría, llevaría a mejores resultados. Claro que después llegó la década de 1990 y todo se fue al traste estrepitosamente. Como no podía ser de otro modo.

Aclaración: Aunque la fotografía se parece a la que 
muchos debemos tener en nuestro recuerdo, no hace
falta que me busquen en ella, porque no lo estoy.


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En el número 47 de la Revista Digital El Narratorio pueden leer el cuento El peso de la tradición.

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domingo, 12 de enero de 2020

Familia - Hermanas


Como mencionara antes (frase nunca utilizada en la literatura, lo sé), no soy hijo único, ni el mayor, ni el más importante, ni nada similar. Era quien había llegado para cerrar el ciclo, era el último; aquel cuyo nacimiento causara todos los males familiares desde aquel annus horribilis de 1983. El mismo que, al decir de muchos, continuaría causándolos.   A mi llegada muchas cosas cambiaron (diría que todo cambió, pero eso sería otorgarme demasiada importancia, de la cual carezco), desde la forma en que debía organizarse la familia, las ausencias y otras situaciones de las que recuerdo alguno poseo. Tal vez por suerte.
            Mis hermanas, por otro lado, sí recuerdan otro tipo de cosas; claro que era muy poco lo que se hablaba al respecto en la casa. Un acuerdo tácito de no mencionar ciertos temas rondaba por las habitaciones de la casa que, muerto mi padre, quedaban vacías y casi sin uso. Habitaciones vacías en una casa enorme, según mi modo de ver; aunque mucho más pequeña que la antigua casa de mi tío el pequeño, es cierto. Hubo un antes y un después a 1983, imposible negarlo.
            Mi primera hermana nació en 1969, antes de que la familia se trasladara definitivamente a la ciudad, olvidándose de las dificultades que representaba vivir en el campo y carecer de las comodidades básicas. Pero como carecemos de la costumbre de hablar sobre lo que sucediera en el pasado muy lejano, muy particular, muy personal, y como en esos primeros años se viajaba con mayor asiduidad de ida y de regreso al campo, al pueblo, quizás ella posea algún recuerdo puramente suyo sobre esos mismos viajes. Algo que jamás fue compartido, ni puesto en común, al menos no conmigo, que soy quien escribe esta historia, no porque no haya otras opciones, sino porque nunca fue necesario hacerlo.
            Las experiencias personales son las marcan el carácter de cada uno, en ese caso se comprende que ciertas vivencias no sean nunca compartidas y se mantengan siempre, sino en secreto, al menos en la seguridad de la memoria silenciosa.
            En 1973, el año en que recuperamos, una vez más, aunque brevemente, nuestra caótica, desorganizada y desastrosa democracia, nació mi segunda hermana. El pueblo, el campo, quedaban cada vez más en el recuerdo y la ciudad se tornaba el espacio predominante de la vida. Una ciudad llena de problemas, de posibilidades a favor y en contra, de miedo y violencia, de amor, de locura y de muerte. Una ciudad donde crecer, estudiar, convivir con miles de desconocidos que lo continuarán siendo para siempre, y proyectar cómo podrían suceder muchas cosas que podrían ser o que, muy bien, podrían frustrarse irremediablemente.
            Aún hoy, 2020, quedan personas que sostienen que la educación del hombre y la mujer deben ser diferenciadas; personas con un pensamiento sumamente retrógrado y que se llevarían muy bien con el viejo cascarrabias del abuelo materno. Al menos en la segunda mitad de la década de 1970, otra vez en dictadura, la idea de los colegios mixtos no era tan extraña, tan novedosa como para ser repudiada sin más argumentos que los accesibles al sentido común. Tampoco eran épocas como para asistir a una escuela pública, que desde esos momentos nunca dejó de caer en una espiral de olvido, desidia, desinterés y degradación general donde cualquier intento por mejorar algún mínimo aspecto requeriría una oda poética al estilo de las de Homero.
