domingo, 23 de junio de 2024

Entre toda esa arena

La tormenta de viento y arena duró varios días, como cada tormenta en medio del desierto. Días sofocantes. Días en los que buscar formas de superar el aburrimiento esperando que el viento no arrancara los puntales de las tiendas que nos protegían, que la arena acumulada no rasgara con su peso las gruesas telas. Soportar aquel encierro requería un gran esfuerzo ya que si respirar resultaba un lujo, comer y beber se tornaba imposible.
    Cuando el clima se tranquilizó, y el sol volvió a castigar desde lo alto, vimos destacarse, entre toda esa arena, una serie de rocas de las que no teníamos recuerdo. Eran rocas grandes, enormes, del tipo que se necesitaría mucha arena para cubrirlas. La tormenta había modificado tanto la geografía de la zona que, a pesar de que la caravana pasaba por allí más de una vez al año, ya no reconocíamos el lugar. Mientras desmontábamos el campamento calculamos que las rocas se encontrarían a no más de media jornada de camino.
    Pudo haber sido la curiosidad lo que nos impulsó, pudo haber sido otra cosa, pero como si fuera una decisión unánime, nos dirigimos hacia ellas, hacia las rocas. Rocas que veíamos crecer con cada paso que dábamos. No eran grandes, no eran enormes, eran ciclópeas, como un pequeño conjunto de montañas perdidas entre la arena, las dunas y el calor. Y nosotros apenas éramos un pequeño grupo de hombres perdidos entre toda esa misma arena, esas mismas dunas, ese mismo calor.
    La media jornada de camino que suponíamos al principio, fueron dos y acabaron siendo tres cuando por fin las primeras rocas comenzaron a ascender y escarparse. El camino era difícil, pero nadie se quejaba, nadie decía nada; seguíamos avanzando luego de ver caer el cuerpo de quien acababa de despeñarse o de quien desfallecía entre el calor y el esfuerzo, seguíamos avanzando luego de sacrificar a los cada vez más agotados caballos y camellos. A pesar de estos pequeños percances, seguíamos avanzando.
    Atravesamos las rocas más altas por entre lo que parecía ser el único paso posible. Encontrándonos en ese lugar sentíamos que conocíamos esas rocas, como si fueran parte de una memoria anterior, previa, más antigua que la vida, más antigua que todo lo demás. El tacto con ellas no nos parecía extraño, sino natural, familiar, propio. Resultaba tan complicado de explicar que sólo podíamos aceptarlo. Lo veía en las expresiones de resto de los caravaneros, mi sorpresa no era única, las sonrisas mal disimuladas bajo nuestros turbantes decían casi tanto como nuestros silencios.
    Tras el paso entre las rocas, el camino continuaba en lo que parecía ser el seco lecho de un antiguo río que desaguaba en un pequeño lago. Y, encallado en el centro de aquel lago seco, entre el cieno endurecido por los años, nos esperaba el mayor navío que ninguno de nosotros viera nunca. Negro, con su velamen y correaje intacto, parecía haber sido labrado, tal vez tallado, no lo sé, a partir de una única y descomunal pieza de basalto.
    Subimos al navío y recorrimos cada rincón. Desconocíamos quién lo había construido o por qué, pero allí estaba, intacto, aprovisionado y listo para salir a navegar si hubiera agua sobre la cual hacerlo y viento suficiente que inflara sus velas. Pero todo cuanto teníamos era el sol y el cielo despejado por el resto de este día y sin dudas hasta el atardecer del día siguiente.
    Me gustaría decir lo contrario, pero no fui yo quien supo lo que debía hacerse. Aún recorría el navío en la tarde de nuestro segundo día sin llegar a cansarme las bodegas atiborradas de comida y toneles de agua y vino, incienso y paños de múltiples calidades, cuanto comenzó. Al volver a la negra cubierta noté que mientras se acercaba el crepúsculo, varios caravaneros miraban las oscuras velas de basalto. También las miré, porque algo me llamaba a hacerlo, algo que estaba allí y que no podía identificar, algo que sabía que debía hacer. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin mediar palabra, en el momento del crepúsculo comenzamos a soplar con todas nuestras fuerzas.
    Soplamos una y otra vez hasta que la vela de basalto comenzó a hincharse y, con un quejido de dolor mezclado con un poco de satisfacción, el navío se desprendió del cieno. Continuamos soplando y soplando hasta que el movimiento fue evidente y sabíamos que avanzábamos en la dirección correcta. Uno de nosotros tomó el timón y fijó el rumbo, el resto comenzamos a cantar.
    Uno a uno dejamos de soplar y ocupamos nuestros lugares en el navío cantando. Unos en las bodegas asegurando las cargas, algunos en la cocina para encender el fuego y preparar los alimentos, otros revisando los cabos para que nada estuviera fuera de lugar en la cubierta. A mí me tocaba barrer de la cubierta los restos de arena de la última tormenta. No era mucho lo que podía hacer, pero era necesario.
    Así como supimos que el navío de basalto nos pertenecía desde algún momento anterior, previo, más antiguo que nuestra vida y todo lo demás, supimos que mientras al menos uno de nosotros continuara cantando, el navío nos llevaría de regreso a donde pertenecíamos. Supimos también que si volvíamos a olvidarlo, si una vez más dejábamos de cantar, encallaríamos una vez más, en otro lugar, lejos de las rocas, entre toda esa arena, y esta vez sería para siempre.


