Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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martes, 4 de enero de 2022

Salvar al mundo

La noche venía demasiado tranquila. Llevaba un par de horas acodado en la barra de aquel bar mirando por el espejo detrás de los estantes de cristal, ese donde dejaban las botellas de las bebidas más caras, a la gente que entraba y salía aguardando por mi presa. Ese bar era mi coto de caza personal, donde obtenía mis ocasionales victorias que acababan en un único encuentro irrepetible. No tenía dudas de que aquel era el mejor de los deportes inventados por la humanidad: el sexo por el sexo.
    La noche venía demasiado tranquila, como dije, tal vez por la época del mes, el clima entre húmedo, caluroso, pesado y asfixiante, las predicciones de última hora sobre la economía, la nueva ola de contagios o alguna otra cosa que prefería ignorar para continuar allí acodado. Tranquila hasta que ella apareció; se sentó en la butaca vacía junto a mí sin que lo notara, como si acabara de materializarse allí, llamó al barman y pidió:
    ―Dos pintas, cerveza negra, no artesanal ―su voz no resultaba especialmente atractiva, y por lo que pude ver en su reflejo, su rostro tampoco lo era. Aunque tenía algo que me resultaba vagamente familiar, como el ver en persona el rostro de alguien a quien siempre se lo ve en fotografías o en una pantalla.
    ―Gracias ―murmuré cuando me acercó una de las pintas que el barman acababa de dejar sobre la barra. Vacié la que ya tenía en la mano y acepté la nueva.
    ―Es para que me escuches ―dijo antes de beberse entera la otra pinta ―. Y porque sé que te gusta esta cerveza.
    ―¿Nos conocemos? ―Sus palabras me habían puesto en alerta. No era la primera vez que una de las conquistas pasajeras reaparecía con alguna recriminación, por lo que ya sabía que esas cosas no suelen salir del todo bien.
    ―Podría decirse que sí, pero diremos que no ―Esto me fastidió un poco porque las personas que intentan hacerse las misteriosas desde un comienzo nunca tienen nada real para ofrecer, a fuerza de experiencia lo había descubierto así―. ¿Recuerdas esa película que hablaba de universos múltiples, de realidades alternativas y de mundo conectados?
    ―Uff ―exclamé con la pinta vacía en la mano―, son tantas. Tendrías que ser un poco más específica para saber de cuál de todas hablamos.
    ―No hace falta. Con saber que la teoría existe es suficiente ―dijo llamando al barman con una seña.
    ―¿Suficiente para qué?
    ―Para que te calles, te bebas esta cerveza ―el barman acababa de dejar dos pintas nuevas sobre la barra―, y escuches, tal vez por primera vez en tu vida, lo que una mujer tiene para decirte. Y escuchar de verdad, no sólo fingir que lo haces para convencerla de ir a la cama.
    ―No sé si pueda hacer eso ―Pero ya tenía la pinta en la mano.
    ―Tu mundo y el mío están imbricados de alguna extraña manera ―comenzó, y ya con esa frase supe que estaba por completo desquiciada; mirándola de frente, sin la ayuda del espejo, seguía recordándome a alguien, pero no estaba seguro. Había conocido a tantas como ella que los rasgos terminaban confundiéndose―. Los científicos de aquí no han descubierto todavía. Pero como las científicas del mío están más adelantadas y mejor organizadas, sí lo han hecho. Han podido ver que las diferencias son muchas, en esencia, pero que ambos mundos son similares y se acercan peligrosamente a la destrucción de la civilización islámico-occidental.
    ―¿Cristiano occidental? ―Quise corregirla.
    ―Esa es sólo una de las diferencias menores.
    ―¿Llegaron a la Luna tus científicas?
    ―Tenemos colonias allí, plantaciones de tubérculos y viñedos. Los vinos selenitas son los más requeridos del mercado.
