La mayoría de las biografías que pueden conseguirse en el mercado describen un momento, o le dedican un capítulo, en el que queda demostrado que la persona de la que se habla, el biografiado, digamos, da señales de haber sabido siempre, desde el nacimiento, desde el instante en que todo comienza para él, es decir, desde su concepción, quién sería durante su vida, a qué se dedicaría y lo que lograría con el paso de los años. Suele ser un capítulo en el que se lo muestra como destinado a grandes cosas, iluminado por todos los astros, como alguien que siempre tuvo todo para triunfar y, por supuesto, lo logró, triunfó, y su biografía merece ser conocida. Este no es mi caso.
Podría mentir, decir lo contrario, presentarme como todo un triunfador, como alguien destinado a la grandeza, pero para mentir hay que tener muy buena memoria para recordar cada cosa que se haya dicho y eso, precisamente eso, es algo que no suele salirme bien. Por lo tanto, mentir no era una opción, porque ni siquiera mentir con honestidad me sale bien, si es que eso existe o fue algo más con lo que me engañaron.
Durante mi infancia no estaba seguro de lo que quería ser. Hay gente que sí lo sabe en esa etapa de su vida, yo no. Yo miraba el mundo sin comprender, sin aceptarlo diría, pero tal vez no fuera del todo así. No comprendía por qué sucedía lo que sucedía, y por qué se aceptaba que sucedieran esas cosas sin que nadie hiciera nada. Además de que nunca pude patear una pelota con la fuerza y dirección suficiente, así que…
Podría haber destacado en los estudios, pero, claramente, esto tampoco fue. Apenas logré ser uno de esos estudiantes promedio que en algunas pocas ocasiones sorprende por su facilidad para aprender a resolver algo en particular, sin dejar de ser un inepto para todo lo demás. Con los años, si existía la posibilidad de que esto cambiara, en ningún momento sucedió. A la fuerza logré tener un título, avalado por mi terquedad más que por mi constancia.
La herencia es otra de las cuestiones que se destacan en estos capítulos; puede ser el formar parte de un linaje de grandes deportistas, científicos, contadores, empresarios; algo, lo que fuera que significara no tener que preocuparme por mi pasar porque alguien más ya lo había hecho por mí. Mi única herencia fue la miopía y algunas deudas que fui descubriendo, más que nada en los negocios del barrio.
Sin estos factores que podrían haberme ayudado en el camino, así como el carecer de los contactos adecuados para emprender lo que fuera que se me ocurriera, mi vida se fue desarrollando sin tener la menor idea de lo que quería, de lo que lograría o si en efecto podría hacer algo con ello, porque para hacer algo hay que saber qué es lo que se quiere y yo nunca lo supe. Por eso me dediqué a improvisar, a ir viendo cómo me salían las cosas, a fracasar casi a cada paso, a huir de situaciones en las que no recordaba cómo había llegado, a anhelar otras que nunca llegaría a conocer, a fantasear con quien nunca sería mía, a resignarme a ser lo que era, un poco menos de lo que aparento, porque fingir es fácil, sostenerlo en el tiempo se vuelve rutina y llega el momento en el que ya no se siente que se finge, sino que se acepta, se sabe que se es eso y nada más, pero también nada menos que eso.
Para una mejor demostración, aquí está el listado de cosas que alguna vez quise ser: bombero, surfista, submarinista, ingeniero aeroespacial, domador de dinosaurios, superhombre pampeano, viajante, creador de ilusiones, políglota, parteaguas, recepcionista de caricias, posibilitador de fantasías, cofundador de sueños, malabarista, gracioso y divertido (además de simplemente simpático).

2 comentarios:
Qué fácil sería todo si supiéramos qué hacer, ¿no?
Saludos,
J.
Recepcionista de caricias, superhombre pampeano.
Interesantes aspiraciones,
La terqueda puede ser algo necesario, no neceriamente un defecto.
Saludos, colega demiurgo
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