            Terminaron la primaria, atravesaron la secundaria, y continuaron estudiando, como la mayoría de la gente de la ciudad, más allá del límite autoimpuesto. Continuaron haciendo otras cosas también, mientras los años pasaban y había que llenar el tiempo libre cuando la tecnología aún no anulaba esta posibilidad. Comenzaron las actividades típicas de mujeres, así como también otras opciones que, de una manera u otra, hay que intentar, para ver si resultan de interés o no. Los mandatos sociales, aunque desprestigiados, todavía conservaban cierto peso, cierta entidad, que detenía parte del progreso, no sólo el social, sino también el personal.
            La década de 1990 trajo una enorme batería de novedades culturales, económicas, sociales, políticas, sexuales, televisivas, musicales, que se insertaban en tu vida lo quisieras de ese modo o no. La imposición de la moda obligaba a conocer todo lo nuevo, a dedicarle cada vez más tiempo a eso que el año próximo yacerá irremediablemente en el olvido más atroz, antes que dedicar ese tiempo a alguna otra cosa verdaderamente útil.
            Faltaban varios años para que explotara el uso de internet, de la primera internet, no la que han creado las redes asociales, la otra, la que lucía más artesanal, aunque no lo era. Una red en donde la futilidad de lo vano, las fotografías de uno mismo y la publicidad no ocupan todo el espacio disponible. Pero, claro, al principio siempre sucede lo mismo, el interés que despierta cualquier manifestación de lo que sea es suficiente para atraer a quien pretende hacer de cualquier cosa un pozo de beneficios propios e particulares.
            Mis hermanas crecieron, claro, e hicieron sus vidas, del mismo modo en que yo lo hice, en otro contexto, en otra realidad, otro mundo. Nunca es lo mismo crecer y hacerse mayor en una época que hacerlo en una diferente; tan siquiera con un año de diferencia es lo mismo. Porque existe, precisamente, ese año que marca que no hemos vivido el mismo tiempo, las mismas experiencias, las mismas vivencias sociales. Hermanos tal vez; pero nunca iguales.
            Debemos pensar también que eran más que diez los años que nos separaban, más que las experiencias no compartidas (y también las que sí lo fueron), impactaban casi tanto como la diferencia de género. Podría poner cualquier excusa para fundamentar esa diferencia real o inventada, pero por más palabra que utilizara para justificarla justificándome, la misma no desaparecería sino que, al contrario, se mantendría inalterable.
Había algo más, otra cosa, un algo indefinido y sin nombre que fue abriéndose paso poco a poco desde mediados de los noventa y esa separación no sólo no concluyó sino que se amplió cada vez más, haciéndose cada día más evidente, más profunda, más insalvable; hasta que se volvió un océano, metafórico en este caso, de distancia. Un océano en el que buque alguno se atreve y en el que ni siquiera existen los cables telegráficos como los que suturaban el Pacífico y el Atlántico a principios del siglo XX.
Algunos dicen que saber aceptar esa diferencia, esa distancia, es madurar. Para mí, madurar siempre me sonó como una metáfora para señalar que no dejamos de acercarnos un poco más a la muerte. Pero, claro, eso tal vez sea porque siempre entendí mal las cosas.


