El filo de la daga ritual debe recorrer el brazo de los guerreros desde la muñeca hasta el codo, abriendo la piel lo suficiente para que la sangre mane y cada uno de ellos pueda entregar su propia sangre para la ofrenda ritual. Uno a uno hacen demostración de valor dejándose cortar por las sacerdotisas, vierten su sangre y luego salen del templo donde, entre tambores, los gritos de las mujeres los reciben como renacidos.
El sol corre a ocultarse antes de la noche más larga y oscura del año, la noche de la luna negra, la noche en la que el mundo puede ser destruido por completo si ellos no hacen nada para evitarlo, si no vierten su sangre a voluntad para dársela, con orgullo, con honor, con placer, con satisfacción, a los dioses lunares que pusieron orden al caos original del mundo para que los hombres pudieran vivir en él.
El cuenco está casi lleno, cada guerrero ya ha dado su sangre. El sacerdote principal, tras purificarse durante tres días de ayuno y abluciones, se desnuda frente al altar mayor del templo. Otros dos sacerdotes levantan por sobre su cabeza el cuenco y lo vierten en parte sobre el sacerdote principal bañándolo con la sangre hasta que el último rincón de su cuerpo se tiñe de rojo ocultando su pálida piel. Una vez cubierto por la sangre, bebe cuanta le es posible de la que aún queda en el cuenco y, cubierto por la sangre de los guerreros por dentro y por fuera, atraviesa la puerta del templo.
De pie, bajo el portal del templo, es adorado en silencio por cada hombre, por cada mujer del pueblo. Incluso el soberano, quien gobierna por sí solo los cuatro rincones del mundo y sostiene con su presencia el cielo por sobre las tierras de cultivo, se postra ante el sacerdote en sangre.
Solo una persona no se postrará ante él, solo un hombre, un guerrero. Uno que fue elegido para una tarea diferente a la de los demás. Escondido entre los árboles que rodean al pueblo, debía tensar su arco en cuanto el sacerdote en sangre saliera del templo y lanzar su flecha antes de que este llegara al último escalón de madera y no antes de que el soberano se inclinara ante él. Cuatro peldaños separaban el templo de la tierra, si el sacerdote en sangre llegaba a tocar la tierra, las tragedias se ensañarían con el pueblo y la peste, el hambre, las malas cosechas, las inundaciones, no tendrían fin. Por eso su pulso debía ser firme, su puntería certera, su corazón calmo y su visión sin igual. No debía pensar en lo que hacía, solo hacerlo, no debía ver en el sacerdote en sangre a quien hasta el día de ayer fuera su hermano. Solo debía lanzar su flecha.
Y luego otra.
Y otra.
Y tal vez una más.

9 comentarios:
¿Cuántas flechas serán necesarias?
Saludos,
J.
Una. Sólo una, pero certera.
Darle poder a un hombre, mucha influencia, sólo para matarlo.
Que curioso ritual.
Saludos.
Esta jodido el pueblo. Con la luna negra no va a ver un carajo. Si encima el sacerdote era blanco y se ha teñido de rojo, peor aun, más dificil de ver. Y si encima acostumbra a hacer eso del ayuna, estaŕa flaco que te cagas, mas dificil acertar. Tampoco es que tenga tiempo de lanzar muchas flechas... Y si encima es su hermano, o sea, que seguro que le tiembla el pulso, o ¿para qué nos vamos a engañar? falla expresamente...Vaya , que se vayan preparando.
AbrZooo
Matar o morir. Te mando un beso.
En la noche de Luna llena, el silencio es algo que se llena de sangre cuando los lobos van a cazar...Una manada descuartiza a una oveja y tan solo se escucha el gruñir como advertencia y el desgarro de la carne muerta.
Aquella noche era noche de lobos y de ofrendas; brujas que hacen pócimas y ofrecen el alma de una criatura virgen. Miles de ojos te ven en ese momento, cuando el miedo te recorre el cuerpo y te hace temblar pensando cosas horribles...
Entrada la madrugada, el canto de alguien se alza en el silencio y el lloro de un niño recién nacido, se ofrece al maligno por ofrenda. Se toma su sangre y se bebe como si fuera un manjar. Las vísceras, el sexo y el corazón se guardan en una vasija y todo lo demás se ofrecen a las alimañas que son atraídas por el perfume de la sangre.
Mi mujer llora, grita, reza porque nuestro hijo ha desaparecido pues es noche de aquelarre. Hace una hora que dejé el camino de vuelta a casa. Ahora todo es silencio. El agua de lluvia me cala hasta los huesos cuando de lejos, el lobo vuelve a aullar hasta quedarse sin aire en sus pulmones...Voy perdido por el monte y no hago mas que dar vueltas y vueltas en la misma zona...
De lejos se escucha el lloro de un recién nacido: Es mi mi hijo.
Corro hacia él puñal en mano. Hay perfume de hoguera y mis ojos se inyectan en sangre cuando la tensión me vuelve loco...Caigo desmayado.
Despierto en una habitación con paredes rojas. No sé quienes son estas gentes desnudas que cantan en un idioma ininteligible. Una mujer lleva en brazos a mi hijo que parece dormido o muerto cuando se abre una puerta y aparece mi mujer desnuda y la mirada ida a un horizonte lejano; está drogada. Vuelvo a desfallecer y cuando despierto, no tengo ni idea de cuanto tiempo llevo dormido...
Un hombre de bata blanca está a mi lado. Lleva una daga cuando antes de tener plena conciencia, la clava en mi corazón...
Vuelvo a despertar. Ya soy uno mas de la secta. Mi mujer se abraza a mi y me pide otro bebé para una nueva ofrenda y una felicidad, recorre mi mente.
Esa responsabilidad de eliminar al elegido para el sacrificio, puede hacer temblar el pulso, incluso a los más avezados.
Un abrazo.
Cuántas tendrá que disparar? No me gustaría estar en su lugar. Un abrazo y feliz semana
El cuenco nunca está casi lleno. Voz en off
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