martes, 28 de octubre de 2014

Cavilaciones

Supongo que, en algún momento entre el momento en que miré por última vez la hora en mi reloj y éste mismo momento, el reloj dejó de funcionar. Claro que no me percaté de ello en el momento en que ocurrió, porque no lo estaba mirando cuando sucedió. Pero así fue, ya que en éste momento, como dije, ignoro la hora y por más que mire el reloj de un momento a otro, éste no avanza.
            Pero este es un problema secundario teniendo en cuenta que cuando miré por última vez, el reloj me anunció que me acercaba peligrosamente a la hora en que debía de encontrarme en otro sitio para cumplir otras de mis funciones (anunciar la hora, como ustedes ya saben), y que yo seguía allí, en el mismo sitio, en la estación del tren, esperando, aguardando, aguantando, mirando, orinando, contemplando el andén, y todos los verbos terminados en ando mientras, por supuesto, del tren que debía de haber pasado hace tres días, ni la más mínima noticia. Ni siquiera una estela de humo de la locomotora, ni un pitido, ni una vibración, ni un mísero mensaje de texto. Nada.
            La confusión aumentó, de ser posible, al percatarme, entre otras muy variadas cosas, que la higiene en ese lugar no era muy buena; que las ventanas y las puertas del edificio estaban tapiadas y que una familia de zarigüeyas habitaba en el que supo ser el servicios de caballeros.
            Debía de haberme percatado que algo extraño sucedía con el sólo hecho de ver cómo el pequeño retoño de abedul crecía en medio de las vías, desgarrando el firme camino de esas dos gotas de civilización. Sí, lo sé, debería de haberme dado cuenta antes de todo esto, mucho antes de pasarme tanto tiempo esperando un tren que nunca llegaría y del cual el reloj estáticamente muerto era, apenas, una más de sus señales.
            Entenderán ustedes que no me resulta para nada sencillo asociar más de dos o tres ideas, dos o tres hechos, estando tan muerto que ni siquiera soy capaz de recordar mi nombre ni el por qué de la soga que rodeaba mi cuello en aquella viga abandonada en medio del vetusto andén.

lunes, 20 de octubre de 2014

Horror vacui

Se enfrentó, una vez más, a la página en blanco, lista para ser escrita; con todo preparado para cumplir con su función. Unas tenues líneas a lápiz trazaban los renglones para que la letra no se fuera ni hacia arriba ni hacia abajo, y eso era todo.
            A un lado la pluma aguardaba, junto al interruptor de la luz que iluminaba el escritorio. Todo estaba preparado para comenzar.
            Para observar la página casi impoluta. Y lo hizo, la miró, volvió a mirarla, y luego desvió la mirada. Vagó con los ojos por las paredes. La estantería cargada de libros. Un cuadro viejo y horrible que colgaba junto a la puerta. La hoja en blanco. La pluma. La pared. La ventana. La hoja. Un televisor apagado porque ya ni se preocupaba por encenderlo. Los libros leídos y sabidos. La solitaria hoja en blanco.
            Una mancha de humedad en el techo, un ruido que llegaba desde la ventana, una hoja ciclópea que lo miraba sin pronuncia palabra; las piernas que el pedían que se acomodara de otro modo, el silencio, como un mantra, que lo incitaba a olvidarse de sí mismo.
            La página en blanco.
            Tal y como su pensamiento.
            Las manos, cansadas de tamborilear contra la madera del escritorio, las pocas nubes que se distinguían en el cielo que iba oscureciéndose. La ausencia del tic-tac del reloj al que olvidó cambiarle las pilas. Ruidos en la casa vecina, gritos, gente hablando entre sí sobre una página que continuaba tan vacía como al principio de la tarde. Un calendario que nunca aprendió a detenerse. Una pluma que quisiera ser utilizada sobre una página vacía. Libros viejos, con sus páginas por completo escritas, que lo miraban como si se rieran de su predicamento.
            Y la página en blanco.
            Vacía. Vacío.
           Las paredes opresivas, el techo deprimente, la soledad de la noche que acusa una página en blanco jamás escrita. Una página que se esconde en el interior de un cuaderno, una mano que extiende una manta y un cuerpo que se deja abrazar por el sillón, la monotonía y esa pequeña muerte que a veces denominamos sueño.

jueves, 16 de octubre de 2014

Traje de adán

Aquel hombre, en su traje de adán, miraba, sin ver realmente, los restos de las últimas hogueras. Los recolados que alumbraban la ciudad en ruinas mientras se ocultaba el sol.
            Presentía la cercanía del frío, la brisa acariciaba su piel y la lluvia que algún día llegaría a dar cuenta de lo que allí había ocurrido.
            Ahora mismo, sin embargo, mientras el crepúsculo avanzaba, su preocupación se encontraba en otro lugar. Con el estómago saciado y su cuerpo anhelando compañía, emprendió el camino.
            De alguna manera intuía que, en el inmenso y ancho mundo que se abría ante él, encontraría a una mujer en su traje de eva y que ambos se fundirían en un abrazo sin final.
            Pero, aquel mundo era tan amplio y oscuro por las noches… allí, lejos de las brasas de la última ciudad.
            Tan, tan amplio…

domingo, 12 de octubre de 2014

# 20

—El mundo carece de sentido —dijo mientras miraba una entrega de premios internacionales a alguna cosa sin mucho interés.
            —¿Por qué? —tuve que preguntarle porque no comprendía a qué se estaba refiriendo con su expresión.
            —¿No es obvio? —respondió señalando la pantalla.
            —Ah, si, si, claro —asentí dándole otra vez la espalda una vez a la televisión.