Aclaración: Estas dos niñas abrazadas, felices 
sonriendo a la cámara claramente en nada se parecen
 a mis hermanas (al menos no en la actualidad).

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En el número 25 de la Revista digital La Ignorancia, pueden leer el relato (hasta ahora inédito) Una sonrisa suya fue más que suficiente.

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sábado, 4 de enero de 2020

Familia - Primos (2/2)


El hijo de mi tío el pequeño y su extraña mujer, nació en 1975, como se mencionó antes. Creyendo en que la fortuna duraría para siempre, esa rama de la familia mandó construir una enorme casona en una zona del pueblo que, años más tarde, comenzaría a cotizarse como una de las más caras; pero que en ese momento era poco menos que un descampado. La casa tenía muchas habitaciones, mucho espacio, y un jardín enorme; todo esto según comentarios y recuerdos de otras personas, ya que por mi parte no llegaría a conocerla más que desde la vereda. Años después de acabada la construcción, la pareja entró en una crisis de la que no creo que hayan querido salir. Cada pareja en un mundo, cada familia es un universo, ellos, seguramente, habrán llegado al momento de la entropía mucho más rápido que otros casos.
            Crisis amorosa, por decirlo de algún modo, que encerraba también cuestiones económicas, de las que siempre influyen en cualquier relación. Fue el último estigma con el que la mujer cubrió al tío, al pequeño, quien ya sabía que nunca sería aceptada por los padres de su esposo, ni por el resto de la familia que aún quedaba en pie. Fueron los primeros en divorciarse, al menos legalmente, y los únicos de su generación en que no se preocuparon demasiado por eso de que debían estar juntos hasta que la muerte bla, bla, bla.
            La infancia de mi primo pasó en los colegios más exclusivos de las zonas aledañas al pueblo, de la nueva ciudad que no dejaba de crecer. En ellos aprendió infinidad de cosas que luego olvidaría o que de nada le servirían, como siempre sucede en cualquier lugar, sólo recordamos una mínima parte de todo cuanto alguna vez escuchamos, vemos, aprendemos, amamos, disfrutamos. Lo único que se recuerda al detalle es aquello que odiamos, hasta que, eso también, carece de sentido. Me refiero al objeto del odio, no al odio en sí mismo.
            Aprendió idiomas, los cuales, las pocas veces que le vi intentó demostrar pero dudo siquiera que él mismo comprendiera lo que intentaba decir. Así como sé, como quien dice a ciencia cierta y con mucha fe, que los relatos de sus viajes eran falsos como las cartas que se publican en la revista Selecciones. Esos relatos resultaban demasiado cinematográficos, demasiado irreales, para haber sucedido. Incluso, luego de que se enteró que había comenzado a escribir dijo que él mismo, en algún momento relajado de su vida (si, esa fue la expresión que utilizó), escribiría un libro de viajes donde incluiría todas y cada una de sus anécdotas.
            Luego de la muerte de su padre, en 1986, antes de ver el nuevo campeonato del mundo, se cerró en sí mismo impulsado por la protección de su madre, de quien incluso tomó su apellido para evitar que se le siguiera preguntando, y no sólo en el pueblo, si su padre era su padre y evitar responder cada vez en qué parcela del cementerio de San Pedro podían ir a buscarlo. Tanto interés tenían en encontrarlo, aún veinte años después de su muerte, que en unas de las pocas visitas que realicé al pueblo, al enterarse de mi nombre, pero más que nada de mi apellido, me preguntaron si de casualidad mi tío no sería acaso mi padre, algo que negué categóricamente. Y continué haciendo con menos sonrisa y más agresividad en el tono a medida que la pregunta se repetía.
            A medida que fui creciendo mi primo se convirtió en uno de esos personajes de los que constantemente llegan noticias que nadie sabe si son reales, si hay que etiquetarlas como una broma (de buen, mal o pésimo gusto) o señalarlas como fruto de una imaginación enfermiza (ah, no, esto es lo que se dirá de mí unos años después).
