Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 27 de junio de 2020

13.697 días

Y contando. Porque nunca dejé de contar. Porque es lo único que queda por hacer.
            Aunque, es cierto, no puedo evitar preguntarme si no habré hecho algo mal, si es que no habré perdido el manual de instrucciones de lo que se supone que estoy haciendo, o algo similar. Dudo, claramente, que demore tanto tiempo el lograr alguna cosa, cualquier de ella, sea lo que sea que uno se haya propuesto. En otras cuestiones, por ejemplo, nunca tardé tanto tiempo.
            Aprender a hablar me llevó dos años.
            Escribir, ocho años.
            Hablar otro idioma, dos años.
            Nadar, seis meses.
            Odiar, un instante.
            Cocinar, tres cursos.
            Crochet, nueve tutoriales.
            Título de nivel secundario, seis años.
            Título de grado, ocho años.
            Maestría, cuatro años.
            Doctorado, seis años.
            Conseguir subsidios para investigación, cinco años.
            Volver a odiar, otro instante.
            Semejante lista me lleva a pensar en lo opuesto, en aquellas cosas que nunca logré superar. Cosas como el nudo de la corbata, el saber conducir, como usar una tarjeta de crédito, las reglas del póker o las de cualquier otro deporte. A pesar de estas dificultades, en la hipotética sumatoria que acabo de realizar, debería tener más a mi favor que en mi contra.
            Pero, y siempre hay un pero, en todo, en todos, para todo, y que, en definitiva, nada significa, esto me está llevando de por sí demasiado tiempo. Se trata del proyecto más extenso en el que pretendí embarcarme y, a pesar del tiempo que le he dedicado, conservo la misma sensación de no lograr el menor avance que tuve al inicio, en el día uno, en el día cinco mil y en el nueve mil seiscientos setenta y tres. Porque no sé cómo se hace ni sé qué se supone que hay que hacer.
            Tal vez estuvieran erradas las premisas de las cuales partí. Tal vez debería de haber sido diferente la idea original. Tal vez la hipótesis debería de ser revisada, cuando no la metodología. Tal vez las herramientas no sean las adecuadas. O tal vez todo lo anterior haya estado bien al principio, al menos hasta que en uno de estos 13.697 días te conocí y, también, en otro de estos 13.697, ya no estabas allí.
            Desde entonces ya nada de lo que hago tiene sentido.
            Mañana serán 13.698 días y tampoco sabré qué es lo que debo hacer.

sábado, 20 de junio de 2020

La Caja


La caja llegó a mis manos es uno de los pocos servicios de mensajería puerta a puerta que continuaban funcionando. Si preguntara cómo es que logra sobrevivir una empresa que se ocupa de tareas tan arcaicas como destinadas al olvido, no sabría qué respuesta recibiría, por lo que prefería no indagar demasiado.
Me encontraba en medio de la mudanza, en cualquier momento llegaría el camión en el que cargaría todo lo que había acumulado en mi vida y que pensaba conservar conmigo, pero aquel misterio se logró imponerse sin dificultad.
Aunque es cierto que la caja venía envuelta en una tela engomada que llevaba décadas sin fabricarse, la fecha en el matasellos no podía tratarse más que de un error de tipeo. Traía, además, en un sobre que colgaba en el exterior del paquete, una carta mecanografiada en dos cuartillas de papel que debían de ser viejas y estar amarillentas mucho tiempo antes del momento en que fueran utilizadas. A pesar de las dudas, el sobre estaba destinado a mi persona, por lo que al abrirlo y leer su contenido, no cometía ninguno de los delitos estipulados por la ley.
            Las manchas de tinta y las palabras mal tachadas hablaban más de la impericia de quien utilizaba una vetusta máquina de escribir tal vez por primera y única vez, que de posibles dudas al momento de la redacción.
Eran dos cuartillas, como ya dije, cubiertas de palabras apretadas que pretendían dar cuenta de las razones de quien me había hecho llegar aquella caja en plena mudanza. Sin presentación alguna, la carta comenzaba a enumerar las razones de quien la escribiera:

