Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 26 de septiembre de 2020

Crónicas Charrúas # 11

La terminal de ómnibus de Montevideo, Las Tres Cruces, no tiene nada que envidiarle a ninguna de las terminales de Buenos Aires. A la inversa, todas las terminales de ómnibus de Buenos Aires podrían tratar de parecerse en algo de todo lo que les falta y que aquí se encuentra en demasía. Por ejemplo, los baños, en cantidad suficiente y con la limpieza necesaria para el caudal de gente que pasa por aquí durante la mayor parte del día. Luego vienen los negocios, de todo tipo, color, tamaño y posibilidades; porque la terminal es, al mismo tiempo, un centro comercial pensado para esos momentos. Por ello es que se consigue allí lo que quieras, lo que te hayas olvidado para tu viaje (y sí, incluso eso). Aunque las comparaciones resultan odiosas, más que nada para quien termina perdiendo en las mismas, y como tampoco era cuestión de entrar en conflictos innecesarios, me dediqué a observar qué era lo que resultaba más sorprendente de cuanto allí se encontraba. 
     Me llevó un tiempo, porque había mucho entre lo que elegir, pero a pesar de la demora, logré decidirme. Lo que más sorprendía era la gente en sí misma. Porque si bien no es cierto eso que se dice que los uruguayos sonríen todo el tiempo, tampoco se pasan el día con esa cara de seriedad que parece una máscara pero que se convirtió en el rostro habitual de las personas allá, del otro lado del río —muchos dicen que parecen muertos que caminan, y no se alejan mucho de la realidad con esa definición. 
     La chica de la oficina de información turística, a la que pedí un mapa de la ciudad para no perderme como la vez anterior, no necesitaba sonreír fingidamente para demostrar cordialidad. Lo único que hizo fue extender su mano, con un mapa balanceándose en la punta de sus dedos de uñas recién pintadas y decirme: 
     —Bienvenido a Montevideo. Que disfrute su estadía. 
     Y ya estaba convencido de que algo bueno podía salir de ese viaje. Algo muy bueno. Aunque no sabía qué sería intuía que no sería solamente el aprender a balancear el termo bajo el brazo cebando un mate mientras caminaba, sino que sería algo un tanto diferente.

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En el número 55 de la revista digital El Narratorio pueden encontrar el relato Diluvio

En la revista digital Culturel de El Salvador, pueden leer el relato La pesadez del Letargo. 

Pueden pasar a leerlos cuando gusten. 

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domingo, 13 de septiembre de 2020

Como Siempre

Se detuvo en la esquina del bloque al que pertenecía su cubículo habitacional. Semáforo alguno le impedía el paso, tan sólo quería preparase. Miró la hora en su reloj pulsera, un recuerdo de su abuelo, tenía tiempo de sobra. 
    Apoyó el portafolio, otro recuerdo, esta vez de su padre, en la vereda y se frotó el cuello con una mano mientras lo giraba haciéndolo sonar. Movimiento incómodo con el saco puesto, pero que se sentía muy bien el poder hacerlo. El saco era suyo, lo había mandado a hacer a medida y con esa tela a la moda que repele la suciedad. 
    Luego pasó a sus manos. Hizo sonar cada uno de sus dedos hacia adentro, hacia la palma, y luego hacia afuera, hacia el dorso. Esto lo había aprendido en sus clases de masajes tántricos, y se sentía tan exquisito al hacerlo. 
    De las manos pasó a la espalda, la cual enderezó lo mejor que podía y a pesar de la ropa que llevaba puesta —todo el mundo sabe que para erguir debidamente la espalda lo mejor es estar desnudo, pero no podía desnudarse allí. Pero… ¿No podía o no quería? —. Rotó los hombros varias veces para descomprimir la tensión acumulada en ellos como se indicaba que debía hacerse antes de comenzar cualquier tarea. 
    Luego vino la cadera, la cual también rotó, más levemente por las dudas, pero cumplió su cometido. La articulación de su pierna derecha sonó como siempre lo hacía, acomodándose en el lugar correcto. Le siguieron las rodillas, en clara descendente sucesión. Los tobillos llegaron después, justo antes que los dedos de los pies que, a pesar de estar encerrados en el cuero de los zapatos, lograron sonar. 
    Ahora estaba listo. 
    Se colgó el portafolio en el pecho con las correas de cuero que este tenía para hacer eso mismo, se inclinó hasta tomar los tobillos con las manos hasta quedar en una incómoda posición cuasi-fetal, miró hacia uno y otro lado de la calle y haciéndose una bola comenzó a girar sobre sí mismo. 
    Si tomaba la subida a la autopista en la siguiente calle llegaría a la oficina, como siempre, con el tiempo suficiente para tomarse un café.

