Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 6 de enero de 2019

Salida Didáctica


Caminamos lentamente para retrasar el final del recorrido.
A pesar de que el lugar que pretendíamos visitar no se encontraba tan lejos de nosotros, la organización de una salida semejante resultaba bastante compleja. Muchos detalles que atender, muchos papeles que recolectar, firmas que homologar, permisas que conseguir, y un etcétera más largo que la propia palabra.
            Luego de los últimos casos de desapariciones y de pérdida de partes útiles de los cuerpos de los niños a nuestro cargo, las salidas didácticas se habían tornado cada vez más burocráticas. Sin embargo, ver las expresiones de felicidad de aquellos niños cuando dejábamos de lado los muros de los internados de socialización, resultaba tan satisfactorio que uno se olvidaba de las dificultad que debió atravesar para llegar a ese momento. Y me refiero a verdaderas expresiones de felicidad y alegría, no las que vienen pregrabadas en las máscaras de usos múltiples. Ese tipo de sonrisas, esas risas indisismulables y expresiones de sorpresa al ver la ciudad más allá del encierro redundan en una satisfacción indescriptible.
            Aquella salida, por otro lado contaba con un componente extra ya que pretendíamos visitar una de las últimas demostraciones artísticas que perduraban en el ejido urbano. De allí el interés que despertaba nuestra visita y la necesidad, real, no inventada, de la misma.
            El retraso en el camino, el tornar una distancia tan mínima como apenas unas calles, en un recorrido similar al de una aventura de descubrimiento personal, se encontraba calculado. No era, tampoco, la primera vez que realizaba dicha visita con los grupos anteriores a mi cargo. No era, pues, una improvisación.
            —Presten suma atención —dije antes de que giráramos todos juntos en la última esquina—, lo que estamos a punto de ver es algo que recordarán el resto de sus días.
            Sabía que no sería así, al menos no en todos los casos. Pero siempre me había gustado utilizar ese tipo de expresiones; quizá, nunca lo sabré, realmente habré marcado a más de uno de los niños con ella.
            —Mucho antes de que nacieran ustedes, sus padres y algunos de sus abuelos, el mundo era un peligro para nosotros —dije, aprovechando la salida para explicarles algunas cosas de historia que ya deberíamos de haber estudiado—, pero, por suerte, la humanidad supo deshacerse de cualquier peligro que pudiera dañarla.
            Sus expresiones comenzaban a desbordar la capacidad de esas horrendas máscaras faciales, lo cual también era uno de mis objetivos, demostrarles que se podía sentir más allá de unas pocas emociones pregrabadas.
            —Tengo miedo —dijo uno de los niños al borde del llanto.
            Otros intentaron imitarlo, pero como realmente no lo sentían sus máscaras no acompañaban sus palabras con sus expresiones.
            —No tienes por qué, ya no puede hacerte daño, no solamente porque su especie ya no existe, sino porque es una simple pintura. Ve a verla —dije invitándolos a doblar la esquina.
            Pudieron ver, finalmente, la versión estilizada, no del todo bien realizada, pero lo más cercana a la realidad que podía pedirse, de un tigre. El animal se asomaba en medio de la vegetación devolviéndole la mirada a quien lo observaba, en este caso, a los niños.
La pintura, una demostración del arte urbano previo al reordenamiento municipal, decoraba la chapa posterior de un antiguo puesto de diarios que por alguna razón aún no había sido retirado. Teniendo en cuenta que el último periódico en papel se publicó hace más de una década, y en ese entonces de por sí ya se trataba de algo sumamente infrecuente, y el que las impresiones en ese material perduran para algunas pocas ocasiones especiales, aquel trasto metálico era más una suerte de resabio del pasado que comenzábamos a olvidar que cualquier otra cosa.
Un minuto y medio después, tal vez menos, la pintura dejaba de ser una novedad. Ni siquiera engañaba a los niños haciéndole creer que se trataba de una pantalla y, rápidamente, al percatarse que el tigre no se movía en lo más mínimo, que no amenazaba con comérselos, no hacía malabares con luces de colores que llamara su atención, ni intentaba venderles ningún producto de moda, perdieron el interés.
Era la señal que esperaba para emprender el regreso.



viernes, 28 de diciembre de 2018

Gusanos


Los sentía debajo de la piel.
Llevaba tanto tiempo con esa sensación de picazón que, aun queriéndolo, sería incapaz de decir cuándo había comenzado. Formaba parte de él al igual que sus pensamientos, sus recuerdos, como todo aquello que lo hacían único. Se identificaba con esa sensación. No sería él mismo de no sentirse de esa manera.
            Gusanos. Ocupaban sus venas y devoraban su sangre reemplazándola por más gusanos. Cada rincón de su ser estaba plagado de ellos sin que nadie además que él mismo pareciera percatarse de los movimientos debajo de su epidermis. Es cierto que en varias oportunidades había descubierto a sus amigos apartando la mirada luego de quedarse mirando atentamente algún fragmento de su ser. Pero no apartaban sus ojos por repulsión, sino por envidia.
            Sabía que había sido el elegido entre los miles de millones de humanos que ocupaban el planeta. Sería el primero de un nuevo paso en la evolución, estaba seguro de ello, una síntesis entre el hombre y el gusano, entre la capacidad de crear y la posibilidad de subsistir sin importar el cómo. Sería él y no otro quien diera inicio al cambio, a lo nuevo, marcando el final de todo lo viejo, de lo que ya no tenía lugar en la Tierra. Las razones de su elección carecían por completo de interés.
            Así como tampoco hacía falta explicar el hedor putrefacto que lo acompañaba constantemente y que lograba que fuera expulsado de cualquier espacio público, ya que causaba vómitos en las personas que no estaban acostumbradas al mismo. Semejante hedor llevó a su última mascota, un gran mastín napolitano, a huir de su casa arrojándose por una ventana; y en esos momentos aún vivía en un 5to piso por escalera. Eran apenas detalles que si bien debían de ser considerados, pensando en lo que vendría en el futuro, en poco importaban. Quizás aquel olor sería parte de la nueva humanidad, una nueva forma de apareamiento tal vez, y, como cada ser humano sabe por su propia experiencia, siempre se huye de las novedades antes de acabar aceptándolas.
            Esas pequeñas larvas que despedía cuando hablaba, cuando intentaba aleccionar a sus conocidos, a las personas que se acercaban a saber de él y a conocer su estado, eran claras señales de lo que se acercaba.
Quienes decidían no comprender se alejaban rápidamente, para evitar el contagio decían, para no participar de la transformación corregía. Le hablaban de medicamentos, de internaciones, de la necesidad de salvarle la vida y costosos tratamientos en el extranjero o la necesidad de desinfectar todo cuanto tocara. Pero no era su vida la que se encontraba en peligro. Eran ellos quienes dejarían de ser lo que eran pronto, muy pronto.
            Ellos veían en esos pequeños detalles, la sangre, el olor, la piel amoratada, la clara demostración de su decadencia. Nadie comprendía que eran el inicio de su gloria futura. Si no lo aceptaban ahora, cuando su transmigración aún no se encontraba completa, luego sería tarde. Se los decía en cada oportunidad, pero ellos sostenían que poco se le entendía cuando intentaba hablar porque sus labios carcomidos apenas dejaban escapar algún sonido. No le importaba. Continuaba sonriendo con los escasos dientes que resistían en sus arruinadas encías enjugándose la sangre que manaba entre ellos, esa sangre que generaban la mayor repulsión.
Los miraría con sorna unos días más, hasta que los gusanos que habían comenzado a nublarle poco a poco la visión, completaran su cometido.

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En el número 32 de la revista digital cubana de ciencia ficción Korad pueden encontrar el relato Para restaurar el Universo.
Pueden descargar la revista gratis y disfrutar de su contenido.