            Se dice que abandonó el pueblo, donde seguía viviendo con su madre, aunque en una casa mucho más pequeña que la de su infancia, por un problemas de mujeres; se dice que un tiempo después huyó de Rosario, ciudad que le daría refugio mientras solucionaba un pequeño problema con el marido de otra mujer; luego se mencionó que podría estar viviendo en la provincia de Catamarca, pero que allí, como no había muchas mujeres, se aburría demasiado y por eso regresó a Buenos Aires apenas unos meses más tarde.
            En algún momento, a finales de la década de 1990 se decía que estaba en Colombia; algunos decían que lucha en la FARC, otros decían que luchaba contra la FARC. También se decía que se encontraba escondido en Montevideo, en un departamento con vista a la Playa de Pocitos, después de haber un problema que incluía… ¿Adivinan? Varias mujeres de la ciudad de Santa Fe. Y, claro, nunca pisó Colombia.
            Algo de los que no tengo dudas, pero tampoco pruebas, es que él mismo se encargaba la mayoría de las veces de esparcir esos rumores. De esa manera se sentiría una persona difícil de encontrar, mucho más de controlar, siquiera por su madre. O vaya uno a saber para qué le servían esas cosas. Pero que toda aquella confusión sobre su persona le era útil él mismo lo dejó entrever en una de las pocas veces que pasara a visitarnos por la casa mi familia.
            Las tres veces que se encontró entre nosotros, tuvieron que presentármelo; en cada una de ellas lucía por completo diferente, y no solo me refiero al aspecto físico. Era prácticamente imposible reconocerlo en cualquier otro momento, en cualquier otra situación, si sólo tenías esas tres imágenes de él.
            Cabello largo hasta la mitad de la espalda, una barba desprolija y canosa cuando ni siquiera llegaba a los veinte años y vestido más como un mendigo que otra cosa, se apareció para saludar una navidad y, de seguro, para pedir algún tipo de ayuda a mi madre. Imaginen el impacto que causaría una visión semejante en mí, que todavía no llegaba a los diez años y encontrarme a un persona con ese aspecto (para no referirme a su olor), sentado en la cocina de la casa tomando mates con mi madre. Eso para no mencionar el extraño paquete de galletitas que se encontraba también sobre la mesa y del cual no me atreví a tomar una.
            La segunda vez vestía un impecable traje de tres piezas que lo hacía ver como una persona importante, como un empresario exitoso, o como un político de alcurnia (si es que tal cosa existe). Un maletín de cuero legítimo y un automóvil importado último modelo que hacía juego con su ropa (para no mencionar a la mujer que no salió de su interior ni siquiera para saludar y creyó encontrarse lo suficientemente escondida detrás de los vidrios polarizados). Claro que fue a mediados de la década de 1990 y quien sabía en dónde encontrarse, sabía, también, de qué manera obtener beneficios rápidos y constantes para lucirse frente a los demás.
            La última vez que le vi, y que espero que continúe de ese modo, fue poco antes de la crisis del 2001; vestido con una camisa leñadora vieja y raída, con agujeros en varias partes de la tela, barbudo nuevamente (esta vez sin canas) y demacrado de tan flaco que se encontraba. Eso para no mencionar otros detalles de su cuerpo que prefiero olvidar y que, por suerte, sólo tuve que contemplar brevemente.
            Ignoro por qué recurría a nosotros en esas oportunidades, qué es lo que pretendía o lo que buscaba. Tampoco es que me interese resolver ese misterio, ni entonces, ni ahora, ni nunca. Algunas dudas sólo tienen importancia en la medida que se mantienen de ese modo, como algo desconocido, como algo sin respuesta, porque cuando el velo del misterio se cae, la verdad sólo acaba por empobrecer la realidad que le rodea.
            Sólo espero que, si continúa con sus andanzas luego de tantos años, haya perdido la dirección de mi casa, la que, por cierto, nunca conoció.



