Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 29 de marzo de 2020

… y mil.


El 4 de enero de 2008 abrió sus puertas Proyecto Azúcar. Tenía la idea de, por qué no, publicar, digamos mil cuentos (o textos, o reflexiones, o quejas, o chistes que nadie entiende o alguna otra cosa similar).
            Una idea sin precedente alguno en la historia de la literatura universal. Lo sé, no hace falta que me lo hagan saber.
            Pensé que sería algo fácil, rápido, sin inconvenientes de ningún tipo, y que me daría muchos beneficios compartir tantas palabras (en qué tipo de beneficios pensaba en ese momento en algo que sí no recuerdo); el mundo los blogs, que a pesar de que se decía que ya había muerto, continuaba más vivo e interesante que las propuestas de las otras redes asociales que siguen le haciendo sombra, tal vez cada vez más negra, a lo social. Pero continuamos escribiendo. Siguen diciendo lo mismo aún hoy, eso de que los blogs están muertos, sin embargo, aquí estamos.
            Demoré un poco más de lo pensado en lograr mi cometido. Supuse que me llevaría, como mucho diez años, a razón de cien publicaciones por año, completarlo; terminé demorando un poco más de doce. Claro que hubo muchos cambios en ese tiempo, libros publicados, muchos más leídos, personas que antes comentaban que dejaron de hacerlo, proyectos que quedaron a mitad de camino, revistas que empezaron y terminaron más rápido de lo pensado, participaciones en iniciativas que nunca iniciaron, mudanzas, blogs abiertos y luego cerrados, trabajos nuevos, trabajos viejos, títulos y certificados de buena conducta necesarios para seguir en el trabajo, es decir, las cosas normales de la vida a la que nos hemos acomodado porque no tenemos otra opción. Eso para no mencionar las muchas otras cosas que continuarán sucediendo, lo quiera o no.
            Lo único que espero es que las palabras fluirán de la misma manera en que lo hicieron en el pasado.
            Con un poco de suerte, para el 2032 tenga los mil cuentos (o textos, o reflexiones, o quejas, o chistes que nadie entiende o alguna otra cosa similar) que siguen.

Volvemos a leermos en Mayo de 2020.

sábado, 21 de marzo de 2020

Familia – Finales


Comencé este relato hablando de mi abuelo paterno. Fue ese, y no otro, el inicio que di a mi familia, cuya historia terminó, desde mi punto de vista, con la muerte de mi madre, en 2002. En ese momento me encontré sólo en la ciudad, en una casa vacía y silenciosa, pretendiendo dedicarme a la escritura, creyendo que era algo tan sencillo como colocar palabra tras palabra para crear una historia. Creyendo que sin ningún tipo de contacto con la industria editorial podría llegar a publicar, lograr que mi obra fuera conocida. Creía que me estarían esperando en las editoriales con los brazos abiertos dispuestos a leer todo cuanto les llevara y, más que nada, les gustaría.

            A lo largo de esa búsqueda no encontré sonrisa alguna, palabras de aliento, ni manos abiertas. Nada. Solo pude darme la frente contra puertas cada vez más cerradas, muros que se volvían más altos y más gruesos, indiferencia y desprecio. Necesité un poco más de esfuerzo para sobrevivir, para seguir adelante, con las historias que no dejaba de crear como único estímulo. Se sentía muy raro descubrir en las páginas web de las editoriales grandes, pequeñas y medianas la misma justificación, las mismas razones para no aceptar manuscritos, para no querer ver originales o, en el caso de sí recibirlos, las mismas respuestas de rechazo prearmadas en los correos electrónicos.
            Claro que más raro aún era que quien no era hijo de nadie del medio, no poseía contactos (como ya dije antes), el no haber estudiado en Filosofía y Letras, no ir recomendado por nadie sino ser únicamente alguien que comenzó a escribir y busca su espacio, obtenga algo. Con tanta frecuencia ignoraban mis correos que comencé a creer que la casilla podría estar funcionando mal, al igual que cuando intentara contactar a mis primos refugiados en España; pero, claramente, no era así. L respuesta era más simple: a nadie le interesaban mis escritos, a nadie le importaba si tenía algo para decir.
            Golpe feroz que debía asimilar de algún modo si pretendía continuar adelante, si es que decidía sostener en el tiempo la idea de escribir hasta el último de mis días. Cuestión de la que por momentos continúo dudando, pero de la que aún no le renegado por completo.
            En 2008, luego de analizar otras opciones, decidí que lo mejor sería generarme un espacio propio donde mostrar lo que (creía) sabía hacer, en lugar de continuar esperando por tiempo indeterminado, a que alguien más lo hiciera por mí. Nació de ese modo Proyecto Azúcar, donde me propuse mostrar parte de mis escritos, los que me resultaban que estaban mejor escritos, los que consideraba dignos de ser mostrados. Y pensé: voy a publicar mil cuentos. Tarea creí que sería sencilla, fácil y rápida de completar; claro que en ese momento escribía más seguido que en la actualidad. Si tengo en cuenta que apenas comenzaba la carrera y que no tenía trabajo, la única forma de entretenerme era, precisamente, escribir.
            Unos años después noté que me demoraba en lograr mi cometido inicial más de lo que había pensado, que la escritura no fluía del mismo modo a toda hora ni en todo lugar, que la velocidad variaba y que, también, podrían pasar meses sin escribir ni una sola línea. También me percaté de algo que hasta ese momento me negaba a aceptar: no todo lo que escribía merecía la pena el ser mostrado.
            Del mismo modo noté que la mayoría de los textos no generaban el impacto en los lectores que esperaba de ellos (de los textos, no de los lectores). Aquellos que creía más interesantes, construidos con mayor detalle, pensados para atraer la atención, no lograban su cometido; los textos más lúdicos, escritos a las apuradas, para cumplir y evitar que la página quedara abandonada y sin actualizarse por largos períodos, tenían más visitas, más comentarios, despertaban mayor interés. Es algo que nunca comprendí, ni el cómo ni el por qué, ni en dónde se encontraba la diferencia entre unos textos y los otros, porque provenían del mismo sitio.
            Ahora que estoy llegando al final, luego de tanto tiempo, me doy cuenta que podría haber hecho las cosas de otra forma. Podría haber escrito otra clase de textos, otros relatos. Pero también podría no haber escrito nada en lo absoluto. Claro que, sobre lo que sucedió, sobre los acontecimientos del pasado, sólo su interpretación puede modificarse, su análisis, nunca los hechos en sí. Escribí, escribo y escribiré, es la única constante que perdura en mi vida. Lo único que aún no se ha modificado.
            Tal vez eso sea parte del problema, no haber sabido de qué manera canalizar mejor ese impulso por hacer algo. La cuestión es que, 999 textos después, aún me encuentro aquí, escribiendo. Los textos pasan, los libros se publican (y en algunos casos se venden), los lectores señalan mis errores y lo único que aprendí es que debo continuar.
            La historia de mi familia, que comenzó hace unos ciento veinte años, o hace veinticuatro entradas, no se interrumpe, continúa, por otro lado, en otras personas que no son yo. Se interrumpe, entonces, lo que podría continuar indefinidamente, porque hasta aquí llega mí historia personal, carente por completo de interés, porque no soy ni seré lo que han sido mis antepasados. Ellos nunca podrán entenderme, así como yo no pretendo dar sentido a sus acciones pasadas, ni era ese, realmente, mi interés al contarlas.
Pude haber inventado más cosas, hacer más interesantes los tramos aburridos de lo cuanto aconteció; aunque no sabría cómo hacerlo, las cosas sucedieron de un modo, por una razón, por un motivo. El que desconozca los por qué o la mayor parte de la historia, no vuelve menos válido aquello que decidí incluir. Verdad, mentira, posibilidad, veracidad, aproximación, exactitud, verosimilitud, ficción o recuerdo, son sólo términos que nos acercan a una forma de comprender una realidad que de única posee sólo su pretensión.
La mayoría de las veces, incluso sin que nos demos cuenta, o haciéndolo a sabiendas, creemos avanzar para regresar siempre al mismo relato, al mismo punto de partida, al inicio de todo, y desde allí, continuar, una vez más, la búsqueda en el mismo exacto punto en que la dejamos la última vez que lo intentamos. Ahora, que ya escribí esta historia, me toca salir a buscar cómo volver a contarla.
Quedan las palabras, quedan las historias.