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Este mismo relato es mi última participación en el N° 100 de la Revista Digital El Narratorio, pueden pasar a leerla cuando gusten.

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sábado, 15 de junio de 2024

Cabalgata nocturna

Aflojó las riendas del caballo cuando el caserío no fue más que una mancha a la distancia en el atardecer. Tenía la seguridad de que estaba solo, de que nadie lo seguía para darse cuenta de que no pensaba cumplir con ninguna de las recomendaciones que recibiera. Allá ellos, los tontos en sus casuchas si preferían creer en sus fábulas infantiles y sus estúpidas prohibiciones, los que preferían creer en cuentos sobre aparecidos y almas en pena. Sería suicida pensar en atravesar ese desierto durante el día, bajo el inclemente sol que pega sobre la nuca y el resto del cuerpo volviendo imposible pensar, respirar, vivir. No haría nada como eso, si había llegado hasta allí con su fiel caballo atravesando las noches tibias de cálida brisa, seguiría haciéndolo, no cambiaría de idea por unos cuantos cuentos viejos.
    Dejó que el caballo avanzara a su aire, apenas con unos pocos tirones de las correas para corregir el rumbo, mientras la noche ocupaba el cielo y el silencio se volvía más cercano pegándose a su piel. Conocía el ulular del viento, el canto de cada insecto, el vuelo de los murciélagos y de las aves rapaces que se aventuraban por allí, conocía el sonido de las pisadas de cada animal un poco más grande que un gato que podría encontrar en medio de la noche. Estaba más acostumbrado a lo nocturno que a la vida diurna, por eso prefería viajar durante la noche; el miedo que detiene al resto de los hombres, de las mujeres, de los ancianos, de los niños, nada significaba para él.
    Con la luna recorriendo el cielo resultaba imposible perderse, equivocar el rumbo o desbarrancarse. El camino estaba lo suficientemente marcado como para saber por dónde avanzaba. Aun así, y aunque pretendía lo contrario, estaba atento a lo que pudiera aparecer sin anunciarse en medio de la noche, lo que pudiera acecharle sin dejarse ver hasta el instante justo de atacar. La tranquilidad del caballo le indicaba que nada había en las cercanías que alertara su olfato o sus oídos. Se relajó al tiempo que la noche avanzaba y nada sucedía.
    El alba comenzó a dejarse notar cuando llevaba recorrido más de la mitad del trayecto, de haberlo querido y haber apurado el paso del caballo podría haber llegado esa misma noche al poblado siguiente. No lo había querido así para no dejarse ganar por todo lo que escuchara antes de salir del caserío. La inminencia del sol, su calor, su luz, lo impulsaron a buscar un refugio. Unos árboles raquíticos, que apenas servían para dar un remedo de sombra, le parecieron el lugar perfecto. Dio de beber al caballo, que tenía un poco de pasto y otras hierbas con las que entretenerse, bebió también un poco de agua, masticó un trozo de pan con algo de carne salada y se acostó contra el tronco de uno de los árboles riendo por lo bajo al recordar los cuentos de fantasía con los que se pretendía asustar a los niños en el caserío para que no se alejaran.
    Días después, el caballo sediento, hambriento, con las riendas sueltas, listo para seguir su camino, continuaba esperando bajo los mismos árboles. Quien lo encontró dio también con unos pocos jirones de tela con señales de haber sido masticados que apenas ocultaban unos pocos huesos partidos y vacíos, y un morral con algo de pan viejo.