Aclaración: Paolo el rockero (el personaje de la foto) 
no es mi primo, pero se veía bastante parecido, 
si le agregamos la barba, la primera vez que lo conocí.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Familia - Primos (1/2)


Comenté al hablar de mi tía la mayor, los hijos que tuvo con el mallorquín con quien la casara su padre, mi abuelo, es decir, mis primos hermanos, nacieron en la década de 1960, uno detrás del otro. Por eso puedo decir sin temor que me separan de ellos algo más que dos décadas. Podremos ser parte de la misma generación de la familia, los hijos de los hijos, o los nietos; pero si había algo que no teníamos era qué nos uniera. Ni siquiera usábamos el mismo apellido.
            Tampoco es que me encontrara desesperado por saber cómo era eso de tener parientes a mí alrededor cuando era niño, cosa que también mencioné antes. Pero, tal vez, conocerlos no habría sido del todo perjudicial para mi salud, o la de ellos; quizá incluso podría haber sido interesante. Existe, eso sí, una fotografía en la que me encuentro recién nacido, o con a penas unos meses de vida, en brazos del mayor de ellos tres, quien mira a la cámara con una expresión de desconcierto tal que bien podría ser un silencioso pedido de ayuda. Habían regresado al país brevemente, ahora sí, en democracia, en 1984, a despedirse de su madre que acababa de morir sin volver a verlos. Y allí estaban en el patio de la casa de nuestro abuelo, sosteniéndome sin saber muy bien quién era yo ni por qué era necesaria esa fotografía. En definitiva es sólo eso, una fotografía, nunca será un recuerdo; y es todo lo tengo, es cuanto hay en nuestra relación fraternal.
            Los tres viajaron a España a comienzos de la última dictadura. Los rumores decían que no lo habían hecho para salvar sus vidas sino para apropiarse de cualquier cosa que hubiera quedado en España de la familia y lo que, muerto de una buena vez en generalísimo, pudiera reclamársele al nuevo estado español interesado en saldar heridas con dinero y no con investigaciones judiciales sobre los hechos. Imagino que también habrán pasado por Mallorca a conocer la tierra de sus otros abuelos, no lo sé; nunca se los pregunté, ni tampoco es algo que me haya importado alguna vez.
            Si es que en verdad había algo, si consiguieron lo que fuera, por más mínimo que fuera, aún una mera palmada en la espalda por parte de algún funcionario municipal de menor rango del pueblo, bien por ellos; a mí no me cambia nada. Si lo hubo ya no lo está; y si nunca lo hubo, no hace la diferencia. Los rumores continuarán de un modo u otro, tengan o no base en lo real o hayan obtenido su fundamento en la fantasía. Sería más fácil si alguna vez hubieran explicado el por qué de su viaje inicial, cosa que nunca hicieron, no tenían el tiempo para ello y, después, cuando todo terminó, tampoco tenían razones para hacerlo.
            Pasaron la mayor parte de sus vidas en España, construyeron sus vidas allí. Si algún recuerdo conservaban de la familia este se terminó de perder el día en que su padre murió en soledad a principios de la década de 1990; aún ocupaba el mismo puesto, en el mismo campo, del mismo dueño. Dicen que murió sin siquiera lamentarse por la ausencia de sus hijos, algo que todos sabían que sucedería; aunque nadie quiso explicarme cómo es que lo sabían, qué era lo que sucediera entre ellos que había generado ese tipo de resentimiento.
            Muchos emigrados del franquismo nunca quisieron regresar a sus tierras, a sus pueblos; creían, sabían, intuían que nada quedaba en esa España posterior a 1975 de aquella otra España que habían conocido. Esa España había muerto el 1 de abril de 1939. Ahora volvían a tener un rey en lugar de un generalísimo, tenían algo así como una democracia formal, a pesar de los obvios problemas que ello representaba; pero esa no era su España, era otra cosa. Era, una vez más, de alguien más.
            Ninguno de los primos vino a presentar sus respetos ante la muerte de su padre. Arreglaron a través de un abogado del pueblo elegido al azar el retiro de las posesiones de su padre de la casa, vendieron lo que valía algo, hicieron tirar el resto y así se acabó la historia de esa rama de la familia en la Argentina. Sus retoños se agotaron de este lado del Atlántico tan rápido como comenzaran a nacer. Al menos, a partir de la imagen metafórica del árbol trasplantado, así lo parecía.
            Sé que cada una de ellos formó una familia, la explosión de las redes antisociales en los últimos años, esas que te ponen en contacto casi que obligatorio con personas que durante diez, veinte o treinta años no se interesaron por tu existencia, y claro, ni tú por la de ellos, archivó esa información innecesaria en mi memoria. Tienen sus hijos, sus trabajos, sus historias, sus vidas en el otro hemisferio. Bien por ellos, digamos.
            Quizá algún día logre una explicación, breve o extensa, real o inventada, aunque a esta altura lo mismo da, de por qué a lo largo de todo el 2002, y parte del 2003, ignoraron los correos electrónicos, y las cartas físicas, que les enviara. Lo único que les pedía era que me hicieran llegar una copia de un documento que, sin duda, ellos tenían en su poder; era cuanto necesitaba en ese momento. Un documento que decía fehacientemente que mi abuelo era el padre de mi padre y de toda su progenie; mi abuela en ese caso tenía poca importancia para el Consulado. Documento del que ellos también habían hecho uso al partir.
No estaba pidiéndoles alojamiento gratis; un trabajo bien remunerado; ayuda económica ni financiera; asilo político en medio de la crisis del 2001 de Argentina; ni siquiera reclamaba un porcentaje de la inexistente herencia de algún bisabuelo desconocido. Tan solo les pedía que me enviaran una maldita copia de un maldito papel para realizar un maldito trámite, nada más.
            Algo que, sin lugar a dudas, representaba demasiada responsabilidad. Tanto que ni siquiera pudieron responder uno sólo de los treinta y seis correos electrónicos enviados, doce a cada uno de ellos, a lo largo del año que me llevó realizar el trámite. Para no mencionar las cartas a la vieja usanza de las cuales, a decir verdad, nunca tomé nota porque creía, realmente, que con sólo una de ellas sería más que suficiente para obtener respuesta. Y es que ni siquiera espera encontrarme con alguien tan terco como para hacer caso omiso de cuanto sucediera a su alrededor.
            Finalmente pude conseguir el papel que necesitaba sí, por otros medios; sin ayuda de los tres cerditos, como comencé a llamarlos a partir de entonces. No fue con su ayuda sino con la diligencia de un empleado del registro civil municipal del pueblo de origen de la familia, alguien que no solo no era familiar, sino que tampoco me conocía y no le correspondía realizar ese trabajo pero, aún así, lo hizo por el simple hecho de responder a un simple pedido de ayuda. A esa persona, y solamente a esa persona, le estoy agradecida en este tema, a ellos, a mis queridísimos primos (y destaco lo de queridísimo para que se note el sarcasmo), ni las gracias.
            Espero que sean felices, cada uno en su casita, cuidando de sus pequeños chiqueros y las camadas de puerquitos que supieron tener. Así como espero que nunca, pero nunca, aparezca aullando a su puerta ningún lobo feroz, metafórico ni literal; ni ningún otro miembro de la familia que visite la península. No vaya a ser cosa que los pobrecillos se lleven un susto.
            Por si acaso, desde el 2003 a esta parte, cambié mi dirección de correo electrónico tres veces, una por cada uno de ellos, claramente. En cada cambio, diría que tal vez a conciencia, la cantidad de gente enterada de ello, resultaba ser cada vez menor; sin que fuera algo que me preocupara sobremanera. Diría incluso que era eso mismo lo que realmente buscaba. De esa manera, también, la cantidad de noticias innecesarias sobre gente que carece por completo de interés para el desarrollo de mí propia vida descendió drásticamente. El haber crecido lejos de la mayor parte de la parentela, sin lugar a dudas, fue de mucha ayuda en esto.