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domingo, 16 de diciembre de 2018

Ciprés (La tan ansiada hospitalidad)


Si se detuviera a pensar en el tiempo que llevaba recorriendo aquel camino le sería imposible decir cuándo había comenzado. Tampoco podría decir hacia dónde se dirigía. El calor que azotaba la rala vegetación golpeaba de lleno contra su cuerpo; el polvo que se levantaba a cada paso lo envolvía como una nube metiéndose en la nariz y en la boca, secándosela, recordándole la sed que no dejaba de perseguirlo.
Apenas podía sentir la lengua debajo de la capa de tierra que se adhería a la poca humedad que perduraba en ella. Sus ropas eran grises por ese mismo polvo, tan fino y volátil como las cenizas; sentía como penetraba en cada poro de su piel, en los bolsillos de su desgastada ropa, entre su cabello descuidado y crecido, así como en la barba de varios días.
El cansancio volvía torpe sus movimientos y lentas sus reacciones.
Necesitaba agua para aplacar tan atroz sed, necesitaba un descanso para recuperar las sensaciones de su cuerpo, necesitaba comida para continuar.
Como una cicatriz que señala la existencia de una antigua herida, el camino continuaba hasta donde era posible ver. Incluso parecía extenderse del otro lado del horizonte. Pero el cansancio era tanto que apenas sí pudo dar un paso más antes de caer desvanecido en medio del camino sin atender al lugar en el que se encontraba.
Sin forma de saber cuánto tiempo había quedado inconciente, sin poder recordar qué hacía allí, por qué resultaba tan importante continuar adelante o por qué, de manera imprevista en medio de tanta desolación, una sombra cubría su cuerpo.
Giró, a duras penas, la cabeza y se encontró con un ciprés que marcaba el inicio de un camino lateral. El recuerdo de las viejas tradiciones revivió su cansado cuerpo, sus exhaustas energías y la voluntad de ingresar en aquella finca.
Incorporar le resultó en extremo difícil. Sentía los brazos y las piernas pesados, como si cada uno de los músculos que los componían hubiera perdido movilidad, elasticidad y la capacidad de sostenerlo. Las rodillas crujían cada vez que daba un paso; los tobillos apenas resistían su peso.
Unos metros después del primer ciprés, se encontró un segundo árbol idéntico al anterior. Aquel descubrimiento le devolvió parte del ímpetu que sintiera antes de desvanecerse; sentía que recuperaba la motivación necesaria para continuar. Pero fue al descubrir el tercer ciprés que sus energías se revivieron por completo, junto con la visión, aún a lo lejos, del techo de la finca a la que conducía aquel camino. Pensó en correr la distancia que aún lo separaba de aquel lugar; pero incluso con las nuevas fuerzas que sentía, piernas y brazos continuaban igual de pesados y cansados que al despertar.
Descubrir un cuarto árbol, en perfecta línea con los anteriores, un quinto luego de ese y más adelante un sexto, hasta completar el camino hacia la casa lo hizo dudar de  cuanto sucedía. Las tradiciones tenían su límite, el resto quedaba a la voluntad de cada uno el creer o no, pero era necesario conservar una cierta cuota de veracidad. Con cada paso que daba, el camino se tornaba menos abandonado, incluso crecía algo de césped, aunque descuidado, junto a los árboles, algo que no había encontrado antes en su caminar.
Continuó avanzando lentamente sin recuperar el completo funcionamiento de sus piernas, por lo que cada paso se transformaba en un dolor imposible de describir con palabras. Ni con gestos, ni exclamaciones, ni siquiera con los gemidos que solo aquellos que sufren las peores aflicciones pueden proferir. En silencio continuó sufriendo como lo había hecho siempre, como desde pequeño se le enseñara que debía ser.
Finalmente alcanzó la puerta y llamó con tres leves golpes que quebraron el silencio.
Tanto demoró la atención de su llamado que comenzaba a creer que no habría nadie allí cuando la puerta se abrió sin hacer ruido.
—Solicito derechos de hospitalidad —dijo bajando la cabeza y sin mirar a quien abriera—, mis piernas no me responden de la manera adecuada para postrarme frente al señor de tan bella finca —completó.
La nueva respuesta se demoró en llegar casi tanto como la anterior. Sabía que no podía levantar la mirada hasta que la puerta fuera abierta de par en par, y solamente entonces podría ingresar y solicitar comida, un sitio donde sentarse, y quizás algo más. La sucesión de cipreses similares lo habían confundido.
Le permitieron ingresar, sentarse y comer hasta saciarse con la comida ofrecida; pero, luego del polvo del camino y la pérdida de sensibilidad en su boca y lengua, sabía tan desabrido como la nada misma.
            Luego de la comida, luego de beber el agua suficiente para quitarse el regusto del polvo del camino, sintiendo algo similar a la comodidad, recordó la duda que lo atenazara al llegar allí.
            —No tengo palabras suficientes para agradecer la hospitalidad de tan bien dispuesto anfitrión. Si me permite, en cambio, tal vez pueda usted, responder una duda que se despertó en mí al ingresar a su finca —dijo contemplando el camino por la puerta que había quedado abierta.
            Miró a los ojos al inesperado anfitrión, recorrió cada detalle de su rostro durante el tiempo en que se encontró allí dentro y, aún así, sería incapaz de decir nada sobre él. Por más que los mirara, aquellos rasgos no quedaban en su memoria; tan pronto como apartaba la mirada los olvidaba y debía volver a mirar lo que creía ya conocer. La luz allí dentro resultaba más extraña, ominosa, irreal, que bajo el inexorable sol exterior.
            Entendió el silencio como una invitación a continuar, ya que de no haber querido hablar, una sola palabra hubiera sido más que suficiente para detenerlo.
            —En mi pueblo teníamos una vieja tradición sobre la hospitalidad. En ella se dice que el viajero que encuentra un ciprés en la entrada de cualquier finca, sabe que hallará allí un plato de comida disponible. Si hay dos cipreses el viajero recibirá ese plato de comida en la misma mesa que su anfitrión, en señal de respeto mutuo. Si, en cambio, encuentra tres cipreses, además de la comida el viajero podrá solicitar un lugar donde pasar la noche.
            Nuevamente el silencio le invitó a continuar hablando, con la seguridad de quien no incurre con sus palabras en falta alguna.
            —En tres acaba la numeración. La hospitalidad no avanza más allá de esas pequeñas ayudas. En su camino he visto mucho más que tres cipreses. Eso me lleva pensar que esta finca bien podría ser otra cosa, ya que el único otro lugar en donde deliberadamente se encuentran esos árboles es en los… —se detuvo al darse cuenta la insolencia que estaba a punto de cometer frente a quien respondiera de manera tan conspicua su pedido de ayuda.
            —En un camposanto —completó el anfitrión. Su voz resonó con una fuerza inaudita en aquel lugar, como si el sonido de sus palabras reverberara al chocar con cada objeto del interior de aquella estancia, incluso a pesar de que la puerta continuaba abierta de par en par.
            —No pretendía decir eso —comenzó a excusarse ante su anfitrión e improvisando una reverencia en señal de disculpas.
            —Uno al que las almas de quienes ansían continuar con sus vidas, siempre acaban por llegar… —agregó el anfitrión sin atender a últimas las palabras del recién llegado y cerrando, con el sordo ruido del chocar de madera contra madera, como el cierre definitivo de un ataúd, la puerta.


