Se sentía como si escupiera las palabras luego de haberlas masticado un tiempo casi infinito; palabras cargadas de odio, desprecio, bronca, resentimiento y, por sobre todo lo demás, dolor. Su cuerpo era una masa de dolor que se expresaba a través de sentencias que a cualquier persona le tomaría la vida entera llegar a una posible interpretación. Por eso lograba que sus palabras nunca cayeran en el olvido.
Cualquier otra persona, con una habilidad semejante, hubiera logrado ocupar lugares de importancia en la sociedad, sería un líder, un mesías, un tirano, un influencer, un filósofo, un poeta, un político, alguien que señalara el rumbo, que nos dijera qué hacer, qué pensar, cómo pensarlo; alguien que nos sacara del charco de la existencia. Él había elegido no ser ninguna de esas cosas, nada en esos roles lo satisfacía ni le interesaba. Cierto que nunca se lo pregunté, era suficiente con verlo, con escucharlo la primera vez, para entender que lo suyo no era solo una postura cómoda, un personaje, una construcción. Él era eso que decía, era cada palabra formada a los golpes, con la violencia de la vida y la experiencia.
—Hay que ser rápido para perdonar, veloz para olvidar, pero lento y constante para odiar —me miró a los ojos cuando lo dijo, como si supiera que era mi primera vez allí y pretendiera convertirme en uno más de sus múltiples acólitos. Cosa que, por supuesto, logró.
Demoré meses en volver, interponiendo ocupaciones y prioridades que no eran tales, por temor a lo próximo que le escucharía decir. Pero regresé, a lo largo de los años, a buscar esas palabras de saber que destilaba sin preocuparse por si daban frutos, sin importarle lo que sucediera luego, casi como si no pudiera o no quisiera evitarlo.
—Solo dos tipos de errores puede cometer el hombre —mostró una mano que tenía el dedo índice y el medio levantados—. El primero de ellos es enamorarse —bajó el dedo del medio—. El segundo es creer haberse enamorado —y formó un puño cerrado, apretado con la mano completa.
Un hierro candente cargado de sal atravesando mis entrañas hubiera sido menos efectivo. Sabiéndolo o no, eran esas las palabras que necesitaba escuchar.
Fueron, también, las últimas que recibí, de él o de cualquiera.


21 comentarios:
¿Quién tiene hoy una fuerza semejante?
Saludos,
J.
Hay errores que se pagan caros...
Saludos
Uy pago muy duro porque creer en falsos maestros. Te mando un beso.
Supongo que en la vida, sobre todo de joven uno se topa con esos mentores, que vistos ya en la vejez resulta que no lo eran tanto.
Lo de enamorrse y creer haberse enamorado suena más a frases hechaas que a una sentancia sabia.
Saludos, colega demiurgo
Algo dijo, algo comentó que se hizo viral en You Tube. Fue tal la sentencia de un hombre abatido en su presente, que después de You Tube, pasó a tik tok...
Televisiones de todo el mundo lo buscaron para entrevistarlo y lo encontraron. Su alma estaba deshecha pero el era de palabra sencilla cuando relataba de sus desamores y de sus desencuentros en un mundo donde no quería vivir teniendo los pies en la tierra. De esa manera, cada mañana, el mundo lo seguía en sus reflexiones pues era tal la veracidad de sus palabras, que la gente lloraba...
En sus entrevistas poseía un buen humor capaz de arrancar la risa a cualquiera y de esa manera, una cadena televisiva lo contrató en cifras millonarias para sacar a la gente de su rutina..
Una televisión privada contrataba su ingenio por la mañana, otra pública, lo contrataba por la noche y así todo el mundo de desternillaba de risa.
Se convirtió en un showman nada conocido. Un mes de enero por la noche, cuando todos esperaban mondarse de risa, Manuel Fernández que así se llamaba en riguroso directo, estaba serio ante millones de personas. Ya hacía dos años de popularidad. Miró frente a la cámara, sonrió con sonrisa forzada y dijo que sus palabras no eran suyas; que su trabajo televisivo solo fue gracias a la cocaína y al dinero; que la sencillez es alimento de quienes nos manipulan para sacar un provecho...
Sacó una pistola y se pegó un tiro en la sien.
En menos de un segundo la TV pasó a anuncios publicitarios...
Todo un perfecto comercial sobre la vida. Millones de seguidores por nada porque todo pronto se olvida. Saludos.
Si es una adivinanza, arriesgo: ¿José Narosky?
Abrazos, hasta la próxima herr J.
No faltan. A mi suelen dar igual, pero es que a mi me llaman pasota.
Hay que aprender a esquivarlos, pero, a veces, son muy tentadores.
Saludos
Gran relato,que me recuerda a algo que leía hace un rato sobre la autobiografía de un Yogui (Yogananda) donde había un Maestro que narraba algo similar a esto.
Un abrazo
Un problema cuando no se ha tenido, o acaso se pierde la capacidad de pensar. Un abrazo. Carlos
Hay que intentar olvidar, y saber perdonar.
Un buen relato.
Un abrazo.
Vivir enamorado no está mal... depende de a qué o a quién/es le dedicas tal devoción, ahí está la filosa cuestión...
Buenos días. A veces nos dejamos influenciar sin mirar en nuestro interior donde ese punto de reflexión puede mostrar la solución. El amor; bendita condena...
Un abrazo y feliz fin de semana
Primero parece un personaje que reparte sentencias y acaba siendo otra cosa: alguien que, sin saberlo, pone palabras al dolor ajeno. Y ese último «fueron las últimas» cambia el peso de todo lo anterior.
Saludos
José:
lo malo es que se suelen cometer los dos errores.
Salu2.
Dicen que el amor es ciego, y de hecho a cupido se le representa con una venda en los ojos por algo será... Leerte como siempre es un placer por tu buen hacer. Besos
No soy muy amigo de estos tipos lapidarios, y más cuando cuentan con los dedos
Extraño personaje. Sería un resentido del amor??
Quién sabe...
mariarosa
Bueno fuera tener la fuerza semejante para lograr levantar el brazo así, en sus multiples formas de comunicación.
Saludos, José A.
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