Aclaración: Esta vez no hay foto.


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En el Número 49 de El Narratirio encontrarán el relato Diosa. Pasen a leerlo cuando gusten.

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domingo, 15 de marzo de 2020

Familia – Viejas ideas para un nuevo siglo


Comencé hablando del nacimiento del abuelo paterno, apenas iniciado del siglo XX, llegué al final del mismo con el título secundario en la mano y viendo por televisión cómo, en dos de los últimos días de diciembre de 2001, lo poco a lo que podría haber accedido con ese trozo de cartón impreso, lo que habían prometido durante años, se desmoronaba. La esperanza, los anhelos, las ideas, todo quedó en el olvido. Lo que quedó fueron treinta y nueve muertos durante las protestas y una sensación de desasosiego, mezclada con un poco de zozobra, muy difícil de superar.
            Sería muy fácil continuar el relato de las penurias, de las dificultades, de los problemas que significó sobrellevar esa situación. Para empeorarlo, con la muerte de mi madre, me encontré, de pronto y como quien no quiere la cosa (porque nadie quiere atravesar algo semejante) solo por completo, mientras la familia no dejaba de desarmarse y cualquier plan que intentara para salir adelante fracasaba porque formaba parte del mismo. El mundo cambiaba por completo y no se llevaba muy bien conmigo.
            La esperanza por algo nuevo, por algo mejor, por algo diferente, no solo muere rápido sino que también se la puede asesinar negando los cambios, negando lo que sucedió, olvidándose de los muertos y recuperando aquello que se cuestionaba. Se intentó en Argentina algo que, hasta ese momento, sólo se había práctica en algunos breves y específicos momentos, una forma de organizarse que no dependía de ninguna casta política, ni de los dirigentes de antaño, que no dependía más que de uno mismo y sus necesidades. Pero, como era fácil suponer, luego del desconcierto inicial (que en realidad no era tal), retrocedimos las pocas casillas avanzadas en el tablero, hasta una situación previa al inicio de los problemas. Los mismos que siempre lo habían tenido recuperaron el poder político que nunca les había sido disputado; se disfrazaron con colores diferentes, pero debajo del maquillaje cualquier que quisiera hacerlo podía darse cuenta que era más de lo mismo.
            Pero pocos eran los que querían darse cuenta. Era más fácil volver a creer.
Fueron años complejos (como lo son casi todos), en los que uno hacía lo que podía para sobrevivir casi sin mirar a los lados, sin pensar en las oportunidades perdidas. Me encontraba sin trabajo y nadie me aseguraba que tan pequeño detalle pudiera modificarse a la brevedad.
Hice mi mejor esfuerzo por continuar estudiando, paseando de carrera en carrera, careciendo de cualquier tipo de apoyo, ya fuera económico, moral o fraternal que sirviera de ayuda para continuar adelante. Pero la universidad acabó agotando mis esfuerzos al encontrarme frente a una pared de arbitrariedades tan ilógicas y carentes de sentido que desconcertarían al propio Kafka; aun así, continué estudiando, más que nada porque no había otra cosa qué hacer.
            En 2005 comencé, una vez más, otra carrera; esta vez fue el profesorado de historia. Pero no fue hasta el 2008 que conseguí trabajo. Siete años de vacas flacas, como dicen que aparentemente alguien interpretó en un supuesto sueño de un hipotético personaje de un teóricamente hablando libro sagrado. Luego de esos años debían llegar las vacas gordas, pero estas continuaron siendo flacas aunque, es cierto, estaban un poco mejor alimentadas. Siete años en los que dejar crecer las esperanzas hasta que llegue el momento ideal de, una vez más, asesinarlas. El ciclo siempre continuaba sin alteraciones.
