Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 26 de julio de 2015

Año Quince, Semana Dos

Tres días internado en la hemeroteca. No es que me haya quedado sin ideas (al menos de momento eso creo) y esté buscándolas en diarios de principios del siglo XX, es sólo que debo terminar mi tesis de maestría, para la cal me falta el detalle de comenzar. Algún día, supongo, lo haré. Pero en esos tres días de mirar diarios de otra época, además de descubrir la obviedad de que los problemas de entonces son los problemas de ahora, fui incapaz de hacer algo diferente.
            Distinto fue el caso del jueves, día en el que omití la parte académica de mi vida. Temprano a la mañana me despedí del sueño con un atisbo de historia, literaria en éste caso, algo que valía la pena ser escrito. Estuve a punto de anotarla, pero el lastimero llanto del cachorro de perro que mis vecinos dejaron atado a un poste de su patio trasero (y que linda con mi patio por una medianera apenas lo suficiente alta como para no dejarme ver del otro lado) interrumpió mi pensamiento. Mi sinapsis funciona muy lenta a esas horas; antes no me hubiera molestado algo semejante, pero sí lo hace en el ahora, por lo que palabra alguna quedó anotada en la hoja de papel amarillento que pretendía destinar para tales menesteres. Pensé en denunciarlos, varias veces, pero sé que algo como eso resulta sumamente inútil en este país, por lo que desistí tan rápido como la idea tuvo lugar; lo único que se perdió esa mañana fue el comienzo (tal vez) de un nuevo cuento.
            El viernes resultó una maravilla, acomodando un poco la biblioteca, que siempre logra mantenerse dentro de la categoría de caos durante la época escolar, di con una carpeta que creía haber descartado hace años. ¿Qué había allí? Varios textos manuscritos preblog que nunca pasé en limpio, nunca terminé ni pude dedicarles el tiempo suficiente para que se transformaran en algo que valiera la pena ser leído. Sé que mucho de lo allí escrito no sobrevivirá, pero también sé que habré encontrado algo más que una carpeta que reutilizar, sólo espero que no vuelva a desaparecer antes de que pueda, por lo menos, apreciarlos en su totalidad.
            Aun cuando lo único que pude hacer fue espiar su contenido, sin una lectura atenta del mismo, este descubrimiento casual sirvió para señalar que debo de ser más ordenado con esos papeles importantes o, cualquier día de éstos podría perder la totalidad de mi trabajo en medio  de la vorágine de libros, revistas y artículos impresos que acumulo y siendo incapaz de volver a encontrarlos. Por supuesto que, para que esto no ocurra, la categoría de papeles importantes debería de ser revisada y ampliada en los parámetros de qué es lo que puede ser considerado como tal y qué no. La factura detallada de la cena del 3 de agosto de 2003 puede ser un papel importante para mi futuro biógrafo (si, siempre pienso en él aún cuando ni siquiera sé si ha nacido todavía) por no lo es en lo más mínimo para mí. Un cuento a medio terminar, por poner otro ejemplo, es un caso muy diferente.
            En la tarde del viernes intenté escribir. Me senté junto con un libro, un cuaderno y varias lapiceras para hacerlo mirando por una de las ventanas de la casa; media hora más tarde, luego de contemplar el vacío frente a mis ojos sin que mis manos tomaran el impulso de las palabras, salí a dar una vuelta en bicicleta por el barrio para despejarme de mi falta de expresividad actual.
            Otro hito de esta semana, y para cerrar el caudal de lamentaciones, terminé la lectura del último de los ocho tomos de la obra completa de Borges. Ahora sé sobre el autor exactamente lo mismo que sabía hace tres años cuando comencé. Claro que, esos tomos, no agotan el total de la producción borgeana, como cualquier breve búsqueda en la red puede demostrar. ¿Eso desmerece mi lectura?

domingo, 19 de julio de 2015

Año Quince, Semana Uno

Todavía no sé muy bien cómo sucedió. Recuerdo que, cuando comencé, podía hacerlo todos los días, casi sin excepción. Con tan sólo proponérmelo, allí estaba otra vez, listo, siempre preparado. Luego, el tiempo hizo mella, las responsabilidades se multiplicaron vertiginosamente y nada era como lo fue al principio. No me malinterpreten, el amor se mantiene intacto; pero el reloj subjetivamente corre cada vez más rápido, tanto es así que, cuando me percato, tengo que aceptar la fecha con la que me encuentro en el calendario sabiendo que en ella no existe posibilidad de error.
            Hace cerca de dos años escribí mi último cuento. Luego nada. Sólo minirelatos para mantener vivo el blog, por ustedes, que aún creen que alguien sin la menor formación en “letras” puede dedicarse a la escritura. Me entretengo, cuando el trabajo me lo permite, revisando, corrigiendo, ampliando, descartando, textos que, en promedio, tienen más de diez años. Muchas veces encuentro textos que hoy desconozco como propios, ni comprendo el por qué de su escritura; me sorprendo a mí mismo, pero una sorpresa que poco tiene de agradable, que poco tiene de satisfacción.
            La primera entrada de éste blog fue el 4 de enero del 2008, y decía:

Primer día en la red

Hola.
Este es el inicio del que será uno de los mejores y más visitados blog de los futuros tiempos (Más adelante les contaré de donde sale el nombre y otras cosas menos interesantes).
Quiero aclarar lo siguiente: me dedico a escribir, no diseño ni dibujo, por lo que sólo encontrarán palabras y más palabras, y ocasionales trabajos de algún amigo dibujante.
Como presentación ya está todo dicho, en la próxima entrada ya aparecerán textos, comentarios, noticias, inventos, y demás cosas que puedan crearse utilizando algo tan simple como las palabras (las faltas de ortografía y cosas similares se las endilgaré al teclado y no a mi falta de lenguaje).
Disfruten.

Cosas, todas, que aún sostengo. Esto quiere decir que, o bien no aprendí nada, o bien, y mirándolo desde un inexistente y positivo ángulo, mantengo intactas mis convicciones (las cuales, por otro lado, no aparecen mencionadas en el texto). Pero sé que, en verdad, no se trata de la segunda opción.
            Pasé toda la semana intentando escribir, pero nada salió de mi pluma, ni siquiera utilizo una pluma (quizás eso sea parte del problema). Proyecto Azúcar continúa, ¿hasta cuándo? Desconozco esa respuesta, pero tengo pautado un encuentro para ésta semana con una charlatana que tira unas cartas de póker viejas y desdibujadas que tal vez pueda darme una respuesta. Aunque, en verdad, lo dudo, es sólo para ver cómo se esfuerza esa mujer en dar una respuesta a una cuestión que a ella no le interesa ni le afecta en lo más mínimo y que a mí me quita toda posibilidad de otro pensamiento.
            Hasta la próxima semana.

domingo, 5 de julio de 2015

Quiebre

Texto número 750 de Proyecto Azúcar.
Si en algún momento tuvo sentido, ese ya se perdió, se transformó en vaya uno a saber.

Se viene un cambio. No sé cómo ni cuándo, pero está en camino. Quizás antes, quizá después, eso está por verse.

Por el momento, esto es un quiebre, como el de la radiografía de acá abajo.

miércoles, 1 de julio de 2015

Anónimos

¿Qué tal? ¿Cómo está usted? Me presento, soy un completo desconocido, al igual que usted lo es para mí. Aunque quizás un poco más o un poco menos, nunca se sabe; pero es cierto, somos desconocidos.
            Tenemos nuestros motivos para serlo. Usted no sabe quién soy, qué hago para vivir, dónde fui de vacaciones en los últimos cinco años, si tengo antecedentes penales o aluna enfermedad de las que nadie quiere escuchar hablar ni ver fotografías. Algo que, por suerte, ignoro también de usted.
            Si escribí la mejor novela de mi generación, si compuse una obertura genial para una opera inigualable, usted nunca lo sabría. No porque lo haya hecho en secreto, sino porque nuestras vidas corren por senderos divergentes. Tan extraños entre sí que de no habernos cruzados hoy aquí, nada cambiaría ni para usted ni para mí. Nada, así como lo oye y de seguro querrá negarlo de una forma u otra.
            Ignoro si usted es un científico experto en regeneración muscular, un respetado criminólogo, un depredador sexual o un extraterrestre disfrazado de otra cosa con el fin de quedarse con los recursos naturales que llamamos nuestro pero que realmente son del planeta. Porque, el saberlo, en nada influye en mi forma de actuar ni de pensar.
            Coincidimos casualmente aquí, en este mágico momento que acabará cuando uno de los dos descienda del ómnibus, sea quien sea quien se vaya primero, lo mismo da. Nada habrá cambiado para ninguno de los dos. Porque no me interesan sus hijos, sus mascotas, sus pequeños logros ni sus miserias. Y sé que lo mismo se repetirá a la inversa.
            Continuemos, pues, con lo que cada uno venía haciendo, evitando las innecesarias exposiciones de nuestro yo que anhela un mayor espacio para el ego golpeado y derrotado por amar a quien no nos corresponde en el sentimiento, por envidiarle el progreso de quien nada hace, por admirar a quien no lo merece y anhelar una vida mejor. Son cosas suyas que sólo le importan a usted, no a mí, por más que tenga intenciones de gritarlas a los cuatro puntos cardinales.
            El rostro es una máscara tras la cual nadie sabrá nunca qué se esconde. Quizá ni siquiera usted mismo lo sepa. Pero a mí sólo una cosa me importa, que cuando me levante de mi asiento y le diga:
            —Permiso —en mi camino hacia el descenso del ómnibus, sea usted lo suficientemente educado para hacerse a un lado respondiéndome:
            —Adelante —o alguna cosa parecida y ambos volveremos a nuestro preciado, e indispensable para la vida actual, anonimato.