Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 16 de octubre de 2021

Veneno

Mientras desayunaba encendió la computadora y abrió un archivo del procesador de texto. Escribió una larga diatriba en contra de la necesidad de trabajar en lugares donde lo único que se logra es degradar a las personas, con sueldos magros y condiciones laborales paupérrimas que llevan al agotamiento y a la alienación de los trabajadores por el sólo hecho de que el sistema económico mundial no funciona más que para beneficiar a los que siempre han sido poderosos y que por eso es necesario que desde el momento mismo de nuestra concepción (porque para el nacimiento ya es demasiado tarde) se nos inculque el pensar que el trabajo dignifica y que debemos hacerlo en todo momento y que el mejor destino para un trabajador no es otro que el ser encontrado por la muerte cumpliendo con su trabajo y morir, claro, con una sonrisa.
    Terminó de escribir, chequeó la ortografía y la coherencia, lo releyó dos veces y luego lo borró mientras tomaba un sorbo de café.
    Miró el reloj y volvió a escribir un largo párrafo señalando esta vez los problemas que representan las redes asociales para el normal desarrollo de la sociabilidad de las personas, más allá de la diferencia de edad, escala social, género o cualquier otra categoría que quisiera aplicárseles precisamente por la utilización indiscriminadas de esas mismas categorías y sus diversas etiquetas a partir de la cual dividir a las personas en grupos de interés cada vez más pequeños hasta llegar el momento en que nos percatamos en que estamos ayudando a una inteligencia artificial (un mero algoritmo) a desarrollar sus propias capacidades mientras atrofiamos las nuestras. El lenguaje es la primera de ellas, la posibilidad de razonar la siguiente, la empatía, el aceptar que pueden existir seres que piensen de manera diferente y un largo etcétera en el que nadie parece reparar seguían en la lista.
    Terminó de escribir, chequeó la sintaxis, que necesitaba correcciones serias al igual que el lenguaje utilizado, lo releyó dos veces y luego lo borró acabándose la taza de café.
    Masticando la última tostada escribió una crítica a la campaña política del momento y la descarada utilización de las necesidades de las personas con fines electorales, el clientelismo descarnado, el reparto de beneficios buscando la mayor cantidad de votos posibles sin importar lo que tenga que prometerse a cambio debido al futuro olvido de las promesas hechas otra vez, los ataques personales sobre los candidatos opositores o del propio espacio partidario, los escándalos de corrupción, el cohecho, el tráfico de influencias, los negociados con fondo públicos, la obras que nunca llegan a cumplirse, las que se inauguran más de una vez aunque sigan sin estar acabadas, y de cómo al final del espectáculo, luego de contados los votos (en el caso de que en verdad se los cuente) siempre terminan siendo los mismos los que gobiernan porque son quienes mueven los hilos y los resortes y lo único que ha cambiado es la cara o el nombre de quien dice gobernar.
    Terminó de escribir, chequeó la cohesión de las frases y la correcta utilización de la puntuación, lo releyó dos veces y lo borró acabándose la taza de café.
    Miró el plato de las tostadas y la taza de café, ambos vacíos por igual y siendo casi la hora en que tenía que salir, pero no podía olvidarse de lo más importante. Por eso escribió un fuerte descargo contra esas falsas amistades que sólo aparecen para aprovecharse del otro, como esos excompañeros del colegio, del liceo, de la universidad, del trabajo anterior, o de donde fuera y que llevamos más de diez, quince o veinte años sin verlos y de un día para otro, y a pesar de que no tenemos cuentas en las redes asociales para que no ocurran este tipo de cosas, dan con nosotros y nos invitan a ser nuestros propios jefes y a decidir nuestros horarios de trabajo participando de una supuesta rueda mágica de la fortuna en la que sólo podemos ingresar pagando de antemano y obligando luego a otras tres, cinco o siete personas más a entrar en la misma rueda mágica porque no hay otra forma de que se genere dinero si no es obligando a otros a darlo para ingresar a la misma rueda mágica que siempre que gira beneficia a otros que no sabemos quiénes son, y nosotros siempre debemos verlo todo desde afuera.
    Terminó de escribir, lo leyó, suspiró, lo borró y apagó la computadora.
    Habiéndose liberado de todo ese veneno se sentía un poco más aliviado, un tanto mejor consigo mismo. Estaba listo para enfrentar las dieciséis horas de atención al cliente de ese día.

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En la Revista Lenguas de Fuego (España) se ha publicado el cuento Nata.

