Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 9 de diciembre de 2018

La chica del helado


La costa atlántica argentina recibe, a lo largo de toda su extensión, la corriente proveniente de las Islas Malvinas; corriente compuesta por aguas subantárticas, por lo que resulta ser extremadamente fría. Esta particularidad, el frío, se aplaca, en parte, a medida que se acerca a las costas de la provincia de Buenos Aires; es algo que debemos tener en cuenta para comprender la siguiente historia.
            Sucedió la última vez que visité una playa argentina, lugar que, por una cuestión casi diría que de piel, me resulta completamente detestable. La gente, el calor, el sol, el sudor, la necesidad imperiosa de disfrutar de manera cuasi obligatoria del momento que se vive junto al mar como si en ello se nos fuera la vida, por un lado. Así como la noche, el viento, la arena que lo inunda todo, las comidas grasosas y la necesidad de demostrar una alegría tan impuesta como falsa, esa sensación de estar fingiendo más que viviendo, por otro.
A lo anterior debemos sumarle el hecho de que las ciudades costeras, porque llamarlas de otra manera parecería ser una ofensa a los ancestros fundadores y su descendencia, se parecen demasiado a Buenos Aires; tanto como si las personas hubieran sido transplantadas de un lugar a otro. Uno nunca está tranquilo en la costa sabiendo que una cantidad indefinida de porteños, recorren las mismas rutas, los mismos lugares, las mismas costas, que uno mismo ansiando disfrutar del verano. Lo que menos se logra en un contexto semejante es descansar, por lo que las vacaciones pierden la razón de su existencia.
            Este tipo de cosas no me suceden en playas de otras partes del universo, de las cuales conozco muy pocas, es cierto. Quizá por eso es que recuerdo tan nítidamente ese día. No la fecha, o momento exacto del día, ni mucho menos en cuál de todos los balnearios costeros me encontraba. El recuerdo es más un bosquejo general de la situación vivida que una memoria real. Podría poner en duda el que haya sucedido, es cierto, es solo que prefiero no hacerlo.
            Encontrándose uno bajo el sol, incluso en el vano intento de protegerse bajo una de las escasas sombrillas que pueden conseguirse, los pensamientos se vuelven lentos; el cuerpo humano no está preparado para soportar esa idea de que debemos tostarnos la piel y, poco a poco, dejamos de comprender el mundo que nos rodea y de actuar con la coherencia habitual. Al menos habitual en mi persona, por supuesto.
Llevaba varias horas de esa situación, tendido cuan largo era en ese momento, cuando la incomodidad me llevó a voltearme buscando algún sitio en el que la arena quemara un poco menos y no resultara tan molesta.
            Entonces la vi.
            De pie bajo su propia sombrilla, con un traje de baño de otra época pero a la moda de ese verano, grande y con color en una sola de sus piezas, lo que dejaba mucho más librado a la imaginación de quien la mirara que los actuales. Usaba unos lentes de sol que ocultaban casi la mitad de su rostro y una sonrisa entre pícara y socarrona de quien sabe que no se encuentra allí para cumplir con los mandatos sociales, sino para romperlos. Llevaba el cabello recogido en un extraño rodete detrás de la cabeza, algo que, de alguna manera que me resulta imposible de explicar, resultaba extremadamente erótico en compañía de los pocos tatuajes que decoraban su piel; algo que en ese entonces no resultaba tan repetidos como en el presente.
            La palidez general de su cuerpo la delataba como una recién llegada al centro vacacional. Algo imposible de disimular y que explicaba, por otra parte, el implemento de la sombrilla individual en un lugar en el que el espacio personal resultaba insuficiente para estirarse por completo. El labial rojo, brillante, llamativo, completaban el conjunto.
            Pero, además de todo lo anterior, tenía un helado de agua en la mano y utilizaba, sabiendo muy bien lo que hacía y lo que provocaba, su lengua para lamerlo en cámara lenta. Arrastraba la lengua centímetro a centímetro sobre aquel trozo de hielo sabor a fruta, primero de un lado para voltearlo y lamer del otro lado antes de comenzar nuevamente el recorrido concentrando cada uno de sus gestos para que ni la más mínima gota de aquel preciado helado, cayera fuera de sus labios.
            Contemplándola desde la mínima distancia que nos separaba, viví los cinco minutos más largos de mi vida; si es que llegaron a ser cinco, cosa que dudo ya que el tiempo es relativo y subjetivo, como bien se encarga de repetirnos el sentido común. Minutos en los que ni siquiera por un breve instante fui capaz de sustraer mi mirada de sus movimientos lentos, pausados, extremadamente sugerentes e hipnóticos; tampoco es que quisiera hacerlo, ni tan siquiera para comprobar en qué estado se encontraba quien me acompañaba debajo de la sombrilla compartida.
            Hasta ese momento apenas sí había sentido algo más que el calor sobre la piel, el sol quemándome, o dorándome, que para el caso es lo mismo, y el sudor que formaba una capa protectora generando una sensación más cercana al desagrado que al placer. Pero al verla todo el cambió; el calor ya no se encontraba fuera mí, allá, en el cielo, brillando incandescentemente para quien se encontrara debajo, sobre la piel. El calor nacía dentro de mí, con una fuerza inimaginable en ese contexto en el que cualquier cosa podría suceder menos, precisamente, lo que estaba pasando.
            Cuando acabó con el último bocado del helado, cuando aquella lengua recorrió por última vez la extensión del palillo y saboreó los restos que se encontraban sobre los labios sonriendo ampliamente ante el éxtasis de saberse refrescada brevemente, decidí actuar de manera intempestiva e inmediata.
            Abandoné la pasividad horizontal y corrí, sin detenerme a pensar en lo que hacía, en la única dirección posible para poner coto al calor que no dejaba de crecer.
            Me reconfortó recibir en pleno verano el ansiado, esperado, necesario y húmedo abrazo de aquel helado mar.