Primero. Estoy vivo. Como en la mejor trilogía en la historia del cine mundial, estoy vivo en el pasado. Pero no hace falta que vengas a buscarme. Porque todavía no se inventó el viaje en el espacio-tiempo en tú época. Lo sabés, y también lo sé.
            Esto es lo segundo. Vos sos yo, o yo soy vos. Es lo mismo. Pero hay una distancia de tiempo entre uno y otro que resulta insuperable de momento. Incluso aunque sé que te gustaría estar aquí, donde me encuentro ahora, y aunque sé que me gustaría estar allí, donde te encuentras ahora, no es posible.
            Tercero. Si por alguna razón sí es posible, si alguien del futuro se pone en contactó con vos antes de que llegara esta carta, o después, porque para el caso es lo mismo, no vengas a buscarme. No hace falta que me rescates de nada, ni de nadie. Al menos por ahora.
            Cuarto. Podrás decir que es imposible pero SÉ qué es lo que necesitas. Sí. Está en la caja. Me costó mucho saberlo, pero una vez que descifré el enigma, no dudé en hacerte llegar la respuesta de la única manera en que se me ocurrió hacerlo. Es decir, de la mejor manera.
            Quinto. ¿Cómo sabía que el correo iba a seguir funcionando luego de tanto tiempo? Esa respuesta me la guardo para mí. Tal vez algún día vos también la descubras. Tal vez no. Como sea, disfruta de lo que te envío. Muchos desearían que, en un momento de adversidad, alguien llegara para ayudarlos de la forma en que lo hago contigo.
            Sexto. Es lo mejor que vas a conseguir para superar tu situación. Sabelo.

Un garabato indescifrable ocupaba el lugar en el que debería encontrarse la firma en una carta. Se parecía, en parte, a la que decía que era mi firma, aunque llevaba tanto tiempo sin usarla que resultaba difícil estar seguro. Pero también podrían ser varias líneas tiradas sobre el papel al azar. No había manera de saber cuál era la opción correcta.
            Con el cutter que llevaba usando toda el día rasgué la tela engomada y saqué la caja de su envoltorio. Luego, con un poco más de precaución, corté la cinta que mantenía unidas las solapas, y la abrí.
            Debería de haberme dado cuenta antes, tal vez por el peso, de que la caja estaba vacía. Pero hasta ese momento había querido creer en lo contrario.
            Sin comprender muy bien qué estaba pasando, miré hacia los lados. Entre las cajas apiladas cerca la puerta descubrí varios libros que habían quedado sin guardar la noche anterior cuando descubría que me había quedado sin espacio en la última…
            —Qué hijo de… —murmuré al darme cuenta que esos libros entraban, a la perfección, en la caja que tenía en mis manos.

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En el número 52 de la revista digital ElNarratorio pueden leer el relato Vientre Perfecto.

En el portal digital Lenguas de Fuego (España) pueden leer el cuento El volumen en octavo.