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En la revista digital Masticadores de América (EE.UU.), se publicó el cuento La pesadez del letargo. Pueden pasar a leerlo cuando gusten. 

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sábado, 5 de septiembre de 2020

Elogio del odio

Aunque cueste trabajo aceptarlo, el odio es el mayor motor de la historia de la humanidad. Lo sé, y podemos estar seguros de ello —al menos yo lo estoy— porque no hay nada después de la muerte. Es, entonces, en respuesta a esa nada que encontramos del otro lado de la vida que es el odio, y no el amor, el motor de la historia.

Todo se reduce, pues, a ese sentimiento específico. Esto sin caer es la tontería  del jardín de infantes de que los que se pelean se aman, ni su adaptación para los adultos de que los que aman, odian. Es algo tan diferente que no hace más que chocar contra el punto de vista en el que nos acostumbramos a creer. Porque desde que nacemos no dejamos de repetir la absurda idea de que sólo el amor salvará el mundo. Ya lo dice esa canción de la década de 1980 que conocemos muy bien: El amor nos destrozará. En cambio, el odio nos permitirá vivir.

Pero si algo ha de salvarnos, eso será el odio.

Lo hará porque ha sido el odio lo que provocara los mayores cambios, las revoluciones y los avances más importantes de la humanidad. Un odio que luego se disimula de cualquier otro color, con el nombre del sentimiento más a la mano en el instante posterior a que hemos realizado nuestras acciones.

Claramente nadie quiere decir que inventó una vacuna para curar una enfermedad determinada porque odia a la humanidad y quiere verla sufrir durante más tiempo; dirá que lo hace para salvar a las niñas y los niños pobres que mueren a causa de una enfermedad que debería haberse erradico hace siglos. La misma enfermedad en la que nadie se preocupó por encontrarle una cura porque servía para otros fines tan egoístas como altruistas.

Cualquier ejemplo similar, así como otros no tanto, puede demostrarse como el fruto verdadero del odio más visceral que encierra el ser humano en su interior.

Parece una lógica retorcida y tendenciosa. ¿Pero qué lógica no lo es?

Nos enseñan a hacer la paz, para no tener que usar la guerra en nuestra contra. Pero la paz duradera sólo se logra a través de la guerra. La conclusión evidente en todo esto es que amor es un sinónimo más guerra. El Ministerio de la Paz se ocupa de la guerra, el Ministerio del Amor, del Odio. Seguro lo has escuchado, o leído, antes.

Nos enseñan a aceptar que todo lo que nos pasa es por una razón, y no por culpa de que una lógica igualmente retorcida. Ocultan una verdad que nadie podría creer, porque es más fácil creer en el amor como potencia creadora que en el odio. ¿Cómo puede crearse a partir del odio si el odio todo lo destruye?, dicen. Y lo aceptan como una más de las ideas absurdas que he tenido.

Absurda o no, el que el odio resulte ser el motor de la historia universal de la humanidad podría ser la mayor de las ironías del universo. Algo oculto a simple vista y al alcance de quien quisiera reconocerlo pero que, cuando se lo mira de manera directa, sólo es posible distinguirlo como su opuesto, no el odio, no la posibilidad de continuar adelante, sino el amor y la posibilidad de la inevitable destrucción.

Teniendo a la muerte como algo único, absoluto e innegable al final de la vida, me resulta más sencillo creer en un universo irónico de por sí que en uno pletórico de amor. En eso como en cualquier otra cosa.

He dudado de muchas cosas a lo largo de mi existencia, pero no dudo en que la cuestión del odio debería formar parte ineludible de cualquier proyecto que pretendamos encarar. O de lo que pretendamos dejar atrás aunque, en estos casos, no siempre resulta tan relevante.

Este elogio era necesario para que comprendieras, de una vez y para siempre, que nunca desperdiciaría algo tan valioso como el odio en alguien que nunca creyó en mis palabras ni en mis teorías como lo has hecho tú. A ti tan sólo te deseo el olvido y nada más.

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La revista La máquina combinatoria, de Ecuador, publicó el artículo Olaf Stapledon: creador de universos 

La Revista Digital Íkaro, de Costa Rica, publicó el relato Vientre Perfecto.

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sábado, 29 de agosto de 2020

La cabaña inclinada


Inesperadamente, pero por suerte, me topé con la cabaña en medio de la niebla.
            Parecía haber sido construida deliberadamente en falsa escuadra, o tal vez fuera que una parte del terreno comenzaba a hundirse bajo su peso. La pequeña ventana en el primer piso, extrañamente colocada a cuarenta y cinco grados y casi siguiendo la línea del techo, reforzaba la ilusión de que toda la construcción estaba inclinada.
            Si bien podría haberme preguntado antes cómo era posible que la construcción hubiera sobrevivido al constante bombardeo enemigo, la perspectiva de dormir bajo techo, al menos una noche, resultaban más que tentadora. No sólo mis piernas y mi espalda podrían descansar luego de horas de cabalgata sino que también lo haría mi montura, que comenzaba a dar señales de cansancio. Aunque no distinguía un establo en las proximidades donde desajustar sus correas para que descansara con mayor comodidad, ni parecía haber nada allí que pudiera servirle de alimento. El no tener que soportar mi peso sería, de por sí, un alivio.
            Desmonté y me acerqué a la cabaña. Miré al cielo antes de ingresar, pero era incapaz de saber si era la noche cerrada, el atardecer o el amanecer lo que se encontraban del otro lado de la niebla. Antes de seguir amarré al caballo a una estaca con la que estuve a punto de chocar.
            Para mi sorpresa, la puerta estaba abierta de par en par. El interior se veía revuelto y desordenado. Parte de los muebles parecían haber ardido y si las paredes se habían salvado era solo por la humedad del lugar. No quedaba un vidrio sano en las ventanas, y la oscuridad del interior era total.
            Llamé en voz alta a quienes se encontraran en el interior sabiendo que no habría nadie y que allí no tendría reposo ni un plato de comida para calentar mi cuerpo. La idea de dormir entre tanta humedad tampoco resultaba alentadora. Sin embargo, me aventuré a ingresar.
            Mis ojos demoraron más de la cuenta en acostumbrarse a aquella penumbra apenas diferente a la que me acompañaba en el exterior. Di unos pocos pasos tanteando con los pies y con las manos atendiendo a que los míos eran los únicos movimientos, y los únicos sonidos.
            —Hola —llamé una vez más para cerciorarme de lo que ya sabía. Ni el aleteo de un pájaro asustado, ni el corretear de una rata escabulléndose entre los tirantes del techo, quebraron el silencio interior. Nada.
            Una mesa, tan torcida como el resto de la casa, ocupaba un rincón de la habitación en la que acababa de entrar. Por alguna razón no había ardido con el fuego que consumiera algunas tablas del suelo. Tal vez el fuego comenzara en otro sitio, o tal vez fuera intencional. Difícil saberlo sin una luz que iluminara la cabaña, sin un día de pleno sol como los de antaño.
            Poco había para ver. El hueco de una puerta ausente que parecía una boca atrapada en un bostezo sin final; una escalera que se veía en el extremo opuesto de la otra habitación; e, inesperadamente, en uno de los rincones en el que se adivinaba la existencia de un antiguo hogar, junto con los restos de un caldero de cobre partido por la mitad: una mujer.
            Su sombra al menos.
            Silenciosa, en cuclillas, mirando el caldero, o las cenizas de antiguos fuegos, o la nada más allá de todo eso.
            —Disculpe mi impertinencia, señora —dije al verla—. No pretendía ingresar en su casa de esta manera. Llamé y nadie me respondió.
            Tampoco entonces respondió. Tampoco me miró, permaneció allí, en silencio y sin moverse. N siquiera parecía respirar.
            —¿Se encuentra bien, señora? —pregunté—. ¿Qué hace aquí, en medio del páramo, sola? ¿Por qué no enciende el fuego? ¿Tiene algo para comer?
            Ante cada palabra me acercaba más a ella imperceptiblemente. Quería verla, saber si era una mujer joven o una anciana. Sus ropas, claramente femeninas, no me permitían darme cuenta de ello y, por alguna razón, en ese momento, era lo único que me importaba.
            Extendí mi mano hacia ella al tiempo que escuchaba piafar al caballo, pero no era momento de ir a ver de qué se trataba. De seguro se trataba de la habitual llovizna que caía entre la niebla lo que le molestaba.
            —¿Señora? —Repetí al rozarle el hombro.
            El mínimo punto en que llegué a tocarla, seguido por el resto del brazo, la cabeza, el torso y el cuerpo entero de la mujer, se deshicieron ante mis ojos como si no fueran más que cenizas. Las telas de sus ropas, sus cabellos, todo lo que había visto a su alrededor perdió por completo su forma.
            Sin dejar de mirar atrás salí de la cabaña cuando el sol finalmente quebró el manto de nubes y sus rayos inundaron brevemente el páramo.
            Algo brilló en el interior reflejando un perdido rayo de aquel sol y llamando mi atención. Era uno de los fragmentos del caldero de cobre que viera antes y que, ahora, ante esa luz, comprendía lo que significaba aquella cabaña abandonada, los restos de antiguos fuegos y la humedad impregnándolo todo.
            Monté una vez más y, al galope, me alejé de aquel extraño lugar mirando como la huella de hollín en mis dedos no desaparecía a pesar de intentar una y otra vez limpiarla. Una y otra vez.



