jueves, 26 de marzo de 2015

Es sentido común

Fue un desastre. Al menos así lo presentaron. La categoría de jóvenes que ese año cumpliría los 18 años, edad de la plenitud, edad de los guerreros, no se había presentado a recibir instrucción militar. Decían que eso era perder el tiempo entre armas obsoletas y conflictos de antigua data que para ellos nada significaban.
            Cundió el pánico entre las elites de ancianos gobernantes que vieron sus negociados internaciones peligrar y sus fronteras desprotegidas. Si la sangre joven y viril no pretendía ir a las guerras que ellos organizaban, ¿qué sucedería? ¿Cómo reaccionarían los enemigos tan reales como imaginarios?
            La noticia se filtró. El ejército carecía de nuevos cadetes y recurría a los reservistas para cubrir el cupo.
Los más jóvenes, por supuesto, se plegaron a lo proclamado por la nueva camada. Nosotros no iniciamos sus ridículas guerras carentes de todo sentido, por lo tanto no participaremos en ella.
Los de mayor edad, con antiguas medallas al valor y la entrega desinteresada, se indignaron clamando por el respeto a la nación, el estado, a la patria y los símbolos que dividen al mundo en pequeñas parcelas de cementerios.
            Aquellos que no querían ser parte de ejércitos inservibles, hablaban de libertad, de la inmaterialidad de las fronteras y los gobiernos ilegítimos. Se cuestionaban las bases de la opresión, perdón, del orden establecido, algo que, por supuesto, no podía tolerarse.
            Los ejércitos de ancianos, veteranos de batallas que los libros de historia siquiera registraban, se ofrecieron voluntarios para conservar la honra y el espíritu de las naciones. Los jóvenes construían lazos por sobre la fraternidad, los ancianos los negaban y se dividían en rencillas fratricidas.
            Solamente el tiempo dirá quién tiene la razón, proclamaban los jóvenes. Si las antiguas generaciones que se entretenían aniquilándose entre sí; o esa nueva idea que surgió el día en que nadie creyó, a sus 18 años, que presentarse en la puerta de los cuarteles fuera una buena idea.
            Dicen que en la actualidad los ejércitos son cada vez más pequeños y especializados con mejores armas y que no se necesitan muchas personas para una guerra. También dicen que los jóvenes tienen más tiempo y que algunas ideas se esparcen más rápido que las muertes que caen con formas de bombas, misiles o artillería desde las nubes artificiales que ocultan aviones.
            No es pacifismo, dicen que decían esos jóvenes, es sentido común.

domingo, 22 de marzo de 2015

Como pasa el tiempo, hermano

¡Cómo pasa el tiempo, hermano! Y hoy, más de veinticinco abriles hemos de cantar. Pero no digamos cuántos, para que nos quede, al menos, una pizca de coquetería.
            Como pasó el tiempo, si de borregos nos volvimos machos reproductores que debían, por imposición popular, perpetuar la especie. Claro que, para eso, hacen falta muchas cosas.
            Cómo pasa el tiempo, hermano. Si antes de peinar las canas de la sabiduría, sin cabello alguno me quedé. Pero nadie dice nada para ser políticamente correcto aún cuando hace falta insultar al contrincante. El odio nunca es correcto, aunque posee mucho de político, eso sí.
            Cómo pasa el tiempo, hermano. Que si antes nos cuidábamos de no pescar una gripe, ahora tememos salir del encierro para no tentar a la suerte. Tanto que coraje y valentía dejaron de ser palabras de uso común en nuestro vocabulario hace muchísimo tiempo.
            Como pasa el tiempo, hermano. Que cuando la muerte se presentó a mi puerta, le grité que fuera a pedirle la pelota a Magoya pero, luego, cuando la identifiqué como la antigua lejana línea de llegada le grité, recordando viejas bravuconadas de antaño.
            —¡No me llevarás con vida!
            Y ella, por supuesto, se sonrió.