domingo, 2 de junio de 2024

Todo va a estar bien

―Todo va a estar bien ―repitió cerrando la puerta. No tenía certeza alguna de lo que significaban esas palabras, si lo decía para convencerse de que lo que acababa de pasar era lo que tenía que pasar, si no quedaba otra opción para él o si lo decía para reconfortarla―. Todo va a estar bien ―murmuró, como se dice, entre dientes.
    Esas cinco palabras acabarían volviéndose un mantra que, como todo mantra, al poco tiempo serían palabras vacías, sin sentido, sin valor, sin voluntad. Más o menos lo mismo que él en ese momento.
    Cruzó la calle en diagonal entre el tránsito, como siempre hacía y que ella tanto odiaba.
    ―Un día te van a pisar, a atropellar, a pasar por arriba, llevar puesto ―decía y él sonreía sabiéndose inmortal mientras esa preocupación continuara intacta.
    Ahora, que ya no la tenía con él, cruzó de todas formas en diagonal ignorando los bocinazos y todo lo demás. Esquivó también al ciclista en contramano, no era él el único que hacía las cosas mal en la ciudad.
    Desde la otra vereda miró hacia la puerta, seguía cerrada, como ya lo sabía, aunque asegurarse no estaba de más. Algo que podría confundirse con la sensación de nostalgia lo empujó a no alejarse, a regresar, a intentar solucionar los problemas que llevaran a ese instante. Lo sabía inútil, que también era la forma en la que se sentía, como un inútil. Palabra tan repetida en la última discusión, en las últimas semanas.
    ―Todo va a estar bien ―repitió antes de doblar en la esquina. Alguien se giró para mirarlo porque lo había dicho en voz alta. No le importó, quizás ese alguien también necesitaba escuchar esas palabras.
    Pero para lograrlo, para que todo estuviera bien, primero tenía que caminar. Caminar le despejaba y ayudaba a pensar. Caminar siempre sirve, durante horas, kilómetros invisibles en una ciudad que nunca se termina. Caminar era más rápido que ir en ómnibus, en automóvil, en motocicleta, en bicicleta. Caminar era estar consigo mismo, solo, sin compañía. Incluso en esas pocas veces en las que salieran a caminar de la mano, cada uno caminaba solo, juntos, sí, pero cada uno solo.
    Caminar lo llevaba a encontrar soluciones, a resolver lo que no comprendería si se quedaba quieto y encerrado en las paredes de la casa, en los recovecos de su cabeza, entre las palabras nunca pronunciadas y los gestos nunca vistos. Caminar hasta caer agotado, casi que en el umbral del sueño, para dar con la respuesta, la forma correcta, la conjunción indicada y olvidarla porque nos dormimos y ya nunca más podremos recuperarla. Caminar hasta que los pies duelan, al igual que las piernas, las rodillas, la espalda, hasta que el hambre o la sed sean innegables. Caminar hasta que volver sea más difícil que seguir adelante y entonces, aunque quisiéramos volver, solo podríamos seguir adelante, porque no hay adonde volver, no hay adonde regresar, como tampoco hay adonde llegar, adonde por fin detenerse y ponerle fin a tanto caminar, a tantos pensamientos, ponerle un fin y ya a tanto ser sin ser.
    ―Todo va a estar bien ―escuchó que alguien decía a media voz. No se lo decía a él, no se lo decía a nadie, solo lo decía.
    Se sentó en el borde de la acera, entre la tierra y el pasto mal cortado, un hilo de agua de un color imposible de identificar corría junto a sus pies y la basura se acumulaba unos metros más allá. Podría haber elegido otro lugar en el cual sentarse, pero ya estaba allí y allí se quedó.
    ―No ―dijo―, no va a estar todo bien.
    Sintió, supo, que sus palabras sonaban ahora tan definitivas como verdaderas.

