sábado, 18 de abril de 2026

A la mesa


Estamos sentados a la mesa que compré cuando fue mi primera mudanza, un rectángulo de madera sólido, de buena madera, que pienso legar a mis nietos —y eso que nunca tendré hijos—; por eso en cada mudanza cuido especialmente que no le pase nada, para seguir usándola, para seguir comiendo sobre ella, seguir escribiendo de vez en cuando, y, de forma cada vez más esporádica, que alguna compañera de juegos apoye sus nalgas. Las sillas son diferentes, pero la mesa sí es la misma.
    Es mi mesa, inconfundible, como lo son también las otras tres personas sentadas una de cada lado de ella. Hablamos, recordamos anécdotas humillantes de otras épocas —¿qué anécdota no lo es en cierto punto?—. Miro a quien está a mi derecha, está descalzo y con los pies sobre la mesa, lo que me enoja porque estamos comiendo, pero a él no parece importarle; no se da cuenta o hace como que no comprende mis señas mirando a los demás para no perderse el resto de la conversación. Yo también los miro y escucho sus gritos como si compitieran para ver quién grita más fuerte, más tiempo, con palabras más largas, con insultos más elaborados y sin atragantarse. Es terrible darse cuenta de cómo nos atraviesa el tiempo, cómo nos cambia, cómo deja marcas en la piel, en la mirada, en los gestos. Es terrible ver que seguimos siendo nosotros sin serlo. Mis manos muestran las mismas marcas, y me duelen como si hubiera hecho un gran esfuerzo del que no guardo recuerdo.
    Quizá, si recordara por qué nos hemos reunido, cuál es el motivo para que estén todos en la casa, en mi casa, la sensación de incomodidad sería menos absoluta. No resulta nada fácil recordar algo entre tanto grito, restos de comida y lo que de seguro hemos bebido.
    Las risas estallan otra vez. Aunque me perdí lo que dijeron, sonrío para no desentonar, para no seguir quedándome afuera.
    Una idea se forma en mis pensamientos, un punto negro, una señal de que no todo está bien entre tanta alegría, de que no todo es lo que se supone que es, que siempre hay algo oculto frente a lo evidente.
    —¿Si saben que no son reales?
    Mi pregunta cancela su alegría, su felicidad, su buen humor, otra vez, como siempre lo logro cuando no puedo contenerme y hablo. Por eso me miran en silencio.
    —Ustedes no están aquí. ¿Lo saben?
    Se miran, una sensación extraña se contagia de mirada en mirada, de gesto en gestos. Quien tenía los pies sobre la mesa por fin los baja.
    —Tenía que decírselos —agrego.
    Miro la mesa, solo hay sobras de comida de mi lado, el resto está más o menos limpio, como cada una de mis noches. Las sillas están acomodadas contra la pared opuesta, donde las dejé hace meses.
    —Lo sabía, sí —continúo—. Y me preguntarán: ¿cómo es posible que sepa que ustedes no son reales, que no están aquí? Es sencillo.
    Me levanto. La mesa está vacía, una fina capa de polvillo la cubre por completo.
    No hace falta que acomode mi silla, ésta siempre estuvo contra la pared opuesta, junto a las demás.
    —Porque yo tampoco lo soy.

5 comentarios:

José A. García dijo...

¿Quién es real y quién no hoy en día?

Saludos,
J.

Guillermo Castillo dijo...

Respondo a la premisa: La única forma de distinguir quién es real es observar quién se queda cuando se apagan las luces del escenario. Saludos.

Beauséant dijo...

los objetos que nos definen en vida, nos atrapan en la muerte, son como un imán que nos impide encontrar el descanso eterno...

Me ha gustado mucho

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Basta la autoconciencia para tener la seguridad de ser real?
Intrigante.
Saludos, colega demiurgo

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Interesante la mención la de alguna compañera de juegos.