    ―Claro… ―Esta vez fui yo quien llamó al barman―. ¿Qué otras diferencias hay?
    ―Todos los que aquí son hombres allí son mujeres, y a la inversa.
    ―Interesante ―dije por decir algo.
    ―Lo fue cuando descubrieron que la forma de salvar ambos mundos es crear una fusión entre ambos, una unidad sin igual que equiparara opuestos generando un nuevo balance ―mientras hablaba había unido las manos entrelazando los dedos, como si esa imagen explicara la idea, pero para mí no lo hacía.
    ―Suena lógico ―respondí, pero a la séptima u octava pinta cualquier cosa puede sonar de esa manera―. ¿Cómo lograrían esa unidad? ¿Con alguna máquina gigantesca imposible de construir, muy grande complicada y cara?
    ―No, con sexo.
    La miré, en el sentido real de la palabra, de la acción, la miré no para ver qué tal estaba, la miré en serio, a ese rostro que me resultaba familiar, y para ver, también, si se reía de mí. No vi nada en su expresión. Siguió bebiéndose la pinta hasta terminarla.
    ―Cada hombre de este mundo debe inseminar a su homóloga en mí mundo, y cada hombre de mi mundo debe hacer lo mismo con sus homólogas en este. No importa la edad, la condición social, económica, racial ni laboral. Aquellos que nazcan de esas uniones tendrán la posibilidad de salvar ambos mundos, pero no podemos perder más tiempo ―Creo que la peor parte era que parecía creer lo que decía
    ―¿Cómo? ―balbuceé―. ¿Cómo se supone que podrán salvar ambos mundos?
    ―No lo sé, nadie lo sabe aún. Es sólo una teoría. Una que hay que poner a prueba y ver qué tan cierta resulta ser.
    ―¿Y cómo planean hacerlo?
    ―Mírame ―dijo―. Pero mírame bien y dime, ¿quién soy?
    ―¿Qué? ―debíamos de ir ya por la décimo quinta pinta ya, porque no sabía qué decir―. No me dijiste tu nombre.
    ―Si serás lento. Soy tu. Bueno, la versión de ti de mi mundo. O puedes decir que yo soy una versión de ti, es lo mismo. Somos iguales, pero no idénticos.
    ―¿Me han elegido para poner a prueba su teoría sobre cómo salvar el mundo?
    Nos han elegido ―corrigió.
    ―Claro. Como a Neo.
    ―Como a Henrietta Potter.
    ―Como a Frodo.
    ―Como a la Princesa Caspian.
    ―Como a Bastian
    ―Baltazara
    ―Bux ―completé y supe que un mundo en el que también existía Michael Ende, o tal vez en este caso Michelle, no podía ser tan malo―. Es la primera vez que me eligen para algo.
    ―Lo sé, es sorprendente. También lo pensé cuando me lo dijeron, pero según las estadísticas, todo es coherente y nada puede fallar.
    ―Oh, sí, las estadísticas nunca fallan a la hora de convencer a alguien de salvar al mundo―Esta vez fue ella quien me miró son comprender―. Iguales, pero no idénticos ―repetí.
    ―Es cierto. De todas formas, espero que podamos llevarnos bien ―se levantó de la butaca tomándose de la barra. Tenía cerca de quince centímetros menos de altura en comparación conmigo, una falda plisada dejaba ver unas piernas bien trabajadas―. Alquilé una habitación por aquí cerca mientras esperaba que aparecieras. Vamos.
    Intenté pensar alguna excusa, algo que me sirviera para escapar de sus fantasías, pero no se me ocurrió nada. La miré otra vez, finalmente había notado que su nariz era igual a la mía. Esperaba que esa fuera la única similitud, más que nada para no pensar en otras cuestiones. Pero lo cierto es que la noches estaba muy avanzada para intentar comenzar de cero con alguna otra posible presa, por lo que esta vez me dejaría guiar en lugar de ser quien guiaba. Tal vez el cambio resultara divertido.
    ―Vamos ―respondí sonriendo y felicitándome por haber tomado, años atrás, la decisión correcta para evitar cualquier tipo de problemas y circunstancias no buscadas ni anheladas realizándome una vasectomía.

