Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 8 de septiembre de 2019

Miedos


A morir, a dejar morir, a vivir, a dejar vivir, a perder, a ganar, a dejarse ganar, a jugar, a intentarlo, a arrepentirse después, o antes, o durante. A avanzar, a no retroceder, a no saber qué hacer, o cuándo hacerlo, o qué tener que hacer en ese momento que nunca es el indicado. A odiar con todas las fuerzas, a dejarse odiar. A darse cuenta que no somos lo suficiente, que siempre fuimos menos que la reputación que pretendíamos forjarnos. A amar, dejarse amar, ser amado para ser olvidado, dejado de lado, en el camino; a saber que nunca tendremos lo que queremos, ni dejaremos lo que no queremos. A lograr todo lo que queríamos, a nunca intentarlo, a no hacer nada; a lograrlo sin siquiera esforzarnos, o sin saber lo que hacíamos y luego no poder repetirlo. A no lograrlo, a quedarse en el camino, a no llegar siquiera a comenzar y ya saberse fuera de cualquier competencia, real o ficticia. A no saber qué hacer luego de un triunfo o, más probablemente, de un fracaso; a carecer por completo de reacción cuando más se lo necesita. A que nos falten las palabras cuando siempre creímos en ellas; a que las lágrimas dejen de ser suficiente. A que cualquier acción, pensada, efímera, improvisada o casual, tenga el mismo valor que la ausencia. A nunca estar. A siempre estar y que carezca de sentido. A llegar cuando ya pasó todo; a estar presente sin que nadie más lo note. A servir de acompañamiento sin ganar nunca el protagonismo deseado; a ser el protagonista de un eterno monólogo unipersonal. A encontrarnos siempre fuera de lugar, incluso en nuestro propio lugar; a no saber cuál es nuestro lugar, si es que tal cosa existe. A saber demasiado, a saber lo justo y necesario, a no saber nada en absoluto. A ver, a no ser visto, a nunca poder ver. A escuchar lo que nunca habríamos querido escuchar; a escuchar esas palabras ansiadas pero no por la persona esperada. A las promesas, a romperlas, a cumplirlas; a que alguien más lo haga por nosotros y nos demuestre que también éramos capaces de hacerlo pero no nos esforzamos lo suficiente. A no recibir respuesta cuando llamamos, a que nos llamen cuando no queremos responder, a que nadie nos responda cuando en verdad lo necesitamos. A no estar allí cuando, por fin, tiene valor nuestra presencia. A que nunca lo tenga. A quedarse sin sueños, a soñar eternamente; a alejarse tanto de la realidad que luego ya no se sepa cómo regresar a ella. Al olvido y sus matices previos y posteriores; a desaparecer y que nadie lo note, a no hacer y que tampoco nadie lo haga. Al abandono, definitivo, temporal o accidental; a abandonar a quien no merece la pena y mantener el contacto con quien definitivamente deberíamos dejar de lado. Al ridículo. A no estar la altura de ninguna situación, a ni siquiera proponérnoslo. A perderlo todo,  incluso lo que no nos pertenece ni nos perteneció nunca. A no entender que algunos quizá, tal vez, posiblemente, acaso, probablemente, eventualmente, es factible, también son formas de negación. A no hacer lo necesario, o hacerlo y que ya no importe. A no hacer nada y que haga falta hacer algo pero no saber qué. A ignorar lo que posee valor, siendo que el valor siempre es relativo. A relativizar lo importante; a darle importancia a lo relativo. A sentirnos incapaces todo; a sentirnos demasiado capaces para algo y fracasar en el intento. A la luz. A la oscuridad. A la noche. Al día. A reír sin preocupación; a que se rían de nosotros, o con nosotros. Al aburrimiento atroz de ser humano.
            En definitiva, miedo a ser.

