Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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domingo, 19 de septiembre de 2021

Temporada de conquistas

Al amanecer del día siguiente supe que algo había cambiado; se sentía como algo similar al rumor lejano de un dolor de cabeza que avanza poco a poco, al principio podemos engañarnos creyendo que no se encuentra allí o que es una molestia diferente, luego comienza a crecer y su presencia se vuelve innegable. Podía hacerme el desentendido, pero sólo estaría engañándome a mí mismo y, al igual que las veces anteriores, terminaría sintiéndome peor.
    Todo había comenzado cuando separé apenas los postigos de una de las ventanas de la cabaña, oteé el aún oscuro amanecer y aspiré la brisa. Entre el aroma de la orina de los caballos en el corral, el de la madera cortada los días anteriores en la leñera, la tierra removida detrás del cobertizo, los últimos rescoldos apagándose en el hogar con la marmita sobre ellos, la fermentación de la levadura para el pan del día y la lluvia cercana, sentí su aroma. Ella regresaba una vez más.
    No tenía tiempo para perder, si me era posible sentir su aroma era porque se encontraba demasiado cerca preparando su ataque mientras yo dormía desprevenido. Como pude, sin siquiera terminar de vestirme, huí de la cabaña para esconderme entre los árboles cercanos donde arrojaba la ceniza sabiendo que podía caminar sobre ella sin hacer el menor ruido. Allí, escondido en medio del sotobosque, la vi llegar.
    Llevaba el vestido blanco casi transparente que, aunque de paño suelto, le marcaba muy bien el cuerpo. Ella lo sabía, yo lo sabía. Completaban su atuendo el cabello enmarañado y el rostro apenas pintado para no distraer con minucias y concentrarse sólo en lo importante. El arco, el carcaj lleno de flechas y la ballesta no me molestaban tanto como los brazaletes de bronce. En verdad venía preparada y lo único que tenía conmigo era mi torso descubierto y una pequeña daga escondida en una de las botas. Con mis propios brazaletes olvidados en la cabaña llevaba todas las de perder. Y no sería la primera vez.
    Se quedó de pie fuera de la cabaña, la puerta abierta le decía que yo ya no estaba allí; buscó las huellas que inevitablemente dejara en la tierra y que no llegara a borrar. Pero esa no era mi primera temporada de conquistas, por lo que cuando llegó a las cenizas no me encontró allí.
    Creí estar conduciéndola hacia el pequeño arroyo cercano, luego supe que era lo que ella pretendía desde el principio, solo dejó que creyera que no era así. Caí en su trampa como un principiante.
    Un poco de barro, cáñamo tensado a la altura de los pies, el golpe de una rama y pierdo el equilibrio cayendo al agua que se lleva las botas y la pequeña daga. Quedo a su merced, lo sé en cuanto logro salir de la corriente y la encuentro de pie en la ribera opuesta. Desde ese lugar me lanza una, dos, tres flechas de advertencia, una que no acepto y echo a correr nuevamente sin dirección entre los matorrales sintiendo como las piedras, las ortigas y cualquier otra cosa que hubiera por allí cortan las plantas de mis pies; su risa, diabólica, sensual, sugerente, también me persigue. No puedo volver a la cabaña que quedó del otro lado, no tengo armas, no tengo los brazaletes de conquista, no tengo más ideas, sólo me queda esperar a que mi resistencia física sea mayor que la suya. Aunque, sabiendo que ni siquiera pude desayunar y la noche anterior apenas sí cené alguna cosa, lo dudo.
    De alguna manera surge d entre los árboles frente a mí, como si conociera los pasos que ni yo mismo sabía que daría, o hubiera corrido en círculos. Esta vez sus flechas no son advertencias, son heridas directas pero leves en mis brazos, en mis piernas. Su puntería es perfecta con la ballesta, lo sé, podría matarme más de una vez si así lo quisiera, pero no es lo que quiere.
    Nos enredamos en un abrazo que poco tiene de tal revolcándonos entre mordiscos, rasguños, sangre que mancha su vestido, cabellos que se meten en mi boca, entre hojas secas, tierra, barro e insectos que huyen de nosotros y, en medio de todo eso, uno de sus brazaletes acaba en mi brazo. Eso pone punto final a la lucha.
    Regreso a la cabaña derrotado. Caminando unos pasos más atrás Ella no deja de sonreír.
    Compartimos el pan, la cama, el día, la noche. Como ella fue quien logró la conquista es quien decido qué y cuánto hacemos, yo sólo puedo cumplir con sus demandas lo mejor que me es posible.
   Al amanecer del día siguiente supe que algo había cambiado; se sentía como algo similar al rumor lejano de un dolor de cabeza que avanza poco a poco. Podría ser eso, o algo diferente, como la ausencia del habitual ardor de sus rasguños en mi espalda, pero esa, aunque mínima, no era la única. Su brazalete continuaba en mi mano, como una señal, una marca. Mirándolo supe que la temporada de conquistas se había terminado para mí, al menos hasta que acabara de engendrar nuestra próxima camada de cachorros.
    Deberé buscar la forma de que la siguiente vez sea ella quien los engendre. Tengo varias lunas por delante para planear mi conquista, algo se me ocurrirá.