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En el número 28 de la Revista Pélago (en formato digital), pueden encontrar y leer el cuento Nosotros somos Teodoro Kasier. Inédito hasta este momento.

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domingo, 9 de diciembre de 2018

La chica del helado

La costa atlántica argentina recibe, a lo largo de toda su extensión, la corriente proveniente de las Islas Malvinas; corriente compuesta por aguas subantárticas, por lo que dicha corriente resulta ser extremadamente fría. Esta particularidad se aplaca, en parte, a medida que se acerca a las costas de la provincia de Buenos Aires; es algo que debemos tener en cuenta para comprender la siguiente historia.
            Sucedió la última vez que visité una playa argentina, lugar que, por una cuestión casi diría que de piel, me resulta completamente detestable. La gente, el calor, el sol, el sudor, la necesidad imperiosa de disfrutar de manera cuasi obligatoria del momento que se vive junto al mar como si en ello se nos fuera la vida, por un lado. Así como la noche, el viento, la arena que lo inunda todo, las comidas grasosas y la necesidad de demostrar una alegría tan impuesta como falsa, y esa sensación de estar fingiendo más que viviendo, por otro.
A lo anterior debemos sumarle el hecho de que las ciudades costeras, porque llamarlas de otra manera parecería ser una ofensa a los ancestros fundadores y su descendencia (¿O debería decir decadencia?), se parecen demasiado a Buenos Aires; tanto como si las personas hubieran sido transplantadas de un lugar a otro. Uno nunca está tranquilo en la costa sabiendo que una cantidad indefinida de porteños, recorren las mismas rutas, los mismos lugares, las mismas costas, ansiando disfrutar del verano al igual que uno mismo. Lo que menos se logra en un contexto semejante es descansar, por lo que las vacaciones pierden su razón de ser.
            Este tipo de cosas no me suceden en playas de otras partes del universo, de las cuales conozco muy pocas, es cierto. Quizá por eso es que lo recuerdo tan nítidamente. No la fecha, o momento exacto del día, ni mucho menos en cuál de todos los balnearios costeros me encontraba. El recuerdo es más un bosquejo general de la situación vivida que una memoria real. Podría poner en duda el que haya sucedido, es cierto, es solo que prefiero no hacerlo.
            Encontrándose uno bajo el sol, incluso en el vano intento de protegerse bajo una de las escasas sombrillas que pueden conseguirse, los pensamientos se vuelven lentos; el cuerpo humano no está preparado para soportar esa idea de que debemos tostarnos la piel y, poco a poco, dejamos de comprender el mundo que nos rodea y de actuar con la coherencia habitual. Al menos habitual en mi persona, por supuesto.
Llevaba varias horas de esa situación, tendido cuan largo era en ese momento, cuando la incomodidad me llevó a voltearme buscando algún sitio en el que la arena quemara un poco menos o no resultara tan molesta.
            Entonces la vi.
            De pie bajo su propia sombrilla, e individualista a ultranza, con un traje de baño de otra época pero a la moda vintage de ese verano, grande y con color en una sola de sus piezas, lo que dejaba mucho más librado a la imaginación de quien la mirara que los actuales. Usaba unos lentes de sol que ocultaban casi la mitad de su rostro y una sonrisa entre pícara y socarrona de quien sabe que no se encuentra allí para cumplir con los mandatos sociales, sino para romperlos. Llevaba el cabello recogido en un extraño rodete detrás de la cabeza, algo que, de alguna manera que me resulta imposible de explicar, resultaba extremadamente erótico en compañía de los pocos tatuajes que decoraban su piel; algo que en ese entonces no resultaba tan repetidos como en el presente.
            La palidez general de su cuerpo la delataba como una recién llegada al centro vacacional. Algo imposible de disimular y que explicaba, por otra parte, el implemento de la sombrilla individual en un lugar en el que el espacio personal resultaba insuficiente para estirarse por completo. El labial rojo, brillante, llamativo, completaban el conjunto.
            Pero, además de todo lo anterior, tenía un helado de agua en la mano y utilizaba, sabiendo muy bien lo que hacía, lo que provocaba, su lengua para lamerlo en cámara lenta. Arrastraba la lengua centímetro a centímetro sobre aquel trozo de hielo sabor a fruta, primero de un lado para voltearlo y lamer del otro lado antes de comenzar nuevamente el recorrido concentrando cada uno de sus gestos para que ni la más mínima gota de aquel preciado helado, cayera fuera de sus labios.
            Contemplándola desde la mínima distancia que nos separaba, viví los cinco minutos más largos de mi vida; si es que llegaron a ser cinco, cosa que dudo ya que el tiempo es relativo y subjetivo. Minutos en los que ni siquiera por un breve instante fui capaz de sustraer mi mirada de sus lentos, pausados, extremadamente sugerentes e hipnóticos movimientos; tampoco es que quisiera hacerlo, ni tan siquiera para comprobar en qué estado se encontraba quien me acompañaba debajo de la sombrilla compartida.
            Hasta ese momento apenas sí había sentido algo más que el calor sobre la piel, el sol quemándome, o dorándome, que para el caso es lo mismo, y el sudor que formaba una capa protectora generando una sensación más cercana al desagrado que al placer. Pero al verla todo el cambió; el calor ya no se encontraba fuera mí, allá, en el cielo, brillando incandescentemente para quien se encontrara debajo, sobre la piel. El calor nacía dentro de mí, con una fuerza inimaginable en ese contexto en el que cualquier cosa podría suceder menos, precisamente, lo que estaba pasando.
            Cuando acabó con el último bocado del helado, cuando aquella lengua recorrió por última vez la extensión del palillo de madera y saboreó los restos que se encontraban sobre los labios sonriendo ampliamente ante el éxtasis de saberse refrescada brevemente, decidí actuar de manera intempestiva e inmediata.
            Abandoné la pasividad horizontal y corrí, sin detenerme a pensar en lo que hacía, en la única dirección posible para poner coto al calor que no dejaba de crecer.
            Me reconfortó recibir en medio de semejante calor el ansiado, esperado, necesario y húmedo abrazo de aquel helado mar.