sábado, 25 de mayo de 2024

Don

El ruido era una constante. Mudarse a aquel departamento, segundo piso por escalera con balcón a la calle, había sido una mala idea desde un principio. Se había dejado convencer por el martillero de la inmobiliaria sin pensarlo mucho porque necesitaba irse de donde estaba antes y cualquier lugar era mejor a aquel otro. Aunque no tendría que haberse precipitado, lo sabía ahora que ya era tarde. Llevaba los últimos meses pretendiendo acostumbrarse al ruido, lo que resultaba imposible por momentos; era en esos momentos en los que más anhelaba el silencio para poder concentrarse en lo que tenía que hacer, y no sabía cómo recuperarlo.
    Sin atender a lo que hacía, se acercó a la ventana balcón y la abrió. El calor era más tolerable que el ruido, lo había aprendido por las malas durante el último verano. Así y todo, no era cómodo estar allí. El silencio era un don necesario para escribir, para pensar, para finalizar los textos y los artículos que se acumulaban sin que lograra avanzar con ninguno. Respiró el aire cálido de la ciudad y cerró otra vez la ventana.
    Volvió a sentarse. Pasó ambas manos sobre sus ojos con movimientos circulares que no servían de nada, lo sabía, solo lo hacía para olvidarse de las otras distracciones. Ya con la lapicera en la mano miró otra vez el texto que debía corregir.
    Sin la certeza sobre cuánto tiempo había pasado inclinado sobre la hoja, sintió más que cualquier otra cosa, el cambio. Algo difícil de explicar con palabras, una sensación en la piel, como un cambio en la humedad o la temperatura, le decía que algo estaba cambiando. No sabía qué era ese algo que cambiaba, pero estaba haciéndolo. Miró la habitación, los objetos que le rodeaban, los muebles, la ropa sobre la silla esperando por ser doblada y guardada, los libros abiertos sobre la mesa, la cocina desordenada, la televisión apagada, todo continuaba igual a como lo recordaba. Sin embargo…
    Silencio. El silencio lo rodeaba. Un silencio que no parecía natural, porque el silencio nunca es natural en la ciudad, dentro de un departamento rodeado en todas las direcciones posibles por más departamentos y otros edificios. En un mundo inundado de personas, el silencio no era la norma.
    Miró la ventana balcón cerrada. Era una ventana común, no tenía doble vidrio ni ninguna otra cosa que amortiguara los ruidos, eso ya lo sabía. A través de ella siempre se filtraba algún ruido, alguna vibración, el agua de lluvia. Mas nada se filtraba ahora, todo era un silencio completo, brutalmente violento.
    Se levantó y se acercó otra vez al balcón. Las cortinas estaban abiertas, el sol de la media tarde seguía allí, el viento mecía con pereza el enclenque árbol de la vereda de enfrente, y no se escuchaba nada.
    Abrió la ventana, sintió el ruido del aluminio deslizándose, lo que le confirmó que el problema no estaba en sus oídos. Salió al balcón, se asomó todo lo que la red de protección se lo permitía y miro hacia la calle. Los automóviles estaban detenidos, las motocicletas, los ómnibus, las bicicletas, los peatones, todo estaba detenido y en silencio. Cada persona, a pie o sobre su vehículo, en las ventanas de los otros edificios, guardaba silencio clavando la mirada en el balcón, en él. Cabezas cubiertas con cabello largo o corto, cabezas sin cabello; ojos de todos los colores, que no distinguía por culpa de su miopía; hombres, mujeres, niños y niñas; adultos, jóvenes y adolescentes; jubilados, desempleados, obreros, estudiantes, deportista, cuellos blancos, vagos, músicos, cantantes sin oído musical, traidores, cómplices, amistosos, violentos, todas esas miradas, sin emoción, vacías, muertas, se centraban en el balcón. Contempló la inabarcable multitud que llegaba más allá de donde alcanzaba a ver, era imposible mirarlos uno por uno.
    Agradeció con una leve inclinación, cerró la ventana balcón y regresó a la mesa, al papel, a tomar la lapicera y a pensar en lo que debía escribir a continuación frente a tanto silencio.

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En el N° 99 de la Revista Digital El Narratorio pueden leer el relato: Tempus Fugit.

