Entré al bar y lo vi, sentado en la misma mesa, casi al fondo del estrecho pasillo que se formaba entre las mesas, la pared y la larga barra en cuyos taburetes no recuerdo haber visto nunca a nadie sentarse. El mobiliario completo era un recuerdo de otra época, de un momento en el que bares como este proliferaban en cada rincón de la ciudad. En medio de los restos de ese pasado que ya poco importaba, él escribía; con movimientos rápidos, en una letra que no tenía forma de tal, cargaba con ellas las hojas de un cuaderno escolar de tapas blandas, junto con una agenda de bolsillo, papeles sueltos y un taco para notas de colores autoadhesivas. El despliegue completo ocupaba la mayor parte de la mesa, dejando el espacio suficiente para una taza vacía y un plato en el que se adivinaban algunas pocas migas.
Estaba solo; siempre estaba solo. Creo que él también me vio a mí, cuando entré. Uno de los mozos limpiaba con fruición unas copas que ya estaban por demás limpias y que de seguro tenían años sin ser usadas; apenas me miró cuando me senté, no hacía falta más para saber lo que pediría. La música, algo que podía ser jazz, sonaba tan baja que se confundía fácilmente con el resto de los sonidos interiores y exteriores. El olor a fritanga, por otro lado, resultaba indisimulable, llegando a lastimar el olfato.
Estratégicamente me senté en la mesa detrás de la suya, con la expectativa de llegar a leer algo de lo que escribía. La curiosidad llevaba meses carcomiéndome, desde el día en que él apareció en el bar, o el día en que yo me di cuenta que él estaba allí, no lo recuerdo y, para el caso, da lo mismo.
Estiré el cuello, me incliné un poco hacia adelante, buscando llegar a ver alguno de sus papeles que su espalda ancha como una loza de concreto, ocultaba. De lo que llegaba a ver, lograba descifrar la nada misma, su caligrafía era inentendible para mí; salvo alguna que otra letra suelta, en medio de una palabra más larga y sin forma, o una serie de números, nada tenía sentido.
—Sabe, amigo, es más fácil si me lo pregunta.
Como un ciervo enceguecido por la luz que lo ilumina al cruzar por el centro de la ruta en la oscuridad de la noche, me quedé estático en mi incómoda postura.
—Disculpe —balbuceé—. No pretendía molestarlo.
Me acomodé en mi silla, alejándome de su espalda.
—Tampoco es la primera vez.
—Es cierto —murmuré reconociendo que no había sido tan cuidadoso como me hubiera gustado, pero él seguía dándome la espalda, por lo que tampoco importaba mi gesto.
—¿Y bien? ¿Qué quiere saber?
Miré su nuca, el pelo de su nuca, entrecano, con rastros de caspa en el cuello de la camisa y el pulóver un tanto raído; el pelo crecido por partes, viejo, fino, sin fuerza; las orejas sobresaliendo como antenas de su cabeza; la espalda un tanto encorvada hacia adelante y abajo. Tantos detalles que nada me decían, que no me interesaban.
—Me gustaría… digo… quiero saber, no sé. Hay tantas cosas —dije sin decidirme a completar una sola frase—. ¿Qué escribe? Eso, sí —ahora sonaba un poco más firme—. Lo he visto, siempre escribe, y no es que me sorprenda el que sepa escribir, sino, tal vez, que lo haga en papel. Ya casi nadie lo hace así.
—Ah, usted es uno de esos —Arrancó una hoja del taco para notas de colores y escribió algo en él. Vi sus movimientos, no las palabras que, en todo caso, no entendería—. Verá, son anotaciones. Anoto muchas cosas, en papeles de todo tipo, color y tamaño, con tintas diferentes también. Luego dejo que se pierdan, los papeles, se entiende. De esta manera nunca le dedico tiempo a olvidar lo que escribí en ellos.
Guardó el cuaderno, la agenda y el taco para notas de colores en un morral viejo, llamó al mozo con una seña y, antes de irse, se volvió hacia mí. Me miró a los ojos con tal intensidad que me obligó a desviar la mirada para evitarme tanto dolor.
Escuché cómo se levantaba y se alejaba.
Miré mi mesa, miré el papel de color que dejara en ella, tenía una sola palabra escrita en él, con letras grandes y claras. Una única palabra, ¿entienden? Una única palabra que fue más que suficiente, que fue todo lo que necesité. Que fue. Y también yo, me fui.

6 comentarios:
La curiosidad puede llevarnos a lugares más que inesperados...
Saludos,
J.
Uno escribe para no tener que olvidar; el otro observa para no tener que recordar…
Por asociación, recordé aquella indicación de mi psico en mi adolescencia, cuando todo duele y una pequeña gota de sentimiento puede sentirse como un océano.
«Escribe en papel lo que te duele» —obvio, no había celulares—. «Cuando llegue la noche, sal al jardín, grita a pulmón y luego quema el papel. Y sigue con tu vida».
Saludos
Yo voto por "chafardero". Alguien haŕía alguna foto , no?.
por eso intento no hacer muchas preguntas, no quiero revelaciones que me cambien la vida, qué pereza ...
¿Cuál habraá sido la palabra?
Saludos.
Siempre queda algo por escribir.
Un saludo
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