Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 2 de julio de 2022

Puerta a puerta

El timbre de la puerta de entrada sonó con la insistencia necesaria como para que lo reconocieran. Llevaban tanto tiempo sin recibir vistas en la casa que tenían la certeza de que esa cosa no funcionaba, pero no era así, funcionaba, y bastante bien.
    Con desagrado y suma lentitud el hombre se levantó del sillón frente a la TV y caminó hacia la puerta a través del pasillo, pasó por la puerta de la cocina, donde vio la espalda de su mujer como siempre encorvada sobre la mesa, de seguro cosiendo o arreglando ropa de alguien más. Pensó en preguntarle cómo estaba ese día, si se sentía bien, qué tal le había ido en sus quehaceres y, más que nada, por qué carajo no respondía al maldito timbre que seguía sonando. Pensándolo mejor, prefirió no hacerlo. Continuó avanzando por el mismo pasillo hasta la puerta.
    ―¿Qué? ―ladró al abrirla.
    ―Buenos días ―respondió el sujeto que encontró del otro lado. Maletín en mano, saco liviano de verano, cabello peinado hacia la derecha, sonrisa de dentista profesional, el paquete completo. Sin dudas, un vendedor puerta a puerta. Cosa que no demoró en dejar en claro―. Vengo a presentarle una oferta que no podrá rechazar.
    ― No me interesa ―interrumpió el hombre―. No empiece.
    ―Es una oportunidad única ―continuó el vendedor que sin lugar a dudas había escuchado al hombre, pero su entrenamiento lo preparaba para no atender a las negativas y seguir adelante con su presentación―. Una oportunidad que le permitirá vivir experiencias en las que nunca había pensado, realizar actividades novedosas, probar productos que no se encuentran al alcance de su economía actual.
    ―¿Me está diciendo pobre?
    ―Para nada. Pero todos sabemos que lo que podemos hacer con y en nuestras vidas siempre resulta ser, digamos, limitado, y no siempre por nosotros mismos.
    ―No le entiendo.
    ―Todos tenemos nuestras limitaciones.
    ―¡Ah! ―exclamó el hombre―. Ahora me dice tonto.
    ―Para nada. Pero la verdad es que todos sabemos que estamos limitados por algo. Esa limitación puede ser laboral, etaria, de género, étnica, de equipo de softbol favorito, sabor preferido de helado, la carencia o presencia de hijos, ser soltero endógamo o exógamo.
    ―¿Soltero qué?
    ―Claro, eso también ―continuó el vendedor―, si estamos casados, viudos, divorciados, en una relación con futuro o en una sin él, otras infecciones y enfermedades. Todas esas cosas y muchas otras que no viene al caso mencionar en este momento, representan una limitación a nuestras acciones. ¿No está de acuerdo con ello?
    ―Bueno… No lo había pensado.
    ―Perfecto, porque no hacía falta. Pero por eso mismo esta oferta es para usted. ¡Piénselo! Lo que le conviene en estos momentos es participar de un intercambio.
    El vendedor mantuvo su sonrisa profesional sin dudas esperando la reacción de sorpresa del hombre. Pero tal cosa nunca llegó; el hombre lo miró sin hablar mientras el vendedor recuperaba el ritmo normal de su respiración, le analizó el cabello, apelmazado de tanta brillantina, el sudor perlándole la frente y el maletín que todavía no había soltado y que lucía bastante pesado. Un largo, eterno, silencioso minuto, transcurrió entre los dos.
    ―¿Va a decirme lo que es eso o tengo que averiguarlo yo sólo?
    Un intercambio es la oportunidad de ocupar por un tiempo indefinido la vida de otra persona, de cualquier persona que acepte realizar, precisamente, un intercambio con usted. Usted se ocupará y realizará las actividades de la otra persona mientras que esa otra persona se ocupará y realizará las suyas. De esta manera tanto usted como esa otra persona podrán vivir experiencias nuevas, diferentes, que se encuentran más allá de sus limitaciones cotidianas. Claro que, si acepta participar en un intercambio deberá buscar a alguien más que se interese en su oferta y que por lo tanto esté dispuesto a realizar un intercambio. De esta manera la rueda de los intercambios continúa girando, no se detiene y todos podemos participar de las experiencias de todos. De esta manera llegará un día en el que todos compartamos todo. ¿A qué no es algo interesante?
    ―No lo sé ―dijo el hombre sin estar seguro de haber entendido―. ¿Cuál es el truco?
    ―El truco ―respondió el vendedor sonriendo un poco más, sabiendo que su objetivo estaba cada vez más cerca―, es que no hay truco. Si usted acepta intercambiar sus experiencias conmigo, usted experimentará mis ocupaciones y actividades mientras que yo realizaré y me ocuparé de las suyas.
    ―¿Todas sus experiencias?
    ―Todas las que se presenten hasta que la rueda de intercambios vuelva a reunirnos.
    ―No lo sé…
    ―Deberías intentarlo ―dijo la mujer del hombre desde la oscuridad del pasillo. El hombre la miró de reojo porque esas eran las primeras palabras que intercambiaban en toda la semana. Había algo en la mirada de la mujer que terminó por decidirlo.
    ―¿Qué debo hacer? ―preguntó el hombre.
    ―Deme su camiseta ―dijo el vendedor no sin cierto asco―, tome esto. ―Se había quitado el saco y se lo tendió. Apoyó el maletín sobre su rodilla para abrirlo y extraer un peine y un frasco de brillantina―. Veamos, un poco aquí ―dijo mientras peinaba lo mejor posible el cabello enmarañado y sucio del hombre y le ayudaba a cerrarse el saco que resultó un poco pequeño y le hacía resaltar la flácida panza. Una vez que le pareció que se ajustaba al modelo que tenía en mente sobre cómo debía verse un vendedor puerta a puerta buscó una hoja de papel y una lapicera azul―. Complete este formulario con sus datos, por favor.
    El vendedor se colocó la camiseta del hombre por sobre su camisa y corbata que no se las había quitado y que, de cualquier forma, no le habrían entrado al hombre. Luego se quitó los pantalones para recibir, a cambio de unos finos pantalones de vestir unos rotosos pantalones deportivos.
    ―Ahora usted debe salir a la vereda y yo me colocaré en la puerta ―dijo el vendedor sosteniéndose la cintura del pantalón estirado y viejo―. ¿Qué tiene para ofrecerme, por qué viene a tocar el timbre de mi casa de esta manera?
    ―Buenos días. Vengo a presentarle una oferta que no podrá rechazar ―comenzó, un tanto balbuceante, el vendedor―. Una oportunidad que le permitirá vivir experiencias en las que nunca había pensado, realizar actividades novedosas, probar productos que no se encuentran al alcance de su economía actual.
    ―Lo lamento, no me interesa ―dijo el hombre de la puerta. Tenía una camiseta blanca, sucia, con manchas de grasa y un pantalón de frisa que le quedaba grande, pero se notaba que debajo de todo eso había un cuerpo trabajado y marcado por el ejercicio. El vendedor pensó en su propio cuerpo, pasado de peso, fofo, y con la ropa que empezaba a quedarle demasiado chica ―. Y no me gusta que me llamen pobre en mi cara ―dijo el hombre antes de cerrar la puerta―. Buenas tardes
    El vendedor sentía el mismo dolor de piernas que lo atacaba cada vez que pasaba demasiado tiempo de pie, ese trabajo acabaría matándolo, no tenía dudas. Ya sin sonreír de manera profesional, lo que también le hacía doler el rostro, se recostó contra la pared, junto a la puerta que acaban de cerrarle en la nariz, muy cerca de una ventana abierta de la misma casa. Al poco tiempo, mientras esperaba que se le pasaran las molestias, comenzó a escuchar gemidos y gritos de placer, susurrados al principio, cada vez más evidentes a medida que se acercaban al inminente clímax.
    ―Qué suerte tienen algunos ―murmuró el vendedor antes de comenzar a caminar hacia la siguiente puerta.

