Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
...

domingo, 20 de octubre de 2019

Familia - Tíos (1/5)


Siguiendo algún mandato social ancestral, las familias en el campo deben tener muchos hijos, porque más hijos implican más brazos para trabajar la tierra; cumpliendo con ello, mis abuelos paternos tuvieron cinco. Tres fueron varones, por lo tanto dos fueron mujeres, intercaladas entre sus hermanos.
            Imaginen la alegría de un niño que sabe que se acerca su cumpleaños y que, teniendo tantos tíos y familiares (abuelos, primos, parientes políticos, etc.), piensa que la fiesta resultará en un evento multitudinario en el que recibirá muchos regalos. La alegría desbordará las sonrisas y ese día sería algo digno de recordarse hasta la siguiente vuelta del calendario. Imaginen, que es lo mismo que puedo hacer porque, si algo nunca sucedió fue, precisamente, ese tipo de festejos. Ya veremos por qué.
            Dado que luego hablaré de mi padre, comenzaré por sus hermanos y hermanas en una clara sucesión de edades. Así pues, la primera en la lista será mi tía la mayor, para diferenciarla de mi tía la menor. Es cierto, tampoco podemos pedirle mucha creatividad a una familia que vivía para trabajar y no para pensar en formas de referirse a sus hijos diferentes a sus nombres.
Apenas tres años y un universo social separaban a mi tía de mi padre. La Guerra Civil había acabado, en teoría, en el sur de España; una guerra que sólo sirvió para desangrar la mayor parte de la península y expulsar de sus tierras a cualquiera que se atreviera a pensar mínimamente diferente. El Generalísimo se sentía en la cúspide de su poder mientras veía que sus aliados en Italia y Alemania tenían las piezas necesarias para orquestar un triunfo aún mayor para sus ideas.
            Hacia el interior, hacia el pueblo, realmente pocas cosas habían cambiado al terminar la guerra. Volver al trabajo, volver a la tierra, a deslomarse para que otro se quede con las ganancias, como ha sido siempre y, al parecer, siempre será. El hombre en el campo, la mujer en la casa, que eso también siempre ha sido así y también, por supuesto, siempre lo será.
            Pero, ¿cómo debe ser una mujer? Sumisa, silenciosa, nunca fijándose en una misma sino atenta a las necesidades de los demás (pero del hombre principalmente, ya sea el padre, el hermano, el tío, el suegro, el marido, los hijos, los sobrinos). Cocinar, remendar y lavar la ropa, atender a los demás, de sol a sol, es el destino de la mujer de campo en la España franquista; una tradición pesada, cargada con el tufo de los rancio, de lo viejo, de lo que se debe dejar atrás de una vez y para siempre.
            Pero también lo es en la Argentina postperonista donde, a pesar del océano de distancia, la diferencia era casi nula. Y qué importa si en el nuevo pueblo no se conoce a nadie, mejor que sea de ese modo, eso significa que habrá menos distracciones. Eso significaba que mi tía la mayor, su hermana y su madre, podrían concentrarse en lo que una mujer debe hacer y no dejarse llevarse por ideas perniciosas para su cuerpo y su alma que, para no variar demasiado, también existen en esta parte del mundo.
            Lo importante es encontrar un marido para las niñas. Están los vascos que ayudan a levantar las cosechas, pero ellos huelen mal; la suciedad se acumula en sus ropas, en sus rostros, ¿es que acaso no conocen el agua? Además, ¿por qué sonríen así cuando pasan cerca de la casa con cualquier excusa? Siempre a la misma hora, siempre saludando en euskera, como si alguien entendiera lo que dicen.
            Es una suerte que en Argentina todo parece ser tan tranquilo, todo luce tan luminoso y el campo no es más que eso, campo. Uno donde no te encuentras con la Guardia Civil en tu puerta semana sí y semana también. Pero la tradición continúa mandando que las hijas deben hacer lo que el padre dice que hagan, no se discute, se acata. Poco importa el que sea 1880 o 1960. Es lo mismo, no hay diferencia. Al menos el puestero mallorquín que vino a visitar la casa por invitación expresa de su padre, que habla poco y mira de soslayo, parecía haberse bañado, o al menos lavado el cuerpo. No olía a sudor, a tierra, a trabajo, a hombre descuidado preocupado únicamente por el sustento inmediato; las pocas y mustias flores que trajo apretujadas en una mano eran un detalle a tener en cuenta. Su futuro esposo no era uno de los nuestros, no era andaluz, pero resultaba más serio que cualquier otro de los hombres del pueblo o de los cosecheros. Cuando todo se acordó, se lo hicieron saber.
            Así fue que, mi tía la mayor, acabó casada, uno o dos meses después de cumplir los 18 años, con un puestero mallorquín que la conociera un par de semanas antes. El puesto que regenteaba estaba cerca del campo de la familia, por lo que no se iría demasiado lejos, y su futuro esposo había prometido ayudar con algo referente a los negocios que, por supuesto, una mujer no tenía por qué saber. La cuestión era ubicarla y ese hombre, que no era joven pero tampoco era del todo viejo, era la más aceptable entre las pocas opciones disponibles.
            Hubo fiesta, como las formas mandan; hubo un cura alcoholizado, como dios manda; hubo lágrimas entre las mujeres, como se esperaba; hubo charlas de trabajo y negocios entre los hombres, como debía ser y, al atardecer, el tilbury se alejó arrastrado por un tordillo viejo y cansado. La familia comenzaba a fragmentarse como, en algún momento, todas las familias lo hacen.
            Quizá hayan sido felices viviendo juntos, quizá no. La cuestión era traer hijos al mundo, sobrevivir a la convivencia y que la gente no murmurara. Es decir, ser un miembro respetable del pueblo. Para ello quizá sea necesario fingir que se es feliz, pero ¿importa no conocer a ese hombre desnudo que se acercó a ella la primera noche a media luz y continuó haciéndolo casi todos los días? El amor llegará con el tiempo, la intimidad y la convivencia; y, si no llega, tampoco es tan importante. Todo el mundo lo sabe. Así se lo había explicado su madre más veces de la que podía recordar.
            En los primeros años de la década de 1960 tuvieron a sus tres hijos, los primeros de la nueva generación, la de los nacidos en Argentina. Nadie dice que no hayan continuado buscando un cuarto o un quinto niño; pero fueron tres los que llegaron. Varones todos, parcos de palabras, miradas esquivas e ideas claras, como señalaron en el colegio más de un vez; como demostraron formando parte de los primeros egresados de la flamante escuela secundaria del pueblo. Sin saberlo, quizá, comenzaban a resaltar demasiado en un momento en el que hacerlo era por demás peligroso.
            Durante la última dictadura militar alguien, quizá por la envidia que despertaba la prosperidad del puesto, por alguna disputa pueblerina, alguna mirada fuera de lugar real o inventada, o vaya uno a saber por qué, los marcó. De allí que los tres tuvieran que marcharse, en medio de la noche, como una verdadera huida, hacia las tierras ancestrales. El generalísimo por fin se había muerto, España resurgía, mientras Argentina no dejaba de hundirse más y más.
            La suspicacias de otros miembros de la familia, de quienes hablaré más adelante, supuso que viajaban para quedarse con lo que quedara en Andalucía de los vienes familiares; como si realmente hubiera quedado algo, como si el franquismo no lo hubiera destruido todo para dárselo después a alguien más. Como si al momento de salvar la vida se pensara, al mismo tiempo, en obtener algún beneficio.
            Mi tía la mayor, como buena madre, esperó estoicamente el regreso de sus hijos, el final de la dictadura o la muerte, lo que sucediera primero. Apenas llegada la década de 1990, cuando la dictadura se confundía con el recuerdo de una pesadilla, cuando nadie que supiera lo que sucedía en el país regresaría al mismo, la muerte triunfó tuvo su victoria sobre ella. Su muerte es el primer y el último recuerdo que guardo sobre ella, todo lo anterior, de una forma u otra, me lo fueron contando años después.


Aclaración: La mujer de esta foto no es mi tía
 la mayor, de quien, como no podía ser 
de otro modo, no poseo imagen alguna.

--
Inicio de Espacio Publicitario:
En el número# 44 de El Narratorio, publicado el 18 de octubre, puede encontrar (y leer), el relato Invitación.

Fin de Espacio Publicitario.

sábado, 12 de octubre de 2019

Familia - Abuelos (4/4)


Como mencioné antes, la historia de mi familia recorre el siglo XX, siempre pretendiendo huir de las peores situaciones para acabar descubriendo que quizás antes no se estaba del todo mal. ¿O era a la inversa? Como fuera, sobrevivir era la consigna, aun cuando requiriera muchísimo esfuerzo y se ignorara cómo hacerlo. Siempre lejos de las luminarias, lejos de la ciudad, lejos de las miradas y las opciones de hacer algo que no sea trabajar, trabajar y continuar trabajando; la vida de la primera generación, de los abuelos transcurrió de una manera tan alejada a mi actual realidad que me parece un cuento, una fantasía. Pero, en este relato, la ficción tiene poco lugar.
            La pareja despareja de la literatura clásica, del cine, la televisión, las series que nos obligamos a mirar para sentirnos aceptados y, por supuesto, de la vida misma, no podía estar ausente. De otro modo soy incapaz de comprender la supervivencia de la relación entre mis abuelos maternos; supongo, también que el que la dictadura de 1955 anulara la ley de divorcio civil en Argentina poco tiene que ver en ello. Algo más habría, algo más hubo; algo que nunca pude, ni podré, saber qué era.
            Se conocieron, mi abuelo habló con mi bisabuelo (que para nada pinta en ésta historia) ofreciéndole algo a cambio de su hija y una parcela de tierra que cultivar para ambos. Aquí viene el chiste de que mi abuela le costó las dos vacas y los tres cerdos que se sirvieron en la fiesta de casamiento; el mayor cariño del viejo hacia el chancho sacrificado antes que hacia mi futura abuela, incluso después de la muerte de su amada esposa, no forma parte del chiste. Es una gran metáfora, la del hombre que llora por el sacrificio de un cerdo en su casamiento y el cerdo que es no es un simple cerdo, sino que es él mismo, pero no es una imagen literaria, fue real. Lamentable, pero real.
            Ella creería, quizá, que podría darle un poco de alegría a aquel hombre que hablaba poco y ordenaba mucho, que podría hacerlo sonreír ya que suavizar su trato era imposible. La ausencia de palabras como una violencia más, como indica la costumbre en el campo a finales de la década de 1950, no debe de haberle parecido tan extraña como puede resultarnos hoy. Ni siquiera creo que el viejo haya tenido la voluntad de buscar otra mujer en donde descargar su masculinidad, tampoco le interesaban asuntos tan carentes de valor como la crianza de los niños; sobre todo, dudo que haya sabido algo sobre su hija, mi madre, y de cómo se crió.
            Fue posible para la abuela obtener el permiso del amo y señor del hogar para poder enviar a mi madre a la escuela de señoritas del pueblo, donde aprendería a ser un ama de casa. Claro que, en medio del campo, cosas como las escuelas para señoritas no existen, solo una escuela pública común, donde con un poco de suerte se aprende a leer y escribir. Donde también se aprende a pensar el mundo de otro modo y saber que existe la posibilidad de aspirar a algo diferente (ni mejor ni peor, diferente) a lo que se posee y anhelar ser algo más que un simple peón de campo, que una mera ama de casa.
            Con el niño fue más complicado. El viejo siempre se negó a cualquier cambio; era más útil que su muchacho supiera utilizar las herramientas de labranzas a que aprendiera a leer, escribir o pensar en otra cosa que no fuera en hacer lo que se le ordenaba. El dolor que ha de haber sentido la abuela en el centro de su corazón fue uno más de los tantos disgustos que, a la larga, acabarían con ella, a la muy larga, porque el viejo la haría sufrir durante años.
            Día a día repitiendo lo mismo, porque las rutinas también existen en el campo; incluso hay quien dice que fue allí donde nacieron, quizá tenga algo de razón. Siempre lo mismo, viendo como las cosechas se pierden, como los ahorros se desvanecen, como se multiplican las deudas y no se pierde la tierra por pura casualidad, que si no quién sabe dónde podrían acabar. De igual manera se acumulan los remiendos en la misma vieja ropa de los niños que ya casi son adolescentes, jóvenes que necesitan otras cosas que no se consiguen de la tierra, que no crecen en los árboles. Algo que les permitiera desarrollarse, en lugar de quedarse en una casa que aún en los primeros años de la década de 1960 no contaban con luz eléctrica, y el almacén más cercano se encontraba a veinticinco kilómetros de distancia.
            Pero, en el campo, pocas son las cosas que cambian; salvo que lleguen de visitas parientes lejanos, de otras provincias del interior del país; o que se instalen en el pueblo extraños que dicen venir de esos lugares que a veces se mencionan en las noticias. Gente de todas las edades, mujeres y hombres, niños, adultos y algunos pocos ancianos, con la misma intención de trabajar y conseguir lo que otros tienen, una parcela de tierra donde cultivar, un lugar donde levantar una casa y, llegado un momento, un lugar donde dejar caer los huesos.
            Algunos de los recién llegados, a no dudarlo, de seguro tendrán la edad de mis abuelos. Alguno de ellos, tal vez, comenzará dentro de poco a visitar por las tardes, cuando el trabajo en la tierra se toma un descaso, la casa durante la primavera, que es la mejor época para dejarse llevar por el aroma de las plantas. La niña, está segura mi abuela, por fin podrá irse, salir de allí, no quedarse en medio de nada; que por algo se tomó el esfuerzo de educarla y darle a conocer todo lo que ella misma aprendiera de su madre. El destino del muchacho, lo sabe, será diferente. Muy diferente.
            Un atardecer de verano, luego de una de las fiestas de la cosecha en San Pedro, el pueblo cercano, una versión más joven, más alegre y simpática (dos características que finalmente no formaron parte de mi herencia genética) de mi padre, se acercó a visitar la casa. A preguntar por mi madre, por su madre y su padre, como corresponde que un caballero debe de hacer, como indican las normas, como lo dicen las leyes no escritas del trato entre las personas allí, en medio del campo.
            Sus visitas fueron, al principio, una vez al mes, luego, con el tiempo, se atrevió a presentarse en la tranquera una vez a la semana. Y luego fueron dos veces hasta que, con los meses, a la inversa que en el cuento de Borges, su visita se repetía día tras días, no una única vez al año.
            Hubo discusiones, entre los adultos, discusiones de hombre a hombre, malos entendidos a partir de las mediapalabras que solía utilizar el abuelo, otro tipo de palabras pronunciadas en voz alta y con el único fin de generar la ofensa que no llega a destino. Pero el tiempo no se detuvo.
            La abuela intentaba intermediar, evitar que el problema pasara a mayores y un insulto ignorado se convirtiera en un agravio familiar. Pero las mujeres no tienen por qué meterse en lo que discuten los hombres; de seguro pensó, si es que no lo dijo, más de una vez, el abuelo. Ese tema, esa discusión larga y tortuosa ha de haber sido también uno los grandes disgustos que atravesó y afectó la vida de una mujer que solo intentaba conseguir lo mejor para su familia; aún cuando algo tan sencillo se tornaba cada día más complicada.
            Luego de la separación de la familia, porque mi padre y mi madre se casaron sin mayores impedimentos que alguna cara de pocos amigos en las fotografías, y partieron rumbo a sus propias vidas, en la casa de mis abuelos todo cambió. La abuela no volvió a pronunciar palabra más allá de las estrictamente necesarias para darse a entender; nunca más una palabra de aliento, o de amor, mucho menos de odio o resentimiento. El viejo, de seguro, apenas de percató de la diferencia, porque de seguro nunca la había escuchado realmente. Mientras tanto, a un costado de la escena y de seguro sintiéndose tan personaje secundario en un drama como en el resto de su vida, mi tío miraba todo sin comprender, o comprendiéndolo a medias, mientras su madre moría poco a poco, tragándose sus palabras.
            Una a una, hasta el fin.


Aclaración: La mujer demasiado sonriente 
de esta fotografía no se trata de mi abuela 
de quien no conozco imagen alguna.

sábado, 5 de octubre de 2019

Familia - Abuelos (3/4)


Como ya mencioné en dos oportunidades, la historia de mi familia recorre el siglo XX; desde el nacimiento de mi abuelo paterno, en el olvidado año del 1900, hasta la actualidad (sea cual sea el momento en que leas esto, y si aún me mantengo con vida). Una historia plagada de detalles de color, otros más oscuros e infinidad de tonalidades de grises; también hay olvidos y rencores, pasiones y odios insalvables, casi como en una telenovela se tratara. La diferencia es que en las telenovelas (ya sean venezolanas, mexicanas, colombianas, argentinas, brasileras, o de algún etc.) sabemos cómo acabará la historia desde el inicio del capítulo uno; no importan las variantes, el final siempre es el esperado. En la vida, en cambio, el final siempre es el inesperado.
            Carezco de mucha información del lado materno, vaya uno a saber por qué. Cuál será el misterio que llevó a que esa parte de a tradición familiar se perdiera, y mi preocupación por recuperarla se mantiene tan ausente como en el primer día. Lo que se recuerda se recuerda, y lo que no, no. ¿Hacen falta más?
            El padre de mi madre también nació y se crió en el campo en algún momento de la década de 1910. Hombre rudo y hosco del interior de la provincia de Buenos Aires; lejos de las ciudades, lejos de los caminos, lejos de la idea de la luz eléctrica hasta la década de 1970; sin intenciones de construir algo diferente a una letrina hasta que no fue necesario para él mismo debido a su estado de salud, su edad y sus achaques cuando, de por sí, se encontraba, en más de un sentido, definitivamente solo.
            Trabajaba de sol a sol y decía que la única cosa que debía hacerse cuando se hacía de noche era pensar en volver al trabajo al día siguiente. No porque fuera necesario, sino porque era lo que debía hacerse, lo que le habían inculcado. Lo único que sabía; lo que no se discutía en su presencia. Podría haberse muerto trabajando más de mil veces y, aún así, dudo que hubiera sido feliz por ello; más que nada porque siempre quedaba algo más por hacerse.
            De igual manera dudo, pero sólo porque nadie puede contradecirme ni mirarme reprobatoriamente, que fuera feliz en su vida con la abuela. Creo más bien tenía una esposa, y aceptaba convivir con ella, porque, en el campo, en la década de 1940, los matrimonios sí que eran para toda la vida. Tal vez, de haber sabido que no le quedaban le faltaban muchos años para morirse algo habría sido diferente. Pero no sé qué sería ese algo. Además, si no se encontraba ella en la casa, ¿quién prepararía el almuerzo todos los días? ¿Quién se ocuparía de los animales y la huerta mientras él se ocupaba de lo que realmente era importante?
            Carece de sentido preguntarse quién se ocuparía de los niños porque, claramente, sino había una mujer, tampoco habría niños; por lo que eso no sería una molestia. Sin  mujer no hay niños, con mujer hay niños; la ecuación resulta sencilla. Pero, como había una mujer, había, como no podía ser de otro modo, niños.
            Un niño y una niña, aunque no en ese orden, como el padre, el estado, algún dios o la sociedad mandan y demandan. Y eran dos, porque tal era la cantidad necesaria para perpetuar a la especie, una niña y un niño que deben crecer rápidamente para ayudar a su madre y trabajar en el campo, como corresponde. Porque no han nacido para ninguna otra cosa.
            Será la excusa de que la tierra necesita de más brazos para dar sus frutos lo que hará que el niño se mantenga en la naturaleza, alejado de esa pérdida de tiempo que es la escuela, a la iglesia solamente una hora a la semana los domingos, y ninguna otra distracción ni compañía humana. Si, tengo un tío analfabeto, que morirá sin haber disfrutado en toda su vida uno solo de los miles de libros que leí desde que aprendí a hacerlo; aprendió solamente a escribir su nombre para firmar contratos de trabajos en los que nunca se establecía claramente quién era el jefe o cuánto se le pagaría a cambio de su esfuerzo. Y yo que pretendo escribir para conocer el mundo, para vender un libro más o que me pidan un autógrafo para alimentar mi ego, apenas sí hice algo por él. Pero es que llegué muy tarde al juego; si, es la única excusa que se me ocurre para justificarme.
            Un niño poco difiere con una bestia más, un caballo, un buey, un burro o una mula; habla poco pero comprende lo necesario para cumplir con lo que se le pide sin discutir, sin contradecir. Y mejor para todos que sea así.
            La niña era un tema completamente diferente. Las niñas siempre son difíciles de criar, de mantener, de comprender, desde que nacen hasta que se las lleva alguien o algo más, una peste o un hombre, que también son como la peste, como si la olieran a kilómetros de distancia ni bien comienzan a sangrar por entre las piernas. Empeorando aún más las cosas, su señora esposa se había encaprichado con enviarla a la escuela del pueblo, como si eso sirviera de algo.
            Hoy diría que era un viejo retrógrado. En 1950 diría exactamente lo mismo. Un pensamiento antiguo cuando nació, que se le adhirió con una capa más de suciedad sobre si piel y ya no lo abandonó hasta el día en que por fin se murió. Día en el que me hubiera gustado preguntarle a la muerte por qué demoró tanto en ir a buscarlo. Claro que, en ese caso, el miedo sería recibir una respuesta demasiado honesta de la muerte.
            Vivió mucho, confió en gente que se dedicaba a engañar a la gente creando la falsa idea de la amistad, de la confianza mutua y de los negocios fallidos. Se fue a la quiebra varias veces en una misma década, siempre a partir del mismo engaño, y siempre pagó todas sus deudas con trabajo, el suyo y el de su hijo. Años de trabajo que no dieron frutos, cosechas enteras malvendidas para levantar deudas, ropas viejas y cada vez más gastadas, inviernos en los que solo había para una comida diaria, y una única manta para cada uno de los cuatro para cubrirse del frío, y veranos en las que el agua era apenas un recuerdo. Si no perdió la poca tierra que pertenecía  la familia era porque esta estaba a nombre de su esposa, por voluntad de su padre quien, tal vez, supo leer muy bien la clase de hombre que se llevaba a su hija.
            Y no se equivocaba, porque al morir, su legado se compuso de deudas que nadie estaba interesado en pagar, un automóvil destruido, un caballo famélico, una casa abandonada y derruida y un hijo que no sabía qué hacer sino se le ordenaba. Eso si no tomamos en cuenta los pocos recuerdos que preferiría olvidar.
Conociendo, poco y nada, su vida, y teniendo en cuenta que toda historia ocurre dos veces, debería saber si el suyo fue el papel en la tragedia, lo que me dejaría en el lugar de la farsa (algo con lo que muchos que me conocen estarían más que de acuerdo); o si, en todo caso, lo suyo fue una farsa de alguna tragedia anterior. Lo que me dejaría en un lugar más incómodo aún si creyera que la repetición incesante de la historia, sabiendo que el hombre es el único estúpido animal que tropieza dos veces con la misma estática piedra, y que los muertos poseen influencia sobre los vivos (cosa que no, no es cierta), es posible.
            Además, y como él bien lo sabía, los hombres huelen a las mujeres desde la primera menstruación; por ello es que le cayó pésimo ese patético gallego de pacotilla, que se apareció un día por la casa montado a su caballo con todos los aperos que lucían como nuevos (o al menos estaban limpios), pidiendo hablar de hombre a hombre con él. Cuál habrá sido su desinterés al descubrir que los gallegos vienen de Galicia, que queda al norte y no al sur, y que no toda España es Galicia, así como no toda la Argentina es Buenos Aires.
            Como si saberlo hiciera alguna diferencia en todo lo que después sucedería.


Aclaración: Este hombre, posando como una estrella 
de cine de la década de 1940, no es, ni se parece en lo más 
mínimo, a mi abuelo. Aunque de seguro a él le hubiera gustado.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Familia - Abuelos (2/4)