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En el número 8 de la revista Callejón de lasOnce Esquinas, publicado ésta semana, pueden leer mi cuento Brand Agard y su insólita historia, el mismo forma parte también de mi último libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde.

Pueden pasar por la página de la revista y disfrutarlo.

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sábado, 1 de diciembre de 2018

Un fracaso más

A confesión de parte, relevo de pruebas.
Solamente acepté la responsabilidad de una mascota durante mi adolescencia para tener una excusa con la que acercarme a la veterinaria del barrio; lo que me interesaba no era la mascota en sí, ni la veterinaria, pues sabía que no estudiaría nada relacionado con animales. El interés radicaba en la hija de la veterinaria.
Dentro de mi timidez natural, el gato, el perro, el canario, o lo que fuera que me sirviera para acercarme a ese lugar, resultaba perfecto para verla, al menos por unos breves instantes, detrás del mostrador. La mayoría de las veces concentrada en sus estudios, en la caja registradora, en la planilla de proveedores, en la manera adecuada de utilizar una jeringa, ni siquiera me veía; por mi parte, no perdía un segundo en ese lugar sin atender a lo que ella hacía.
En ningún momento me detuve a analizar lo que hacía, ni el por qué; no eran tiempos en los que cualquier acción, aun la más mínima, se analizaba al detalle de comprender cada motivación subyacente. Faltaban años para que la pseudo-psicología nos tomara por asalto. Eran cosas de niños, de adolescentes en su despertar hormonal porque, para qué negarlo, los motivos estaban claros para quien mirara desde afuera toda la situación, pero no para mí mismo; al menos no en ese entonces.
Pasó el tiempo, como en todas las historias; las redes asociales ni siquiera existían en la imaginación de sus creadores, por lo que cualquier intento por conocer su nombre era ponerme en evidencia de que me encontraba allí no por el moquillo del perro, las vacunas del gato, o para comprar alimento balanceado, sino por algo por completo diferente. Lo más extraño de la situación era que a pesar de la cantidad de veces en las que me dejé ver por el local, no solamente nunca había tenido la valentía de hablarle directamente, sino que su madre en ningún momento la llamó por su nombre.
El barrio cambió. Se demolieron antiguas casonas, se construyeron edificios de departamentos del tamaño de una caja de zapatos. Los negocios que conformaban la galería en la que se encontraba la veterinaria se modernizaron y la panadería se transformó en una pastelería, la peluquería en una barbería, la dietética en un almacén de alimentos naturalistas; cosas que he visto cambiar en muchos otros barrios casi al mismo tiempo. La veterinaria, por el contrario, se mantenía imperturbable.
Yo mismo había cambiado; era más alto, aunque no más esbelto; más pálido y retraído, al decir de la familia; con una barba que ni el mismo Shaggy, el personaje de Scooby-Doo, envidiaría; una miopía que ni veía y varios intentos frustrados de conseguir trabajo, seguir estudiando o buscar el sentido de la vida.