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En el número 8 de la revista Callejón de lasOnce Esquinas, publicado ésta semana, pueden leer mi cuento Brand Agard y su insólita historia, el mismo forma parte también de mi último libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde.

Pueden pasar por la página de la revista y disfrutarlo.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Un fracaso más

A confesión de parte, relevo de pruebas.
Solamente acepté la responsabilidad de una mascota durante mi adolescencia para tener una excusa con la que acercarme a la veterinaria del barrio; lo que me interesaba no era la mascota en sí, ni la veterinaria, pues sabía que no estudiaría nada relacionado con animales. El interés radicaba en la hija de la veterinaria.
Dentro de mi timidez natural, el gato, el perro, el canario, o lo que fuera que me sirviera para acercarme a ese lugar, resultaba perfecto para verla, al menos por unos breves instantes, detrás del mostrador. La mayoría de las veces concentrada en sus estudios, en la caja registradora, en la planilla de proveedores, en la manera adecuada de utilizar una jeringa, ni siquiera me veía; por mi parte, no perdía un segundo en ese lugar sin atender a lo que ella hacía.
En ningún momento me detuve a analizar lo que hacía, ni el por qué; no eran tiempos en los que cualquier acción, aun la más mínima, se analizaba al detalle de comprender cada motivación subyacente. Faltaban años para que la pseudo-psicología nos tomara por asalto. Eran cosas de niños, de adolescentes en su despertar hormonal porque, para qué negarlo, los motivos estaban claros para quien mirara desde afuera toda la situación, pero no para mí mismo; al menos no en ese entonces.
Pasó el tiempo, como en todas las historias; las redes asociales ni siquiera existían en la imaginación de sus creadores, por lo que cualquier intento por conocer su nombre era ponerme en evidencia de que me encontraba allí no por el moquillo del perro, las vacunas del gato, o para comprar alimento balanceado, sino por algo por completo diferente. Lo más extraño de la situación era que a pesar de la cantidad de veces en las que me dejé ver por el local, no solamente nunca había tenido la valentía de hablarle directamente, sino que su madre en ningún momento la llamó por su nombre.
El barrio cambió. Se demolieron antiguas casonas, se construyeron edificios de departamentos del tamaño de una caja de zapatos. Los negocios que conformaban la galería en la que se encontraba la veterinaria se modernizaron y la panadería se transformó en una pastelería, la peluquería en una barbería, la dietética en un almacén de alimentos naturalistas; cosas que he visto cambiar en muchos otros barrios casi al mismo tiempo. La veterinaria, por el contrario, se mantenía imperturbable.
Yo mismo había cambiado; era más alto, aunque no más esbelto; más pálido y retraído, al decir de la familia; con una barba que ni el mismo Shaggy, el personaje de Scooby-Doo, envidiaría; una miopía que ni veía y varios intentos frustrados de conseguir trabajo, seguir estudiando o buscar el sentido de la vida.
El último verano de la adolescencia, ese en el que nos damos cuenta que a partir de ese momento las cosas comenzarían a cambiar indefectiblemente, pretendí forzar, de alguna manera, el que las cosas sucedieran. Fue con esa idea que me acerqué al local, con la clara decisión de saber, en ese momento y no en otro, el nombre de la chica que aparecía de manera recurrente en mis ensoñaciones. Al menos entonces sabría como llamarla.
Entré al negocio como una tormenta de verano: intempestivamente y sin anunciarme.
—¡Hola! —exclamé, o más bien grité, al verla sola y darme cuenta que debía inventarme una verdadera excusa para encontrarme allí.
—Hola —respondió levantando apenas la mirada de los papeles que leía en el mostrador. Ni siquiera una sonrisa de reconocimiento, un gesto de complicidad, una demostración de saber qué era lo que estaba a punto se suceder.
El silencio se hizo presente entre nosotros como algo imposible de negar, como algo que podía sentirse, tocarse, cortarse.
—¿Necesitabas algo? —me preguntó.
—Si… este… si, quería alimento balanceado… —dije desarmado completamente con apenas tres palabras.
Con movimientos cansinos, como de quien se encuentra mucho mejor en reposo que realizando cualquier actividad, dejó de lado los apuntes, salió del mostrador y se acercó a las bolsas de alimentos balanceado para gatos que se encontraban exhibidos en uno de los costados del pequeño local. Al menos sabe que tengo un gato, pensé.
—¿Este está bien? —dijo con una bolsa de un kilo en sus manos. Recuerdo que era una bolsa verde, pero nunca logré dar con el nombre exacto del producto.
—Si, si, ese esta bien—dije aún balbuceando.
Regresó junto a la caja registradora y me acerqué un poco más para darle el dinero.
—En todos estos años —dije sin saber muy bien qué era lo que hacía o por qué elegía esas palabras—, nunca supe tu nombre.
Me miró sosteniendo un billete de dos pesos, el cambio, entre sus dedos. Me pareció ver que su mano temblaba, levemente, cuando nuestros ojos se cruzaron.
—Soledad —dijo, sin agregar nada más, respondiendo a mi escasamente práctico intento seducción.

