Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 21 de agosto de 2016

El perro ya se durmió, su sombra nunca se enteró

Esto no es una historia de amor, tampoco es una historia de odio. Es, tan solo, una historia que carecerá de sentido para quienes en ella sean incapaces de verse reflejados. Pero las cosas ocurren, aunque queramos ignorar su desarrollo y, la mayor parte de las veces, solo queda aceptar lo sucedido. Luchar en su contra es tan en vano como pretender ocultar el sol con una mano, vencer al destino con la fuerza de voluntad o comprender el por qué del paso del tiempo.
            Sin olvidar que, a minuto, las cosas que quedan sin explicación a lo largo del camino nunca dejan de acumularse. Como un fardo que no deja de crecer sobre nuestros hombros pero del cual no podemos desprendernos.
            Consentimos en que la costumbre nos lleva a aceptar detalles del mundo que resultarían inexplicables si nos detuviéramos a analizarlos. Es cuando los cuestionamientos existenciales pierden su fuerza, su ímpetu y sólo las generaciones más jóvenes mantienen en alto el estandarte de que es necesario cambiar al mundo y la sociedad, ignorando que dicho sueño tiene mayores posibilidades de transformarse en pesadilla antes que llegar a ser, en una mínima porción del mismo, realidad. Son como modas pasajeras que vienen y van sin que nadie se lo cuestione; incluso aquellos que se dicen estar por fuera de las modas, nunca lo están por completo.
            Será porque sobreviven mejor quienes nada se cuestionan, los que simplemente aceptan lo que el mundo pretende hacer de ellos, como aquel perro que, noches atrás, en medio del viento frío y cortante, dormía plácidamente en un portal, como si nada sucediera en su entorno. El bamboleo de las pocas luminarias de la calle barrida por el viento proyectaba su sombra sobre el muro cercano como la de un inmenso mastín acechando en la proximidad de su víctima. Víctima que no era otra más que yo mismo mirándolo allí tendido y despreocupado.
            Podría ser tan solo eso, un juego de luces; podría ser una proyección del sueño del pobre perro callejero. O bien podría ser que la sombra nunca se haya enterado de que el perro dormía mientras ella no dejaba de crecer sobre el muro. Pero es, apenas, una más de las posibilidades.

domingo, 7 de agosto de 2016

Error # 15 (Nata)