En la revista digital Polisemia (México), encontrarán el relato Habla conmigo

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sábado, 13 de junio de 2020

Buscando en qué creer


Había tomado la costumbre de llevar consigo, en todo momento, en todo lugar, un improvisado mazo de cartas Zener. Las había fabricado él mismo con cartón y hojas de colores en las que dibujara el triángulo, el cuadrado, el más, el círculo, la estrella y las tres líneas onduladas. Tenía la esperanza de encontrar alguien que pasara las pruebas y pudiera decirle el tipo de carta que miraba leyendo su mente. Ansiaba que eso pasara.
Tras la caída de los grandes paradigmas filosóficos a finales del siglo pasado, diferentes supersticiones y pseudo-conocimientos habían recuperado el espacio perdido en la prensa virtual, en los servicios de streaming y en las cadenas de correo electrónico. Los nuevos profetas ocupaban la mayor parte del ancho de banda, pero estaban también los que proponía en regreso a los horóscopos (sin aclarar a cuál de ellos se referían) y hablaban mezclando palabras y conceptos de diferentes culturas que probablemente no lograban comprender. Estaban también quienes se decían contactadotes de muertos que, como lo aclara su nombre, podían contactar a los muertos; aunque a estos de los desacreditaba muy rápidamente.
            Otros que tenían sus espacios eran los que leían la borra del café, o las líneas de las manos, cuando no las plantas de los pies, o las huellas dejadas sobre el barro. Competían cabeza a cabeza con quienes leía prodigios en el aire, el agua, el magma de los volcanes que seguían activos, en los pulmones de los animales muertos, en la placenta de las parturientas, en el hígado de los niños sacrificados para tal efecto.
            La lista continuaba y era casi tan extensa como la credulidad de las personas.
           Aunque pueda resultar extraño, en toda esa vorágine de posibilidades, él era el único que había optado por las mismas viejas cartas.
            Y yo, que aún conservaba algunos recuerdos, así como algunos libros, de los grandes problemas filosóficos que antaño supo enfrentar la humanidad, lo fastidiaba cada vez que tenía la oportunidad.
            —¿Sigues con esas cartas? —le preguntaba—. Sabes que el propio Zener reconoció su fracaso
            —Yo soy Zener —respondía casi siempre.
            Lo fastidiaba incluso cuando lo veía más apesadumbrado, tal vez porque era el único que estaba cerca, el único con quien todavía se podía mantener una conversación medianamente coherente sin caer en las nimiedades tópicas de las redes asociales.
            Llevaba tanto tiempo haciéndolo que si tuviera que decir cuándo había comenzado todo no podría decirlo, tal vez en los años de nuestra formación académica. O tal vez comenzara poco después cuando, con nuestros títulos bajo el brazo, comenzamos a buscar trabajo. O quizá comenzó cuando nos reencontramos, igual de subempleados que el resto de los académicos, haciendo trabajos para los que estábamos sobrecapacitados pero que eran los únicos que se conseguían. Sea como sea, comenzó y ya no pude detenerme, ni percatarme la forma en la que comenzaba a fastidiarse cada vez que lo pinchaba con lo mismo.
            —Aunque te lo explicara en tus propios términos —respondió un día, un tanto más enojado que lo habitual—, no lo entenderías. Porque tú no quieres creer.
            —Haz el intento —le dije más divertido que sorprendido por su respuesta—. ¿Tú sí quieres creer?
            —Claro que quiero hacerlo.
            —Pero… Pero… Tú… No tiene sentido —dije sin poder articular una frase completa.
            —Quiero creer que todavía es posible encontrar algo real en toda esta miseria, en todas las falsedades que tanto te gusta enumerar.
          —¿Para qué? —logré preguntar—. ¿Para qué serviría encontrarlo?
            —Es algo que para mí está por demás claro.
            —¡Déjate de rodeos y dime para qué!
            —Para destruirlo —dijo cerrando el puño y apretándolo con fuerza frente a mi rostro—. Así, todos esos crédulos que aún pululan por ahí sabrán lo que se siente perder aquello en lo que creen, aquello que les da fuerza, aquello que les permite continuar adelante cada día como si nada.
            Lentamente bajó su mano y buscó en uno de sus bolsillos el mazo de cartas.
            —¿Quieres intentarlo? —preguntó.
Por la expresión de su rostro, una mezcla entre odio, desesperación, ansiedad y tal vez alguna otra cosa, entendí que debía buscar cualquier otro tema con el cual molestarlo. Aunque más no fuera tan sólo por las dudas.
—Nah —dije luego de tragar saliva varias veces—. No hace falta, así estoy bien.

Las famosas cartas Zener.

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En la Revista Collhibri de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México), pueden leer el cuento Diosa.

