viernes, 21 de noviembre de 2014

Mercenarios del sentimiento

Si, es cierto eso que dicen de que el futuro llegó hace rato, pero aún no nos percatamos. El problema, a mí ver, no ha de estar en los modos de hacer las cosas.  Al contrario, el problema radica en los modos de suplantar a las mismas.
            Podemos hacer una genealogía de los hechos. Primero, reemplazamos el sentido común por la televisión; luego el pensamiento abstracto por los implantes de radio en las orejas; dejamos de lado las palabras a favor de los mensajes de texto; cambiamos nuestros ojos por cámaras de video remoto; ya ni siquiera sabemos sumar porque sabemos que la calculadora lo hace mejor (y más rápido) que nosotros.
            Y nos deshumanizamos.
            Dejamos de ser la promesa de lo que pudimos hacer.
            Sólo para darnos cuenta que las monedas de plata de nuestra traición, también han de haber sido falsas. Muy falsas pero, también, muy hermosas, para evitar que nos percatemos de la mentira.
            Contentos marchamos hacia nuestra perdición, ignorando lo que se veía a simple vista. Ignorándolo todo. Fingiendo alguna otra cosa.
            Pero, ahora mismo, sabemos que eso ya no es un problema, que ya nadie fingirá, que ya nadie mentirá cuando hable de lo que siente, de lo que desea, de sus anhelos. Ahora que hemos logrado encapsular y producir en masa las encimas sentimentales, las variables como el humor y la experiencia, dejan de tener peso en la ecuación.
            Cualquiera puede estar feliz, alegre, enamorado, enojado, desesperado, furioso, arrepentido, cariñoso, extenuado, obnubilado y un largo, largo, etcétera de sentimientos. Si puede pagarse la dosis diaria, por supuesto, los problemas sociales desaparecerán poco a poco, diluyéndose en la misma nada a la que pertenecen.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Ansiedades mal deseadas

Cuando me lo dijo la primera vez apenas si atendí a sus palabras, concentrado como estaba en las
beldades de su cuerpo desnudo y sonrosado que se presentaba ante mí como una fruta deliciosamente sabrosa, madura y a punto de desprenderse de su origen.
            Hablamos, pero mi mirada no dejaba de recorrerla, por eso, como dije, la primera vez, sus palabras fueron apenas sonidos. No me encontraba allí para oír sus devaneos filosóficos, sino para otra cosa. Ella lo sabía, yo lo sabía, ambos estábamos de acuerdo.
            Me había llevado mucho tiempo encontrarla, aún cuando creía que nunca lo lograría o, si lo hacía, no tomaría el doble o el triple de calendarios gastados el llegar hasta ella. Pero, quizá sea que mi deseo, mi anhelo, eran tan fuerte, tan innegable, que me llevó hasta su morada antes siquiera de que diera el primer paso en mi búsqueda.
            Pero pude encontrarla, allí donde las leyendas dicen que estaba, sólo que nadie cree ya en las leyendas ni en los cuentos que usamos para poner a dormir a los niños. Además de que los Grimm, que también la conocieron según me contó más tarde, cumplieron muy bien su trabajo cuando escribieron sus historias y ubicaron siempre en el mismo lugar al mismo personaje, con otros nombres, pero las mismas intenciones, los mismos placeres.
            Dije que había llegado a su morada y tras los nueve baños rituales de purificación de mi cuerpo y mis entrañas, ella se presentó ante mí. Un velo negro ocultaba apenas su cuerpo núbil y hermoso, tan irreal como las mentiras de Jacob y Wilhelm. La prisión de mis ojos estaba allí cuando ella dejó caer el velo y dijo, con palabras suaves, apenas moviendo los labios, con sonidos que se parecían al aroma de la primavera:
            —Deseas la inmortalidad —dijo acercándose a mí, dejándome sentir el calor de su piel, la tibieza de su aliento, sus cabellos suaves—, pero ella es mi derecho…
            Nos fundimos en un abrazo entremezclado con jadeos y sorpresas, de movimientos lentos, de descubrimientos, hasta que nos quedamos dormidos sobre el mármol del suelo que calentábamos con nuestros cuerpos en esa habitación tan extraña en la que nos encontrábamos.
            No estoy seguro de si hablé, si murmuré mi deseo o sólo lo pensé; recuerdo, en cambio, su sonrisa de satisfacción mientras el cansancio cerraba mis ojos. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Algún sinónimo para “despedida” que ahora no se me ocurre

