domingo, 26 de julio de 2026

Augurio

—Aquí las tienes.
    Sus palabras sonaron como un insulto, su gesto al arrojar las siete piedras sobre arena en el rectángulo de madera simulaba más un golpe que otra cosa. Su furia, su odio mal contenido apenas se disimulaba en su otra mano, la diestra, que no se había separado del pomo de la empuñadura de su espada, y se mantenía bien a la vista de mis ojos, para que entendiera su amenaza y el desagrado que mi presencia le causaba.
    Pero no había sido yo quien me presentara en su campamento la noche antes de la que todos creían que sería la última batalla en el enfrentamiento entre las Casas de las Rosas. Fui llamado, y había acudido porque ante la amenaza de la violencia, no tenía cómo negarme, ni sabía tampoco si me correspondía hacerlo.
    Expliqué cómo funcionaba mi arte, cómo debía comportarse quien ha de buscar alguna respuesta y cómo podía explicarse lo que las piedras escribieran sobre la arena. A pensar de esto, su desconfianza hacia mí, hacia mi arte, hacia mis piedras, no menguó.
    —Aquí las tienes —dijo como si me insultara a mí, a mis piedras, a lo que él quería saber.
    La piedra circular atravesó de lado a lado la arena del rectángulo, marcando un camino casi recto. La piedra con forma de rombo se clavó en la arena muy cerca suyo, al igual que la piedra cónica. La piedra del triángulo se hundió casi en el centro del rectángulo de arena, con la piedra cuadrada casi sobre ella. La piedra pentagonal cayó dada vuelta, y la rectangular quedó en posición vertical. Una disposición semejante de las piedras resultaba en una lectura por demás clara para quien supiera interpretarla, resultando también por completo inexpugnable para los que solo veían piedras y arena.
    Contemplé las piedras, contemplé la arena. El silencio se prolongaba, medía su paciencia sin moverme mientras él era incapaz de estarse quieto. Sin dudas, la inminencia de la batalla no se lo permitía.
    —¿Y bien?
    No lo miré, apenas levanté la mirada.
    —Tus ejércitos aplastarán al enemigo, por eso el cuadrado pisa al triángulo. Será una batalla prolongada, como indica la piedra pentagonal dada vuelta. El sol atravesará el cielo casi por completo, el rectángulo está vertical, es el símbolo de la noche y la luna te observará, que es el rombo. Tomarás la ciudad, el reino, y lo harás tuyo, eso es el cono. Tu cabalgata triunfante te llevará a recorrer el país, como la piedra circular atravesó la arena de lado a lado.
    Arrojó sobre la arena una pequeña bolsa de cuero con monedas, el pago estipulado, sin una sola palabra de agradecimiento o aprecio. Yo no las necesitaba, ni recibiría ninguna otra cosa suya, como me lo habían dicho las piedras; solo necesitaba irme de su campamento lo más rápido posible antes de que sus ejércitos fueran arrasados, sus tierras destruidas, su familia masacrada y su cabeza enviada a recorrer el reino como escarmiento para futuras rebeliones.

1 comentario:

José A. García dijo...

Se lo merecía, sin dudas.

Saludos,
J.