Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 30 de mayo de 2020

Crónicas Charrúas # 05


En el último día de mi estadía en Piriápolis visito el cerro Pan de Azúcar y la reserva natural que lo rodea. No lo hago para preguntarme por qué construyeron una horrenda cruz de acero y concreto en la cima, ni tampoco por qué la mantienen allí; sé que es una de las tantas cosas que nadie podría responderme, por lo que evito preguntarlo. La gente de la reserva natural no lo sabe y, la verdad, tampoco me interesa la respuesta que pudiera obtener.
            Subo hasta la cumbre del cerro, y por el interior de la cruz, hasta el punto más alto. Desde allí miro hacia la costa, hacia ese inmenso mar que sería todavía más bello sino estuviéramos allí para arruinarlo todo. Pero lo estamos, es posible darse cuenta por la sucesión de casas mal construidas y peor pintadas que arruinan el paisaje entre los cerros más bajos a medida que se acercan a la playa. El humo, el smog, las cicatrices de la tierra que llamamos rutas, los tocones de los árboles que osaron competir en orgullo con los hombres, la constante estridencia de la actividad humana, y un etcétera mucho más largo de la palabra.
            El viento llega frío desde el mar, el sudor de la subida, ya seco, hace que sienta más incomodad que otra cosa, y no sólo porque me encuentro dentro de la cruz. Va siendo hora de volver, lo sé, no hace falta mirar el reloj.
            Tras varios tropezones y caídas frustradas, vuelvo a los pies del cerro, a la ruta, al ómnibus que me devolverá a la ciudad y, desde su terminal, ese otro ómnibus que paseará por un buen trecho de la ruta costera mientras desfilan por la ventana agrestes playas que separan Piriápolis de las ciudades cercanas. Cada una de ellas es una invitación a quedarme, a olvidar lo que pudiera haber del otro lado del río, suponiendo que en verdad haya algo.
          Misma sensación que tuve esa mañana, al dejar del hotel, cuando me encontré con una recepcionista diferente, una que hasta el momento no había visto. Le sonreí, me sonrió. Me fui. Algo, tal vez la fantasía que siempre me acompaña, me dijo que, seguramente, ella sí hubiera aceptado mi invitación a cenar. Pero ya era tarde.
            Adiós Piriápolis.

sábado, 23 de mayo de 2020

Crónicas Charrúas # 04


Mientras limpiaban la habitación me encaminé al minipuerto de Piriápolis.
Además del tamaño, llama la atención que todo está limpio y ordenado. Todo lo limpio y ordenado que puede estar un puerto, se entiende. Pero resulta incomparable con los puertos que conozco de Argentina; siempre sucios, malolientes, llenos de lobos marinos apestosos y con tantas machas de aceite, petróleo y salitre en el agua que dan ganas de nunca jamás regresar a visitarlos.
            Tampoco hay barcos. Por eso pienso que es un puerto de juguete.
            Y, si no hay barcos, es poco lo que queda por verse más allá del agua rompiendo contra las paredes de concreto, alguna que otra solitaria gaviota buscando su alimento, algún que otro uruguayo con su termo bajo el brazo, no mucho más.
            Por suerte cerca de se encuentran las aerosillas que invitan a la loca aventura de alcanzar la cima del cerro San Antonio sin hacer esfuerzo, aunque pagando por el ahorro. Desconozco quién tuvo la idea de algo semejante y, a los que pregunté, tampoco parecía interesarle. Pienso que podría agregárseles alguna cosa más, como juegos para niños, por ejemplo, para que no quedara tan despojado. Pero lo que hoy hay es la posibilidad de subir, o bajar, el cerro, y nada más. También se puede bajar, o subir, siguiendo el camino que recorre en espiral la mayor parte del cerro, por lo que ni siquiera en eso es algo realmente especial.
            ¿Qué hará la gente de Piriápolis en invierno? Cuando no hay turistas en las playas, cuando hay tormentas, cuando está nublado, cuando se quedan solos y no hace falta sonreír todo el tiempo. ¿Qué hacen? Esa es otra de las cosas que nadie supo, o nadie quiso, responderme. El secreto, si es que existe, permanece.
            Tal vez visitan el puerto y se quedan mirando melancólicamente el mar embravecido tomando mates, como hacen, también, en pleno verano.



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En el número 51 de la revista digital El Narratorio, pueden leer el relato Gente Pequeña.

En la revista digital Teresa Magazine, se publicó el relato Lunes en la cafetería.

Pasen y lean cuando gusten.