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Para cerrar el 2021, en el N° 29 Revista Pélago (España), se han publicados los cuentos Ser como Odín La mejor historia jamás escrita.

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sábado, 25 de diciembre de 2021

El nuevo bibliotecario

Prácticamente desde el momento cero, desde su llegada, corrieron rumores sobre el nuevo bibliotecario. Aunque después de veinte años seguir diciéndole el nuevo bibliotecario pueda parecer un poco fuera de lugar, en la época en que llegó al pueblo nadie venía hasta aquí, al menos no para quedarse, cosa que él sí terminó haciendo.
    Cinco años antes de su nombramiento murió el bibliotecario anterior y el cargo vacante quedó formalmente ocupado por una de las viudas de la cosecha que formaba parte de las Damas de la Beneficencia local. Un grupo de mujeres de avanzada edad, viudas todas por igual, con algo de dinero en el bolsillo y mucho tiempo a su disposición. Esta mujer hizo de la biblioteca su reino personal, uno en el que según cómo le cayera quien solicitara algún libro o algo de lo que allí se guardaba, decidía prestarlo o no. Fue ella quien se encargó de purgar el catálogo de la Biblioteca de toda la literatura que considerara perniciosa para la juventud del pueblo, y llenó luego los estantes vacíos con las ediciones completas de los libros de Corín Tellado, Poldy Bird y la colección Robín Hood. Cualquier cosa diferente que quisiera leerse había que buscarla en la Biblioteca Municipal, a cuarenta y cinco kilómetros de distancia, o comprarlo por correo a alguna librería de la capital y esperar a que el envío no se perdiera en el camino.
    El primero de los cambios que se produjo cuando llegó el nuevo bibliotecario, con su nombramiento bajo el brazo, luego de que se escucharan durante horas los gritos de la mujer quejándose por el maltrato que ella, siendo una dama de prestigio en el pueblo, recibía por parte de un arribista que venía a matarse el hambre entre gente trabajadora, fue deshacerse de la mayor parte de los libros adquiridos en los últimos cinco años. La viuda expulsada de su reino fue quien comenzó con los rumores diciendo que había sido maltratada al no ser respondidas ninguna de sus imprecaciones y sugerencias dadas a viva voz mientras el nuevo bibliotecario sostenía la puerta abierta para que la mujer saliera del lugar. Fue la primera, pero no la única.
    ¿Quién era el nuevo bibliotecario? Para empezar era nuevo, no era alguien del pueblo, como queda por demás claro, por lo que nadie le conocía ―veinte años después seguía siendo más o menos igual―. Físicamente parecía un armario, alto como un jugador de básquet de casi dos metros, de espalda ancha como un boxeador, brazos marcados como los de un levantador de pesas y atravesados por viejas cicatrices que dejaba ver los días de calor y de manga corta, y unas manos enormes en las que cualquier libro parecía algo diminuto y se perdía entre sus dedos. Era además de pocas palabras, precisas, directas, que lo hacían parecer hosco y mal trazado.
    Antes de que se cumpliera un año de su nombramiento, sus extrañas costumbres habían llamado la atención más de una vez. Vivía en el pequeño departamento de dos ambientes en la trastienda del edificio de la biblioteca, del que cada mañana, siempre puntual a las seis, sin importar el clima, la época del año o si era día festivo, salía a correr y daba cinco vueltas a la redonda del pueblo. No era una vuelta, no eran dos ni tres, sino cinco, siempre la misma cantidad y en la misma dirección ―la contraria a las agujas del reloj―. Las curanderas del empacho, el mal de ojo, la culebrilla y otras cosas similares, decían que el círculo siempre es un símbolo peligroso, que había que cuidarse de ese hombre extraño, de corazón negro y mirada profunda; por eso recomendaban a las mujeres del pueblo llevar siempre una bolsita de alcanfor colgada del cuello, incluso si nunca se acercaban a la Biblioteca.
    Antes de que se cumpliera su segundo año en el pueblo consiguió prácticamente todo lo que hasta ese momento le había sido negado a la Biblioteca. Desde la Intendencia enviaron un arquitecto, un maestro mayor de obras, varios obreros y fondos suficientes para reformar el edificio por completo. Cambiaron las chapas carcomidas por la humedad y llenas de goteras por una losa sobre la que se construyó un primer piso destinado a ser un salón para presentaciones y conferencias, se pintaron las paredes, se cambiaron las aberturas, se colocó una escalinata de mármol en la entrada, y el viejo departamento de dos ambientes del bibliotecario se transformó en una casa de dos plantas con techo de tejas rojas y un extenso jardín privado ―el Jardín del Bibliotecario―. Su contacto directo con la Intendencia puso de muy mal humor al delegado del pueblo, quien se creía el único capaz de llevar adelante ese tipo de gestiones, por lo que terminó tomándole tal inquina que se alió con las Damas de la Beneficencia para esparcir junto con ellas rumores sobre el nuevo bibliotecario.
    Pero como no había sobre qué hablar se inventaba, se fantaseaba y se montaban calumnias descaradamente. Algún secreto debía de esconder ese hombre solitario y callado, y si no se sabía cuál podría ser ese secreto siempre se podía decir cualquier cosa esperando que alguna de ellas resultara más fuerte que la verdad y acaba imponiéndose como cierta.
    El correo llegaba con mayor frecuencia trayendo cajas con nuevos libros, diarios de otras ciudades y revistas de divulgaciones varias. Los profesores de la escuela secundaria, “esos sabiondos que se creen mejores que el resto”, al decir de las Damas de la Beneficencia, estaban verdaderamente felices por los cambios en la Biblioteca. Pasaban por allí para renovar los viejos manuales de la década de 1950 que eran el único material con el que contaba la escuela y comenzaron a enviar a la Biblioteca a sus alumnos a estudiar.
    Este detalle también fue utilizado para esparcir rumores sobre el nuevo bibliotecario, a quien al parecer le fascinaba sodomizar a los adolescentes entre las estanterías atestadas de libros con su imponente miembro. Pero eso no era lo peor, lo peor era que a pesar de lo que les sucedía allí dentro, los chicos de la escuela continuaban yendo a la Biblioteca; así que tal vez las cosas fueran un tanto diferente a lo que se decía y era al nuevo bibliotecario a quien le encantaba ser sodomizado por los adolescentes, lo que por otro lado salvaba la hombría de los jóvenes del pueblo.
    Sobre este rumor importaba poco que el poeta del pueblo, el primer homosexual abiertamente declarado de la región, dijera que todo era mentira. Desde la llegada del nuevo bibliotecario no le quitaba los ojos imaginándose entre sus fuertes brazos, apretado por esas grandes manos. Por eso se prestó a realizar un curso sobre poesía figurativa no figurativa en el salón de la Biblioteca y pasaba horas enteras buscando temas con los que hablar con el nuevo bibliotecario, siempre con el mismo magro resultado. Llegó incluso a dedicarle su cuarto libro de poemas, Amor entre libros, si es cierto lo que se dice de que las siglas en la primera página, M.B.D.G.M., significan “mi bibliotecario de grandes manos”.