19 comentarios:

José A. García dijo...

Un pequeño y tal vez incompleto homenaje a Robert Sheckley.

Y llegó julio.

Nos leemos,
J.

lunaroja dijo...

Un asombroso relato que tiene la particularidad de ser casi circular.
Me encanta la trama que vas escribiendo,y como la resuelves.
Impecable.
Un saludo.

gla. dijo...

Para mirar , mas de cerca lo que uno tiene y no aprecia
Quizás descansar por un rato de lo duro de la vida
Abrazos

Beatriz dijo...

Increíble que se te ocurran esas historias en cuanto la llamada de un vendedor. Lo difícil no es que sucedan, lo difícil es saberlo contar como lo haces tú.

Saludos.

Jose Casagrande dijo...

Asombroso, me ha encantado el relato, total al vendedor tambien lo espera alguien en casa al final del dia.

No?

J.P. Alexander dijo...

Me gusto mucho el final, genial relato. Te mando un beso.

Luiz Gomes dijo...

Bom dia meu amigo José. Obrigado pelo texto maravilhoso. Grande abraço.

Cabrónidas dijo...

Estaba pensando en ser un hombre decente, pero creo que seguiré robando, en lugar de vender o comprar.

Doctor Krapp dijo...

Un tratado sobre la empatía a modo de cuento del Decamerón versión siglo XX/XXI.
Fantástico.

Saludos

PD. Recibí tu comentario a mi entrada en mi email pero no salió publicado. No sé el motivo.

María dijo...

Me ha gustado tu relato, José A. siempre narras las historias de tal manera que enganchan.

De todas formas las virguerías que tiene que hacer un vendedor para poder tener un sueldo.

Un abrazo y feliz semana.

Gabiliante dijo...

Nadie esta contento con lo que tiene. Me encanto como el narrador cambia el apelativo de los personajes "hñmbre" y "vendedor". Durante un momento se pierde uno, pero enseguida vuenve a engancharse. No sé si habia pasado por aqui antes, el logo me suena, pero el nombre no. Lo cierto es que he pasado porque a los ultimos cuatro blogs que he visitado, habias dejado un comentario.
Saludoss

la MaLquEridA dijo...

Como dirían aquí: suerte tienen los que no se bañan.


Un abrazo agradecido José

Puri dijo...

Muy bueno el relato fantastico ese intercambio de papeles
Te felicito has narrado muy bien todo el proceso
Se lee con intensidad esperando el final
Un saludo
Puri

Beauséant dijo...

Muy bueno, un relato circular lleno de pequeños detalles... Me encanta la ciencia ficción y creo que no he leído nada de Robert Sheckley... un gran fallo por lo que veo.

Tinta en las olas dijo...

Ya quedan pocos vendedores así, muy bueno.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Una imaginación que pareciera ir más allá de la realidad, pero en el fondo la ubica. Un abrazo. Carlos

Frodo dijo...

Otro de tus grandes grandes éxitos ficcional. Espectacular.
Voy a tener que leer a Robert Sheckley.

Abrazos

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Me gusta ese homenaje.

Sospecho que el vendedor lo estafó, que le vendió su propia vida, que no le gustaba, a un incauto.
Y se quedó con su esposa.

Saludos.

José A. García dijo...

José: Pequeño, incompleto y muy extenso, José, eso también.

Luna Roja: Un círculo que, de continuarse, bien podría convertirse en una espiral. Eso podría ser muy interesante.

Gla: Siempre nos quejamos de lo que tenemos, o no tenemos, hasta que o bien lo conseguimos o lo perdemos definitivamente. Ahí comienzan los problemas.

Beatriz: Para que no me suceda algo similar mi casa no tiene timbre ni campana. Así también he perdido muchas oportunidades, pero no tantas como quisiera creer.

José Casagrande: Tal vez sí sea esperado, tal vez por eso no quería regresar…

J. P. Alexander: Gracias por la visita y el comentario.

Luiz Gomes: Gracias por el comentario.

Cabrónidas: ¿Hombre? ¿Decente? ¿Qué es eso?

Dr. Krapp: Gracias por semejante definición, no lo había vinculado con el Decamerón.

María: Los vendedores ya no son lo que eran antaño, sin dudas.

Gabiliante: Si resulta confuso por momentos es porque está mal escrito. Gracias por marcarlo, tendré que revisarlo. Gracias también por el resto del comentario y por tu primera visita. Espero que regreses.

La Malquerida: Por aquí se dice de otra forma, un poco más agresiva hacia las mujeres…

Puri: Gracias, mi duda era saber si el clima estaba bien logrado.

Beauséant: Si aún no has leído a Sheckley es un buen momento para hacerlo.

Tinta en las olas: Insistente hasta el final, ya no los hacen así, es cierto.

Carlos Augusto: Siempre estamos ubicados, la cuestión es saber si lo estamos sobre el mismo plano de la realidad o no.

Frodo: Sin dudas, vas a tener que leer a Sheckley.

Demiurgo: Habría que continuar la historia para saber si fue así o no. Es una de las posibilidades.

Gracias a tod@s por sus visitas y comentarios.
Nos leemos,
J.