domingo, 12 de septiembre de 2021

No moriré en esta batalla

El olor del cuero mal curtido se mezclaba con el resto de los olores del campamento, el del excremento de los animales, el orín y los sudores nunca del todo bien lavados en nuestros cuerpos, el humo de las antorchas, el de las fogatas improvisadas para calentarnos y en donde preparaban ese mejunje que nos daban cada noche como cena. Al amanecer del día siguiente tendría lugar la batalla para la que llevábamos tanto tiempo preparándonos que nadie recordaba a quién atacaríamos, a quien defenderíamos, ni por qué.
    Las noches era el peor momento y esa noche en particular, la última, en la que los susurros indisimulados, los recuerdos infaltables, los anhelos recordados, los deseos no concretados, los sueños prontos a morir, las pesadillas prontas a volverse realidad, se mezclaban con el mal alcohol con el que intentábamos ocultar el pésimo sabor de la comida, era la peor de todas. El miedo era el condimento que más abundaba dejándose sentir a cada instante, aunque intentáramos no reconocerlo.
    Los centinelas del campamento tenían la orden de matar a los desertores que intentaban huir, pero nadie sabía cuántos centinelas habían escapado ante la inminencia de la batalla. A diferencia de ellos, al alba nosotros seguíamos allí cuando el cuerno llamó a las filas y el momento de morir estaba pronto.
    Alguien que no reconocimos galopó a lo largo del campamento arengándonos y recordando el motivo de lo que vendría. Ninguno de los que estábamos allí cerca entendimos sus palabras.
    Cuando el sol quebró en mil pedazos el horizonte pudimos ver al ejército enemigo, sintiendo el mismo miedo, el mismo pavor recorriendo huesos y músculos, pudimos vernos a nosotros mismos reflejados en ellos, cuando los tambores que señalaban el inicio de la marcha comenzaron a sonar.
    ―No sé ustedes ―dijo aquel a quien reconocíamos como el líder de nuestro pequeño grupo―, pero yo no moriré en esta batalla.
    Sabíamos que lo decía antes de cada batalla, como una oración, como un llamado a quien fuera que velaba por su destino, porque él mismo nos había contado que así lo hacía, y esperábamos ese momento para sentirnos un poco mejor ante lo que estaba por venir. Pero aunque era la primera vez que realmente se lo escuchábamos decir, pudimos ver que había algo diferente, que algo había cambiado.
    Tiró su espada al fango, escupió sobre ella y la pisó con su bota de cuero. El acero mal forjado se rompió y él se alejó ante nuestra atónita mirada cuando, entre el estrépito de los metales y el fragor de los gritos de guerra que, sabíamos, cuanto más fuertes eran menos ocultaban el miedo que se sentía, los tambores comenzaban a redoblar.
    Las flechas enemigas cayendo cada vez más cerca de nuestros pies fueron la señal que necesitábamos para seguirlo. Primero nos escondimos entre los árboles más cercanos, donde los ecos de la batalla aún podían oírse, luego en medio del bosque donde el silencio nos rodeaba, más tarde en los pueblos más cercanos, donde apenas se sabía que había una batalla, después lo hicimos en las ciudades portuarias, donde nadie le daba importancia a las guerras, mucho después llagamos del otro lado del mar, donde ni tan siquiera nuestros nombre sonaban familiares en nuestros oídos en esas nuevas lenguas.
    Pero, sin importar dónde nos encontráramos sabíamos que nos reconoceríamos como aquellos que aquel día habíamos decidido no morir en la batalla, los que habíamos decidido vivir, pues levábamos en nuestra piel la marca de aquella decisión.



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En la revista digital Herederos del Kaos (Barcelona, España) se ha publicado el relato Quienes regresaron.

Pueden pasar a leerlo cuando gusten.

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domingo, 5 de septiembre de 2021

Misión de Rescate

Llevaba un tiempo indefinido caminando sobre lo que sonaba como grava, aunque no podía estar seguro de que lo fuera. El visor del casco estaba en parte empañado por dentro y manchado por fuera con ese polvo de azufre que flotaba en la atmósfera que ni el más fuerte de los vendavales parecía capaz de dispersar. Y había habido varias tormentas en los últimos días. Días pasados bajo socaires improvisados que apenas servían de algo antes de continuar adelante.
    ―Nada en el sector kappa ―dijo al silencioso intercomunicador. Con un poco de suerte los inconvenientes técnicos sólo afectarían la recepción de su equipo y no el envío de la señal, la falta de estática, el silencio absoluto dejaron de resultarle tan pesados después de un tiempo―. Procedo hacia el sector lambda.
    El paisaje se veía fantasmal entre ese polvillo permanente que flotaba en nubes como niebla baja y constante de color amarillento enfermizo. Según los instrumentos de medición no había sucedido ningún accidente, no había incendios en todo el continente y la actividad volcánica continuaba siendo nula. Sin embargo, fuera por causas naturales, o fuera por un voluntariamente involuntario error allí estaba todo ese azufre asfixiando poco a poco e indefectiblemente la vida.
    Una estructura de concreto artificial, cristales plásticos y madera no orgánica surgió ante él en medio del camino. Un cartel de hierro fundido lo identificaba como el cubículo habitacional N° 356. Penetró en las ruinas buscando algo que resultara de interés o de utilidad más allá de los cuerpos macilentos y resecos de los que no tenían siempre preparados sus trajes de protección y los tubos de oxígenos reglamentarios cargados porque preferían confiar en lo que decían los que decían saber. Esos que habían muerto por miles esforzándose por llevar un poco más de aire a sus pulmones,.
    ―Intelectuales ―murmuró―, siempre son los primeros en morir.
    Se alejó rápidamente de allí sabiendo que no encontraría nada.
    Continuó por ese camino que sonaba como grava, sin saber si lo era o no; aunque pensaba que no le importaba demasiado, en verdad sí lo hacía.
    En algún sitio cercano se encontraba el observatorio, si había habido sobrevivientes sin dudas estarían en ese lugar y sabrían lo que habría sucedido y, por lo tanto, sabrían qué hacer a continuación y cómo hacerlo. Allí sabrían cómo sobrevivir a esta nueva crisis. Al menos así lo esperaban y por eso lo habían enviado en esa dirección. La falla en las comunicaciones que, aunque era algo esperable, no estaba entre lo previsto era lo único que le hacía dudar en si al final de su viaje, encontrara lo que encontrara, vendrían a buscarle.
    ―Procedo hacia el observatorio ―dijo al comunicador―. Espero que al menos ustedes ya se encuentren allí y no me hagan esperar.
    La brújula se proyectaba sobre mapa en el visor del casco, que continuaba empañándose y desempañándose al ritmo de su respiración, por lo que le resultaba imposible perderse. Así como no podía dejar de ver eso, tampoco podía perder de vista el indicador de los niveles de oxígeno marcando números cada vez más bajos, abandonando el naranja de precaución y acercándose al rojo del peligro.
    ―También espero que me estén escuchando ―murmuró con miedo a decirlo en voz alta y, de ese modo, hacer real su miedo―. Maldito azufre.
    La grava, porque tenía que ser grava, continuaba crujiendo bajo sus pies. Esperaba ver surgir entre las nubes de azufre la estructura del observatorio de un momento a otro.

domingo, 29 de agosto de 2021

Sentado sobre una roca

Tras peregrinar la mayor parte de su vida penetró en el desierto de lo social hasta encontrar el lugar adecuado, la roca perfecta sobre la cual sentarse en medio del silencio y la ausencia sin preocuparse por nada más. Se sentó con las piernas cruzadas, la espalda recta, la cabeza erguida, los brazos relajados, los ojos cerrados.
    Las horas fueron días, los días se volvieron semanas que luego fueron años que no dejaba de fluir como fluyen las aguas del tiempo mientras el desierto se volvía selva, las ciudades eran abandonadas, el sol abrazaba los recuerdos, el polvo volvía imposible el respirar ese aire pestilente, entre la amenaza de las bestias salvajes que huían de la depredación humana y de aquellos hombres que no comprendían lo que él hacía allí, sentado sobre esa misma roca en medio de la nada que siempre había sido.
    Persistió bajo la lluvia y bajo las tormentas, momentos en los que las sombras del pasado buscan imponerse sobre el presente.
    Persistió frente al hambre y la sed, frente al ansia de la sangre y del semen.
    Persistió ante el silencio y el arrullo de aquellos que le decían que lo que pretendía ―aunque no sabían qué era lo que pretendía y por eso, también, le temían― carecía de valor y de sentido, porque nada lo tiene en la finitud de la vida, en el parpadeo en que se resume la existencia de una persona.
    Persistió incluso cuando su terquedad lo abandonó.
    No lo hacía por él, no lo hacía por los demás, no lo hacía por nadie ni por nada. Sólo lo hacía. Y lo único cuanto tenía que hacer era permanecer allí sentado, como una estatua de sal, de mármol, de bronce, de cartón piedra, de carne, hasta que estuviera listo, hasta que estuviera finalizado, hasta que estuviera satisfecho.
    Entonces, y sólo entonces, volvería a abrir los ojos, desentumecería cada uno de sus músculos, tomaría su cayado, u otro nuevo si el que trajera finalmente había echado raíces y florecido, y se alejaría de allí caminando gozoso de saber que continuaba tan ignorado al final como al principio de sus días.
    Al hacerlo, una sonrisa, de esas que jamás son comprendidas, lo acompañaría lo que durara el resto de su peregrinaje.

