Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 18 de mayo de 2019

Abeto (Cuando, por las noches…)


Cuando, por las noches, finalmente me detengo, vuelvo a pensar, inevitablemente, en ti. Ya ni siquiera soy capaz de fingir lo contrario; tampoco hago el esfuerzo de negarlo. Dejé de contar los días, las noches, las lluvias, los veranos que han transcurrido desde entonces porque el mundo se detuvo ante tu partida. Solamente aquel abeto continúa como si nada.
Sí, hablaré del abeto porque es más fácil que mencionar cualquier otra cosa de las que suceden por las noches en este lugar.
            No ha dejado de crecer. Tanto que durante el día oculta con su sombra lo poco que queda del hogar que supimos construir y que se ha ido desmoronando poco a poco con el correr del tiempo. Ni siquiera me atrevo a ingresar allí sabiendo todo lo que sucedió en su interior.
Por las noches, cuando finalmente me detengo luego del trabajo del día, oculta en parte las estrellas que marcarían tu camino de regreso. Lo sé y no puedo hacer nada al respecto.
            Miento, una vez más. Podría talar el abeto y despejar los cielos nocturnos, contemplar las estrellas y marcar las constelaciones que inventamos en nuestras primeras noches allí creyendo que nos guiarían a lo largo de todo el universo. Aún es posible ubicar las más brillantes de ellas, pues continúan casi en el mismo sitio, y reconstruir el camino recorrido. Pero dudo que sirviera de algo más que para distraerme momentáneamente.
            Jamás hubiera creído que de aquella diminuta semilla pudiera crecer, en apenas un palmo de tierra fértil, árbol tan grande, tan alto, tan grueso, tan fuerte y con tanto para dar. Sería un crimen, sino algo peor, talarlo. Ello me condenaría a la soledad de la que, de una forma u otra, pretendíamos escapar.
            Después de todo, la soledad no resultaba ser algo tan terrible. Aprendí que darme un espacio para la introspección no resulta ser algo tan malo. Claro que era la única opción posible ayudada por el silencio, apenas roto por el susurro del viento en las ramas del abeto, o por los golpes de los ocasionales trabajos que realizo junto con las pocas máquinas que continúan funcionales.
He solucionado la mayor parte de los problemas que me atormentaran a lo largo de mi vida; es cierto que era suficiente, en la mayoría de los casos, con dejarlos de lado. En otros, en cambio, se requería más trabajo. Pero tenía todo el tiempo que quisiera para ello entre esperar tu regreso y el incesante crecer del abeto.
            Practiqué, hasta que logré hacerlo bien, aquellas cosas que no sabía hacer. Adquirí habilidades por completo nuevas para mí pero necesarias para sobrevivir, si es que pretendía hacerlo, como finalmente sucedió.
Me sentía alguien diferente de quien era a tu partida; sé que no querrás creer en mis palabras, por lo que te evitaré la enumeración de mis escasos logros, mis limitaciones y los problemas que fueron surgiendo; muchos de los cuales no enfrenté sino que allí los dejé, esperando a que se solucionaran por sí solos o desaparecieran sin más.
¿Lo ves? Algunas cosas continúan tal y como siempre lo fueron.
Tal vez sea esa la razón por la cual la compañía minera de vez en cuando recuerda que continuamos perdidos en aquel asteroide que, de manera imprevista según ellos, escapó de su órbita habitual. Han renovado sus promesas de rescate en cada breve comunicación que logro con los obsoletos aparatos que encontramos aquí, esos restos de extracciones anteriores que de poco servían y con los que debimos apañarnos durante años. Sé, también, que no han encontrado la cápsula de rescate en la que pretendías alcanzar el puesto de seguridad más cercano. Por eso confío en que volverás.
Aunque he perdido las esperanzas en que la compañía cumpla con sus palabras, ello sucedió mucho tiempo después de darme cuenta de que tus propias promesas eran, también, una mentira.


La imagen tal vez no se note, pero es un abeto, de noche.

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En la página web El Ojo de UK de la ciudad de Monterrey, México, se ha publicado el cuento El volumen en octavo.

En la revista digital El Narratorio N° 39 se ha publicado el cuento Iniciación.

Pueden pasar y leerlos cuando quieran.

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domingo, 12 de mayo de 2019

Tierras Lejanas


—Partiré rumbo a desconocidas tierras lejanas —dijo con su estentórea voz—. Sé que no creen en mis palabras, pero así será. Se arrepentirán luego de no haberme escuchado.
            Y fueron aquellas, en verdad, las últimas palabras que escuchamos de él. Es cierto que estábamos bastante agotados de sus discursos imbuidos en el espíritu de los grandes descubrimientos, aquellos aventureros al estilo de Indiana Jones, Cecil Rhodes, Lawrence de Arabia, o John Carter. Después de un tiempo ni siquiera atendíamos a lo que decía, lo dejábamos parlotear en la medida en que no resultara demasiado molesto; cosa que sucedía cada vez más seguido.
            Es posible que nuestra actitud le empujara a tomar su decisión; más que nada cuando comenzamos a burlarnos de él ya no en secreto, o a sus espaldas, sino abiertamente
—Descubriré nuevos saltos de agua que llevarán mi nombre —decía.
—En el baño, seguramente —respondía alguno de nosotros antes de que riéramos a carcajadas.
—Sin lugar a dudas, cuando parta, nuevas tierras caerán bajo el dominio de nuestra civilización —decía soñadoramente en el atardecer.
—Debajo de mi cama hay tierra de sobra para todos —respondía otro de nosotros.
Y nuevamente comenzaban las risas.
La más mínima palabra suya recibía como respuesta risas y más risas. Ninguno de nosotros se detenía a pensar que existiera la real posibilidad de que cumpliera con su amenaza de partir hacia tierras lejanas. Ni siquiera sabíamos que tuviera la voluntad de alejarse de las tierras que nos pertenecían desde hacía tantas generaciones. Ignorábamos su determinación y su ambición por lograr su cometido. Esto a pesar de que conocía muy bien el hecho de que todo el planeta se encontrara surcado de norte a sur, de este a oeste, de arriba abajo, de izquierda a derecha y, también, en diagonal, siguiendo las setenta y dos posibles direcciones del viento, por satélites de todos los países. Incluso aún funcionaban algunos cuyos países habían dejado de existir.
Tras su partida nos sorprendimos al percatamos de que pasaban los días y no regresaba. Habíamos intuido que apenas se alejaría algunos kilómetros antes de regresar; pero no era así. Semanas después, aunque nadie contaba los días, comenzaron a llegar postales de lugares cada vez más extraños y que apenas éramos capaces de ubicar en un mapa: Barcelona, Macedonia, Kuala Lumpur, Singapur, Trapalanda Macondo, Santa María, El Dorado, Atlántida (Uruguay), Sebastopol, Chernobil, y otros nombres que ni siquiera reconocíamos en qué idioma estaban escritos.
La última postal que llegó a nuestras manos traía unas coordenadas anotadas en tinta que comenzaba a borrarse y una gran mancha de sangre.
Partimos en su búsqueda inmediatamente, a pesar de que la postal hubiera sido dejada en el correo meses atrás. Podría estar herido y necesitaba nuestra ayuda, enfermo y necesitaba nuestras medicinas, perdido y necesitaba nuestra guía, o muerto, y necesitaba regresar a nuestras tierras. Cualquiera de esas opciones, apenas nos atrevíamos a pensar en otras, resultaba terrible. Pero era uno de los nuestros y, a pesar de que nos burláramos de él incansablemente, no podíamos abandonarlo.
Vendimos nuestras posesiones, cada una de ellas, luego de averiguar de qué manera llegar hasta el lugar indicado. Alguien ajeno a nuestras tierras aceptó comprarlas pagando un precio rebajado por nuestro apuro. No preguntamos quién era, no era importante, tan sólo el hecho de que pagara en monedas de otros países nos resultó extraño, pero no lo suficiente como para desconfiar.
Partimos todos hacia aquellas tierras lejanas que imaginábamos inhóspitas y terribles. Temíamos que nuestra limitada imaginación no fuera suficiente para describir la selva virgen e impenetrable que encontraríamos a nuestra llegada, luego de semanas de viaje. Realizamos diversos trayectos en diferentes transportes, cada uno de peor calidad que el anterior, tal es así que mejor olvidar y evitar su descripción.
Ciertamente nos quedamos sin palabras apenas llegar al sitio indicado por aquellas coordenadas mal anotadas en lápiz en el reverso de una postal manchada.
Sobre una roca, disimulado entre unas pocas hojas, una sonriente calavera nos esperaba mirándonos con sus ausentes ojos en una mueca que mezclaba la burla y el desprecio no necesariamente en iguales proporciones. Unos metros más allá, una carpa de lona militar rajada, quemada por el sol y la lluvia acida, junto con otros pocos pertrechos que intentaban ser un campamento.
Algunos comenzamos a llorar desconsoladamente sin fingir en lo más mínimo. Los gestos de dolor, de desolación, como cada vez que moría uno de los nuestros, nos invadieron. Los cánticos rituales pensados para estos momentos comenzaron lentamente, como una nota gutural que crece volviéndose cada vez más innegable.
El suelo vibraba junto con nuestro zapateo, a medida que las notas crecían e inundaban la selva a nuestro alrededor. Algunos pocos pájaros huyeron de los árboles cercanos. Cualquier otro ruido que pudiera haber era opacado por nuestras voces. Fue en ese vibrar de voces, cuerpos en movimientos y tierra que no dejaba de temblar, que la calavera, que aún nadie se había atrevido a tocar, rodó ente la maleza y el barro removido por nuestros pies descalzos.
Quien la tomó entre sus manos, para volver a colocarla en el sitial en el centro de nuestro círculo de despedida, se quedó mirándola con cierta sorpresa. La giró varias veces sobre sí misma como si quisiera asegurarse de que lo que su tacto le decía era cierto.
Levantó la mirada, azorado, hacia nosotros y dijo:
—Plástico.
Tiempo después, luego de que se nos prohibiera abandonar aquella selva inhóspita y regresar a unas tierras que ya no nos pertenecían, dudo de que en verdad escuchara lo que todos allí escucháramos en ese preciso instante. Sin embargo, la mayoría esta de acuerdo, y continúa sosteniendo que, en esos momentos, una risa estentórea y cargada de odio, desprecio y placer, inundó cada rincón de aquella selva.
No se trataba, claramente, de cualquier risa.


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En el Número 37 de la Revista digital El Narratorio, pueden leer el relato La tan ansiada hospitalidad.
Mientras que:
En el Número 38 de la Revista digital El Narratorio, pueden leer el relato Escalera al cielo.
Ambos relatos de publicaron en su momento en este mismo blog.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 5 de mayo de 2019

Una particular forma de turismo


En cada viaje que realizo y que, por cierto, no son demasiados, repito algo que podría considerar como parte de mi rutina. Aun cuando no pueda cumplir con todos los pasos, siempre espero haber logrado parte de ellos al regresar.
            Para empezar, siempre planifico lo que debo hacer de tal forma de que, de no haberlo podido hacerlo antes, el último día del viaje la única actividad pendiente sea visitar los lugares que no aparecen en las guías turísticas. Edificios abandonados y en peligro de derrumbe; monumentos que nadie recuerda pero continúan sobre sus pedestales; parques descuidados; obras de infraestructura inacabadas; calles que no conducen a ningún sitio en particular y que solo unas pocas personas conocen y, lo que nunca puede faltar, el cementerio.
            Sé que sonará raro, y la verdad es que tiendo a no compartir este deambular por ciudades desconocidas porque, en oportunidades anteriores, me ha causado más de un problema (los cuales no siempre han sido solucionados de la mejor manera).
            Un edificio abandonado y en peligro de derrumbe es una historia a punto de acabarse. A partir de sus cimientos cuenta los prometedores inicios de lo que pretendía ser; los avatares que debió atravesar su construcción se ven como claras huellas en sus paredes más o menos acabadas, más o menos descascaradas con sus pintura de mala calidad. La existencia o no de un techo, una ventana rota, una puerta desvencijada, dice mucho más de la cuidad a la que pertenece de lo que sus propios ciudadanos estarían dispuestos a reconocer.
            Los monumentos que nadie recuerda hablan de un pasado no oculto, sino lo más cercano al olvido que nadie logrará estar nunca. Algún militar de baja estofa sobre su caballo, señalando hacia un horizonte siempre esquivo; algún pensador que lleva más tiempo muerto de lo que logró vivir, y cuyas obras nadie ha revisado en el último siglo; alguna figura que remite a la antigüedad clásica en un intento por mostrarse cercano a dicha sensibilidad; algo similar a una obra de arte (abstracta, cubista, moderna, o cualquier pseudo-escuela similar), que no solamente su propio creador no supo entender, sino que la sociedad a la que se la ofrendó prefirió ocultar sin más. Las ideas que recorren, o recorrieron, la ciudad, se adivinan en ellos.
            ¿Qué decir de los parques descuidados? La naturaleza demuestra que a pesar de los denodados intentos de la humanidad por lograr lo contrario, será ella quien heredará la Tierra. El futuro anida en aquellos parques que nadie visita por no encontrarlos aptos para la contemplación de delicados ojos humanos.
            De un pasado cargado de ideales caducos hablan las obras de infraestructura inacabadas que surgen del suelo como huesos de antiguas criaturas mitológicas, hijas de algún sueño discursivo y la idea de un futuro mejor que acabó por nunca llegar. Señalan lo que pudo haber sido pero fracasó en el intento, lo que podría haber significado una nueva vida de no haber nacido muerto. Son el oprobio que nadie quiere ver, la oveja negra que toda familia oculta son esmero, el recuerdo vergonzoso al que nunca quisiéramos regresar. La ciudad ansía deshacerse de ellas tanto como de los edificios abandonados al borde del derrumbe, pero siempre surge alguna traba burocrática que lo impide; siempre hay algo más urgente de lo que ocuparse primero.
            Aprender a distinguir entre los pasajes al estilo parisino, replicados en ciudades que han intentado copiar un estilo que no les pertenece, de aquellas calles que no conducen a ningún lugar, lleva un cierto tiempo. Pero, una vez que somos capaces de hacerlo, se abre ante nosotros un mundo de posibilidades. Paredes que acaban en un muro sin revocar; escaleras que surgen a un lado de una acera; giros y calles circulares como ruinas con finales imprevistos; plazoletas ocultas a espaldas de antiguas mansiones; árboles que han visto el desarrollo de la humanidad y que sobreviven en una escasa parcela de tierra entre el concreto de las calles; declaraciones de amor a viva voz en carteles que apenas serán leídos en calles sin tránsito; tiendas ocultas en un recodo que apenas llaman la atención y que en su interior se ocultan tesoros para unos pocos; pasadizos secretos para acortar camino entre un punto y otro; el misterio de las venas de la ciudad completamente abiertas para quien se atreva a internarse en ella. De allí la fascinación por las calles oscuramente arboladas o radiantes de sol, tal como llama a mi interés el último de los lugares de la lista.
            Tal vez porque son el final de cualquier camino, nunca dejo de visitar los cementerios antes de mi partida. Los que a toda costa quieren salvarse del olvido y los que anhelan el vacío del no recuerdo, se acumulan unos sobre otros en aquellos pequeños espacios que el crecimiento de las ciudades aprisiona.
            La verdad que cualquier ciudad pretende ocultar se encuentra abiertamente expuesta a quien visite su cementerio. Esto se debe, principalmente, a que los muertos no pueden mantener las mentiras de los vivos. De allí que se acumulen monumentos faltos de criterio artísticos junto con las fotografías de baja calidad adosadas en el falso granito, o mármol de mala calidad, de quienes no pueden pagarse un monumento de cuerpo entero o un mero busto. Junto a todo esto, las simples cruces de madera de quienes apenas sí tienen con qué cubrir la tierra removida.
            En estas visitas, no me mueve la simple y mera morbosidad; ni me encuentro en búsqueda de inspiración para futuros escritos, aunque la misma puede presentarse de manera inesperada. Y, por sobre todas las cosas, nunca he sentido la necesidad de tomar fotografía alguna; lo que perdura en mi memoria es cuanto registro necesito.

sábado, 27 de abril de 2019

Manzano (Discordia eterna)


La diosa Eris estaría, claramente, satisfecha por lo que allí sucediera durante generaciones. Desde el día en que aquel extraño manzano comenzara a crecer en lo que luego se convertiría el centro obligado del poblado. 
           Desde las familias más antiguas de la región, hasta las recién llegadas, se sentían atraídas por igual. Los ricos y los pobres, mujeres y hombres, niños, adultos, ancianos, adolescentes y púberes imberbes; cada persona sentía la atracción de aquel árbol.
            Cuanto más cerca se encontraba la persona del manzano, mayor certeza sentía crecer dentro de sí de que aquel preciado árbol le pertenecía. Mas nadie lograba, nunca, jamás, ni siquiera por error o casualidad, llegar a demostrarlo.
            Todo un pueblo se construyó en torno a aquel árbol para protegerlo. Un pueblo que miraba atentamente crecer sus ramas, sus hojas, sus tan especiales como apetecibles frutos, y aquella sombra tan acogedora en verano. Un pueblo en el que nadie despegaba los ojos de quien osara acercarse a aquel tronco y pretender, en un intento por señalar su posesión, tocarlo.
            Quienes llevaban algún tiempo allí sabían lo que sucedería si se acercaban demasiado, si osaban pisar siquiera la sombra del árbol.
            Pero siempre había desprevenidos que llegaban al pueblo atraídos por una fuerza irrefrenable que les decía que era allí, y no en cualquier otro lugar, donde debían estar. Y, a medida que se acercaban, la determinación crecía opacando cualquier otro sentir.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, lo ominoso del lugar era suficiente para desalentarlos; contemplar, apenas llegar, las construcciones abigarradas en su constante vigilancia sobre el manzano, echaba atrás a los más decididos, a los más valientes, a los más sensatos. Emprendían el regreso sintiendo una desazón tan atroz sobre sus hombros que muy pocos de ellos lograban escaparle al suicidio más ignominioso.
            Los insensatos persistían en su intento sin cuestionar la posibilidad de que un árbol que en su vida hubieran visto les perteneciera o, siquiera, supieran de su existencia, o que fuera capaz de llamarlos. Ellos nunca se cuestionaban nada.
            Era con ellos con quienes todo volvía a comenzar, porque no se detenían ante los avisos ni los carteles luminosos, las amenazas ni las agresiones de la gente del poblado, sino que continuaban avanzando creyendo que nada más importaba.
Continuaban embelezados por el llamado del manzano sin preocuparse por nada ninguna otra cosa; los golpes, los cortes, las heridas, y la posibilidad de su propia muerte, nada representaban para ellos.
            Los golpes contra uno, que muchas veces acababan en golpes contra otro, que se encontraba allí por la misma razón, daban inicio al enfrentamiento entre los que allí se encontraban. Renacían viejas rencillas, rencores mal disimulados, odios sempiternos, venganzas que llevaban aplazándose demasiado tiempo, pendencias de borrachos, reyertas familiares y vecinales, viejos altercados de tránsito, antipatías evidentes y no tanto, resentimientos y enconos sin sentido (como lo son siempre), y las peleas que uno siempre quería tener con alguien que no conocía pero que de todas formas imaginaba derrotado bajo sus golpes tan solo para probar su propia destreza, su fuerza, su vigor, la resistencia de la que era capaz a los golpes de un desconocido.
            Pronto el fuego hacía su aparición, junto con las dagas, antiguas espadas vueltas a forjar, estiletes, alfanjes, arcabuces, mosquetes, pistolones, escopetas, revólveres, metralletas, tanques resabio de pasadas guerras.
El pueblo sufría una destrucción sin igual, las vidas se apagaban una detrás de otra. El cielo se ennegrecía, las aguas se pudrían y se anegaba la tierra por la sangre vertida, ya que ni la primera ni la última sangre ponían fin a todo aquello.
            Sin embargo, y sin una clara señal de que algo diferente había ocurrido, todo terminaba. Los sobrevivientes dejaban allí donde se encontraran lo que tuviera en sus manos y regresaban a lo que consideraban su hogar. Si lo encontraba en pie se sentían brevemente satisfechos, para comenzar luego a ayudar a aquellos cuyos hogares habían resultado dañados.
Con el correr de los días, el pueblo volvía a levantarse una vez más, sin dejar de mirar al manzano que, regado por la sangre vertida bajo su sombra, florecía sin importarle la época del año en la que aquello sucediera, con aquellos extraños frutos que nadie jamás había llegado a probar.


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En la revista digital NGC 3660 de ciencia ficción, fantasía y terror de España, pueden encontrar el cuento Navegando las Cuerdas del Acordeón.
Es un cuento largo, así que les recomiendo leerlo con atención.

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viernes, 19 de abril de 2019

Descartar y/o Continuar


—Te conozco —dijo él iniciando un intento de seducción destinado al fracaso irremediable, acodándose en la barra de aquel tugurio de mala muerte junto a la chica.
            —Lo dudo —respondió ella dejando la puerta abierta de par en par para un nuevo intento del insistente muchacho.
            La música aturdía y la única forma de entenderse era mirándose directamente a los labios para adivinar las palabras ansiando reconocer una invitación siempre esquiva para conocer esos mismos labios de una manera más próxima.
            —Soy de los que nunca olvidan un rostro —sonrió con suficiencia—, por eso puedo decirte que te conozco. Aún no sé de dónde, ni de cuándo, pero sé que así es.
            Una sensación de fastidio general recorrió el cuerpo de la chica al escuchar tales palabras; tanto que fue incapaz de evitar que parte del mismo se reflejara en su expresión. Algo de lo que él también se percató, entendiéndolo como el inicio de su triunfo.
            —Si… Estoy seguro de eso —dijo—. ¿Pero dónde habrá sido…? —continuó esperando a que ella se decidiera a participar del juego.
            —No soy de salir mucho —dijo ella bebiéndose lo que quedaba de su trago con un movimiento rápido y certero.
            —Nunca dije que te conociera de estos sitios —dijo él en tono comprensivo—. Nadie viene aquí por gusto.
            —A ti no se te ve para nada incómodo —respondió la chica esbozando un rictus de hastío que fácilmente se confundiría con una sonrisa mal disimulada.
            —Uno hace lo que puede por adaptarse —confesó el muchacho sonriendo ampliamente, intuyendo que con algunas frases más ya todo terminaría—. Pero siempre resulta más interesante cuando uno conoce con quien habla. Me llamo…
            —Detente —lo interrumpió.
            Sobresaltado por la fuerza que sintiera emanar de aquellos labios al pronunciar en medio de tanto ruido una única palabra, no supo cómo continuar.
            En silencio la chica se levantó y se alejó de la barra caminando entre la gente. Sin necesidad de mirar hacia atrás sabía que él le seguiría, aun a pesar de que había mucha gente allí dentro, de que no se trataba de ninguna clase de invitación y ante su imposibilidad de darse por vencido.
            Junto a la puerta, por alguna razón que nadie sabría explicar, habían colocado un gran espejo que ocupaba la mayor parte de la pared que conducía a la salida. Quien decidía irse de aquel sitio debía, ineludiblemente, pasar frente a él.
            Allí se detuvo y, aún sin darse la vuelta, se quitó poco a poco la máscara con la que cubría su rostro sin dejar de mirar los ojos de su reflejo. Debajo de la máscara descubrió un rostro que en nada se distinguía de la máscara que, en silencio, dejó atrás antes de atravesar la salida.
            Cuando el muchacho finalmente llegó junto al espejo, apenas sí le fue posible encontrar los restos de una máscara hecha añicos al golpear contra el suelo.


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En el número 22 de la Revista La Ignorancia pueden leer el relato La Inundación, que forma parte, también, del libro Fábulas del Cuaderno Verde, publicado en 2014.

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