Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 27 de noviembre de 2016

Interrupción

Llegaba tarde al trabajo, otra vez, la tercera vez en las últimas dos semanas, sabiendo muy bien lo que eso significaba; por lo que intenté cruzar corriendo la avenida para legar al ómnibus que debía tomar, pero el semáforo me detuvo. El semáforo y la cantidad de gente que se amontaba a mí alrededor.
            El cómo llegó el folleto a mi manos resulta difícil de recordar. Sólo sé mientras cruzaba finalmente hacia la acera contraria lo descubrí en mi mano.
            Pensé en tirarlo de inmediato, pero sin ningún cesto de residuo a la vista le di una segunda mirada. Tenía demasiado texto para ser una simple publicidad. Tal vez hubiera algo más.
            La caligrafía no era muy buena, tampoco la copia al carbónico, pero a pesar de tales dificultades, algo de tanto palabrerío podría comprenderse. Decía más o menos así:

El universo es sencillo, la vida te complicas tú por ti mismo. Pensarás que esto se trata de un ataque a tus convicciones, a tu forma de hacer las cosas, a tus sentimientos. Pero no lo es. Únicamente pido que te detengas y lo pienses unos instantes. Si es que quieres hacerlo (aunque deberías).
            El universo es sencillo, sólo posee cuatro fuerzas que lo gobiernan, que lo conducen, que organizan su existir; cuatro fuerzas y sus combinaciones, que tampoco son tantas. Piensa en qué es lo que controla tu vida. La respuesta no será que tú la controlas; eso se trata de una mera apariencia, una fantasía, que se nos obliga a creer y que, de no ser así, de todos modos aceptaríamos gustosamente.
            Eres tú quien se complica la vida al tener en cuenta una infinidad de factores extra, más allá de los fundamentales para sobrevivir; así como una miríada de cuestionamientos hacia ti mismo. Situación que, como no podría ser de otro modo, socavan cualquier verdadera convicción. Ante tal situación los problemas, reales e imaginarios, nunca acaban de surgir; comienzas a solucionar uno que ya ha surgido otro para ocupar su lugar. Seguro lo has notado.
            Sonará fatalista, pero lo aceptamos sin preguntarnos y, aún haciéndolo, dejamos que suceda, que el tiempo transcurra, que la vida se consuma sin percatarnos de que es tarde hasta que, efectivamente, lo es. Esperamos a que todo acontezca de un modo determinado, pero nada hacemos para que así sea; el esfuerzo siempre aparenta ser demasiado.
            Tu vida es gobernada por otros; al igual que la mía, la de él o la de ella, atadas a los designios de otros. Con cadenas que nosotros mismos hemos ayudado a construir; cadenas que en contadas ocasiones resultan visibles, porque la mayoría de ellas no son reales, sino que son, apenas, ficción.
            ¿Cómo se lucha contra la ficción sino es con más ficción?
¿Cómo se cambia la realidad sino desde la misma realidad?
            El universo jamás dejará de ser sencillo, en lo más profundo de su razón se encuentra el ser de ese modo. Tal vez algún día, en el futuro cercano, o uno no muy lejano, podamos decir lo mismo de cada uno de nosotros.
            Si lo logras, si eres capaz de volverte tan sencillo como el universo mismo, enséñale a todos los demás, a nosotros, a ella, y a él, cómo hacerlo.
            Por favor, así lo espero.
  
Perdí otros dos ómnibus descifrando la letra.
            Ya era demasiado tarde. Tampoco valía mucho la pena correr.
            Sin embargo, acabé llegando a la oficina. ¿Qué más podía hacer?