    Él mismo, el poeta, al igual que cualquier otra persona que se acercara a la biblioteca, había visto al nuevo bibliotecario siempre sentado en su escritorio, anotando y escribiendo cosas y no permitiendo pasar a nadie del otro lado, donde se encontraban las estanterías con los libros; él, el nuevo bibliotecario, era el único que buscaba los títulos solicitados y los acercaba hasta el escritorio para ser usados en la sala de lectura o para que se los llevaran a las casas. Nunca nadie pasaba del otro lado, ni adolescente ni adulto, eso estaba terminantemente prohibido por el reglamento de la Biblioteca cuyo bibliotecario era el primero en cumplir y en hacer cumplir.
    Por años continuaron circulando rumores. Que era un onanista descarado; que era sibarita en secreto; que era anarquista; que era ocultista; que era un antiguo guerrillero escondido de las autoridades y la justicia; que lo buscaba una exmujer abandonada; que lo buscaba la justicia por un crimen diferente al del rumor anterior; que tenía pedido de captura internacional; que lo buscaba la mafia ―italiana, rusa, coreana, china, japonesa, filipina, al igual que los narcos mexicanos o colombianos―; que había sido excomulgado y por eso no iba a misa los domingos; que había robado reliquias de templos antiguos para venderlas en el mercado negro; que era un enfermo terminal de alguna enfermedad desconocida; que esa enfermedad podía ser contagiosa y por lo tanto podía infectarlos a todos; que estaba mal de la cabeza; que debía mucha plata a gente a la que no hay que pedirle plata; que le gustaba apostar en la carrera de caballos; que regenteaba un prostíbulo en otro pueblo junto con el comisario; que era un espía de la Intendencia; que hablaba con los animales; que los espíritus se comunicaban con él las noche de luna llena, luna nueva o de tormenta. Una lista interminable, repetitiva y ridícula.
    Cuando veinte años después de su aparición en el pueblo, llegó su jubilación, el nuevo bibliotecario se retiró y vine yo a ocupar su lugar. Ahora soy el nuevo bibliotecario, aunque cuando algún vecino viene a la biblioteca todavía resulta un tanto confuso entender a cuál de nosotros dos se refieren cuando hablan del nuevo bibliotecario, pero eso no es ni siquiera lo más extraño. En uno de los cajones del escritorio encontré una carpeta de archivo con más de ciento cincuenta folios escritos con una letra pequeña e imprecisa, no imprecisa como la letra de alguien que no está acostumbrado a escribir, sino imprecisa como la de una mano para la cual no están hechas nuestras plumas ni nuestras lapiceras. En esos folios se detallaba uno a uno cada rumor que circuló en el pueblo sobre el nuevo bibliotecario, identificaba a su posible autor y a quienes lo habían repetido y de cómo los rumores más viejos eran vueltos a utilizar una vez renovados y remozados.
    Continuando mi lectura encontré que junto a los rumores que no parecían ser tenidos en cuenta había otros que no se repetían. Eran estos los más interesantes de todos porque resultaban ser los que más se acercaban a la realidad, tal vez por eso, por ser demasiado reales, no se consideraban tan atractivos como para que alguien quisiera repetirlos.