domingo, 15 de marzo de 2015

Un verano de otoño

Fue aquel el más otoñal de los veranos que recuerdo. No hubo en él días de playa, ni mucho menos noches en dicho en lugar. El sol parecía distante, frío, como un amor que comienza a resquebrajarse en su intensidad sin que ninguno de los implicados pretenda enterarse del cambio. Fueron muchas las explicaciones del por qué de todo aquello, pero ninguna parecía lo suficientemente racional y metafórica como han de ser las verdaderas razones para cuanto ocurre en las vidas de las personas.
            Los científicos nunca supieron expresarse para que cualquiera, sin el menor grado de preparación, fuera capaz de comprenderlos. Los poetas, esa raza en extinción durante los últimos siglos, se habían vuelto tan huraños y hoscos, que su silencio decía mucho más de aquella situación que todas las palabras de las sucesivas ediciones de los grandes diccionarios de lenguas muertas.
            Tarde nos percatamos de todo. Si hasta de los sempiternos pinos, las espinas caían mientras preferíamos no darnos por enterados.
            El solitario George se fue sin decir adiós. Cerró los ojos al morir porque dejaba un mundo mucho peor de lo que era cuando llegó a él. Y lo sabía, en su mínima inteligencia, lo sabía. Nosotros seguíamos mintiéndonos para creer en nuestras explicaciones.
            El sol nos daba la espalda y la luna nos engañaba ocultando su verdadero rostro. Pero nada veíamos, continuábamos alimentando nuestro ego con patrañas y falsas esperanzas, con palabras de alabanza y fotografías en primerísimo primer plano.
            Vivíamos el fin del mundo porque nosotros mismos lo éramos. Aquello se acabaría con nosotros, y nosotros acabaríamos con ello. Aún cuando siguiéramos creyendo que la ciencia nos ayudaría, sería nuestra aliada y podría, de un momento a otro, reemplazar a la naturaleza.
            Pero fue aquel el más otoñal verano que recuerdo y, cómo saberlo, tal vez fuera el último de ellos.

domingo, 8 de marzo de 2015

Solo Una

Lo inesperado posee esa maldita costumbre de cumplir, a toda costa, con lo que su nombre indica aconteciendo cuando menos se lo espera. Así como también, de la forma menos pensada. Claro que, de no ser así, nadie utilizaría dicho concepto para expresar la general sorpresa que nos asalta al encontrarnos ante una situación semejante.
            Baste para comprender, pues, mi predicamento, el hecho de encontrar en aquel sitio una bifurcación en el sendero que recorría y que en ningún mapa, ni en ninguno de mis recuerdos, figuraba. Algo que, para mi sorpresa, generó más desazón que otra cosa. Allí fracasaba mi aventura, mi intento por recuperar los recuerdos vividos, de los días transcurridos en aquel sitio.
            Si el sendero se bifurcaba donde yo no recordaba que lo hacía, mis recuerdos bien podrían ser tan confusos como los ripios que pateaba al avanzar y que dibujaban extrañas trayectorias en su búsqueda de un nuevo sitio tranquilo sobre el cual asentarse. Todo era un fracaso, mi intento, mi aventura, este texto, mi alocado deseo por recuperar lo que sabía que, si alguna vez me perteneció, ya no lo hacía.
            Doblé el mapa que dibujara en un trozo de pañuelo descartable y lo aparté de mi vista. Miré hacia un lado, hacia el camino que, intuía, sería el que me conduciría a mi destino. Luego miré el otro camino, tan similar, tan idéntico al anterior como una memoria que nosotros mismos inventamos y nos esforzamos en creer y en nada se distinguían.
            En nada.
            Como sabía que realmente nada cambiaría si lograba la más mínima parte de cuanto me proponía.
            En el cielo, las nubes danzaban en silencio; el tambor que atronaba en mis oídos sólo tenía lugar en mi interior.
            Respiré hondo, aguardando poder tomar una decisión, sólo una, que marcara el rumbo de mis pasos.
            Sólo una.