domingo, 13 de noviembre de 2016

El peor de los azotes

He vivido, sin grandes problemas ni sobresaltos, la mayor parte de mi vida adulta en soledad. Es cierto que habito en una casa grande, enorme dirán otros, que podría albergar a una familia numerosa, si así me lo propusiera. Pero, salvo contadas visitas ocasionales para subsanar naturales apetencias, esa soledad, de la cual no me arrepiento, continuó siendo mi predilección. Somos seres gregarios, lo sé, pero a veces debemos ser nosotros mismos.
            Y fui yo mismo por mucho tiempo. Pero, como sucede siempre que la paz y algo que podría llamarse felicidad, nos rodea, las condiciones cambiaron. Y si era feliz y me encontraba en paz conmigo mismo, difícil resulta argumentar que ese cambio haya sido, en modo alguno, para mejor. Sino, más bien, y como no podía ser de otro modo, lo contario.
            Un leve crujir en las maderas del suelo, en el piso inferir de la casa mientras me encontraba ocupado en mis quehaceres, fue la primera señal. Golpes sordos, apagados, como cosas que caían sobre las viejas alfombras de las habitaciones, le siguieron a los pocos días. Restos de comida donde antes no había nada y olores rancios y nauseabundos que cambiaban el aire siempre húmedo de la casa, se sumaron más tarde. Detalles que, luego de semanas de encontrarlos en todo momento, dejaron de ser hechos aislados convirtiéndose en algo habitual interrumpiendo mi existencia.
El miedo que me producía en encontrar con estos cambios me llevó a dejar de vagar libremente por la casa; dudaba de cuanto veía y escuchaba. Permanecía durante horas en un mismo lugar asegurándome que todo permanecía en silencio y en la más perfecta quietud, antes de ir de un lugar a otro. Limitaba mis paseos por la casa previendo cualquier situación problemática que prefería evitar.
            Imposible negar que mi vida estaba cambiando. Los ruidos, los roces sobre el yeso de las paredes, pasos pequeños, cortos pero rápidos en las habitaciones que esperaba encontrar vacías, lograban hacer que mis nervios se encontraran siempre a flor de piel. De aquella tranquilidad a la que me encontraba habituado apenas quedaba el recuerdo; continuar viviendo en semejante situación se volvía intolerable. Me sentía cada día más rodeado, más cercado por los ruidos, por las presencias que se intuían pero nunca se dejaban ver. Sabía que allí estaban, se hacían notar, durante el día y, para peor, también durante la noche.
            Había perdido mi hogar. Lo supe desde el primer día, desde el primer crujir de las maderas; es solo que me negaba a aceptarlo, como cualquiera se negaría a aceptar una derrota sin haber presentado antes batalla. Sabía que cualquier cosa que intentara sería por demás inútil; la casa estaba infectada, desde los sótanos hasta la buhardilla en la que tanto me gustaba contemplar el atardecer.
            La casa había dejado de pertenecerme, debía irme, alejarme y buscar otro lugar donde pasar mis últimos años. Sabido es que siempre es mejor poner la mayor distancia posible entre alguien tan pequeño y solitario como yo y esa plaga tan terrible que ahora ocupaban mi antiguo hogar, dejándoselos de ahora en más a ellos, a los humanos.

domingo, 30 de octubre de 2016

El Fabulante

—Es peligroso mirarte a los ojos —dijiste luego del largo, y pretendidamente eterno, atardecer, mientras la noche avanzaba ocultando las estrellas—. Quizá mi cordura no lo resista.
            Sonreí sin entender, sin intentar comprender de lo que hablabas. Sonreí. Creía que de ese modo sería más fácil proponerte algunas de las miles de ideas en las que pensaba sin utilizar las tan gastadas palabras de siempre. Un gesto, o cualquier otra cosa, podría ser más que suficiente. Claro que no podía saberlo si haberlo hablado antes.
            Tarde acabé percatándome que, esa frase, que simulaba tanto azar, formaba parte de un cálculo sumamente complejo, encontrándose dentro de un plan tan maestro como siniestro del cual ambos formábamos parte. Un plan por el cual pretendías hacerme creer que era quien tomaba las decisiones cuando, en verdad, en todas las cuestiones siempre contaba con tu aprobación o tu rechazo; tácito, implícito, directo o por aproximación, lo mismo daba. Nada de cuanto sucedía escapaba a tu control. Incluso los más minúsculos detalles estaban calculados.
            Ni siquiera mis propias palabras eran, lo sé ahora, mías.
            Lo demás, todo lo demás (y cuando digo todo lo demás me refiero, precisamente, a todo lo demás) llegó luego de ese primer encuentro en que pronunciaste las palabras exactas para llevarme a pensar que era posible, que podría convertirse en realidad. Lograste que creyera que éramos capaces de construir un universo nuevo, único e irrepetible; sin uso, y sólo para nosotros. ¿O era consumir? Los verbos, la mayor parte del tiempo, se me confunden.
            Claro que, para ese entonces, era tarde. Nada tenía que ver el que tu cordura hubiera sido incapaz de resistir a mis ojos, sino que, bien al contrario, eran mis ojos los que se habían perdido en tu locura. Tal vez para siempre, si es que tal cosa existe, claro.