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domingo, 10 de octubre de 2021

Entrevista

Luego de la más de media hora que llevaban recorriendo el lugar explicándole los diferentes procedimientos que debía realizar en su nuevo puesto de trabajo, en el caso de que efectivamente le fuera asignado, el gerente de personal lo miraba con cierta desconfianza cuando le preguntó:
    ―¿Entiende todo lo que tendría que hacer?
    Su única opción era responder por la afirmativa esperando que no llegara luego ese momento que temía que llegaría.
    ―Sí, entiendo ―respondió antes de sentir que su mundo se venía abajo ante la siguiente pregunta del gerente:
    ―¿Puede repetírmelo?
    ―Bueno ―dijo inspirando largamente antes de girar la cabeza―. Cada mañana debo llegar exactamente a las 7:12 según el reloj que se encuentra en la puerta de entrada. A las 7:15 debo colocar medio gramo de margarina en la plataforma indicada de color rojo sobre la cual resbalará un huevo que debe llegar sin romperse, luego de atravesar los rieles de un tren eléctrico en miniatura, hasta la siguiente plataforma. Si el huevo se rompe deberé reiniciar el proceso. El peso del huevo presionará el botón de encendido de una cocina eléctrica sobre la cual previamente deberé colocar un jarro lleno en un 50% con agua. Cuando el contenido hierva el calor cortará un hilo de seda al que se encuentra atada una cuchara de madera, si el hilo no se rompe deberé colocar más agua y continuar esperando hasta que lo haga. La cuchara caerá, golpeará otro botón, más grande y azul, antes de caer dentro de la olla que se encuentra junto al jarro con agua. Ese botón azul abre la puerta de una pequeña jaula en la que se encuentra un hurón que saldrá corriendo hacia un plato de comida para hurones (de la cual desconocía su existencia) ya que lleva todo el día sin comer. El plato de comida se encuentra sobre una balanza, a la cual el hurón no puede subir y sólo puede meter la cabeza por un pequeño hueco. A medida el hurón coma, la balanza subirá y encenderá un fósforo de cera que a su vez encenderá el cabo de una vela que pondrá en funcionamiento el tren eléctrico (es el mismo tren de antes). El tren tiene un cuchillo extremadamente afilado, el cual no debo tocar, atado en el extremo de la locomotora. Al pasar debajo de la mesa el cuchillo cortará la tela de las bolsas de harina de maíz que se encuentran allí colgadas, y que cada mañana debo reemplazar. La harina caerá llenando los vagones de carga del tren que seguirá su viaje subiendo por las montañas de mentira que lo llevan a la mesa donde terminará su recorrido. Allí arriba hará tope con un interruptor que enciende la hornalla de la cocina eléctrica sobre la que se encuentra la olla también cargada con agua. Cuando el agua esté lista, el cabo de la vela se habrá consumido lo suficiente para liberar la tanza que sostiene los guantes de boxeo que se encuentran colocados sobre el tren, que caerán y golpearán directamente contra los vagones haciendo caer al maíz en una olla con el agua. Usaré la cuchara de madera que para revolver la mezcla, y cuando la maicena esté lista deberé servirla en pequeños platos de desayuno y esperar a que alguien más venga a retirarlos. Una vez que vengan a buscarlos debo dejar todo preparado para el día siguiente y retirarme sin hacer ruido. Creo que eso es todo ―dijo y suspiró.
    El gerente de personal hizo un par de marcas sobre un papel que no pudo ver, asintió levemente con la cabeza y, luego de un rato, como si repasara lo que se encontraba allí escrito, dijo:
    ―Parece que sí, no se ha olvidado de nada. Si todo está bien le avisaremos en el transcurso del día cuándo debería comenzar. ―El gerente señalando la puerta y preparándose para la siguiente entrevista―. Puede retirarse
    ―Disculpe ―se animó a decir desde la puerta antes de salir―. Tengo una duda.
    ―Dígame ―dijo en tono profesional el gerente de personal.
    ―¿Por qué tan complicado todo? Se pierde más tiempo con esta máquinas de lo que efectivamente se hace. Ese desayuno puede prepararse mucho más rápido de cualquier otra manera
    ―Puede ser, pero yo no tomo esas decisiones, sólo contrato al personal de reemplazo cada vez que alguno de los empleados termina enloqueciendo. Esto que ve aquí es el más sencillo de los procesos que desarrollan en toda la casa ―El Gerente señaló la otra puerta―. No se da una idea lo complicado que es lavarse los dientes cada mañana…
    ―Ah, entiendo.
    ―¿Sí? ―dijo el Gerente de personal―. Pues qué suerte. Llevo quince años trabajando para la familia de Rude Goldberg y sigo sin entenderlo.
    Se miraron en silencio y luego de cercad e un minuto, como si se hubieran puesto tácitamente de acuerdo, cada uno continúo adelante.