            Para no continuar hablando de la racha negativa, un punto a favor. En 2002 me presenté al primer concurso literario de mi vida. Organizado por una editorial que no conocía, de la que nunca escuché hablar y que años después desaparecería en el limbo de las editoriales porteñas; no me preocupé, en ese momento, por esos detalles de la manera en que debería haberlo hecho. Para mi sorpresa, aunque mayor fue la sorpresa del resto de los que me conocían (y no leían), lo gané y publiqué un libro de cuentos malos. Lo son porque mirándolos desde el presente sólo se distingue una masa de defectos y problemas de escritura antes que verdaderos intentos por lograr algo decente. Esto me llevó a creer que lograría llegar a algún lado con la literatura aun cuando careciera de cualquier tipo de contacto en el medio, aun cuando ninguna editorial respondiera mis correos electrónicos y otros intentos de generar contactos y las agencias de representantes ignoraran mis presentaciones porque aún no había publicado nada que significara un éxito comercial. Pensé que sería un camino fácil de recorrer.
            Ese fue el primer y único concurso literario que alguna vez gané. Esa experiencia jamás se repetiría, aun cuando nunca dejé de escribir. Continuaba acumulando materiales que, intuía, podría publicar cuando mi talento por fin fuera reconocido y las editoriales se pelearon por tener mi nombre en sus catálogos; situación que se demoraba sin más y debía, por otro lado, intentar cosas diferentes, cosas nuevas.
            Una de las cuestiones que no he dejado de preguntarme en todos estos años es por qué si mi interés era la literatura acabé estudiando historia. ¿Qué me llevó a tomar esa decisión? Dicho misterio no ha sido revelado, principalmente porque tan sólo es una de las tantas fallas en la organización de mis intereses. Por decirlo de algún modo. Tal vez sea la razón por la que fui incapaz de acabar la carrera en tiempo y forma y, habiéndola comenzado en 2005, para el 2008 apenas sí había superado la mitad de las materias necesarias para graduarme y obtener mi título terciario que, suponía, debía obtener para 2009. Así pues no existía solamente un problema de intereses, sino también de motivación.
            Claro que continué escribiendo, y en algunos casos utilicé parte de lo que estudiara para darle un cariz histórico a los relatos, pero me resultaba demasiado poco lo que podía utilizar de mi formación académica para mi desarrollo literario. Al menos así me lo parecía mientras estudiaba e intentaba encontrar tiempo para no dejar de escribir, buscar concursos en los que participar y ver de qué manera no lograba nada en relación con ese asunto.
            En esos mismos años, lo que quedaba de mi vida, de la familia, de mi sociabilidad, fue reorganizándose para conformar algo nuevo, algo diferente, algo que generara la sensación de protección, de confort, de pertenencia. Sensación que llevaba años sin sentir y que ignoraba si podría recuperar o si en algún momento sería capaz de pertenecer a, de formar parte de, algo más.
            En medio de la vorágine de la vida adulta que debía abrazar sin contemplaciones, tal vez utilizándolo como excusa, mucho del pasado fue quedándose en el camino. Al llegar el 2008, por poner un único ejemplo, llevaba años de haber perdido contacto con mis antiguos compañeros de la escuela; principalmente porque había cambiado, como mencioné al momento de hablar de mis primos los tres cerditos, mi casilla de correo electrónico. También cambié mi número de teléfono móvil más de una vez, y me mudé, de un extremo al otro, de la ciudad, dos veces. No es que pretendiera volverme difícil de encontrar, sino que pretendía evitar cualquier tipo de encuentro innecesario e irrelevante de esos que pueden llegar a producirse, por ejemplo, mientras caminaba por la calle yendo a comprar el pan. Nada semejante me resultaba interesante. Es cierto que algo como el azar nos reunió en un salón de clases, pero la vida se encargó de separarnos en base a sus decisiones, mi intención era ayudar a que no fuera el azar quien, una vez más, decidirá por nosotros (por mi).
            Es una suerte, finalmente, el haberlo logrado de ese modo.



