sábado, 15 de agosto de 2026

La vasija

Una única advertencia fue más que suficiente.
    —No abras la vasija.
    Se la colocaron en las manos y señalaron la dirección que debía seguir.
    Y lo hizo. Caminó atravesando el monte y los cultivos cercanos, el pequeño bosquecillo que los separaba del pueblo siguiente, ese pueblo también, sin desviarse de la dirección señalada. Salvó cada obstáculo sin soltar nunca la vasija ni abrirla, sin cruzarse con nadie más, pues todos sabían la importancia de su misión, lo que le había sido impuesto. Los dioses lo habían señalado, el dibujo que formaban los lunares de su espalda así lo decía; cualquiera sabe que la voluntad divina no puede cuestionarse, se acepta y se cumple sin más.
    —No abras la vasija.
    Cuatro palabras, más que suficientes, demasiadas tal vez, que imponen una tarea tan infinita como la curiosidad que despierta lo que pueda encontrarse en su interior.
    Camina atendiendo al camino solo lo necesario para no tropezar, para que sus pies no se enreden las raíces ni ramas caídas del tan extraño otoño que cubre la región, para no pisar donde no debe ser pisado y continuar, sin desviarse, en la misma dirección.
    Sabiendo que ya estaba lo bastante lejos del pueblo, sacudió, apenas, la vasija, como si tantos movimientos fueran parte de su esfuerzo; lo que hubiera en el interior, si es que algo había, porque lo dudaba, no hizo ningún sonido. Temía hacer movimientos más bruscos porque existía la posibilidad de que el tapón de la vasija se desprendiera y su esfuerzo se perdiera en la nada.
    —No abras la vasija.
    Volvió a sentir la mano de su padre apretándole el hombro como toda despedida, vio la cabeza gacha de su madre que ocultaba las lágrimas con las que despedía a su único hijo varón. Recordó los ojos cargados de odio, de desprecio y angustia de quien prometiera ser su futura esposa de no haber mediado la encomienda de los dioses; entendía su sentir, pero nadie puede negarse a los dioses, y él no debía abrir la vasija, ni dejar de caminar, hasta que algo, alguien, así se lo indicara. Pero nadie en el pueblo sabía lo que sería ese algo ni quién sería ese alguien, porque ninguno de los que partieran antes que él regresó.
    —¿Qué llevas en la vasija?
    La voz surgió por entre los árboles, las rocas de la montaña que se interponía en su camino, de la tierra, del cielo mismo.
    —No lo sé.
    —¿Y por qué la llevas?
    —Me lo ordenaron.
    —¿No has mirado dentro? Tal vez tenga comida, ¿no tienen hambre? Tal vez sea agua fresca, ¿no sientes sed?
    —No debo abrirla.
    —¿Por qué?
    —Así me lo ordenaron.
    —Debes estar cansado de tanto caminar. Puede haber algo valioso, algo que puedas cambiar por un sitio en donde dormir.
    —No debo abrirla.
    —Ah, claro. Pero no deber no es lo mismo que no poder. Si no quieres abrirla, puedo hacerlo yo.
    No supo qué responder. La curiosidad se volvía más fuerte que su determinación.
    —Dudas —dijo la voz—, porque deber no es poder, y lo sabes.
    —Pero poder tampoco es deber.
    Una risa, una única risa repercutió en ecos infinitos en las alturas de la montaña.
    —Descansa, muchacho —dijo la voz luego de que el silencio recuperara su lugar—, ya has llegado.
    —¿Adónde?
    —A donde abres la vasija.
    Sintió la vasija arder, le quemaba las manos como si recién la hubieran sacado del fuego, y no se detenía allí, sus brazos, su cuerpo entero ardía.
    Sí, pensó, abriré la vasija.

4 comentarios:

José A. García dijo...

Moraleja: Cuando las cosas queman, lo mejor es soltarlas.

Saludos,
J.

Tot Barcelona dijo...

Hay quien pondría las manos al fuego, y a pesar de quemarse sigue en el intento.

J.C. dijo...

La gente de la antiguedad (los anteriores al diluvio) parece estaban sujetos a esos caprichos de los dioses, en los que se pide hacer ciertas cosas y tener FE en que el dios tiene un proposito sabio.

A lo mejor es que antes de verdad habia esto de la mente bicameral que he estado investigando, parece que efectivamente en la antiguedad la gente escuchaba voces de dioses...

hoy ya no se escuchan, se han enmudecido.

Guillermo Castillo dijo...

En todo camino nada es rápido ni fácil. Saludos.