Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 20 de noviembre de 2021

Oficina equivocada.

―¡Trabajen, esbirros!
    Fue lo primero que escuché al abrir la puerta, luego vino el restañar del látigo de cuero de siete puntas y el gemido de dolor de uno de los cuerpos sudorosos, con la espalda llena de cortes y rastros de sangre, que se inclinaban sobre lo que parecían ser antiguas máquinas de calcular.
    El dueño de la voz era un ser enorme, casi un gigante, que apenas cabía dentro de la camisa que usaba; los botones que resistían en sus ojales en una clara demostración de estoicismo. Levantaba una y otra vez el látigo dejándolo caer con un leve movimiento de muñeca sobre quien se encontrara más cerca de entre las cincuenta o sesenta personas que se apretujaban dentro de la diminuta oficina. Sin ventanas, casi en completa penumbras y apestando como han de haber apestado los establos de Augias; el hedor del sudor, del miedo y del dolor, resultaba tan cercano que nada podría disimularlo sintiéndolo picar en mi nariz.
    ―¡Más rápido! ―atronó la voz del gigante como el anuncio de una tormenta cercana sin que el látigo dejara de sonar una y otra vez sobre las espaldas encorvadas.
    Uno de los golpes recibidos agotó la capacidad de resistencia de una de esas espaldas arqueadas, quebradas, derrotadas, se desmoronó sobre la máquina de calcular frente a la que se encontraba antes de acabar cayendo al suelo. Los que se encontraban cerca bajaron un poco más la cabeza, tal vez previniendo nuevos golpes, sin dejar de trabajar. El gigante del látigo exclamó algo que poco tenía de palabra articulada antes de que desde uno de los rincones oscuros de la oficina se acercaran tres figuras grises, similares a las demás, que se detuvieron junto al él. Los miró con desprecio como si los estudiara al tiempo que los odiaba.
    ―¡Tú! ―Señaló a uno de ellos. Mientras los otros dos se llevaran a la rastra el cuerpo del caído hacia las sombras, el señalado ocupó el lugar vacío junto a la máquina de calcular―. ¡Trabaja, esbirro! ―exclamó una vez más el gigante dándole el primer latigazo.
    El gemido que siguió al golpe no fue completamente de dolor.
    Si alguna vez escucharon el estruendo de un alud de rocas cayendo por la ladera de una montaña, indetenible, imparable, una fuerza de la naturaleza que sólo se detiene cuando no queda nada más por destruir cuesta abajo, sabrán cómo sonaba la risa de aquel gigante castigador. Porque eso era lo que hacía entre latigazo y latigazo, reír. Reía como si aquel fuera el momento más feliz de su día. Y siguió haciéndolo, siguió riendo, hasta que me vio allí, de pie, con mi cuerpo recortado contra la luz del pasillo enfundada en el diminuto traje sastre con minifalda nuevo, con los ojos tan abiertos por la sorpresa que podría haberme caído dentro de ellos y la mano aún sobre el picaporte.
    ―¿Quién eres tú? ―bramó, y el huracán ardiente de su voz me golpeó con tanta fuerza que lo sentí como al látigo sobre mi piel.
    ―B… bu… buen día ―murmuré cuando rápido pude reponerme―. ¿Administración? ―Me aferré a la carpeta de archivos que llevaba como quien no sabe nadar se aferra a un madero suelto en medio de un naufragio.
    El gigante se acercó a mí arrastrando el látigo entre la inmundicia del suelo de la oficina, su rostro ya no era una máscara de odio y furia. Con su único ojo sano me recorrió de arriba abajo, sentí en su mirada el mismo ardor que con su voz y sus golpes, que aún no conocía. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono tan melifluo que resultaba imposible de creer que perteneciera a la persona que antes escuchara:
    ―Oficina equivocada. Siguiente pasillo, cuarta puerta ―Señaló hacia la izquierda―. Todas las puertas son idénticas y sin marcas, la gente se confunde. Ya te acostumbrarás.
    ―Perdón ―murmuré inclinando mi cabeza, como me habían enseñado en la entrevista, a modo de disculpas.
    La puerta se cerró lentamente y volví a escuchar desde el interior de la oficina el mismo grito que ya conocía:
    ―¡A trabajar, esbirros! ―Seguido una vez más por el restañar del látigo.
    Cuando me fue posible caminar sin que mis piernas temblaran, me alejé en la dirección indicada preguntándome si a la hora del almuerzo sería capaz de recordar cuál de todas las puertas de ese pasillo había abierto.

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Inicio del Espacio Publicitario:

En el Número 69 de la Revista digital El Narratorio, pueden encontrar el relato Cupón.