Aclaración: La imagen es un fotograma de la película 
Invasión (1969), de Hugo Santiago, en el que se ve el mapa 
de la ciudad ficticia de Aquilea. Allí no pude mudarme.

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En la revista digital Perro Negro de la Calle N° 42 (México), pueden leer el cuento Jaime, el Mataautores.

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domingo, 1 de marzo de 2020

Familia - Sean eternos los 90s que supimos conseguir


En 1998, por fin terminé la escuela primaria después de nueve largos años, varios parches en el medio, intentos de reformas y nuevos problemas para ocultar la ausencia de verdadero aprendizaje. Luego de la primaria, en ese entonces denominada EGB, venía el Polimodal (nombre ridículo, lo sé), que era una versión resumida de la anterior secundaria a partir de la cual, en teoría, se debían completar los estudios y salir de allí desprovisto de cualquier competencia necesaria para continuar en la universidad.
            En principio, Polimodal significaba que existían diferentes modalidades de estudios, es decir, especializaciones, al igual que las que existían en la antigua secundaria. Dentro de esas modalidades debía seleccionar una, y solamente una, para estudiar materias específicas y diferentes a las de las otras modalidades. Situación que tornaba tu formación en algo totalmente obsoleto si luego preferías estudiar otra cosa que no se relacionada con ese modalidad. De entre las opciones presentes en la escuela en la que realicé la primaria, elegí ser Técnico Electromecánico.
Eso significa que en algún momento de esos tres años aprendí algo relacionado con la electricidad y con máquinas. ¿Qué fue lo que aprendí? Ese casillero quedará vacío, o sin rellenar, porque ignoro qué colocar allí. Mi título secundario dice una cosa, mi experiencia dice otra, y son sumamente diferentes. Para empeorar la situación, formaba parte de uno de los pocos cursos del colegio en el que éramos todos varones; ni siquiera por error se había inscripto una mujer en él.
            Podría quedarme en la postura fácil y criticar el sistema educativo, a la casta política, al universo, a los caballeros del zodíaco o a los guardianes de la galaxia como medio para justificar lo que sucedió. O bien podría continuar adelante y retomar lo que dije en la entrada anterior de que, luego de tantas lecturas (algunas de las cuales ni merecen la pena ser numeradas), comencé a escribir.
Eran finales de 1999, es decir, finales del primer año de Polimodal; como no podía ser de otro modo con apenas 16 años, caí en la tentación de intentar mis primeros versos. Porque sí, porque lo primero que escribí fueron poesías, versos sueltos, ejercicios para la escuela que se presentaban como demasiado fáciles luego de tantas lecturas.
Tras esos primeros olvidados (y olvidables) versos, continué intentando colocar palabra tras palabra hasta que, en algún momento del 2001 me atreví a mis primeros cuentos. Eran apenas unos pocos párrafos o unas pocas páginas al principio, pero luego se comenzaron a extenderse más y más. Sabía que no era el único en la escuela que pretendía escribir; pero en ese momento era algo que me tenía sin cuidado; esa escritura  era algo por completo mío, que no compartía con nadie más que con mi silencio, tan sólo quería escribir y nada más. La búsqueda de lecturas ajenas a mí mismo comenzaría un poco después, y no acabaría nunca.
            De esa misma época, lo que quisiera olvidar, son, como no podía ser de otro modo, los fracasos en algo que marca la adolescencia de todo el mundo. Estoy hablando, claro, de los fracasos amorosos. ¿Existen de otro tipo a esa edad? Porque fallar en un examen no es un fracaso, es una mala experiencia y ya; en cambio en ese supuesto amor adolescente sobrecargado de ardor y hormonas, todo es sufrimiento, todo es dolor, todo es pérdida definitiva y desdichado interés mal dirigido.