sábado, 18 de diciembre de 2021

Sábado por la tarde, otra vez

Entré a la casa lo más rápido posible porque no quería tener que seguir dando explicaciones a los vecinos, porque no me interesaba ver a nadie, ni siquiera a mí mismo en el reflejo del espejo del baño, y porque sabía lo que se aproximaba. Entré, cerré la puerta con llave y apoyé la cabeza contra el marco de madera con la respiración entrecortada intentando no derrumbarme allí mismo. Pero era sábado por la tarde, otra vez, lo que lo volvía un poco más complicado.
    Miré mi mano derecha cuando sentí que me dolía de tanto apretarla; al lograr abrir y separar los dedos vi que tenía las uñas blancas casi por completo, y la palma atravesada por las marcas de las llaves. Las colgué en el picaporte, y antes de darme cuenta volví a cerrar la mano.
    Sé que pasé por la cocina, e intenté beber un poco de agua, pero sólo porque está de paso hacia la habitación y allí cuanto había era la cama sin hacer, la ropa sin acomodar, la persiana cerrada impidiendo que entrara la luz. Era sábado por la tarde, otra vez, y el día no parecía querer terminarse. Pero si el sábado se terminaba vendría luego el domingo, y después el lunes junto con el resto de la semana hasta llegar, otra vez, al sábado.
    Comencé a sentir que me ardían los ojos y golpeé una, dos, cinco, diez veces, la pared para que las lágrimas tuvieran algún sentido. Los nudillos lacerados parecían una justificación suficiente porque, como ya sabía, era sábado por la tarde, otra vez.
    Me dejé caer sobre la cama esperando dormir, tal vez un poco más que durante las últimas noches, pero ni siquiera eso me era posible, tal vez porque era sábado por la tarde y que no estabas aquí. Además, en el dormir estaba el peligro, el miedo, de soñar y recordar lo que la rutina de la semana hunde en el olvido parcial y aparente de saber que llegará el viernes por la noche, la promesa del sábado, y que a la tarde siguiente haría el mismo camino de ida y de regreso con mi paso lento y abatido. Cada vez más cansado, cada vez con menos ganas de continuar con todo, sintiendo flaquear cualquier tipo de resolución, como la de que esa vez sería la última, que no podía seguir haciéndolo, que era necesario ponerle un punto y aparte a todo esto y comenzar un párrafo nuevo, una nueva etapa.
    Sin embargo, fuera lo que fuera lo que me propusiera, durante la mañana del sábado, y más aún durante el tenso almuerzo, sentía flaquear cualquier resolución. Sabía que, aunque buscara la manera de no hacerlo, iría una vez más a visitarte y, como cada sábado a la tarde, habrían abierto solamente para mí el cementerio.

domingo, 12 de diciembre de 2021

La voz de la experiencia

El conocimiento se construye en base a la experiencia, no tengo dudas de esto. Porque en más de una oportunidad la experiencia se ha encargado de demostrármelo. Y pronto volverá a hacerlo. Lo sé porque estoy viajando en el tren y en el otro extremo del vagón veo a un niño de unos cinco, tal vez seis años, parado en medio del pasillo entre los asientos jugando a que no se sostiene de ningún lado, incluso bailando, mientras el tren continúa avanzando. Su madre, sentada junto a la ventana y al asiento que el niño dejara vacío, atiende a algo más sobre su regazo; no es otro niño más pequeño, no es un libro, si las luces no me engañan es algo que parece brillar, por lo que ha de ser uno de esos teléfonos inteligentes que nos vuelven tontos. Viendo la escena sé que el niño terminará cayéndose, no lo sé porque posea la capacidad de ver el futuro, cosa que no posible porque el futuro no existe, sino que lo sé por la experiencia.
