Reconstruir el comienzo de algo a lo que no prestamos atención hasta que pasó un tiempo considerable suele ser una tarea complicada, por más buena memoria que se tenga. Mi memoria no es muy buena, nunca lo fue; al menos no para las cosas importantes, como las fechas de cumpleaños, aniversarios, festejos varios, eso que suele ser relevante para los demás pero que, al no afectarnos directamente, tendemos a olvidar. Claro que también me pasaba con las cosas que sí me afectaban. Todo esto para decir que no recuerdo si ocurrió tres o cuatro veces antes de que me decidiera a mirar con más atención.
Por correo postal recibía en mi casa una tarjeta para el día del padre. Esto, que sería normal para cualquier padre, resultaba algo fuera de lugar para mí ya que llegaban desde antes de que tuviera mi primera pareja —y no, no me avergüenza decir que me mantuve puro mis primeras treinta primaveras— y luego de que recuperara el tiempo perdido. Pero, ¿cómo podía ser padre si ni siquiera había estado con una mujer? Como fuera, y como año tras año una tarjeta me felicitaba por ello, deseché las primeras tarjetas. Luego, la insistencia con la que regularmente llegaban se volvió algo llamativo, y comencé a guardarlas sin saber muy bien por qué, para qué, con qué fin. Cada junio, al recibirlas, las guardaba de inmediato en un cajón del escritorio, donde hacían compañía a las que ya estaban allí y a las que sin dudas llegarían después.
Recibirlas no era, no es, el misterio más grande. El que sigan llegando, sin importar las veces que me mude de casa, de municipio, de provincia, tampoco, ya que mi nombre resulta por demás común, prestándose fácilmente a la confusión, por lo que no me asusta la posibilidad de tener un hijo perdido en algún punto de la geografía del país. El mayor misterio de todo este asunto es que las tarjetas están en blanco. El sobre, que llega siempre abierto, sea yo quien lo reciba o no, solo trae escrita mi dirección de ese momento, sin señal alguna del remitente; y la tarjeta, en blanco, solo trae el mensaje impreso y el dibujo de ocasión que, si en las primeras tarjetas resultaba un tanto infantil, con los años se volvieron más formales, más abstractos, como si el trato inicial de cercanía y cariño hubiera ido enfriándose y solo se conserva el vínculo como una mera formalidad.
Si traigo esta cuestión hoy es porque me preocupa, lo ha hecho siempre, es cierto —bueno, casi siempre, porque las primeras acabaron en la basura, como ya mencioné—. Aunque es posible que no sea preocupación, sino que la sensación sea otra. Diría que lo que siento es algo más cercano al miedo, sino temiera con esto darle mayor entidad a lo que ya sucede, volverlo real. Pero sí, el temor, el miedo es la sensación que más se acerca a lo que siento en estos momentos. Deben ustedes entenderme, por favor, no temo por mí, nunca haría algo semejante. Mi miedo surge de, al día de hoy, a poco más de un mes de que haya pasado el día del padre, no haber recibido la tarjeta correspondiente a este año. No me mudé ni hubo ningún otro cambio en mi vida más que este, el que por primera vez en más de cuarenta años no recibí mi tarjeta del día del padre. Temo, pues, por la vida, por la salud, por la existencia misma de ese hijo o hija a que nunca conoceré, y espero, por supuesto, que se encuentre bien allí donde sea que esté. Vuelve a mí, querido hijo, querida hija, yo sigo aquí, para ti. No me abandones ahora que por fin te necesito, te lo suplico, por favor.

2 comentarios:
Ibsen escribió que "sólo lo que se pierde es adquirido para siempre" (dependiendo de la traducción), creo que no estaba muy errado después de todo.
Saludos,
J.
Un giro interesante, no apreciamos las cosas hasta que las perdemos y, encima,, añoramos cosas que no ocurrieron.. en definitiva, que nunca aprendemos.
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