martes, 18 de octubre de 2016

Una cuestión de límites

Podría comenzar diciendo esto mismo de alguna otra manera, pero lo cierto es que en este instante la manera ideal de hacerlo escapa de mis posibilidades. Ese es, también, uno de los límites a los que pretendo hacer referencias.
Cada uno de nosotros se encuentra limitado, no sólo social, económica y políticamente (por no mencionar las limitaciones culturales, claro), sino de un modo mucho más orgánico, por denominarle de algún modo. Límites insalvables como las piedras en el camino para vehículos con mala tracción, como una corriente en la dirección contraria para un barco a vela, y alguna otra metáfora que ni siquiera quiero pensar. Límites que nos demuestran que hay cosas, hechos, formas, situaciones, para las cuales el hombre no está, ni estará preparado.
Pero lo que el común de las personas desconoce es que los límites existen de a pares, a cada uno le corresponde su contrapartida. Si quisiera realizar una comparación que solamente tuviera en cuenta el aspecto físico externo del objeto y no la filosofía que le dio lugar a dicha idea, diría que los límites son como en yin y el yang. De este modo lo entenderían aunque no sabrían muy bien explicar por qué.
Años de investigaciones rebuscando en colecciones documentales antiguas, esos trastos que solían llamarse libros; años de consultas con los sabios de las ciencias alquímicas del dolor y el sabor, me han llevado a la conclusión de que solamente hay una mínima serie de pares de límites que son realmente los más importantes. Los que más afectan nuestra existencia son solamente siete. Claro que también existen límites secundarios, que son como los preavisos de dos semanas antes de los despidos, o el hambre, o la intensa sensación de malestar cuando suena un tema de reggaeton por cualquier medio de reproducción disponible, pero no son ni de cerca tan brutales como los siete límites capitales.
Ellos son:
El Cansancio y el Descanso (cuyo exceso resulta evidentemente mortal).
            La Ignorancia y la bienintencionada Sabiduría (siempre por partes iguales).
El Dolor, tanto como el Placer (aunque la mayoría de las veces se los confunda).
El Miedo, junto con el innecesario Valor (no podría ser de otro modo).
            El Error y el inesperado Acierto (que nos lleva a creer en nosotros mismos).
            El Amor y el Odio más acérrimo (usualmente mal dirigido en ambos casos).
            La Muerte y la Vida, como no podía ser de otro modo, si es que saben entender.
            Esto solamente para no pensar en las infinitas posibilidades de combinaciones (que no son infinitas pero suena muy bien al decirlo en voz alta), cuando estas parejas intercambian uno de sus componente por el de alguna de las otras. Casi que se parece demasiado a un espejo de la vida real, solo que no lo es.
            La cuestión de los límites es que, en definitiva, sin ellos no seríamos ilimitados, como la mayoría de los imprudentes e insensatos tienden a creer. Al contrario, formaríamos parte de ese conjunto de seres inconcientes de sí mismos que pululan por las ciudades con forma de humanos pero que, mirándolos directamente al reflejo de sus ojos sobre las pantallas de sus celulares, nos percatamos de que no son más que cáscaras vacías.
            Los límites están ahí, la cuestión no sería tanto como escaparse de ellos, sino encontrar la forma de correrlos, cada día, un poco más lejos, un poco más allá, hacia los lugares esos donde todavía no hemos llegado. Ese es el gran reto de la existencia.
           Claro que nadie dice que sea fácil lograrlo.

domingo, 2 de octubre de 2016

Ven conmigo

— Vamos, ven conmigo.
Por cierto que si tuviera que aseverar que esas hayan sido sus exactas palabras, dudaría de la autenticidad del recuerdo.
            El silencio resultaba abrumador en su inmensidad. Algo que nadie imaginaría en medio de una ciudad tan grande como en la que nos encontramos; pero, al mismo tiempo, tan desolada, al menos a esa hora de la noche. Y, aún cuando parezca que intento justificar mis supuestas acciones, nunca podría hacerlo porque ni siquiera tengo muy en claro de lo que se me acusa. Tal vez si conociera todos los hechos, cómo se supone que dicen ustedes que han sucedido, o lo que han podido reconstruir según las pruebas que han recabado, quizás entonces mi memoria comenzaría a funcionar de otro modo.
            Si, he leído las crónicas publicadas en los periódicos que han permitido que cayeran en mis manos. Pero ignoro los detalles que ustedes ansían conocer. Eso si tiene veracidad lo que me dicen acerca de mi participación en tales rituales… ¿cómo era la palabra que utilizaron para calificarlos? Ah, si, oculistas… No, no, no, perdón, ocultistas. Palabra que me era por completo desconocida hasta el momento en que ustedes la mencionaran ante mí.
            El que haya sido encontrado en medio del monte, cubierto de sangre de no sé quien, como ustedes dicen, quizá de humano, quizá de animal, quizá solamente pintura, ya que no lo recuerdo, nada evidencia. Bien podría haberse producido alguna clase de accidente. Porque no tengo nada que ver con la media docena de cadáveres desmembrados que pretenden endilgarme en un juicio tan amañado como el presente.
            En mi vida he sabido siquiera deshuesar un pollo, y ustedes dicen que he hecho cosas aberrantes a esas personas, las identificadas y las aún desconocidas. El cuchillo podrá tener mis huellas digitales, pero, repito, nada tengo que ver con ello. Pude haberlo encontrado en algún momento de la noche y lo tomé para que no quedara perdido en medio de la maleza; pudo habérmelo dado otra persona que no, no sé quién será porque carezco de recuerdos de esa noche. La frase que escuchara en medio del silencio de la ciudad es el límite de mi memoria.
            Porque, después de todo, lo único que hice fue responder una invitación, por completo inesperada, es cierto, ¿pero como rechazar una propuesta pronunciada con la voz grave y profunda de Narciso Ibáñez Menta proveniente de un gato callejero que nos mira con fruición? Díganmelo ustedes, ¿podrían rechazarla?