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sábado, 16 de mayo de 2020

Crónicas Charrúas # 03


Desde el balcón de la habitación del hotel, a mitad de camino hacia la cima del cerro San Antonio, pueden verse varias cosas: La costa, el mar, el puerto de juguete de Piriápolis, los escarabajos yendo y viniendo por las calles más cercanas, y la agente paseándose por la arena con el termo bajo el brazo disfrutando de una estival brisa matutina.
            Siempre pensé que eso de que los uruguayos llevaban todo el tiempo el termo bajo el brazo era un estereotipo pero, si alguna vez lo fue, lo tienen muy bien aceptado. Tanto que aquella visión se me hacía idílica.
            El que esa mañana el agua del mar fuera extremadamente azul y limpia, y no marrón y sucia como la del Río de la Plata, sumaba a favor de esa idea.
            Sigo sin poder girar por completo la cabeza hacia la izquierda, sé que esto sonará irónico para algunos de los que me conocen pero, después del golpe de hace unos días, es lo que menos me importa. Prefiero descansar, tomar algo de sol en la playa, caminar por la arena (sin el termo bajo el brazo porque no sé cómo es que lo hacen y siempre se me cae (ya rompí varios de esa manera)), mirar a la gente que siempre luce tan feliz en este tipo de situaciones, tan despreocupada, sin pensar en lo que hacen, o en lo que deberían estar haciendo.
            Maldito ómnibus de la 27, ¿por qué te interpusiste en mi camino? Pienso sin mucho énfasis, porque de verdad no habría sabido qué hacer si las cosas se daban de cualquier otro modo. Bueno, sí se que habría pasado en uno de esos posibles desenlaces, pero todos los demás resultan tan inciertos como improductivo pensar en ellos.
            Mi concentración se rompe cuando golpean a la puerta.
            —Servicio de habitación —dice la mujer cuando abro la puerta entre sorprendido y confundido; la confusión habría sido la misma si la mujer vistiera algún uniforme relacionado con su tarea, un traje de conejo o una túnica griega. Asiento en silencio y decido que tal vez, siendo hora de desayunar y, quizá, por qué no, caminar por el minipuerto de la ciudad.
            También podría seguir practicando eso que hacen con el termo y el brazo; algo útil tendría que sacarle a estos días.

sábado, 9 de mayo de 2020

Crónicas Charrúas # 02


Dicen que pasé dormido dos días, pudo haber sido más que tampoco me habría dado cuenta.
            El ómnibus de la línea 27 contra el que choqué, casi a la mitad del mismo, cerca de la puerta grande, quedó inutilizado. Por la fuerza del golpe, la rueda de la bicicleta de alquiler en la que me aproximaba a la playa, se incrustó en la chapa de tal forma que tuvieron de cortarla para poder sacarla (y luego, claro, tuve que pagar por ella).
            A mí no me pasó nada, sólo me desmayé. Pero, como no recuerdo el golpe, supongo que debí haber perdido el sentido mucho antes. Ni siquiera tenía un moretón, y podía irme luego de que la médica dejara de preguntarme qué pretendía hacer lanzándome de ese modo en medio de la tan transitada ruta. Pero, cuando estaba por irme, luego de que la médica se diera por vencida, vino la psicóloga del hospital; me preguntó lo mismo, con otras palabras, más estudiadas, como pretendiendo motivarme a hablar.
            La recepcionista del hotel, cuando finalmente volví, y una periodista de un diario local que vino a entrevistarme por la tarde mientras tomaba unos mates en el balcón, también, de una forma u otra, querían saberlo.
            A todas respondí de la misma manera.
            Ellas también respondieron de la misma manera a mis invitaciones a una cena para continuar la charla de manera, digamos, más íntima.
            Por esa razón terminé la noche en un pequeño bar escondido en una calle lateral de la peatonal de Piriápolis, comiendo una hamburguesa vegana, pero con queso, y una cerveza no artesanal, como corresponde, solo.
            Allí nadie me preguntaba nada, ni siquiera el mozo.
            Y eso se sentía muy bien.

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En la revista digital Íkaro (Costa Ríca), pueden leer el relato titulado Diosa.

En el número 10 de la Revista Literaria digital Babelicus encontrarán el cuento Nata.

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sábado, 2 de mayo de 2020

Crónicas Charrúas # 01


Decididamente, ese no era el momento de detenerme a pensar; al contrario, era el momento de actuar, aprovechar aquella levedad que sentía tras saltearme el desayuno, junto con la brisa que llegaba desde el invisible mar del otro lado del cerro, y dejarme llevar.
            Con toda la fuerza que pude imprimir a los pedales de la bicicleta de alquiler, me lancé en dirección a la ruta 37 sin preocuparme por lo que pudiera aparecer en mi camino. A la velocidad que llevaba, en línea recta y en declive, nada podía hacerme daño o todo lo haría; como fuera, no podía detenerme. El estado del asfalto, a lo largo de todo el trayecto, no era bueno pero si desaprovechaba esa oportunidad, si pensaba en mis acciones, todo se terminaría. Sería tan sólo un día más, igual que los anteriores.
            Debía ganar la velocidad suficiente para que, al entrar en la parte urbana de Piriápolis, restara un último esfuerzo que me llevara a atravesar las pocas calles restantes hasta la Rambla de los Argentinos y lanzarme, desde la rampa de ingreso a la playa, al mar, al amanecer y lo que viniera después con el sol creciendo a mis espaldas.
          La bicicleta respondía, mis piernas también lo hacían, mi corazón no dejaba de bombear sangre a cada rincón de mi cuerpo, mis ojos adivinaban lo que mis reflejos percibían antes de que pensara en ello, la brisa me acompañaba y apagaba cualquier sonido más que el propio.
       Aprovechar ese momento era, irremediablemente, imprescindible.

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En el número 26 de la revista digital La Ignorancia, de España, pueden encontrar el relato Noche de Juerga

En el Número 1 del tercer año de la revista digital de ciencia ficción Teoría Ómicon, de Ecuador, pueden leer el relato Cuando, por las noches… 

Y, por último, en la Revista Polvo, de Argentina, pueden leer el relato La chica del helado

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