sábado, 19 de abril de 2014

# 13

En una reunión social donde los que sobrábamos éramos los hombres.
—Esta sociedad es demasiado machista —dijo una de ellas.
—Cierto, siempre se cae en los extremos —dijo otra.
—Por supuesto —intervine—, las cosas en su justa medida siempre se hacen bien.
Por alguna razón, dejaron de invitarme a sus reuniones (por suerte).

viernes, 18 de abril de 2014

# 12

En el tren, rumbo al norte.
—(…) pero papá —insistía el nene por enésima vez—. ¿Estás seguro?
—Si.
—¿Cómo sabes? ¿Ya fuiste a ese lugar?
—No. Es la primera vez —respondía el sobrecargado de fastidio padre.
—Entonces no podes saber si el tren llega hasta la estación, si todavía no lo viste.
Suspiro del padre.
Sonrisa de mi parte.
Para mí tenía mucha lógica.

jueves, 17 de abril de 2014

# 11

—Hay cosas que no se discuten —dijo el médico.
—¿Perón, la vieja y Gardel? —le pregunté.

La respuesta ni falta hizo.


jueves, 10 de abril de 2014

Judy Garland no sabía mentir

La portada del libro resultaba sugestiva sólo si conocías a la persona de la fotografía, de otro modo pasaría desapercibida en la vorágine de papel que lo rodeaba. Al menos para mí, aquello era un misterio, pues creía conocer todo lo escrito (o la gran mayoría). Pero aquel libro, que se encargaba de demostrar mi ignorancia, me molestaba, mucho, sobremanera. Empecé a odiarlo antes de pagarlo en efectivo en la caja.
            Judy Garland no sabía mentir era el título; la fotografía de Rita Hayworth, provocativa como cuando joven, resaltaba en la portada. El nombre del autor, escrito en caracteres cirílicos, me era indescifrable. Misterio sobre misterio sobre misterio.
            El vendedor, recomendándomelo con palabras de alabanza y superlativos, logró quebrar mi resistencia. Amaba a esa chica, en serio, Judy era mi actriz favorita del milenio pasado. Rita quizá no tanto, pero, llegado el caso, podía mirarla con buenos ojos si su fotografía explicaba algo del libro cerrado en su bolsa de nylon para que la gente evitara manosearlo.
            Un detalle no menor, ya que el libro sobado por infinidad de manos carece del valor de una copia del mismo en su envoltorio original.
            El vendedor parecía un fanático más del cine de épocas remotas, tanto que aun después de salir del tugurio de los mercaderes continuaba oyendo su voz.
            Cuando llegué a mi hogar, descubrí que el título era fiel a su contenido. En cada una de las 430 páginas en blanco, Judy Garland no mentía ni una única vez.
            El mercader de libros, por otro lado, lo hacía muy bien.

Judy:
 Rita: