Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 1 de diciembre de 2019

Familia - Madre


Ni siquiera puedo imaginar lo que significa ser mujer en medio del campo argentino, mucho menos habiendo nacido en 1945. No sólo porque soy hombre y mis experiencias difieren, sino porque haber nacido en una ciudad y en un mundo, el de los 80s, tan diferente al de los 50s, que si alguien se hubiera quedado dormido el 31 de diciembre de 1949 y despertado el 1 de enero de 1980 no sólo no comprendería nada de la política y la economía del país, sino que se encontraría con una sociedad tan diferente que apenas sí tendría la posibilidad de adaptarse. En el hipotético caso de que quisiera hacerlo.
            Tampoco puedo saber lo que es vivir durante tantos años en la misma casa con el viejo cascarrabias que conocí como abuelo cumpliendo el rol de un padre; mi imaginación es demasiado amplia, al decir de algunos (pocos), pero ciertos hechos me superan en cuanto a de qué manera resolverlos. Esos años han de haber sido un infierno en la tierra, con pocos momentos de alegría, muchos menos de satisfacción, y ni hablar de la verdadera felicidad.
            Soportar el frío del invierno sobre el cuerpo porque las señoritas usan faldas y no pantalones, por más pares de medias o abrigos que sumes uno sobre otro, nunca es fácil. Así como tampoco es sencillo soportar el verano, por más sombra que arrojen los eucaliptos sobre la casa, el techo de chapas viejas y el sol abrazador vuelven insuficiente cualquier sombra, cualquier intento por respirar. Claro que nadie dice que la primavera, o el otoño, fueran fáciles de sobrellevar. La electricidad demoraría varios años más en entrar en esas tierras, y no porque no llegara el tendido eléctrico, sino por otras razones, algunas más retrógradas, como siempre sucede.
            Gracias a la presión de su propia madre, mi madre asistió a la escuela, y si completó la primaria fue porque era suficiente para una señorita. La secundaria no sería obligatoria hasta décadas más tarde, y con lo que aprendías en la primaria alcanzaba para toda la vida. Al menos eso era lo que se creía entonces, solo los verdaderamente mejores, y a través de mucho esfuerzo, continuaban estudiando.
El pequeño (por no calificarlo de ínfimo) periódico local llegaba a la casa de los abuelos cada domingo era el único estímulo para poner en práctica lo aprendido en la escuela; además de que fue una de las pocas lecturas a lo largo de su juventud. De igual manera, cuando llegaba alguna carta (casi siempre citaciones judiciales para el viejo), era ella quien debía leerla cumpliendo su función de hija educada. Libros, en la casa de su padre, resulta obvio decirlo, no había ninguno.
¿Cómo soportar la convivencia en ese lugar?
Pocas veces mi madre habló de estos temas, siempre prefería recordar otros momentos, más felices quizás, en los que nada opacaba lo que sucedía en ellos; momentos en los que ese padre tan atroz nunca se encontraba presente. Dudo que sea casualidad, también, que esos recuerdos pertenezcan al momento posterior a haber conocido a mi padre, desde aquella fiesta de la cosecha de 1967 hasta su muerte, años más tarde. Siempre, en soledad o junto con algún otro familiar que nosotros íbamos a visitar al pueblo (porque nunca nadie venía a visitarnos a la ciudad), sus recuerdos se encaminaban a esos años, nunca a lo anterior, como si ese pasado en el que se encontraba sola fuera menos importante que el resto de su historia. O como su prefiriera olvidarse de ellos.
            Hablaba de sus abuelos, pero nunca, ni por error, de sus padres, ni del hermano que se quedara en el campo cuando ella partió hacia la ciudad acompañando a mi padre y sus proyectos. La mayor parte de la de sus experiencias vividas en el campo fueron un secreto para mí; solo sé lo que pude reconstruir a partir de mis recuerdos de lo que alguna vez escuché, y eso porque me encontraba de casualidad en el momento en que ella recordaba algo en particular, no porque le gustara hablar del pasado, de lo que había sido ni de lo que podría haber sucedido.
            Ciertos problemas carecen por completo de solución, no por incapacidad de quienes los enfrentan sino porque el mismo problema se resiste a dejarse solucionar, a dejar de afectar la vida de quienes les rodean. Ante esos problemas, es lamentable, lo sé, pero lo mejor, quizá lo único que puede hacerse, es alejarse, poner kilómetros de distancia de por medio y evitar dejarse llevar. Es doloroso, claro, pero con el tiempo uno comienza a darse cuenta que cualquier otra respuesta hubiera sido mucho peor.
            Transcurrieron dos años entre que se conocieron y se casaron mis padres. Dos años de ácidas discusiones, de ataques, reproches y desprecio entre el abuelo y mi padre por haberse, este último, atrevido a acercarse a la casa. Ese mismo hombre que le ofrecía la felicidad a mi madre y ayuda en el campo al viejo cascarrabias, que se negaba a aceptar nada de nadie (como si supiera que de su veneno saldría una separación familiar que demoraría más de treinta años en solucionarse), dejaba en clara tras cada discusión que, aunque se opusieran, acabarían casándose.
            El casamiento, que para muchas mujeres no es otra cosa que una cadena más en la sociedad machista y patriarcal del siglo XX, fue, en el caso de mi madre, no una cadena, sino un camino a la libertad. El paso necesario para alejarse del padre y conocer otros modos de decirlo y hacerlo todo, otra casa, otra ciudad, otra forma de relacionarse, otra forma de pensar, otra forma de ser. En definitiva, fue otra vida.
            El único dolor permanente en los cambios venideros fue el saber que dejaba al cuidado de un perro rabioso y furioso a su madre y a su único hermano, quien apenas sí se percataba de algo de lo que sucedía en su entorno. Él estaba feliz por el casamiento de su hermana y eso es lo que, así se lo habían dicho, ha de hacer un buen hermano.
            San Pedro quedó, pues, en el recuerdo. Ya con mi hermana mayor llorando en el regazo de mi madre, partieron hacia la ciudad, a la primera casa que había conseguido mi padre para poner 170 kilómetros de distancia a los problemas. Y si ya la familia ni siquiera los visitaba para no tener que recorre los cinco kilómetros que separaban el campo del pueblo en el que momentáneamente vivían, una vez en la ciudad, ni siquiera realizaban una llamada por teléfono (la excusa podría ser que aún no era tan comunes) para saludar para un cumpleaños, ni enviar una mísera postal, una carta de salutación, una tarjeta de visita, nada. La más absoluta nada.
            La ciudad es, también, un punto de partida, un momento cero, el inicio de una vida nueva, el olvido de los problemas y el dolor de los años pasados. Un lugar en donde poder concentrarse en criar bien a la niña, que pronto serían dos, que necesitaban iguales cuidados ambas, por supuesto, y crecían tan rápidamente en una década, la de 1970, que se parecía mucho a una montaña rusa en lo económico, y a un tren cargado de fantasmas en lo político. Pero, a pesar de cualquier problema que pudiera surgir, con ahínco, tesón y dedicación suficiente, puede construirse una nueva vida allí donde vayas. Si es eso mismo, y no otra cosa, lo que se pretende.
            Que el viejo se quede con el campo si así lo quiere y si le sirve de algo diferente que como tumba, cosa que muchos dudaban ya en esa época. El futuro, el suyo, y el de sus hijos, no se encontraba allí, no se encontraba junto a ese viejo cascarrabias, ni siquiera por casualidad. Su vida tendía lugar en las antípodas de todo lo que ese hombre dijera, pensara o impusiera en su antiguo hogar; y no estaba sola para lograrlo. Al menos en los primeros años en esa ciudad tan diferente, cuando no directamente indiferente, a lo que conocían del pueblo.
            Lo que no se puso en duda, nunca, jamás, fue la decisión de haberse marchado. O, si lo hizo nunca lo reconoció frente a mí.

Aclaración: Dudo, con completa certeza, que mi madre 
se haya vestido alguna vez como la mujer de la foto a 
quien, por otro lado, tampoco se parece.


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En el último número de la revista Callejón de Once Esquinas (España), que es el número 12, pueden leer el cuento: Quienes regresaron.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Familia - Padre


Mencioné antes que ser el hijo mayor de una familia tradicionalista, que no es lo mismo que hablar de una familia tradicional, tiene sus particularidades, si se las sabe aprovechar o si se está interesado en ellas. La cuestión era adivinar qué podría suceder una vez en Argentina, donde los parientes del abuelo, con algunos documentos poco claros, de esos que mejor no enseñar (ni mencionar) demasiado, habían conseguido unas parcelas de tierra para la familia, unos pocos animales y algunas herramientas. Sin olvidarse, nunca, claro, de las deudas contraídas.
            Del trabajo, y el pago de las deudas, se harían cargo ellos, la familia, su padre, su madre y él por ser el mayor de los hijos varones. Lo que ocurriera luego sería una historia por completo diferente.
            Los primeros años fueron de trabajo constante, no sólo sin descanso, sino con infinidad de cuestiones que resolver. No se trataba solamente de poner a producir la tierra reseca y abandonada con evidentes signos de cansancio, sino construir una casa para la familia y conseguir lo necesario para que aquel lugar no fueran cuatro paredes de adobe y un techo de tejas viejas y agujereadas, sino que fuera un verdadero hogar. Y si no llegaba a ser un hogar, que fuera lo más parecido que pudiera lograrse en aquel lugar. Tal vez, con un poco de suerte, acabaría pareciéndose a la casa que dejaran en Almería; claro que tendría mucho de diferente, mucho de otra tierra, de otra forma de hacer las cosas, pero eso era secundario.
            El descanso, las distracciones, la diversión, eran bienes ocasionales, breves momentos entre un trabajo terminado y el próximo por comenzarse. Sin embargo, digámoslo así, el amor siempre encuentra su manera de llegar, siempre tiene una forma de estar donde se lo necesita.
            Años después de la llegada a América, a Argentina, a Buenos Aires, a un pueblo perdido en medio de la provincia, como San Pedro, cuando la tierra por fin comenzaba a responder a los trabajos de sus manos, y las cosechas repuntaban poco a poco, mi padre conoció a mi madre.
            En la fiesta de la cosecha de 1967 comienza esta parte de la historia. Todo fue demasiado rápido, dirán en voz alta algunos mientras susurran otras razones. Habrá quien sostenga que mi padre se tomó demasiado tiempo para proponerle casamiento a mi madre como debía hacer desde un principio. Habrá también quien sostenga que no debieron casarse y ya. Como fuera, nadie quería quedarse sin opinar.
            Los arreglos del casamiento y la fiesta se extendieron entre discusiones y negativas reiteradas con el viejo cascarrabias del padre de la novia; de no haber sido así, de seguro se habrían casado antes y habrían tenido más tiempo para pasarlo juntos. Pero siempre hay gente que interfiere en lo que otros quieren, anhelan, para sí mismos.
Lo que vino después fue que esa nueva familia no podía ocupar el espacio dejado por los hermanos ausentes en la casa de mis abuelos paternos; no porque realmente no pudieran, sino porque no correspondía hacer las cosas de esa manera. Además, en el pueblo hay mejores comodidades que en medio del campo. Y ni hablar si el mismo tipo de comparaciones se realiza entre un pueblo perdido al costado de una estación de trenes vieja y que comenzaba a dar señales de abandono, con la ciudad. Allí todo luce más brillantes, más nuevo, más cercano, más directo, aún cuando en verdad nada fuera de eso modo.
            Mi padre tenía una idea y armó un plan: Viajaría a Buenos Aires. Allí sería el intermediario comercial entre los negocios minoristas que vendían a los consumidores y los puesteros mallorquines, los vascos que comenzaban a comprar tierras en los pueblos cercanos, a pesar de que aún no eran del todo confiables, y otros productores de la zona que había conocido en sus años recorriendo los caminos rurales. Sería el enlace conocido y respetado entre los españoles en un extremo de la línea y los argentinos en el otro. Pero, para hacer bien el trabajo, era necesario encontrarse en la ciudad, no en medio del campo, ni siquiera en el pueblo. Era la excusa perfecta para alejarse de uno y otro padre y, de ese modo, crecer por ellos mismos, como personas, como familia, ser alguien por sí mismos, no porque otro consideraba, o lo proponía, de ese modo.
            Tampoco demoraron mucho tiempo en pensarlo, ni había realmente otras opciones para considerar. Cuando llegó la primera niña, mi futura hermana mayor, la primera niña de la familia nacida en América, todo fue más fácil. Muchas esperanzas familiares se cifraban sobre los hijos de los hijos; no sólo sobre mis hermanas y yo mismo, sino en el caso de mis primos también.
            Cada decisión que se tomaba era cuestionada y comentada por toda la familia, y en este caso uso el término en el más amplio de los sentidos que sean capaces de imaginar. Era una suerte que los caballos, los cerdos, las vacas y los perros no fueran anatómicamente capaces de hablar, sino seguramente ellos también querrían participar con sus opiniones y, de seguro, habría alguien dispuesto a escucharlos.
            Pero, en el caso de la mudanza de la familia hacia la ciudad, la decisión ya estaba tomada, y nada podría hacerse al respecto. Las cosas sucederían más o menos del siguiente modo: mi padre viajaría a Buenos Aires, al recién nombrado y en crecimiento conurbano bonaerense, compraría una casa, o un lugar donde construir una casa desde cero para la gran familia que planeaba tener, haría algunos contactos con los cuales armar una red de futuros compradores para los productos que traería, luego volvería al pueblo para traer, de manera definitiva, a su esposa y su hija mientras se resolvían los que ni siquiera por casualidad serían los últimos arreglos en la nueva casa.
            Poco a poco el sistema comenzó a funcionar. Los puesteros estaban conformes con el trabajo de mi padre y lo recomendaban con otros conocidos que también querían vender sus productos en la ciudad, por un mejor precio, por más ganancias, de ese modo, mi padre tenía más y más trabajo, viajando de constante entre el pueblo y el campo por un lado y la ciudad, como años después haría su hermano, mi tío el pequeño. Aunque, por supuesto, no compartieron un mismo final.
            De alguna manera poco probable, promediando la década de 1970 la economía parecía querer encaminarse hacia un funcionamiento que podríamos decir normal; por lo que imagino que habrán decido que era un buen momento para traer un segundo niño al mundo. El según niño fue, también, una niña, quien sería mi segunda hermana. El silencioso disgusto de los abuelos que esperaban, esta vez, un niño, pero evitaron pronunciarse. Para el resto de la familia fue motivo de alegría, como siempre lo es un nacimiento.
            La segunda hija trajo más trabajo, la necesidad de una casa más grande y, también, la posibilidad de asistir a una escuela de otro estilo, ya que la escuela pública comenzaba a caer por ese espiral de decadencia y degradación en el que aún hoy (2019) se encuentra.
            Al tercer intento, como suele decirse, fue la vencida. El tercero sería el varón, el que escribe estas palabras. Llegué en un momento en el que el mundo como lo conocía la familia comenzaba a desmoronarse, y, suponiendo que existiera algo de felicidad entre ellos, la misma murió el mismo día en que falleció mi padre. Claro que esto es sólo una opinión, sin más fundamentos que el hecho de que apenas sí conozco a ningún otro miembro de la familia de mi padre de no ser por una casual visita, claramente al pasar cerca de la casa, no por el verdadero interés de cómo nos encontraríamos viviendo en la ciudad, lejos de todos los demás. El resto prefirió quedarse quién sabe donde, quizás en el campo, quizás en otra parte del camino.

Aclaración: Aquí debería de haber una fotografía real de mi padre. 
El énfasis esta puesto en el debería.


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En el número 45 de la revista digital El Narratorio, pueden leer el cuento Ceibos, que se publicara también en el blog hace unos cuantos meses.

Fin del Espacio Publicitario.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Familia - Tíos (5/5)


Siguiendo un orden más bien caprichoso, el quinto de mis tíos es el hermano de mi madre. Tal vez porque es de quien menos cosas conozco le he dejado para el final; fue también quien menos herramientas tuvo en la vida para llegar a lograr nada, siquiera para salir del lugar en el que le dejara su padre, como comenté al hablar de mi abuelo materno. Aunque, claro, una persona que veía en un hijo algo más parecido a una bestia de carga que a un ser humano, y eso sólo en los días buenos, los cuales eran, como corresponde, los menos, no debería siquiera ser considerado como persona.
            ¿Qué puede contarse de una vida que se vivió tan en segundo plano que apenas se recuerda su nombre, o el timbre de su voz, o cualquier otro detalle? Siempre siguiendo órdenes, siempre haciendo lo que otro dice y espera que se haga, cuidando la cosecha o los animales de alguien más, siempre con la misma ropa remendada una y mil veces. Un hombre que creció sin saber que fuera de ese campo, de ese lugar que le tocara en suerte, existía algo como una vida por completo diferente.
            Si bien el cascarrabias del viejo transigió con la idea de que su hija, mi madre, asistiera a la escuela, distinta fue la reacción cuando la misma idea rondó en torno a qué hacer con el muchacho, mi tío. Acababa de cumplir los diez años y gracias si sabía escribir su nombre con un trazo inseguro y tembloroso, y leerlo, gracias al esfuerzo de mi madre. Los hombres no necesitan saber cosas inútiles como leer, escribir, y pensar, repetía su padre.
            Todo tiene un límite, y una niña no puede enseñar todo lo que se aprende en la escuela al mismo tiempo en que vive ese proceso de aprendizaje. En cansancio físico por el trabajo en el campo siempre es demasiado, incluso en los días en los que parece que no se está haciendo nada pero, en verdad, todo cuanto se hace siempre es necesario, siempre urgente, es para haberlo hecho ayer y no hoy por falta de tiempo. Siempre corriendo, siempre esforzándose. Siempre con la desazón de saber que nada de lo hecho será suficiente para recibir una palabra de aliento, un agradecimiento ni nada similar.
            ¿Qué pasa cuando lo único que escuchas es que eres un bueno para nada unas diez, o quizá veinte, veces al día cada día de tu vida? Ni siquiera los domingos, el sagrado día de descanso del señor que vive en la iglesia, es diferente. Debemos entender esto, cada día, todos los días, lo mismo. ¿Quién podría soportar lo mismo a lo largo de dieciocho eternos años? Que fue el tiempo en que la familia se mantuvo completa; pero continuó siendo del mismo modo luego de la partida de la hermana mayor.
            La principal diferencia era que, además de trabajar en el campo junto al padre, debía ayudar a la madre en las tareas domésticas, y hacerlo bien, sin fallar en el mínimo detalle porque un hombre fácilmente tiene que poder hacer ambas cosas. Y sin quejarse, ¿esta claro? Que por algo se ha nacido hombre y no caballo, ni mulo, ni burro ni, por supuesto, mujer.
            Trabajar de sol a sol en tareas que las máquinas existentes en las décadas de 1960 bien podrían hacer en menos tiempo, con menor esfuerzo y mayor ganancia. Pero el viejo cascarrabias, quien había perdido una vez más los ahorros de la familia en un negocio por demás difícil de justificar (algo que repetiría varias veces antes de acabar muriéndose), se negaba a comprar. Queja tras queja, que es lo mismo que decir día tras días, lo mismo; el cascarrabias ordenando y esperando que se cumpliera su palabra sin omisión del menor detalle, y el hijo, claro, detrás, cumpliendo.
            Los años pasan de ese modo, se deja de ser niño, se atraviesa la adolescencia, se llega a ser joven y luego se es adulto. Y nada por decisión propia, sino porque el tiempo continúa avanzando. Y entre ser un adulto y ser un viejo sólo existe un paso, máxime si el único modelo de persona que se conoce es ese hombre que trata a todo mundo como bestias. Que ningunea a quien se le pone delante sin comprender, ni aunque se le explique varias veces y con todos los detalles, que el único animal presente en la conversación no es su caballo sino él mismo. Dudo siquiera que quisiera hacer el intento por comprender.
            De esa manera tan brusca, tan antigua, el tío aprendió a arar la tierra porque era necesario hacerlo; aprendió a manejar un vehículo a motor porque a su padre no le gustaba hacerlo; aprendió a usar un tractor porque facilitaba el trabajo en los campos vecinos cuando había que trabajar para otros para pagar las deudas del padre; aprendió a cocinar porque, muerta su madre, alguien tenía que hacerlo, lo mismo que la limpieza, el orden de la casa, lavar la ropa y realizar, sin nunca atreverse a pronunciar una queja, el resto de los quehaceres domésticos.
            El sentido común dice que muerto el perro se acabó la rabia; nadie dice qué sucede con aquellos que fueron mordidos por el perro y vivieron muchos años junto a él. Imagino que, si no se les trata a tiempo, también acabarán por morir, de una manera u otra. Lamentable.
            El viejo era mucho más que el perro rabioso y furioso que muerde la mano que le da de comer, era la misma idea de la rabia personificada en un hombre altanero y de trato despectivo hasta el último de sus miserables días. La abuela fue la víctima inesperada, la persona que se acercó demasiado al perro sin percatarse de la espuma que rebalsaba su hocico y, cuando intentó una caricia tierna, éste le mordió el brazo (o cualquier otra parte del cuerpo). Nadie se ocupó de la abuela luego de que fuera mordida; el mismo perro que la atacara se encargó de alejar a los demás, de hacer más profunda una soledad que de por sí, ya era terrible.
            El mismo perro que, muerta su primera víctima encontró otra para que ocupara su lugar. Hasta que, el perro, luego de tantos años de generar dolor, tristeza y desolación en los corazones de quienes lo conocían, decidió morderse a sí mismo y morir de una vez y para siempre. Se murió bien muerto para liberar del yugo de su presencia, al hijo, a la hija, a sus nietos y al universo entero.
            Pero cuando finalmente se murió el viejo, era tarde para intentar ser alguien, ser uno mismo, ser por sí mismo. El perro ya no estaba, la rabia desaparecía, pero cincuenta años a la sombra de tamaña persona opaca cualquier vida, no importa lo inteligente ni lo bueno que seas o pretendas ser, esa sombra es tan grande que apenas sí existe la idea de la luz a su alrededor.
            En el campo, las cosechas se sucedían una tras de otra, por suerte ahora había otra tecnología, otras técnicas, otros productos. Pero alguien debía aún hacer el trabajo, y cuidar la casa, y dejarse llevar por la inercia de una vida vivida cada día del mismo modo. Las palabras son inútiles para quien nunca aprendió a utilizarlas, pero también para quien sólo posee esas mismas palabras para hacerlo, o intentarlo; y tan difícil como lograr que un sordo se comunique con un ciego, resultaba comunicarse con el tío en los últimos años. Poco a poco fue haciéndose uno con el silencio, como una presencia, como alguien que se encuentra a tu lado pero tienes que mirar más de una vez para asegurarte de que sea cierto. Allí, en algún lugar, se perdió mi tío, el hermano de mi madre; uno de los pocos miembros de esa generación de la familia, a la que podría haber recurrido, de haber tenido el tiempo para ello, para llenar los huecos que aún persisten en la historia familiar.
            En el caso en que realmente estuviera interesado en hacerlo.
            Pocas veces conté con la presencia de alguno de mis múltiples tíos y tías en los cumpleaños de mi infancia y, aunque supiera cómo reclamar todos los regalos no recibidos en esos años, como alguna vez pensé hacerlo, ¿de qué me servirían hoy?


Aclaración: Ni este hombre se parece a mi tío, 
ni las instalaciones que se ven en la fotografía 
se parecen el lugar en el que lo obligaron a vivir.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Familia - Tíos (4/5)


El broche de oro de la década de 1940 fue el nacimiento, en 1949, del último hijo de mis abuelos paternos, mi tío el pequeño. El que con apenas seis años no derramó ni una única lágrima al despedirse de los familiares que se quedarían en Almería; el que se acostumbró tan bien al camarote, al barco, al bamboleo de las aguas en medio de los juegos con su hermano, que, al llegar al Buenos Aires no quería desembarcar por más promesas de nuevos juguetes y golosinas que se le hicieran.
            Un único revés del padre, con el dorso de la mano abierta, puso fin, como es debido, al ridículo capricho y al escándalo al que se exponía la familia frente a los desosegados berrinches del niño.
            El tiempo y los años borrarían ese recuerdo.
           En el campo, un caballo aguardaba para cada uno de los hombres de la familia. A él le tocó el único pinto de la partida, el que nadie había querido, el más flaco, el despreciado, el último en ser elegido y eso solo por descarte. Un caballo que cuidar, una responsabilidad para ir aprendiendo a ser hombre. Un caballo para recorrer el campo, para hacer los mandados, para ir y volver a la escuela. Aperos que cuidar y aprender a usar debidamente. Una infinidad de novedades que llenarían de alegría a cualquier niño que tuviera junto a él a una hermana moribunda y un hermano que, de un día para el otro no regresó a la casa.
           Siendo pequeño para el trabajo en el campo, se concentró en el estudio. Tanto que terminó la primaria con una recomendación de sus maestras para que continuara estudiando. La intervención de mi futuro padre frente a sus propios padres, facilitó la decisión de dejarlo continuar estudiando, el secundario primero, la universidad después. Si no continuó estudiando fue porque en esos años los posgrados pagos no eran la moda del momento como lo son ahora, ni la híperespecialización académica.
            Fue el primero de la familia en tener un título universitario. El orgullo de su madre, aún cuando no pudiera verlo triunfar; era la envidia de los hijos de los puesteros que no podían salir del pueblo. Fue, también, muchas otras cosas. Conoció a su futura esposa en la facultad de agronomía, mientras estudiaban en la ciudad. Ella también provenía de una familia del interior de la provincia, pero del sur, no del norte; no la hija de algún emigrado español sino que era argentina de pura sepa como se lo dijo su padre varias veces.
            Claro que hubo oposición familiar, al principio, porque mi padre se había casado con mi madre, otra argentina también pura sepa (signifique lo que signifique eso), pero no era lo mismo. La mujer de mi tío el pequeño, no sólo era argentina, sino que era de otro pueblo, demasiadas novedades para encajar de algún modo conveniente dentro de tantas tradiciones familiares.
      Se casaron y de mudaron de regreso al pueblo, cuando éste comenzó a crecer desproporcionadamente a principios de 1980; aún nadie se atrevía aún a llamarlo ciudad. La familia acabó por aceptar a la mujer, aún cuando ello no sea más que una expresión para decir que toleraban su presencia en las reuniones familiares, en los cumpleaños y en encuentros similares. Claro que su palabra jamás era tenida en cuenta, aún cuando se fingiera escucharla. Después de todo, era una mujer, ¿cómo se atrevía a hablar? Nunca comprendió, o nunca aceptó, la táctica mucho más práctica y menos evidente, que utilizaba mi madre, que era influir sobre las decisiones de mi padre en privado, nunca en público, mucho menos nunca frente a la familia.
           Los estilos de estas dos mujeres no eran lo único que las diferenciaba.
            Mi tío, el pequeño, como continuaron llamándole hasta el final de sus días (y con mayor ahínco al ver que esto molestaba a su esposa), tuvo un único hijo en 1975. Un varón, que nació, se crió y vivió íntegramente en la ciudad (en el pueblo, vamos); pera él el campo era algo tan extraño como el pretender hoy en día visitar la estación espacial internacional. ¿Quién puede hacerlo?
          Construyeron una casa en la que fácilmente podría vivir la familia completa (padres hermanos, sobrinos, etc.), pero solo ellos tres vivían allí. Si bien no la conocí por dentro, porque desde que tengo uso de razón siempre la he visto desde la calle señalada por algún familiar como la casa que antes era de tu tío el pequeño, dudo que, si realmente quisieran hacerlo, supieran cómo encontrarse entre ellos en un momento de urgencia entre tantas habitaciones. Así de grande lucía la casa desde la acera.
            Fue próspero en sus negocios, como si la misma intuición que llevara a su segundo hermano a huir del pueblo, le dijera que era extremadamente necesario conseguirse su propio campo, sus propiedades, sus riquezas, sin depender de la posibilidad de que la mitad de la familia muriera para poder heredar algo. Continúa siéndome imposible de pensar que un ingeniero agrónomo desconociera la ley de herencias del país en el que vivía, y que cosas como el mayorazgo, que dejó de existir en algún momento de la historia, tuviera aún tanto peso en su forma de pensar.
            La primera mitad de la década de 1980 lo vio próspero, llenándose los bolsillos con dinero y el estómago con alimento hasta el hartazgo. Su hijo asistió a los mejores colegios privados de la zona, aprendió a hablar en alemán, francés e inglés; luego de lo apenas sí se le entendía cuando pretendía hablar en español, pero ese es otro tema porque, para hacerse entender, el dinero es el idioma universal.
            Cuando tienes el dinero suficiente, pero, para tenerlo, hay que estar vivo, o haber sido lo suficientemente previsor como para pensar en la posibilidad de un accidente fatal, no sólo de un divorcio inesperado, una demando por fraude por los socios de un negocio que salió mucho peor de lo esperado, o un crédito hipotecario imposible de pagar.
            Es sabido por cualquiera que, quien pretende subir demasiado alto, sin la preparación adecuada, casi siempre acaba por caerse de la manera más estrepitosa posible. Si, suena a alegoría, o aun mejor, a la moraleja de alguna fábula de las que nos dan a leer cuando somos niños. Pero algunas veces, tales tonterías pueden tener algún contacto con la realidad.
            El divorcio, la división de bienes, la quiebra, la ejecución de activos y propiedades para pagar deudas, apenas le dejaron, promediando los festejos del mundial 86, con un departamento en la capital y un auto pasado de moda con el que viajar todos los fines de semana del campo a la ciudad, y de la ciudad al campo. Campo prestado, se entiende, con la única posibilidad de acceder a él por la promesa de un buen negocio que es imposible que salga mal.
            Al menos esta vez se encargaba de cuidarlo como si de un bien preciado se trataran, algo mucho más necesario que el aire o el agua; algo que, con el tiempo de espera adecuado, lo sacaría de aquella situación de miseria.
            Peor quien no esperó fue, en medio de una tormenta, en noche cerrada en plena ruta, el camión que golpeó su auto. Acabó siendo arrojado, con la furia de la inercia de un camión de ocho ejes a más de cien kilómetros por hora, contra la cuneta de la ruta que acababa, por alguna razón que nadie pudo explicar, en un paredón de contención de concreto.
         De no haber sido así, de todas formas, ese año la cosecha fue un desastre, por lo que cualquier negocio que hubiera planeado con ella habría terminado, irremediablemente, en un fracaso. A pesar de ello nadie se esperaba la muerte de mi tío el pequeño. Nadie habría querido que acabara de esa forma, mucho menos sus acreedores.