Aclaración: "Esta foto es mía"

domingo, 1 de septiembre de 2019

Cedro (Ni siquiera el olvido es eterno)


Las arenas del desierto regresaban a su sitio cada vez que las removía con la pala; una y otra vez. Se sentía inmerso en uno de los habituales castigos cíclicos en la antigüedad.
            —Esto es imposible —dijo luego de intentarlo una vez más. Se quitó el sombrero de corcho y secó su sudor con la manga de la camisa. El sol caía perpendicular sobre su cuerpo y el calor del mediodía apenas sí lo dejaba pensar en otra cosa que no fuera continuar.
            Clavó la pala en la arena para marcar el lugar y salió del pequeño pozo que había logrado hacer. Caminó unos pocos pasos y se encontró bajo la sombra del improvisado toldo.
            —¿Ya lo encontró? —preguntó la mujer cuando lo sintió acercarse, sin apartar la mirada de la pantalla de su computadora portátil.
            —¿Es una broma? —respondió él—. Cada palada de arena que quito vuelve a meterse en el maldito agujero. No podré hacer nada solo. Necesitamos ayuda.
            —No —fue la lacónica respuesta de la mujer.
            Pensó en responderle de manera poco caballeresca insultándola en los idiomas que conocía y también en otros que no conocía. Pensó en regresar a la ciudad. Pensó en abandonarla, definitivamente, en medio del desierto. Pensó, también, en el dinero, y no respondió. Se acostó en la sombra bebiendo de la cantimplora casi vacía mientras buscaba algo para comer.
            —Seguiré cuando baje un poco el sol… —respondió a la silenciosa pregunta de la mujer. Podía ver sin dificultad como el viento devolvía la arena al cada vez más pequeño pozo que le llevara la mayor parte de la mañana abrir—, con tanto calor ya no recuerdo qué hacemos aquí.
            Con fastidio y desagrado la mujer dejó de teclear y lo miró de reojo. Mientras siguiera allí, junto a ella, hablaría todo el tiempo y le impediría concentrarse; ya se lo había hecho ayer, durante el primer día de la búsqueda, no podía permitirse perder nuevamente todo un día, debía completar el informe para enviarlo, sin falta, al atardecer.
            —Buscamos el sarcófago del sumo sacerdote del reinado del faraón Amenemhat, fundador de la Dinastía XII de Egipto. Ya se lo he dicho —respondió acomodando los lentes sobre el puente de su pequeña nariz.
            —Realicé una pequeña búsqueda antes de aceptar su ofrecimiento —dijo escupiendo la arena que el viento le metía en la boca mientras hablaba—, y la tumba de ese Amenloquesea, está en su pirámide y los funcionarios más cercanos al rey se los enterraba siempre cerca de su tumba. Por lo que aquí debe de haber otra cosa.
            —Nunca se encontró el sarcófago de este sacerdote. Cayó es desgracia apenas unos meses antes de la muerte del Faraón y huyó de la corte llevándose todos sus secretos —dijo la mujer irguiéndose en la incómoda silla buscando una postura que no le molestara tanto, sólo habían traído el equipo extremadamente necesario, y lo que pudieran cargar, y la comodidad no entraba en ninguna de esas dos opciones—. Presumiblemente para enterrarlos consigo, como era la costumbre en ese entonces.
            —Estamos en medio de la nada —interrumpió poniéndose de pie—, si lo que sabía era tan importante podría haber elegido otro lugar para morir. Uno en el que no fuera tan fácil de olvidarlo.
            —Esa afirmación es cierta solamente en parte. En la actualidad aquí no hay más que desierto, en la antigüedad parece haber sido diferente; las imágenes del radar satelital muestran que debajo de la arena existen varias formaciones minerales del tamaño de una residencia, así como otras formaciones no minerales. Una de ellas de las dimensiones adecuadas para tratarse de un sarcófago. Recuerde que los egipcios los fabricaban de cedro porque consideraban que su madera duraría toda la eternidad. Por lo que su cuerpo estaría al resguardo de la corrupción y del paso del tiempo, protegido por el cedro, al que consideraban poseedor de ciertas propiedades especiales —su voz sonaba como la de una catedrática explicando un tema que conoce a la perfección; lo único que desentonaba era el lugar elegido para la clase.
            —¿A qué viene todo esto? —preguntó atontado tanto por el calor como por la cantidad de palabras.
            —¿No lo entiende? Cedro… Es decir…
            —Si, si. No mineral, perfecto —dijo levantando lo hombros—, pero también puede ser otra cosa. La madera se fosiliza, no lo olvide.
            —No lo será.
            —¿Por qué está tan segura? ¿Qué sabe usted que la hace diferente de las generaciones anteriores de buscadores de tesoros, egiptólogos, charlatanes, especialistas de cualquier tipo y los desquiciados, que se hayan internado en este maldito desierto?
            Se miraron en silencio. Él sabía que ella no respondería porque dudada de que tuviera alguna respuesta para darle. Ella sabía que no respondería porque, dijera lo que dijera, no creería en respuesta.
            —Como quiera —dijo él entregándose una vez más al abrazo del sol del desierto tras arrojar la cantimplora vacía a la arena—, es su dinero. Pero le aseguro que no lo encontraremos. Sin en verdad existió, lo han olvidado, para siempre.
            —Al contrario —susurró la mujer—, lo encontraremos, porque ni siquiera el olvido es eterno —agregó antes de volver su atención el trabajo todavía pendiente en la computadora.