En la tarde del día siguiente, imbuido en esa tonta idea de romanticismo que se nos inculca en la infancia, en la adolescencia y a lo largo del resto de nuestras vidas desde el cine, la televisión y cualquier otra expresión de cultura media, regresé a la veterinaria. Llevaba para obsequiarle una rosa, una única rosa para celebrar el intercambio del día anterior. Esa flor sellaría, sin lugar a dudas, mi ingreso a lo que entendía que debía de ser el amor; algo que aún desconocía y ansiaba descubrir.
            Pero cada una de mis ideas, mis ilusiones, las fantasías con las que me alimentara la noche anterior, murieron en el instante en que encontré el local cerrado y vacío. Luego de años resistiéndose al cambio, de evitar adecuarse a las nuevas estéticas de moda, de agiornar el estilo del interior a los gustos de los posibles clientes, siquiera de pintar las paredes, la veterinaria había cerrado sus puertas definitivamente. Quedaba del lado de afuera cualquier posibilidad de obtener lo que esperaba encontrar detrás de unas cuantas palabras intercambiadas por compromiso y la ilusión de que, finalmente para mí, algunas cosas comenzaban a cambiar.

sábado, 24 de noviembre de 2018

Álamo (La búsqueda de la sabiduría)


Reflexionaba caminando por la alameda, mirando el juego de luces y sombras entre las hojas bicolores de los altos árboles, junto con el trino de los pájaros que se divertían en la primavera y el aroma de las flores que llegaba desde otra zona del camino. Divagaba sería lo más acertado de decir; su pensamiento pasaba de una idea a otra sin un hilo aparente.
            Hacía mucho tiempo que era incapaz de concentrarse en cualquier cosa, ni siquiera podía concretar una idea determinada; comenzaba a hacer algo y, cuando se percataba, se encontraba haciendo algo más o caminando de manera distraída por un camino al que apenas sí recordaba cómo había llegado.
            La sombra de los álamos lo tranquilizaba, le daba certeza; algo que no terminaba de comprender pero que, de una forma u otra, lo llevaba hasta un punto determinado del camino, la parte más alejada y, por lo tanto, menos transitada, de la extensa alameda que rodeaba al pueblo. El orgullo del fundador de aquel paraje, copiado de algún otro sitio, sin dudas, y llevado al paroxismo de no detenerse en una avenida arbolada, ni que el álamo se encontrara en el escudo de la futura ciudad, sino que debía estar presente en todo momento en la vida de los vecinos.
            Había sido debajo de aquella sombra, cuando las voces de su cabeza finalmente hicieron silencio, que tuvo la idea de forjarse una hoz de mano. Algo que desconocía por completo. No sólo qué era una hoz, para qué servía ni cómo se utilizaba, sino también cómo se forjaba el metal en el que finalmente acabara haciéndola. A pesar de su ignorancia revisó cientos de tutoriales que se encontraban fácilmente en la red y que nada enseñaban hasta dar con el indicado y poder fundir hierro, también tuvo que aprender dónde conseguirlo, y de qué manera darle forma a una pequeña hoz de apenas cuarenta centímetros.
            Los golpes que se dio a sí mismo, en las manos, en los brazos, en el rostro; las quemaduras producidas por el hierro incandescente; las veces en las que casi muere asfixiado; los principios de incendio que provocara en su propia habitación, todo había valido la pena para lograr su cometido. Lo que haría a continuación era un misterio.
            En cuanto tuvo la hoz terminada comenzó a cargarla durante sus paseos. Tenía la hoja tan afilada que podía trozar casi cualquier cosa que se le pusiera delante, como bien lo demostraban las cicatrices de sus dedos. Sentir el peso del hierro trabajado con sus propias manos, enfriado con su propio sudor (aunque solo metafóricamente), escondido entre sus ropas, le daba una presencia que nunca antes había sentido. Las viejas del pueblo, esas que siempre lo saben todo, porque todo lo espían, se lo hicieron saber una mañana. Su porte era el de quien sabe, de quien posee la sabiduría.
            —¿De qué saber hablan? —preguntó cansado de los rodeos y alusiones que apenas comprendía.
            —Eso deberás descubrirlo… —dijo una de ellas.
            —… sólo por ti mismo… —agregó otra.
            —… sin ayuda de nadie más —acotó una tercera.
            Sonrieron dejándole ver cómo los dientes que le faltaban a una la otra los tenía y como, entre las tres, completaban una única dentadura.
            Regresó al camino de los álamos, a la sombra que lo reclamaba sin comprender qué pretendían de él y por qué debía ser él y nadie más quien portara la hoz de hierro. La tranquilidad y la inquietud, por partes iguales, se debatían en su interior; sus pasos, en cambio, resultaban, como siempre, más decididos.
            Ni siquiera se percató cuando cortó una rama del árbol más cercano para encender una pequeña fogata sintiendo acercarse la fría noche primaveral; con el filo de la hoz abrió un nuevo corte en la palma de su mano y vertió tres gotas de su sangre sobre las crepitantes ramas. Cómo había encendido el fuego sin llevar nada para ello era uno de los tantos misterios en los que se aventuraría en las noches venideras.





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En el número 33 de El Narratorio, revista digital gratuita, pueden leer el cuento Fresno (Ser como Odín), publicado hace unos meses en Proyecto Azúcar.

Fin de Espacio Publicitario (por ahora).