Como dijera antes, la historia de mi familia atraviesa la parte menos luminosa del siglo XX, aquella que pocos quisieran recordar. La que no interesa a los biógrafos de los grandes acontecimientos, que solo miran la política y el oropel de la falsa riqueza, los que prefieren vidas en donde abundan en las historias éxitos, caídas y redenciones como en el caso de los algunos pocos artistas y la mayoría de los políticos de cabotaje. Nada de eso encontrarán aquí.
            Si antes mencioné algunos datos de la vida del abuelo paterno, no resulta para nada raro que la historia de la abuela no haya sido incluida. Era mujer, eran los inicios del siglo XX, era el sur de España; ocupó el lugar que le correspondía de ser, con suerte, una mera comparsa de cuanto acontecía. Una que se enfrentó a la Guardia Civil del franquismo cuando hubo que hacerlo, para defender a sus hijos, mientras el esposo se escondía en el monte; una que encontró la forma de alimentar a toda la familia en medio de un terruño cada día más árido y desolado. Pero, por alguna razón, sus anécdotas siempre eran más para reírse de ella (que no es lo mismo que con ella), que otra cosa. Era una mujer nacida y criada en medio del campo, ¿qué otra cosa podría ser?
            Parió a sus hijos, con dolor, como corresponde, uno tras otro, desde el inicio de la Guerra Civil, de a uno cada tres años. Porque a pesar de lo que se decía, la persecución ideológica permitía unas poquísimas libertades, además de elegir ciertos nombres para los recién nacidos y no otros. Esperanza, Libertad o Victoria, llamaban demasiado la atención, ponían el ojo de la dictadura sobre uno mismo y la familia. Algo que, claro ésta, nadie quería que sucediera.
            La vida no era fácil en la segunda mitad de la década de 1930. Y pocas diferencias hubo durante la década siguiente. Campos áridos, escasez de agua, carestía general de cualquier cosa que podamos imaginar hoy como básica y necesaria, una cartilla de racionamiento de alimentos retaceados por el ejército en el mejor de los casos, cartas perdidas de algún pariente perdido en Argentina, y poco más. Sin dejar de lado el temor a que por cualquier nimia razón, algún vecino decidiera de pronto recordar el apoyo a los republicanos o aquella vez en la que el pueblo unido, menos el vecino siempre enojado, escupiera sobre el retrato del generalísimo.
            Cinco niños para criar (el primero de ellos mi futuro padre, sin la suerte de haber nacido con los pies por delante), y que debían crecer con sus propios padres y no con algún pariente mal agradecido por la carga o dentro de uno de esos orfanatos que más parecen cárceles colmadas de muertos que refugios inundados por la vida de los niños, demandan mucho trabajo. El miedo siempre a flor de piel, cada vez que una sombra se adivinaba caminando por el monte, y no era una sombra conocida; fingir que nunca se había hecho nada contrario a las costumbres, las leyes y las normas de los hombres que gobernaban luego de haber aplastado y masacrado los suelos republicanos en 1939. Porque España siempre había sido una, grande y libre, ¿a qué dudarlo?
            Huir, derrotados, vencidos, olvidados, sólo con lo que cabe dentro de una valija para cada uno; menos para los dos más pequeños, que ni fuerza para correr tienen. Dejarlo todo atrás creyendo en el futuro resulta demasiado fácil cuando lo que se tiene se parece tanto a la misma nada, a la peor de las miserias y al fantasma del hambre. Ante esa realidad, cualquier diferencia, por mínima que fuera, sólo podía ser para mejor.
            ¿Qué son veinte días en barco, dentro de un camarote para tres personas adultas durmiendo con cinco niños si lo que les aguarda del otro lado del océano es la promesa de algo mejor a cuanto se deja atrás? ¿Se pierde algo en ese caso?
            El campo, la tierra, el sudor y el trabajo se parecen en cualquier parte del mundo. Cambiará lo que puede cultivarse y lo que no, un poco el clima y el ciclo de las lluvias, el resto continúa organizándose con las mismas viejas y conocidas sentencias mal leídas en el latín de una biblia ajada y maloliente como única autoridad que se conoce ese hombre parco, osco y ceñudo que viste de negro. Por cierto, ¿habla usted latín? ¿Sabe leerlo querida? Ah, ¿no? Pues vea, aquí dice que usted…
            En Argentina, al menos, en algunos años, la cosecha resulta buena, abunda la comida, la carne, los animales, y la leche; para que los niños crezcan sanos y fuertes para trabajar esa tierra que poco a poco podría ser de la familia. De la familia del mayor, por supuesto, porque el mayorazgo continúa, aunque la ley del nuevo país se encapriche en decir lo contrario. La tradición es lo que manda, cualquiera lo sabe.
            Así como también manda la tradición casar a las niñas, en lo posible con alguien de la misma colectividad, como todo el mundo hace. Pero allí, tanto en el pueblo como en los campos cercanos solamente abundan los mallorquines y los vascos; los únicos otros andaluces son los hijos del hermano del abuelo y, de los casamientos entre primos nunca sale nada bien, además de que la iglesia no se lo permite a los pobres, que más de un rey se ha casado con su noble prima (cuando no con su propia tía) sin que se atrevieran a decirle nada.
Hay que enseñarles a las niñas lo necesario para que puedan mantener limpio y ordenado, cuando acaben de crecer, sus propios hogares, sean la alegría de sus esposos y sepan cómo criar a sus propios hijos. Una enseñanza que sólo se trasmite de madre a hijas, junto a la cocina, junto a la mesa de costura, junto al resto de las actividades que una buena madre debe realizar.
            Quienes intentan realizar algún tipo de trabajo, de precisión, a la luz del atardecer, o bajo la tenue luz de las velas, saben lo que significa que todo lo que les rodea se oscurezca poco a poco; que los ojos ardan y no por las lágrimas sino por el esfuerzo de ver allí donde la iluminación se hace cada vez más tenue. Claro que siempre puede buscarse una luz más potente, una mejor iluminación, algún otro sitio donde continuar trabajando, o esperar al amanecer del día siguiente.
Pero, si lo que falla, si lo que poco a poco pierde su brillo no son las luces, ni es el atardecer acercándose al ocaso, sino que son los propios ojos quienes lo hacen; quitándonos la posibilidad de ver crecer a los hijos, descubrir cómo se transforman en hombres y mujeres de bien. Borges se quedó ciego y continuó escribiendo como si nada hubiera cambiado en su vida, como si en realidad aquello no le afectara. Pero, claro, Borges fue Borges. La abuela era una matrona andaluza quedándose ciega recordando sus peripecias burlando a la Guardia Civil en medio de los montos de Almería y riéndose por lo bajo en medio de la misa obligatoria de cada domingo.
            Debía casar a la más grande de las niñas, cuanto antes, mientras todavía podía ayudarle a confeccionar su vestido de novia, aún cuando su padre no decidiera con quién habría de casarla, eso se solucionaría de un momento a otro. No tenía dudas de la capacidad de elección del hombre que, al fin de cuentas, también la había elegido a ella tantos años antes de la década de 1960 que comenzaba a terminar.
            Era una suerte, también, saber que la niña que el mayorcito presentara a su padre, aún cuando apenas sí la veía como una figura difuminada entre la niebla de la lejanía de los tres metros que separaban una silla de la otra, sonaba muy alegre, muy feliz. Ambos sonaban de la misma manera, podía decirlo ya que su oído se preparaba poco a poco para ocupar el importante rol que antes desempeñaran sus ojos.
            Faltaba mucho por vivir aun cuando quedara poco, muy poco, por ver y esa vez sí, sus ojos ardían por culpa de las lágrimas y de nada más que las lágrimas.