    Mi experiencia se basa en haber realizado cinco veces por semana el mismo viaje, diez si cuento también el viaje de regreso aunque este se produzca por una vía diferente. Eso hace un total de veinte viajes mensuales ―el doble si cuento el regreso, como ya dije― que, repetidos durante los nueve meses que dura el año de estudios, dan un total de ciento ochenta ―el doble si…, ustedes entienden―. Y si a estos ciento ochenta los multiplicamos por los cinco años que me demandó completar la carrera, tengo un total de novecientos viajes ―el doble si…, bueno, eso―. Claro que a ese total debería restarle las clases suspendidas, los días feriados, las ausencias, así como sumarle los días en que realizara el mismo viaje no por la obligación de los estudios sino por gusto, no tiene sentido añadir detalles aquí, por lo que prefiero redondear en que fueron novecientos viajes de ida y otros tantos de vuelta. La sumatoria de cada uno de estos viajes me da la experiencia necesaria para conocer cada detalle del trayecto.
    Giré la cabeza hacia la ventana para ver el nombre de la estación que comenzábamos a dejar atrás. No podía dejar de sonreír mirando al niño jugar entre los asientos del tren sabiendo lo que se avecinaba, irremediablemente, como ese destino que se burla de nuestro supuesto y ficticio libre albedrio, como una muestra de que la realidad siempre es peor de lo que la pensamos, más oscura, más violenta, en definitiva, más real. Me arrellené en el asiento y me incliné un poco hacia el costado para no perderme detalle del glorioso momento de aprendizaje que se acercaba a unos sesenta kilómetros por hora.
    Mientras esperaba recordé las promesas de mejorar el servicio de ferrocarril urbano repetidas por algún funcionario del gobierno al tiempo que aseguraba que el reemplazo los viejos coches y las vías en mal estado era una prioridad. Recordé cada una de las veces que los empresarios que manejaba la concesión del ramal reafirmaban la voluntad de la empresa por actualizar el sistema. Recordé cada nota de periodismo de investigación denunciando la falta de inversiones y el calamitoso estado de las vías. Recordé también que nada a lo largo del trayecto podía sorprenderme y que por mi extensa experiencia efectivamente conocía el estado de las vías y de los coches por haber viajado en cada uno de ellos. Sabía, pues, lo que se aproximaba en ese tramo del recorrido en el que las vías parecían encontrarse a diferente altura, mínima, tal vez esa diferencia no fuera ni siquiera de un centímetro, pero el tren, incapaz de detenerse, golpeaba contra ese desnivel con un sacudón que, acompañado por la velocidad, la inercia, la carga cinética de los cuerpos, resultaba lo suficientemente fuerte como para hacer caer a un adulto desprevenido. Sonreía con satisfacción al pensar en lo que sucedería con ese niño que estaba a punto de aprender algo que no olvidaría por el resto de su vida; esos momentos son pocos, únicos e irrepetibles, para quienes lo viven. En mi caso había experimentado apenas una media docena de ellos, y con dificultad recordaba cuál había sido el primero. Ahora lo vería ocurrir en vivo y en directo, como un mero espectador, es cierto, pero ese detalle no lo volvía menos intenso ni de menor interés.
    El tren no dejaba de avanzar cada vez más rápido, como siempre hacía en ese tramo recto entre la estación que dejábamos atrás y la siguiente. El momento se acercaba. Volví a acomodarme en el asiento, me refregué las manos sonriendo indisimuladamente mirando al niño esperando el momento en que reconocería el ruido del choque de metal contra metal y vería como se sacudía el primer vagón de la formación. Cuando ese momento llegó apenas podía contener mi carcajada anticipándome al golpe.
    Aquí viene la experiencia, pensé.