Haber crecido en los ochenta tuvo sus ventajas. Es cierto que son pocas pero es de lo que uno puede seguir vanagloriándose en cualquier conversación de ocasión. Tener cinco años en 1989 sin que nadie esté sacándote fotos todo el tiempo y que tus miserias cotidianas no aparezcan publicadas en ninguna red social, es un alivio. Y la alegría de saber que cada tarde podemos ver el Batman de Adam West corriendo por las calles de la colorida ciudad Gótica, por el canal nueve, es otro de sus alicientes que podría numerar junto con unos pocos, pero creo que ya se comprende la idea.
De esa época recuerdo, también, a la abuela, viviendo en la vieja casona sobre Avenida Libertador; construcción que ya no existe, como muchos de los antiguos solares que ocupaban esa calle, cuando el barrio no había crecido tanto y las calles de empedrado tenían un sabor especial a juegos durante la hora de la siesta. Una casona que, a mis ojos infantiles, parecía un palacio de infinitas habitaciones vacías, como los misteriosos lugares de los cuentos llenos de fantasía, con una leve cortina de polvillo en el aire y la certeza de que nadie había penetrado en ellas en mucho tiempo, que mis pasos abrirían caminos que solamente la abuela y yo conocíamos.
Sabía que, desde el tres de enero hasta el último día de febrero, cualquier cosa que se me ocurriera pedir, hacer, ver, decir, comer, romper y otros verbos similares, ella lo cumpliría, logrando que:
            —Si se lo pido a la abuela, ella lo hace —fuera la frase que más repetía en el crudo marzo del regreso a la realidad de mi otra casa, la verdadera, la de mis padres, de la que aún ignoraba que podía escapar. De la que, sin embargo, nunca me iría por razones tan egoístas (al menos eso es lo que cría).
            —Andate a vivir con ella —era la escueta e invariable respuesta que recibía de mis padres en esos momentos de rebeldía; tanto de día como de noche, los domingos antes de prepararme para la escuela o los viernes cuando las clases se terminaban dejando todo ese tiempo libre de los fines de semana en los que poco tenía para hacer más allá de esperar a que fuera lunes nuevamente y volver a ver a mis compañeros.
            Nunca lo habría hecho, nunca me hubiera ido a vivir digamos, definitivamente, con la abuela. Nuestra relación era exclusivamente durante el verano, las vainillas y la leche chocolatada de cada tarde, la televisión en blanco y negro para jugar a adivinar los colores y correr por las calles del bajo a la par de los chicos del barrio que en cada verano volvía a conocer.
            Hacíamos las cosas típicas de la temporada estival, visitamos cada heladería cercana a la casona, las que tenían nombres propios, el de los heladeros, según mi abuela, y nombres de fantasía, de lugares u otras cosas. Recorrimos todas las heladerías de San Fernando, al menos así lo creía en ese entonces, porque estoy seguro que ni siquiera conozco la mayoría de las que existen hoy en día. Y tenía mi favorita, por supuesto; el único lugar donde preparaban helado de sabor a turrón navideño durante todo el verano. Sé que parece una tontería, y que incluso puede muy bien serlo si tenemos en cuenta las cadenas de heladerías y los miles de sabores que proponen, pero me gustaba, era sabroso, de una manera que nunca he vuelto a sentir desde ese entonces y no creo que ello se deba a que mis gustos hayan cambiado tanto.
Sé que estoy idealizando una situación de mi infancia, que la mayor parte de los adultos lo hacemos cuando nos percatamos de lo incapaces que somos para regresar a ese pasado idílico; pero podía tomar helado hasta sentir que se me congelaba el cerebro o hasta que me doliera el estómago, lo que sucediera primero, que al día siguiente sería igualmente feliz porque podía repetir cuanto había hecho sin que nadie me dijera lo contrario. Sin que la edad, ni las responsabilidades, fueran un impedimento.
Si me detengo a pensarlo, hubiera podido vivir con la abuela, como decían mis padres cuando me encaprichaba con lo que no podían darme. Sé que lo hubiera pasado bien, porque cualquier cosa que ella hiciera era para que me sintiera cómodo y acompañado en esa casa tan extraña, tan cargada de recuerdos, tan llena de pasado. Le gustaba hablar y como en esa época la televisión se terminaba porque no transmitía toda la noche, sentía que la dejaba hablar porque me gustaba escucharla, lo cual puede ser que sea cierto en parte, pero también era porque allí no había nadie más con quién hacerlo. Era su única visita, se pasa la mayor parte del tiempo hablando de gente que ya no estaba, que se había ido definitivamente, nunca de gente que la hubiera ido a ver, a visitarla o siquiera a llevarle una caja de alfajores de recuerdo de las vacaciones, nada. Ella siempre estaba sola cuando llegaba en enero, y así se quedaba cuando me iba.
            Cocinaba de una manera espectacular, aún cuando casi todos sus enceres fueran viejos y magullados; las ollas abolladas y un viejo jarro enlozado que ni caso tenía intentar lavarlo. Eso sin hablar de la pava en la que calentaba el agua para los mates que tomaba cada mañana, una bola negra de tizne que sólo ella se atrevía a utilizar. La veo sentada en su silla de mimbre, con el respaldo vencido hacia un costado pero con las patas lo suficientemente firmes para aguantar el peso de su cuerpo, el mate amargo en una mano y la pava en la otra, nada más, mirando el escaso tránsito del verano cruzar San Fernando de norte a sur, lento y pesado como el calor de esos días, sobre el añejo empedrado.
La quería, a mi infantil manera. Si, hubiera podido ir a vivir con ella en su casona, pero el sólo pensar en pasar el invierno allí, sabiendo que usaría el colador agujereado para colar la leche caliente, era más que suficiente para desistir de mi idea, para abandonar cualquier capricho y quedarme en la casa de mis padres donde, al menos, teníamos un colador nuevo y nunca vería restos de nata flotando en el borde de la taza.
Claro que, la abuela, no tenía por qué saber todo esto, como, estoy seguro, nunca lo hizo.



Nota: Es un cuento, no, nada de todo lo anterior es real. Repito: Es un cuento.
Cuento que fue seleccionado por le municipio de San Fernando en un concurso literario realizado a fines del 2015. Entre los premios que se mencionaban se encontraba la publicación de una antología con todos los premiados y seleccionados. La antología debía aparecer antes de la mitad del 2016. Hasta el momento no tengo noticias de la misma. Esto no es parte del cuento, esto es verdad.

