jueves, 4 de enero de 2024

Como un cencerro

―Entonces hacemos así ―trazó dos nuevas líneas sobre la hoja de papel ya de por sí cubierta de líneas, flechas, círculos, cruces y otras figuras menos definidas―. Lo colocamos aquí, luego movemos esto hacia allá, de esta forma los factores no se modifican, como verás. Acomodamos esto por allá, se limpia esto ―las líneas continuaban llenando la hoja en la que casi no quedaba espacio en blanco, no se daba cuenta de ello o no parecía importarle―. Con esto ya ordenado, esto de aquí se suprime, podemos entonces agrupar esto por acá ―Trazó una línea en diagonal de punta a punta de la hoja―. Esto es para que pueda realizarse el intercambio sin que nada se pierda ―Se detuvo para tomar aliento un instante tan breve que no llegué a acotar nada―, porque la idea es no perder nada sino conservar la constante normal así como la diferencial, es decir, conservarlo todo. Por eso necesitamos también… ¿dónde está? ―Buscó algo en la hoja con la mirada y la punta de la lapicera hasta encontrarlo―. Aquí. Esto. Esto iría al final. De esta manera se estabiliza el patrón completo.
    Cerca de media hora después de que comenzara a hablar, por fin se detuvo. Yo estaba exhausto, y lo único que había hecho era escucharle. Mi cabeza ardía, sentía como si una docena de cencerros sonaran al mismo tiempo con palabras, datos y cifras confusas.
    ―Comprendo ―respondí a la pregunta no formulada.
    ―Perfecto.
    Nos levantamos casi al mismo tiempo, entrechocamos los cuatro puños y nos alejamos en direcciones opuestas con la certeza de que cada uno sabía lo que el otro haría. Solo cuando logré salir de aquel lugar me percaté de que la hoja con todas las notas y explicaciones había quedado sobre le mesa.

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Con esta breve entrada celebramos los 16 años consecutivos de Proyecto Azúcar, así como la entrada N° 1200 del blog.

Volvemos a leernos en marzo.

Saludos,
J.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Divagando al amanecer

Contemplé el vacío una vez más. Esto es peor que contemplar el abismo, porque el abismo tiene, en algún punto, en algún lugar, en algún momento, un límite; del vacío, en cambio, no se puede conocer su extensión ya que por definición carece de final. Así pues, contemplé el vacío sintiendo que mis ojos dolían, que la vista me ardía, que las lágrimas eran el peor ácido corrosivo que conociera a lo largo de mi vida. El sentir tan atroz de semejante contemplación me recordaba el dolor de estar vivo.
    Entre tanto vacío, rodeado por él, acunado en su infinitud, llegué a la conclusión de que la mera existencia es inútil, porque no se puede existir en medio de todo ese vacío en el que ni siquiera tenemos dónde apoyar los pies, dónde dejar que nuestros sentidos ―los conocidos y los aún por conocer― demuestren su utilidad y su valor. Y si los sentidos no nos dan respuesta sobre lo que nos rodea, porque cuanto nos rodea es un vacío sin más, la existencia es inútil ya que no se existe sin sentir, no hay experiencia posible en medio de tanto no ser. Así que, en el vacío, la existencia se torna inútil. Si la existencia es inútil, la vida misma se torna innecesaria. Siendo la vida innecesaria, cualquier cosa que se intente tendrá ese cariz tan similar al fracaso, tan cercano a la muerte para todas las cosas que son, las que llegarán a ser y las que ya han sido. La vida es innecesaria en la inutilidad de la existencia y la infinitud del vacío en el que no habrá diferencia alguna, nunca podrá darse cuenta de si estamos, estaremos o hemos estado.
    No eran solo mis ojos los que dolían en ese momento, el dolor era el seguir con vida ante tanto vacío. Carecía por completo de sentido continuar de esa manera, solo quedaba una única cosa por hacer, como siempre lo había sabido. Era necesario suprimir mi…
    ―Tenés la taza vacía, ¿sabías? ¿Quérés más café?
    La miré acercarse. Sí, la miré, porque su piel morena apenas cubierta por una de mis camisas mal cerrada era algo que debía mirarse más de una vez, al igual que sus ojos, su sonrisa, todo en ella esperaba ser mirado. El aroma de su cuerpo, los rastros del perfume de la noche anterior, el recuerdo fugaz de lo que sucedió después y el del café que inunda la taza que aferro, iluminaron el día. Acarició mi mejilla al pasar junto a mí.
    ―Las mañanas no son lo tuyo ―sonrió como solo a ella viera hacerlo. No sonreía solo con los labios o con una mueca en el rostro, era su cuerpo entero el que sonreía. Pero lo más extraño de todo era sonreía mirándome, a mí. Sonreía conmigo, y aunque seguía sin entenderlo, lo disfrutaba.
    ― Nunca lo fueron ―mi voz ronca, de alguien que recién se despierta, resonó en la diminuta kitchenette―, hasta ahora.
    Intenté sonreír también. No sé si lo habré logrado.

Kitchenette o la excusa perfecta para hacer cada vez más
 pequeños los departamentos (apartamentos o pisos).

domingo, 24 de diciembre de 2023

Yo (no) voy a mentirte

Yo (no) voy a mentirte. Lo digo desde el inicio para ser claro y que si en algún momento del camino tú o yo lo olvidamos, no queden dudas de que en verdad lo dije. Ya lo sabes, yo (no) voy a mentirte.
    Diré muchas cosas, alguna serán ciertas, otras quizá no lo sean. Habrá también media-palabras, cuestiones que no serán ni verdad ni mentira, pero necesarias para sostener otras cosas que diré después, o que tal vez habré dicho antes, y en las que también creeremos. Porque esa es otra parte del problema, yo (no) voy a mentirte, tú vas a creerme y ambos fingiremos que no hay nada de malo en ello. Una obra de arte construida a base de palabras que forman un entramado con una única mentira volverá mentira todas las demás, incluso aquellas que nunca lo fueron, las que no podían serlo. Todo se contaminará, todo se echará a perder, todo se corromperá. Eso es lo que me caracteriza, lo sé muy bien, no puedo dejar de hacerlo ni puedo detenerme.
    No lo dudes, yo (no) voy mentirte incluso cuando (no) quiera hacerlo, y como tú memoria es mejor que la mía, como tu recuerdo de mis palabras será total, verás las incongruencias, verás el error, verás las mentiras. Es posible que al principio (no) quieras creer que son mentiras, pero lo son. Porque ya te lo dije, yo (no) voy a mentirte casi tantas veces como las que diré la verdad. Todo con la idea de que así no genero dolor, pero el dolor se volverá más grande, innegable, imposible de disimular.
    De poder, de querer evitarlo no lo haría. (No) Te mentiría de todas formas, porque es parte de mí, de mi historia, es mi historia, es mi ser. El equilibrio, el balance entre ambas mitades, la verdad y la mentira, me tiene sin cuidado. (No) Miento, y algunas veces (no) me divierto con eso, otras (no) las disfruto tanto, e incluso otras (no) lo aborrezco. Pero las mentiras siguen conmigo.
    Hace tiempo intenté eliminar la mentira de mi vida, me propuse no volver a faltar a la verdad. Todo fue peor. El mundo se volvió hostil, gris, frío como el peor invierno que nunca viviera y ni siquiera era otoño. Imagina un fracaso semejante que desde entonces no volví a proponerme nada similar, nada tan ridículo, tan estúpido y carente de sentido. Al contrario, me hundí más en la mentira, perfeccioné mi falsa sonrisa, esta que aquí te muestro, para que fuera algo más que una simple mueca, volviéndola real para quien la viera y decidiera creer en ella incluso sabiendo que (no) miento, que siempre lo hago. Cuidé mejor mis palabras para que encubrieran con un barniz de verdad la mentira construida sobre otra mentira o alguna mínima verdad, lo mismo daba, la cuestión era ser el único que supiera que lo que decía (no) era una mentira.
    Me propuse lograr que todos creyeran que la mentira era la verdad, porque es mucho más fácil lograr que todos crean que una mentira es una verdad a que una verdad es una mentira. La fuerza de la verdad radica en que creamos en ella, pero en cuanto dejamos de creer se vuelve una mentira. Lo sé, lo puse a prueba varias veces.
    Por eso es que prefiero decirlo desde el comienzo, para que luego no haya sorpresas: (no) voy a mentirte. Y sabes que será para mejor. Para que veas lo sencillo que me resulta, comenzaré ahora mismo.
    ―Hola, ¿cómo estás? Perdón la tardanza, tuve un problema con el auto ―dije cuando me acerqué a tu mesa.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Caída

