Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 6 de agosto de 2022

El vecino de arriba

―Ahí está otra vez ―se dijo mi madre mirando hacia el techo.
    Seguí su mirada y vi que la lámpara del comedor temblaba, apenas, casi imperceptiblemente. Ese movimiento podía deberse a cualquier cosa, una corriente de aire, las vibraciones del tránsito o del motor del ascensor, un temblor en algún lugar de los Andes, mi imaginación, mis problemas visuales. Sólo los ruidos que llegaban por sobre el sonido de la televisión que mi madre mantenía encendida a toda hora, daban alguna clave sobre su origen.
    ―Sí ―confirmó―. Otra vez.
    Quien fuera el hombre que vivía en el departamento del piso superior al nuestro, tenía una serie de extrañas costumbres cotidianas, rutinas que repetía tres veces al día, todos los días. Siempre en los mismos horarios, sin importar que fueran día laborable, de descanso, fiesta, patrono, cumpleaños, vacaciones, los idus de marzo, las calendas de abril o las nonas de cualquier otro mes. No parecía detenerse nunca, por nada ni por nadie.
    Eran rutinas muy extrañas, que duraban entre diez y quince minutos. Comenzaba con pequeños desplazamientos de algo pesado, como si intentara acomodarlo en algún lugar muy difícil, porque eran movimientos rápidos y repetidos, que se tornaban acompasados y frenéticos antes de llegar a su final. Es de suponer que si el piso de ese departamento estuviera alfombrado como el nuestro no tendríamos que escuchar nada de eso, pero al parecer no era así.
    Tantos movimientos deberían de ser un gran esfuerzo para quien los realizaba ya que ni bien comenzaban estos, también lo hacían las exclamaciones de dolor que intentaban cubrirse con el entrechocar de palmas que seguían un ritmo sincopado con los movimientos del mueble. Estas exclamaciones terminaban en un gran grito que señalaba, sin dudas, que quien realizaba todo ese esfuerzo había acabado golpeándose con algo y sólo podía seguir emitiendo pequeños gemidos entrecortados hasta que se le pasara la molestia y se le normalizada la respiración.
    Luego escuchábamos la breve caminada de dos pares de pies con calzados diferentes, la puerta del departamento abriéndose y cerrándose con fuerza, para que cerrara bien, porque todas las puertas del edificio tenían el mismo problema de que había que darle con fuerza para que entraran en el marco de la manera correcta. Un poco después escuchábamos que se abría la ducha y no volvíamos a tener noticias del vecino hasta que todo volvía a comenzar en el siguiente horario de su rutina.
    ―Asqueroso ―repetía mi madre cuando el agua comenzaba a correr.
    A mí me resultaba todo muy extraño, más que nada el que luego de tantas veces de intentarlo todavía no hubiera logrado acomodar el mueble y, también, que en cada intento acabara golpeándose, como si no aprendiera a hacerlo bien. Pero de no ser porque en esos momentos mi madre subía sin parar el volumen de la televisión o de la radio y no dejaba de hablar, yo no me daría cuenta de que algo sucedía del otro lado del techo.
    Faltaban varios años para que entendiera, aunque solo en parte, qué era lo que pasaba en esos momentos. Comprendí también la reacción de mi madre, pero el motivo de su enojo, en cambio, si no lo entendía en ese momento con mis escasos seis o siete años, casi tres décadas después, continúa siendo un misterio sobre el que nunca me atreví a preguntar. Algo para lo cual resulta ser ya demasiado tarde.

20 comentarios:

José A. García dijo...

Cosas que pasan cuando aceptamos vivir todos apretados en una única gran ciudad...

Saludos,
J.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Eso implica espiar y ser espiados a cada momento.
Que difícil es ser sigiloso, con esas puertas.
Saludos.

J.P. Alexander dijo...

Uy que cosas para un pobre niño de seis años. Genial relato.

Tot Barcelona dijo...

No hay nada más cotidiano entre los humanos...y humanas, que dirían los del diseño de las palabras.
Salut

Doctor Krapp dijo...

Tengo una entrada al menos sobre el ruido vecinal cuando te afecta de pleno. Se titula "La maldición vive arriba" y refleja con cierto tono humorístico la reacción de un vecino cuando tiene otro en el piso de arriba con exceso de fogosidad sexual a diversas horas del día y la noche.
Me ha gustado e intrigado tu texto.

Saludos

Jose Casagrande dijo...

Es que no estaban bien aislados los pisos del edificio,
ahora se colocan ciertos materiales para amortiguar y suprimir sonidos.

lunaroja dijo...

Tremendo relato.
Porque además refleja una realidad que en algún momento todos padecemos viviendo en comunidad de vecinos.
El toque siniestro que le das lo hace oscuro y casi de miedo.
Un saludo.

mariarosa dijo...

Hola José, es lindo volver a leerte, te tuve algo olvidado.
El problema de los departamentos es ese; los vecinos. Es mejopr vivir en una casa de planta baja, aunque nunca falta un loco que se cree "Ringo" y le ga a los platillos con fuerza.
Mariarosa

Cabrónidas dijo...

Vivo en una comunidad y no tengo esos problemas. Quiero decir, que soy yo el problema para el resto de mis vecinos. No tengo tapones para todos ellos.

José A. García dijo...

José: El problema comienza cuando se acepta vivir, no tengo dudas.

Demiurgo de Hurlingham: Espiar y ser espiado, ¿eso no es vivir en sociedad?

J. P. Alexander: Claro que sí, pocos se percatan de ello.

Tot Barcelona: Lo más común de todo es eso de molestarse los unos a los otros, no tengo dudas.

Dr. Krapp: Tendré que buscarlo y leerlo, porque no recuerdo haberlo visto.

José Casagrande: La mayor parte de los edificios está mal construida, más que anda para ahorrar en los costos de los materiales.

Luna Roja: La realidad es que vivir entre vecinos apesta, sin importar quiénes sean estos.

María Rosa: Gracias por regresar. Lo dicho, el problema siempre son los vecinos.

Cabrónidas: Algo de su parte han de poner para seguir viviendo allí.

Gracias por las visitas y comentarios.

Nos leemos,
J.

gla. dijo...

La imaginación te lleva muy lejos
Yo tenía ese problema con mis vecinos de al lado, pero la realidad era otra cosas, lo supe de casualidad mas tarde, la realidad era cruel (violencia de género)
Abrazos

Tatiana Aguilera dijo...

En mi país se realizó una película con ese motivo. Las paredes de un edificio construido con materiales más baratos provocaron, que todo se escuchara del depto vecino. Resultaron historias divertidas y, otras, muy conflictivas porque los niños no deben perder su inocencia antes de lo esperado.
Me gustó tu escrito.
Un gran abrazo

Ginebra dijo...

Quizá el vecino ruidoso fue el padre de la criatura, por eso la mamá le llamaba asqueroso, no sólo por el ruido y las molestias continuas, también porque tenía una herida abierta y conocía "al vecino"....
En cuanto a vivir en un bloque de vecinos, pues es algo que detesto porque vivo en uno, circunstancias económicas y de otra índole, aunque por suerte no tengo un vecino como el de tu narración.
Saludos

Luiz Gomes dijo...

Boa tarde meu querido amigo. Paredes finas são muito perigosas, principalmente por causa do barulho. Grande abraço carioca.

Joaquín Rodríguez dijo...

Te ha faltado el del ruido de canicas rodando por la noche.... el único problema que he sufrido es la fogosidad sexual de un vecino a media mañana justo cuando atiendo en el despacho visitas

Beatriz dijo...

La narración, atrapa, bien cuidada de no revelar más de la cuenta, precisa, sugerente. Un buen relato.
Saludos, José.

Tinta en las olas dijo...

Son misterios de esos que hablamos a lo largo del tiempo y jamás sabremos lo que sucedía en casa ajena. Un abrazo.

Gildardo López Reyes dijo...

Jajajaja, lo que me asombra es lo del horario, siempre a la misma hora y todos los días.
Hay preguntas para las que no hay respuestas o la madre ha muerto ya.
Abrazo.

Mujer de Negro dijo...

Hmm; y ahora qué te respondo ... temo la perversión de tu castidad
Diré que mejor me sirvo un shot de tequila, pongo mi playlist con música para cortarse las venas con el pétalo de una rosa; y hago como que la virgen me habla, mientras sonrío por tan tierno y tímido relato, que por cierto, me ha encantado.

Abrazo

Frodo dijo...

Y lo dejaste así nomás, abierto...

Te cuento una anécdota que me recordó tu relato, pero que no involucra a ningún vecino (cercano). Hace años estaba en el departamento que mi vieja tiene en la costa, leyendo debajo de una lámpara del ventilador de techo. De repente sentí que se movían las luces o que algo había pasado por adelante ¡se me movieron un poco las letras pero por un rato largo! Me puse a revisar había algún bicho o algo en el ventilador, supuse que si estaba se había mandado por el agujero de donde cuelgan los cables, busqué, pensé que tal vez una avispa que estaba por la habitación, quedé en suspenso... y nada.
Unas horas después sale en los noticieros ese gran sismo en Chile.

Abrazos, herr J