Aclaración: Esta foto no es la original que se menciona arriba,
 pero se le parece bastante si omitimos las sonrisas.

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En la Revista Digital Íkaro de Costa Rica, pueden leer el cuento Quienes Regresaron.

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domingo, 22 de diciembre de 2019

Familia - La vida en la ciudad (1980 – Primera Parte)


La década de 1970 en Argentina no fue fácil en varios aspectos. Principalmente en el político. Entre 1966 y 1973 el país fue gobernado por una de las peores dictaduras de las que asolaban la región en la misma época. Uno a uno los gobiernos democráticos iban cayendo convirtiéndose en la excepción y no en la norma para la organización de la vida política local. En 1973 el testigo de la dictadura más violenta se correría hacia Chile que por un breve instante robó la gloria a la Argentina que entre 1973 y 1976 probó brevemente lo que sería un gobierno democrático que, si comenzó mal, acabó mucho peor de lo que cualquier persona hubiera esperado.
            Por eso es que Argentina se recuperó rápidamente de la afrenta chilena con el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Se desató entonces la que sería la más feroz dictadura militar que gobernara el país hasta 1983. Pero, si en el verano de 1980 el gobierno militar se encontraba asentado de tal modo en el país que parecía que cumplirían su objetivo secreto de gobernar, al menos, hasta el año 2000, para mediados de 1982, todo lucía, como mínimo, diferente.
A pesar de los cambios, políticos, económicos, sociales, culturales, hormonales, que pudieran producirse, existía cierta inercia para lograr que los primeros años de la década de 1980 fuera la continuación directa de la década de 1970. Y no me refiero meramente a lo que marcaba el calendario, sino a mucho más.
            Mi futura familia, se encontraba instalada en la nueva casa, que en realidad no era tan nueva pero de alguna forma había que llamarla; y el trabajo de mi padre continuaba prosperando. Mi madre intentó, brevemente, administrar un pequeño almacén para pasar el tiempo mientras las niñas se encontraban en la escuela; pero los constantes cambios en el valor, la calidad de impresión, y la credibilidad en la moneda nacional hicieron que esa experiencia acabara más pronto de lo esperado.
La primavera estaba a punto de terminar, aún cuando todavía nadie se lo esperaba y muchos aguardaban la llegada del verano; pasaríamos directamente a un invierno sin igual del que nadie podría decir cuándo terminaría.
La permanencia de la Junta Militar en el Gobierno creaba la idea de una cierta continuidad en la vida social; pero ello no quería decir que aun cuando quienes gobernaban el país fueran, en teoría, una de las fuerzas de seguridad de la nación, el país se encontrara, en los más diversos aspectos, seguro en lo más mínimo.
            Es cierto que la inseguridad, como tema periodístico, se estableció como moda en la década de 1990, regresando como algo vintage, cuasi-retro, y no en forma de fichas, en el 2010 (aproximadamente); pero no comenzó, si siquiera por casualidad, en ninguna de esas dos fechas. Hay una larga tradición de violencia, inseguridad, agresiones, robos y muertes en toda la historia nacional. Nadie se encuentra realmente a salvo de nada, en ningún lugar, en ninguna época, ni por error ni por casualidad. Nadie está verdaderamente exento de que suceda algo inesperado en sus vidas cotidianas.
            Por otro lado, 1983 fue un año aciago, el annus horribilis de la familia.
El viejo cascarrabias del abuelo materno perdió, una vez más (y van…), sus ahorros en negocios de poca credibilidad confiando en los mismos socios de siempre, esos que nunca veían peligrar su propio capital. Los negocios de mi padre parecían ir bien pero su muerte interrumpió cualquier intento de nada. Mi madre tuvo que hacerse cargo de la familia al 100%, y de los que quedaba de los negocios de mi padre luego de que sus socios huyeron como huyen las ratas de un barco que comienza a hacer agua.