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sábado, 11 de mayo de 2024

Juguetes

Una mezcla de admiración, envidia y odio, no siempre en iguales cantidades, participaba de nuestras relaciones. En las de todo el grupo de niños de la sala y él; las niñas, por supuesto, nada tenían que ver con esto. Nosotros, cada uno de nosotros, lo admirábamos, lo envidiábamos y lo odiábamos, no directamente a él, porque no nos hacía nada, sino a lo que él tenía, todos esos juguetes, y nosotros no. Ese era el gran problema, sus juguetes. No porque fueran más que los nuestros, que sí, lo eran, sino porque eran mejores. Siempre, ni en una única oportunidad fue diferente.
    Creo que ninguno de nosotros entendía lo que pasaba, al menos no como podríamos entenderlo hoy. Además, cuando se tiene cinco o seis años esas cosas no importan. El tema era que siempre que había un juguete de moda, uno que acababa de salir en la televisión, él ya lo tenía, mientras que el resto de nosotros tenía que esperar, con suerte, a la siguiente navidad para ver si algo de todo lo que ansiábamos aparecía con la forma de un regalo. Casi siempre era un no bastante rotundo, porque a esa edad en la sorpresa todavía era posible pocas veces recibíamos algo de lo que esperábamos.
    La espada del augurio con la garra de León-O incluida, la nave de los Halcones Galácticos con todos los halcones dentro, cada vehículo de Rambo, el castillo de Grayskull, armas de todos los calibres y tamaños, juegos de mesa de todos los colores, rompecabezas de fichas infinitas, las TMNT originales, los Caballeros del Zodíaco con sus armaduras de bronce y las doradas, un robot Mazinger de casi un metro de altura con los puños desmontables y la capsula de mando de Koji que prendía luces y hacía ruidos -tal vez decía algo en inglés o japonés, pero ninguno de nosotros hablaba esos idiomas-, un Astroboy articulado y tantas otras cosas que no conocíamos y que solo años después identificaríamos a qué serie de televisión correspondían.
    Él lo tenía de todo, aunque era poco lo que nos mostraba porque nunca, nadie, jamás, ni por equivocación, fue invitado a conocer su casa. Él tampoco iba a la casa de ninguno de nosotros, pero esto nos molestaba mucho menos. Seguíamos invitándolo a nuestros cumpleaños con la esperanza de que trajera de regalo algo diferente a una colonia Paco, pero nunca pasó, nunca fue a ninguna de nuestras fiestas, siempre parecía tener una excusa preparada para ese día, esa tarde, aunque la fiesta fuera un sábado.
    A la salida del colegio venían a buscarlo en un auto con vidrios oscuros en una época en la que ese tipo de vidrios no eran lo común. No sé de nadie que lo haya visto fuera de la escuela y era obvio, porque teniendo todos esos juguetes en la casa ¿quién querría salir a jugar a la plaza con una pelota medio desinflada a ensuciarse de tierra y barro riéndose y gritando junto con todos los demás? Exacto, nadie querría eso.
    Unos años después, tendríamos nueve o diez, al inicio de las clases descubrimos que él ya no estaba. Las maestras no sabían si le había pasado algo, y si lo sabían no iban a decirnos nada. Para ellas era uno que ya no estaba y eran muchos los nombres nuevos que debían aprenderse. No había nadie más a quién preguntarle, por lo que olvidarlo fue muy fácil y rápido. No se puede más que olvidar la voz de quien casi no hablaba o lo hacía muy por lo bajo, la risa de quien casi no reía y apenas sonreía, la mirada siempre triste que no comprendíamos a qué se debían porque para nosotros él debía de ser el niño más feliz, sino del mundo al menos de la escuela, con todos los juguetes que tenía. Pero no lo era.
    Hace un par de días tuve la idea de hacer una búsqueda con los nombres de varios compañeros de aquella época para ver qué había sido de ellos, en algunos casos no era la primera vez que lo hacía. Mientras buscaba, su nombre regresó a mi memoria y tuve que intentarlo también con él. Tendría que haber sabido lo que pasaría, al menos haber considerado esa opción, pero durante los breves segundos que le tomó al navegador mostrarme que para su nombre, quise pensar, quise desear que al menos habría un resultado.