            Es una suerte que la adolescencia, al igual que la infancia, tenga un punto final definitivo. Aún cuando muchos lo nieguen y sostengan que la adolescencia es un estado de la mente y puede extenderse hasta el infinito, desde los doce años hasta la tumba, o más, de ser posible, la adolescencia se termina. Ya sea antes o después, se termina. Luego podemos pretender olvidarla.
            Como si se tratara de un reloj, de un cronómetro, o del efecto psicológico del clima, cada año me deslumbró una mujer diferente otra estudiante, porque el colegio tenía también la orientación de economía y gestión, donde todas las chicas de la primaria se habían anotado sin dudarlo. Como no podía ser de otro modo, las tres oportunidades acabaron en fracaso. Nunca supe cómo hacer que algo semejante funcione (tampoco sé hacerlo hoy en día, pero ese es otro asunto). Pero si con los años uno se acostumbra a fallar como si fuera parte del propio sentido de la vida, las primeras veces en que eso ocurre, son las que más se sufren. Las que más se recuerdan resultan ser también las que más duelen. Es como caerse de la bicicleta, es doloroso hasta que aprendemos a poner el cuerpo, entonces no dejamos de caer, pero lo hacemos mejor que antes.
            Tres intentos con algunos detalles idénticos y otros un poco más específicos, dependiendo en parte de mi experiencia anterior y de la otra persona. Pero tres intentos que acabaron del mismo modo, de la misma manera, sin haber tenido la menor oportunidad de volverse una opción viable.
Claro que esto lo digo desde el presente, en ese momento esperaba que fuera de una manera diferente. Muy diferente, como si se escondiera en esas posibilidades de triunfo, la clave para acceder a la felicidad que no veía posible encontrar en ningún otro lado.
            Estos deslumbramientos comenzaban en otoño y ni siquiera lograban superar la barrera de la primavera, todo se desmoronaba mucho antes sin que supiera qué cara continuar yendo a la escuela. Era una suerte, en el único caso en que puedo sostener algo semejante, que el edificio fuera lo suficientemente grande como para evitar, en los recreos, evitar el ridículo de cruzarme con ciertas personas. Pero ni siquiera e ese modo fue fácil sobrevivir. Mucho menos teniendo en cuenta la fuerte presión que pesa sobre los adolescentes para demostrar, de manera constante, su hombría, su valía, su destreza y dureza frente a los demás. Presión que se magnifica si, para completar el cuadro, en cada año aumentan la graduación de los lentes y cada vez se ve un poco menos.
            Así y todo, en algún momento del último año algo se activó en mi cabeza, me di cuenta de lo que hacía, por qué lo hacía, qué pretendía demostrar y que, en definitiva, casi todo lo que hacía era por inercia, o presión externa y no por interés o motivación personal. Los últimos meses, sabiendo eso, pude comenzar a despedirme del terrible mundillo de la secundaria y mis fracasos esperando la llegada de las posibilidades de éxito que me esperaban del otro lado de los muros de la escuela con un título secundario en la mano, muchas esperanzas y expectativas en alza en la posibilidad de conquistar al mundo. Metafóricamente hablando, en algún momento.
Despedida que para mucha gente que conozco resulta ser sumamente dolorosa, complicada y de difícil cumplimiento; pero que, en mi caso, fue una de las cosas más sencilla que he llevado adelante. Una de las pocas etapas de mi vida que se cerró y que nunca más volvería a abrirse, aunque continuara influenciando en mis acciones, volver sobre ella carecía de sentido.
Se abría un mundo de oportunidades, algo que suena a eslogan de publicidad mediocre; pero incluso ese tipo de frases tiene algún contacto con la realidad en, por supuesto, muy pocas oportunidades.
Claro que no contaba con el hecho de estar terminando mi educación media, y como suele decirse formal, en el mes de diciembre de 2001.