Hacia finales del año, la abuela materna, aunque dudo que el viejo se diera cuenta de ello mientras lloraba por los ahorros perdidos.
Recuperamos la democracia; algo terrible para cierto sector de la sociedad no del todo minoritario, como muchos quisiéramos creer.
Pero, lo que sin lugar a dudas terminó de empeorar todas las cosas que iban sucediendo hasta ese momento fue mi nacimiento. Punto final de la mejor época de la familia, como me han dicho y hecho creer en más de una oportunidad.
            Luego de algo semejante, el resto de la década no puede sino mejorar. Al menos se puede fingir una sonrisa para la cámara y que el luto se note menos en las fotografías de los que realmente duele en la realidad. Un luto al que difícilmente pueda ponérsele punto final algún día. Si es que algo semejante puede hacerse.
            En mi caso, porque todo gira en torno a mí mismo, claro (siempre el ego dirigiendo la vida), apenas sí puedo hablar de luto, ya que no puedo sentirse algo semejante hacia alguien a quien nunca conocí. ¿O sí se puede y nunca me enteré?
Crecía con una gran ausencia junto a mí, una ausencia que crecía año tras año al igual que lo hacía yo, una ausencia que nunca tendría final, que nunca podría solucionarse. Pero entre ausencia y luto hay una diferencia que va más allá del mero sentido de las palabras.
            ¿Sentí dolor? ¿Angustia? ¿Hubiera querido que todo fuera diferente en la vida de la familia (no sólo en la mía)? Por supuesto, pero nunca estuvo a mi alcance hacer nada al respecto. Ni lo estará, porque nadie puede cambiar lo que sucedió, nadie tiene esa clase de poder.
            Me dedicaba en cambio a mirar El Zorro en blanco y negro, El Chavo del 8, que sólo muchos años después lograría sacarme algo parecido a una sonrisa con sus historias, y el Batman de Adam West; por suerte estos últimos a colores una televisión que tenía más años en la familia que yo (aunque eso lo supe un poco después).
Construí un mundo donde solamente había lugar para mí. Era incapaz de ver, de comprender, lo que ocurría a mí alrededor los primeros años de mi infancia, como nos pasa a todos. Nunca entendería por qué nunca nadie venía a visitarnos a la casa, porque nunca tuve primos con los que jugar, tíos a los que pedirle un juguete de regalo o golosinas, abuelos ni abuelas con los que salir a pasear por el barrio, o por el pueblo en todo caso. Nada de eso me parecía extraño porque nunca lo había tenido, por lo que carecía de forma de saber que debía, necesariamente, anhelar algo semejante.
            Porque es imposible anhelar algo que ni siquiera se sabe que existe; extrañar algo que nunca se ha tenido no tiene sentido, así como no lo tiene querer lo que carece de valor para uno mismo.
            Además, era un niño. Y los niños siempre se adaptan a lo que les rodea, aún cuando ni siquiera saben lo que están haciendo.
            Quien sin duda la habrá pasado muy mal, en una situación cuasi de abandono por parte de ambas familias, que continuaba en el campo ocupándose cada uno de las cosas que les interesaban y sin preocuparse por los demás, fue mi madre. Ella vivió todo su dolor, todo su luto, en soledad. Estaban mis hermanas, es cierto, pero eran unas niñas en 1983, ¿qué consuelo podrían llegar a darle a mi madre si ellas también lo necesitan? La casa, antes llena de vida y alegría se volvió, poco a poco, en lo más parecido a un museo en vida que he llegado a conocer. Sólo muchos años después, cuando los tres hermanos fuimos mayores, algunas pocas cosas comenzaron a cambiar. Y, aún así, la casa mantenía la misma impronta en el 2001 que la que supo tener en 1989; solamente los gobiernos habían cambiado, solamente los externo, el interior continuaba demasiado semejante a lo que había sido en el pasado como si el tiempo, en verdad nunca hubiera transcurrido para nosotros.
            O tal vez lo hizo, pero dejándonos de lado como tantas otras cosas de la vida.



Aclaración: El de la foto es Guy Williams personificando 
al El Zorro, por si todavía queda alguien que no lo sepa.