domingo, 3 de mayo de 2026

Feo

Supe que era feo a mis cuatro años, en la sala azul del jardín de infantes. Fue un viernes, el último del mes, en el que la maestra nos había pedido que lleváramos galletitas para compartir porque para la última hora del último viernes de cada mes proponía hacer algo diferente, como llevar nuestros pijamas y mostrarle cómo dormíamos —a mamá le encantó tener que lavarlo dos veces esa semana—, o que nos pintáramos las caras como animales. Decía que era para que nos acordáramos mejor de lo que habíamos aprendido durante el mes, pero la verdad es que no sé qué relación tendría el llevar el pijama a la escuela para dormir sobre colchonetas con olor a tierra con lo que hubiéramos aprendido antes. Lo de las galletitas, supongo, habrá sido para que aprendiéramos a compartir, cosa que no todos sabían muy bien qué significaba o cómo se hacía. Por eso, siempre alguno se enojaba o alguien terminaba llorando. Yo no hacía lo uno ni lo otro, yo miraba a los demás desde el otro lado del salón, siempre sentado solo, sin que nadie quisiera acercárseme.
    Para ese viernes tenía un paquete de las mejores, más ricas y más nuevas galletitas de chocolate; las que a todos les gustaban, las rellenas de crema y almendras, esas, sí, las que eran riquísimas, te comías una y antes de terminar de masticarla ya querías comerte otra y otra. Y yo tenía un paquete entero, estaba claro que todos iban a querer acercarse, ya no me sentaría solo, no tendría que mirarlos desde el otro lado del salón, todos iban a querer ser mis amigos. Y tal vez yo también querría ser amigo de ellos.
    Llegó por fin la última hora del día, del último viernes del mes, y cada uno sacó sus galletitas. Había vainillas, anillitos, pepas, lengüitas, con formas, sin formas, con chips de chocolate, con fruta, con caritas, con animalitos, de todo. Pero solo yo, yo solo, tenía las de chocolate rellenas con crema y almendras a las que nadie podía resistirse. La maestra nos hizo formar una gran ronda con las mesas y la recorrió ayudando a los que no podían abrir los paquetes y envoltorios —yo entre ellos—, puso una canción sobre los colores que teníamos que aprendernos para el mes próximo, y se sentó a escribir en su propia mesa como cada viernes al terminar el día.
    Miré a los otros nenes y nenas que estaban cerca de mí, comían y hablaban entre ellos, pero no conmigo, como todos los días
    —¿Querés? —le pregunté a la nena sentada al lado mío mostrándole el paquete.
    —No, gracias —dijo mirándome de costado, sin girarse del todo para verme ni dejar de hablar con las nenas que estaban del otro lado—. Qué miedo. Qué feo —le dijo a la más cercana, y las dos se rieron.
    Fue cuando lo supe, con poco más de cuatro años y sin saber qué hacer con ese saber, que era feo. Con lo que sí supe qué hacer fue con las galletitas, y me las comí una por una, lo que tampoco fue algo tan malo, o sí, no estoy seguro.

4 comentarios:

José A. García dijo...

Hay palabras que se quedan con nosotros para toda la vida.

Saludos,
J.

Tot Barcelona dijo...

Belmondo tampoco era guapo....pero mira si triunfó ¡
saludos

BEATRIZ dijo...

Los niños no tienen filtro a esa edad, eso es lo más contundente, así que facilmente pueden ser crueles. Quizá por eso algunas palabras(mejor dicho el significado de algunas palabras) que se aprenden entonces, duran para siempre, y no importa cuántas veces más las escuchemos, ni en boca de quien, ni si quiera importa que la palabra fealdad signifique diferente para cada uno, lo que es feo para uno, para otro no lo es, pero eso se aprende mucho más tarde.
Saludos, José A.

J.C. dijo...

Bueno al menos el prota de la historia se entero temprano y pudo acostumbrarse y adaptarse, pero a otros les pasa tardiamente, se dan cuenta que son feos ya en la adolescencia y a otros les pasa despues de los ciencuenta años