Aclaración: En Buenos Aires existe la costumbre de realizar un viaje final de la escuela secundaria a Bariloche, un destino turístico del sur del país donde hay nieve un montón de cosas que no hay en Buenos Aires. La costumbre incluye volver con este tipo de fotos. Fiel a mi propia costumbre, no sólo no tengo una de estas fotos colgando en ninguna pared de mi casa, sino que ni siquiera acepté realizar ese viaje

sábado, 22 de febrero de 2020

Familia - La vida en la ciudad (1990 – Segunda Parte)


Los 90s continuaban.
Esa década que para algunos fue alegría, diversión y prosperidad, para otros fue por completo diferente; si bien no hubo tristeza, lo que teníamos no era tampoco esa alegría plenamente frívola a la que nos invitaba la televisión y la publicidad. Puede ser que haya habido algo similar a la diversión, pero nunca en grandes cantidades, siempre limitada en cuanto a los medios y las formas, porque, como el mundo entero lo sabe, para divertirse en grande es necesario gran cantidad de dinero, para demostrarlo, para enrostrarle a los demás lo que estamos haciendo, de otro modo carece de valor. Ahora, ¿prosperidad? Si, claro, para una mínima parte de la sociedad. La ficción de vivir en un mítico primer mundo continuaba en pie, y se asentaría con mayor peso luego de 1996.
            Por esos años, mientras por mi parte continuaba en la escuela, mis hermanas hacían sus intentos, no siempre fáciles, en el mercado laboral de un mundo en el que tú mismo tienes que convertirte en un producto digno de ser consumido si es que se pretende conseguir un puesto de trabajo. Las claves de un mundo que había demostrado ser útil y funcional en su momento, el principio del siglo XX, llegaba a su final y no solo porque 1999 estuviera cada vez más cerca, sino porque el entramado social se tejía y destejía constantemente, generando cambios allí donde nadie se los esperaba y, al mismo tiempo, fortaleciéndose allí donde cualquiera hubiera esperado su destrucción.
            Muchos de los cambios los contemplé en un segundo plano permanente producto de ser el más pequeño de la familia y, por lo tanto, no sólo no era necesario, al parecer, explicarme nada, sino que tampoco hacía falta. Era sólo un niño, pero no un niño cualquiera, sino quien había provocado que todo se derrumbara, que la familia cambiara y que ya nada fuera igual a lo que había sido antes de ese momento.
Tenemos aún hoy la posibilidad de utilizar edificios construidos a principios del siglo XX que apenas sí muestran algunas huellas de desgaste; mientras que edificios construidos en los primeros años de 1990 se han derrumbado, total o parcialmente, porque sus bases no resultaban lo suficientemente sólidas como para sostenerlos. Y si en lugar de edificios mencionamos cualquier otro tipo de construcción, o institución, o grupo social, la imagen resulta igualmente útil. El mundo se venía abajo porque nada de lo nuevo estaba pensado para que durara más que lo que dura la novedad, ni siquiera la utilidad, sólo su moda. Cuando las luces se la presentación se apagaban, no tenía sentido que nada continuara funcionando como si tal cosa fuera lo normal.
            En ese contexto, si tenías algo, por mínimo o escueto que fuera, lo mejor era mantenerlo, aferrarse a él el tiempo que fuera necesario; hasta encontrar alguna cosa mejor en todos los aspectos y estar seguros que es nuestro y de nadie más o bien hasta perderlo todo y, por ende, quedarse sin nada, sin nadie, sin qué hacer o cómo vivir.
Lo que primaba en esos años era el desasosiego pero, otra vez, sólo para algunos; esos algunos que son, después de todo, cuando miramos hacia atrás, la mayoría. Es decir, lo normal en esas situaciones paupérrimas. De esa manera veía cómo los mismos muebles, las mismas cosas, perduraban en la casa de la familia acumulando sobre sí no sólo años y problemas, sino también un fino velo de ansiedad para que nada, ni el menor detalle, cambiara, para que nada fuera sustituido.
Aclaro que no me refiero a que hubiera preferido cambiar de casa, de muebles, de barrio, o cualquier otra situación, sino que, mientras veía cómo todo a mi alrededor, todo lo exterior cambiaba (por ejemplo las casas de los compañeros del colegio a las que era invitado a conocer, nunca se mantenían demasiado tiempo del mismo modo, o se mudaban a algo más grande, mejor ubicado, más caro, cuando no las remodelaban por completo, o alguna cosa similar), hacia adentro, hacia la familia, todo se mantenía.