El último verano de la adolescencia, ese en el que nos damos cuenta que a partir de ese momento las cosas comenzarían a cambiar indefectiblemente, pretendí forzar, de alguna manera, el que las cosas sucedieran. Fue con esa idea que me acerqué al local, con la clara decisión de saber, en ese momento y no en otro, el nombre de la chica que aparecía de manera recurrente en mis ensoñaciones. Al menos entonces sabría como llamarla.
Entré al negocio como una tormenta de verano: intempestivamente y sin anunciarme.
—¡Hola! —exclamé, o más bien grité, al verla sola y darme cuenta que debía inventarme una verdadera excusa para encontrarme allí.
—Hola —respondió levantando apenas la mirada de los papeles que leía en el mostrador. Ni siquiera una sonrisa de reconocimiento, un gesto de complicidad, una demostración de saber qué era lo que estaba a punto se suceder.
El silencio se hizo presente entre nosotros como algo imposible de negar, como algo que podía sentirse, tocarse, cortarse.
—¿Necesitabas algo? —me preguntó.
—Si… este… si, quería alimento balanceado… —dije desarmado completamente con apenas tres palabras.
Con movimientos cansinos, como de quien se encuentra mucho mejor en reposo que realizando cualquier actividad, dejó de lado los apuntes, salió del mostrador y se acercó a las bolsas de alimentos balanceado para gatos que se encontraban exhibidos en uno de los costados del pequeño local. Al menos sabe que tengo un gato, pensé.
—¿Este está bien? —dijo con una bolsa de un kilo en sus manos. Recuerdo que era una bolsa verde, pero nunca logré dar con el nombre exacto del producto.
—Si, si, ese esta bien—dije aún balbuceando.
Regresó junto a la caja registradora y me acerqué un poco más para darle el dinero.
—En todos estos años —dije sin saber muy bien qué era lo que hacía o por qué elegía esas palabras—, nunca supe tu nombre.
Me miró sosteniendo un billete de dos pesos, el cambio, entre sus dedos. Me pareció ver que su mano temblaba, levemente, cuando nuestros ojos se cruzaron.
—Soledad —dijo, sin agregar nada más, respondiendo a mi escasamente práctico intento seducción.

En la tarde del día siguiente, imbuido en esa tonta idea de romanticismo que se nos inculca en la infancia, en la adolescencia y a lo largo del resto de nuestras vidas desde el cine, la televisión y cualquier otra expresión de cultura media, regresé a la veterinaria. Llevaba para obsequiarle una rosa, una única rosa para celebrar el intercambio del día anterior. Esa flor sellaría, sin lugar a dudas, mi ingreso a lo que entendía que debía de ser el amor; algo que aún desconocía y ansiaba descubrir.
            Pero cada una de mis ideas, mis ilusiones, las fantasías con las que me alimentara la noche anterior, murieron en el instante en que encontré el local cerrado y vacío. Luego de años resistiéndose al cambio, de evitar adecuarse a las nuevas estéticas de moda, de agiornar el estilo del interior a los gustos de los posibles clientes, siquiera de pintar las paredes, la veterinaria había cerrado sus puertas definitivamente. Quedaba del lado de afuera cualquier posibilidad de obtener lo que esperaba encontrar detrás de unas cuantas palabras intercambiadas por compromiso y la ilusión de que, finalmente para mí, algunas cosas comenzaban a cambiar.