Una de las dudas que siempre queda en el aire, porque nadie en verdad, se atreve a plantearla, y siquiera piensa porque el miedo que provoca impide siquiera que se pronuncien dichas palabras y que, por ejemplo, quede, entonces, en el olvido.
            ¿Qué era lo que decía?
            Ah, si. Cierto. Una de las dudas que nunca se plantean pero que alguna vez se piensa, es sobre la adecuada duración.
            Si, exacto, la duración, la extensión en el tiempo más que nada, de algunas cosas. Pero no de todas. Porque si nos sinceramos con el tema de la duda, también debemos hacerlo con otras cuestiones.
            Claro que nadie se cuestiona sobre la duración exacta de la vida, por ejemplo. Se cuestiona, en cambio, que se termine con la muerte. Pero eso es otro tema, al parecer, siempre diferente, siempre distante, siempre doloroso.
            Lo que nos atañe aquí es descubrir cuál es la extensión ideal para una despedida.
            Eso es lo que nadie sabe, lo que todos dudan. Como ese grupo de rock que promete la gira despedida como la siguiente gira a la gira que vendrá después de la actual gira. O los escritores que ni después de muertos dejan de escribir y sus libros continúan publicándose; o los directores de cine que anuncian retiros para volver sin el menor brillo con su nuevo mediocre proyecto.
            Ese es el tema, ¿cuánto debe durar una despedida? ¿Existe una medida estándar para el adiós?
            Por cierto:

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Los 80´s nunca se fueron

Ésta es mi teoría.
La década de 1980 nunca llegó a su fin. Cuanto vivimos desde entonces es un engaño. Estos últimos veinticinco años que transcurrieron desde el 31 de diciembre de 1989 son, en realidad, una falacia. En ese momento se puso de moda rememorar lo ocurrido en todo el año con videotapes de los hechos más importantes (sociales, culturales, deportivos, políticos, aburridos, decadentes y sexuales). Pero, como ese día también se acababa una década, la del número ocho en el tercer lugar del número ficticio que conforma la década, comenzó un movimiento mucho más grande, indetenible, ineludible y, también, innecesario.
            Rememoramos la década entera, todos y cada uno de los acontecimientos ocurridos entre el primero de enero de 1980 y el 31 de diciembre de 1989, uno por uno, minuciosamente. La ropa, los peinados, la música, las películas, las enfermedades, los presidentes y las dictaduras. Todos los aspectos posibles en un videotape sin final que lleva durando demasiado tiempo y que, los operadores del canal de televisión, haciendo gala de sus conocimientos técnicos, editan y reeditan para que aquello que vemos parezca siempre nuevo, novedosos, diferente y nunca antes visto.
            La música y las publicidades no son lo peor. Eso lo sabe cualquiera. Al igual que la ropa. Todo eso sólo puede disimular. Pero éste eterno 31 de diciembre ya ha durado demasiado. Y el pasado, en algunos casos, puede convertirse en un lastre que debemos dejar ir (se los digo con conocimiento de causa y porque soy Profesor de Historia y mi título me autoriza a decir cosas semejantes; claro que en 1989 tenía sólo seis años, por lo que también puede decirse que hablo como un nene caprichoso que quiere, por fin, crecer).
            La cuestión es que ese día dejamos de progresar. Anhelamos un pasado que es imposible, por suerte, de recuperar. Si queremos seguir adelante, lo mejor es que entandamos, de una buena vez, que el tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos (adultos, mayores, experimentados o interesados, elijan la expresión que prefieran), tal y como debe de ser. Pero, eso sí, lo más importante de todo, los peinados de la década del 80 eran sumamente ridículos…


Para las generaciones futuras que quizá no lo sepan, ésto es un videotape: