Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 21 de enero de 2018

Problemas en la comunicación

—¿Y usted cree que entenderán el mensaje? —preguntó el dueño de la pared.
            —Pues claro, hombre —respondió quien se presentaba como artista con un falso tono de español mal aprendido—. Si está bien claro.
            —Si, puede ser… —continuó, reticente, el dueño—, pero esperaba algo un poco más habitual, no esto que es tan… tan…
            —Artístico, esa es la palabra —dijo el artista ufanándose de su obra e hinchando el pecho cada vez con cada respiración, si es que algo semejante fuera posible.
            —No, no, algo menos llamativo. Un simple cartel anunciando el negocio; que se sepa que hay una pinturería, nada más.
           —Ahora ya lo saben, ¿no le parece? ¿A qué no quedó espectacular? —sonreía tanto que sus dientes parecían a punto de salir disparados de las encías mientras preparaba la cámara de fotos para inmortalizar, en otro soporte, su trabajo.
            —Pero ni siquiera se acordó de poner el nombre del negocio como le pedí.
           —¿Y dónde quiere que ponga Pinturas Juancito? ¿En el izquierdo o en el derecho? —preguntó con un dejo de irritación el artista.
            —No, está bien. Que quede así —dijo el dueño de la pared—, pongo un cartel del otro lado.
            —Excelente —respondió el artista sin dejar de fotografiar su obra desde todos los ángulos que podía imaginar.

domingo, 14 de enero de 2018

Drago

La sorpresa inicial dio paso al estupor; podría haber avanzado un poco más y llegar al pavor, al terror sin límites. Su curiosidad, sumada a la nula formación, pudo más y le indujo a pensar que existían demasiadas posibilidades de que allí hubiera otra cosa que mera superstición. Después de todo, sabia que los árboles no sangran.
            Al menos no con una sangre similar a la humana; rojiza, pegajosa y tibia. Eso lo sabía, pero la leyenda hablaba de una anciana bruja que, escapando de los inquisidores que la perseguían sin descanso, se internó en el bosque sin volver a ser vista jamás. Los inquisidores regresaron con las manos vacías a sus iglesias sedientas de fuego y dolor; llevaban, en cambio, la certeza de que aquella vieja era realmente una bruja y se había transfigurado en árbol para evitar la hoguera. La bruja formaba parte del bosque.
            Por esa razón pocos eran los que se atrevían a atravesarlo desde entonces.
            Pero era sólo una leyenda, tenía que serlo. Las brujas no se convierten en árboles. Las brujas no existen, o no debería existir. Así como tampoco debería un árbol sangrar. Sin embargo, allí estaba, viendo como aquel grueso y rugoso tronco se desangraba hasta la muerte luego de que golpeara, al pasar junto a él, la corteza con la vaina de la espada.
            ¿Por qué no quemaron el bosque cuando la bruja desapareció en él? ¿Por qué nadie arrancó de aquella tierra hasta el último raquítico tallo?
            Respuestas que carecían por completo de interés en ese momento. Era evidente que nadie lo había hecho y la bruja-árbol, el árbol-bruja, del que se hablara durante siglos acababa de quedar al descubierto.
            El miedo lo embargó durante unos instantes.
            Se arrodilló en la tierra formando un cuenco con sus manos para juntar la sangre derramada y beberla, como una ofrenda a sí mismo. Bebió cuanto pudo antes de desfallecer y caer vomitando el brebaje que intentara tragar tal vez creyendo que adquiría, de ese modo, alguno de los poderes de la oculta hechicera.
            Allí se quedó, junto a las raíces de un árbol que moría lentamente, hoja por hoja, gota a gota, desangrándose a su lado.

jueves, 4 de enero de 2018

10 Años de Proyecto Azúcar

Diez años atrás, por lo que estamos hablando del 4 de enero de 2008, para quien no se lleva bien con las matemáticas, comencé un proyecto al que, denominé, en un ataque de creatividad Proyecto. Pero no podía quedar tan sólo con ese título, por lo que busqué asociarle una palabra que definiera todo aquello que no soy, de allí la segunda parte del título: Azúcar.
            Es lo más extenso que intenté y que sostengo, después de tantos esfuerzos y tantas frustraciones que poco aportaron en otros aspectos. Una continuidad que hubiera deseado poder aplicar en otros espacios, claro. Pero pocos son los que realmente eligen a cada momento lo que más les conviene.
            Después de una década de escrituras (no voy a enumerar meses, días, minutos, segundos, fracciones de segundos, nanosegundos, ni cosas similares), puedo hacer una breve lista (porque siempre hay listas, siempre hay enumeración de lo mejor y lo peor del tiempo que pasó, aún cuando lo peor sea mucho más que lo mejor), de aquellas cosas que, digamos, aprendí, en los diez años que pasaron.
            Es una lista incompleta, que no aporta nada, y tan sólo viene a señalar que por mucho que se intenten cambiar ciertas cosas, no siempre suceden dichos cambios. Y por mucho que uno quiera obligarse a ser diferente, a veces la vida misma falla.

Diez cosas que aprendí, o reforcé, en los últimos diez años:

1 – El Asado: No sé prepararlo, no me interesa saberlo, no voy a aprender, no insistan.
2 – Neumáticos (o las ruedas, en argentino): No sé cambiarlos, no tengo auto, es un conocimiento que carece de lugar en mi memoria. El transporte público, aunque demore, siempre termina apareciendo (al menos hasta ahora lo ha hecho).
3 – Películas de acción: Son muy aburridas. Tosas ellas, incluso las que se fingen comedias.
4 – Pesca/campamento: Nada más aburrido que salir de pesca o de campamento como único objetivo de ir a pescar y/o acampar. Hay cosas mejores en las que aprovechar ese tiempo y, si lo que me interesa es pensar, también tengo mis medios.
5 – Vino: La bebida de moda, no me gusta. No. La explicación carece sentido
6 – Futbol: ¿Eso es un deporte?
7 – El Nudo de la corbata: Las veces que intenté aprender a hacerlo nunca lo logré; por lo que una camisa sin corbata es mucho más cómoda.
8 – El dolor: Detesto sentirlo y, ante la menor molestia, comienzo a quejarme y a pedir anestesia (o algo parecido). Pero esto ya lo sabía.
9 – Lo Políticamente Correcto: Comienzo a pensar que poco a poco se convierte en una forma de censura.
10 – Los balances: Son un pérdida de tiempo, casi como pensar en hacer listas de las cosas aprendidas, perdidas, encontradas, olvidadas o por olvidar para no olvidar de lo que debemos olvidar si queremos recordar sin olvidar. En serio, ¿quién continúa haciendo listas?

La celebración tendrá lugar a lo largo de todo el día, según el esquema horario de cada país, en la medida en que las alteraciones del espectro electromagnético no interfieran con la transmisión de los mismos.

Cualquier tipo de saludo, mensaje, agradecimiento, queja, silencio incómodo, mutis por el foro, devoluciones, pedidos de reembolso, acreditaciones, rechazos (con o sin justificativo), carta documento y citaciones para posibles juicios por plagios actuales y/o venideros), como siempre, pueden dejarlos en el apartado de los comentarios.

Y como la creatividad no se encuentra siempre disponible, les dejo la primera imagen que encontré en la red con el motivo de esta entrada:

sábado, 16 de diciembre de 2017

Sueños Breves # 25

Una vez más soñaba con mi padre (esa figura extraña, cuasi mitológica, que forma parte del recuerdo del recuerdo pero no de la vida misma, al menos en mi caso se entiende). Hablaba con mis palabras, con mi voz y mis gestos; ignoraba los suyos, los que le habían pertenecido o los que adquiriera a lo largo de su vida. Tampoco me resultaba extraño que luciera como en las fotos de antaño.
            Hablaba él más que yo, apenas me limitaba a asentir en algunos momentos y a dar muestras de que comprendía lo que me decía.
            No puedo mostrarte lo que hay después de la muerte —decía—, la mía o la de cualquier otra persona, porque es tu propia mente quien lo desconoce.
            —Claro —respondí.
            —Estamos dentro de tu sueño, por lo que sólo podemos ver, hablar y sentir, aquellos que hayas experimentado en la vigilia.
            —Odio esto —dije.
            —¿Qué cosa? —me preguntó con un dejo de sorpresa en la voz.
            —Ser incapaz de dejar de racionalizarlo todo siquiera mientras duermo.
          —Tal vez sea hora de dejar de interpretar los sueños y disfrutarlos simplemente por lo que son: sueños —dijo mi padre.
            —Es lo que yo mismo me respondería —dije.

Sueños Breves # 24

Amaterasu, la diosa solar de antaño estaba enojada. Evaporó las nubes, desecó los ríos y los lagos, achicharró a los animales, abrazaba nuestra piel y sobrecalentaba los techos de nuestras casas. Eso para no mencionar las pocas cosechas que aún subsistían.
            Algo, o quizás alguien, la había hecho enojar.
            Todos en el pueblo me responsabilizaban por ello.
            Pero ni siquiera sabía qué era lo que había hecho mal, si es que debía de haber hecho algo, o si simplemente buscaban con quién descargar sus problemas.
            Me expulsaron de las casas comunales sin más protección que unos viejos lentes de sol gastados, que apenas protegían algo, y sin ropa alguna. Pensaban que arderían ni bien entrara en contacto con la furia de la diosa. Pensaron que al apartarme de su comunidad sus problemas se solucionarían. Pensaron muchas cosas.
            Pero se equivocaron en cada una de ellas.
       Nada podía hacerme Amaterasu, porque yo era/seré/soy Amaterasu.