Aclaración: Esta mujer fotografiada en la década de 
1920 en Barcelona en nada se parece a mi abuela.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Familia - Abuelos (1/4)


La historia de mi familia recorre el siglo XX, sin pena pero, también, sin gloria. Como corresponde, por supuesto; aunque, de seguro, con mayor cantidad de la primera que de la segunda. Conociendo esos detalles, es fácil comprender algunas pocas cosas de mi presente, ignorar otras, dar por sentado los fiascos y entender la mayor parte de la resignación que ciertos días logra conjugarse con mi habitual pesimismo.
            El repaso comienzo con mi abuelo paterno, por poner un punto de inicio que podría ser cualquiera. Poseo muy poca información de la generación anterior, además de escaso interés. El abuelo abrió sus ojos al mundo a finales de 1900, cuando el siglo XIX cerraba sus puertas de manera definitiva; momento en que la modernidad dominaba al mundo y todo aparentaba cambiar tan rápido que debías de vivir en medio del campo para no enterarte de nada de lo que sucedía en las ciudades más importantes del mundo. Claro que en esa época el mundo era más pequeño, ya que solamente incluía algunas ciudades de Inglaterra, Francia, Alemania, el Imperio Austro-Húngaro, tal vez Prusia y, quizá, Rusia. ¿Adivinan dónde es que vivía la familia de mi abuelo paterno? En medio del campo, en Almería, que es parte de Andalucía, en España, que según los historiadores, en ese momento, era como ser el más pobre entre los más pobres.
            Andalucía, la mayor productora de miseria del mundo desde mediados del siglo XIX y hasta la caída del generalísimo, si es que no más. El sur de España es ese lugar en donde ni siquiera el sol recuerda, durante el verano, que debe continuar su camino en lugar de quedarse allí, quieto, estático, incinerando la tierra, las cosechas y los pocos segadores que sobreviven a sus rayos.
            Pocos incidentes son para recordar en la vida de un campesino y, para peor, un campesino pobre. Casado joven, y con varios hijos de los que hablaré más adelante, lo único que quedaba por hacer era trabajar la tierra, que no era propia, porque nunca lo es y cumplir con lo que se espera que se haga sin rechistar. Hasta que un día llegó la guerra y, como no podía ser de otro modo, el abuelo tuvo que eligir un bando. ¿Qué bando eligieron la mayor parte de los campesinos pobres del sur de España? El perdedor. Quizá fuera el correcto; cuestión para discutir en otro momento, sin alcohol ni elementos cortantes de por medio. Esa elección le hizo perder lo poco que tenía. 1939 es la segunda fecha en la lápida de los sueños muertos de toda una generación de españoles idealistas a los que no sólo la realidad, sino también la violencia, la política y la muerte obligaron a pagar la cuenta.
            Luego de esa fecha vivieron escondidos, sin llegar a un nivel de la historia de Ana Frank, porque en el campo todo es demasiado extenso, amplio y difícil de ocultar y ver; pero también fácil de señalar. Así esperaron la muerte del generalísimo mientras se aliaba con Adolfo en contra del comunista Stalin antes de comenzar otra guerra, luego se aliaba con los yanquis, pero otra vez contra el mismo comunismo de Stalin. Para peor, no parecía querer morirse nunca.
            Quizás Orwell no lo haya pensado para el contexto español, ni la Guardia Civil sabía de la existencia del libro (suponiendo que supieran leer o quisiera hacerlo), pero el campo andaluz era la cuna de las delaciones, las traiciones y la especulación. Por esa razón, huir no sólo era necesario, sino una cuestión de vida o muerte, en el caso de que alguien recordara de improviso que el abuelo había sido miliciano.
            A mediados de la década de 1950, el nombre Argentina, no sólo sonaba a otro mundo, otra realidad, era la promesa de una existencia pacífica, lleno de tierras qué trabajar, de españoles que emigraran años antes, o que lo harían años después. La tierra de la promisión, donde el que quería podía hacerse rico y vivir a cuerpo de rey. Al menos eso decían las cartas, algunas de ellas fraguadas, sin dudas, que los familiares del abuelo enviaban desde Buenos Aires prometiendo tierras, ayudas, trabajo, pan y circo.
            El problema es que Argentina quizá haya sido la tierra de la felicidad, para algunos, antes de septiembre de 1955, y para otros después de esa fecha. La suerte siempre es cambiante y caprichosa, como lo sabe cualquier apostador. El abuelo, su esposa, es decir, la abuela, y sus cinco pequeños desembarcaron en Buenos Aires en medio de la reconstrucción post-bombardeos de la ciudad de junio de ese mismo año. El miedo, el terror, las traiciones, tenían también un lugar prominente en este otro hemisferio, como no podía ser de otro modo, en donde los hombres se disputaban una mísera parcela de poder, un estúpido bastón de mando y un título rimbombante, que señalaba la carencia de ideas. El hombre es hombre, sin importar si se encuentra en el sur, en oeste, en el este o en el norte.
            Eso sí, allá lejos, en Madrid, y por si quedaban dudas, el generalísimo gozaba de perfecta salud.
            A trabajar, entonces, como dios, la justísima burguesía, su aliada la iglesia y el siempre demandante estómago mandan. Porque el que no trabaja no come, y el que trabaja no tiene tiempo de pensar, ni darse cuenta del sin sentido de la compulsión por el trabajo en beneficio de alguien más. Incluso había veces en las que el que trabajaba no comía, pero ese, por supuesto, era otro problema, o problema de otro, que es casi lo mismo.
            Pero había que darle de comer a todos los niños, y a la señora, que trabajaba en la casa, y que no iba a salir a trabajar los campos. La excusa era casi perfecta. Los niños crecían y se sumaban al trabajo del padre, las niñas crecían y ayudaban a la madre; el sistema se reproducía y se cuidaba a sí mismo.
            Durante la segunda mitad de la década de 1960, dos muchachos, un hombre curtido por el sol y el cuasi-obligatorio trabajo, y una mujer recién salida de la adolescencia se conocen, de casualidad cabría decir, en la fiesta anual de la cosecha que se celebraba en el pueblo de San Pedro al norte de la provincia de Buenos Aires. Y aunque suena a historia de película mediocre para adolescentes que podrían pasar en la televisión un sábado por la tarde, a sabiendas que casi nadie mira televisión en esos momentos, de algún lado tomaron esa idea. Algunas pocas veces la ficción se parece demasiado a la realidad. Y la década de 1960 resultó ser extremadamente rara, extraña, violenta, oscura, en la Argentina. Lo era más que nada para aquellos que viven para trabajar en lugar de trabajar para vivir.
            Se conocieron y ya. Ignoro la mayoría de los detalles; quizá se miraron y se gustaron; quizá hubo alcohol de por medio; quizás algo más. Lo que importa es que se conocieron y, en medio de ese baile, dos familias unían sus destinos.
Al menos, creía el abuelo, que se encontraban en un lugar en el mundo en el que las bombas, cuando volviera la guerra, que sin lugar a dudas lo haría de un momento a otro, no caerían. Lejos, también, de los barbudos en ropa de fajina del Caribe y sus adláteres.
La opinión del abuelo sobre quien seria mi futura madre, si es que la tuvo, y si la tuvo la expresó, la ignoro. AL igual que ignoro infinidad de detalles que cualquier otra persona conoce sobre su historia familiar. Al menos puedo decir que, a diferencia de otros casos, no se opuso al casamiento de manera activa. O eso creo hoy.

Aclaración: Este señor no sólo no es el abuelo 
del que hablo, tampoco se parece a él.

--
Inicio de Espacio Publicitario

En el número 43 de la Revista digital El Narratorio, pueden leer el cuento: Las Mujeres de Tebas

Fin de Espacio Publicitario.