miércoles, 23 de julio de 2014

Una única y gran Moda

La vida de los precursores siempre es complicada; en cualquier aspecto que se quiera analizar. Porque si tienen una idea nueva, revolucionaria, que afecta las raíces del ser humano, muy probablemente se lo aparte de lo sociedad obligándolo a que se convierta en un paria por proponerse pensar diferente.
            Luego, pasarán los años, alguien más descubrirá esas ideas perdidas y las volverá famosas. Pero lo hará de una forma que torne a esa idea en algo ineludible, algo que sí o sí hay que hacer; hasta que la misma se encuentre tan enraizada en nuestro pensar que ni siquiera nos percatamos de ellos, simplemente lo hacemos porque de esa forma han de ser hechas todas las cosas.
            De los precursores, por supuesto, nadie se acuerda.
            Como nadie se acuerda de quien tuvo la idea de caminar erguido, sin embargo hoy todos lo hacemos; nadie recuerda al que se percató de lo útil que podría ser esa roca circular que hoy llamamos rueda aunque se elabore de caucho artificial y la utilizamos para muchas otras cosas.
            Sabemos que la pólvora la inventó un chino, pero no qué chino lo hizo.
            Sabemos que los egipcios levantaron las pirámides, pero no sabemos qué egipcios. Aunque sabemos que no eran esclavos ni intervinieron los extraterrestres.
            Los ejemplos, como ven, como puede comprobar cualquier enciclopedia, se acumulan en los escasos 40.000 años de vida humana sobre la tierra. Pero la idea va quedando clara; ni falta hace que se continúe enumerando situaciones similares.
            La conclusión es clara: si es sólo una persona la que hace algo raro, es enfermedad; si son muchas personas quienes lo hacen, en cambio, le decimos moda.

sábado, 19 de julio de 2014

Principios

El letrero que pendía sobre la entrada de ese edificio de la Universidad me movía a risa, a la carcajada mal disimulada como una tos inesperada. Una burla, eso me parecía, que imponía una mentida sobre las concepciones del conocimiento. Que arrojaba un manto de odio y prejuicio sobre aquellos que ignoraban la calidad de las palabras.
            Odiaba ese letrero, odiaba ese edificio, y odiaba a la universidad que permitía y financiaba su funcionamiento. Un odio profundo, sempiterno, duradero. Un odio que nacía de las burlas y la incomprensión con que ellos tiñeron mis teorías, mis propuestas de trabajo y mis ideas sobre el saber.
Si ni siquiera me habían dejado concluir la lectura de mi tesis sobre La inexactitud de los números exactos, que los gritos de los matemáticos, de los doctores en física, en química, en series de televisión y películas de zombies, comenzaron a reír.
No me expulsaron como todos aseguran, me fui por mi propia cuenta; sabiendo que mi tesis era correcta, y que el maldito letrero de ciencias exactas sobre la entrada del edificio era la más absurda y vil de todas las patrañas que puedan existir en éste inusual mundo.
Yo lo sé. Ustedes lo saben. Ellos, en cambio, prefieren continuar en la ignorancia.

sábado, 12 de julio de 2014

Error #10 (Conveniencia)

Allí, las razones, no sobraban, el contario, escaseaban. Algo que justificara tanto trabajo, tanto instrumental, tanta inversión de capitales ocultos y financiado por alguien que se mantenía en el más terco de los secretos, se tornaba, al menos para mí, necesario. Una simple justificación, una palabra, un papel firmado y sellado, un comunicado oficial, lo que fuera.
            Claro que, para evitar preocuparme, mantenía mi cerebro ocupado en otras cuestiones, como en el hecho de que realmente podía llevar adelante mis investigaciones con las herramientas allí reunidas y el flujo constante de materiales. Si bien la moral de mis acciones por momentos creaba enormes lagunas de dudas insalvables, la seguridad de estar participando en algo tan grande como aquello era única. La sensación de triunfo y la adrenalina, suplían cualquier ausencia ética.
            Las objeciones de mi conciencia puritana eran acalladas por el deseo de que las teorías que intentábamos comprobar sirvieran realmente para algo.
            Ese era el destino de nuestros esfuerzos, tanto el mío como el del resto del equipo, saber que nuestro esfuerzo servía para algo.

            Y, en descubrirlo, poníamos nuestro mayor empeño.

miércoles, 9 de julio de 2014

Calabozos

Desperté, al menos creí hacerlo, en medio de la oscuridad. Mis ojos no se acostumbraban a nada. La negrura que me rodeaba era tan completa que era incapaz de penetrarla. Aún relajando mi vista de tal forma que pudiera encontrar cualquier variación en la negrura total, continuaba sin descubrir nada más allá de la nada.
            Lo que me rodeaba era como un manto, más pesado que cualquier noche sin luna; en ese entonces lo ignoraba, pero aquel sitio donde me encerraran, era el peor lugar donde pueden ocultar a un ser humano. Hoy, luego de años de haber sido liberado, sigo siendo incapaz de ponerlo en palabras, de pronunciarlo. Fue el peor campo de batalla, el más crudo invierno, una experiencia que no recomiendo a nadie.
            Siquiera a mi mejor amigo.
            A nadie.
            Ni a mi peor enemigo.
            Haber sido encerrado de ese modo, en lo más profundo, en lo más oculto, en lo más sagrado de un corazón humano, con el mandato de convertirme en un recuerdo o perecer, es el peor de los castigos que soporté en mi vida. Como mirar las diez temporadas de friends una detrás de la otra, como aprenderme de memoria las canciones de high school musical, y fingir que glee es la mejor serie de televisión de todos los tiempos, todo eso y más.
            Nada se compara, ni la noche de la peor tormenta del siglo, a ese lugar al que espero, si hago las cosas como corresponde a partir de ahora (prometo intentarlo, mas no sé si podré hacerlo), jamás regresar.