            Por ello, para evitar cambios pronunciados, o bruscos en el ecosistema de la casa, cada vez que algo se rompía, grande o pequeño, se intentaba repararlo o se buscaba conseguir uno idéntico al que ya no funcionaba; cosa que no siempre sucedía porque no siempre era posible. Y eso se debía a que lo que se rompía era tan viejo que llevaba años que había dejado de producirse o porque carecía por completo de valor real y, para lo simbólico, sólo adquiere valor en relación con uno mismo.
            Eso sin pensar en la tecnología que continuaba cambiando y sorprendiendo con sus avances, algunos de los cuales por completos inútiles y/o innecesarios, pero que de todos modos allí estaban. Cosas que nos son habituales hoy, en esa segunda mitad de la década eran una completa novedad. Desde la televisión por cable las 24 horas del día y la música en formato digital (¡Y no en cintas magnéticas!) hasta los primeros abuelos de los actuales teléfonos móviles. Demasiadas novedades que inundaban cada rincón de la vida, como si buscaran obligarnos a no pensar, o hacerlo únicamente para estar pendientes de las últimas novedades, cada vez menos cercanos a nuestras necesidades y más al tanto de las apariencias.
            Los años pasan, como resulta imposible de negar, y uno, al hacerse mayor comienza a comprender cierto tipo de cosas de las que antes quizá no se percataba. Como que en las fiestas de fin de año siempre estábamos solos, o que en los aniversarios del nacimiento de mi madre una única y solitaria amiga apareciera para saludarla y regalarle, año tras año, un juego de té diferente.
            Siempre quise preguntarle, pero nunca me atreví a hacerlo, si es que se olvidaba de que ya había traído un regalo similar, o si le sobraban esas cosas en su casa y por eso las regalaba, o si carecía de ideas sobre qué otras cosas podría regalarle a una viuda madre de tres hijos. Años más tarde, tras el fallecimiento de mi madre, encontramos acumulados en el interior de un mueble, cinco juegos de tazas, platos y cucharitas de té diferentes. Cinco, en sus respectivos empaques, que nunca fueron abiertos, nunca fueron utilizados ni tan siquiera una única vez.
            ¿Dónde estaba el resto de la familia? ¿No quedaba nadie? Las relaciones con los demás, luego de la muerte de mi padre, habían quedado en la nada misma; entre el olvido, el desprecio y el si sé algo de ti no me acuerdo. Y en frases como: ¿Somos parientes? Si algo quedaba del pasado, de todos los esfuerzos que realizara mi padre para ayudar a la gente del pueblo y al resto de sus familiares (los que no eran directos, como los hijos de los hermanos de mi abuelo, y toda esa gente), ni siquiera quedaban las ganas de agradecer. El tiempo había pasado, lo que hubiera sido de nosotros era una cuestión puramente nuestra, el agradecimiento se lo llevó, bien lejos, el viento.
            Esto no quier decir que hubiera sido mejor nuestro pasar si alguno de todos los beneficiados por el trabajo de mi padre se hubiera acordado de nuestra existencia; solo digo que habría sido una buena forma de recordarlo.
            Mientra tanto, con el trabajo de mis hermanas, en los rebusques laborales que realizaba mi madre trabajando para otra gente y en mis intentos por atravesar la escuela sin generar ningún tipo de inconveniente, sin crear problemas que alteraran el precario equilibrio de la convivencia pacífica y silenciosa en la casa, se pasaban los días. El silencio, por sobre todas las cosas, se había convertido en un bien preciado, necesario para meditar, para reflexionar y, también, para que los recuerdos fluyeran, de ser posible, con mayor facilidad.


Aclaración: Sin lugar a dudas, la moneda de 25 centavos fue una
 de las grandes protagonistas de estos años de la década de 1990.

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En el Número 48 de la revista digital El Narratorio, pueden leer el relato Manifestación. Alguna vez publicado en estas páginas.

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