domingo, 18 de noviembre de 2018

Transacción no realizada


Tengo la certeza de que todavía no les conté de cómo vencí al diablo, al demonio, a mandinga, al oscuro, a belcebú, lucifer, el ángel caído, el enemigo, o el nombre que quieran darle según la religión que hayan decido profesar o que crean que es mejor que las demás. Debo aclarar que en nada se parece a la noche en que derroté a la ultraderecha continental, sino que se trata de algo un poco más mundano, más cercano a lo que habitualmente nos tiene acostumbrados dicho personaje.
            Apesadumbrado me retiraba de mi trabajo a media mañana de un lunes, pensando en lo que haría a continuación, aunque siempre hacía lo mismo, por lo que nada había realmente para pensar. Entonces noté que alguien me llama por mi nombre secreto (sí, todos tenemos un nombre secreto; es la forma en la que nos llamamos a nosotros mismos en nuestros pensamientos, ¿no lo sabían?).
—Hola perejil, ¿cómo estás hoy?
Imaginarán mi sorpresa al escuchar que me llaman de esa manera en medio de la calle, casi llegando a una esquina de escaso tránsito vehicular con unos pocos pájaros cantándole a una primavera que se resistía en dejarse sentir. Miré hacia atrás, hacia la derecha, la izquierda, el centro, la extrema izquierda, sin ver a nadie.
—No, no, no, no, estoy acá, arriba —dijo la misma voz.
Entonces lo vi. Parecía un graffiti socarrón, casi de cuerpo entero, adornando una pared. Saqué una fotografía, como corresponde, pero por más que lo intenté no pude captar el momento en el que movía la boca para hablarme. Representaba la imagen estilizada de lo que imaginamos ha de ser el diablo, tal y como nos enseñó el arte de consumo masivo de la segunda mitad del siglo XX: rojo, enorme, con cara de malo (aunque no en este caso), con cola (oculta) y con un tridente y/o lanza como arma; la corona lo señalaba como el príncipe de las tinieblas y le daba, también, un toque de distinción.
—Puedo darte lo que siempre soñaste —dijo guiñándome un ojo.
—Hace años que no sueño, tomo pastillas para dormir, así que… —respondí sin percatarme de que había comenzado a hablar con una pared.
—Me refiero a los sueños metafóricos, salamín —dijo en un todo un poco más duro.
—Ah, si, esos, bueno… —dije seguro de estar ruborizándome frente a él.
—Mujeres, sí. Es lo que primero piden los hombres —dijo riéndose a carcajadas.
—Pero… —lo interrumpí imaginándome el resto de su parlamento—, ¿podrás hacer que me amen? Sea lo que sea que signifique esa palabra —siendo sincero no demostré demasiada entereza al preguntarlo.
—¡Qué pregunta más estúpida! —gritó cambiando de gesto.
—¿Eso es un sí? —pregunté.
—Nadie podría hacer eso —respondió—, ni siquiera con todo el poder de la creación.
—Ah, entonces no me sirve —dije charqueando la lengua y amagando a seguir caminando.
—Todavía hay más… —dijo pretendiendo sonar enigmático.
—¿Qué otra cosa tienes para ofrecerme?
—¡Dinero! Toneladas de dinero… —mientras lo decía llovieron sobre mí billetes de todos los colores y formas que se desvanecían cuando pretendía tocarlos.
—¿Podré…?
—¡Ni se te ocurra mencionar al amor! —gruñó—. El universo entero sabe que el dinero no compra el amor.
—Iba a preguntar si me lo podría quedar una vez muerto, digamos como herencia para mis descendientes, en el caso de que decidiera tenerlos, pero la cuestión que acabas de mencionar estaba segunda en la lista. En el tercer puesto se encontraba la posibilidad de utilizar ese dinero para investigar tratamientos de longevidad.
—Nada de eso puede hacerse, lo sabes bien. No sirve que le de algo a alguien que vivirá para siempre y nunca obtendré las ganancias pautadas. Es un trato estándar, se finaliza a tu muerte, me devuelves lo que te haya dado y me quedo con tu alma, que es la tasa de interés. De seguro ya lo conoces, en la literatura lo mencionan a cada rato, en el cine, la televisión, la radio, los comics, en las festividades, y un largo etcétera.
Si, dijo y un largo etcétera, expresión que nadie usaba desde hacía décadas.