Aclaración: Este niño y su caballo no se parecen 
en nada a mi tío el pequeño aunque, sin dudas, 
igualmente feliz se lo habrá visto cuando niño.


domingo, 3 de noviembre de 2019

Familia - Tíos (3/5)


Como he relatado en entradas anteriores, los hermanos de mi padre tuvieron destinos disímiles. Hablé del anodino cumplimiento de un mandato social sin posibilidad de queja alguna, por parte de mi tía la mayor y de la partida intempestiva del hermano del medio. En la cuestión referente a mi otra tía, la menor, la hija pequeña de la familia, la historia se encuentra plagada de desanimo y lágrimas.
            El primer aniversario del final de la Guerra Civil en Europa trajo al mundo a mi tía la menor. En 1946 llegó el cuarto hijo de una lista que se cerraría finalmente tres años después. Y si todo fue alegría, como siempre lo es con un nacimiento, las sombras fueron ocultando el sol poco a poco, lentamente, como un atardecer que se resiste cada vez a terminar.
            Su infancia fue tranquila, creciendo junto a mi tía la mayor; después de todo entre mujeres seis años de diferencia es prácticamente nada, y ambas debían aprender lo que una mujer se supone que debe saber para mantener limpio y ordenado su futuro hogar. Debían, claro, saber cómo se comporta en todo momento, ante cualquier situación, una señorita.
Sin embargo, los problemas de salud, comenzaron pronto; el intolerable verano andaluz poco ayudaba y la idea de partir, de irse a otro lugar en el mundo, resultaba interesante. Principalmente porque sin dudas el aire del campo argentino mejoraría la débil salud de la niña. Su piel demasiado pálida, el cansancio que sentía aún cuando apenas sí finalizaba sus labores domésticos, las incomodidades para dormir, todo sería olvidado. ¿Cuál era el mal que la aquejaba?
            Médico alguno pudo descubrirlo, ni de un lado ni del otro del Atlántico; ni en el pueblo cuando sufría alguna recaída antes de la partida, ni los de la ciudad que visitaron antes de partir hacia el norte de Buenos Aires. Nadie decía una sola palabra que superara la estúpida pacatería social y que ayudara a que la niña pasara mejor sus días.
            Imagino, porque no me queda otra opción, que habrá sido algún tipo de cáncer; una de las pocas enfermedades de las que nadie habla sin dar grandes circunloquios aún hoy. Quizá me equivoque pero, de ser así, nadie queda que pueda corregirme. Prefiero eso a pensar en alguna otra enfermedad para la cual existiera una posible cura cuando murió y que solo la ignorancia de quienes la rodeaban impidió verlo a tiempo.
            La escuela, la iglesia, la casa, eran los ámbitos ideales para una mujer de una buena familia. Que el hermano mayor asistiera a las fiestas que se hacían en el pueblo luego de las cosechas, en el año nuevo, o en otoño, no le deba derecho a ella, una señorita, pero también una niña, a asistir. No, no lo hacía. Un hombre es un hombre, y una mujer una mujer. ¿No lo sabía acaso? ¿Qué se enseñaba en la escuela? Podía enojarse todo lo que quisiera, que aún así no podría ir. Su padre ya se lo había dicho una vez y con eso era más que suficiente. Pero el deseo persistía y, cuando algo semejante ocurre, prohibición alguna es suficiente para hacer el valer el límite que se pretende.
            Con los (pocos) años, los desmayos se tornaron en algo habitual; ya no aparecían una vez al año, ni siquiera una vez al mes. Pronto fueron uno por la semana, volviéndose cada vez más difícil recuperarse de cada uno de ellos a pesar de los tónicos y otros remedios de los médicos. En su rostro de niña, pues sólo tenía 16 años cuando comenzó a empeorar, el miedo, el dolor, la desesperación y la posibilidad cercana de la muerte marcaban su huella; cosas que no podía articular en palabras, porque no sabría como hacerlo, pero que su cuerpo se encargaba de demostrar.
            De seguro supo antes que nadie, al menos antes que los doctores, que moriría pronto; supo que un día como cualquier otro se desmayaría para no volver a despertar. Por eso decidió suspender, ante la sorpresa de su madre, los preparativos de su fiesta de 18 años meses antes; pasaría esa fecha en silencio, en la casa, para no molestar a nadie con su dolor, como corresponde a una señorita. Pero no, eso no es lo que debería corresponderle a una mujer, ni en esa época ni hoy. Quería que nadie la viera sufrir, que nadie viera cómo se encontraba tras tantos meses de dolores y recaídas. Sin embargo, de esa manera se preparó, con miedo, con dolor, con angustia, para el que sería su final, porque, como era de esperarse, como lo sabía toda la familia, murió.
La tradición familiar dice que murió virgen sin siquiera llegar a celebrar el cumpleaños suspendido; al menos de esa forma era recordara en aquella reuniones a las que me obligaban a asistir en mi primera infancia (el que no supiera qué significaba el que fuera virgen, no ameritaba explicación alguna en esos momento si no el mandarme a callar). Así, mi tía la menor, era la virgen de la familia. La que murió impoluta sin haber conocido hombre en su lecho. Una virgen, como manda que han de ser las mujeres antes de su casamiento; una virgen, para ser lo más cercano a la santidad que se conocerá en medio del campo; una virgen para tener a quien emular en los momentos de fragilidad y oscuridad.
            Dudo que alguien más que sus padres creyeran algo semejante.
            Como si supiera lo que iba a suceder pidió, y le fue permitido, asistir a la fiesta con la que celebraban en el pueblo la cosecha de 1964. La acompañarían sus hermanos mayores, mi futuro padre y el hermano del medio, quien poco tiempo después partiría también, en este caso en tren, hacia un destino tan incierto como lo que acontezca después de la muerte. Irían con ella adelantándose a la eventualidad de que sucediera algún desmayo imprevisto y, por supuesto, para evitar cualquier contacto indeseado que pusiera mácula a su virtud.
¿Puede alguien asegurar que, a lo largo de toda la fiesta, sus hermanos la protegieron el ciento por ciento del tiempo? ¿Puede asegurarme que nadie se acercó a ella en toda la noche? ¿Saben ustedes si es verdad que realmente nada sucedió en ese galpón apenas acondicionado para realizar algo parecido a lo que entendemos hoy que debe ser un festejo semejante?
Porque, de ser así, nadie se explicaba las flores anónimas que llegaron a la casa el día del velorio y que mis abuelos se encargaron de ocultar prontamente de las miradas indiscretas. Flores cuya existencia se negó a lo largo de los años; pero, si algo nunca existió, no tiene sentido el negarlo con tanto ahínco, con tanta insistencia, con tanto enojo. Si hubo, en el momento en que las flores llegaron a la casa, algún cruce de miradas entre mi padre y su hermano nunca lo sabré; pero si alguien está interesado en mantener la ficción de que la niña, como le decían sus abuelos, murió virgen, es una cuestión de ellos.
El como yo lo veo, en estos momentos, es un detalle que no aporta mucho (o, al contrario, aportaría demasiado) a la historia. Mi tía la menor es otro de los nombres que se repetían en las reuniones familiares, junto con el de su hermano perdido en los trenes, el tío el viajero, como le llamé en algunas oportunidades, y aquellos otros que nunca había regresado de España. Un nombre más que, tal vez, dentro de unos años finalmente se olvide ya que, de esas dos generaciones (los padres, los abuelos), van quedando cada vez menos familiares, menos personas a las qué preguntar, cada vez menos recuerdos que rememorar y, lo que sin lugar a dudas es lo más terrible, menos historias qué contar.



Aclaración: Esta pensativa adolescente de la década
de 1960, estoy seguro, no se parecía a mi tía la menor
lo sé porque dolor alguno se distingue en su expresión.