domingo, 23 de agosto de 2020

Ciénagas


Primero deben comprender cuál es el error por el cual me encuentro aquí. Porque el que aquí me encuentre no es más que eso, un error. No tengo dudas. Comprenderán mejor mi situación al conocer el fundamento de mi pensamiento, me refiero, claro, a la concepción de la ciénaga. Como sé que no saben de lo que hablo, tendré que explicárselos.
La idea es que vivimos en una ciénaga de la que no podemos salir. El pretender hacerlo, el pretender salir de la ciénaga cotidiana conduce a descubrir que esa supuesta salida no era tal cosa, sino que nuestra realidad es meramente una pequeña ciénaga dentro de una ciénaga apenas un poco más grande.
Pongamos por el caso de que la primera ciénaga, la más pequeña de todas, sea nuestra individualidad. Al pretender salir de ella nos encontramos con la ciénaga de la vida familiar. La que le sigue a esa será la ciénaga de la vida cotidiana, el mal llamado trabajado dignificador. Luego vendrá la comunidad que nos rodea y que pretende darle sentido a lo anterior. Luego la ciénaga de la sociedad que rodea a esa comunidad, que la contiene y limita, a la que también podemos llamar país, región, provincia, autonomía, ciudad estado, imperio, reino hereditario, monarquía parlamenta o absoluta. Y así sucesivamente.
Las ciénagas concéntricas se extienden una después de la otra sin que nos demos cuenta, hasta que el mundo mismo no resulta ser más que una gran ciénaga imposible de identificar como tal.
Fui el primero que postuló la teoría de las ciénagas concéntricas. El primero en hablar de un mundo colorido y lleno de vida, pero no para nosotros. Quien dijo que nos encontrábamos en este mundo de manera casual, esperando sin saber muy bien qué, ni cuándo llegaría eso que ignorábamos que estábamos esperando. Mis ideas eran el reconocimiento de una desesperación casi absoluta. Pero, aún así, a pesar de ese estado de desesperación, era mucho mejor que aquello que vino después.
            Es una falsa interpretación de mis palabras lo que dicen aquellos que creen que me refería a las penas producidas por haber descubierto que el café que me preparara en una mañana de invierno inevitablemente se había enfriado mientras contemplaba alguna otra cosa por una ocasional ventana. Jamás postulé la posibilidad de que para salir de la ciénaga era necesario rellenar ese espacio, ya fuera con la nada misma, con conocimiento, con actividades diversas, ni con cursos a distancia de cocina oriental. Todo esto es falso porque quienes me conocen saben que por las mañana prefiero otras infusiones y que nunca me gustó el café.
Por otro lado, por más que se intentemos llenar el vacío, este nunca se saciará, ni siquiera después de la muerte de toda la vida —sin entrar en detalle de si me refiero a la vida que se define como inteligente o a esa otra vida también posible—. Por lo que pretender colmatarlo como si se tratara de un mero terreno desnivelado y lleno de agua estancada es simple y pura ignorancia. Pretender algo semejante solamente conduce a la frustración, temática a la que nunca dediqué siquiera un minuto de mí atención ya que la considero el estado normal del alma.
            Atendiendo a estas cuestiones les será posible comprender lo que pretendía lograr acercándome a las personas que aguardaban pacientemente la llegada del tren en aquel luminoso andén de una tarde de primavera.
            Al acercarme al primero de ellos pregunté, sin siquiera presentarme, porque no era eso lo importante:
            —¿Qué harás el día en que descubras que siempre has sido una marioneta de ti mismo?
            Pregunté luego sin mirar a nadie en particular:
            —¿Quién decidió que nos hiciéramos cargo de la creación?
            Comenzando a caminar por el andén pregunte:
            —¿Qué es lo que hace humanos a los humanos?
            Continué lanzando al aire cuestiones similares, en un volumen apenas audible para aquellos que no llevaban los oídos taponados:
—No somos más que la peor versión posible de nosotros mismos. Y lo sabes.
Intentamos mejorar, pero todo acaba, siempre, en fracaso. Como tu.
Estoy haciendo todo lo contrario a lo que se supone que aprendí durante años porque en verdad nunca supe qué hacer conmigo mismo. ¿Tu sí?
—Presente, futuro y pasado son sólo percepciones de una misma cosa, el devenir hacia la nada. Y sólo la muerte es segura.
—Vivir es construir castillos en el aire y descubrir que apenas son nubes que se deshacen ante la menor brisa. Como los anhelos de la infancia.
Y la que era mi favorita y que durante meses medité si tatuármela en alguna parte de mi sagrado cuerpo:
—Tememos tanto a la soledad que preferimos morir antes que aprender a aceptarla.
            Eso, y sólo eso, fue cuando hice. Preguntas al azar, palabras al aire, frases sin un destinatario. Como puede verse con claridad en cada uno de los videos de seguridad de la zona, a nadie empujaron mis manos a las vías cuando el tren de alta velocidad se acercaba a la estación.
Los que eligieron saltar lo hicieron por propia voluntad, es un intento por escapar ala ciénaga diaria y hacia una ciénaga superior. No tengo dudas de ello.
Ni remordimientos.

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En el número 54 de la revista digital El Narratorio, pueden leer el relato El peor de los azotes.

En el número 2 de la Revista Literaria Almicidio (México), pueden leer el relato Jaime, el mataautores.

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