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domingo, 25 de agosto de 2019

Diminutos


A pesar de su tamaño no lo vimos acercarse cuando atravesábamos el mar de la verde desolación. Cierto que huíamos de algo mucho peor, pero nuestra distracción no podía ser tanta como para permitir que el gigante se acercara peligrosamente a nosotros.
            Claro que, cuando se encontraba realmente cerca pudimos notar que, a pesar de su desproporcionado tamaño, o tal vez por eso mismo, parecía no vernos. Sin embargo, no podíamos confiarnos, mucho menos conociendo las leyendas que se contaban sobre los de su raza y el placer que sentían no solamente al aplastarnos con sus enromes y mugrosos pies, sino que, algo que considerábamos más oprobioso, conocían el sabor de nuestra carne. Ellos habían sido el azote de nuestro pueblo por generaciones, antes de que los padres de nuestros padres decidieran atravesar aquel mar buscando la tranquilidad de las costas más lejanas.
            Ahora, que cargábamos con nuevas cicatrices sobre viejas heridas, huíamos nuevamente.
Nuestra pequeña aldea había sido destruida por completo, borrada de la existencia, apenas unos días antes y ni siquiera éramos capaces de saber qué era lo que había ocurrido. Huíamos desde entonces acosados por las bestias, atosigados por los ataques de antiguos enemigos que nunca se mostraban pero permanecían allí, señalando su presencia en las sombras que se cruzan por el rabillo del ojo, y asolados por el hambre, el frío y el miedo constante.
Cuando les tocó huir a nuestros padres sabían en qué dirección hacerlo, hacia dónde dirigirse; nosotros ignorábamos ambas cosas y, como fugitivos agotados de escapar, nos internamos (tal vez) sin quererlo, en aquel mar.
            Era tarde para volver atrás, porque no había hacia lo que regresar; frente a nosotros, frente a nuestro pueblo entero, una cría de gigante se acercaba como si no nos viera. Y allí, ocultos entre el verde, posiblemente fuera cierto, lo cual era aún peor; podría aplastarnos sin quererlo, sin buscarlo, o haciéndose por completo el desentendido de sus acciones.
            Ante tan aterradora visión, que borraba los miedos, la destrucción y el dolor que sintiéramos hasta entonces, cada uno corrió despavorido en la dirección en la que quisieran llevarlo sus pies.
            En un primer momento creí estar siguiendo al grupo más grande que corría a través del verde mar, luego me di cuenta que me seguían a mí, y que no sabíamos hacia dónde íbamos. Pero él continuaba allí, demasiado cerca. No podíamos siquiera pensar en detenernos, uno sólo de sus pasos contaban como miles de los nuestros.
            Corrí hasta agotar mis de por sí exhaustas fuerzas luego de tantos días de persecución sin tregua. Corrí hasta que el verde ocultó el sol y continué corriendo todavía más. No seguía a nadie, ni nadie me seguía. Había quedado solo.
            Miré hacia las alturas y el cachorro de gigante aún continuaba allí, como si nada.
            Me percaté entonces de sus ojos cerrados, de su leve caminar entre aquel verde mar, jugando con aquellas ramas como si fueran lo único que importaban y entendí que para él nosotros y los nuestros ni siquiera existíamos. Aún así, se encaminaba en mi dirección.
            Consumidas todas mis fuerzas me dejé, también mis ojos se cerraban, pero por motivos diferentes. Si iba a morir, decidí, aquel lugar era exactamente igual que cualquier otro.
            Unos instantes después me cubrió la sombra del cachorro de gigante.


