Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 22 de octubre de 2022

Confesión

―¡No diré nada! ―grité de tal manera que sentí que mi garganta se desgarraba―. Tengo mis derechos. Nadie puede obligarme a declarar en mi propia contra, a decir algo que no fue ni que me incrimine en un acto del cual no formé parte.
    Los años perdidos en la escuela de derecho por fin demostraban su utilidad, lo que debería de hacerme sentir un poco mejor con mis decisiones pasadas, pero la situación no era la ideal. Colgaba desnudo y cabeza abajo, atado de pies y manos, frente al tribunal de acusación en séptima instancia, luego de que las seis instancias previas no dieran resultado. Años de idas y vueltas sin sentido recorriendo juzgados y tribunales lograron que me sintiera tan confundido como el mismísimo K, y sin saber aún de qué se me acusaba o por qué. Aquel nuevo tribunal era mi última oportunidad. Por eso colgaba allí, desnudo y de cabeza, atado de pies y manos, frente al tribunal y con todos los interesados en el caso siguiendo la audiencia a la distancia a través del sistema judicial de streaming.
    ―No es necesario que nos diga nada ―dijo el primero de los jueces.
    ―Hemos tenido tiempo más que suficiente para leer los legajos y expedientes ―dijo el segundo de los jueces.
    ―Tenemos nuestros métodos ―dijo el tercero.
    Una potente luz blanca, tan brillante que hería mis retinas, iluminó un púlpito de madera oscura. La sala se cubrió de silencio antes de que mis ojos se acostumbraran al intenso brillo y pudiera distinguir a la mujer. Esbelta, con el cabello suelto cayéndole en la espalda hasta la curva de la cadera, con un andar acompasado de pequeños pasos con los que se acercaba al púlpito desde el lugar más oscuro de la sala. Era una ninfa, una de esas al estilo de Navokov que solo aparecen una única vez en la vida de cada hombre, para arruinarlo o acercarlo a la divinidad si es que no ambas cosas a la vez. Al verla supe que nada de lo que dijera en mi defensa serviría. Aunque conocía los extraños métodos del tribunal, y me arriesgaba a enfrentarme a ellos para demostrar mi falta de culpabilidad, no esperaba una demostración semejante de crueldad.
    Antes de que el cuerpo lampiño de la ninfa quedara en parte oculto por el púlpito, noté dos cosas. Ella estaba tan desnuda como lo estaba yo. Una sonrisa de lascivia mal disimulaba atravesaba el rostro de cada uno de los jueces.
    Me sentí mareado por primera vez en todo el tiempo que llevaba allí colgado, en cierta forma me supe ya perdido y condenado para siempre jamás.
    Encontrándose la ninfa sobre el púlpito, donde la luz daba con mayor fuerza sobre su pálido cuerpo, comenzó a entonar una suave melodía que parecía conformada por sonidos sueltos, sin ilación, que rápidamente tomaron la forma de un recitado, casi una canción, más melodiosa y ordenada. Una canción compleja compuesta únicamente para ser entonada con su voz inigualable, almibarada, hipnótica, envolvente. Una melodía que se sentía cálida como el abrazo de una madre, de un amante, del primer sol de primavera, de la muerte. Rápidamente mis ojos se nublaron y comencé a llorar. Mi razón, mi pensamiento, mis ideas quedaron anuladas cuando me percaté que conocía la canción, que comprendía porqué esa melodía me envolvía. La ninfa cantaba mi historia, mi vida, mis deseos y frustraciones, mis pocas virtudes y mis muchas mezquindades, todos mis secretos y mis (pocas) verdades quedaban expuestos ante los jueces y el jurado. La construcción de mi ser, de mi identidad, aquello que me había convencido que era yo y no otra persona, ignorando todo lo que había dejado de lado, era puesto en cuestión por su voz. Ya no estaba seguro de nada, ni siquiera podía decir por quién lloraba.
    Entre todo el dolor que ya sentía, el silencio que llenó la sala cuando la ninfa cesó con la canción, con el recuerdo, con la melodía, fue peor.
    La vi bajar del púlpito y retirarse. Noté que no estaba desnuda por completo como creyera al principio, sino que llevaba unas zapatillas de ballet del mismo color que su piel. Conocer ese detalle no me servía para nada, pero quedaría guardado en mi memoria para siempre.
    ―Nuestros métodos siempre funcionan ―dijo el primero de los jueces.
    ―Nuestros métodos nunca fallan ―dijo el segundo de los jueces.
    ―Tomaremos nuestra decisión ahora ―dijo el tercero.
    ―Mátenme ―los interrumpí―. Mátenme ya. Porque nadie es tan malo como para merecer conocer toda la verdad sobre uno mismo. Lo que han hecho es aterrador ―. Temblaba mientras veía la sonrisa mal disimulada que atravesó el rostro de cada uno de los tres jueces, que esta vez no fue de lascivia, sino que parecía ser pura satisfacción―. ¡Mátenme…! Por favor.

