sábado, 22 de agosto de 2026

Treinta años

Treinta años.
    La escucho hablar y no dejo de pensar en eso, treinta años. El 80% de mi vida, creo, no sé, nunca fui bueno en matemáticas. Solo sé que son treinta años y que ella no deja de hablar.
    —Se acordaba de vos, ¿sabés? Cada cumpleaños, cada día del niño, cada navidad. En cada fecha importante, se acordaba.
    Pero nunca llamó, nunca averiguó dónde estaba, mi número de teléfono móvil, mi dirección, mi correo electrónico, mi cbu, nada.
    —Era muy difícil, para él, todo esto.
    Porque yo la pasé de maravilla, para mí fue una fiesta, seguro que sí; fue lo mejor del mundo crecer sin él, sin saber quién era, cómo era, qué hacía, cómo lo hacía, y lo que se supone que tengo que hacer y no sé cómo se hace porque nadie me lo explicó, porque ese era su trabajo y él no estaba ahí para cumplirlo.
    Se quedó en silencio. Debe de haber terminado lo que tenía para decirme o me hizo una pregunta que no escuché, me da igual.
    Nos miramos hasta que ella baja los ojos.
    —Sé que pensás lo contrario, pero no es culpa mía. Y si te llamé es porque, al final, él lo hubiera querido así.
    ¿Y lo que yo quise durante todos estos años? ¿Quién se hace cargo de eso? Nadie.
    —No te pido nada, solo que lo aceptes.
    Es una caja de resmas, de las chicas, de las que solo traen cinco. No parece pesada, porque ella la había podido levantar sin problemas y no, no lo es. Está cerrada, no puedo ver el contenido, al menos no allí. En cambio, la miro a ella.
    Se va sin pagar su café. Y pensar que dijo que no iba a pedirme nada.
    Me llevo la caja.
    En el fondo del patio de la casa está la lata en la que quemo la basura, tiznada por años de fuegos, carcomida ahí abajo, donde las cenizas se acumulan. Tendría que cambiarla, pero todavía sirve.
    Inicio el fuego con unos papeles viejos y la tapa de cartón de la caja. Le tiro también algunas astillas de maderas viejas que siempre aparecen en el fondo y nunca supe de dónde salían.
    Lo primero que saco de la caja es un cepillo de dientes, viejo y usado, en una bolsa de nailon, junto con una máquina de afeitar eléctrica que parece sacada de la década de 1980, y probablemente lo sea. Al fuego ambas. No me importa si la máquina tiene componentes contaminantes. Hay adornos, recuerdos de viajes que nunca hice ni fui invitado a participar, de plástico, de madera, de hierro, de caracoles pegados entre sí; al fuego uno por uno. Le siguen papeles que no quiero leer, si alguno era importante me enteraré cuando me haga falta y ya no lo tenga. Un cuaderno escolar verde, de tapas duras, en la primera hoja dice “Mi historia, para mi hijo”, ni siquiera pudo escribir mi nombre una sola vez; las últimas hojas están en blanco. Está escrito con varias lapiceras tan diferentes como luce la letra, como si le hubiera tomado años escribir lo que no voy a leer porque el fuego ya empieza a tomarlo.
    Saco lo último que veo en la caja y ésta también, al fuego.
    Es una foto, vieja, de papel fotográfico. Los colores están granulados, como en las primeras fotos a color, cuando tener una cámara de esas era todo un símbolo de status social, de riqueza, de ser alguien conocido en el barrio. Estoy en la foto, solo yo, sentado en el arenero de alguna plaza, jugando con esa arena sin dudas sucia, abrigado porque debe ser invierno, con un camión de juguete en una mano y algo que no identifico en la otra. Miro hacia un costado, hacia algo que no forma parte de la imagen.
    La foto está tomada de lejos, diez, doce metros, apenas se me distingue, pero sé que soy yo, me reconozco en esa foto, me reconozco en ese niño jugando solo en la plaza, en medio de la arena, mientras otros niños, que solo son partes de cuerpos que aparecen en el fondo, corren y se divierten entre ellos.
    No estoy para esto, no hoy, no ahora, ni nunca. Lo pienso, lo digo, o me convenzo antes de que también la foto acabe en el fuego.

1 comentario:

José A. García dijo...

¿Quién puede estar para algo semejante?

Saludos,
J.

PD. NO, el relato no es autorreferencial.