lunes, 26 de enero de 2015

Los edificios sólo son metafóricos

Los edificios que ocultan el sol nunca dejaron de crecer, dejando únicamente el espacio suficiente para que el frío se cuele entre ellos y se oscurezca la ciudad. Nunca se detuvieron. Cada vez más altos y más altivos desafiando al cielo, a la inmensidad del universo y a mi pequeñez.
            Ni el amanecer ni el atardecer fluyen entre ellos; sólo el pleno mediodía o la enigmática medianoche rompen su dominio. Poco más escapa de sus sombras.
            Minúsculas hormigas, que supieron ser líderes de hombres y ejércitos terribles, pululan a sus pies. Nadie sabe cómo, pero los edificios continúan creciendo. Ocultan el cielo, nos obligan a doblar nuestros cuellos para poder ver algo diferente a ellos.
            Pero nada es lo que puede verse luego de que se decidiera que el cielo es sólo una palabra hueca en la que ningún sentido queda.
            Nadie quiere ser la hormiga, aunque haya que trabajar. Todos ansían ser leones, feroces, altivos como los mismos edificios que perforan las nubes e ignoran la tierra, ignoran al hombre.
            Ignoran cuáles son sus orígenes, sus cimientos.
            O si los mismos son capaces de resistir su constante crecimiento.
            Hay quienes dicen que el viento que nos llega como frías caricias de dolor, son los alaridos de muerte de esos edificios que se ignoran a sí mismos y se desploman sobre sus pies de barro.
            Que lo que atrona no son tormentas cercanas, sino los escombros que, una vez que comienzan, ya no dejan de caer y caer, hasta el infinito y, quizá, un poco más allá también.

miércoles, 21 de enero de 2015

El por qué de la antropofagia

Justificaciones para comernos los unos a los otros:

Al enemigo, para adquirir sus fuerzas.
Al sabio, para poseer sus conocimientos.
A las hermosas, por su belleza superficial.
A los niños, para recuperar la inocencia.
A los religiosos, para que ya no engañen.
A los políticos, para acabar con sus mentiras.
A los héroes, por su coraje.
Al león, por su melena.
A los deportistas, porque tienen la fama.
A las estrellas de cine, porque poseen fortunas.
A los enfermos, para aliviar su dolor.
A los sanos, por su fortaleza.
A los periodistas, porque hieren con las palabras.
A los necios, por su terquedad.
A los crédulos, por su ignorancia.
A los ignorados, porque saben desaparecer.
A los bien amados, porque conocen el placer.
A los desesperados, por su energía.
A los iluminados, para saber qué es lo que ven.
A los ciegos, para conocer la oscuridad.
A los solitarios, para hacerles compañía.
A los que siempre sonríen, para exponer sus miserias.
A los que cantan sin desafinar, para aprender a hacerlo.
A los que saben muchas cosas, para ignorar muchas otras.
A los vendedores ambulantes, para conocer todos los caminos.
A los que se odian a sí mismos, para comprenderlos.
A los que se aman, porque son un misterio.
A mí mismo, porque me desconozco frente al espejo.
Y un antiácido, para cuidarme el estómago.

viernes, 16 de enero de 2015

Tempus Fugit

Años de preparación nos llevó organizarlo todo. Sería un viaje extenso y fructífero. Por eso calculábamos hasta el último segundo, hasta el último centavo y todo nuestro aliento invertido en él. Principalmente porque nada debía de salir mal ya que, de hacerlo, sería un fracaso total de nuestra parte. Algo demasiado dramático a lo que sobrevivir. Algo a lo que mejor no sobrevivir.
            A eso se debía tanta meticulosidad, tanto empeño en cálculos, en recavar información, en aprender los idiomas necesarios (mandarín, ascii, klingon y neocriollo entre otros), para que la comunicación fuera fluida. Pero eso la diversificación de las inversiones a lo largo y ancho del calendario y del planisferio, para saber cómo, cuándo y dónde íbamos a estar en cada momento.
            Controlábamos tantas variables que nos parecía tener en nuestras cabezas microprocesadores de última generación, de esos que se actualizan sin necesidad de descargas de software malicioso ni beneficioso de ningún tipo, sólo con la propia voluntad de hacerlo. Nos sentíamos imparables.
            Supongo que, tal vez por unos pocos instantes, realmente, lo fuimos. Gobernábamos nuestros destinos y nuestro mundo como mejor nos parecía. Cegados por la grandilocuencia de nuestro poder, juventud y conocimiento, fuimos incapaces de verlo venir.
            La subjetividad que siempre rodeó a la noción de tiempo nos jugó en contra. Supusimos que deteniendo nuestros relojes, escondiendo las pilas que los hacían funcionar, trabajando los mecanismos de los que caminaban a cuerda y aún destruyendo los péndulos del mundo entero. Seríamos inmortales, al menos brevemente.
            Porque inteligentes y sabios como supimos ser, olvidamos que el tiempo había existido siempre, y que los relojes son sólo juguetes en manos de niños que le temen a la posibilidad de que esa noche que a veces denominamos muerte y que, luego de la cual, ya no veremos ningún sol inundando el horizonte.
            Años de preparación nos llevó organizar un viaje que nunca, jamás, seremos capaces de realizar.

lunes, 12 de enero de 2015

Indicios

Prácticamente es imposible producir algo de calidad a partir de cada cosa que pretendemos utilizar. Cada nota que emita nuestro rústico instrumento musical favorito nunca será parte de una genial sinfonía (inconclusa o no); así como cada parlamento en altisonante tono redactado, será incluido jamás en una inmortal obra de teatro.
            Lo ansiamos, pero somos incapaces de lograrlo. La decadencia, el aburrimiento, la duda, siempre rondan nuestros pasos. Algún día querremos repetir ese gesto magistral que nos condujo a la gloria y sólo lograremos una mueca sin sentido ni sentimiento.
            Comenzaremos a dudar antes de encontrar la respuesta correcta. Las ideas fluirán más lentamente mientras nuestros cansados ojos, que aún no lo han leído todo, pretenden un descanso que no estaremos dispuestos a darles. Las articulaciones dolerán y el saber comenzará, también, a pesar sobre nuestros hombros. Como si cada cosa comenzara a disponerse para un único fin.
            Los juegos de palabras perderán su brillo y las teorías serán refutadas. Cuanto alguna vez forjamos a nuestro alrededor será puesto en duda. Y, así como creímos ser capaces de lograrlo, comenzaremos a negar dicha posibilidad.
            El día que por primera vez reconozcamos que somos incapaces de hacer aquello que supo identificarnos, ese día y no antes, no después, ese día, comenzaremos a morir.