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En el número 80 de la Revista Digital El Narratorio, del mes de octubre de 2022, se ha publicado el relato: Puerta a puerta.

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22 comentarios:

José A. García dijo...

Qué incómodo resulta escuchar nuestra propia historia en la voz de alguien más.

Saludos,
J.

J.P. Alexander dijo...

Genial y terrorifico relato. no hay juez mas duro que uno mismo. Te mando un beso.

Alfred dijo...

Enfrentarse al conocimiento de la vida propia, desgranada como una salmodia impersonal, terrorífico.

Un saludo.

Tot Barcelona dijo...

A todos nos gusta que nos miren, sin embargo, a nadie agrada que se le observe, sobre todo si el que se observa es uno mismo.
Salut

Gabiliante dijo...

Vencido por el cansancio. Una última y placentera visión, como caramelo que se da a un niño. Que buenos métodos, no tienes wue molestarte ni en defenderte, ya no se tienen ganas. Hasta la súplica final sobraba. Muerte por agotamiento. Las vidas de cada uno más o menos...
Abrazoo

Doctor Krapp dijo...

Creo que eso es lo que dicen los que han sobrevivido a la muerte después de pasar por el famoso túnel, una imagen amiga que te acompaña a recordar todos los momentos de tu vida antes de irte.
Vivirlo en un tribunal, estando vivo, debe ser aterrador.
Saludos

Luiz Gomes dijo...

Boa tarde José. Uma experiência e texto diferente. Bom início de semana.

lunaroja dijo...

Madre mía, te superás relato a relato!
Excelente!
Un saludo.

gla. dijo...

Es muy fuerte esta historia
Muy buena historia por cierto
Abrazos

Hola, me llamo Julio David dijo...

El famoso "conócete a ti mismo" de Sócrates, debiera venir con una letra chica que advierta: "E intenta mantener la cordura en el proceso".
Un abrazo.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Las ninfas son poderosas. Pueden provocar la locura y la muerte, si están desnudas.

Creo que sería humanitario que rlla fuera la ejecutora, alnestilo ninfa, dandole un placer fianal junto con la muerte. Asesinarlo con emociones intensas.

Tiene sentido qye los jueces hayan tenido expresiones lascivas. No tenerlas habria sido un insulto para la ninfa.

Saludos.

Buscador dijo...

Me hubiera gustado la trama de los jueces y la de la propia sirena....Ibamos a ver toda una feria de osadías e inmoralidades.

Un saludo.

Quien tire la primera piedra queda libre de pecado. Yo a esa Sirena la castigaba.

Jose Casagrande dijo...

(por error puse este comentario en un relato diferente, vuelvo y lo copio aqui para que sea pertinente, ademas le he editado algunas ideas que se me ocurrieron despues)

Mi amigo El Capitan (que tambien era quimico de profesion) sabia bastante de estas cosas y me dijo que la Ninfa efectivamente usaba las zapatillas de ballet porque toda bailarina tiene pies feos o maltratados por los dificiles pasos que exige el ballet.

Seria esta ninfa un ser de pura inocencia, y los juces quizas angeles o dioses

Esto puede pasarnos, quizas asi sean los infiernos o mejor aun: Las experiencias infernales.

lo que es claro, una vez que uno esta muerto y es juzgado.... lleva uno TODAS la de perder....

queda uno sumido al PODER de esas entidades que todo lo pueden y que tienen muchos metodos y recursos a mano.

que haremos una vez muertos? como defendernos de estos tribunales?

Cabrónidas dijo...

Cómo derrotar a nuestro ego.

SÓLO EL AMOR ES REAL dijo...

Te digo que es un escrito fabuloso, con reminiscencias de Kafka y con una profunda moraleja, quizás anti moraleja

Paz

Isaac

Tinta en las olas dijo...

Terrible escuchar nuestra historia a través de otros, y ser juzgados eternamente.

Gildardo López Reyes dijo...

Me ha gustado mucho. No imaginé que irías por dónde lo has hecho. Aunque creo que conocemos casi a la perfección la verdad sobre nosotros, sólo que no queremos verla.
Abrazos.

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

Me ha parecido súper interesante, es una novela tal vez? 🤔

Mujer de Negro dijo...

Una confrontación así es devastadora, pero sé, que después de eso y el proceso siguiente, todo será distinto, ves todo desde otro ángulo.
Me encantan tus relatos, son estupendos

Un abrazo, José

Frodo dijo...

En la mitología griega a Friné la salvaba su belleza al desnudarse frente a los jueces.
Pero como se sabe, esta La Verdad y "la verdad"

Abrazos herr J

Mista Vilteka dijo...

"Porque nadie es tan malo como para merecer conocer toda la verdad sobre uno mismo." Uno pensaría que es mejor al revés, pero no, es mejor así o morir al acto.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Puede conducir a sentirse culpable de haber vivido, eso de escuchar su vida desvelada por otro. Un abrazo. Carlos