Supe que era feo a mis cuatro años, en la sala azul del jardín de infantes. Fue un viernes, el último del mes, en el que la maestra nos había pedido que lleváramos galletitas para compartir porque para la última hora del último viernes de cada mes proponía hacer algo diferente, como llevar nuestros pijamas y mostrarle cómo dormíamos —a mamá le encantó tener que lavarlo dos veces esa semana—, o que nos pintáramos las caras como animales. Decía que era para que nos acordáramos mejor de lo que habíamos aprendido durante el mes, pero la verdad es que no sé qué relación tendría el llevar el pijama a la escuela para dormir sobre colchonetas con olor a tierra con lo que hubiéramos aprendido antes. Lo de las galletitas, supongo, habrá sido para que aprendiéramos a compartir, cosa que no todos sabían muy bien qué significaba o cómo se hacía. Por eso, siempre alguno se enojaba o alguien terminaba llorando. Yo no hacía lo uno ni lo otro, yo miraba a los demás desde el otro lado del salón, siempre sentado solo, sin que nadie quisiera acercárseme.
Para ese viernes tenía un paquete de las mejores, más ricas y más nuevas galletitas de chocolate; las que a todos les gustaban, las rellenas de crema y almendras, esas, sí, las que eran riquísimas, te comías una y antes de terminar de masticarla ya querías comerte otra y otra. Y yo tenía un paquete entero, estaba claro que todos iban a querer acercarse, ya no me sentaría solo, no tendría que mirarlos desde el otro lado del salón, todos iban a querer ser mis amigos. Y tal vez yo también querría ser amigo de ellos.
Llegó por fin la última hora del día, del último viernes del mes, y cada uno sacó sus galletitas. Había vainillas, anillitos, pepas, lengüitas, con formas, sin formas, con chips de chocolate, con fruta, con caritas, con animalitos, de todo. Pero solo yo, yo solo, tenía las de chocolate rellenas con crema y almendras a las que nadie podía resistirse. La maestra nos hizo formar una gran ronda con las mesas y la recorrió ayudando a los que no podían abrir los paquetes y envoltorios —yo entre ellos—, puso una canción sobre los colores que teníamos que aprendernos para el mes próximo, y se sentó a escribir en su propia mesa como cada viernes al terminar el día.
Miré a los otros nenes y nenas que estaban cerca de mí, comían y hablaban entre ellos, pero no conmigo, como todos los días
—¿Querés? —le pregunté a la nena sentada al lado mío mostrándole el paquete.
—No, gracias —dijo mirándome de costado, sin girarse del todo para verme ni dejar de hablar con las nenas que estaban del otro lado—. Qué miedo. Qué feo —le dijo a la más cercana, y las dos se rieron.
Fue cuando lo supe, con poco más de cuatro años y sin saber qué hacer con ese saber, que era feo. Con lo que sí supe qué hacer fue con las galletitas, y me las comí una por una, lo que tampoco fue algo tan malo, o sí, no estoy seguro.


25 comentarios:
Hay palabras que se quedan con nosotros para toda la vida.
Saludos,
J.
Belmondo tampoco era guapo....pero mira si triunfó ¡
saludos
Los niños no tienen filtro a esa edad, eso es lo más contundente, así que facilmente pueden ser crueles. Quizá por eso algunas palabras(mejor dicho el significado de algunas palabras) que se aprenden entonces, duran para siempre, y no importa cuántas veces más las escuchemos, ni en boca de quien, ni si quiera importa que la palabra fealdad signifique diferente para cada uno, lo que es feo para uno, para otro no lo es, pero eso se aprende mucho más tarde.
Saludos, José A.
Bueno al menos el prota de la historia se entero temprano y pudo acostumbrarse y adaptarse, pero a otros les pasa tardiamente, se dan cuenta que son feos ya en la adolescencia y a otros les pasa despues de los ciencuenta años
existe la fealdad exterior, subjetiva, y la fealdad interior, totalmente objetiva e imposible de obviar... no diré más, que cada uno cuadre a los protagonistas donde quiera ;)
" En las tardes calurosas, pesadas y asoladas de este pueblo, caminaba un hombre mayor por una calle bastante empinada. Daniel estaba sentado en el bordillo de la puerta de su casa con un bocadillo entre las manos y una gota de sudor en la frente. Observaba como se acercaba este hombre por la acera de enfrente con la mirada puesta en el suelo y sumido en sus pensamientos.
De repente, se oyó un rugido, un rugido como salido de ultratumba que a Daniel le produjo una especial admiración. Era un pedo que le llamó una atención muy especial y al protagonista, le hizo levantar la mirada del suelo y asegurarse de que nadie lo escuchó. Pero vio a Daniel riéndose tímidamente. El, con una mueca simpática le dijo: " -En esta calle hijo, hay ratones ten cuidado que no se coman el bocadillo-". Daniel hizo la misma mueca y de un salto entró en su casa.
Su madre estaba de limpieza y fregando la casa. Le regañó diciéndole:
- ¿!no te he dicho que te quedaras en la puerta para que no me pises!?.
- Ya lo sé pero hace mucha calor y no la aguanto.
- !Bueno pues no te muevas de ahí que ya mismo te baño!.!Tu quietecito!.
A Daniel no le gustaba mucho eso del baño. Sobre todo y lo que más odiaba, era cuando su madre le frotaba la cara con una manopla llena de un jabón tan oloroso y tan espumoso que lo dejaba sin respiración. Tampoco le gustaban mucho las alabanzas que su madre exclamaba acerca de su pito. De lo que si estaba seguro es que no era de "oro" y tampoco tan grande como una "olla"... de la cocina.
Eso sí, lo que realmente le gustaba del baño pasado el martirio, era jugar con la espuma hallando formas imaginarias o transformándose en un barco que cruzaba el mar de su bañera. Su madre lo dejaba un rato disfrutar del agua pero a la hora de sacarlo, el se oponía rotundamente alegando que el agua estaba aún caliente. -¿!Pero si estás tiritando y con los labios morados!? AY POR DIOS ESTE NIÑOOOO!!.
Ya vestido, de un salto volvía a la calle como alma que lleva el diablo. Era atardecer y siempre disfrutaba observando los tonos rojos y anaranjados de la puesta de sol. Para sus ojos aquel espectáculo nunca dejo de llamarle la atención.
Visitaba a su vecina Juana la cual nunca tuvo hijos y según su madre siempre la conoció así de vieja. A el no le agradaba mucho esta anciana. La visitaba no porque su madre lo mandara sino, porque después de soportar el alubión de piropos y de besos, le daba algo de dinero.
Con el carrillo rojo y lleno de cariño marchaba para el parque y se compraba chucherías que no compartía con nadie. Siempre decía que guardaba unas pocas para el día siguiente y si acaso, dejaba que algún amigo le diera una chupada al regaliz pero... no era corriente.
En el parque jugaba a todo lo que se terciaba y lo que más le gustaba era ser el capitán; algo que casi nunca pudo ejercer porque su amigo Gonzalito eras más dominante y más fuerte..."
Unos golpecitos en el hombro le devolvieron al presente. La madre del chiquillo con voz amable le dijo que se diera prisa sino quería perder el autobús.
Con prisa dejó en el asiento lo que tenía en las manos y tomó el paraguas. Nadie advirtió que dejaba parte de su niñez en aquel banco de estación...
Despues del dia de las galletas, ademas de feo, tambien gordo. Espero que no fuera cuatroojos.
AbrZooo
Bueno, se perdieron las galletitas.
Saludos, colega demiurgo.
El chaval no tiene de qué preocuparse. Dicen que la belleza que de verdad importa es la interior. Aunque nadie se acerca a nadie si el exterior no atrae.
¡¡¡Menudo atracón!!!
Una lección aprendida a una muy tierna edad con toda la crudeza con la que la sociedad nos obsequia.
Por muchas lecciones de compartir y socializar que la maestra quiera impartir.
Aunque lo de la maestra poniéndose a hacer sus cosas tiene delito.
Saludos.
Ah si, cómo se quedan grabadas las palabras dichas cuando niños, es como si fuera el prompt para la programación de nuestro futuro. Es el código madre.
Y vaya que resulta dificultoso reprogramar...
Abrazo!
Me has hecho recordar aquello que comentaba Charles Mingus, el contrabajista de jazz, en su autobiografía. Decía que se enteró que era negro cuando viniendo de clase de música con quince años, unos chicos blancos empezaron a gritar negro, negro. Él miró a todas partes y viendo que no había nadie, llegó a la conclusión de que se lo decían a él.
Saludos
Pobre niño. Decia mi abuela, el hombre como el oso cuánto más feo, más hermoso.
Saludos.
Los niños pueden ser muy crueles, es lo que tiene decir la verdad
Experiencias del Jardín, jajá, todos teníamos miedos, pero lo pasamos bien.
Abrazo
Una historia triste, pero con un suculento final feliz
Paz
Isaac
Muy bueno el cuento. Sobre todo porque muestra esa etapa de la niñez donde uno todavía no es consciente de muchas cosas pero le va doliendo por actitudes que no entiende. A veces con el tiempo se curan esas primeras experiencias. Saludos, José
Los niños no tienen filtros, y es verdad también que vivimos en una sociedad de "caretas" donde lo superficial se valora más. Una historia para reflexionar. Un abrazo
Si usted no carga con un apodo como Carucha, Espantavieja, Cuasimodo, El Fiero, Rompespejos, o por contraefecto: Brad Pitt o El Dandy, usted no es feo. Entra en la bolsa de los comunes.
Abrazos, herr J
La belleza y la fealdad, está más en los ojos que miran, no necesariamente en lo observado. Lo único objetivo es que esas galletas hasta las puedo oler con los detalles que das: una delicia.
Va un abrazo, José
Bueno José, al menos su sinceridad fue antes de haber aceptado comer tus galletas, pero así son los niños sinceros y a veces crueles en su sinceridad.
Saludos.
El pobre niño llegó creyendo que unas galletitas premium le iban a comprar amigos… y salió con un trauma emocional de regalo, cuántos recuerdos de la primaria y mis suavicremas de chocolate carajo.
La niñez nunca fue un tiempo de dulces y algodón, para muchos en todas las épocas ha sido sobrevivir a duras penas, sobre todo en países bélicos o subdesarrollados
Buen fin de semana
Creo que ser feo o guapo depende de los ojos que miran. Yo he visto a alguien llamar feo a otro cuando para mí la fealdad estaba en esa persona. Así con todo.
Un saludo, José Antonio.
¡Menos mal que estoy en el grupo de los guapos!
:)
Salu2.
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