He vuelto al barrio. Sí, regresé a ese lugar del que nunca tuve que haberme ido y que, sin embargo, me fui. Regresé y me instalé, por decirlo así, en otro lugar, porque volver al barrio no significaba haber vuelto a la razón por la que me fui. No volví a la casa familiar, no me importa quién esté viviendo en ella ahora. No, no quiero saberlo. Estoy mejor así.
Uno o dos días después de la mudanza salí a caminar esquivando estratégicamente las calles que aún me duelen. Mi intención era tomar un poco de aire, ver cómo había cambiado el barrio, ubicar los nuevos negocios que se amoldaran a mis necesidades, saber ese tipo de cosas. Fue así que pude ver lo que habían hecho con la Mansión del Guarda de la Estación, una de las construcciones más viejas del barrio que seguían en pie, de cuando todavía era zona de quintas y el municipio, hoy ciudad, apenas calificaba como pueblo, rodeado por el ejido, el campo fértil y fructífero del cual las cosechas manaban como las aguas de un manantial que se auguraba eterno. La Mansión era el centro del barrio, no lo era la plaza, ni la iglesia que se construyó después, ni siquiera el edificio de la municipalidad, todo eso había crecido, como si floreciera, a su alrededor, casi en un segundo plano, bajo la opaca sombra de la Mansión.
La magnificencia de su construcción era tal que todos los adultos soñaban vivir, amar, tal vez morir allí, pero se contentarían con ver cómo eran las habitaciones por dentro al menos una vez. Y sí, era magnífica, con su estilo fines del siglo XIX, sus techos altos de tejas de pizarra, sus dos torres que la asimilaban a un alcázar, la piedra agrisada de los muros. Los niños del barrio soñábamos con jugar en su parque de varias hectáreas que obligara a desviar calles y el tendido de los cables.
Cuando me fui del barrio la Mansión llevaba décadas cerrada, desde que el último Guarda de la estación muriera allí mismo, de viejo, y nadie vino a ocupar su lugar, porque no hacía falta, decían, porque ahora los trenes se controlan solos, murmuraban, porque a nadie le importa, susurraban, porque todos vamos a morirnos, acordaba la mayoría. No quedaba nadie en el barrio que hubiera visto su interior; el alto paredón y la reja de hierro forjado nos mantenía alejados, imaginando lo que podía esconderse allí dentro, aunque más no fueran muebles viejos y desvencijados. Es por eso que mi sorpresa de ver las grandes rejas abiertas fue tremenda, tanto como descubrir que la mayor parte del jardín frontal había sido reemplazado por lajas grises y dos hileras de pequeños negocios.
La Mansión seguía allí, claro, en el centro, pintada hacía relativamente poco tiempo, con las aberturas en condiciones y también abiertas, los hierros, los mármoles, el granito, todo relucía como si fuera nuevo. Indicación alguna me permitía saber qué había sucedido, se veía como un paseo de compras de los tantos que se encuentran en las ciudades más grandes, un cúmulo de mal gusto kitsch rodeando la Mansión que soportaba, estoica, semejante compañía.
Me acerqué a la entrada atraído por la posibilidad de finalmente conocer el interior de la Mansión que, a pesar de los cambios, seguía siendo una magnífica construcción. Ya nadie construye de esta forma, con tantos espacios, con estos materiales, con tanto lujo; ahora todo tiene que ser práctico, funcional, servir para algo, nada de decoración, ningún rincón para descansar la mirada, nada.
Al encuentro de mis pasos salió un guardia de seguridad, escondido en una pequeña garita de madera plástica del lado interno del muro, casi sobre la vieja reja. Lo reconocí apenas verlo, no hizo falta que me esforzara, algunas caras no cambian con los años, a lo sumo ciertos rasgos se hacen más firmes, algunas líneas se marcan con mayor fuerza, una única expresión se vuelve máscara cotidiana. Si yo sabía quién era él, él sabía quién era yo; si él fingió no darse cuenta, yo hice otro tanto.
—¿Qué pasó con el predio y la Mansión? —pregunté para dirigir la conversación hacia lo único que me interesaba.
—Buenas tardes —respondió el guardia, su entrenamiento podía más que cualquier otra cosa—. Este es el nuevo paseo de compras y centro cultural de la ciudad, La Mansión del Guarda. ¿Primera vez aquí?
Me extendió un folleto, un tríptico a todo color y en papel satinado con la historia de la Mansión, del barrio, del municipio.
—Con este formato, sí —dije—. La Mansión solía ser otra cosa.
—Se dan clases de teatro y de otras artes, hay un microcine en el subsuelo, dos salas de conferencias, aulas, oficinas, se hacen exposiciones y muestras.
—Y el parque es una gran tienda de recuerdos —dije mirando los negocios pensados para los turistas, de seguro imaginarios, porque quién querría venir a conocer el barrio.
—Solamente el frente —dijo el guardia.
Lo miré. Me miró. Nos miramos. Supe que nos habíamos reconocido, pero preferimos seguir jugando a que no era así. Regresó a la casilla y tomó algo de allí.
—Sígame.
Rodeamos las hileras de pequeños negocios, apenas puestos de feria, también de esa madera plástica tan de moda en las nuevas construcciones, llegamos hasta una pared interna que, vista desde la calle, estaría detrás de la Mansión y que sabía que antes no estaba allí, era el límite del paseo comercial, con algunos pocos árboles muy jóvenes y varias mesas rodeadas de foodtrucks en los que se vendía comida de aspecto poco saludable. Al final de la pared, casi contra el paredón de la Mansión, una pequeña puerta disimulada pintada del mismo color, una cerradura que ya daba señales de funcionar mal por el óxido, la llave que el guardia traía en las manos gira una, dos veces, la puerta se abre y descubro el resto del parque, que se ha convertido casi en un bosque que explota de vida frente al gris de las lajas del suelo de este lado de la pared.
—Esta parte de la propiedad no pueden tocarla. Está igual desde hace años —escucho que dice el guardia
Desde hace años, esas tres palabras se repiten en mi cabeza mientras avanzo hacia los árboles luego de cruzar la pared mal construida.
Escucho el esfuerzo que hace la llave en la cerradura oxidada sin mirar atrás.


2 comentarios:
Un texto un tanto más extenso de lo habitual, espero resulte igualmente interesante.
Saludos,
J.
Es una fortuna conservar ciertos edificios, yo volvi a l lugar a donde vivi la infancia y ya todo estaba demolido, nuevas construcciones reemplazaron las viejas casas
Ahora bien.... porque sera que la gente finje no conocerse?
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