domingo, 31 de julio de 2016

Mala suerte

Todos lo conocían en el pueblo. Mujeres, niños y hombres. Imposible no verlo, no reconocerlo, no saber de quién se trataba con las marcas de su destino señalándose en el cuerpo. Era historia antigua, tanto en su propia vida y como en la del pueblo; en aquellos atroces años de sequía, cuando hasta los animales más robustos perecieron.
            Pero ahora nadie recuerda esos años. El clima es tan diferente que la sola idea de una sequía como las de antaño parece una simple fantasía. Sólo quedaba una huella de aquel pasado, él, el resto, el desierto que supiera crecer en torno al pueblo, ya no estaba allí.
            Caminaba por el pueblo como si fuera el amo y señor de cuanto se encontraba bajo su paso y ante su mirada. Nadie cuestionaba su actitud ni su forma de comportarse; decían que se lo había ganado luego de tanto tiempo. Por otro lado, nadie se atrevería a enfrentarlo, siquiera por error. Era más fácil darle la razón en silencio que atreverse a desatar cualquier otra reacción en su semblante osco y silencioso.
            Los niños se burlaban de él en la escuela; lo dibujaban en las amarillentas páginas de sus cuadernos mientras le inventaban historias en las que luchaba contra imposibles monstruos mitológicos en improbables geografías. El castigo ante las apuestas perdidas de los adolescentes era enfrentarlo en alguna calle e intentar entablar una conversación, sacarle alguna palabra, algo que ningún adulto siquiera se interesaba en lograr desde hacía años. Claro que, en verdad, ninguna apuesta llegaba a tanto.
            Los hombres le abrían el paso y apenas lo miraban cuando se encontraba cerca. Sabían que él realmente había intentado, con valor, con audacia sin igual pero, también, con cierta estupidez, lo que ninguno de ellos siquiera pensaba intentar. La hombría de cualquiera de ellos era puesta en dudas cuando él se encontraba en las cercanías; por eso siempre era mejor evitarlo.
            Las mujeres lo miraban con deseo culpable ardiéndoles en la piel; pero el miedo ante sus cicatrices pesaba más que sus intenciones de mirarlo por más que apenas unos segundos en la calle. Nunca, desde aquel día que se sabía pero evitaba nombrarse, mujer alguna se acercó a él. Sumido en la soledad más atroz habitaba aún la misma casa de antaño, donde todo era recuerdo, donde todo era parte de su pasado.
            Incluso los perros rehuían de su presencia; como si algo maligno, algo peligroso, algo que les causara demasiado miedo para enfrentarlo, le rodeara.
            Las marcas en su cuello, esas cicatrices que no desaparecían, las huellas de su desesperación cuando la sequía consumió la vida de su familia, de sus animales y sus plantas, y solamente una cuerda y una viga de madera carcomida por el tiempo y la humedad, lo separaban del final.
            Era el colgado en vida, el ahorcado que continúa respirando, el último vestigio de su época. Habiéndole escapado a la muerte una vez, ésta jamás volvería a buscarlo, decían los nuevos ancianos del pueblo. Su presencia era como un castigo para muchos de los que llegaron a ocupar el pueblo cuando las lluvias regresaron a la región; porque les recordaba lo que podría sucederle a ellos también.
            Un castigo infinitamente peor que la muerte, querer morir pero continuar viviendo que, de tan inesperado, se parecía demasiado a la mala suerte que las personas decían sentir cuando se encontraban cerca él.


domingo, 24 de julio de 2016

Error # 14 (Fáctico)

Ignoro si esta ha de ser la mejor forma de comenzar a relatarlo. Pero, lo cierto es que de todos los intentos anteriores nada se rescata. Quedará, pues, librado a mi pericia o impericia con las palabras.
            Ahora vendría la parte en la que me presento. Pero no creo que ello sea necesario, así que lo evitaré. Esto no quiere decir que intento sustraerme de la historia, sino que lo importante de aquello que pretendo contar se encuentra en otro lado, en algo sumamente ajeno al hecho de que sepan quién se esconde detrás de tantas palabras.
            Evitaré, también, dar muchas especificaciones acerca del lugar o el momento en que sucedió. Para que los detalles no nos distraigan de lo realmente importante de los hechos. Un relato sobrecargado de descripciones o que remita constantemente a los sentimientos del lector, logra, entre muchos otros problemas, desviar e interés desde lo importante y principal hacia lo nimio como la empatía y cosas similares que carecen de valor literario.
            No hablaré, pues, de las condiciones emocionales con las que me encontraba lidiando en aquel momento. Para que ello no sea visto como un intento de justificación de los acontecimientos posteriores que, en definitiva, son lo que realmente importan.
            Las descripciones superfluas, de ropas, peinados, las últimas aplicaciones de moda en celulares y muñequeras, el cambio climático, el nuevo grito de la moda de hacer silencio durante días, ni de la ley que permitía la venta libre de antidepresivos estarán ausentes. Sé que igualmente lo notarán al tener la oportunidad de leerlo, pero querría remarcarlo.
            Los hechos, sólo los hechos y nada más que los hechos, como siempre lo supo el vilipendiando Leopold Von Ranke. Los hechos, en donde radican las respuestas a las preguntas jamás formuladas; así ha de ser, o así debí de ser siempre. De ésta forma el hombre se ahorraría muchísimos dolores de cabeza, así como en otras partes de su anatomía.
            Sin lugar para las teorías freudianas, lacanianas, jungianas, einsteinianas y macanianas; y también, por supuesto, sin sal agregada. Porque sabido es que hacen mal a la salud si se las utiliza indiscriminadamente.
            Luego de tan extensa introducción para el correcto entendimiento de los hechos, puedo decirles qué fue lo que en verdad sucedió hoy. Lo cual puede sonar muy sencillo, pero nunca lo es, pero, por cierto: Me quedé dormido.