Y dos pendientes de Octubre:

En la Revista Polisemia, de México, han publicado el cuento Nata.

En el N° 3 de Revista La Torre de Marfil (España) han publicado el cuento: Enemigos del hombre.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

Fin del Espacio Publicitario.

domingo, 14 de noviembre de 2021

De fuego

Tenía fuego en el rostro, no, no, no, así no. Su rostro estaba en llamas, no, tampoco así. El fuego inundaba su rostro, no, eso suena patético. Cómo decirlo sin caer en tantos defectos. Su rostro era un fuego, no, no, no, eso tampoco. Tal vez tendría que ser “de” en lugar de “un”. Algo como: su rostro era de fuego. Sí, eso. Así suena mejor.
    Su rostro era de fuego e inflamaba cada célula de mi ser mientras me encontraba allí, clavado en ese rincón oscuro de la pista, el mismo lugar que siempre ocupaba, viéndola bailar desde la oscuridad. Su rostro era de fuego, pero no era sólo para mí, lo era para cualquiera que la mirara en ese instante y tuviera el valor de percatarse de ello. Iluso de mí pensar que era el único que la había notado bailando allí, bajo las luces, rodeada por decenas, quizá cientos o miles de cuerpos sudorosos, agitados, agotados, al borde del éxtasis o la extenuación. Bailando, siempre bailando, y sola, bailando sola para ella y para mí.
    Su rostro era de fuego bailando con los ojos entornados, una leve sonrisa en los labios y esos movimientos suaves, tenues, que no seguían el ritmo de la música que atronaba, seguían el ritmo de una música propia, una que nadie más que ella podría escuchar.
    Su rostro era de fuego y me invitaba a pensar en cosas en las que nunca había pensado, como en ponerme a bailar allí mismo, en ese rincón oscuro, en aquella esquina donde nadie podría verme y yo los vería a todos. Tenía que ser fuerte, tenía que evitarlo porque no quería ser uno más. Allí, en aquel rincón, en esa esquina oscura, quería seguir siendo yo; pero su rostro era de fuego.
    Ese rostro de fuego, por un instante, por un parpadeo o mucho menos, me miró. Me miró a mí, a mis ojos, a lo que sea que se oculta detrás de ellos. Me miró y luego ya no lo hizo, continuó girando en su baile que mucho tenía de ritual y aún más de improvisado. Vi su rostro, su espalda y una vez más su rosto.
    Su rostro era de fuego, pero no era para mí.
    Lentamente, confundiéndome entre las sombras de las que nunca me desprendía, también comencé a girar, pero sólo di media vuelta para alejarme, para nunca volver. Lo hice porque, en el momento en que me dio la espalda la oscuridad que me rodeaba de repente se volvió un poco más oscura de lo habitual, y eso fue insoportablemente doloroso y real.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Una voz en mi cabeza

La mañana en que todo cambió había decidido quedarse un rato más de lo normal remoloneando en la cama, era su día libre y no se vería con nadie hasta entrada la tarde, por lo que podía desperdiciar, no, desperdiciar no, utilizar, el tiempo de la manera en que mejor le pareciera. Así pensó hacer, se acomodó debajo de la manta luego de apagar de un manotazo la alarma sobre la mesa de noche. Movió la pierna izquierda un poco hacia su costado, hizo lo mismo con el brazo para que no le molestara el codo, se masajeó la nariz y tiró de la manta para taparse la cabeza, todo con los ojos cerrados pensando en lo bien en que se estaba allí y qué bueno que era poder quedarse un poco más si quien fuera que estaba hablando en ese momento hiciera un poco de silencio. Por eso le dijo:
    ―Silencio ―a la voz que escuchaba y pretendió volver a dormir.
    Pero no le resultó posible. Una vez que comenzó a pensar en quién sería ese a quien escuchaba hablar en su habitación, ya no pudo dejar de escucharlo ni de pensar en lo que escuchaba. Si no recordaba mal, cosa que no hacía, estaba sólo. Claramente estaba sólo. Sin embargo, alguien le hablaba.
    Abrió los ojos, recorrió el lado de la habitación en el que miraba en ese momento antes de girarse poco a poco sobre el colchón hacia la otra dirección, la habitación se encontraba vacía. Se inclinó por fuera de la cama y miro debajo de ella, donde sabía que no podía haber nadie porque no hay espacio suficiente. De todas formas miró allí también.
    ―¿Qué pasa?
    Se sentó y se tapó los oídos con las manos, pero la voz seguía allí. Como el dinosaurio, pensó. Se levantó, esquivó por apenas unos milímetros el volver a golpearse el menique del pié con la pata de la cama, caminó tambaleándose hasta el baño y se miró en el espejo. Se encontró feo como siempre, más allá de eso y de las ojeras un poco más marcadas, nada parecía haber cambiado en lo que veía. Se lavó la cara, cepilló los dientes, escupió sangre como cada vez que se lastimaba las encías, pensó si tendría que bañarse o si podría hacerlo más tarde, cuando resolviera la molestia porque:
    ―Esto es una molestia.
    Pensó si alguien más podría escucharlo, pero no tenía a nadie a quien preguntarle en ese momento. Pensó también en que podría pedirle a alguien que viniera para comprobarlo, aunque eso no le aseguraría una respuesta adecuada. Además, había un detalle del que no terminaba de percatarse por completo, aunque desde que logró despertarse venía pensado en él en un segundo o tercer nivel de pensamiento.
    Diré “hola”, pensó y dijo:
    ―Hola.
    Pensó en repetir el experimento con otra palabra un poco más compleja y extraña que no cualquiera utilizara en la vida cotidiana común. Diré “avituallamiento”:
    ―Avituallamiento.
    Al escucharse ya no le quedaron dudas. La voz que escuchaba era la suya. Caminó por la habitación sacudiendo la cabeza creyendo que tal vez así lograría destaparse los oídos como esa vez en la playa en la que le entrara agua y se le taparon, tal vez por eso escuchaba todo como si estuviera a la distancia y en realidad escuchaba su voz porque en efecto estaba hablando, aunque sus labios no se movían. Podría ser eso o podría ser otra cosa. Claro que esto no se parecía en nada a lo que pasara en la playa. Sacudió la cabeza un par de veces más y dejó de hacerlo por temor a lastimarse las cervicales.
    ―No hay dudas.
    Soy yo, pensó. Y sí, soy yo. Pero saberlo y aceptarlo son cosas diferentes. Una cosa no implica la otra ni es una respuesta. No sé qué hacer, porque si es lo normal, pensaba mientras preparaba el desayuno, nunca nadie lo comentó antes y si no lo es, si no es lo normal, no sé qué es lo que hay que hacer para que se detenga y todo vuelva a ser normal. La leche en el fuego. No sé si tendría que ir a algún lugar a buscar respuestas. Atender para que no se hierva la leche. Es una única voz, es la mía, no son varias voces las que me hablan y me dicen qué hacer. Y no me habla, no me habló. Azúcar. Claro que una voz, donde antes no había ninguna, ya es suficiente.
    ―¿O no lo es?
    Genial, pensó. Ahora me hablo y me respondo solo. Sí que estoy mal. Mezcló el azúcar con el polvo para preparar infusión a base de café y jarabe de glucosa con colorante libre de gluten sin tacc hasta lograr una masa homogénea. Le molestaba el hombro otra vez, de seguro había dormido en mala posición nuevamente. Sentía el estómago revuelto como cada mañana, esta vez un poco más de lo normal, de seguro influenciado por la situación. El eco de una posible migraña, como las que aparecen cuando se encuentra rodeado de ruidos molestos, aunque se encontraba sólo en la cocina, también estaba presente. Esta molesta voz que no deja de acosarme, pensó. Se sentó a la mesa y luego del primer sorbo al café le agregó un poco más de azúcar. Debía pensar en alguna forma de detener eso que ignoraba cómo había comenzado, porque tal vez de saber cómo era que había comenzado podría saber cómo detenerlo, como solucionarlo, porque siempre existe esa posibilidad. Claro que no sabía cómo había comenzado, pero:
    ―¡Basta!
    Se quedó en silencio, con la mente en blanco mirando el café sin pensar en nada.
    Con la mente en blanco mirando el café sin pensar en nada.
    Con la mente en blanco mirando el café sin pensar en nada.
    Descargó con furia el puño cerrado contra la mesa, lo que hizo que la taza se volcara, como sabía que sucedería porque ya le había pasado antes y había pensado en ese momento antes de dar el golpe, así como pensó en lo endebles que eran las patas de ese modelo de mesa plegable, pero de todas formas necesitaba hacerlo, necesitaba dar ese golpe. El café se derramó y cayó sobre sus piernas y su entrepierna, sobre la silla y el piso, impulsándolo a levantarse de inmediato buscando alejarse del dolor. A la silla y al piso los ensució, a él lo quemó de una manera que no recordaba haberse quemado jamás en su vida. Ni siquiera esa vez en navidad, a los siete u ocho años, no, siete no, ocho años, con seguridad, cuando prendió mal una bengala y esta le quemó el pulgar izquierdo y tuvo que pasar el resto del verano esperando a que la enorme y dolorosa quemadura cicatrizara. Ni siquiera esa vez se había quemado tanto y ya ni siquiera podía distinguir la cicatriz en el dedo. Este dolor, el nuevo, el presente, el de ahora, era diferente, uno que sabía que duraría días, que no le dejaría dormir y lo único que haría en las largas noches de insomnio sería escucharse a sí mismo relatándole sus movimientos y sus pensamientos, cada pequeño cambio de posición, cada leve pensamiento. Y si de por sí ya le resultaba complicado dormir, a partir de esa misma noche todo se volvía una pura y simple:
    ―Mierda.
    Murmuró con lágrimas en los ojos. Lágrimas de dolor, pero también de impotencia y de bronca y de desesperación. Lágrimas que, al igual que la voz en su cabeza, no se detenían. Lágrimas reales, no fingidas como las de aquella vez en que pretendía convencer a

domingo, 31 de octubre de 2021

Museo

Al volver del trabajo pasaba cada tarde por el mismo lugar con el ómnibus. Llevaba años haciendo el mismo trayecto, unos meses después de la última mudanza y desde que descubriera que resultaba más rápido regresar por allí que repetir a la inversa el camino de la mañana. Tal vez las primeras veces no lo vio, o lo vio sin verlo, como se mira cuando vemos lo que se encuentra del otro lado de una ventana en movimiento: colores, formas, carteles, palabras sueltas y sin identificación. Cuando logró unir todas esas cosas, las palabras, los carteles, las formas y los colores ya no fue capaz de evitar mirarlo desde que quedaba a la vista, luego de la curva de la avenida, hasta que desaparecía oculto detrás del edificio gris e impersonal de una concesionaria de autos usados.
    Aunque lo vía cinco días a la semana, no era una obsesión, esa imagen no lo perseguía a toda hora, en cada lugar al que iba, ni ocupaba cada vez más espacio en su pensamiento, el cartel, los colores, las formas, no lo atraían por separado, era el conjunto quien lograba en cierta forma hacerlo. Pero sólo en esos breves instantes que demoraba el ómnibus en atravesar ese punto del trayecto, luego no volvía a pensar en él hasta ese mismo momento exacto del día siguiente. Tampoco buscó información, reseñas ni comentarios en los lugares habituales, no le preguntó a nadie sobre ese lugar, sino que continúo con su vida como si aquello no hiciera ninguna diferencia, como la piedra que continúa en su lugar en del lecho del río sin importarle cuánta agua la golpee, hasta que un día tan similar a cualquier otro, el agua por fin logra quitarla del medio.
    Pero no fue una roca lo que se interpuso en el fluir vespertino del ómnibus, sino un accidente en medio del camino, un atasco que demoraría horas en solucionarse y el tránsito degenerando en un caos más allá del habitual. Cuando despegó los ojos del libro de poemas exotéricos que llevaba días intentando descifrar, notó que se encontraban detenidos un poco antes de la curva de la avenida y que, de no haber sido por el atasco, en el momento justo en que levantó la mirada del libro, aquel lugar tan extraño, llamativamente fácil de superar, estaría frente a sus ojos.
    El conductor dijo algo cuando abrió la puerta e invitó a descender a los pasajeros que no quisieran esperar a que el tránsito se normalizara. Él, dijo el conductor, no tenía permitido desviarse del trayecto bajo ninguna excusa, por lo que tendría que esperar.
    Guardó entonces el libro en el morral de cuero orgánico no violentado y descendió del ómnibus. Aunque no estaba acostumbrado a caminar por esa zona no era el único que lo hacía, tal vez tampoco era el único que lo hacía por primera vez. Caminó en la misma dirección en que debería de haber avanzado el ómnibus, como estaba a pie fue necesario acercarse un poco más antes de distinguir la construcción, el cartel, los colores. Pero allí estaban.
    Con pasos vacilantes se acercó al cartel de madera pintada rozando con los dedos el extremo de la cuarta y última palabra antes de subir los tres pequeños escalones y llegar hasta la doble puerta de vidrios ahumados. Primero intentó empujar la puerta, luego intentó tirar de ella hasta notar el trozo de papel descolorido y casi borrado por infinitos soles, pegado del lado interior del vidrio apenas destacándose entre tanta oscuridad: Cerrado permanentemente.
    Bajó los escalones, regresó al cartel para mirarlo una vez más, volvió a mirar la puerta cerrada y luego el resto del edificio que, desde cerca, no parecía tan llamativo, los colores no eran vivos ni llamaban tanto la atención y el abandono era evidente para cualquiera que no pasara fugazmente frente al él, dentro de un ómnibus que nunca se detenía allí. Miró el cartel una vez más convenciéndose de que aquella sería la última y, luego de un instante entre infinito e infinitesimal, se alejó del Museo de la Felicidad.