—¿Para qué sirve la riqueza si no puedo comprar el amor, aunque no era una prioridad, ni puedo mantenerla después de muerto? —pregunté con intenciones de hacerlo recapacitar, y que cambiara los términos del contrato, pero ni siquiera lo dudó.
—Bueno, pensemos en otra opción.
—Después del amor y el dinero viene el poder —dije.
—¡Exacto! ¡PODER! —gritó riéndose a carcajadas otra vez. Para esa altura del diálogo suponía que era el único que le escuchaba, de otra forma alguien más se habría acercado a ver qué sucedía en ese lugar, cosa que no había sucedido. Imaginaba también que nadie más vería los rayos de colores que salían de las puntas de sus dedos en un intento por demostrar vaya a saber uno qué cosa.
—Perfecto, quiero volar, para huir de las conversaciones aburridas; quiero ser capaz de hacerme invisible, para evitar situaciones incómodas; inteligencia, para saber qué decir en cada momento; velocidad, para no llegar tarde a ningún lugar; memoria eidética, para no olvidar nunca nada… Y alguno más se me va a ocurrir mientras espero a que cumplas lo demás.
Cuando volví a mirarlo, pues había estado numerando con los dedos y no podía dejar de mirar mi mano pensando en esos poderes, en su rostro había una mezcla de fastidio, frustración y ganas de mandarme al infierno.
—Eso no es poder —dijo—, son poderes de ficción, no podemos ir en contra de las leyes de la física… ¿No les enseñan nada en este siglo? Con poder me refiero, claramente, a poder de tipo terrenal, ustedes lo llaman político, según entiendo —dijo con una mano apoyada en la barbilla.
—Bueno, bueno, no lo sabía. Es que no me interesa ese tipo de poder —respondí—. ¿Qué otra cosa hay para ofrecer?
—A esta altura ya no sé… —dijo.
—¿Podrías cambiarme de trabajo? —pregunté.
—¡Si! Eso es muy fácil, con sólo chasquear los dedos. ¿Qué trabajo quieres hacer?
—El tuyo. Por algo dije cambiarme, yo hago tu trabajo, vos el mío. Aunque lo correcto habría sido decir intercambiar, ahora que lo pienso mejor… —dije enredándome con las palabras, tal y como él intentara hacerlo unos instantes antes.
En silencio el diablo me miraba como si estudiara la propuesta como si, finalmente, hubiera encontrado la forma en que cualquier opción redundaría en un triunfo para sí. Eso o tenía astigmatismo, lo que le obligaba a entrecerrar los ojos.
—¿Qué tipo de trabajo realizas en este mundo? —preguntó con un dejo de interés.
—Soy docente de secundaria —respondí encogiéndome de hombros.
—¡¿QUÉ?! —gritó sorprendido—. ¡Maldito seas! ¿Pretendías engañarme? ¿A mí? Nunca aceptaría un trabajo tan vil, tan degradante, exigente, decepcionante, subvalorado, deprimente, mal pago, explotador, indigno, despreciable, infame, penoso, ingrato, arduo, patético, ignominioso,  y... y… ¿Ya dije degradante?
—Si. También me parece que repetiste alguna cosa más —respondí—. Entiendo que la propuesta no es de tu agrado, pero tampoco para decir que es un trabajo tan malo. Además, dudo que el infierno sea diferente.
—¡Por supuesto! Puedo vivir en el infierno, encargarme de castigar a los pecadores, buscar alguna que otra alma perdida de vez en cuando y sin que nadie se percate para disfrute personal, colaborar con el crecimiento de la desigualdad mundial, y esas cosas pero nunca, jamás, ni siquiera por error, ni mucho menos por casualidad, aceptaría ese trabajo —la imagen del demonio fluctuaba haciéndose poco a poco más irreal, más similar a un simple dibujo en dos dimensiones antes que una presencia corporal.
—No habrá trato, pues —dije.
—Te quedas con tu alma —respondió el diablo—, pero solo por ahora —acotó antes de desaparecer definitivamente.
Regresé a mi camino, al que todavía le restaba la mitad, pensando en lo que haría el resto del día sabiéndome vencedor en la contienda con el diablo y, también, teniendo por seguro que el alma que pretendía quitarme no es más que una entelequia de ficción, por lo que ignoro cuál sería su motivación para interrumpirme de esa manera. El muy mal educado me había hecho olvidar lo que estaba pensando.