domingo, 5 de diciembre de 2021

Líneas de vida

Llevaba tanto tiempo escondido en ese lugar que era mejor no pensar en la sucesión de soles que allí viera pasar; desde aquel lejano primer día apenas se alejaba del refugio, una de las tantas aberturas entre las rocas de la solitaria montaña, para buscar las pocas raíces comestibles de las plantas y matorrales secos y tal vez encontrarse con alguna ocasional sorpresa de sangre y carne que le regalara la naturaleza. Un pequeño manantial dentro del refugio le permitía no tener que preocuparse por el agua, por eso es que no quería alejarse; aunque ciertamente varias lunas antes de la estación de las lluvias el agua del manantial mermaba peligrosamente manando más y más turbia y cargada de mal olor. La mayor parte del día y de la noche sentía frío y hambre sin poder hacer mucho para remediarlo más que una pequeña fogata a la que no se atrevía alimentar demasiado para que no se descubriera su reflejo a la distancia.
    Cada madrugada lavaba su rosto con el agua helada del manantial y salía del refugio para contemplar la despedida de las últimas estrellas y la bienvenida del sol al romper el alba. Murmuraba las palabras de alabanza para uno y para las otras antes de regresar al refugio. Allí tomaba un trozo de madera de la fogata apagada y con la media luz del amanecer pintaba sobre las rocas del refugio uniendo líneas y formas que seguían los patrones que viera en su sueño.
    En una de esas pinturas un animal que sólo conocía a través de antiguos relatos, más grande que un hombre, de color rojizo u ocre, porque ya no le quedaba amarillo para continuar pintando, con unos cuernos largos y puntiagudos, era capturado por un animal mucho más grande que lo tomaba del lomo con sus fuertes garras, desgarrando la piel y la carne levantándolo con sus alas negras, oscuras como la noche, para llevarlo a algún lugar que en su sueño aún no se revelaba. Esta escena se hallaba junto a otra similar donde una criatura con idénticas y pesadas alas negras ataca a varios hombres cerca de lo que parecería ser un río. Un poco más allá, en otra de las rocas, uno de esos animales con larga y poderosa trompa y largos y afilados colmillos era también atacado y en parte devorado por la bestia de las alas negras. La voracidad de la bestia alada no parecía conocer límites más allá de lo que él era capaz de pintar en las rocas; no tenía igual que lo enfrentara, pues los animales más grandes, con o sin cuernos y colmillos, y los hombres desarmados o armados con sus lanzas, eran apenas molestias para sus garras.
    Cada piedra en las paredes del refugio contenía una imagen similar, con más o menos colores, con más o menos detalles, con más o menos muerte. La criatura alada y sin nombre se presentaba noche tras noche en sus sueños, y él, allí, oculto en su refugio, para no olvidar lo que veía, lo pintaba sobre las piedras. Así lo había hecho de sol a sol, de lluvia en lluvia, de frío en frío, sin saber por qué lo hacía, haciéndolo sin más; pintaba hasta que caía agotado por el esfuerzo, por el hambre, esperando el próximo sueño.
    Así fue como, al igual que cada madrugada lavó su rosto con el agua helada del manantial y salió del refugio para contemplar la despedida de las últimas estrellas y la bienvenida del sol al romper el alba. Al levantar ambas manos para comenzar a murmurar sus palabras de alabanza una lanza de madera de tejo lo atravesó de lado a lado por la espalda, a la altura de los omóplatos, hundiéndose verticalmente a través de su cuerpo hasta alcanzar su corazón.
    Un pequeño grupo de hombres, no serían más de seis con los cuerpos magullados, ropas desgarradas y heridas que apenas comenzaban a cicatrizar, surgió de entre las sombras. El más cercano se acercó y pateó el cuerpo del caído para asegurarse de su muerte mientras otros ingresaban al refugio con antorchas recién encendidas. Allí dentro, con gestos, exclamaciones de sorpresa y dolor, quejidos y rugidos, se horrorizaron por las líneas de vida que veían pintadas en cada roca.
    Intentaron borrar lo mejor posible esas horrendas pinturas con el agua del manantial, pero poco fue lo que lograrlo. Cuando el sol alcanzaba su cenit llevaron el cuerpo del muerto al interior del refugio aún con la lanza atravesándolo, lo clavaron a las piedras del suelo y lo rodearon de zarzas y matorrales secos de las cercanías antes de prenderlo fuego. Mientras las llamas crepitaban y comenzaba a sentirse el hedor de la carne quemada amontonaron piedras grandes y pequeñas delante de la abertura del refugio. Cada vez que el fuego parecía agotarse arrojaban más ramas sobre él, junto con todo lo que se encontrara en las cercanías que pudiera arder arrojaron también las antorchas que ya no creían necesitar. Taparon la abertura y continuaron empujando rocas sobre las que antes colocaran, como si quisieran asegurarse de que nada pudiera salir de allí, ni tampoco nada intentara volver a entrar.
    El atardecer llegaba a su fin cuando dieron por terminada la tarea. Nadie, ni siquiera ellos, podía decir dónde se encontraba el refugio. No quedaban rastros más allá de las rocas removidas y las plantas arrancadas y arrojadas a los costados que también colocaron sobre las rocas. Satisfechos y agotados comenzaron el descenso, reían de cuando en cuando con la seguridad de que esa noche, y todas las noches por venir, las pesadas alas negras de la siniestra criatura sin nombre dejarían, por fin, de amenazar sus sueños.


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En el N° 23 de la Revista Tren Insomne se ha publicado el cuento Hacia el siguiente universo.

Pueden pasar a leerlo cuando gusten.

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