domingo, 24 de octubre de 2021

Una mera ficción

La pequeña sumaca penetró en las aguas de la bahía del puerto sin que nadie se percatara de ella hasta que la encontraron amarrada al uno de los embarcaderos en desuso en el extremo donde las aguas eran poco profundas, allí donde se decía que solía estar el primer puerto construido en la isla. Nadie estaba seguro de que hubiera sido así, ni de quién había construido ese embarcadero en particular, ni por qué seguía en pie cuando el nuevo puerto necesitaba tantas obras para ponerlo a tono con el progreso de la isla. Nadie estaba seguro desde dónde había llegada esa sumaca, pero el estado de las maderas del casco, necesitadas de un urgente calafateado nuevo, el de las velas remendadas sobre remiendos anteriores que se notaban aun cuando estaban recogidas, los cabos deshilachados y los mástiles astillados, hablaban de la interminable sucesión de tormentas que habían soportado.
    Si alguien había descendido de la sumaca nadie podía decirlo, era claro que no había llegado hasta allí por sí sola; el nudo en la soga que la amarraba al poste del embarcadero hablaba de alguien que conoce muy bien las prácticas marítimas de antaño. No se hablaba de otra cosa entre la gente del puerto.
    En cambio en la ciudad primero, en los pueblos hacia el interior de la isla un poco más tarde, y finalmente en las aldeas más alejadas, casi en las estribaciones del volcán, el rumor de un silencioso caminante, escondido bajo un ancho sombrero de bambú y enfundado en un abrigo empapado en aceite se expandió de boca en boca, de noche en noche. Nunca se lo veía a la luz del sol, siempre parecía estar alejándose y la gente con la que se cruzaba o que intentaba hablarle rápidamente lo olvidaba.
    Tanto era el misterio que rodeaba aquellas apariciones que hubo quienes quisieron buscar una respuesta a lo que sucedía olvidándose de sus tareas habituales. Así recordaron fragmentos de relatos que escucharan en su infancia repetidos por ancianos que decían haberlos escuchado repetírselos a los ancianos que ellos conocieran cuando niños, relatos que hablaban sobre los primeros días y sobre las primeras personas que habitaron en la isla, sobre lo que habían dejado atrás y de cómo en verdad ese pasado nunca dejaba de estar presente. La mayor parte de las personas en la ciudad, los pueblos y las aldeas se rieron de ellos por traer antiguos cuentos sin valor a un presente que no los necesitaba.
    A los pocos días, cuando la tierra comenzó a temblar, y el volcán que todos creían extinto parecía estar por recuperar su aliento, los escépticos desaparecieron rápidamente. Se perdieron entre la multitud que buscaba la manera de huir de la isla mientras el pánico se apoderaba de los corazones bajo las nubes más coruscantes que nunca antes vieran, nubes que intempestivamente desataron un vendaval de lluvias por completo fuera de temporada. Lluvias que lo inundaron todo, que hicieron colapsar cada desagüe de la isla, que sacaron de su curso cada río, que anegó los campos, que derribó casas y puentes, que se llevó varias vidas y bloqueó la bahía, el puerto y los barcos allí refugiados.
    Ninguna lluvia, por poderosa y extensa que resulte doblega a un volcán, eso lo sabe cualquiera. Cualquiera que no haya estado durante esos días de miedo, terror, desorden y caos buscando sobrevivir en la isla.
    Veintiocho noches después de su llegada, habiendo sobrevivido a las tempestades desatadas durante ese tiempo, tan en secreto como había llegado, la extraña sumaca se fue. Esta vez nadie vio a su ocupante, nadie vio si llevaba algo más que su abrigo húmedo y su sombrero de bambú, nadie vio si cargó algún alimento en la barca, nadie vio si alguien más le acompañaba; nadie vio nada. Al poco tiempo, cuando cada vida volvía a la normalidad anterior a las lluvias, al miedo y al llanto, el recuerdo comenzó a borrarse. Unas semanas más tarde apenas dos o tres personas recordaban una mínima fracción de lo sucedido y esto no sin esfuerzo. A los pocos meses sólo quienes habían tenido la precaución de escribir sobre ello podían decir que algo había sucedido, aunque lo confundían con una ensoñación, con una alucinación, con una fantasía o, como a estas mismas palabras, con una mera ficción.

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En el número 68 de la Revista Digital El Narratorio, del mes de octubre, pueden encontrar el relato Autógrafo.

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