sábado, 10 de noviembre de 2018

La maldición de las palabras


El horror tiene formas impredecibles, nos hemos acostumbrado a ello tras años de comedias cinematográficas, series de televisión con pretendidos visos artísticos y cosas similares. Siempre debemos esperar lo peor de las personas y los objetos inanimados, incluso de los animales y, también, de uno mismo. Ese “siempre” es lo más cercano que estaremos nunca de conocer lo absoluto.
            Hasta el momento en que ocurrió la tragedia, que es el nombre con el que designo a ese momento atroz de mi vida, había pretendido atravesar la existencia de la mejor manera posible. Eso se traducía en momentos de extremo placer y distensión, de cumplir con mis obligaciones en tiempo y forma, mantener la declaración de impuestos al día, aportar a las campañas de bien común de las que me enteraba a través de las redes asociales sin saber muy bien qué hacían realmente con el dinero; todas esas cosas que estimamos significativas y que sirven para valorarnos mejor en nuestros mínimos momentos de introspección semanales.
            Hacía actividad física más veces en el mes de las recomendadas, para mantener el tono muscular, la elasticidad de la piel y la circulación de la sangre en perfecto orden. Recortaba mi cabello cada luna nueva, ya que entendía que en ese momento crecía con más fuerza, por lo que no se caería produciéndome calvicie prematura ni comenzaría a encanecer (proceso que ocultaba con extremo cuidado). Buscaba a mis amantes siempre entre sus 20 reconociendo que el paso de los años no me afectaba y que la juventud no era otra cosa que un estado del alma; pero, ante la eventualidad de que tal cosa como el alma no existiera, me mantenía rodeado por gente joven en otros aspectos. Buscaba el efecto contagio y, la mayor parte de las veces, lo lograba. Me sentía tan o más joven que los mismos jóvenes, tan o más lleno de vida y fresco que una planta que acaba de descubrir el sol, como una cría de cachorro que juguetea todo el día sabiendo que había cumplido con mis responsabilidades.
            Pero esas mismas responsabilidades me permitían construir la idea de que edad no se notaba en mi cuerpo, ni en mis expresiones, ni en mis movimientos, mucho menos en mi forma de vestir. Las arrugas en la comisura de mi boca, en torno a mis ojos y en las manos, eran señales de experiencia, eran armas de seducción antes que muestras de decadencia. La decadencia, por otra parte, estaba terminantemente prohibida y se encontraba en cualquier otro sitio pero no, ni siquiera por casualidad, en mi vida.
            Me dirán que era un mundo imaginario, de mentira, tan lleno de falsedad como cualquier otro perfil de redes asociales. Pero a mí me servía, viví de esa forma mucho más tiempo del que estaría dispuesto a admitir, incluso si alguien contara con las pruebas para demostrarlo, las cuales sé que no existen, lo negaría tranquilamente. La edad no era un problema, claro que no; el problema siempre fue la percepción de la misma que hacían los demás.
            De otra forma no me habría afectado de tal manera la tragedia que aconteció aquella noche, mientras aguardaba la llegada del ómnibus hacia el centro de la ciudad. Sin dudas debido a la tormenta, el asfalto mojado y alguna otra eventualidad, llevaba minutos de retraso. Minutos que me servían para contemplar las fachadas de los edificios, los juegos de reflejos producidos por las gotas que continuaban cayendo, los sonidos de la naturaleza que nos negamos aceptar. Imperceptible en mi distracción, una niña se acercó por detrás y preguntó en vos alta:
            —¿Señor no sabe por qué el ómnibus está retrasado?
Como me encontraba junto con otras personas en el mismo lugar, me desentendí de aquellos molestos sonidos. Pero ante la falta de respuesta la niña redobló la apuesta añadiendo a su pregunta un leve tirón de la manga de mi abrigo.
            —¿Señor no sabe por qué el ómnibus está retrasado?
            Miraba con esa expresión que se les enseña a los niños que deben utilizar al relacionarse con alguien mayor, y me refiero a un sexagenario, mínimo. Para ella no era un igual, claramente no pretendía serlo, para tampoco funcionaba el engaño. Solamente podía sentir repulsión ante semejante mirada.
            —¿Me estás hablando a mí? —pregunté a mi vez con extrañeza.
            —Si, señor. ¿Sabe o no sabe?
            —No —respondí con sequedad—, no sé nada.
            Di media vuelta y regresé a mi departamento, cargado de rabia e irritación.
Estaba a unas pocas calles nada más, pero en esa caminata sentí como comenzaba a fallarme la rodilla izquierda de tanto caminar; también debía atender a cada uno de mis pasos por temor a caerme y romperme algún hueso ya que apenas podía mantener los ojos abiertos de tanto sueño repentino.
            Resollando logré escalar los dos tramos de escalera que separaban la calle de la puerta de mi hogar. Necesitaría mucho más que una noche de tranquilidad para reponerme de semejante mal trago, para olvidarme de la rabia, dejar de lado la irritación y que los ojos de borrego de aquella niña ni siquiera ocuparan un lugar en mi memoria, por suerte el fin de semana recién comenzaba.