Esta vez, la caída sería peor, más fuerte, más violenta y, sin dudas, más de lo que podría aguantar. Una caída más para sumar a la lista de caídas estrepitosas en una sucesión de desastres que no tenía fin, ni parecería tenerlo mientras pretendiera seguir adelante con cualquier cosa, sea la que sea y dónde sea.
    La primera de todas, la primera caída, no fue la más dolorosa. Esto es porque, en parte, estaba preparado para algo como eso. Sin embargo, el estar preparado y superarlo sin dificultades son dos cosas diferentes. Hubo dolor y angustia, también hubo un principio de lágrimas mal contenidas que respondían más a la impotencia por haber caído que al golpe recibido. Dolía más el no haberme podido mantener que la caída en sí.
    Luego vinieron otras caídas, en una sucesión prácticamente infinitas. Caídas más grandes, más intensas, que demandaban una recuperación más extensa, con mayor esfuerzo y dificultades para volver a sentirse como se sentía antes de caer, y pensar en seguir adelante. Todo es muy bonito y suena como una historia de superación y basura similar, aunque nada tiene que ver con eso. Nada que ver con nada ni con nadie, ni con esas frases motivacionales que no dicen nada, que no significan nada, que no quedan bien en posters, sobrecitos de azúcar ni en tatuajes ridículos en los antebrazos junto a un infinito mal dibujado. No, no vengan con nada de eso, simplemente era terco e impulsivo.
    Volvería a levantarse, sin importar cuán dolorido hubiera quedado, cuanta sangre hubiera perdido, cuánta de su piel arrastrara por el pavimento, cuántos dientes dejara en el camino. Volvería a levantarse, solo y casi siempre sin ayuda, volvería a levantarse para continuar. Y cuando no podía hacerlo solo porque las heridas eran muchas, porque debía reaprender a mover su cuerpo, porque la rehabilitación era extensa, sabía que en algún momento volvería a quedarse solo, porque solo había comenzado, y solo terminaría. Las caídas ya no eran tantas y todos quieren sentirse útiles ayudando a quien cae, pero nadie atiende a quien continúa adelante. Por eso era lo mejor y lo único que le quedaba, continuar solo.
    Caerse y levantarse (no servía de nada quedarse en el suelo).
    Levantarse y continuar (no servía de nada dejar de hacerlo).
    Continuar y volver a caer (no servía de nada caer, e igual caía).
    Hasta que la caída fuera la peor, la más fuerte y violenta. Hasta que la caída fuera más de lo que pudiera aguantar y fuera, tal vez, la caída definitiva. Tal vez fuera esta caída, la que presentía, la que se volvió innegable cuando la seguridad abandonó su pie y quedó en el aire, haciendo un esfuerzo imposible por mantener el equilibrio sabiendo que un poco más allá lo perdería definitivamente y caería, como tantas otras veces.
    Si después de todo resultaba que esta no era la caída definitiva que esperaba para poner un punto final a lo que fuera que representaban su existencia, tal vez lo fuera la próxima, o la que viniera después de esa, lo mismo daba ya.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Peces de arena

El pez de arena es una de las criaturas más extrañas y sorprendentes, única y casi mítica, de la que, durante siglos, tal vez milenios, solo se tenían noticias en las narraciones de extraviados navegantes, en los restos de las caravanas de comerciantes o en las leyendas que se cuentan por las noches frente al fuego cuando solo las palabras tienen la fuerza suficiente para que la oscuridad retroceda aunque sea solo un poco.
    La ciencia, hija del desvelo y la incredulidad, los destinó al cajón de los mitos. Las características de estas criaturas, descriptas tantas veces y de tantas y diferentes maneras, en nada atraían a esos seres grises, tan adictos al conocimiento de la realidad como otros lo eran al hachís o al opio. No considerándolos reales, nunca le dedicaban algo de su precioso tiempo, prefirieron seguir ajenos a lo que no podían comprender, ciegos aun con los ojos bien abiertos.
    Tal vez gracias a ese olvido es que los peces de arena sobrevivieron durante tanto tiempo en aquellos lugares en los que pocos se internaban, lugares que a nadie atraía. Es así que, el pez de arena florece en los desiertos más áridos, los más secos, los más carentes de valor para los hombres. Allí donde ninguna otra cosa podría ser capaz de vivir, ellos lo hacen. Ignorados, negados, olvidados, convertidos en personajes de relatos fallidos, en dignos representantes de los que nunca se llegó a ser, viven en sus pequeñas colonias siempre iguales, eternos ante la mirada fugaz del hombre desinteresado. Las dudas se multiplican: cómo esos peces pueden nadar en la arena, qué comen, cómo viven, qué respiran, en qué creen, cuáles eran sus ritos de apareamiento, por qué dan esos saltos tan dramáticamente acrobáticos por fuera de la arena para esquivar las rocas más persistentes arriesgándose a quedar expuestos al sol y morir calcinados o en el frío atroz de la noche y morir congelados.
    Sus costumbres no tienen ningún sentido, viven, sin más, siendo lo que siempre han sido, siendo lo que siempre serán, lo que no podrán dejar de ser. Lo más sorprendente de estos pequeños y extraños animales es que todo aquello que las personas pudiera decir sobre ellos, cuestionando su realidad o señalando su pertenencia al mundo de la ficción, debatiendo si eran fruto de la más fecunda imaginación o de la más estéril enfermedad, los tenía sin cuidados, no les afectaba. Porque así como lo habían sido para la primera palabra que alguna vez se fijara en ellos, eran simples y magníficos peces de arena y no querían ser nada más.