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En el N° 32 de la Revista La Ignorancia Crea (España) pueden leer el relato Diosa.

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sábado, 2 de octubre de 2021

Equilibrio

Esta mañana, en lugar del habitual: “Hola, ¿cómo está usted?”, recibí un: “Cómo llueve, ¿no?”. En ese instante supe que todo había cambiado. Cierto que fuera del refugio llovía torrencialmente como lo hiciera cada día de la última semana, pero eso no era una justificación suficiente para permitir un cambio de protocolo ni de etiqueta. Mi reacción, por lo tanto, no podría haber sido otra más que la de asesinar al culpable, trozar su cuerpo en innumerables fragmentos, comer su hígado y su corazón, afilar mis dientes con sus huesos antes de quebrarlos, beberme su sangre y borrar todo recuerdo suyo que aún perdurara en tan aciago mundo; todo esto antes de la llegada del transporte que pasaría por nosotros.
    Nuestro ritual había quedado establecido de manera casual pero formal luego del primer encuentro. Desde ese momento a su llegada yo debía recibir su “Hola, ¿cómo está usted?” con una leve reverencia permitiéndole aguardar junto a mí el arribo del transporte que nos conduciría hacia el Centro de Reacondicionamiento del Comportamiento Humano donde continuaría mi tratamiento mientras quien me acompañaba realizaría su trabajo allí, fuera cual fuera. Sabía que a lo largo del día el uno pensaría en el otro hasta la llegada del instante en que volveríamos a subir al mismo transporte, en la dirección opuesta, al final de la jornada y ya avanzado el atardecer nos despediríamos al bajar del mismo con una leve reverencia repitiendo un breve: “Hasta mañana”.
    Así funcionaba, así lo había hecho desde su puesta en práctica y hasta que decidió poner en riesgo la tradición modificando sus palabras, es decir que por los últimos tres días el universo había permanecido en calma. Romper esa calma es algo que no puede hacerse, todos lo saben. Por eso tuve que hacerlo aunque no hubiera querido hacerlo ya que por una cuestión similar se me obliga a asistir al Centro donde los expertos intentan demostrar el error en mi comportamiento mientras los miro en silencio, aguardando al final de la jornada.
    Los rituales son importantes en la vida para evitar caer en la desesperación del caos sin final. Son la base de ese orden universal secreto pero conocido por todos, por eso hay que respetarlos, desde el primero al último y desde el primer llanto hasta la última exhalación. Su no observancia puede conducir a la muerte, yo lo sé, al igual que todos los demás, aunque lo nieguen. Y es por eso que luego de su “Cómo llueve, ¿no?” en lugar del esperado “Hola, ¿cómo está usted?”, la única respuesta posible era asesinar al culpable, trozar su cuerpo en innumerables fragmentos, comer su hígado y su corazón, afilar mis dientes con sus huesos antes de quebrarlos, beberme su sangre y borrar todo recuerdo suyo que aún perdurara en tan aciago mundo, antes de la llegada del transporte que pasaría por nosotros. El mismo final que me hubiera esperado a mí de no responder de la manera adecuada a nuestro ritual, es decir, si no lo recibía con una leve reverencia permitiéndole aguardar junto a mí la llegada del transporte.
    Para el momento en que el transporte apareció en la lejana curva del camino, el sacrificio de expiación estaba consumado y el universo recuperaría poco a poco su equilibrio entre lo positivo, lo negativo, lo neutro y lo indiferente. Tal vez le tome un poco más de tiempo que la última vez, tal vez un poco menos, pero volvería a ese equilibrio perdido para que la existencia pueda continuar sin el menor desbarajuste. Lo sabía porque cada uno de mis esfuerzos se dirigía en esa dirección.
    Lo sentí, lo supe, hasta el instante en que me tocó subir al transporte y en lugar de la mirada silenciosa, hosca, cansada y un poco desafiante del conductor, este dijo al verme:
    ―¿Hoy estás solita, linda?
    El universo, la creación entera, se inclinaba, una vez más, hacia el caos.

Aclaración: Esta imagen NO es mía.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Temporada de conquistas

Al amanecer del día siguiente supe que algo había cambiado; se sentía como algo similar al rumor lejano de un dolor de cabeza que avanza poco a poco, al principio podemos engañarnos creyendo que no se encuentra allí o que es una molestia diferente, luego comienza a crecer y su presencia se vuelve innegable. Podía hacerme el desentendido, pero sólo estaría engañándome a mí mismo y, al igual que las veces anteriores, terminaría sintiéndome peor.
    Todo había comenzado cuando separé apenas los postigos de una de las ventanas de la cabaña, oteé el aún oscuro amanecer y aspiré la brisa. Entre el aroma de la orina de los caballos en el corral, el de la madera cortada los días anteriores en la leñera, la tierra removida detrás del cobertizo, los últimos rescoldos apagándose en el hogar con la marmita sobre ellos, la fermentación de la levadura para el pan del día y la lluvia cercana, sentí su aroma. Ella regresaba una vez más.
    No tenía tiempo para perder, si me era posible sentir su aroma era porque se encontraba demasiado cerca preparando su ataque mientras yo dormía desprevenido. Como pude, sin siquiera terminar de vestirme, huí de la cabaña para esconderme entre los árboles cercanos donde arrojaba la ceniza sabiendo que podía caminar sobre ella sin hacer el menor ruido. Allí, escondido en medio del sotobosque, la vi llegar.
    Llevaba el vestido blanco casi transparente que, aunque de paño suelto, le marcaba muy bien el cuerpo. Ella lo sabía, yo lo sabía. Completaban su atuendo el cabello enmarañado y el rostro apenas pintado para no distraer con minucias y concentrarse sólo en lo importante. El arco, el carcaj lleno de flechas y la ballesta no me molestaban tanto como los brazaletes de bronce. En verdad venía preparada y lo único que tenía conmigo era mi torso descubierto y una pequeña daga escondida en una de las botas. Con mis propios brazaletes olvidados en la cabaña llevaba todas las de perder. Y no sería la primera vez.
    Se quedó de pie fuera de la cabaña, la puerta abierta le decía que yo ya no estaba allí; buscó las huellas que inevitablemente dejara en la tierra y que no llegara a borrar. Pero esa no era mi primera temporada de conquistas, por lo que cuando llegó a las cenizas no me encontró allí.
    Creí estar conduciéndola hacia el pequeño arroyo cercano, luego supe que era lo que ella pretendía desde el principio, solo dejó que creyera que no era así. Caí en su trampa como un principiante.
    Un poco de barro, cáñamo tensado a la altura de los pies, el golpe de una rama y pierdo el equilibrio cayendo al agua que se lleva las botas y la pequeña daga. Quedo a su merced, lo sé en cuanto logro salir de la corriente y la encuentro de pie en la ribera opuesta. Desde ese lugar me lanza una, dos, tres flechas de advertencia, una que no acepto y echo a correr nuevamente sin dirección entre los matorrales sintiendo como las piedras, las ortigas y cualquier otra cosa que hubiera por allí cortan las plantas de mis pies; su risa, diabólica, sensual, sugerente, también me persigue. No puedo volver a la cabaña que quedó del otro lado, no tengo armas, no tengo los brazaletes de conquista, no tengo más ideas, sólo me queda esperar a que mi resistencia física sea mayor que la suya. Aunque, sabiendo que ni siquiera pude desayunar y la noche anterior apenas sí cené alguna cosa, lo dudo.
    De alguna manera surge d entre los árboles frente a mí, como si conociera los pasos que ni yo mismo sabía que daría, o hubiera corrido en círculos. Esta vez sus flechas no son advertencias, son heridas directas pero leves en mis brazos, en mis piernas. Su puntería es perfecta con la ballesta, lo sé, podría matarme más de una vez si así lo quisiera, pero no es lo que quiere.
    Nos enredamos en un abrazo que poco tiene de tal revolcándonos entre mordiscos, rasguños, sangre que mancha su vestido, cabellos que se meten en mi boca, entre hojas secas, tierra, barro e insectos que huyen de nosotros y, en medio de todo eso, uno de sus brazaletes acaba en mi brazo. Eso pone punto final a la lucha.
    Regreso a la cabaña derrotado. Caminando unos pasos más atrás Ella no deja de sonreír.
    Compartimos el pan, la cama, el día, la noche. Como ella fue quien logró la conquista es quien decido qué y cuánto hacemos, yo sólo puedo cumplir con sus demandas lo mejor que me es posible.
   Al amanecer del día siguiente supe que algo había cambiado; se sentía como algo similar al rumor lejano de un dolor de cabeza que avanza poco a poco. Podría ser eso, o algo diferente, como la ausencia del habitual ardor de sus rasguños en mi espalda, pero esa, aunque mínima, no era la única. Su brazalete continuaba en mi mano, como una señal, una marca. Mirándolo supe que la temporada de conquistas se había terminado para mí, al menos hasta que acabara de engendrar nuestra próxima camada de cachorros.
    Deberé buscar la forma de que la siguiente vez sea ella quien los engendre. Tengo varias lunas por delante para planear mi conquista, algo se me ocurrirá.

domingo, 12 de septiembre de 2021

No moriré en esta batalla

El olor del cuero mal curtido se mezclaba con el resto de los olores del campamento, el del excremento de los animales, el orín y los sudores nunca del todo bien lavados en nuestros cuerpos, el humo de las antorchas, el de las fogatas improvisadas para calentarnos y en donde preparaban ese mejunje que nos daban cada noche como cena. Al amanecer del día siguiente tendría lugar la batalla para la que llevábamos tanto tiempo preparándonos que nadie recordaba a quién atacaríamos, a quien defenderíamos, ni por qué.
    Las noches era el peor momento y esa noche en particular, la última, en la que los susurros indisimulados, los recuerdos infaltables, los anhelos recordados, los deseos no concretados, los sueños prontos a morir, las pesadillas prontas a volverse realidad, se mezclaban con el mal alcohol con el que intentábamos ocultar el pésimo sabor de la comida, era la peor de todas. El miedo era el condimento que más abundaba dejándose sentir a cada instante, aunque intentáramos no reconocerlo.
    Los centinelas del campamento tenían la orden de matar a los desertores que intentaban huir, pero nadie sabía cuántos centinelas habían escapado ante la inminencia de la batalla. A diferencia de ellos, al alba nosotros seguíamos allí cuando el cuerno llamó a las filas y el momento de morir estaba pronto.
    Alguien que no reconocimos galopó a lo largo del campamento arengándonos y recordando el motivo de lo que vendría. Ninguno de los que estábamos allí cerca entendimos sus palabras.
    Cuando el sol quebró en mil pedazos el horizonte pudimos ver al ejército enemigo, sintiendo el mismo miedo, el mismo pavor recorriendo huesos y músculos, pudimos vernos a nosotros mismos reflejados en ellos, cuando los tambores que señalaban el inicio de la marcha comenzaron a sonar.
    ―No sé ustedes ―dijo aquel a quien reconocíamos como el líder de nuestro pequeño grupo―, pero yo no moriré en esta batalla.
    Sabíamos que lo decía antes de cada batalla, como una oración, como un llamado a quien fuera que velaba por su destino, porque él mismo nos había contado que así lo hacía, y esperábamos ese momento para sentirnos un poco mejor ante lo que estaba por venir. Pero aunque era la primera vez que realmente se lo escuchábamos decir, pudimos ver que había algo diferente, que algo había cambiado.
    Tiró su espada al fango, escupió sobre ella y la pisó con su bota de cuero. El acero mal forjado se rompió y él se alejó ante nuestra atónita mirada cuando, entre el estrépito de los metales y el fragor de los gritos de guerra que, sabíamos, cuanto más fuertes eran menos ocultaban el miedo que se sentía, los tambores comenzaban a redoblar.
    Las flechas enemigas cayendo cada vez más cerca de nuestros pies fueron la señal que necesitábamos para seguirlo. Primero nos escondimos entre los árboles más cercanos, donde los ecos de la batalla aún podían oírse, luego en medio del bosque donde el silencio nos rodeaba, más tarde en los pueblos más cercanos, donde apenas se sabía que había una batalla, después lo hicimos en las ciudades portuarias, donde nadie le daba importancia a las guerras, mucho después llagamos del otro lado del mar, donde ni tan siquiera nuestros nombre sonaban familiares en nuestros oídos en esas nuevas lenguas.
    Pero, sin importar dónde nos encontráramos sabíamos que nos reconoceríamos como aquellos que aquel día habíamos decidido no morir en la batalla, los que habíamos decidido vivir, pues levábamos en nuestra piel la marca de aquella decisión.



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En la revista digital Herederos del Kaos (Barcelona, España) se ha publicado el relato Quienes regresaron.

Pueden pasar a leerlo cuando gusten.

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