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domingo, 7 de junio de 2020

Una sonrisa suya fue más que suficiente


Hasta donde me fue posible profundizar en mi investigación, antes de decidirme a abandonarla, todo comenzó a mediados del siglo IX con los hermanos Banu Musa. Tras años de estudios y demostraciones; de recopilación de fuentes; de pruebas, fracasos y pequeños triunfos; de huidas desesperadas del harén real en medio de la noche; de más de una fuga precipitada de la ciudad ante el cambio de autoridades; y del constante peligro de expulsión de la Casa de la Sabiduría de Bagdad, lograron obtener los permisos para publicar su Libro de los mecanismos ingeniosos.
            Durante el siguiente milenio su libro sirvió de inspiración y consulta contante para todos los inventores de autómatas, máquinas autosustentable, autorreplicantes y autorregulables. Máquinas que, no siempre, se daban a conocer como tales ya que no todos estaban interesados en la construcción de meros ajedrecistas o muñecos capaces de fumar por un narguile; algunos buscaban algo, digamos, un tanto más elaborado.
            No encuentro otra explicación para el cuerpo que aquella interminable noche de mayo alguien había dejado sobre mi mesa de autopsias, tal vez sin percatarse, si es que no fue sin preocuparse, de la ausencia de las fichas de información médica necesaria para su identificación. Diré que, a simple vista, y apenas atisbando debajo de la sábana que lo cubría, se trataría de una mujer.
            Tras más de una hora revisándola fui incapaz de dar con la causa de su muerte. Nada parecía fuera de lugar, nada faltaba, nada sobraba, nada debería de haber fallado. Cada uno de sus órganos lucía exactamente como se lo mostraba en los libros de anatomía, es decir, como si fuera un órgano nuevo, sin desgaste de ningún tipo, al parecer sin siquiera haber sido utilizado. Como si pertenecieran a un recién nacido y no a una mujer de, con suerte, menos de treinta años de edad.
            Sin embargo, y a pensar que su fría piel era signo innegable de su muerte, había algo más. Tal vez ese algo más fue lo que me decidió a apagar el dictáfono y borrar la cinta en la mitad del procedimiento. Ese mismo algo no me permitía dejar de mirarla.
Mentiría si dijera que no me sentí atraído prácticamente de inmediato, pero no a un nivel de morbosidad, ya que no me considero uno de esos que sólo se convierten en patólogos para tener acceso a sus oscuros objetos de desviado deseo.
            Realizaba uno de los tantos análisis en el microscopio, cuando alguien tosió a mi espalda. La sorpresa, el miedo, el terror, me invadieron. Sabía que la sala se encontraba vacía salvo por el cuerpo de la mujer a la que acababa de coser la incisión Y sobre la mesa de autopsias y mi propia persona. Aun así, no pude evitar que, con el rápido movimiento que hiciera para girarme, el microscopio, la muestra que analizaba, el resto de los elementos sobre la mesa de trabajo y la banqueta sobre la que me encontraba, acabaran en el suelo.
            —Lo siento —dijo la mujer al ver mi sobresalto y antes de inclinarse hacia fuera de la mesa para toser una vez más—, creo que me atraganté.
            Al volver a su anterior posición sobre la mesa notó que se encontraba desnuda e intentó cubrirse con la sábana que había dejado a sus pies. Mientras la veía moverse como si se tratara de alguien que acababa de despertar sentía un intenso dolor en mis dedos debido a la fuerza con la que me aferraba a la mesa de trabajo; al percatarme de ello intenté aflojar la mano sin mucho éxito.
            —Qué… que… —intenté articular sin lograr siquiera formar una frase completa en mi cabeza—. ¿Quién eres? —Fue lo primero que se me ocurrió preguntarle.
            Pareció contrariada por la pregunta y, al mismo tiempo, por su expresión, pude notar que intentaba recordar cómo responder.
            —No lo recuerdo… —dijo finalmente antes de sonreír de una manera que muy pocas veces pueden verse. Podría decir que se le iluminó el rostro al hacerlo; pero nunca antes lo había visto tan cerca, tan natural, tan inexperta y, al mismo tiempo, tan real.
            —¿Qué eres? —Pregunté después.
            Tampoco tenía respuestas para esa pregunta, ni para ninguna de las que le siguieron. A cada nuevo intento descubría que nada sabía sobre ella, de dónde venía, hacia dónde iba, cómo había llegado allí, si alguien la había llevado, o qué era lo que le había sucedido para terminar sobre mi mesa. Su memoria estaba incompleta, se encontraba ausente, o nunca la había tenido. Era una tabla rasa, una hoja en blanco sobre la que escribir desde cero.
            A pesar de no saber ni siquiera su nombre, no dejaba de sonreír. Esa sonrisa suya esa su mejor protección y fue suficiente para desarmar todas mis tentativas por comprender, por descubrir qué o quién era y, no menos importante, qué y cómo había sucedido. Realicé varios análisis más mientras estaba despierta (aún no podía pensar en ella como algo que estuviera viva, más sabiendo que hacía apenas una hora la había abierto de par en par y mirado en su interior como si de un juguete se tratara), sin encontrar nada fuera de lo común. Su corazón, que antes no latía, ahora lo hacía sin problemas (pensar en las incisiones que realizara sobre el mismo no me ayudaba a comprender). La sangre circulaba por sus venas sin la menor dificultad. El aire entraba en sus pulmones, etc., etc., etc.
A pesar de todas las evidencias, me negaba a pensar que regresar de la muerte fuera tan sencillo como toser un par de veces; así como una simple bocanada de aire no puede ser suficiente para reiniciar un sistema homeostático completo como el que se encontraba frente a mí.
Daba por sentado que era algo diferente a un ser humano; de no ser así no habría podido repararse de la forma en la que ella lo había hecho ante a mis ojos. Faltaba información, sin lugar a dudas; lo que podía explicarse, casualmente, a partir de la memoria ausente. Imposible saber si eso se debía a que algo había fallado al momento su la detención o la falla era producto de la inexperta manipulación de la que había sido objeto bajo mis manos.
            En algún momento de la interminable noche interrumpió la catarata de preguntas colocando de improviso su mano sobre mis labios.
            —Tampoco sé tu nombre —susurró.
            A pesar de mis años de estudio, no sabía que el corazón humano pudiera latir del modo en que el mío lo hizo cuando me tocó. Decidí que era mejor continuar con nuestro mutuo estudio en otro lugar, lejos de posibles interrupciones, de ojos curiosos, de preguntas a las que tampoco yo podría responder.
Coloqué mis brazos debajo de su cuerpo, le pedí que abrazara mi cuello y la alcé, como se levanta a una recién nacida; el sentir su piel igual de fría que al momento de su despertar me hizo estremecer. Restaba mucho por investigar aún, en ese momento ni siquiera había pensado en ella como un autómata con la capacidad de aprender de cuanto le rodeaba; algo que haría más adelante y que luego olvidaría.
Al salir de la morgue aún se aferraba a la sábana con la que se cubriera, último recuerdo de lo que había sido o, tal vez, primero de lo que a partir de ahora sería.