Aclaración: "Esta foto es mía"


sábado, 17 de agosto de 2019

Invitación


Desperté a medianoche, como lo hacía la mayor parte de los días (sí, llamo días a las noches y también a los días, para no innovar demasiado); en medio de aquel muladar al que aún consideraba, o al menos denominaba, mi hogar. Caminé sin mirar, tentando a la suerte de no pisar, en mi recorrido hacia el baño, nada que pudiera lastimar la suave planta de mis pies descalzos.
            La piel de gallina que inundó mis brazos no era producto del frío de aquella madrugada, sino porque, por la pequeña rendija en la parte inferior de la puerta, asomaba un sobre de papel color madera. Aquello solamente podía significar una cosa, ya que existía una única razón por lo cual preferir el antiguo formato de correo físico antes que la simpleza de organizar un evento en las redes asociales.
Había llegado el momento de rendir homenaje, una vez más, al gran hombre a quien todos seguimos; aquel cuyo nombre, aunque se conozca, no se menciona, y no por una cuestión de respeto. Era tarde para escapar, la invitación quemaría en mis manos, literalmente hablando, y él sabría que la había recibido.
            Podría hacerme el tonto, como en ocasiones anteriores; pero ya no era un niño, cualquier excusa a la que recurriera carecería de valor. Lo único que me salvaría de honrar aquella invitación era estar muerto. Y, como por lo pronto no lo estaba, ni lo estaría antes de la fecha elegida para la Gran Danza del Sol, nada justificaría mi ausencia. Algo semejante significaría el retiro de mis actuales privilegios, en el caso de que recordara cuáles eran.
            Con un movimiento del brazo limpié la mesa de la cocina arrojando al suelo cuanto había sobre ella; sabía que en algún otro momento no lo limpiaría. Necesitaba un lugar donde sentarme, extraer el cartulario que contenía el mapa que me enviaran y memorizarlo antes de su destrucción. Aquella mesa era la única superficie lo suficientemente grande para hacer todo esto. Clavé mi colmillo izquierdo, el que tenía mejor filo de ambos, en la yema de mi pulgar y marqué mis iniciales en el sobre para que el lacreado me aceptara como aquel ante quien debía abrirse, y esperé.
            Apenas necesité mirar el mapa para reconocer en qué lugar de las antiguas praderas se llevaría a cabo la próxima Gran Danza; inmediatamente el papel  comenzó a chamuscarse poco a poco desde las puntas con el fuego silencioso contenido en su tinta.
            Abrí la ventana de la cocina, la que miraba hacia el sur, por donde llegaba la brisa nocturna; su caricia sobre mi piel desterró las huellas finales del breve sueño. Frente al rectángulo de cielo negro realicé mi rutina de calistenia habitual para desentumecer los músculos.
            En algún momento terminé de desnudarme, aunque solamente llevaba unos viejos y rotos pantalones, para subir al alfeizar de la ventana. Era tarde para negarme o intentar cualquier otra cosa, por lo que abrí cuan extensas eran mis alas evitando mirar hacia abajo para que el vértigo que siempre me invadía en estos momentos no hiciera su aparición.
            —Amo de Toda la Vida —exclamé en voz alta—, hacia ti voy.
            Y me lancé hacia las praderas ocultas entre los rascacielos, el humo de la noche, el sudor de los malos sueños y el aroma del café recién preparado.

domingo, 11 de agosto de 2019

Secuoya (Morir, tal vez)