domingo, 17 de julio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cincuenta y Dos

Un día más o menos como hoy, hace aproximadamente diecisiete años, decidí que debería comenzar a guardar cuanto escribía porque podría serme de utilidad en algún momento. Lo anterior a esa fecha, cuando se trataba de palabras verbalizadas, se lo llevó el viento o las llamas, cuando la tinta había cumplido su función de fijar mis dispersos pensamientos. De nada sirve entonces retrotraerme hasta el momento inicial en que descubrí que era capaz de escribir porque, por suerte, no quedan registros. Bien podría decir que antes no había nada, por eso fijo una fecha, arbitraria como todo calendario, a la medida del hombre (en este caso yo), como ya lo enseñaban los griegos hace dos mil quinientos años, y con esa fecha de inicio comienzo a contar. Lo escrito en los últimos diecisiete años se ha conservado (algunos dirían que lamentablemente).
            Para bien o para mal, allí están los cuentos escritos para impresionar a los amigos, para demostrarle a algún profesor que podía hacerlo, para intentar alguna conquista que indefectiblemente acabaría en fracaso, o por alguna otra razón. Como un concurso literario, o un verso que en mi pensamiento sonaba muy bien pero en papel parecía un poco demasiado ridículo. De todo lo anterior hay archivos (primero manuscritos, después en disquetes de 3 ¼, luego en Cd-Rom, ahora en pendrive, pero siempre en el mismo procesador de texto, y es que un poco de nostalgia no hace mal a nadie).
            De poder hacerlo diría que realmente comencé a escribir mucho después de esa fecha, un par de años más tarde. Borraría muchas cosas que hice de las cuales me arrepiento, pero que forman parte irremediablemente de mí. Muchos me recuerdan por el penoso libro de cuentos publicado en 2002 (penoso por la calidad de los materiales incluidos, y penoso por el pésimo trabajo de edición de la editorial) pero, claro, ya no soy la persona que lo escribió. Muchos otros me recuerdan por el libro de poesía, un poco mejor editado y con un material apenas más cuidado, del 2007. Tampoco soy esa persona. Luego el abismo. O como le llaman los medios de comunicación, las redes sociales, en donde lo que importa es el personaje que no la obra. Siempre me negué, y continúo haciéndolo, a convertirme un personaje de mí mismo. Y quien dice que usar las redes sociales es socializar no sabe lo que dice o prefiere ignorar la verdadera función de dichas redes. Pero ese es tema para otro debate, en otro momento, en otro lugar, con menos intereses en juego.
            La cuestión es que debería de estar festejando mis 17 años con la literatura, ya que se trata de mi relación más extensa con algo (o alguien), pero (y siempre hay un pero y este pero es un pero que aunque intente evitar siempre termino recurriendo a él diciendo como cabría de esperarse “siempre hay un pero”) hace mucho que no hago lo que pretendo hacer, es decir, escribir. Me gustaría poder decir que vivo de regalías, como las familias de los escritores famosos muertos, sólo que no es así (ni creo tampoco, que suceda en algún momento; principalmente porque uso demasiado los paréntesis para agregarle comentarios a mis propios comentarios). Por ejemplo, el cuento que se publicó en la Revista Próxima fue escrito en algún momento entre el 2008 y el 2009. Tiene sus años y, aún cuando siga gustándome el resultado final, no es tan actual como debería de serlo. Por lo menos es un cuento que siento como más cercano a mi yo actual que todo lo anterior. De lo que se escribió luego, todavía nada ha visto la luz. Repito, todavía.
            Comienza un nuevo año… ¿Qué vendrá después?
           

Acá debería de haber una foto de fuegos artificiales en señal de festejo, pero no me gustan esas cosas, además de que molestan a las mascotas, así que mejor no.