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El la revista Digital El Camaleón (Guatemala) se publicó el cuento Lunes en la cafetería.

En la Revista Digital Juggernaut se publicó el cuento Hacia el Siguiente Universo.

En el Número 45 de la Revista Perro Negrode la calle (México) se publicó el cuento Antes de que llegue la primavera.

En la revista Digital Arte Siente se publicó el cuento: La tan ansiada Hospitalidad.

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sábado, 30 de mayo de 2020

Crónicas Charrúas # 05


En el último día de mi estadía en Piriápolis visito el cerro Pan de Azúcar y la reserva natural que lo rodea. No lo hago para preguntarme por qué construyeron una horrenda cruz de acero y concreto en la cima, ni tampoco por qué la mantienen allí; sé que es una de las tantas cosas que nadie podría responderme, por lo que evito preguntarlo. La gente de la reserva natural no lo sabe y, la verdad, tampoco me interesa la respuesta que pudiera obtener.
            Subo hasta la cumbre del cerro, y por el interior de la cruz, hasta el punto más alto. Desde allí miro hacia la costa, hacia ese inmenso mar que sería todavía más bello sino estuviéramos allí para arruinarlo todo. Pero lo estamos, es posible darse cuenta por la sucesión de casas mal construidas y peor pintadas que arruinan el paisaje entre los cerros más bajos a medida que se acercan a la playa. El humo, el smog, las cicatrices de la tierra que llamamos rutas, los tocones de los árboles que osaron competir en orgullo con los hombres, la constante estridencia de la actividad humana, y un etcétera mucho más largo de la palabra.
            El viento llega frío desde el mar, el sudor de la subida, ya seco, hace que sienta más incomodad que otra cosa, y no sólo porque me encuentro dentro de la cruz. Va siendo hora de volver, lo sé, no hace falta mirar el reloj.
            Tras varios tropezones y caídas frustradas, vuelvo a los pies del cerro, a la ruta, al ómnibus que me devolverá a la ciudad y, desde su terminal, ese otro ómnibus que paseará por un buen trecho de la ruta costera mientras desfilan por la ventana agrestes playas que separan Piriápolis de las ciudades cercanas. Cada una de ellas es una invitación a quedarme, a olvidar lo que pudiera haber del otro lado del río, suponiendo que en verdad haya algo.
          Misma sensación que tuve esa mañana, al dejar del hotel, cuando me encontré con una recepcionista diferente, una que hasta el momento no había visto. Le sonreí, me sonrió. Me fui. Algo, tal vez la fantasía que siempre me acompaña, me dijo que, seguramente, ella sí hubiera aceptado mi invitación a cenar. Pero ya era tarde.
            Adiós Piriápolis.