sábado, 21 de agosto de 2021

Golpe a golpe

Luego de cada golpe recibía como réplica un golpe igual, en fuerza, dirección y velocidad que lo dejaba sin aire tan rápido que, al igual que su oponente, apenar era capaz de recuperarse. Era la primera vez que le pasaba algo semejante en años de carrera.
    El lugar estaba atestado de gente que gritaba, coreaba, insultaba y festejaba alternativamente ante cada movimiento que se producía dentro del cuadrilátero, pero aunque sabía que estaban allí, no los veía y, en realidad, tampoco los escuchaba. Sólo sabía que ese ruido, como un rumor más o menos lejano, era el público que había ido a ver la pelea, que había ido a verlo ganar una vez más, que quería un espectáculo y él pretendía dárselos.
    Al menos era la intención, porque los tres minutos del round ―¿Cuál era? ¿El tercero? ¿El octavo?― se eternizaban en fintas, golpes cortos, un paso al frente, cubrirse el lateral, intentar otro golpe corto y un paso atrás antes de otra finta, sintiéndose cada vez más agotado sabiendo que no se rendiría, que nunca lo haría, sino que debía continuar.
    Tendría que ser una pelea fácil, rápida, sencilla, pero cada cosa que hacía era replicada, calcada, por su oponente y se sentía como si se estuviera castigando a sí mismo. Los primeros golpes de ese round ―¿O fueron en el anterior?―, directos a la mandíbula, pero sin la fuerza adecuada para noquearse, los habían dejado bastante atontados. Así y todo él se mantendría en pié, vendería cara su derrota o ganaría por cansancio. No se rendiría, no se entregaría.
    Finta, golpear, cubrirse, finta, cubrirse, golpear, como un mecanismo. Debería ser fácil. Debe ser culpa de los guantes nuevos, del público que no grita lo suficiente ―y por eso no se lo escucha― las luces, el sabor desagradable del agua más parecida a sudor rancio que a otra cosa, el gajo de naranja reseco, la edad, la época del año, el precio del dólar, cualquier excusa, o todas ellas, no eran suficientes para explicar nada de todo eso.
    Cubrirse, finta, golpe, finta, cubrirse, golpe. Ahí estaba otra vez. A cada finta otra finta como respuesta. A cada golpe, otro golpe, el mismo gesto de agotamiento, casi que de dolor. Pero no se puede mostrar dolor, allí no. Ni ahora ni nunca.
    Izquierda, derecha, izquierda, izquierda, derecha, izquierda. Pero la puta madre, responde con los mismos golpes, los mismos movimientos.
    Por suerte estaban en el medio del ring, porque cuando avanzaba un paso su oponente retrocedía, y cuando su oponente avanzaba era él quien debía retroceder, como si la pelea tuviera lugar sobre una única baldosa. Las cuerdas estaban bien lejos, fuera del alcance ―¿Tanto falta para la campana?
    Finta, amague, golpe, cubrirse, golpe, finta. Y la gente de mierda, ese público mediocre que deja de gritar, que mira en silencio, que no comprende lo que pasa porque él tampoco lo entiende y no sabe si esa misma sonrisa que se adivina en el rostro de su oponente se encuentra también en el suyo. No lo sabe, no le interesa ni le importa. Hay que seguir hasta que suene la campana.
    Izquierda, derecha, derecha, derecha, izquierda, derecha. No abrazarse, bailar y confundir con los movimientos de los pies, la misma técnica, como si estuviera frente a un maldito espejo. Pero no, esto dolía bastante más.
    ¿Cuánto falta para la campana?
    Finta.
    Golpe.
    Cubrirse.
    Izquierda.
    Izquierda.
    Derecha.
    Izquierda.
    Cómo duele el pecho.
    Finta.
    Golpe.
    Izquierda.
    Izquierda.
    Cubrirse.
    Derecha.    
    ¿Por qué ahora?
    Izquierda.
    Cubrirse.
    Finta.
    Golpe.
    Cubrirse.
    ¿Cuánto falta para la campana, mierda?


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En el Número 66 de la revista Digital El Narratorio del mes de agosto pueden encontrar el cuento Inundación.

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