Caminaba lentamente por la playa.
No pisaba sobre arena, como antaño, sino sobre ceniza. Capa sobre capa de ceniza que todo lo ocultaba, lo devoraba y lo asfixiaba. Sólo quedaban cenizas y, claro, él, caminando en la playa bajo el plomizo cielo que ayudaba a olvidar lo que alguna vez había sido el sol.
            Sabía que ese día llegaría, pero esperaba que fuera más que el tiempo que efectivamente transcurrió luego de que los técnicos descifraran la secuencia de adn de la secuoya. La expectativa de vida de este árbol sobrepasaba los seis años, mientras que el ser humano apenas pisaba los noventa; allí se escondía la clave para ampliar la esperanza de vida en una Tierra cada vez más devastada, más arruinada, más cercana a la muerte, gracias a la mano del ser que buscaba la manera de aferrarse a la misma vida que ayudaba a destruir. Y la clave estaba allí, en aquel árbol, en la savia que recorría hasta el último rincón de su anatomía.
            Y allí estaba también él, ansioso por lograr la inmortalidad, presentándose voluntario para el experimento de extensión del rango vital ante un grupo de científicos que jugarían con su adn hasta volverlo irreconocible; en el hipotético caso en que no acabara muerto como sucediera con los miles de voluntarios previos. La única diferencia fue que, no solamente no lo habían matado, sino que algo había salido lo suficientemente mal como para que el resultado fuera el esperado y, luego, fueran incapaces de replicarlo.
            Desde entonces, al menos en teoría, su longevidad estaba asegurada.
            Ninguna enfermedad lo afectaba, nada dañaba su cuerpo. Claro que podía ser herido e incluso, podía morir pero, mientras se mantuviera alejado de los peligros habituales para cualquier ser humano, no cedería tal cosa. Necesitaba agua, luz solar y poco más para vivir sin problemas. El punto más oscuro de su nueva humanidad fue el perder la posibilidad de dejar descendencia. Lo aprendió luego de que experimentaran hasta el aburrimiento con él tres generaciones de científicos (¿o habían sido cuatro?) intentando descifrar lo que le hacía especial, cuál era la razón de que solamente él fuera el único sobreviviente en sus experimentos, el único en el que nada había fallado y por qué nadie podía repetir ese logro.
            Nunca encontró la respuesta, y ya no quedaba a quién preguntarle.
            Poco le había importado ser aquel que sobreviviría a toda su generación, y a las siguientes, sin lugar a dudas. Podría esperar, guardando una mínima esperanza, a que naciera aquel que por fin fuera capaz de replicar el experimento. Entonces ya no sería el único sino que serían, al menos, dos quienes verían el decaer de la vieja humanidad.
Claro que, año tras año, científico tras científico, incluso su inquebrantable esperanza comenzaba a desfallecer.
Le propusieron registrar, de la mejor manera que le pareciera, lo que vivía, lo que veía, los cambios que acontecían a su alrededor. Le propusieron convertirse en quien relataba la historia que vivía para no volverse un fósil más. Pero la suya era la única mirada de su propio pasado. En algún momento la historia se había convertido en olvido, dejando de lado su función de memoria de la humanidad, de nada servía intentar cambiarlo una vez más.
            Él mismo se sabía carente de sentido de ser cuando despertaron una vez más antiguos rencores entre las comunidades; algunos tan antiguos que nadie recordaba que alguna vez hubieran existido. Cuando se percató de lo que sucedía, el mundo se hundía en el conflicto. Uno del que lo único que salió fue la ceniza de cuanto alguna vez había sido.
            Ceniza que cubría hasta el último rincón; ceniza que ocultaba el sol; que contaminaba las aguas; que ahogaba cualquier posibilidad de vida. Lo notó cuando su piel comenzó a volverse cada vez más pálida, al sentir su lengua cada vez más hinchada y al notar que siglos enteros de su devenir se borraban de su memoria.
Continuaba avanzando, es cierto. Pero ya no buscaba un motivo para seguir viviendo sino algo que tal vez lo ayudara a morir.